Las Sombras
María Acosta






MarÃ­a Acosta

Las sombras

Secretos del pasado

Este libro es una obra ficticia. Nombres, personajes, organizaciones y lugares son fruto de la imaginaciÃ³n de la autora. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.



LAS SOMBRAS

Copyright Â© abril 1998 MarÃ­a Acosta DÃ­az



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Primer volumen de la serie

Klauss-Hassan


Agradezco a mis padres, Manolo y Chenta, que ya no estÃ¡n conmigo, el apoyo que me han dado en todos estos aÃ±os, a mi hija MarÃ­a, que tantas tonterÃ­as y locuras me ha aguantado, a su marido Nico, que soporta a una suegra un poco locuela con paciencia. A todos ellos gracias por todo el apoyo que me han dado en los momentos difÃ­ciles.

A ellos va dedicado este primer libro de las aventuras de Klauss-Hassan, de su compinche Francesco dalla Vitta y de sus enemigos Carla, la veneciana, y sus amigos.




PrÃ³logo


-Bien, ahora que todo ha terminado cuÃ©ntenme detalladamente cÃ³mo fueron capaces de meterse en semejante lÃ­o âdijo el comisario Soler

Antes de responder meditÃ© cuidadosamente quÃ© es lo que le iba a decir y cÃ³mo, no era nada fÃ¡cil explicar la historia de las sombras y las consecuencias de aquella aventura que habÃ­a comenzado con una broma de borrachos. Resultaba difÃ­cil ordenar las ideas, sobre todo teniendo en cuenta que eran casi las cinco de la madrugada y llevÃ¡bamos mÃ¡s de dos dÃ­as sin dormir. El comisario Soler era un hombre simpÃ¡tico que nos habÃ­a llevado a su casa para que pudiÃ©ramos descansar pero tambiÃ©n era policÃ­a y querÃ­a conocer la verdad; viendo que nadie querÃ­a hablar desapareciÃ³ durante unos instantes, se oÃ­an ruidos en la cocina. EncendÃ­ un cigarrillo a pesar de la garganta seca y la boca pastosa. Cuando al fin regresÃ³ lo hizo trayendo una bandeja con cafÃ© para todos y una serie de recortes de periÃ³dico:

-Esto nos ayudarÃ¡ a reconstruir toda la historia-dijo mostrÃ¡ndonos una noticia fechada dos meses atrÃ¡s.



SE CUMPLE UN MES DE LA MISTERIOSA DESAPARICIÃN DE CUATRO JÃVENES EN MADRID

Madrid, 24 de julio.- La policÃ­a sigue buscando a los cuatro jÃ³venes que desaparecieron hace cuatro semanas en el madrileÃ±o barrio de Chueca; al menos allÃ­ fueron vistos por Ãºltima vez. La policÃ­a ha facilitado una descripciÃ³n de ellos basada en la informaciÃ³n dada por los vecinos y amigos de los jÃ³venes; todo aquÃ©l que pueda ayudar en la aclaraciÃ³n del caso debe llamar al siguiente nÃºmero de telÃ©fono 743-78-25 de Madrid o bien a la comisarÃ­a mÃ¡s cercana:

Teresa GarcÃ­a Olavide, 20 aÃ±os; 1,75 de estatura, morena, vestÃ­a en el momento de la desapariciÃ³n pantalÃ³n vaquero recto, camiseta azul marino y cazadora vaquera con ribetes rojos en mangas y cuello.

SofÃ­a Castro Souto, 22 aÃ±os; 1,75 de estatura, morena, vestÃ­a pantalÃ³n vaquero ajustado, camiseta blanca con dibujo en negro del grupo musical AC-DC y cazadora vaquera.

LuÃ­s Barros SÃ¡nchez, 23 aÃ±os; 1,80 de estatura, moreno, vestÃ­a pantalÃ³n vaquero de color negro, camisa a rayas rojas y blancas y cazadora vaquera negra.

Ricardo GarcÃ­a Olavide, 22 aÃ±os; 1,75 de estatura, moreno, vestÃ­a pantalÃ³n vaquero ajustado blanco con rayas azules, camiseta roja y cazadora vaquera.

Todos calzaban zapatillas de deporte y tenÃ­an el pelo corto.




La noche de San Juan


Lo Ã­bamos a pasar en grande. Los tres Ãºltimos dÃ­as habÃ­amos estado ocupados organizando la Noche de San Juan; todos los aÃ±os celebrÃ¡bamos esta fiesta. Como nuestra economÃ­a no era demasiado boyante decidimos hacer una colecta; SofÃ­a se ofreciÃ³ a comprar todo lo necesario. Por la tarde irÃ­amos a casa de Teresa donde nos encontrarÃ­amos con Ricardo, Paul e Irene. Era mediodÃ­a, habÃ­amos metido todo en una bolsa de deportes y salimos a tomar unas caÃ±as por el barrio antes de la comida; telefoneamos a unos amigos ya que habÃ­an dicho que, probablemente, llevarÃ­an sardinas para asar. No estaban en ese momento asÃ­ que nos dirigimos a la Plaza del Dos de Mayo, rulamos casi una hora de bar en bar; volvimos a llamarles y esta vez contestÃ³ Carlos:

-Â¿Vais a venir esta noche? Vaya, lo siento; bueno, si os animÃ¡is estaremos en la Plaza de Lara. Hemos comprado cuatro litros. Si no aparecÃ©is os llamarÃ© la prÃ³xima semana; hasta luego.

-Â¿QuÃ© han dicho, LuÃ­s? Â¿No van a ir? âpreguntÃ³ SofÃ­a.

-No, Arturo se ha puesto malÃ­simo; ya sabes como es: ayer salieron de marcha y hoy tiene una resaca tamaÃ±o king size. Me han dicho que si ven que mejora quizÃ¡s se acerquen pero no es seguro.

-Bueno, vamos a comer, luego podemos salir a tomar unas copas para que el cuerpo se vaya acostumbrando a la marcha.

Volvimos a casa. EstÃ¡bamos poniendo el mantel cuando llamaron al timbre: era Eduardo que venÃ­a a ver a SofÃ­a por no sÃ© quÃ© historias de una reuniÃ³n que tenÃ­an la prÃ³xima semana. Esta chica no paraba; siempre de aquÃ­ para allÃ¡ asistiendo a mesas redondas y conferencias convocadas por asociaciones que no conocÃ­a nadie. Ella disfrutaba como una loca. Le abrÃ­ la puerta:

-Â¿EstÃ¡ SofÃ­a?

-Pasa, Ã­bamos a comer.

-PondrÃ© otro plato; esta noche vamos a saltar la hoguera y beber queimada, Â¿te apuntas?

-No lo sÃ©, puede âcontestÃ³ Eduardo âtengo que hacer unas cuantas visitas esta tarde y no tengo ni idea cuÃ¡ndo terminarÃ©.

-Â¡Bueno, sÃ­! Â¡Hasta las cuatro de la madrugada vas a andar de reuniones! Â¡No fastidies!

AllÃ¡ tÃº, lo vamos a pasar bomba. A las doce nos plantaremos en la plaza y seguro que hasta las cinco de la madrugada estaremos de jarana. Si te apetece ya sabes lo que tienes que hacer. Vamos a comer.

SofÃ­a y Eduardo se tiraron lo menos dos horas hablando de solidaridad y revoluciÃ³n, yo intervenÃ­a de vez en cuando, aÃºn asÃ­ alucinaba por un tubo. SegÃºn lo habÃ­amos planeado salimos a beber algo despuÃ©s de que Eduardo se fuese todo espÃ­dico a una serie de reuniones que le hacÃ­an moverse de un extremo a otro de Madrid. SerÃ­an las diez de la noche cuando cogimos el petate y nos dirigimos a casa de Teresa. No estaba todavÃ­a por lo que nos acercamos al âBotasâ a rocanrrolear un rato. Tomamos un par de birras y metimos cien pelas en la mÃ¡quina de bolas; SofÃ­a se puso como una moto jugando. Esta chica es la hostia, parece que hace gimnasia cuando se lÃ­a con los âflippersâ. Volvimos a casa de Teresa, quizÃ¡s ya habÃ­an regresado nuestros amigos. Las ventanas estaban iluminadas y tocamos al timbre para que nos abrieran:

-Â¿QuiÃ©n es?

-LuÃ­s y SofÃ­a.

-Subid, Paul e Irene aÃºn no han llegado.

La casa en la que entramos es un viejo edificio de LavapiÃ©s al que han reformado por dentro. Ellos viven en el primer piso, lo cual es una suerte sobre todo no habiendo ascensor. La puerta estÃ¡ entornada asÃ­ que entramos y cerramos detrÃ¡s de nosotros; Teresa estÃ¡ en la cocina abriendo una botella de vino y Ricardo estÃ¡ en la sala buscando un disco un poco marchoso:

-Dejad la bolsa en la cocina, Â¿vamos a hacer la queimada aquÃ­ dentro?

-Â¡No, hombre! Â¡Si tenemos que hacer una hoguera! âexclamÃ³ SofÃ­a.

-Â¿Es que hay que ponerla al fuego? âdijo Ricardo.

-No te enteras tÃ­o: la hoguera es para saltarla y purificarte de las brujas y los malos rollos, y la queimada se hace en un cacharro con azÃºcar, rodajas de limÃ³n y aguardiente de orujo y se le prende fuego al preparado; entonces se va consumiendo el alcohol y adquiere un tono color tostado gracias a que el azÃºcar lo conviertes en caramelo y lo vas mezclando con el aguardiente, de ahÃ­ el nombre.

-Â¡Ah! Ya entiendo. Pero tÃº habÃ­as dicho que iba a ser en casa. Nosotros citamos aquÃ­ a Paul e Irene debido a eso en que habÃ­amos quedado âdijo Ricardo refiriÃ©ndose a SofÃ­a.

-Lo que yo te dije es que la harÃ­amos en la plaza y que si la policÃ­a nos desalojaba de allÃ­ que nos venÃ­amos con la queimada a la casa. AdemÃ¡s, lo suyo es el aire libre âcontestÃ³ ella.

Mientras tiene lugar esta conversaciÃ³n yo he encontrado un disco de hace unos cuantos aÃ±os, de RamoncÃ­n, ese que dice soy el rey del pollo frito y, asimismo, Teresa vuelve de la cocina con el vino y unos vasos:

-Â¡LÃ­ate un canuto o dos, anda!

-Ya que somos cuatro es mÃ¡s prÃ¡ctico una trompeta Â¿no?; hace tiempo que no hago una. Vamos a ver, un par de papelillos, la china, un cigarrillo y medio, y el filtro âenumera SofÃ­a mientras extendÃ­a las cosas encima de la mesa âahora, como yo hago los canutos con la izquierda tengo que poner el pegamento de uno de los papelillos por arriba y el otro cruzadoâ¦Â¡ya estÃ¡!. Ponme un vaso de vino para inspirarme, gracias ây le pega un largo trago al Sangre de Toro âestÃ¡ de puta madre, chachi que sÃ­. La vamos a coger buena esta noche, me da la impresiÃ³n.

-Como siempre por San Juan.

-Y yo el doble âdice SofÃ­a âporque aunque no quiera voy a inhalar todos los vahos que desprenda el aguardiente al quemarse, sumado a que no me voy a privar de beberâ¦

-TÃº no te pases que luego acabas a cuatro patas.

-Â¡Mira quien fue a hablar! Yo por lo menos me acuerdo de lo que he hecho aunque estÃ© borracha, no como otros, LuÃ­s, bonito. TÃº tranqui que yo aguanto. Toma enciende la trompeta y no te duermas con ella en la mano que somos cuatro a fumar. Bueno, a por otro vasito. Â¿Podemos tomar algo de comer, no? Si no va a sentarnos mal tanta priva, Â¿quÃ© te parece Teresa?

-Bien, vamos a la cocina; ahora venimos a por el canuto.

-Â¿Quieres escuchar algo en especial, SofÃ­a?

-Pon la cinta de Siniestro Total que hay en mi cazadora-contestan desde la habitaciÃ³n de al lado.

Le paso la trompeta a Ricardo y me voy a ver quÃ© es lo que estÃ¡n haciendo de comer. Las encuentro frente a frente en la mesa partiendo espÃ¡rragos trigueros:

-No tardamos ni una hora, ya verÃ¡s: guiso de espÃ¡rragos trigueros con costilla de cerdo. Â¿Y el canuto? âdice Teresa.

-Ahora os lo doy, lo tiene Ricardo.

-Â¡Guau! Â¡Mirar lo que he encontrado! Â¡Dos tripis en la funda de âThe Wallâ envueltos en un papel con una dedicatoria!

-Â¡Ostras tÃ­o! No me acordaba de ellos, me los regalÃ³ el enrollado del Super en mi cumpleaÃ±os; ahora me viene a la memoria que no los tomamos porque estÃ¡bamos tan pedos que meternos algo mÃ¡s era ya una pasada. Â¡Putamadre! Hacemos cuatro partes y cuando acabemos con la queimada los comemos para continuar la marcha toda la noche o lo que cuadre. Â¡Chachi que sÃ­! PÃ¡same el porro âdice Teresa.

-Esto hay que celebrarlo haciendo otra trompeta-dice SofÃ­a frotÃ¡ndose las manos mientras se dirige a la sala-ademÃ¡s voy a ponerme un chupito de pacharÃ¡n, Â¿alguien quiere?

-Todos queremos.

AsÃ­ que nos ponemos a beber pacharÃ¡n y a hablar de lo bien que nos lo vamos a pasar esa noche hasta que por fin se termina de hacer la comida. Cenamos rÃ¡pido y en silencio; Ricardo y yo vamos a la cocina a preparar unos carajillos de ron. Llaman por el portero automÃ¡tico: son Paul e Irene que traen otras dos botellas de orujo, dejo la puerta entornada y oÃ­mos risas subiendo la escalera:

-Â¡Pero que torta mÃ¡s idiota, tronco! Â¡ja, ja, ja, ja!

-Tengo el culo hecho purÃ© âdice Paul âÂ¡ay! Â¡hostias, no voy a poder sentarme en toda la noche! Â¡hola a todos!

-Â¿QuÃ©, ya te has caÃ­do como siempre? âinquiere Ricardo.

-Â¡Es de pelÃ­cula cÃ³mica el tipo este! âdice Irene âÂ¡EstÃ¡bamosâ¦ja ja jaâ¦bajando las escaleras del metro cuandoâ¦es que es de partirseâ¦va y se cae de culo yâ¦bajÃ³ asÃ­ todas las escaleras de Noviciado! Â¡Es que lloraba de risa, chachi que sÃ­!

-Anda, tÃ³mate una copa âdice Teresa.

-Un camiÃ³n cisterna lleno de ron voy a tener que beberme para olvidar lo que me duele.

Esto sÃ³lo me ocurre a mÃ­, soy como un imÃ¡n para las tortas bobas.

-Â¡Pero siÃ©ntate hombre!-dice SofÃ­a.

-Â¡Muy graciosa la niÃ±a! Â¡Bueno, vale ya; a ver si vais a estar cachondeÃ¡ndoos de mÃ­ toda la noche! Â¡Ya estÃ¡ bien, joder, tÃ­os! âcontesta Ã©l empezando a enfadarse.

-No te mosquees tronco, es que eres el colmo de las desgracias. TÃ³mate otro pacharÃ¡n y pasa olÃ­mpicamente de la historia âdice SofÃ­a conciliadora âestÃ¡bamos a punto de marcharnos a la Plaza de Lara para montar la queimada, nos habÃ©is cogido por los pelos en casa.

-Â¿Es que no la vamos a hacer aquÃ­? Es lo que nos habÃ­an dicho Teresa y Ricardo âdice Irene.

-Â¡Que va!

-AdemÃ¡s, hemos quedado con una serie de colegas en la plaza a partir de las doce; los gitanos se tirarÃ¡n agua para celebrar la entrada del verano y luego vendrÃ¡n a la hoguera. Hace un par de aÃ±os montamos una buena: bebieron hasta los municipales y los serenos que pasaban por allÃ­, estuvimos cantando y tocando palmas hasta las seis de la madrugada. Â¡Tope guay! âdice LuÃ­s.

-Vamos para allÃ¡ âdice SofÃ­a impaciente âyo me encargo de llevar el aguardiente, Ricardo la cacerola y Teresa el azÃºcar, los limones y las manzanas.

-Â¿Llevamos el casete y algunas cintas? âpregunta Paul.

-Creo que no, acaban siendo un incordio âdice Irene.

-Esperad, tenemos que repartir los tripis. Ricardo, trÃ¡ete la cuchilla y un espejo pequeÃ±o que hay encima del radiador en la cocina. Que cada uno se lo coma cuando le mole. Como sÃ³lo hay dos tengo que dividir cada uno de ellos en tres partes; espero que sean buenos y alucinemos cantidad, toma Irene, vete pasando el espejo y que cada uno coja su trozo. Yo voy a papearlo ahora asÃ­ cuando haga la queimada vacilarÃ© un montÃ³n âdice SofÃ­a.

-VÃ¡monos, Teresa cierra con llave âdice Ricardo.



LA POLICÃA SIN PISTAS EN EL CASO DE LOS JÃVENES DESAPARECIDOS EN EL BARRIO DE CHUECA.

Madrid, 2 de julio.- Han pasado dos semanas desde que los vecinos de LavapiÃ©s y MalasaÃ±a vieron por Ãºltima vez a Ricardo y Teresa GarcÃ­a Olavide, residentes en la calle de LavapiÃ©s, sita en el barrio del mismo nombre, y a LuÃ­s Barros SÃ¡nchez y SofÃ­a Castro Souto, naturales de La CoruÃ±a y residentes en la calle JesÃºs del Valle, sita en el barrio de MalasaÃ±a.

Un conocido de los hermanos GarcÃ­a Olavide, J. R. M., dice haberlos visto salir alrededor de las doce de la noche portando una serie de bolsas. La policÃ­a sigue investigando la zona aunque el resultado de sus esfuerzos ha sido nulo hasta ahora. Las personas mÃ¡s allegadas a los cuatro jÃ³venes han declarado no saber nada de ellos desde el dÃ­a de la fiesta de San Juan.

El comisario Soler, encargado de la investigaciÃ³n, pide la colaboraciÃ³n de los vecinos asÃ­ como de todas aquellas personas que los hayan visto o que puedan aportar datos que ayuden a la resoluciÃ³n del misterio. Estos son los telÃ©fonos de contacto con la policÃ­a:

o bien 642-59-35



Hace una noche increÃ­ble, sin nubes, tan sÃ³lo corre una ligera brisa; los bares estÃ¡n abarrotados de gente, los niÃ±os juegan en las aceras, y en los bancos de la Plaza de LavapiÃ©s se beben litronas y se fuman canutos, se oye una canciÃ³n de Los nikis, en el centro alguien ha encendido una hoguera. Torcemos a la derecha por Sombrerete, al fondo de la calle se ve una aglomeraciÃ³n de gente: es el Y punto, rock and roll y mÃºsica heavy, abierto hasta las seis de la madrugada todos los dÃ­as y a tope de basca los fines de semana. En la Corrala, muchachos y muchachas gitanos corren de un extremo a otro con botellas de plÃ¡stico, pequeÃ±os cubos e incluso con las manos llenas de agua, mojÃ¡ndose unos a otros; estÃ¡n la mayorÃ­a empapados. Gritos, risas, cuidado, os vais a mojar nos dice un chaval que no tendrÃ¡ mÃ¡s de doce aÃ±os. En la plaza de Lara encontramos el mismo panorama, a un lado las madres y hermanas demasiado mayores para estos juegos observan como se divierten. Nosotros entramos en lo que debiÃ³ ser el patio del antiguo orfanato; hay que bajar unas escaleras. Es un punto que cuatro o cinco coches hayan aparcado justo enfrente de la pequeÃ±a escalinata, ya que de esta manera, si baja por MesÃ³n de Paredes algÃºn coche de la policÃ­a municipal o alguna lechera no podrÃ¡n vernos.

Mientras SofÃ­a comienza a preparar todo lo necesario para hacer la queimada, el resto vamos a buscar madera para construir la hoguera:

-Cuando volvÃ¡is casi estarÃ¡ a punto la primera ronda. A ver si viene alguno de los que avisÃ© âdice ella.

-Espero que tengamos la suerte del aÃ±o pasado cuando nos topamos con dos contenedores llenos de madera âapunta Ricardo.




Noche de bronca, noche mÃ¡gica


Ya sola coloco mi cazadora en el suelo y me siento. No tengo un recipiente de barro asÃ­ que me he traÃ­do una tartera de casa, echo el azÃºcar, el aguardiente, el limÃ³n en rodajas y unos trozos de manzana; cojo el cazo, pongo un poco de azÃºcar en Ã©l, lo humedezco con aguardiente y le prendo fuego; con cuidado lo acerco a la tartera, muy despacio para que encienda bien, y lo hace: una bellÃ­sima llama azul aparece en la superficie. Ahora es cuestiÃ³n de paciencia para que adquiera ese tono dorado. De vez en cuando levanto el cazo lleno de fuego azul y desde lo alto dejo caer una cascada de fuego. Enciendo un cigarrillo. Huele bien. Levanto los ojos y veo a alguien que se acerca, es un colega del barrio:

-Ya me extraÃ±aba no verte por aquÃ­ âme dice sentÃ¡ndose a mi lado.

-Me he cambiado de barrio, ahora vivo en MalasaÃ±a, en JesÃºs del Valle.

-Â¡Chachi! Â¿no?

-PreferÃ­a LavapiÃ©s, MalasaÃ±a estÃ¡ muy matado. Este barrio molaba mÃ¡s âle digo al tiempo que levanto el cazo y dejo caer un poco de aguardiente âÂ¡Ya ves! Como todos los aÃ±os por estas fechasâ¦una queimadita para celebrar San Juan.

-Â¿Y tu colega? No me acuerdo como se llamaâ¦

-LuÃ­s, ha ido con unos amigos a buscar maderas para hacer una hoguera; fuego por dentro y fuego por fuera Â¡hay que purificarse bien, tronco!

Vemos venir a un par de gitanillos, hace un rato estaban en la Corrala tirÃ¡ndose agua, deben tener unos quince aÃ±os:

-Â¿QuÃ© es eso?

-Una queimada.

-Â¿Nos puedes dar un poco?

-Es muy fuerte, lleva aguardiente, no creo que os guste ademÃ¡s aÃºn no estÃ¡ acabada, le falta un rato.

-Â¡Mira lo que hemos encontrado! âgritan mis colegas, que vuelven todos con una puerta debajo del brazo.

-Â¡Hola tronco! âdice LuÃ­s dando la mano al chaval larguirucho que estÃ¡ conmigo âÂ¡hace tiempo que no te veÃ­a, como cambiamos de casa! Â¿Ya te lo ha contado SofÃ­a, no?

-SÃ­, creÃ­a que os habÃ­ais ido de Madrid.

Mientras el resto de la banda estÃ¡ reuniendo la madera en un montÃ³n para encender la hoguera yo apago la queimada y comienzo a repartir vasos entre la basca, a los gitanillos les doy uno avisÃ¡ndoles que si no les gusta me la den; hacemos una trompeta mientras que se enfrÃ­a un poco la bebida. Espero que en el transcurso de la noche aparezca alguno de los colegas de los que avisÃ© por telÃ©fono:

-Â¡Guau! Â¡EstÃ¡ fuerte esto!

-Â¡EstÃ¡ de putamadre! La manzana estÃ¡ de vicio âdigo yo relamiÃ©ndome ya que me ha salido muy dulce, que es lo que me gusta.

Vemos pasar un coche del 092 pero o no han visto la que tenemos montada aquÃ­ o estÃ¡n pasando olÃ­mpicamente; no me extraÃ±arÃ­a esto Ãºltimo ya que en la Noche de San Juan cantidad de gente estÃ¡ construyendo hogueras. Reparto la segunda ronda de queimada e inmediatamente comienzo a preparar otra, los gitanillos alucinan:

-Â¿Me dejas hacer eso? âdice uno de ellos cuando me ve levantando el cazo y dejo caer una columna de color azul en el recipiente.

-Bueno, pero ten cuidado no vaya a caer fuera. Toma.

-Yo primero âdice el mÃ¡s corpulento.

-No, yo âprotesta el otro.

-Tranquilos, poco a poco, por orden Â¿eh? âdigo dÃ¡ndoselo al primero que lo pidiÃ³ âtoma Ricardo, fuma.

-Â¿Podemos secarnos? ânos dicen unos chavales completamente mojados; tendrÃ¡n entre quince y diecinueve aÃ±os.

-Â¡TÃº mismo! Â¿Quieres beber? âle digo tendiÃ©ndole un vaso âte calentarÃ¡ por dentro.

-Vale, Â¿estÃ¡ muy fuerte?

-Ahora os doy un vaso a cada uno cuando acabe con esta.

La noche comienza a animarse: al principio Ã©ramos cinco y al cabo de una hora hemos llegado a reunirnos mÃ¡s de veinte tipos alrededor de la queimada. Los vapores se meten por la nariz, Â¡buena la voy a coger!, miro al resto del personal y tambiÃ©n estÃ¡ a punto de caramelo. Teresa me pide el cucharÃ³n, me voy a saltar la hoguera. Â¡QuÃ© pasote! Justo ahora va y me sube el tripi, Â¡vaya alucine!, veo a LuÃ­s que se parte el pecho de risa porque Ricardo estÃ¡ haciendo el orangutÃ¡n, chachi que tambiÃ©n estÃ¡ haciÃ©ndoles efectoâ¦



-Abrevia SofÃ­a âdice el comisario Soler.

-Es verdad tronca, Â¡mira que te enrollas! âopina Teresa.

-Es que me lo pasÃ© tope ese dÃ­a âles replico al tiempo que enciendo un cigarrillo.

-Pero no tiene importancia para la investigaciÃ³n. ContinÃºa desde el momento que salisteis de LavapiÃ©s; que alguien vaya a por mÃ¡s cafÃ©, por favor-contesta el comisario.



Sobre las cinco de la madrugada acabamos la juerga, recogemos todo y lo dejamos en casa de Ricardo y Teresa; todavÃ­a tenemos ganas de marcha. AsÃ­ que nos ponemos a buscar un bar subiendo por la calle de LavapiÃ©s. Nada. LuÃ­s propone ir a tomar un chocolate con churros a Sol, en un sitio que abre a estas horas.



PELEA TIPO EL SALVAJE OESTE EN PLENO CENTRO DE MADRID

Ayer, a las cinco de la madrugada, en un conocido local de las inmediaciones de la calle Mayor, se organizÃ³ una pelea digna de una pelÃ­cula de John Ford. SegÃºn testigos presenciales, sobre las cuatro y media llegaron cuatro jÃ³venes en avanzado estado de intoxicaciÃ³n etÃ­lica. âEstaban muy borrachos, pidieron un chocolate con churros pero el camarero no quiso servirlesâ-declaraba una persona ajena a la pelea-âla verdad es que les contestÃ³ mal y entonces una de las chicas le replicÃ³ una burrada, el camarero quiso pegarle, uno de los chavales saliÃ³ en defensa de ella; otro de los camareros habÃ­a ido a buscar al churrero y a otra gente que estaba en la cocina. Luego alguien tirÃ³ una taza y un plato, y a partir de ahÃ­ se liÃ³ todoâ.

La policÃ­a se personÃ³ en el local a los diez minutos pero los jÃ³venes habÃ­an desaparecido, quince personas fueron detenidas aunque se les puso en libertad tan pronto prestaron declaraciÃ³n.



-Nos cogiÃ³ en la segunda subida del tripi, realmente fue una pasada por nuestra parte âdijo Teresa al comisario Soler.

-Sigue Â¿cÃ³mo llegasteis a Chueca y quÃ© pasÃ³ allÃ­?â¦TodavÃ­a no me explico como fuisteis capaces de lanzaros a una aventura tan incierta y peligrosa.

-La culpa la tuvieron los Ã¡cidos âapunta Teresa âyo no lo habÃ­a comido, lo reservÃ© para mÃ¡s tarde y luego me olvidÃ© de Ã©l, me di cuenta de que todo aquello era real por eso mismo.



SofÃ­a es especialista en meter la pata, de buena nos hemos librado en el bar. Realmente el tÃ­o se pasÃ³ llamÃ¡ndola heavy de mierda pero luego ella rematÃ³ la jugada llamÃ¡ndole cabrÃ³n y colocÃ¡ndole un mini de cerveza por sombrero. Menos mal que se armÃ³ un barullo de mucho cuidado y nos pudimos escaquear antes de que llegase la pasma. Ponemos rumbo a Chueca, siempre a la bÃºsqueda de un bar abierto. EstÃ¡ chapado todo. LuÃ­s y Ricardo se paran a mear en una esquina:

-Â¡Tanta cerveza y priba es la hostia!

-Â¡Mira tronco, allÃ¡ hay otro tipo igual que nosotros! âdice Ricardo.

-Es un dibujo en la pared âdice SofÃ­a.

-Â¡Que va! Es un tipo âdigo yo.

-No parece que se mueva âobserva LuÃ­s mirando de reojo.

-Yo creo que es un dibujo âinsiste SofÃ­a.

-Â¡Ya estÃ¡! No podÃ­a aguantar mÃ¡s.

-Ya habÃ©is acabado, Â¿no?, vamos a ver aquello de cerca, parece muy real âdigo.

La confusiÃ³n sobre lo que estamos viendo es debido a que aquel rincÃ³n se encuentra mal iluminado y a que nosotros estamos relativamente lejos como para distinguir lo que significa aquella sombra. Curiosos, nos acercamos. SofÃ­a tenÃ­a razÃ³n, es un dibujo:

-Â¡EstÃ¡ chachi dibujado! âdice LuÃ­s âdesde lejos parece un tÃ­o, Â¿verdad?

-SÃ­, estÃ¡ dabuten, parece que estÃ¡ trepando, Â¿no? âdice Ricardo acoplÃ¡ndose a la sombra y colocando manos y piernas en la misma posiciÃ³n que en la pared âdesde allÃ¡ y con esta piedra que tiene delante parecÃ­a que estaba meando. Â¿Sabes dÃ³nde me gustarÃ­a estar ahora?

-No âcontesta LuÃ­s.

-En CoruÃ±a, en la playa de Riazor. AllÃ­ he visto un dibujo como este.

Nada mÃ¡s pronunciar estas palabras desapareciÃ³. No habÃ­a bebido tanto como para tener visiones y, si ni siquiera me habÃ­a tomado el Ã¡cido, no podÃ­a ser una alucinaciÃ³n producida por Ã©l. Realmente Ricardo se habÃ­a volatilizado. El resto de la banda se estaba riendo pues creÃ­an que todo era una broma del cachondo de Ricardo:

-Este tipo estÃ¡ colgado, ahora va y se abre âdice SofÃ­a.

-Vamos a jugar unos chinos mientras se decide a venir, estarÃ¡ en algÃºn bar; Â¿quÃ© nos jugamos? âpregunta LuÃ­s.

-Â¿QuiÃ©n paga la prÃ³xima ronda si encontramos un sitio abierto?

-Guay.

Cuando estÃ¡n a punto de comenzar la tercera partida aparece por la esquina opuesta a la que nos encontramos, tan campante, como si no hubiera ocurrido nada, y yo estoy segura de que hace un momento lo vi esfumarse delante de mis narices:

-Â¡Pasa tronco! âgrita LuÃ­s.

-Â¡Eh!

-Â¡Joder tÃ­o! Â¿DÃ³nde te habÃ­as metido? âpregunta SofÃ­a mientras le ofrece un cigarrillo de esos sin filtro que fuma ella.

-Me ha debido pegar un subidÃ³n increÃ­ble porque cuando me he dado cuenta me encontraba en una tasca gallega que hay cerca de aquÃ­ y que no conocÃ­a.

-Â¿Una tasca gallega? âse extraÃ±a LuÃ­s.

-SÃ­, Â¿quÃ© flipe, no?, por allÃ­ a la izquierda, la primera calle que cruza.

-No recuerdo ver ninguna por la zona que me dices âdigo yo.

-Pues yo me acabo de beber un vino allÃ­, ademÃ¡s un Ulla, y tenÃ­an tapas de cocina, chachi que sÃ­ âinsiste Ricardo.

-Pues vamos allÃ¡; unos vinitos vendrÃ¡n de putamadre-dice SofÃ­a impaciente como siempre en estos casos, cuando hay papeo y priba de por medio. Yo no me lo acabo de creer, pero no cuento a nadie mis sospechas. AsÃ­ que guiados por Ricardo vamos en busca de la taberna:

-Â¡Estaba aquÃ­! âdice.

-Pues ya ves que esto es un solar abandonado âdigo yo, casi convencida de que no Ã­bamos a encontrar el lugar donde Ã©l habÃ­a estado hace un momento.

-Me habrÃ© equivocado de calle, a lo mejor es la siguienteâ¦Tampoco. Tengo que dar con el bar, seguro que estÃ¡ por aquÃ­ cerca, sÃ³lo tardÃ© un par de minutos en llegar a donde estabais vosotros.

Damos vueltas por las calles prÃ³ximas pero nada. Ricardo no se lo explica, mi teorÃ­a, aunque parezca increÃ­ble, es que esa sombra, de alguna manera, es capaz de que la gente viaje en el espacio con sÃ³lo desearlo. Los otros no se enteraban de nada con el moco que tenÃ­an; al final decidimos ir a dormirla cada uno a su queli quedando para comer al dÃ­a siguiente en nuestra casa, maÃ±ana les contarÃ­a lo que habÃ­a visto y ya con calma investigarÃ­amos lo ocurrido.



-Me costÃ³ trabajo convencerlos, Â¿se imagina, comisario?

-Desde luego.

-AdemÃ¡s esa noche tuve un sueÃ±o bien extraÃ±o: estaba en mi cama durmiendo, en un momento dado me despertaba pero en un sofÃ¡ y vestida con una tÃºnica de seda blanca; a mi alrededor se encontraba mÃ¡s gente en el mismo estado que yo, me levantÃ© sorprendida. Vi claridad al fondo de un pasillo que se encontraba a la espalda del sofÃ¡ en que habÃ­a aparecido. Lo seguÃ­ y me topÃ© con una escalera de caracol que descendÃ­a al piso de abajo; aquello parecÃ­a un laboratorio, tubos de ensayo y artilugios de todo tipo llenaban la habitaciÃ³n. En una silla estaba doblada perfectamente mi ropa, asÃ­ que me cambiÃ© y salÃ­. Estaba en Riazor, enfrente de mÃ­ se encontraba la playa, comencÃ© a caminar y al doblar la esquina me hallÃ© de repente en la plaza de Chueca, en Madrid. PensÃ© que en lo que habÃ­a soÃ±ado podÃ­a estar la clave de lo ocurrido anoche, si dormidos podemos viajar en el tiempo y en el espacio Â¿no serÃ­a posible que alguien hubiese descubierto un sistema sencillo de trasladarse mÃ¡s allÃ¡ de lo que se llama comÃºnmente realidad? Siempre me han interesado cantidad estos temas, Â¿a usted no, comisario Soler?

-La verdad es que mi trabajo no me deja mucho tiempo para soÃ±ar. ContinÃºa.



-Eso es imposible âdice Ricardo âestarÃ­as alucinando, tronca.

-No me comÃ­ el tripi, estoy completamente segura: desapareciste por la pared, esta noche os lo mostrarÃ©.

-Bueno, no ocurrirÃ¡ nada; pero no veo la razÃ³n para negarle ese capricho a Teresa âdice SofÃ­a apoyÃ¡ndome, aunque no estÃ¡, en absoluto, convencida.

-Vale, te haremos caso pero me da la impresiÃ³n de que te patinan las neuronas âreplica Ricardo.

LuÃ­s no dice nada, estÃ¡ a la expectativa como siempre, es escÃ©ptico por naturaleza y no toma partido en ningÃºn caso. Dejamos de hablar del tema y pasamos la tarde jugando al parchÃ­s y cosas asÃ­. Alrededor de las diez salimos.




Una sombra nos muestra un asesinato


Es sÃ¡bado. La zona estÃ¡ a tope de gente. Nos metemos en un bar a comer unas tapas, parecemos sardinas en lata, en Ã©l ya no cabe nadie mÃ¡s y a pesar de todo una pandilla de cinco ha entrado al mismo tiempo que nosotros. Decidimos esperar unas tres horas para hacer el experimento, ahora hay demasiada gente, ya procuraremos no privar demasiado.

Encontramos a unos cuantos colegas de rule con los que nos bebemos unas litronas, estamos deseando que llegue el momento de ir a ver la sombra; hemos pasado varias veces por allÃ­ y, aunque mis compaÃ±eros no creen que ocurra nada, tambiÃ©n estÃ¡n intrigados por lo que pueda pasar. La mÃºsica resuena en las calles cada vez que se abre la puerta de un pub, intoxicaciÃ³n etÃ­lica al por mayor, risas, canutos, alcohol, descontrol, algo de coca en los lavabos, caballo, hashish se oye en las esquinas de Chueca, rÃ­os de gente de bar en bar, siempre los mismos, ruido. Sobre las dos de la madrugada, mÃ¡s o menos, nos dirigimos hacia la sombra:

-A ver, vamos a comprobar lo que nos contaste, ya verÃ¡s como no pasa nada âdice Ricardo.

-Si estÃ¡s tan seguro haz exactamente los mismos gestos y di las mismas palabras, vamos âarguyo medio ofendida aunque sintiendo una ligera aprensiÃ³n por temor a meternos en un lÃ­o que no se sabe dÃ³nde va a llegar.

-Â¡Vamos tÃ­o, demuÃ©strale que estÃ¡ como una chota! Â¡Nadie desaparece asÃ­ como asÃ­! âdice SofÃ­a.

-Bueno, me puse asÃ­ y dije que me gustarÃ­a estar en CoruÃ±a en la playa de Riazorâ¦

Â¡Zuuummmm! Â¡IncreÃ­ble! Â¡Ha desaparecido! Â¡Guau! Por un momento nos quedamos anonadados, es para no creÃ©rselo pero Ricardo se ha fundido en la pared. Entonces uno a uno hacemos lo mismo. No podemos dejarle solo. Parecemos los protagonistas de una novela de ciencia-ficciÃ³n pero es la realidad, si lo contÃ¡ramos creerÃ­an que estamos chiflados. Nos sentamos en la arena, cerca del muro y detrÃ¡s de una roca:

-Â¡Que pasote!

-Â¡Incredible, colega! Podremos tomar vinos cuando nos pete, Â¡tope guay! âdice SofÃ­a.

Y entonces ocurriÃ³; llevÃ¡bamos un rato desvariando sobre las infinitas posibilidades de la sombra cuando oÃ­mos un gemido. Nos quedamos en silencio unos minutos a ver si volvÃ­amos a oÃ­rlo, el lamento se repitiÃ³, extraÃ±ados nos levantamos con el fin de investigar su procedencia; no habÃ­a nadie en los alrededores pero continuÃ¡bamos escuchÃ¡ndolo, parecÃ­a venir del mar asÃ­ que nos pusimos a caminar por la orilla, a medida que avanzÃ¡bamos en direcciÃ³n a Las Esclavas se hacÃ­a mÃ¡s nÃ­tido y claro, no se veÃ­a nada. A la altura del Playa Club y debajo de una de las barcas, descubrimos un bulto, origen del gemido, un hombre de unos treinta aÃ±os, desangrÃ¡ndose, con un puÃ±al en el costado derecho: no estaba muerto pero no tardarÃ­a en estarlo, con gran esfuerzo abriÃ³ los ojos y mirando a SofÃ­a dijo:

-Â¡Raisâ¦raisâ¦toma, guardaâ¦loâ¦Â¡cof,cof!â¦rais,raisâ¦daâ¦seâ¦lo,â¦noâ¦olvidarâ¦Â¡Rais!-logrÃ³ articular el hombre antes de morir. Una pequeÃ±a caja de metal plateado pasÃ³ a manos de SofÃ­a. Nos disponÃ­amos a ver el contenido cuando hasta nosotros llegÃ³ un rumor, alguien venÃ­a hacia donde nos encontrÃ¡bamos, tenÃ­amos que desaparecer antes de que nos descubrieran al lado del cadÃ¡ver, podÃ­a dar lugar a un malentendido; como no tenÃ­amos mucho tiempo nos deslizamos por detrÃ¡s de las barcas hasta el muro y entonces oÃ­mos una conversaciÃ³n que aÃºn nos dejÃ³ mÃ¡s perplejos:

-Tiene que estar por aquÃ­, sÃ© que Los Otros no lo encontraron, no sirviÃ³ de nada el torturar a Abdul, ni siquiera las amenazas de muerte lograron amedrentarlo, era un valiente. Debemos recuperar la caja, la vida de nuestro pueblo depende de ella âoÃ­mos decir a una voz ronca y bien modulada aunque extranjera.

-Tiene que tenerla encima.

-Lo he registrado bien y no la tiene, sÃ© que ninguno de Los Otros la ha encontrado.

-A lo mejor tuvo tiempo de esconderlo antes de que lo cogieran.

-Es posible pero Â¿DÃ³nde estÃ¡? Â¿DÃ³nde ha podido ocultarla?

-Por la maÃ±ana podemos, debemos, ir a la playa de la Ãºltima vez, quizÃ¡sâ¦

-Puede que tengas razÃ³n, larguÃ©monos antes de que pase alguien por aquÃ­-replicÃ³ el dueÃ±o de la voz ronca.

-Vamos.

Â¡En menudo lÃ­o nos acabÃ¡bamos de meter! Lo mejor que podÃ­amos hacer, por el momento, era buscar un sitio tranquilo y seguro donde pasar la noche y examinar la caja, luego ya pensarÃ­amos quÃ© hacer con ella. A LuÃ­s se le ocurriÃ³ que el viejo matadero abandonado serÃ­a un buen sitio y hacia allÃ­ encaminamos nuestros pasos, nos sentÃ­amos confundidos por lo sucedido y durante el camino apenas nos dirigimos la palabra. Resultaba alucinante que hubiera habido un asesinato en la playa de una ciudad en la que, normalmente, esta clase de sucesos era la excepciÃ³n, Â¡pensar que mientras la basca se divierte en una noche de sÃ¡bado a pocos metros estaba cometiÃ©ndose un crimen!

Â¿A donde nos llevarÃ­a aquella caja? Â¿Por quÃ© era tan importante? Un hombre habÃ­a muerto por su culpa; me recordaba las antiguas pelÃ­culas de espÃ­as con muertos por todas partes y esas cosas. Seguro que la explicaciÃ³n era mucho mÃ¡s simple: algÃºn ajuste de cuentas entre traficantes de droga o algo parecido, peroâ¦estaba aquella extraÃ±a conversaciÃ³n que me hacÃ­a pensar que la anterior interpretaciÃ³n era falsa. De cualquier modo me parecÃ­a increÃ­ble estar viviendo una de espÃ­as. Entramos sin dificultad en el edificio ya que la puerta no tenÃ­a cerradura, no habÃ­a nadie, sÃ³lo escombros por todas partes, aquÃ­ y allÃ¡ algunas mantas y cartones, allÃ­ vivÃ­a gente por lo que decidimos subir al primer piso donde se encontraban las oficinas y nos metimos en una de ellas. Ricardo, que es especialista en coleccionar boberÃ­as tales como llaveros-navaja, llaveros âcartas de baraja, llaveros-bloc de notas y demÃ¡s, sacÃ³ de su bolsillo una pequeÃ±a linterna-llavero:

-A ver, pÃ¡same la caja âdijo a SofÃ­a.

-Toma. Â¡QuÃ© cosa mÃ¡s extraÃ±a!

-Â¿El quÃ©?

-Me dio la impresiÃ³n de que ese hombre me conocÃ­a pero yo no recuerdo haberlo visto nunca.

-Â¡Que va, tronca! Simplemente fue al primero que vio.

-Estoy convencida, nos mirÃ³ a todos pero me la entregÃ³ a mÃ­, aquÃ­ hay algo raroâ¦no sÃ© lo que es pero tiene que ver con alguien que conozco, es sÃ³lo una impresiÃ³n de todas formas.

-Bueno, mira, vamos a ver quÃ© contiene la caja âdijo, impaciente, LuÃ­s.

PequeÃ±a, de color plateado, tenÃ­a todos sus resquicios sellados con lacre rojo, el mechero de gasolina de LuÃ­s ayudÃ³ a abrirla y en el interior Â¿a quÃ© no se imagina lo que encontramos?

-Â¡Un simple papel! Un papel en el que estaba escrito una sola palabra: Rais. La misma que habÃ­a pronunciado el hombre antes de morir âdijo SofÃ­a-; no tenÃ­a sentido Â¿quÃ© extraÃ±o significado encerraba que la gente mataba por ella?

-Como supondrÃ¡ no pudimos pegar ojo en toda la noche intentando descubrir lo que estaba pasando, barajamos infinidad de teorÃ­as, incluso el que fuese el nombre de un misil o alguna vacuna imprescindible contra alguna enfermedad raraâ¦Â¡ya quÃ© sÃ© lo que imaginamos!



AmanecÃ­a y aÃºn estÃ¡bamos perplejos por lo ocurrido, no sabÃ­amos quÃ© hacer. Se nos escapaba el significado de aquellas palabras oÃ­das a un hombre moribundo, y luego estaba la caja que precisamente le habÃ­a entregado a SofÃ­a, Â¿por quÃ© a ella?, no podÃ­amos contarle a nadie lo ocurrido, no nos creerÃ­an o, si lo hacÃ­an, lo mÃ¡s probable es que tambiÃ©n estuviesen metidos en la historia y habÃ­a posibilidades de salir malparados de la dichosa movida, Â¡en fin, una pasada!

-Lo mejor que podemos hacer es esperar a ver quÃ© pasa âdijo prudentemente LuÃ­s âtarde o temprano encontrarÃ¡n el cadÃ¡ver y es fÃ¡cil que el periÃ³dico lo publique uno de estos dÃ­as. Lo mÃ¡s recomendable es que volvamos a Madrid esta noche y esperemos ver quÃ© ocurre y quiÃ©n es ese hombre.

-Por mÃ­, de acuerdo ârespondiÃ³ Ricardo.

-Â¿A quÃ© playa se referirÃ­an? âpreguntÃ© a SofÃ­a.

-Â¡Vete a saber! Hay montones de calitas por toda la costa, no creo que lleguemos a averiguarlo. âcontestÃ³ ella.

Ninguna razÃ³n nos retenÃ­a allÃ­, es mÃ¡s, alguien podÃ­a habernos visto y quizÃ¡s estuviÃ©semos en peligro, asÃ­ que volvimos a la sombra y regresamos a Chueca; nos tomamos la noche con calma, bebimos y bebimos intentando frivolizar el asunto, tal vez los periÃ³dicos de la maÃ±ana nos aclarasen algo. Como es lÃ³gico acabamos pedos perdidos, con un cuelgue que no veas. A la maÃ±ana siguiente compramos âLa Voz de Galiciaâ en uno de los quioscos de Sol, desayunando en un bar nos pusimos a ojearlo y allÃ­, en la pÃ¡gina de noticias locales, aparecÃ­a lo siguiente:



ENCUENTRAN UN HOMBRE APUÃALADO EN LA PLAYA DE RIAZOR

La CoruÃ±a, 24 de junio.- Un hombre, al parecer de raza Ã¡rabe, fue encontrado muerto a primeras horas de la madrugada por una pareja de novios que paseaban a su perro; Ã©ste se acercÃ³ a las barcas varadas cerca del Playa Club cuando se puso a aullar de forma lastimera, intrigados por el comportamiento del animal se acercaron a ver quÃ© ocurrÃ­a, y entonces fue cuando lo vieron: un hombre, de unos treinta aÃ±os, estatura media, tez oscura, yacÃ­a debajo de una de ellas empapado en lo que se podÃ­a pensar era agua debido a lo oscuro de la noche pero resultÃ³ ser sangre. RÃ¡pidamente avisaron a la policÃ­a que se personÃ³ en el lugar de los hechos al momento.

La principal teorÃ­a, y la mÃ¡s probable, es que se trata de un ajuste de cuentas entre traficantes de droga; no se sabe a ciencia cierta quÃ© es lo que ocurriÃ³, segÃºn el forense el hombre llevaba varias horas muerto. En estos momento se procede a su identificaciÃ³n asÃ­ como a tomar declaraciÃ³n a la gente que se encontraba alrededor de la medianoche en esa zona, tarea ardua si se tiene en cuenta que la noche del sÃ¡bado es una de las mÃ¡s concurridas de la semana, por ello la policÃ­a pide la colaboraciÃ³n de todos los ciudadanos que en la noche de ayer se encontraban en las inmediaciones de la playa.



-Â¡Bueno, esto es la monda! Los que mÃ¡s sabemos del tema somos nosotros âdijo SofÃ­a ây sabemos perfectamente que no es un traficante de drogas, no sÃ© quiÃ©n puede ser el tronco pero tiene mÃ¡s tela el asunto de lo que aparenta, Â¿no?

-Â¡Por supuesto! Sino Â¿por quÃ© aquellos hombres dijeron que era fundamental para la supervivencia de su pueblo?

-Puntualicemos âdije yo âlo que dijo fue la vida de nuestro pueblo depende de ella que es bien distinto.

-Â¡Eres el colmo, tÃ­a! Estamos metidos en una movida que te cagas y a ti se te ocurre hacer puntualizaciones gramaticales âdice LuÃ­s perdiendo la paciencia.

-Â¿QuÃ© te pasa?

-Nada, es que tiene miedo y entonces se pone nervioso âexplica SofÃ­a.

-Â¡No es cierto! âprotesta Ã©l.

-Bueno, bueno, vamos a dejarlo y ocupÃ©monos del asunto Â¿quÃ© mÃ¡s da unas palabras que otras? âhabla Ricardo intentando que el mosqueo no prospere.

-No sÃ©, me parece que sÃ­ la tiene âme defiendo.

-Vale tronca, pero lo mÃ¡s urgente es descubrir quiÃ©n es el tipo ese y por quÃ© lo mataron yâ¦

-Y tambiÃ©n por quÃ© me dio a mÃ­ la caja.

-SÃ­, tambiÃ©n, Â¡quÃ© cruz de basca! DÃ©jame continuar; como iba diciendoâ¦ Â¿QuiÃ©n es? Â¿ConocÃ­a a SofÃ­a? Ella dice que nunca lo habÃ­a visto, luego esto quiere decir que, a lo mejor, SofÃ­a con todas las relaciones extraÃ±as que tiene por ahÃ­ debe saber de alguien comÃºn a ella y al hombre de la playa, o puede que sea simple casualidad que le dirigiese la palabra. Creo que debemos esperar unos dÃ­as antes de contarle nada a la pasma o a quien sea, alguien en quien podamos confiar. Â¿EstÃ¡is de acuerdo?.

-Parece lo mÃ¡s prudente âdigo yo al tiempo que llamo al camarero para que nos traiga unos cafÃ©s con unas magdalenas.

-Si vamos a esperar a que la pasma logre identificarlo, entonces esta puede hacer un poco de memoria y a lo mejorâ¦si sabe realmente algo que ella todavÃ­a no sabe que lo sabeâ¦

-Te estÃ¡s liando, colega âcorta SofÃ­a.

-Â¡Pasa! Â¿Eh? Â¿Es que no puede uno hablar aquÃ­ sin que le corte alguien?

-Â¡Vale! Sigue, nadie te dice nada, tronco.

-Ya me he olvidadoâ¦ Â¡Ah, sÃ­! Pues que creo que tiene razÃ³n Ricardo.

-Â¡Â¿Y para decir eso te has montado este rollo?!

-Â¡Dejad de discutir de una vez! Â¡Basta! âdigo intentando poner orden âtranquilizaos, tenemos que desaparecer, debemos encontrar un sitio seguro donde no puedan localizarnos, y ver cÃ³mo se desarrolla todo este mogollÃ³n. Â¿DÃ³nde os parece que podrÃ­amos ir? Â¡Ideas! Â¿QuÃ© se te ocurre, Ricardo?

-Lo que es evidente es que ni en La CoruÃ±a ni en Madrid podemos escondernos, llevamos dos dÃ­as sin aparecer por nuestras respectivas casas, nosotros tenÃ­amos que haber ido a esperar a mi madrina que llegaba por la maÃ±ana en el tren, con lo histÃ©rica que es seguro que ya ha llamado a la policÃ­a; no debemos quedarnos, si alguien se entera que hemos sido testigos de un asesinatoâ¦

-Â¡No exageres!

-No exactamente, pero alguien puede creer que hemos visto mÃ¡s de lo que decimos, y entonces sÃ­ que lo tendrÃ­amos claro.



-No te equivocabas âdijo el comisario Soler interrumpiendo el relato de Teresa âen efecto, tu madrina vino a la comisarÃ­a hecha un manojo de nervios, parecÃ­a que iba a darle un ataque de un momento a otro, pidiÃ³ una copa de aguardiente para tranquilizarseâ¦

-Se pasa el dÃ­a tranquilizÃ¡ndose âironizÃ³ Ricardo.

-Bueno, en ese momento se veÃ­a que lo necesitaba; asÃ­ fue como me encontrÃ© metido en esta historia.



Era domingo, me tocaba estar de guardia, asÃ­ que me sorprendiÃ³ que alguien preguntase por mÃ­, y ademÃ¡s una seÃ±ora con un fuerte acento gallego; la hice pasar a mi despacho, se encontraba en un estado lamentable, descompuesto, le pedÃ­ que tomase asiento y dijese quÃ© le ocurrÃ­a:

-No recuerdo haberla visto nunca seÃ±ora, Â¿quiÃ©n le dio mi nombre? Â¿QuiÃ©n le hablÃ³ de mÃ­?

-Una tÃ­a suya, una hermana de su madre es amiga mÃ­a y cuando supo que iba a Madrid para hacerle una visita a mi ahijado entonces me dijo que tenÃ­a un sobrino aquÃ­ que era policÃ­a y que si necesitaba algo o tenÃ­a algÃºn problema viniese a verle âlogrÃ³ decirme, despuÃ©s de haberse tomado su copa.

-Â¡Ah, se refiere a tÃ­a Ãngeles! Es verdad, me llamÃ³ el sÃ¡bado por telÃ©fono para contÃ¡rmelo. Â¿QuÃ© le ha pasado? Â¿Le han robado el equipaje en Norte? Ocurre a menudo pero conozco a los rateros y si es quiÃ©n pienso le conviene devolvÃ©rselo, usted dirÃ¡.

-Â¡No es eso! Â¡No es eso! Resulta que Ã©l tenÃ­a que haberme ido a recoger a la estaciÃ³n, el tren llegÃ³ con retraso por lo que no esperaba verlo, como asÃ­ ocurriÃ³; como tenÃ­a su direcciÃ³n cogÃ­ un taxi y le di instrucciones al taxista con el fin de que me llevase por el camino mÃ¡s corto a casa de mi ahijado, Ã©l siempre me decÃ­a que los taxistas de Madrid son muy vivos y que si pueden dan una vuelta para sacar mÃ¡s dinero al cliente.

-Algunos, no todos; continÃºe.

-LleguÃ©, toquÃ© el timbre pero nadie contestÃ³, estuve casi una hora esperando a que apareciese pero nada, Ã©l sabÃ­a que venÃ­a, no podÃ­a dejarme plantada. Comisario Soler, estoy segura que le ha ocurrido algo, he llamado a los hospitales pero no saben nada; Â¿puede usted ayudarme? He pensado que podÃ­a estar en alguna de las comisarÃ­as pues, aunque es un buen muchacho, viste un poco asÃ­â¦moderno, Â¿me entiende?

-Intente explicarse mÃ¡s claramente.

-Ãl lleva pantalones muy ceÃ±idos y cazadora vaquera, camiseta, y bebe cervezaâ¦bueno, como la mayorÃ­a de los jÃ³venes.

-Entiendo Â¿cÃ³mo se llama?

-Ricardo GarcÃ­a Olavide, vive aquÃ­ con su hermana; los dos estÃ¡n estudiando.

-Esto es lo que vamos a hacer, ahora yo me encargarÃ© de enterarme si alguien con esas seÃ±as y nombre ha sido detenido en los Ãºltimos dos dÃ­as, tal vez se hayan metido en algÃºn pequeÃ±o follÃ³n y los encontremos. Espere aquÃ­, enseguida vuelvo.

MirÃ© en el ordenador las detenciones de la semana; estÃ¡n bien estos cacharros, ahorran mucho trabajo, estaba seguro de encontraros en alguna de las redadas que se habÃ­an efectuado en la semana, pero no aparecÃ­ais por ningÃºn sitio. VolvÃ­ a la oficina con dos cafÃ©s.

-No aparecen, no creo que les haya ocurrido nada, puede que estÃ©n con algÃºn amigo.

-Â¡No! Â¡sÃ© que les ha sucedido algo! Â¡EstarÃ¡n muertos en un callejÃ³n, apuÃ±alados! Â¡Pobre ahijado mÃ­o, pobrecito! Â¿QuÃ© dirÃ¡ su madre?

No pudo continuar, comenzÃ³ a llorar e hipar, todo el maquillaje se le estaba descomponiendo, parÃ³ un momento, parecÃ­a que se habÃ­a tranquilizado pero volviÃ³ a la carga, mÃ¡s lloros e hipidos, yo tambiÃ©n me estaba poniendo nervioso oyÃ©ndola. AbriÃ³ su bolso y cogiendo un paÃ±uelo comenzÃ³ a retorcerlo mientras lloraba, lloraba; entrecortadamente pidiÃ³ que le trajesen otra copa de aguardiente, lo hice y ya habÃ­a decidido pedir una orden de registro para entrar en vuestra casa, asÃ­ que en cuanto estuvo en mi poder fuimos allÃ­. Encontramos una agenda con direcciones y telÃ©fonos, decidimos utilizarla para localizaros, probablemente alguno de los anotados en ella sabrÃ­a decirnos dÃ³nde encontraros; de esta manera nos enteramos que otras dos personas faltaban de sus casas. Realmente no sabÃ­a por dÃ³nde iniciar mis investigaciones, lo primero era interrogar a la gente del barrio, sacamos pocas cosas en claro pero comenzamos a rastrear vuestras andanzas por la zona Centro. Al cabo de una semana decidÃ­ contarle el hecho a un periodista amigo mÃ­o, tal vez alguien supiese dÃ³nde buscaros o puede que vosotros mismos leyerais la noticia. ContinÃºa relatando quÃ© ocurriÃ³, Â¿dÃ³nde os ocultasteis?

-Ricardo tenÃ­a razÃ³n, debÃ­amos ser prudentes, a casa no podÃ­amos ir, nuestras familias querrÃ­an que pusiÃ©semos el caso en manos de la policÃ­a, si lo hacÃ­amos posiblemente nuestras vidas corriesen peligro, intentarÃ­amos averiguar primero quiÃ©nes eran aquellos hombres, asÃ­ que a SofÃ­a se le ocurriÃ³ una ideaâ¦



-A ver quÃ© os parece: las sombras nos trasladan al instante en el espacio, volvemos a utilizarlas para ir a otro sitio.

-Pero no sabemos cÃ³mo funcionan realmente, Â¿hace falta una figura gemela o el que funcione tan sÃ³lo depende de los deseos que tenga quien la utilice? âobjetÃ³ Ricardo âdaos cuenta que hasta ahora sÃ³lo tenemos el hecho de que hay una en La CoruÃ±a y otra en Madrid, y que, supuestamente, se corresponden pero Â¿son las Ãºnicas en EspaÃ±a?Â¿hay otras en algÃºn paÃ­s distinto al nuestro? Â¿si las utilizamos errÃ³neamente nos quedaremos colgados en una cuarta dimensiÃ³n desconocida?

-La soluciÃ³n la prÃ³xima semana en CANAL-R âbromeÃ³ SofÃ­a.

-No es tan disparatado lo que dice como tÃº piensas âle defendÃ­.

-Gracias tronca.

-Lo siento, estaba vacilÃ¡ndote, puede que tengas razÃ³n, pero entonces Â¿quÃ© haremos?.

-Â¡Ya sÃ© dÃ³nde podemos ir! âexclamÃ© âestoy casi segura que sÃ© dÃ³nde hay mÃ¡s sombras: en Venecia.

-Â¿En Venecia?

-SÃ­, el verano pasado estuve allÃ­ una temporada con una amiga de la facultad que es veneciana, habÃ­a muchas; por todas partes, no supo explicarme su significado aunque hubo algo en su actitud, cuando le preguntÃ© por ello, que me hizo sospechar que era un tema que conocÃ­a a fondo pero del que no querÃ­a hablar.

-Â¡TÃº alucinas! âreplicÃ³ SofÃ­a.

-Tengo pruebas, unas fotos que hice a algunas de las sombras, se parecen bastante a la de Chueca; podemos esperar a la noche para ir a casa, tomaremos todas las precauciones posibles por si acaso estÃ¡ vigilada.

No tuvimos ningÃºn contratiempo, tenÃ­a razÃ³n: eran iguales a las dos que habÃ­amos visto. Tanta casualidad nos escamaba a todos, no era probable que alguien las hubiera pintado solamente para ir de CoruÃ±a a Madrid, lÃ³gico serÃ­a que hubiese mÃ¡s, desde luego si un sitio tenÃ­a posibilidades de ser el centro de toda esta historia Venecia contaba con un 99% de ellas. Con fama de ciudad misteriosa desde hace siglos, tenÃ­a todo a su favor. AsÃ­ que volvimos a fundirnos con la sombra y aparecimos en Venecia, la casa de mi amiga estaba cerca del Puente de los Tres Arcos, las ventanas se encontraban iluminadas, golpeÃ© la puerta con un pesado llamador de bronce que tenÃ­a forma de garra de leÃ³n. Pasaron unos minutos antes de que oyÃ©semos pasos acercÃ¡ndose a la puerta, se abriÃ³ una trampilla desde donde nos mirÃ³ una cara asombrada:

-Â¡Teresa! Â¿QuÃ© haces aquÃ­?

-DÃ©jame entrar Carla, tenemos que hablar; Â¿puedes alojarnos durante unos dÃ­as?, tal vez puedas ayudarnos, tenemos un problema tremendo.

-Pasad, pasad âdijo Carla al tiempo que abrÃ­a la pesada puerta âmis padres estÃ¡n en Austria, yo preferÃ­ quedarme, tardarÃ¡n unos veinte dÃ­as en volver.

-Vamos a sentarnos y a contarte lo que ocurre.

Era increÃ­ble la casa, parecÃ­a que habÃ­amos viajado a otra Ã©poca; era un palacete de esos que aparecen en las pelÃ­culas, donde seguramente ha ocurrido mÃ¡s de un crimen pasional, envenenamientos, sesiones de magia negra, y vete a saber quÃ© mÃ¡s; eso fue lo que pensÃ© la primera vez que entrÃ© en la casa de Carla y ahora, influenciada por todo lo sucedido y de noche, la impresiÃ³n se acentuÃ³. Nos llevÃ³ hasta una pequeÃ±a sala situada en el piso superior. PodÃ­amos confiar en ella asÃ­ que se lo contamos todo, no se sorprendiÃ³ en absoluto por nuestro relato:

-SerÃ¡ mejor que descansÃ©is, maÃ±ana intentarÃ© explicaros algunas cosas pero ahora es tarde, maÃ±ana hablaremos, tenemos muchos dÃ­as por delante, nos van a hacer falta; tengo que levantarme temprano, debo ver urgentemente a mi maestro.

-Dinos algo ahora, Carla âsupliquÃ©.

-Â¡No!â¦no puedoâ¦todavÃ­a; maÃ±ana serÃ¡ mejor. Venid, os llevarÃ© a unas habitaciones donde podrÃ©is descansar.

A pesar de que le insistimos no se dejÃ³ convencer, nos mostrÃ³ unas habitaciones cercanas a la salita y nos dejÃ³ solos. TenÃ­a razÃ³n; la excitaciÃ³n de estos dÃ­as no habÃ­a dejado que nos diÃ©semos cuenta de nuestro cansancio, yo tardÃ© en conciliar el sueÃ±o pero LuÃ­s y SofÃ­a roncaban a los cinco minutos de dejarlos en la suya. Era una de esas noches en que es imposible dormir por mÃ¡s que se intente, la mente trabaja a doscientos por hora, los pensamientos se suceden con rapidez, se superponen unos a otros, y las mÃ¡s extravagantes teorÃ­as cobran realidad por unos momentos. Duermes, pero no con profundidad, y cuando te das la vuelta para mirar el reloj, porque crees que tan sÃ³lo han pasado unos minutos, te das cuenta que llevas horas inmersa en cavilaciones. Estaba amaneciendo cuando por fin me quedÃ© dormida, sÃ© que fue asÃ­ porque soÃ±Ã© lo mismo que la noche en que Ricardo desapareciÃ³ por primera vez en la sombra. Â¡Otra vez aquel extraÃ±o laboratorio, aquella gente con lo que parecÃ­an ser camisones blancos y, sobre todo, aquella casa laberÃ­ntica!. TenÃ­a que haber una relaciÃ³n, por lo que sÃ© los sueÃ±os no suelen repetirse y cuando lo hacen es que hay una poderosa razÃ³n para ello. Â¿QuÃ© significarÃ­a: un hecho del pasado, algo que estaba por ocurrir o, lo mÃ¡s inquietante, la realidad de lo que estaba ocurriendo? Eso fue lo que pensÃ© al despertar pero no veÃ­a cÃ³mo podÃ­a encajar con la muerte del hombre en la playa, aunque tambiÃ©n podrÃ­a ser que no hubiese conexiÃ³n alguna. Todo era posible, sabÃ­amos por el momento demasiado poco.

MirÃ© el reloj, eran las nueve de la maÃ±ana, Ricardo dormÃ­a plÃ¡cidamente aÃºn, me vestÃ­ y fui a la habitaciÃ³n de SofÃ­a, les ocurrÃ­a lo mismo; aprovechÃ© para dar una vuelta por la casa y de paso hablar a solas con Carla. No estaba. DeambulÃ© por aquÃ­ y por allÃ¡, aquello era enorme, pero ni rastro de mi amiga, debiÃ³ de salir muy temprano; busquÃ© la cocina, si no me equivocaba se encontraba en la planta baja, a la derecha de la puerta principal habÃ­a un corredor que conducÃ­a a ellaâ¦sÃ­, era asÃ­, ahora me acordaba, no tengo muy buena memoria para estas cosas de los planos de una casa, siempre fui un desastre. Estaba preparando el desayuno cuando me pareciÃ³ oÃ­r una voz, salÃ­, era SofÃ­a que me llamaba:

-Â¡Por aquÃ­, a la derecha!

TardÃ³ unos minutos en aparecer, venÃ­an los tres.

-No sabÃ­amos dÃ³nde estabas.

-No te oÃ­ levantar, y con esta historia que estÃ¡ ocurriendo pensÃ© todo tipo de cosas raras âse excusÃ³ Ricardo.

-No saquemos las cosas de quicio Â¿quÃ© iba a pasar? Entre otros motivos, porque nadie sabe que estamos aquÃ­. No comiences a alucinar Â¿eh? ârepliquÃ©.

Desayunamos, luego nos dedicamos a explorar la casa: Ricardo y yo la planta baja, los otros la planta alta. MÃ¡s que una casa parecÃ­a un museo. PertenecÃ­a a la familia de Carla desde hacÃ­a siete siglos, Â¡una pasada!, y cada generaciÃ³n habÃ­a reformado y decorado la mansiÃ³n de acuerdo con los cÃ¡nones de la Ã©poca, conservando, eso sÃ­, multitud de obras de arte de todos los estilos. La biblioteca era increÃ­ble: obras de los griegos clÃ¡sicos copiadas por monjes del siglo XIII, en francÃ©s, griego, alemÃ¡n antiguo, en inglÃ©s, una copia de los viajes de Marco Polo manuscrita, libros de Voltaire, Montesquieu, Rousseau, Giacomo Casanova, Virgilio, Â¡incluso la Enciclopedia de Diderot!, me sentÃ­ fascinada por todo aquello. Carla volviÃ³ alrededor de las dos de la tarde:

-No habrÃ©is salido Â¿verdad? No conviene que nadie sepa de vuestra existencia hasta que hablÃ©is con mi maestro.

-Esta tronca alucina por colores, Â¿no?, Â¿no estarÃ¡ pasada de vueltas? âme dijo Ricardo al oÃ­do âpara mi que le patinan las neuronas.

-Espera, no seas asÃ­, a lo mejor nos aclara las ideas, aunque un poquillo tocada del ala sÃ­ que estÃ¡ âcontestÃ³ LuÃ­s, que no perdÃ­a comba de lo que hablÃ¡bamos.

-Te he oÃ­do perfectamente y no estoy pasada de vueltas, hay cosas en el mundo, historias, que nadie se imagina que puedan ocurrir, pero la vida es mucho mÃ¡s complicada de lo que parece; hay otros mundos y dimensiones incomprensibles para la mayorÃ­a, pero estÃ¡n ahÃ­, existen de alguna manera y el estudiarlas y aprehenderlas sÃ³lo le estÃ¡ permitido a los iniciados pues, sino es asÃ­, la mente de alguien no preparado serÃ­a incapaz de asimilarlas y le conducirÃ­a a la locura. Venecia es una ciudad misteriosa, encierra tantos enigmas que toda una vida dedicada a su estudio no podrÃ­a descubrir.

-Hablas como una masona.

-Tal vez sÃ­, ni lo niego ni lo afirmo. Pero eso no tiene importancia. Os voy a contar una historia que en mi familia ha pasado de generaciÃ³n en generaciÃ³n, de la que sÃ³lo nosotros somos sus custodios y guardianes, y que nunca hemos relatado a miembros exteriores a ella.

-Entonces, Â¿por quÃ© tenemos que conocerla?

-Â¿QuiÃ©n de vosotros descubriÃ³ la sombra y logrÃ³ que funcionase?

-Yo âcontestÃ³ Ricardo.

-QuizÃ¡s mantengas una conexiÃ³n con Venecia debido a que en tu familia existe alguien que procede de aquÃ­.

-No.

-Esperaâ¦ Â¿recuerdas que la abuela nos contaba que su padre era veneciano y estaba iniciado en los secretos de la alquimia? âintervine âtodos decÃ­an que estaba loca, pero tal vez lo hacÃ­an para protegernos.

-Dejad de discutir y prestadme atenciÃ³n, mi maestro me ha dado permiso para relataros esta historia singular: remontÃ©monos al siglo XI, los Monte-Ollivellachio llevan cuatro siglos viviendo en Venecia, le han dado a la ciudad valientes soldados, perspicaces comerciantes y estudiosos de la vida y la muerte, de los misterios de la naturaleza, alquimistas se les llamaba en aquellos tiempos. Ãpoca de continuas guerras entre los pequeÃ±os estados que nueve siglos mÃ¡s tarde formarÃ­an el pueblo italiano; las personas se veÃ­an obligadas muchas veces a llevar una doble vida a causa de las persecuciones tanto polÃ­ticas como religiosas, debido a ello las casas y palacios eran poseedoras de pasadizos y salas secretas que permitÃ­an al perseguido desaparecer por un tiempo hasta que los Ã¡nimos se calmasen. Esta casa tiene varios. Os harÃ© un plano para que comprendÃ¡is bien la historia. Vamos a la biblioteca.



-Por favor. Â¡Â¿QuerÃ©is no iros por las ramas?! Â¿quÃ© tiene que ver esto con vuestra desapariciÃ³n, me querÃ©is explicar?-inquiriÃ³ el comisario Soler.

-Es la historia de las sombras âprotestÃ© molesta por la interrupciÃ³n, ya que era la segunda.

-Â¡Te pasas! Y luego hablas que si yo esto o lo otro âdijo SofÃ­a.

-Haced el favor de abreviar lo mÃ¡s posible, ateneos a los hechos, estoy demasiado cansado como para aguantar fantasÃ­as.

-Â¡No son fantasÃ­as! Es la pura verdad.

-Vale, pero ya lo contarÃ¡s otro dÃ­a. Ahora lo que interesa esâ¦

-Â¡Pero es que es fundamental, no la puedo dejar de lado!

-Hagamos un pequeÃ±o descanso, prepararÃ© mÃ¡s cafÃ©; mientras, ordenad vuestras ideas.

Casi dos horas llevamos hablando y ninguno ha dormido todavÃ­a. Realmente hay veces en que la realidad supera a la ficciÃ³n, nunca antes me habÃ­a visto involucrado en un caso como este, ni hubiese soÃ±ado que me podrÃ­a ocurrir. No les oigo hablar, pongo el cafÃ© al fuego y regreso a la sala. Se han quedado dormidos, no me extraÃ±a, les voy a imitar, pero antes comerÃ© algo y apagarÃ© el gas.




Un inglÃ©s Â¿de vacaciones?


El charter proveniente de Venezuela acababa de aterrizar, en el venÃ­a la primera tanda de emigrantes de vacaciones, Ã©l tambiÃ©n; llamaba la atenciÃ³n por su estatura, era largo y fuerte, su cara morena contrastaba con el pelo castaÃ±o claro, miraba de forma directa y su franca sonrisa era su mejor presentaciÃ³n, al instante se pensaba es americano. Pero era inglÃ©s. No era la primera vez que hacÃ­a este viaje; tampoco era un simple turista con dinero para gastar, aunque resultaba conveniente que la gente lo viese de esa manera. Su equipaje, anodino y vulgar, se componÃ­a de una mochila enorme, la cÃ¡mara de fotos colgada al cuello y un bolso de mano de una agencia de viajes. CogiÃ³ un taxi, y dio al conductor la direcciÃ³n de una pensiÃ³n ubicada en el centro de la ciudad, cerca de la playa y los jardines, pagÃ³ y, cogiendo todos sus bÃ¡rtulos, se dirigiÃ³ hacia un portal anejo a una tienda de radios, calculadoras, relojes, etc., llamÃ³ al timbre:

-Â¿QuiÃ©n es?

-Mister Robinson, tengo reservada habitaciÃ³n, Â¿OK.?

-Pase-contestÃ³ la voz al tiempo que se oÃ­a el sonido del portero automÃ¡tico.

SubiÃ³ por la estrecha escalera hasta el segundo piso donde le esperaba el dueÃ±o de la pensiÃ³n, un hombre bajo, de complexiÃ³n media y un tanto entrado en carnes, amable, hablaba con un marcado acento gallego. Se conocÃ­an desde hacÃ­a cuatro aÃ±os, cuando por primera vez arribÃ³ a estas tierras:

-Â¿QuÃ© tal el viaje, cansado?

-SÃ­, Â¿es la misma habitaciÃ³n? âpreguntÃ³ mientras firmaba en el registro.

-Por supuesto, la que da a la calle, Â¿no?

-No hace falta que me acompaÃ±e, por favor avÃ­seme a las doce.

-Vale seÃ±or, que descanse.

-Gracias. Buenas noches.

-Buenas noches.

Realmente estaba derrotado, abriÃ³ el bolso de mano y sacÃ³ de Ã©l un pijama de verano azul marino, de esos que vienen con un pantalÃ³n corto; se lo puso y sacÃ³ su neceser, que fue a colocar en el armario del cuarto de baÃ±o, habÃ­an tenido el detalle de ponerle una pastilla de jabÃ³n y un tubo de pasta dental, era un buen cliente que se pasaba dos meses todos los veranos allÃ­ y habÃ­a que cuidarlo, pensÃ³. Se metiÃ³ en la cama, al cabo de cinco minutos estaba profundamente dormido.



-La hora, seÃ±or Robinson.

-Gracias-contestÃ³ al instante ya que hacÃ­a lo menos media hora que se habÃ­a despertado.

El primer dÃ­a en cualquier lugar estaba dedicado a recorrerlo tranquilamente, a reconocer los sitios y las personas, a tomar contacto de nuevo con la ciudad. TerminÃ³ de guardar sus cosas en el armario, cogiÃ³ la cÃ¡mara de fotos y diciendo adiÃ³s al dueÃ±o saliÃ³ a la calle. Lo primero era desayunar y se dirigiÃ³ hacia una chocolaterÃ­a que habÃ­an inaugurado dos meses atrÃ¡s en la calle de Los Olmos, mientras tomaba una taza de espeso y negro chocolate con churros ojeÃ³ los periÃ³dicos locales. Nada importante ni que le interesase aparecÃ­a en ellos. PagÃ³ lo consumido y se levantÃ³. Lo primero era ir a InformaciÃ³n y Turismo. AtajÃ³ por la travesÃ­a de Primavera y llegÃ³ a los jardines, el puerto, la dÃ¡rsena y sus barcos. Hizo una buena foto de ellos.

EntrÃ³ en el pequeÃ±o edificio y cogiÃ³ multitud de folletos que guardÃ³ en su bolso de mano. Otra vez aquÃ­ para hacer el mismo trabajo, le gustaba y esperaba poder seguir haciÃ©ndolo. DecidiÃ³ encaminar sus pasos hacia el Dique BarriÃ© de la Maza, posiblemente por la tarde fuese a ver el castillo-museo que se encontraba camino del Club NÃ¡utico. Se riÃ³ para sus adentros, no sÃ³lo se comportaba, sino que tambiÃ©n pensaba como un tÃ­pico turista, bien, no deberÃ­a pensar en otra cosa quien le viese, y nunca se sabÃ­a quiÃ©n podÃ­a estar vigilÃ¡ndole. Luego algÃºn conocido de Williams se pondrÃ­a en contacto con Ã©l; siempre alguien diferente, y la mayorÃ­a de las veces ocurrÃ­a de forma aparentemente casual. No querÃ­a pensar en eso aunque debÃ­a permanecer alerta en todo momento. HacÃ­a bastante calor, teniendo en cuenta que aÃºn estÃ¡bamos a principios del mes de junio y La CoruÃ±a nunca se ha caracterizado por su buen tiempo; esta anÃ³mala situaciÃ³n empujaba a la gente a buscar el frescor del agua hasta en los sitios mÃ¡s infectos como los alrededores del dique, donde se veÃ­a, a ratos, el agua con bonitos tonos azulados y dorados debido al petrÃ³leo. Lo recorriÃ³ hasta el final. AquÃ­ siempre soplaba el viento. EncendiÃ³ un cigarrillo y se quedÃ³ mirando el mar, subiÃ³ a la pequeÃ±a rotonda desde donde lanzÃ³ otra foto a la bahÃ­a. PermaneciÃ³ un rato mirando los yates. Luego emprendiÃ³ su marcha y regresÃ³ bordeando el Hospital Militar, entrÃ³ en los Jardines de San Carlos, y, como buen turista, hizo una foto a la tumba de sir John Moore, leyÃ³ la poesÃ­a a Ã©l dedicada y se asomÃ³ al mirador de piedra, Â¡quÃ© pena que todo aquello estuviera tan mal cuidado! PodÃ­a resultar un sitio muy agradable. MirÃ³ hacia abajo y vio a dos chavales montados en los caÃ±ones que defendieron la ciudad hace siglos de los ataques marÃ­timos. SaliÃ³ de allÃ­ y se adentrÃ³ en la Ciudad Vieja.

Le gustaba aquella parte de CoruÃ±a, su imaginaciÃ³n se desbordaba cada vez que entraba en ella, siempre habÃ­a sido un romÃ¡ntico, por eso cuando William le propuso el trabajo dijo que sÃ­: puro romanticismo. De cualquier manera, procuraba no dejarse llevar por Ã©l muy a menudo, en el pasado habÃ­a metido la pata frecuentemente debido a ello. La Plaza de MarÃ­a Pita y el Ayuntamiento. RecordÃ³ lo ocurrido hace dos aÃ±os, Â¡quÃ© fÃ¡cil habÃ­a resultado entrar y salir sin que nadie lo viese!, hizo otra foto. Representaba su papel a la perfecciÃ³n, hizo una pausa en una de las terrazas de los soportales dejÃ¡ndose timar un poco y luego con andar decidido, se internÃ³ en la calle de los vinos. RecorriÃ³ unas cuantas tascas, comiÃ³ copiosamente en una de ellas, luego regresÃ³ a la pensiÃ³n pues tenÃ­a que escribir una carta y varias postales, una de ellas a Williams. DedicÃ³ al menos una hora a esta labor, escribÃ­a rÃ¡pidamente y con claridad; Ã©l mismo echarÃ­a las cartas al correo. Â¿QuÃ© cara hubiese puesto el encargado de la oficina postal al ver doce postales escritas en otros tantos idiomas? Era un camaleÃ³n de la lengua, podÃ­a, no sÃ³lo hablar a la perfecciÃ³n muchos de esos idiomas sino incluso imitar el acento de cualquier sitio con sÃ³lo oÃ­r antes una breve conversaciÃ³n. Se adaptaba con una facilidad asombrosa, razÃ³n por la cual William lo habÃ­a reclutado. Siempre habÃ­a sido un buen imitador. Caminaba pensando en todo lo que habÃ­a hecho hasta ahora: en el principio, cÃ³mo conociÃ³ a William, sus primeras misiones, sus Ã©xitos y fracasos, en cÃ³mo le engaÃ±aron como a un chino y cÃ³mo aprendiÃ³ a no confiar en todo el mundo por sistema; le ocurrÃ­a automÃ¡ticamente antes de emprender un nuevo trabajo, no podÃ­a evitar pensar en el pasado. DespuÃ©s se dirigiÃ³ al castillo de San AntÃ³n, aÃºn tardarÃ­an en abrir asÃ­ que se metiÃ³ en la Taberna del botero, se entretuvo jugando una mÃ¡quina, luego fue a sentarse en los muros, observÃ³ cÃ³mo la lancha del prÃ¡ctico del puerto guiaba a un ferry. Por fin abrieron, pagÃ³ la entrada, mÃ¡s bien simbÃ³lica, y se dispuso a visitar la celda en la que estuvo preso su compatriota. Le gustaba aquel sitio, tan inocente, siempre lleno de turistas y de padres con sus hijos. Le gustaban especialmente las fotos antiguas que se exponÃ­an en el piso de arriba, se imaginÃ³ el castillo cuando todavÃ­a no estaba unido a tierra y la Ãºnica forma de entrada a la ciudad eran aquellas puertas del mar, con sus escudos labrados, llegando los pasajeros de los barcos en botes hasta ellas. Por tradiciÃ³n habÃ­a tirado una moneda al aljibe y pedido un deseo. En la terraza sacÃ³ varias fotos, una pareja de alemanes le pidiÃ³ que les fotografiase juntos, a su vez Ã©l les sacÃ³ una sin que se diesen cuenta, nunca se sabÃ­a quiÃ©nes podÃ­an ser: si turistas inofensivos o tal vezâ¦SaliÃ³ de allÃ­. Su prÃ³xima visita serÃ­a a la Torre de HÃ©rcules, Â¿se habrÃ­a ya instalado su amigo el vendedor de helados?, posiblemente sÃ­. No cogiÃ³ ningÃºn autobÃºs, disfrutaba caminando, ademÃ¡s era la Ãºnica forma de conocer una ciudad y su gente. Y sobre todo, estaba su contacto; deambular por las calles era la manera de encontrarse, era muy importante el asunto, debÃ­a parecer todo producto de la casualidad, esa era la clave del Ã©xito: el azar controlado. Â¡QuÃ© horror! Â¡Estaba empezando a pensar como William! Era un buen amigo y lo apreciaba, tal vez un poco demasiado estirado para su gusto, y ademÃ¡s carecÃ­a de imaginaciÃ³n, siempre tan prÃ¡ctico, demasiado con los pies en el suelo; dudaba que algÃºn dÃ­a fuera a convertirse en uno de esos tipos que parecen maniquÃ­es andantes como lo definÃ­a un compaÃ±ero de trabajo, a Ã©l le sobraba imaginaciÃ³n.

TodavÃ­a era temprano, decidiÃ³ bajar un rato a la playa del OrzÃ¡n a darse un baÃ±o y tomar un poco el sol; no tenÃ­a prisa y allÃ­ permaneciÃ³ mÃ¡s de una hora, cuando decidiÃ³ que era el momento de ponerse en marcha aÃºn quedaba gente en la playa. Como la mayorÃ­a se dirigiÃ³ a la calle de los vinos, el baÃ±o le habÃ­a abierto el apetito y estuvo en algunas de las tascas; era un maniÃ¡tico de las mÃ¡quinas de flipper y en Pacovi tenÃ­an una que le encantaba, echÃ³ veinte duros, pidiÃ³ un ribeiro blanco y se puso a jugar, al rato se le acercÃ³ una muchacha de pelo corto, vestÃ­a unos vaqueros, camiseta y zapatillas de deporte, que le pidiÃ³ fuego, la atendiÃ³ y entonces ella le dijo:

-No funciona muy bien, Â¿verdad?, ya se sabe estas mÃ¡quinas americanasâ¦

Era la seÃ±al esperada, de cualquier modo tenÃ­a que asegurarse que era el contacto de Williams, asÃ­ que hablÃ³ a su vez.

-La mayorÃ­a de las veces es culpa del que juega, que no la comprende.

-Cierto. Y los ingleses suelen ser mejores que los americanos. Acaba de llegar, Â¿verdad?, Â¿conoce la ciudad?, puedo enseÃ±Ã¡rsela, le aseguro que se lo pasarÃ¡ bien, soy de aquÃ­ y puedo llevarle a muchos sitios.

-No me vendrÃ­a mal un guÃ­a âcontestÃ³, seguro de no equivocarse de persona.

PagÃ³ y salieron juntos. Ella le ofreciÃ³ un cigarrillo que aceptÃ³; no era demasiado alta, de constituciÃ³n atlÃ©tica, tez morena y mirada inteligente, aquella cara tenÃ­a personalidad. Ella le mirÃ³ con interÃ©s y despuÃ©s de dar una chupada a su cigarrillo dijo:

-Me llamo MarÃ­a del Mar, eres inglÃ©s Â¿verdad?.

Ãl contestÃ³ afirmativamente.

-Tengo una tÃ­a que vive en un pequeÃ±o pueblo, en St. Mary Mead, Â¿lo conoces?

-SÃ­, casualmente tambiÃ©n yo tengo una tÃ­a que vive allÃ­.

-A lo mejor son vecinas.

-Es probable, mi nombre es Steven.

El nombre del sitio en que la escritora de novelas de intriga por excelencia habÃ­a ambientado gran parte de sus relatos era la contraseÃ±a final, la prueba definitiva de que aquella muchacha era su enlace. Todo habÃ­a salido como planeara William, por eso le habÃ­a facilitado su nombre. Era increÃ­ble la cantidad de gente que conocÃ­a ese hombre, de lo mÃ¡s variopinto. La misiÃ³n habÃ­a comenzado. Pasearon durante horas por la ciudad, bebiendo y tomando tapas, entrando y saliendo de las tascas, como la mayorÃ­a de las personas a su alrededor; hablaban de Inglaterra, de sus vidas, de la ciudad, de los planes que le tenÃ­a preparado MarÃ­a con el objeto de que pasase una estancia agradable y viese todo lo que habÃ­a que ver. Ãl conocÃ­a muy bien la zona pero representaron sus respectivos papeles: Ã©l, un turista inglÃ©s perdido ante las ofertas de una regiÃ³n en fiestas, con tiempo y dinero para gastar; ella, una muchacha solitaria y amable siempre a la caza del turista, enamorada de su tierra y deseando mostrar al extranjero que allÃ­ se lo podÃ­a pasar muy bien. Y cuando llegÃ³ la hora se fueron al OrzÃ¡n, a la zona de copeo, donde iban todos cuando las tascas comenzaban a cerrar, ya de madrugada. Estuvieron en varios de los pubs, Ã©l creyÃ³ reconocer a alguien entre la multitud que ocupaba las calles pero no le dijo nada, luego MarÃ­a propuso dar un paseo por la playa y allÃ¡ se dirigieron cogidos, entrelazados los brazos en actitud de borrachos que no pueden sostenerse a menos que tengan un apoyo, semejaban una mÃ¡s de las parejas a las que les ocurrÃ­a lo mismo.

En realidad estaban un poco achispados pero no tanto como querÃ­an hacer creer a la gente; de cualquier manera, se lo podÃ­an permitir, era su primer dÃ­a de contacto y entraba en los planes que ocurriese asÃ­, todo deberÃ­a ser de lo mÃ¡s corriente y vulgar. Bajaron por las escaleras, se quitaron el calzado y fueron hacia la orilla, se refrescaron con el agua del mar y comenzaron a andar cogidos de la mano. Â¡Cuantas parejas habÃ­an comenzado asÃ­ su noviazgo! Esa era la idea, el truco perfecto para que no se extraÃ±asen de verlos juntos, un amor de verano. No habÃ­a nadie mÃ¡s y, sintiÃ©ndose seguro de no ser escuchado por nadie mÃ¡s que ella, dijo:

-Â¿QuÃ© ha pasado?

-Hamid ha dicho que estÃ¡n preparados, pronto tendremos que actuar. Lo han encontrado por fin y hay mucha gente detrÃ¡s de ello, serÃ¡ aquÃ­, en CoruÃ±a, eso fue lo que le dijo a William en el Ãºltimo mensaje, hace tres dÃ­as, y que serÃ¡ este mes. Nos avisarÃ¡ por radio, tiene un programa en una emisora local.

-Â¿CuÃ¡l es el plan, cÃ³mo nos enteraremos de que ha llegado el momento?

-Por medio de un disco âcontestÃ³ mientras sacaba del bolsillo del pantalÃ³n un paquete de cigarrillos sin filtro, cogiendo dos ofreciÃ³ uno a Steven, que aceptÃ³, y despuÃ©s de darle una larga chupada continuÃ³ hablando âmaÃ±ana debo llamarle y pedirle una determinada canciÃ³n de un grupo concreto, y Ã©l sabrÃ¡ que estamos preparados: El plan de Alaska y los Pegamoides. Entonces Ã©l harÃ¡ como que tarda un par de dÃ­as en encontrarla, si la emite esa misma noche nos veremos aquÃ­, en la playa, y nos transmitirÃ¡ las Ãºltimas Ã³rdenes de Williams; si no puede o se siente vigilado o imposibilitado para actuar cambiarÃ¡ de canciÃ³n y pondrÃ¡ La lÃ­nea se cortÃ³.

-AsÃ­ que, Â¿no podemos hacer nada hasta dentro de un par de dÃ­as?

-Tan sÃ³lo representar el papel que nos han pedido âdijo volviendo a andar.

Se cogieron otra vez de la mano, se habÃ­an serenado un poco, arriba la gente hablaba y reÃ­a, pasando de un pub a otro, ellos continuaron su paseo, de repente Steven se parÃ³ y la mirÃ³ a los ojos, le gustaba aquella chica, tenÃ­a algo indefinido que le atraÃ­a, ella aguantÃ³ la mirada con firmeza y curiosidad, Ã©l la cogiÃ³ de la cintura y la atrajo hacia sÃ­, quien los viese desde el paseo pensarÃ­a en una pareja de novios. ParecÃ­a todo tan inocente. Luego desasiÃ©ndose volvieron al bullicio. Entraron en un pub, pidieron cerveza y subieron a jugar un billar; Ã©l jugaba muy bien y le enseÃ±Ã³ algunos trucos. Fueron un par de partidas mÃ¡s tarde cuando Steven creyÃ³ ver de nuevo aquella cara conocida, mirÃ³ hacia abajo mientras ella estaba concentrada en el juego, habÃ­a demasiada gente, no estaba seguro pero su instinto le decÃ­a que no se equivocaba, aunque no pudiese en ese momento reconocer a la persona. Se acercÃ³ a ella y en voz baja le informÃ³ de sus sospechas, no le dieron la menor importancia, mÃ¡s tarde quizÃ¡s se plantearan el descubrir quiÃ©n los seguÃ­a, no deseaban llamar la atenciÃ³n. Quien quiera que fuese no conocÃ­a a MarÃ­a y podÃ­a pensar que todavÃ­a Steven no habÃ­a contactado con su enlace, si asumÃ­an bien sus respectivos papeles despistarÃ­an a quien les observase. Acabaron la partida y pagaron la consumiciÃ³n, luego la acompaÃ±Ã³ a su casa y cogiendo un taxi volviÃ³ a la pensiÃ³n.




La playa es un buen sitio para morir


Dio dos vueltas en la cama, casi estaba despierta pero le gustaba remolonear un rato antes de levantarse, habÃ­a que aprovechar que la habÃ­an dejado sola y que no se encontraba nadie en casa para gritarle Â¡es la hora!, comenzÃ³ a pensar en Steven, en lo bien que lo habÃ­an pasado estos dÃ­as rulando de aquÃ­ para allÃ¡, recordabaâ¦

-Â¡Buenos dÃ­as, queridos radioyentes! Los cuatro jinetex del Rock-polisis comienza su emisiÃ³n, vuestro amigo Hamid os harÃ¡ pasar una maÃ±ana de lo mÃ¡s marchosssa, tenemos cuatro horas por delante para disfrutar de la mejor mÃºsica del momento, sin olvidarnos, por supuesto, de los maestrosâ¦Â¿cÃ³mo, quÃ© no sabes a quÃ© me refiero?, Â¿quÃ© es la primera vez que nos escuchas?. Pero Â¡eso es imperdonable! Espero que a partir de ahora, ya, subsanes tu desconocimiento y te enganches a escuchar el magazÃ­n mÃ¡s enrollado de todo el noroeste del paÃ­s. Vamos a ponernos las pilas escuchando a uno de los grandes: Deep Purple. Â¡Control! Â¿Preparado? Pues ahÃ­ tenÃ©is el Child in time del MADE IN JAPAN.

Â¡QuÃ© susto! HabÃ­a olvidado que habÃ­a programado la radio para que la despertase, rÃ¡pidamente saltÃ³ de la cama y bajÃ³ el volumen, aunque no demasiado, cogiÃ³ ropa limpia y se dirigiÃ³ a la ducha.

Mientras, en la radio, Hamid manejaba con soltura los controles, hacÃ­a el programa solo pero el hablar en plural daba impresiÃ³n de profesionalidad al oyente. Dentro de una hora empezarÃ­an las llamadas, una de ellasâ¦ya tenÃ­a preparado el disco, pronto estarÃ­an en acciÃ³nâ¦pero no debÃ­a pensar en eso, debÃ­a concentrarse en el programa. DespuÃ©s de estar cuatro aÃ±os rulando de emisora en emisora y llevando a cabo pequeÃ±os trabajos, proyectos, controles y algÃºn que otro guiÃ³n, le dieron la oportunidad de desarrollar sus ideas. Llevaba un aÃ±o en antena con Los cuatro jinetex del Rock-polisis y desde hacÃ­a dos meses se habÃ­a convertido en un magazÃ­n diario, tenÃ­a que trabajar duro para a mantenerlo a flote pero no le importaba porque disfrutaba con todo esto. El tema estaba a punto de terminar, fue bajando la mÃºsica y abriÃ³ micrÃ³fono:

-Â¡Tope! Bien, os voy a contar lo que haremos hoy: en primer lugar me voy a dar el gustazo de poner la mÃºsica que mÃ¡s me mola, es como sabÃ©is la secciÃ³n yo, yo, yo y nadie mÃ¡s que yo, de vez en cuando os tengo una sorpresa, hoy tambiÃ©n, estad muy atentos porque os voy a preguntar algo con respecto aâ¦no os lo voy a decir, asÃ­ que tenÃ©is que escucharme. Luego vendrÃ¡ la secciÃ³n Babilonia: podÃ©is llamar todos los que querÃ¡is haciendo peticiones de lo que mÃ¡s os gusta. A continuaciÃ³n El cuento de nunca acabar, os recuerdo que estamos en el capÃ­tulo 159 de Alma de rock, podÃ©is mandar sugerencias en cuanto al tema o desarrollo del argumento, animaros, escribid al apartado de correos nÃºmero 80, poniendo en el sobre el nombre del programa y la secciÃ³n del mismo. Cada loco con su tema entrevistarÃ¡ hoy a cuatro personajes de lo mÃ¡s curioso: dos ficticios y dos reales. Ya estÃ¡ bien de charlar, Hamid, que te estÃ¡s poniendo muy pelma, Â¿verdad que lo pensÃ¡is? Yo tambiÃ©n, asÃ­ que dejÃ©monos de rollos y vamos a oÃ­r a Aerosmiths. AhÃ­ va.

MarÃ­a estaba terminando su desayuno mientras escuchaba la radio, tenÃ­a que salir a la calle, hasta dentro de una hora no habÃ­a nada que hacer, luego llamarÃ­a a Steven pero antes debÃ­a preparar todo lo necesario para pasar un dÃ­a en la playa, su papel de guÃ­a turÃ­stico tenÃ­a que se irreprochable, no se podÃ­an permitir el lujo de despertar sospechas, el futuro de todo un pueblo dependÃ­a de que ellos supiesen desempeÃ±ar su trabajo escrupulosa y eficazmente. PreferÃ­a no pensar en ello en estos momentos, no hasta que Hamid les diese las instrucciones. RecogiÃ³ los cubiertos; se puso una cazadora y saliÃ³ a la calle, hacÃ­a un dÃ­a estupendo, primero fue al estanco a comprar tabaco, luego se hizo con lo necesario para unos bocadillos, el periÃ³dico y por fin volviÃ³ a casa; Hamid seguÃ­a hablando por la radio pero no le prestÃ³ atenciÃ³n. Iba de aquÃ­ para allÃ¡ buscando baÃ±adores y toallas, de vez en cuando llegaba hasta ella la mÃºsica: Black Sabbath, Cinderella, Ãngeles del Infierno, Corazones Negrosâ¦a Hamid le chiflaba el heavy metal. Era el momento en que tenÃ­a que hacer la llamada: marcÃ³ el nÃºmero de la emisora.

-Â¡Piu, piu, piu, piu!

-Parece ser que tenemos aquÃ­ a un oyente âdijo Hamid, cogiendo el telÃ©fono âHamid al habla, pide por esa boquita.

-â¦

SÃ­, lo he encontrado, ahora mismo.

-â¦

A ti âdijo colgando el telÃ©fono âla primera llamada pide una canciÃ³n de Alaska y los Pegamoides cuyo tÃ­tulo es El plan; personalmente prefiero cualquiera de las otras que componen ese LP, pero esta secciÃ³n se hizo para vuestros caprichos asÃ­ que me tengo que fastidiar y atender las peticiones. AsÃ­ pues, colega, escucha tu canciÃ³n.

En cuanto la mÃºsica comenzÃ³ a sonar llamÃ³ a Steven, podÃ­a pasar a recogerla, ya estaba todo listo; colgÃ³ el telÃ©fono, reuniÃ³ todos sus bÃ¡rtulos y bajÃ³ las escaleras. SaliÃ³ y se dirigiÃ³ al bar de al lado a esperarlo, a los diez minutos Steven entraba por la puerta, aÃºn no habÃ­a desayunado por lo que se dispuso a hacerlo cÃ³modamente sentado en una de las mesas.

-Vamos a ir a MiÃ±o, o sea que date prisa porque tenemos que pillar un autobÃºs âle apremiÃ³.

-Tranquila, tenemos todo el dÃ­a por delante, esta tostada estÃ¡ estupenda âreplicÃ³ Ã©l, relamiÃ©ndose, al tiempo que bajaba la voz y se acercaba a ella âtranquilÃ­zate, todo marcha bien, no te pongas nerviosa, debemos estar alerta pero sin nervios. Recuerda que somos dos enamorados.

Ella se riÃ³, llamÃ³ al camarero y pidiÃ³ otro cafÃ©.

-Ya verÃ¡s, te encantarÃ¡ MiÃ±o.

Durante unos minutos hablaron de cosas banales como el tiempo, las playas, los planes que tenÃ­an para el dÃ­aâ¦pagaron y se fueron hacia la estaciÃ³n de autobuses. Bajaban las escaleras cuando por los altavoces se escuchÃ³ una voz que anunciaba la salida del autobÃºs con destino a MiÃ±o, tuvieron que correr un montÃ³n pero el conductor les abriÃ³ la puerta y entraron en Ã©l de un salto. Pasaron el dÃ­a baÃ±Ã¡ndose, revolcÃ¡ndose por la arena y caminando, luego cuando tuvieron hambre buscaron un sitio en el pinar y dieron buena cuenta de sus bocadillos. Steven sacÃ³ de su mochila unas latas de cerveza que, sorprendentemente, estaban frÃ­as.

El dÃ­a transcurriÃ³ apaciblemente, serÃ­an cerca de las siete cuando cogieron el autobÃºs de vuelta a CoruÃ±a. El tiempo necesario para dejar las cosas en casa y se lanzaron a la noche coruÃ±esa; pero, a diferencia de los otros dÃ­as, Ã©ste era especial, Hamid los esperaba en la playa a las once de la noche, y debÃ­an de tener cuidado. Era sÃ¡bado y la gente tomaba los bares por asalto, llegaban sedientos, toda una semana de abstinencia y por fin la liberaciÃ³n, las copas , el flirteo, el baile. El OrzÃ¡n era en aquellos momentos la zona mÃ¡s poblada de CoruÃ±a; ellos paseaban esperando que llegara la hora de hablar con Hamid. En el momento apropiado bajaron a la playa y se dirigieron a las barcas, esperaron, esperaron mÃ¡s de una hora pero no apareciÃ³, algo habÃ­a salido mal, posiblemente alguien lo estaba siguiendo: se escondieron debajo de una de las barcas y aguardaron en silencio. Cerca de la una de la madrugada oyeron voces que se acercaban a su escondite:

-Cuidado con lo que haces, mÃ¡s te vale no engaÃ±arnos.

-â¦

-Â¿DÃ³nde lo has escondido? âdijo amenazadora aquella voz âno grites o eres hombre muerto, mi cuchillo se encargarÃ¡ de tu preciosa garganta.

-Ya no lo tengo, intentÃ© decÃ­rtelo antes.

-Â¡No te creo! Â¡Llevo mÃ¡s de un mes vigilÃ¡ndote!

-Lo he mandado por correo, te lo juro.

-TÃº lo has querido ây diciendo estas palabras clavÃ³ la navaja en el cuerpo de Hamid. EmpezÃ³ a buscar frenÃ©ticamente por los bolsillos del hombre asesinado. Desde su escondite MarÃ­a y Steven fueron testigos de todo: aquel hombre habÃ­a matado a su compaÃ±ero, si lo apresaban la misiÃ³n se irÃ­a al garete, tenÃ­an que esperar a que se marchase puede que Hamid le hubiera dicho la verdad pero no era probable. DebÃ­a de estar escondido en algÃºn sitio. Como el hombre no encontrara nada interesante entre la ropa del cadÃ¡ver, se fue. Aguardaron unos minutos antes de salir siguiendo al asesino de su amigo, tenÃ­an que averiguar para quiÃ©n trabajaba, pero no se puso en contacto con nadie: entrÃ³ en un bar, tomÃ³ una cerveza y, cogiendo un taxi, desapareciÃ³. Ellos volvieron a las barcas, Hamid estaba inconsciente, apenas tenÃ­a pulso, no podÃ­an hacer nada por Ã©l.

-Tiene que tenerla encima.

-Lo he registrado bien y no la tiene, sabemos que los Otros no han logrado hacerse con ella.

-A lo mejor tuvo tiempo de esconderlo antes de que lo cogieran.

-Es posible, pero Â¿dÃ³nde estÃ¡, dÃ³nde ha podido ocultarlo?




En Venecia siempre ocurren cosas extraÃ±as


Nada mÃ¡s meterme en cama quedÃ© dormido, soÃ±Ã© con Venecia, un duelo a espadas en una ermita o castillo abandonado, yo los veÃ­a a ellos pero, aun cuando no me escondÃ­a ni procuraba pasar desapercibido, parecÃ­a que no se daban cuenta de mi presencia, me ignoraban, era como si estuviÃ©semos en dos tiempos distintos aunque coincidiÃ©semos en el lugar; la lucha era desigual: tres hombres, vestidos enteramente de negro y embozados en sus capas, rodeaban a otro que se defendÃ­a valientemente de los continuos ataques de los que era objeto. Fue retrocediendo sin dejar que las espadas tocasen un pelo de su persona y logrÃ³ meterse en el edificio, al que iluminaba la luna llena dÃ¡ndole un aura misteriosa. Los seguÃ­. El hombre perseguido, que vestÃ­a a la moda veneciana del siglo XVI, o algo parecido ya que la historia nunca fue mi especialidad, escapÃ³ escaleras arriba, los otros le siguieron intentando detenerlo, pero Â¡cuÃ¡l no fue la sorpresa de todos cuando lo Ãºnico que encontraron en el piso superior fue una habitaciÃ³n desnuda de muebles y el hombre habÃ­a desaparecido! Tan sÃ³lo una sombra en la pared era el Ãºnico ornato del habitÃ¡culo. Asombrados y rabiosos por no haberle dado alcance los tres hombres se fueron; entonces me despertÃ©.

Â¡QuÃ© barbaridad! Â¡Bah, no tenÃ­a nada que ver con la investigaciÃ³n! El cansancio y las fantasÃ­as de estos chicos habÃ­an hecho posible que tuviese tan extraÃ±o sueÃ±o. MirÃ© el reloj, aparentemente habÃ­amos dormido mÃ¡s de doce horas, me vestÃ­, descorrÃ­ las cortinas y vi que era de dÃ­a. Lo primero era bajar a comprar el periÃ³dico, a mi vuelta los despertarÃ­a. Â¡Dos dÃ­as! HabÃ­an pasado dos dÃ­as desde que nos acostÃ¡ramos, llamÃ© a la oficina: no, aÃºn no habÃ­a acabado el informa, estaba interrogÃ¡ndoles y quedaban muchas cosas por explicar. SÃ­, me darÃ­a prisa en terminarlo pero el jefe debÃ­a comprender que la historia tenÃ­a mÃºltiples ramificaciones y todavÃ­a tardarÃ­a un tiempo en conseguir localizar a un par de testigos que faltaban, a los que oyeron en la playa de Riazor y que estaban relacionados con el hombre muerto; los compaÃ±eros de la comisarÃ­a de La CoruÃ±a estaban a punto de conseguirlo, pero no serÃ­a hasta dentro de cuatro o cinco dÃ­as. Me despedÃ­ del jefe prometiÃ©ndole que le tendrÃ­a informado de los adelantos que hiciese y entrÃ© en la panaderÃ­a a comprar unos bollos para el desayuno. Cuando regresÃ© ya estaban levantados y enfrascados en una conversaciÃ³n:

-Puede que no se lo crea pero sabes que es la pura verdad âdecÃ­a Teresa.

-No hubiÃ©semos descubierto nada a no ser por las sombras dichosas âaÃ±adiÃ³ SofÃ­a.

-Hola a todos. Â¿HabÃ©is aclarado vuestras ideas? Hoy he tenido un sueÃ±o bien extraÃ±o, esta historia parece ser que me ha afectado, era absurdo: Â¡testigo de un duelo a espada!

-Â¿En una ermita o castillo abandonado, tal vez? âinquiriÃ³ Teresa.

-SÃ­, Â¿cÃ³mo lo sabes?Â¿Acaso hablo mientras duermo o algo parecido?

-No, no es eso; usted vio el comienzo de toda esta historia.

-No te entiendo. ExplÃ­cate.

-De alguna manera los antepasados de Carla han logrado comunicarse con usted y le han mostrado al inventor de las sombras perseguido por los monjes-soldados jesuitas que intentaban hacerse con el secreto de la construcciÃ³n de las sombras; ocurriÃ³ allÃ¡ por el siglo XIV o XVI, de eso no me acuerdo bien. Pietro Francesco di Monte-Ollivellachio habÃ­a heredado de sus antepasados un palacio en Venecia, pero muy poco dinero, las dos generaciones anteriores a la suya se habÃ­an dedicado a dilapidar la fortuna familiar. Con una de las mejores bibliotecas de la Ã©poca y manteniendo una vida frugal disponÃ­a de mucho tiempo para recorrer el palacio asÃ­ como para leer; vivÃ­a con su hermana, soltera, y comprometida por entonces con un rico mercader, miembro de una familia con la que los Monte-Ollivellachio habÃ­an mantenido relaciones cordiales por espacio de dos siglos. En ese tiempo los lazos entre las familias se habÃ­an estrechado, bien de manera estrictamente comercial bien por medio de enlaces matrimoniales, que siempre, cosa extraÃ±a, habÃ­an sido llevados a buen tÃ©rmino. TenÃ­a mÃ¡s hermanos: uno en MÃ³dena, otro en el Vaticano, pues siguiendo la costumbre de su tiempo las familias consideraban muy positivo y prestigioso tener a un miembro dentro de la Iglesia, dos mÃ¡s habÃ­an elegido la carrera militar y debÃ­an andar en alguna guerra de las que mantenÃ­a Venecia con sus vecinos; otros dos viajaban en sus barcos comerciando. La hermana era la Ãºnica mujer de la familia y tambiÃ©n la menor de ellos. Ya que sus padres habÃ­an muerto dos aÃ±os atrÃ¡s se reunieron los hermanos y decidieron que uno de ellos se quedarÃ­a en la casa cuidÃ¡ndola hasta que encontrase marido, entonces quedarÃ­a el elegido liberado de su obligaciÃ³n; en contrapartida, el resto dotarÃ­a a la hermana y tambiÃ©n compartirÃ­an, de acuerdo con las posibilidades de cada cual, el mantenimiento material de ambos.

-Â¡Bobadas! Es un sueÃ±o muy corriente; no tiene nada que ver con lo que os ocurriÃ³ ârepuso, escÃ©ptico, el comisario Soler.

-Tenga paciencia, escÃºcheme. El caso es que Carla nos llevÃ³ a la biblioteca para mostrarnos esta historia en un libro en el que durante generaciones se habÃ­a ido escribiendo la historia familiar, y, es mÃ¡s, el tal Pietro era aficionado a la pintura, de hecho fue Ã©l quien comenzÃ³ la colecciÃ³n que ahora posee el palacio, e hizo un pequeÃ±o esbozo de ese episodio. Pudimos hacer una fotocopia de Ã©l. MÃ­relo usted âdijo Teresa sacando un papel cuidadosamente doblado de su cartera.

-SÃ­, es bastante parecido a lo que soÃ±Ã©.

-ReconÃ³zcalo, es la misma escena; Pietro era muy buen dibujante.

-Eso demuestra que se han comunicado con usted porque Ãºnicamente quien hubiera estado allÃ­ en el momento del duelo podrÃ­a transmitÃ­rselo durante un sueÃ±o âasintiÃ³ Ricardo, al tiempo que se levantaba y se dirigÃ­a a la cocina.

-Puede, hay demasiadas cosas que no entiendo de esta historia. ContinÃºa.

Bien, entonces Carla, despuÃ©s de contarnos todo esto, nos dijo:

-Pietro Francesco era muy curioso. ConocÃ­a el palacio muy bien, lo habÃ­a recorrido muchas veces, de la planta baja al segundo piso, el sÃ³tano, la buhardilla escondida (la cual no se veÃ­a desde la calle), y, por supuesto, los pasadizos que comunicaban su casa con el otro lado del canal, con el palacio de su mÃ¡s Ã­ntimo amigo, el prometido de su hermana; habÃ­an jugado de niÃ±os por aquellos subterrÃ¡neos generaciones y generaciones de niÃ±os de las dos casas, y era un secreto fielmente guardado por ambas familias. Pietro, como ya hemos dicho, tenÃ­a mucho tiempo para leer y pensar, y un buen dÃ­a, entre dos libros muy antiguos del Ãºltimo estante de la biblioteca encontrÃ³ un manuscrito redactado por su tatarabuelo titulado âDe cÃ³mo controlar el tiempo y el espacio o la construcciÃ³n de los embudos humanosâ. Tan extravagante tÃ­tulo llamÃ³ su atenciÃ³n, asÃ­ que lo cogiÃ³ y sentÃ¡ndose en un cÃ³modo sillÃ³n comenzÃ³ a leer. Cuando acabÃ³ era ya de noche. Era una especie de diario de un alquimista de la familia que tuvo que dejar sus investigaciones para que no le acusaran de brujerÃ­a; fueron indulgentes con Ã©l pero a condiciÃ³n de que quemara el libro y jurase por lo mÃ¡s sagrado no volver a intentar llevar a cabo ningÃºn experimento de ese tipo o alguna clase distinta de hechicerÃ­a, pero, al parecer, habÃ­a preferido no destruirlo por alguna secreta razÃ³n. Â¿SerÃ­a cierto lo que en Ã©l se contaba? Semejaba una herencia esotÃ©rica, por lo menos el que lo escribiÃ³ lo consideraba lo bastante importante como para arriesgarse a arrostrar un juicio de la Santa InquisiciÃ³n, o como se llamase en aquella Ã©poca. DecidiÃ³ que al dÃ­a siguiente comenzarÃ­a el estudio del libro detalladamente; otro hecho que le sugerÃ­a que en aquello podÃ­a haber algo de cierto era que de niÃ±o le habÃ­an insistido que no se acercase demasiado a las sombras.

Pero como era curioso por naturaleza siempre sintiÃ³ una atracciÃ³n especial hacia ellas, de chaval nunca se habÃ­a atrevido a saltarse la prohibiciÃ³n pero de mayor esta recomendaciÃ³n cayÃ³ en el olvido, y un dÃ­a tocÃ³ la sombra de uno de los pasadizos descubiertos por Ã©l: no ocurriÃ³ nada, y pensÃ³ que su familia era muy supersticiosa ya que lo habÃ­an tenido atemorizado toda su niÃ±ez con la murga de las dichosas sombras. Mas, en este momento en que habÃ­a leÃ­do gran parte de los libros de la biblioteca, ya no sabÃ­a quÃ© pensar. TenÃ­a que tener su parte de verdad toda esta historia, sino, definitivamente, su antepasado no lo hubiera guardado.

Durante semanas estudiÃ³ todos los libros que tenÃ­an una relaciÃ³n mÃ¡s o menos cercana con el tema, intuyÃ³ que el autor del manuscrito habÃ­a llegado demasiado lejos, es mÃ¡s, le dio la impresiÃ³n de que realmente su viaje espacio-temporal habÃ­a dado resultado, por eso la InquisiciÃ³n se quiso cebar con Ã©l, cosa que no consiguieron debido a las buenas relaciones de su familia con esa siniestra instituciÃ³n: un hermano de su padre era miembro permanente del tribunal y tan activo y fanÃ¡tico que nadie se atreviÃ³ a ir contra Ã©l o los suyos. Cuando, por fin, sintiÃ³ que estaba preparado, se dispuso a experimentar con las sombras, llamÃ³ a su hermana y le confesÃ³ sus temores: no sabÃ­a quÃ© podrÃ­a ocurrir, si su experimento no llegaba a funcionar no habrÃ­a de que preocuparse, pero si, como temÃ­a, o tal vez deseaba, tenÃ­a razÃ³n, era el mayor descubrimiento que podÃ­a alcanzar un ser humano. Alejandra, al principio, se asustÃ³, pero Pietro estaba decidido y habÃ­a pensado que ella y Stefano, su prometido, estuviesen con Ã©l llegado el momento y deberÃ­a jurar por su honor que si le ocurrÃ­a algo quedaba obligado a tomarla por esposa. Contaron el plan a Stefano, quien no dudÃ³ en comprometerse. En el mayor sigilo construyeron otras sombras en los pasadizos y al cabo de una semana tenÃ­an todo a punto. Pero ocurriÃ³ que, bien por medio de los sirvientes que todo lo hablan (son palabras de Pietro), bien por otros conductos, llegaron rumores a oÃ­dos de los jesuitas, cuyo General era un gran estudioso de estos temas, e intentaron que Pietro fuera procesado por brujo, dada la influencia de su familia no lo consiguieron, lo que no quiere decir que no intentaran por otros medios hacerse con pruebas de su culpabilidad o robar el secreto para su propio provecho. Esto fue lo que sucediÃ³: encuentras traidores donde menos lo piensas y tuvo que serlo uno de los Ã­ntimos de Pietro que tenÃ­a un tÃ­o jesuita quien con promesas habÃ­a conseguido del sobrino que delatase a su amigo. Ãl habÃ­a revelado su plan a tres personas: a su hermana Alejandra, a su prometido Stefano, y a un hermano de este, Luigi, que fue quien se vendiÃ³. AsÃ­ que el mismo dÃ­a en que todo estaba preparado y habÃ­an ido al pasadizo que comunicaba el comedor con las afueras de la ciudad, llamÃ³ a la puerta la Santa InquisiciÃ³n, acompaÃ±ada de esa orden de sacerdotes-espadachines, y Alejandra no pudo hacer otra cosa sino abrir y, no atreviÃ©ndose a mentirles, les indicÃ³ por donde habÃ­a huido su hermano; llegaron justo en el momento en que Pietro desaparecÃ­a por una de las sombras, los jesuitas, impulsivos, le siguieron, y entonces tiene lugar la escena que usted soÃ±Ã³: acaban de salir del pasadizo, estÃ¡n peleando y Pietro logra escapar, de nuevo, por una sombra desconocida para sus enemigos, y estos, no teniendo otra opciÃ³n, se alejan del castillo.




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