Amaury
Alexandre Dumas




Alexandre Dumas

Amaury



Existe en Francia una cosa tan peculiar, tan genuina del carácter nacional, que con dificultad se encuentra en otro país cualquiera: la conversación, en cuya especialidad no hay nadie que pueda competir con los franceses.

En el resto del globo se discute, se argumenta, se perora; sólo en Francia se conversa por costumbre.

No pocas veces, estando yo en Italia, en Alemania o en Inglaterra, me ha ocurrido anunciar de pronto que al día siguiente me volvía a París. Si alguno, admirado de tan súbita resolución, me preguntaba:

– ¿A qué vas a París?

Yo le respondía sencillamente:

– A conversar.

Y no era flojo su asombro al saber que yo, ahito de conversación, pensaba en hacer un viaje de centenares de leguas sólo por darme el gusto de conversar.

Nadie podía explicarse un capricho semejante; sólo me comprendían los franceses. Estos solían exclamar:

– ¡Qué dicha! ¡qué placer!

Y sucedía a veces que alguno de ellos se venía conmigo.

A decir verdad no hay nada más grato que esas minúsculas tertulias que en un salón elegante improvisan unas cuantas personas charlando a su sabor, dando vueltas a una idea mientras dura el hechizo que produjo, para abandonarla después de sacar de ella todo el partido posible, cediendo al atractivo de otra nueva que a su vez surge en medio de las bromas de unos, de los discreteos de otros y de las agudezas de todos, lo cual no obsta para que súbitamente, al llegar al punto culminante de su desenvolvimiento, se desvanezca como pompa de jabón tocada por la dueña de la casa, que mientras sirve el te lleva de grupo en grupo el hilo de la charla general, recopilando opiniones, pidiendo pareceres, planteando problemas y obligando casi siempre a cada corrillo a verter su correspondiente frase en ese tonel de las Danaides que se llama «la conversación».

Por el estilo del salón que describo hay en París cinco o seis en los cuales no se baila, ni se carta, ni se juega, y sin embargo no se sale de ellos nunca antes del amanecer.

Cuéntase entre estos salones el de un buen amigo mío, el conde M… Digo amigo mío y en realidad no haría mal en decir amigo de mi padre, pues es el caso que el conde de M… quien por nada de este mundo es capaz de confesar motu proprio su edad (ni, por otra parte, tampoco hay quien le pregunte sobre ella), no dejará de tener sus sesenta y tantos años bien cabales, aunque no represente más allá de los cincuenta, gracias al extremado esmero con que cuida su persona. Es uno de los últimos y más genuinos representantes del tan calumniado siglo xviii, lo cual debe sin duda explicar la escasez de sus creencias, circunstancias que (dicho sea en su honor), no le ha hecho caer, como a la mayoría de los incrédulos, en el afán de empeñarse en que los demás dejen de creer también.

Puede decirse que hay en él dos principios, uno hijo del corazón y otro del entendimiento, que mutuamente se repelen. Es egoísta por sistema y generoso por naturaleza. Nacido en tiempo de nobles y filósofos, el instinto aristocrático viene a equilibrar en su espíritu la independencia del pensador. Conoció a los hombres más conspicuos del pasado siglo. Fue bautizado por Rousseau con el título de ciudadano; Voltaire le auguró que sería poeta; Franklin le recomendó simplemente que fuese un hombre honrado y bueno.

Juzga el año terrible, el cruento 93, como juzgaba San Germán las proscripciones de Sila y las matanzas de Nerón. Con escéptica mirada ha presenciado el desfile de los asesinos, de los septembristas, y de los guillotinadores, primero en carro y luego en carreta. Ha conocido a Florián y a Andrés Chénier, a Demoustier y a Madama de Stael, a Bertin y a Chateaubriand; ha rendido homenaje a madama Tallién, a madama Récamier, a la princesa Borghése, a Josefina, y a la duquesa de Berry. Ha asistido al encumbramiento de Bonaparte y a la caída de Napoleón. El padre Maury y Talleyrand le llaman discípulo: es un diccionario de fechas, un catálogo de acontecimientos, un archivo de anécdotas, una mina de agudezas.

Nunca ha querido escribir por temor de perder su preeminencia, pero en cambio presume de narrador.

He ahí por qué su salón, como he dicho más arriba, es uno de los cinco o seis salones de París en los que, sin haber juego, música, ni baile, se pasan de un modo grato las horas hasta bien entrada ya la madrugada. Cierto es que en las esquelas de invitación escribe de su puño y letra: Se conversará, como otros estampan: Se bailará. Fórmula es ésta que suele alejar a banqueros y agiotistas; pero que atrae a los hombres de ingenio, siempre gustosos de hablar; a los artistas, dispuestos a escuchar, y a los misántropos de todo género, que nunca complacieron a la dueña de la casa bailando un solo, con el fútil pretexto de que la contradanza recibe ese nombre por ser lo contrario de lo que se llama danza.

Es innegable, además, que posee un admirable talento para cortar con una sola palabra, ya el desarrollo de cualquiera teoría que esté en pugna con el modo de pensar del auditorio, ya toda discusión que tienda a hacerse pesada.

Cierto día, un joven melenudo y de barbuda faz hacía en su presencia desmedidos elogios de Robespierre, declarándose acendrado partidario de su sistema, lamentando su prematuro fin y augurando su rehabilitación como un acto de justicia.

– Ese grande hombre no ha sido bien comprendido – dijo al terminar su perorata.

– Pero sí guillotinado, afortunadamente – replicó el conde de M…

Esta frase dio fin a la conversación por aquel día.

Hace un mes próximamente asistí yo a una de estas reuniones. A última hora se había hablado ya de tantas cosas que, agotados los temas, vínose a tratar de amor. A la sazón, la conversación se había hecho general y entre los grupos cruzábanse algunas palabras sueltas.

– ¿Quién habla por ahí de amor? – preguntó el conde de M…

– El doctor P… – contestó una voz.

– ¡Ah! ¡Es curioso! ¿Y qué dice el doctor?

– Que el amor es una congestión cerebral de carácter benigno que se puede curar poniendo al enfermo a dieta, aplicándole sanguijuelas y usando de sangrías moderadas.

– ¿Así opina usted, doctor?

– Claro que sí; por más que conceptúo preferible la posesión. Ese sí que es el remedio más eficaz.

– Está bien; pero supongamos que ésta no se consigue y que en tal trance no acudimos a usted, que ha hallado la panacea universal, sino a alguno de sus colegas, menos prácticos que usted en la terapéutica, y que le espetamos esta pregunta concreta: «¿Podemos morirnos de amor?»

– Eso no se pregunta a los médicos, sino a los enfermos – repuso el doctor. – Respondan ustedes, señoras, y ustedes también, caballeros.

Arduo por demás era el problema y, como no podía menos de esperarse, dividiéronse las opiniones. Los jóvenes, que creían tener sobrado tiempo para morir de desesperación, respondieron que sí; los viejos, cuya vida pendía ya de un ataque de gota o de un simple catarro, contestaron que no; las mujeres se limitaron a hacer un gesto de duda. Eran demasiado altivas para negar y sobrado sinceras para afirmar.

A todo esto empeñábanse todos en explicar sus votos respectivos; así, que no había manera de entenderse.

– ¡Ea! – dijo el conde de M… – Yo voy a dilucidar la cuestión.

– ¿Usted?

– Sí, señores, yo mismo.

– ¿Cómo?

– Explicándoles a ustedes el amor que mata y el amor que no trunca la existencia.

– ¿Así, pues, hay varios amores? – preguntó una mujer que era tal vez, de todas las presentes, la que menos debiera haber hecho tal pregunta.

– Sí, señora – respondió el conde. – Crea usted que costaría trabajo enumerarlos. Pero vamos al asunto. Aún no son las doce; de modo que disponemos de unas horas. Está cayendo una copiosa nevada; aquí nos calentamos ante un fuego magnífico, y ustedes forman un auditorio muy de mi gusto; conque, prepárense a oírme. ¡Augusto! Ordene usted que cierren bien las puertas y tráigame aquel manuscrito que usted sabe.

Obedeció el interpelado, que era el secretario del conde, joven amable y distinguido, del cual se susurraba que podía ser acreedor a un título más íntimo; y, a la verdad, el paternal cariño que el conde le mostraba parecía justificar esta creencia.

La palabra manuscrito originó un movimiento de impaciente curiosidad y todo el mundo se dispuso a escuchar con religiosa atención.

– Perdonen ustedes – dijo el conde. – No hay novela sin prólogo, y yo debo concluir el mío. Adelantándome a toda sospecha he de advertir en primer término que nunca inventé yo nada. Explicaré cómo ha venido a mis manos ese manuscrito. Hace año y medio fui nombrado albacea de un amigo mío, y al registrar y clasificar sus papeles me topé con unas Memorias. El, como médico que era, escribió en ellas una especie de autopsia… (No hay que asustarse, señoras; me refiero a una autopsia moral, a una de esas autopsias del corazón que a ustedes les gustan tanto.) Con esas Memorias encontré otro diario de distinta letra, unido a sus recuerdos del mismo modo que la biografía de Kressler anda confundida con las meditaciones del gato Muur. Yo conocía aquella letra: era la de un joven a quien había visto muchas veces en casa de mi amigo, por ser éste tutor del tal mancebo. Los dos manuscritos, que sueltos resultaban incomprensibles, completábanse mutuamente constituyendo una historia que me pareció muy… ¿cómo diré?.. muy humana. Interesome mucho, a causa tal vez del escepticismo que me atribuyen… ¡Felices aquéllos a quienes se crea una reputación, sea cual fuere!.. Decía, pues, que a causa del escepticismo que se me atribuye, casi nunca encuentro cosas que me interesen, y viendo que ese relato me había subyugado el corazón en absoluto… (perdone usted, doctor; yo bien sé que propiamente hablando, esa víscera nada tiene que ver en tales asuntos; pero por fuerza hay que valerse del lenguaje corriente para hacerse entender). Juzgué pues, que una historia que de tal modo me había cautivado tenía que embelesar también a mis contemporáneos. Y además, ¿a qué ocultarlo? no era la vanidad del todo ajena a mi propósito: ambicionaba el título de escritor aunque para alcanzarlo hubiese de perder mi fama de hombre de ingenio, como le sucedió a M… aquel consejero de Estado a quien todos ustedes conocen. Me puse a la tarea de ordenar ambos diarios y enumerar sus hojas colocándolas de modo que la narración fuese inteligible; borré después los nombres propios, que sustituí por otros muy diferentes, y puse todo el relato en tercera persona, acabando por encontrarme con dos tomos bastante voluminosos…

– Que usted no hizo imprimir porque aún viven los personajes de esa historia. ¿No es así?

– Ni por pienso. De los dos personajes principales, el uno murió ya hace año y medio, y el otro salió de París hace dos semanas; y yo les creo a ustedes sobrado atareados y olvidadizos para conocer a un muerto y a un ausente, por mucha semejanza que exista en los retratos. Dista mucho de ser ése el motivo que me ha impulsado a ocultar los nombres de ellos.

– ¿Pues cuál es?

– ¡Chitón! No se lo digan ustedes a Lamennais, ni a Béranger, ni a Alfredo de Vigny, ni a Soulié, ni a Balzac, ni a Deschamps, ni a Sainte-Beuve, ni a Dumas. Me han dicho que cuente con uno de los primeros sillones que queden vacantes en la Academia a condición de que siga sin escribir absolutamente nada. Así que esté nombrado, recobraré mi libertad de acción y haré de mi capa un sayo. Augusto – prosiguió el conde, dirigiéndose al joven, que acababa de entrar con el manuscrito, – siéntese usted y lea: le escuchamos.

Obedeció Augusto, tomando asiento en el acto, y cuando todos nos hubimos acomodado bien para ser, como suele decirse, todo oídos y no perder detalle del relato, el joven comenzó así su lectura:




I


Al dar las diez de la mañana de uno de los primeros días de mayo del año 1838, se abrió la puerta cochera de un pequeño palacio de la calle de los Maturinos para dar paso a un joven montado en magnífico corcel de pura raza inglesa. Tras él y a la debida distancia salió un criado vestido de negro y montado también en un caballo de pura sangre, pero visiblemente inferior al primero.

No había más que ver a aquel jinete para clasificarlo entre los que, sirviéndonos de una palabra de la época, llamaremos lechuguinos. Era un joven que aparentaba tener unos veinticuatro años, y vestía con estudiada sencillez, que revelaba en él esos hábitos aristocráticos que se adquieren desde la cuna y que no puede crear la educación en aquellos que no los posean ya de un modo natural.

Forzoso es reconocer que su fisonomía estaba en perfecta consonancia con su apostura y su traje, y que no era fácil el imaginar facciones más elegantes que las de su rostro orlado de negros cabellos y negras patillas que le servían de marco y al que prestaba un carácter altamente distinguido la mate y juvenil palidez que lo cubría. Cierto es que dicho joven, último representante de una de las más linajudas familias de la monarquía, llevaba uno de esos antiguos apellidos que van de día en día extinguiéndose, hasta el punto de que muy pronto no figurarán ya sino en la historia. Se llamaba Amaury de Leoville.

Si del examen externo, esto es, del aspecto físico, pasáramos al del ente moral, veríamos en su sereno semblante reflejado fielmente su espíritu. La sonrisa que de vez en cuando erraba por sus labios como si a ellos quisieran asomarse las impresiones de su alma, era la sonrisa del hombre feliz.

Vayamos en pos de ese hombre privilegiado que recibió de la suerte, con el don de una ilustre prosapia, los de la fortuna, la distinción, la belleza y la dicha, porque es el protagonista de nuestra historia.

Salió de su casa al trote corto, y a este paso llegó al bulevar: dejó atrás la Magdalena, y tomando por el arrabal de San Honorato entró en la calle de Angulema.

Allí acortó el paso mientras fijaba con persistencia su mirada, que hasta entonces había vagado al azar, en un punto de la calle.

Lo que tanto atraía su atención era un lindo palacio situado entre un florido patio y uno de los extensos jardines, ya muy raros en París, que los ve desaparecer poco a poco para ceder el puesto a esos gigantes de piedra sin aire, sin espacio y sin verdor, llamados casas, con notoria impropiedad. Frente al edificio se detuvo el caballo, como obedeciendo a la costumbre; pero el joven, tras de lanzar una intensa mirada a las ventanas, que aparecían cerradas o imposibilitaban toda investigación indiscreta, siguió su camino, volviendo de vez en cuando la cabeza y consultando con frecuencia el reloj como queriendo asegurarse de que no era aún la hora en que debían serle abiertas las puertas de aquella hermosa mansión.

No le quedaba otro recurso que el de matar el tiempo de algún modo. Desmontó, pues, en casa de Lepage y se entretuvo en romper algunos muñecos, cuya suerte corrieron después varios huevos, sirviéndole por último, de blanco, hasta las moscas.

Como los ejercicios de destreza aguijonean el amor propio, el joven, aun sin otros espectadores que los criados, estuvo cerca de una hora consagrado a este deporte. Después volvió a montar a caballo, dirigiose al trote hacia el Bosque de Bolonia, y habiéndose tropezado con un amigo en la alameda de Madrid le habló de las últimas carreras y de las próximas a celebrarse en Chantilly, y así conversando transcurrió otra media hora.

Encontráronse en la puerta de San Jaime con un tercer paseante, el cual, recién llegado del Oriente, les relató de un modo tan interesante la vida que había llevado en el Cairo y en Constantinopla, que en tan amena conversación pasó una hora o quizá más. Entonces nuestro héroe ya manifestó impaciencia, y despidiéndose de sus amigos, se dirigió al galope a la esquina de la calle de Angulema que da a los Campos Elíseos.

Detúvose en aquel sitio, consultó el reloj, y viendo que señalaba la una, se apeó, dejó el caballo a cargo del criado, adelantose hacia la casa ante cuya fachada se había detenido tres horas, y llamó a la puerta.

Si Amaury hubiese abrigado algún temor, no habría dejado de parecerle bien extraño a quien hubiere observado la sonrisa con que le recibían todos los criados, desde el conserje que acudió a abrirle la verja hasta el ayuda de cámara que al pasar encontró en el vestíbulo, sonrisa reveladora de que lo consideraban como miembro de la familia que habitaba en el palacio.

Por eso al preguntar el joven si el señor de Avrigny estaba visible, le contestó el criado, como quien habla a una persona con la cual no rezan ciertas trabas impuestas por conveniencias sociales:

– No lo está, señor conde, pero en el saloncito encontrará usted a las señoras.

Y como se dispusiese a adelantarse para anunciarle, el joven le indicó que era cosa innecesaria. Amaury, a fuer de buen conocedor del terreno, llegó en seguida a la puerta del saloncito en cuestión, que precisamente estaba entreabierta, y antes de entrar permaneció un instante en el umbral como fascinado por el cuadro que se ofrecía ante su vista.

Dos lindas jóvenes, que contarían de unos diez y ocho a veinte años, bordaban en un mismo bastidor, casi enfrente la una de la otra mientras que una inglesa, situada junto a la ventana, las contemplaba con curiosidad cariñosa, olvidándose de reanudar la lectura del libro que tenía en la mano a la sazón.

Justo es reconocer que nunca el arte pictórico reprodujo un grupo más seductor que el que formaban, casi juntas, las cabezas de aquellas dos criaturas, tan diametralmente opuestas en sus rasgos físicos y en su carácter, que no parecía sino que el propio Rafael las había unido para hacer un estudio de dos tipos graciosos en igual medida, aunque ofreciendo con su unión el contraste más vivo.

Era la una, en efecto, rubia y pálida con largos bucles a la inglesa, ojos de cielo y cuello de cisne; un tipo, en fin, que traía a la memoria a aquellas delicadas y vaporosas vírgenes osiánicas prestas a deslizarse sobre las nieblas que coronan las cimas de las áridas montañas escocesas o a esfumarse entre las brumas que invaden las llanuras británicas; una de esas visiones que tienen a un tiempo naturaleza de mujer y de hada, sólo vislumbradas por el genio de Shakspeare, que logró transportarlas del mundo de la fantasía al de la realidad; portentosas creaciones que nadie había alcanzado adivinar antes que él, que nadie ha repetido después, y a las que él puso los dulces nombres de Cordelia, Ofelia o Miranda.

Tenía la otra, en cambio, negros cabellos cuya doble trenza servía de orla al ovalado rostro; con sus ojos brillantes, sus labios purpurinos y sus vivos y resueltos ademanes, semejaba una de aquellas doncellas doradas por el sol del Mediodía, a las cuales reunía Bocaccio en la villa Palmieri para leerles los alegres cuentos de su Decamerón. Rebosaba su cuerpo vida y salud; chispeábale en la mirada el donaire cuando éste no brotaba de sus labios; su tristeza, si alguna vez la sentía, nunca llegaba a velarle por completo la expresión risueña que animaba habitualmente su rostro, y aun al través de su melancolía dejábase adivinar su sonrisa como se presiente el sol tras una nube de estío.

Así eran las dos jóvenes que, inclinadas sobre el mismo bastidor, hacían surgir sobre el lienzo un ramo de flores en el cual, fieles a su temperamento, ponía la una lirios y jacintos de suave blancura, mientras la otra lo adornaba con claveles y tulipanes que le prestaban animación con sus encendidos tonos.

Pasados unos instantes de muda contemplación, empujó Amaury la puerta, y penetró en la sala.

Al oír el ruido las dos jóvenes volvieron la cabeza, lanzando un grito como gacelas sorprendidas por el cazador, al tiempo que animó un fugitivo rubor las mejillas de la rubia y una suave palidez blanqueó ligeramente el rostro de la morena.

– Ya veo que he hecho mal en no dejar que me anunciasen – dijo el joven, adelantándose hacia la rubia, sin cuidarse de su amiga – pues te he asustado, Magdalena. Perdona mi ligereza: siempre me conceptúo hijo adoptivo del señor de Avrigny y procedo en esta casa como si todavía fuese uno de sus comensales.

– Haces muy bien, Amaury – respondió Magdalena. – Además, creo que aunque quisieras obrar de otro modo no sabrías, pues no se pierden así en pocas semanas las costumbres adquiridas en el transcurso de diez y ocho años. Pero, ¿no le dices nada a Antoñita?..

Amaury se apresuró a estrechar la mano a la morena, diciéndole sonriente:

– Perdóneme usted, querida Antoñita; ante todo tenía que presentar mis disculpas a la que había asustado mi torpeza: he oído el grito de Magdalena e instintivamente he corrido hacia ella.

Y volviéndose hacia el aya, añadió:

– Señora Braun, tengo el honor de saludarla.

Con cierta expresión de tristeza sonrió Antoñita al estrechar la mano del joven, pensando que también ella había gritado, sin que su voz llegase a los oídos de Amaury.

La institutriz no había visto nada, o mejor dicho, lo había visto todo, pero habíase detenido su mirada en la superficie de las cosas sin querer profundizar.

– No se excuse, conde – dijo; – antes bien, convendría que con frecuencia se hiciese lo que usted hizo, para curar a esa criatura de su impresionabilidad nerviosa. Debe eso consistir en su cavilosa imaginación. Creo yo que se ha construido para sí un mundo aparte en el cual busca refugio tan pronto como dejan de sujetarla al mundo material. No sé qué es lo que pasa en ese mundo; pero si esto continúa acabará de seguro por abandonar los dos, y entonces su existencia será el sueño y en sueño se convertirá su vida.

Magdalena clavó en el rostro del joven una amorosa mirada que parecía decirle:

– De sobras sabes tú en quién pienso cuando estoy tan abstraída: ¿verdad, Amaury?

Antonia, que sorprendió esta mirada se levantó, pareció quedar perpleja un instante y después, abandonando definitivamente su interrumpida labor, sentose al piano y se puso a ejecutar de memoria una fantasía de Thalberg.

Magdalena continuó bordando y Amaury ocupó un asiento a su lado.




II


El joven dijo a su amada en voz baja:

– ¡Es un horrible tormento, Magdalena, el no poder vernos con libertad y a solas muy de tarde en tarde! ¿Crees que es casualidad o que tu padre lo ha dispuesto de este modo?

– No sé qué pensar, Amaury – respondió Magdalena. – Sólo puedo decirte que lo siento como tú. Cuando podíamos vernos a todas horas no sabíamos apreciar en su justo valor nuestra dicha. No en vano dicen que la sombra es lo que hace que el sol sea deseable.

– ¿Hay inconveniente en que hagas comprender a Antoñita que nos prestaría un señalado servicio alejando de aquí por un rato a la señora Braun? Me parece que se queda aquí más por costumbre que por prudencia, y no creo que tu padre le haya dado el encargo de vigilarnos.

– Ya se me ha ocurrido muchas veces, y es el caso que no sé a qué atribuir el sentimiento que me veda el hacer eso. Siempre que abro la boca para hablar de ti a mi prima siento que se ahoga la voz en mi garganta. Y sin embargo, no ignora ella que te quiero.

– También yo lo sé, Magdalena; pero necesito que me lo digas tú misma en alta voz. Para mí no hay dicha comparable a la que disfruto al verte, y así y todo preferiría privarme de ella a tener que contemplarte ante personas extrañas, frías e indiferentes que obligan al disimulo. No acierto a expresarte lo que en este momento me mortifica semejante tiranía.

Magdalena se levantó y dijo sonriente:

– Amaury, ¿quieres ayudarme a buscar en el jardín algunas flores? Estoy pintando un ramo y el que hice ayer se ha marchitado ya.

Antonia dejó el piano al oír esto y cruzando con ella una mirada de inteligencia repuso:

– Magdalena, no debes salir al aire libre y exponer tu salud con el tiempo frío y nebuloso que está haciendo. Ya iré yo. ¡Verás qué ramo tan precioso voy a traerte! Señora Braun, hágame el favor de traerme al jardín el ramo que verá usted en un jarro del Japón sobre una mesita del cuarto de Magdalena, porque hay que hacerlo enteramente igual a ése.

Diciendo esto bajó al jardín por la escalinata, mientras que el aya, que no tenía que cumplir orden alguna respecto a Amaury y a Magdalena y que conocía los vínculos de afecto que les unían desde la niñez, iba en busca del ramo.

Siguióla Amaury con los ojos, y así que la perdió de vista tomó con dulzura la mano de Magdalena, exclamando con acento apasionado:

– ¡Ya nos han dejado solos, siquiera sea por un instante! Aprovechémoslo, Magdalena: mírame, dime que me amas, pues a ser sincero, desde que he visto a tu padre tan transformado, voy dudando ya de todo. De mí, bien sabes que te amo, que te amo con todo mi ser.

– ¡Sí, Amaury, lo sé! – dijo la joven, exhalando un gozoso suspiro de esos que parecen aliviar un corazón oprimido. – Al verme así tan endeble, me parece que únicamente tu amor me da la vida. ¡Qué singular es lo que me pasa, Amaury! Viéndote a mi lado, respiro mejor y me siento más fuerte. Antes de tu llegada y después de tu partida noto que me falta el aire, y tus ausencias son demasiado prolongadas desde que no vives en nuestra compañía. ¿Cuándo voy a tener el derecho de no separarme de ti, que eres mi alma y mi existencia?

– Oyeme, Magdalena: ocurra lo que quiera, esta misma noche pienso escribir a tu padre.

– ¿Y qué ha de ocurrir, sino que al fin se realizarán los sueños de toda nuestra vida? Desde que cumplimos tú veinte años y yo diez y ocho, ¿no venimos considerándonos destinados el uno al otro? Escribe a mi padre sin temor, que no habrá de resistir a nuestros ruegos.

– Bien quisiera yo participar de tu confianza, Magdalena… Pero por desdicha veo de algún tiempo a esta parte a tu padre muy cambiado para mí. Al cabo de haberme tratado durante quince años como si fuera su propio hijo, viene a mirarme ahora como si fuera un extraño. Después de haber vivido a tu lado como un hermano, hoy mi entrada te asusta y lanzas un grito al verme…

– Me arrancó el gozo ese grito, Amaury; jamás me sorprende tu presencia, puesto que siempre la aguardo; pero estoy tan débil y soy tan nerviosa, que todas las impresiones me causan un efecto extraordinario. Pero no te preocupes por eso; acostúmbrate a tratarme como a aquella pobre sensitiva que días pasados atormentábamos por puro entretenimiento, olvidándonos de que tiene vida como nosotros y de que tal vez le hacíamos mucho daño. Ten en cuenta que yo soy lo mismo que ella. Tu presencia me da el bienestar que sentía en mi niñez al sentarme en el regazo de mi madre. Cuando Dios me la quitó te puso junto a mí para que la reemplazaras. A ella debo mi primera existencia; a ti te soy deudora de la segunda. Ella hizo que brillase para mí la luz del mundo; tú, en cambio, me hiciste ver la del alma. Amaury, para que renazca eternamente tuya, mírame siempre: no apartes de mí tus ojos.

– ¡Oh! ¡siempre, siempre! – exclamó Amaury cubriendo sus manos de besos ardientes y apasionados. – Magdalena: ¡te amo! ¡te amo con frenesí!

Mas al sentir estos besos la pobre niña levantose temblorosa y febril, y con la mano puesta sobre el corazón, exclamó:

– ¡Oh! así, no. Tu voz apasionada me trastorna; tus labios me abrasan. Trátame con miramiento. Acuérdate de la pobre sensitiva; ayer quise contemplarla y la encontré marchita, muerta.

– Haré lo que tú quieras, Magdalena. Siéntate y deja que me siente en este almohadón, a tus pies. Si mi amor te conmueve demasiado te hablaré como un hermano. ¡Gracias, Dios mío! Tus mejillas vuelven a tener su color natural; ya ha desaparecido de ellas el brillo extraño que me sorprendió cuando entré y la triste palidez que las cubría entonces. Ya te encuentras mejor, Magdalena; ya estás bien, hermana mía.

Magdalena se dejó caer en la butaca, inclinando el rostro, medio oculto por sus blondos cabellos, cuyos bucles acariciaban con leve roce la frente del mancebo.

Confundíanse sus alientos.

– Sí, Amaury, sí – dijo la joven. – Tú me haces ruborizar y palidecer a tu antojo. Eres para mí lo que el sol para las flores.

– ¡Oh! ¡Qué placer! ¡Qué feliz soy al poder vivificarte así, con la mirada, al poder reanimarte con una palabra! ¡Te amo, Magdalena, te amo!

Reinó el silencio un momento, durante el cual parecía haberse concentrado toda el alma de Amaury en su mirada.

Oyose de pronto un leve ruido. Magdalena alzó la cabeza. Amaury se volvió y vieron al señor de Avrigny que les miraba de hito en hito con manifiesta severidad.

– ¡Mi padre! – exclamó Magdalena echándose hacia atrás.

– ¡Mi querido tutor! – dijo Amaury levantándose para saludarle y sin poder disimular su turbación.

El padre de Magdalena, antes de responder, se quitó con calma los guantes, dejó el sombrero sobre una butaca, y sólo entonces rompió el glacial silencio que tuvo un rato en tortura a nuestros dos jóvenes, para decir con acritud:

– ¡Ya estás aquí otra vez, Amaury! ¡A fe mía que vas a hacer un gran diplomático si sigues estudiando la política en los tocadores y las necesidades y los intereses de tu país viendo bordar a las niñas! A ese paso no serás por mucho tiempo simple agregado; pronto te nombrarán primer secretario en Londres o en San Petersburgo, si así te engolfas en la ciencia de los Talleyrand y los Metternich haciendo compañía a una colegiala.

– Señor de Avrigny – contestó Amaury con acento en el cual vibraban a la vez el amor filial y el orgullo herido. – Quizás a sus ojos descuide yo algún tanto los estudios a que usted me ha destinado; pero puedo decirle que el ministro nunca ha observado en mí esa falta y que ayer mismo leyendo un trabajo que me había encomendado…

– ¡Hola! ¿Conque el ministro te ha encomendado un trabajo?.. ¿Y sobre qué, vamos a ver? ¿sobre la formación de un nuevo Jockey-club, sobre los principios del boxeo o de la esgrima, sobre las reglas del sport en general o del steeple-chase en particular? ¡En tal caso, ya me explico la satisfacción que muestras!

– Pero, querido tutor – repuso Amaury, sin poder reprimir una ligera, sonrisa, – habré de hacerle observar que todos esos conocimientos superfluos que usted me critica los debo a su cuidado casi paternal. Usted me ha dicho siempre que la esgrima y la equitación, unidas al conocimiento de algunos idiomas extranjeros, vienen a completar la educación de un noble en nuestra época.

– Así es, no lo niego, cuando esas cosas se tornan como una distracción a trabajos serios; pero no cuando se juzgan éstos como un pretexto para divertirse. Veo que eres el prototipo de los hombres de nuestro siglo, que creen poseer la ciencia infusa; que con pasarse una hora por la mañana en la Cámara, otra en la Sorbona por la tarde y otra en el teatro por la noche, se consideran capaces de eclipsar la gloria de Mirabeau, de Cuvier y de Geoffroy, juzgando todas las cosas desde la altura de su ingenio y dejando caer con desdén sus fallos de salón en la balanza donde se pesan los destinos de la humanidad… ¿Conque ayer te felicitó el ministro? ¡Enhorabuena! Vive de esas gloriosas esperanzas, descuenta esos pomposos elogios, y el día en que llegue la ocasión te traicionará la suerte. Porque a los veintitrés años, dirigido por un tutor bonachón, te ves doctor en derecho, bachiller en letras y agregado de embajada; porque asistes de uniforme a las fiestas palatinas; porque te han prometido la cruz de la Legión de honor, lo mismo que a otros muchos que aún no la tienen, crees ya haberlo hecho todo y que lo demás te lo ofrecerá la suerte. Tú razonas así: – Soy rico, y por lo tanto, tengo derecho a ser inútil; y con arreglo a tan luminoso raciocinio tu título de nobleza ha venido a parar en privilegio de holgazanería.

– ¡Padre mío! – exclamó Magdalena, atemorizada por la irritación creciente del señor de Avrigny. – ¿Qué es lo que dice usted? ¡Nunca le he visto tratar a Amaury de ese modo!

– ¡Señor de Avrigny! – decía el joven, aturdido por las palabras de su antiguo tutor.

– ¡Qué es eso! – repuso el padre de Magdalena con acento más tranquilo, pero más mordaz todavía. – Te ofenden mis reproches porque son justos, ¿no es cierto? Pues no tendrás más remedio que habituarte a ellos si sigues llevando esa vida ociosa, o renunciar a tratarte con un tutor regañón y descontentadizo. Tu emancipación es de fecha muy reciente. Las atribuciones que tu padre me legó sobre ti han dejado ya de existir para la ley, pero subsisten todavía moralmente, y debo advertirte que en esta época turbulenta en que las riquezas y las distinciones dependen de un capricho de la muchedumbre o de una revuelta popular, nadie puede contar sino consigo mismo y que a despecho de tu opulencia y de tu título de conde, un padre de familia de elevada alcurnia y de cuantioso caudal, obraría con acierto si te negara la mano de su hija, conceptuando como insuficientes garantías tus triunfos en las carreras y tus grados obtenidos en el Jockey-club como hombre diestro en deportes.

El señor de Avrigny se excitaba, más y más con sus propias palabras y paseábase por la estancia visiblemente agitado, sin mirar a su hija, que temblaba como la hoja en el árbol, ni a Amaury que le escuchaba de pie y frunciendo el entrecejo.

La mirada del joven, que a duras penas lograba reprimir su enojo, vagaba del señor de Avrigny, cuya irritación no atinaba a explicarse, a Magdalena, estupefacta, como él.

– ¿Aún no has comprendido – prosiguió el doctor interrumpiendo sus paseos y parándose delante de ellos, – por qué te he rogado que no permanecieses por más tiempo con nosotros? Pues fue porque no le está bien a un joven rico y de ilustre prosapia consumir así el tiempo entre muchachas; porque lo que es natural a los doce años resulta ridículo a los veintitrés; porque, al fin y a la postre, mi hija puede salir perjudicada de esas visitas tan repetidas.

– ¡Caballero! ¡caballero! – exclamó Amaury. – ¡Tenga usted compasión de Magdalena! ¿No ve que la está matando?

Era verdad. Magdalena se había desplomado en su butaca, quedando inmóvil e intensamente pálida.

– ¡Oh! ¡hija mía! – gritó Avrigny, demudándose como ella. – ¡Ah! ¡Tú le das la muerte, Amaury!

Y alzándola en sus brazos la llevó al aposento contiguo.

Amaury siguió al doctor.

– ¡No entres! – dijo éste deteniéndole en el umbral de la puerta.

– Magdalena necesita asistencia.

– ¿Acaso no soy médico?

– Perdone usted, caballero; yo pensaba… no quería irme sin saber…

– Gracias por tu cuidado. Pero tranquilízate: yo estoy aquí para asistirla. Puedes irte cuando quieras.

– ¡Adiós! ¡Hasta la vista!

– ¡Adiós! – repitió el doctor lanzándole una mirada glacial.

Después empujó la puerta, que volvió a cerrarse en seguida.

Amaury quedó como clavado en el sitio en que estaba, inmóvil y como aturdido.

De pronto se oyó la campanilla que llamaba a la doncella, y al propio tiempo entró Antoñita seguida de la señora Braun.

– ¡Dios eterno! – exclamó Antoñita. – ¿Qué le pasa, Amaury, que está usted tan pálido? ¿Y Magdalena? ¿en dónde está?

– ¡En su cama! ¡muy enferma! – exclamó el joven. – Entre usted a verla, señora Braun, que la necesita.

La inglesa corrió a la estancia que Amaury le indicaba con la mano mientras que Antoñita le preguntaba:

– ¿Y usted por qué no entra?

– Porque me han cerrado la puerta y me han echado de esta casa.

– ¿Quién?

– ¡El! ¡el padre de Magdalena!

Y tomando el sombrero y los guantes, Amaury huyó como un loco del palacio de Avrigny.




III


Cuando Amaury entró en su casa encontró a un amigo que le estaba aguardando. Era un joven abogado condiscípulo suyo en el colegio de Santa Bárbara primero, y en la facultad de derecho más tarde. Tenía, con poca diferencia, la misma edad que Amaury. Vivía con desahogo, pues disfrutaba de una renta que podría estimarse en unos diez mil pesos; pero no era, como su compañero, de esclarecido linaje.

Se llamaba Felipe Auvray.

Por el ayuda de cámara tuvo Amaury noticia de aquella visita inoportuna y su primera intención fue subir directamente a su cuarto, dejando a Felipe que esperara hasta que ya, aburrido, se marchase, cansado de aguardar.

Pero Auvray era tan buen amigo que le dio lástima y entró en su despacho, donde sabía por el criado que estaba esperándole Felipe.

– ¡Gracias a Dios! – dijo éste al ver a Amaury. – Una hora hace que te aguardo. Ya lo habría dejado para mejor ocasión si no fuese porque tengo que pedirte un gran favor, contando con tu amistad.

– Ya sabes, Felipe – respondió Amaury, – que te considero como mi mejor amigo. Así, no habrás de enojarte por lo que ahora te diré. ¿Tienes que pagar una deuda de juego o batirte en duelo? Esas son las dos únicas cosas que no admiten demora. ¿Has de pagar hoy? ¿Has de batirte mañana? En cualquiera de esos casos dispón en el acto de mi bolsa y de mi persona.

– Nada hay de lo que imaginas – respondió Felipe. – Venía a hablarte de un asunto bastante más importante, pero no de tanta urgencia.

– Entonces debo decirte francamente que estoy en una situación de ánimo nada a propósito para prestar atención a tus palabras, no obstante el gran interés que me inspira todo cuanto te concierne.

– Siendo así, permíteme que te pregunte a mi vez si por mi parte puedo prestarte ayuda de algún modo.

– No es fácil, por desgracia. Lo más que puedes hacer es diferir por dos o tres días la confidencia que querías hacerme ahora. Necesito estar solo.

– ¡Es posible que no seas feliz tú, Amaury, con un apellido ilustre y una fortuna que nada tiene que envidiar a las primeras de Francia! ¡Se puede ser desgraciado siendo conde de Leoville y poseyendo cien mil francos de renta! A fe mía que no lo creyera si no lo oyese de tu propia boca.

– ¡Y sin embargo, así es, amigo mío! soy desgraciado, ¡muy desgraciado! y tengo para mí, que cuando a nuestros amigos les aqueja un infortunio estamos en el caso de dejarlos a solas con su aflicción. Si no comprendes esto, Felipe, será porque jamás te ha herido la desgracia.

– Puesto que me lo pides, lo haré, contra mis deseos. – ¿Quieres estar solo? pues solo te dejo. ¡Adiós, Amaury! ¡adiós, amigo mío!

– ¡Adiós! – respondió Amaury, dejándose caer en un sillón.

Y añadió:

– Di a mi ayuda de cámara que no quiero ver a nadie y que no permita que se me moleste sin que yo llame. No estoy para soportar la menor molestia ni deseo contemplar un rostro humano.

Auvray cumplió el encargo, y salió devanándose los sesos por atinar con la causa de aquella misantropía que de un modo tan brusco había hecho presa en el alma de su amigo.

Este, perplejo y malhumorado, evocaba entretanto sus recuerdos, pugnando por explicarse la razón del extremado rigor que el señor de Avrigny había usado con él.

Según ya hemos dicho, Amaury era un hombre que podía considerarse, en todos conceptos, nacido con buena estrella.

Dotado por la Naturaleza de elegancia, apostura y distinción, había recibido de su padre un apellido glorioso, cuyos méritos contraídos cerca de la monarquía habíanse acrecentado en las guerras del Imperio, y una fortuna que pasaba de millón y medio, confiada a la intachable administración del doctor Avrigny, uno de los médicos más renombrados de la época y amigo íntimo y muy antiguo de la familia de Leoville.

A mayor abundamiento, su fortuna, manejada con gran tacto por tutor tan cuidadoso, aumentó durante su menor edad en más de un tercio.

Pero el doctor no se había limitado a velar por el patrimonio de su pupilo, sino que había dirigido personalmente su educación como pudiera haberlo hecho tratándose de un hijo.

Resultó de ello que Amaury, criado junto a Magdalena, que era casi de su edad, se había acostumbrado a querer entrañablemente y con amor más que fraternal, a la que le miraba como un hermano.

Así, ambos concibieron desde niños, en la sencillez de su alma inocente y en la pureza de su corazón, el proyecto halagador de no separarse nunca.

El amor intensísimo que Avrigny había profesado a su esposa, arrebatada a este mundo por la tisis, en la flor de su juventud, y que había cifrado más tarde en su única hija, unido al cariño casi paternal que Amaury le inspiraba, hacía que éste y Magdalena ni por pienso hubiesen nunca dudado de obtener su aquiescencia.

Todo se aunaba para infundir en sus almas la esperanza de ver unidos sus destinos, y éste era siempre el tema de sus coloquios desde que uno y otro habían leído claro en el fondo de su pecho.

Las frecuentes ausencias del doctor, cuya persona reclamaba a cada instante la clientela, el hospital que dirigía y el Instituto del cual era miembro, dejábanles tiempo de sobra para forjarse hermosos sueños que por la memoria del tiempo pasado y fiando en la esperanza del venidero juzgaban realizables.

Así las cosas, acababan de cumplir, Magdalena veinte años y Amaury veintidós cuando cambió súbitamente el humor del doctor Avrigny que comenzó a mostrarse grave y severo desde entonces.

Al pronto se atribuyó este cambio de carácter a la circunstancia de haberse muerto una hermana a la cual quería acendradamente, y que le legaba, para que velase por ella, una hija de la edad de Magdalena, su mejor amiga, y su inseparable compañera de estudios y de recreos. Pero, con el transcurso del tiempo, el semblante del doctor fue acusando cada vez más severidad y llegose a notar que su mal humor solía desahogarse, deshaciéndose en reproches sobre Amaury. No pocas veces alcanzaba el chubasco a Magdalena, a aquella hija adorada, a la cual había prodigado a raudales un amor del que sólo parecía susceptible un corazón materno. Desde entonces se observó que la jovial y aturdida Antoñita era la predilecta del doctor y que ella y no Magdalena poseía el privilegio de decirle cuanto le venía en gana.

Delante de Amaury, no cesaba el doctor de encomiar las cualidades de Antoñita, dejando traslucir en más de una ocasión el agrado con que vería que Amaury renunciase a los planes que él mismo había trazado respecto a su pupilo y a Magdalena, para dedicarse a aquella sobrina que había prohijado, y en la cual parecía haber concentrado ya todo el afecto.

Para Amaury y Magdalena, a quienes la fuerza de la costumbre no les dejaba ver la verdadera causa de las rarezas del doctor, no obedecían éstas a otra causa, que a pasajeras contrariedades, y estaban muy lejos de advertir la pesadumbre real que motivaba aquella metamorfosis.

Así, conservaban casi toda su confianza, cuando un día y mientras jugaban como dos niños, corriendo alrededor de la mesa de billar por haberse empeñado Amaury en quitarle una flor a Magdalena, se abrió de pronto la puerta y entró el doctor, el cual se encaró con ellos y en tono áspero exclamó:

– ¿Qué niñerías son éstas? ¿Piensas tener aún doce años, Magdalena? ¿Crees no haber pasado de los quince, Amaury? ¿Te imaginas que corres todavía por el parque del castillo de Leoville? ¿A qué viene ese empeño en arrebatarle a Magdalena una flor que te niega con sobrada razón? Hasta hoy, había creído que esos pasos coreográficos, sólo estaban reservados a los pastorcillos de la Opera; pero por lo visto andaba yo equivocado.

– ¡Pero, papá! – osó decir Magdalena, que acababa de advertir que el doctor hablaba en serio. – Ayer aún…

– Una cosa era ayer, y otra es hoy – replicó con sequedad Avrigny. – Sujetarse de ese modo a lo pasado es renunciar a dirigir lo futuro. Para sentir tal afición a las costumbres de la infancia no valía la pena de haber abandonado las muñecas y juguetes. A aquel de los dos que no alcance a comprender que el tiempo transforma los deberes y conveniencias sociales, yo cuidaré de hacérselo bien presente.

– Permítame usted, querido tutor – repuso Amaury, – que le tache de ser demasiado severo con nosotros. Hoy se queja de nuestras niñerías, y yo recuerdo haberle oído decir muchas veces, que entre las plagas de nuestro siglo se contaba el afán de los niños por echarla ya de hombres.

– ¿Lo dije así? Sería indudablemente por esos mozalbetes recién salidos del colegio, que la echan de políticos altruistas; por esos Richelieu de veinte años que alardean de misántropos; por esos poetas en capullo para quienes la desilusión es una décima musa. Pero tú, querido Amaury, ya que no por tu edad, por tu posición, debes pretender algo más serio. Y si en realidad no es así, aparéntalo siquiera. Pero he venido para hablarte de cosas graves. Retírate, Magdalena.

La joven salió, dirigiendo a su padre una mirada preñada de súplicas que en otro tiempo hubiera desarmado su enojo por completo. Indudablemente recordó el doctor por quién intercedían aquellos hermosos ojos, pues permaneció irritado e inmutable. Dio algunos paseos por el aposento sin pronunciar palabra, mientras que Amaury le seguía anhelosamente con la vista. Por último se paró ante su pupilo y, sin atenuar la expresión de severidad, manifiesta en su rostro, le dijo:

– Escúchame, Amaury. Quizás he tardado más de lo conveniente en decirte lo que vas a oír, y es que un joven de veintidós años, como tú, no puede vivir bajo un mismo techo que dos señoritas con las que no le une ningún vínculo de parentesco. Esta separación es para mí muy penosa. Difiriéndola por más tiempo, incurriría yo en una falta imperdonable. Ahórrate reflexiones que serían de todo punto inútiles y no se te ocurra hacer objeción alguna, pues mi resolución es inquebrantable.

– Pero, querido tutor – dijo Amaury con acento conmovido, – creía yo que la costumbre de verme a su lado y de llamarme hijo le había hecho ya considerarme como individuo de su familia, o por lo menos como digno de ingresar en ella. ¿Me habrá cabido la desgracia de ofenderle involuntariamente? ¿Me condena a alejarme de aquí por haberme retirado su estimación?

– Querido Amaury – repuso el doctor, – siempre he creído, que una vez ya arregladas contigo las cuentas de la tutela, quedábamos en paz.

– Pues se equivoca usted, señor de Avrigny – replicó Amaury, – porque al menos yo no creeré nunca haberle pagado. Ha sido usted para mí más que un tutor fiel un padre cariñoso y previsor; me ha educado, ha hecho de mí lo que soy, me ha inculcado los sentimientos más nobles y generosos; ha sido a la vez, tutor, padre, mentor, guía y amigo. Así, debo ante todo obedecerle con respeto, y en virtud de ello me retiro. Adiós, padre mío; confío en que algún día se acordará usted de su hijo.

Diciendo estas palabras, se acercó Amaury al doctor, tomole la mano casi a la fuerza, y después de besársela salió.

Al otro día hízose anunciar en casa de su tutor, como si hubiera sido un extraño, y esforzándose por aparecer sereno, participole con firmeza desmentida a las claras por sus húmedos ojos, que había alquilado un pequeño palacio en la calle de los Maturinos y que su visita era ya de despedida.

Magdalena, que presenciaba esta entrevista, dobló la cabeza, abatida por el paternal capricho, como lirio que troncha el cierzo helado, y cuando alzó la vista para mirar a Amaury, su padre la vio tan demudada que se estremeció de espanto.

Quizás comprendió el señor de Avrigny que su inexplicable rigor había de parecer odioso a su hija, pues deponiendo su actitud severa tendió la mano al joven, diciéndole:

– Amaury, no has interpretado bien mi pensamiento. Tu partida no reviste el carácter de un destierro. Aquí estarás siempre en tu casa y cuando vengas a vernos te recibiremos con los brazos abiertos.

Un destello de alegría brilló en los hermosos ojos de Magdalena y por sus descoloridos labios vagó una débil sonrisa al oír las palabras de su padre.

Pero Amaury, adivinando que el doctor hacía esta concesión exclusivamente a su hija, saludó con humildad a su tutor y besó la mano de Magdalena, revelando su semblante tan profunda tristeza que en esta acción el amor parecía ceder su puesto al pesar.

Sólo a partir de aquel día, sólo cuando se vieron separados, comprendieron ambos jóvenes cuánto se amaban y hasta qué punto la intensidad de su afecto hacía que el uno fuese indispensable a la existencia del otro.

Los vehementes deseos de volverse a ver después de separarse, la sensación de grata sorpresa al encontrarse de nuevo, las pueriles tristezas y las misteriosas alegrías, síntomas de esa enfermedad del alma que llaman amor, todo lo fueron sucesivamente experimentando los dos jóvenes, sin que ni una sola circunstancia escapara a la escrutadora mirada, del doctor, quien en más de una ocasión había parecido como que se arrepentía de haber sido condescendiente con Amaury, cuando ocurrió la escena que queda relatada.

El joven recordaba, uno por uno todos estos acontecimientos, y hacía mil conjeturas sin lograr hallar, por más que consultase su conciencia y sondeara su memoria, una explicación razonable de aquel cambio repentino.

Ocurriósele entonces la única idea que podía explicar de una manera plausible la conducta de su tutor, esto es, supuso que, como por considerar que su enlace con Magdalena, era ya asunto resuelto, no había hablado nunca de ello al doctor, éste podía haber creído que su pupilo, viniendo en su casa primero y frecuentándola después, abrigaba propósitos muy diferentes de los que al principio se había imaginado.

Creyó que esta informalidad había ofendido al señor de Avrigny, y se decidió a escribirle oficialmente pidiéndole la mano de Magdalena.

Tan pronto como se resolvió a hacerlo, puso manos a la obra, escribiendo esta epístola:




IV


«Señor de Avrigny:

»He cumplido veintitrés años, me llamo Amaury de Leoville y llevo, por lo tanto, uno de los apellidos más antiguos de Francia, venerado en los consejos e ilustre en los ejércitos.

»A fuer de hijo único, heredé de mis padres una fortuna de tres millones de francos en bienes raíces, que me producen más de cien mil de renta.

»Enumero estas circunstancias, que son hijas del acaso y no debidas a mi propio mérito, considerando que con este patrimonio, con la nobleza de mi estirpe, y con la protección de los que me aman puedo escalar la cumbre de la carrera de la diplomacia, a la que me he consagrado.

»Caballero: tengo el honor de pedir a usted la mano de su hija, la señorita Magdalena de Avrigny.»

«Querido tutor:

»Terminada mi carta oficial al señor de Avrigny, carta descarnada y seca como todo formalismo, ¿permite usted a su hijo que le hable con el lenguaje de la gratitud y de los sentimientos que llenan su corazón?

»Amo a Magdalena y ella corresponde a mi afecto. Si hemos tardado tanto en hacerle a usted esta confesión, es porque nosotros no habíamos sondeado aún nuestras almas.

»Este amor ha ido tomando cuerpo tan lentamente y se ha revelado de un modo tan súbito, que nos sorprendió a los dos como un trueno que estallara en un día despejado. Me he educado junto a ella y bajo la vigilancia de usted, y cuando el novio sustituyó al hermano, no supo darse cuenta de este cambio.

»Se lo demostraré a usted.

»Me acuerdo aún de los juegos y las caricias de nuestra niñez, pasada en la hermosa quinta que usted posee en Ville d'Avray, ante los benévolos ojos de la señora Braun.

»Magdalena y yo aprendimos allí a tutearnos. Corríamos por las extensas alamedas en cuyo fondo se ocultaba el sol; saltábamos bajo los corpulentos castaños del parque en las hermosas noches de verano; dábamos deliciosos paseos por el agua y emprendíamos largas excursiones por el bosque.

»¡Oh! ¡Qué feliz tiempo aquél!

»¿Por qué nuestras existencias, confundidas en su aurora, han de separarse sin haber llegado siquiera a la mitad de su carrera?

»¿Por qué no he de ser para usted en realidad un hijo, como lo soy ya de nombre?

»¿Por qué no hemos de seguir Magdalena y yo haciendo la misma vida?

»Me parece todo ello tan natural, tan sencillo, que mi imaginación inventa mil obstáculos; pero ¿existen realmente, querido tutor?

»Quizás me juzga usted joven y frívolo en demasía; pero le llevo a ella dos años y la frivolidad no es elemento esencial de mi carácter.

»Hasta me atrevo a decirle que si soy frívolo no lo soy por naturaleza, sino porque usted me ha aconsejado que lo sea.

»Dispuesto estoy a renunciar a todos los placeres cuando usted lo quiera; bastará para ello una palabra suya o una indicación de Magdalena, pues la amo tanto cuanto a usted le respeto, y la haré dichosa, se lo aseguro.

»¡Sí! ¡muy dichosa! ¿Me considera usted muy joven? ¡Mejor! Así podré dedicar más tiempo a amarla. Mi vida entera le pertenece.

»Usted, que adora a su hija, sabe de sobra que cuando se ama a Magdalena es para siempre.

»¿Acaso sería posible dejar de amarla? Fuera insensato quien tal imaginara. Verla, contemplar su hermosura, y los inmensos tesoros de bondad y de fe, de amor y castidad, que encierra su alma equivale a quedar subyugado, confesando que no hay en el mundo mujer que se le iguale. Creo que ni en el Cielo hay un ángel que pueda serle comparado. ¡Oh, tutor, padre mio! La quiero con toda mi alma. Escribo con esta incoherencia porque expreso las ideas tal y como se me agolpan a la mente. De sobra comprenderá usted que este amor me enloquece.

«Confíemela, querido tutor. No nos separaremos de su lado para que pueda usted ser nuestro guía. Usted no nos abandonará; velará por nuestra dicha, y si algún día ve asomar a los ojos de Magdalena una lágrima, una sola lágrima de pena o de tristeza cuya causa sea yo, eche mano a una pistola y levántame la tapa de los sesos: lo tendré muy merecido.

»Pero no, no haya cuidado: Magdalena no tendrá por qué llorar.

»¿Quién sería capaz de hacer verter a ese ángel, a un ser tan bueno y delicado, a quien una palabra algo severa lastima, a quien un pensamiento celoso causaría la muerte? Sería una infamia, y ya me conoce usted, querido tutor, y sabe que no soy ningún infame.

»Su hija será feliz, padre mío. Ya ve que le llamo padre: ésa es otra costumbre que usted no querrá extirpar. Pero de algún tiempo a esta parte me mira y me habla con una severidad a la cual no me tenía acostumbrado, sin duda por mi tardanza en decirle lo que hoy le escribo, ¿no es verdad?

»Sí es así, me lisonjeo de haber hallado para justificarme un medio muy sencillo que me ha proporcionado usted mismo.

»Está enfadado conmigo porque cree que no le he sido franco, porque le he ocultado como un agravio este amor que no debía ni podía ofenderle. Lea usted en mi corazón y verá si hay que culparme.

»No ignora usted que por la noche escribo mis actos y pensamientos de todo el día, siguiendo una costumbre que me hizo usted adoptar desde la infancia y que usted mismo, atareado por tan graves ocupaciones, no ha descuidado jamás.

«Siempre que uno está así solo y frente a frente consigo mismo, se juzga con imparcialidad, y al día siguiente se conoce mejor. Esta meditación renovada cada día, este examen de la propia conducta, bastan para dar unidad a la vida y rectitud de proceder.

«Constantemente he seguido hasta hoy esta práctica que usted mismo me enseñó, y nunca he comprendido su utilidad mejor que ahora, ya que gracias a ella podrá usted leer en mi alma como en un libro exento de falsía, si no de toda reprensión.

»Vea usted en este espejo mi amor siempre presente aunque para mí invisible, pues a decir verdad no supe hasta qué punto amaba yo a Magdalena sino el día en que usted me separó de ella, en el momento en que comprendí que podía perderla, y cuando usted me conozca, como yo me conozco, entonces juzgará si soy digno aún de su aprecio.

»Ahora, padre mío, aunque confiando en esta prueba y en su afecto espero con angustia el fallo que va a dictar sobre mi suerte.

»En sus manos está mi destino. No lo rompa, se lo ruego como se lo ruego al Altísimo.

»¡Ah! ¿Cuándo podré saber si la sentencia pronunciada por usted es de muerte o es de vida? Una noche es a veces infinita y ocasiones hay en que una hora puede convertirse en un siglo.

»Adiós, querido tutor. ¡Haga el Cielo que el padre enternezca al juez! ¡Adiós!

»Perdone a la fiebre que me devora el desorden y la incoherencia de esta carta, que comienza con la frialdad de un documento comercial y que quiero terminar con un grito salido de lo más hondo de mi pecho y que debe hallar eco en el suyo.

»Amo a Magdalena, padre mío, y no podría vivir si usted o Dios me separase de ella.

»Su adicto y agradecido pupilo


»Amaury de Leoville.»

Después, Amaury tomó el diario en el cual apuntaba día por día los pensamientos, las sensaciones y los hechos más notables de su vida, encerró en un sobre el manuscrito y la carta, y llamando al criado le hizo llevar el paquete a su destino, mientras él quedaba con el corazón agitado por la ansiedad y la incertidumbre.




V


Cuando Amaury cerraba la carta que queda transcrita, el señor de Avrigny salía de la estancia de su hija para encerrarse en su despacho.

El doctor estaba pálido y tembloroso y en su semblante notábanse las huellas de un profundo pesar. Se acercó en silencio a una mesa atestada de papeles y libros, inclinó la cabeza, que ocultó entre las manos, lanzó un hondo suspiro y permaneció largo rato sumido en profundas reflexiones.

Abandonó su asiento, dio unos paseos por la habitación presa de viva inquietud, se detuvo ante una papelera, sacó del bolsillo una llavecita, y tras una corta vacilación abrió con ella un mueble y extrajo de él un cuaderno.

Aquel cuaderno era el diario del doctor. En él escribía el señor de Avrigny todo cuanto le pasaba cotidianamente, lo mismo que hacía Amaury en el suyo.

El doctor permaneció un momento en pie, leyendo las últimas líneas que había escrito el día anterior. Luego, como quien acaba de tomar una resolución penosa, sentose, tomó la pluma y escribió lo que sigue:

«Viernes, 12 de mayo, a las cinco de la tarde.

»Gracias al Cielo, está mejor Magdalena. Ahora reposa.

»He hecho cerrar todos los postigos de su aposento, y a la débil luz de la lamparilla he visto cómo su tez recobraba poco a poco el color de la vida y su respiración, ya tranquila, levantaba su pecho a intervalos iguales. Entonces he besado su frente, húmeda y enardecida, y he salido de puntillas, procurando no hacer ruido.

»A su lado quedan Antonia y la señora Braun. Estoy, pues, aquí a solas con mi conciencia para juzgarme y condenarme yo mismo.

»Reconozco que he sido injusto y cruel; he herido sin compasión dos corazones puros, generosos y que me aman. He causado un desmayo de pena a mi hija, criatura tan delicada que basta un soplo para hacerla caer al suelo.

»He vuelto a despedir de mi casa a mi pupilo, al hijo de mi mejor amigo, a Amaury, excelente muchacho que de seguro se empeña todavía en disculpar mi crueldad. Y todo, ¿por qué razón?

»¿Qué es lo que motiva esta injusticia y esta perversidad? ¿Qué causa reconoce tan inútil barbarie con unos seres a quienes yo quiero tanto?

»Todo es porque estoy celoso.

»Habrá quien no me comprenda; pero no sucederá así con los padres. Tengo celos de mi hija, de su amor a otro, de lo porvenir, del destino de su vida.

»Hay que confesarlo, por triste que sea. Aun los que se juzgan más buenos (y todos creemos contarnos entre ellos) tienen en su alma execrables misterios y vergonzosas reservas. Los conozco como Pascal.

»En el ejercicio de mi profesión he sondeado muchos corazones y he penetrado muchas conciencias en el lecho del dolor; pero explicarse con la conciencia propia es tarea algo más ardua.

»Al reflexionar como ahora lo hago en mi estudio, lejos de mi hija y dueño de toda, mi serenidad, me prometo vencerme y curarme de este mal. Pero luego sorprendo una mirada amorosa que Magdalena dirige a Amaury, comprendo que ocupo sólo un lugar secundario en el corazón de mi hija, que posee el mío por entero, y el egoísta sentimiento paternal triunfa, me ciego, y en mi irritación llego a perder la cabeza.

»Y, bien mirado, el caso es muy natural. El tiene veintitrés años y ella poco más de veinte: son jóvenes y hermosos, y el amor inflama sus corazones.

»Antes, cuando Magdalena era niña, pensé mil veces con gusto en esta unión, y hoy tengo que preguntarme si mis actos son razonables y dignos de un hombre que en el mundo de la ciencia ocupa un lugar tan envidiable.

»Sí, me reputan de lumbrera científica, porque he penetrado un poco más que otros de mis compañeros en los misterios del organismo humano; porque cuando tomo el pulso del enfermo suelo adivinar el mal que padece; porque he tenido en ocasiones la suerte de curar ciertas dolencias que otros más ignorantes que yo tenían por incurables.

»Pero encomiéndeseme la curación de la más leve enfermedad moral y se estrellará mi orgullo en el escollo de la impotencia.

»¡Ah! ¡Es que hay otros males que no alcanza a curar la ciencia humana! Así perdí a la única mujer que ha sido dueña de mi cariño, a la madre de Magdalena.

»¡Oh, Avrigny! Tu esposa, joven, bella, a la cual amabas con locura y por la cual eras correspondido, abandona este mundo y vuela al Cielo, dejándote como único consuelo, como esperanza suprema un ángel, imagen suya que semeja su alma rejuvenecida y un resurgimiento de su hermosura y entonces te aferras a ese gozo postrero como un náufrago a los restos del navío, y besas esas manecitas que te ligan a la vida y te hacen más amable la existencia.

»Juzgabas tú que tu dicha se había ya disipado; pero viene otra a sustituirla; aún puedes recobrarla gozando de la felicidad que vas a dar. Al ocurrirte tan consoladora idea te consagras con alma y vida a las de tu tierna hija. Cuando la ves respirar te parece que respiras tú mismo.

»Tu triste vida se anima con su presencia y se cubre de flores a su paso este mundo que sin ella habría sido para ti un desolado desierto.

»Desde que la recibiste de los brazos de su madre moribunda no la has perdido de vista ni un momento; tu mirada la ha seguido siempre; de día mientras jugaba, de noche mientras dormía, a cada instante has interrogado su aliento y su pulso, alarmándote cada vez que cubría su rostro una súbita palidez o un repentino rubor. Su fiebre ha inflamado tus arterias, su tos te ha desgarrado el pecho; has gritado cien veces a la muerte, a ese espectro que siempre anda en torno nuestro, invisible para todos, menos para nosotros los míseros privilegiados de la ciencia; has gritado cien veces a ese espectro, que tocando tu flor puede troncharla y con su soplo puede matar tu resurrección y tu dicha:

»¡Arrástrame contigo, pero déjala vivir!

»Y ha huido la muerte, no por acceder a tus ruegos, sino por no haber sonado aún la hora, y a medida que iba alejándose te has sentido renacer, lo mismo que al acercarse te sentiste morir.

»Mas no es suficiente que tu hija haya recobrado la vida; hay que criarla y educarla para la sociedad.

»Posee una hermosura, ideal; pero hay que realzar con la gracia su belleza.

»Tiene un corazón hermoso; pero hay que enseñarle cómo se ha de hacer para practicar el bien.

»Su imaginación es viva; pero hay que enseñarle de qué modo se debe usar el ingenio.

»Constantemente te dedicas a construir ese pensamiento, a formar ese corazón, a esculpir esa alma. ¡Cómo te asombras luego de tu propia creación y qué natural te parece que sea el pasmo de la sociedad entera!

»Quizá los demás la juzgan vacilante; pero para ti anda con paso seguro.

»No balbucea, que ya habla.

»No deletrea, que lee.

»Te empequeñeces para ser de su estatura y te admiras de encontrar en los cuentos de Perrault más interés que en la Iliada.

»Un hombre ilustre, sabio, poeta o estadista, te hablará quizá en tu jardín de los abstrusos problemas de la ciencia, de las concepciones poéticas más sublimes, de los cálculos políticos más ingeniosos. Le parece que estás pendiente de sus palabras porque inclinas la cabeza con ademán pensativo…

»¡Pobre estadista! ¡pobre poeta! ¡pobre sabio!

»Estás a cien leguas de lo que te está diciendo, sin atender a otra cosa que a la hija adorada que juega junto a ese maldito estanque en el cual podría caer corriendo y sin pensar más que en el fresco de la noche que pueda helarla, porque recuerdas que su madre, a los veintidós años, sucumbió víctima de una de esas enfermedades que siegan en flor la vida.

»No obstante, tu Magdalena ha crecido, su espíritu se ilustra, su imaginación se ensancha y te entiende cuando le hablas de los poetas, de los campos, de Dios Todopoderoso. Empieza a quererle de otro modo que por el solo instinto, y empieza a oírse a su paso un lisonjero rumor de alabanzas que su hermosura y gentileza arrancan a quien le ve.

»Opinan todos que es la más encantadora; mas, para que nada le falte, es preciso que también disponga de riquezas. Para ti nada necesitas; pero para ella todo es mezquino según lo que merece.

»¡Conque, manos a la obra! Conviértete por ella en ambicioso y avaro, créale una aureola con tu gloria y un tesoro con tus sudores; las rentas del Estado están sujetas a fluctuaciones que pueden ser causa de depreciación de su valor; cómprale esa hermosa granja; con dos años de trabajo puedes proporcionársela.

»Y no ya la riqueza, sino hasta el lujo, es preciso procurarle.

»Esos lindos piececitos que apenas pueden llevarla, están pidiéndote un coche. Es cuestión de un mes de economía; no es, pues, cosa de oponer ningún reparo.

»Cuando sientas fatigado tu cuerpo, dile que te mire; cuando sientas cansado tu espíritu, haz que te sonría.

»Ya tiene granja y coche; ahora le faltan joyas.

»¿Qué padre hay que repare en la fatiga del cuerpo y del alma para lograr que su hija se atavíe con riqueza? Cada arruga de tu frente tiene el valor de una perla, cada una de tus canas puede comprarle un rubí; si agregas algunas gotas de tu sangre completarás su aderezo. Merced al sacrificio de unos años de tu vida tu hija estará deslumbradora como una reina, y será un modelo de belleza y distinción.

»A la postre todos estos esfuerzos, todos estos cuidados, todos estos trabajos son otros tantos goces, y en plazo no lejano obtendrá la recompensa. Pronto la niña será mujer. ¡Cuál no será tu alegría cuando veas que su entendimiento comprende todas tus ideas y su corazón todo tu amor!

»Entonces tendrás ya una amiga, una confidente, una compañera: más que todo eso, porque ningún sentimiento terrenal podrá mezclarse con ese amor mutuo que habrán de profesarse padre e hija. Su presencia será la de un ángel que por permisión divina habita en la tierra.

»Ten aún un poco de paciencia y cosecharás lo que sembraste, y tus privaciones te valdrán cuantiosas riquezas, y tus pesares se convertirán en inefables alegrías.

»Mas he aquí que en un momento dado pasa un extraño, ve a tu hija, le desliza unas cuantas palabras al oído, y no bien las ha escuchado cuando le consagra un amor más intenso que el que te profesa a ti y te deja por él y entrega para siempre a ese extraño su vida, que es la tuya. Cúmplese así la ley de la Naturaleza; ésta mira siempre a lo futuro.

»¡Y, ay de ti, si profieres una queja! Estrecha con la sonrisa en los labios la mano de tu yerno, es decir, de ese ladrón de felicidad que viene a robarte tu dicha, si no quieres resignarte a que se diga de ti:

»He ahí a Sganarelle, que no permite que su hija Lucinda se case con Clitandro.

»Pues Molière ha escrito a propósito de esto una terrible comedia, intitulada el amor médico, en la cual como en todas sus producciones, la jovialidad sólo sirve de máscara para cubrir un rostro bañado en amargo llanto.

»Ya pueden ponderar hasta el colmo los amantes el martirio que les causan sus celos. ¿Qué supone la ira de un Otelo si se la compara con la desesperación de Brabantio y de la Sachette?

»¡Oh! ¡Los amantes! ¿Acaso vivieron veinte años de la vida del ser que ellos idolatran?

»¿Por ventura, después de crearlo una vez, lo perdieron para salvarlo otras veinte?

»¿Acaso es para ellos su sangre y su alma, como para nosotros los padres lo es nuestra hija? ¡Nuestra hija! Esas dos palabras lo expresan todo.

»Cuando les traiciona por otro, exclaman a voz en grito que aquello es un crimen; pero cuando antes nos hizo traición por ellos les pareció la cosa más natural.

»Y aún me dejo por decir lo más terrible, lo más doloroso; y es que nuestro abandono y nuestra pena no tienen ya lenitivo, mientras que los amantes si pierden su amor conservan la posesión de lo presente y esperan en lo futuro.

»Nosotros los padres damos nuestro adiós de una vez a lo venidero, a lo actual y a lo pasado.

»A los amantes les acompaña la juventud, en tanto que a los padres nos acecha la vejez.

»Lo que para ellos es su primera pasión para nosotros es nuestro último sentimiento.

»Cuando a un marido le engañan, cuando a un amante le venden, encuentra a su placer mil queridas, y sucesivos amores llegan a hacerle olvidar el primero.

»Mas ¡ay! un padre ¿podrá encontrar otra hija?

»¡Que se atrevan ahora todos esos jóvenes paliduchos a comparar con el nuestro su infortunio!

»El amante asesina, cuando el padre se sacrifica; el amor del primero no es más que orgullo, mientras que el del segundo es todo abnegación; ellos aman a sus esposas y a sus queridas en beneficio propio, con un cariño egoísta; nosotros queremos a nuestras hijas pensando únicamente en labrar su felicidad.

»Hagamos, pues, el último sacrificio, el más cruento de todos, aunque nos cueste la vida. Ni la menor sombra de egoísmo debe manchar lo más desinteresado, misericordioso y divino que posee el alma humana: el amor de padre.

»Consagrémonos ahora más que nunca a esa hija que se aleja de nosotros; mostrémosle tanto o más cariño cuanto más indiferencia y frialdad veamos en ella; queramos al que ella quiere, entreguémosla al que viene a robárnosla.

»¿Qué vale nuestra pena, si a costa de ella podemos darle la dicha?

»¿No lo hace así el propio Dios de cuyo amor inmenso participan también los que no le aman, Dios que no es otra cosa que un gran corazón paternal?

»Queda así, pues, decidido: dentro de tres meses Magdalena será la esposa de Amaury, a no ser que…

»¡Oh! ¡Dios mío! no me atrevo a proseguir…»

Así era en efecto. La pluma se le cayó de la mano, lanzó un profundo suspiro o inclinó la cabeza, presa de profundo abatimiento.




VI


Se abrió en esto la puerta del despacho para dar paso a una joven que se aproximó de puntillas al doctor y después de contemplarle un instante con melancólica expresión a la que no parecía habituado su semblante risueño, le dio en la espalda una palmada cariñosa.

El doctor se estremeció y levantó la cabeza.

– ¡Cómo! ¡Antoñita! ¿eres tú? – exclamó. – ¡Bien venida seas, hija mía!

– No sé si dirá usted eso mismo dentro de muy poco rato, tío.

– ¿No? ¿por qué no he de decirlo?

– Porque vengo a reñirle.

– ¿Reñirme, tú?

– Sí, yo misma.

– ¡A ver! Explícate; dime por qué.

– Querido tío, lo que tengo que decirle es cosa muy seria.

– ¿De veras?

– Mire usted si lo será, que casi no me atrevo…

– En verdad, tiene que ser algo muy serio para que te dé tanto reparo a ti, querida sobrina. Pero veamos, ¿de qué se trata?

– De cosas que no son propias ni de mi edad, ni de mi posición.

– Vamos, habla de una vez, tontuela. Ya sé yo que tu jovialidad encubre una inteligencia sesuda y grave y que tras de tu frivolidad aparente escóndese un carácter más prudente y razonable que el nuestro. Habla, pues, sin recelo, máxime si, como supongo, vienes a hablarme de mi hija…

– Sí, tío, precisamente vengo a hablarle a usted de Magdalena.

– ¿Y qué tienes que decirme?

– Tengo que decirle, tío, mejor dicho, debo decirle a usted… perdóneme si soy tan atrevida, pero debo decirle que quiere demasiado a mi prima y acabará por matarla…

– ¡Yo! ¡Matarla, yo! ¿Qué es lo que estás diciendo?

– Digo, tío, que su lirio, como usted la llama, es cosa muy frágil, muy delicada, y que combatido por dos amores a la vez no resistirá, sino que habrá de quebrarse.

– No te entiendo, Antoñita, si no te explicas mejor.

– Sí que me entiende usted, tío – dijo la joven rodeando con sus brazos el cuello de Avrigny. – ¡Ya lo creo que me entiende!.. Tan bien como yo le he comprendido.

– ¿Pero estás loca, chiquilla? – exclamó el doctor, aterrado. – ¿Que tú me has comprendido, dices?

– Sí, señor.

– ¡No puede ser!

– Tío – dijo la joven sonriendo tan melancólicamente que no se comprendía cómo podían sonreír así aquellos labios tan sonrosados – tío, no hay corazón impenetrable para los ojos de los que aman; yo que le quiero a usted he alcanzado a leer en el suyo.

– ¿Y qué has visto en él?

Antonia miró a su tío e hizo un gesto de vacilación.

– ¡Vamos! ¡habla! – ordenó el doctor. – ¡No me martirices más con tus reticencias!

Antonia, acercando sus labios al oído de Avrigny le dijo en voz muy baja:

– Está usted celoso, tío.

– ¿Yo? – exclamó el doctor.

– Sí – afirmó la joven – y esos celos llegan a hacerle obrar mal.

– ¡Dios de bondad! – exclamó el doctor inclinando la cabeza con profundo abatimiento. – Yo creía que sólo Tú, con tu omnisciencia infinita, conocías mi secreto.

– ¿Acaso hay en ello algo que pueda causar horror? Los celos constituyen una pasión execrable, pero que no es tan difícil de vencer, después de todo. Yo también he tenido celos de Amaury.

– ¿Tú? ¿Celos de Amaury, dices?

– Sí – repuso Antoñita bajando a su vez la frente; – los tenía porque él venía a robarme a mi hermana y porque cuando vivía con nosotros mi prima sólo tenía ojos para él y ni siquiera se acordaba de que yo estaba con ellos.

– ¿Así, pues, has sentido tú lo mismo que siento yo?

– Poco más o menos, sí; pero gracias a Dios yo he logrado dominarme, puesto que vengo a decirle: «Tío, los dos se aman con locura y es conveniente casarlos, porque separarlos sería la muerte de ambos.»

El doctor movió la cabeza tristemente y sin despegar sus labios mostró a Antoñita las últimas líneas que acababa de trazar. Su sobrina las leyó en voz alta, y dijo:

– Tranquilícese usted, tío; Magdalena no ha sufrido ni un solo acceso de tos.

– ¡Dios mío! – exclamó Avrigny mirando a su sobrina con asombro manifiesto. – ¡Todo lo adivina esta criatura! ¡Lo ha comprendido todo!

– Sí, tío, sí, he llegado a comprender toda la ternura que encierra su corazón. Mas reflexione que si Magdalena se ha de casar alguna vez, ¿no hemos de preferir todos que se case con Amaury? ¿Es que habremos de creer que su dicha constituirá nuestra desgracia? ¿Acaso hemos de echarle en cara su alegría? Dejemos que sean felices y no tratemos de oponernos insensatamente a su destino. No por eso irá usted a quedarse solo, porque tendrá en su compañía a su sobrina, a su Antoñita, que tanto le quiere, que a nadie ama más que a usted y que jamás se separará de su lado. No sabrá reemplazar a Magdalena, demasiado lo comprendo, pero sí será otra hija, aunque no tan rica ni tan hermosa, que no se enamorará como ella, pues aunque la pretendiesen y poseyera las dotes de Magdalena no habrá de querer a nadie, porque le consagrará toda su vida y le consolará… Así como usted será a su vez su consuelo.

– Pues Felipe Auvray, ese amigo de Amaury ¿no está enamorado de ti? Y tú ¿no le correspondes?

– ¡Tío!.. ¡Tío!.. – exclamó Antoñita, como queriendo reconvenirle.

– Está bien, no hablemos de ello. Todo se hará como quieras, que en resumen es lo mismo que yo tenía en proyecto. Pero es necesario hacer que se explique Amaury, porque hemos podido equivocarnos… Si así fuera… Si no amase a Magdalena…

– No es posible equivocarse, tío, y usted está bien seguro de su amor… como también lo estoy yo.

Avrigny no replicó porque su convicción era la misma de su sobrina.

Se abrió de pronto la puerta del aposento y José, el ayuda de cámara del doctor, entró para anunciarle que el criado del conde Amaury de Leoville traía para él una carta de parte de su amo.

Avrigny y su sobrina cambiaron una mirada de inteligencia, pues los dos supusieron en el acto cuál sería el contenido de la misiva de Amaury.

El doctor dijo al criado:

– Venga la carta y di a Germán que espere un momento y podrá llevarse la respuesta.

Pocos instantes después tenía Avrigny la carta entre sus manos sin atreverse a abrirla.

– ¡Valor, tío! – díjole Antoñita para darle ánimo.

Obedeció maquinalmente el doctor, abrió la carta y después de leerla de un tirón alargóla a su sobrina que con un gracioso ademán la rechazó y le dijo:

– ¿Para qué, tío? ¡Si ya me imagino lo que dice!

– Tienes razón – asintió el padre de Magdalena, contestando a Antonia con las palabras de Hamlet a Polonio (Words, Words, Words): – ¡Palabras, palabras, palabras!

– ¿Sólo palabras ha visto usted en esa carta? – preguntó con viveza Antonia arrebatándosela y devorándola de una ojeada.

– Palabras solamente – replicó el doctor; – palabras con que esos artistas de la frase saben suplantarnos en el corazón de nuestras hijas que no tienen empacho en sacrificar a esa retórica huera el cariño que les profesamos.

– Tío – dijo con gravedad Antonia devolviéndole la carta; – créame usted: Amaury quiere a Magdalena con amor puro y sincero. Y yo, que he leído esta carta como usted, he visto algo más en ella y le respondo que la ha escrito con el corazón, no con el entendimiento.

– Entonces…

Antonia ofreció a su tío una pluma que él aceptó para escribir acto continuo:

«Querido Amaury: Ven a verme mañana. Te aguardaré a las once.

»Tu padre,


»Leopoldo de Avrigny.»

– ¿Y por qué no le cita usted para esta misma noche? – preguntó Antoñita, que por encima del hombro de su tío leía lo que éste iba escribiendo.

– Porque serían muchas emociones juntas, para mi pobre hija. Ahora irás a decirle que le he escrito ya y que crees que vendrá mañana por la mañana.

Y haciendo entrar al ayuda de cámara de Leoville le entregó la respuesta.




VII


Cuando al día siguiente despertó Magdalena, a quien la intensa emoción sufrida había rendido hasta el extremo de dejarla sumida en un sopor profundo, era ya bien entrada la mañana.

Llamó a su doncella y le mandó que abriese las ventanas.

Por el muro exterior trepaba un frondoso jazmín a la sazón en plena florescencia y cuyas ramas penetrando algunas veces en la estancia embalsamaban el ambiente con el fragante aroma de sus flores.

Magdalena, como todo temperamento nervioso, adoraba las flores y sus perfumes, que por cierto le eran muy perjudiciales, y pidió que le diesen su jazmín acostumbrado.

Antonia paseábase ya por el jardín sin otro abrigo que un sencillo peinador de batista. Su salud robusta permitiale hacer muchas cosas que a Magdalena le estaban vedadas en absoluto.

La hija de Avrigny, bien arropada en su lecho, tenía que pedir que le acercasen las flores; en cambio Antonia corría a buscarlas con la ligereza de un pájaro, sin miedo a la brisa matutina y al relente de la noche. Esto era lo único que podía envidiarle Magdalena, ya que era más hermosa y más rica que su prima.

Pero en aquella ocasión Antoñita, contra su costumbre, en lugar de correr en busca de sus flores paseábase lentamente en actitud meditabunda y casi triste.

Magdalena, incorporada en su lecho, la siguió con la mirada, en la que se revelaba cierta inquietud, y luego cuando Antoñita, que había desaparecido acercándose a la casa, volvió a aparecer lejos del edificio, se dejó caer de nuevo en la cama lanzando un hondo suspiro.

– ¿Qué tienes, hija mía? – preguntó el doctor, que entraba a verla, y habiendo levantado con sigilo el cortinaje presenció aquel pequeño combate de la envidia contra los buenos sentimientos que abrigaba el corazón de Magdalena.

– Tengo, papá, que me parece Antoñita muy feliz – contestó la joven. – Ella es libre en absoluto en tanto que yo estoy condenada a eterna esclavitud. Que el sol del mediodía es demasiado ardiente… Que el aire matinal es demasiado frío… ¡Siempre la misma canción! ¿Para qué quiero unos pies tan gustosos de correr, sino se les deja salirse con la suya? Me tratan como a una pobre flor de invernadero, condenada a vivir en un medio artificial. ¿Será que estoy enferma, papá?

– No, hija mía, no, ¡qué niñería! No padeces ninguna enfermedad, pero tu constitución es muy delicada. Tú misma acabas de decirlo: Eres una flor de invernadero, una de esas flores que así se guardan porque se las tiene en gran estima. Ya habrás visto que son las más cuidadas. ¿Qué es lo que puede faltarles? ¿Carecen por ventura de algo que puedan poseer sus compañeras? ¿No disfrutan como ellas de la vista del cielo? ¿No las acaricia el sol del mismo modo? Me dirás que eso es al través de los cristales, pero cuenta también que éstos las resguardan del viento y de la lluvia, que tronchan las demás flores.

– No diré lo contrario, papá; pero más me gustaría ser violeta o margarita al aire libre como Antonia, que verme convertida en la planta preciosa y delicada que tanto pondera usted. Mírela; vea cómo ondean al aire sus sueltos cabellos; así se orea su frente mientras la mía… ¡Oh! Observe usted cómo abrasa.

Al decir esto Magdalena tomó la mano de su padre, acercándola a su frente.

– Pues por eso mismo temo tanto los efectos de ese aire glacial. Cuando hagas que los sueños de un corazón ilusionado dejen de abrasar tu frente te permitiré correr como tu prima. Si tienes empeño en salir de tu invernáculo y vivir al aire libre, te llevaré a Hyéres, a Niza o a Nápoles, y en un edén de esos tres que te he nombrado yo te dejaré hacer lo que quieras.

– Pero… ¿vendrá él con nosotros? – preguntó Magdalena mirando a su padre con cierta timidez.

– Sí; vendrá, ya que te es necesaria su presencia.

– ¿Y no le reñirá usted? No será un papá tan malo como lo fue ayer ¿verdad?

– No abrigues ningún temor. Ya sabes que me he arrepentido, puesto que anoche mismo le escribí para que venga.

– Y ha hecho usted muy bien, papá, pues si le prohibiesen quererme amaría a mi prima y entonces yo sucumbiría de pena.

– ¿Quién habla de morir, hija, mía? – dijo el doctor acariciando sus manos. – No pienses en esas cosas que me causan tristeza, pues aunque sé que no las dices de veras, me parece, cuando te oigo hablar así, que estoy viendo a un niño jugando con un arma envenenada.

– ¡Pero si yo no digo que deseo morir ni mucho menos, papá, yo te lo juro! Me siento ahora demasiado feliz para pensar en tal cosa. Además, ¿no es usted el primer médico de París? Pues no dejaría así como así que se muriese su hija.

Avrigny lanzó un suspiro.

– ¡Ay! – murmuró. – Si mi ciencia y mi saber tuviesen la eficacia que imaginas, aún viviría tu madre, hija mía… Pero ¿quieres decirme en qué piensas, Magdalena, para perder así el tiempo? Mira que son ya las diez y Amaury debe venir a las once, pues a esta hora le he citado.

– Ya lo sé, papá; llamaré a Antoñita que me ayudará a vestirme y dentro de un momento me tendrá usted, a su disposición. ¡A ver si ahora me llamará, como siempre, perezosa!

– Porque lo eres, te llamo así, Magdalena.

– Considere usted, papá, que no me encuentro bien sino en la cama. Mientras estoy levantada siento dolor o cansancio.

– ¿Acaso te has sentido enferma estos días alguna vez, sin participármelo?

– No, papá; siempre me he encontrado bien. Luego, ya sabe usted que lo que me atormenta no puede calificarse propiamente de dolor, pues es un malestar sordo y febril, y aun no es continuo, porque me deja en paz algunos ratos. Ahora mismo estoy bien, no siento nada… Te tengo a mi lado y pronto veré a Amaury… Soy feliz y me encuentro muy a gusto.

– Mira: ahí tienes a Amaury.

– ¿En dónde está?

– En el jardín, hablando con Antoñita. Por lo visto ha equivocado la hora – dijo sonriéndose el doctor; – yo le decía en mi carta que viniera a las once y él habrá leído con los ojos del deseo que la cita era a las diez.

– ¡Que está con Antoñita en el jardín! – exclamó Magdalena incorporándose para mirar en aquella dirección. – Es cierto… ¡Papá, llama a Antoñita en seguida, por favor! Quiero vestirme y necesito su ayuda.

Avrigny se aproximó a la ventana y llamó a su sobrina.

Amaury, sorprendido, no queriendo que se notase en la casa su prematura llegada, se escondió rápidamente tras un grupo de árboles, creyendo que así no sería visto.

Poco después entró Antoñita en el dormitorio de Magdalena y el doctor se retiró mientras su hija se disponía a vestirse; y una hora más tarde Antoñita quedaba en el aposento en tanto que su prima y el doctor aguardaban a Amaury en el mismo saloncito donde ocurrió la escena de la víspera.

Un criado anunció al conde de Leoville y al entrar éste el doctor se adelantó a recibirle sonriente; Amaury le estrechó la mano con timidez y Avrigny, le condujo ante Magdalena, que le miraba asombrada.

– Hija mía – le dijo; – te presento a Amaury de Leoville, tu prometido. Amaury – añadió volviéndose hacia el joven, – he aquí a Magdalena de Avrigny, tu futura esposa.

Magdalena lanzó un grito de alegría y Amaury cayó de hinojos. Mas de pronto levantose porque acababa de ver que Magdalena vacilaba y estaba a punto de desplomarse.

El señor de Avrigny se apresuró a acercar una butaca en la que Magdalena se dejó caer más bien que se sentó, porque, en efecto, sentíase desfallecer por momentos. Tantas emociones trastornaban su espíritu aniquilando sus fuerzas, y para ella el gozo era casi tan peligroso como la pena.

Al volver a abrir los ojos vio a Amaury arrodillado junto a ella y a su padre estrechándola contra su pecho. Besaba el uno sus manos y el otro prodigábale cuidados, llamándola con los nombres más cariñosos. Su primer beso fue para su padre; su primera mirada fue para su prometido.

Los dos sintieron a un tiempo el torcedor de los celos.

– Querido Amaury – dijo el señor de Avrigny, – hoy eres mi prisionero y tenemos que pasar juntos el día haciendo proyectos, y forjando novelas… Digo, dando por supuesto que quieras admitir en tu intimidad, a un padre tan déspota como yo.

– Así, pues, padre mío (ya que ahora bien puedo llamarle así), su frialdad no reconoció otra causa que la que yo había supuesto: mi falta de franqueza con usted.

– Sí, Amaury; pero no hablemos ya de eso – repuso sonriéndose el doctor. – Te perdono tu disimulo si tú me perdonas a mí mi mal humor. Quedamos así en paz, ¿no te parece? Pensemos desde hoy solo en amarnos, ¡ingratos! Así lo exige mi condición de tirano implacable y desnaturalizado.

A tal punto habían llegado las cosas que únicamente faltaba fijar la época, en que había de celebrarse la boda.

Como es natural, Amaury quería apresurarla y se oponía enérgicamente a todo aplazamiento; pero al fin la certeza de su dicha le hizo someterse a las razones que le expuso el padre de Magdalena.

Verdad es que éste se mostró de todo punto inflexible pues decía con razón:

– La sociedad en que vivimos no gusta de que se la den sorpresas especialmente en esta clase de asuntos y suele vengarse de ello esgrimiendo el arma de la calumnia.

En resumen, no había más remedio que dejar pasar el tiempo preciso para poder hacer la presentación de Amaury como yerno de Avrigny.

Entonces pidió el joven que se llevase a cabo cuanto antes aquella formalidad.

En su virtud, fijose la presentación para la semana siguiente, y para dos meses más tarde quedó acordada la fecha del casamiento.

De todo ello se trató en presencia de Magdalena, sin que ésta despegase los labios, pero sin que perdiese ni una palabra de cuanto allí se habló. Sus mejillas ruborosas y su mirada, un tanto inquieta prestaban a su semblante una expresión de candor inefable. La felicidad revelada en su rostro, realzaba su belleza: sus miradas vagaban de su novio a su padre, y de éste a su novio, haciéndoles por igual con coquetería encantadora los honores de su gracia.

Cuando ya no hubo nada que decidir entre todos levantose el doctor y con un ademán indicó a Amaury que le siguiese:

– Desde hoy, niña mimada, atrévete a estar enferma, y verás cómo te las entiendes conmigo – dijo a su hija al disponerse a salir.

– Gracias a usted, hoy entro en convalecencia, y ya considero que he recobrado la salud de un modo definitivo. ¡Qué bueno es usted, papá! Pero, dígame, ¿adonde se lleva a Amaury? ¿Por qué no se queda aquí?

– Porque ahora lo necesito. Lo siento mucho, pero es una ausencia necesaria. A la poesía del amor sigue la prosa del matrimonio. Mas no te apenes, por eso, hija mía, porque, si te dejamos un momento, lo hacemos para tratar de tu dicha.

Amaury se acercó a ella, y besando sus cabellos le dijo en voz muy baja:

– Te prometo volver en seguida.

El doctor había pensado que tenían que fijar las condiciones del contrato. Conocía él muy bien la fortuna de Amaury, casi doblada por su integérrima administración; pero el joven no tenía la menor idea de la cuantía de la de su suegro, que, dicho sea de paso, casi igualaba a la suya.

Avrigny, señaló la cantidad de un millón de francos como dote de su hija. Al saberlo Amaury, creyó atinar con la causa de aquella sistemática oposición que a su amor había hecho el padre de Magdalena; pensó que quizás esperaba proporcionarle a ésta un esposo, si no más rico que él, por lo menos en situación más brillante que la suya; que ocupase un puesto conquistado por sus méritos en lugar de una posición heredada de sus padres. Y como esta explicación era la más razonable, a ella se atuvo Leoville.

Verdad es que pronto desterró de su mente estas ideas retrospectivas. Generalmente buscan refugio en los recuerdos del pasado, los que tienen cerrado el porvenir; los que lo ven abierto ante sí precipítanse en él sin reflexionar jamás.

Media hora escasa duró la conferencia entre Amaury y el doctor, pues viendo éste la impaciencia del joven, se compadeció de él, y fingiendo que no la advertía, dio por terminado el asunto, y dejó en libertad a su antiguo pupilo, que se apresuró a volver al salón, en busca de Magdalena.




VIII


Pero la joven estaba a la sazón en el jardín, adonde había bajado, dejando sola a Antoñita, y ante ésta, se encontró Amaury cuando entró en la vasta pieza.

Antonia hizo ademán de retirarse en el acto, pero comprendiendo que, si se marchaba de aquel modo, parecía rehuir la presencia de Leoville como si se sintiese pesarosa de su dicha, se detuvo y volviendo la cabeza le dijo, sonriendo de un modo encantador:

– ¿Es usted feliz ya, Amaury?

– ¡Mucho, Antoñita! Aunque me había dejado usted adivinar algo esta mañana, no podía yo sospechar en modo alguno la realidad. ¿Y usted? – agregó, acompañándola hasta su asiento. Dígame: ¿Cuándo podré felicitarla yo a usted?

– ¿Felicitarme a mí? ¿De dónde saca usted que pueda ocurrir tal cosa? ¿Es posible que llegue nunca ese caso?

– Sí, Antoñita; casándose usted. Ni su linaje, ni su edad, ni su figura dan motivo para suponer ni por asomo que pueda usted quedarse para vestir imágenes.

– Pues oiga usted lo que voy a decirle ahora, en este momento cuya solemnidad dará suficiente valor a mis palabras para que queden por siempre grabadas en su memoria: No me casaré jamás.

Y al pronunciar Antoñita estas palabras era su acento tan grave y revelaba tal resolución, que Amaury quedó asombrado al oírla.

– ¡Vaya! ¡vaya! – exclamó procurando tomar en broma la afirmación de Antoñita. – ¡A otro perro con ese hueso! ¿Va usted a decirme eso a mí que conozco tanto al feliz mortal que habrá de hacerle mudar de intención?

– ¡Oh! ¡Ya sé, ya, adónde quiere usted ir a parar! – repuso Antonia con melancólica sonrisa, – pero se equivoca usted Amaury; esa persona a que se refiere no ha puesto nunca en mí sus ojos ni ha pensado en mí para nada. No hay nadie que pretenda a una huérfana que carece de bienes de fortuna, y yo, si he de serle franca, tampoco amo a ningún hombre…

– Ahora es usted quien se engaña – replicó Amaury, – pues no puede usted ser pobre, siendo la sobrina, del doctor Avrigny, y la hermana de Magdalena. Cuenta usted, Antonia, con doscientos mil francos de dote, y en estos tiempos, ese capital, representa, muchas veces, el triple de la fortuna de las hijas de algunos pares de Francia.

– No ignoro yo que mi tío tiene un corazón muy noble, y no necesitaba esta prueba para convencerme de ello; pero por eso mismo no hay razón alguna para que yo pague con ingratitud sus beneficios. Mi tío quedará solo, y cuando esto ocurra no me separaré de su lado mientras él me lo permita. Después, mi destino futuro está en Dios.

Con tal convicción se expresaba Antoñita, que Amaury comprendió que por el momento, al menos, era inútil hacer ninguna objeción; así, que se limitó a estrecharle la mano en silencio, con ternura, porque amaba a Antoñita con cariño de hermano. Pero la joven retiró la mano con rapidez, y Amaury volvió la cabeza, sospechando que algún motivo debía tener para ello.

Entonces vio a Magdalena que estaba contemplándoles, tan pálida como la rosa blanca que acababa de cortar en el jardín, y que con infantil coquetería lucía en los cabellos.

Leoville corrió hacia ella y le preguntó en voz baja:

– ¿Qué te pasa, Magdalena? ¿Estás indispuesta? ¿Qué tienes?

– No me pasa nada, Amaury – respondió la pobre niña. – Me encuentro bien: quien debe estar indispuesta es Antoñita; mira qué triste parece.

– Sí, está triste, precisamente yo le preguntaba ahora la causa de esa tristeza… ¿Sabes cuál es?.. Dice que nunca se casará. ¿Será que está enamorada?

– Sí – respondió Magdalena de un modo singular; – creo que has acertado. Pero dejemos esto y acerquémonos a ella, pues nuestras conversaciones en voz baja, le causan gran pesadumbre.

Efectivamente, Antoñita parecía estar inquieta, como si fuese presa de una viva desazón. Aproximáronse a ella, mas no lograron que se sentase de nuevo. Dijo que tenía que escribir una carta, y se retiró a su cuarto.

Así que hubo salido del salón, respiró Magdalena con más libertad, y volvieron ella y Amaury a forjarse nuevos planes. Proyectaron largos viajes por Italia, y en medio de sus protestas de amor no menos nuevas por ser siempre repetidas, prometiéronse prolongar aquellos dulces coloquios durante toda su vida.

De este modo sorprendioles la noche cuando ellos imaginaban no haber pasado juntos sino muy pocos instantes.

De su arrobamiento vinieron a sacarles Antonia y el doctor que aparecieron cada uno por su lado y se acercaron a ellos sonriendo. Amaury estaba, de nuevo a los pies de su amada, pero esta vez Avrigny, lejos de irritarse como la víspera, le indicó que no se moviese y tras de contemplar un momento aquel hermoso grupo, les tendió sus manos, exclamando:

– ¡Hijos míos!

Antoñita, por su parte, ya fuese debido a su fuerza de voluntad o a versatilidad de humor, estuvo como nunca, encantadora, haciendo gala de su jovialidad y de su gracia. Quizás un frío observador habría considerado algo febril aquella animación y algo aparente aquella franca alegría.

Los dos novios, absorbidos en sus propios sentimientos, no tenían tiempo para analizar los ajenos. Sólo de vez en cuando Magdalena hacía recordar a Amaury, tocándole en el codo, que estaban en presencia de su padre. Entonces la conversación se hacía general, no siendo ella la que menos ponía de, su parte en tal empeño; pero pronto triunfaba el sentimiento predominante, dando motivo al doctor para evaluar con amargura el sacrificio que había hecho al otorgarle la limosna de una caricia, de una mirada, o de una simple palabra.

No tuvo valor para ver cómo le escatimaba su amor filial y apenas dieron las nueve pretextó la fatiga de la víspera para retirarse a descansar dejando en su lugar a la señora Braun.

Pero antes de marcharse, al dar a su hija el beso de despedida, apoderose de una de sus manos y le tomó disimuladamente el pulso. Una ráfaga de indecible alegría, iluminó en el acto el contraído semblante del doctor. El pulso era normal; circulaba la sangre con regularidad perfecta; la arteria no denunciaba la más leve agitación y los hermosos ojos de Magdalena no brillaban ya con el fulgor de la fiebre, sino con el resplandor de la felicidad.

Volviose Avrigny hacia Amaury, y estrechándole en sus brazos le deslizó al oído estas palabras:

– ¡Si tú pudieras salvarla!..

Y gozoso casi en igual medida que los novios se dirigió a su despacho para trasladar a su diario las impresiones de aquel día, uno de los más memorables de su vida.

No tardó en retirarse Antoñita, cuya desaparición no advirtieron ni Amaury ni Magdalena, y aun podría asegurarse que ambos la creían presente cuando al dar las once se les acercó la señora Braun, para recordar a Magdalena que su padre no permitía que se acostase más tarde.

Hubieron, pues, de separarse por fuerza, no sin hacerse las más tiernas promesas para el día siguiente.

Al volver Amaury a casa, se conceptuaba el más dichoso de los mortales. Había pasado un día de felicidad completa, de esos que hacen época en la existencia de un hombre; uno de esos días que no son oscurecidos por la más ligera nube, y en que todos los accidentes de la vida ordinaria confúndense de un modo armónico lo mismo que los detalles de un magnífico paisaje se confunden con el cielo.

Ni una leve ondulación había turbado la tranquila superficie del lago de aquel día, ni una sombra había venido a oscuraecer los perdurables recuerdos que debía dejar en su memoria.

Leoville entró en su casa, casi asustado de tanta dicha, tratando vanamente de adivinar de dónde podría venir la primera nube capaz de empañar el cielo radiante de su felicidad.




IX


Para Amaury la velada que acabamos de describir, tuvo su continuación en los deliciosos sueños que ocuparon su imaginación aquella noche.

Así, por la mañana despertó en la mejor disposición de ánimo para recibir a su amigo Felipe, que no tardó en presentarse.

Cuando Germán entró anunciando su visita, recordó Amaury que dos días antes había estado Auvray a verle para pedirle un favor y que no encontrándose dispuesto a pensar en otra cosa que en los asuntos que a él le preocupaban, había diferido para otro día aquella conferencia.

Felipe volvía con la perseverancia que formaba parte de su carácter, a preguntar a Amaury si podía al fin oírle.

Leoville, que aquel día habría contribuido de buen grado a hacer dichoso a todo el mundo, ordenó que le hiciesen entrar en seguida y le recibió sonriente. Felipe, en cambio, entró muy serio y con aire grave y acompasado. Aún cuando era muy temprano, pues no habían dado las nueve, vestía de rigurosa etiqueta.

Permaneció de pie, hasta que el criado hubo salido, y luego con solemne ademán preguntó a su amigo:

– ¿Vengo en mejor ocasión que anteayer? ¿Estás hoy dispuesto a concederme una audiencia?

– Amigo Felipe – contestó Amaury, – no me guardes rencor por esta pequeña dilación; harías muy mal en ello, pues ya pudiste advertir el otro día que no estaba yo para escuchar confidencias. Hoy sí que vienes en ocasión muy oportuna. Por lo tanto, siéntate y dime qué asunto es ese que hace que vengas tan serio, tan estirado y tan correcto.

Auvray sonrió con satisfacción, y luego haciendo un gesto teatral, como actor que se prepara para declamar un largo parlamento, dijo:

– Suplícote no olvides que soy abogado, lo cual quiere decir que debes escucharme con paciencia, sin interrumpirme ni replicar hasta el fin de mi discurso. Desde luego te prometo que éste no pasará de un cuarto de hora.

– Convenido – dijo riendo Amaury, – pero ten mucho cuidado, porque te escucharé reloj en mano. Mira: señala en este momento las nueve y diez minutos.

Felipe sacó también el suyo, comparó los dos cronómetros con cómica gravedad, que era habitual en él, y repuso:

– Tu reloj adelanta cinco minutos.

– O los atrasa el tuyo. Ya te he dicho muchas veces que me pareces tú aquel hombre de quien se dice que vino al mundo con un día de retraso, y en toda su vida no pudo ya recobrarlo.

– Ya lo sé. Sí; ésa es mi costumbre, hija de la maldita irresolución propia de mi carácter, que me hace titubear sin resolverme a hacer una cosa hasta que los demás ya la han hecho; de dónde resulta que en todos mis asuntos cualquiera me gana siempre por la mano. Pero en esta ocasión confío, Deo volente, en llegar con oportunidad al fin que me propongo.

– Pues si pierdes el tiempo perorando inútilmente no será nada extraño que haya quién lo aproveche y tú te quedes rezagado como siempre.

– Si así sucede la culpa será tuya, porque yo te he suplicado que no me interrumpas y no parece sino que te ha faltado tiempo para hacerlo.

– Está bien. Habla, pues; ya te escucho. Veamos qué es lo que tienes que contarme.

– Se trata de una historia que tú conoces tan bien como yo; pero debo forzosamente empezar por recordártela para llegar a mi objeto.

– ¡A ver si vamos a representar ahora la escena de Augusto y Cinna! ¡Tendría gracia! ¿Te imaginas que conspiro?

– ¡Vaya! Ya me has interrumpido dos veces, a pesar de haberme empeñado tu palabra. Después te quejarás de que mi discurso ha durado más de lo convenido, y te creerás con derecho para hacerme objeto de tus reproches.

– No temas, Felipe; me acordaré de que eres abogado.

– Ea, dejémonos de bromas y hablemos en serio porque el asunto es grave.

– ¡Muy bien! Mírame – repuso Amaury, afirmando los codos sobre el lecho con seriedad afectada. – ¿Qué te parece? ¿Estoy bien de este modo? Pues yo te juro que no haré ni un movimiento mientras tu hables… Conque, empieza cuando quieras.

– Escúchame, Amaury – dijo Felipe. – ¿Te acuerdas del primer curso de leyes que estudiamos juntos? Salíamos de clase abarrotados de filosofía, sabios como Sócrates y sensatos como Aristóteles. El corazón de Hipólito habría envidiado al nuestro pues si nosotros amábamos a alguna Aricia, no era más que en sueños, y así en los exámenes hubo tres bolas blancas, símbolos de nuestra inocencia, que recompensaron nuestra aplicación y que colmaron de alegría a nuestra familia. De mí, yo sé decir que, emocionado por las alabanzas de mis profesores y las muestras de cariño de mis padres, había hecho ya nada menos que un propósito firme de morir envuelto en virginal vestidura, lo mismo que San Anselmo; pero no contaba con el diablo, con el mes de abril, y con mis diez y ocho años, que habían de dar al traste con mi buena intención. En suma, que muy pronto cayó por tierra mi plan al choque de una violenta contrariedad. Yo hasta entonces había visto siempre ante mis ventanas otras dos en las que de vez en cuando aparecía el rostro avinagrado de una vieja fea y gruñona, verdadero tipo de clásica dueña española que parecía vivir sin otra compañía que un perro tan asqueroso como ella; por lo menos nunca vi asomarse a las ventanas, exceptuando a la vieja, otro ser viviente que aquel animalito, el cual, cuando por casualidad su dueña abría la ventana, corría a poner las patas sobre el alféizar y me miraba con ojos curiosos al través de su pelaje ensortijado por el fango. El perro y la vieja me inspiraban horror, e indudablemente, el tener yo siempre cerrada herméticamente mi ventana para no verlos, fue la causa principal de que yo obtuviese al terminar el curso un resultado tan brillante en la carrera de los Cuyacios y los Delvincourt.

Pero ¡ay! un día, allá a principios de marzo, vi con júbilo una plancha en la cual había escritas estas consoladoras palabras:


CUARTO Y GABINETE POR ALQUILAR PARA EL MES DE ABRIL

Era indudable que iba a verme libre de la vecindad de aquella horrible vieja, y que por fin vendría un ser humano a sustituir a la espantosa bruja que durante dos años había afeado mi perspectiva con el espectro de Medusa.

Ya aguardaba yo impaciente la fecha del 1.º de abril cuando la víspera me escribió mi excelente tío, el mismo que me ha dejado veinte mil francos de renta, invitándome a pasar el día siguiente, que era festivo, en su quinta de Enghien.

Como yo no andaba muy al corriente de mis estudios, pasé en vela buena parte de la noche a fin de encontrarme el lunes al nivel de los demás compañeros, y ¡claro está! a la mañana siguiente en lugar de levantarme a las siete, lo hice a las ocho y en vez de partir a las ocho lo hice a las nueve, por lo que no me fue posible llegar a las diez, como debía, sino a las once bien dadas, cuando estaban ya acabando de almorzar. Ya supondrás que el retardo no me quitó el apetito. Me senté, pues, a la mesa, prometiendo a los demás comensales que pronto los alcanzaría; pero por más que hice y por bien que jugué mis mandíbulas, no logré impedir que todos concluyeran antes que yo, y como hacía un día espléndido y figuraba en el programa un paseo por el lago, me manifestaron que salían a dar una vuelta mientras yo terminaba de almorzar y concediéronme diez minutos, asegurándoles yo que aún me sobraría tiempo.

Pero quiso el diablo que me sirviesen el café hirviendo, y entre soplar, hacer gestos y tomarlo poco a poco, perdí muy cerca de una hora. Por si algo faltaba, para colmo de desdichas, había en la comitiva un matemático, uno de esos hombres que por lo ordenados guardan gran analogía con un cuadrante solar, que supeditan, todos sus actos a su reloj, tan fijo como el sol. Así que hubieron pasado los diez minutos que me fueron concedidos, consultó mi hombre su cronómetro y haciendo notar que yo no había cumplido mi palabra se dirigió a la orilla y dio comienzo el embarco.

A la sazón salía, yo de la casa, y al ver la jugarreta que iban a hacerme, eché a correr, llegando al embarcadero en el preciso momento en que la barca se apartaba de la orilla. Saludáronme las carcajadas de todos, esto picó mi amor propio, medí con la vista la distancia a que se hallaba la barca, y viendo que no me separaban de ella más de unos cuatro pies, salté y… ¡zas!.. ¡dí con mi cuerpo en el lago!

– ¡Pobre Felipe! Gracias a que sabes nadar como un pez, pues de otro modo…

– Esa circunstancia me valió – interrumpió Auvray. – Mas, como el agua estaba helada, volví a la orilla aterido y tiritando de frío, mientras que el matemático calculaba de seguro, cuántos milímetros me habían faltado para caer en el bote y evitarme el chapuzón. A consecuencia de aquel baño intempestivo, tomado en tan malas condiciones, pasé tres días en la quinta, con una fiebre muy alta. El mismo día en que el médico me declaró radicalmente curado, obligome mi tío a volver a París sin perder tiempo, pues mi ausencia podía perjudicarme para los exámenes, y entré en mi casa a las diez de aquella noche, no sin ir antes a llamar a tu puerta; pero o tú estabas fuera o te habías acostado. Por cierto que después he recordado esta circunstancia muchas veces.

– Pero, ¿querrás decirme adonde diablos vas a parar?

– Pronto lo verás. Prosigo. Me metí en la cama respetando tu ausencia, tu sueño o lo que fuere; dormí como un lirón, y por la mañana me despertó el piar de los gorriones, cosa que me produjo la ilusión de que estaba aún en el campo; así, que abrí los ojos creyendo ver el verdor, las flores y los pájaros y me quedé sorprendido cuando me encontré, con que desde mi cuarto vi todo eso. Aun vi más, porque al través de los vidrios y entre rosas y claveles contemplé a la modistilla más linda y más retrechera que puedas tú imaginarte, distribuyendo comida a varios pájaros de especie diferentes, que merced sin duda al dulce gobierno de su dueña, convivían en paz dentro de una misma jaula. Parecía un cuadro de Mieris. No ignoras tú que los cuadros me gustan con delirio: te explicarás, pues, perfectamente, que yo me estuviera allí más de una hora contemplando aquel que me parecía tanto más encantador cuanto que venía a destruir el efecto que durante dos años me había causado la odiosa visión de la vieja y el perro. Mientras yo estuve fuera, mi Fisifona se había largado, cediendo su puesto a la gentil griseta. Sin pasar de aquel día, decidí enamorarme con locura de mi encantadora vecina, y no desperdiciar la primera ocasión que se me ofreciera para declararle mi pasión.

– ¡Ah! Ya te veo venir, amigo Felipe – dijo Amaury riendo; – pero ya creía yo que habías olvidado aquella aventura en la que tuve la desgracia de ser tu rival, llevándote dos días de delantera.

– Ni mucho menos, Amaury; antes bien, la recuerdo con todos sus detalles y como tú no conoces éstos, me permitirás que te los cuente para que sepas hasta dónde llegan tus culpas para con tu amigo Felipe.

– Pero, hombre, ¿habrás sido capaz de venir a provocarme a un duelo retrospectivo?

– ¡Qué disparate! No vengo más que a pedirte un favor, y si te cuento esa historia es con el fin de que a la amistad inquebrantable que existe entre nosotros y que debe moverte a prestarme ayuda se sume el deseo de reparar ciertos agravios.

– Muy bien; pero volvamos a Florencia.

– ¿Florencia se llamaba? – preguntó Felipe. – No lo sabía yo. Me gusta mucho ese nombre, casi tanto como me gustaba ella. Volvamos, pues, a Florencia. Te decía que tomé dos decisiones a un tiempo, cosa muy extraña en mí, que apenas sé tomar una. Verdad es que, si alguna vez lo hago, no hay nadie que persevere más en su propósito ni que siga su camino tan impertérritamente como yo… ¡Por vida de!.. Se me figura que acabo de soltar un adverbio.

– Tienes perfecto derecho a hacerlo – repuso Amaury con gravedad.

– El primer propósito era el de enamorarme, como un loco, de mi hermosa vecina – continuó Felipe, – y como era el más factible, lo puse en práctica aquel mismo día. Consistía el segundo en declararle mi pasión a la primera oportunidad, y eso ya no era tan fácil; como que era necesario primeramente encontrar la ocasión y después atreverse a aprovecharla.

Tres días tuve que estar en constante espionaje; el primero, oculto detrás de mis cortinas, porque temía asustarla dejándome ver súbitamente; al otro día ya la contemplé pegado a los cristales, pero aun no me atreví a abrir mi ventana; al tercero ya la abrí, y observé gozoso que no la espantaba mi osadía.

Aquella misma tarde la vi echarse sobre los hombros un chal, y abrocharse las botas. Mi vecina iba a salir, y como eso precisamente era lo que esperaba ansioso, me preparé a seguirla adondequiera que fuese.




X


Auvray prosiguió:

– Mi plan ya estaba trazado. Tenía que armarme de valor para detenerla y ofrecerme a compañarla, declarándole por el camino mi pasión, y explicándole con fuego los estragos que en mi pobre corazón habían hecho en tres días su nariz arremangada y su graciosa sonrisa. Tomé, pues, el bastón, el sombrero y el gabán y en cuatro brincos me planté en la calle, sin que me fuera dable evitar, a pesar de mi presteza, que ella ya me llevase unos treinta pasos de delantera. Me lancé como una flecha en seguimiento suyo, y poco a poco logré acortar la distancia. En la esquina de la calle de San Jaime, llevaba yo ganados diez pasos; en la calle de Racine eran ya veinte, y después de atravesar un patio, emprendió la ascensión por una escalera, cuyos últimos escalones alcanzaban a verse desde la calle. Pasome por la mente la idea de aguardarla en el patio, pero la deseché pronto, considerando que el portero, que a la sazón estaba barriendo me preguntaría adónde iba y yo no sabría responderle ni siquiera explicarle a quién seguía, puesto que ignoraba el nombre de la joven. Hube, pues, de contentarme con esperar paseando por la acera de enfrente como pudiera hacerlo un centinela, y he de confesar que si alguna afición hubiera tenido yo a la guardia nacional la habría perdido entonces.

Así pasó una hora, y otra, y otra más, y mi griseta no se dejaba ver por parte alguna.

– ¿Será que la habré espantado? – me pregunté.

A todo esto se acercaba ya la noche y yo, mísero de mí, no disponía del poder de Josué para detener el sol a mi placer. De repente, a la escasa luz del farol que alumbraba la escalera, alcancé a ver el vestido de mi fugitiva, pero ésta no iba sola, pues también vi la capa de un hombre que bajaba en su compañía.

– ¿Será su amante? ¿Será su hermano? – pensé.

Muy bien podía ser lo primero, pero tampoco era descabellado suponer que fuera lo segundo, y recordando a la sazón la famosa máxima del sabio: «En la duda abstente», yo me abstuve. Los dos pasaron junto a mí sin verme, pues la oscuridad no podía ser más densa.

Aquel acontecimiento me hizo cambiar de plan. Así como así, en mi fuero intento, renegaba de mi pusilanimidad, temiendo que en el instante en que hubiera de dirigirle la palabra me abandonara el valor de que venía haciendo tan gran acopio, y, por lo tanto, juzgué que era mejor declararme por escrito.

Y así como lo pensé lo hice en seguida; apenas llegué a casa, sentome ante mi mesa, pluma en ristre. Pero trazar una epístola amorosa de la que dependía el juicio que yo iba a merecer a mi vecina y, por lo tanto, la mayor o menor rapidez con que yo debía captarme su voluntad, no era empresa muy fácil que digamos. Además, era la primera vez que yo me metía en tales aventuras. Así, me pasé hasta la madrugada trazando una serie de borradores que al releerlos luego me parecieron detestables. A la mañana siguiente hice unos cuantos más, y por fin adopté este último ensayo.

Y al decir esto Auvray, sacó su cartera y de ella un papel que desdobló y leyó en voz alta. He aquí lo que decía aquella carta:

«Señorita:

»Verla a usted es adorarla; yo la he visto y la adoro. Por las mañanas la veo distribuyendo el alimento a sus pájaros, demasiado dichosos, porque les da de comer una mano tan linda; la veo regar sus rosas, menos rosadas que sus mejillas, y sus claveles, que no tienen la fragancia de su aliento, y aquellos breves instantes bastan para llenar mis días de ilusiones y mis noches de ensueños.

»Señorita, usted no me conoce y yo ignoro también quién es usted, pero me basta vislumbrarla un segundo para juzgar que bajo tan seductora apariencia se oculta un alma llena de pasión y de ternura. Su espíritu no puede menos de ser tan poético como su hermosura y sus sueños son de fijo tan dulces como sus miradas. ¡Feliz aquél que pueda dar realidad a esas encantadoras ilusiones! ¡Triste de quien se atreva a destruir tan dulces quimeras!»

– ¿Qué te parece? ¿Verdad que logré imitar perfectamente en ese borrador el estilo de la época? – preguntó Felipe con visible satisfacción de sí mismo.

– Lo mismo iba yo a decirte: pero he recordado a tiempo que no te debía, interrumpir – contestó Amaury.

Auvray continuó:

«Ya ve usted señorita, que la conozco. ¿Y a usted, jamás le ha dicho su instinto de mujer que muy cerca de usted, en la casa de enfrente, había un joven que poseyendo algunos bienes, vive solo y aislado y necesita un corazón amante y cariñoso que sepa comprenderle? ¿No ha adivinado usted que aquí había un hombre capaz de dar su sangre, su vida, y su alma al ángel que bajase del Cielo para llenar el vacío de su triste existencia, y cuyo amor no sería un capricho profano y ridículo, sino una adoración eterna? Señorita, si usted no me ha visto, ¿por qué no me habrá siquiera presentido?»

Volvió a detenerse Felipe para mirar a Amaury, como pidiéndole su opinión sobre este segundo período de la carta.

Leoville hizo un gesto de aquiescencia, y Auvray prosiguió:

«Perdone usted, señorita, si no he sabido resistir al ardiente deseo de declararle la volcánica pasión que su sola presencia me ha inspirado: perdone mi atrevimiento, pero no podía menos de revelarle este amor que de hoy más habrá de llenar mi vida. No le ofenda la ingenua sencillez de quien le profesa tanto amor como respeto y si quiere creer en la sinceridad de este pobre corazón que ya es suyo por entero, permítame que le manifieste de palabra toda la ternura y veneración que siento por usted.

»Por favor, señorita, déjeme ver de cerca a mi ídolo. No pido que me conteste, no me atrevo a exigir tanto; pero será suficiente una palabra, una seña, un ademán, la más leve indicación para que yo vuele a sus pies, y pase a su lado la existencia.


»Felipe Auvray

»Calle de San Nicolás, 5.º piso. Hay una pata de liebre en el cordón de la campanilla.»

– ¿Has comprendido, Amaury? No le pedía respuesta, porque no me juzgase muy osado; pero le daba las señas de mi habitación por si se compadecía de mí y me contestaba sin pedirle yo que lo hiciese.

– No era mala precaución – repuso Amaury.

– No, no era mala, pero en cambio era excusada, amigo Amaury. Concluida la apasionada epístola, no faltaba otra cosa que llevarla a su destino: pero, ¿cómo iba a hacerla llegar a manos de mi vecina?.. ¿Valiéndome del correo? No conocía el nombre de mi deidad. ¿Comisionando al portero para que se la entregase mediante una propina de tres francos? Yo no fiaba mucho en ese medio porque había oído hablar muchas veces que hay porteros incorruptibles. ¿La enviaría por un demandadero? Este medio me resultaba prosaico y hasta un tanto peligroso, pues podía suceder perfectamente que encontrase allí al hermano, es decir, al individuo aquel que la acompañaba la noche en que la seguí, y que en medio de mi ilusión, creía yo que no podía ser más que su hermano. Costábame trabajo el resignarme a creer que fuese un amante.

Pensé contarte entonces mi aventura, pero me arrepentí en el acto porque se me ocurrió que tú, como más experto que yo en lides de amor, te burlarías de mis perplejidades. En suma, paralizado por ellas, tuve tres días la carta cerrada sobre mi mesa sin saber qué hacer con ella. Por fin, cuando ya anochecía el tercero y mientras yo entristecido por su ausencia, pues había salido aquella tarde, contemplaba su habitación desierta, vi desprenderse de sus rosales una hoja que empujada por el viento cayó revoloteando hasta la calle.

La manzana que a Newton le cayó en la nariz, fue para el sabio una revelación de la gravitación universal. Del mismo modo una hoja flotando a merced del viento, me reveló a mí el medio de correspondencia que debía emplear. Envolví con la carta el primer objeto pesado que hallé a mano, y lo tiré con habilidad a la habitación de mi vecina, hecho lo cual y asombrado de mí mismo por este rasgo de audacia, cerré prestamente la ventana y aguardé temblando por las consecuencias que podía tener el acto de osadía perpetrado, porque si mi vecina regresaba con su hermano, y éste leía la carta, quedaría muy comprometida la infeliz muchacha.

Oculto tras de las cortinas, y con el corazón lleno de angustia, esperé su vuelta. De pronto vi que entraba, y al advertir que no le acompañaba nadie, respiré con libertad. Ligera y juguetona como siempre, recorrió en todos sentidos su aposento sin tropezar con mi carta, hasta que por último quiso la casualidad que pusiera el pie encima. Entonces se inclinó para recogerla.

Yo estaba en ascuas. Latía mi corazón con violencia inusitada y comparábame con la Lauzun, Richelieu y Lovelace.

Como ya te he dicho antes, comenzaba a anochecer. Mi vecina se acercó a la ventana como queriendo averiguar de dónde podían haber arrojado la misiva, y luego se dispuso a leerla. Entonces creí llegada la ocasión de darme a ver, y a mi vez me asomé yo a mi ventana. Al oír el ruido que hice al abrirla, volviose mi vecina y paseó su mirada con cierto asombro no exento de curiosidad, de la carta a mi persona y de ésta a la carta.

Con elocuente mímica supe indicarle que era yo su autor, y cruzando las manos, le rogué que la leyera.

Quedó perpleja un instante, mas se decidió muy pronto.

– ¿A qué?

– A leerla, hombre, a leerla.

Comenzó por abrir la carta con la punta de los dedos; me miró sonriendo, leyó unas cuantas líneas, volvió a sonreír, y por último, aumentando su jovialidad, prorrumpió en una franca carcajada que a mí me dejó desconcertada. Con todo, como acabó de leer la carta de cabo a rabo, ya iba yo recobrando una ligera esperanza, cuando súbitamente vi que la rasgaba. Estuve a punto de gritar, pero en seguida pensó que quizás tomaba tal precaución por miedo a que la carta cayese en manos de su hermano. Entonces juzgué que obraba bien y hasta aplaudí su idea por más que se me antojaba que era demasiado cruel el encarnizamiento con que se cebaba en mi desventurada epístola. Que la hubiese roto en cuatro pedazos, pase; en ocho, aún podía tolerarse; pero que la rasgase en y diez y seis, en treinta y dos, en sesenta y cuatro, que la redujese a imperceptibles trozos, era ya refinamiento, y convertirla en un puñado de átomos, era dar muestra de insigne perversidad.

Y es el casó que así lo hizo, y sólo cuando por ser ya los fragmentos muy pequeños le fue imposible hacer una nueva división, abrió la mano, y envolvió a los transeúntes en aquella nevada intempestiva; hecho esto volvió a reírse en mis barbas y cerró la ventana, mientras una importuna ráfaga de viento me traía un fragmento de mi carta y una muestra con él de mi elocuencia. ¿A qué no imaginas cuál era? ¡Pues nada menos que aquel que contenía la palabra ridículo!

Sentí que la furia me cegaba; pero, como al fin y a la postre ninguna culpa tenía ella de este último incidente, únicamente achacable al viento inoportuno, cerré también mi ventana con dignidad, y me puse a discurrir, buscando el medio de vencer aquella, resistencia desusada en la honorable corporación de las grisetas.




XI


Los primeros planes que ideé se resintieron, como es natural, del estado de exaltación en que me encontraba yo; así, no se me ocurrieron más que feroces combinaciones y proyectos tan locos como salvajes, mientras pasaba revista en mi memoria a todas las catástrofes amorosas ocurridas en el mundo desde Otelo hasta Ansony.

Pero antes de adoptar ningún plan definitivo decidí acostarme con el fin de que el sueño amansase mi furor, teniendo por bueno aquel proverbio que dice que «la noche es buena consejera». Y así debe ser en efecto, porque al otro día me levanté completamente tranquilo; aquellos planes sanguinarios de la víspera, se habían trocado en resoluciones mucho más parlamentarias, y yo me resolví a aguardar la noche para llamar a su puerta, y una vez que me abriese arrojarme a sus pies, y repetirle verbalmente lo que ya le había dicho en mi carta. Si rechazaba mi amor, estando con ella a solas, siempre tenía el recurso de apelar a los medios más violentos. No podía ser este plan más atrevido; pero en cambio su autor lo era bien poco.

Dispuesto a ponerlo en práctica aquella noche, llegué valientemente hasta el pie de la escalera, pero de allí no pasé. A la noche siguiente, subí hasta el segundo piso; pero allí me detuvo mi falta de decisión. A la tercera llegué hasta el rellano de su propio piso, pero me quedé delante de su puerta, sin atreverme a llamar. Me pasaba a mí lo mismo que a Querubín: No me atrevía a atreverme.

Pero a la cuarta noche, juré acabar de una vez y no ser por más tiempo tan necio y tan cobarde. Entré en un café, tomé hasta seis tazas de este brebaje, y reanimado mi valor por aquellos tres francos de energía, subí sin retenerme los tres pisos, y con mano temblorosa y febril ademán, sin querer pensar en nada por miedo de arrepentirme, tiré del cordón de la campanilla, cuyo sonido me heló la sangre en las venas.

Diéronme entonces tentaciones de echar a correr, pero me quedé como clavado en el suelo, retenido allí por mi propio juramento. No tardé en oír pasos… Alguien abrió… Lancéme al interior de una habitación oscura como boca de lobo, abrí una puerta por cuyos intersticios se filtraba la luz y exclamé con acento de resolución suprema:

– ¡Señorita!

Pero en el acto, me sentí asido por una mano varonil que me puso delante de mi hermosa vecina, y mientras ésta se levantaba de su asiento haciendo un mohín lleno de gracia, mi amigo Aumary, le dijo:

– Vida mía, tengo el gusto de presentarte a mi amigo, Felipe Auvray. Es vecino tuyo y hace tiempo que desea conocerte.

Ya conoces el resto de la aventura. Pasé allí diez minutos, sin lograr reponerme de mi aturdimiento, y abrumado al fin por el peso del ridículo balbuceé algunas excusas y me retiré acompañado por las carcajadas de Florencia que no pudo contener la hilaridad al ofrecerme su casa.

– ¿Y a qué viene el recordar ahora tales cosas? A raíz de aquel suceso, me pusiste mala cara, y tardó bastante en pasársete el enfado; pero creí que ya me habías perdonado, en gracia a que tú mismo tuviste la culpa de lo que te pasó entonces.

– De sobra lo sé y nunca te guardé rencor por ello. Pero debes reconocer que esas cosas no sirven de gusto a nadie, y como tú, queriendo resarcirme en cierto modo de la amarga impresión que dejó en mi ánimo la desdichada aventura te opusiste a presentarme a tu tutor y contrajiste solemne compromiso de hacerme en adelante cuantos favores pudieses, he creído conveniente recordarte tu crimen para recordarte tu promesa, ya que hoy necesito que me ayudes.

– Habla, Felipe – dijo Amaury, pugnando por contener la risa. – Estoy arrepentido de mi culpa, tengo en cuenta el compromiso y aguardo la ocasión de expiar aquel pecado… involuntario.




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