El Inductor
Ruthy Garcia








Ãndice




CAPÃTULO I (#ulink_c3dc5918-f26e-5fc9-8c6d-43f43696b2b9)

CAPÃTULO II (#ulink_56b575f5-da49-5757-b1ff-8548fa6c937a)

CAPÃTULO III (#ulink_1c28a4c7-0b3f-5d23-ad30-b32be6292f89)

CAPÃTULO IV (#litres_trial_promo)

CAPÃTULO V (#litres_trial_promo)

CAPÃTULO V (#litres_trial_promo)

CAPÃTULO VI (#litres_trial_promo)

CAPITULO VII (#litres_trial_promo)

CAPITULO VII (#litres_trial_promo)

CAPITULO VIII (#litres_trial_promo)

CAPITULO IX (#litres_trial_promo)

CAPITULO X (#litres_trial_promo)

CAPITULO XI (#litres_trial_promo)









El Inductor



Una

Novela

de

Ruthy Garcia



Queda prohibida la distribuciÃ³n parcial o total de esta obra sin consentimiento del autor. Es un trabajo inÃ©dito, original, escrito por la autora.

Ruthy Garcia, escritora independiente.

Correccion, Jose Lopez Falcon.,

www.micorrector.es (http://www.micorrector.es/)

DiseÃ±o de Portada,

@ChinaYanlyDesings



Agradecimientos

Mis padres, mi esposo, mis hijos, todos ellos han contribuido a que sea la persona que soy. Por ello les agradezco su paciencia y su tolerancia.

A una persona que ha confiado en mÃ­, ignoro por quÃ©. Bueno, no sÃ© si merece esa confianza. Gracias, Lusa Guerrero. Has sido un motor de motivaciÃ³n y aprendizaje para mÃ­. Te deseo el mejor y mayor de los Ã©xitos.













Si me traicionan, Â¿puedo tomar una mejor venganza que amar a la persona que odio? Â¨Pierre Corneille










Cuatro caracterÃ­sticas corresponden al juez: escuchar cortÃ©smente, responder sabiamente, ponderar prudentemente y decidir imparcialmente.

SÃ³crates







CAPÃTULO I



Â¿JUZGADA?

âLe recuerdo que la decisiÃ³n que acaba de tomar de defenderse a sÃ­ misma, mÃ¡s que suicida, es innecesaria.



âLo sÃ©, y asumo toda responsabilidad. Tengo la capacidad mental para sacar la cara por mÃ­.



âBien, solo debo decÃ­rselo para intentar persuadir esta locura. Como juez de este caso, mi imparcialidad ante la desapariciÃ³n del niÃ±o Fondeur no debe ir mÃ¡s allÃ¡ de mis obligaciones, es necesario que se lo recuerde. EstÃ¡ a tiempo de solicitar un abogado.

âNo tengo nada de quÃ© temer. Asumo todo, reconozco los riesgos.

âCargos por secuestro, posible homicidio hacia un menor. Â¿EstÃ¡ segura? Â¿Sabe, entiende, asume a lo que se enfrenta?



La mujer traga en seco antes de contestar.



âSÃ­, su seÃ±orÃ­a, lo entiendo, lo sÃ© y lo asumo.



La jueza le ve de frente, acomoda sus lentes y suspira a modo de desencanto.



âPues que no se hable mÃ¡s. Mientras mÃ¡s tiempo pasa, menos tiempo tenemos. Es hora de esclarecer sus motivos, el mÃ³vil por el cual deliberadamente actÃºa en contra de este niÃ±o. Todos en la comunidad coinciden en la buena relaciÃ³n con el muchacho durante los Ãºltimos aÃ±os, tiempo en el cual fue pareja de su padre aquÃ­ presente, el seÃ±or Frank Fournier, padre de Mac.



Escuchar el nombre del niÃ±o fue suficiente para hacer estallar a la madre biolÃ³gica de Mac, que estaba en un asiento diferente. Llevaba divorciada algunos aÃ±os de Frank. La mujer, habÃ­a sido declarada incompetente para cuidar del niÃ±o por tener problemas psicolÃ³gicos. Teniendo en cuenta que Mac era no vidente, la madre no podÃ­a tener la custodia del menor.



âÂ¡Maldita loca! DÃ­game dÃ³nde estÃ¡ mi hijo âllora desconsolada.



Una sonrisa siniestra de parte de la acusada es suficiente para que Frank estalle.



âDi de una vez, dilo. Â¿DÃ³nde estÃ¡ mi hijo? Han sido dos semanas llenas de dolor. âEstÃ¡ ahogado en llanto.



âÂ¿Lloras? Por lo visto es la primera vez que lloras desde el alma. Yo llevo aÃ±os llorando por dentro, ahogada en un mar de lÃ¡grimas reprimidas.



El hombre se pregunta quÃ© tiene que ver con Ã©l.

âEstÃ¡s perdiendo la cabeza, Yeri. Has sido mi compaÃ±era durante estos Ãºltimos aÃ±os. CreÃ­ que te conocÃ­a, pero en verdad me doy cuenta de que nunca te conocÃ­. Nunca supe realmente quiÃ©n eres en realidad. Estoy asustado, mucho. VivÃ­ con una enferma loca de pacotilla y dormÃ­ con ella cada noche. Estoy decepcionado y loco, al borde de la locura por saber quÃ© te ha instado a hacer daÃ±o a mi hijo.

âY lo sabrÃ¡s, claro que lo sabrÃ¡s, pero cuando yo lo diga y como yo lo diga. No estÃ¡s en disposiciÃ³n de exigir negociar ni de montar aparatajes innecesarios. Eres un incompetente, y mÃ¡s que todo equÃ­voco acusador.

âÂ¡Cierra la boca, malparida inconsciente! âFrank es enÃ©rgico.

âBien, asÃ­, con la boca cerrada, menos dirÃ© sobre el paradero de tu hijo, o mÃ¡s bien de lo que queda de Ã©l.

Esas palabras llenaron a la audiencia de temor. El rostro del padre enrojeciÃ³. El abogado de este se acercÃ³ y le tocÃ³ el hombro. Enmudecido ante estas palabras y, con sus puÃ±os, se dejÃ³ caer en el asiento. Escuchaba vagamente el sonido escandalizado de todos.

Su mente se remontÃ³ hasta hacÃ­a solo unas horas, cuando llegaba al juzgado. Ãl caminaba en medio de todos sus vecinos amontonados en la puerta, con pancartas que decÃ­an: Â«PagarÃ¡s por estoÂ». Por un momento se sentÃ­a apoyado, pero oÃ­r aquella palabra, Â«lo que queda de Ã©lÂ», fue atroz, bÃ¡rbaro y crucial.






âÂ¿Se siente bien, seÃ±or Fondeur? âEl abogado ha preguntado por tercera vez. Es cuando el hombre reacciona.

En medio de aquel alboroto, un guardia se acerca a la juez y le entrega un sobre sellado. La jueza lee lo escrito en su parte delantera: Â«PruebasÂ». Lo abre. La acusada le mira. La discusiÃ³n entre los presentes les da a ambas mujeres una oportunidad de mirarse fijo a los ojos.

La juez estÃ¡ leyendo y la acusada se queda en silencio. La magistrada encuentra fotos, varias cartas, una de ellas sellada con mÃ¡s de treinta y cinco firmas. Lo que ve es sorprendente. EstÃ¡ sin palabras, pero no puede mÃ¡s que hacer silencio, entrar todo el papeleo de nuevo al sobre y tratar de que el orden llegue a la sala otra vez.








âOrden en la sala. âEl mallete de la juez suena imponente y hace volver en sÃ­ al hombreâ. Un receso de veinte minutos. Esperamos luego esclarecer todo, esta comunidad necesita descansar. Espero, seÃ±ora Yesi Polman, que tenga respuestas precisas para todos nosotros. Este juicio se ha aplazado varias veces por algunas exigencias absurdas de su parte. Espero que haya valido la pena.

âLa valdra, ya lo verÃ¡.

Los oficiales Sander y FÃ¡tima se acercan a la acusada, que debe regresar a una celda hasta pasado los minutos de receso. Esta se levanta. Su tez morena se










confunde con el color caoba del mobiliario de aquel juzgado. El cabello recogido y sus ojeras son sinÃ³nimo de cansancio.

Alguien entre los presentes le observa fijamente. EstÃ¡ sentado en la parte trasera. Ella camina despacio. Su cuerpo delgado es fÃ¡cil de llevar por los oficiales. Las esposas puestas en la parte delantera lucen brillantes, parecÃ­an estar nuevas. El personaje que le observa es uno de los Ãºltimos en levantarse. Casi todos han salido de la sala cuando ella y los oficiales casi llegan a la puerta. Se levanta aquel hombre de su asiento, tomÃ³ sus manos y las une. La acusada se detiene un momento y le ve fijo a los ojos. El hombre le dice: Â«Wraak is jouneÂ» y ella hace esfuerzos por levantar sus manos esposadas y colocar sus manos juntas. Lo logra a medias. Los oficiales le obligan a continuar. Sander da unos pasos atrÃ¡s mientras FÃ¡tima sigue guiando a Yesi a su celda. Siente curiosidad por entender quÃ© le dijo Ã©l.

âÂ¿Conoce a la mujer? Â¿QuÃ© sabe de ella?

âÂ¿Conoce usted a la mujer con quien duerme cada noche? Es la vida oficial, nadie sabe quiÃ©n es quiÃ©n.

El oficial le ve salir de la sala con un periÃ³dico bajo el brazo, silbando tranquilamente. Luego va rÃ¡pido al pasillo al encuentro de FÃ¡tima.

âÂ¿EstÃ¡s loco, Sander? Â¿Sabes que es peligroso? Si ven que solo un guardia custodia solo a un acusado, podrÃ­a perder su trabajo.

Los pasillos estÃ¡n repletos de gente. Afuera puede verse a travÃ©s del cristal a las masas con pancartas. Yesi sonrÃ­e al verlo.

âÂ¿EstÃ¡ loca? Â¿CÃ³mo sonrÃ­e al ver a tantos querer ver su cabeza rodar por tierra? No lo entiendo.

âIrÃ³nico, Â¿no? Â¿DeberÃ­a estar llorando entonces?

âÂ¿QuÃ© le dijo el hombre en la sala? âLa curiosidad de Sander es perniciosa.

âNo lo conozco, no sÃ© quÃ© me dijoâ¦. âSe nota cierto flaqueo al hablar.

âNo parece, niÃ±a negra. âSander es descortÃ©s al decirlo al oÃ­do. Es un comentario racial.

âDÃ©jala en paz, Sander. Recuerda que de inmigrantes estÃ¡n hechos los Estados Unidos y no olvides que soy una. âSus ojos negros le miran fijos.






Continuaron caminando hasta llevar a la celda a Yesi. Al quitarle las esposas se sentÃ³ en el suelo.

âVolveremos por ti dentro de un rato. Acaban de informar de que el juicio se aplaza dos horas mÃ¡s. Mejor empieza a pensar cÃ³mo explicar dÃ³nde tienes al muchacho. Te juegas mucho.

âSander, dÃ©jala en paz. Vete, largo de aquÃ­.

La oficial FÃ¡tima se queda frente a ella en la celda.








âNo mataste a ese niÃ±o, Â¿verdad? Dime que no fuiste tan estÃºpida para hacer algo asÃ­. Todos, todos esperan que digas el paradero del muchacho. Estamos cansados. Ha sido una investigaciÃ³n exhaustiva y yo llevo muchas noches sin dormir. Recuerdo que llegaste aquÃ­ por tu propia voluntad, al tener desaparecida junto al chico tantos dÃ­as. Te entregaste por voluntad propia. Por favor, habla.

âÂ¿Crees en la justicia?

La pregunta hizo que la oficial se acercarse mÃ¡s a ella.

âSÃ­, por supuesto, creo en ella. En cierta forma la practico, soy parte de ella.

âIndirectamente sÃ­. Los policÃ­as, los jueces, los abogados, todos creen tener la justicia en sus manos, pero nadie habla libremente de lo que arropa su corazÃ³n en algunas ocasiones, de lo que a veces le quita el sueÃ±o. No se sabe hasta que te toca.

âÂ¿Y quÃ© es? Â¿QuÃ© arropa nuestros corazones?

âÂ¡La venganza!






La oficial hizo una pausa. VolteÃ³ y con cierto desagrado volviÃ³ a mirar a la mujer. VeÃ­a cÃ³mo todos sus compaÃ±eros se disponÃ­an a ir al receso, se dirigÃ­an a almorzar y a otros asuntos. Se habÃ­a quedado sola con Yesi. Aquel pasillo de celdas era silencioso. HabÃ­a otras celdas, ocupadas por individuos acusados de otros delitos.

âCreo que lo que dicen todos es verdad. EstÃ¡ enferma, Yesi Polman. Lo que dicen de usted parece ser cierto, que tiene que ver la venganza con su relaciÃ³n de madre sustituta. Â¡EstÃ¡ loca!

âÂ¿Loca? Â¿Lo cree? âSu cara se acerca intimidante hacia los barrotes.

La oficial acerca una silla de madera que estÃ¡ pegada a la pared y se sienta.

âÂ¡ConvÃ©nzame, vamos! DÃ­game cÃ³mo puedo cambiar mi percepciÃ³n de su equivocado proceder de secuestrar a un hijastro, mantenerle cautivo, cielos, quizÃ¡s hasta de haberlo asesinado. Dios, tengo hijos. Â¿QuÃ© puede ser tan justificable ante esto, digame?

âÂ¿De verdad quiere saberlo?

âSÃ­, tenemos dos maravillosas horas para desglosar este tema. HÃ¡game cambiar de parecer.

âSolo si puede hacerme un favor al terminar.

âNo tengo que negociar con usted.

âNo estamos negociando, solo saciar su sed de saber, pero debo contar con usted para un pequeÃ±o favor.

âPor lo menos dÃ­game cuÃ¡l es el favor.

âEse es el problema, solo se lo dirÃ© al terminar de hablar con usted.

La oficial se lo piensa dos veces. Su curiosidad es mÃ¡s grande que su responsabilidad.

âEstÃ¡ bien, pero le advierto que no acepto proposiciones deshonrosas, deshonestas. Quiero que lo tenga claro.

âEn absoluto. JamÃ¡s le pedirÃ­a que fuera policÃ­a por segunda vez. âEs sarcÃ¡stica.

Saca una leve sonrisa de la detective FÃ¡tima.



âTenemos mucho en comÃºn, oficial.

âÂ¿Ah, sÃ­? Â¿Por ejemplo?

âEl cigarrillo. Sus dientes son de fumadora.

âLos suyos son blancos, no parece que fume.

âEs de africanos tener la dentadura emblanquecida y fuerte, viene en mis genes; pero fumo, en los Ãºltimos dos aÃ±os he aprendido a fumar.

âLo dice con orgullo.

âNo, es solo de las pocas cosas que he aprendido en estos tiempos violentos.

âHÃ¡bleme de esas cosas.

âÂ¡Son tantas! âSonrÃ­e.

âÂ¿QuÃ© me dice de usted? HÃ¡bleme algo sobre su vida.

âEra una mujer muy feliz, hasta que mi esposo decidiÃ³ divorciarse de mÃ­, me quitÃ³ la custodia de mi hijo y me vine a vivir a los Estados Unidos tras el sueÃ±o americano.

âUn momento, Â¿es la madre del chico Fournier?

âNo, y ese hombre tampoco es el esposo del que hablo; mÃ¡s bien hablo de mi antiguo esposo, Yaro, al cual le di un hijo, para mi desgracia.

La oficial permanece perpleja. Estos detalles de la acusada no aparecen en su expediente.

âDesconocÃ­a esto.

âLo sÃ©. Llegue a este paÃ­s como una mujer soltera. Tuve que desbordar un aviÃ³n para recluirme por meses en un hospital.

âÂ¿Vino enferma?

âNo, nunca estuve mÃ¡s sana que en ese entonces. En ese tiempo la ira, el odio, el rencor no habÃ­an arropado este seco corazÃ³n.

âLo siento.

âÂ¿Puede darme un cigarrillo?

âClaro. Tenga. âSe lo enciende y se lo cede.

âNo se imagina lo que ansiaba fumar. Â¿Sabe? Cuando empecÃ© a hacerlo fue para encajar en un cÃ­rculo. Curioso, terminÃ³ gustÃ¡ndome. âLanza humo hacia arriba.

âHÃ¡bleme de ese cÃ­rculo.

âLe hablarÃ©, solo que debo relatar los hechos desde el principio, asÃ­ podrÃ¡ entender mejor y colaborar con lo que le pedirÃ© sin dudar.

âAdelante.



âLa Venganza Es Una Especie De Justicia Salvaje â

Francis Bacon










CAPÃTULO II

Confesiones



âLa mujer resplandeciente que venÃ­a de Kenya dejÃ³ su encanto en el aeropuerto de Nairobi, tras la llamada de mi antiguo esposo, quien me contÃ³ en ese instante la gravedad en la que se encontraba nuestro hijo de diecisÃ©is aÃ±os, mi amado Ismat. âLlora al decir su nombre, pero continÃºa hablando entre llantoâ: LleguÃ© hechas trizas a ese hospital. Fue desastroso verle en coma. Fue terrible. Mi pequeÃ±o, tantos aÃ±os sin verle y volver a ver su rostro, tocar su mano sin vida verdadera, conectado a un aparato, como si fuera un muÃ±eco. PermanecÃ­a a su lado, nunca le deje.

âÂ¿QuÃ© le pasÃ³ al chico?






âAlgo inesperado. Bueno, una madre siempre cree que morirÃ¡ en su cama tras tener a toda su familia alrededor a la espera de esa hora, pero a veces no es asÃ­; al menos, yo nunca me lo imaginÃ© asÃ­.

âDebe ser doloroso lo que te sucediÃ³, me pongo en tu lugar.

âNunca querrÃ­as haber estado en mi lugar, admÃ­telo. En el fondo, te aterran mi caso, mis razones y mis consecuencias.

âEs cierto âsuspiraâ, pero soy madre. Antes de ser policÃ­a soy madre mÃ¡s que nada.

âEntonces, de madre a madre, me entenderÃ¡s. âSus ojos lucen llorosos. Hay un profundo pesar en esa mirada.

La oficial FÃ¡tima se mantuvo silente por unos segundos. Estaba impresionada. La mujer habÃ­a tocado fibras en su ser. Le hizo sentir un vacÃ­o por lo desconocido y un dolor por lo que conocerÃ­a en las prÃ³ximas dos horas.

âSÃ­. âBaja la cabeza, la levanta y se acerca mÃ¡s a la reja, quedando sus rostros muy cerca. Solo los frÃ­os barrotes les separanâ. De madre a madre, lo prometo.

âBien. âSe retira de los barrotes y se sienta en el suelo al fondo de la celda. Se ve solo el humo y la pequeÃ±a luz del casi terminado cigarrillo.



âDebo decirle que es muy extraÃ±o todo esto. Yo conozco este caso muy bien, he interactuado con la familia del niÃ±o, he visto su sufrimiento, pero debo admitir que su misterio me tiene totalmente cautivada. Es una pequeÃ±a esperanza.

âÂ¿Esperanza? Entonces, Â¿me cree inocente? SerÃ­a un milagro. Todos en este Estado y en esta naciÃ³n me creen culpable. No le recomiendo que sea diferente a ellos. Bueno, por lo menos el tiempo que dure nuestra charla.

âÂ¿De quÃ© vale que la escuche sin esperanza?

âBueno, hÃ¡galo por sus hijos, piense en ellos ahora. Cierre los ojos, piense en lo que pasarÃ­a si alguien toca un solo cabello de ellos.

FÃ¡tima entendiÃ³ claramente que esta mujer podrÃ­a ser mÃ¡s culpable que inocente.

âEntonces le escucharÃ© sin esperanzas, es lo que debo hacer.



âMuy bien, asÃ­ me gusta. Los elementos sorpresa son indispensables en esta conversaciÃ³n.

âEmpecemos de nuevo. El tiempo apremia.

âLe decÃ­a que estuve meses en ese hospital, tres y medio. En principio habÃ­a esperanza de que Ã©l regresara, pero no. Su caso fue muy extraÃ±o: entrÃ³ en un coma profundo que carcomiÃ³ su joven cuerpo. ParecÃ­a un cadÃ¡ver conectado a una mÃ¡quina. Espero que no le haya dolido. Bueno, los mÃ©dicos aseguran que Ismat no sufriÃ³ en absoluto. Tal vez lo dicen para que yo como madre me sienta resignada. Tuve una discusiÃ³n con su padre el dÃ­a que lleguÃ©, y con la madre de este, la responsable de que mi esposo se esperanzara con este paÃ­s y decidiera abandonar todo para venir a vivir aquÃ­. A mÃ­ no me era en ese entonces atractiva la idea de dejar mi vida en Kenya. Ãramos felices, tenÃ­amos un hogar. Ãl trabajaba como mecÃ¡nico de motocicletas en el centro de la ciudad y yo hacÃ­a trabajo laboral con tela. Soy costurera, aunque al llegar aquÃ­ abandonÃ© la costura, pero es lo que mejor hago.






Ãl me echÃ³ en cara el hecho de que nunca quise venir a vivir a este paÃ­s. Fue un tonto, creyÃ³ que no me di cuenta de que su madre tenÃ­a para Ã©l una esposa con quien se casarÃ­a al llegar aquÃ­, aunque fue para obtener papeles; pero lo hizo, a escondidas de mÃ­. Por ello me exige el divorcio antes de salir de Kenya. No hice caso a nada de ello. Su estÃºpida discusiÃ³n tan solo me llenÃ³ de valor para entender que mi hijo merecÃ­a que lucharÃ¡ por el. Haber llegado a los Estados Unidos por mis propios medios era una proeza. Ãl quedÃ³ impactado al verme, nunca pensÃ³ que lo lograrÃ­a por mÃ­ misma. Yaro cayÃ³ en caos al ver que los dÃ­as pasaban e Ismat no despertaba. EmpezÃ³ a tomar, se refugiÃ³ en el alcohol, sufriÃ³ una depresiÃ³n muy fuerte. Yo, tras pasar tres meses viviendo en condiciones paupÃ©rrimas en un hospital, habÃ­a perdido mucho peso. Â¿Sabe? Yo era una mujer robusta. En mi paÃ­s la mujer delgada no es bien vista, mientras mÃ¡s llenita de grasa estÃ¡s, mÃ¡s esperanza de marido tienes, todo lo contrario, a este lado del mundo. Cuando me di cuenta la ropa me colgaba, mis huesos de los hombros se veÃ­an como profundas cuencas y la falta de sol habÃ­a esclarecido un poco mi tez oscura. AllÃ­ empecÃ© a fumar, era lo Ãºnico que me calmaba un poco.

La maÃ±ana fatÃ­dica en que mi antigua suegra visitaba el hospital falleciÃ³ mi Ã¡ngel. Solo recuerdo su carita sonriente en el aeropuerto cuando venÃ­a de retirada con su padre. Â¡Y pensar que le firmÃ© el permiso de traerle, pensando que tendrÃ­a una mejor vida aquÃ­! Y ya ve.

Tras pasar varios dÃ­as, algo inesperado ocurre: mi antiguo esposo se ahorca tras tres semanas encerrado en su cuarto con una terrible depresiÃ³n.

Ya no me quedaban lÃ¡grimas. Mi suegra casi cae en shock, pero le di soporte para evitar que colapsara.

Me fui a vivir con ella un tiempo, a California, asÃ­ que dejÃ© el hospital y todas las cosas en NY para irme a cuidar de Munga. Aunque lo que nos ataba habÃ­a desaparecido y mi corazÃ³n en un momento la responsabilizÃ³ de mi divorcio, decidÃ­ seguirle. Saber que ella amaba tanto a Ismat lo protegiÃ³ mientras pudo. Eso me hizo acercarme a ella. Con el tiempo puedo decir que es como la madre que nunca tuve. Mis padres me abandonaron en una iglesia, allÃ­ me criaron. Al pasar el tiempo, estudiando costura, conocÃ­ a Yaro. El resto ya lo conoce. Mi corazÃ³n de madre necesitaba visitar la casa de mi hijo y antiguo esposo en NY. Munga no querÃ­a darme las llaves, pero insistÃ­ tanto que lo hizo. Al llegar allÃ­ mi corazÃ³n casi explota: ver sus cosas, sus fotos, fue un recuerdo traumÃ¡tico. Pero me armÃ© de valor. Fue cuando encontrÃ© lo que quizÃ¡s no debÃ­ encontrar.

âÂ¿Drogas? âLos ojos de la oficial FÃ¡tima estaban como dos huevos fritos. Estaba fascinada ante aquella debutante confesiÃ³n.

âNo, no fueron drogas. Fue su tablet personal.

âYa veo.

âSÃ­, descubrimiento que marcÃ³ un ante y un despuÃ©s en la vida de esta mujer que estÃ¡ aquÃ­. âSe levanta tirando la colilla del cigarrillo al suelo. La oficial le mira con ese mal hÃ¡bito, pero su encantamiento no le permite mÃ¡s que pedirle mÃ¡s informaciÃ³n con sus enormes ojos negros.

âEncontrÃ© una serie de archivos normales de un chico de su edad: juegos, mÃºsica yâ¦ chat. En ese chat mantenÃ­a una conversaciÃ³n muy amena y extraÃ±a con una persona. BusquÃ© mensajes antiguos y lo encontrÃ©. Ese sujeto inducÃ­a a Ismat a usar cocaÃ­na. Deliberadamente hasta le escribiÃ³ que le darÃ­a gratis a probar, que eso no era nada, que lo hicieran juntos. Yaro me contÃ³ al yo llegar que Ismat habÃ­a tenido un cambio brusco de comportamiento en los Ãºltimos seis meses antes de morir. Se volviÃ³ incontrolable.

SalÃ­a de noche, llegaba a altas horas, en efecto, producto de la adicciÃ³n.

âÂ¿Y quÃ© tiene que ver todo eso con el chico perdido?

âMucho. Ambos estÃ¡n perdidos ahora, uno confirmado, el otro aÃºn no sabemos.

La oficial se enfurece. Detesta esa manera sÃ¡dica de hablar sobre el niÃ±o. PrÃ¡cticamente era su hijo, fue su madrastra durante un tiempo.

âEs cruel. Espero que todo esto conlleve algo bueno.

âLo entenderÃ¡, ya lo verÃ¡.

âEs hora de que sepa paso por paso la verdad, mis razones y motivos, mis sentimientos. Aborrecer, odiar, castigar pierde sentido en algunos abismos de la venganza. Hay algo mÃ¡s allÃ¡ de ella, pero hay que vivir aquello para entenderlo. SolÃ­a juzgar a las personas cuando cometen delitos, les cuestionaba, pero ahora eso pasÃ³ a un segundo plano, no es relevante, porque es mi piel la que estÃ¡ experimentando el acoso y la acusaciÃ³n de toda una naciÃ³n, y por quÃ© no decir tambiÃ©n, del mundo entero.











La venganza, satisfacciÃ³n personal

Batman












CAPÃTULO III



IN TO

Entrar en la vida de Ismat como adolescente desconocido fue traumÃ¡tico. Los datos que tuve que conocer como madre de Ã©l me dejaron con un sabor a vacÃ­o enorme. Saberme incompetente, cobarde y mÃ¡s que todo estÃºpida por dejar ir a mi familia a un lugar desconocido, eso me mataba. Nunca debÃ­ tomar la llave y entrar allÃ­, aunque con el paso de los dÃ­as sumida en descubrimientos de la vida de mi Ismat junto a Yaro, su padre, me llenaron de una fuerza inmensa por hacer ver caer al responsable de este hecho. Cabe destacar que Yaro tambiÃ©n fue una vÃ­ctima; de no haber muerto Ismat tras la sobredosis, tal vez Ã©l estuviera con vida.

Es un placer conocerle, oficial FÃ¡tima. Mi verdadero nombre es Yeri Mariga y esta es mi historia.



UN TIEMPO ATRÃS

DEPARTAMENTO DE YARO E ISMAT EN NUEVA YORK



Yeri intentaba reparar su corazÃ³n del dolor que sentÃ­a cuando acomodaba la ropa de Ismat en los cajones. Aunque llevaba horas llorando, su sed de llanto no estaba saciada.

Es cuando encuentra la tablet del chico y la intenta encender, pero estÃ¡ sin baterÃ­a. Toma el cargador y le pone a tomar carga.

En la gaveta de arriba de aquel buro color caoba tambiÃ©n se topa con fotos de Ismat con una chica, de unos no mÃ¡s de diecisiete aÃ±os, tatuada en el brazo y con pinta de no dormir. Ambos se veÃ­an sonrientes, pero sus copas en las manos decÃ­an que habÃ­an tomado mucho.

Mirando la foto fijamente se transporta al momento en que se despide de Ismat hacÃ­a ya mucho tiempo. Es cuando se asusta con una voz que la sorprende.

âÂ¿Husmeando?

âÂ¡Por Dios, Munga, casi me matas del susto!

âEstaba harta de esperar. La mesera de la cafeterÃ­a de la esquina me miraba sospechosa. Tal vez pensÃ³ que no pagarÃ­a la cuenta. Cielos, llevaba casi tres horas con ese cafÃ©.

âTal vez te confundiÃ³ con algÃºn terrorista o algo asÃ­.

âÂ¡Ja, ja, ja! No lo creo. Si no te detuvieron a ti en el aeropuerto, menos lo harÃ­an conmigo.

Se miran, sonrÃ­en, intentaban llevar una vida normal, pero era imposible. La muerte reciente de dos seres tan amados era insuperable.

Munga se avalancha a Yeri, le abraza y empiezan a llorar.

âÂ¿No es injusto este mundo al llevarse dos hijos de dos madres que solo esperaban amarlos hasta el resto de sus vidas? Estoy destrozada. âMunga llora sobre el hombro de Yeri y viceversa.

âLos tuviste contigo, por lo menos tienes ese consuelo. Viviste muchos dÃ­as felices a su lado; yo, en cambio, me perdÃ­ la mejor parte.

Munga se separa y seca las lÃ¡grimas de Yeri, tomando la foto de las manos de ella.

âEra su mejor amiga, Pons. Iban a todos lados juntos, se pasaban horas hablando por chat. Un dÃ­a me confesÃ³ que la chica le gustaba, pero que tenÃ­a miedo, no querÃ­a que ella lo rechazase, asÃ­ que siempre fueron amigos.

âA no ser por el trasnoche de la foto y la ropa que lleva, luce hermosa.

âÂ¡Vaya que es hermosa! Esa foto fue la noche en que Pons celebraba que irÃ­a a ParÃ­s. EntrarÃ­a en una escuela de Danza. Es una bailarina excelente. La foto debe tener un tiempo ya. Si quieres ver a la verdadera Pons, entra a las redes sociales: es una de las jÃ³venes talento del baile urbano mÃ¡s aclamada por los jÃ³venes en la web.

âÂ¡Vaya! Me alegra por ella.

âCuando supo lo de Ismat y Yaro, llamÃ³ desde ParÃ­s. Me dijo que lo lamentaba demasiado, lloraba mucho.

âEspero que mi hijo haya vivido momentos felices en su amistad con ella, eso me da cierta satisfacciÃ³n.

âEso dalo por hecho, Yeri. SalÃ­an todo el tiempo y disfrutaba. En ese tiempo Ismat era un joven sano.

âÂ¿QuÃ© me dices de sus ojeras?

âEs normal, Yeri. Se divertÃ­an, todos los jÃ³venes lo hacen.

âÂ¿Con alcohol? No, Munga, eso no es diversiÃ³n para un joven, no lo es.

Yeri se marchÃ³ de la habitaciÃ³n tirando la fotografÃ­a a la cama. Munga la toma y le persigue.

âÂ¿Esa es la mujer que dice que amaba a Ismat, la que atravesÃ³ el mundo para llegar aquÃ­ y cuidar de Ã©l? No lo creo.

Yeri se detiene, da la vuelta y le grita a su suegra:

âÂ¿Y usted? Â¡Pero si es la mujer que separa a una familia para lograr sus bajas intenciones de tener a su lado a su malcriado y dÃ©spota hijo! Ese monstruo lo criÃ³ usted, es la responsable. Usted vino aquÃ­ con sus sueÃ±os de tener una nacionalidad norteamericana, abandonÃ³ sus raÃ­ces, y luego arrastrÃ³ a mi Yaro y a mi amado Ismat a esta locura que acabÃ³ mal. Lo sabe, acabÃ³ mal. âSu voz es fuerte, tiene el rostro exaltado.

âYeri, yo... âLa mujer intentÃ³ defenderse.

âNinguna justificaciÃ³n sobre esta tierra me devolverÃ¡ a mi familia. Usted cavÃ³ la tumba de ellos. DebiÃ³ dejarnos en paz en Kenia.

âSolo tratÃ© de darle una vida mejor.

âÂ¿A eso le llama una vida mejor? Por favor, ya cÃ¡llese.

âMe matas, Yeri, tus verdades me matan.

En ese momento Yeri ve las lÃ¡grimas de Munga. Se empieza a sentir mal, pero no dice nada, solo calla. El dolor es profundo.



Luego de esto Munga se marchÃ³. Yeri insistiÃ³ en quedarse. CerrÃ³ toda la casa y se sumiÃ³ en la autotortura de recorrer todos los recuerdos de sus seres amados a travÃ©s de sus cosas. Imaginaba a ambos en la cocina, desayunando, viendo televisiÃ³n, duchÃ¡ndose, llevando una vida normal. Era frustrante, pero necesitaba eso. Al paso de unas horas cayÃ³ en un profundo sueÃ±o. El mueble fue su cama, es cuando tiene pesadillas.

En aquellos sueÃ±os juega de la mano con su hijo y su esposo en aquel parque. Se divierten en una feria, pero el cielo empieza a ponerse oscuro. Unas manos negras que salen de la tierra jalan a Ismat y esta grita: Â«Â¡MamÃ¡!Â», pero inevitablemente es arrastrado por aquel misterio. Despierta sudada. Se sienta y mira su reloj: son las tres de la maÃ±ana.

Recuerda vagamente que la tablet debe estar cargada, asÃ­ que va a por ella y la enciende.

Para su sorpresa no estaba bloqueada, asÃ­ que empezaron a entrar todos los mensajes de Ismat.








Muchos mensajes de amigos. Su muro de Facebook estaba plagado de condolencias por su partida, es motivo de mÃ¡s llanto.

Hay varias burbujas de chat: una decÃ­a Â«PonsÂ», las demÃ¡s no las reconociÃ³. EntrÃ³ a la de la chica y empezÃ³ a leer, quedando sorprendida. En aquellas conversaciones descubriÃ³ que los jÃ³venes se habÃ­an enamorado cuando Pons se marchÃ³ a ParÃ­s a estudiar Danza. Se confiesan amor y mantuvieron una hermosa relaciÃ³n mediante conversaciones de chat. Ismat le dedicaba canciones preciosas, ella danzaba para Ã©l. Las Ãºltimas conversaciones en cambio tenÃ­an una mezcla de incierto amargo: los reclamos de ella por el descuido del joven. A veces duraba muchos dÃ­as para conectarse.




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