El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III Manuel Fernández y González Manuel Fernández y González El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III TOMO PRIMERO CAPÍTULO PRIMERO DE LO QUE ACONTECIÓ Á UN SOBRINO POR NO ENCONTRAR Á TIEMPO Á SU TÍO A punto que el sol transponía en una nublada y lluviosa tarde de invierno, atravesaba la famosa puente Segoviana, en dirección al ya próximo Madrid, un cuartago enorme que llevaba sobre su afilado lomo una silla de monstruosas dimensiones, y sobre la silla, un jinete en cuyo bulto sólo se veían un sombrero gacho de color gris, calado hasta las cejas, una capa parda rebozada hasta el sombrero, y dos robustas piernas cubiertas por unas botas de gamuza de su color, además del extremo de una larga espada, que asomaba al costado izquierdo bajo la plegadura de la capa. El caballo llevaba la cabeza baja y las orejas caídas, y el jinete encorvado el cuerpo, como replegado en sí mismo, y la ancha ala del sombrero doblegada y empapada por la lluvia que venía de través impulsada por un fuerte viento Norte. Afortunadamente para el amor propio del jinete, nadie había en el puente que pudiera reparar en la extraña catadura de su caballo, ni en su paso lento y trabajoso, ni en su acompasado cojear de la mano derecha: la lluvia y el frío habían alejado los vagos y los pillastres, concurrentes asiduos en otras ocasiones á los juegos de bolos y á las palestrillas de la Tela; las lavanderas habían abandonado el río, que, dejando de ser por un momento el humilde y lloroso Manzanares de ordinario, arrastraba con estruendo las turbias olas de su crecida, y en razón á la soledad, estaban cerradas las puertas de las tabernillas y figones situados á la entrada y á la salida del puente. Nuestro jinete, pues, atravesaba á salvo, protegido por el temporal, una de las entradas más concurridas de la corte en otras ocasiones, y decimos á salvo, porque el aspecto de su caballo hubiera arrancado más de una y más de tres desvergonzadas pullas á la gente non sancta, concurrente cotidiana de aquellos lugares. Era el tal bicho (no podemos resistir á la tentación de describirle), una especie de colosal armazón de huesos que se dejaban apreciar y contar bajo una piel raída en partes, encallecida en otras, de color indefinible entre negro y gris, desprovista de cola y de crines, peladas las orejas, torcidas las patas, largo y estrecho el cuerpo, y larguísimo y árido el cuello, á cuyo extremo se balanceaba una cabeza afilada de figura de martillo, y en la que se descubría á tiro de ballesta la expresión dolorosa de la vejez resignada al infortunio. Representaos seis cañas viejas casi de igual longitud, componiendo un pescuezo, un cuerpo y cuatro patas, y tendréis una idea muy aproximada de nuestro bucéfalo que allá en sus tiempos, veinte años antes, debió ser un excelente bicho, atendidas su descomunal alzada y otras cualidades fisiológicas que á duras penas podían deducirse por lo que quedaba á aquella ruina viviente, á aquella especie de espectro, á aquella víctima de la tiranía humana que así explota la existencia y los elementos productores de los seres á quienes domina. Desesperábase el jinete con la lenta marcha de su cabalgadura, con su cojear y con su abatimiento, y de vez en cuando pronunciaba una palabra impaciente, y arrimaba un inhumano espolazo al jaco, que, al sentir la punta, se paraba, se estremecía, lanzaba como protesta un gemido lastimero, y luego, como sacando fuerzas de flaqueza, emprendía una especie de trotecillo, verdadero atrevimiento de la vejez, que duraba algunos pasos, viniendo á parar en la marcha lenta y difícil de antes, y en el acompasado y marcadísimo cojeo. No sabemos á quién debía tenerse más lástima: si al caballo que llevaba aquel jinete ó al jinete que era llevado por tal caballo. El aspecto que presentaba entonces Madrid desde el puente de Segovia, poco más ó menos, semejante al que presenta hoy, no era lo más á propósito para dar una idea de la extensión y de la importancia de la corte de las Españas; veíanse únicamente dos colinas orladas por unos viejos muros, con algunas torres chatas, y sobre estas torres y estos muros, á la derecha el convento y las Vistillas de San Francisco; á la izquierda el alcázar y el cubo de la Almudena, y entre estas dos colinas el arrabal y la calle y puerta de Segovia, viéndose además hacia la izquierda y debajo del alcázar el portillo y la puerta de la Vega. Añádase á esta vista pobre y árida, lo escabroso y desigual del espacio comprendido entre el puente de Segovia y los muros; los muladares, las zanjas y las hondonadas de aquel terreno formado por escombros; la luz triste que se desplomaba de un celaje de color de plomo sobre todo aquello, y se tendrá una idea de la impresión triste y desfavorable que debió causar la vista de Madrid en el viajero, que á todas luces iba por primera vez á la corte, en vista de la irresolución de que dió marcadas muestras acerca de la dirección que debía seguir para entrar en la villa, cuando ya fuera del puente, se encontró cerca de los muros. Fijóse, al fin, decididamente su vista en el alcázar y luego en la puerta de la Vega, revolvió su caballo hacia la izquierda, y acometió la ardua empresa de salvar las escabrosidades y la pendiente de la agria cuesta. Al fin, aquí tropiezo, allá me paro, acullá vacilo, el anciano jaco logró pasar la puerta de la Vega; enderezóse un tanto, animado, sin duda, por el olor de las cercanas caballerizas reales, y acaso por resultado de ese amor propio de que continuamente dan claras muestras de no estar desprovistos los animales, disimuló cuanto pudo su cojera, y siguió sosteniendo un laudable esfuerzo en un mediano paso, adelantando por la plazuela del Postigo y la calle de Pomar, hasta un arco que daba entrada á las caballerizas del rey, y donde, mal de su grado, hubo de detenerse el forastero, á la voz de un centinela tudesco que le atajó el paso. – Y dígame ucé, señor soldado – dijo con impaciencia el jinete – , ¿por qué no puedo seguir adelante? – Ser estas las capayerisas de su majestad – contestó el centinela. – Y dígame ucé, ¿no puedo ir por otra parte al alcázar? – Foste ir bor donde quierra, mas yo non dejar basar bor aquí ese cabayo. – ¿Me impedirán de igual modo que este caballo pase por las otras entradas del alcázar? – Mi non saperr eso. Y el centinela se puso á pasear á lo largo del arco. – ¡Y á dónde diablos voy yo! – dijo hablando consigo mismo el jinete – : mi tío vive en el alcázar, necesito verle al momento… y ¿dónde dejo á este pobre viejo? Indudablemente, lo que sobrará en Madrid serán mesones; ¿pero quién se atreve? Con la jornada que trae en el cuerpo el pobre Cascabel, sería cosa de no concluir á las ánimas y luego sin dinero: ¡eh! ¡señor soldado! ¡señor soldado! Volvióse flemáticamente el tudesco mientras el jinete echaba pie á tierra. – ¿Queréis hacerme la merced de cuidar de que nadie quite este caballo de esta reja á donde voy á atarle mientras yo vuelvo? – Mi non entender de eso – contestó el soldado – , volviendo á su paseo. – Como no sea que le roben para hacer botones de los huesos – dijo una voz chillona á espaldas del jinete, no sé quién quiera exponerse á ir á galeras por semejante cosa… ni la piel aprovecha: ¿le traéis para las yeguas del rey, amigo? Volvióse el forastero con cólera al sitio donde habían sido pronunciadas estas palabras con una marcada insolencia, y vió ante sí un hombrecillo, con la librea de palafrenero del rey. – Si lo que tenéis de desvergonzado, lo tuviérais de cuerpo, bergante – dijo todo hosco el forastero echando pie á tierra – , me alegraría mucho. – ¿Y por qué os alegraríais, amigo? – ¿Por qué? Porque habría donde sentaros la mano. – Paréceme que servís vos tanto para zurrarme á mí como vuestro caballo para correr liebres – dijo el palafrenero con ese descaro peculiar de la canalla palaciega. – Si mi caballo no sirve para correr liebres, sírvolo yo para haceros dar una carrera en pelo – contestó el incógnito, que aún permanecía embozado – , y sin decir una palabra más se fué para el palafrenero con tal talante, que éste retrocedió asustado hacia una puerta inmediata, á tiempo que salían de ella dos hombres al parecer principales, contra uno de los que tropezó violentamente el que huía. El tropezado empujó vigorosamente al palafrenero, que fué á dar en medio del arroyo, y apenas se rehizo se quitó el sombrero y se quedó temblando é inmóvil, entre los caballeros que salían y el forastero. Miró el caballero tropezado alternativamente al palafrenero, al incógnito y á su caballo; comprendió por lo amenazador de la actitud del jinete que se trataba de alguna pendencia cortada, ó por mejor decir, suspendida por su aparición, y dijo con acento severo y lleno de autoridad: – ¿Que significa esto? – Señor, este mal hombre quería pegarme porque me he reído de su caballo – contestó el palafrenero. – Yo no extraño que se rían de este animal – dijo el embozado – ; lo que extraño es que se atrevan á insultarme, á mí, que ni soy manco ni viejo. – En cuanto á lo de viejo, no puedo hablar porque no se os ve el rostro – dijo el al parecer caballero – ; en cuanto á si sois ó no manco, paréceme que si tenéis buenas las manos, tenéis manca la cortesía. – ¡Eh! ¿qué decís? – Digo, que para tener de tal modo calado el sombrero y subido el embozo cuando yo os hablo, debéis ser mucha persona. – De hidalgo á hidalgo, sólo al rey cedo. – Os habla el conde de Olivares, caballerizo mayor del rey – dijo el otro caballero que hasta entonces no había hablado. – ¡Ah! Perdone vuecencia, señor – dijo el incógnito desembozándose y descubriéndose – , es la primera vez que vengo á la corte. Al descubrirse el jinete dejó ver que era un joven como de veinticuatro años, blanco, rubio, buen mozo y de fisonomía franca y noble, á que daban realce dos hermosos y expresivos ojos negros. – ¡Ah! ¿Acabáis de venir? – dijo el conde de Olivares prevenido en favor del joven – . ¿Y á qué diablos os venís á entrar con ese caballo por las caballerizas del alcázar? En sus tiempos debe de haber sido mucho… – Cosas ha hecho este caballo y en peligros se ha visto que honrarían á cualquiera, y si porque es viejo lo desprecian los demás, yo, que le aprecio porque le apreciaba mi padre… – ¿Y quién es vuestro padre? – Mi padre era… – Bien; pero su nombre… – Jerónimo Martínez Montiño, capitán de los ejércitos de su majestad. – Yo conozco ese apellido y creo que le estoy oyendo nombrar todos los días; ¿no recordáis vos, Uceda? – ¡Bah! Ese apellido es el del cocinero mayor de su majestad. – El cocinero de su majestad es mi tío. – ¡Ah! Pues entonces sois de la casa – dijo el conde – ; cubríos, mozo, cubríos, que corre un mal Norte, y seguid hacia el alcázar; y tú, bergante – añadió dirigiéndose al palafrenero – , toma el caballo, llévale á las caballerizas y cuídale como si fuera un bicho de punta; y debe de haberlo sido. ¡Diablo, lo que son los años! Y el conde de Olivares y el duque de Uceda se alejaron hacia los Consejos, mientras el joven pasaba el arco en dirección al alcázar, murmurando: – ¡El conde de Olivares y el duque de Uceda! Paréceme de buen agüero este encuentro… Ello dirá… Lo que únicamente me inquieta es el haber dejado á Cascabel entregado á aquel bergante… Pero mi tío arreglará esto y lo otro. Vamos en busca de mi tío. El joven atravesó la plaza de Armas y se encaminó en derechura al pórtico del alcázar sin detenerse un punto á mirarle, á pesar de que pertenecía al gusto del renacimiento y era harto bello y rico para no llamar la atención á un forastero; pero fuese que nuestro joven no se admirase por nada, fuese que le preocupase algún grave pensamiento, fuese, en fin, que comprendiese que es más fácil hacerse paso cuando se camina de una manera desembarazada, altiva y como por terreno propio, la verdad del caso fué que se entró por las puertas del alcázar como si en su casa entrara, alta la frente, la mano en la cadera y haciendo resonar sus espuelas de una manera marcial sobre el mármol del pavimento. Ni él miró á nadie ni nadie le miró; atravesó un vestíbulo sostenido por arcadas, siguió una galería adelante y se encontró en el patio. Al ver ante sí la multitud de puertas que abrían paso á otras tantas comunicaciones del alcázar, hubo forzosamente de detenerse y de buscar entre los que entraban y salían á alguno de la servidumbre interior que le guiase hasta las regiones de la cocina, y al fin se dirigió á un enorme lacayo que le deparó su buena suerte. – ¿Por dónde voy bien á la cocina, amigo? – preguntó nuestro joven. Miróle de alto abajo el lacayo, extrañando, sin duda, que por tal dependencia le preguntase un mancebo, buen mozo, que transcendía á la legua á hidalgo y á valiente, y que llevaba con suma gracia su traje de camino. – No os dejarán llegar á la cocina de su majestad – contestó el lacayo después de un momento de importuna observación – si no decís á quién buscáis. – Busco – dijo el joven – al cocinero mayor. – ¡Ah! Pues si buscáis al señor Francisco Montiño, os aconsejo que le esperéis mañana, á las ocho, en la puerta de las Meninas; todos los días va á esa hora á oír misa á Santo Domingo el Real. Y el lacayo, creyendo haber dado al joven bastantes informes, se marchaba. – Esperad, amigo, y decidme si no vais de prisa: ¿por qué razón he de esperar á mañana y esperar fuera del alcázar? – Porque el cocinero mayor, aunque vive en el alcázar, no recibe en él á persona viviente. – ¡Cómo! – No recibe en su casa por dos muy buenas razones. – ¿Y cuáles son esas buenas razones? – La una es su mujer y la otra su hija; desde que su hija cumplió los catorce años nadie entra en su cuarto; y desde que se casó en segundas nupcias ha clavado las ventanas que dan á las galerías. – ¡Bah! Pero recibirá en la cocina. – Menos que en su casa. Allí no recibiría ni al mismo rey. – No importa. Yo sé que me recibirá. – Mucha persona debéis ser para él. – Soy su sobrino. Cambió de aspecto el lacayo al oír esta revelación; dejó su aspecto altanero y un si es no es insolente; pintóse en su semblante una expresión servicial y cambió de tono; lo que demostraba que el cocinero mayor tenía en palacio una gran influencia, que se le respetaba, y que este respeto se transmitía á las personas enlazadas con él por cualquier concepto. – ¡Ah! ¿Conque vuesa merced es sobrino del señor Francisco Montiño? – dijo acompañando sus palabras con una sonrisa suntuosa – ; eso es distinto, vamos, y llevaré á vuesa merced hasta donde sin tropezar y en derechura pueda encaminarse á la cocina. Y, volviendo atrás, se entró por una puertecilla situada en un ángulo, subió por una escalera de caracol y salió á una larga galería. El joven siguió tras él y así atravesaron algunas puertas, en todas las cuales había centinelas; pero muy pronto empezaron á recorrer enormes salones desamueblados en la parte íntima, por decirlo así, del alcázar. Subieron otras escaleras, y en lo alto de ellas se detuvo el lacayo. – Desde aquí – dijo – nadie atajará á vuesa merced, porque sólo las gentes de la casa andan por esta parte; siga vuesa merced adelante hasta el cabo de la crujía, y el olor le guiará. Y después de un respetuoso saludo, dejó solo al sobrino de su tío. En efecto, cuando el joven estuvo al fin de la crujía le dió en las narices un olor indefinible, suculento, emanación de cien guisos, aroma especial que sólo analiza un cocinero; guiado por aquel rastro, el joven siguió adelante, y muy pronto atravesó una gran puerta y se encontró en la cocina de su majestad. Llenaba aquel espacio, pulcramente blanqueado, una atmósfera que alimentaba; aspirábase allí una temperatura sofocante; cantaban, chirriaban, chillaban en coro una multitud de ollas y cacerolas; veíanse en medio de una niebla sui generis una multitud de hombres y de muchachos, oficiales los unos, pinches los otros, galopines los más y pícaros de cocina; aquel era un taller en forma, en que se iba, se venía, se picaba, se espumaba, se soplaba, se veían acá y allá limpios utensilios, brillaba el fuego y, últimamente, en una larga percha se veían capas de todos colores y espadas y dagas de todas dimensiones. Por el momento nadie reparó en el joven; pero él se encargó de que reparasen en él dirigiéndose á un oficial que traía asida por las dos manos una descomunal cuajadera. – ¿Queréis decirme – le preguntó – dónde está el cocinero mayor? Dejó el oficial la cuajadera sobre una mesa y se volvió al joven, limpiándose las manos en su mandil. – ¡Ta, ta! ¡El cocinero mayor! – dijo con acento zumbón – . Si por ventura venís á buscar trabajo, echadle un memorial. – No busco trabajo, le busco á él. – No está. – Ya sé que no recibe en la cocina; pero si está, decidle que le busca su sobrino, que acaba de llegar de su pueblo y que le trae una carta de su hermano el arcipreste. Operóse en la actitud, en el semblante y en las palabras del oficial la misma transformación que se había operado en el lacayo, pero de una manera tan marcada, que el joven no pudo menos de comprender que si su tío era una influencia poderosa en el alcázar, en la cocina era una omnipotencia. – ¿Conque vuesa merced es sobrino del señor Francisco Montiño? – dijo el oficial completamente transformado – . ¡Qué diablo! Su merced no está. Habían rodeado á la sazón al joven una turba de galopines que le miraban con las manos á las espaldas, ojos que se reían y bocas que rebosaban malicia. Como que se trataba de un profano. – ¿Y dónde encontraré á mi tío?.. Me urge… me urge de todo punto – dijo el joven con acento impaciente. – Yo diré á vuesa merced dónde está su tío – dijo un galopín – : el señor Francisco Montiño está prestado. – ¡Cómo prestado! – dijo el oficial. – Prestado al señor duque de Lerma – dijo otro pinche. – Como que está malo de un atracón de setas el cocinero del duque. – Y el duque tiene convidados. – Por último, ¿mi tío no volverá probablemente? – dijo el joven. – No volverá, caballero – dijo otro de los oficiales – , porque me han encargado que sirva la cena de su majestad. – ¿Y dónde vive el duque de Lerma? – ¡Toma! – exclamó un pinche como escandalizado – . En su casa; es menester venir de las Indias para no saber dónde vive el duque. – Calle de San Pedro, caballero – dijo el oficial encargado accidentalmente de la cocina – ; cualquier mozo de cuerda á quien vuesa merced pregunte le dará razón. Tomó el joven las señas que le dieron, las fijó en la memoria, como que tanto le importaban, y despidiéndose de aquella turba, salió y tomó la crujía adelante; pero fué el caso que, como el alcázar era un laberinto para él desconocido, en vez de volver por el mismo camino de antes, tomó la dirección opuesta, bajó unas escaleras, y se encontró en habitaciones amuebladas, entapizadas, alfombradas é iluminadas, porque ya era casi de noche, y en las que había algunos lacayos. Pero marchaba el joven de una manera tan decidida, absorto en sus pensamientos y sin reparar en nada, que, sin duda porque por aquella parte habían quedado atrás las entradas difíciles, y no circulaban más que los que estaban autorizados para ello, nadie le preguntó, ni le puso obstáculos, ni le dijo una palabra. Y así continuó hasta un estrecho pasadizo, medio alumbrado por un farol clavado en la pared, y enteramente desierto, donde hubo de sacarle de su distracción una voz de mujer, grave, sonora, que hablaba sin duda con otra detrás de una mampara próxima, y que le dejó oír involuntariamente las siguientes palabras: – Me va en ello más que piensas… es preciso; preciso de todo punto… ¡oh, Dios mío! Nuestro joven hizo entonces lo que en igual situación hubiera hecho el más hidalgo: comprendió que una casualidad le había llevado á un lugar donde dos mujeres se creían solas, que las graves palabras que había oído pertenecían sin duda á un secreto que él no debía sorprender, y se hizo atrás dirigiéndose á la puerta inmediata; pero aquella puerta estaba cerrada. Dirigióse á la ventura á otra, pero al llegar á ella se abrió y salió una dama. El joven dió un paso atrás, y se quitó el sombrero. La dama que salía dió un ligero grito de sorpresa, y quedó inmóvil. – ¿Qué hace este hombre aquí? – dijo con la voz notablemente alterada. – Perdonad, señora, pero… – ¿Pero qué? – exclamó con impaciencia la dama. – Soy forastero: He venido al alcázar á ver á mi tío, y al salir me he perdido. – ¿Y quién es vuestro tío? – El cocinero mayor del rey. – ¡Ah!¿sois sobrino del cocinero mayor? – repuso la dama, cuya voz estaba alterada por una conmoción profunda – ; comprendo: venís de las cocinas. – Así es, señora – contestó el joven – , que contrariado y confuso por su torpeza, tenía la vista fija en el suelo. – Habéis bajado por las escaleras por donde se sirve la vianda á su majestad; habéis cruzado la galería de los Infantes, y os habéis metido en la portería de damas… ¡y esos maestresalas!.. ¡estarán durmiendo! – Yo siento, señora… yo quisiera… – ¿Cuánto tiempo hace que estáis en esta galería? – Hace un momento, señora; como que al abrir esta puerta, buscaba una salida. – ¿Y no habéis oído hablar á nadie? – No, señora. Y entonces el joven alzó los ojos, miró á la dama y se puso pálido. Lo que había causado la palidez del joven, era la hermosura de la dama y la expresión de sus grandes ojos, fijos en él, de una manera particular. – La casualidad que os ha traído aquí – dijo la dama – , os pudiera costar cara. – Sucédame lo que quiera, me pasará indudablemente menos de ello que de haberos disgustado. – Venid – dijo la dama – , cuya voz tenía todavía el acento irritado, trémulo, conmovido. Y en paso rápido, fuerte, enérgico, tiró la crujía adelante, llegó á una puerta, abrió su pestillo con un llavín dorado, la pasó y repitió con impaciencia: – ¡Seguid! ¡Seguid! Se encontró el joven en otra galería menos alumbrada; por último, la dama tomó por una escalera obscura. El joven la siguió á tientas; nada veía: sólo percibía el ardiente hálito de la dama, el crujir de su traje de seda, la fuerte huella de su paso. Al fin de la escalera sintió abrir una puerta, y la voz de la dama que le dijo: – Salid: id con Dios. Fué tal el acento de la dama al despedirle, que el joven no se atrevió á contestar: salió, sintió que cerraban la puerta, y se encontró en un ámbito tenebroso, del cual no podía apreciar otra cosa sino que estaba embaldosado de mármol, por el ruido que producían sobre el pavimento sus pisadas. Con las manos delante, á tientas, siguió á lo largo de una pared; torció, revolvió, anduvo perdido un gran espacio, y al fin, guiado por el resplandor de una luz que se veía tras una puerta, se dirigió á ella, se encontró en una galería baja y luego en el patio. Acontecióle entonces lo que nos acontece cuando despertamos de una molesta pesadilla: su corazón se espació y aspiró con placer el aire frío que, zumbando en las cornisas, penetraba en remolino hasta el fondo del patio. Pero la impresión de toda pesadilla, continúa aun después de despertar; el joven guardaba una fuerte impresión de su aventura, pero indeterminada, vaga, como un sueño; aquella impresión partía de la dama que había visto un momento; recordaba, con no sabemos qué agitación, que era una mujer tan hermosa como no había visto otra; pero no recordaba los rasgos de su semblante, ni el color de sus ojos, ni el de sus cabellos, ni su apostura, ni su traje; habíale acontecido lo que al que mira de frente al sol, que solo ve luz, una luz que le deslumbra, que sigue lastimando sus ojos después de haberlos cegado; estaba seguro de no conocerla si por acaso la veía otra vez, y esto le desesperaba; no se daba razón del sentimiento que aquella impresión le hacía experimentar; no pensó en que podía estar enamorado, como al recibir una estocada nadie por el momento se cree herido de muerte. El amor es hijo de la imaginación; la imaginación del joven no había tenido tiempo ni aun para formar el embrión de ese fantasma ardiente á quien damos la forma de la mujer que ha hablado fuertemente á nuestros sentidos; estaba aturdido y nada más. Así es que, profundamente preocupado, se dirigió por un instinto á una salida, y por efecto de su preocupación, ni vió dos hombres embozados, que estaban parados en la puerta de las Meninas, ni oyó este breve diálogo, que pronunciaron al pasar el joven junto á ellos: – ¿Ha salido? – Sí. – ¿Cuándo? – Hace algunos minutos. – ¿En litera? – En litera. El joven pasó y maquinalmente tomó por la embocadura de una calle inmediata. La noche cerraba á más andar: el temporal seguía; la lluvia lenta, sorda, pesada, espesa, producía un arroyo en el centro de la calle, y las gentes, rebujadas en sus capas ó en sus mantos, pasaban de prisa. Era esa hora melancólica del crepúsculo vespertino, anticipada por el estado de la atmósfera, y por la niebla que empezaba á tenderse sobre la tierra. En aquel tiempo las calles de Madrid no estaban alumbradas, ni empedradas, ni abundaban las tiendas, y las pocas que existían, se cerraban al obscurecer; andaba poca gente por las calles, porque entonces Madrid, teniendo una periferia casi tan extensa como ahora, tenía mucha menos población; las casas, construídas en su mayor parte á la malicia, como se decía entonces, ó para que lo entiendan nuestros lectores, con un solo piso, para librarse de la carga de aposento con que estaban gravadas las que se elevaban más, eran bajas, de pobre aspecto, y muchas de ellas de madera; las calles eran irregulares, tortuosas, estrechas, con entrantes y salientes, y singularmente por la parte contigua al alcázar, por donde marchaba nuestro joven, eran un verdadero laberinto, habiendo trozos en que no se veía una sola puerta, á causa de formarlos las tapias de los huertos de los cuatro ó cinco conventos que había en aquel barrio. En uno de estos callejones escuetos y solitarios se detuvo de repente nuestro joven, que había llegado hasta allí maquinalmente, para orientarse del lugar en que se encontraba. El frío y la lluvia le habían vuelto al mundo real; miró en torno suyo en busca de una persona á quien preguntar, y se encontró solo; pero de repente, sin que antes hubiese sentido pisadas, sintió que se asían á su capa, y oyó una voz de mujer que le decía con precipitación: – ¡Dadme vuestro brazo, y seguid adelante, seguid! Volvióse el joven, y vió junto á él una mujer de buena estatura, de buen talante, de buen olor, completamente envuelta en un manto negro. – ¡Seguid, seguid adelante! – dijo la dama con doble impaciencia – ; y no hagáis extrañeza ninguna, que me importa. Yo os explicaré… ¡pero seguid! Y la tapada levantó por sí misma la halda de la capa del joven, y se asió á su brazo y tiró de él. – ¡Yo os digo que sigáis adelante! – exclamó la incógnita con irritación – ; ¡ó es que sois tan poco hidalgo, que no queréis favorecer á una dama! No permitiendo la sorpresa contestar al joven, se limitó á dejarse conducir por la tapada. – Pero, ¡yo os arrastro! ¡yo os llevo! – dijo ésta con acento en que brotaba un tanto de irritación – ; ¡y lo notará quien nos vea! ¿Cómo llevaríais á vuestra amante, caballero? – ¡Ah! ¡según! – dijo el joven – … si íbamos huyendo de un marido, de un padre, ó un hermano… – No, no tanto como eso: marchemos naturalmente, como dos enamorados á quienes importan poco el frío, la lluvia y el viento. – Sea como vos queráis – dijo el joven – ; y paréceme que si yo os conociera, sería muy posible, casi seguro, mi enamoramiento. – ¿De dónde sois, caballero? – dijo la tapada, marchando ni más ni menos que si no hubiera llovido, y se hubiese encontrado junto al hombre de su elección. – Soy… pero dispensad, señora; ni comprendo lo que me sucede, ni puedo adivinar el objeto de vuestra pregunta. – Os pregunto que de dónde sois, porque me parecéis un tanto cortesano: me estáis enamorando á la ventura sin soltar prenda. – Pues os engañáis, señora; no soy cortesano sino desde esta tarde. – ¡Cómo! ¿no habéis venido hasta ahora á la corte? – No; y sin embargo, aunque no llega á una hora el tiempo que hace que estoy en ella, me han sucedido tales aventuras… – ¿Aventuras y en una hora? – Sí por cierto: he reñido con un palafrenero del rey; he conocido á dos grandes señores; me he perdido en el alcázar… – ¡Ah! ¡os habéis perdido… en el alcázar…! ¿y qué aventura os ha sucedido al perderos? – ¡Perderme! – exclamó el joven, y suspiró porque se acordó de la hermosura de la dama de la galería. – En palacio es el perderse muy fácil – dijo la dama – , y os aconsejo que si alguna vez entráis en él, os andéis con pies de plomo; ¿y no os ha acontecido más aventura después de haberos… perdido en el alcázar? – Sí, sí por cierto: ¿no os parece una muy singular aventura esta en que me encuentro con vos, á quien no conozco, que se me os habéis venido sin saber de dónde y que…? – ¿Y qué…? – Podéis acabar de perderme. – ¡Yo! – Sí, vos: debéis ser muy hermosa, señora, y muy principal, y hallaros metida en un gran empeño. – Explicadme… – Os siento apoyada en mi brazo, y ¡Dios me perdone!, pero quien tiene tan hermoso brazo, debe tenerlo todo hermoso. – En la tierra de donde venís, ¿se acostumbra á abusar de las mujeres, caballero? – ¡Ah!, perdonad: yo no creía… – Vos lo habéis dicho: soy una dama principal: más de lo que podéis creer, y, como habéis supuesto, me encuentro en un gran conflicto. – Vuestra voz, aunque quisistéis disimularlo, era un tanto trémula cuando me hablásteis: vuestro brazo, al asirse al mío, temblaba. – Acortad el paso y bajad más la voz – dijo la dama – ; nos siguen. – Y vos, cuando os siguen, ¿os detenéis? – Cuando sé que quien me sigue tiene dudas de si soy yo ó no soy, procuro no desvanecerlas huyendo: quien huye teme. – ¿Y vos no teméis? – Sí por cierto, y porque temo mucho, procuro que quien me sigue dude; dude hasta tal punto, que siga su camino creyendo que pierde el tiempo en seguirme. – ¿No es vuestro esposo quien os sigue? – Yo no soy casada. – ¿Ni vuestro padre? – Está sirviendo al rey fuera de España. – ¿Ni vuestro hermano? – No le tengo. – ¿Ni vuestro amante? – Nunca le he tenido. – ¡Ah! – ¿Qué os sucede? – Quisiera saber quién os sigue. – No volváis la cara, que sin que la volváis os sobrará acaso tiempo de saberlo. – Pero si no es asunto vuestro… – ¿Sabéis que sois muy curioso, caballero? – ¡Ah!, perdonad: me callaré. – No, hablad; hablad. – Pero si mis palabras os ofenden… – Habladme de lo que queráis. – ¡Ah! ¿de lo que yo quiera? Yo quisiera conoceros. – ¿Y para qué? – Os repito que debéis ser muy hermosa. – Mirad no os engañe vuestro deseo. – Descubrid el rostro. – Mostraros el rostro ahora sería comprometer acaso un secreto que no es mío. – ¡Cómo! – Si pudiérais dar señas de la mujer á quien vais acompañando… – Soy noble y honrado. – No os conozco. – Y sin embargo, os habéis amparado de mí. – A la ventura, á la desesperada. – ¿Y no os inspira confianza la manera respetuosa con que os trato? – Respetuosa y reservada, por ejemplo, no me habéis dicho quiénes eran los dos grandes señores que habéis conocido. – ¿Y por qué no? Eran el conde de Olivares y el duque de Uceda. – ¿Y cómo? ¿por qué habéis conocido á esos caballeros? – Terciaron en mi disputa con el palafrenero. – ¡Ah!, y decidme: ¿de dónde salían? – De las caballerizas del rey. – ¡Ah!, ¡es extraño! – dijo la dama – ; ¡juntos y en público Olivares y Uceda! Y la dama guardó silencio por algunos segundos. Seguían andando lentamente; por fortuna la lluvia no arreciaba; y los anchos y bajos aleros de las casas los protegían. El forastero iba fuertemente impresionado. La tapada apoyaba con indolencia su brazo, un brazo mórbido y magnífico, á juzgar por el tacto; su andar era reposado, grave, indolente; el movimiento de su cabeza lleno de gracia, de atractivo; su voz sonora, dulce, extremadamente simpática, y se exhalaba de ella una leve atmósfera perfumada. Además, una preciosa mano cuajada de anillos y extremadamente blanca y mórbida, sujetaba su manto cerrado sobre su rostro, sin dejar abierto más que un candil, una especie de pliegue demasiado saliente, para que pudiera vérsela ni un ojo. La noche empezaba á cerrar densamente obscura. El joven empezaba á aturdirse con lo que le acontecía. – ¿Y qué aventura os sobrevino en el alcázar cuando os perdísteis? – Os lo repito: mi aventura en el alcázar ha sido perderme. – Pero esa es una palabra que puede entenderse de muchos modos. – ¡Ah, señora…! ¡tengo una sospecha…! – ¿Qué? – dijo con cuidado mal encubierto la dama. – Que acaso vos seáis la causa de que yo me haya perdido. – ¡Yo! ¡y no me conocéis! – Esa es mi desesperación: que no os conozco, y os recuerdo. – ¿Sabéis que ya es obra el entenderos? Si no me conocéis, ¿como podéis recordarme? – Pues ese es el caso: yo os he visto un momento, un momento nada más, y os he visto tan hermosa que me habéis cegado… – ¿Que me habéis visto? ¿Y dónde? – Cuando os asísteis á mí, teníais abierto el manto. – ¡Oh! ¡no! no recuerdo haberme descuidado. Y si no, ¿de qué color son mis ojos? – Es que vuestra hermosura me ha deslumbrado, señora, y cuando he vuelto á abrir los ojos me he encontrado á obscuras. – Nos siguen más de cerca – dijo la dama – , y mucho será de que quien nos sigue, á pesar de todo, no me conozca. – La noche está obscura, señora; hace tiempo que vamos por calles desiertas: al que estorba se le mata. – ¡Ah! – exclamó la dama y estrechó el brazo del joven. – Decidme: detened á ese hombre, y no da un paso más. – ¿Y mataríais por mí á quien no conocéis? ¿á un hombre que ningún mal os ha hecho? – Sí. – ¿Y si no fuera yo quien creéis? – ¿Quién otra pudiera ser? – La dama de palacio. – Es que yo no he visto en palacio ninguna dama. – ¿La habéis prometido callar? – Os juro que á ninguna dama he visto. – Decidme… pero rodeemos por esta calle: ¿á qué habéis venido á Madrid? – A buscar á mi tío, que es el cocinero mayor del rey. – ¡Ah! ¿y al arrimo de vuestro tío, venís á pretender algún oficio á la corte? – Yo, señora, no pretendo nada. – ¿Sois rico? – Soy pobre. Pero para servir bajo las banderas del rey como soldado, no son necesarios empeños. – ¿De modo que…? – Vengo á traer á mi tío el cocinero una carta de mi tío el arcipreste. – ¡Ah! ¿y de dónde venís…! – De Navalcarnero. – ¿Y nunca habéis salido de esa villa? – Sí, por cierto, señora. He cursado en la Universidad de Alcalá. – ¡Ah! ¡ya decía yo! – ¿Y qué decíais vos? – Que no érais novicio. ¡Estudiante! ¡ya! – Y estudiante de teología. – ¿Y ordenado? – No por cierto. Me gusta más el coselete que la sotana, y luego el amor… ¡poder amar sin ofender á Dios ni al mundo! – No sabéis hablar más que de amor. – Pues mirad; hasta ahora no he amado. – ¿Amáis á la dama del juramento? – Os juro, señora… – Si yo fuese la dama de la galería… – ¡Ah! – Si yo fuese la que de tan mal talante os echó por una escalera excusada… – ¿Vos me libertáis de mi promesa? – Y porque habéis cumplido bien, espero que me contestéis en verdad: ¿es cierto que os he causado tal impresión, que no recordáis mi semblante? – Os lo juro por mi honra. – Pues bien; olvidad de todo punto vuestro amor que empieza; es tiempo aún: cuidad que no me volveréis á ver, cuidad que es un sueño lo que os sucede, y seguid callando como callábais. – ¡Oh! ¡sí! ¡callaré! pero amaré… os amaré… aunque no os conozca… ¡os amaré siempre!.. ¡sin esperanza…! – Olvidemos locuras y hablemos de lo que importa, porque vamos á separarnos. Parémonos en esta esquina. Respondedme, si es verdad que he causado en vos la impresión que decís. ¿Oísteis hablar á alguien en la galería? – Sí. – ¿Qué oísteis…? – Estas ó semejantes palabras: «me va en ello la vida ó la honra…» ello era gravísimo. ¿Y queréis que sea franco con vos? He creído que quien pronunciaba aquellas palabras era… La tapada puso su pequeña mano sobre la boca del joven, y éste, aprovechando la ocasión, la retuvo, la besó; la dama dió un ligero grito, y desasió con fuerza su brazo de la mano del joven; en ésta quedó un brazalete, que el joven guardó rápidamente, y aprovechando el haberse descompuesto el manto de la dama, la miró: – ¡Ah! – exclamó con desesperación. – Está la noche muy obscura – dijo la dama cubriéndose de nuevo. – ¿Y no tendréis compasión de mí…? – Escuchadme y servidme. – Os serviré. – Desde aquí voy á seguir sola. – ¡Sola! – Sí. Allí, junto aquella puerta, hay un hombre parado. Es necesario que ese hombre no pueda seguirme. – No os seguirá. – Evitad matarle, si podéis. Con que le entretengáis un breve espacio estaré en salvo. – ¿Pero nada me decís? ¿Ninguna señal vuestra me dais? – ¡Ah! ¿queréis una señal? Tomad. – ¿Y qué es esto…? – Tomadlo. – ¡Una joya! – No, una señal. Y oíd: seguid guardando un profundo secreto acerca de vuestras dos aventuras conmigo. Vos no habéis estado en la portería de damas, vos no habéis oído nada. Sobre todo no sospechéis, no os atreváis á adivinar que quien ha pronunciado aquellas graves palabras, ha sido… – ¡La reina! – Sí – dijo la tapada inclinándose al oído del joven y con voz ardiente y entrecortada – : era la infeliz Margarita de Austria. Ya veis si confío en vos. Deteniendo á ese hombre que me sigue, servís á su majestad. Sed caballero y leal, y tened por seguro que aunque no volváis á verme vuestra fortuna ha de dar envidia á muchos. – ¡Oh! ¡esperad! ¡esperad, señora! – ¿No os he dejado una prenda? – Pero… – No puedo detenerme más. Adiós; impedid que ese hombre me siga. Adiós. Y la tapada tiró una calleja adelante. El bulto que estaba parado á alguna distancia, adelantó á buen paso. – ¡Eh! ¡atrás! ¡no se pasa! – dijo nuestro forastero, echando al aire la daga y la espada. El que venía hizo un movimiento igual, y sin decir una palabra, embistió al joven. – Os aconsejo que os vayáis – dijo éste, acudiendo al reparo de los golpes que le tiraba el embozado – , porque si no os vais, os va á suceder algo desagradable. ¡Hola! ¿se me os venís con estocadas? ¡perfectamente! pero es el caso que yo no quiero mataros, amigo mío. Echó fuera dos ó tres estocadas bajas, y aprovechando un descuido del contrario, le dió un cintarazo encima del sombrero. – Eso ha podido ser un tajo que se os hubiese entrado hasta los dientes – dijo el joven pronunciando esta nota con una calma admirable. El otro redobló su ataque. – Es el caso que yo no quiero mataros – dijo el sobrino de su tío – ; no por cierto: sería bautizar mi entrada en Madrid con sangre. ¡Ah! ¿os empeñáis? pues… allá voy, camarada… Y se cerró en estocadas estrechas, obligando al contrario á repararse con cuidado. – ¡Ah! ¡ah! – murmuró el joven – ; en la corte no saben más que echar plantas; paréceme que ya le tengo para el desarme de mi tío el arcipreste. ¡Veamos! ¡Pobre hombre! ¡Bah! ¡estáis preso! ¡Sois mío! El forastero había cogido á su contrario en el momento en que tenía puesta su daga sobre la espada, cerca de su empuñadura; había metido una estocada baja y diagonal por el ángulo estrecho formado por la daga y por la espada del incógnito y había hecho una especie de trenza con los tres hierros, sujetándolos contra el muslo izquierdo de su contrario. Era un desarme completo; el enemigo no podía valerse de sus armas; entre tanto, al forastero le quedaba franca la daga para herir, pero no hirió. – Idos – dijo al otro – ; puedo mataros, pero no quiero asustar á mi buena suerte tiñéndola de sangre la primera noche que entro en Madrid; envainad vuestros hierros y volvéos por donde habéis venido. Y diciendo esto sacó su espada del desarme, se retiró dos pasos del otro, que había quedado inmóvil, y luego se embozó y tiró la calle adelante por donde había desaparecido la tapada. El vencido quedó solo, inmóvil; un momento después de haberse alejado su generoso vencedor, relumbraron luces en una calleja y adelantó un hombre, á quien seguían otros cuatro. Aquellos hombres eran alguaciles y traían linternas. CAPÍTULO II INTERIORIDADES REALES Doña Juana de Velasco, duquesa viuda de Gandía, era camarera mayor de la reina. La viudez ú otras causas que no son de este lugar, habían empalidecido su rostro y poblado, aunque ligeramente, de canas sus cabellos. Pero, á pesar de esto, el rostro de doña Juana era bastante bello, dulcemente melancólico, y sobre todo expresaba de una manera marcada la conciencia que la buena señora tenía de su nobleza, que, según los doctores del blasón, se remontaba nada menos que á los tiempos de la dominación romana. Satisfecha con su cuna, con la posición que ocupaba en la corte y con sus rentas, que la bastaban y aun la sobraban para destinar parte de ellas á la caridad, doña Juana de Velasco, ó sea la duquesa de Gandía, era feliz, salvo algunos importunos recuerdos de su juventud. No se crea por esto que la camarera mayor de la reina gozaba de una manera pasiva de su buena posición, ni que de tiempo en tiempo no la molestase algún grave disgusto. Si la duquesa de Gandía no hubiese funcionado como una rueda, más ó menos importante, en la máquina de intrigas obscuras que estaba continuamente trabajando alrededor de Felipe III, no hubiera sido camarera mayor de la reina. La duquesa de Gandía era acérrima partidaria de don Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma, marqués de Denia y secretario de Estado y del despacho. Tenía para ello muy buenas razones, porque sólo apoyándose en buenas razones, podía ser amiga del duque la virtuosa duquesa. Dotada de cierta penetración, de cierta perspicacia, comprendía la duquesa que Felipe III, si bien era rey por un derecho legítimo, que nadie podía disputarle, era un rey que no era rey más que en el nombre. Sabía perfectamente la duquesa, sin que la quedase la menor duda, que Felipe III era miope de inteligencia; que sólo había heredado de su abuelo Carlos V ciertos rasgos degradados de la fisonomía; que el cetro se convertía en sus manos en rosario; que era débil é irresoluto, accesible á cualquiera audacia, á cualquiera ambición que quisiera volverle en su provecho, y lo menos á propósito, en fin, para regir con gloria los dilatadísimos dominios que había heredado de su padre. La duquesa para decirlo de una vez, estaba plenamente convencida de que el rey necesitaba andadores. La duquesa estaba también completamente convencida de que el duque de Lerma venía á ser los andadores de Felipe III. El carácter tétrico del rey; su indolencia; su repugnancia, mal encubierta, á la gestión de los negocios públicos; su falta de instrucción y de ingenio, hacían de él un rey vulgarísimo, en el cual ningún ministro podía apoyarse confiadamente, puesto que cualquiera intriga mal urdida bastaba para dar al traste con el favorito y para establecer esa sucesión ruinosa de gobernantes egoístas é interesados que, desprovistos de todo pensamiento noble y fecundo, alentados sólo por una ambición repugnante, dan el miserable espectáculo de una lucha mezquina, que acaba por empequeñecer, por degradar á la nación que sufre con paciencia esta vergonzosa guerra palaciega. El duque de Lerma, que después de una larga vida de cortesano, que le había hecho práctico en la intriga, llegó á ser árbitro de los destinos de España como ministro universal al advenimiento al trono de Felipe III, se había visto obligado, desde el principio de su privanza, á rodear al rey de hechuras suyas, á intervenir hasta en las interioridades domésticas de la familia real, y, lo que era más fatigoso y difícil, á contrabalancear la influencia de Margarita de Austria que, menos nula que el rey, quería ser reina. Esto era muy natural; pero por más que lo fuese no convenía al duque de Lerma, que quería gobernar sin obstáculos de ningún género. La duquesa de Gandía, pues, con muy buena intención, y creyendo servir á Dios y al rey, era el centinela de vista puesto por el duque junto á la reina. Servía la duquesa á Lerma tan de buena voluntad, con tan buena intención, ya lo hemos dicho, como que creía que todo lo que faltaba á Felipe III para ser un mediano rey, sobraba á Lerma para ser un buen ministro. Militaban además en el ánimo de la duquesa en pro del favorito, razones particulares de agradecimiento. La duquesa era madre. Lerma favorecía abiertamente á su hijo, el joven duque de Gandía, confiriéndole encargos altamente honoríficos. Por rico y por noble que sea un hombre, hay ciertos cargos que enaltecen su posición, que aumentan su brillo. La duquesa de Gandía estaba con justa causa agradecida al duque de Lerma. Y como los bien nacidos no excusan nunca obligaciones á su agradecimiento, la duquesa servía á Lerma por convicción y por deber. Pero era el caso que Lerma tenía más vanidad que perspicacia, y solía suceder que construyese sus más soberbios edificios sobre arena. Así es que con frecuencia se equivocaba en la elección de sus instrumentos, tomando lastimosamente la adulación por afecto y el servilismo por solicitud. El duque de Lerma se había creado sus enemigos en sus mismos instrumentos, y debía conservar el poder hasta el momento en que, robustecidos por él sus adversarios, se encontrasen bastante fuertes para derrocarle. Respecto á la duquesa de Gandía, la equivocación de Lerma había sido de distinto género: ella le servía de buena fe, pero la duquesa no servía para el objeto á que la había destinado el duque. Porque la reina era más perspicaz, y sin ser un prodigio, porque en los tiempos de Felipe III, los prodigios personificados habían dejado completamente de manifestarse en España; sin ser un prodigio la reina, tenía un claro talento, y maravillosamente desarrollada esa cualidad que se llama astucia femenil. Desde el principio comprendió Margarita de Austria que su camarera mayor era un instrumento de Lerma, y no le rompió porque prefería un enemigo de quien podía burlarse, á arrostrar el peligro de que, más precavido el duque, ó más atinado en una segunda elección, la pusiese al lado una influencia más temible. La reina, pues, procuró neutralizar el poder de Lerma respecto al insuficiente espía que la había puesto al lado, colmando de favores y distinciones á la duquesa y demostrándola un cariño de amiga, más que de soberana. La duquesa tragó el anzuelo, y no vió de la reina más que lo que la reina quiso que viese. Lerma no logró, pues, nunca saber á lo que debía atenerse á ciencia cierta respecto á la reina. La duquesa creía verlo todo, y halagada de una parte por los favores del favorito, y de otra por el cariño traidor de la reina, vivía tranquila y feliz, salvo algunos disgustos inherentes á su posición, inevitables. Como mujer de Estado, tenía satisfecha su vanidad, creyéndose uno de los primeros y más importantes resortes del gobierno. Como mujer particular, había pasado de la edad de las pasiones, gozaba del respeto y de la consideración de todo el mundo, y pasaba la parte de vida que la dejaban libre los delicados deberes de su alto cargo, rezando, leyendo vidas de santos ó durmiendo. De lo expuesto se deduce que la duquesa de Gandía vivía soñando. Y como la vida es sueño, vivía. Para algo hemos presentado á nuestros lectores esta señora. Ella va á servirnos de medio para empezar á conocer de una manera gráfica, por decirlo así, á uno de los más importantes personajes de nuestro drama. Aquella misma noche en que acontecieron al sobrino de su tío las extraordinarias aventuras que dejamos relatadas en el capítulo anterior, y cabalmente en los momentos en que el joven sostenía su extraño diálogo con la dama encubierta, doña Juana de Velasco estaba sentada en un ancho sillón forrado de terciopelo, al lado de una mesa, leyendo á la luz de los dobles mecheros de un enorme velón de plata, un no menos enorme libro á dos columnas, mal impreso y cuyo papel era fuertemente moreno. Aquel libro tenía por título: Miedos y tentaciones de San Antonio Abad. La habitación en que la duquesa se encontraba era una extensa cámara del alcázar, cuyas paredes estaban cubiertas de damasco rojo, y adornadas con enormes cuadros del Tiziano, de Rafael y de Pantoja de la Cruz. El techo, obscuro, de pino, tallado profundamente, según el gusto del Renacimiento, estaba, á causa de su altura, casi perdido en la sombra, que no alcanzaba á disipar la insuficiente luz del velón; acontecía lo mismo respecto á las paredes que, veladas por una penumbra opaca, hacían aparecer de una manera extraña y descompuesta las figuras de los cuadros; y el fuego brillante de un brasero colocado á cierta distancia, en la sombra, contribuía á dar cierto aspecto fantástico y siniestro á aquella silenciosa cámara, en la cual no se veía de una manera determinada más que el plano de la mesa en que estaba el velón, parte de la pared, en que proyectaba una sombra fuerte la pantalla, y medio cuerpo de la duquesa, con su toca blanca y su vestido negro, leyendo en silencio y con una atención gravísima. No se oía ruido alguno, á excepción del zumbar del viento, y el chasquido de una ventana que el viento cerraba de tiempo en tiempo, produciendo un golpe seco y desagradable. La duquesa seguía engolfada en su lectura. De repente se estremeció y palideció. Había llegado á un pasaje en que el demonio estaba retratado tan de mano maestra, que la duquesa tuvo miedo, y cerró el libro santiguándose. Un segundo estremecimiento más profundo, más persistente, se dejó notar en doña Juana, que exhaló un grito y se puso de pie aterrada. No podía ser el libro lo que había causado este nuevo terror. En efecto, había sido distinta la causa. La duquesa había visto abrirse una de las paredes de la cámara, y salir por la abertura una sombra negra. Su sobresalto, pues, era muy natural. Pero sobre los hombros de la figura negra, había una cabeza blanca con sus correspondientes cabellos rubios. Era, pues, un hombre lo que la duquesa había tomado por una aparición del otro mundo. – ¡Chists! ¡no gritéis, mi buena doña Juana! – dijo aquel hombre poniéndose un dedo sobre los labios – ; ¿no veis que vengo solo y de una manera misteriosa? – En efecto, señor, y me habéis dado un buen susto – dijo la duquesa. – Vos no sabíais que en las habitaciones de la reina había puertas ocultas, ¿eh? pues ni yo tampoco. – Pero vuestra majestad… si saben… – Os diré: nadie puede saber nada, porque he venido emparedado. – Dejad, dejad que vuelva de mi susto, señor; ¿conque es decir que si no hubiera sido vuestra majestad…? – Eso digo yo: en nuestro alcázar tenemos entradas y salidas que no conocemos; de modo que si algún miserable como Ravaillac conoce estos pasadizos, estamos expuestos á morir de la muerte del rey de Francia. – En España no hay regicidas, señor: además, vuestra majestad es un rey justo y bueno y no tiene enemigos. – Dicen que Enrique IV era un buen rey. – Pero hereje… – ¡Ah! por la misericordia de Dios, somos buenos hijos de Roma. Sin embargo, ¡si supiérais, doña Juana, de qué manera he sabido que se puede venir de mi cámara á la de la reina sin que nadie lo sepa! – ¿Pues cómo? ¿no conoce vuestra majestad á quien se lo ha revelado? – Cerrad las puertas, doña Juana, cerradlas, que no quiero que nadie nos vea, y venid á sentaros después conmigo junto al brasero. Hace frío, sí, sí por cierto, mucho frío. Tenemos que hablar largamente. Mientras que la duquesa de Gandía cierra las puertas, toda admirada y toda cuidadosa, examinemos al rey, que se había sentado junto al brasero y removía el fuego aspirando su calor con un placer marcado. Felipe III sólo tenía entonces treinta y tres años, pero su palidez enfermiza y la casi demacración de su semblante le hacían parecer de más edad; su frente era estrecha, sus ojos azules no tenían brillo, ni el conjunto de sus facciones energía; el sello de la raza austriaca, ennoblecido por el emperador Don Carlos, estaba como borrado, como enlanguidecido, como degradado en Felipe III; aquella fisonomía no expresaba ni inteligencia, ni audacia, sino cuando más la tenacidad de un ser débil y caprichoso; el labio inferior, grueso, saliente, signo característico de su familia, no expresaba ya en él el orgullo y la firmeza: había quedado, sí, pero un tanto colgante, expresando de una manera marcada la debilidad y la cobardía del alma; aquel labio en Carlos V había representado la majestad altiva y orgullosa: en Felipe II, el despotismo soberbio; en Felipe III, nada de esto representaba: ni el dominador, ni el déspota se había vulgarizado, se había degradado; no era un rasgo, sino un defecto. Añádase á esto un cuerpo delgado y pequeño, caracterizado con el aspecto fatigoso de un cansancio habitual, y este cuerpo embutido dentro de un traje de terciopelo negro; añádase un cordón de seda del que cuelga sobre el pecho el toisón de oro; un pequeño puñal de corte, pendiente de un cinturón tachonado de pequeños clavos de plata, y al otro lado un largo rosario negro sujeto al mismo cinturón, y se tendrá una idea de Felipe III, tal cual se presentó á la duquesa de Gandía. – ¿Habéis cerrado ya, doña Juana? – dijo el rey, después que hubo removido á su placer el brasero y colocádose en la posición más cómoda que pudo. – Sí, señor. – ¿Es decir, que no puede escucharnos nadie? – Nadie, señor. – Sentáos. Sentóse la duquesa, pero en una actitud respetuosa y á corta distancia del rey. – Acercáos, acercáos, doña Juana; hace frío… y sobre todo, tenemos que hablar largamente y á corta distancia, á fin de que podamos hablar muy bajo: vengo á buscaros como un amigo; como un amigo que se confiesa necesitado de vos, no como rey. – Vuestra majestad puede mandarme siempre. – No tanto, no tanto, doña Juana; ya sé yo que servís con el alma y la vida… – A vuestra majestad. – Ciertamente; sirviendo á Lerma, me servís, porque el duque es mi más leal vasallo. – Lo podéis afirmar, señor… el duque de Lerma… – El duque de Lerma me sirve bien; pero aquí, entre los dos, doña Juana, me tiraniza un tanto; á pretexto de que la reina es enemiga suya, me tiene casi divorciado; y la reina… está ofendida conmigo… ya lo sabéis. La duquesa se encontraba en ascuas: lo que la sucedía era un verdadero compromiso, porque, al fin, el rey era el rey. La rígida etiqueta de la casa de Austria, con arreglo á la cual raras veces se encontraba el rey libre de una numerosa servidumbre, había impedido hasta entonces que Felipe III la abordase con libertad, en su cualidad de cancerbera de la reina; pero aquella desconocida comunicación secreta, la había entregado sin armas y, lo que era peor, desprevenida, á una entrevista particular con el rey. La duquesa se calló, no encontrando por el pronto otra contestación mejor que el silencio. Alentado con este silencio, el rey añadió: – Vos misma conocéis la razón con que me quejo. Lerma es demasiado receloso, demasiado, y no sé qué motivo pueda tener para desconfiar de la reina, para impedirme mi libre trato con ella. – Nunca, que yo sepa, se ha cerrado á vuestra majestad la puerta de la cámara de su majestad, ni yo, como camarera mayor, lo hubiera permitido. – Sí; pero yo creo que las paredes de la cámara de la reina oyen. – Podrá suceder – respondió la duquesa con intención – , si las paredes de la cámara de su majestad tienen pasadizos como ese. Y la duquesa señaló la puerta secreta que había quedado abierta. Sea como fuere – dijo el rey – , cuando Lerma sabe que yo voy á ver á la reina, sabe todo lo que la reina y yo hablamos. – Protesto á vuestra majestad que ninguna parte tengo… – No, no digo yo eso, ni lo pienso, doña Juana; pero cuando la expulsión de los moriscos… la reina creía que el edicto era demasiado riguroso… pretendía que los reinos de Granada y Valencia iban á quedar despoblados… me indicó otros medios… estábamos solos la reina y yo… al día siguiente en el despacho, estuvo Lerma taciturno y serio y me hizo comprender con buenas palabras que lo sabía todo… es más: extremó los rigores, sin duda saludables, de la ejecución del edicto, y yo tuve después con la reina un serio disgusto; ahora, con la expedición de Inglaterra, la reina pretende que es aventurada, ruinosa, ineficaz… Lerma ha enviado allá á don Juan de Aguilar y la reina se ha negado á recibirme de todo punto. Detúvose el rey esperando una respuesta, pero la duquesa no contestó. – ¿Pero no se os ocurre nada que decirme, doña Juana? – dijo el rey, en el cual se iba haciendo cada vez más visible la impaciencia – ; estáis como asustada… – En efecto, señor, vuestra majestad acaba de decirlo: estoy asustada, y suplico á vuestra majestad que… señor… perdonadme, pero no se me ocurre nada… – Pues ello es necesario que se os ocurra, señora mía – insistió el rey con un tanto de aspereza – ; preciso… yo no contaba con encontrar á nadie, porque el papel que me han dejado decía… – ¡Ah! ¡el papel que han dejado á vuestra majestad…! – ¡Qué! ¿no os he contado…? – Vuestra majestad me ha dicho… – Que no sabía nada acerca de estos pasadizos, y eso es muy cierto. Pero… os exijo el más profundo secreto – exclamó interrumpiéndose y con una gravedad, verdaderamente regia, el rey. – ¡Señor! ¡señor! ¡mi lealtad! – ¡Sí! ¡sí! ya sé que la lealtad á sus reyes, es una virtud muy antigua en la noble familia de los Velascos. Y hace frío… La duquesa removió de nuevo el brasero. – Del mismo modo os exijo secreto, un secreto absoluto, acerca de lo que está sucediendo. – ¿Pero qué está sucediendo, señor? – Sucede que yo estoy hablando mano á mano y á solas con vos. – Lo que me honra mucho. – Pues bien; que nadie sepa, doña Juana, que habéis sido honrada de este modo… vos no me habéis visto. – Crea vuestra majestad, señor… – Sí, sí, creo que después de lo que os he dicho, seréis discreta. Pero estamos pasando lastimosamente el tiempo. Y el rey fijó una mirada vaga en la puerta que correspondía á la recámara de la reina. Aquella mirada hizo sudar á la duquesa. – Sabed – dijo el rey, acercándose más á doña Juana y en voz sumamente baja – que mi confesor ha estado encerrado gran parte de la tarde conmigo. Detúvose el rey, y la duquesa sólo contestó abriendo mucho los ojos, porque no sabía á dónde iba el rey á parar. – Fray Luis de Aliaga, me habló de muchas cosas graves que no vienen á cuento… pero tened presente que mi buen confesor estaba solo conmigo. Interrumpióse el rey, y la duquesa, por toda contestación, volvió á abrir desmesuradamente los ojos. – Estaba solo conmigo y encerrado – continuó el rey – , ¿entendéis bien, duquesa? solo conmigo y encerrado… – Sí, sí, señor, entiendo á vuestra majestad. – Pues bien – dijo el rey soslayándose en el sillón y buscando en uno de los bolsillos de sus calzas – , cuando el padre Aliaga salió, me encontré sobre mi mesa esta carta cerrada, puesta á la vista y que, como veis, dice en su sobrescrito: «A su majestad el rey de España». La duquesa miró el sobrescrito y continuó callando. – Escuchad ahora lo que contiene esta carta, que por cierto no es muy larga, pero que, á pesar de su brevedad, es grave, gravísima: sí; ciertamente, muy grave. Fijó el rey su mirada en la duquesa, que persistió en su silencio. – Acercad la luz, doña Juana – dijo el rey. Levantóse la duquesa, tomó el velón y continuó de pie junto á Felipe III, alumbrándole. – Oíd, pues: oíd, y ved á cuánto os obliga mi confianza. – Vuestra majestad no puede obligar más, á quien está tan obligada, señor. – No importa, oíd. Y el rey se puso á leer: «Sacra católica majestad: Los traidores que os rodean…» Dejó el rey de leer, levantó los ojos y miró á la duquesa, que estaba verdaderamente asustada. – ¡Los traidores que me rodean! – dijo el rey – ¿qué decís á esto? – Digo, señor, que no lo entiendo – contestó la duquesa. – Ni yo tampoco – repuso el rey – ; yo creo que estoy rodeado de vasallos leales. – Alguna miserable intriga… – Oíd: «los traidores que os rodean, os tienen separado de su majestad la reina…» Interrumpióse de nuevo el rey. – En esto de tenerme separado de la reina, tienen mucha razón, y no tenéis en ello poca parte, doña Juana. – ¡Jesús, señor! – exclamó la duquesa, que á cada momento estaba más inquieta. – Como que sois muy grande amiga de Lerma. – Yo… señor… – contestó con precipitación la camarera mayor – cuando se trata del servicio de mis reyes… – Seguid oyendo… «os tienen separado de la reina: es necesario que este estado de cosas concluya…» Dejó el rey de leer. – Y yo también lo creo así – dijo – ; en cuanto á lo de no ver libremente á mi esposa… en esta parte piensa como yo el autor incógnito; pero prosigamos. Y el rey inclinó de nuevo la vista sobre la carta: – «…es necesario que este estado concluya, pero ni lo conseguirá vuestra majestad de Lerma, ni tendrá bastante valor… ¡para hacerse respetar!» – Eso es una insolencia, señor – dijo la duquesa – : quien escribe esto á su rey, no puede ser más que un traidor. – Eso dije yo… pero más abajo hay algo en que este traidor me sirve mejor que me sirven mis más leales vasallos, inclusa vos, doña Juana. – ¡Señor! – exclamó toda turbada la duquesa. – Vais á juzgar – dijo el rey continuando la lectura – : «pero lo que no conseguiríais del duque de Lerma ni de la camarera mayor…» – ¡Oh, Dios mío! – exclamó la duquesa – : perdóneme vuestra majestad si le interrumpo, pero… me parece que el que ha escrito esta carta me cuenta entre el número de los traidores. – ¿Quién dice eso? y aunque lo dijesen, ¿creéis que yo me dejaría llevar de carteles misteriosos? Si he dado importancia á éste es porque dice algunas verdades, y, sobre todo, porque ha producido un hecho. – ¡Un hecho! – Ciertamente: que yo conozca estos pasadizos. Pero continuemos, que se pasa el tiempo y esta cámara es tan fría… Inclinóse un tanto la duquesa, y sin dejar de alumbrar al rey, removió de nuevo el brasero. El rey leyó: – «…pero lo que no conseguiríais del duque de Lerma ni de la camarera mayor, esto es, hablar con su majestad la reina en su misma cámara, sin temor de ser escuchados por nadie, va á procurároslo quien, no sirviéndoos por interés alguno, sino por su lealtad, os oculta su nombre. Buscad debajo de las almohadas de vuestro lecho: encontraréis un llavín de punta cuadrada; id luego al armario donde tenéis vuestros libros de devoción, y junto á la pared, por la parte que mira á vuestro lecho, encontraréis un agujero cuadrado también; meted en él el llavín, dad vuelta, y el armario se abrirá, dejándoos franco un pasadizo; seguidle en línea recta: á su fin encontraréis una puerta que abriréis con el mismo llavín, y os encontraréis en las habitaciones de… vuestra esposa.» El rey dobló la carta lentamente, se soslayó de nuevo, y la guardó en su bolsillo. – ¿Qué decís á esto, doña Juana? – la preguntó el rey. La duquesa se había quedado con el velón en posición de alumbrar al rey y hecha una estatua. – Dejad, dejad el velón, y venid á sentaros frente á mi. Dios me perdone, pero juraría que estábais temblando. – ¡Ah, señor! – dijo la duquesa, que había dejado el velón, volviendo y juntando las manos – ; ¡cuando pienso que un traidor puede llegar hasta aquí impunemente! – Hasta ahora sólo ha entrado el rey; pero sentáos, sentáos y escuchadme bien: exceptuando lo mal que os trata á Lerma y á vos, yo no sabría con qué pagar á quien me ha procurado los medios de llegar hasta aquí… de poder entenderme buenamente con vos: yo hubiera preferido que esa puerta hubiese dado inmediatamente al dormitorio de la reina. – ¡Cómo, señor! ¿pesa á vuestra majestad haberme encontrado? – No me pesaría si no fuéseis tan amiga de Lerma, ó si Lerma no creyera que la reina le quiere mal, aunque en ese caso, para nada necesitaba yo de pasadizos. – Pero, señor, para mí, vuestra majestad, después de Dios, es lo primero. – Sí, sí, lo creo… pero… estoy seguro de que… me opondréis dificultades. – ¡Dificultades! ¡á qué! – Mirad, doña Juana, yo amo á la reina. – Digna de ser amada y respetada es su majestad, por hermosa y por discreta. – La amo más de lo que podéis creer, y vos y Lerma me separáis de ella. – ¡Yo, señor!.. – Siempre que he pretendido atraeros á mi bando, á mi pacífico bando, os habéis disculpado con las obligaciones de vuestro cargo, con que necesitábais llenar las fórmulas, con que la etiqueta no permite al rey ver á su consorte, como otro cualquier hombre… y yo quiero verla con la libertad que cualquiera de mis vasallos ve á su mujer… ¿lo entendéis? – Sí; sí, señor, pero… – Os prometo que nadie lo sabrá: que ese pasadizo permanecerá desconocido para todo el mundo; que aunque la reina quiera hablarme de asuntos de Estado… – ¿Vuestra majestad me manda, señor, que le anuncie á su majestad la reina? – dijo la duquesa levantándose. – No, no es eso… no me habéis entendido, doña Juana; yo no os mando, os suplico… – Señor – dijo la duquesa inclinándose profundamente. – Sí, sí, os suplico; quiero que reservada, que secretamente, me procuréis la felicidad que tiene el último de mis vasallos: la de poder amar sin obstáculo á su familia; mirad, hablaremos muy bajo la reina y yo… no os comprometeremos… – Vuestra majestad no puede comprometer á nadie, porque vuestra majestad en sus reinos es el único señor, el único árbitro á quien todos sus vasallos tienen obligación de obedecer y de respetar. – Pero si no se trata de obediencias, ni de respeto, ni de que toméis ese tono tan grave; lo veo: estáis entregada en cuerpo y alma á Lerma, le teméis; le teméis más que á mí; ¿será cierto lo que dicen acerca de que don Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma, por nuestra gracia, es más rey que el rey en los reinos de España? Estremecióse doña Juana, porque Felipe III se había levantado de su indolencia y de su nulidad habituales, en uno de sus rasgos en que, como en lúcidos intervalos, dejaba adivinar la raza de donde provenía. Tanto se turbó la duquesa, de tal modo tartamudeó, que Felipe III se vió obligado á apearse de su pasajera majestad. – Os suplico, bella duquesa – la dijo asiéndola una mano y besándosela, como hubiera podido hacerlo un caballero particular – que seáis mi amiga. – ¿Vuestra majestad desea ver á la reina? – dijo toda azorada doña Juana. – Deseo más. – ¿Y qué más desea vuestra majestad? – Deseo… que… que esto se quede entre nosotros. – Yo jamás faltaré á lo que debo á mi lealtad, señor. – Bien, bien; pues ya que soy tan feliz que logro reduciros, id y decid á mi esposa… á la reina… que yo… – Voy á anunciar á su majestad, la venida de vuestra majestad. El rey se quedó removiendo el brasero y murmurando: – Creo, Dios me perdone, que la duquesa me teme: bien haya el que me ha mostrado el camino; pero ¿quién será?¿El padre Aliaga?¡Bah! el padre Aliaga no se anda conmigo con misterios… ¿quién será?¿Quién será? Abrióse la puerta por donde había entrado poco antes la duquesa, y el rey se calló. Adelantó doña Juana, pero pálida y convulsa. – ¿Qué tenéis, duquesa? – dijo el rey, que no pudo menos de notar la turbación de la camarera mayor. – Tengo… señor… que vuestra majestad va á creer que no quiero obedecerle. – ¡Cómo! – Me es imposible anunciar á vuestra majestad. – ¡Imposible! – Sí; sí, señor, imposible de todo punto. – Pero y ¿por qué?.. – Porque… porque su majestad no está sola. – ¿Que no está sola la reina? ¡Otra desgracia!.. ¿Pero quién está con la reina? – Está… esa doña Clara Soldevilla; esa menina á quien tanto quiere, á quien tanto favorece, de la cual apenas se separa la reina mi señora… esa mujer á quien no ha sido posible arrancar del lado de su majestad. – ¡Doña Clara Soldevilla! – dijo el rey palideciendo más de lo que estaba – ; ¿será necesario…? – Sí; sí, señor; será necesario expulsarla á todo trance de palacio… es… perdone vuestra majestad… una intriganta… una enemiga á muerte del duque de Lerma, de ese grande hombre, del mejor vasallo de vuestra majestad. – Pero en resumen… ¿el estar la reina con esa mujer impide…? ¿No es éste un refugio vuestro, doña Juana? – Juro á vuestra majestad por mi honor y por el honor de mis hijos, que me es imposible, imposible de todo punto anunciar á vuestra majestad… á no ser que vuestra majestad quiera que lo sepa doña Clara… – ¡Ciertamente que soy muy desgraciado!.. – Juro á vuestra majestad, que en el momento en que la reina mi señora quede sola… yo misma… por ese pasadizo, iré á avisar á vuestra majestad… – ¡Cuando haya vuelto Lerma…! ¡Cuando…! no, no, doña Juana, yo volveré; yo volveré… esta noche á la media noche… esperadme… y yo, yo, Felipe de Austria, no el rey, os lo agradecerá. Y Felipe III, como quien escapa, se dirigió á la puerta secreta, desapareció por ella y cerró. La duquesa viuda de Gandía volvió á quedarse sola. Durante algunos segundos permaneció de pie, inmóvil, anonadada, trémula. – ¡Pero Dios mío! ¿Qué es esto? – exclamó con la voz temblorosa – . ¿Dónde está la reina? ¿Dónde está su majestad? Y saliendo de su inacción, se precipitó de nuevo en la recámara de la reina. Ni en ésta, ni en el dormitorio, ni el oratorio había nadie. La reina, á juzgar por las apariencias, no estaba en el alcázar; al menos no estaba en las únicas habitaciones donde podía estar, porque suponer que la reina hubiese salido por las puertas de servicio, era un absurdo; ¿pero no podía haber salido la reina por algún pasadizo semejante á aquel por donde había aparecido el rey? – La reina estaba sola: me despidió á pretexto de sus devociones y se encerró en el oratorio – dijo la duquesa – ; nadie ha entrado, y la reina… su majestad… no parece; ¡oh! ¿qué es esto, Dios mío? Encontrábase entonces la camarera mayor en el dormitorio de la reina, buscando con una bujía que había tomado del oratorio, por todas partes; su vista estaba maquinalmente fija en el voluminoso lecho, y una idea siniestra, una tradición obscura, que reposaba como otras tantas en el seno del alcázar, vino á herir su imaginación. – Aquí, en esta misma cámara – murmuró con miedo – , murió la reina doña Isabel de Valois. La duquesa se detuvo. – Dicen – continuó – que la envenenó, por celos de su hijo, el rey Felipe II. La camarera mayor, que hemos dicho era supersticiosa, empezó á encontrarse mal, á tener miedo en el dormitorio. – ¿Servirían estos pasadizos – dijo – para que el rey observase á su esposa? Detúvose de nuevo la duquesa. – Dicen que de tiempo en tiempo suceden en esta cámara cosas extraordinarias… que el alma de la reina doña Isabel… En aquel momento la puerta que conducía al oratorio de la reina, dió un violento portazo. Sobresaltada, sobrecogida la duquesa, dejó caer la palmatoria que tenía en la mano y se quedó á obscuras. Entonces sintió junto á sí los pasos de alguien que andaba por el dormitorio; sintió que aquellos pasos se acercaban á ella; sobrecogióla un pavor mortal; ni tuvo voz para gritar, ni para moverse; pero á pesar de aquel terror, oyó clara y distintamente una voz alterada, de entonación fingida, que dijo muy cerca de ella: – Si queréis que nadie sepa vuestros secretos, noble duquesa, guardad vos un profundo secreto acerca de lo que habéis visto y oído esta noche. La voz calló, los pasos se alejaron, rechinó la puerta, y luego todo volvió al silencio anterior. Instantáneamente la duquesa se lanzó fuera del dormitorio y de la recámara de la reina, entró en la cámara donde poco antes había estado hablando con el rey y corrió á una campanilla y la agitó con violencia. Entró una de las doncellas de la servidumbre. – No, vos no – dijo alentando apenas la duquesa – ; decid á la señora condesa de Lemos que entre. Poco después entró una joven como de veinticuatro años, hermosa, viva, morena, ricamente vestida, y sobremanera esbelta y gentil. A la primera mirada comprendió que sucedía algo terrible á la duquesa. – ¿Qué es esto, señora? – la dijo – ; estáis pálida, mortal, tembláis… ¿qué os ha sucedido? – Una pesadilla… amiga mía: me había dormido al amor del brasero, y… hacedme la merced de mandar que me traigan agua y vinagre… pero no os vayáis… no… será una manía – añadió sonriendo penosamente – , pero no quiero estar sola. La joven condesa de Lemos fué á pedir el agua, murmurando para sí mientras llegaba á la puerta de la cámara: – ¡Una pesadilla que la ha puesto azul de miedo! ¡quién será el duende de esta pesadilla! Al poco tiempo y después de haber bebido un enorme vaso de agua con vinagre, después de haber logrado con grandes esfuerzos obtener una serenidad aparente, la duquesa dijo á la joven dama de honor: – ¡Ya se ve! ¡es tan tétrica esta cámara! luego, esas ventanas que golpean… el ruido de la lluvia… y además… antes de dormirme leía Los miedos y tentaciones de San Antonio Abad. – ¡De tentaciones os ocupábais! – dijo la de Lemos – ; pues mirad, señora, la noche está de tentaciones. – ¿Vos también leíais? – No, señora, pensaba. – ¿Y pensando teníais… tentaciones?.. – Y muy fuertes, señora. – ¿Pero de qué? ¿qué diablo os tentaba? – El diablo de la venganza. – ¡Oiga! – exclamó la duquesa afectando una risa ligera, como para demostrar que había pasado enteramente su terror – : ¿conque queréis vengaros? – Me han ofendido. –¿Quién? – Mucha gente… – Pero explicáos, si es que… podemos saber el motivo de vuestra venganza. – ¡Ay, Dios mío! sí, señora. – Y ¿quién os ha ofendido? – Primero el conde de Lemos. – ¡Vuestro esposo! – Mi esposo… y me ha ofendido gravemente. – ¿Pero y en qué? – En dar motivo para que le destierren de esta corte; ¡y qué motivo!, un motivo por el cual se ha puesto á nivel de ese rufián, de ese mal nacido, de ese Gil Blas de Santillana. – ¡Ah, ah! – Descender hasta… – Pero eso debe ser una calumnia. – No, señora; el conde de Lemos ha cedido á una tentación, y cediendo á ella me ha ofendido á mí… como que hay quien dice… – ¡Calumnias! – Hay quien dice que hubiera sido capaz de llevarme de la mano y de noche, á obscuras, al cuarto del príncipe don Felipe, solo por heredar á mi padre en el favor del rey, como ha sido capaz de llevar al príncipe don Felipe á los brazos de una aventurera. El padre de la condesa de Lemos era el duque de Lerma. – ¿Pero quién se atreve á decir eso? – Quien se atreve á todo; quien, arrastrándose delante de todo el que puede darle algo, practica los más bajos oficios; quien no se detiene ni ante lo más alto, ni ante lo más grande; quien se atreve hasta á su majestad la reina, no contándome á mí, que soy su dama de honor, y simplemente condesa de Lemos. En una palabra: don Rodrigo Calderón, á quien tan torpemente concede mi padre toda su confianza. – ¿Pero estáis loca, doña Catalina? Estáis loca; ¿qué cólera y qué malas tentaciones son esas? – Acabo de recibir esta carta. La joven sacó de su seno un pequeño billete. La duquesa se estremeció involuntariamente, porque recordó la carta del rey. – Leed, leed, doña Juana, porque yo no me atrevo á leer esa carta dos veces. La duquesa tomó la carta, se acercó á la luz, buscó sus antiparras, se las caló y leyó lo siguiente: «Ayer fuí á vuestra casa y estábais enferma; yo sé que gozáis de muy buena salud: ayer tarde pasé por debajo de vuestros miradores, y al verme, os metísteis dentro con un ademán de desprecio; anoche hicísteis arrojar agua sucia sobre los que tañían los instrumentos de la música que os daba; esta mañana no contestásteis á mi saludo en la portería de damas y me volvísteis la espalda delante de todo el mundo; todo porque no he podido ser indiferente á vuestra hermosura y os amo infinitamente más que un esposo que os ha ofendido, degradándose. Me habéis declarado la guerra y yo la acepto. Empiezo á bloquearos, procurando que el conde de Lemos no vuelva en mucho tiempo á la corte. Tras esto irán otras cosas. Vos lo queréis. Sea. Por lo demás, contad siempre, señora, con el amor de quien únicamente ha sabido apreciaros.» La duquesa, después de leer esta carta, se quedó muda de sorpresa. – Esta carta – dijo al fin – merece… – Merece una estocada – dijo la joven. – No por cierto: esta carta merece una paliza. – ¿Pero de quién me valgo yo? ¿á quién confío yo…? – Mostrad esa carta á vuestro padre. – Mi padre necesita á ese infame: además, ésta no es la letra de don Rodrigo; se disculpará, dirá que se le calumnia. – ¡Esperad! – ¿Que espere?.. ¡bah!, no señor; yo he de vengarme, y he aquí mis tentaciones. – Pero ¿qué tentaciones han sido esas? – Primero, irme en derechura al cuarto de su majestad. – ¡Cómo! – Decirle sin rodeos que estoy enamorada del príncipe. – ¡Doña Catalina! – Que valgo infinitamente más que otra cualquiera para querida de su alteza. – ¿Y seríais capaz?.. – ¿De vengarme?.. ya lo creo. – ¿De vengaros deshonrándoos? – Un esposo como el mío, que se confunde con la plebe, merece que se le iguale con la generalidad de los maridos. – Vos meditaréis. – Ya lo creo… y porque medito me vengaré del rey, que no ha sabido tener personas dignas al lado de su hijo, mortificándole; del príncipe, enamorándole y burlándole… – ¡Ah! burlándole… es decir… – ¡Pues qué! ¿había yo de sacrificarme hasta el punto de deshonrarme ante mis propios ojos?.. no… que el mundo me crea deshonrada, me importa poco: ya lo estoy bastante sólo con estar casada con el conde de Lemos; un marido que de tal modo calumnia, solo merece el desprecio. – ¡Cómo se conoce, doña Catalina, que sólo tenéis veinticuatro años y que no habéis sufrido contrariedades! – ¡Ah, sí! – dijo suspirando la condesa. – ¿Pero supongo que no cederéis á la tentación? – Necesario es que yo me acuerde de lo que soy y de donde vengo, para no echarlo todo á rodar: ¡escribirme á mí esta carta! Y la condesa estrujó entre sus pequeñas manos la carta que la había devuelto la camarera mayor. – ¡Y si este hombre estuviese enamorado de mí, sería disculpable! pero lo hace por venganza. – ¡Por venganza! – Contra mi marido, porque al procurar un entretenimiento al príncipe, no ha tenido á mano otra cosa que la querida de don Rodrigo Calderón. – Tal vez os ame… y aunque esto no es disculpa… – Don Rodrigo no me ama… porque… – ¿Por qué? – Porque no se ama más que á una mujer, y don Rodrigo está enamorado de… – ¿De quién? – exclamó la duquesa, cuya curiosidad estaba sobreexcitada. La de Lemos se acercó á la camarera mayor hasta casi tocar con los labios sus oídos, y la dijo en voz muy baja: – Don Rodrigo está enamorado de su majestad. – ¡Explicáos, explicáos bien, doña Catalina! – Ya sé, ya sé que un ambicioso puede estar enamorado de un rey, mirando en su favor el logro de su ambición; pero no he querido jugar del vocablo; no: don Rodrigo está enamorado de su majestad… la reina. – ¡Ved lo que decís!.. ¡ved lo que decís, doña Carolina! – exclamó la camarera mayor anonadada por aquella imprudente revelación, y creyendo encontrar en la misma una causa hipotética de la desaparición de la reina de sus habitaciones. – A nadie lo diría más que á vos, señora – dijo con una profunda seriedad la joven ni os lo diría á vos, si hasta cierto punto no tuviese pruebas. – ¡Pruebas! – Oíd: hace dos años, cuando estuvimos en Balsaín, solía yo bajar de noche, sola, á los jardines. – ¡Sola! – En el palacio hacía demasiado calor. Acontecía además, para obligarme á bajar al jardín, que… en las tapias había una reja. – ¡Ah! – Una reja bastante alta, para que pueda confesar sin temor que por aquella reja hablaba con un caballero, más discreto por cierto, más agudo, y más valiente y honrado que el conde de Lemos. – Sin embargo, creo que hace dos años ya estábais casada. – ¿Y qué importa? yo no amaba á aquel caballero, ni aquel caballero me amaba á mí. – Os creo, pero no comprendo… – Pero comprenderéis que cuando os confieso esto, os lo confesaría todo. – ¿Pero cómo podías bajar á los jardines? – Por un pasadizo que empezaba en la recámara de la reina, y terminaba en una escalera que iba á dar en los jardines. – ¡Ah! ¡también hay pasadizos en el palacio de Balsaín! – Un pasadizo de servicio, que todo el mundo conoce. – ¡Ah! ¡sí! ¡es verdad! – Pues bien: la noche que me tocaba de guardia en la recámara de la reina, cuando su majestad se había acostado; abría silenciosamente la puerta de aquel pasadizo y me iba… á la reja. – Hacíais mal, muy mal. – No se trata de si hacía mal ó bien, sino de que sepáis de qué modo he podido tener pruebas… de los amores ó al menos de la intimidad de don Rodrigo Calderón con la reina. – ¡Amores ó intimidad!.. – murmuró la duquesa – ¡Dios mío! ¿pero estáis segura? – ¿Que sí lo estoy? Una noche, cuando yo me volvía de hablar con mi amigo secreto, al pasar por detrás de unos árboles oí dos voces que hablaban, la de un hombre y la de una mujer. – Y eran… – Cuando arrastrada por mi curiosidad me acerqué cuanto pude de puntillas, conocí… que la mujer era la reina, que el hombre era don Rodrigo Calderón. – ¡Y hablaban de amores! – Al principio… es decir, cuando yo llegué, no; conspiraban. – ¡Que conspiraban! – Contra mi padre. – ¡Ah! – exclamó la duquesa. – Recuerdo que su majestad estaba vestida de blanco, y que don Rodrigo tenía un bello jubón de brocado; el traje de la reina me extrañó, porque recordé que cuando entramos á desnudarla tenía un vestido negro. – Pero… ¿cómo… á propósito de qué conspiran… la reina y don Rodrigo contra el duque Lerma? – La reina se quejaba de que mi padre dominaba al rey; y que no se hacía más que lo que mi padre quería; que las rentas reales se iban empeñando más de día en día; que la reina estaba humillada; que nuestras armas sufrían continuos reveses; que, en fin, era necesario hacer caer á mi padre de la privanza del rey, para lo cual debían unir sus esfuerzos la reina y don Rodrigo. – ¡Ah! ¡ah! por el amor… ¿hablaron de amor?.. – Don Rodrigo pidió una recompensa por sus sacrificios á la reina. – Y la reina… – La reina le dijo: ¡esperad! – ¡Pero una esperanza!.. – Mi buena amiga: cuando una mujer pronuncia la palabra ¡esperad! como la pronunció la reina, es lo mismo que si dijese: hoy no, mañana. – Sin embargo, la reina, por odio al duque de Lerma, ha podido bajar hasta decir á un hombre que pudiese servirla contra el duque: ¡esperad! ¡pero bajar más abajo! – La reina tiene corazón. – Es casada. – Está ofendida. – El rey la ama. – El rey ama á cualquiera antes que á su mujer. – Tengo pruebas del amor del rey hacia la reina; pruebas recientes. – Lo que inspira la reina al rey no es amor, sino temor, y procura engañarla sin conseguirlo. El rey quiere á todo trance que le dejen rezar y cazar en paz, y la lucha entre la reina y mi padre le desespera. Quedóse profundamente pensativa la duquesa. – Os repito – dijo recayendo de nuevo en su porfía – que no tengo la más pequeña duda de que la reina inspira á su majestad un profundo amor. – Ya os he dicho y os lo repito: no se ama á un tiempo á dos personas. – ¿Y el rey?.. – El rey ama á una mujer que… preciso es confesarlo, por hermosa, por discreta, por honrada, merece el amor de un emperador. ¡Pero vos estáis ciega, doña Juana! ¿no habéis comprendido que el rey está enamorado hasta la locura de doña Clara Soldevilla, verdadero sol de la villa y corte, y que vale tanto más, cuanto más desdeña los amores del rey? – ¡Pero si doña Clara es la favorita de la reina! ¿Queréis que la reina esté ciega también? – La reina sabe que si el rey ama á doña Clara, doña Clara jamás concederá ni una sombra de favor al rey, y la reina, con el desvío de doña Clara á su majestad, se venga del desamor con que siempre su majestad la ha mirado. – Vamos: no, no puede ser; vos os equivocáis… tenéis la imaginación demasiado viva, doña Catalina. – Quien tiene la culpa de todo esto, es mi padre. A esta brusca salida de asunto, ó como diría un músico, de tono, la duquesa no pudo reprimir un movimiento de sorpresa. – ¡Qué decís! – exclamó. – Mi padre, con la manía de rodearse de gentes que le ayuden, se fía demasiado de las apariencias y comete… perdonadme, doña Juana, porque yo sé que sois muy amiga y muy antigua amiga de mi padre, pero su excelencia comete torpezas imperdonables. – ¡Dudáis también de la penetración, de la sabiduría y de la experiencia de vuestro padre! Yo creo que si seguimos hablando mucho tiempo acabaréis por confesar que dudáis de Dios. – Creo en Dios y en mi padre. – Se conoce – dijo la duquesa no pudiendo ya disimular su impaciencia – que os galanteaba con una audacia infinita, antes de que os casárais, don Francisco de Quevedo. Coloreáronse fugitivamente las mejillas de la joven. – ¿Y en qué se conoce eso? – En que os habéis hecho… muy sentenciosa. – Achaques son del tiempo; hoy todo el mundo sentencia, hasta el bufón del rey; ¡y qué sentencias dice á veces el bueno del tío Manolillo! El otro día decía muy gravemente hablando con el cocinero mayor del rey: «Hoy en España se come lo que no se debe guisar»; y como el buen Montiño no le entendiese, replicó sin detenerse un punto: «por ejemplo, allá va un maestresala que lleva respetuosamente sobre las palmas de las manos un platillo de cuernos de venado para la mesa de su majestad.»[1 - El autor se ve obligado, para que sus lectores comprendan que los cuernos de venado pueden comerse, á transcribir la siguiente manera con que dice se tienen de condimentar: Francisco Martínez Montiño, en la décimosexta impresión de su Arte de Cocina, á la pág. 163, dice así: Platillo de las puntas de los cuernos de venado. Los cuernos del venado ó gamo, cuando están cubiertos de pelo, tienen las puntas muy tiernas. Estas se han de cortar de manera que quede hacia la punta todo lo tierno y pelarlos en agua caliente, y quedarán muy blancos y hanse de aderezar con la tripa del venado, salvo que no se han de tostar, sino cocerlos con un poco caldo, y sazonar con pimienta y jengibre, y échesele un poquito de manteca de vacas fresca, y con esto cuezan cosa de una hora; y no se ha de cuajar con huevos, ni se ha de echar género de verdura. Es muy buen platillo; sólo el nombre tiene malo.Por lo que se ve, el cocinero de su majestad llamaba cuernos á los que en realidad sólo eran cuernos en leche; como si dijéramos, cuernos inferi por nacer ó no acabados de nacer.] A esta salida de la condesa, la camarera mayor no pudo contener un marcado movimiento de disgusto; reprimióse, sin embargo, y dijo procurando dar á su voz un acento conveniente: – Vamos, se conoce que la insolencia de don Rodrigo os ha llegado al alma, porque estáis terrible, amiga mía; nada perdonáis, ni aun á vuestro padre, y voy convenciéndome de que por vengaros de ese hombre, seréis capaz de todo. – ¿Pues no? ¿Os parece que una dama puede sufrir, sin desesperarse, insultos tan groseros? – Confieso que tenéis razón y que en vuestro lugar… – Vos en mi lugar, ¿qué haríais? – Pediría consejo. – Pues cabalmente yo no he hecho más que pedíroslo. – ¡Ah! yo creía que sólo me habéis dado á conocer vuestras tentaciones. – Pues de ese modo os he pedido que me aconsejéis. Meditó de nuevo profundamente la duquesa. – Pues bien – dijo después de algunos segundos – , voy á hacer más que aconsejaros: voy á vengaros. – ¿A vengarme, señora? – Voy á hacer que por lo menos destierren de la corte á don Rodrigo Calderón, y que levanten su destierro al conde de Lemos. – Procurad lo primero y aun más si podéis – dijo con vivacidad la condesa – ; pero en cuanto al conde de Lemos, dejadle por allá: me encuentro muy bien sin él. – Sea como queráis; y á propósito de ello, voy á escribir ahora mismo á vuestro padre. – ¡Ah, señora! no sabré negaros nada si me desagraviáis. – Permitidme un momento, amiga mía; concluyo al instante. La camarera mayor se acercó á la mesa, se sentó delante de ella, abrió un cajón, sacó papel, se caló las antiparras y se puso á escribir, lenta, muy lentamente. La lentitud de la duquesa consistía, no en que la fuese difícil escribir, sino en que pensaba más que escribía. Ni un sólo momento durante la conversación con la condesa de Lemos, había olvidado la posición difícil en que se encontraba, esto es: su posición de camarera mayor de una reina que se había perdido en su recámara, mientras ella hacía su servicio en la cámara. La conversación con la condesa de Lemos había agravado, á su juicio, aquella situación; había descubierto grandes cosas; esto es: que la reina alentaba á don Rodrigo Calderón, confidente y secretario íntimo del duque de Lerma, á quien lo debía todo, y que don Rodrigo, alentado por la reina, hacía una completa traición al duque. Entonces sospechaba si sería don Rodrigo el que había procurado al rey el conocimiento de aquellos pasadizos, y si sería también él quien, en medio de las tinieblas, la había amenazado con publicar sus secretos, si no guardaba un profundo silencio acerca de los singulares sucesos de aquella noche. La duquesa, desde el momento, había comprendido la necesidad de avisar al duque de la aparición inesperada del rey y de la no menos extraña desaparición de la reina; pero cuando hubo oído las terribles revelaciones de la condesa de Lemos, vió que era de todo punto imprescindible avisar á Lerma sin perder un segundo. El duque tenía en su casa un convite de Estado, y era de esperar que aquella noche no viniese á palacio; la camarera mayor estaba retenida por las obligaciones de su cargo en el alcázar hasta la hora de recogerse la reina, que era bastante avanzada; urgía avisar al duque, pero la dificultad estaba en procurarse un intermediario de confianza. Porque es de advertir que tan enmarañada estaba la intriga alrededor de Felipe III, que no había de quién valerse con confianza para confiarle una carta para el duque de Lerma. La duquesa vió con alegría que la de Lemos, la hija querida del duque de Lerma, interesada gravemente en que aquella carta llegase sin tropiezo á su padre, era el intermediario que necesitaba. Una vez tomada esta resolución por la duquesa, su mano corrió con más rapidez sobre el papel: llenó las cuatro caras de la carta, que era de gran tamaño, con una letra gorda y desigual, en renglones corcovados; cerró la carta, la selló y puso sobre su nema: «A su excelencia el señor duque de Lerma, de la duquesa viuda de Gandía. – En mano propia.» – Tomad, doña Catalina – dijo la camarera mayor – ; será necesario que os encarguéis vos misma de llevar esta carta á vuestro padre. – ¡Yo… misma…! – contestó con altivez la de Lemos. – Menos arriesgado es esto que lo que queríais hacer por vengaros de don Rodrigo. – Pero tengo mis razones… no quiero mezclarme para nada en estos negocios directamente… – Pero hay un medio. Ponéos un manto, tomad una litera, id por el postigo de la casa del duque, que da á sus habitaciones. – Peor aún: ¿qué dirá quien me abra ese postigo, al verme entrar en casa de mi padre de una manera tan misteriosa? – El que os reciba, nada os dirá… no se meterá en si vais encubierta ó no. Dad tres golpes fuertes sobre el postigo: cuando le abran, que será al instante, entregad al criado que se os presentará, esa carta para que lea su sobre. El criado os devolverá la carta, y os llevará al despacho de vuestro padre, que al punto irá á encontraros. – Pero habré de darme á conocer á mi padre, me preguntará… – De ningún modo; si vos no queréis descubriros, vuestro padre no os pedirá que os descubráis, y podéis haceros desconocer de él y salir sin hablar una palabra, tan encubierta como habéis entrado. Pero en cambio, vos, á quien únicamente interesa este negocio, estaréis segura de que la carta ha ido á dar en las manos de vuestro padre. – ¡Iré! – dijo con resolución la de Lemos, después de un momento de silencio. – Pues si habéis de ir, que sea al punto. – Sí, sí; os agradezco en el alma lo que por mí hacéis, y voy á mandar que pongan una litera. – Procurad que los mismos mozos que conduzcan la litera, no puedan conoceros. – ¡Oh, por supuesto! Adiós, doña Juana; adiós, y hasta después. – Id con Dios, doña Catalina. Y… oíd: hacedme la merced de decir á doña Beatriz de Zúñiga que entre. – No quiere quedarse sola – murmuró la joven saliendo – ; ¿qué misterio será éste? Y llegando en la antecámara á una hermosa joven que, acompañada de otras tres reía y charlaba, la dijo: – Doña Beatriz, la señora camarera mayor, os llama. La joven compuso su semblante dándole cierto aire de gravedad, y entró en la cámara de la reina, al mismo tiempo que la condesa abría la puerta de la antecámara y desembocaba por la portería de damas. CAPÍTULO III EN QUE SE DEMUESTRA LO PERJUDICIALES QUE SON LOS LUGARES OBSCUROS EN LOS PALACIOS REALES La condesa de Lemos atravesó en paso lento, recibiendo los respetuosos saludos de ujieres y maestresalas, algunas galerías y habitaciones. Lo lento del paso de la condesa, consistía en que iba abismada en profundas cavilaciones. – Me he visto obligada – pensaba – á inventar lo de los jardines de Balsaín, y á calumniar á la reina para procurarme una venganza segura contra el miserable don Rodrigo. La buena de doña Juana de Velasco, vale de oro todo lo que pesa; en hablándola de mi padre, no sabe ser suya: es mucho lo que admira, mucho lo que venera, mucho lo que sirve la duquesa á su excelencia, y ha tragado el anzuelo… hasta el cabo… ¡lindezas dirá esta carta! El pensamiento ha sido diabólico… pero yo necesitaba vengarme… á conspirador, conspirador y medio, y salgan allá por donde puedan. ¡Ah! ¡Ah! estoy orgullosa de mí misma, y creo que si yo me dedicara á la intriga, sería… todo lo que quisiera ser. Y la condesa, respondiendo á su pensamiento, satisfecha de su diablura, soltó una alegre carcajada. Por fortuna, nadie había en la galería por donde atravesaba. – Ahora – dijo para sí la condesa, continuando en su marcha y en su pensamiento – es necesario que esta carta llegue á manos de mi padre, sin que la lleve yo… ¡bah! renuncio á mi venganza á trueque de que mi padre y señor pudiera reconocerme; preferiría irme á él con la cara descubierta, y mostrarle la carta de don Rodrigo. Pero mi padre, que deja estar en su destierro á su sobrino, mi señor esposo, por no disgustar á su servicialísimo don Rodrigo, sería capaz de desairar á su hija y de no creerla, porque su muy querido don Rodrigo no se disgustase. Ahora, haciéndole sospechar que don Rodrigo le engaña, que le hace traición, su excelencia, que es tan receloso, que en todas partes ve peligros, perderá de seguro á su muy amado confidente. ¿Quién os ha mandado, don necio soberbio, meteros conmigo? ¡Bien empleado os estará todo lo que os suceda, y en vano os devaneréis los sesos para saber de dónde ha venido el golpe! La joven sonrió satisfecha de su pensamiento. – Doña Clara Soldevilla estará en la sala de las Meninas; acaso ella, que es valiente, que por nada se detiene, que aborrece de muerte á don Rodrigo Calderón, llevará con placer esta carta á mi padre, en cuanto sepa que esta carta puede hacer daño á don Rodrigo. Es necesario inventar otra historia para engañar á doña Clara, aunque es necesario que sea más ingeniosa que la que he contado á la camarera mayor, porque doña Clara tiene mucho ingenio. Y bien – dijo dándose un golpe en la frente – : ya tengo la historia. Utilicemos el ruidoso asunto de los amores del príncipe don Felipe con la querida de don Rodrigo; eso es, adelante. La condesa entró en una cámara solitaria y llamó. Presentósela inmediatamente una venerable dueña. – ¿Qué me manda vuecencia? – dijo aquella ruina con tocas. – Decid á doña Clara Soldevilla que venga. – Doña Clara no está en el cuarto de las Meninas, señora – dijo la dueña. – ¿No está acaso de servicio? – No, señora; está en su cuarto enferma. – ¡Ah! ¿está enferma? – exclamó la condesa con un despecho, que la dueña tomó por interés. – Afortunadamente, señora, la indisposición de doña Clara es un ligero resfriado. – Me alegro mucho: me habíais dado un susto. ¿Y dónde tiene su cuarto doña Clara? – Vive sola con una dueña y una doncella, más allá de la galería de los Infantes; si vuecencia quiere que la guíe… – No; no me es urgente ver á doña Clara; la veré mañana. ¿Conque decís que vive… – En la crujía obscura que está más allá de la galería de los Infantes, en el número 10. Además, la puerta está pintada de verde. – Muy bien, gracias; retiráos. – La dueña hizo una cumplidísima reverencia, y se retiró, casi sin volver la espalda á la condesa, que, en el momento en que se vió sola, tomó una bujía de sobre una mesa, y abriendo una puerta de servicio, se encontró en un estrecho corredor, pasado el cual, entró en una ancha galería, medio alumbrada par algunos faroles y enteramente desierta, á excepción de un centinela tudesco, que se paseaba gravemente en la galería y que, al ver á la condesa, se detuvo y al pasar ella por delante de él, dió un golpe con el cuento de la alabarda en el suelo, á cuyo saludo contestó la joven con una ligera inclinación de cabeza. La condesa se perdió por una pequeña puerta al fondo. La galería que acababa de atravesar era la de los Infantes; el lugar en que había entrado, era una galería densamente lóbrega, en la cual resonaban los pasos de la condesa de una manera sonora. La de Lemos iba ceñida á la pared del lado izquierdo, con la bujía levantada, mirando los números pintados sobre las puertas, y ya había recorrido un gran espacio sin encontrar el número 10, ni la puerta verde, cuando oyó al fondo de la galería ruido de pasos lentos y marcados, como los de un hombre que anda pesadamente y con dificultad. Miró la de Lemos al lugar de donde provenía el ruido, y sólo vió la área luminosa de la linterna. El que la llevaba estaba envuelto en la sombra. La condesa se detuvo contrariada, porque hubiera querido que nadie la viera en aquellos lugares, y se detuvo irresoluta. El de la linterna se detuvo también. – ¿Quién va? – dijo con un acento breve, descuidado y ligeramente sarcástico; esto es: con un acento que parecía estar acostumbrado de tal modo á expresar el sarcasmo, que le dejaba notar hasta en la frase más indiferente. – ¡Ah! ¡Dios mío! ¿si será? ¡pero no! ¡no puede ser! ¡si estaba preso! ¿Quién va? – añadió con interés la condesa. – ¡Ah! – dijo el hombre – ; yo soy, Diógenes trasegado, que anda en busca de un hombre y no le hallo. – Y yo soy una dama andante, que busca á una mujer y no la encuentra. Acercábanse entretanto los dos interlocutores. – Pero hallo una mujer – dijo el de la linterna – , lo que no es poco, y me doy por bien hallado. – Y yo – dijo la condesa con afecto – encuentro un hombre, y me doy por satisfecha. – ¡Ah! ¡doña Catalina! – ¡Ah! ¡don Francisco! A este punto, don Francisco y doña Catalina estaban á muy poca distancia el uno del otro, y se enviaban mutuamente al rostro la luz de la bujía y de la linterna. Era don Francisco un hombre como de treinta años, de menos que mediana estatura, y más desaliñadamente vestido que lo que convenía á un caballero del hábito de Santiago, cuya cruz roja mostraba sobre el ferreruelo. Tenía la actitud valiente del hombre que nada teme y se atreve á todo; mostraba los cabellos un tanto más largos que como se llevaban en aquel tiempo; la frente alta, ancha, prominente, atrevida; la ceja negra y poblada, y al través del vidrio verdoso de unas anchas antiparras montadas en asta negra, dejaba ver dos grandes ojos negros, de mirada fija, chispeante, burlona y grave á un tiempo, inteligente, altiva, picaresca, desvergonzada, escudriñadora: mirada que se reía, mirada que suspiraba, mirada pandæmonium, si se nos permite esta frase, á cuyo contacto se encogía el alma de quien era mirado por ella, temorosa de ser adivinada ó de ser lastimada; aquellos dos ojos estaban divididos por una nariz aguileña de no escaso volumen, y bajo aquella nariz y un poblado bigote, y sobre una no menos poblada pera, sonreía una boca en que parecía estereotipada una sonrisa burlona, pero con la burla de un sarcasmo doloroso. Este hombre era don Francisco de Quevedo y Villegas, gran filósofo, gran teólogo, gran humanista, gran poeta, gran político, gran conspirador, caballero del hábito de Santiago, señor de la torre de Juan Abad, epigrama viviente, desvergüenza ambulante, gran bufón de su siglo, que acogía con carcajadas convulsivas las verdades que le arrojaba á la cara. Era, en fin, ese grande ingenio, cuyas obras leemos con deleite, perdonándole su cinismo, su escepticismo, su desvergüenza; ese grande ingenio á quien amamos, por lo que nos entretiene y por lo que nos enseña; ese hombre, á quien acaso ennoblecemos, ó á quien no comprendemos tal vez; esa colosal figura, colocada la mitad en luz y la mitad en sombra. – ¿Vos por aquí, don Francisco? – dijo la condesa sin disimular su alegría, alegría semejante á la de quien de una manera inesperada tiene un buen encuentro. – San Marcos llora; allá le dejo entregado á su viudez, y á los canónigos escandalizados de que Lerma se haya atrevido á tanto: allá se quedan llorando, porque ya no tienen quien les haga llorar… de risa, y yo me vengo aturdido á la corte, porque ya no tengo al lado, en un consorcio infame, á quien me hacía reir de… rabia. – ¡Siempre tan desesperado! – dijo con acento conmovido la joven. – ¡Y siempre vos tan buena! – dijo Quevedo, á cuyos ojos asomó una lágrima-; ¡tan buena!.. ¡tan hermosa y tan desgraciada! – pero cambiando repentinamente de tono, dijo: – ¿conque el rey que os casó mal, os ha desmaridado bien? – ¡Cómo! ¿sabéis?.. – Sé que por meterse en oficios de dueña, y por el pecado de torpe, anda por esas tierras desterrado el conde de Lemos, mi señor. – ¡Pero vos lo sabéis todo!¡acabáis de llegar!.. – Súpelo en San Marcos, y fué un día grande para mí; el único de grandeza que conozco al rey Felipe III; como que desterraba de la corte á vuestro marido, y á mí me permitía venir á enterrarme en ella, ó mejor dicho, á enojarme. – ¡A enojaros! – Sí por cierto, á enojarme en vuestros ojos. – ¡Ah, don Francisco!, el amor debía tener un decálogo. – ¡Torpe soy! – ¿Vos torpe? – ¡Si no os entiendo!, á no ser que el decálogo del amor empezase de esta manera: el primero, amar á la condesa de Lemos sobre todas las cosas. – Bien decís que sois torpe; el decálogo del amor debía decir: el segundo no galantear en vano. – Porque sé que en vanísimo enamoro, digo que viniendo á la corte, me entierro. Pero del mal el menos; viniendo vos sola, no temo que nadie pise mi alma en su sepultura. – Acabaréis por enfadarme, don Francisco – dijo con seriedad la condesa. – ¿Enfadaros, vos, cuando yo estoy alegre? ¿nublaros cuando yo amanezco? – ¿Es decir, que os alegráis de mi abandono? – ¡Alégrome de vuestra resurrección! – Es que yo no me he muerto. – Os enterraron en el matrimonio, poniéndoos por mortaja al conde de Lemos. ¿Cómo queréis que no me alegre, cuando os desamortajan y os desentierran? ¿Cómo queréis que no exclame? Conde que te has condenado, porque pecar no has sabido: bien casado, mal marido, ¡guárdete Dios, desterrado! – ¡Sois terrible! – exclamó riendo la condesa. – Perdonadme, pero de tal modo me han hecho vomitar versos en San Marcos, que aún me duran las ansias; donde piso, dejo sátiras; de donde escupo, saltan romances; donde llega mi aliento, se clavan letrillas. Pero prometo, á fe de Quevedo, no volver á hablaros sino en lisa prosa castellana. – ¿Sin jugar del vocablo? – Lo otorgo. – ¿Ni del concepto? – No me atrevo á jurarlo, porque me tenéis tan presa el alma y os teme tanto, que no sabe por dónde escaparse. – Siempre que no me habléis de amor… ya sabéis donde vivo. – Me aprovecharé de vuestra buena oferta, y me contentaré con adoraros en éxtasis. – Es que yo no quiero veros idólatra. Pero dejando esta conversación, que os lo aseguro, me disgusta, ¿á dónde íbais por aquí? – Iba en busca de un hombre que se me ha perdido, y voy á buscarle á casa del duque de Lerma, vuestro padre, donde según dicen le habré hallado. – ¿Vais á casa de mi padre? – No, por cierto, voy á buscar al cocinero de su majestad. – ¿Qué, se encuentra en casa de mi padre? – Allí está prestado. – ¿Queréis hacerme un favor, don Francisco? – ¿No sabéis que podéis mandarme? – Pues bien: os mando que llevéis esta carta á donde ese sobrescrito dice. – «Al duque de Lerma, en propia mano» – dijo Quevedo. Y se quedó profundamente pensativo. – ¡Sé que sois enemigo de mi padre, que os pido un gran sacrificio! Pero… – ¿Me lo pagaréis?.. – Os lo… agradeceré en el alma. – ¡Iré! – dijo Quevedo, levantando la cabeza con resolución. – ¿Y no queréis saber el contenido de esta carta? – Me importa poco. – Podrá suceder… – Me importa menos. – Adiós – dijo precipitadamente la condesa. – ¿Por qué?.. – Suenan pasos, y se ven luces – dijo la de Lemos – . Si nos encontraran aquí juntos… Quevedo apagó la luz de la condesa de un soplo, y luego sopló su linterna. – ¿Qué hacéis? – dijo la condesa, que se sintió asida por la cintura y levantada en alto. – Desvanecerme con vos á fin de que no nos vean. – Soltad, ó grito. – Pueden conoceros por la voz. – ¡Traen luces y nos verán! – Allí hay unas escaleras. Y luego se oyó el ruido de las pisadas de Quevedo hacia un costado de la galería. Luego no se oyó nada, sino los pasos de algunos soldados que iban á hacer el relevo de los centinelas. Uno de ellos llevaba una linterna. – ¿Qué es esto? – dijo el sargento tropezando en un objeto – un candelero de plata con una bujía. – Y una linterna de hierro. – Las acaban de apagar. – Cuando entramos había aquí una dama y un caballero. – Dejad eso donde lo hemos encontrado y adelante. En palacio y en la inquisición, chitón. Siguieron adelante los soldados, atravesando lentamente la galería. Poco después se oyeron de nuevo las pisadas de Quevedo. – Buscad mi candelero – dijo con la voz conmovida la de Lemos. – Y mi linterna – contestó con un acento singular Quevedo. – Ved que ésta es mi mano – dijo la condesa. – No creía que estuviéseis tan cerca de mí. – ¡Ah! ya he dado con él. – Ya he dado con ella. – ¡Adiós, don Francisco! mañana me encontraréis todo el día en mi casa. – ¡Adiós, doña Catalina! mañana iré á veros… si no me encierran. – ¡Adiós! – ¡Adiós! – ¡Oh, Dios mío! – murmuró la condesa alejándose entre las tinieblas – , creo que no me pesa de haberle encontrado. ¿Amaré yo á Quevedo? Entre tanto, Quevedo, adelantando en dirección opuesta, murmuraba: – Capítulo VI. De cómo no hay virtud estando obscuro. Poco después extinguióse de una parte el crujir de la falda de la condesa, y de la otra el ruido de las lentas pisadas de Quevedo. CAPÍTULO IV ENREDO SOBRE MARAÑA Quevedo salió del alcázar, se puso en demanda de la casa del duque de Lerma y se entró desenfadadamente en un destartalado zaguán, cuya puerta estaba abierta de par en par. Aquel zaguán, hijo genuino del siglo XVI, á pesar de su irregularidad, de su pavimento terrizo y de sus paredes rudamente pintadas de rojo y blanco imitando fábrica, no dejaba de ser suntuoso y característico, como representante de la época de transición llamada del Renacimiento. Un techo de pino acasetonado, con altos relieves en sus vanos, sostenido sobre un ancho friso de la escuela de Berruguete, así como una escalera de mármol con rica balaustrada del género gótico florido, parecían demandar otras paredes y otro pavimento, menos pobres, menos rudos; un enorme farol colgado del centro del techo, otro farol más pequeño pendiente de un pescante de hierro y que compartía su luz entre un nicho en que había un Ecce-homo de madera, de no mala ejecución, y un enorme escudo de armas tallado y pintado en madera; seis hachas de cera, sujetas á ambos lados en la balaustrada de la escalera, y otro farol pendiente del centro del techo de la escalera al fondo, eran las luces que iluminaban el zaguán, y dejaban ver las gentes que en él había. Eran éstas dos lacayos aristocráticamente vestidos con una especie de dalmática ó balandrán negro, con bandas diagonales amarillas, color y emblema de la casa Sandoval; un hombre vestido de camino, rebozado en una capilla parda, que estaba sentado en un largo poyo de piedra que corría á lo largo de la pared en que se notaban la imagen y el escudo de armas, y una especie de matón que echado de espaldas contra una de las pilastras de la puerta, dejaba ver bajo el ala de su sombrero gacho, un semblante nada simpático, y nada á propósito para inspirar confianza. Los dos lacayos ó porteros se paseaban á la ancho del zaguán, apareados, hablando de una manera tendida, y riendo con una insolencia lacayuna; el joven embozado del poyo, miraba de una manera hosca á los porteros, y el matón de la puerta fijaba de tiempo en tiempo una mirada vigilante en el de la capilla parda, locutario del poyo. Al entrar en el zaguán, Quevedo, que cuando iba á ciertos lugares, especialmente para entrar en ellos no desatendía ninguna circunstancia, y todo lo abrazaba de una mirada rápida, oculta, hasta cierto punto, por el verdoso vidrio de sus antiparras, se detuvo de repente junto al hombre que estaba en la puerta, le dió frente y le dijo encarándosele: – ¿Cómo tu aquí? Afirmóse sobre sus plantas aquel hombre, y clavó sus ojos en Quevedo. – ¡Ah! ¡es vuesa merced! – Yo te daba ahorcado. – Y yo á vuesa merced desterrado. – Pues encuéntrome en mi tierra. – Y yo sobre mis canillas. – ¡Gran milagro! – Sirvo á buen amo. – ¿A su excelencia?.. – Decís bien: porque sirvo á don Rodrigo Calderón… – ¡Criado del duque de Lerma!¿conque eres?.. – Medio lacayo… – Medio requiem… – Decís bien. – ¿Quién agoniza por aquí? Lanzó el matón una rápida mirada de soslayo al hombre que estaba en el poyo. – ¡Ah! – dijo Quevedo siguiendo también de soslayo aquella mirada – . ¿Y quién es él? – ¡Bah, don Francisco! por mucho que yo os deba, también debo mucho á don Rodrigo y… Sonó Quevedo algunas monedas en el bolsillo, y el matón cambió de tono. – ¿Pero qué importa á vuesa merced?.. ¿no ha perdido vuesa merced la afición á saberlo todo? – Ven acá, Francisco; ven acá, á lo obscuro, hijo, que en ninguna parte se dice mejor un secreto que donde no hay luz, ni nunca toma mejor dinero quien, como tú, gastas vergüenza, que á obscuras. Ven acá, te digo, y si quieres embuchar, desembucha. Siguió aquel hombre á Quevedo un tanto fuera de la puerta, y cuando de nadie pudieron ser vistos ni oídos, dijo Quevedo: – El hidalgo que se esconde entre sombrero y embozo, es mucha cosa mía. – ¡Ah!¿es cosa vuestra… ese mancebo?.. ¿pero cómo le ha conocido vuesa merced, si ni aun no se le ven los ojos? – Ver claro cuando está obscuro, y desembozar tapados, son dos cosas necesarias á todo buen hidalgo cortesano; y más en estos tiempos en que es tan fácil á medio rodeo dar con la torre de Segovia; ¡hermano Juara, vomita! – No me atrevo: don Rodrigo… – Ni acuña mejor oro que el que yo gasto, ni usa mejor hierro que el que yo llevo. – ¡Pero don Francisco! – O al son de mi bolsa cantas, ó si te empeñas en callar, hablan de ti mañana en la villa. Conque hijo, ¿qué quiere don Rodrigo con mi pariente? – ¿Vuestro pariente es ese mozo? – Archinieto de una archiabuela mía, que era tan noble persona que más arriba que el suyo no hay linaje que se conozca. – ¿Me promete vuesa merced guardarme el secreto, don Francisco? – Por mi hábito te prometo que nadie ha de saber el mal conocimiento que tengo contigo. Desembucha, que ya es tarde y hace frío, y no es justo que me hagas ayudarte tanto á ganar un doblón de á cuatro; y el tal doblón es de los buenos del emperador, que anduvieron escondidos por no tratar con herejes. Y Quevedo sonó otra vez su bolsillo. – El cuento es muy corto. Figuráos que yo, por orden de don Rodrigo, estoy desde el obscurecer acechando á los que salen del alcázar por la puerta de las Meninas. – Palaciega historia tenemos. – Figuráos que poco después baja una dama por las escalerillas de las Meninas, y se mete en una litera. – ¿Dama y tapada? – Sí, señor. ¿Estás seguro que no era dueña? – Andaba erguida y transcendía á hermosa. – Buen olor tiene tu cuento. ¿Y quién era ella? – No lo sé; don Rodrigo me había dicho solamente: si sale de palacio una dama ancha de hombros, alta de pecho, gentil y garrida, manto á los ojos, y halda hasta el suelo, sigue á esa dama. – He aquí unas señas capaces de volver el seso á Orlando Furioso. ¿Seguiste á la dama? – Iba á hacerlo cuando llegó don Rodrigo. – ¿Ha salido? me preguntó. – Sí, señor. – ¿En litera? – Sí, señor. – ¿Por dónde va? – Por aquella calleja se ha metido. – Don Rodrigo tira adelante y yo detrás de él; henos aquí metidos en una aventura. Llovía… – Aventura completa. – Estaba obscuro. – Mejor aventura. – Paró la litera, y salió la dama. – ¿Entróse dónde? – Siguió adelante. – ¡Con lluvia y de noche, tapada y sola! Sigue, hijo, sigue. Cantas que encanta. – Pero de repente, al volver una esquina, hétenos á la tapada asida de un embozado. – ¿Lluvia y tinieblas? ¿tapada y embozado?.. buscona adobada y pollo que miente gallo. – Más alto debe picar, porque don Rodrigo me dijo: Juara, lance tenemos; estocadas barrunto. Espada de gavilanes traigo y daga de ganchos. No se trata de que me ayudes… ¡para un hombre otro hombre! – ¡Aventura con milagro! – ¿Qué milagro hay hasta ahora? – Que don Rodrigo Calderón no vea más que un hombre, cuando tiene delante un enemigo. – Don Rodrigo es valiente… – Pero más valido. Y en cuanto á valor no niego que es mucho el valimiento del tal, como que de todo se vale para valerse: ¡válame Dios con tu cuento! Pero cuenta, hijo, y ten presente de no mentir. ¿Qué hubo al cabo? – Hubo que don Rodrigo me dijo – : No conozco á quien la acompaña; persona debe ser cuando tan tirado platican y tan despacio caminan. Podrá suceder que cuando llegue el caso ese hombre me venza. Anda y busca una ronda, Juara. – ¿Y hubo lance? – Lance hubo. – ¿Hubo sangre? – Hubo un desarme… – ¿Quién mandó? – El embozado del portal. – ¡Ah! Pues no sabía yo que tenía tan buen pariente. – Llegué con la ronda, pero tarde: seguí á ese embozado de orden de don Rodrigo, metióse aquí, pretendió pasar de las escaleras, sin conseguirlo, y hace una hora que él está allí sentado, y que yo le estoy dando centinela. – Por el cuento – dijo Quevedo, sacando una moneda del bolsillo – ; porque pierdas la memoria – y sacó del bolsillo otra moneda. – ¿La memoria de qué? – dijo Juara. – De que me has visto en tu vida. Y sin decir más, rebozóse y se entró gentilmente por el zaguán. Al pasar junto al de la capa parda, se detuvo y le miró fijamente. – Mucho os tapáis – le dijo. – Hace frío – contestó el otro con mal talante. – Quien por damas se enzaguana – dijo don Francisco – , ó es tonto ó merece serlo. – Yo os conozco, ¡vive Dios! – dijo el de la capilla poniéndose de pie y dejando caer el embozo. – ¡Mi buen Juan! – exclamó con alegría Quevedo. – ¡Mi buen Quevedo! – exclamó con no menos alegría Juan Montiño, que él era. –Diez años me dais de vida; ¡apretad! ¡apretad recio! – ¡Que me place! ¡siempre el mismo! – No tal; contempladme espectro. – ¡Vos espectro! – Quedé pobre. – ¡Pobre vos! – Y… vedme muerto, que entre un tuvo y un no tiene, hay un mundo de por medio. En prisiones me han tenido, y hoy á la corte me vuelvo á ser pelota de tontos y pasadizo de enredos. – Pues en lo de hacer hablar con vos en verso al más topo cuando queréis, sois el mismísimo Quevedo de hace tres años; cinco minutos lo menos hemos estado hablando en romance. – ¡Ah! sí, tenéis razón; sudo para hablar en prosa, ni más ni menos que le acontece á Montalván cuando quiere hablar en verso, ó como al duque de Lerma cuando no encuentra cosa á qué echar el guante. – ¡Por la Virgen! ¡ved que estamos en casa del duque, y que nos escuchan sus criados! – ¡Pues mejor! – ¿Mejor? no entiendo. – Entendedme; las verdades, cuando las lleva un correo, llegan verdades sopladas, y ganan ciento por ciento. Pero volviendo á nosotros, ¡mal hayan, amén, los versos! se me escapan como el flato. ¡Juro á Dios!.. – ¡Guardad, Quevedo! – Decís bien; no está en mi mano; es ya enfermedad de perro; comezón, archimanía. ¿Qué buscáis aquí? – Pretendo… – ¿Lo véis? vos tenéis la culpa. – ¿Yo la culpa? – Sí por cierto; me buscáis el asonante. – ¡Sois terrible! – Soy… Quevedo. ¿Habéis acompañado á una dama? – Sí; ¿quién os lo ha dicho? – Los enredos son mi sombra; en viniendo yo á la corte, se vienen á mi los tales á bandadas, y lo que es peor, enrédanme, me sofocan, me traen de acá para allá, me sudan y me trasudan, y ni con reliquias de santo que lleve encima, dejan de acometerme. Pero volviendo á vuestra aventura, «Erase una tapada… – Tapada era. – …alta y garrida… – ¡Sí! – …ancha de hombros, alta de seno, manto á los ojos, y halda hasta el suelo.» – ¿Conocéisla? – No, ¿y vos? – Tampoco. – ¿Pero no habéis reñido por ella? – Sí. – ¿No habéis vencido? – Sí. – ¿Y dónde la habéis dejado? – Se fué sola. – ¿Y no venís aquí por ella? – ¡Ah! ¡no! – ¿Y no habéis vislumbrado quién ella sea? – La tengo por principal. – Dios os libre de un portento embozado, de un lucero entre nubes, de una mano entre rendijas, de un envido de buscona, y sobre todo, de un quiero. Desconfiad de carta de dueña como de pastel de hostería, y sobre todo, recibidme por maestro. ¿Dónde vivís? – No lo sé aún; ¿y vos? – Yo… vivo aquí. – ¿Acabáis de llegar? – Ya os lo dije; torno á esta tierra, de un destierro. – Y yo acabo de llegar de Navalcarnero. Fuí á buscar á mi tío á palacio; llovieron sobre mí aventuras y desventuras, porque esos porteros, á quienes Dios confunda, no han querido avisar de mi llegada á mi tío. – ¿Y quién es ese vuestro tío? – El cocinero de su majestad. – ¡Francisco Martínez Montiño! pues me alegro, ¡hombre sois! – ¡Cómo! – ¡Ahí es nada! ¡con tío en palacio, cocinero de su majestad y enredador, avaro y celoso! ¡cuando os digo que habéis hecho suerte! ya veréis; ahora, si os importa ver vuestro tío, seguid á mi lado, ni más ni menos que si no os hubiesen negado la entrada; alta la cabeza, fruncido el ceño, y por no dar, que el dar daña, no les deis ni las buenas noches. Y Quevedo tiró hacia las escaleras, desde en medio del portal donde había estado hablando con Juan Montiño. Al ver acercarse á un caballero del hábito de Santiago, á quien habían oído hablar mal de su señor, porque Quevedo había levantado la voz para llamar ladrón al duque, los porteros le tuvieron, sin duda, por tan amigo de Lerma, que le dejaron franco el paso inclinándose, y sin duda también porque el caballero de Santiago se mostraba amigo del de la capilla parda, no se les ocurrió ni una palabra que decirle. Entre tanto murmuraba Quevedo, subiendo lentamente las escaleras: – Para entrar en todas partes, sirve una cruz sobre el pecho; mas para salir de algunas, sólo sirve cruz de acero. – ¿Qué decís? – le preguntó Juan Montiño. – Digo que al entrar aquí, no somos hombres. – ¿Pues qué somos? – Ratones. – ¿Supongo que mi tío no será el gato? – No, porque vuestro tío es comadreja. – ¿Dónde vais, caballero? – dijo á Quevedo un criado de escalera arriba. Quevedo no contestó, y siguió andando. – ¿No oís? ¿dónde vais? – repitió el sirviente. – ¿No lo veis? voy adelante – contestó sin volver siquiera la cabeza Quevedo. – Perdonad – dijo el lacayo, que alcanzó á ver en aquel momento la cruz de Santiago en el ferreruelo de don Francisco. Entraron en una magnífica antecámara estrellada de luces y llena de lacayos. El lujo de aquella antecámara en la casa de un ministro, era escandaloso: alfombras, cuadros de Tiziano, de Rafael, de Pantoja, del Giotto; tapicerías flamencas; lámparas admirables; puertas de las maderas más preciosas, incrustadas de metales; estatuas antiguas; un tesoro, en fin, invertido en objetos artísticos. Una antecámara alhajada de tal modo, era un deslumbrante prólogo que hacía presentir verdaderas maravillas en las habitaciones principales. – ¡He aquí, he aquí el sumidero de España! – murmuró entre su embozo Quevedo – ; ¡ah don ladrón ministro! ¡ah sanguijuela rabiosa! ¡Tántalo de oro! ¡chupador eterno! ¡para qué se han hecho los dogales! Y adelantó. – Oíd – dijo Quevedo á uno que atravesaba la antecámara, llevando una fuente vacía. – ¿Qué me mandáis, señor? – contestó deteniéndose el lacayo. – Llevad á este hidalgo á donde está su tío. – Perdonad, señor; pero ¿quién es el tío de este hidalgo? – El cocinero del rey. – Seguidme – dijo el joven á Quevedo, estrechándole la mano. – Nos veremos – contestó Quevedo. – ¿Dónde? – Adiós. – ¿Pero dónde? – Nos veremos. Y volviendo la espalda al sobrino de su tío, se embozó en su ferreruelo, y se fué derecho á un maestresala que cruzaba por la antecámara. Al ver el maestresala que se le venía encima una figura negra y embozada, donde todos estaban descubiertos, dió un paso atrás. – No soy dueña – dijo Quevedo. – ¿Qué queréis? – dijo el maestresala con acento destemplado. – Decid á su excelencia, vuestro amo, que soy la duquesa de Gandía. Dió otro paso atrás el maestresala. – Mirad – dijo Quevedo ganando aquel paso. Y mostró al maestresala el sobrescrito de la carta que le había dado la de Lemos. – Acabáramos – dijo el maestresala – ; con haber dicho que teníais que entregar á su excelencia en propia mano… – Esta carta viene sola. Miró con una creciente extrañeza el maestresala al bulto que tenía delante, y se entró por una puerta inmediata. Poco después volvió y dijo á Quevedo: – Podéis seguirme. – Sí puedo – dijo don Francisco; y tiró adelante, siguiendo al maestresala, que después de haber atravesado algunas habitaciones más suntuosas y mejor alhajadas que las de palacio, abrió con un llavín una mampara, y dijo á Quevedo: – Pasad y esperad; mi señor me manda rogaros le perdonéis si tardare. Y el maestresala cerró la mampara. – ¡Perdonar! veré si perdono – dijo Quevedo adelantando, meditabundo, en la habitación donde le habían dejado encerrado – ; ¡esperar! sí… tal vez… espero… espero… he entrado con buena suerte en Madrid… y vamos… sí… yo no creía… me ha puesto de buen humor esta pobre condesa, y he encontrado á ese noble joven por quien únicamente vengo á Madrid. ¡Casualidades! una mujer que puede servirme, un joven á quien tengo el deber de servir, y una carta que no sé lo que contiene, pero que veré leer; y ver leer, cuando se sabe ver, es lo mismo que leer ó mejor… ¡pues bien, mejor! y la tapada que ha acompañado ese valiente Juan… y las estocadas de ese caballero con don Rodrigo Calderón… ¡enredo! ¡enredo! ¡y del enredo dos cabos cogidos! esta misma espera me ayuda; esperemos, pero esperemos pensando. Y Quevedo se embozó perfectamente en su ferreruelo, se sentó en un sillón, apoyó las manos en sus brazos, reclinó la cabeza en su respaldo y extendió las piernas, después de lo cual quedó inmóvil y en silencio. CAPÍTULO V ¡SIN DINERO Y SIN CAMISAS! El lacayo que guiaba á Juan Montiño le llevó por un corredor á una gran habitación donde, sobre mesas cubiertas de manteles, se veían platos de vianda. En aquella habitación se veían además lacayos que iban y venían, entre los cuales, como un rey entre sus vasallos, se veía un hombrecillo vestido de negro con un traje nuevo de paño fino de Segovia, observándose que en las mangas ajustadas de su ropilla faltaban los puños blancos. Este hombre tomaba los platos de sobre las mesas, los entregaba á los lacayos, decíales la manera que habían de tener para llevarlos y servirlos, y no paraba un momento, yendo de una mesa á la otra con una actividad febril, con entusiasmo, casi con orgullo, como un general que manda á sus soldados en un día de batalla. Aproximándose más á este hombre se notaba: primero, que tenía cincuenta y más años; segundo, que tenía los cabellos mitad canos, mitad rubio panocha; tercero, que su fisonomía marcaba á un tiempo el recelo, la avaricia y la astucia; cuarto, que á pesar de todo esto, había en aquel semblante esa expresión indudable que revela al hombre de bien; quinto, que era rígido, minucioso é intransigible con las faltas de sus dependientes en el desempeño de su oficio; sexto y último, que emanaba de él cierta conciencia de potestad, de valimiento, de fuerza, que le daba todo el aspecto de un personaje sui generis. Por lo demás, este hombre tenía la cabeza pequeña, el cuerpo enjuto y apenas de cuatro pies de altura; el semblante blanco, mate y surcado por arrugas poco profundas, pero numerosas; la frente cuadrada, las cejas casi rectas, los ojos pequeños, grises y sumamente móviles; la nariz afilada; la boca larga y de labios sutiles, y la barba, mejor dicho, el pelo de la barba, cano, lo que podía notarse en su bigote y su perilla, porque el resto estaba cuidadosamente afeitado. A este hombre llegó el lacayo conductor del joven, que había quedado á poca distancia, y le dijo: – ¡Señor Francisco Montiño!.. – ¡En, dejadme en paz!, no os toca á vos – dijo el señor Francisco tomando una fuente de plata con un capón asado y dándole á otro lacayo. – Perdone vuesa merced, pero no es eso; vuestro sobrino… – ¡Mi sobrino!.. – dijo el cocinero del rey – ; yo no tengo sobrinos; llevad bien esa ánade, Cristóbal. – ¿Sois vos el señor Francisco Martínez Montiño? – dijo Juan Montiño adelantando. – Sí, por cierto, que así me nombro – contestó el cocinero del rey dando á otro lacayo otro plato, y sin volverse á mirar á quien le hablaba. – Pues entonces – repuso el joven – sois mi tío carnal, hermano de mi padre Jerónimo Martínez Montiño. – ¿Eh? ¿qué decís? – repuso el señor Francisco volviéndose ya á mirar á quien le hablaba. Y apenas le vió su fisonomía tomó una expresión profundamente reservada. – ¡Diablo! – murmuró de una manera ininteligible – ¡y es verdad! ¡y cómo se parece á!.. perdonad un momento… ¡eh! ¡Gonzalvillo! ¡hijo, que vertéis la salsa de la alcaparra! ¡animales! para esto se necesitan manos mejores que vuestras manos gallegas. ¿Conque qué decíais? – añadió volviéndose al joven. – Digo, que acabo de llegar – dijo Juan Montiño con cierta tiesura, excitado por el carácter repulsivo de su tío. – ¿Pero de dónde acabáis de llegar?.. – De Navalcarnero. – ¡Ah! ¿y quién os envía? – Pudiera suceder muy bien que hubiera venido sólo por conocer al hermano menor de mi difunto padre; pero no he venido por eso; vengo porque me envía mi tío Pedro Martínez Montiño, el arcipreste. – ¡Ah! ¡os envía mi hermano el arcipreste! perdonad, perdonad otra vez; estos pajes… ¡eh! ¡dejad ahí esas fuentes; son de la tercera vianda, venid para acá! pero señor, ¿qué hacen esos veedores? ahora tocan las empanadas de liebre, los platillos á la tudesca y las truchas fritas. Juan Montiño empezaba á perder la paciencia; su tío interrumpía á cada paso su diálogo con él para acudir á cualquier nimiedad; se le iba, se le escapaba de entre las manos, y no le prestaba la mayor atención; pero si Juan Montiño hubiera podido penetrar en el pensamiento de su tío, hubiera visto que desde el momento en que había reparado en su semblante, el cocinero del rey había necesitado de todo su aplomo, de toda su experiencia cortesana para disimular su turbación. Consistía esto en que tenía delante de sí un sobrino á quien no conocía, y del cual en toda su vida sólo había tenido dos noticias dadas de una manera tal que bastaba para meter en confusiones á otro menos receloso que el cocinero del rey. Veinticuatro años antes, cuando el señor Francisco Montiño sólo era oficial de la cocina de la infanta de Portugal doña Juana, es decir, cuando se encontraba al principio de su carrera, había recibido de su hermano Jerónimo la lacónica carta siguiente: «Hoy día del evangelista San Marcos, ha dado á luz mi mujer un hijo: te lo aviso para que sepas que tienes un criado á quien mandar.» Francisco Montiño se quedó como quien ve visiones: sabía que su cuñada Genoveva era una cincuentona que jamás había tenido hijos y que había perdido, hacia mucho tiempo, la esperanza de tenerlos; la noticia de aquel alumbramiento inverosímil, había venido de repente sin que le hubiese precedido en tiempo oportuno la noticia del embarazo; por otra parte, la carta en que Jerónimo Montiño se confesaba padre, no podía ser más seca ni más descarnada. Francisco Montiño leyó tres veces la carta cada vez más reflexivo, se encogió al fin de hombros, y dijo, guardando cuidadosamente la carta: – ¿Qué habrá aquí encerrado? Era necesario contestar, y Francisco Montiño, en su contestación, se templó al tono de la carta de su hermano: «He recibido la noticia – le decía – de que tu mujer ha dado á luz una criatura, y me alegro de ello cuanto tú puedas alegrarte.» Después, en ninguna de las cartas que se cruzaban periódicamente entre los dos hermanos, volvió á nombrarse al tal vástago, ni en las potsdatas que solía poner á las cartas de Jerónimo, Pedro, que entonces era simplemente beneficiado. Pasaron así veintidós años: pero al cabo de ellos, Francisco Montiño, que ya había llegado á la cúspide de su carrera siendo, hacia tiempo, cocinero de Felipe III, recibió una carta de su hermano Jerónimo concebida en estos términos: «Estoy muy enfermo; el médico dice que me muero. Si esto sucede, podrá suceder que Juan Montiño, mi hijo, vaya á la corte. Algún día podrá convenirte el que hayas servido á ese muchacho.» – ¿Qué habrá aquí encerrado? – dijo Francisco Montiño después de haber leído tres veces esta carta, como la otra fechada hacía veintidós años en el día de San Marcos. Jerónimo murió al fin; habían pasado dos años sin que el señor Francisco recibiese noticias de su sobrino, cuando su sobrino se le presentó de repente como llovido del cielo y portador de una carta de su hermano el arcipreste; aquella carta podía ser la resolución del misterio, y como este misterio se había agravado para Montiño desde el momento en que había creído encontrar en el semblante del joven ciertos rasgos de semejanza con una alta persona á quien conocía demasiado, sintió una comezón aguda por apoderarse de aquella carta; pero siempre cauto y prudente disimuló aquella comezón, afectó la mayor indiferencia hacia su sobrino, y sólo volvió á anudar el interrumpido diálogo con el joven, después de haber dado á los pajes dos docenas de platos y seis docenas de órdenes y advertencias. – Venid, venid acá, sobrino – dijo ya con menos tiesura, llevándole á un aposentillo situado cerca de la repostería, en el que se encerraron. He servido ya la segunda vianda, y hasta que sea necesario servir la tercera pasará un buen espacio. No extrañéis el que yo os haya prestado poca atención; con señores como el duque de Lerma, que gozan del favor de su majestad, hasta el punto de que su majestad se quede un día sin cocinero, porque su cocinero les sirva, toda diligencia es poca. Me alegro mucho de conoceros. Sois un gentil mozo, aunque no os parecéis ni á vuestro padre ni á vuestra madre; mi hermano era así poco más ó menos como yo, lo que no impedía que fuese un valiente soldado del rey, y mi cuñada, vuestra madre, fué en sus mocedades un tanto cuanto oronda y frescota, pero era fea y morena que no había más que pedir; vos sois muy gentil hombre, blanco y rubio, como si dijéramos, la honra de la familia, porque ya me estáis viendo y ya sabéis lo que fué vuestro padre y lo que es vuestro tío Pedro. – ¡Ah! – dijo el joven, á quien desarmó completamente la insidiosa charla de su tío Francisco – ; vuestro pobre hermano, señor, acaso estará en estos momentos en la presencia de Dios. Púsose notablemente pálido el señor Francisco, lo que demostraba que amaba á su hermano. – ¡Cómo! – dijo – . ¿Pues tan enfermo se halla? – Tan enfermo, que esta mañana, después de haber hecho testamento, me llamó y me dijo: – Juan, es necesario que te vayas á Madrid en busca de tu tío Francisco, yo me muero; es necesario que antes de que yo muera reciba mi hermano esta carta, que he escrito con mucho trabajo esta noche. – Y sacó de debajo de la almohada esta carta cerrada y sellada que me entregó. El joven sacó del bolsillo interior de su ropilla una gruesa carta cuadrada, en la que fijó una mirada ansiosa, pero rápida, imperceptible, el cocinero del rey. – A vos está dirigida esta carta por mi tío moribundo – dijo el joven con voz conmovida – , y á vos la entrego. Mi buen tío Pedro, á pesar del deplorable estado en que se encontraba, me encomendó tanto que era necesario que recibierais cuanto antes esta carta, que ensillé á Cascabel, creyendo que podría tirar todavía de una jornada, y á duras penas he podido llegar al obscurecer. ¡El pobre jaco está tan viejo! – ¿Y cuándo salísteis de Navalcarnero, sobrino? – Antes del amanecer. – ¡Diez horas para cinco leguas! – Todo lo que había en casa muere; sólo quedamos vos y yo. – ¡Bah! ¡bah! – dijo Montiño guardando en los bolsillos de sus gregüescos la carta de su hermano – , no nos aflijamos antes de tiempo; vuestro tío Pedro ha estado dos veces á la muerte, y una de ellas oleado y con el rostro cubierto. – Pero á la tercera va la vencida – dijo el joven. – A la tercera… Al pronunciar Francisco Montiño estas palabras, tenía el pensamiento en la carta de su hermano. – ¿Quién sabe? ¿quién sabe? – añadió Montiño – ; ya es viejo, como que nació diez años antes que yo, y he cumplido ya los cincuenta y cinco. Pero ¿qué le hemos de hacer? ¿Y vos?.. ¿qué sois vos?.. soldado, ¿eh? – No, señor; soy licenciado… – ¡Licenciado!.. ¡no entiendo!.. ¿de qué licencias habláis?.. – He estudiado teología y derecho en la Universidad de Alcalá. – ¡Ah! – Muchas veces heme dicho: tengo un tío en palacio… bien pudiera mi tío procurarme un oficio de alcalde ó corregidor. Fruncióse un tanto el gesto del cocinero del rey. – Pero no he querido incomodaros – añadió el joven. – Habéis pensado prudentemente, sobrino, porque me hubiera incomodado mucho no haber podido serviros. – Sea como Dios quiera – dijo Juan Montiño. La conversación había entrado en un terreno sumamente escabroso para el cocinero mayor. – Sobrino – le dijo – , me es forzoso dejaros; ya es tiempo de servir la tercera vianda. ¿Dónde tenéis vuestra posada, á fin de que yo pueda veros? – En ninguna parte, señor. – ¡Cómo! ¿pues dónde habéis dejado vuestro caballo? – En las caballerizas de su majestad. – ¡Diablo! – Y contaba también con vivir en palacio, puesto que vos vivís en él. – ¡En mi cuarto! – exclamó todo hosco el señor Francisco – ; ¡con una hija de diez y seis años, y una esposa de veinte, y vos joven!.. ¡exponerme á las murmuraciones! no puede ser; buscad una posada. – Es el caso, que no he traído dinero. –¿Pero cómo os ha enviado así mi hermano? ¡vamos! las gentes de los pueblos se creen que Madrid es las Indias. – Vuestro pobre hermano, señor, aunque nada os haya dicho, vive en la miseria, atenido á la limosna de tal cual misa, y á lo poco que yo gano enseñando latín. Pero en la enfermedad de mi tío se han ido nuestros últimos maravedises; ni aun maleta he podido traer… porque… toda mi hacienda la llevo encima. – ¡Diablo! ¡Diablo! pero vos os volveréis al pueblo. – ¿Y qué he de hacer allí después de muerto mi tío, por quien únicamente permanecía en el pueblo? – De modo, que… – Aquí me estaré. – ¡Y os venís así á la corte, sin dinero… y aun sin camisas! – Tío, enseñando latín se gana muy poco. – Pero ese caballo… vendiéndolo… – ¡Cascabel! En primer lugar, que yo quiero mucho á Cascabel, porque desde su juventud, que es ya remota, ha servido buena y lealmente á mi padre; en segundo, que no habría nadie que diese un ducado por Cascabel, porque ni el pellejo aprovecha. – ¡Diablo! ¡diablo! ¡diablo! – murmuró Francisco Montiño – ; pues bien, esperadme aquí, y después… después veremos cómo podemos salir de este compromiso en que me habéis metido vos y mi hermano Pedro. Y diciendo esto escapó, dejando solo al joven. A los veinticuatro años se piensa poco en las necesidades materiales ni en el porvenir: el porvenir es de la juventud; á los veinticuatro anos sólo se tiene corazón; Juan Montiño estaba profundamente preocupado con el doble recuerdo de la dama de palacio y de la tapada, que le había metido en un lance de armas, que se le había escapado, y que se había dejado dos prendas, una voluntariamente, otra, como quien dice, robada. Juan no había tenido ocasión de ver aquellas prendas, que pesaban en su bolsillo, y que representaban para él todo un mundo de esperanzas; pero cuando se encontró sólo, arrastró la silla en que estaba sentado, se volvió de espaldas á la puerta para cubrir con su cuerpo las alhajas de la vista de alguno que pudiese entrar de repente, y sacó aquellas joyas. Por el momento le deslumbró el brillo del brazalete; estaba cuajado de diamantes; su valor debía subir á muchos miles de reales; Juan Montiño se aterró. – ¡Oh! ¿qué es esto, señor? ¿qué es esto? – dijo – ; ¿qué dama es esa que tan ricas, tan magníficas joyas usa? ¿y dónde iba esa dama tan engalanada? ¡oh, Dios mío! ¡y qué pensará de mi esa dama! ¡si al echar de menos esta prenda me tomase por un ladrón!.. La frente del joven se cubrió de sudor frió y se sintió malo. – Pero si estos diamantes fueran falsos… puede ser muy bien… si no lo fueran esa dama debía ser… veamos; examinemos bien esta alhaja. Y Juan Montiño miró de nuevo y de una manera ansiosa el brazalete. Entonces la sangre se heló en sus venas, pasando instantáneamente del frío á la fiebre, como si su sangre se hubiera convertido en la lava de un volcán. Sintió un zumbido sordo en sus oídos, y delante de sus ojos una nube turbia que los empañaba. Había visto en el centro del brazalete una placa de oro, y sobre ella, esmaltadas y entrelazadas, las armas reales de España y las imperiales de Austria. Aquella prenda era efectivamente de gran valor; pertenecía, á no dudarlo, á las alhajas de la corona. Al reparar en aquellos dos blasones, una sospecha tremenda asaltó la imaginación de Juan Montiño: – ¿Sería la tapada que se amparó de mí la reina? Juan Montiño había oído hablar muchas veces á Quevedo, tres años antes, en ocasión en que andaba huído en Navalcarnero, por cierta muerte que había causado en riña, muchas y picantes aventuras acontecidas en la corte: sabía que la corrupción de las costumbres había llegado en ella al último límite, que las damas más principales solían verse muchas veces, á consecuencia de sus galanteos y de sus intrigas, en situaciones extraordinariamente extrañas y comprometidas; ¡pero la reina!.. la lengua de Quevedo, que nada respetaba, había respetado siempre á las damas de la familia real; acaso el gran mordedor, el gran satírico, había guardado silencio por consideración, por afecto, por un galante respeto, acerca de la reina y de las infantas… pero… Estos peros habían hecho una devanadera de la cabeza de Juan Montiño. No podía tener duda de que aquel brazalete era una prenda real, que había quedado por un acaso en su mano, al desasir de ella violentamente su brazo la tapada; ¿por qué la tapada llevaba aquel brazalete si no era la reina? y si era la reina, ¿por qué le había dejado voluntariamente otra prenda, la sortija? El joven examinó la sortija. Era de oro con una esmeralda, y muy bella, pero no podía ni remotamente compararse su valor con el del brazalete. No importaba; la reina podía llevar por capricho aquella sortija: la mano de la dama tapada, estaba cuajada de ellas; Juan Montiño lo recordaba; había visto un momento aquella hermosa mano arreglando el manto, á la última luz del crepúsculo. ¿Había elegido con intención la dama, entre todas sus sortijas, para dejarle una señal, la que tenía una esmeralda como en representación de una esperanza? Juan Montiño se volvía loco. Sumido se hallaba en una confusión de pensamientos á cual más descabellados, cuando una voz que resonó á sus espaldas le hizo guardar apresuradamente el brazalete y la sortija. – ¡Señor Juan Montiño! – había dicho aquella voz. Volvióse el joven, y vió un paje que traía ropa de mesa, terciada en un brazo, en la una mano algunos platos, y en la otra dos botellas asidas por el cuello. – ¿Sois vos, señor, el sobrino del señor Francisco Montiño? – dijo el paje. – Ciertamente, yo soy. – Pues bien, á vos vengo. – ¿Y á qué venís? – A serviros de cenar. – ¡Ah! – Sí, por cierto; el señor Francisco Montiño me ha dicho: Gonzalvillo, hijo, ve á aquel aposento, y lleva, á un hidalgo que encontrarás en él, y que es mi sobrino, una empanada de olla podrida, un capón de leche, un besugo fresco cocido, un pastel hojaldrado, frutas, confituras y dos botellas del bueno, de Pinto. Sírvele bien, y si quisiere otras cosas, téngalas; como si se tratara de mí mismo. Y el paje salió y entró repetidas veces, y acabó de cubrir la mesa en silencio y con sumo respeto, quedando atrás dos pasos é inmóvil después de llenar la copa, como si se hubiera tratado del mismo duque de Lerma, su señor. Es de advertir que la vajilla era de plata cincelada. – ¿Qué habrá encontrado mi tío Francisco en la carta de mi tío Pedro que así se ablanda de repente, y así me trata? – dijo el joven, que había comprendido lo bastante el carácter de su tío para extrañar aquel brillante exabrupto – ; por darme de comer, mi tío me hubiera enviado un pote cualquiera, en un plato de Alcorcón; ¡pero esta vajilla! ¡estas velas de cera perfumada!.. ¡estos candeleros de plata!.. Vamos, mi tío tiene sin duda sus razones para adularme, y me adula á costa del duque de Lerma. ¿En qué vendrá á parar tanto misterio? Y el joven siguió comiendo y bebiendo gentilmente, porque á los veinticuatro años los cuidados no quitan el apetito. CAPÍTULO VI POR QUÉ EL TÍO DABA DE COMER DE AQUELLA MANERA AL SOBRINO Ansioso de conocer el contenido de la voluminosa carta de su hermano, apenas se separó de su sobrino, Francisco Montiño, cuando contra su costumbre, su vocación y su conciencia, dejó encargado el servicio de la tercera vianda, de los postres y de los licores y vinos generosos á uno de sus oficiales de la cocina del rey, que le había acompañado, y se encerró en un aposentillo semejante á aquel en que había dejado esperando á su sobrino. Una vez allí, solo y seguro de toda sorpresa y de toda impertinencia, sacó de su bolsillo una caja de tafilete, de ella unas antiparras montadas en plata, se las acomodó en las narices, acercó á sí las dos bujías, sacó la carta, rompió su nema, desdobló los tres grandes pliegos de que la carta constaba y los extendió delante de sí. – Mucho ha escrito mi hermano en una sola noche, para tan enfermo como dice mi sobrino que se halla – murmuró limpiándose cuidadosamente las narices – ; leamos ahora – añadió después de haber doblado y guardado su enorme pañuelo blanco. He aquí la carta, á cuya cabeza había una cruz, y debajo las tres iniciales de Jesús, María y José. «Navalcarnero, á 30 de Noviembre del año del Señor de 1610.» – ¡Ah! – dijo Montiño – ; ahora comprendo; estamos á 15 de Diciembre; esta carta ha empezado á escribirse hace quince días, y lo que sin duda hizo anoche mi pobre hermano, fué concluirla; veamos, veamos. «Mi buen hermano Francisco: Estoy enfermo de unas calenturas malignas; hace algún tiempo que tomaron muy mal aspecto, pero no he querido decírtelo; hoy tengo ya la certidumbre de que estas calenturas acabarán conmigo en un plazo brevísimo, y por una parte, una solemne promesa que hice á nuestro hermano Jerónimo cuando murió, y mi conciencia por otra, me obligan á traspasar á ti un gran secreto de familia. »El joven que lleva el nombre de Juan Montiño, no es hijo de nuestro hermano Jerónimo.» – ¡Ah! – exclamó interrumpiendo su lectura el cocinero mayor – ; bien dije yo cuando dije, que había algo encerrado tras la secatura y la brevedad con que mi hermano me anunció el nacimiento de ese hijo que no es su hijo. Veamos, veamos, porque yo no sé cómo mi hermano Jerónimo, siendo quien era, pudo cargar con hijos de otro. Y volvió á la lectura. «No siendo hijo de nuestro hermano, no tengo que asegurarte que tampoco lo es de nuestra cuñada Genoveva, porque te consta que si como era virtuosa y honrada, hubiera sido hermosa, habría sido un prodigio.» – ¡Pero señor! – dijo Montiño deteniéndose de nuevo – ¿de quién es hijo este muchacho? Y siguió leyendo: «Figúrate, Francisco, que eres sacerdote, y que cuando lees esta carta, estás escuchando en confesión á un moribundo; porque yo voy á traspasar á ti, y con autorización suya, la confesión que me hizo nuestro hermano Jerónimo hace veinticuatro años.» Tomó cierta gravedad, después de la lectura del anterior período, el semblante del cocinero del rey; que el hombre, aun estando solo, toma el color que le dan los sucesos y las circunstancias. «Hace diez años, me dijo Jerónimo arrodillado delante de mí, por una disputa impertinente maté al capitán de la compañía de que era alférez. No sé si las leyes de Dios me disculparán de aquel homicidio, pero las del honor me absuelven. Sin embargo, las pragmáticas me condenaban á muerte y huí. Antes de seis meses, volvía á llevar en otro tercio, como alférez, la bandera del rey. «Consistió esto en que cierto señor poderosísimo había interpuesto para con el rey sus buenos oficios, para con la familia del muerto, sus doblones, y en que, perdonado por la viuda y por los hijos, é indultado por su majestad, volvía al goce de mi empleo, como si nada hubiera acontecido. »El mismo poderoso señor, que ya había hecho tanto por mi, cuidó de mis adelantos, y en muy poco tiempo llegué á teniente, á capitán después. Una bala me había dejado cojo é inútil, y me vine al pueblo, ya con los inválidos, y seguro de que cuando yo faltase quedaría viudedad á mi buena Genoveva. »Yo no podía olvidar, ni dejar de ser agradecido, á quien tantos beneficios me había hecho. »Pero ha llegado el momento en que se me pida, si bien de la mejor manera del mundo, el precio de esos beneficios. »El magnate á quien tanto debo, ha tenido una aventura amorosa con una dama muy principal; esta dama es casada, su marido está ausente y ella se encuentra encinta. Ha venido ocultamente al pueblo, y mi favorecedor me ha buscado también de una manera oculta. Por amor á lo que naciera, quiere que no sea un hombre ó una mujer que tenga que avergonzarse de su origen, y me ha suplicado que puesto que Genoveva y yo no tenemos hijos, hagamos un fingimiento de embarazo de Genoveva, y demos nuestro nombre legítimo al hijo de esa dama. »Después de esta confesión, Jerónimo me pidió consejo como hermano mayor y como sacerdote. »Yo, teniendo en cuenta que cuanto Jerónimo era, hasta su vida, lo debía á aquel personaje, cuyo nombre, decía, no poder revelarme; viendo que no se le pedía aquel sacrificio, por dinero; que no era posible, atendida la edad de Genoveva, que pudiera tener hijos á quienes perjudicase acaso el postizo; siendo además una grandísima obra de caridad el mejorar la suerte de la criatura que naciera, le aconsejé, es más, le reduje á que se prestase á aquel engaño, con el cual á nadie perjudicaba ni ofendía; antes bien, hacía un beneficio inmenso á un desventurado. »En efecto, cuatro meses después se trasladó de noche, muy tarde y muy recatadamente, á casa de nuestro hermano, en una litera, una dama tapada, acompañada de un caballero cuidadosamente encubierto, y algunas horas después, á obscuras, asistida por una partera, que creía asistir á Genoveva, dió á luz aquella dama á nuestro pobre Juan. »A pesar del peligro inminente en que ponía su vida, la dama salió de la misma manera misteriosa de casa de Jerónimo y desapareció. »Al tercer día yo mismo bauticé á Juan como hijo legítimo de nuestro hermano, y aunque todos en el pueblo extrañaban que Genoveva á sus años hubiese dado á luz un hijo, tuviéronlo á milagro, pero no desconfiaron. »Pasaron algunos años; Juan crecía hermoso y robusto. »A los diez años ya sabía gramática, que yo le había enseñado; trasladaba al romance á Horacio y á Virgilio, y además mostraba gran afición á las armas. »Queríale Jerónimo como si hubiese sido realmente su hijo; Genoveva al morir nos encargó con las lágrimas en los ojos que no le desamparásemos, y yo fenecía de placer cuando mi rapazuelo corregía, á los padres graves que solían pasar por el pueblo, el latín corrupto que vomitaban con tanto exceso cuanta era su ignorancia.» – De modo que – dijo interrumpiendo de nuevo su lectura Montiño – , tenemos en nuestro sobrino pegadizo todo un sabio; pues mejor: al duque de Lerma le gustan los mozos de provecho. ¿Quién sabe? Y después de meditar un momento sobre esta pregunta que se había hecho el cocinero del rey, tornó á la lectura: «El mismo día en que Juan cumplía los doce años, paró delante de la puerta de nuestra casa un dómine vestido de negro, montado en una mula y acompañado de un mozo. Preguntó por nuestro hermano, y cuando le hubo visto le dijo: que era un eclesiástico que se dedicaba á ser ayo de jóvenes, que un caballero á quien no conocía le había dicho que nuestro hermano le había encargado de buscar una persona docta y de buenas costumbres, que acompañase á un hijo suyo, cuidase de él y le asistiese mientras hacía sus estudios en la Universidad de Alcalá, para cuyo efecto le mandaba con una carta de recomendación. Guardó silencio nuestro hermano mientras duró el mensaje, y tomando la carta vió que el verdadero padre de Juan, aunque con un sentido doble, por el cual aunque se hubiera perdido aquella carta no se hubiera perdido el secreto, le suplicaba enviase á Alcalá á hacer los estudios que más le agradasen á Juan, bajo la vigilancia del bachiller Gil Ponce, hombre de virtud y conciencia, en quien podía confiarse enteramente. Añadía la carta que no había que pensar en los gastos, y concluía suplicando encarecidamente á Jerónimo no se negase á aquella demanda. A aquella carta acompañaba una maleta, y dentro de la maleta se encontraron ropas para Juan y doscientos ducados en oro. »Nuestro hermano no tenía derecho alguno á oponerse, pero sintió grandemente que su pobreza no le permitiese sufragar los gastos de los estudios de Juan; á los tres días abrazó llorando á nuestro rapazuelo, que partió acompañado de su ayo y llevando en el bolsillo algunos ducados de que nos desprendimos sin dolor Jerónimo y yo, aunque no nos quedaban otros tantos. »En cuanto á los doscientos que contenía la maleta, se entregaron íntegros al señor Gil Ponce. »Juan volvió por vacaciones. »Por lo que había aprendido, comprendía que los maestros de Alcalá eran dignos por su ciencia de la famosa Universidad complutense. En cuanto al estado de educación y de buenas costumbres en que Juan volvía, comprendí también que se había tenido un gran acierto en elegir para ayo de un joven al señor Gil Ponce. »Este permaneció con nosotros durante las vacaciones, y se volvió con Juan cuando llegó el tiempo de abrirse de nuevo las aulas. »Todos los años Jerónimo recibía una maleta llena de ropa y doscientos ducados. Cuando Juan cumplió los diez y ocho años, acompañaron á la maleta y al dinero una espada y una daga magníficas, aunque muy sencillas, como convenía al hijo de un hidalgo pobre. »Juan cursó en Alcalá letras humanas, teología, derecho civil y canónico; á los diez y ocho años era bachiller, á los veintiuno licenciado; montaba á caballo como si á caballo hubiera nacido, y en cuanto á esgrimir los hierros, vencía á su padre; y aun á mí mismo, que ya sabes que meto una estocada por el ojo de una aguja, me hacía sudar y andar listo. Yo le enseñé todo lo que sabía en esgrima, que no es poco, y estoy seguro de que no hay dos en la corte que le metan un tajo ó que le alcancen con una estocada.» – ¡Ah! ¡ah! – murmuró Montiño – ; también le gustan á su excelencia los mozos diestros y valientes. Y siguió leyendo: «Hace tres años que Juan volvió definitivamente, terminados sus estudios. Ya hacía dos que, por muerte del señor Gil Ponce, iba solo á Alcalá. Sin embargo, en esos dos años no se pervirtió, á pesar de andar entre estudiantes. Ni bebe, ni juega, ni riñe; sólo tiene una afición, y ésta es muy natural á sus años: es enamorado y audaz con las mujeres.» Dió un salto sobre su sillón al leer esto Montiño. – ¡Ah! ¡ah! bueno es saberlo – exclamó. Y siguió la carta adelante: «Pero ni las mujeres le engañan, ni él procura engañar á la que por inocente pudiera ser engañada.» – ¡Hum! – interrumpió el cocinero, sin dejar de leer. «Es un mozo completo, lo que se debe en gran manera á su padre, porque nosotros, por nuestra pobreza, no hubiéramos podido darle los estudios que se le han dado, el título que posee y que podrá servirle de mucho. »Pero la conducta de su padre es hasta cierto punto extraña: sólo ha atendido á la subsistencia de su hijo mientras ha sido estudiante; pero después le ha abandonado á si mismo y á nuestra pobreza. »La circunstancia que hay también extraña es que, siendo lo natural que para ir á Alcalá desde Navalcarnero se pase por Madrid, siempre, por expresa prohibición de su padre, ha pasado junto á Madrid, dejándole á alguna distancia á la izquierda, cuando ha ido á Alcalá. »El pobre ha vivido ayudando al escaso sueldo de su padre, y á lo poco que yo gano como sacerdote, dando lecciones de latín, algunas fuera del pueblo, costándole todos los días un viaje. »Hace dos años, antes de morir, me dijo nuestro hermano – : No te he dicho todo lo que sé respecto á Juan; Dios no quiere que yo viva hasta que cumpla los veinticinco años: para entonces le espera una gran fortuna.» – ¡Una gran fortuna cuando cumpla los veinticinco años, y nació el día de San Marcos del año de…! veamos: le quedan pocos meses para cumplirlos; ¡ah! ¡ah! ¡diablo! ¡una gran fortuna! no hay como ser hijo secreto de gran señor. ¿Y qué fortuna será ésta? ¡oidor en Indias! ¿quién sabe? ¡secretario del rey! ó lo que es mejor, secretario del secretario de Estado. ¡Ah! ¡diablo! será necesario estar bien con el muchacho; ¡eh! ¡eh! veamos, veamos. «Esta gran fortuna, continuó nuestro hermano Jerónimo, está encerrada en un cofre que está guardado en aquel armario que no se ha abierto hace veinticuatro años – . ¿Pero qué contiene ese cofre? – pregunté á Jerónimo – . No lo sé, contestó; sólo sé que pesa mucho, y que cuando me le entregaron vi meter en él, como si se hubiesen olvidado, algunos papeles: aquellos papeles parecían como escrituras.» Abrió enormemente los ojos Montiño y le pareció que las letras que de allí en adelante contenía la carta eran de oro. «Delante de mí el escribano Gabriel Pérez selló el cofre, y pegó sobre él, de modo que para abrirle es necesario romperle, un testimonio en que constaba que yo había recibido aquel cofre cerrado el día de San Marcos de 1586. »Yo firmé un recibo en que me obligaba á entregar aquel cofre cerrado, tal cual le había recibido, á la persona cuyo nombre constase en el recibo, ó á Juan, con facultades de abrirlo, si al devolverme el recibo se expresaba en él esta circunstancia; yo transmito á ti ese cofre, por una cláusula de mi testamento que te obliga á cumplir lo que yo no puedo por mí muerte. »Después me reveló el nombre del padre de Juan, nombre ilustre, nombre de uno de los españoles más grandes y más nobles que han honrado á nuestra patria, nombre que no me atrevo á escribir, porque aunque Juan me inspira mucha confianza, una carta puede perderse. »Es necesario, pues, que te pongas inmediatamente en camino. Deja en la corte á Juan, porque al pobre muchacho le sería muy doloroso verme morir. No te digas que tú vienes, para que no se empeñe en acompañarte. »Ven, porque es necesario que ese ilustre nombre que ha guardado Jerónimo durante veintidós años como un depósito sagrado, que he guardado yo después de la muerte de nuestro hermano, pase á ti después de mi muerte. »Ven, porque sólo á ti diré yo ese nombre, y eso muy bajo por temor de que lo escuchen las paredes: si cuando vengas he muerto, ese nombre bajará conmigo á la tumba. »Como podrá suceder que llegues tarde, porque mi mal se agrava extraordinariamente de momento en momento, permíteme que respecto á Juan te dé algunos consejos que podrán aprovecharte. »No seas miserable ni áspero con Juan: te digo esto, porque te conozco; has amado á tus hermanos, pero has amado más al dinero; tus hermanos han sufrido resignadamente su pobreza, porque tus hermanos sabían bien que si te pedían socorros se los hubieras enviado, pero causándote una dolorosa herida cada doblón de que te hubieras desprendido; tus hermanos no han querido hacerte sufrir; perdona á uno de ellos, moribundo, el que te diga estas palabras y no veas en ellas una queja; sí únicamente justificar el consejo que voy á darte: sé generoso con Juan; sé franco: él es sumamente agradecido y leal, y tal persona puede llegar á ser, que si tú te haces amar de él, sea para ti su amor un tesoro; tienes además, hermano, un excelente corazón, pero eres receloso, desconfías de todo… y luego… tu avaricia… Juan es muy generoso y muy delicado. No desconfíes de él, porque esto le resentiría, y te lo repito, el cariño de Juan, dentro de muy poco tiempo, puede valerte mucho. »Allá te le envío pobre de ropa y de bolsillo, pero muy hermoso, muy valiente, muy noble, casi sabio. »¡Ah! te advierto, para lo que te pueda convenir, que hace tres años vino aquí huyendo de ciertas malas aventuras, el docto y regocijado don Francisco de Quevedo. Conoció á Juan, y se hicieron los más grandes amigos del mundo. Don Francisco es un hombre que vale mucho, y que podrá servir de mucho á Juan. Y cuando Quevedo, que es un hombre que estrecha muy pocas manos de buena fe, distingue y ama y no muerde con su sangrienta burla á nuestro hijo, mucho debe éste de valer. »Allá te lo envío: sale de aquí sin un maravedí y sin una camisa. Cuando llegue á esa, llegará hambriento, cansado, mojado: préstale mesa á que sentarse, ropa con que mudarse, lecho en que descansar; no le niegues nada de esto, Francisco; recuerda que tu hermano y yo le hemos amado como si fuera un hijo de nuestra sangre, y que yo, que nunca te he pedido nada, te lo suplico desde el borde de mi sepultura. »Sobre todo ven al instante, porque me siento morir. – Tu hermano que desea verte un solo momento y expirar en tus brazos,     Pedro Martínez Montiño.» Enjugóse el cocinero del rey dos lágrimas enormes que le había arrancado el final de la carta de su hermano, la guardó cuidadosamente en un bolsillo y se puso á pasear por la pequeña estancia, profundamente pensativo. – Sí, sí, es preciso – dijo al fin – ; me le ha endosado; prescindiendo de que llegue á ser ó no ser, yo no puedo… vamos, de ningún modo; un mozo hermoso, y esto es verdad, que ha sido estudiante, que le gustan desordenadamente las mujeres, y que puede dar un chirlo al lucero del alba… no, no… es imposible que yo tenga á este mancebo en mi casa… mi mujer, mi hija… gracias á que las tengo seguras guardándolas y cerrando mi puerta á piedra y lodo; y luego no teniéndole en mi casa, échese vuesa merced el cargo de pagarle un día y otro la posada durante quince meses; no, señor; será preciso que el duque de Lerma le dé un oficio… es verdad que cualquier oficio, por pequeño que sea el que me dé el duque, podría valerme algo, y en estos tiempos… pero del mal el menos. ¡Ah! me olvidaba de que ha salido sin almorzar de Navalcarnero. ¡Hola! ¡eh! – dijo abriendo la puerta y entrando en la repostería – Gonzalvillo, hijo, ven acá. Acercóse un paje. – Ve á aquel aposento – le dijo – y lleva un servicio de mesa, un pastel de olla podrida, un capón de leche asado, un besugo cocido, un pastel hojaldrado, frutas y confituras, y dos botellas de vino de Pinto, á un hidalgo que se llama Juan Montiño, que es mi sobrino, hijo de mi hermano: sírvele bien, hijo, sírvele, y guárdate por el servicio las sobras, que bien podrás sacar de ellas dos reales. Gonzalvillo se separó de la puerta, y cuando Montiño iba á cerrarla, se le presentó de repente un hombre. – ¡Eh! ¡esperad, señor Francisco, esperad! ¡pues á fe que me ha costado poco trabajo llegar aquí para que yo os suelte! – ¡Ah! ¡señor Gabriel! ¿y qué me queréis? – dijo el cocinero del rey, con mal talante – Entrad, entrad, y decidme lo que me hayáis de decir. Entró aquel hombre, y Montiño se encerró con él. CAPÍTULO VII LOS NEGOCIOS DEL COCINERO DEL REY. – DE CÓMO LA CONDESA DE LEMOS HABÍA ACERTADO HASTA CIERTO PUNTO AL CALUMNIAR Á LA REINA El hombre que acababa de entrar era un hombre característico. Si la persona que tiene alguna semejanza típica con la fisonomía de algún animal, tiene las propensiones del animal á quien se parece, aquel hombre debía tener alma de lobo, pero de lobo viejo y cobarde, que en sus últimos tiempos hace por la astucia, lo que en su juventud ha hecho por la fuerza. Habiendo dicho que la fisonomía de aquel hombre se parecía á la de un lobo viejo, nos creemos dispensados de una descripción más minuciosa. Bástanos añadir que aquel hombre en su juventud, debió ser alto y robusto, que á causa de sus años, que casi rayaban en los sesenta, estaba encorvado, y que á la expresión feroz que debió brillar en sus ojos y en su boca, cuando ganaba la vida matando á obscuras y sin dar la cara, había sustituido una mirada hipócrita y una sonrisa fría y asquerosa que parecía haberse estereotipado en su boca rasgada. Aquel hombre, que en otros tiempos había sido rufián y asesino (nosotros sabemos que lo fué, y basta que lo digamos á nuestros lectores sin que nos entremetamos á contarles una historia que nada nos interesa), era hacía ya algunos años ropavejero en la calle de Toledo, y corredor de no sabemos cuántas honradas industrias. Conocíale Montiño, y aun le trataba íntimamente, porque el cocinero del rey era hombre de negocios, y un hombre de negocios suele necesitar de toda clase de gentes. Pero como el buen Montiño sabía demasiado que el señor Gabriel Cornejo había sido perseguido por la justicia, salpimentado más de tres veces por ella, puesto por sus méritos en exposición pública más de ciento, para ejemplo de la buena gente, y compañero íntimo de un banco y de un remo durante diez años, guardábase muy bien, sin duda por modestia, de decir á nadie que conocía á tan recomendable persona, y mucho más de que le viesen en conversación con ella. Por esta razón, Montiño, que tenía suficiente causa para estar entristecido con la muerte próxima ó acaso consumada de su hermano, y con la venida de un sobrino putático que se le entraba por las puertas, sin dinero y sin camisas, acabó de ennegrecerse al ver que el señor Gabriel Cornejo se arrojaba á buscarle nada menos que en casa del duque de Lerma, y en medio de una legión de pajes y lacayos, gentes que á todo el mundo conocen, y que hablan mal de todo el mundo. – ¿Qué cosa puede haber que os disculpe de haberme venido á buscar de una manera tan pública? – dijo severamente Montiño. – ¡Bah! señor Francisco: nadie tiene nada que decir de mí – contestó sonriendo de una manera sesgada Cornejo – ; si en mis tiempos fuí un tanto casquivano, y no supe guardar el bulto, ahora todo el mundo me conoce por hombre de bien y buen cristiano. Y luego, sobre todo, cuando las cosas son urgentes y apremiantes, es menester aprovechar los momentos… – ¿Pero qué sucede? – Suceden muchas cosas: por ejemplo, esta tarde ha estado en mi casa el tío Manolillo. – ¿Y qué me importa el bufón del rey? – Despacio y paciencia. Quien escucha oye, y cosas pueden oírse que valgan mucho dinero. – Sepamos al fin de qué se trata. – Ya que de dinero he hablado, se trata de dinero, y de un buen negocio; de una ganancia de ciento por ciento. – ¡Ah! ¿Y qué tiene que ver con eso el bufón del rey? – El tío Manolillo ha ido esta tarde á mi casa, se ha encerrado conmigo ó yo me he encerrado con él, y de buenas á primeras, como hombre de ingenio y de experiencia, que sabe que todas las palabras que sobran en una conversación deben callarse, me ha dicho – : ¿Conocéis á un hombre que quiera matar á otro? – ¡Oh, oh! – exclamó Montiño, abriendo desmesuradamente los ojos. – Yo, que también sé ahorrar de palabras cuando conozco á la persona con quien hablo, le contesté – : ¿Quién es el hombre que queréis despachar al otro mundo? – Un caballero muy rico y muy principal – . ¿Como quién? por ejemplo, le pregunté – . Así como el duque de Lerma ó el de Uceda, ó el conde de Olivares – . ¿Pero no es ninguno de los tres? – No: pero aunque no lo parece, vale más que todos ellos – . Pues entonces, si vale más… por el duque de Lerma, pediría mil doblones; por el otro mil quinientos – . Trato hecho – dijo el bufón – . ¿Cuándo ha de ser? – Cuando esté depositado en buenas manos el dinero – . ¡Qué! ¿No le tenéis? – Nada os importa eso – . Es verdad – . Adiós – . Dios os guarde. – ¡Conque el tío Manolillo!.. – exclamó seriamente admirado Montiño – ; esto es grave, gravísimo. ¿Y no os dijo, señor Gabriel, quién era su enemigo? – No me lo ha dicho, pero yo lo sé. – ¡Ah! ¿Y cómo lo sabéis vos? – ¿Quién es en la corte un hombre que vale tanto como el duque de Lerma el de Uceda, ó el conde de Olivares? – ¡Bah! hay muchos: el duque de Osuna. – Está de virrey en Nápoles. – El conde de Lemos. – Está desterrado. – Don Baltasar de Zúñiga. – Ese es un caballero que suele estar bien con todo el mundo. – Pues no acierto. – Es verdad: lo que generalmente no vemos, cuando se trata de estos negocios, es lo que más tenemos delante de los ojos. ¿Os habéis olvidado del secretario del duque de Lerma? – ¡Don Rodrigo Calderón! – Ese, ese es el enemigo del tío Manolillo. – Pero no entiendo por qué pueda ser enemigo de don Rodrigo el bufón de su majestad. – ¡Bah! ya veo, señor Francisco, que vos sabéis muy poco. – No me es fácil dar con el motivo de la ojeriza que decís tiene el tío Manolillo á don Rodrigo. – ¿Conocéis á una comedianta que se llama Dorotea, que baila como una ninfa en el corral de la Pacheca? – ¡Ah! ¿una valenciana hermosota, deshonesta, que ha estado dos veces presa por no bailar como era conveniente? – La misma. Pues bien; esa mujer es hermana, ó querida, ó hija, no se sabe cuál de las tres cosas, del tío Manolillo. – Me estáis maravillando, señor Gabriel. ¿Conque la Dorotea?.. – Sí, señor, la Dorotea es mucha cosa del bufón del rey. Pero no es esto todo. El duque de Lerma… – Sí, sí, ya sé que el duque visita á la Dorotea. – Pero no sabéis quién ha andado de por medio para concertar esas visitas. – Sí, sí, ya sé que el medianero, el que ha llevado los primeros regalos, el que acompaña de noche al duque y le guarda las espaldas, es don Rodrigo Calderón. – Vamos, pues de seguro no sabéis que el duque de Lerma es quien paga, y don Rodrigo Calderón quien goza. – ¿Pero quién os dice tanto? – exclamó admirado Montiño. – Ya sabéis que yo tengo muchos oficios. – Demasiados quizá. – Están los tiempos tan malos, señor Francisco, que para ganar algo es necesario saber mucho. Saben que sé muchas princesas, y una de ellas, conocida de la Dorotea, la encaminó á mí para que la sirviese. Dorotea quería un bebedizo. – ¡Ah! ¡ah! ¡las mujeres! ¡las mujeres! – Son serpientes, vos no lo sabéis bien, señor Montiño: como se les ponga en la cabeza doctorar á un hombre en la universidad de Cabra, aunque el amante ó el marido las encierren en un arca y se lleven la llave en el bolsillo, le gradúan. Movióse impaciente en su silla el cocinero del rey, porque se le puso delante su mujer, que era joven y bonita. – Pero á serpiente, serpiente y media. Cuando ella me pidió el bebedizo, me dije: podrá convenirme saber quién es el hombre á quien quiere esta muchacha entre tantos como la enamoran. Porque yo soy muy prudente, y sé que el saber, por mucho que sea, no pesa. Díjela que el bebedizo no podía producir buenos efectos si no se conocía á la persona á quien había de darse. Entonces la Dorotea, poniéndose muy colorada, me dijo – : El hombre que yo quiero que no quiera á ninguna mujer más que á mí es don Rodrigo Calderón – . Necesito saber cómo habéis conocido á don Rodrigo Calderón, la dije. – ¿Necesario de todo punto? – Ya lo creo; y si fuera posible hasta el día y la hora en que le vísteis por primera vez. – ¿Y si no lo digo no me daréis el bebedizo? – Os lo daré, pero si no sé de cabo á rabo cuanto os ha acontecido y os acontece con don Rodrigo Calderón, no os quejéis si el bebedizo no es eficaz. – Entonces la moza se sentó, y me confesó que había conocido á don Rodrigo cuando don Rodrigo fué á hablarla de parte del duque de Lerma; que se había enamorado de él, y don Rodrigo de ella. Que, en una palabra, el duque de Lerma paga y se cree amado, y don Rodrigo Calderón, que no la paga y á quien ella ama, la engaña amando á otra. – ¡Ah! – ¡Y si supiérais quién es esa otra, señor Francisco! – Alguna cortesana que tiene tan poca vergüenza como don Rodrigo Calderón. – Pues os engañáis, es la primera dama de España. – ¿Por hermosa? – No tanto por hermosa, aunque lo es, como por noble. – ¡La dama más noble de España! ved lo que decís: cualquiera pudiera creer… – ¿Que esa tan noble dama es la reina? ¿No es verdad? – dijo con una malicia horrible Cornejo. – ¡La reina! ¡Su majestad! – exclamó dando un salto de sobre su silla Montiño. – La misma, Su majestad la reina de España es la querida de don Rodrigo Calderón. – ¡Imposible! ¡imposible de todo punto! ¡yo conozco á su majestad! ¡no puede ser! ¡creería primero que mi hija!.. – Vuestra hija podrá ser lo que quiera, sin que por eso deje de ser lo que quiera también la reina. – ¡Pero la prueba! ¡la prueba de esa acusación, señor Gabriel! – dijo el cocinero del rey, á quien se había puesto la boca más amarga que si hubiera mascado acíbar – . ¡La prueba! – He ahí, he ahí cabalmente lo que yo dije á la Dorotea: ¡la prueba! – ¿Y esa mujerzuela tenía la prueba de la deshonra de su majestad? – La tenía. – ¿Pero qué tiene que ver esa perdida con la reina? ¿quién ha podido darla esa prueba? – El duque de Lerma. – Me vais á volver loco, señor Gabriel; no atino… – No es muy fácil atinar. Pero dejadme que os cuente, sin interrumpirme, sin asombraros, oigáis lo que oigáis, y concluiremos más pronto. – Y me alegraré, porque no me acuerdo de haber estado en circunstancias tan apremiantes en toda mi vida. – Pues al asunto. Yo, que había hecho confesar á la Dorotea quién era la dama que la causaba celos, asegurándola que si no me contaba todas las circunstancias, sin dejar una, de su asunto, podría suceder que no fuese eficaz el bebedizo, me dijo en substancia lo siguiente – : Una noche don Rodrigo fué muy tarde á verme: al quitarse la ropilla, se le cayó de un bolsillo interior una cartera, que don Rodrigo recogió precipitadamente. Yo me callé, pero cenando le hice beber más de lo justo, acariciándole, mostrándome con él más enamorada que nunca. Don Rodrigo se puso borracho y se durmió como un tronco. Entonces me levanté quedito, fuí á la ropilla, tomé la cartera, la abrí, y encontré en ella cartas de una mujer; de una mujer que firmaba «Margarita.» – Pero eso es muy vago… muy dudoso – dijo con anhelo Montiño – ; si la reina ha de responder de todas las cartas que lleven por firma Margarita… – Oíd, señor Montiño, oíd, y observad que la Dorotea no es lerda. – Cuando leí el nombre de Margarita, solo, sin apellido… sospeché, porque tratándose de don Rodrigo es necesario sospechar de todas las mujeres… sospeché que aquella Margarita que se dejaba en el tintero su apellido era… Margarita de Austria. – Pero, señor, señor – exclamó todo escandalizado y mohíno el cocinero de su majestad – ; esa mujer tan vil, de cuna tan baja… esa perdida, ¿sabe leer? – Como que es comedianta y necesita estudiar los papeles. – ¡Ah! – dijo dolorosamente Montiño, cayendo desplomado de lo alto del que creía un poderoso argumento. – Oigamos á la Dorotea, que aún no ha concluído – : Sospeché que aquella Margarita, que citaba misteriosamente á don Rodrigo, era la reina, y como no me atrevía á quedarme con una sola de las cartas, las miré, las remiré, hasta que fijé en mi memoria la forma de las letras de aquellas cartas, de modo que estaba segura de no engañarme si veía otro escrito indudable de la reina. El duque de Lerma me dará ese escrito – dije – , ó he de poder poco. Y volví á meter las cartas en la cartera, y la cartera en el bolsillo de donde la había tomado. Cuando se fué don Rodrigo, observé que de una manera disimulada, pero curiosa, se informaba de si la cartera estaba en su sitio, y cuando aquella noche vino el duque de Lerma, le recibí con despego, le atormenté, me ofreció como siempre alhajas, y yo… yo le pedí que me trajese un escrito indudable de la reina. Asombróse el duque, me preguntó el objeto de mi deseo, insistí yo, diciendo que era un capricho, y á la noche siguiente el duque me trajo un memorial en que se pedía una limosna á la reina, y á cuyo margen se leía: «Dense á esta viuda veinte ducados por una vez», y debajo de estas palabras una rúbrica. ¡Era la misma letra, la misma rúbrica de las cartas! no podía tener duda: la reina era amante de don Rodrigo Calderón. – Pues señor – dijo Montiño – , á pesar de todo, os digo, señor Cornejo, que antes de creer en eso soy capaz de no creer en Dios. – Sea lo que quiera; pero oíd y atad cabos: ya os he dicho que el tío Manolillo me preguntó cuánto dinero se necesitaba para despachar una persona principal, y que yo le dije que mil quinientos doblones, que el tío Manolillo no los tenía; que la Dorotea cree que don Rodrigo Calderón tiene cartas de amores de la reina… que está celosa… recordad bien esto. – Sí, sí, lo recuerdo. – Pues bien; esta noche una dama muy principal, á lo que parece, ha estado casa de mi comadre la señora María; la que tan honradamente vive con el escudero su marido el señor Melchor, que tan hermosa era hace veinte años, que sigue aumentando sus doblones, empeñando y prestando con una usura que da gozo: ya sabéis que cuando la señora María necesita para sus negocios un dinero, viene á mí, como yo vengo á vos. – Bien, bien, ¿pero qué? – Esa dama que os he dicho ha ido encubierta esta noche á casa de la señora María, ha ido encubierta también algunas otras veces á pedir dinero. Pero siempre, excepto esta noche, ha llevado una alhaja de mucho precio, ha vuelto con otras pero no ha desempeñado ninguna. Esta noche ha ido, toda azorada, asustada, trémula, ha pedido á la señora María mil y quinientos doblones (nunca había pedido tanto), ofreciendo dar por ellos tres mil en el término de un mes. Ya veis si es negocio. – ¡Pues hacerlo! ¡hacerlo! – dijo Montiño. – Lo haremos á medias, ó mejor dicho á tercias, entre vos, la señora María y yo: quinientos doblones cada uno. – ¿Y para eso me habéis buscado, me habéis entretenido y me habéis mentido tanto? – dijo levantándose Montiño con visibles muestras de despedir á Cornejo. – Esperad… esperad, que el negocio lo merece – repuso el señor Gabriel con gran calma – . Recordad; yo pido al tío Manolillo esta tarde mil y quinientos doblones por la vida de un hombre principal, que sé de seguro que es don Rodrigo Calderón; don Rodrigo Calderón tiene unas cartas de la reina que la comprometen, y esta noche va á casa de la señora María á pedir mil y quinientos doblones una dama, que aunque no la conocemos, debe ser principalísima. ¿No creéis que debe meditarse esto, señor Francisco? ¿No creéis que en esto danzan las cartas, la reina y el tío Manolillo, y tal vez la reina en persona…? – ¿La reina en persona…? ¿Creéis que la reina haya podido ir á casa de la señora María de noche y sola? – Yo ya no me admiro de nada, señor Francisco, de nada; además que la dama tapada ofreció como seguridad de los mil y quinientos doblones, mejor, de los tres mil doblones, un recibo en forma de puño y mano de la reina, firmado por ella misma. – ¿Pues qué mejor seguridad queréis? haced el negocio, y dejadme en paz á mí; no quiero mezclarme en él, y siento mucho que me hayáis dicho tanto, porque cuando se trata de enredos lo mejor es no saberlos. – Pero venid acá; ¿no veis que nosotros solos no podemos hacer ese negocio? – ¿Y por qué? ¿Acaso me vendréis á decir, á quererme hacer creer que la señora María y vos no tenéis mil y quinientos doblones? – La dificultad no es el dinero, sino la seguridad de él; nosotros no conocemos la letra de la reina, y vos… – Yo no la conozco tampoco. – Señor Francisco, vos sois más en palacio que cocinero del rey. – ¡Y bien! ¿Qué? no quiero meterme en este negocio. – O queréis hacerlo vos solo – dijo irritado por la codicia el tío Cornejo. – Hablemos en paz, señor Gabriel – dijo el cocinero mayor – , y concluyamos, concluyamos de todo punto. No digáis á nadie lo que á mí me habéis dicho, porque podríais ir á la horca. Echóse á temblar aquel viejo lobo, porque le constaba que el cocinero mayor era uno de esos poderes ocultos que, bajo una humilde librea, han existido, existen y existirán en todas las cortes. – En cuanto al negocio – añadió Montiño – , no me meto en él; haced lo que queráis, y lo mejor que podéis hacer ahora es… iros. Vaciló todavía el señor Gabriel Cornejo, pero una mirada decisiva y un ademán enérgico de Montiño, le decidieron; se despidió hipócritamente deshaciéndose en disculpas, y cuando ya estaba cerca de la puerta, el cocinero del rey, como obedeciendo á una idea súbita, le dijo: – Esperad. Cornejo se volvió lleno de esperanza. – ¿Vais á ver á la señora María? – Ciertamente necesito decirla vuestra resolución. – Pues decidla, además, que prepare esta misma noche un aposento con lecho en su casa, y que cuando llame á su puerta uno que se nombrará sobrino mío, que le reciba, que yo respondo de los gastos. Voló la esperanza causando una dolorosa impresión en el señor Gabriel Cornejo, que se despidió de nuevo murmurando: – He sido un imprudente, no debía haber hablado tanto; yo confiaba en su codicia, pero está visto: su avaricia es mayor de lo que yo creía. Quiere hacer el negocio por sí solo. Entre tanto el cocinero del rey murmuraba abstraído y pensativo: – Es muy posible que sea verdad cuanto ese bribón me ha dicho; yo no me fío de ninguno; un negocio redondo por otra parte, mil quinientos doblones de ganancia, como quien dice, de una mano á otra; pero el asunto es demasiado grave, y la prudencia aconseja no meterse de frente en él… mi sobrino postizo es hombre, según dice mi hermano, capaz de meter un palmo de acero al más pintado, y don Rodrigo Calderón, está en el banquete del duque… después se encerrará en su despacho, y saldrá allá muy tarde por el postigo… ¡Ah, señor sobrino! os voy á procurar una buena ocasión… una ocasión que os hará hombre. En aquel momento se abrió la puerta y apareció una dueña. – ¡Ah, señor Francisco! ¡Y cuánto trabajo me ha costado encontraros! – dijo la dueña – . He tenido que decir que venía de palacio, con orden de su majestad para vos. – ¿Y es cierto…? ¿Traéis orden? – Casi, casi. Os traigo una carta. – Dadme acá, doña Verónica, dadme acá. La dueña entregó una carta al cocinero mayor, que éste abrió con impaciencia. «Tenéis un sobrino – decía – que acaba de llegar á Madrid; enviadle al momento á palacio. Tened en cuenta, que se trata de un negocio de Estado; que espere junto á la puerta de las Meninas, por la parte de adentro. Pero luego, luego.» Esta carta no tenía firma. – ¿Quién os ha dado esta carta, doña Verónica? No conozco la letra, no tiene firma. ¿Estáis de servicio? – ¡Ay! ¡sí, señor! Y yo no sé qué hay esta noche en palacio: las damas andan de acá para allá. La camarera mayor está insufrible, y la señora condesa de Lemos tan triste y pensativa… algo debe de haber sucedido grave á la señora condesa. – ¿Pero quién os ha dado esta carta? – La señora condesa de Lemos. – La condesa de Lemos no es alta, ni blanca, ni… no, señor – murmuró Montiño. – Ea, pues, quedad con Dios, señor Francisco – dijo la dueña – . No me hallo bien fuera de palacio; es ya tarde y está la noche tan obscura… – ¿Os han dicho que llevéis contestación? – No, señor. – Pues id con Dios, doña Verónica, id con Dios. Voy á mandar que os acompañen. – No, no por cierto: vengo de tapadillo; adiós. – Dios os guarde. La dueña se envolvió completamente en su manto, y salió. – Que me confundan si entiendo una palabra de esto – dijo Montiño – . ¿Si será verdad?.. ¿si será la reina la que necesite en palacio á mi sobrino?.. ¡pero señor!.. ¿cómo conocen ya á mi sobrino en palacio? Montiño tomó el partido de no devanarse más los sesos; para tomar este partido tomó también una resolución. – Es preciso – dijo – que mi sobrino vaya á palacio con las cartas de la reina. Y saliendo del aposento en que se encontraba, atravesó la repostería y se entró en el otro aposento donde estaba su sobrino. CAPÍTULO VIII DE CÓMO AL SEÑOR FRANCISCO LE PARECIÓ SU SOBRINO UN GIGANTE Hacía ya tiempo que el joven había acabado de comer y hacía su digestión recostada la silla contra la pared, puestos los pies en el último travesaño del mueble, y entregado á un pensamiento profundo. Al sentir los pasos del cocinero mayor, dejó la actitud en que se encontraba para tomar otra más decente. – ¿Habéis comido bien, sobrino? – dijo el cocinero. – Es la primera vez que he comido, tío – contestó el joven. – ¿Os encontráis fuerte? – Sí por cierto. – ¿De modo que embestiríais con cualquiera aventura? Al oír la palabra aventura, Juan Montiño, que se había distraído por un momento de su idea fija, volvió á ella. – ¿Conocéis á la reina, tío? – le preguntó. – ¡Pues podía no conocerla! – dijo con sorpresa el señor Francisco. – ¿Es la reina alta? – Sí. – ¿Es la reina gruesa?.. es decir… ¿buena moza? – Sí. – Pues tío, yo quiero conocer á la reina. – Yo creo que estás loco, sobrino… ¿qué preguntas son esas y qué empeño? – Empeño… no por cierto… pero me ha hablado tanto de lo buena que es su majestad mi amigo don Francisco de Quevedo… El cocinero mayor estaba alarmado. – ¿Conoces tú á la reina por ventura? – dijo. – ¡Yo! ¡no, señor! ni me importa conocerla; es muy natural que el que viene por primera vez á Madrid, después de comer y beber, pregunte si el rey es alto ó bajo, hermoso ó feo; lo mismo me ha acontecido á mí; sólo que en vez de preguntaros por el rey, os he preguntado por la reina. Nada más natural. – Pues es muy extraño; tú me preguntas por su majestad, y yo acabo de recibir esta carta de manos de una dueña de palacio. Tomó la carta Juan Montiño, la leyó, se puso pálido y se echó á temblar. – ¿Y de quién creéis que pueda ser esta carta? – Carta que viene por la condesa de Lemos, debe haber pasado por las manos de la camarera mayor, que debe de haberla recibido de la reina. – ¡Aquí dice secreto de Estado! – dijo sin intención el joven. Pero en aquellas palabras el suspicaz Montiño vió una intención marcada, más que una intención: una explicación completa; su sobrino creció para él de una manera enorme, creyóse relegado al silencio, dominado, convertido en un ser inferior á su sobrino. – Y no, no creas – dijo – que yo pretendo saber tu secreto. No comprendo bien lo que sucede… pero… te llaman á palacio; la reina es demasiado imprudente… – ¡Tío! – ¡Después de lo de las cartas! – Pero, tío, no os comprendo. – Escucha, Juan, escucha – dijo Montiño, que estaba atortolado y que había perdido el tino – : don Rodrigo Calderón está aquí; luego saldrá por el postigo de la casa del duque; yo te llevaré á ese postigo; debes esperarle; lleva en el bolsillo de su ropilla las cartas que comprometen á la reina. – ¡Las cartas que comprometen á la reina! – Sí – dijo sudando el cocinero mayor – , las cartas de la reina. Es necesario que antes de ir á palacio esperes á don Rodrigo, que le acometas, que le mates si es preciso; pero esas cartas, Juan… y mira, hijo mío – añadió el cocinero mayor asiendo las manos del joven, y mirándole desencajado y pálido, porque cada vez se hacia para él un personaje más respetable su sobrino – : aprovecha tu buena, tu inesperada fortuna; no te pregunto cómo has podido llegar hasta donde has llegado en tan poco tiempo; eres ciertamente muy hermoso, y las mujeres… pero sé prudente, muy prudente… no te ensorberbezcas, aprovecha las horas de buen sol, hijo; pero mira que las intrigas de palacio son muy peligrosas… – Pero, tío… – replicó el joven, que no comprendía una sola palabra. – Nada, nada; no hablemos más de esto; lo quiere ella… en buen hora. Juan Montiño no se atrevió á aventurar ni una sola palabra más, por temor de cometer á ciegas una torpeza, y se encerró en una reserva absoluta, en una reserva de expectativa. – No quiero que, andando en tales y tan altos negocios, no lleves más armas que la daga y la espada; el oro es un arma preciosa. Toma, hijo – y sacó una bolsa verde y la puso con misterio en las manos del joven – . No es grande la cantidad, pero bien habrá diez doblones de á ocho. Tú me devolverás esa cantidad cuando puedas. Ahora no hablemos más, ni por la casa, ni por la calle. Voy á llevarte á esconderte frente al postigo del palacio del duque. Y se volvió hacia la puerta. Pero de repente se detuvo. – ¡Ah! se me olvidaba – dijo limpiándose con el pañuelo el sudor que corría hilo á hilo por su frente – : por muy afortunado que seas, no puedes pasar toda la noche en palacio; allí sólo estarás un breve espacio… luego… en mi casa no quiero que estés… no sería prudente… Cuando un hombre ocupa con una alta señora el lugar que tú maravillosamente ocupas, debe evitar que esta señora sepa que vive en una casa donde hay mujeres jóvenes y bonitas. Cuando estés libre, sube á las cocinas; pregunta por el galopín Aldaba, y dile de mi parte que te lleve á casa de la señora María, la mujer del escudero Melchor… no te olvides. – No me olvidaré. – Allí tienes preparado y pagado el hospedaje. Es lo último que tengo que decirte. Conque vamos, hijo, vamos. Juan siguió á su tío; al pasar por la repostería, éste dijo arrojando una mirada á las mesas y á los aparadores: – Me voy á tiempo; ya se han servido los postres y los vinos. Buenas noches, señores. Despidieron todos servilmente, pajes, lacayos y galopines, al cocinero de su majestad, y recibiendo iguales saludos de la servidumbre que ocupaba las habitaciones por donde pasaron, salió á la calle, siguió, torció una esquina, recorrió una tortuosa calleja, dobló otra esquina, y al comedio de otra calleja obscura se detuvo. – Ese es el postigo de la casa del duque – dijo el cocinero mayor. – ¿Y por ahí ha de salir el hombre que lleva consigo esas cartas que comprometen á su majestad? – Sí, don Rodrigo Calderón; pero saldrá tarde; aunque te llaman luego á palacio, esto importa más, créeme; espera aquí, porque podrá suceder que don Rodrigo salga temprano, dentro de un momento; podrá suceder también que salga acompañado; en ese caso… déjale, y vuelve mañana á este mismo sitio hasta que le veas solo. ¿Pero estás seguro de tu valor y de tu destreza? – Cuando se trata de la reina, tío, no hay que pensar más que en servirla. – Pues bien; ocúltate, que no puedan verte; aquí en este soportal. Y adiós; voy á ver ahora mismo á mi hermano Pedro. – Quiera Dios, tío – dijo tristemente el joven – , que le encontréis vivo. – Adiós, sobrino, adiós; nunca he sufrido tanto; quisiera irme y quedarme. – Id tranquilo, tío, que como Dios me ha sacado de otros lances, me sacará de éste. – Dios lo quiera. – Id, id con Dios. El señor Francisco Montiño tiró la calleja adelante y tomó á buen paso el camino del alcázar. Para él, á quien habían fascinado las coincidencias casuales del relato de Gabriel Cornejo, con la carta de palalacio y con las impacientes preguntas de su sobrino postizo acerca de la reina, era indudable que Juan había tenido un buen tropiezo; que, en fin, la reina le amaba ó le deseaba… pero todo esto se hacía duramente inverosímil al cocinero mayor, porque, en efecto, lo era; y sin embargo, creía tener pruebas indudables: aquella carta que había venido á sus manos por conducto de una dueña de palacio y con todas las señales de provenir de la reina; las medias palabras de su sobrino; el aspecto extraño, la sobreexcitación que en él había notado, todo contribuía á hacerle creer lo que no quería creer, porque lo que repugna fuertemente á la razón, lo rechaza enérgicamente la voluntad. Francisco Montiño no encontraba otra salida al pasmo que le causaba todo aquello, mas que encogerse de hombros y decir: – ¡Y yo que hubiera jurado que la reina era una santa! Y luego añadía, en una reacción de la razón y de la voluntad: – No, no, señor, es imposible, imposible de todo punto; yo estoy soñando ó me he vuelto loco. Ni creo esto ni lo de don Rodrigo Calderón. ¡Bah!¡blasfemia! es cierto que la reina no ama al rey, pero de esto á… á olvidarse de quien es… ¡Vamos, no puede ser! Y recordando luego cuanto había visto y oído, exclamaba: – Pero las mujeres, con corona ó sin ella, son siempre mujeres, capaces de hacer lo que ni aun se podría pensar. Al cabo terminaba su lucha con la siguiente conclusión: – Ello, al fin, no me importa tanto que me exponga á volverme loco devanándome los sesos: si mi sobrino, es decir, si ese joven que me cree su tío hace suerte… mejor, algo me alcanzará; si todo eso de la reina no es más que una equivocación, un enredo… mejor, mucho mejor, porque la reina será lo que yo creo que es y lo que debe ser. De todos modos, no pasará mucho tiempo sin que yo sepa la verdad. Entre tanto vamos á pasar una mala noche por ver á mi hermano, y no nos detengamos, ya que hay que saber otro secreto importante, porque la muerte no se espera á que uno despache sus negocios. Pensando esto entraba por la puerta de las caballerizas reales. – ¡Hola, eh! – dijo desde la puerta de una cuadra – ¡los palafraneros de guardia! Acudieron dos ó tres mocetones. – Al momento, al momento, para el servicio de su majestad, dos machos de paso que puedan andar cinco leguas en dos horas, y un mozo de espuela, que no se duerma y que no me extravíe. – Muy bien, señor Francisco Montiño – dijo uno de los palafreneros – ; cuando vuesa merced vuelva ya estarán las bestias y el mozo dispuestos para echar á andar. El cocinero mayor atravesó el arco de las caballerizas, la plaza de Armas, el vestíbulo y el patio del alcázar, se metió por un ángulo, por una pequeña puerta, empezó á trepar por unas escaleras de caracol, y á los cien peldaños desembocó en una galería, apenas alumbrada por algunos faroles; apenas entró, llegó á sus oídos la voz de dos mujeres que cantaban de una manera acompasada y lenta, como quien se fastidia, un villancico. – ¡Qué feliz sería yo – dijo – si no me cercasen y me rodeasen y me amargasen la vida, tantos negocios y tantos enredos! ¡y si no, cuán felices y cuán contentas están mi mujer y mi hija!.. es necesario dar un corte á esto; soy rico, á Dios gracias, y debo retirarme y descansar. Abre, Inesita, hija mía – dijo llegando á una puerta. Cesó el canto, oyéronse unas leves pisadas, se abrió la puerta, y con una palmatoria en la mano apareció una preciosa niña de diez y seis á diez y siete años. – ¡Cuánto ha tardado vuesa merced, señor padre! – dijo sonriendo al cocinero mayor – mi señora madre y yo estábamos con mucho cuidado. – ¡Y cantábais! – Por entretener la espera. – Pues más voy á tardar – dijo Montiño entrando en una pequeña habitación y sacudiendo su capa, que estaba empapada por la lluvia. – ¿Cómo que vas á tardar, Francisco? – dijo una joven hermosa también, y como de veinte años, que al levantarse para tomar la capa del cocinero mayor, dejó ver que estaba abultadamente encinta. – Sí, Luisa, sí; me obliga el hacer un pequeño viaje ahora mismo, un asunto bien desagradable. – ¡Y con esta noche!.. – dijo Luisa. – Mi hermano el arcipreste – dijo tristemente el cocinero mayor – se muere, y acaso no llegue á tiempo ni aun de cerrarle los ojos. – ¡Oh! ¡qué desgracia! – dijo Luisa. – ¡Está de Dios que yo no conozca á ningún pariente mío! – añadió Inés. – No hay que afligirse demasiado – dijo Montiño – , nacemos para morir y mi hermano era viejo. – ¿Y durará mucho tu ausencia, Francisco? – dijo Luisa. – Mañana, á más tardar, estaré de vuelta. Saca mi loba de camino, Inesita; y mis botas, yo voy por mis pedreñales, siempre es bueno ir bien preparado. Y Montiño abrió una puerta con una llave que sacó de su bolsillo, y entró y cerró. La mujer lanzó una mirada ansiosa á aquella puerta. Montiño atravesó otra habitación, abrió otra puerta y se encerró en un pequeñísimo aposento, en el cual había un fuerte arcón, una mesa y algunas sillas. Pero todo tan empolvado, que á primera vista se notaba que no se había limpiado allí en mucho tiempo. El cocinero mayor abrió el arcón, que apareció lleno de talegos; buscó uno de ellos con la vista y con las manos, con cierto respeto de adoración; desató lentamente su boca, y procurando que las monedas no chocasen, sacó como hasta una veintena de doblones de oro. – Hago un sacrificio, un inmenso sacrificio – exclamó suspirando – , el mayor de todos: dejar mi casa sola. No sé por qué el tío Manolillo tiene conmigo de algunos meses á esta parte chanzas que me inquietan. ¡Bah! ¡bah! yo recelo de todo… no hay motivo… están contentas… ella cada día más cariñosa… mi hija cada vez más empeñada en ser monja… Afuera, afuera sospechas infundadas… una sola noche… ¿qué ha de suceder en pocas horas? Y tomando un par de pedreñales ó pistoletes que estaban colgados de la pared, los cargó, les renovó los pedernales, y cerrando cuidadosamente el arca y las dos puertas que antes había abierto, salió á la habitación donde estaban su mujer y su hija, se vistió un traje de camino, se ciñó una espada, se colgó de la cintura los pedreñales, y después de despedirse de su mujer y de su hija, salió de la habitación, luego del alcázar, y llegó á las caballerizas, donde montó en un mulo, y salió de Madrid acompañado de un mozo de espuela de la casa real, que iba montado en otro mulo. No habría llegado aún Francisco Montiño al puente de Segovia, cuando su mujer, que había despedido á su hijastra para irse á dormir, se encerró en su dormitorio, se dirigió á una ventana, que parecía clavada, sacó con suma facilidad dos de los clavos, que sólo servían de una manera aparente, abrió, y tomando un papel, al que hizo tres agujeros, envolvió en él un pedazo de pan, sin duda para dar al papel peso, y se puso á cantar, teniendo fijos los ojos en una ventana cercana de una torre que por aquella parte del alcázar estaba contigua á las habitaciones del cocinero mayor. Poco después se abrió aquella ventana y dejó ver únicamente su fondo obscuro. Luisa arrojó á aquel fondo el papel que envolvía el pan y que entró por el vano obscuro de la ventana que acababa de abrirse. Inmediatamente cerró Luisa la ventana, y dijo suspirando, como suspira una mujer impaciente y enamorada: – Si á las tres no ha vuelto Francisco, no vuelve de seguro hasta mañana; tienen tiempo de avisarle y vendrá: ¡oh! ¡qué suerte tan infeliz la mía! – ¿Por qué cantará así mi madre, siempre que mi padre pasa alguna noche fuera de la casa? – decía Inés rebujándose en sus sábanas – . ¡Ay, si yo pudiera avisarle! pero le ha tocado hoy de servicio, y no se puede mover de la portería de pajes. La niña se durmió sonriendo, como sonríe una virgen á su primer amor, á su único amor puro. No sabemos si Luisa durmió también; pero lo que sí sabemos es que entre tanto el cocinero mayor caminaba rápidamente al paso de andadura de los dos poderosos mulos, y que el camino hasta Navalcarnero se acabó antes de que se acabasen sus encontrados pensamientos. Cuando llegó al pueblo eran las doce de la noche. Apeóse en la puerta de la casa donde había nacido, y no tuvo necesidad de llamar, porque encontró su puerta franca de par en par. Algunas mujeres pasaban de la cocina á una sala baja muy atareadas, y entre ellas apareció una anciana. – ¿Vive mi hermano? – dijo Montiño, adelantando hacia aquella mujer. – ¡Ah! ¡señor! ¿sois vos? – dijo llorando la pobre anciana – yo no os conozco, no os he visto nunca; pero debéis ser el señor Francisco Montiño. – El mismo soy; ¿pero vive aún mi hermano? – Está acabando; pero entrad, entrad: desde que esta mañana fué Juan á Madrid, os espera con tanta impaciencia, que no parece sino que vos habéis de traerle la salvación de su alma. Y la buena mujer introdujo al cocinero mayor en una sala baja, y de ella en una alcoba, donde, asistido por un fraile francisco, había un anciano expirante. – ¡Señor arcipreste!¡señor arcipreste! – dijo la anciana – ; he aquí vuestro hermano que ha llegado. Abrió penosamente los ojos el moribundo. – No veo – dijo con voz apenas perceptible. Y calló, como si aquel «no veo» le hubiese costado un inmenso esfuerzo. – Padre – dijo la anciana, dirigiendo la palabra al religioso – , el señor arcipreste me tenía encargado que cuando viniese su hermano, le dejásemos solo con él. – ¡Oh!¡pues cumplamos su voluntad! – dijo el fraile y salió. El moribundo y el cocinero mayor quedaron solos. – ¡Soy yo, hermano mío!¡soy yo! – dijo Montiño, estrechando las manos al arcipreste. – ¡Allí! ¡allí! – dijo el moribundo, extendiendo el brazo hacia el fondo de la alcoba de una manera vaga y penosa. – Sí, sí; no te fatigues, hermano mío: allí está el cofre que encierra la fortuna de Juan. – Sí – dijo el moribundo. – ¡Pedro! un esfuerzo – dijo Montiño acercando su semblante al de su hermano, que empezaba ya á descomponer la muerte – : ¡Pedro, el nombre de su padre! – Su padre es… el gran… el gran… duque de Osuna. – ¡Ah! – exclamó Montiño – . ¿No deliras, hermano? – ¡El duque… de Osuna! – repitió el arcipreste, haciendo un violento esfuerzo, que acabó de postrarle. – ¿Y su madre…? ¿su madre…? – La duquesa… de… – ¡Pedro! ¡Pedro! un solo esfuerzo. El moribundo hizo un esfuerzo desesperado para hablar y no pudo; levantó la cabeza, dejó oír un gemido gutural, y luego su cabeza cayó inerte sobre la almohada. Había muerto. CAPÍTULO IX LO QUE HABLARON LERMA Y QUEVEDO Desde que don Francisco de Quevedo se resignó á esperar, pensando, al duque de Lerma, hasta que apareció el duque, pasaron muy bien dos horas. Era el duque uno de esos personajes que se llaman serios; su edad rayaría entre los cuarenta y los cincuenta años; respiraba prosopopeya; vestía con una sencillez afectada, y en sus movimientos, en sus miradas, en su actitud, había más de ridículo que de sublime, más hinchazón que majestad; era un hombre envanecido con su cuna, con sus riquezas y con su privanza, que había formado de sí mismo un alto concepto, y que se creía, por lo tanto, un grande hombre. Quevedo permaneció algún tiempo sentado, después que apareció el duque. Esto hizo fruncir un tanto el ceño á su excelencia. – Me han avisado – dijo con secatura – de que me esperaba aquí una persona para darme en propia mano una carta de la señora duquesa de Gandía. Quevedo se levantó lentamente, y sin desembozarse, sin descubrirse, sacó de debajo de su ferreruelo una mano y en ella la carta de la duquesa de Gandía; cuando la hubo tomado Lerma, Quevedo se volvió hacia una puerta que el duque había dejado franca. – Paréceme que huís, caballero – dijo el duque. Quevedo se detuvo, pero permaneció de espaldas. – Y no creo que haya motivo – añadió el duque, mirándole de alto abajo y sonriendo de una manera que nos atreveremos á llamar triunfante – ; no creo que haya motivo para que tan embozado, tan en silencio, y con un encubrimiento y un silencio tan inútil, vengáis á mi casa y pretendáis salir de ella; como os habéis tapado la cruz y el rostro con el ferreruelo, debiérais haberos puesto en cada pie un talego, á fin de tapar vuestros juanetes y disimular lo torcido de vuestras piernas; no digo esto por mortificaros, sino porque comprendáis que os he conocido, don Francisco. Volvióse Quevedo, se desembozó, se descubrió echando atrás con gentil donaire la mano que tenía su sombrero, y levantando su ancha frente, dijo fijando el vidrio de sus antiparras en los ojos del duque: – ¡Romance! – ¡Romance y vuestro! Soltadle, don Francisco, soltadle, que ya me tenéis impaciente. Guardó un momento silencio Quevedo, y luego dijo con voz sonante y hueca, cortando los versos de una manera acompasada, y dándoles cierta canturía: – Dióme Dios, por darme mucho, con una suerte perversa, cabeza dos veces grande, y pies para sostenerla. Vine al mundo como soy, aunque venir no quisiera; la culpa fué de mi madre, que no se murió doncella. Por los pies me ha conocido el ingenio de vuecencia; es difícil que conozcan á algunos por la cabeza. Hay quien puede en pies de cabra enderezar su soberbia, porque lo que todo es aire, cualquier cosa lo sustenta. Y acabado el romance, se dejó caer el sombrero sobre la cabeza, se embozó de nuevo, y se volvió á la puerta franca. El duque se adelantó y cerró aquella puerta. – Sois mi prisionero – dijo. – Mandadme dar cena y lecho – repuso Quevedo, sentándose otra vez en el sillón que habla dejado, como si se encontrara en su casa. – No os he soltado de San Marcos para encerraros otra vez – dijo Lerma – . Quiero que seamos amigos. – ¡Ah, condesa de Lemos! – exclamó Quevedo. – ¿Por qué nombráis á mi hija, cuando os hablo de otros asuntos? – dijo con el acento de quien se siente contrariado, el duque. – Dígolo, porque vuestra hija ha sido antes y ahora la causa. – No os entiendo. – Basta con que Dios me entienda. – Si vos galanteásteis á mi hija hace dos años… – Don Francisco de Sandoval y Rojas, vos sois uno de aquellos hombres de quienes dice la criatura: tienen ojos y no ven. – Veo que os equivocáis; vos creéis que la causa de vuestra prisión en San Marcos, fueron vuestras solicitudes á doña Catalina. – Me afirmo en lo dicho: sois ciego; yo cuando se trata de mujeres… – Estáis por las que valen… y pretendéis por ellas ser valido. – Valiera yo poco si tal valimiento buscara – y continuó – ; yo, cuando se trata de mujeres, no solicito, tomo… – ¿De modo que…? – No he solicitado á vuestra hija. – ¿Y qué habéis tomado de ella? – añadió con precipitación el duque. – Un ejemplo de lo que sois. – ¡Ah! vos para conocerme… – Os miro. – Pero me miráis con antiparras. – Para veros no es necesario tener muy buena vista. – Quiero saber qué pensáis de mí. – Mucho malo. – Al menos no se os puede culpar de reservado. – Reservéme poco, cuando habéis podido encerrarme. – Os he guardado porque os estimo. – Tan acertado andáis en mostrar vuestra estimación, como en gobernar el reino. – ¿Pues no decís que en vez de gobernar soy gobernado? ¿no me habéis fulminado uno y otro romance, una y otra sátira, tan poco embozadas, que todo el mundo al leerlas ha pronunciado mi nombre? ¿no os habéis declarado mi enemigo, sin que yo haya dado ocasión á ello, como no sea en estorbar vuestros galanteos con mi hija? – ¡Ah! ¡es verdad! nos habíamos olvidado de doña Catalina; hablado habemos de memoria; nos perdemos y acabaremos por no decir dos palabras de provecho, desde ahora hasta la fin del mundo, si hasta la fin del mundo habláramos. ¡Vuestra hija! ¡pobre mujer! ¿y sabéis que yo no escribiría por nada del mundo contra vuestra hija? – ¿Tan bien la queréis? – Se me abren las entrañas por todos los poros. – ¡Ay! ¿y mi hija?.. – Es la mujer más pobre de corazón que conozco. – Pues yo creía… – ¡Pues! vos creéis en todo lo que no es, y de todo lo que es renegáis. – Quisiera entenderos. – Pues entendedme: vos creéis á vuestra hija una mujer, y vuestra hija es una niña; vos la creéis contenta, y vuestra hija llora; vos la creéis feliz, y vuestra hija es desdichada; vos al casarla con vuestro sobrino, creísteis hacer un buen negocio… ¡bah! don Francisco; vos que lo primero que veis en mí son las antiparras, no sentís las antiparras que tenéis montadas sobre las narices, y sin las cuales no veis nada; antiparras que vienen á ser para vos las antiparras del diablo, que todo os lo desfiguran, que todo os lo mienten, que os abultan las pulgas y os disminuyen los camellos; para vos, á causa de esas endiabladas antiparras, lo falso es oro, todo lo que es aire cuerpo, todo lo que es cuerpo aire. Yo os daría un consejo; – ¿Cuál? – Hacéos sacar del cuerpo los malos, y cuando os los hayan sacado entonces hablaremos; entonces veremos si yo os sirvo á vos, ó si vos me servís á mí. Y Quevedo se levantó en ademán de irse. – Esperad, esperad, don Francisco; os necesito aún. – ¡Ah! ¿con que aún no me suelta? – Nunca habéis estado más libre que ahora. – Pues mirad, nunca me he sentido más preso. – Veo que vuestra enemistad hacia mí es cruel. – ¡Bah! desengañáos; yo no tengo un enemigo en quien no temo. – Preso os he tenido dos años. – No, más bien me he estado yo dos años preso. – Mucho confiáis en vuestro ingenio. – Yo más en el vuestro. – Pero si yo no le tengo. – Sí por cierto, tenéislo… para hacer lo que nos conviene. – Ponderan mi lisura y mi paciencia… – Pues se engañan. Ni sois liso ni agudo, y en cuanto á lo de paciencia… – Téngola, puesto que me estáis desesperando, y… – Os estoy leyendo. – Concluyamos de una vez, don Francisco: yo os tengo en mucho, y si os he tenido preso no ha sido porque no me servíais á mí, sino porque no sirviéseis á otros. – Yo sólo sirvo á Dios. – Y al duque de Osuna. – Es lo que nos queda de grande y noble, porque algo de noble y grande quede en España. Sirviendo al duque sirvo á Dios, porque sirvo á la justicia y al honor. – O porque sirviéndole, os servís á vos mismo. ¿Qué habéis visto en Girón, que os haga creer que es más grande que Lerma? – Que Girón es grande sin decirlo, y vos, llamándoos grande, sois pequeño. – ¿Qué queréis, don Francisco, qué deseáis? ¿con qué noble premio se os puede comprar? – ¿Queréis que sea vuestro amigo? – ¡Oh don Francisco! me llamáis ciego, y sin embargo, no reparáis en que os veo levantaros delante de mí como un gigante, y os respeto; no comprendéis que os aprecio en cuanto valéis, y que sé que con vuestra ayuda nada temería: lo emprendería todo, continuaría los tiempos de esplendor de España… – Me estáis ofreciendo moneda falsa. – Y vos me estáis desesperando. – Ya os he dicho que puedo ser vuestro amigo. – Hablad. El duque de Lerma se sentó y Quevedo volvió á sentarse también. – Voy á desembozar algunas palabras que os están haciendo sombra, y á empezar por mí desembozándome. Nací contrahecho; vos me desembozásteis por los pies, ya os lo dije; ni eché memorial para venir al mundo, ni venido quejéme de los malos pies con que en él entraba; pero si Dios me dió piernas torcidas, dióme alma recta; si pies torpes, ingenio ágil; si cabeza grande, llenóla de grandes pensamientos; os estoy hablando completamente desembozado, y pienso desembozaros para con vos mismo, porque lleguéis á ver claro, que, vos como sois, y yo como Dios ha querido que sea, hemos nacido para ir por camino diferente; yo bien me sé á dónde vais á parar; yo pararé donde Dios sabe. – Continuaré sacrificando mi vida á la grandeza de mi patria. – Y como habéis nacido para que todo os salga al revés de como pensáis, acabaréis hundiéndoos con España en un abismo. – ¿Creéis, pues, que estoy engañado?.. – Si volvemos á las réplicas no acabaremos nunca. – Continuad. – Pretendieron mis padres que fuese docto. Alcalá me dió su ciencia, pero más la Universidad que se llama mundo. Cada mujer fué para mí un romance, cada hombre una sátira, cada día un maestro, cada año un libro. Díjome la historia que siempre ha habido tiranos y esclavos, y que la vanidad, y la codicia, y la soberbia han escrito con sangre sus anales; quise quitar la carátula á la verdad y se la quité á medias, porque lo que vi, me dió miedo de ver lo que ver no quise. Encerréme conmigo, y allá en mi encierro me siguió el mundo, y me siguieron mis pasiones. Amé: ¡nunca hubiera amado! porqué amé á vuestra hija. Hizo un movimiento de impaciencia Lerma. – Y vuestra hija me amó. Movióse con doble impaciencia el duque. – Y no fué mía porque no quise que lo fuese. – ¡Oh! exclamó con disgusto Lerma. – No podía serlo; para querida me daba lástima, para mujer ojeriza. – ¡Cómo! – Hubiéseis dicho qué me daba á trueque; á falta de riquezas y de títulos, servidumbre judaizante, adoración del oro; yo, que me precio de sangre limpia y de ser buen cristiano, díjeme todo espeluzno y todo escándalo de mí mismo cuando pasó por mí el vergonzante pensamiento de ser vuestro yerno: honra dejáronte tus padres, don Francisco; búrlaste de las busconas; no mates tu honra ni tu musa y buscón no seas; que cuando oro anda en medio de una mujer y un hombre, el mundo no ve el corazón, sino el talego; no el amor, sino la codicia; tragúeme, pues, mi amor, como me he tragado otras tantas cosas, y no queriendo deshonrar á vuestra hija haciéndola mía, no me casé con ella por no deshonrarme. El duque de Lerma no contestó una sola palabra; únicamente hirió una y otra vez con un movimiento nervioso la alfombra, con el tacón de su zapato. – Casásteisla entonces con vuestro sobrino; vendísteis á vuestra hija… – Era una alianza conveniente… – Pudo conveniros á vos, no á ella. Conviniérala como mujer honrada y honesta, y discreta, y bien nacida, no porque de vos viniera, sino porque nació buena, otro hombre, más amor, más alma, más valor y dicha la verdad sea, más vergüenza. Que si el conde de Lemos tuviera todas estas cosas y con ellas alguna discreción y buen ingenio, bien casada estuviera vuestra hija, y no escribiera yo despechado al verla tan mal casada, tan enterrada en vida, aquello de: Oro es ingenio en el mundo, oro en el mundo es nobleza y el que en vanidades trata de vanidad se sustenta. Con un leproso del alma, su padre casó á Teresa… Con lo demás que decía el romance, que si no hizo reir á nadie por el chiste, os hizo á vos llorar de rabia por lo claro, y dar conmigo en San Marcos, con tan poco disimulo de la causa, que todo el mundo tuvo por culpa de ella al romance, y por doña Catalina á la doña Teresa que el romance cantaba. – ¿Y creéis que aunque anduvísteis extremadamente injusto, apasionado y mordaz en el tal romance, fué esta sola la causa de vuestra prisión? – Sé que anduvieron también en ella vuestras antiparras. – Más claro. – Por turbias que sean esas antiparras para el duque de Lerma, todos ven que son ellas don Rodrigo Calderón. – ¡Ah! ¡el bueno de mi secretario! – Vuestro amo. – ¡Mi amo! – Y del rey. – ¡Ah! – Y de España, porque como vos sois amo del rey, y el rey amo de España y es vuestro dueño don Rodrigo, resulta que don Rodrigo viene á ser amo de España. – Seguid, don Francisco, á fin de que sepamos hasta qué punto estáis engañado. – Era una simple cuestión de secretarios: don Rodrigo lo era vuestro, y yo lo era del duque de Osuna; el duque de Osuna era enemigo vuestro, y por consecuencia, vuestro secretario debía serlo también del secretario del duque de Osuna. Temióse, no lo que hacía, sino lo que pudiera hacer de la corte el ilustre descendiente de los Girones, y como es muy principal caballero, y muy poderoso, y muy bravo, se le desterró á Nápoles dorando el destierro con lo de virrey, y como se creía que yo era mucha cosa con el duque y que haría más conmigo que sin mí, se me envió á San Marcos á hacer penitencia; y como el duque de Osuna no ha cesado de reclamar en estos dos años á su pobre secretario, y como, por otra parte, vos os encontráis con que á pesar de los buenos oficios de don Rodrigo no veis claro en qué consisten tantos reveses y tantas desdichas como sufre España, os habéis dicho: saquemos del encierro á aquel espíritu rebelde, veamos si podemos mudarle á nuestro provecho, y si sus antiparras son más claras que los ojos de don Rodrigo. – ¿Y creéis que yo no pudiera pasarme sin vos? – Creo que necesitáis de todo el mundo. – El rey me concede más que nunca su cariño, su confianza. – Sin embargo, no ha gustado mucho al rey que vuestro sobrino haya llevado á picos pardos al príncipe de Asturias. Y como el rey, aunque no es muy perspicaz, sabe que vos y el conde de Lemos sois una misma cosa; y como vuestro hijo el duque de Uceda se impacienta por ocupar vuestro puesto; y como la reina trabaja contra vos todo lo que puede; y como Olivares atiza, pensando en su provecho; y como Calderón, creyéndose ya poderoso, no disimula su soberbia; y como Espínola desde Flandes pide hombres y dineros; y como suceden tantas y tantas cosas que no debieran suceder, si no mandárais vos, que no debíais mandar; y como vos creéis que el duque de Osuna me ha nombrado su secretario por algo, y que por algo también me pide en una y otra carta, nada de extraño tiene que yo piense que si quisiera podía vengarme de don Rodrigo enviándole á galeras y de vos haciéndoos mi secretario. – Conócese – dijo el duque sonriendo á duras penas – que aún os dura la rabia del encierro. – Os hablo desembozado y nada más. – ¿Y si fuese cierto que yo necesitase de vuestra ayuda?.. – Os la negaría, porque ayudaros á vos, sería desayudar á la patria y hacer traición al rey. – Supongo que no os habréis atrevido á llamarme traidor. – No; pero sois ciego, soberbio y codicioso. – Os habéis propuesto decididamente enojarme, cuando yo hago todo lo que puedo por haceros mi amigo. – No debe enojaros la verdad; no puedo ser yo amigo vuestro. – Sin embargo, si no recuerdo mal, me habéis ofrecido vuestra amistad. – Sub conditione. – Pero vuestras condiciones… – En el estado en que se encuentra la gobernación del reino, las condiciones serían muy duras para vos. – ¿Creéis que el mal, si le hay…? – ¿Si le hay? Desde que murió el rey don Felipe, que aun antes de que le royesen el cuerpo los gusanos, se sintió roido por el dolor de dejar la monarquía más poderosa del mundo á un príncipe incapaz, no han pasado por España más que desdichas; la hacienda real, desde que vos subísteis á secretario de Estado, empezó á dar tales traspiés, que dejó muy pronto de ser hacienda; exhausta por los gastos más exorbitantes, escandalizado el reino de tanto desbarajuste, de tal despilfarro, empezó á murmurar, como quien conocía que de su cuero habían de salir las correas; vos, para acallar al reino, os ayudásteis de clérigos para que volviesen á vuestro provecho el púlpito y el confesonario; no era bastante la mentira en nombre del rey: se mintió en nombre de Dios, se pasó de la deslealtad al sacrilegio. Don Rodrigo Calderón, trocado de vuestro paje en vuestro secretario, y engordado con vuestros secretos, y con los empleos que vende, y con la justicia que rompe, se hace fuerte y os domina; la guerra de los Países Bajos, funesta guerra de religión que ningún provecho ha podido nunca traer á España, se encrudece, se hace desastrosa, es más, injusta, deshonrosa, porque nuestros soldados sin pagas, se convierten en una plaga de Egipto, rompen la disciplina, y nuestros valientes tercios son vencidos en las Dunas, en Ostende, en el Brabante, en todas partes, á pesar de la pericia y del valor de Espínola. Somos el juguete de Inglaterra, que satisface el odio que siempre ha sentido hacia la casa de Austria, y de otra parte la Francia ayuda á los Países Bajos, para que entretenida España con una guerra desastrosa no pueda influir en sus negocios. Inútil la tentativa de ceder la soberanía de los Países Bajos al archiduque Alberto y á su esposa la infanta doña Isabel; continúan los desastres. Holanda y Flandes han resistido, resisten y resistirán, como quien pugna por arrojar de su casa un dominio extraño y tiránico. Para satisfacerse de algún modo de los reveses de los Países Bajos, se piensa en ganar gloria perjudicando al comercio inglés, y se envía allá una escuadra que aniquilan los elementos como aniquilaron á la Invencible; todo fracasa, todo muere. Perdido el tino, se firma una tregua vergonzosa de doce años con Holanda y Flandes, acogiendo por medianeras á Francia y á Inglaterra, y se cree tener algún respiro. Pero aqueja la pobreza pública, al par que crecen los dispendios de la corte, y se piensa en leyes suntuarias; leyes inoportunas, ineficaces, contra las que representan los mercaderes y quedan sin efecto; es necesario encontrar dinero á todo trance, y se aumenta el valor de la moneda de vellón; expone los inconvenientes de esta medida el docto Mariana en su libro De Mutatione monetæ, y el bueno, el sabio Mariana es perseguido; á la torpeza sigue la tiranía. Pero no se halla todavía dinero y la tiranía crece, la tiranía no respeta ya nada: ni la fe de los tratados humanos, ni la fe de este eterno pacto de justicia que el hombre tiene hecho con Dios. El edicto de la expulsión de los moriscos, llena de horror á todos los pechos generosos… – Antes que Felipe III han sido sus abuelos rigorosísimos con los moriscos – exclamó el duque de Lerma, aturdido por la filípica de Quevedo. – ¡Los clérigos y los frailes! siempre esa plaga que ha logrado dominar al trono y que acabará con la gloria y con el poder de España. Y, sin embargo, un excesivo celo por la religión, un celo imprudente y ciego, pudo nublar con hechos indignos de su grandeza la gloria de los Reyes Católicos, del emperador don Carlos, de su hijo don Felipe; pero no la mancilló la codicia mortal, la sed infame del dinero; los moriscos fueron perseguidos, ¡pero no fueron robados! – ¡Robados! – Sí, Felipe III ha robado á los moriscos, y quien dice Felipe III, dice el duque de Lerma. – Esto es ya demasiado, demasiado – dijo enteramente aturdido Lerma, que no había creído que existiese un hombre capaz de decirle de frente tan agrias verdades. A tal punto le habían llevado su envanecimiento, su privanza y la nulidad del rey. – ¡Pues ya se ve que es demasiado! Cuatro millones de españoles ricos, industriosos, han sido expulsados, pobres, desnudos, miserables, desesperados, del suelo que los vió nacer. Y el rey, su majestad, como si hubiérais hecho grandes merecimientos, como si en vez de disminuir en una cuarta parte la población del reino la hubiérais aumentado y enriquecido, os da trescientos mil ducados para vos y para vuestro hijo el duque de Uceda, y ciento cincuenta mil á vuestra hija y á su noble esposo el conde de Lemos. – ¡Concluyamos, concluyamos, don Francisco! – dijo el duque procurando rehacerse – ; está visto que no podemos entendernos. – ¡Ya quería yo irme…! – dijo Quevedo levantándose de nuevo – ; quería irme sin hablar una sola palabra, porque no podría deciros más que verdades lisas… pero vos… ¡bah! vos habéis nacido para equivocaros… – He llegado á vos y os he tendido la mano… – Yo no puedo estrechar vuestra mano, yo no puedo serviros; yo no quiero hacerme cómplice de la ruina de España; á mi duque de Osuna me atengo… y si me desayudare el duque… me atenderé á mí mismo, que me basto y aun me sobro. Quede vuecencia con Dios. – Esperad: no es por ahí, don Francisco – dijo el duque tomando una bujía de sobre la mesa y yendo á una puertecilla. – ¡Cómo! – dijo Quevedo – ; ¿vuecencia sirviéndome de paje? – Honroso es servir al ingenio, á la grandeza y al valor. – Muy cristiano andáis. – ¡Cristiano! – Sí, por cierto; dais favores por agravios. – No hablemos de eso; no sois vos quien me agraviáis, sino la fortuna que se me os roba. – Ahí os queda don Rodrigo Calderón. Calló el duque, y bajando unas escaleras, llegó á un postigo y puso la mano en un cerrojo. – Perdonad, un momento, don Francisco – dijo Lerma – : ¿quién os ha dado la carta que me habéis traído? ¿puede saberse? – ¿Y por qué no? ¡Me la ha dado vuestra hija! – Y… ¿dónde? – En palacio. – ¡Oh! ¿con que ya habéis estado en palacio apenas venido? – De palacio vengo y á palacio voy. Como me crié en él, soy palaciego, y tanto, que atribuyo al haberme criado en palacio mi cortedad de vista. – Pues cuidad, don Francisco, en dónde ponéis los pies, porque palacio está muy resbaladizo. – Como ando despacio, señor duque, nunca resbalo; como tengo los pies grandes me afirmo; cuando caigo no es que caigo, sino que me caen. Guarde Dios á vuecencia y le prospere – añadió, viendo que el duque había abierto la puerta. – Id, id con Dios, don Francisco – dijo el duque – , y no os olvidéis nunca que os he buscado. – Lo que no olvidaré jamás es la causa por que he venido – dijo Quevedo, y salió. El duque, que al abrir se había cubierto con la puerta, cerró murmurando: – ¡Que no olvidará la causa por que ha venido! ¡y quien le ha dado la carta de la duquesa de Gandía ha sido mi hija! ¡ese hombre! ¿A dónde tenderá el vuelo don Francisco? Detúvose de repente el duque; había sonado en la calleja ruido de espadas que duró un momento. – ¿Qué será? – dijo Lerma – ; donde va Quevedo van las aventuras. Don Rodrigo me lo dirá… sí, sí… ¡don Rodrigo!; y es el caso que empiezo á desconfiar de él, pero yo desconfío de todo el mundo… de todos, hasta de mí mismo. El duque acabó de subir en silencio las escaleras, entró en su despacho, y abrió con una ansiedad marcada la carta de la duquesa de Gandía. Hizo bien el duque en esperar á quedarse solo para leer aquella carta; nuestros lectores adivinarán su contenido. En ella, á vueltas de pesadas reflexiones, participaba la duquesa á Lerma lo que la había acontecido con el rey y la desaparición de la reina de su cuarto. El duque, leyendo esta carta, se puso sucesivamente pálido, lívido, verde. No comprendía bien aquello. Creía tener comprimida á la familia real, y, sin embargo, el rey y la reina se le escapaban, como quien dice, por los poros. Creía saberlo todo, y, sin embargo, ignoraba que existiesen aquellas comunicaciones secretas de que hablaba la carta. Se creía seguro del afecto, de la fidelidad de don Rodrigo Calderón, y la duquesa le daba respecto á él una voz de alerta. Daba vueltas el duque á la carta y la leía y volvía á releer una y otra vez, como si dudara de sus ojos, y siempre leía la misma cosa: «Su majestad el rey ha venido á mí por un pasadizo secreto, y me he visto en un grande apuro.» Y más abajo: «Cuando obligada fuí á anunciar á su majestad la reina que el rey deseaba verla, no encontré á la reina ni en su cámara, ni en su dormitorio, ni en su oratorio, y á la hora en que os escribo no sé dónde está su majestad. Y más abajo aún: «Personas extrañas, que no puedo deciros quiénes son, porque no las conozco, aunque las he sentido y casi las he tocado, entran á mansalva en la cámara de su majestad la reina. Además, he descubierto lo que nunca hubiera creído… desconfiad de don Rodrigo Calderón: está en inteligencias con la reina y os vende.» El duque acabó de aturdirse, y como siempre que esto le acontecía, mandó llamar á su secretario. Pero antes de que éste llegase, tuvo gran cuidado de guardar en su ropilla la carta de la duquesa de Gandía. A poco entró en el despacho del duque un hombre como de treinta á treinta y cuatro años. Era buen mozo; moreno, esbelto, de mirada profunda, semblante serio, maneras graves, movimientos pausados, como quien pretende aumentar la dignidad de su persona; vestía rica pero sencillamente, y todo en él rebosaba orgullo, mejor dicho, soberbia, y una extremada satisfacción de sí mismo; era, en fin, uno de estos seres que jamás descuidan su papel, y que con su aspecto van diciendo por todas partes: «soy un grande hombre». Como sucede siempre á estos personajes, su afectación tenía algo de ridículo; pero era la del que nos ocupa una de esas ridiculeces que sólo notan los hombres de verdadero talento, los hombres superiores. A los demás, don Rodrigo Calderón, que él era, debía imponer respeto, y lo imponía. Pero delante del duque de Lerma, el más hinchado de los hombres hinchados, don Rodrigo se apeaba de su soberbia para transformarse en un ser humilde, casi vulgar, en un criado, en un instrumento. Pero esto sólo en la apariencia. Lo que demuestra que era superior al duque, puesto que le comprendía, y comprendiéndole usaba de él, humillándose. Cuando entró se inclinó respetuosamente, y su semblante tomó la expresión más humilde y servicial del mundo. Sin embargo, todos sus esfuerzos y toda su servil experiencia de cortesano no bastaron para borrar de su semblante cierta expresión de profundo disgusto, de ansiedad, de molestia y de un malestar doloroso. El duque lo notó, receló, pero sin embargo disimuló y ocultó profundamente su recelo. – ¿Qué os sucede? – le dijo – ¿no estáis satisfecho de las ventajas que acabamos de alcanzar? – ¡Ventajas! ¡ventajas! tengo la desgracia de no verlas, señor – contestó con voz apagada don Rodrigo – ; si llamáis ventajas el haber logrado que se sienten á vuestra mesa y hablen como amigos el señor duque de Uceda vuestro hijo, el conde de Olivares y don Baltasar de Zúñiga… – Por el momento parecen desalentados, vienen á nosotros, olvidan sus diferencias y se estrechan las manos. – Para engañarse mejor, engañando juntos á vuecencia. – Y bien, si no podemos unirlos los separaremos; no nos ha de faltar pretexto para conferir una embajada al conde de Olivares; enviaremos de virrey á Méjico ó al Perú á mi hijo, y alejaremos con otra honrosa comisión á don Baltasar. – Pero el conde de Olivares preferirá su empleo de caballerizo mayor, que le tiene en la corte, y cerca del rey, y vuestro hijo y Zúñiga no dejarán por nada del mundo el cuarto del príncipe don Felipe. Desengáñese vuecencia: todos quieren ser, todos; aunque todo os lo deben, conspiran contra vos, los primeros vuestro hijo y vuestro sobrino… el conde de Lemos… – El conde de Lemos seguirá en su destierro; ha sido más audaz que los otros… ha pretendido ganar la confianza de su alteza, despertando sus pasiones y halagándolas… ha sido, pues, necesario ser severo con él, y como lo he sido con él, lo seré con los demás; lo seré, no lo dudéis – añadió el duque contestando á un movimiento de duda de don Rodrigo. – Sólo hay un medio… ya os lo he dicho… acabar de una vez… cuando un enemigo se hace demasiado terrible, como, por ejemplo, la reina… – No, no – dijo con repugnancia el duque – ; no es necesario llegar á tanto… la reina… la tenemos sujeta… esas cartas… esas preciosas cartas… ¡oh! guardadlas bien… guardadlas. – Las llevo siempre conmigo; la reina por ahora no se atreve… pero si vuestros enemigos… si fray Luis de Aliaga… – Ya os he dicho que Olivares, Uceda y Zúñiga, se sienten sin fuerzas, se rinden y vienen á buscarla en mí; vuestro celo, don Rodrigo, os hace muy desconfiado. ¿Qué, creéis que yo no tengo poder? – ¿Y de dónde sacar nuevos tesoros? ¿dónde encontrar otros moriscos? ¿cómo agravar los tributos? ¿Qué hacer para acabar esas guerras eternas que nos desangran? ¿y cómo acabarlas sin exponerse á caer de lo alto ante el orgullo de España ofendida? ¿cómo quitar á un ambicioso de un puesto que satisface su ambición para poner á otro? Os lo repito: cuando se ha llegado á este extremo, cuando falta oro para tanta boca sedienta, siempre queda el remedio de… – No, no, el remedio es peor, cien veces peor. Todo se sabe… – Y bien, ¿qué medio creéis que os queda para con la reina? – Las cartas que poseéis. – Pero esas cartas no pueden usarse sin que yo me pierda. – ¿Creéis que vos estaréis perdido, cuando yo esté salvado? – Hace algún tiempo que, con mucho sentimiento mío – dijo con gran humildad don Rodrigo – vemos las cosas de distinto modo. Yo veo… – Vos veis menos de lo que creéis ver. – Yo veo todo lo que pasa en la corte y fuera de ella, señor. Sé que vuecencia no puede anunciarme una cosa grave que yo no sepa. – Voy á deciros una gravísima: ¿sabéis dónde está la reina? Miró con asombro Calderón á Lerma. – No comprendo á vuecencia – dijo. – Me explicaré: ¿sabéis por qué la reina no parece? – ¿Qué no parece su majestad? – Sí, por cierto; la reina se ha perdido esta noche, ó ha estado perdida. En una palabra: su majestad la reina, á cierta hora de la noche, no estaba en su cuarto. – ¿Cómo, á qué hora? – A principios de la noche. – Pues puedo deciros – exclamó Calderón poniéndose pálido – que si la reina ha desaparecido de su aposento, ha salido del alcázar. – ¿Que ha salido? – Sí, señor, sola y en litera. – Eso no puede ser; ¡imposible! – exclamó el duque poniéndose de pie – . ¡Margarita de Austria, sola como una dama de comedias!.. – Es más, señor, acompañada de un hombre. – ¿Pero no habéis dicho que salió sola del alcázar? – Sí, sí por cierto; yo la había dado una cita. – ¿Y esperábais?.. – No esperaba; pero á todo trance, y por no esperar yo mismo á las puertas del alcázar, para no dar que pensar, puse un hombre de mi confianza, y esperé más lejos. Impaciente, fuí á informarme de mi centinela, y éste me dijo que había salido del alcázar, bajando por la escalera de las Meninas, una dama que tenía todo el aspecto que yo le había indicado, que había entrado en una litera y acababa de alejarse. Seguimos la dirección que la litera había tomado. La hallamos al fin, la seguimos. De repente para la litera y sale… ¡La reina! – Una dama tapada que tenía el mismo aspecto, el mismo andar reposado, grave, gallardo de su majestad. Más aún; de repente, aquella dama se detiene junto á un hombre que estaba parado en una encrucijada y se ase á su brazo y sigue. – ¡Oh! no podía ser la reina, no; ¿á qué había de asirse á otro hombre? – ¡Ah! aquel hombre, cuando le dejó la dama tapada en una callejuela solitaria, me detuvo hierro en mano. – ¡Oh! – exclamó el duque de Lerma – ¿se trataba de mataros? – Y la reina se había puesto por cebo; no tengo duda de ello. Además, aquel hombre había sido buscado á propósito; yo me jacto de ser buena espada; pues bien, aquel hombre me desarmó y me hizo gracia de la vida. – No querían, pues, mataros: no era la reina. – Al contrario, la generosidad de ese hombre me confirma más en mis sospechas; la reina se horroriza de la sangre… como vuecencia; la reina, sin duda, ha querido decirme: aunque soy mujer, y me tenéis obligada al silencio, puedo en silencio mataros; tengo una valiente espada que me sirve. – ¿Pero no se os ocurre que vuestro vencedor pudo quitaros las cartas? – La reina no sabe que por guardarlas mejor llevo siempre las cartas conmigo. – ¿Y no se sabe quién es ese hombre que ha defendido á la reina? – No lo sé aún, pero lo sabré; le he hecho seguir por un hombre que no le perderá de vista. – Pues bien; lo que más urge ahora es desenredar este misterio de la reina, ver claro: saber cómo, por dónde puedan entrar personas extrañas en la cámara de la reina, y cómo la misma reina puede salir sin ser vista de nadie. Hay ciertos pasadizos en el alcázar que han estado á punto de causarnos graves disgustos. Haced que las gentes que están al lado del rey, cuenten sus pasos, oigan sus palabras… – Tal las oyen, que aconsejo á vuecencia haga dar una mitra al confesor del rey. – ¡Cómo! – Fray Luis de Aliaga ha pasado toda la tarde al lado de su majestad, mientras vuecencia reconciliaba á sus enemigos y se creía por su reconciliación libre de cuidados. El duque quedó profundamente pensativo. – ¡El confesor del rey! ¡La reina apela al hierro! ¡Oh! ¡oh! la lucha es encarnizada… y bien, será preciso obrar de una manera decidida… – No digáis es necesario obrar… decidme obrad, y obro. Estas cartas son ya insuficientes… vuecencia no puede pedirme que me pierda al perder á la reina… la reina lo arrostra todo… imitémosla. – Procurad saber quién es ese hombre de que la reina se ha valido; averiguado que sea, hacedle prender, y esto al momento. Después, id á avisarme al alcázar. Don Rodrigo conoció que la orden era perentoria, y fué á salir. – No, por ahí no; tomad mi linterna; vais á salir por el postigo; de paso mirad si hay algún muerto en la calle, ó al menos señales de sangre. – ¡Ah! – Sí, antes que viniérais sonaron cuchilladas en la callejuela. – ¡Ah! ¡ah! – dijo para sí Calderón bajando las escaleras detrás del duque – . ¡Cuchilladas junto al postigo de su excelencia, y su excelencia interesado en saber el fin de estas cuchilladas! ¡ah! ¿qué será esto? ¡Creo que este hombre, cuando me guarda secretos, desconfía de mí! Pues bien, obraré como me conviene, señor duque; y ya es tiempo; no quiero sumergirme con vos. Cuando llegaba á este punto de su pensamiento, Lerma abría el postigo y se cubría con él para no ser visto por un acaso desde la calle. Calderón salió. Apenas había salido y cerrado el duque, cuando resonaron en la calle, como por ensalmo, delante del postigo, cuchilladas, y poco después, unas segundas cuchilladas más abajo, unieron su estridor al de las primeras. El duque de Lerma subió cuanto de prisa le fué posible las escaleras, llamó á algunos criados, y los envió á saber qué había sido aquello. CAPÍTULO X DE CÓMO DON FRANCISCO DE QUEVEDO ENCONTRÓ EN UNA NUEVA AVENTURA EL HILO DE UN ENREDO ENDIABLADO Cuando Quevedo salió de la casa del duque de Lerma por el postigo, apenas había puesto los pies en la calle, se le vino encima Juan Montiño, que, como sabemos, estaba esperando en un soportal á que saliese por aquel postigo don Rodrigo Calderón. Al verse Quevedo con un bulto encima, y espada en mano, echó al aire la suya, y embistiendo á Juan Montiño, exclamó con su admirable serenidad, que no le faltaba un punto: – Muy obscuro hace para pedir limosna; perdone por Dios, hermano. Y á pie firme contestó á tres tajos de Juan Montiño, con otras tantas estocadas bajas y tales, que el joven se vió prieto para pararlas. Y no sabemos lo que hubiera sucedido, si Juan Montiño no hubiera conocido en la voz á su amigo. – ¡Por mi ánima – dijo haciéndose un paso atrás y bajando la espada – , que aunque muchas veces hemos jugado los hierros, no creí que pudiéramos llegar á reñir de veras! – ¡Ah! ¿sois vos, señor Juan? que me place; y ya que no nos hemos sangrado, alégrome de que hayamos acariciado nuestras espadas para daros un consejo: lo de tajos y reveses á la cabeza, dejadlo á los colchoneros, que sirven bien para la lana, y aficionáos á las estocadas; de mí sólo sé deciros que de los instrumentos de filo, sólo uso la lengua. ¿Pero qué hacéis aquí? – Espero. – Ya, ya lo veo. ¿Pero á quién esperáis? – A un hombre. – Decid más bien á un muerto; y dígolo, porque á pesar del demasiado aire que dais á la hoja de la espada, si yo no fuera quien soy, me hubiérais hecho vos lo que no quiero ser en muchos años. Pero el nombre del muerto; digo, si no hay secreto ó dama de por medio, que no siendo así… – Dama y secreto hay; pero me venís como llovido; conozco vuestra nobleza, quiero confiarme de vos, y os pido que me ayudéis. – Y os ayudaré, y más que ayudaros; tomaré sobre mí la empresa y el encargo. ¿Pero de qué se trata? – ¿Conocéis á don Rodrigo Calderón? – Conózcole tanto, como que de puro conocerle le desconozco. Es mucho hombre. – Pues á ese hombre espero. – Para… Quevedo hizo con el brazo la señal de una estocada á fondo. – Cabalmente. – Perdonad; pero vos no sois cristiano, amigo Juan. – ¿Por qué me decís eso? ¿no os he dejado tiempo para poneros en defensa? – Dígolo, porque vuestro rencor no cede. ¿No os habéis satisfecho con haber desarmado hace dos horas á don Rodrigo Calderón, sino que pretendéis matarle? – ¡Cómo! ¿era don Rodrigo Calderón el hombre con quien reñí cuando?.. – Sí, cuando acompañábais á una dama muy tapada, muy hermosa y muy noble que había salido del alcázar. – ¡Cómo! ¿conocéis á esa dama? – Puede ser. – ¿Y es hermosa? – Puede que lo sea. – ¿Y sabéis su nombre? – Puede llamarse… se puede llamar con el nombre que mejor queráis; os aconsejo que no toméis jamás el nombre de una tapada, sino como un medio de entenderos con ella. – ¿Pero no decís que la conocéis? – Lo que prueba, pues tanto me preguntáis, que no la conocéis vos. – ¡Ay! ¡no! – ¿Os habéis ya enamorado? – Lo confieso. – Sin conocerla… – Ahí veréis. – ¿Por la voz, ó por el olor, ó por el bulto? Ved que esas tres cosas engañan. – Estoy seguro de que es una divinidad. – Se me os perdéis, Juan, se me os perdéis, y lo siento. Idos de la corte, amigo mío, porque si apenas habéis entrado habéis caído, á poco más sois hombre enterrado. Creedme, Juan, veníos conmigo á una hostería y dejáos de tapadas, que no contentas con haberos matado os piden hombres muertos. – Idos si queréis – dijo Juan Montiño – , que yo estoy resuelto á quedarme y á cumplir lo que he prometido. – No, no me iré, puesto que me necesitáis: aquí me estoy con vos y venga lo que viniere. – He reparado en un bulto que me sigue desde después de mi primera riña con don Rodrigo. – ¡Ah! ¿sí? ¿un bulto? razón más para que yo me quede. – Y ese bulto está allá abajo, junto á la esquina. – ¿Y no le habéis ahuyentado por no espantar la caza? bien hecho; por lo mismo dejaréle yo allí: pero entrémonos en este zaguán. – Entrémonos. – ¿Y estáis seguro de que don Rodrigo Calderón está ahí dentro, y si está de que saldrá por ahí? – No lo estoy, pero espero. – Vais haciéndoos á las costumbres de los enamorados tontos, que se pasan la vida en esperar á bulto. – Por más que hagáis… – No os curo. – No. – ¿Pero tanto vale esta dama? – ¡Oh! – ¡Oh! Decir ¡oh! vale tanto como si dijéseis: esa dama es para mí un acertijo. – ¿Creéis que estoy enamorado? – ¡Ayúdeos Dios, si vuestro mal no tiene cura! ¿Y sabéis que tarda don Rodrigo? – ¿Qué tenéis que hacer? – Mucho: por ejemplo, me urge ver á vuestro tío el cocinero de su majestad. – Pues no podéis verlo esta noche. – ¿Cómo? – Va de viaje. Se muere mi tío el arcipreste y va á cerrarle los ojos. – ¡Ah! pues si no puedo ver á vuestro tío, me importa poco que tarde nuestro hombre; entre tanto á dormir me echo. – ¡A dormir! – Sí; he encontrado aquí un poyo bienhechor, y estoy cansado. Y luego, ¿de qué hemos de hablar? No conocéis á esta dama… no puedo aconsejaros á ciencia cierta… me callo, pues, y duermo. Avisadme cuando sea hora. Al sentarse Quevedo se desembozó y dejó ver una línea de luz por un resquicio de su linterna. – ¡Oh! ¡traéis linterna! – dijo el joven. – Nunca voy sin ella. – ¿Me prometéis decirme el nombre de la dama, si os doy algo por lo que podáis venir en conocimiento? – Os lo prometo – dijo Quevedo. – Pues bien, abrid la linterna y mirad. Quevedo abrió la linterna, y Juan Montiño, doblando la carta que su tío había recibido de palacio, y dejando sólo ver el primer renglón que decía: «Tenéis un sobrino que acaba de llegar de Madrid…» mostró aquel renglón á Quevedo. – ¡Y es letra de mujer! – dijo éste. – ¿Pero no la conocéis? – No – repuso Quevedo guardando la linterna. – Voy á ayudaros – añadió el joven – : esta carta ha venido de palacio á mi tío, de mano de una dueña de la servidumbre. – Si no me dais más señas no puedo alumbrar vuestras dudas. ¡Y me duermo, vive Dios, me duermo! – dijo Quevedo bostezando. – Decidme: ¿hay en palacio alguna dama cuya hermosura deslumbre como el sol? – Háilas muy hermosas: ¿la vuestra es esbelta, ligera, buena conversación, morena?.. – No, no; es blanca. – ¿Cómo, pues, sabéis su color si iba tapada? – Una mano… – ¡Ah! es verdad, las tapadas que tienen buenas manos no las tapan. Pues no es la condesa de Lemos – dijo para sí Quevedo. – Era alta, gallarda, muy dama, muy discreta, joven, andar majestuoso… – No conozco dama que tenga más majestad en palacio que la reina. – ¡La reina!.. ¿pero creéis que la reina podría salir sola de noche y ampararse de un desconocido? – ¡Eh, señor Juan Montiño! habláis con demasiado calor, para que yo no sospeche que os ha pasado por el pensamiento que podía ser la reina la dama de vuestra aventura. Creedme, Juan; eso, que si fuera posible, sería para vos una desgracia, es imposible de todo punto. Su majestad la reina… vamos, no pensemos en ello. Es la única mujer que conozco buena y mártir, y la ilustre sangre que corre por vuestras venas os debe decir… – Mi sangre no es ilustre, don Francisco, sino honrada, y por lo mismo, porque dudo, porque me parece imposible, os pregunto, quiero aclarar una duda que me vuelve loco… tenéis razón; si fuese la reina la dama á quien amo… – ¿Pero qué amor es ese?.. un amor de dos horas. – ¡Ay, don Francisco! en dos horas… menos aún, en el punto en que la vi… – ¿Luego la habéis visto? – Sí. – ¿Dónde? – Perdonad, no me pertenece el secreto. – Guardadle, pues; pero entendámonos: ¿decís que habéis visto á esa dama? Dadme sus señas. – No puedo daros seña alguna, porque fué tal el efecto que me causó su hermosura, que cegué. – ¡Vehemente y apasionado como su padre! – murmuró Quevedo. – ¡Qué! ¿habéis conocido á mi padre, don Francisco? Cuando fuísteis á Navalcarnero ya había muerto. – He oído hablar de él – dijo Quevedo. – Pues os han engañado. – Bien puede ser. – Mi padre era lo más pacífico del mundo. – ¡Pobre amigo mío! – dijo Quevedo. – ¿Por quién habláis, por mi padre ó por mí? – Hablo por vos. En cuanto á vuestro padre, bien se está allí donde se está; y en verdad y en mi ánima, que si no fuera por vos, ya estaría yo con él. – ¿En la eternidad? – Decís bien; pero yo me entiendo y Dios me entiende. – ¿Estaréis también enamorado y desesperado? – ¡Enamorado! no lo sé, pudiera ser. ¡Desesperado! no, porque á mí no me desesperan las mujeres. – Soy muy afortunado. – O muy pobre. Pero volviendo á la dama… – Os repito que puedo hablaros de su hermosura, pero no daros señas de ella; os digo que la amo tanto, que si por desdicha fuese esta mujer la reina… – ¿Pero estáis loco, Juan? ¿Acabáis de llegar á Madrid, y ya pretendéis haber tenido una aventura con… su majestad? – ¿Y no pudiera ser? – ¡Poder! Todo puede ser si Dios quiere, puesto que es todopoderoso; pero lo que creo que ha sucedido ya es que habéis perdido el juicio. – Si esa mujer es la reina, lo pierdo de seguro. – Y… ¿por qué? – ¿Por qué? La reina es casada. – ¡Ah! ¿y amáis tanto á vuestra dama, que pretendéis encontrar en ella lo que creo que no se encuentra en ninguna mujer? ¿pretendéis que no haya amado una dama que se sale de palacio de noche y sola, que se agarra al primero que encuentra y le embauca hasta hacerle perder el seso? – Yo no os he dicho que esa dama ha salido de palacio. – Pero yo lo sé. – ¿Y quién os lo ha dicho? – ¡Bah! quien os ha visto. – Me estáis desesperando: vos conocéis á esa dama. – Vos me estáis guardando un secreto. – No es mío. – De la reina. – ¡Ah! ¡no! ¡no! – Escuchad, Juan: yo tengo una obligación mayor de la que creéis de mirar por vos, de guardaros… – ¡Vos! – Sí, yo; es más: por vos he venido á Madrid; por vos necesito ver á vuestro tío. – No os entiendo. – Pues bien podéis entenderme. ¿No somos amigos? – Sí, ciertamente. – ¿No soy yo más experimentado que vos? – Experimentado y sabio. – Pues respetadme por mayor en edad y en saber. Contestadme, joven, y creed, suponed que os habla y os pregunta vuestro padre. Sois nuevo en la corte, y la corte es muy peligrosa. Habéis dado de bruces con palacio y para vos se ha centuplicado el peligro. ¿Para qué esperáis á don Rodrigo Calderón? – Para matarle. – ¿Y por qué? – Porque ha ofendido á esa dama que me enamora. – Me engañáis. – No os engaño. – ¿La ofensa de ese hombre á la dama?.. – Suponerla amante suya. – ¿Y á vos qué os da? – Es inútil que pretendáis disuadirme: estoy resuelto. – Pues sea; me embarco con vos; agito con vos el cascabel de la locura: cometo la primera tontería de que tengo memoria: Cervantes, á quien Dios perdone sus pecados, creyó haber muerto con su Ingenioso Hidalgo don Quijote á los caballeros andantes; pero se engañó, porque aquí estamos dos. Vos porque tenéis ojos, y yo porque tengo corazón y agradecimiento. – ¡Agradecimiento! – Dios me entiende y yo me entiendo. – Pero no os entiendo yo. – Cuando fuí huído á Navalcarnero… y fué por una mujer… siempre ellas… encontré en vos… – Un joven que se volvió á vos asombrado, deslumbrado por vuestro ingenio. – Muchas mercedes. Pues encontré en vos un hermano, y tan agradecido quedé de ello, que en la primera carta que escribí al duque de Osuna, le hablé de vos. – ¡Ah! ¡don Francisco! ¿habéis hecho que llegue mi pobre nombre al gran duque de Osuna? – Y tanto bien vuestro le he dicho, que el duque, que no ha dejado de escribirme á San Marcos, me escribió por último en términos breves pero precisos: «Mi buen secretario: el duque de Lerma os suelta, no sé si porque me teme, ó porque os teme á vos, aunque preso y encerrado. Veníos al punto, pero traeros con vos á ese vuestro amigo Juan Montiño, de cuyos adelantos me encargo.» – ¿Eso os ha escrito el duque y os llamáis agradecido de mí? – Sea como quiera, vengo, os encuentro cuando menos lo esperaba y metido en una aventura, y por fin y postre, me metísteis también en ella. Pues adelante: no siento otra cosa sino lo que tarda el difunto. No había acabado Quevedo de pronunciar estas palabras, cuando rechinó una llave en la cerradura del postigo del duque, se abrió éste, se vió luz y salió un bulto. El postigo volvió á cerrarse. – Ahí le tenéis – dijo don Francisco en voz baja á Juan – . Dejadle que adelante algunos pasos más, y á él. Juan Montiño salió del zaguán y se fué tras aquel bulto. Quevedo se puso en medio de la calleja, y desnudó la daga y la espada. Hemos dicho que la noche era muy obscura. – Defendéos ú os mato – dijo Juan Montiño á dos pasos del que había salido por el postigo. Volvióse éste y desnudó los hierros. – ¿Y por qué queréis matarme? – dijo. Juan le contestó con una estocada. – ¡Ah! vos sois el mismo de antes – dijo don Rodrigo, que él era. – Entonces os desarmé, pero ahora que sé que sois don Rodrigo Calderón, os mato. Al decir el joven estas palabras, don Rodrigo Calderón dió un grito. La daga de Juan Montiño se le había entrado por el costado derecho. Y entre tanto Quevedo daba una soberana vuelta de cintarazos, sin chistar, á un bulto que había venido en defensa de don Rodrigo. Don Rodrigo quiso sostenerse sobre sus pies, pero no pudo; le brotaba la sangre á borbotones de la herida, se desvaneció, vaciló un momento y cayó. Juan Montiño se arrojó sobre él, le desabrochó la ropilla y buscó con ansia en ella: en un bolsillo interior encontró una cartera que guardó cuidadosamente. Don Rodrigo no le opuso la menor resistencia. Estaba desmayado. Entretanto el hombre á quien zurraba Quevedo, no pudo resistir más y huyó dando voces. – Habéis acabado ya por lo que veo, ó más bien por lo que no escucho – dijo Quevedo á Juan Montiño. – Sí, por cierto – contestó Juan. – Ya sabía yo que teníamos difunto; pero ese rufián de Juara va dando voces, y por sus voces pueden dar con nosotros, y con nosotros en la cárcel. Dadme vuestro brazo á fin de que yo pueda andar de prisa, y tiremos adelante. – Adelante, don Francisco, pero tiremos hacia palacio. – ¡Hacia palacio, eh! pues que palacio sea con nosotros. Y marchando con cuanta rapidez les fué posible, que no era mucha á causa de la deformidad de las piernas de Quevedo, salieron de la calleja. Poco después entraban en ella muchos hombres con luces. Aquellos hombres eran los criados que el duque de Lerma había enviado á informarse del suceso. CAPÍTULO XI EN QUE SE SABE QUIÉN ERA LA DAMA MISTERIOSA Quevedo y Juan Montiño tardaron un largo espacio en llegar á palacio, no porque palacio estuviese lejos de la casa del duque de Lerma, sino porque para Quevedo eran largas todas las distancias. Entrambos iban embebecidos en hondos pensamientos y no hablaron una sola palabra durante el camino. Cuando vieron delante de sí la negra masa del alcázar, Quevedo dijo á Montiño: – He aquí que hemos llegado, y que estamos en salvo. Procurad vos no poneros en peligro; ved que palacio es un laberinto en que se pierde el más listo. – Aunque fuese el infierno entraría en él. Me lo manda mi honra. – Pues si tan principal señora os manda, no insisto, amigo Juan, y os dejo, porque supongo que necesitaréis ir solo. – De todo punto. – Pues vóime á dormir; espéroos mañana en el Mentidero. – ¿Cómo en el Mentidero? – Olvidábame de que sois nuevo en la corte. Llaman aquí el Mentidero á las gradas de San Felipe el Real. – ¿Y por qué no esperarme en vuestra casa? – Porque no sé aún si será pública ó privada, mesón de transeuntes ó tránsito de infierno. Quedad con Dios, y sobre todo, prudencia, Juan, prudencia, y no os envanezcáis con los favores de la fortuna. – No sé lo que será de mí – dijo el joven, que estaba aturdido é impaciente. – Pues procurad saber lo que hacéis, y adiós, que no quiero deteneros. – Adiós, don Francisco, hasta mañana. Quevedo se alejó un tanto, y luego al doblar una esquina se detuvo. – ¿Será sino de la sangre de los Girones – dijo – el encontrarse siempre metida en grandes empresas? ¿quién sabe? ¡pero aquí hay algo grave! ¿que no haya leído Lerma delante de mí la carta de la duquesa? ¿que no haya yo podido ver lo que ha hecho ese noble joven, en el breve espacio que ha estado inclinado sobre don Rodrigo Calderón, entretenido en detener á ese bergante de Juara? pero puedo ver algo… y algo tal, que sea una chispa que me alumbre. Pues procuremos ver. Y se encaminó recatada y silenciosamente á la puerta de las Meninas, y con el mismo recato miró al interior. Bajo un farol turbio estaba parado Juan Montiño. – ¿Conque le esperan? ¿conque le han citado? ¿quién será ella? – dijo Quevedo. Pasó algún tiempo; Juan Montiño esperando, y don Francisco observándole. Oyéronse al fin leves pasos que parecían provenir de unas estrechas escaleras, situadas cerca del joven; luego los pasos cesaron y se oyó un siseo de mujer. – ¡Ah! ¡ya pareció ella! – dijo Quevedo – ; ¿pero quién será? Entre tanto Juan Montiño se había dirigido sin vacilar á las escaleras, y desaparecido por su entrada. Sigámosle. A los pocos peldaños una dulce voz de mujer, aunque anhelante y conmovida, le dijo: – ¡Ah! ¡gracias á Dios que habéis venido! Era la misma voz de la dama tapada á quien Montiño había acompañado aquella noche. La escalera estaba á obscuras. – ¡Señora! – dijo Montiño. – ¡Silencio! – replicó la dama – ; no habléis, seguidme y andad paso. – ¡Pero si no veo! – ¡Ah! es verdad. – Si no me guiáis… – Dadme, pues, la mano – dijo la dama con un acento singular en que se notaba la violencia con que apelaba á aquel recurso. – ¿Dónde estáis? – Acercad más. – Ya que me dais la mano, señora… – Os la presto… – Pues bien, prestadme la derecha. – Seguid y callad – dijo la dama, poniendo en la mano de Juan Montiño una mano que hablaba por sí sola en pro de lo magnífico de las formas de la dama. – ¡La que tiene una mano tal…! – dijo para sí Montiño. Y acarició con deleite en su imaginación el resto de un pensamiento. Asido por la dama, seguía subiendo. Terminada la escalera, atravesaron un espacio que debía ser estrecho, porque el traje de la dama, ancho y largo, chocaba con las paredes. La dama se detuvo y abrió con llave una puerta. Pasaron y la dama tornó á cerrar. Y siguieron adelante. – ¡Oh! ¡vuestras espuelas! – exclamó – ¡nos hemos olvidado de que os las quitáseis! – Pues me las quitaré – dijo Montiño. – No, no, seguid adelante; en esta galería no podemos detenernos; ¡oh Dios mío! Y la dama siguió andando de prisa. Al cabo de un buen espacio de marcha por habitaciones obscuras y sonoras, la dama se detuvo y soltó la mano de Montiño. – ¡Ah! – dijo el joven. – Hemos llegado – contestó ella. Y sonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta. Al fondo de una habitación, al través de la puerta de otra, vió Montiño el reflejo de una luz. Vió también que la dama que hasta allí le había conducido, estaba tan envuelta en su manto como cuando la encontró en la calle. – Entrad – dijo la dama. Montiño entró. – Esperad aquí – repitió la dama. Montiño se detuvo junto á la puerta. La tapada adelantó rápidamente, atravesó la puerta por donde penetraba el reflejo de la luz, y luego Montiño oyó el ruido de dos llaves en dos puertas distintas. Luego la dama se asomó á la segunda puerta, y dijo: – Pasad, caballero. Montiño pasó. Y entonces, por la parte de afuera de la puerta, se oyó una voz ronca que dijo: – ¿Quién será ese hombre con quien ella se encierra? Yo no lo creyera á no verlo. ¡Las mujeres! ¡las mujeres! Y luego se oyeron unos tardos pasos que se alejaban. Entre tanto Montiño, siguiendo á la dama tapada siempre, había atravesado dos hermosas cámaras alfombradas, amuebladas con riqueza, en muchos de cuyos muebles, reparados al paso por el joven, se veían las armas reales de España y Austria. Al fin la dama se detuvo en una cámara más pequeña. Sobre una mesa había un candelero de plata con una bujía, única luz que iluminaba la cámara, y junto á la mesa un sillón de terciopelo. – Sin duda que comprendéis por qué os he llamado – dijo con severidad la dama. Juan Montiño, que se había descubierto respetuosamente dejando ver por completo su simpático y bello semblante y su hermosa cabellera rubia, sacó en silencio de un bolsillo de su jubón el brazalete real de que se había apoderado y que en tantas confusiones le había metido, y le entregó á la dama. – ¡Ah! – exclamó ésta tomándole con ansia. – Habíais dudado de mí, señora – dijo Montiño con acento de dulce reconvención. – Habéis hecho mal, prevaliéndoos de la casualidad que puso entre mis manos esta joya. – Perdone vuestra majestad… – dijo el joven, y la dama no le dejó tiempo de concluir. – ¡Mi majestad! – exclamó con asombro, volviendo con terror el rostro á una puerta cubierta con un tapiz. – Creed, señora – dijo Juan Montiño, que vió una afirmación en la sorpresa, en el cuidado, casi en el terror de la tapada – , creed, señora, que nada exponéis, nada, con quien es hijo de un hombre que ha vertido su sangre por sus reyes… y mi lealtad y mi respeto hacia vuestra majestad… – ¡Pero esto es horrible! ¡me creéis la reina! – Llevábais en el brazo esa joya que tiene las armas reales de España. – ¿Conocéis á… la reina? – Ya dije á vuestra majestad… – Dejáos de importunas majestades – exclamó la dama con un acento en que había angustia, mirando de nuevo á la puerta cubierta por el tapiz – ; tratadme lisa y llanamente como á una dama honrada, y concluid. ¿Ha visto alguien esta joya? – ¡Señora! – exclamó con el acento de un hombre profundamente ofendido Montiño. – Perdonad, pero fuísteis atrevido é imprudente… – Yo creía que érais otra mujer… una dama principal y nada más, y quise que me quedase algo vuestro por donde pudiera encontraros. Cuando vi esa joya, ya no tenía remedio… ya habíais desaparecido… entonces me pesó haberos hecho escuchar… – ¿Palabras de amor?.. – dijo riendo la dama, que se tranquilizó porque en la turbación, en las miradas del joven había comprendido su alma. – Os ruego otra vez que me perdonéis. – ¡Pero, caballero, si no me habéis ofendido! únicamente me habéis dado un susto horrible, porque había quedado en vuestro poder esta joya y yo no os conocía. Ni vos ni yo hemos tenido la culpa de lo que ha sucedido – añadió la dama volviéndose de nuevo á la puerta de los tapices – ; yo me vi obligada á ampararme de vos, y vos, que por una circunstancia casual me habíais visto, y habíais dado en el capricho de enamoraros de mí… – ¡Señora! – Os hablo así porque no soy la reina. – Y entonces, ¿por qué no os descubrís? – Ni puedo, ni debo. – Pues permitidme que dude. – Venid acá, testarudo y niño: ¿creéis que la reina os hubiese dado como prenda la sortija que os dí? – Por deshaceros de mis importunidades. Hizo un movimiento de impaciencia la tapada. – ¿Pero cabe en quien tenga razón que su majestad salga de palacio, de noche y sola, y se ampare de cualquiera, y charle con él, y tenga, casi casi, una aventura? – Cuando la causa es grave… cuando una reina está á punto de ser horriblemente calumniada… – ¿Qué decís?.. – No tembléis señora – dijo Montiño desnudando su daga sangrienta y mostrándola á la dama. – ¿Y qué es eso? – Sangre de don Rodrigo Calderón. – ¡Ah! – exclamó con alegría la dama. – Sí; la reina estaba amenazada. – ¿Amenazada? ¿insistís en que yo soy… la reina? – ¿Creéis acaso que he herido ó muerto á don Rodrigo cuando le detuve para que no os siguiese? Entonces le desarmé. – ¿Pues cuándo le habéis herido? – Hace media hora; cuando salía don Rodrigo de casa del duque de Lerma; era preciso quitarle unas cartas… – ¿Unas cartas? – Tomad, señora – dijo Montiño, sacando una cartera de terciopelo blanco bordado de oro, sobre la cual se veían manchas de sangre fresca. La tapada abrió la cartera, sacó de ella un paquete de cartas y las contó. Contó seis. – Eran cuatro – dijo – , y éstas… del conde de Olivares… del duque de Uceda. Juan Montiño no pudo entender estas palabras que la dama había murmurado. Luego reunió aquellas cartas, las guardó en la cartera y dejó ésta sobre la mesa. – ¿Habéis visto estas cartas? – No, señora. – ¿Habéis hablado á alguien de ellas? – No, señora. – ¿Quién os dijo que don Rodrigo tenía estas cartas? – Mi tío. – ¡El cocinero de su majestad! – exclamó con un acento singular la dama – ; ¿y qué os dijo vuestro tío? – Me llevó á un lugar donde me ocultó y me dijo: ese es el postigo del duque de Lerma; por ahí saldrá probablemente don Rodrigo Calderón; espérale, mátale, y quítale las cartas que comprometen á su majestad. – ¿Pero cómo ha sabido vuestro tío?.. – Lo ignoro. Quedóse por un momento profundamente pensativa la dama. – Yo creía no volveros á ver – dijo – , y si os dí como prenda mía una sortija, por la cual no podíais reconocerme, fué por concluir con vuestras importunidades. Yo esperaba que no me volvieréis á ver, porque vivo muy retirada. Pero cuando de tal modo os habéis equivocado… – ¡Oh! ¡dichoso yo, si no sois su majestad! – ¿Por qué? – Porque si fuérais su majestad… ¡oh! ¡Dios mío! moriría de una manera doble… y perdonadme, señora… pero necesito hablaros de mi amor por la última vez: si sois la reina, mi lealtad, mi deber, me obligan á sufrir, á callar, á guardar para mí solo este amor que yo no he buscado… y luego, ¡al veros de otro hombre!.. ¡casada!.. ¡oh, Dios mío!.. – ¿Pero es posible que me améis de tal modo?.. – Vuestra hermosura… la ocasión en que os vi… la aventura que sobrevino… yo no sé, señora, no sé por qué os amo; pero sé y os lo digo por la última vez, que este amor, que ha sido el primero para mí, será también el último. Hizo un movimiento de impaciencia la dama. – ¿De modo que – dijo – si no me descubro, dudaréis acerca de mí? ¿es decir, dudaréis acerca de si yo soy la reina ó una dama particular? – Y si no sois su majestad; si, como me habéis dicho al principio de la noche, no tenéis esposo ni amante, ¿por qué os obstináis en no descubriros? – Porque quisiera que se os pasase esa mala impresión, que por mi desdicha os he causado en sólo un momento que me habéis visto; porque no quiero que alentéis ninguna esperanza. – ¡Ah! pues entonces, permitidme dudar… – No dudéis, pues – dijo la dama echando atrás el manto, y dejándose ver á Juan Montiño. – ¡Ah! – exclamó el joven – ; ¡sí, vos sois el hermoso sol que me deslumbró! Y cayó de rodillas, como quien adora, á los pies de la dama. – Dejáos, dejáos de niñerías – dijo ella – ; tal vez nos observan; alzáos, y hablemos aún algunas palabras… pero no de amor. ¿Estáis ya seguro de que no soy la reina? – Sí, sí; estoy seguro de ello – exclamó con entusiasmo el joven – ; aunque no conozco á su majestad; porque estoy segurísimo que la reina no es tan joven ni tan hermosa. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿y no me amaréis? – Ya os he dicho que no me habléis de amor. Vuestro amor sería una locura… es imposible. – Porque vuestro corazón me rechaza… – No, no precisamente por eso… mi corazón ni os acoge ni os rechaza… pero… os lo repito… nuestros amores son imposibles. – Habéis dicho nuestros amores. – He querido decir – contestó con impaciencia la dama – que el logro de vuestros amores es imposible. – Os disgusto y lo siento. – Pues bien, no me habléis más de amor. – Callaré; pero una palabra, una sola palabra: ¿no podré veros? – Siendo como sois sobrino del cocinero mayor del rey, y viniendo como vendréis por esta razón, con frecuencia, á palacio, me veréis de seguro. – ¿Pero vos no haréis nada porque yo os vea? – No – respondió fríamente la dama. – ¡Ah! perdonad, señora. – Estáis perdonado; ahora sepamos: ¿habéis muerto á don Rodrigo Calderón? – No lo sé, señora; sólo sé que le he tirado á muerte. – ¿Os ha conocido don Rodrigo? – No lo sé, porque un hombre me seguía. – ¿Os acompañaba alguien? – Sí… sí… señora – dijo vacilando Montiño. – ¿Quién os acompañaba? – Don Francisco de Quevedo. – ¡Ah! ¿está don Francisco en la corte? – exclamó con precipitación la dama. – Creo que, como yo, ha llegado á ella esta noche. – Y… ¿sois amigo de don Francisco?.. – ¡Oh! ¡sí! y débole tanto, como que me ha dicho que me ha recomendado al duque de Osuna, y que el duque de Osuna le ha encargado que me busque y me lleve consigo á Nápoles. – ¡Ah! ¡el duque de Osuna! Y la dama miró con una profunda atención á Juan Montiño, y se puso pálida; pero sobreponiéndose añadió: – Y decidme, ¿estaba con vos don Francisco cuando reñísteis con Calderón? – Tan conmigo estaba, que reñía al mismo tiempo con otro hombre que sin duda servía á don Rodrigo. – ¿Sabe don Francisco lo de las cartas? – ¡Ah! no, señora; por mi boca no lo sabe nadie más que vos. – Permitidme que os lo pregunte otra vez. ¿No habéis leído esas cartas? – Por mi honra de hidalgo y por mi fe de cristiano, señora, bastaba con que yo supiese que esas cartas eran de su majestad, para que yo no pusiese en ellas los ojos. – Esperad, esperad un momento, caballero – dijo la dama. – Esperaré cuanto queráis. – Vuelvo al punto. La dama tomó la cartera y el brazalete de sobre la mesa, desapareció por la puerta de los tapices, y estuvo gran rato fuera dando tiempo con su tardanza á que Juan Montiño, yendo y viniendo en su imaginación con todo lo que le acontecía, con todo lo que sentía y con la noble, dulce y resplandeciente hermosura de la incógnita, acabase de volverse loco. Al fin la dama apareció de nuevo. Traía una carta en la mano, y en el semblante la expresión de una satisfacción vivísima. – Su majestad – dijo – os agradece, no como reina, sino como dama, lo que habéis hecho en su servicio; su majestad quiere premiaros. – ¡Ah, señora! ¿no es bastante premio para mí la satisfacción de haber servido á su majestad? – No, no basta. Sois pobre, no necesitáis decirlo… – Sí, pero… – Dejémonos de altiveces… recuerdo que me dijísteis que érais ó habíais sido estudiante en teología… pero que os agradaba más el coleto que el roquete. – ¡Ah! sí, señora, es verdad; soy bachiller en letras humanas, y licenciado en sagrada teología y leyes. – Y bien, ¿queréis ser canónigo? – dijo la dama mirando á Juan Montiño de una manera singular. – Si soy canónigo no puedo alentar la esperanza de que por un milagro seáis mía. – Dejemos, dejemos ese asunto… ya que no queréis ser canónigo… ¿os convendría ser alcalde? – ¡Oh! tampoco; soldado de la guardia española al servicio inmediato de su majestad; así os veré cuando haga las centinelas; os veré pasar alguna vez á mi lado. – Y veréis pasar otras muchas hermosas damas. – Para mí no hay más que una mujer en el mundo. – Contadme por vuestra amiga, por vuestra hermana – dijo la joven tendiéndole la mano – ; otra cosa es imposible. Pero abreviemos, que ya es tarde. Tomad esta carta y llevadla á quien dice en la nema. – «Al confesor del rey, fray Luis de Aliaga. – De palacio. – En propia mano» – leyó el joven. – ¿Y en qué convento mora el confesor de su majestad? – En el de Nuestra Señora de Atocha… extramuros… ¡ah! y no me acordaba… esperad, esperad un momento. Y la dama salió y volvió al poco espacio con otro papel. – Tomad: es una orden para que os abran el portillo de la Campanilla, que da al convento de Atocha; bajad á la guardia, buscad al capitán Vadillo y mostradle esta orden; él os acompañará y hará que os abran el postigo, y seguirá acompañándoos hasta Atocha; una vez en el convento, preguntad por el confesor del rey y mostrad el pliego que os he dado; seréis introducido. Ahora bien; como en vez de ser canónigo ó alcalde, queréis ser soldado, decid al padre Aliaga que deseáis ser capitán de la guardia española del rey. – ¡Capitán á mi edad, cuando mi padre pasó toda su vida sirviendo al rey para serlo! – ¡Ah! ¡vuestro padre no ha sido más que capitán! – dijo con un acento singular la dama, fijando una mirada insistente en Montiño – . Yo creía que fuese más. Pero no importa; si vuestro padre tardó en ser capitán, en cambio vuestro padre no hizo, de seguro, al rey un servicio tal como el que vos le habéis hecho esta noche, porque sirviendo á la reina habéis servido al rey y á España. Decid, pues, á fray Luis de Aliaga que deseáis ser capitán de la guardia española del rey. – Pero… yo no pedía tanto. – Se os manda… se necesita que seáis capitán – dijo severamente la dama. – ¡Ah! ¡de ese modo! – Id, pues. – Una palabra. – ¡Qué! – ¿Sois dama de la reina? – No, soy su menina. – ¡Ah! su menina… y vuestro nombre, vuestro adorado nombre. – Doña Clara Soldevilla, hija de Ignacio Soldevilla, coronel de los ejércitos del rey – contestó la dama. – ¡Ah! no en vano os llamáis Sol… – Pero concluyamos, caballero. Vos tenéis que ir á Atocha. Yo me he detenido ya demasiado. – Adiós, pues – dijo Juan Montiño, tomando una mano á doña Clara y besándola. Y se dirigió á la salida. – Esperad, están cerradas las puertas – dijo doña Clara, tomando una bujía y precediéndole. Abrió en silencio dos puertas, y al abrir la exterior, Juan se volvió y quiso hablar, como si le costase un violento sacrificio separarse de doña Clara. – Es tarde… adiós, señor capitán, adiós. Hasta otro día – dijo doña Clara, y cerró la puerta. – ¡Hasta otro día! – exclamó el joven – . Noche será para mí y noche obscura el tiempo que tarde en volveros á ver, doña Clara. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! no sé si alegrarme ó entristecerme con lo que me sucede. Y Juan Montiño tiró la galería adelante, bajó unas escaleras y se encontró en el patio, y poco después, dirigido por un centinela, en el cuerpo de guardia, donde, habiendo hecho llamar al capitán Vadillo, le mostró la orden. – Aquí me mandan que os acompañe al monasterio de Atocha – dijo el capitán, que era un soldado viejo – . En buen hora; dejadme tomar la capa y vamos allá, amigo. Poco después, el joven y el capitán cruzaban las obscurísimas calles de Madrid. CAPÍTULO XII LO QUE HABLARON LA REINA Y SU MENINA FAVORITA Doña Clara entró en una pequeña recámara magníficamente amueblada. En ella, una dama joven y hermosa, como de veintisiete años, examinaba con ansiedad, pero con una ansiedad alegre, unas cartas. Aquella dama era la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III. – ¡Oh, valiente y noble joven! – dijo la reina – : Dios nos lo ha enviado. Clara, sin él, ¿qué hubiera sido de mí? – Dios, señora, jamás abandona á los que obran la virtud, creen en él y le adoran. – ¡Oh, mandaré hacer en cuanto tenga dinero para ello, una fiesta solemne á Nuestra Señora de Atocha y la regalaré un manto de oro! ¡Oh, bendita madre mía, si yo no tuviera estas cartas en mi poder! Y los hermosos ojos de la reina se llenaron de lágrimas. – Por estas cartas hubiera yo dado mi vida – añadió – . Y dime, Clara, al saber que yo ansiaba tanto tener esas cartas, ¿no has sospechado de mí? – He sospechado – dijo Clara sonriendo y fijando una mirada de afecto en la reina – , he sospechado que vuestra majestad, arrastrada por su buen corazón, por su virtud, por el deber que tiene de velar por los reinos de vuestro esposo, no había meditado bien, no había estudiado al hombre en quien había depositado su confianza, y se había comprometido por imprevisión. – Explícate, explícate, por Dios, Clara. – ¿Qué explicación se necesita? esas cartas… estoy segura de ello, son citas á don Rodrigo Calderón; citas, no ciertamente de amor, pero que tal vez puedan parecerlo. – Yo no te había hablado nada de estas cartas; hasta hoy no te había dicho nada de mis secretos hasta que he necesitado recobrar estas cartas, pero han venido á tus manos… ¿las has leído? – ¡Señora! – exclamó con el acento de la dignidad ofendida doña Clara. – Pues bien, léelas. – ¡Ah, no; no, señora! – dijo la joven rechazando con respeto las cartas que le mostraba la reina. – Te mando que las leas – dijo con acento de dulce autoridad Margarita de Austria. Doña Clara tomó cuatro cartas que le entregaba la reina, abrió una y se puso á leerla en silencio. – Lee alto – dijo la reina. Doña Clara leyó: «Venid esta noche á las dos; yo os esperaré y os abriré. No faltéis, que importa mucho. —Margarita.» – Otra – dijo la reina. «Os he estado esperando y no habéis venido; ¿en qué consiste esto? ya sabéis cuánto me importa que vengáis. Os ruego, pues, que no me obliguéis á escribiros otra vez. Venid por el jardín á las doce y encubierto. —Margarita.» – Otra – repitió la reina con acento grave. – Es urgente, urgentísimo, que vengáis esta noche; os espero con impaciencia. Nada temáis contando conmigo; atrevéos á todo. Esta noche, á la una, hablaremos más despacio. Venid. —Margarita.» – La última – dijo la reina con acento opaco. «Lo que me pedís es imprudente. Decís que nuestras entrevistas son peligrosas en palacio. Desde el momento conocí el peligro. Pero me interesaba demasiado veros, oíros, hacerme oír de vos, tratar con vos de lo que tanto importa á mi dignidad como mujer, á mis deberes como reina y como esposa, y no he vacilado un punto, confiada de vuestra lealtad. Pero me exigís que salga fuera de palacio, y esto no lo haré jamás. Yo podría justificar, en un caso desgraciado, vuestra presencia en mi recámara; ¿pero cómo podría justificar mi ausencia de palacio, si por desgracia se notaba, ó mi presencia en un lugar extraño si un accidente cualquiera me descubría? Renunciad á ese peligrosísimo medio, y venid; seguid confiando en mí. —Margarita.» – Quema esas cartas – dijo la reina. Doña Clara las quemó una á una á la luz de una bujía. – Ahora bien – dijo la reina cuando la joven hubo concluído su auto de fe – ; después de haber leído esas cartas, ¿qué piensas de mí? – Pienso lo mismo que he pensado siempre: que vuestra majestad se ha comprometido por el bien de sus reinos y por recobrar su dignidad. – Más claro, más claro – dijo con impaciencia Margarita de Austria. – En esas cartas no veo lo que tal vez podrían haber visto otros: una prueba contra la virtud de vuestra majestad; no, yo no veo eso; conozco demasiado á vuestra majestad para que pueda dudar ni un solo momento de su virtud. Veo una conspiración. – ¡Ah! ¡ves una conspiración! – Sí, por cierto, y una conspiración justa, y más que justa necesaria contra el duque de Lerma. Sólo que vuestra majestad ha elegido un instrumento que le ha hecho traición. – Un día – dijo la reina reclinándose en su sillón y apoyando su bello semblante en una de sus bellísimas manos – cazaba el rey en El Pardo; entre los caballeros que acompañaban al rey iba don Rodrigo Calderón, que acababa de ser creado conde de la Oliva y estaba al pie de mi carroza, desempeñando accidentalmente el oficio de caballerizo. La carroza se había detenido en una encrucijada, por donde decían los monteros que debía pasar el jabalí. Me rodeaba mi servidumbre, á caballo, y cuatro damas que me seguían estaban detrás en otra carroza. Hacía mucho calor, y yo sudaba. Pedí agua, y don Rodrigo partió y volvió al punto, trayéndomela en un vaso de oro. El vaso era bellísimo, y yo noté que no era de las vajillas de palacio – .¿Este vaso es vuestro? – le pregunté – . Ese vaso no puede ser mío – me contestó – después de haber bebido en él vuesta majestad. – No importa, guardadlo – le contesté – . Don Rodrigo lo tomó, y dijo: – Lo guardaré como un testimonio de honra mientras viva, y después de muerto, si para entonces tengo hijos, se lo legaré como una reliquia – . Todo esto fué dicho con respeto, en estilo cortesano, con dignidad y con un grave acento de lealtad; poco después sonaron bocinas y ladridos de perros, y voces que gritaban: – ¡El jabalí! ¡el jabalí! – Yo asomé la cabeza por la ventanilla de la carroza, y al ver un animal monstruoso que adelantaba con una rapidez horrible por el sendero junto al cual estaba mi servidumbre, grité: – Apartáos, caballeros, apartáos, yo os lo permito – . Unos por miedo, otros por afición á la caza, se apartaron lejos ó siguieron al jabalí; don Rodrigo no se movió de junto á la portezuela, á pesar de que el jabalí pasó tan cerca de él que le hirió, aunque débilmente, el caballo, y quedó solo al lado de la carroza; toda mi servidumbre: picadores, monteros, guardias, se habían alejado. En aquel momento, don Rodrigo me dijo: – ¿Puedo alcanzar de vuestra majestad un momento de audiencia? – ¿Y para qué, caballero? – le contesté. – Para que yo pueda mostrar á vuestra majestad mi respeto y el interés que me inspira como reina y como dama. – Explicáos – le dije con severidad. – El duque de Lerma es enemigo de vuestra majestad – . ¿Qué queréis decir? – Que vuestra majestad tiene un gran interés de dar en tierra con el duque de Lerma, lo que será muy fácil á vuestra majestad si se vale de mí. – ¡Vos sois secretario del duque de Lerma! – Por lo mismo, señora, porque sé sus secretos, sé que se atreve á todo, y que obra como traidor y villano respecto á vuestra majestad. – Basta; lo que me tengáis que decir me lo diréis en un memorial. – ¿Y cómo podré dar á vuestra majestad ese memorial, rodeada como está vuestra majestad siempre de enemigos pagados por el duque? – Dejad esta tarde vuestro memorial en uno de los mirtos que están bajo los balcones de mi recámara, en el palacio de El Pardo – . Y me retiré al interior de la carroza. Don Rodrigo no me habló ni una palabra más. Poco después volvió la servidumbre, acabó la cacería y nos volvimos á palacio. Aquel día, como otros muchos, comí separada del rey, en mi cámara, y su majestad no vino á pasar la velada conmigo. En cambio, el duque de Lerma me hacía notar, en cuantas ocasiones estaba delante de mí, el peso de su superioridad. Esta era insoportable, lo era y lo es… insoportable de todo punto. Tú lo sabes, Clara – añadió la reina… – yo no tengo esposo… tú, nadie mejor que tú, sabe que el rey no me ama. – ¡Ah! ¡señora! – exclamó doña Clara – ; ¿vuestra majestad duda también? – No, no; yo no tengo celos de tí, ni puedo tenerlos: primero, porque conozco tu corazón y tu altivez… tu virtud, más bien; segundo, porque si me importa mucho mi dignidad como esposa y como reina, no me importa tanto el poseer el corazón del rey. Te hablo ahora como te he hablado siempre, desde poco tiempo después de conocerte: como á una hermana. Entre nosotras, Clara, no hay secretos. Tú sabes cuál es mi vida. Tú sabes cuál es mi lucha. No amo al rey, pero le respeto… No le ruego, pero me ofende que vasallos se atrevan á mandar en mi casa, y nieta, y hermana, y esposa de rey, no puedo sufrir con paciencia que el trono donde yo me siento esté hollado por traidores; que el rey, á quien estoy unida por la religión y por las leyes, autorice el robo, la tiranía, los cohechos, las infamias de esa especie de gran bandido, que se llama don Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma, y más que secretario del despacho, verdadero rey de España. No puedo sufrir esto sin olvidarme de quién soy yo, y de quién es él; de que tengo esposo, de que tengo vasallos, y de que ese esposo está dominado y esos vasallos oprimidos; yo no puedo olvidar y no lo olvido, que España ha sido grande, poderosa, temida, ni puedo ver sin rubor y sin cólera, que hoy está pobre, vendida por todas partes, insultada, á punto de ser deshecha. No, yo no puedo olvidar lo uno, ni sufrir pacientemente lo otro. Odio á Lerma, y he conspirado, conspiro y conspiraré contra él. Mi conspiración ha estado á punto de costarme la honra, y todavía puede costarme la vida. – ¡Ah, señora! ¿Se atrevería ese hombre? – A todo, á todo por sostener su soberbia; pero el misterio consiste en si me matará él á mí, ó en si yo le mataré á él. – ¡Matarle! – Sí, su cabeza, nada menos que su cabeza; su cabeza en un cadalso público; una vez por tierra esa cabeza… – Se levantará otra más soberbia. – Haya yo puesto el pie sobre uno de esos ambiciosos y rapaces aventureros, y nada temo; como haya caído el uno caerán los otros; pero sigo la relación de mi conocimiento con don Rodrigo. Aquella noche, apenas me quedé sola, llamé á mi buena camarera mayor, la duquesa de Gandía, y á pretexto del calor bajé con ella á los jardines. Cuando me retiré, cerca ya de la puerta, mandé á la duquesa que fuese al banco donde había estado sentada por mi pañuelo, que había dejado olvidado de intento. La duquesa se alejó; el lugar á donde la había enviado estaba algo lejos. Entonces fuí al mirto donde al principio de la noche había visto desde detrás de las celosías de mi balcón poner un papel á don Rodrigo. En efecto, encontré un papel doblado entre el ramaje del mirto, y tuve tiempo de ocultarle antes de que volviese la duquesa. Cuando me quedé sola, retirada en mi dormitorio, leí aquel memorial; en él don Rodrigo manifestaba de la manera más clara, y con la indignación más profunda, el estado en que se encontraban el rey y España, dominado el uno por el favorito, mancillada, desangrada, robada por el favorito la otra; el golpe que pensaba darse á los moriscos, las descabelladas empresas contra Inglaterra, el descuido con que se veía venir á la Liga contra España sin conjurarla; los cohechos, el robo, la malversación de las rentas reales, la depreciación de la moneda, la corrupción de la justicia, los más altos oficios del reino en la familia de Lerma; su tío, inquisidor general; su hijo, gentil hombre del príncipe… sus hechuras puestas como espías alrededor del trono; cerrado al vasallo el camino hasta el rey, todo dominado, todo usado en provecho propio, convertido el clero por su interés al interés del favorito; alejados de España los buenos españoles; todo vendido, todo profanado, todo enlodado; cuantas miserias, en fin, cuantas infamias, cuantas traiciones puedan suponerse de un hombre; y todo esto robustecido con pruebas, aunque yo no las necesitaba porque harto bien conozco por mí misma á Lerma; todas estas pruebas expuestas con claridad, con nobleza, con desinterés, con lealtad, como conviene á un buen vasallo; don Rodrigo logró interesarme con su memorial, no sólo porque creí ver en él al hombre de honor interesado por su rey y por su patria, sino porque en él también vi al profundo hombre de Estado. ¿Pero á qué cansarme inútilmente? – dijo la reina levantándose, yendo á un secreter, tomando de él un papel y dándosele á doña Clara – : he aquí el memorial de don Rodrigo. Doña Clara miró aquel papel. – ¡Ah, infame! – dijo – ; ni un sólo momento ha pensado en ser leal á vuestra majestad. – ¡Cómo!, yo creo que cuando don Rodrigo escribió su memorial obraba de buena fe. – Esta no es su letra, señora. ¡Que no es su letra! ¿Y cómo lo sabes tú? – Como que me ha escrito más de una y más de tres cartas de amor. Pero yo he sido más cauta. He tomado las cartas, pero ni las he contestado, ni las he creído. – ¿Y estás segura de que esa no es la letra de don Rodrigo? – Segurísima; como que la primera carta que me dió, se la vi escribir en la sala de las Meninas un día que estaba de guardia. – Bien, no importa – dijo la reina. – Sí; sí, por cierto – dijo doña Clara – ; importa demasiado, y cuando se está en una lucha tan peligrosa como la que vuestra majestad sostiene con ese miserable, es necesario no dejar pasar nada desapercibido. No, no está escrito este memorial de su mano, y siendo tan importante lo que en este memorial se contiene, indica que hay otro traidor desconocido que sabe los secretos de vuestra majestad. La reina se puso levemente pálida. – Dios nos ayudará, sin embargo – dijo – , como ya ha empezado á ayudarnos procurándonos á ese joven, que indudablemente es leal. – Y amigo de don Francisco de Quevedo… que está en la corte. – Pues bien; nos valdremos de don Francisco por medio de ese joven, que pronto será también de palacio y además está enamorado como un loco de ti y con razón… Doña Clara se puso encendida. – Además – dijo la reina, que había quedado pensativa – ; podemos contar con otra persona más importante de lo que parece… – ¡Una persona importante! – Importantísima. – ¿Y quién es esa persona? – Ven, ven – dijo la reina – , trae una bujía. Y marchando delante de doña Clara, fué á su dormitorio. – Aquí hay una puerta – dijo la reina señalando un lugar de la tapicería. – Muy oculta debe de ser – dijo doña Clara – , porque no se conoce. – Sin embargo la hay, y explica cómo han podido entrar hasta aquí las misteriosas cartas que me avisaban secretos graves, que me ponían al corriente de lo que pasaba en el cuarto del rey; en que me proponían, por último, el castigo de Calderón. – ¿Y cómo ha descubierto vuestra majestad esa puerta? – Cuando esta mañana encontré sobre la mesa la carta que viste en que se me avisaba que don Rodrigo llevaba siempre sobre sí mis cartas, y se me ofrecía darme esas cartas por mil y quinientos doblones, me propuse averiguar quién era el que de tal modo, burlando el particular interés de la duquesa de Gandía y la presencia de la servidumbre, lograba penetrar hasta mi dormitorio. Cuando tú saliste esta noche en busca de los mil y quinientos doblones, con pretexto de recogerme en el oratorio, mandé á la duquesa que me dejase sola: entonces apagué las luces del dormitorio, y con una linterna preparada me escondí detrás de las colgaduras del lecho. Pasó bien media hora, y ya empezaba á impacientarme cuando sentí pasos. Preparé la linterna. Pero la persona que se acercaba traía luz: entró precipitadamente en el dormitorio, y miró con avidez: era la duquesa de Gandía, que siguió adelante y entró en el oratorio. Poco después salió pálida, aterrada, murmurando: ¡Dios mío! ¿dónde está la reina? – ¡Ah! ¡señora! ¡ha estado perdida vuestra majestad para la camarera mayor! – ¡Oh, sí! y me alegro, me alegro, porque se ha llevado un buen susto. – Susto del que ha salido, porque al fin ha parecido su majestad… ¡acostada! – Sí, sí, lo que no ha contrariado poco á la buena doña Juana por su torpeza en no mirar el lecho. Pero no hablo yo de ese susto, sino de otro mayor. – ¡De otro mayor! – Sí por cierto: á poco de haber salido la duquesa, volvió á entrar más pálida y más conmovida, fijó una mirada cobarde en el lecho y volvió á repetir, ¿Dónde está la reina? ¡no parece su majestad! ¿qué es esto, Dios mío? Si yo hubiera estado en una situación menos ambigua que escondida tras el cortinaje, hubiera salido, dejando para otra ocasión mi acechadero, me hubiera dado á luz y me hubiera reído del terror de la duquesa; pero un no sé qué me retuvo inmóvil. Oí á la duquesa murmurar algunas frases acerca de lo que se cuenta en las apariciones en el alcázar de la desgraciada Isabel de Valois, y de repente sonó un portazo; cayóse el candelero de las manos de la duquesa, quedó el dormitorio á obscuras, y oí una voz de hombre que amenazaba á la duquesa con revelar no sé qué secretos suyos si no callaba acerca de lo que sucedía. La duquesa dió un grito y huyó. Luego oí pasos recatados sobre la alfombra en dirección á la mesa. Entonces, encomendándome á Dios, salí de mi escondite y abrí la linterna. Vi un hombre, y en la tapicería una puerta abierta, una puerta que yo no conocía: aquel hombre cayó de rodillas á mis pies. Aquel hombre era… el hombre más despreciado de palacio, el tío Manolillo: el loco del rey. – ¡Ah! ¡el loco de su majestad! – exclamó doña Clara – ; ¿y ese hombre era el autor de las cartas que aparecían tan misteriosamente? – Sí. – Y al verse cogido… – Se repuso, y me dijo con su acostumbrada insolencia de bufón: – He aquí un loco cogido por una loca; porque tú, mi buena señora, hace mucho tiempo que estás haciendo locuras. ¿Qué te va á ti en que España se pierda ó se gane, y en que el rey no haga de ti tanto caso como de su rosario? En cuanto á lo uno, allá se las compongan ellos, que quien sufre los palos, merecidos los tiene; y en cuanto á lo otro, alégrate: así el rey mi amigo no se hubiera acordado de ti. – ¿Son tuyas las cartas que he encontrado sobre esa mesa? – Mías han sido hasta que han sido tuyas. – ¿Y cómo sabes tú que don Rodrigo?.. – ¡Bah! don Rodrigo es muy hablador; no quiere que se le entorpezca la lengua, y la usa de punta y de filo: por lo mismo, te he aconsejado ya, reina mía, que le tratemos de filo y de punta. – ¿Cómo sabes tú que existen esas puertas? – ¡Bah! es un cuento muy largo; dejémoslo para cuando el rey se ocupe de las cuentas de su rosario. – ¡Tú quieres escapar! – ¡Y vaya si quiero! como que yo y tú, mientras yo esté aquí, estamos en una ratonera. – ¿Pero no me explicarás?.. – Sí, otro día, más despacio: por ahora lo que importa es que busques los mil y quinientos doblones que vale Calderoncillo, y que salgamos de él… créeme, mi buena señora: Dios es justo, y como se valió de un muchacho para matar á un gigante, se vale de dos locos para matar á un gran pícaro. Nada temas. Si el rey no es torpe, vendrá esta noche por esta misma puerta á visitarte. – ¡El rey! – le dije. – Sí, señora, el rey; y por cierto que te le hemos puesto blando como un guante; el padre Aliaga, que es muy amigo tuyo y muy bendito hombre, y yo, que soy un loco muy hombre de bien: conque hermana reina, quédese en paz y créame, y déjeme ir, y sobre todo, los mil y quinientos… y cuenta que no los das por la vida de don Rodrigo, sino por la tuya. Y se me escapó, huyendo por la puerta que se cerró tras él. – ¡Así anda todo! – dijo doña Clara – : cuando un reino está sin cabeza… La reina frunció un tanto el bello entrecejo. – El rey es al fin el rey – dijo Margarita con un tanto de severidad. – Pero cuando sirve de escudo á traidores… – Dará cuenta á Dios. – Y al mundo, cuando hace infeliz á una reina tal como vuestra majestad. Margarita había vuelto á su recámara. – Afortunadamente – dijo la reina, sentándose de nuevo en el sillón que había ocupado antes – , la lucha podrá ser peligrosa, pero hemos apartado de ella la deshonra, gracias á ese noble joven. – Noble, y muy noble – dijo doña Clara – : ¿le ha visto bien vuestra majestad cuando estaba hablando conmigo? – Me ha parecido bien criado, generoso, franco, con el alma abierta á la vida… y enamorado, sobre todo, Clara, enamorado. – ¿Y no ha visto más vuestra majestad en ese joven? – No – contestó con una ingenua afirmación la reina. – La frente, el nacimiento de los cabellos, la mirada de ese joven, ¿no han recordado á vuestra majestad uno de sus más grandes, de sus más leales vasallos, que por serlo tanto está alejado de España? – No – repitió con la misma ingenuidad la reina. – Pues yo he creído, durante algunos momentos, estar hablando con el noble, con el valiente duque de Osuna, no ya en lo maduro de su edad, sino á sus veinticuatro años. – ¡Parecido ese joven al duque de Osuna! – Es un parecido vago, en el que es muy difícil reparar cuando el semblante de ese joven está tranquilo; pero cuando se exalta, cuando su mirada arde… entonces el parecido es maravilloso: yo creo que se parece más ese joven al duque en el alma que en el semblante, y como en ciertas situaciones el alma sale á los ojos… – Sí, cuando se ama por primera vez… – ¡Oh, señora! juro á vuestra majestad que me contraría el amor de ese joven. – Hablemos un poco de ti, ya que tanto hemos hablado de mí: la verdad del caso es que ese joven ha hecho por ti lo que difícilmente hubiera hecho otro hombre. – Lo que ha hecho lo ha hecho por vuestra majestad. – Es que él creía, y no sin fundamento, que mi majestad eras tú. – Púsose vivamente encendida doña Clara. – Una casualidad inconcebible: yo creí llevar más seguro el brazalete en el brazo, y una audacia de ese joven… – ¡Una audacia!.. – Más bien una galantería. – No es lo mismo, pero me agrada tu declaración; ya le disculpas, y eso significa mucho: eso significa, Clara, si yo no me equivoco… – Que le hago justicia. – No, que le amas. – ¡Que le amo! ¡En una hora!.. – En una hora has recibido una impresión de tal género, que no le olvidarás, yo te lo afirmo; que recordándole le amarás… le amarás de seguro, y contando con esa seguridad, y hablando por adelantado, puede decirse que ya le amas. – No sé, no sé… pero… he causado por mi desdicha una impresión tan profunda en su alma… – Impresión de que estás orgullosa, Clara, y que por primera vez te ha hecho bendecir á Dios por la hermosura que te ha concedido. – No, no – contestó doña Clara con la misma turbación que si la reina hubiera leído en su alma. – ¿Y por qué no amarle? Un joven que por ti lo ha arrostrado todo; que por ti está en peligro… porque al fin y al cabo ha herido ó muerto á don Rodrigo, ha deshecho con su espada, como noble, una traición infame que traerá contra él poderosos enemigos, de los cuales acaso no podamos libertarle. ¿No merece tanto sacrificio que tú le ames? – Mi amor, señora, sería un tormento para mí, y una desesperación para él. – El día en que caiga el duque de Lerma, ese joven será tu esposo: te prometo ser tu madrina. – Más fácil es que el duque de Lerma muera en un patíbulo, lo que por desgracia no deja de ser dificilísimo, que el que yo sea esposa de ese joven. – ¿Y por qué? – Olvida vuestra majestad que mi padre, tratándose de mi enlace, no prescindirá jamás de su nobleza. – Ese joven es hidalgo, según he entendido. – Sí; sí, señora, hidalgo es, pero… – No importa que sea pobre; es valiente y alentado. – Sí, es cierto; pero… – Como valiente y alentado hará fortuna. – Por mucha que haga… – Tu padre no es codicioso. – Pero siempre verá que ese joven es sobrino de Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey. Y doña Clara pronunció la palabra «cocinero mayor» de una manera singular, en que había mucho de repugnancia propia. – Pero se parece al gran duque de Osuna – insistió sonriendo la reina – , sobre todo cuando se entusiasma. – Pues peor, señora, peor. – ¡Oh! ¡Peor! – Sí, por cierto. – Supongamos, porque estamos rodeadas de misterios, y los misterios no deben sorprendernos, que ese joven es hijo del duque de Osuna, que bien pudiera ser; dicen que el duque en sus mocedades ha sido muy galanteador. – Pues por eso digo que peor: ¡un bastardo! Ni mi padre ni yo querríamos semejante enlace. – ¿Ni aun interesándome yo por él? – Respetar debe el rey la honra del vasallo, como el vasallo honra y reverencia la excelsitud del rey. – ¿Conque no hay esperanza ninguna para ese pobre mancebo enamorado? – Yo le desenamoraré. – ¡Ah! Difícil lo veo. – Le trataré… – Como tu corazón te deje tratarle… – He resistido los amores de unos por muy altos y de otros por muy bajos; resistiré este también. ¿Cree vuestra majestad que á los veinticuatro años y criada en la corte, no habré tenido ocasión de resistir tentaciones? – Sí, sí; ya sé que eres una mujer fuerte… una maravilla, y esto es una de las razones del amor que te tengo, Clara. Pero en el asunto de que se trata debo demasiado á ese joven para no ayudarle… Aunque creo necesite poca ayuda, creo que él es bastante para hacerse amar de ti. – Lo veremos – dijo sonriendo tristemente doña Clara. – Lo veremos. ¿Pero qué hora es ésta? – Las doce – dijo doña Clara contando las campanadas de un magnífico reloj de pared. – ¡Oh, las doce!.. Ya es hora de que tú descanses y de que yo me recoja; hasta mañana, Clara. Di á la camarera mayor que me recojo. – Adiós, señora – dijo doña Clara doblando una rodilla y besando la mano á la reina. Margarita de Austria la alzó y la besó en la frente. Doña Clara salió, y la reina se quedó murmurando: – Ve, ve á soñar con tu primer amor. ¡Dichosa tú que amas! ¡Dichosa tú que puedes amar! Y dos lágrimas asomaron á los ojos de Margarita de Austria, que tuvo buen cuidado de enjugarlas porque se sentían pasos en la cámara. Se abrió la puerta y apareció la camarera mayor; con ella venían la condesa de Lemos y la joven doña Beatriz de Zúñiga. La duquesa de Gandía se inclinó profundamente. – ¿Qué os ha sucedido esta noche, mi buena doña Juana? – dijo sonriendo la reina – ; creo que me habéis creído perdida y que habéis estado á punto de ofrecer un hallazgo por mi persona. – ¡Ah, señora! Nunca me consolaré de mi torpeza. ¡No pensar que podía vuestra majestad estar recogida en el lecho! ¡Y en qué circunstancias! ¡Cuando su majestad el rey estaba en la cámara!.. – ¡Ah! ¡Su majestad!.. ¿Y qué mandaba su majestad? – Me mandaba que le anunciara á vuestra majestad. – ¡Ah! ¿Y ese mandato os causó tanto miedo, que os obscureció la vista y no reparásteis en mí? – ¡Señora! – ¿Y sin duda dijísteis á vuestra majestad que me había perdido? Nunca la reina había hablado de tal manera á la duquesa de Gandía; y era que la buena aventura de aquella noche le había dado valor, que se creía de una manera tangible protegida por Dios y se sentía fuerte. La duquesa de Gandía, que había anunciado con mala intención á la reina que el rey había querido verla, al verse tratada de aquel modo seco y frío por Margarita de Austria, se turbó. No estaba acostumbrada á tanto… – Yo, señora – dijo – , dí al rey la excusa de que vuestra majestad estaba acompañada. – Retiráos, señoras – dijo la reina á la de Lemos y á doña Beatriz de Zúñiga – ; vuestro servicio ha concluído, no me recojo. Las dos jóvenes se inclinaron. La duquesa de Gandía quedó temblando ante Margarita de Austria. – Debísteis registrarlo todo antes de suponer que yo no estaba en mi cuarto; ¿dónde había de estar, duquesa de Gandía, la reina, sino en palacio y en el lugar que la corresponde…? – ¡Señora! – Y sin duda, como servís en cuerpo y alma al duque de Lerma, le habréis avisado de que yo me habría perdido, y si no se ha revuelto mi cuarto es porque, menos ciega en vuestra segunda entrada, dísteis conmigo durmiendo. El duque de Lerma, sin embargo, puede haber tomado tales medidas que comprometan mi decoro, y todo por vuestra torpeza. – ¿Vuestra majestad me despide de su servicio? – dijo, sobreponiendo su orgullo á su turbación, la camarera mayor. – Creo, Dios me perdone, que os atrevéis á reconvenirme porque os reprendo. – Yo… señora… – Me he cansado ya de sufrir, y empiezo á mandar. Continuaréis en mi servicio, pero para obedecerme, ¿lo entendéis? – Señora… mi lealtad… – Probadla; id y anunciad á su majestad… vos… vos misma en persona, que le espero. – Perdóneme vuestra majestad; el duque de Lerma acaba de llegar á palacio y está en estos momentos despachando con el rey. – Os engañáis, mi buena duquesa – dijo Felipe III abriendo la puerta secreta del dormitorio y asomando la cabeza – ; vuestro amigo el duque de Lerma despacha solo en mi despacho, porque yo me he perdido. Y franqueando enteramente la puerta, adelantó en el dormitorio. La duquesa hubiera querido que en aquel punto se la hubiera tragado la tierra. Era orgullosa, se veía burlada en su cualidad de cancerbera de la reina, y se veía obligada á tragarse su orgullo. – Retiráos, doña Juana, y decid al duque que yo estoy en el cuarto de su majestad. Que vuelva mañana á la hora del despacho… ó si no… dejadle que espere… acaso tenga que darme cuenta de algo grave… Retiráos… habéis concluído vuestro servicio; la reina se recoge. La duquesa de Gandía se inclinó profundamente y salió. Apenas se retiró, la reina salió del dormitorio, y cerró la puerta de su recámara, volviendo otra vez junto al rey. Felipe III y Margarita de Austria estaban solos mirándose frente á frente. CAPÍTULO XIII EL REY Y LA REINA – ¿Qué os he hecho yo para que me miréis de ese modo? – dijo el rey, que pretendía en vano sostener su mirada delante de la mirada fija y glacial de su esposa. – Hace cinco meses y once días que no pisáis mi cuarto – dijo la reina. – Dichoso yo, por quien lleváis tan minuciosa cuenta Margarita – dijo con marcada intención el rey. – Esa cuenta la lleva mi dignidad, y la lleva por minutos. – ¡Ah! exclamó el rey… vuestra dignidad… no vuestro amor… – ¡Mi amor! No lo merecéis. – ¡Señora! – Hablo á mi esposo, al hombre, no al rey… vos no habéis penetrado como rey en medio de vuestra servidumbre, con la frente alta, mandando; habéis entrado como quien burla, por una puerta oculta que yo no conocía. ¿Quién os obliga á ocultaros en vuestra casa? – Creo, señora, que la camarera mayor y el duque de Lerma, saben que paso la noche con vos. – Pero saben que la pasáis por sorpresa. – No tanto, no tanto. – Os habéis venido huyendo del duque de Lerma. – ¿Qué hacéis? – dijo Felipe III. – Ya lo veis, me siento. – No creo que sea hora de velar, ni yo ciertamente he venido aquí para trasnochar sentado junto á vos. La reina no contestó. – Vos no me amáis – dijo el rey. – Haced que os ame. – ¡Pues qué! ¿no debéis amarme? – Debo respetaros como á mi marido; y una prueba de mi respeto son el príncipe don Felipe, y las infantas nuestras hijas. – ¡Ah! ¡ah! ¡me respetáis! ¡y os quejáis de que yo tema pasar de esa puerta, cuando en vez de amor que vengo buscando sólo encuentro respeto! – ¿Habéis procurado que yo os ame…? – Enamorado de vos me habéis visto… – Pero más de vuestro favorito. – ¡Oh, oh! el duque de Lerma podría quejarse de vos, señora; le acusáis. – De traición. – ¡Oh! ¡oh! – Y le estoy acusando desde poco después de mi llegada á España. – Pero yo, Margarita, no había venido ciertamente… – Y yo, don Felipe, que no os esperaba, que hace mucho tiempo que no puedo hablaros sin testigos, aprovecho la ocasión para querellarme á vos de vos y por vos. – Pues no os entiendo. – Es muy claro: tengo que querellarme á vos de vos y por vos, porque don Felipe de Austria ofende al rey de España. – ¿Qué ofendo yo al rey de España? ¿Es decir, que yo, á mí mismo?.. pues lo entiendo menos. – Ofendéis al rey de España, porque abdicáis débilmente el poder que os han conferido, primero, la raza ilustre de donde venís, y después Dios, que ha permitido que descendáis de esa raza, entregando el poder real, sin condiciones, á un favorito miserable y traidor. – ¿Habéis hablado hoy con el padre Aliaga, señora? – No, ciertamente: yo no hablo con nadie más que con las personas cuya lista da el duque de Lerma á la duquesa de Gandía. – Os engañáis, porque habláis todos los días y á todas horas con una persona á quien no pueden ver ni la duquesa ni el duque. – ¿Y quién es esa persona? – Esa persona es vuestra favorita… la hermosa menina doña Clara Soldevilla. – Sería la última degradación á que podía sentenciarme vuestra debilidad, el que yo no pudiese retener una de mis meninas en mi servidumbre. A propósito; es ya demasiado mujer para menina, y voy á nombrarla mi dama de honor. – ¡Y quién lo impide! – Nadie… pero os lo aviso. – Enhorabuena: decid á doña Clara que yo la regalo el traje y el velo y aun las joyas, para cuando tome la almohada. – Lo acepto, porque ella es pobre y yo no soy rica. – Ni yo tampoco; pero para un deseo vuestro… – Os doy las gracias, señor. – ¡Oh! no me deis las gracias; ved que os amo, y amadme… – ¿Qué me amáis? – dijo la reina inclinándose hacia el rey, dejándole ver un relámpago de sus hermosos ojos azules, y su serena frente pálida como las azucenas y coronada de rizos de color de oro. – ¡Oh, qué hermosa eres, Margarita! – dijo el rey, en cuyas mejillas apareció la palidez del deseo. Y la atrajo á sí. Margarita de Austria, se sentó en un movimiento lleno de coquetería en las rodillas del rey, y se dejó besar en la boca. – Depón al duque de Lerma – dijo la reina entre aquel beso. El rey se retiró bruscamente como si le hubiesen quemado los labios de Margarita. – Ya sabía yo que no me amábais – dijo la reina levantándose y mirando al rey con cólera. – Pero señor, ¿cuándo descansaré yo? – exclamó el rey dejándose caer en el respaldo del sillón. – Cuando arrojes de ti esa indolencia que te domina – dijo con dulzura la reina – ; cuando pienses que un rey no sirve á Dios solo rezando, sino mirando por la prosperidad, por el bienestar y por el honor de sus vasallos. – Ya velan por todo eso mis secretarios. – ¡Tus secretarios! ¡sí, es verdad! velan por los españoles, y cuentan sus cabezas como el ganadero cuenta sus reses para llevarlas al mercado. – Eres injusta, yo no escucho ninguna queja. – Las quejas no llegan á ti. Se pierden en el camino. – Te pregunté si habías hablado hoy con mi confesor, porque el bueno del padre Aliaga, aunque más embozada y respetuosamente, aprovechándose de que el duque tenía un banquete de Estado, me ha tenido toda la tarde el mismo sermón. Y suponiendo que no os engañáis, ni tú que eres la reina de las reinas, por virtud, por discreción y por hermosura, ni el padre Aliaga, que es casi un santo, ¿qué queréis que haga? – Reduzca vuestra majestad los gastos de su casa, que España anda descalza – me dice el padre Aliaga – . Y cuando esto dice el bueno de mi confesor, cuento las ropillas que tengo y los doblones que poseo, y hallo que cualquier pelgar anda mejor cubierto y mejor provisto que yo. – Eso demuestra, que siendo exorbitantes las rentas reales, siendo parca nuestra mesa y pocos nuestros trenes y nuestros vestidos, las rentas reales son robadas. – ¡Robadas, robadas! esto es demasiado grave. Yo no creo que un caballero tal como el duque… – ¿Si te doy una prueba de que el duque vende los oficios miserablemente?.. – Siempre se han vendido… me acuerdo de una provisión de corregidor que se ha dado esta mañana á Diego Soto, para que la venda en lo que pudiere… y todo está firmado por mí. – Sí, pero es que el duque vende por su cuenta… te roba… – ¡Oh! no puede ser. – Mira. Y la reina sacó las dos cartas que habían encontrado en la cartera de don Rodrigo Calderón, con las suyas, y dió una de ellas al rey. Felipe III leyó la cabeza y la firma: – «¡A don Rodrigo Calderón! – ¡El duque de Uceda!» – Lee, lee… y juzga. «Mi buen amigo: Es necesario que se den las alcabalas de Sevilla á Juan de Villalpando. Ya le conocéis. Es un hombre muy á propósito para nuestros proyectos. No os olvidéis que para acabar con el duque de Lerma…» – ¡Ah! ¡ah! – dijo el rey – ; no lo creyera si no lo viera; y es letra y firma del duque de Uceda, con sus renglones torcidos… el hijo contra el padre… ya sabía yo que no andaban muy acordes entrambos duques… ¡pero que llegasen á tanto!.. ¡Ah! ¡ah! – Sigue, sigue – dijo con impaciencia la reina. – «No olvidéis que para acabar con el duque de Lerma, y hacer comprender al rey cuán ruinoso y perjudicial es su gobierno, se necesita hacerse partidarios en las ciudades, y ninguno mejor para Sevilla que Juan de Villalpando: allí tiene hacienda, mujer y parientes, le conoce todo el mundo, y es audaz cuanto se necesita para que todos le respeten y le teman. Pero como el duque no proveerá en nadie las alcabalas de Sevilla en menos de diez mil maravedís, es necesario que vos interpongáis para con él lo mucho que podéis, á fin de que de los diez mil rebaje la mitad. Ya llevamos gastado demasiado para que pensemos algo en los gastos. Hacedlo, que conviene. El interesado lleva esta carta y yo os veré á la tarde en la comedia…» El rey dobló lentamente la carta y plegó su entrecejo: una expresión de majestad y de dominio, aunque indecisa, se marcó en su semblante y luego volvió á desdoblar la carta y la leyó lentamente. Aquella carta era para Felipe III uno de esos rayos de luz que de tiempo en tiempo rompen la impura atmósfera que rodea á los reyes. Margarita de Austria, que miraba con profunda alegría el cambio que se había operado en Felipe III, puso otra nueva carta abierta sobre la que el rey leía por segunda vez. – Del conde de Olivares – dijo el rey leyendo la firma de aquella segunda carta. – Lee, lee y verás que el duque de Lerma, á más de ser ladrón, es torpe, que le manejan como quieren los que quieren ocupar su puesto, y que el tal don Rodrigo es más traidor, más ambicioso, más miserable que todos ellos. El rey leyó: «Os escribo, porque, interesándoos á vos tanto como á mí el negocio de que trata esta carta, tengo una entera confianza en vos, y no quiero exponerme á que se sepa, por muchas precauciones que tomemos, que nos hemos visto. Importa que todo el mundo nos crea desavenidos. Sostened vos por vuestra parte el papel de enemigo mío, que por la mía yo sostendré el de enemigo vuestro. Seguid hablando mal de mí y mirándome de reojo, que yo seguiré hablando mal de vos sin miraros á derechas. Lo de la expulsión de los moriscos es necesario que se lleve cuanto antes á cabo, porque es necesario que cuanto antes, teniendo como tenemos guerra con Inglaterra, con Francia y en el Milanesado, la tengamos también en España, y esta guerra la provocarán los moriscos, que no se rendirán sin combatir. Por otra parte, rebelados los moriscos dentro, se resentirá el comercio que ellos alimentan en gran manera, faltará más de lo que falta el dinero, y reunidos y alentados Enrique IV y el inglés, apretará la guerra por fuera. Insistid en lo de la confiscación de los bienes de los moriscos. El duque, en su sed de oro, se dejará deslumbrar por este negocio en grande, y aun el mismo rey no encontrará de más algunos millones de maravedises para remendar su ropilla. Dicen que Lerma tiene hechizado al rey. Hechizad vos al duque. El mejor hechizo para su excelencia es el oro. Conque apretad, apretad, que urge: que si hemos de esperar á que el príncipe sea rey, larga fecha tenemos. Lo del príncipe lo dejaremos al conde de Lemos y á don Baltasar de Zúñiga, y puesto que el rey es quien puede hacer reyes, vámonos derechos al rey. Sitiemos por hambre al duque haciéndole cometer algunos disparates, y el duque, que si fuera tan buen hombre de Estado como es codicioso, sería invencible, caerá, no lo dudéis, aunque para ello nos veremos obligados á empobrecer el reino, á debilitarle. Nosotros le alzaremos. No os digo más, porque ni tanto era necesario deciros. Guárdeos Dios. —El conde de Olivares.» – Pero esto nada prueba contra el duque, y si mucho contra los condes de la Oliva y de Olivares. Prueba que los dos condes son más perspicaces que tú, y que saben cuánto es torpe y ciego el duque de Lerma. – Pero no le vencieron. – Por una casualidad. – El duque lo tenía previsto todo. – Ni el duque ni nadie podía prever que don Juan de Aguilar tuviese la fortuna de aterrar á los infelices moriscos en la primera batalla; ni el duque ni nadie podía prever que los enemigos exteriores de España no se aprovecharan de aquellas circunstancias. Pero el duque fué traidor y torpe. – ¡Traidor! – Sí, traidor, y de la manera más criminal que puede ser traidor un vasallo: manchando ante la historia el nombre de su señor… porque tu nombre aparecerá manchado en la historia por esa tiranía feroz inmotivada contra los pobres moriscos; por esa codicia innoble que les robó. La mirada del rey se hizo vaga. – Y torpe, torpe… porque no previó las funestísimas consecuencias que pudo traer sobre España, y que en la parte de su riqueza y de su población la ha traído, el cumplimiento de aquel infame edicto. – ¡Margarita! – exclamó el rey, cuya conciencia se retorcía. – Yo te pedí de rodillas, aquí, en este mismo sitio, que revocaras aquel edicto; y te lo pedí por ti mismo, por la gloria de tu nombre, por tu dignidad de rey, más que por el bien de tus reinos. Te lo pedí, Felipe, porque te amo, y porque te amo, te pido la deposición del duque de Lerma. – ¡Que me amas, Margarita! ¡que me amas! – exclamó el rey – ¡y no me lo has dicho hasta ahora! – ¿Qué mujer honrada, y que nunca ha amado, no ama al padre de sus hijos? – exclamó en un sublime arranque Margarita, arrojándose á los brazos del rey. Y levantándose de repente, añadió: – Y no te lo he dicho; no se lo he dicho á nadie, no, y me he mostrado siempre contigo reservada y fría porque… mi orgullo de mujer ha estado continuamente ofendido al verme pospuesta á un favorito. – Y á quién, á quién buscar… – ¿A quién? al duque de Osuna… – Es demasiado soberbio. – Pero es justo, y valiente, y buen vasallo. Y si no, Ambrosio Espínola, y si no… si no… Quevedo. – ¡Osuna, Espínola, Quevedo! ¡dos soldados y un poeta! – Tres españoles que no han renegado de su patria, y que por lo mismo, están alejados de ella por el temor de los traidores. – Lo pensaré, lo pensaré – ; dijo el rey. – No, no; pensarlo, no; ya lo he pensado yo bastante; ¿no tienes confianza en tu esposa, Felipe?.. ¿no me amas? ¿no crees en mi amor? – Lo pensaré… me duermo… necesito rezar antes mis oraciones. Y el rey se dirigió al oratorio de la reina. – ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! – dijo Margarita viendo desaparecer al rey por la puerta del oratorio – ¡Ten piedad de España! ¡Ten piedad de mí! CAPÍTULO XIV DEL ENCUENTRO QUE TUVO EN EL ALCÁZAR DON FRANCISCO DE QUEVEDO, Y DE LO QUE AVERIGUÓ POR ESTE ENCUENTRO ACERCA DE LAS COSAS DE PALACIO, CON OTROS PARTICULARES Apenas Juan Montiño había desaparecido por la escalerilla de las Meninas, cuando Quevedo, que como sabemos observaba desde la puerta, se embocó por aquellas escaleras en seguimiento del joven. – En peligrosos pasos anda el mancebo – dijo don Francisco – ; sobre resbaladiza senda camina; sigámosle, y procuremos avizorar y prevenir, no sea que su padre nos diga mañana: con todo vuestro ingenio, no habéis alcanzado á desatollar á mi hijo. Y Quevedo seguía cuanto veloz y silenciosamente le era posible, á la joven pareja que le precedía en las tinieblas. – ¿Y quién será ella? – ¿quién será ella? decía el receloso satírico. Y seguía, sudando, á pesar del frío, á los dos jóvenes, que andaban harto de prisa. – Pues ó he perdido la memoria y el tiento, ó todo junto – decía Quevedo – , ó se encaminan á la portería de Damas; paréceme que se paran: ¡adelante y chito! suena una llave, se abre una puerta, entran… ¡ah! esa momentánea luz… el cuarto de la reina… ¿será posible? ¿me habré yo engañado pensando bien de una mujer? Merecido lo tendría. ¿Pero quién va? Había oído pasos Quevedo. – No va, viene – dijo una voz ronca. – ¡Por el alma de mi abuela! ¿y de dónde venís vos, hermano? – Ni sé si del cielo ó si del infierno. Vos, hermano, ya sé que del infierno sois venido, porque San Marcos no debe de haber sido para vos la gloria. – Ha venido á ser el purgatorio, Manolillo, hijo. – Veo que no habéis olvidado á los amigos. – ¿Y cómo olvidaros, si creo que por haberos tratado en mi niñez se me han pegado vuestras picardías? – Yo no soy pícaro, y si lo soy, soy pícaro á sueldo. – Tanto monta, que nadie hace picardías al aire. ¿Pero dónde vivís? Paréceme de que me lleváis por las escaleras de las cocinas. – Así es la verdad, hermano Quevedo; he visto cuanto podía ver, y á mi mechinal me vuelvo. – Pues sígoos. – En buen hora sea. – Decidme, ¿por qué me dijísteis allá abajo que no sabíais si veníais del cielo ó del infierno? – Decíalo por un mancebo que acaba de entrar… – ¿En el cuarto de la reina?.. – ¿Habéisle visto? – Le seguía. – ¿Y no os parece que ese mancebo puede muy bien encontrar en ese cuarto una gloria ó un infierno? – Alegraríame que le glorificasen. – Y yo; aunque no fuese más que por verme vengado… – ¿Del rey?.. – ¡Qué rey! ¡qué rey! – dijo el bufón. – Paréceme será bien que callemos hasta que nos veamos en seguro. – Decís bien… nunca palacio ha sido tan orejas todo como ahora. Pero ya llegamos. Acababan de subir las escaleras, y el tío Manolillo había tomado por un callejón estrecho. Detúvose á cierta distancia del desemboque de las escaleras, y sonó una llave en una cerradura. – Pasad, pasad, don Francisco – dijo el bufón. Quevedo entró á tientas en un espacio densamente obscuro. El bufón cerró. Poco después se oyó el chocar de un eslabón sobre un pedernal, saltaron algunas chispas, y brilló la luz azul de una pajuela de azufre, que el bufón aplicó al pábilo de una vela de sebo. Quevedo miró en torno suyo. Era un pequeño espacio abovedado, deprimido, denegrido, desnudo de muebles, á cuyo fondo había una puerta, á la que se encaminó el bufón. Siguióle Quevedo. El tío Manolillo cerró aquella puerta. Era el bufón del rey un hombre como de cincuenta años, pequeño, rechoncho, de semblante picaresco, pero en el cual, particularmente entonces que estaba encerrado con Quevedo, y no necesitaba encubrir el estado de su alma, estaba impresa la expresión de un malestar roedor, de un sentimiento profundo, que daba un tanto de amargura infinita á su ancha boca, cuyos labios sutiles habían contraído la expresión de una sonrisa habitual, burlona y acerada cuando estaba delante del mundo, sombría y dolorosa entonces que el mundo no le veía. El color de su piel era fuertemente moreno, sus cabellos entrecanos, la frente pronunciada, audaz, inteligente, marcada por un no sé qué solemne; las cejas y los ojos negros; pero estos últimos pequeños, redondos, móviles, penetrantes, en que se notaba un marcadísimo estrabismo; la nariz larga y aguileña; la boca ancha, la barba saliente, el cuello largo. Sus miembros, contrastando desapaciblemente con su estatura, eran de gigante, cortos, musculosos, fuertes; vestía un sayo y una caperuza á dos colores, rojo y azul; llevaba calzas amarillas, zapatos de ante y un cinturón negro que sólo servía para sujetar un ancho y largo puñal. El bufón se sentó en un taburete de pino, y dijo á Quevedo: – Ahora podemos hablar de todo cuanto queramos: mi aposento es sordo y mudo. Sentáos en ese viejo sillón, que era el que servía al padre Chaves para confesar al rey don Felipe II. – Siéntome aunque me exponga á que se me peguen las picardías del buen fraile dominico – dijo Quevedo sentándose. – ¡Oh! ¡y si te hablara ese sillón! – dijo el tío Manolillo. – Si el sillón calla, España acusa con la boca cerrada los resultados de los secretos que junto á este sillón se han cruzado entre un rey demasiado rey, y un fraile demasiado fraile. – Pero al fin, don Felipe II… – No era don Felipe III. – En cambio, el padre Chaves, no era el padre Aliaga. – El padre Aliaga no tiene más defecto que ser tonto – dijo Quevedo mirando de cierto modo al bufón. – Vaya, hermano don Francisco, hablemos con lisura y como dos buenos amigos; ya sabéis vos que tanto tiene de simple el confesor del rey, como de santo el duque de Lerma. Si queréis saber lo que ha pasado en la corte en los dos años que habéis estado guardado, preguntadme derechamente, y yo contestaré en derechura. Sobre todo, sirvámonos el uno al otro. – Consiento. Y empiezo. ¿En qué consiste que esa gentecilla no haya hecho sombra del padre Aliaga? – En que el rey, es más rosario que cetro. – ¿Y cree un santo á fray Luis? – Y creo que no se engaña, como yo creo que si fray Luis es ya santo, acabará por ser mártir, tanto más, cuanto no hay fuerzas humanas que le despeguen del rey; y como el padre Aliaga es tan español y tan puesto en lo justo, y tan tenaz, y tan firme, con su mirada siempre humilde, y con su cabeza baja, y con sus manos metidas siempre en las mangas de su hábito… ¡motilón más completo!.. Si yo no tuviere tantas penas, sería cosa de fenecer de risa con lo que se ve y con lo que se huele; más bandos hay en palacio que bandas, y más encomendados que comendadores, y más escuchas que secretos, aunque bandos, encomiendas y enredos, parece que llueven. En fin, don Francisco, si esto dura mucho tiempo, el alcázar se convierte en Sierra Morena: lo mismo se bandidea en él que si fuera despoblado, y en cuanto á montería, piezas mayores pueden correrse en él, sin necesidad de ojeo, que no lo creyérais si no lo viérais. – Me declaro por lo de las piezas mayores; veamos. Primera pieza. – Su majestad el rey de las Españas y de las Indias, á quien Dios guarde. – Te engañaste, hermano bufón; tu lengua se ha contaminado y anda torpe. El rey no puede ser pieza mayor… por ningún concepto. Y lo siento, porque el tal rey es digno de esa, y aun de mayor pena aflictiva. La reina es demasiado austriaca. – Y demasiado mujer, á lo que juntándose que hay en la corte gentes demasiado atrevidas… – De las cuales vos no sois una de las menores. – Tengo pruebas… – Pues mostrad, tío Manolillo… dadme capote, que por más que lo sienta os aplaudiré… ¡pero engañarme yo tratándose de mujeres!.. ¡creer yo á la buena Margarita de Austria!.. si de esta vez me engaño, ni en la honra de mi madre creo… con que desembuchad, hermano, desembuchad, que me tenéis impaciente, y tanto más, cuanto tengo que haceros preguntas de dos años. ¿Quién es el rey secreto? – Para que lo fuera por entero, sólo podía ser don Rodrigo Calderón. – ¡Tá! ¡tá! os engañáisteis, hermano. – Don Rodrigo tiene cartas de la reina. – Téngolas yo. – Bien puede ser, porque donde entra el sol entra Quevedo. – Y aun donde no entra; pero de la reina no tengo más que cartas. – Sois leal y bueno. – Tiénenme por rebelde. – Los pícaros. – Y aun los que no lo son. – Sois una cosa y parecéis otra. – ¡Ah! si no fuera porque estamos perdiendo el tiempo, querría que me explicáseis… – Os he visto tamaño como una mano de mortero, cuando andábais poniendo mazas á las damas de palacio, y cuando más tarde ellas os ayudaban á poner mazas á sus maridos. Yo os he soltado la lengua, y meciéndoos sobre mis rodillas, he sido vuestro primer maestro. Nos parecemos mucho, don Francisco; yo soy deforme y vos lo sois también, aunque menos; vos lloráis riendo, y yo río rabiando; vos os mostráis contento con lo que sois, y queréis ser lo que ninguno se ha atrevido á pensar; yo llevo con la risa en los labios mi botarga y siempre alegre sacudo mis cascabeles, y si pudiera convertirme en basilisco, mataría con los ojos á más de uno de los que me llaman por mucho favor loco… ¡Ah! ¡ah! ¡ah! yo, estruendo y chacota del alcázar, llevo conmigo un veneno mortal, como vos en vuestras sátiras regocijadas ocultáis el veneno de un millón de víboras; sois licenciado y poeta y esgrimidor, y aun muchas cosas más. Yo no tengo más licencias que las que á disculpa de loco me tomo; yo no escribo sátiras, pero las hago; yo no empuño hierros, pero mato desde lo obscuro. Vos sonáis más que yo; vos sois el bufón de todos por estafeta, y yo soy el bufón del rey por oficio parlante; cuando vos pasáis por una calle, todos dicen: ¡allá va Quevedo! y se ríen. Cuando yo paso por las crujías de palacio con mi caperuza y mi sayo de colores, todos dicen, y no reparan en que al decirlo hablan con el rey más que conmigo: ¡allá va el simple del rey! y… se ríen también; y vos os aprovecháis de las risas de todos que son vuestra mejor espada, y yo me aprovecho de las risas de los cortesanos que son mi único puñal. Vos sois enemigo de los que mandan, y abusan del rey, y servís al duque de Osuna, y os declaráis por la reina, por ambición, y yo aborrezco á los que vos aborrecéis y amo á los que vos amáis por venganza. ¿Sabe acaso alguien á dónde vos vais? ¿sabe alguien á dónde yo voy? ¡oh! y si alguna vez llegamos al fin de nuestro camino, juro á Dios que no han de reirse más de cuatro con los desenfados del poeta y con las desvergüenzas del bufón. Quedóse profundamente pensativo Quevedo como si hubiese sentido la mirada del bufón en lo más recóndito de su alma, y luego levantó la cabeza, y fijó en Manolillo una mirada profundamente grave y dominadora. – Dios sabe á dónde vais vos, á dónde voy yo – dijo – ; pero si me conocéis tanto como decís, saber debéis que, como me cuesta el andar mucha fatiga, nunca doy pasos en vano. A propósito de las piezas mayores de palacio, habéisme dicho que la primera es el rey. Os engañáis; pero como sois hombre de ingenio y de experiencia, quisiera saber el motivo de vuestro engaño. En esto debe de danzar la Dorotea… vuestra ahijada… ó vuestra hija, ó vuestra querida… Púsose pálido como un difunto el tío Manolillo. – ¡Pobre Dorotea! – exclamó el bufón. – Pobre de vos, que sois un insensato… Allá en San Marcos supe, por cartas de algunos amigos que se venían sin que nadie las viese á mi bolsillo, y que yo leía cuando de nadie era visto, supe, repito, que la Dorotea se había escapado del convento donde la guardábais y se había metido á cómica; supe además que el duque de Lerma la mantenía, y alegréme, porque dije: el tío Manolillo será enemigo á muerte de su excelencia. Ahora medito, y después de meditar, saco en claro: que siendo la Dorotea amante vendida del duque de Lerma, debe de haber andado en la venta don Rodrigo Calderón; que siendo don Rodrigo Calderón lo que es, puede haber habido algo que no gustaría al duque de Lerma si lo supiese, porque el buen señor es muy vanidoso, muy creído de que lo merece todo, á pesar de sus años y de sus afeites; que habiendo habido algo entre vuestra hija y don Rodrigo, vuestra hija habrá tenido celos, y no habrá encontrado otra mejor que la reina para justificarlo; de modo que un ministro tonto, un rufián dorado, una mujerzuela semi-pública y un padre ó amante, ó pariente tal como vos, que tratándose de Dorotea no sois ya un loco á sueldo, sino un loco de veras, son ó pueden ser la causa de la deshonra de una noble y digna y casi santa mujer que ha tenido la desgracia de ser reina de España, cuando el rey de España es Felipe III. – ¿No habéis visto entrar en el cuarto de la reina un hombre, don Francisco? – Sí por cierto; y os confieso que tal entrada me pone en confusiones; como que el hombre que ha entrado en el cuarto de la reina es un mozo que me interesa mucho y que… os voy á dar un alegrón, tío Manolillo; pero habéis de pagármelo diciéndome todo lo que sepáis. – Si me alegro, os pago. – Pues bien, es muy posible que á estas horas don Rodrigo Calderón esté en la eternidad. – ¡Dios mío! – exclamó el bufón – . ¡Pero estáis seguro, don Francisco! – Lo que sé deciros es que ese mancebo, que sabe lo que se hace cuando da un golpe, acaba de reñir con él y de tenderle cuando entró en palacio. – ¡Ah! ¡ah! ¡han encontrado quien les haga el negocio de balde! – Acaso ese pobre muchacho pague muy caro el haber dado al traste con don Rodrigo Calderón. – ¿Muy caro? – Sí por cierto; como que está enamorado como un loco de la dama por quien se ha metido en ese lance. – ¡Esperad! ¡esperad! yo he visto, al entrar ese mancebo en el cuarto de la reina, su semblante, y no le conozco, aunque me ha parecido encontrar en él un no sé qué… ¿conocéis á ese mancebo? – ¡Mucho! – ¿Y cómo se llama? – Juan Martínez Montiño. – ¡Ah! ¿es pariente del cocinero del rey? – Su sobrino carnal, hijo de su hermano. – Don Francisco, no merecéis que yo os hable con lisura. – ¿Por qué? – Porque vos no sois conmigo liso y llano. – Cogedme en un renuncio. – Estáis cogido. – ¿Por dónde? – Por ese mancebo. – ¿Y por qué? – ¿Por qué? ¿no decís que es sobrino del cocinero mayor? – Así resulta de su partida de bautismo. – Las partidas de bautismo se compran. Miró Quevedo profundamente al bufón. – Pero lo que no se compra es el semblante. – ¿Qué queréis decir? – Digo que sé algo de ese secreto. – ¿De qué secreto? – Estamos jugando al acertijo, hermano Quevedo, á pesar de que nadie nos escucha. – ¿Tenéis pruebas? – ¿De que ese mancebo…? ¡vaya! al verle me acometió una sospecha; pero cuando me habéis dicho que es hijo de un Montiño… no pude dudar… como que… ya se ve, estoy en el enredo… – ¿Acabaremos, hermano bufón? – Si, por ejemplo, ese mozo en vez de llamarse Juan Montiño se llamase don Juan Girón… – ¡Diablo! – exclamó Quevedo. – ¡Cómo! ¿no lo sabíais, don Francisco? – Algo se me alcanzaba. – ¿Y sabéis cómo se llamaba su madre? – No me lo han dicho. – Pues yo voy á decíroslo. – Sepamos. – La madre se llamaba… y se llama, doña Juana de Velasco, duquesa viuda de Gandía, camarera mayor de su majestad. Abrió enormemente los ojos Quevedo. – Y qué hermosa, qué hermosa estaba entonces la duquesa. – ¿Pero estáis seguro de ello, amigo Manolillo? – ¡Que si estoy seguro! como lo estaría si, por ejemplo, dentro de algunos meses la señora condesa de Lemos, después de haber estado mucho tiempo en la cama á pretexto de enfermedad y en ausencia de su marido, saliese una noche de Madrid en una litera. – ¡Ah! ¡ah! ¿y no habéis encontrado para vuestra comparación otra dama que doña Catalina de Sandoval? – Es tan hermosa como lo era en otro tiempo la duquesa de Gandía, tan viva como ella, y tuvo la fortuna ó la desgracia de encontrarse una noche á obscuras en El Escorial con el duque de Osuna, como doña Catalina en el alcázar con… – Pero tío Manolillo, vamos á cuentas: ¿vos sois el bufón del rey, ó el mochuelo del alcázar? – De todo tengo. Siempre me han salido al paso los enredos. – Como á mí. – Si ya os lo dije: nos parecemos mucho. Pero continúo con mi suposición: supongamos que con tales antecedentes sale una noche la señora condesa de Lemos en una litera por un postigo de su casa muy encubierta, y que yo, por casualidad, paso por la calle y veo aquello; que al ver aquello me acuerdo de lo otro que oí por casualidad, ajusto la cuenta por los dedos, entro en curiosidad de saber en lo que quedará la aventura, y me voy detrás de la litera y de los hombres que la acompañan; que así andando, andando, y recatándome, amparado de una noche obscura, sigo á la litera por espacio de cinco leguas, y entro tras ella, recatándome siempre en un lugar… supongamos que aquel lugar es Navalcarnero; que la litera se para delante de una casa y sale la condesa de Lemos muy tapada y se obscurece en la casa, cuya puerta se cierra en silencio; que yo me quedo á la mira, y á las dos noches después, vacilante y trémula, veo salir de nuevo á la señora condesa muy tapada, que se mete en la litera, y que la litera sale del pueblo y toma el camino de Madrid. Que yo me quedo aún en el pueblo, y que á los tres días se bautiza solemnemente un niño. Aunque me digan frailes franciscos que aquel niño es hijo de matrimonio, y que es hijo de Juan Lanas y de su mujer, yo diré siempre, aun cuando pasen muchos años: ese tal no se llama Juan Lanas, ó no debe llamarse, sino Juan de Quevedo y Sandoval. – ¡Ah! bribón redomado – exclamó Quevedo – , gato sin sueño, hurón de secretos; guardad por caridad el que habéis pescado esta noche, que ridículo fuera negároslo, y decidme por caridad también: ¿era ya pieza mayor del alcázar cuando en él andaba mi señor, el conde de Lemos? – No abundan los Quevedos, hermano, y necesario era uno para que la buena doña Catalina dejase de ser coto cerrado, como fué necesario todo un duque de Osuna, con toda su audacia, para que la buena doña Juana de Velasco añadiese á su descendencia un bastardo. Pero lo gracioso es que doña Juana de Velasco no sabe quién es el padre de su hijo incógnito; ni el nombre del dueño de la casa en donde tapada y rebujada la metieron en Navalcarnero; que, en una palabra, le parece un sueño su encuentro con un hombre audaz en una galería del palacio del Escorial, á punto que por un celo exagerado iba á avisar á la infanta doña Catalina, de que acababa de llegar un jinete con la nueva de que el mar y los vientos habían vencido á la armada Invencible; un soplo malhadado mató la bujía de que iba armada la duquesa, y el duque de Osuna, que acudía al lado del rey, que estaba en el coro, se dió un tropezón con ella. De modo que, si el viento no destruye á la Invencible, y si otro soplo de viento no mata la luz de doña Juana de Velasco, Juan… Montiño no existiría. – Y si vos no estuviérais en todas partes, no sabríais ese secreto endiablado de hace veintidós años, ni este otro secreto reciente… Os pido por caridad, hermano bufón, que calléis, que calléis como habéis callado acerca del secreto de la duquesa… y como nos embrollamos y nos revolvemos, bueno será que volvamos á buscar el hilo. Decíamos… – Justo, decíamos á propósito de si el rey era pieza mayor ó menor… – A propósito de eso habíamos ido á dar en don Rodrigo, y á propósito de don Rodrigo, en ese mancebo que ha entrado secretamente en el cuarto de la reina. Decíamos, ó decía yo, que está enamorado como un loco de la dama que le ha metido en el lance; pero él no conoce á esa dama… – ¿Que no la conoce y está enamorado? – Cosas de mozos; se ha enamorado á bulto. – Pues mirad: ha acertado en enamorarse, porque eso tiene ahorrado para cuando la vea el semblante. – ¿Pero quién es ella? ¿habremos tropezado con otra pieza mayor? – No por cierto; se trata de una doncella que, á pesar de su hermosura, nunca ha tenido novio. – El nombre, tío Manolillo, el nombre. – Doña Clara Soldevilla. – La hermosa, la hermosísima hija, digo, si en los dos años que no la veo no la han dado viruelas, la matadora de corazones, engendrada por el buen Ignacio Soldevilla. ¿Y dónde está su padre? – En Nápoles con el duque de Osuna. –¡Ah! ¡diablo! ¡diablo! paréceme que si los muchachos se quieren, podremos tener boda; pero maravíllame que doña Clara, que no le ha conocido hasta esta noche… – Aquí debe de haber algo… y algo grave – dijo el tío Manolillo – , en lo que acaso yo no tenga poca parte. – Explicáos por Dios, hermano. – Explícome, y para explicarme pregunto: ¿dónde ha visto á don Juan Girón?.. – Juan Montiño, hermano, Juan Montiño. – Bien, ¿dónde ha visto Juan Montiño á doña Clara? – En la calle. – ¡En la calle! – Amparóse de él al verse perseguida por don Rodrigo Calderón. – ¡Ah, me parece que voy trasluciendo! ¿Y dónde llevó doña Clara á Montiño? – Callejeóle de lo lindo, largóse, y le metió en un lance de estocadas con don Rodrigo. – De cuyo lance… – No por cierto… contentóse con desarmarle y se fué á buscar á su tío postizo á casa del duque de Lerma. – ¿Y cuándo hirió ó mató ese joven á don Rodrigo? – Eso es después. – ¿Y cómo sabéis vos…? – Encontréle en casa del duque de Lerma, á donde yo iba en busca del cocinero mayor, y le metí en la casa. Pero en la puerta me encontré antes de hablar con Montiño… ¿á quién diréis que me encontré?.. – No adivino. – A Francisco de Juara. – Lacayo y puñal de don Rodrigo Calderón… ¡ah! ¡ah! ¡hermano Quevedo, y qué conocimientos tenéis! – El conocer no pesa. Francisco de Juara me contó lo que había acontecido á su señor con Juan Montiño, y Juan Montiño se alegró mucho en hallarme y yo de hallarle y… pero vamos al secreto. Yo iba á casa del duque de Lerma con una carta de la duquesa de Gandía para el duque, que me había dado la condesa de Lemos, con quien tropecé cuando iba al alcázar en busca del cocinero mayor… de modo que, válame Dios y qué rastra suelen traer las cosas; ahora se me ocurre que el buen rey don Felipe el II tiene la culpa de mi encontrón con la condesa de Lemos. – ¡Pardiez, no atino! – Ciertamente; si al rey don Felipe no se le hubiera ocurrido armar la Invencible y enviarla á saludar á la reina de Inglaterra, la tempestad no hubiera deshecho la armada; no hubiera ido un jinete al Escorial á dar al rey la nueva del fracaso; la duquesa de Gandía no hubiera ido al cuarto de la infanta doña Catalina, ni el duque de Osuna al coro en busca del rey; no se hubieran encontrado, pues, á obscuras duquesa y duque; no hubiera nacido Juan, y no existiendo Juan, al soltarme de San Marcos me hubiera yo ido á Nápoles en vez de venirme á Madrid, y no me hubiera encontrado con la buena, buenísima hija del duque de Lerma: ni ella me hubiera dado la carta de la camarera mayor para su padre, ni por consecuencia, hubiera yo encontrado en el zaguán del duque á Juan Montiño, ni hubiera salido por el postigo de la casa del duque después de haber hablado con su excelencia, ni hubiera encontrado á Juan Montiño, que me acometió equivocándome con don Rodrigo, á quien esperaba para matarle, y si yo no hubiera estado allí cuando don Rodrigo salió, Juan Montiño muere; porque Francisco de Juara, que guardaba las espaldas á don Rodrigo, no se hubiera encontrado con mi espada, hubiera dado un mal golpe por detrás á nuestro mancebo, mientras don Rodrigo le entretenía por delante. De modo que puede decirse que si el rey don Felipe no envía á la Invencible contra Inglaterra, no sucede nada de lo gravísimo que ha sucedido esta noche. – Desenmarañemos este enredo, y pongámosle claro para dominarle, hermano Quevedo. Decís vos que ese mancebo entró en casa del duque de Lerma amparado de vos, y pudo ver á su tío. – Eso es. – Que después encontrásteis á ese mozo al salir por el postigo del duque esperando á don Rodrigo para matarle. – Verdad. – Ahora bien; ¿por qué quería matar ese mozo á don Rodrigo? – repuso el bufón. – Porque decía había comprometido el honor de una dama. Quedóse profundamente pensativo el bufón, como quien reconcentra todas sus facultades para obtener la resolución de un misterio. – ¡El cocinero mayor de su majestad – dijo el bufón – , es usurero! – ¿Qué tiene que ver ese pecado mortal de Francisco Montiño para nuestro secreto? – Esperad, esperad. El señor Francisco Montiño se vale para sus usuras, de cierto bribón que se llama Gabriel Cornejo. – Veamos, veamos á dónde vais á parar. – Me parece que voy viendo claro. Ese Gabriel Cornejo, que á más de usurero y corredor de amores, es brujo y asesino, sabe por torpeza mía un secreto. – ¡Un secreto! – Sabe que yo quiero ó quería matar á don Rodrigo Calderón. Sabe además otro secreto por otra torpeza de Dorotea, esto es, que don Rodrigo Calderón tiene ó tenía cartas de amor de la reina. – ¡Tenía! ¡Tenía! – dijo con arranque Quevedo – . Decís bien, tío Manolillo, decís bien, vamos viendo claro; ya sé, ya sé lo que Juan Montiño buscaba sobre don Rodrigo Calderón cuando le tenía herido ó muerto á sus pies. Lo que buscaba ese joven eran las cartas de la reina; para entregar esas cartas era su venida á palacio, para eso, y no más que para eso, ha entrado en el cuarto de su majestad. – Pues si ese caballero ha entregado á la reina esas cartas, y don Rodrigo Calderón no muere… ¿qué importa que muera don Rodrigo…? siempre quedarán el duque de Lerma, el conde de Olivares, el duque de Uceda, enemigos todos de su majestad; si esas terribles cartas han dado en manos de su majestad, ésta se creerá libre y salvada, y apretará sin miedo, porque es valiente y la ayuda el padre Aliaga… – Y la ayudo yo… – Y yo… y yo también… pero… son infames y miserables, y la reina está perdida… está muerta.. – ¡Muerta! ¡Se atreverán! y aunque se atrevan… ¿podrán…? – Sí, sí por cierto; y para probaros que pueden, os voy á nombrar otras de las piezas mayores que se abrigan en el alcázar. – ¡Ah! ¡Otra pieza mayor! – Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey. – ¡Ah! ¡También el buen Montiño! – Lo merece por haber inventado el extraño guiso de cuernos de venado que sirve con mucha frecuencia al rey. – Contadme, contadme eso, hermano. ¡Enredo más enmarañado! ¡Y no sé, no sé cómo se ha atrevido, porque su difunta esposa…! – La maestra de los pajes… – ¡Y qué oronda y qué fresca que era! ¡Y qué aficionada á los buenos bocados! – Y creo que el bueno del cocinero hubo de notar que había ratones en la despensa; pero no dió con el ratón. – Y ya debe estar crecida y hermosa Inesita. – ¡Pobre Montiño…! – Hereje impenitente… pero sepamos quién es ahora el ratón de su despensa. – No es ratón, sino rata y tremenda… el sargento mayor, don Juan de Guzmán. – ¿El que mató al marido de cierta bribona á quien galanteaba, y partió con ella los doblones que el difunto había ahorrado, por cuyo delito le ahorcan si no anda por medio don Rodrigo…? – El mismo. – Ha mandado don Rodrigo á ese hurtado á la horca que enamore á la mujer de Francisco Montiño… – Como que la hermosa Luisa entra cuando quiere en las cocinas de su majestad, y nadie la impide de que levante coberteras y descubra cacerolas. – No creí, no creí que llegase á tanto el malvado ingenio de don Rodrigo. Pero bueno es sospechar mal para prevenirse bien. Alégrome de haberos encontrado, amigo bufón, porque Dios nos descubre marañas que deshacer… y las desharemos ó podremos poco. Pero contadme, contadme: ¿en qué estado se encuentran los amores del sargento mayor y de la mayor cocinera? El tío Manolillo no contestó; había levando la cabeza, y puéstose en la actitud de la mayor atención. – ¿Qué escucháis? – dijo Quevedo. – ¡Eh! ¡Silencio! – dijo el bufón levantándose de repente y apagando la luz. – ¿Qué hacéis? – Me prevengo. Procuro, que si miran por el ojo de la cerradura de la otra puerta no vean luz bajo ésta. Es necesario que me crean dormido; necesitan pasar por delante de mi aposento y me temen. Pero se acercan. Callad y oíd. – Quevedo concentró toda su vida, toda su actividad, toda su atención en sus oídos, y en efecto, oyó unas levísimas pisadas como de persona descalza, que se detuvieron junto á la puerta del bufón. Durante algún espacio nada se oyó. Luego se escucharon sordas y contenidas las mismas leves pisadas, se alejaron, se perdieron. – ¿Es él? – dijo Quevedo. – El debe ser; pero el cocinero mayor… ¿cómo se atreve ese hombre?.. – Francisco Montiño no está en Madrid esta noche. – ¡Ah! ¿pues qué cosa grave ha sucedido para que deje sola su casa? – Según me ha dicho su sobrino postizo, ha ido á Navalcarnero, donde queda agonizando un hermano suyo. – ¡Oh! entonces el que ha pasado es el sargento mayor Juan de Guzmán. Y el bufón se levantó y abrió la ventana de su mechinal. – ¿Qué hacéis, hermano? cerrad, que corre ese vientecillo que afeita. – Obscuro como boca de lobo – dijo el bufón. – ¿Y qué nos da de eso? – Y lloviendo. – Pero explicáos. – ¿Queréis ver al ratón en la ratonera junto al queso? – ¡Diablo! – dijo Quevedo – . ¿Y para qué? Y después de un momento de meditación, añadió: – Si quiero. – Pues quitáos los zapatos. – ¿Para salir al tejado? – No tanto. Por aquí se sale á las almenas viejas, y por las almenas se entra en los desvanes, y por los desvanes se va á muchas partes. Por ejemplo, al almenar á donde cae la ventana del dormitorio del cocinero de su majestad. – Pues no hay que preguntarme otra vez si quiero – dijo Quevedo quitándose los zapatos. – No dejéis aquí vuestro calzado, porque saldremos por otra parte. – Ya sabía yo que érais el hurón del alcázar. – Como me fastidio y sufro y nada tengo que hacer, husmeo y encuentro, y averiguo maravillas. ¿Estáis listo ya, don Francisco? – Zapatos en cinta me tenéis, y preparado á todo. – No os dejéis la linterna. – ¿Qué es dejar? Nunca de ella me desamparo; cerrada encendida la llevo, y haciendo compañía á mis zapatos. ¿Estáis vos ya fuera? – Fuera estoy. – Pues allá voy y esperadme. Eso es. ¿Y sabéis que aunque viejo no habéis perdido las fuerzas? Me habéis sacado al terrado como si fuera una pluma. Estas piernas mías… parece providencia de Dios para muchas cosas el que yo no pueda andar de prisa ni valerme. – Dadme la mano. – Tomad. – Estamos en los desvanes. – Mi linterna me valga. – Nos viene de molde, porque estos desvanes son endiablados. – Fiat lux– dijo Quevedo abriendo la linterna. Encontrábanse en un desván espacioso, pero interrumpido á cada paso por maderos desiguales. El bufón empezó á andar encorvado y cojeando por aquel laberinto. De repente se detuvo y enseñó un boquerón á Quevedo. – ¿Y qué es eso? – dijo don Francisco. – Esto es una providencia de Dios. – Más claro. – Eso era antes un tabique. – ¿Y ocultaba algo bueno? – Una escalera de caracol. – ¿Y á dónde va á parar esa escalera? – A muchas partes, entre ellas á la cámara del rey y de la reina, y á las cuevas del alcázar. – ¿Y cómo dísteis con ese tesoro, hermano? – Buscando un gato que se me había huído. – Sois el diablo familiar del alcázar. – Sigamos adelante, que luego volveremos por aquí. – Sigamos, pues. Anduvieron algún espacio. – Dadme la mano y cerrad la linterna. – ¿Hemos llegado? – Estamos cerca. – Fiant tenebræ– dijo Quevedo cerrando la linterna. – Ahora venid; venid tras de mí en silencio y veréis y oiréis. Zumbaba el viento, llovía, y el viento y la lluvia y la obscuridad de la noche protegían á los dos singulares expedicionarios. Marchaban entre un tejado y un almenar. De repente el bufón asió á Quevedo, y le volvió sobre su derecha. Entonces Quevedo vió frente á él una ventana, y por algunos agujeros de ésta el reflejo de una luz en el interior. Quevedo acercó su semblante y pegó sus antiparras á uno de aquellos agujeros, y el bufón á su lado, se puso asimismo en acecho. En aquel mismo punto dió el reloj del alcázar las tres de la mañana. CAPÍTULO XV DE LO QUE VIERON Y OYERON DESDE SU ACECHADERO QUEVEDO Y EL BUFÓN DEL REY Un hombre se paseaba en una habitación muy pequeña y harto humildemente alhajada. Una estera de esparto, algunas sillas, una mesa sobre la que ardía una lamparilla delante de una Virgen de los Dolores, pintada al óleo, y algunas estampas en marcos negros sobre las paredes blancas, componían todo el menaje de aquella habitación. Al fondo había una puerta cubierta con una cortina blanca. Sentada en una silla, junto á una mesa, apoyado en ella un brazo, y en la mano la cabeza, había una mujer joven y hermosa, pero triste, pensativa y á todas luces contrariada. Esta mujer era Luisa, la esposa del cocinero mayor de su majestad. Blanca, blanquísima, pelinegra y ojinegra, gruesecita, de mediana estatura, si no se descubría en ella esa distinción, esa delicadeza que tanto realza á la hermosura, no podía negarse que era hermosa, muy hermosa, pero con una hermosura plebeya, permítasenos esta frase. Había en ella sobra de vida, sobra de voluntad, violencia de pasiones, disgusto profundo de su suerte, todo esto representado y como estereotipado en su semblante. Estaba, como dijimos anteriormente, encinta de una manera abultada, y vestía sencilla, más que sencilla, miserablemente. El hombre que se paseaba en la habitación y hablaba casi por monosílabos y lentamente con Luisa, era un hombre alto, fornido, soldadote en el ademán, en el traje y en la expresión, con cabellera revuelta, frente cobriza, ojos negros, móviles y penetrantes, mejillas rubicundas y grandes mostachos retorcidos. Vestía una gorra de velludo con presilla de acero, un coleto de ante, cruzado por una banda roja, una loba abierta de paño burdo que dejaba ver el coleto, la banda y un ancho talabarte de que pendía una enorme espada, unas calzas rojas imitadas á grana, y unos zapatos altos. Este hombre, en el conjunto, podía llamarse buen mozo, uno de esos Rolandos lo más á propósito para volver el seso á ciertas mujeres que pertenecían á cierta clase media, despreciadoras de gente menuda, que no podían aspirar á los amores de los caballeros de alto estado, y que se contentaban y aun se daban por dichosas con los amores de hidalgos del porte y talante del sargento mayor don Juan de Guzmán, que era el hombre que hemos descrito, que se paseaba en el profanado dormitorio de Francisco Montiño y que hablaba por monosílabos con su mujer. – Es preciso… pues… sí… de otro modo… – decía este hombre cuando el bufón y Quevedo se pusieron en acecho. Tembló toda Luisa. – Ha sido herido, casi muerto – añadió el soldadote. – Pero yo… – Sí; tú no tienes la culpa de que don Rodrigo Calderón haya tenido un mal encuentro, pero esto me impide pasar la noche á tu lado. – ¿Tienes miedo? – dijo Luisa. – ¡Miedo! ¿Y de qué? – dijo Guzmán – ; es cierto que todo marido, aunque sea tan ruin y tan cobarde como el tuyo, es respetable; no sé qué tienen los maridos; pero cuando él llama por allá yo escapo por ahí. Y el sargento mayor señaló la ventana. – Bueno es saberlo – dijo para sí Quevedo, probando si su daga salía con facilidad de la vaina. – Me alegro por otra parte de que el bueno de Montiño haya tenido que ir á ver á su hermano. Tenía que hablarte. – Yo también. Desde el día en que te vi estoy sufriendo, Juan. Primero, porque te amé, luego… porque cuando te amé conocí lo horrible que era estar unida para toda la vida con un marido como el mío. Hace seis meses que te escuché, y poco menos tiempo que te recibí en esta habitación por primera vez. La vida se me hace insoportable, Juan. Yo no puedo vivir así. Se pasan semanas y aun meses sin que podamos hablar… me veo obligada á contentarme con verte cruzar allá abajo por lo hondo del patio paseando con ese eterno amigo tuyo de quien tengo celos… me parece que le quieres más que á mí, que á mí me tomas por entretenimiento. – ¡Dios de Dios! – exclamó el sargento mayor, atusándose el mostacho y parándose delante de Luisa, el un pie adelante, afirmando el cuerpo en el otro y la mano en la cadera; ¿pues por qué, buena moza, no estoy yo ahora en Nápoles? – ¿Qué diablos tendrá que hacer este tunante en Nápoles? – pensó Quevedo – ; oigamos, y palabras al saco. – Es que si tú te fueras y no me llevaras, yo moriría de pesar. – Descuida, descuida, paloma mía – dijo volviendo á su paseo el soldado – , que en concluyendo cierta empresa que tenemos acá entre manos, iremos á Nápoles á concluir otra. Tú no sabes bien con qué hombre tratas y qué hombres tratan con él. – Lo que es el que pasa contigo por los corredores bajos de palacio no me gusta nada – dijo Luisa – , tiene el mirar de traidor. – ¡Ah! ¡Agustín de Avila, el honrado alguacil de casa y corte! Pues mira, él no dice de ti lo mismo. Sólo se le ocurre un defecto que ponerte. – Me importa poco. – Maravíllase mi amigo de que teniendo por amante un hombre tal como yo, puedas vivir al lado de un marido tal como el tuyo. – ¿Y qué le he de hacer? – Ya te lo he dicho… – ¡Oh! ¡nunca!.. ¡nunca!.. ¡qué horror! – exclamó Luisa. – Pues será necesario que renuncies á verme. – ¡Juan! – exclamó Luisa, cuyos ojos se llenaron de lágrimas. – Preciso de todo punto: las cosas se ponen de manera que no se puede pasar más adelante. ¿No oyes que esta noche la reina ha salido á la calle? – ¡Oh! no, eso no puede ser. – ¿Que la amparaba un hombre desconocido?.. – ¡Dios mío! ¿pero qué tengo yo que ver con todo eso? – Que ese hombre ha herido malamente á don Rodrigo Calderón. – ¿Y á ti qué te importa? – Luisa, todo lo que soy, lo debo á don Rodrigo. – Bueno es ser agradecidos, pero cuando no nos piden imposibles. – Nada hay imposible cuando se ama. – Don Rodrigo no puede pedirte tanto. – Debo á don Rodrigo el no haber dado en la horca. – ¡En la horca tú! ¿y por qué? – Por una calumnia. Pero tal, que si no hubiera mediado don Rodrigo… – ¿Y qué te cargaron? – ¡Bah! ¡poca cosa! Haber envenenado al marido de una querida mía. – ¿Y eso es verdad? – dijo estremeciéndose Luisa. – Ni por asomo; pero como yo era amigo del marido y entraba en la casa aun cuando él no estaba, y la mujer era una moza garrida, y un día amaneció muerto el marido, y dieron en decir los que le vieron que tenía manchas en el rostro… – ¿Y eso era verdad? – Pudo serlo, pero no lo era. Pues tanto dijeron y murmuraron y hubo tantos que supusieron que yo era el causante de aquella muerte, que dieron con los dos, con ella y conmigo, en la cárcel. – ¡Dios mío! – Ella murió. – ¿La ajusticiaron? – Tanto da, porque la pusieron al tormento y no pudo resistir. – ¡Dios mío! ¿Y á ti no te atormentaron? – Sí, pero el alcalde y el escribano eran amigos; mejor: les había hablado don Rodrigo, y aun más que hablado, y lo del tormento quedó en ceremonia. Dos meses después estuve libre y salvo y declarada mi inocencia, y para satisfacerme, de capitán que era de la guardia encarnada, hízome su majestad, por los buenos oficios del duque de Lerma, á quien don Rodrigo había dicho mucho bien mío, sargento mayor de la guardia española: mira, pues, si estoy obligado á servir á don Rodrigo. – ¡Juan! ¡Juan! ¡por Dios! no me obligues á lo que yo no quiero hacer. – ¿Pero á ti qué te importa? Toda la culpa caerá sobre tu marido. – ¡Y si le ahorcaran inocente!.. ¡no y no! – Pues bien, no me volverás á ver. – No, tampoco. – ¿En qué quedamos, pues? ¿no te digo que estoy haciendo falta en Nápoles? – Echad abajo la ventana con vuestras fuerzas de toro, hermano – dijo rápidamente Quevedo al oído del bufón. – Paciencia y calma, y dejemos que corra el ovillo – dijo el bufón. Una ráfaga de viento arrastró las palabras de Quevedo y del tío Manolillo. Habíase distraído Quevedo, y cuando volvió á mirar, vió que don Juan de Guzmán mostraba á Luisa un objeto envuelto en un papel, sobre el cual arrojó una mirada medrosa Luisa. – No, no – repitió la joven – . ¡Qué horror! – Pues bien – dijo el sargento mayor guardando el papel con una horrible sangre fría – , no hablemos más de eso. Adiós. Y se dirigió á la puerta. – No, no – dijo Luisa arrojándose á su cuello – , lo pensaré. – Pues bien, piénsalo y… si te resuelves, pon por fuera de la ventana un pañuelo encarnado. – Bien, sí, ¿pero te vas? – Es preciso, preciso de todo punto; no puedo detenerme ni un momento. No sabes, no sabes lo que sucede. – ¡Oh, Dios mío! ¡y sabe Dios cuándo podremos volvernos á ver! – Cuando volvamos á vernos será para no separarnos. Pero adiós, adiós, que estoy haciendo falta en otra parte. –¿Dónde hará falta este pícaro? – dijo Quevedo. Oyóse entonce un beso dentro de la habitación. Cuando miró Quevedo de nuevo por los agujeros, ni Luisa ni don Juan de Guzmán estaban en la estancia. – Nada tenemos que hacer ya aquí – dijo el tío Manolillo. Yo lo sospechaba, pero no había creído que se diesen tanta prisa. ¿Y no haber muerto ese infame de don Rodrigo? ¿tenía acaso las manos de lana el bastardo de Osuna? Pues no, cuando su padre daba un golpe no le daba en vano. – Desengañáos, desengañáos, hermano Manolillo – dijo Quevedo – : hay hombres que tienen siete vidas como los gatos. Y volvióse bruscamente hacia el almenar, y poniendo en él las manos, exclamó con ronca voz entre las tinieblas: – ¡Ah! ¡infame alcázar, cueva de la tiranía, almacén de pecados, arca de inmundicias, maldígate Dios, maldígate como yo te maldigo! – ¡Oh!, sí, maldiga Dios estos alcázares de la soberbia, donde sólo se respira un aire de infamia – exclamó el bufón. – Un día soplará viento de venganza, y estos alcázares serán barridos como las hojas secas – murmuró con acento profético Quevedo – . Pero hasta entonces, ¡cuánto crimen, cuánta sangre, cuántas lágrimas! – Habéis visto lo alto del alcázar, hermano don Francisco, y voy á llevaros á que veáis lo bajo. Seguidme. – En buen hora sea, vamos á sorprender al alcázar en otra hora mala. – Llegamos á los desvanes; bajad la cabeza, hay cinco escalones. Poco después añadió el bufón: – Abrid la linterna. Voy á llevaros á la cámara de la reina. – Vamos, hermano, vamos, y que Dios nos tome en cuenta esta aventura gatuna, y el no haberla dado buena de esa infame adúltera y de ese rufián asesino. – No hubiera sido prudente matar á don Juan de Guzmán; hubiera sido romper una de las cien manos de que se valen los traidores, y nada más; les sobrarían medios de llevar á cabo sus proyectos, de modo que acaso no podríamos conocerlos y estar á punto para destruirlos. Confiad en mí, que ni duermo ni reposo, que estoy siempre alerta, y que como decís muy bien, soy el mochuelo del alcázar, y que contando con vos, don Francisco, nada temo. Don Rodrigo se nos escapa; pero juro á Dios, que como el diablo no le ayude… – Diablo y aun diablos debe tener al lado, cuando esta noche no ha dado con él al traste el bravo Juan Montiño. Pero dejad, dejad, yo tengo una espada tal y tan maestra que ella sola se va á donde conviene y no toca á un hombre que no le mate. Pero si no me engaño, estamos en el negro boquerón que vos encontrásteis tapiado cuando buscábais á vuestro gato. – Y providencia de Dios fué que se me ocurriera destapiarle, porque yo me dije: detrás de ese tabique debe haber algo, algo que yo no conozco, y eso que me son familiares todos los escondrijos del alcázar: como que he nacido en él, y en él he pasado los cincuenta años de mi vida. Destapé y hallé con alegría lo que nadie conoce más que yo, y lo que vos vais á conocer. Entremos. Dirigiéronse al negro boquerón, y Quevedo se encontró en lo alto de unas polvorientas escaleras de piedra, y tan estrecho el caracol, que apenas cabía por él una persona; aquella escalera estaba abierta, sin duda, en el grueso muro. Empezaron á descender. Quevedo contaba los escalones. A los ochenta, el bufón tomó por una estrecha abertura abovedada. La escalera continuaba. – Por aquí – dijo el bufón. Y siguió por el pasadizo. A los cien pasos abrió una puerta, y siguió por el mismo pasadizo, que se ensanchaba algo más. A los pocos pasos se detuvo junto á una puerta situada á la izquierda. – Mirad – dijo á Quevedo – : esta puerta secreta corresponde al dormitorio de su majestad. – ¡Ah!, ¿y para qué os detenéis? ¿qué vamos á hacer en el dormitorio de la reina? – Mirad, mirad, y veréis algo que os asombrará. – ¿Y cómo miro? ¿creéis acaso que yo tengo la virtud de ver á través de las paredes, como al través del vidrio de mis antiparras? – Yo, para observar, he abierto dos agujeros pequeños. Helos aquí. – ¡Ah! ¡famosa catalineta real! – dijo Quevedo arrimando sus espejuelos á las dos pequeñas perforaciones que le había mostrado el bufón. – ¡Jesucristo! – exclamó Quevedo en voz muy baja – : ¿sera verdad lo que me habéis dicho acerca de ser pieza mayor el rey? En el lecho de la reina, más allá de ella, á quien da la luz de la lámpara sobre el bello semblante dormido, hay un bulto. Y en un sillón junto al lecho, vestidos de hombre. – Y un rosario de perlas. – ¡Ah! ¡es el rey! – ¿Pues quién otro pudiera ser, ahí, en ese dormitorio y en ese lecho? – ¡Maravilla! ¡milagro! ¡y la reina parece feliz y satisfecha, sonríe á sus sueños! – Guárdela Dios á la infeliz – dijo el bufón – ; pero sigamos. – Duerman en paz sus majestades – dijo Quevedo siguiendo al bufón. Este se detuvo un poco más allá. – Aquí hay otra puerta – dijo – , y en ella otros dos agujeros. Mirad. – ¡Ah! – dijo Quevedo mirando – , ¡ah corazón mío! ¡guarda, guarda y no latas tan fuerte, que te pueden oír! – ¿Qué veis, que murmuráis, don Francisco? – Veo á la condesa de Lemos que vela… y que llora. – ¡Ah! ¿y no se os abre el corazón? – Abriera yo mejor esta puerta. – No quedará por eso si queréis; pero luego: seguidme y veréis más. – ¿Y qué más veré? – Habéis visto á la hija llorando; y es muy posible que veáis al padre rabiando. – ¿Y qué hace en el alcázar su excelencia? – Ha venido á ver al rey y no le ha encontrado en su cámara: le han dicho que el rey está en la cámara de la reina, y si se le ha puesto saber hasta qué hora están juntos sus majestades, se habrá quedado sin duda en la cámara real; pero hablemos bajo no sea que nos oigan. – Para no ser oídos, lo mejor es ser callados. – Aquí – dijo con acento imperceptible el bufón, señalando otra puerta y en ella otros dos agujeros. El bufón no se había engañado: el duque de Lerma velaba en la cámara real; pero no estaba solo. En el momento en que se puso en acecho Quevedo, un ujier acababa de introducir en la cámara á un hombre vestido de negro á la usanza de los alguaciles de entonces: era alto y seco, de rostro afilado, grandes narices, expresión redomada y astuta, y parecía tener un doble miedo por el lugar en que había entrado, y por la persona ante quien se encontraba. – ¿Tú eres Agustín de Avila, alguacil de casa y corte? – dijo el duque. – Humildísimo siervo de vuecencia – dijo el corchete mientras Quevedo apuntaba en el libro de su memoria el nombre y la catadura del preguntado. – ¿Has visto á don Rodrigo Calderón que está herido en mi casa? – Sí, señor. – Te habrá dado instrucciones. – Y las he cumplido, señor; sé quién es el delincuente, ó por mejor decir, los delincuentes. – Yo debí de haber matado á Francisco de Juara – pensó Quevedo – ; á veces la caridad es tonta, estúpida. Acúsome de necio: encerrado me doy. El alguacil entre tanto sacaba un mamotreto de entre su ropilla. – He aquí las diligencias de la averiguación de ese delito, excelentísimo señor – dijo el corchete. – Diligencias que habréis hecho vos solo, sin intervención de otra persona alguna. – Sí, señor. – Leed. – «Yo, Agustín de Avila…» – Adelante. «…llamado por su señoría el señor conde de la Oliva…» – Adelante, adelante. «…encontré á su señoría herido malamente…» – Al asunto. «…Preguntado Francisco de Juara, lacayo del señor conde de La Oliva dónde había estado esta noche desde su principio y con qué personas había hablado, dijo: que al principio de la noche, su señor le mandó seguir á un embozado; que habiéndole seguido, el embozado se entró en el zaguán de las casas que en esta corte tiene el excelentísimo señor duque de…» – Adelante. «…Que los porteros no dejaron entrar al embozado, que se sentó en el poyo del zaguán. Que el declarante se puso á esperarle; que á poco entró en el zaguán don Francisco de Quevedo y Villegas…» – ¡Ah! – dijo el duque. – ¡Pecador de mí! – murmuró Quevedo. «…Que el embozado á quien el declarante vigilaba, habló con don Francisco, y que amparado por éste, dejáronle subir los porteros; que el que declara, se quedó esperando; que bien pasadas dos horas, el mismo embozado que había entrado en casa del señor duque, salió acompañado del señor Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, y que entrambos rodearon la manzana, y se detuvieron junto al postigo de la casa de su excelencia, donde estuvieron hablando algún espacio, después de lo cual, el cocinero mayor partióse, y el embozado se quedó escondido en un zaguán frente al postigo de la citada casa de su excelencia. Que el declarante se quedó observándole á lo lejos. Que algún rato después se abrió el postigo de la casa del duque y salió un hombre sobre el cual se arrojó á cuchilladas el embozado que estaba escondido; que á poco las cuchilladas cesaron y el embozado y el otro se dieron las manos, hablaron al parecer como dos grandes amigos, y se escondieron en el zaguán. Que transcurrida bien una hora, se abrió otra vez el postigo y salió un hombre, en quien el declarante conoció, á pesar de lo obscuro de la noche, por el andar, á su señor don Rodrigo Calderón; que apenas don Rodrigo había andado algunos pasos cuando fué acometido, y que queriendo ir el declarante á socorrerle, como era de su obligación, se encontró con el otro hombre, que le esperaba daga y espada en mano, y en quien á poco tiempo conoció á don Francisco de Quevedo. Que siendo el don Francisco, como es notorio, muy diestro, y muy bravo, y muy valiente, y viendo el declarante que no podía socorrer á su señor, tomó el partido de ir á buscar una ronda, y huyó dando voces. Que á las pocas calles encontró un alcalde rondando, y que por de prisa que llegaron al lugar de la riña, encontraron á los delincuentes huidos y al señor don Rodrigo mal herido y desmayado y abierta la ropilla como si hubiese sido robado, rodeado de los criados del señor duque de Lerma, que habían acudido con antorchas; que trasladaron al señor don Rodrigo á la casa del señor duque, y puesto en un lecho y llamado un cirujano, el alcalde tomó declaración indagatoria bajo juramento apostólico al declarante; y á los criados del duque.» Esta, excelentísimo señor, es la declaración de Francisco de Juara tomada por mí, y á cuyo pie el declarante ha puesto una cruz por no saber firmar. El duque de Lerma se levantó y se puso á pasear hosco y contrariado á lo largo de la cámara. – ¿Y no hay más que eso? – dijo después de algunos segundos de silencio. – Sigue la diligencia de haber buscado al cocinero mayor del rey y de no haberle encontrado. – ¿Pues dónde está Montiño? – Según declaración de su mujer, Luisa de Robles, ha partido á Navalcarnero, á donde decía haber ido su esposo á causa de estar muriendo un hermano suyo. Preguntada además si sabía que acompañase alguien á su marido, contestó que no: pero que podrían saberlo los de las caballerizas, porque siempre que Montiño hace un viaje, lo hace sobre cabalgaduras de su majestad. Luisa Robles puso una cruz por no saber firmar al pie de su declaración. – Iríais á las caballerizas. – Ciertamente, señor, y tomando indagaciones, supe que el señor Montiño había partido solo con un mozo de espuela. Y como sabía las señas del embozado, esto es, sombrero gris, capa parda y botas de gamuza, supe que aquel hombre había llegado aquella tarde en un cuartago viejo que me enseñaron en las caballerizas, donde le había mandado cuidar el señor conde de Olivares, caballerizo mayor del rey. – ¡Cómo! ¿conoce don Gaspar de Guzmán al que ha dado de estocadas á don Rodrigo? – dijo Lerma hablando más bien consigo mismo que con el alguacil. – No; no, señor; pero el incógnito había tenido una disputa con un palafranero á propósito de su viejo caballo, había querido zurrarle, sobrevinieron el señor conde de Olivares y el señor duque de Uceda, y el desconocido se descargó diciendo que era sobrino del cocinero mayor de su majestad. – ¡Sobrino de Montiño!.. – exclamó el duque – . ¿Y no habéis afirmado más la prueba del parentesco del reo con el cocinero mayor? – Sí; sí, señor; como el reo había ido á las cocinas en busca del que llamaba su tío, fuí á las cocinas yo. Era ya tarde y solo encontré á un galopín que se llama Cosme Aldaba. Díjome que, en efecto, á principios de la noche había estado en las cocinas un hidalgo preguntando por su tío, y que le habían encaminado á casa de vuecencia, donde se encontraba el cocinero mayor. – ¿Volveríais á mi casa? – Volví. – ¿Preguntaríais á la servidumbre? – Pregunté. – ¿Y qué averiguásteis? – Aquí está la declaración de un paje de vuecencia llamado Gonzalo Pereda, por la que consta, que el cocinero mayor del rey le mandó servir de cenar en la misma casa de vuecencia á un su sobrino, á quien llamó Juan Montiño. – ¿De modo que ese Juan Montiño y don Francisco de Quevedo y Villegas son amigos? – dijo el duque. El alguacil se calló. – Dadme esas diligencias – dijo el duque. Entrególas el alguacil. – Idos, y que á persona viviente reveléis lo que habéis averiguado. – Descuidad, señor – dijo el corchete, y salió de la cámara andando para atrás para no volver la espalda al duque. Cogió éste y examinó minuciosamente los papeles que le había dejado el alguacil, y después los guardó en su ropilla y llamó. – ¿Ha venido el señor Gil del Páramo? – dijo á un maestresala que se presentó á su llamamiento. – En la antecámara espera, señor – dijo el maestresala. – Hacedle entrar. Entró un hombre de semblante agrio y ceñudo, vestido con el traje de los alcaldes de casa y corte, y se inclinó profundamente ante el duque. – ¿Sois vos el que rondaba cuando encontrásteis herido al señor conde de la Oliva? – Sí, excelentísimo señor. – ¿Traéis con vos las diligencias que habéis practicado? – Sí, excelentísimo señor. – Dádmelas. – Tomad, excelentísimo señor. – Guardad un profundo silencio acerca de lo que sabéis y no procedáis en justicia. – Muy bien, excelentísimo señor. – Podéis retiraros. – Guárdeos Dios, excelentísimo señor. El alcalde salió. El duque se sentó en un sillón y quedó profundamente pensativo. – ¿Te alegras ó te pesa de lo acontecido? – dijo Quevedo, procurando ver al través de la inmóvil expresión de aquel semblante – . Allá veremos. En cuanto á mí, no me escondo. No por cierto. ¿Cómo he tener yo miedo de un hombre que no sabe lo que le sucede? Ahora bien, amigo bufón, ¿queréis guiarme á la puerta de la cámara donde está la condesa de Lemos? – Que no os haga doña Catalina hacer una locura; yo que vos me escondía. – Pues ved ahí, yo voy ahora más que nunca á darme á luz. Pero guiad, hermano, guiad. El bufón desandó lo andado, llegó frente á una puerta y dijo: – Aquí es. – Esperad, esperad y no habléis; reconozcamos antes el campo. En palacio es necesario andar con pies de plomo. – Paréceme que hablan en la cámara. – Pues escuchemos. Quevedo observó. Un gentilhombre estaba respetuosamente descubierto delante de doña Catalina. – ¿Conque es decir que la señora camarera mayor – dijo la de Lemos – se ha puesto tan enferma que se ha retirado? – Y os suplica que la reemplacéis, noble y hermosa condesa. – Muy bien; retiráos. – ¿De todo punto? – De todo punto; que cierren bien las puertas exteriores y que las damas, las meninas y las dueñas se retiren también. – ¿Y se va vuecencia á quedar sola? – Que esperen dos de mis doncellas en la saleta de afuera. – Muy bien, señora; Dios dé buenas noches á vuecencia. – Gracias. El gentilhombre salió. Quevedo oyó cerrar las puertas. La condesa se destrenzó los cabellos, se abrió el justillo, llegó á la luz, la apagó, y luego oyó Quevedo como el crujir de un sillón al sentarse una persona. Quevedo cerró su linterna y dijo al bufón: – Abrid y hasta otro día. – Pero, hermano don Francisco, ¿os vais á encerrar sin escape en la cueva del león? – La condesa de Lemos cuidará de darme salida. – Dios quede con vos, hermano. – Hermano, Él os acompañe. Crujió levemente la puerta, y en silencio Quevedo adelantó sobre la alfombra. La puerta volvió á cerrarse sin ruido. Pero la condesa no dormía y percibió los pasos de Quevedo. – ¿Quién va? – dijo á media voz levantándose. – No gritéis, por Dios, señora de mis ojos – dijo Quevedo – , que el amor me trae. – Os trae Dios – contestó doña Catalina – , porque tenemos mucho que hablar. – Pues hablemos. – Pero no á obscuras. Quevedo abrió su linterna. – Gracias, mi buen caballero – dijo la de Lemos – ; ahora sentáos y escuchadme. – Siéntome y escucho. – Oíd. Doña Catalina y Quevedo, inclinados el uno hacia el otro, empezaron á hablar en voz baja. CAPÍTULO XVI EL CONFESOR DEL REY El capitán Vadillo llevó á Juan Montiño al postigo de la Campanilla, que abrieron los guardas de orden del rey, y luego le acompañó hasta el convento de Atocha. Por el camino fueron hablando de la mala noche que hacía, de lo obscuras que estaban las calles y de las guerras de Flandes. Cuando llegaron al convento, el mismo Vadillo tiró de la cuerda de la campana de la portería. Pasó algún tiempo antes de que de adentro diesen señales de vida. Al fin se abrió el ventanillo enrejado de la puerta, y una voz soñolienta dijo: – ¿Qué queréis á estas horas? – Decid al confesor del rey – dijo Vadillo – que un hidalgo que viene en este momento de palacio, le trae una carta de su majestad. El capitán no sabía si aquella majestad era el rey ó la reina. – ¡Una carta de su majestad…! – dijo con gran respeto el portero – ; pero es el caso, que su paternidad estará durmiendo. – Despertadle – dijo Vadillo – , y entre tanto, como hace muy mala noche, abrid. – Voy, voy á abrirles, hermanos – dijo el portero, retirándose del ventanillo y dejando notar á poco su vuelta por el ruido de sus llaves. Abrióse la portería. – Esperen aquí ó en el claustro, como me mejor quisieren – dijo – ; yo voy á avisar á fray Luis de Aliaga. Montiño y Vadillo se pusieron á pasear á lo largo de la portería. – ¿Sabéis que estos benditos padres tienen unas casas que da gozo? – dijo el capitán, por decir algo. – Sí, sí, ciertamente; en este claustro se pueden correr caballos – contestó Montiño. – Dan, sin embargo, cierto pavor esos cuadros negros, alumbrados por esas lámparas á medio morir. – La falta de costumbre. – Indudablemente. Los benditos padres no se encontrarían muy bien en un campo de batalla, como yo me encuentro aquí muy mal; corre un viento que afeita, y se hace sentir aquí mucho más que en el campo. Esas crujías… con vuestra licencia, mejor estaríamos en el aposento del portero. – ¿Quién es el hidalgo portador de la carta de su majestad? – dijo el frailuco desde la subida de las escaleras – ; adelante, hermano, y sígame. – Entráos, entráos vos en el aposento del portero, amigo, y hasta luego. – Hasta luego. Y Juan Montiño tiró hacia las escaleras, y siguiendo al lego portero recorrió el claustro alto hasta el fondo de una obscura crujía, donde el lego abrió una puerta. – Nuestro padre – dijo el lego – , aquí está el hidalgo que viene de palacio. – Adelante – dijo desde dentro una voz dulce, pero firme y sonora. Montiño entró. El lego se alejó después de haber cerrado cuidadosamente la puerta. Encontróse Montiño en una celda extensa, esterada, modestamente amueblada, y cuya suave temperatura estaba sostenida por el fuego moderado de una chimenea. En las paredes había numerosas imágenes de santos pintados al óleo y guarnecidos por marcos negros. En frente de la puerta de entrada había dos puertas como de balcones, y entre estas dos puertas la chimenea; á la derecha otra puerta cubierta por una cortina blanca lisa; á la izquierda dos enormes estantes cargados de libros, entre los estantes un crucifijo de tamaño natural pintado en un enorme lienzo y con marco también negro; á los pies del Cristo un sillón de baqueta, sentado en el sillón un religioso, apoyados los brazos en una mesa de nogal cargada de papeles, entre los cuales se veía un enorme tintero de piedra, y alumbrada por un velón de cobre de cuatro mecheros, dos de los cuales estaban encendidos. El religioso era un hombre como de treinta y cinco á cuarenta años, de semblante pálido, grandes ojos negros, nariz aguileña y afilada, y bigote y pera negrísimos. Su espeso cerquillo era castaño obscuro, y las demás partes de su cabello y de su barba estaban cuidadosamente afeitadas. Su mirada se posaba serena y fija en Juan Montiño, y su mano derecha tenía suspendida una pluma sobre un papel, como quien interrumpe un trabajo importante á la llegada de un extraño. La primera impresión que Juan Montiño sintió á la vista del religioso, fué la de un profundo respeto. Había algo de grande en el reposo, en la palidez, en lo sereno y fijo de la mirada de aquel religioso. Y al mismo tiempo el joven se sintió arrastrado por una simpatía misteriosa hacia el fraile. Adelantó sin encogimiento, saludó, y dijo con respeto: – ¿Es vuestra paternidad fray Luis de Aliaga, confesor del rey? – Yo soy, caballero – dijo el fraile bajando levemente la cabeza. – Traigo para vos una carta de su majestad. – ¿De qué majestad? – De su majestad la reina. Y entregó la carta al padre Aliaga. – Sentáos, caballero – dijo el fraile. Montiño se sentó. Entre tanto el padre Aliaga abrió sin impaciencia la carta, y á despecho de Juan Montiño, que había esperado deducir algo del contenido de aquella carta por la expresión del semblante del religioso, aquel semblante conservó durante la lectura su aspecto inalterable, grave, reposado, dulce, indiferente. Sólo una vez durante la lectura levantó la vista de la carta y la fijó un momento en el joven. Cuando hubo concluído de leer la carta, la dobló y la dejó sobre la mesa. – Su majestad la reina, nuestra señora – dijo el padre Aliaga reposadamente á Juan Montiño – , al honrarme escribiéndome de su puño y letra, me manda que interponga por vos mi influjo, y me dice que la habéis hecho un eminente servicio. – He cumplido únicamente con mi deber. – Deber es de todo buen vasallo sacrificarlo todo, hasta la vida, por sus reyes. – Sí, señor, padre – replicó Montiño – , todo menos el honor. – Rey que pide á su vasallo el sacrificio de su honra ó de su conciencia es tirano, y no debe servirse á la tiranía. – Decís bien, padre. – ¿Sois nuevo en la corte? – Sí, señor. – ¿Os llamáis Juan Montiño? – Sí, señor.. – ¿Sois acaso pariente del cocinero mayor del rey? – Soy su sobrino, hijo de su hermano. – ¿Qué servicio habéis prestado á su majestad? – dijo de repente el padre Aliaga. – Lo ignoro, padre. – Pero… – Si esa carta de su majestad no os informa, perdonad; pero guardaré silencio. – ¿Qué edad tenéis? – Veinticuatro años. Quedóse un momento pensativo el padre Aliaga. – Habéis matado ó herido á don Rodrigo Calderón. – Han sido cuentas mías. – Algo más que asuntos vuestros han sido. Os pregunto á nombre de su majestad la reina. ¿Conoce vuestro tío el secreto? – ¿Qué secreto? – El de vuestras estocadas con don Rodrigo. – Mi tío está fuera de Madrid. Guardó otra vez silencio el padre Aliaga. – ¿Cuándo habéis llegado á Madrid? – He venido á asuntos propios. – ¿Guardaréis con todos la misma reserva que conmigo? – ¡Padre! – Ved lo que hacéis; la vanidad es tentadora; hoy podéis ser hidalgo reservado, ser leal, de buena fe… mañana acaso… – Ningún secreto tengo que reservar. – Cómo, ¿no es un secreto el haber venido á mí en altas horas de la noche, á mí, confesor del rey, á quien todo el mundo conoce como enemigo de los que hoy á nombre del rey mandan y abusan, trayendo con vos una carta de la reina? ¿cómo ha venido esa carta á vuestras manos? – Si lo sabéis, ¿por qué me lo preguntáis? si no lo sabéis, ¿por qué pretendéis que yo haga traición á la honrada memoria de mi padre, á mi propia honra? Me han enviado con esa carta; la he traído; no me han autorizado para que hable, y callo. – Seríais buen soldado… sobre todo para guardar una consigna; en esta carta me encargan que procure se os dé un entretenimiento honroso para que podáis sustentaros. ¿Qué queréis ser? sobre todo veamos: ¿en qué habéis invertido vuestros primeros años? – En estudiar. – ¿Y qué habéis estudiado? – Letras humanas, cronología, dialéctica, derecho civil y canónico y sagrada teología. – ¡Ah! – dijo fray Luis – ¿y cuál de las dos carreras queréis seguir, la civil ó la eclesiástica? – Ninguna de las dos. – ¡Cómo! ¿Entonces para qué habéis estudiado? – Por estudiar. – Y bien, ¿qué queréis ser? – Soldado. – ¡Soldado! – Sí; sí, señor, soldado de la guardia española, junto á la persona del rey. – He aquí, he aquí lo que son en general los españoles: quieren ser aquello para que no sirven. – Perdonad, padre; al mismo tiempo que estudiaba letras, aprendía estocadas. – Es verdad, me había olvidado; el que mata ó hiere á don Rodrigo Calderón… y bien; se hará lo posible porque seáis muy pronto capitán de la guardia española, al servicio inmediato de su majestad. – Es que no quiero tanto. – Es que no puede darse menos á un hombre como vos; contáos casi seguramente por capitán, y para que pueda enviaros la real cédula, dejadme noticia de vuestra posada. – No sé todavía cual ésta sea. – ¡Ah! pues entonces, volved por acá dentro de tres días. Para que podáis verme á cualquier hora, decid cuando vengáis que os envía el rey. – Muy bien, padre. Contad con mi agradecimiento – dijo Montiño levantándose. – Esperad, esperad; tengo que deciros aún: guardad un profundo secreto acerca de todo lo que habéis sabido y hecho esta noche. – Ya me lo había propuesto yo. – No os ocultéis por temor á los resultados de vuestra aventura con don Rodrigo. – Aún no sé lo que es miedo. – Y preparáos á mayores aventuras. – Venga lo que quisiere. – Buenas noches, y… contadme por vuestro amigo. – Gracias, padre – dijo Montiño tomando la mano que el padre Aliaga le tendía y besándosela. – ¡Que Dios os bendiga! – dijo el padre Aliaga. Y aquellas fueron las únicas palabras en que Montiño notó algo de conmoción en el acento del fraile. Saludó y se dirigió á la puerta. – Esperad: vos sois nuevo en el convento y necesitáis guía. Y el padre Aliaga se levantó, abrió la puerta de la celda y llamó. – ¡Hermano Pedro! Abrióse una puerta en el pasillo y salió un lego con una luz. – Guíe á la portería á este caballero – dijo el padre Aliaga al lego. Juan Montiño saludó de nuevo al confesor del rey y se alejó. El padre Aliaga cerró la puerta y adelantó en su celda, pensativo y murmurando: – Me parece que en este joven hemos encontrado un tesoro. Pero en vez de volverse á su silla, se encaminó al balcón de la derecha y le abrió. – Venid, venid, amigo mío, y calentáos – dijo – ; la noche está cruda, y habréis pasado un mal rato. – ¡Burr! – hizo tiritando un hombre envuelto en una capa y calado un ancho sombrero, que había salido del balcón – ; hace una noche de mil y más diablos. El padre Aliaga cerró el balcón, acercó un sillón á la chimenea, y dijo á aquel hombre: – Sentáos, sentáos, señor Alonso, y recobráos; afortunadamente el visitante no ha sido molesto ni hablador; estos balcones dan al Norte y hubiérais pasado un mal rato. – Es que no le he pasado bueno. Pero estoy en brasas, fray Luis; si alguien viniera de improviso… tenéis una celda tan reducida… os tratáis con tanta humildad… pueden sorprendernos. – El hermano Pedro está alerta; ya habéis visto que no ha podido veros el portero, á pesar de que yo tengo siempre mi puerta franca. – ¿Y quién ha venido á visitaros á estas horas? – preguntó el señor Alonso. La providencia de Dios, en la forma de un joven. – ¡Ah! ¡Diablo! ¿Nos ha sacado ese joven ó nos saca de alguno de nuestros atolladeros? – Como que ha herido ó muerto á don Rodrigo Calderón… – Mirad lo que decís, amigo mío; cuenta no soñéis. – ¿Qué es soñar? he aquí la prueba. Y el padre Aliaga fué á la mesa en busca de la carta de la reina… Entre tanto aprovechemos la ocasión, y describamos al nuevo personaje que hemos presentado en escena, que se había desenvuelto de la capa y despojado de su ancho sombrero. Llamábase Alonso del Camino. Era un hombre sobre poco más ó menos de la misma edad que el padre Aliaga, pero tenía el semblante más franco, menos impenetrable, más rudo. Había en él algo de primitivo. Era no menos que montero de Espinosa del rey. A pesar de la ruda franqueza de su semblante, de formas pronunciadas y de grandes ojos negros, se comprendía en aquellos ojos que era astuto, perspicaz, y sobre todo arrojado y valiente, sin dejarse de notar por eso en ellos ciertas chispas de prudencia; vestía una especie de coleto verde galoneado de oro; en vez de daga llevaba á la cintura un largo puñal, al costado una formidable espada de gavilanes, calzas de grana, zapatos de gamuza, y sobre todo esto, una especie de loba ó sobretodo, ancho, con honores de capa. En la situación en que le presentamos á nuestros lectores, mientras extendía hacia el fuego sus manos y sus piernas, miraba con una gran impaciencia al padre Aliaga que, siempre inalterable, desdoblaba la carta de la reina. – Acercáos, acercáos y oíd, porque esta carta debe leerse en voz muy baja, no sea que las paredes tengan oídos. Estiróse preliminarmente el señor Alonso del Camino, se levantó, se acercó á la mesa, se apoyó en ella y miró con el aspecto de la mayor atención al confesor del rey, que leyó lo siguiente: «Nuestro muy respetable padre fray Luis de Aliaga: Os enviamos con la presente á un hidalgo que se llama Juan Martínez Montiño. Este joven nos ha prestado un eminente servicio, un servicio de aquellos que sólo puede recompensar Dios, á ruego de quien le ha recibido.» – ¿Pero qué servicio tal y tan grande es ese? – dijo Alonso del Camino. – Creo que jamás os corregiréis de vuestra impaciencia. Escuchad. Y fray Luis siguió leyendo: «Ese mancebo nos ha entregado, por mano de doña Clara Soldevilla, aquellos papeles, aquellos terribles papeles.» – ¿Y qué papeles son esos? – A más de impaciente, curioso; son… unos papeles. – ¿Y no puedo yo saber?.. – No: oíd, y por Dios no me interrumpáis. – Oigo y prometo no interrumpiros. «A más ha herido ó muerto, para apoderarse de esos papeles, á don Rodrigo Calderón.» – Pues cuento por mi amigo á ese hidalgo, por eso sólo – exclamó, olvidándose de su promesa Camino. El padre Aliaga, como si se tratase de un pecador impenitente, siguió leyendo sin hacer ninguna nueva observación: «Pero ignoramos cómo ese hidalgo haya podido saber que los tales papeles estaban en poder de don Rodrigo Calderón, como no sea por su tío el cocinero del rey. Os lo enviamos con dos objetos: primero, para que con vuestra gran prudencia veáis si podemos fiarnos de ese joven, y después para que os encarguéis de su recompensa. A él, por ciertos asuntos de amores, según hemos podido traslucir, le conviene servir en palacio; nos conviene también, ya deba fiarse ó desconfiarse de él, tenerle á la vista. Haced como pudiéreis que se le dé una provisión de capitán de la guardia española al servicio del rey en palacio, y si no pudiéreis procurársela sin dinero, compradla: buscaremos como pudiéremos lo que costare. No somos más largos porque el tiempo urge. Haced lo que os hemos encargado, y bendecidnos. —La Reina.» – ¿Cuánto costará una provisión de capitán de la guardia española? – dijo fray Luis quemando impasiblemente la carta de la reina á la luz del velón. – Cabalmente está vacante la tercera compañía. Pero, ¡bah! ¡hay tantos pretendientes! – ¡Cuánto! ¡cuánto! – Lo menos, lo menos quinientos ducados. Tomó el padre Aliaga un papel y escribió en él lo siguiente: – «Señor Pedro Caballero: Por la presente pagaréis ochocientos ducados al señor Alonso del Camino, los que quedan á mi cargo. —Fray Luis de Aliaga.» Y dió la libranza á Camino. – He dicho quinientos ducados, y esto tirando por largo, y aquí dice ochocientos. – ¿Olvidáis que el nuevo capitán necesitará caballo y armas y preseas? – añadió el fraile. – ¡Ah! en todo estáis. – ¿Podemos tener la provisión del rey dentro de tres días? – Sí, sí por cierto, sobradamente: el duque de Lerma es un carro que en untándole plata vuela. – No os olvidéis de comprarla para poder venderla. – ¡Ah! ¿Y por qué? – ¿No conocéis que tratándose de estos negocios puede el duque conocer á ese joven? – Bien, muy bien; se comprará la provisión á nombre de cualquiera, como merced para que la venda, y éste tal la venderá en el mismo día á ese hidalgo. Creo que éste sea un asunto concluído. – Que sin embargo altera notablemente nuestros proyectos, los varía. – No importa, no importa; no luchamos sólo contra don Rodrigo Calderón. – Os engañáis; el alma de Lerma es Calderón. Puesto Calderón fuera de combate, cae Lerma. – Pero quedan Olivares, Uceda, y todos los demás que se agitan en palacio, que se muerden por lo bajo, y que delante de todo el mundo se dan las manos. Creo que en vez de aflojar en nuestro trabajo, debemos, por el contrario, apretar, aprovechando la ocasión de encontrarse Lerma desprovisto de uno de sus más fuertes auxiliares. Debemos insistir en apoderarnos de las pruebas de los tratos torcidos y traidores que Lerma sostiene en desdoro del rey y en daño del reino con la Liga. Debemos probar que las guerras de Italia y de Flandes se miran, no sólo con descuido, sino con traición… – Esperad… esperad un poco… ese es un medio extremo; el rey es muy débil… – Demasiado, por desgracia. – El rey nuestro señor, que no ve más allá de las paredes de palacio… – ¡Pero si en palacio tiene los escándalos! ¿no le tiene Lerma hecho su esclavo, cercado por los suyos? ¿puede moverse su majestad, sin que el duque sepa cuántas baldosas de su cámara ha pisado? ¿No le separa de la reina? ¿No aleja de la corte á las personas que pueden hacerle sombra? ¿Vos mismo no estáis amenazado? – Creedme, el duque de Lerma no es tan terrible como parece; el duque de Lerma nada puede hacer por sí solo; no tiene de grande más que lo soberbio… – Y lo ladrón… – Su soberbia, que le impele á competir con el rey, le hace arrostrar gastos exorbitantes; en nada repara con tal de sostener su ostentación y el favor del rey, que es una parte, acaso la mayor, de su ostentación. Pero en medio de todo, el duque de Lerma es débil; se asusta de una sombra, de todo tiene miedo, procura rodear al rey de criados suyos ó de personas que le inspiran poco temor. Un día estaba yo en mi obscuro convento. Oraba por el alma del difunto rey don Felipe; se abrió la puerta de mi celda, y entró el superior; traía un papel en la mano, y en su rostro había no sé qué de particular, una alegría marcada. Venía á darme una noticia que á otro hubiera llenado de alegría y que á mí me aterró. – ¿Y qué noticia era esa? – Apenas subido al trono el rey nuestro señor, me había nombrado su confesor; el papel que traía el superior en la mano, era una carta en que el mismo duque de Lerma me daba la noticia. Yo resistí… – ¡Que resistísteis! ¡bah! de un confesor del rey sale un obispo, y de un obispo un arzobispo, y de un arzobispo un papa. – Yo no soy ambicioso; un día, una familia honrada me encontró llorando sobre el cadáver de mi madre; mi padre había muerto poco antes; tuvieron piedad del pobre huérfano, y me llevaron á su casa. Yo he crecido en el dolor, y el dolor continuo, lento, que no proviene de los hombres, sino de la voluntad de Dios, labra la humildad y la fortaleza del alma que siente, que ha nacido para sentir. Mis bienhechores eran pobres; me miraban como hijo suyo… partían su pan conmigo… Yo oraba á Dios por el descanso de mis padres muertos, y por la paz, por la felicidad de mis padres de adopción; murieron también el uno tras el otro; mis hermanas adoptivas se habían casado; mis hermanos habían ido por el mundo á buscar fortuna; quedé otra vez solo; pero con el corazón completamente lleno por el dolor, por el dolor completo que ningún lugar ha dejado por herir, desde el amor propio hasta el amor de la familia, hasta ese otro amor que emana de la mujer. – ¡Ah! ¡habéis amado, fray Luis! – ¿Y qué hombre no ha amado? – exclamó profundamente el confesor del rey – . Y yo he amado como han amado muy pocos hombres, como más daño hace el amor; callándole, dominándole, encerrándole dentro del alma, sin esperanzas, sin deseos, con una ansiedad desconocida, infinita, insufrible, con el vacío del alma que necesita llenarse y no puede ser llenado. – ¿Tan alta era la mujer de quien os enamorásteis? – Ni me enamoré, ni era alta la mujer á quien mi pensamiento consagró mi amor. Era tan pobre y tan humilde como yo… ¡Margarita! Fray Luis inclinó la cabeza sobre una de sus manos, y repitió con voz opaca y concentrada: – ¡Margarita! Entre la entonación con que había pronunciado el padre Aliaga la primera vez aquel nombre de mujer, y la entonación con que le había pronunciado la segunda, había la misma diferencia que puede existir entre un recuerdo dulce y tranquilo y una aspiración desesperada. Cuando el confesor del rey levantó la cabeza de su mano, Alonso del Camino, que le contemplaba con una atención y una curiosidad intensas, vió relucir por un momento un fuego sombrío en el fondo de los ojos del fraile. Pero aquello pasó; dilatáronse los músculos del semblante del fraile, un momento contraídos, se dulcificó la expresión de su boca, que durante un momento había reflejado una amargura infinita, y su mirada se heló; dejó de ser la mirada mundana de un hombre combatido por fuertes pasiones, para convertirse en la mirada reposada, tranquila de un religioso ascético. – Margarita – continuó con la entonación propia de un relato sencillo – era una de mis hermanas adoptivas: cuando yo entré en su casa para partir con ella el pan de su familia, para vivir como un nuevo hijo bajo el techo común, Margarita tenía cuatro años; era rubia, blanca, pálida, con los ojos azules, y la sonrisa benévola, sonrisa en que se exhalaba un alma de ángel. Margarita creció, creció en hermosura y en pureza, creció á mi lado; yo la enseñé á leer, yo la expliqué los misterios de la religión, que el párroco nos explicaba en la iglesia… Margarita creció en años y en hermosura, y se hizo mujer. Yo seguía tratándola como hermana; la amaba con toda mi alma, pero creyendo amarla con un amor de hermano. Un día conocí que la amaba de otro modo, y la revelación de mi amor fué para mí una prueba dolorosa, infinita, cruel. Un día llegó á la casa un soldado con una cédula de aposento; fué aposentado, y vivió con nosotros algunos días: Margarita cambió; se puso triste, esquivaba mi compañía, y no sólo mi compañía, sino la de todo el mundo… Yo no sabía á qué atribuir aquella tristeza; la preguntaba y me respondía sonriendo: – No estoy triste. Su sonrisa desmentía sus palabras. Una noche, estaba yo desvelado pensando en la tristeza de Margarita, pensando cómo haría para volverla á su tranquilo estado anterior. Nuestros hermanos dormían. De improviso y en medio del silencio de la noche oí unas leves pisadas… las reconocí: eran las de Margarita que pasó por delante de la puerta de nuestro aposento; yo me levanté y la seguí descalzo. Margarita marchaba delante de mí como un fantasma blanco. No sé por qué no la llamé. Había dentro de mí un poder desconocido que me impedía hablar. Margarita bajó al corral, le atravesó… Llegó al postigo, sonó una llave en la cerradura. Entonces grité: – ¡Margarita! ¿á dónde vas? Pero la puerta se había abierto, un hombre había aparecido en ella, y había asido á Margarita, sacándola fuera. Oí entonces un ruido que hizo arder mi sangre, que anegó mi alma en un mar de amargura. El ruido de un beso, de un doble beso, y luego el llanto de Margarita, triste, apenado, como el de quien se separa de seres á quienes ama. Yo me precipité al postigo. No sé á qué. Pero un sueño de sangre había cruzado por mi pensamiento. Yo veía á un hombre que se llevaba á Margarita, y necesitaba matar á aquel hombre. Era muy joven y la amaba; la amaba como… como á ella sola, porque… no he vuelto á amar. Cuando llegué al postigo, aquel hombre, á quien reconocí á la luz de la luna y que era el mismo soldado que durante algunos días había estado de aposento en nuestra casa, había puesto á Margarita sobre el arzón de su caballo, había montado y había partido. Y entre el sordo galope del caballo, oí la voz de dolor de Margarita, que me gritaba: – ¡Adiós! ¡Luis! ¡adiós! ¡hermano mío! ¡ruega á mi padre que no me maldiga! ¡pide á mi madre que me dé su bendición!.. Y Margarita seguía hablándome, pero el caballo se había alejado, y el sonido seco, retumbante, de su carrera, envolvía las palabras de Margarita. Al fin el ruido del galope se perdió á lo lejos, y sólo quedaron la noche, el silencio y mi desesperación. No sé cuánto tiempo estuve en el postigo, inmóvil con el rostro vuelto á la parte por donde había desaparecido Margarita, con el llanto agolpado á los ojos y sin derramar una sola lágrima. Al fin, volví en mí: medité… y cerré el postigo con la misma llave con que le había abierto Margarita, que había quedado puesta en la cerradura; atravesé lentamente el huerto, entré en la casa y puse la llave del postigo en la espetera de la cocina, de donde sin duda la había tomado Margarita. Y todo esto lo hice estremecido, procurando, como un ladrón, que no me sintiesen. Y volví en silencio al aposento en que estaba mi lecho junto al de mis hermanos, y me recogí silenciosamente. Todos dormían. Ninguno me había sentido entrar, como ninguno había sentido salir á Margarita. Sufrí… ¡oh! Dios lo sabe, porque yo ya lo he olvidado; sólo recuerdo que sufrí mucho; pero tuve valor para ahogar dentro de mí mismo mi sufrimiento; le ahogué para que nadie me preguntase, para que nadie supiese por una debilidad mía el secreto de Margarita, que sólo sabíamos la noche y yo… y Dios que lo ve todo. Al día siguiente… Figuráos, señor Alonso, una madre que busca á su hija, y no la encuentra; un padre que no se atreve á pensar en su hija para maldecirla, ni puede pensar en su desaparición sin suponerlo todo… suponedme á mí ocultando, disimulando mi dolor, hasta que el dolor de los demás protegió al mío… yo callé… callé… porque su padre no la maldijese, y su padre no la maldijo. Poco tiempo después, su padre murió… luego su madre, después de cuatro años de viudez: sus hermanas se habían casado, sus hermanos se habían alejado del pueblo… me habían propuesto que los siguiese… pero yo tenía otros proyectos. – ¡Buscar á Margarita! – dijo Alonso del Camino. – No – dijo con acento severo el padre Aliaga – ; buscar á Dios. ¿Os hicísteis entonces fraile? – Sí. Os he referido esa sencilla historia, para que sepáis cuáles fueron los motivos que determinaron mi vocación, y cuáles las desgracias que labraron en mí esta fuerza para los sufrimientos, este desdén con que miro las grandezas humanas. Huérfano desde mis primeros años, malogrado mi primer amor, sin que nadie lo hubiera comprendido, ni aun yo mismo hasta que le vi malogrado, pasando seis años de rudas fatigas para obtener mi alimento; combatiendo durante estos seis años de la ausencia de Margarita, mis celos… sí, mis celos… mi amor sin esperanza… mi ansiedad por la ignorada suerte de Margarita… fuí un fruto lentamente madurado para la vida triste y silenciosa del claustro; en el fondo de mi corazón vacío sólo había quedado el nombre de Dios… y tendí mis brazos á Dios… le ofrecí mi vida… – ¿Y no volvísteis á ver á Margarita? – ¡Oh! ¡basta! ¡basta!.. os he referido lo antecedente para que comprendáis que mi nombramiento de confesor del rey me causó pena; yo estaba acostumbrado á una vida obscura y silenciosa en el fondo de mi celda; á la contemplación de las cosas divinas, que levantaba mi espíritu de las miserias humanas dándole la paz de los cielos; yo no podía ver sin dolor, que se pretendía arrojarme á un mundo nuevo para mí, y más peligroso cuanto más grande, cuanto más elevado era ese mundo; yo no podía pensar sin estremecerme, en que se me quería confiar la conciencia de un rey, hacerme partícipe de su inmensa responsabilidad ante Dios… y me negué. – ¡Os negásteis! – Sí por cierto; pero de nada me sirvió mi negativa. Una nueva orden del rey me mandó presentarme en la corte, y me fué preciso obedecer. – Pero no comprendo cómo, aislado, obscurecido… – Cabalmente se quería un fraile obscuro, de pocos alcances, devoto, que estuviese en armonía con la pequeñez, con la devoción exagerada del rey. Don Baltasar de Zúñiga me había conocido por casualidad, había hablado de mí á su sobrino el conde de Olivares y éste al duque de Lerma. Creyóse que en toda la cristiandad no había un fraile más á propósito que yo para dirigir la conciencia del rey, y se me trajo, como quien dice, preso á la corte. Cuando llegué me espanté. Vi, á la primera ojeada, que se me había traído para ser cómplice de un crimen. Del crimen de la suplantación de un rey. Engañado por mi aspecto el duque de Lerma, creyó habérselas con un frailuco, que por casualidad pertenecía á la orden de Predicadores… creyó que yo sería en sus manos un instrumento ciego… hoy acaso le pesa… hoy tal vez piensa en desasirse de mí á cualquier precio… pero esto importa poco… ellos no habían comprendido cuánta firmeza ha dado el sufrimiento á mi alma; ellos no creían que había en mí tal fuerza de voluntad; al conocerme… porque la debilidad del rey me ha descubierto ante ellos… han probado todos los medios: la ambición… los honores… me han encontrado humilde siempre: han venido á mí con una mitra en la mano, y yo la he rechazado; me han enviado á mi celda ricos dones, y los dones se han ido por donde habían venido: han tentado con todas las tentaciones al frailuco, y el frailuco las ha resistido como San Antonio resistió las del diablo en el yermo. ¿Y sabéis por qué, cansado de esta lucha sorda, no he ido á buscar la obscuridad de mi antigua celda? Porque he contraído el deber de guardar, de proteger una vida preciosa. La vida de la reina. – ¡La vida de la reina! – Pero don Rodrigo Calderón, está herido ó muerto… sí herido, ganaremos tiempo… si muerto, nos hemos salvado. – Pero creéis… – Don Rodrigo es capaz de todo… – ¡Regicida! – ¿Pues no dicen que ha dado hechizos al rey? – replicó el confesor del rey. – Os he oído decir mil veces que eso de los hechizos es una superstición. – Lo he dicho y lo repito; pero no he dicho nunca que don Rodrigo Calderón, á pesar de su buen, su demasiado ingenio, no sea supersticioso. Quien se ha atrevido á dar al rey cosas que han alterado su salud, será capaz de envenenar á la reina. – ¡Pero si don Rodrigo Calderón no pasa de ser el humilde secretario del duque de Lerma!.. – Don Rodrigo lo es todo. Sólo tiene un rival… rival que con el tiempo le matará, si don Rodrigo no le mata antes á él. – ¿Y quién es ese rival? – Don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, caballerizo mayor del rey y sobrino de don Baltasar de Zúñiga, ayo del príncipe don Felipe. – ¡Bah! ¡bah! creo que daremos con todos al traste; con los medios que tenemos… – Podremos, si nos anticipamos, dar un golpe; pero aunque lo demos, siempre quedará un mal en pie. – ¿Y qué mal es ese? – El rey. – ¡Ah! – Sí, su debilidad: la facilidad con que se plega al dictamen del más audaz que tiene al lado; á falta de Lerma, y de Calderón, y de Olivares, vendrán otros, y otros, y otros. – Que no serán malos como ellos. – ¿Quién sabe? pero vengamos á lo que conviene. Suspendamos por ahora nuestros trabajos… – ¡Ahora que nos dan un respiro, Dios ó el diablo! – No seáis impío, señor Alonso; no sucede nada que no proceda de Dios. Por ahora, dejémoslos á ellos solos. Lerma sin don Rodrigo Calderón es hombre al agua. Uceda y Olivares le atacarán. Lerma, entregado á sí mismo, cometerá de seguro algún grave desacierto: dejadlos, dejadlos hacer. Informáos de lo que hay de seguro acerca de don Rodrigo Calderón. No olvidéis de comprar la compañía para ese mancebo, y con lo que hubiere venid á verme mañana. Conque, que Dios os dé muy buenas noches. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/fernandez-y-gonzalez/el-cocinero-de-su-majestad-memorias-del-tiempo-de-fel/) на ЛитРес. 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Estas se han de cortar de manera que quede hacia la punta todo lo tierno y pelarlos en agua caliente, y quedarán muy blancos y hanse de aderezar con la tripa del venado, salvo que no se han de tostar, sino cocerlos con un poco caldo, y sazonar con pimienta y jengibre, y échesele un poquito de manteca de vacas fresca, y con esto cuezan cosa de una hora; y no se ha de cuajar con huevos, ni se ha de echar género de verdura. Es muy buen platillo; sólo el nombre tiene malo. Por lo que se ve, el cocinero de su majestad llamaba cuernos á los que en realidad sólo eran cuernos en leche; como si dijéramos, cuernos inferi por nacer ó no acabados de nacer.