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Baila Ángel Mío

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Baila Angel Mio I de Los angeles caidos Virginie T.

Caitlyn es la artista principal del American Ballet Theater de Nueva York desde hace varios años. Solitaria e introvertida, su vida gira en torno a la danza y su mayor fan no es otra que su abuela. Todo da un vuelco cuando alguien se pone a acosarla. ¿Quién puede ser y con qué fin? Su abuela está dispuesta a todo para protegerla, incluso ponerla en el camino de su misterioso vecino Baraqiel.

Baila ángel mío

Baila

Ángel mío

Los ángeles caídos-tomo 1

Virginie T

Traducido por Gloria Pérez Rodriguez

© 2020. T. Virginie

Dépôt légal : Mai 2020

Capítulo 1

Caitlyn

Hace tiempo que bailo y no debería ya estar tan estresada. Al fin y al cabo, los ensayos tienen lugar siempre de la misma forma y ya he conseguido el papel principal, igual que las cinco veces anteriores. No me llaman la estrella emergente del American Ballet Theater por nada, y desde luego, no he robado a nadie mi lugar. He luchado y he sacrificado muchísimas cosas para llegar aquí. El baile forma parte integrante de mi vida, de mi ser, y no voy a dejar que los últimos acontecimientos me impidan ser yo. Cierro los ojos, alejo de mi mente lo que me rodea y rememoro las etapas cruciales que me han conducido a este instante.

Llegué a Nueva York en mis años de juventud gracias a mi profesor de danza de entonces y su constante insistencia frente a mis padres. Nunca podré agradecerle lo suficiente el futuro que me ha ayudado a tener. Aún recuerdo el hostigamiento que mis padres tuvieron que soportar por su parte. Mason Jaz es una persona muy decidida, eso es lo menos que se puede decir, y tenía gran interés en mi éxito. Empecé danza clásica, como tantas otras niñas, a la edad de cuatro años, animada por mi madre que esperaba así canalizar mi exceso de energía permitiéndome al mismo tiempo abrirme al mundo y a las personas de mi entorno. Con mi metro de altura, era una niña muy retraída en busca de una escapatoria para el torbellino de emociones que anidaban en mí y que yo no entendía. Todo era fuente de conflictos interiores, estrés, y hasta ataques de pánico. Así que ya desde muy pronto había optado por mantenerme alejada de toda interacción social. Un médico me había diagnosticado una forma de autismo, bastante ligera como para permitirme tener una vida más o menos normal y capacidades intelectuales dentro de la media, pero lo suficientemente desarrollada para que las relaciones humanas fueran un auténtico problema para mí. En aquel entonces, eso no quería decir nada para la niña que era yo, salvo que era diferente a los otros niños, y no habría necesitado a aquel señor de bata blanca para darme cuenta. Mi madre había pensado que la danza podía ser un remedio para mis males, un medio de expresar lo que yo retenía dentro de mi cuerpo y de mi corazón. Si ella hubiera sabido entonces hasta dónde nos llevaría esto, quizá lo habría pensado dos veces. Mason vio muy pronto mi potencial y de simple pasatiempo, esta actividad pasó a ser mi pasión, devoradora, invasora y que modificó la vida de toda la familia así como su visión del futuro.

La danza, en efecto, había sido un verdadero remedio milagro. A través de ella, expresaba todo lo que sentía en mi interior: rabia, deseos, amor. Comencé los concursos de baile con solo seis años, dejando atónitos a los jurados con mi madurez y llevándome los premios cada vez. Mis padres me llevaban de ciudad en ciudad, quisiera o no, recorriendo Florida a lo largo y a lo ancho, de arriba abajo. Mis padres, en esa época me lo dieron todo para no obstaculizar mis progresos, dejando de lado sus propios deseos y necesidades. Para mí, no existía nada más que la danza, por lo que al final, fue todo lo contrario de lo que querían mis progenitores, que deseaban abrirme al mundo. Mi horario escolar se saturó entre las clases normales del colegio a las que debía asistir por obligación y las 10 horas de danza semanales, pero para mí nunca era suficiente. Ya en esa época, yo solo vivía para eso. Mi padre trabajaba un número incalculable de horas extra para pagar mis clases y el presupuesto familiar era ajustado, incluso aunque Mason no nos hacía pagarlo todo. Mis padres tuvieron que renunciar a su anhelo de un segundo hijo por falta de tiempo y de medios. A mis ocho años, fue evidente para todos que las cosas no podrían continuar así eternamente. El problema era que la danza se había convertido en mi droga, y que no podía pasar sin ella. Las semanas de vacaciones eran siempre una verdadera tortura sensorial a pesar de mis entrenamientos en soledad, y la vuelta a las clases de baile, un auténtico alivio, la bocanada de oxígeno imprescindible para sobrevivir. Mi profesor planteó entonces a mis padres la idea de enviarme a Nueva York, a la school of american ballet, el paraíso en la tierra para mis ojos. Su rechazo categórico e inmediato fue una puñalada en mi pequeño corazón. Me negaban el derecho de ser normal, de ser yo. Viéndolo con el tiempo, me doy cuenta de todos los sacrificios que hicieron para que yo pudiera cumplir mi sueño, pero en aquel momento, era demasiado joven para comprender la situación y me sentí furiosa con ellos. Enormemente.

—Enviadme a esa escuela especializada, por favor. Mason ha dicho que sería perfecta para mí.

—No puede ser, Caitlyn. Tenemos un trabajo, amigos, la casa… No puedes marcharte sola a miles de kilómetros.

—¡Pero si siempre estoy sola! ¿Cuál es entonces la diferencia?

Me fui bajo su mirada dolida a refugiarme a casa de mi confidente y mi fan incondicional número uno: mi abuela, que vivía solo a algunas manzanas de allí.

—Abuelita, no me dejan cumplir mi sueño. Prefieren que acabe de camarera, pero yo, nací para bailar. Tú lo sabes. Con los pasos, lo digo todo. Lo necesito para sentirme bien. ¿Por qué no lo entienden?