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Perdido en Buenos Aires

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Perdido en Buenos Aires

Antonio Álvarez Gil

© Antonio Álvarez Gil, 2020


ISBN 978-5-0051-3415-8

Created with Ridero smart publishing system

PERDIDO EN BUENOS AIRES

Premio de Novela «Mario Vargas Llosa»

2009

A la memoria de mis padres.
A Galia, hoy y siempre.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?

JORGE LUIS BORGES Ajedrez

CAPÍTULO 1

Mucho antes de que Alexander Alekhine realizara su último movimiento con las piezas negras, José Raúl Capablanca era consciente de haberse metido en una dinámica que conducía sin falta a la derrota. No había logrado, sin embargo, salirse de ella. Sabía también que su posición actual no daba siquiera para tablas. Le aterraba la idea de perder la primera partida del encuentro en el que defendía la corona de campeón mundial. Sería, además, la primera derrota en su cuenta particular con el ajedrecista ruso. El maestro cubano conocía muy bien a Alekhine, estaba familiarizado con su juego frío y calculado y sabía que no había nada que hacer. Por eso, cuando la mano de su adversario planeó despacio sobre el tablero y se detuvo a unos centímetros de la torre negra, José Raúl Capablanca dio el juego definitivamente por perdido. Así, ardiendo de impotencia y rabia, vio cómo el hombre completaba la jugada. La mano quedó un instante suspendida en el aire; luego bajó, rauda y decidida, y con tres de sus dedos agarró la pieza y la hizo moverse un paso a la derecha. Alekhine pulsó el botón del reloj, se recostó en el asiento y respiró. Era su manera de decirle que se acababa el juego. Capablanca fijó la atención en la torre, instalada ya en su nuevo emplazamiento. Entonces la pequeña figura creció hasta convertirse en una muralla insalvable que amenazaba con asfixiar al soberano blanco. Desde lo alto de sus almenas bajaban ríos de aceite hirviente que perseguían al infortunado monarca con la intención de arrinconarlo en lo más profundo de su reino…

Conmocionado por lo que consideraba un accidente, Capablanca no tocó una sola de las pocas figuras blancas con las que había pensado disputar el final. Un despecho insoportable le cortaba el aliento. Se limitó a inclinar ligeramente la cabeza y tender la mano a Alekhine. Luego, sin esconder el disgusto, dijo: «está bien, ha ganado usted», y estuvo a punto de agregar: «por fin». El ruso sonrió, y Capablanca se levantó de la mesa donde habían quedado huérfanas sus piezas y le dio la mano al árbitro. Éste respondió al saludo con una chispa de decepción en la mirada. Y enseguida, tras felicitar a Alekhine, se acercó a la puerta de la sala donde se dirimía el campeonato mundial de ajedrez y la abrió de par en par. El público que se agitaba fuera guardó un silencio súbito, tratando de adivinar lo que había ocurrido tras aquellas puertas. Pronto, sin embargo, quedó claro… Y un murmullo sordo se levantó en el aire de la estancia. Entre el grupo de colegas que esperaban, Capablanca distinguió el rostro sorprendido de Rolando Illa, su gran amigo y valedor en la Argentina. Se encontraba a unos pasos del umbral y se veía serio, evidentemente contrariado. Entonces levantó la mano y lo saludó, tratando de sonreír. Illa, por su parte, le respondió con una sonrisa de circunstancias; y sin pronunciar palabra, recorrió la distancia que los separaba y le tendió la mano. Además de Rolando Illa, algunos otros amigos y colegas rodearon al perdedor de la partida para saludarlo y brindarle su apoyo.

Entretanto, Alexander Alekhine permanecía en su asiento, contemplando absorto las piezas de su adversario, como si estuviera todavía estudiando el juego y tratando de explicarse a sí mismo lo que había ocurrido sobre el tablero. Pronto – cómo no – fue también cercado por sus simpatizantes y amigos. Y, claro está, por aquellos que se las ingenian siempre para estar presentes en las celebraciones de los triunfos.

Finalmente, José Raúl Capablanca cogió la gabardina que le tendía un conserje, se caló el sombrero y se alejó del salón donde había comenzado a quebrarse el mito de su imbatibilidad. En la planta baja del Club Argentino de Ajedrez reinaba una actividad frenética. Había decenas de periodistas, expertos en el juego y mucho público en general, argentinos del pueblo que habían venido a aplaudir la victoria del cubano y no podían aceptar la noticia de su derrota. Al verlo aparecer, la gente se agitó. Todos querían expresarle su simpatía, decirle alguna palabra de ánimo. Capablanca levantó la vista a ellos y, forzando una sonrisa, los saludó con un movimiento de la mano. Luego resistió como pudo los relámpagos de las cámaras, fingiendo dar la cara a los objetivos que lo apuntaban, pero declinó responder a las preguntas de varios periodistas que intentaron abordarlo. Así, sin otras muestras de cortesía y sin hablar con nadie, caminó hacia la salida. Parecía un mariscal pasándole revista a la tropa. De toda su persona emanaba un saber estar y un orgullo natural extraordinarios. Nadie que lo hubiera visto en aquel momento, moviéndose con elegancia por el salón entre el gentío, habría dicho que aquel hombre era el perdedor de la partida. Rolando Illa lo acompañaba en silencio. Capablanca llevaba la cabeza erguida y la vista fija en algún punto lejano. Sólo él sabía que tenía la mirada nublada, y que un torbellino de ideas encontradas le fustigaba la conciencia. ¿Cómo había podido ocurrir?, se decía una y otra vez. Tendría que reconstruirlo todo y precisar en qué se había equivocado. En cualquier caso, había comenzado a sospechar que el encuentro con Alekhine sería realmente largo y trabajoso.

CAPÍTULO 2

Cuando al día siguiente llegó al número 144 de la calle Carlos Pellegrini, ya Rolando Illa lo esperaba ante la entrada del Club Argentino de Ajedrez. Anochecía, y entre la fronda de los árboles plantados junto a la acera los gorriones no paraban de alborotar. Más allá, a lo largo de la calzada, las farolas comenzaban a iluminarse. Después de intercambiar con él algunas frases de saludo, Illa expuso que lo mejor que podían hacer era llamar un taxi e irse a cenar juntos. Así tendrían oportunidad de hablar más despacio sobre todo lo ocurrido la jornada anterior. Él invitaba. Capablanca sonrió, lo del restaurante era una buena idea; pero prefería caminar…

Aún estuvieron un buen rato conversando en la acera, mientras las sombras se extendían poco a poco por el cielo de Buenos Aires. Por fin echaron a andar en dirección a Corrientes. En los boliches y cafés de Carlos Pellegrini comenzaba a observarse la animación de la noche porteña. Entre tanto, por las puertas y ventanas de algunos restaurantes se escurrían los olores del asado argentino, que viajaban acompañados de la melodía tristona de algún tango de moda. Capablanca tenía hambre y, por qué no, ganas de disfrutar de aquella música que le era tan querida. Sin embargo, prefería alejarse de allí. No habría querido verse reconocido por algún aficionado al ajedrez y ser interpelado sobre su desastrosa partida inaugural. De manera que siguieron andando sin prisa por la acera de Carlos Pellegrini. Al llegar a Corrientes torcieron hacia Puerto Madero, y Capablanca sintió sobre la piel del rostro el efluvio húmedo que llegaba desde las costaneras y atemperaba la noche. Entonces propuso bajar hasta los diques. La tarde anterior, paseando por aquella zona, había visto varios establecimientos que le llamaron la atención. ¿Recuerda el nombre de alguno?, preguntó Illa, con la evidente intención de animarlo. Capablanca, sin embargo, optó por negar con la cabeza y hundirse de nuevo en sus propios pensamientos.

Se sentía rebosante de hiel. ¿Qué clase de campeón del mundo era, que ni siquiera recordaba el nombre de las cosas? Recordaba en cambio (¿por suerte o por desgracia?) los movimientos y jugadas de la partida perdida la jornada anterior. Ya había tenido oportunidad de repasarlos en la soledad de su cuarto de hotel. Si hace tan sólo unos días alguien le hubiera afirmado que las cosas ocurrirían de aquel modo, no lo habría creído. En lo absoluto. La primera partida por el título, quizás la más importante, la del impacto. La había perdido ante un ajedrecista que él siempre había considerado inferior. Ahora necesitaba refrescar sus ideas, pensar y repensarlo todo, incluida su estrategia general. Por suerte, estaba Rolando Illa, que seguía caminando a su lado, otra vez en silencio. Apreciaba enormemente la amistad de este cubano nacido en Nueva York y convertido luego en argentino. Sabía que estaría a su lado a la hora de la victoria; pero que tampoco lo abandonaría tras una derrota como aquélla.

Al atravesar la calle Esmeralda, Rolando habló de nuevo. Señaló hacia el pórtico del teatro Maipo, que asomaba a medianía de cuadra, y dijo que hasta hacía unos años aquel teatro llevaba el nombre de su calle. Y agregó que era uno de los sitios que más apreciaba en la ciudad. Capablanca lo miró inquisitivo, e Illa explicó que allí había oído cantar a Carlos Gardel cuando reapareció tras ser baleado en el pulmón. Fue una de sus primeras actuaciones con la bala dentro. Todavía cantaba a dúo con Razzano. ¡Qué clase de espectáculo! Ahora sí, vivamente interesado en lo que oía, Capablanca volvió el rostro hacia su amigo. Disculpe, dijo, pero no conozco bien la historia, ¿por qué no me la cuenta? Había leído algo en la prensa de Nueva York, pero la verdad es que no conozco casi nada de eso. ¿Quién quiso matarlo? Un hombre de apellido Guevara, dijo Illa. Fue en una discusión, a la salida del Palais de Glace. Rolando Illa se detuvo, lanzó una mirada sesgada a Capablanca y preguntó: ¿De verdad le interesa? Por supuesto, me interesa mucho. Y usted sabe que, además, me gusta mucho el tango. No conozco bien los detalles, reconoció Illa, pero lo que sí puedo asegurarle es que estuvo como un año sin actuar… Y que esa noche casi todo el mundo en el teatro lloró oyéndolo cantar de aquel modo, sabiendo que lo hacía con una bala en el pulmón. Fue impresionante. Gardel no había perdido la frescura de sus primeros tiempos; seguía siendo el «Morocho del Abasto», pero la bala se le había quedado para siempre en el pulmón. ¿Y anda así, con ella dentro?, preguntó Capablanca. Pues sí, respondió Illa, así anda y, por supuesto, canta. Y así andará por siempre, sentenció. ¿Qué me dice? Capablanca no podía contener su asombro. Realmente se sentía vivamente interesado por la historia que le contaba Illa. Y ahora, por cierto, ¿dónde está Gardel?, inquirió, hace tiempo que no oigo hablar de él. Rolando Illa sonrió. Ahora está aquí, en Buenos Aires, aunque viaja mucho. El año pasado estuvo en España, me parece que en Barcelona, y creo que pronto se irá de nuevo a Europa. Capablanca parecía haberse animado. ¿No sabe si está actuando en algún sitio?, siempre he soñado con oírlo cantar en persona. Rolando Illa sonrió, satisfecho. Puede ser, dijo. Creo que a veces actúa en el «Café de los Angelitos». En todo caso, dicen que ahí cena cada noche. Al escuchar el nombre del establecimiento, José Raúl Capablanca sonrió por primera vez en mucho tiempo. ¿Se llama así, de veras? ¿No sabe dónde está? ¿Podríamos ir? Sorprendido por la tanda de preguntas, Rolando Illa no podía responder a ellas. ¿Qué le parece?, dijo todavía Capablanca. Illa metió la mano en un bolsillo, sacó una cajetilla de cigarros y encendió uno. Cuando expelió el humo, replicó por fin:

– Le propongo ir a cenar primero. La verdad es que yo tengo bastante hambre. Si le interesa, allí podremos hablar más sobre ese tema. De entrada, le prometo averiguar dónde Gardel está cantando ahora. No crea; a mí también me gustaría oírlo.

Capablanca hizo un gesto de aprobación.

– Creo que es buena idea. Por lo demás, yo estoy igual de hambriento.

En la Avenida Leandro Alem torcieron a la izquierda y caminaron en el sentido de la Plaza Roma. Al llegar a la esquina, Capablanca preguntó hacia dónde se dirigían y dónde iban a cenar. Por lo visto, ya no será en Puerto Madero, dijo en tono jovial. Será mucho mejor, respondió Illa; y explicó que quería llevarlo a un sitio de comida criolla; un sitio, además, con una vista muy interesante sobre la ciudad. Anduvieron todavía unos minutos más, hasta que, finalmente, Illa se detuvo ante un edificio alto, de arquitectura modernista, en cuyo pórtico se veía un anuncio lumínico con el nombre del lugar: «Hotel Regina». Aquí es, dijo. Junto a la entrada, un hombre uniformado les dio la bienvenida y les abrió la puerta. En el vestíbulo, que estaba decorado en blanco con muebles de estilo clásico, Capablanca siguió a Illa hasta la cabina del ascensor. Allí el ascensorista les abrió la puerta y, una vez dentro, les preguntó a qué piso iban. Al restaurante, respondió Illa, y el hombre accionó una palanca de bronce que sobresalía de la pared y puso en marcha el artefacto, que comenzó a elevarse pesadamente hacia los pisos superiores del inmueble. Ya arriba, Rolando Illa le dejó una propina al empleado y salió del ascensor, seguido de Capablanca. Habían llegado a un vestíbulo más bien pequeño, provisto de una puerta que daba acceso al restaurante. Al verlos aparecer, un mozo vino hasta ellos y se hizo cargo de sus gabardinas y sombreros. La puerta del local se mantenía abierta, y por ella escapaba la música de un piano. En el vestíbulo había un par de sofás para la espera y una ventana hacia la calle. Instintivamente, Capablanca se acercó a la ventana y echó un vistazo a los tejados de los edificios circundantes. Entonces Illa explicó que el restaurante había sido construido en la última planta del edificio, y que tenía unas vistas magníficas, dignas de admirar. En gran medida, por eso lo había llevado allí.

Ya dentro, fueron recibidos por el maître, quien, después de darles las buenas noches, los invitó a seguirlos. El local estaba bastante concurrido, pero era espacioso y había varias mesas vacías. El hombre los condujo a través de ellas hasta una que estaba situada junto a la pared del fondo. Ésta daba al sur y estaba provista de un amplio ventanal acristalado. Al ver el panorama que se abría antes sus ojos, Capablanca no pudo reprimir una exclamación de júbilo. Y se quedó absorto, de pie junto al cristal. No recordaba los motivos, pero en ninguna de sus dos visitas anteriores había tenido la oportunidad de contemplar a Buenos Aires desde una altura como aquélla. Un océano de luces parecía extenderse hasta más allá del mundo imaginable. En medio de la estampa, la Casa de Correos blanqueaba en la noche como la cresta nevada de un monte lejano. De un lado discurría la Avenida Leandro Alem, un río de luz oscurecido a ratos por la espesura de su arbolado. Del otro, Puerto Madero era un tupido entramado de grúas, navíos iluminados y reflejos en el agua oscura del canal. Capablanca respiró profundo y comentó en voz alta que debía de ser muy agradable vivir en Buenos Aires. Se veía que era una ciudad muy interesante. Rolando Illa lo invitó a sentarse, al tiempo que se sentaba él mismo. Era verdad; en cualquier caso, a él le gustaba mucho. Y a usted, por cierto – agregó sonriente – , lo veo un poco más animado. Capablanca también sonrió. Sí, se sentía mejor. Es más, le parecía que ya había pasado lo peor. ¿De veras? Por supuesto. Durante todo este tiempo he estado pensando en la partida con Alekhine. La he reconstruido y ya sé muy bien dónde me equivoqué. Illa encendió un cigarro. ¿Compartiría esos errores conmigo? ¿Con quién mejor que con usted?, dijo Capablanca, además, no sé si sabe que voy a reseñar las partidas para el diario Crítica. Y antes de escribir sobre ésta, no me vendría mal hablar un poco de ella. En este punto hizo una pausa y echó otra rápida mirada al panorama que se extendía tras el cristal. A ambos lados de los diques, el alumbrado del puerto formaba una guirnalda parpadeante que se disolvía poco a poco en la oscuridad y la bruma de la distancia. Aquella vista de la ciudad nocturna comenzaba a hacerlo sentir de buen humor. Cuando se disponía a continuar hablando, el maître se acercó a la mesa y les entregó la carta con el menú. Gracias por la confianza, dijo entonces Illa; pero primero tendremos que decidir qué vamos a comer y beber. El hombre, que se había quedado de pie junto a la mesa, preguntó si deseaban algún aperitivo. Illa pidió un Martini y Capablanca una botella de agua mineral. Muy bien, dijo el camarero y se alejó.

– ¿Me recomienda algo? – dijo entonces Capablanca, abriendo la carta – . Quiero decir, para comer.