¡polly!
Stephen Goldin






Â¡POLLY!

una novela de

Stephen Goldin



Publicada por Parsina Press (http://www.parsina.com/)

TraducciÃ³n realizada por Tektime


Â¡Polly! Copyright 2008 por Stephen Goldin. Todos los derechos reservados.

DiseÃ±o de portada por korhan hasim isik.



TÃ­tulo original: Polly!

Traductor: Jordi Olaria




ÃNDICE


Escena 1 (#u0f74a2a3-171c-5d17-ab9f-e161d76015d4)

Escena 2 (#ud6c8ac04-8f8d-5f39-9033-0e2cc6cff5a0)

Escena 3 (#ueebc50cd-1517-576b-b0b0-e2700d418aaa)

Escena 4 (#litres_trial_promo)

Escena 5 (#litres_trial_promo)

Escena 6 (#litres_trial_promo)

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Dedicado a todas las diosas

âpasado, presente y futuroâ

que han estado deambulando por mi vida




ESCENA 1


Su propia tos le hizo despertarse.

Al principio no sabÃ­a porquÃ© tosÃ­a, pero entonces notÃ³ aquel penetrante olor en su consciencia. Humo. El aire estaba denso con humo. Un humo caliente y negro. Pasando ante Ã©l en oleadas intensas y de mal agÃ¼ero.

Y entonces se escuchÃ³ un ruido. Era un rugido, como el de un tren llegando, pero de diferente manera. PodrÃ­a tratarse de un huracÃ¡n o un tornado, o una rÃ¡faga de miento tan fuerte que casi lo dejÃ³ sordo. Al mismo tiempo, le dolieron los oÃ­dos. QuizÃ¡s era un cambio en la presiÃ³n ambiental.

Se dio cuenta que aquel ruido le recordaba: el rugido de un horno de tamaÃ±o industrial

Â¡Fuego!

Sus ojos se abrieron de par en par, lo que fue un grabe error. Al instante le picaron y las lÃ¡grimas empezaron a emanar de ellos. El humo y el hollÃ­n casi le dejaron sin poder ver, y la tos casi sin poder respirar.

Fuego, la peor pesadilla posible para un dueÃ±o de una librerÃ­a, especialmente cuando vivÃ­a en la planta superior de la tienda. No veÃ­a llamas a su alrededor, asÃ­ que el fuego debÃ­a estar abajo en aquel momento. Devorando todo el inventario.

Â¡BÃ¡rbara! Despierta, BÃ¡rbara.

Entonces recordÃ³... no habÃ­a ninguna BÃ¡rbara a quien levantar. Se habÃ­a ido hace un par de dÃ­as. Estaba solo.

Parte de su mente se preguntaba porquÃ© molestarse por ello; tÃºmbate aquÃ­, muÃ©rete y todo se acabarÃ­a. Pero la parte de su cerebro con el instinto de supervivencia venciÃ³.

Â¿CuÃ¡l era el consejo que siempre le daban sobre los incendios? El hume sube. Tumbarse sobre el suelo para evitar inhalar humo. Â¿Pero todavÃ­a se podÃ­a aplicar si el humo venÃ­a del piso inferior?

Se levantÃ³ de la cama sobre sus rodillas y empezÃ³ a gatear. Luego se detuvo. Â¿Por dÃ³nde estaba la ventana? No podÃ­a ver nada. SabÃ­a la manera en la que su cama estaba orientada en relaciÃ³n con la ventana, pero sus engranajes mentales se atascaron. De repente, no pudo recordar como habÃ­a salido de la cama. Â¿Izquierda o derecha? Â¿Se estaba moviendo hacia la ventana o lejos de ella?

HabÃ­a cristales rotos delante suyo. Bueno, se dirigÃ­a en la direcciÃ³n correcta. Una voz gritÃ³: âÂ¿Hay alguien aquÃ­?â

TratÃ³ de responder gritando, pero su garganta estaba tan ahogada de humo que sÃ³lo pudo emitir un tos seca.

Eso era suficiente, sin embargo, para su posible socorrista. "Te escucho. Ya voy."

Un momento despuÃ©s, el bombero agarrÃ³ su brazo, lo levantÃ³ suavemente y lo condujo hasta la ventana. Afuera habÃ­a una escalera. âÂ¿Crees que puedes bajar?â preguntÃ³ el salvador. El asintiÃ³.

"Â¿Alguien mÃ¡s aquÃ­?" fue la siguiente pregunta.

SacudiÃ³ la cabeza. "SÃ³lo yo", dijo con voz ronca.

HabÃ­a otro bombero en la escalera. Los dos rescatadores lo ayudaron a trepar temblorosamente hasta el suelo. De pronto sintiÃ³ frÃ­o. A pesar de que era julio, la noche era frÃ­a ây ademÃ¡s, saliendo del edificio sobre calentado, el contraste era aÃºn mÃ¡s intenso.

AdemÃ¡s, sÃ³lo llevaba puestos sus calzoncillos. Fue lo Ãºnico con lo que durmiÃ³, ya que era lo Ãºnico que tenÃ­a. Uno de los bomberos lo vio temblar y al instante lo envolviÃ³ en una manta. Alguien mÃ¡s le trajo una sudadera grande y holgada y pantalones se los puso. Alguien mÃ¡s le dio un poco de agua.

Se volviÃ³ para mirar el fuego. Lo observÃ³ impasible mientras ardÃ­a. Las llamas eran bastante bonitas, en realidad, contra la oscuridad de la noche. De vez en cuando tomaba un sorbo de agua, mÃ¡s por reflejo que por sed.

Su vida entera se convirtiÃ³ en humoâ por lo menos, todo lo que no habÃ­a perdido se fue metafÃ³ricamente hablando con Ã©l a principios de esta semana.

Se quedÃ³ allÃ­ mientras la gente se movÃ­a a su alrededor haciendo todo tipo de cosas frenÃ©ticasâ corriendo con hachas, echando agua sobre el fuego, y manteniendo alejada a la multitud. Nada de eso parecÃ­a importarle mucho; Su mente se habÃ­a ido lejos. Las vistas, los sonidos, los olores eran todo un caleidoscopio de sensaciones que pasaban por el extremo equivocado de un telescopio. Nada de eso era real. Nada de eso le afectÃ³.

Una mujer se detuvo y le hablÃ³ brevemente. Ella dijo que era de la Cruz Roja y le preguntÃ³ si tenÃ­a un lugar para quedarse aquella la noche. Ella le dio la tarjeta de un refugio que podrÃ­a hospedarlo durante una noche o dos, mientras Ã©l consiguiera arreglarlo todo.

Las llamas lentamente se apagaron. Alguien le dijo que el primer piso estaba casi destruido, mientras que algunas cosas se habÃ­an salvado del segundo: su cartera, una cÃ³moda pequeÃ±a con algunas ropas, su telÃ©fono mÃ³vil. Alguien mÃ¡s le dijo que en una evaluaciÃ³n preliminar parecÃ­a que el fuego habÃ­a comenzado por culpa de algÃºn cableado defectuoso. Nada parecÃ­a sospechoso.

En algÃºn momento debiÃ³ de haber ido al refugio, aunque no lo recordaba. Se despertÃ³ y caminÃ³ aturdidamente hacia la puerta, bajÃ³ por la calle hasta un cajero automÃ¡tico, donde sacÃ³ un poco de dinero de su pobre cuenta para poder desayunar. La comida bien podrÃ­a haber sido de cartÃ³n; Lo masticaba y lo tragaba mecÃ¡nicamente sin siquiera saborearlo.

El resto del dÃ­a lo pasÃ³ rodeado de una extraÃ±a bruma. RecogiÃ³ la poca ropa que pudo rescatar y a puso en un par de bolsas de plÃ¡stico para supermercado. HablÃ³ con su agente de seguros, quien le dio condolencias como profesional que era y le recordÃ³ que mientras gran parte de su negocio habÃ­a sido asegurado, no tenÃ­a seguro de vivienda para cubrir sus pÃ©rdidas personales. DejÃ³ la oficina del agente con un grueso montÃ³n de papeleo para llenar y devolvÃ©rselo en la mayor brevedad posible.

PasÃ³ aquella noche en un motel barato, y no recordÃ³ nada de la experiencia. A la luz del dÃ­a, la realidad se filtraba lentamente en las esquinas de su mente. TendrÃ­a que hacer algo con respecto a encontrar un lugar donde quedarse; No tenÃ­a suficiente dinero para seguir viviendo en un motel. TenÃ­a que reunir sus cosas y hacer un balance de los recursos que tenÃ­a. Bueno, eso no tardarÃ­a mucho. No quedaba mucho para hacer balance.

Â¿A dÃ³nde podrÃ­a ir? Bueno, su hermano tenÃ­a un rancho en Nevada y siempre le invitaba a venir a visitarlo. Eso lo harÃ­a, supuso.

EmpezÃ³ a llamar un par de veces para avisar a su hermano que venÃ­a, y cada vez colgaba antes de terminar de marcar. No podÃ­a contar esta historia por telÃ©fono; PodrÃ­a romper a llorar y estropearlo para siempre. Mejor seguir adelante y sorprender a su hermano. Â¿QuiÃ©n sabe? Una vez llegarÃ¡ a su casa, quizÃ¡s hubiera encontrado una forma de darle sentido a todo aquello.

LanzÃ³ sus pocas pertenencias a su Toyota y comenzÃ³ su viaje hacia el este.




ESCENA 2


El viaje empezÃ³ bien. Condujo por las calles de la ciudad y luego por la autopistaâ algo simple de realizar. El dÃ­a estaba caluroso y el aire acondicionado del Corolla roto, pero el viento natural âcuatro ventanas abiertas a 96 km/hâ ayudaron a soportarlo. El coche no tenÃ­a reproductor de CD, pero habÃ­a buena mÃºsica, rock clÃ¡sico, en la radio. Al menos tenÃ­a eso. Tan pronto intentÃ³ recordar las letras, se dio cuenta que no tendrÃ­a tiempo de recordar aquello que no querÃ­a recordar.

Era temprano a media maÃ±ana, justo cuando todos iban a trabajar. TodavÃ­a habÃ­a mucho trÃ¡fico en el otro lado de la carretera, pero casi ninguno en el suyo. Iba en contra del resto, lejos de la ciudad. Nada que lo ralentizara.

Se trasladÃ³ a otra autopista, moviÃ©ndose de cuatro carriles por sentido a dos. El trÃ¡fico allÃ­ estaba todavÃ­a en la otra direcciÃ³n, dejÃ¡ndolo libre para moverse. ApretÃ³ un poco mÃ¡s el acelerador. El viento azotÃ³, casi sin dejar escuchar la radio. SubiÃ³ el volumen.

El camino llevaba hacia el este sobre las colinas y al cÃ¡lido valle central de California. Este era el lugar donde sÃ³lo los temerarios se atrevÃ­an a ir en verano sin aire acondicionado. Bueno, temerario o desesperado. Supuso que encajaba en una categorÃ­a u otra.

Con las colinas ahora entre Ã©l y la ciudad, la estaciÃ³n de radio comenzÃ³ a desvanecerse. Incluso apagando el sonido y volviÃ©ndolo a encender no solucionaba el problema. ComenzÃ³ a presionar el botÃ³n "Buscar" para encontrar algo mÃ¡s. DesechÃ³ un par de cadenas de programaciÃ³n de entrevistasâ una de ellas de deportes y la otra con un fatuo comentarista que se empeÃ±aba en provocar el enojo de los oyentesâ y una cadena en espaÃ±ol. TratÃ³ de cambiar a FM, pero casi no habÃ­a recepciÃ³n, asÃ­ que regresÃ³ a AM y finalmente encontrÃ³ una cadena de mÃºsica que tocaba un rango de oldies a rock clÃ¡sico. Audible, aunque un poco suave para su estado de Ã¡nimo.

La temperatura estaba subiendo rÃ¡pidamente. El viento que pasaba era tan caliente como el aire dentro del coche, y empezaba a sudar. Se detuvo en una gasolinera, llenÃ³ el tanque y comprÃ³ un paquete de botellas de agua. DeberÃ­an bastar para mantenerlo hidratado durante un tiempo.

BebiÃ³ la primera botella en media hora, y tan rÃ¡pido se la bebiÃ³, se puso a sudar de nuevo. AbriÃ³ la segunda botella y echÃ³ algo de ella sobre su cabeza. Eso parecÃ­a llevar la temperatura un poco mÃ¡s hacia el rango soportable.

DespuÃ©s de sesenta y cuatro kilÃ³metros, tomÃ³ una carretera de dos carriles. PrÃ¡cticamente no habÃ­a trÃ¡fico aquÃ­, y Ã©l tenÃ­a el camino para sÃ­ mismo. ComprobÃ³ su reloj: Las diez y media. Estaba haciendo un tiempo decente. Si seguÃ­a con este ritmo, incluso podrÃ­a llegar al rancho antes de que oscureciera âsin duda antes de que fuera demasiado tarde.

La tierra a su alrededor estaba cambiando lentamente de terrenos agrÃ­colas cultivados a matorrales y arbustos. En su espejo retrovisor, las montaÃ±as se encogÃ­an al penetrar mÃ¡s profundamente en el corazÃ³n del valle.

Esta emisora de radio estaba empezando tambiÃ©n a perder la seÃ±al, para dar paso a una cadena mÃ¡s local. Esta nueva orgullosamente resultÃ³ ser que tocaba ambos tipos de mÃºsica, Country y Western. Por suerte, era algo parecido al rap, cercano a lo que le gustaba.

Por lo tanto, se puso a escuchar con poco interÃ©s por las ondas del twangy del desespero. Tras el tercer cantante masculino diferente cantando una lamentable historia sobre una mujer que lo abandonÃ³, apagÃ³ con ira el altavoz y siguiÃ³ conduciendo.

Gran error. Los siguientes veinticuatro kilÃ³metros aproximadamente su mente estaba mucho mÃ¡s lejos que su coche en aquella carretera casi-recta. Hacienda. BÃ¡rbara. El fuego. La tienda. BÃ¡rbara. Los impuestos. Fuegos. Incluso la mÃºsica country era mejor que el silencio.

La temperatura seguÃ­a subiendo. Se bebiÃ³ el resto de la segunda botella de agua y se tirÃ³ parte de la tercera sobre su cabeza otra vez. Tuvo menos efecto que la Ãºltima vez. Por lo menos, estaba agradecido por tener cubre asientos de tela en lugar de aquellos baratos de cuero sintÃ©tico; tener su piel enganchada a un material de fÃ¡brica le harÃ­an esa conducciÃ³n mucho mÃ¡s desagradable de lo que ya lo era.

MirÃ³ el asiento detrÃ¡s suyo. Una montaÃ±a de formularios de la aseguradora, haciendo peso encima un montÃ³n de ropa para que no salieran volando con el viento. DeberÃ­a echarles un vistazo cuando su agente se los dio. QuerÃ­an todo tipo de informaciÃ³n, incluso el nombre de pila de su padre y el signo del zodiaco de su abuelo. SufriÃ³ un incendio, Â¡por el amor de Dios! Casi todos sus papeles se habÃ­an perdido. Â¿CÃ³mo se suponÃ­a que tenÃ­a que darles la informaciÃ³n sobre sus finanzas con todos los datos quemados?

No. No era el momento para pensar en esas cosas. Era el momento para escuchar una mala canciÃ³n de Country y meditar mientras conducÃ­a por el desierto.

Su velocidad aumentÃ³ hasta los ochenta. Sin trÃ¡fico en la carretera, no habÃ­a nada que lo retuviera. Al menos, en una carretera desierta, no habÃ­a muchas posibilidades de atrapar la atenciÃ³n de la Patrulla de Carreteras.

Justo detrÃ¡s suyo, pudo ver que habÃ­a luces intermitentes a travÃ©s de su espejo retrovisor. Maldiciendo, se detuvo al lado de la carretera. ConocÃ­a lo que ocurrirÃ­a; SacÃ³ su licencia y registro y se las entregÃ³ al oficial. El oficial se los devolviÃ³, junto con un boleto de exceso de velocidad. Todo muy educado y profesional. Ambos estaban de vuelta en la carretera en menos de quince minutos.

La temperatura estaba subiendo. Se tirÃ³ el contenido del resto de la tercera botella de agua sobre su cabeza, y prÃ¡cticamente podÃ­a sentir que se estaba convirtiendo en vapor y evaporÃ¡ndose tan pronto como lo tocÃ³. VaciÃ³ la cuarta botella, y no sirviÃ³ de nada.

Se detuvo y volviÃ³ a llenar el depÃ³sito en una pequeÃ±a estaciÃ³n que decÃ­a ser la Ãºltima parada de gasolina para los siguientes ochenta kilÃ³metros. El carburante era terriblemente caro y sus recursos se estaban agotando, pero esto superÃ³ la sorpresa de la alternativa desagradable, la forma en que su suerte se estaba ejecutando en estos dÃ­as.

Pocos minutos despuÃ©s empezÃ³ a perder de vista la cadena de radio. EmpezÃ³ a buscar desesperadamente otra. Todo lo que podÃ­a encontrar aquÃ­ en medio de la nada era un programa religioso. Â¿QuÃ© hacÃ­a eso a mediodÃ­a? No era domingo. Â¿No eran esas cosas reservadas para la tarde o la noche cuando no molestarÃ­an a la gente decente?

âAquellos paganos quieren decirte que todo fue un accidente,â decÃ­a el predicador. âSi te encuentras un reloj en el suelo, seguro que dices, âque cosa mÃ¡s rara, Â¿todas estas piezas de metal se han juntado ellas solas en el suelo para decirme la hora?â Â¡Vaya suposiciÃ³n mÃ¡s estÃºpida, ridÃ­cula, sin sentido, imbÃ©cil, tonta, alocada y banal! Â¿O creerÃ¡s que alguien hizo aquel complicado reloj a posta para tus propios propÃ³sitos? Un reloj implica un Relojero tan seguro que la noche sigue al dÃ­a.â

âSÃ­,â le contestÃ³ a la radio molestamente. "Un relojero imbÃ©cil que no sabe o no le importa si dejÃ³ su reloj en medio de un estÃºpido campo. Tal vez el dueÃ±o lo perdiÃ³ o lo tirÃ³ porque daba mal el tiempo. Â¿QuÃ© pasa si dejas una barra de hierro en el campo y vuelves unos meses mÃ¡s tarde encontrÃ¡ndolo cubierto con polvo rojizo? Â¿AsumirÃ­as que alguien vino y lo pintÃ³? Â¿O crees que se acaba de oxidar? Â¡no me jodas!â

El predicador radiofÃ³nico lo ignorÃ³. âLo que estas personas no pueden ver es que todo es parte de un gran diseÃ±o, un diseÃ±o tan grande que no podemos ver todos los detalles. El plan de Dios es tan grande que se envuelve todo el camino alrededor de nosotros como una manta grande y reconfortante. El plan de Dios es inmenso y es para todos nosotros, y todos participamos en Ã©lâ.

âÂ¿El plan de Dios incluye quemar mi tienda?â Le gritaba a la radio. âÂ¿Quiere Dios que yo estÃ© sin hogar y en bancarrota? Â¿Es Hacienda parte sutil del plan de Dios? Â¿Necesita Dios mis ocho mil dÃ³lares? Â¿Es el plan de Dios para darme una multa por exceso de velocidad? Â¿O hacer que BÃ¡rbara me deje? Â¿QuÃ© estÃ¡ haciendo el plan de Dios para mÃ­? Â¿DÃ³nde la manta del amor que deberÃ­a cubrirlo todo? Â¡Tiene unos agujeros de polilla muy grandes!â

GolpeÃ³ furiosamente el botÃ³n para apagar la radio. La humedad en su rostro era mucho mÃ¡s que lÃ¡grimas de sudor, picando sus ojos y haciendo mÃ¡s difÃ­cil ver por dÃ³nde estaba conduciendo. Si hubiese habido mÃ¡s trÃ¡fico, podrÃ­a haber estado en problemas, pero no habÃ­a nadie a quien atacar. Al menos logrÃ³ mantener el coche en la carretera.

Incluso el silencio era mejor que escuchar basura como esa. Incluso escuchar sus propios pensamientos era mejor. A pesar de que estaba enfadado y confundido, deprimido y lleno de desesperaciÃ³n. Al menos eran sus pensamientos, no los de un tipo hipÃ³crita.

TerminÃ³ el resto de la botella muy rÃ¡pido, la mitad en su boca y la otra mitad sobre su cabeza. No parecÃ­a que ayudara. SeguÃ­a haciendo un calor insoportable.




ESCENA 3


A primera vista, el objeto podrÃ­a bien ser un espejismo. Pero no brillaba e iba creciendo en tamaÃ±o a medida que se aproximaba con su coche, por lo que definitivamente era algo real.

Era una enorme mansiÃ³n de dos pisos construida en piedra blanca, con filas de ventanas en cada piso que reflejaba el sol de primera maÃ±ana. El porche frontal le sobresalÃ­a apoyado por una fila de columnas de mÃ¡rmol blanco, y en frente de la casa habÃ­a un trozo rectangular de cÃ©sped verde delineado a la perfecciÃ³n con el lÃ­mite del desierto a su alrededor.

HabÃ­a conducido por esta carretera antes y no recordaba haber visto algo asÃ­. Eso habÃ­a sido hace unos aÃ±os, sin embargo, podrÃ­a haber sucedido durante ese tiempo.

La carretera pasaba por delante de la casa, a unos treinta metros de distancia. La tierra alrededor era perfectamente plana, desprovista de cualquier cosa de interÃ©s, pero ocasionalmente podÃ­as ver algunos arbustos y cactus solitarios dispersos aquÃ­ y allÃ¡. Incluso las montaÃ±as que siempre estaban presentes en California eran sÃ³lo una mancha azul en el lejano horizonte.

Estaba demasiado absorto en su propia miseria para pensar en la mansiÃ³n mucho mÃ¡s que como una curiosidad. Su depresiÃ³n era una nube negra que abrumaba todas las otras preocupaciones, asÃ­ que Ã©l ignorÃ³ la mansiÃ³n y siguiÃ³ conduciendo.

O tratÃ³ de hacerlo. Sin previo aviso, su motor de repente tosiÃ³ y muriÃ³, y el viejo Corolla se detuvo lentamente hasta hacerlo casi directamente frente a la entrada de la mansiÃ³n. Por lo menos se las arreglÃ³ para dirigirlo al lado de la carretera, por lo que no serÃ­a golpeado por cualquier otro coche que pasara por aquÃ­. Aunque no habÃ­a mucha probabilidad de que eso ocurriera.

El indicador de la gasolina indicaba que el depÃ³sito estaba medio lleno. IntentÃ³ encender el motor un par de veces, pero solamente obtuvo un lÃºgubre ruido parecido a un zumbido. âÂ¡Mierda!â gritÃ³ a la desconsiderada mÃ¡quina, golpeando la rueda con ambos puÃ±os. âÂ¡Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda! Â¿Por quÃ© a mi? Â¿Por quÃ© ahora? SabÃ­a que no deberÃ­a haber confiado en un trozo de basura para un viaje como este.â

MirÃ³ a disgusto el montÃ³n de formularios para la aseguradora en el asiento del pasajero que estaban debajo de la bolsa de ropa, los sacÃ³ y cerrÃ³ de un golpe la puerta. LevantÃ³ el capÃ³ para comprobar el motor. Aquello era algo inÃºtil âno tenÃ­a ni idea de lo que estaba mirando, ni mucho menos como poder arreglarlo.

MirÃ³ impacientemente su reloj. Las doce y treinta y cinco. La temperatura rondaba los treinta y siete grados. Aquella tarde solo podÃ­a que ir a peor. Ni un Ã¡pice de viento. TenÃ­a que ponerse manos a la obra si querÃ­a llegar al rancho antes de la puesta de sol.

Puso la mano en el bolsillo y se sacÃ³ su mÃ³vil. Nadie le podÃ­a ayudar, de todas maneras pues la pantalla indicaba que no habÃ­a cobertura. DespuÃ©s de todo, Â¿quien instalarÃ­a una antena de telefonÃ­a aquÃ­ para los conejos y los coyotes? LanzÃ³ tu telÃ©fono tan lejos como pudo hacia el desierto. âÂ¡Buen viaje!â gritÃ³. âÂ¿Y ahora, quÃ©? Â¿QuÃ© pasarÃ¡?â golpeÃ³ el coche con frustraciÃ³n en medio de un sollozo. âÂ¿Me ocurrirÃ¡ algo bueno?â

Lo que Ã©l querÃ­a hacer era volver con el coche. Sentarse en el asiento trasero. Tumbarse en posiciÃ³n fetal y llorar. QuizÃ¡s incluso chuparse su pulgar. Todo el universo pasarÃ­a por delante suyo. Probablemente algo mejor de lo que habÃ­a estado haciendo Ãºltimamente.

LevantÃ³ la mirada y vio otra vez aquella casa. Bueno, al menos podÃ­a pedir si podrÃ­a usar su telÃ©fono para llamar a la Asistencia-en-Carretera. Por supuesto, no con la racha que llevaba.

Se desesperÃ³. A pesar de haberse tirado por encima mucha agua, su ropa estaban ya secas por el calor del desierto. PasÃ³ sus dedos por el pelo un par de veces como si fuera un peine. Entonces empezÃ³ a pisar fuertemente el asfalto, alegrÃ¡ndose de que todavÃ­a no era de noche, una noche de tormenta; ahora tendrÃ­a que entrar en la guarida de DrÃ¡cula o Frank N. Furter


 (#litres_trial_promo) o alguien parecido.

Estaba tan envuelto en su nube negra de pensamientos que habÃ­a llegado a mÃ¡s de la mitad de la entrada antes de ver al muÃ±eco de nieve en el cÃ©sped cerca del porche. TenÃ­a que ser uno de esos adornos plÃ¡sticos de Navidad, pensÃ³. Alguien tenÃ­a un extraÃ±o sentido del humor, dejÃ¡ndolo fuera en julio. O eso o era alguien muy perezoso.

A medida que se acercaba a Ã©l, sin embargo, parecÃ­a cada vez mÃ¡s real. Era un muÃ±eco de nieve estÃ¡ndar de tres bolas con la base de un metro de diÃ¡metro, el medio de sesenta centÃ­metros y la cabeza de treinta. Sus ojos eran ciruelas negras, su nariz un pepinillo dulce y su boca era una lÃ­nea punteada de cerezas curvadas en una sonrisa. Llevaba una alegre bufanda amarilla y roja alrededor de donde estarÃ­a su cuello. En su cabeza, en lugar del sombrero de copa tradicional, tenÃ­a una gorra de bÃ©isbol de Oakland A's. Sus brazos estaban desproporcionadamente flacos, sÃ³lo un par de ramas desnudas que salÃ­an de sus hombros.

Se acercÃ³ a Ã©l y lo tocÃ³. Estaba frÃ­o. Estaba hecho de nieve. Y estaba de pie sobre este cÃ©sped en treinta y siete grados de calor bajo el sol abrasador del desierto en julio.

Se alejÃ³ lentamente de Ã©l, no completamente dispuesto a quitarle los ojos de encima. El muÃ±eco de nieve se quedÃ³ allÃ­ y no mostrÃ³ ninguna intenciÃ³n de derretirse.

Finalmente, con un rÃ¡pido movimiento de cabeza, tratÃ³ de sacarlo de su mente. HabÃ­a muchos otros problemas de que preocuparse. SubiÃ³ los cuatro escalones hasta el porche, se acercÃ³ a la gran puerta y presionÃ³ la campana.

A los pocos segundos la puerta se abriÃ³ y se vio mirando a la mÃ¡s bella chica que habÃ­a visto jamÃ¡s. Era pequeÃ±a âtan sÃ³lo metro setenta y dos, no le llegaba mÃ¡s allÃ¡ de la narizâ pero aquella tan solo era lo Ãºnico a lo que podrÃ­a llamar remarcable. Su cuerpo estaba perfectamente proporcionado, ni muy pechugona ni muy aniÃ±ada. Su pelo marrÃ³n oscuro, con un corte pixie, con un rostro perfecto, ojos marrones y brillantes, una nariz alegre y una boca pequeÃ±a pero expresiva.

Llevaba puesto un pantalÃ³n vestido satinado de una pieza. La mitad inferior eran unos pantalones destellantes; la parte superior era un arnÃ©s con la forma de dos paÃ±uelos negros uniÃ©ndose en la parte frontal y atÃ¡ndose entre ellos por el cuello. Llevaba unas zapatillas negras con poco talÃ³n, y su parte trasera estaba descalzo. No estaba esquelÃ©tica, pero tampoco tenÃ­a grasa. Alrededor de su cuello llevaba una cadena dorada y un gran medallÃ³n de varios centÃ­metros, con al menos una docena de pequeÃ±as luces que parpadeaban. No parecÃ­a tener mucho mÃ¡s de veinte aÃ±os.

âÂ¿SÃ­?â dijo ella.

Ãl estaba demasiado ocupado admirando las vistas por lo que olvidÃ³ la razÃ³n de estar allÃ­. âEh, perdona que te moleste, pero mi coche se ha estropeado en medio de la carretera. Me preguntaba si...â

âBueno, no te quedes bajo este solâ dijo haciÃ©ndole seÃ±as para que entrase. âEntra que aquÃ­ hay aire acondicionado y se estÃ¡ bien. Bienvenido a Green House.â

âGracias,â dijo poniendo un pie dentro. Ella cerrÃ³ la puerta tras Ã©l, y enseguida sintiÃ³ el lujo. No habÃ­a sentido frÃ­o desde hacÃ­a horas.

Estaban en un vestÃ­bulo echo de baldosas de mÃ¡rmol negras y blancas y una enorme lÃ¡mpara de cristal colgando de un techo alto. HabÃ­a un largo pasillo que llevaba hasta la parte trasera de la mansiÃ³n, con varias puertas que daban a diferentes habitaciones. Unas amplias escaleras con una alfombra verde llevaban al piso superior.

âOdio molestar de esta manera...â empezÃ³ diciendo, pero ella lo volviÃ³ a interrumpir.

âNo digas tonterÃ­as. No es molestia. No es tu culpa el lugar donde tu coche se estropea, Â¿verdad?â

âNo,â dijo con un profundo suspiro. âMe estaba preguntando si me dejarÃ­as usar el telÃ©fono un momento.â

âLo harÃ­a si tuviera uno.â

âÂ¿Vives en un lugar tan apartado en medio de la nada sin telÃ©fono?â

âSi tuviera uno, la gente no dejarÃ­a de llamarme todo el ratoâ dijo ella. âHay demasiada gente intentando hablar conmigo. Prefiero ser un poco difÃ­cil de localizar.â

âÂ¿Pero si tienes algÃºn problemaâ le dijo. âÂ¿Y si necesitas comunicarte con alguien?

âNo tengo problema alguno a la hora de comunicarme con el que quieroâ dijo ella âY no hay problema que mi servicio no pueda solucionar.â

âOh, tienes servicio. Supongo que entonces nada.â

âSip. De echo, iba a sugerirte que mi chÃ³fer echara un vistazo a tu coche. Seguramente sepa como repararlo.â

âNo quiero meterte en problemas...â

âPara nada. Fritz harÃ¡ su trabajo. Es por esto que estÃ¡ aquÃ­.â CogiÃ³ su medallÃ³n y hablÃ³ por Ã©l. âFritz, hay un coche fuera que parece que ha dejado de funcionar. Â¿PodrÃ­as echarle un vistazo y hacerlo que vuelva a funcionar?â

âJa, meine frauleinâ dijo la voz a travÃ©s del medallÃ³n. Aquella voz tenÃ­a un acento tanto de alemÃ¡n de Hollywood que podÃ­a escuchar el taconeo de sus talones.

âMuchas graciasâ dijo Ã©l.

Ella se dio la vuelta. âMe llamo Polly, por cierto.â

âOh, esto... y yo Rod.â

LadeÃ³ su cabeza hacia la izquierda. âNo pareces ninguna âcaÃ±aâ


 (#litres_trial_promo) dijo sentenciosamente.

âÂ¿QuÃ© aspecto tiene una âcaÃ±aâ?â

âEsto, algo largo, cilÃ­ndrico y rÃ­gidoâ le dijo regalÃ¡ndole una sonrisa malvada. âPor supuesto, entiendo que sea tu apodo.â

Ãl se sintiÃ³ ruborizado. âEs por HerÃ³dotoâ dijo calmadamente mientras se preguntaba porque lo decÃ­a. Casi nunca se lo habÃ­a contado a nadie âni mucho menos a un completo desconocido.

âAh, el historiador griegoâ gritÃ³ Polly. âGenial.â

âÂ¿Lo conoces?â

âPor supuesto, amo la Antigua Grecia.â

âSÃ­, y tambiÃ©n mi padre. Era profesor de civilizaciones clÃ¡sicas.â

âTenÃ­a que quererte de verdad para darte tal honorable nombre.â

HerÃ³doto resoplÃ³ con desprecio. âHerÃ³doto Shapiro es un nombre horrible para un chico judÃ­o.â

âMe gusta. Â¿Puedo llamarte âHeroâ?â

âPrefiero Rod.â

âPuedes ser mi HÃ©ro-eâ dijo ella, ignorando por completo sus palabras. âEs mejor que âHer,â Â¿no?â

âHaz lo que quierasâ dijo resignÃ¡ndose. TenÃ­a mayores problemas en su vida en aquel momento que preocuparse por como le llamaba una niÃ±a tonta y rica. Uno de sus problemas era el apartar su mirada del increÃ­ble cuerpo de aquella niÃ±a tonta y rica evitando dejar el suelo lleno de babas.

Ella lo rodeÃ³ con sus brazos y lo llevÃ³ a la habitaciÃ³n a su derecha. âEntra a la sala y Ãºnete a la fiesta.â

âÂ¿Fiesta?â SintiÃ³ una opresiÃ³n en el pecho. Las fiestas conllevan gente, normalmente gente feliz. La gente feliz era la Ãºltima cosa que necesitaba en su vida en aquel momento. âEh, no quisiera ir a una fiesta a la que no he sido invitadoââ

âNo tienes porque si no quieresâ le dijo Polly.

Ãl estaba demasiado en guardia y sudado y despeinado. âNo estoy seguro de que vaya conmigo. Seguramente no conozco a nadieââ

âNo te preocupes. Todo estarÃ¡ bien. Son buena gente. No invito a quien no lo sea.â

âPero, esto... no voy vestido para una fiesta.â

âNo te preocupes. Todos mis amigos vienen-tal-cual. Muy informal. Creo que las personas son mÃ¡s importantes que su ropa. Ven.â

AbriÃ³ la puerta corrediza y le invitÃ³ a que entrara al gran salÃ³n. La habitaciÃ³n estaba llena de gente. HabÃ­a una banda tocando mÃºsica instrumental discretamente en el fondo, y gente hablando amigablemente. Se podÃ­a escuchar risas desde diferentes sitios.

La alfombra era azul pÃ¡lido, cubierta por un par de tapetes Persas sobre un suelo azul. El papel de las paredes era de un tono azul pastel con bandas azul marino horizontales cerca de la parte superior y el revestimiento de madera. HabÃ­a un largo sofÃ¡ de brocado Empire y cinco sillas de jacquard verde con pequeÃ±os manojos de campanillas en forma de diamante, y un gran piano celeste en la esquina opuesta. PequeÃ±as mesas de caoba habÃ­a sido colocadas bajo un espejo de plato con esquinas biseladas. Todo el mundo estaba hablando de pie; nadie permanecÃ­a sentado en tales sofisticados muebles.

Ãl contemplÃ³ la gran multitud, pero no pudo encontrar ninguna cara conocido. âÂ¿CÃ³mo has logrado reunir tanta gente en un lugar en medio del desierto?â

âLos invitÃ©â dijo Polly sin rodeos. âA la gente le gusta venir a mis fiesta.â

PulsÃ³ un botÃ³n en su medallÃ³n y sonÃ³ un leve pero insistente carillÃ³n en la habitaciÃ³n. La gente dejÃ³ de conversar para ponerse a mirar hacia la puerta.

âHola a todosâ dijo ella âespero que lo estÃ©is pasando bien.â

Mucha gente asintiÃ³, otros contestaron con algÃºn movimiento. âBienâ dijo Polly âsi hay algÃºn problema, decÃ­dmelo. Me gustarÃ­a presentaron a miHÃ©ro-e. De echo, se llama Herodotus Saphiro, pero creo que HÃ©ro-e le queda mejor. Haced que se sienta a gusto.â Los invitados lo saludaron, cosa que hizo sentir a Herodotus mÃ¡s avergonzado.

Polly se dio media vuelta hacia Ã©l. âParece que necesitas una bebida.â

âNo suelo beber muchoââ

âSolamente una copa de vino. Eh, Fifiâ dijo ella.

Una bella y alegre jovenzuela de pelo rubio vistiendo un uniforme negro y blanco de sirvienta se les acercÃ³, llevando una bandeja con copas de vino. Su ropa era escasa dejando poco a la imaginaciÃ³n, sobretodo por dejar en evidencia su origen mamÃ­fero. âOui, Mademoiselle?â preguntÃ³.

Polly tomÃ³ un par de copas de vino de la bandeja, dÃ¡ndole una a Herodotus y quedÃ¡ndose la otra para ella. âFifi, quiero que te asegures que HÃ©ro-e tiene todo lo que quiera.â

La sirvienta mirÃ³ el rostro de Herodotus y sonriÃ³. âHarÃ© lo mejor que puedaâ le prometiÃ³ con una voz que de repente parecÃ­a ronca. Sus hombres y caderas empezaron a moverse como si fueran accionados indistintamente el uno del otro.

Polly alzÃ³ la copa. âPara las nuevas amistadesâ dijo, acercando su copa con la de Ã©l.

Herodotus contemplÃ³ el lÃ­quido dorado de la copa y lo probÃ³. Estaba delicioso âdulce pero no empalagoso, suave al paladar, refrescante en la garganta, con un final definido y afrutado. TomÃ³ un segundo sorbo mucho mÃ¡s largo.

Ella lo contemplaba con una sonrisa en su rostro. âÂ¿Te gusta?â preguntÃ³.

âSÃ­, estÃ¡ muy bueno.â

âEs de mi viÃ±edoâ dijo presumiendo. âSe llama AlegrÃ­a, el vino de las uvas alegres. Crecen junto a otro viÃ±edo donde se almacenan las uvas de la ira. Guardo este vino para ocasiones especiales.â

âOye, Polly, yoââ

âPerdona por tener que dejarte unos instantes, pero tengo atender a alguien. Temas de anfitriona y cosas por el estilo. Habla con la gente, diviÃ©rtete. Si necesitas algo, Fifi o James estarÃ¡n encantados de ayudarte.â

âÂ¿QuiÃ©n es ese James?â

âMi mayordomo. EstarÃ© de vuelta pronto y entonces podremos hablar.â TomÃ³ un sorbo de su copa y se alejÃ³, sonriendo a todo aquel con el que se cruzaba hasta desaparecer entre la multitud.â

Herodotus se sintiÃ³ fuera de su lugar y completamente solo. La gente parecÃ­a amable, pero no estaba con humor para hacer amigosâ no ese dÃ­a. Se dirigiÃ³ hacia el sofÃ¡ y se sentÃ³ en uno de sus extremos, intentando no estropear aquel antiguo mobiliario e intentando pasar por inadvertido lo mejor que pudo.

Unos minutos despuÃ©s, un hombre vino y se sentÃ³ a su lado. ParecÃ­a tener sesenta y muchos aÃ±os, con un rostro curtido y arrugado con un peinado casi blanco perfecto. TenÃ­a un cuerpo delgado con un generosa barriga que le arrugaba la cara pero no de una forma bonita. SonreÃ­a mucho.

âÂ¿CuÃ¡nto tiempo hace que la conoces?â preguntÃ³ el hombre intentando empezar una conversaciÃ³n.

âÂ¿Ella? Â¿Te refieres a Polly?â

âÂ¿AsÃ­ es como se llama Ãºltimamente? SÃ­, Polly.â

âMe encontrÃ© con ella hace unos pocos minutos.â

El viejo hombre asintiÃ³. âYo ya hace cinco aÃ±os. Mi mujer y yo llevamos cuarenta y tres aÃ±os casados, y no ha estado enferma ni un solo dÃ­a en su vida excepto uno o dos resfriados. Entonces Alice fue al hospital, y tres semanas despuÃ©s muriÃ³ de cÃ¡ncer. Toda mi vida se desplomÃ³. PensÃ© que hubiera sido mejor morir y estar con ella. Entonces esa enfermera vino a mi en la sala de visitas y me cogiÃ³ de la mano. No soy un tipo que llore con facilidad, pero terminÃ© como un niÃ±o llorando sobre sus hombros, empapÃ¡ndole todo el uniforme. ParecÃ­a que no el importaba. Le contÃ© todo sobre Alice. Â¡JesÃºs! Estuvimos hablando durante horas. Ya sabes, tengo amigos que intentan levantarme el Ã¡nimo diciÃ©ndome que Alice fue a un lugar mejor. Polly jamÃ¡s me dijo tal estupidez. Solamente estaba allÃ­, y fue suficiente, y entonces el resto del mundo tambiÃ©n â un poco mÃ¡s vacÃ­o sin Alice, pero no tan desesperanzador como pensaba.â

Se detuvo. âÂ¿CuÃ¡l es tu historia?â preguntÃ³.

Herodotus se sonrojÃ³. DespuÃ©s de una historia como la del viejo, Â¿quÃ© podÃ­a decir? âMi coche se rompiÃ³ fuera de su casaâ, dijo, casi disculpÃ¡ndose.

El hombre lo mirÃ³ un rato, con las mÃ¡s ligeras de sus sonrisas en las comisuras de la boca. Finalmente se levantÃ³. âClaro,â dijo Ã©l, extendiÃ©ndose y golpeando a Herodotus en la espalda. âRecuerda, como dice Polly, que las cosas nunca son desesperadas a menos que pierdas toda esperanza.â Y se alejÃ³.

Herodotus tomÃ³ otro sorbo de vino y observÃ³ a los que estaban en la fiesta. DespuÃ©s de otro par de minutos, un pequeÃ±o hombre con un traje gris, una camisa blanca almidonada y una corbata roja se acercÃ³ al sofÃ¡. En vez de sentarse en ella, caminÃ³ detrÃ¡s de Ã©l y se inclinÃ³ para susurrar al oÃ­do de Herodotus. âQuÃ­tate de aquÃ­ mientras tengas una oportunidadâ dijo Ã©l de forma siniestra.â

âÂ¿QuÃ©?â

âYa me oÃ­ste. Sal de allÃ­ antes de que sea demasiado tarde.â se alejÃ³ sin explicar mÃ¡s.

Herodotus se preguntÃ³ quÃ© clase de madriguera de conejos habÃ­a caÃ­do mientras miraba al hombre. Pero no tenÃ­a elecciÃ³n de quedarse aquÃ­ a menos que quisiera caminar unos cincuenta kilÃ³metros en medio del calor del verano del desierto.

TomÃ³ su camino entre la multitud de la gente como si se tratase de un gato de pelo negro con los ojos brillantes. HabÃ­a ido direcciÃ³n al sofÃ¡ adrede mirando a Herodotus para terminar sobre sus piernas. Herodotus acariciÃ³ su piel con cuidado. El gato no se quejÃ³, y empezÃ³ a ronronear amasando su muslo con sus patas aterciopeladas.

Entonces Polly regresÃ³, vistiendo un leotardo cubierto de lentejuelas ârojo con rallas blancas verticales, con un embellecedor azul con estrellas blancas en la parte superior e inferior. Sus hombros, brazos y piernas estaban desnudos, con zapatillas de baile en sus pies.

âAh, has conocido a Midnightâ dijo Polly con una sonrisa.

âCreo que Ã©l me ha encontrado a miâ dijo Herodotus.

âVeo que sueles pensar las cosas desde una perspectiva âdescabelladaâ




âHe vivido con unos pocos toda mi vidaâ admitiÃ³ Ã©l.

âMe alegra oÃ­rlo. Los gatos son la prueba viviente de que Dios solamente bromeaba cuando decÃ­a que deberÃ­a haber otros dioses antes que Ã©l.â Se sentÃ³ y acariciÃ³ el gato. RonroneÃ³ todavÃ­a mÃ¡s fuerte.

Polly saltÃ³ al sofÃ¡ a su lado, dando saltos un par de veces con todo el decoro de una niÃ±a revoltosa de diez aÃ±os, terminando sentÃ¡ndose de lado con las piernas cruzando frente a Ã©l. El gato ni se asustÃ³. âAhora, Â¿de quÃ© podrÃ­amos hablar?â preguntÃ³ ella.

Herodotus sacudiÃ³ la cabeza. âNo estoy de humor para hablar. Solamente quiero que me arreglen el coche y regresar.â

La voz de Polly pareciÃ³ compasiva. âTienes problemas, Â¿no?â

âHe dicho que no quiero hablar de ello.â Su tono se volviÃ³ mÃ¡s Ã¡spero de lo que querÃ­a.

âBuenoâ dijo ella, todavÃ­a acariciando al gato. âEntonces hablemos de mi tema favorito âyo mismo. Hazme preguntas. Se que tienes algunas, lo puedo ver en tus ojos. PregÃºntame cualquier cosa. Me siento muy bien, por lo que tendrÃ¡s una de esas oportunidades que aparecen una vez en la vida y por las que algunos hombres morirÃ­an por ella.â

Obviamente no lo iba a dejar solo, por lo que deberÃ­a contestarle tambiÃ©n con humor.

âÂ¿Cultivas muchas flores por aquÃ­?â

PermaneciÃ³ en silencio y perpleja durante unos segundos. âTengo que admitir, que no es el tipo de preguntas que me suelen hacer. Normalmente son del tipo âcuÃ¡l es el sentido de la vidaâ o âporque me ha pasado a miâ. Claro que cultivo, tengo un jardÃ­n pequeÃ±o para ello, pero no mÃ¡s grande que el de Versalles. Â¿Por quÃ© me lo preguntas?

âBueno, cuando lleguÃ© me dijiste âBienvenido a greenhouseâ.â

Polly se puso a reÃ­r. Era un sonido como campanas sonando, un sonido que hizo que toda la sala resplandeciera, algo que era placer en su pura esencia. âNo âgreenhouseâ de almacÃ©n para cultivar plantasâ dijo ella. âGreen Houseâ por su color verde.

âPero tu casa es blanca.â

âSi, pero âCasa Blancaâ ya estÃ¡ tomada, Â¿no?â

Herodotus cerrÃ³ sus ojos. Su cerebro le parecÃ­a que habÃ­a entrado en una densa niebla. âNo estoy seguro que tenga ningÃºn sentido.â

âÂ¿Sentido? No he hablado jamÃ¡s de ningÃºn âsentidoâ en el contrato de la casa. O âjusticiaâ, de hecho. Ni en la letra pequeÃ±a. La leÃ­ toda.â

Herodotus tenÃ­a la sensaciÃ³n incÃ³moda de que Polly habÃ­a estado viviendo sola durante demasiado tiempo. Estuvo a punto de ponerse en pie y decirle que seguirÃ­a esperando afuera a que su mayordomo viniera con el coche. Era un hombre alto con traje, pelo con signos de calvicie y algunas canas en un lado. TenÃ­a un cierto aire de superioridad, y llevaba una bandeja plateada con canapÃ©s en su mano derecha. AcostÃ³ educadamente la bandeja y dijo en un acento britÃ¡nico de clase alta.

âÂ¿Un refrigerio?â

âGracias, Jamesâ dijo Polly mientras tomaba un entremÃ©s de la bandeja mientras miraba a Herodotus. âÂ¿Te preocupa algo?â

La mayorÃ­a de las fiestas a las que habÃ­a ido tenÃ­an patatas fritas y salchichas, o cuencos de nueces o pretzels. No habÃ­a nada familiar en la bandeja que tenÃ­a delante suyo. âEh, Â¿que me recomiendas?â

âA ver, todo estÃ¡ buenoâ dijo Polly âlo he echo todo yo misma.â

Herodotus escogiÃ³ lo que parecÃ­a una flor pequeÃ±a roja y marrÃ³n sobre una galleta salada. La mordiÃ³ con cuidado, y se dio cuenta que tenÃ­a un punto de dulzor y otro de salado.

âEstÃ¡ buenoâ dijo mientras terminaba de comÃ©rselo.

âBueno, no tienes que mostrarte tan sorprendidoâ dijo Polly.

âÂ¿QuÃ© es?!

âTras pensarme la respuesta, creo que te lo contarÃ©. No queremos mÃ¡s por el momento, James.â

âComo desee, Madam.â El mayordomo se retirÃ³ a servir al resto de los invitados.

Polly contemplÃ³ como Herodotus terminaba de masticar el canapÃ©, y dijo. âEsto, Â¿por dÃ³nde estÃ¡bamos?â

âNo creo que estuviÃ©semos en ninguna parte.â

âAh, sÃ­, me estabas haciendo preguntas profundas y perspicaces. Venga, no puedo esperar a la siguiente.â

Herodotus se terminÃ³ el vino antes de regalarle otra muestra de sus pensamientos. Tras un suspiro, decidiÃ³ lo que le estaba preocupando. Bueno, uno de ellas. Polly no parecÃ­a estar ofendida por su franqueza.

âÂ¿Sabes queâ preguntÃ³ directamente âhay un muÃ±eco de nieve en medio de la entrada a tu casa?

âAh, Â¿el seÃ±or FrÃ­o? Pensaba que ya lo habÃ­an quitado. Debe haber estado deambulado por ahÃ­ pues le gusta mirar como pasan los coches.â

Esto me ha dejado helado. âMe estÃ¡s tomando el pelo.â

Ella le respondiÃ³ con una flamante sonrisa, una sonrisa que iluminÃ³ la habitaciÃ³n con un arco de luz. âPor supuesto, tontoâ dijo ella colocando su mano sobre su rodilla. âEl seÃ±or FrÃ­o no puede ir a ninguna parteâ no tiene piernas. Esto siempre me ha llevado a preguntarme sobre Frosty. Â¿CÃ³mo puede bailar si los muÃ±ecos de nieve no tienen ni pies ni piernas? Aunque su canciÃ³n es bonita.â

El tacto de su mano con su rodilla le hizo sentir... algo en Ã©l. No estaba caliente, pues habÃ­a conectado el aire acondicionado. No se trataba de electricidad, aunque sintiÃ³ como todo su cuerpo estaba electrizado. No era nada sexual, aunque sus leotardos le puso en alerta ante su cercana feminidad. Tan sÃ³lo era algo, y sin duda era bueno.

Empezaron las preguntas. âPero comoââ cuando lo interrumpiÃ³.

âBasta de preguntas y respuestas por ahora. QuizÃ¡s mÃ¡s tarde, si eres un buen chico. Ahora, necesito mi hora de ejercicio, el cual deberÃ­a haber empezado. Es por lo que voy vestida asÃ­. Ven al gimnasio y hazme compaÃ±Ã­a.

âÂ¿Y los invitados?â

âOh, estarÃ¡n bien solos durante un momento. James y Fifi pueden cuidar de ellos.â

âNo suelo hacer mucho ejercicioâ dijo Herodotus, sin importarle decir que hacer ejercicio no era tan interesante como verlo hacer a otra persona. âAdelante. Me quedarÃ© sentado cuidado a tu gato esperando a que tu chÃ³fer arregle mi coche.â

âOh, no lo harÃ¡sâ dijo ella levantÃ¡ndose del sofÃ¡ de un salto y agarrÃ¡ndole del brazo. Midnight aprovechÃ³ la situaciÃ³n para saltar de la falda de Herodotus y caer en algÃºn otro lugar. âMe encanta ser vistaâ continuÃ³ Polly ây no puede ser contigo aquÃ­.â TirÃ³ de Ã©l y lo acercÃ³ junto a ella. âTÃ³malo como repago por mi hospitalidad.â

DÃ¡ndose cuenta que estaba mÃ¡s cerca de la Fuerza Irresistible de lo que pudiera estar nunca, dejÃ³ que lo llevarÃ¡ hasta el vestÃ­bulo y luego a travÃ©s del pasillo central hasta la parte trasera de la casa. HabÃ­a peores formas de pasar el tiempo, pero despuÃ©s de todo, ninguna viendo como una bella chica sudaba.

Llegaron al final del pasillo donde habÃ­a un ascensor esperÃ¡ndolos con la puerta abierta. Polly pulsÃ³ el botÃ³n nÃºmero tres. Herodotus se dio cuenta que los botones llegaban hasta el trece, y el Ãºltimo decÃ­a âR.â

âPensaba que tu casa tenÃ­a solamente dos pisosâ dijo mientras se cerraban las puertas del ascensor. Este subiÃ³ mÃ¡s rÃ¡pido que cualquier otro ascensor que hubiera visto. Herodotus sintiÃ³ como sus rodillos llegaban hasta su pecho y atravesaban su cabeza, y como su estÃ³mago hubiera caÃ­do al suelo.

âOh, debes haberla visto desde la parte delanteraâ dijo Polly a la ligera. âEs mucho mÃ¡s grande desde la parte trasera. Ya hemos llegado.â

El ascensor se parÃ³ de golpe de tal manera que Herodotus sintiÃ³ estar balanceÃ¡ndose sobre un muelle de gelatina. Las puertas se abrieron para mostrar un pasillo parecido al de un hotel con puertas en el otro lado. No habÃ­a nÃºmeros en ellas, ni ninguna indicaciÃ³n de lo que habÃ­a detrÃ¡s, excepto una que estaba pintada de verde claro.

Apoyando su paso con cuidado, Polly caminÃ³ rÃ¡pidamente por el pasillo. No necesitaba tirar de la mano a Herodotus; sus nervios seguÃ­an chirriando desde el ascensor y tenÃ­a miedo de quedarse atrÃ¡s, de perderse en esta mansiÃ³n cada vez mÃ¡s confusa.

Ella se detuvo delante de la puerta verde. âPuedes entrarâ dijo ella.

âÂ¿Por quÃ© querÃ­a hacerlo?â

âPorque estÃ¡ prohibidoâ dijo ella con cierto aire negativo. âTodo el mundo quiere entrar cuando les digo que estÃ¡ prohibido.â SiguiÃ³ caminando hasta la siguiente puerta a su izquierda situada a la mitad de camino del salÃ³n.

âEsto es el gimnasioâ dijo. âEntremos.â

Era una habitaciÃ³n muy grande, tanto como el gimnasio de un instituto. No era lo que Herodotus esperaba encontrar. No habÃ­a ninguna cinta de correr, ni bicicleta estÃ¡tica, ni mÃ¡quinas de pesas, ni ninguna de esas maquinas para subir escaleras âninguna de esas modernas mÃ¡quinas. En su lugar, habÃ­a un caballete para saltar, barras paralelas, un trapecio y una cuerda floja de dos metros y medio de alto. HabÃ­an colocado multitud de colchones grises por todo el suelo.

âÂ¿Eres acrÃ³bata? Se aventurÃ³ a preguntar Herodotus.

âMelamente de una folma espilitualâ dijo parodiando al acento chino.

Herodotus pareciÃ³ confundido, tal como mostraba su expresiÃ³n facial.

âHas visto Tony Randall en Los 7 rostros del Dr. Laoâ dijo a medias Polly. Cuando Herodotus hizo que no con su cabeza, ella continuÃ³ âÂ¡DeberÃ­as! Dirigido por George Pal, con guiÃ³n de Charles Beaumont. Es una pelÃ­cula que se merece ser beatificada.â

Luego volviÃ³ al asunto en cuestiÃ³n. âLa acrobacia me da un buen entrenamiento y me ayuda a mantener la figura de niÃ±a que has estado admirando cuando pensabas que no estaba mirando.â

Herodotus se ruborizÃ³, pero sÃ³lo habÃ­a orgullo en el tono de Polly cuando dijo: âMira esto.â

HabÃ­a una cuerda al lado del trapecio, y Polly subiÃ³ unos cuantos centÃ­metros hasta que pudo alcanzar la barra. EmpezÃ³ a balancearse de un lado a otro, cobrando Ã­mpetu, hasta que con un movimiento suave hizo una voltereta hacia atrÃ¡s enganchando sus rodillas sobre la barra. Se sentÃ³ mÃ¡s arriba hasta que estaba de pie en la barra. Herodotus empezÃ³ a aplaudir, pero ella le hizo callar. âOh, eso no es nadaâ dijo ella, con el tacto mÃ¡s dÃ©bil de su voz. âPor favor, espera hasta el final del acto para aplaudir.â

InclinÃ¡ndose hacia delante, ella empezÃ³ a caer mientras, al mismo tiempo, doblaba la cintura y agarraba la barra de trapecio con ambas manos. Su Ã­mpetu la llevÃ³ alrededor de la barra con un giro completo, en cuyo punto ella extendiÃ³ sus piernas hacia arriba hasta estar haciendo el pino en la barra. Ella posÃ³ allÃ­, con una roca firme, durante quince segundos, luego de pronto se soltÃ³ y cayÃ³ hacia abajo hasta que, en el Ãºltimo instante, se agarrÃ³ los tobillos en los extremos de la barra de trapecio donde las cuerdas la sostenÃ­an. Entonces lentamente moviÃ³ su pierna izquierda hacia un lado, de tal manera que todo su cuerpo estaba colgando simplemente por su tobillo derecho.

Ella mantuvo esa postura durante otros segundos, sÃ³lo para probar que no le habÃ­a salido por casualidad, para despuÃ©s sin esfuerzo inclinarse hacia arriba agarrando la barra con las manos de nuevo. Se inclinÃ³ hacia adelante y hacia atrÃ¡s, usando su cuerpo como contrapeso para balanceÃ¡ndose por el trapecio. Las oscilaciones aumentaron hacia adelante y hacia atrÃ¡s, cada vez mÃ¡s altas con cada arco sucesivo. Luego, en el Ã¡pice del columpio, se soltÃ³ y volÃ³ por el aire. Su cuerpo se curvÃ³ rÃ¡pidamente y ella hizo dos giros completos antes de enderezar su postura de nuevo y aterrizar en el centro de la cuerda floja.

âNada de aplausosâ le recordÃ³ ella a Ã©l âpero un suspiro de sorpresa serÃ­a buen recibido.â

Ella no esperÃ³, y empezÃ³ a caminar de vuelta a lo largo del cable, caminando de una manera tan seguro como si estuviera en el suelo. Se desplazo hasta el centro del cable, doblando sus rodillas y dando una voltereta hacia atrÃ¡s, una segunda y una tercera âcada vez aterrizando sin problemas sobre sus pies.

âAhora es el momento de que el pÃºblico participeâ dijo âHay un mono ciclo ahÃ­. Â¿PodrÃ­as traÃ©rmelo, por favor?â

Herodotus fue y le trajo el mono ciclo. No se preocupÃ³ por darle las gracias, simplemente balanceÃ³ la rueda sobre el cable y se subiÃ³ a Ã©l delicadamente, entonces paladeÃ³ hacia atrÃ¡s y luego hacia adelante dos veces de un extremo al otro del cable.

Tras pedalear hasta el centro, se quedÃ³ quieta manteniendo el equilibrio y dijo âAhora, trÃ¡eme aquel palo y ese plato que hay ahÃ­.â Herodotus hizo lo que pidiÃ³.

El palo tenÃ­a casi un metro de largo por algo mÃ¡s de un centÃ­metro de diÃ¡metro. Lo tomÃ³ por la mitad, puso el plato encima y empezÃ³ a darle vueltas. Se lo colocÃ³ en el borde de la mano y empezÃ³ a girar cada vez mÃ¡s rÃ¡pido. Cuando vio que habÃ­a logrado la velocidad adecuada, agarrÃ³ la barra con ambas manos, tirando su cabeza hacia atrÃ¡s y balanceando con cuidado el palo sobre su frente. SeparÃ³ sus manos colocÃ¡ndoselas a ambos lados. EmpezÃ³ a pedalear hacia delante y hacia atrÃ¡s a lo largo del cable.

âAquÃ­ es donde imparto el gran secreto del universoâ dijo, sin quitar los ojos del plato. âToda la sabidurÃ­a de los antiguos se reducÃ­a a una sola palabra: Equilibrio. Mantente en equilibrio y el mundo es tu ostra. Asumiendo que te gustan las ostras, es decir, de otra manera toda la metÃ¡fora no tiene valor.â

Ella continuÃ³ en la barra sobre su frente durante un minuto. A continuaciÃ³n, la sujetÃ³ con su mano derecha, la sacÃ³ de su frente y la tirÃ³ al suelo. TomÃ³ el plato con su mano izquierda y, mirando a Herodotus, dijo âCÃ³gelaâ mientras se la tiraba. Mientras tanto, permanecÃ­a en el mono-ciclo subida en la cuerda, pedaleando hacia atrÃ¡s y hacia adelante durante otro minutos sin mostrar esfuerzo alguno.

Al final, se bajo del mono-ciclo de una manera tan fÃ¡cil como habÃ­a subido a Ã©l, y fue hacia Herodotus. Se agachÃ³ y agarrÃ³ el cable dÃ¡ndole vueltas, dejÃ³ caer sus piernas hasta que ella estaba colgando por sus manos, luego se dejÃ³ caer ligeramente a la alfombra quedando los brazos triunfantemente sobre su cabeza.

âMuy bien, ahora puedes aplaudirâ dijo ella.

Herodotus estaba por encima de cualquier aplauso. A pesar de como se sentÃ­a, dijo de una manera entusiasta âÂ¡FantÃ¡stico! Â¿Eres una profesional?â

Polly bajÃ³ las manos y se inclinÃ³. âNunca me han pagado por ello, asÃ­ que supongo que eso me convierte en una aficionada con talento. Pero me gusta un poco. Â¿Tienes hambre? Siempre tengo hambre despuÃ©s de un entrenamiento funambulista.â

HabÃ­a pasado mucho tiempo desde el desayuno y ese canapÃ© apenas lo habÃ­a llenado, pero Herodotus estaba receloso acerca de pedir mÃ¡s generosidad. âOdio molestarte. Ya has hecho tanto...â

âNingÃºn problema. Llamare a Mario para que nos traiga un snack.â

âUna cosa, Â¿te importarÃ­a que usara el baÃ±o para refrescarme?â

âEn absoluto. Mejor que hacerlo en el suelo. Adelante.â lo acompaÃ±Ã³ hasta fuera del gimnasio hasta el pasillo. âEs la segunda puerta a la izquierda en esa direcciÃ³n. No entres en la puerta verde. Cuando termines, toma el ascensor hasta el primer piso. Nos veremos allÃ­.â

Fue al servicio, cerrÃ³ la puerta con llave. Estaba bien tener unos pocos minutos de privacidad. Polly era muy guapa y amable, pero aquello habÃ­a sido muy... intenso. SÃ­, habÃ­a una palabra para definirla. Intensa.

TomÃ³ aire a fondo y abriÃ³ los ojos. A continuaciÃ³n los volviÃ³ a cerrar. PodrÃ­a haber imaginado que Polly no tendrÃ­a un baÃ±o cualquiera, pero aquello iba mÃ¡s allÃ¡ de lo mÃ¡s bestia que se hubiera imaginado.

AbriÃ³ los ojos otra vez para contemplar aquello. El papel de las paredes y el techo era un trampantojo que representaba una enorme catedral, quizÃ¡s echo para tal efecto.

El lavabo estaba, literalmente, en un trono âuna elaborada construcciÃ³n tallada en roble oscuro con incrustaciones de marfil y joyas. Los robustos apoya brazos tenÃ­an cabezas de leones al final, y los cuatro pies eran garras con pelotas. La parte de atrÃ¡s del trono era un terciopelo de color vino, y una luz constante brillaba en el asiento como si viniera de una vidriera arriba. Un rollo de papel higiÃ©nico estaba unido discretamente a un lado.

Se dirigiÃ³ al trono y levantÃ³ el asiento con cautela. Para su gran alivio parecÃ­a un inodoro ordinario por dentro. Se aliviÃ³; entonces, como su esposa, que pronto serÃ­a la ex esposa, se recordÃ³ a sÃ­ mismo, volviÃ³ a bajar el asiento. Cuando se inclinÃ³, se dio cuenta de que el papel higiÃ©nico parecÃ­a un poco extraÃ±o. Se acercÃ³ para tocarlo.

No era papel. Era de seda.

CaminÃ³ hasta el fregadero, que parecÃ­a una fuente bautismal octogonal que habÃ­a visto en su visita a las viejas iglesias. Los accesorios eran todo de oro macizo, y cuando encendÃ­a los grifos el agua que fluÃ­a hacia afuera era ligeramente perfumada de rosas. Los jabones eran en forma de cisnes pequeÃ±os, y las toallas de mano eran de lino plegado en forma de cisne.

Se quedÃ³ mirando su reflejo en el espejo mientras se lavaba las manos. âÂ¿DÃ³nde me he metido?â Se preguntÃ³ en voz alta en voz baja. âÂ¿Es esta una versiÃ³n aÃºn mÃ¡s surrealista del Hotel California? Â¿QuiÃ©n es esta chica, y quÃ© es este lugar?â

Sus palabras no tenÃ­a respuestas para Ã©l, asÃ­ que se secÃ³ las manos y saliÃ³ de la habitaciÃ³n.

La cabina del ascensor estaba abierta y esperÃ¡ndolo mientras caminaba por el pasillo. ApretÃ³ el â1â con cierto temblor, y el ascensor saliÃ³ disparado como si el cable se hubiera roto, sÃ³lo para llegar a una sÃºbita pero suave parada. âPodrÃ­a ser un paseo emocionante en cualquier parque de atraccionesâ murmurÃ³.

SaliÃ³ a la planta baja. No habÃ­a seÃ±ales de Polly, asÃ­ que esperÃ³.

Un gran leÃ³n macho con una melena completa caminaba casualmente por una puerta. Herodotus instintivamente se quedÃ³ de piedra y retrocediÃ³ lentamente. Las puertas del ascensor se habÃ­an cerrado detrÃ¡s de Ã©l, pero Ã©l apretÃ³ su espalda tan fuertemente como pudo.

El leÃ³n lo mirÃ³, y Ã©l se dio cuenta que era un poco tuerto. Lo mirÃ³ otra vez, ignorÃ¡ndolo mientras decidiÃ³ caminar por el salÃ³n hacia otra habitaciÃ³n.

Tras unos pocos segundos Herodotus se dio cuenta que le costaba respirar. DecidiÃ³ tomar aire a fondo para intentar calmar sus nervios.

Polly saliÃ³ de otra puerta. Se habÃ­a vuelto a cambiar de ropa, esta vez llevaba unos tejanos ajustados, zapatillas y una camiseta blanca que decÃ­a âÂ¡Creo en mi!â en letras azules a la altura del pecho. Incluso con una ropa tan sencilla parecÃ­a inmensamente sexy para Ã©l.

âEhâ dijo Ã©l con indecisiÃ³n âhabÃ­a un leÃ³n paseÃ¡ndose por toda la casa.â

âAh, es Bert. No le des mucha importancia. Seguramente te tiene mÃ¡s miedo que tu a Ã©l.â

Herodotus decidiÃ³ que el tiempo para las sutilezas habÃ­a terminado. MirÃ³ directamente a sus ojos y dijo âÂ¿QuiÃ©n demonios eres tÃº?â

Le respondiÃ³ con una expresiÃ³n incrÃ©dula. âYa te lo he dicho. Me llamo Polly.â

âÂ¿Polly, que mÃ¡s?â

âÂ¿Polly que mÃ¡s quÃ©?â

âÂ¿CuÃ¡l es tu apellido?â

âNo, cual es el nombre del tipo de la segunda base.â

âYa he jugado a esto antesâ dijo Ã©l de manera irritada. âDime tu apellido.â

âÂ¿Necesito uno?â

âTodo el mundo tiene un apellido.â

âCher. Madonna. Prince.â

âTodos estos son nombres artÃ­sticos. En verdad nacieron con apellidos.â

âQuizÃ¡s Polly sea mi nombre artÃ­stico.â

âEntonces, Â¿trabajas en un escenario?â

âConstantementeâ dijo ella con cierta lentitud en su voz.

âTodo lo que querÃ­a decir es queââ

âTu puedes, chico.â sus ojos se iluminaron de repente. âÂ¿CÃ³mo te atreves entrar aquÃ­ como si fueras el dueÃ±o del mundo y hacerme un interrogatorio de tercer grado? Â¿Llevas el mÃ³vil en el bolsillo o te alegras de verme? Lo que te importa de mi es el apellido, Â¿o si una vez tuvo uno? No te quiero mÃ¡s por aquÃ­. Por favor, vete de una vez.â

Herodotus se dio cuenta de tal cambio abrupto en el carÃ¡cter de Polly. âPeroââ

âNada de peros. Vete. Â¡Ahora!â dijo apuntando la puerta principal de la casa.




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