Una Razón Para Temer 
Blake Pierce


Un Misterio de Avery Black #4
Una historia dinámica que te atrapa desde el primer capítulo y no te deja ir. Midwest Book Review, Diane Donovan (sobre Una Vez Desaparecido) Del autor exitoso de misterio Blake Pierce llega una nueva obra maestra del suspenso psicológico: UNA RAZÓN PARA TEMER (Un misterio de Avery Black – Libro 4) Cuando un cuerpo es hallado flotando debajo del río Charles congelado, la Policía de Boston convoca a su más brillante y polémica detective de homicidios, Avery Black, para cerrar el caso. Avery no se tarda mucho en darse cuenta que este no es un asesinato aislado, sino la obra de un asesino en serie. Otros cuerpos comienzan a aparecer, todos ellos atrapados en el hielo. ¿Es una coincidencia, o la firma de un asesino trastornado?A medida que comienza a sentir la presión de los medios de comunicación y sus jefes, lucha para resolver el caso inexplicable, demasiado extraño incluso para su mente brillante. Trata de mantener su propia depresión a raya al mismo tiempo, ya que sus propios problemas personales la tienen intranquila. Y todo esto se mezcla mientras intenta entrar en la mente de un asesino psicótico y difícil de alcanzar. Lo que descubrirá la conmocionará y la hará darse cuenta de que nada es lo que parece y que la peor oscuridad es la que se puede encontrar cerquita de nosotros. Un thriller psicológico oscuro con suspenso emocionante, UNA RAZÓN PARA TEMER es el libro #4 de una nueva serie fascinante, con un nuevo personaje querido, que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. El libro #5 de la serie de Avery Black estará disponible pronto. Una obra maestra del thriller y el misterio. Pierce hizo un trabajo magnífico desarrollando a los personajes psicológicamente, tanto así que sientes que estás en sus mentes, vives sus temores y aclamas sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Opiniones de libros y películas, Roberto Mattos (Una vez desaparecido)







U N A R A Z Ó N P A R A T E M E R



(UN MISTERIO DE AVERY BLACK – LIBRO 4)



B L A K E P I E R C E


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros).



Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto.



Derechos de autor © 2017 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976 y las leyes de propiedad intelectual, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida o distribuida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en un sistema de bases de datos o de recuperación sin el previo permiso del autor. Este libro electrónico está licenciado para tu disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otras personas, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Los derechos de autor de la imagen de la cubierta son de ozgurdonmaz, utilizada bajo licencia de istock.com.


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT

EL ESPOSA PERFECTA (Book #1)

EL TIPO PERFECTO (Book #2)



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE

Al LADO (Libro #1)

LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2)

CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE

SI ELLA SUPIERA (Libro #1)

SI ELLA VIERA (Libro #2)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)

ATRAYENDO (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8)

UNA VEZ ACECHADO (Libro #9)

UNA VEZ PERDIDO (Libro #10)

UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11)

UNA VEZ ATADO (Libro #12)

UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13)

UNA VEZ LATENTE (Libro #14)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE DESEE (Libro #3)

ANTES DE QUE ARREBATE (Libro #4)

ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5)

ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6)

ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7)

ANTES DE QUE CACE (Libro #8)

ANTES DE QUE SE APROVECHE (Libro #9)

ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10)

ANTES DE QUE SE DESCUIDE (Libro #11)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)

UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5)

UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)

UN RASTRO DE VICIO (Libro #3)

UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4)

UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5)


CONTENIDO

PRÓLOGO (#uac622b93-89a0-5e63-8f5b-79798617c677)

CAPÍTULO UNO (#uc0d289ab-0fb7-5a63-addd-7c0deae64c5c)

CAPÍTULO DOS (#uf43f5ee7-6fc5-5b64-ba2c-6a393062df99)

CAPÍTULO TRES (#uea4cfbc1-0d1e-5bda-9c43-26928313776f)

CAPÍTULO CUATRO (#u469ac745-9dc7-5c46-9b38-cf6e6f56e907)

CAPÍTULO CINCO (#uca4c5caf-9139-52d3-ad27-4272de882380)

CAPÍTULO SEIS (#u3292b2a3-88db-5df8-8e36-734444719c75)

CAPÍTULO SIETE (#u6a05376f-dc8a-59dd-840b-7e583f255e78)

CAPÍTULO OCHO (#u836e0c5d-b417-5435-8f73-3c05e2dc0c5d)

CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)




PRÓLOGO


Denice Napier tenía treinta y nueve años de edad y jamás había vivido un invierno tan frío como este. Aunque el frío realmente no la molestaba, el viento sí la inquietaba. Ella sintió una ráfaga de viento cruzar las orillas del río Charles mientras se encontraba sentada en una silla de lona, ​​mirando a sus niños patinar, y contuvo el aliento. Era mediados de enero, y la temperatura había estado terrible esta última semana y media.

Sus hijos, más inteligentes de lo que querría admitir, sabían que tales temperaturas significaban que la mayoría del río Charles estaría congelado por completo. Por esa razón había ido al garaje a buscar los patines de hielo por primera vez este invierno esa mañana. Ató los cordones, afiló las cuchillas y preparó tres termos de chocolate caliente, uno para ella y uno para cada uno de sus hijos.

Los estaba observando ahora, patinando de un lado a otro a una velocidad imprudente, pero hermosamente infantil. La sección a la que habían llegado, un tramo recto pero estrecho a través de una franja de bosque a dos kilómetros y medio de su casa, estaba totalmente congelada. Todo el tramo ocupaba unos seis metros. Denice había caminado sobre el hielo y había colocado pequeños conos color naranja, los que sus hijos utilizaban a veces para realizar ejercicios de fútbol, para mostrarles los límites.

Sam, de nueve años de edad, y Stacy de doce, estaban riendo juntos y realmente disfrutando de la compañía del otro. Esto no era algo que sucedía muy a menudo, así que Denice estaba dispuesta a soportar el frío intenso.

No eran los únicos niños que estaban patinando. Denice conocía a algunos de ellos, pero no lo suficientemente bien como para entablar una conversación con sus padres, quienes también estaban sentados cerca. La mayoría de los otros niños eran mayores, probablemente en octavo o noveno grado. Había tres niños jugando un juego muy desorganizado de hockey y otra niña practicando un giro.

Denice miró su reloj. Decidió que estarían allí diez minutos más y luego se irían a casa. Tal vez se sentarían en frente a la chimenea y verían algo en Netflix. Tal vez incluso una de esas películas de superhéroes que Sam disfrutaba ahora.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por un grito desgarrador. Miró hacia el hielo y vio que Stacy se había caído. Ella estaba gritando y mirando el hielo.

Sus instintos maternales la invadieron en ese momento. Fractura en la pierna, tobillo torcido, conmoción cerebral...

Ya había pensado en todos los escenarios posibles para cuando llegó al hielo. Se deslizó todo el camino. Sam también había patinado hacia ella y estaba mirando hacia abajo en el hielo. Pero Sam no estaba gritando. En realidad se veía congelado.

“¿Stacy?”, dijo Denice, apenas capaz de oírse a sí misma sobre los gritos de Stacy. “Stacy, ¿qué pasa?”.

“¿Mamá?”, dijo Sam. “¿Qué pasa?”.

Confundida, Denice finalmente llegó al lugar donde estaba Stacy y se puso de rodillas a su lado. Parecía estar ilesa. Dejó de gritar una vez que su madre llegó a ella, pero ahora estaba temblando. También estaba señalando el hielo y tratando de abrir la boca para decir algo.

“Stacy, ¿qué te pasa?”.

Entonces Denice vio la forma bajo el hielo.

Era una mujer. Su rostro estaba azul y sus ojos estaban bien abiertos. Miraba a través del hielo en un estado congelado de terror. Su pelo rubio estaba congelado y desordenado.

El rostro que le devolvió la mirada, con ojos bien abiertos y piel pálida, la revisitaría en sus pesadilla durante muchos meses.

Pero lo único que Denice pudo hacer en ese momento fue gritar.




CAPÍTULO UNO


Avery no podía recordar la última vez que había hecho compras de manera tan irresponsable. No estaba segura de cuánto dinero había gastado porque había dejado de prestarle atención a eso después de la segunda tienda. Ni siquiera había mirado los recibos. Rose estaba con ella y eso no tenía precio. Quizás se sentiría diferente cuando le llegara la factura, pero por ahora valía la pena.

Con la evidencia de su extravagancia en pequeñas bolsas de tiendas a sus pies, Avery miró a Rose, sentada al otro lado de la mesa. Estaban en un café llamado Café Nero, ubicado en el Leather District de Boston. El café era exageradamente caro, pero era el mejor que Avery había probado en mucho tiempo.

Rose estaba usando su teléfono, enviándole mensajes de texto a alguien. Esto normalmente enfurecería a Avery, pero estaba aprendiendo a dejar ir las cosas. Tenían que aprender a ceder para poder hacer su relación funcionar. Tuvo que recordarse a sí misma que se llevaban veintidós años y que Rose estaba convirtiéndose en una mujer en un mundo muy diferente en el que ella había crecido.

Cuando Rose terminó de enviar su mensaje de texto, colocó el teléfono sobre la mesa y le dio una mirada pesarosa.

“Lo siento”, dijo ella.

“No te preocupes”, respondió Avery. “¿Me puedes decir con quién hablas?”.

Rose pareció considerar esto por un momento. Avery sabía que Rose también estaba tratando de ceder para poder mejorar su relación. Aún no había decidido qué quería contarle a su madre de su vida personal y qué no.

“Marcus”, dijo Rose en voz baja.

“Ah. No sabía que aún estaban juntos”.

“En realidad no. Bueno, no sé... Tal vez sí”.

Avery sonrió, recordando la época en su vida en la que los hombres fueron confusos e intrigantes a la vez. “Bueno, ¿están saliendo?”.

“Supongo que sí”, dijo Rose. No estaba hablando mucho, pero podía ver las mejillas de su hija ruborizándose.

“¿Te trata bien?”, preguntó Avery.

“Casi siempre. Solo queremos cosas diferentes. No tiene muchas metas que se diga. Anda vagando sin rumbo”.

“Bueno, ya sabes que no me molesta escucharte hablar de este tipo de cosas”, dijo Avery. “Siempre estoy dispuesta a escuchar. O a hablar. O a hablar mal de hombres que te han hecho daño. Debido a mi trabajo eres prácticamente la única amiga que tengo”. Ella se encogió por lo cursi que sonó eso, pero era demasiado tarde para arrepentirse.

“Yo sé, mamá”, dijo Rose. Luego, con una sonrisa, agregó: “Y no sabes lo patético que suena eso”.

Se echaron a reír pero, internamente, Avery se sorprendió por lo mucho que se parecían. Justo cuando cualquier conversación se tornaba emocional o personal, Rose tendía a cambiar el tema o sacarle algún chiste. En otras palabras, de tal palo, tal astilla.

En medio de su risa, una mesera se les acercó, la misma que había tomado sus pedidos y les había llevado su café. “¿Quieren algo más?”, preguntó.

“No”, dijo Avery.

“Yo tampoco”, dijo Rose. Luego se puso de pie cuando la mesera se alejó de su mesa. “Tengo que irme”, dijo. “Tengo una reunión con el asesor académico en una hora”.

Avery tampoco quería darle gran importancia a esto. Estaba emocionada por el hecho de que Rose finalmente había decidido ir a la universidad. A sus diecinueve años, había actuado y concretado citas con los asesores de un colegio comunitario con sede en Boston. Para Avery, eso significaba que estaba lista para empezar a hacer algo con su vida, pero que tampoco estaba lista para dejar las cosas conocidas atrás, potencialmente incluyendo una relación tensa, pero remediable, con su madre.

“Llámame más tarde para que me cuentes cómo te fue”, dijo Avery.

“Lo haré. Gracias, mamá. Esto fue sorprendentemente divertido. Tenemos que volver a hacerlo pronto”.

Avery asintió con la cabeza y observó a su hija alejarse. Se tomó el último sorbo de café y se puso de pie, recogiendo las cuatro bolsas de compras junto a su silla. Después de colocarlas sobre su hombro, salió de la cafetería y se dirigió a su auto.

Le costó mucho contestar su teléfono cuando sonó debido a todas las bolsas que cargaba. En realidad se sentía tonta con tantas bolsas. Nunca había sido una de esas mujeres a quienes les gusta ir de compras. Pero había sido una gran forma de avanzar con Rose, y eso era lo importante.

Después de mover todas las bolsas en su hombro, finalmente fue capaz de alcanzar su teléfono celular en el bolsillo interior de su abrigo.

“Avery Black”, dijo.

“Black”, dijo la voz siempre brusca y rápida del supervisor de homicidios de la A1, Dylan Connelly. “¿Dónde estás en este momento?”.

“En el Leather District”, dijo. “¿Qué pasa?”.

“Te necesito en el río Charles, en las afueras de un pueblo cerca de Watertown, lo más pronto posible”.

Ella oyó el tono de su voz, la urgencia, y su corazón dio un vuelco.

“¿Qué pasó?”, dijo, casi temiendo la respuesta.

Se produjo una larga pausa, seguida de un fuerte suspiro.

“Encontramos un cuerpo bajo el hielo”, dijo. “Y vas a tener que verlo para creerlo”.




CAPÍTULO DOS


Avery llegó a la escena exactamente veinte y siete minutos más tarde. Watertown, Massachusetts, aproximadamente veinte kilómetros a las afueras de la ciudad de Boston, era uno de los numerosos pueblos que compartía el río Charles con Boston. La presa de Watertown estaba ubicada en el puente Watertown. La zona alrededor de la presa era más que todo rural, al igual que la escena del crimen en la que se estaba estacionando. Estimaba que la presa quedaba a veinticuatro kilómetros de distancia, ya que el pueblo de Watertown quedaba a unos seis kilómetros por la carretera.

Cuando caminó hacia el río, Avery pasó por debajo de una larga tira de cinta que acordonaba la escena del crimen. La escena del crimen era bastante grande, la cinta amarilla haciendo un enorme rectángulo desde dos árboles a lo largo de la orilla a dos postes de acero que la policía había empujado con fuerza dentro del hielo. Connelly estaba de pie en la orilla, hablando con otros dos agentes. En el hielo, un equipo de tres personas estaba en cuclillas, mirando hacia abajo.

Pasó a Connelly y lo saludó con la mano. Connelly miró su reloj, luego la miró como si estuviera impresionado y le hizo un gesto para que se acercara.

“Los forenses te pueden dar todos los detalles”, dijo.

Eso no la molestaba en absoluto. Aunque Connelly la agradaba ahora, tampoco se sentía cien por ciento cómoda con él. Avery caminó hacia el hielo, preguntándose si esas pocas ocasiones en las que había patinado sobre hielo durante sus años de pre-adolescencia la ayudarían en algo en este momento. Sin embargo, era evidente que había perdido esas habilidades. Caminó lentamente y con cuidado para no resbalarse. Odiaba sentirse vulnerable y no estar totalmente en control, pero el condenado hielo era demasiado resbaladizo.

“No te preocupes”, dijo uno de los miembros del equipo de ciencias forenses, viéndola acercarse a ellos. “Hatch se cayó de culo tres veces”.

“Cállate”, dijo otro miembro del equipo, presumiblemente Hatch.

Avery finalmente llegó al lugar donde estaban reunidos los chicos forenses. Estaban encorvados, mirando un pedazo de hielo roto. Debajo de él, vio el cuerpo de una mujer desnuda. Parecía veinteañera. Era hermosa, a pesar de su piel pálida y congelada. Muy hermosa.

Los forenses habían logrado enganchar el cuerpo debajo de los brazos con postes plásticos. El extremo de cada poste tenía una simple curva en forma de U recubierta con lo que parecía ser una especie de algodón. A la derecha del hielo roto, una simple manta aislante esperaba el cuerpo.

“¿Y fue encontrada así?”, preguntó Avery.

“Sí”, dijo el hombre que asumía se llamaba Hatch. “Unos niños la descubrieron. Su madre llamó a la policía local y aquí estamos, una hora y quince minutos después”.

“Eres Avery Black, ¿cierto?”, preguntó el tercer miembro.

“Sí”.

“¿Necesitas echarle un buen vistazo antes de que nos la llevemos?”.

“Sí, si no les molesta”.

Los tres se echaron para atrás un poco. Hatch y la persona que había dicho que se había caído de culo se aferraron a los postes de plástico. Avery se acercó más. Las puntas de sus zapatos estaban a pocos centímetros del hielo roto y el agua.

El hielo roto le permitió ver a la mujer desde la frente a las rodillas. Parecía una figura de cera. Avery sabía que las temperaturas extremas podrían tener algo que ver con eso, pero su impecabilidad tenía que deberse a algo más. Era muy delgada, tal vez no pasaba de cincuenta kilos. Su cara enrojecida estaba volviéndose azul pero, aparte de eso, no vio rasguños, cortaduras, moretones, ni granos.

Avery también se dio cuenta de que, aparte de su cabello rubio empapado y parcialmente congelado, no había ni un solo pelo en su cuerpo. Sus piernas estaban perfectamente afeitadas, al igual que su región púbica. Parecía una muñeca de tamaño natural.

Avery dio un paso atrás después de echarle un último vistazo al cuerpo. “Estoy lista”, le dijo al equipo forense.

Ellos se acercaron y, luego de contar hasta tres, sacaron el cuerpo lentamente del agua. Cuando la sacaron, casi todo su cuerpo terminó en la manta aislante. Avery notó que también había una camilla debajo de la manta.

Con el cuerpo totalmente fuera del agua, notó otras dos cosas que le parecieron extrañas. En primer lugar, la mujer no llevaba nada de joyas. Se arrodilló y vio que sus orejas estaban perforadas pero que no cargaba aretes. Luego volvió su atención a la segunda rareza: las uñas de la mujer estaban bien recortadas, como si se hubiera hecho una manicura hace poco.

Era extraño, pero eso fue lo que más la alarmó. Había algo inquietante al respecto. “Es casi como si hubiera sido pulida”, pensó.

“¿Estamos listos aquí?”, le preguntó Hatch.

Ella asintió.

A lo que los tres cubrieron el cuerpo y comenzaron a caminar con cuidado hacia la orilla con la camilla, Avery se quedó parada al lado de la sección de hielo roto. Miró hacia el agua, perdida en sus pensamientos. Se metió la mano en el bolsillo, en busca de un pequeño pedazo de basura, pero lo único que pudo encontrar fue un coletero que se le había roto más temprano.

“¿Black?”, llamó Connelly desde la orilla. “¿Qué estás haciendo?”.

Miró hacia atrás y lo vio parado cerca del hielo, pero determinado a no pisarlo.

“Trabajando”, le respondió. “¿Por qué no patinas hacia acá y me ayudas?”.

Él puso los ojos en blanco y ella se volvió hacia el hielo. Dejó caer el coletero al agua y lo vio moverse por un momento. Luego poco a poco fue atrapado por la corriente lenta del agua bajo el hielo. Fue llevado bajo el hielo hacia su izquierda.

“Entonces ella fue vertida en otro lugar”, pensó Avery, mirando por el río en dirección a Boston. En la orilla, Connelly y el oficial con el que había estado hablando se estaban alejando de la escena.

Avery se quedó en el hielo, completamente de pie ahora. Estaba empezando a sentir mucho frío y veía su respiración vaporizándose en el aire. Pero la temperatura fría parecía estar ayudándola. Le permitía pensar, utilizar los crujidos del hielo como un metrónomo para poder organizar sus pensamientos.

“Desnuda, sin ninguna mancha o moretón. Así que esto no fue un asalto. No tenía joyas, así que pudo haber sido un robo. Pero la mayoría de los cuerpos muestran algunas huellas de lucha después de haber sido robados... y esta mujer está impecable. ¿Y qué de sus uñas y el hecho de que no tenía ni un solo pelo en todo su cuerpo aparte del cabello sobre su cabeza?”.

Se acercó lentamente a la orilla, mirando el río congelado a donde doblaba una curva y seguía en la dirección de Boston. Era raro pensar en lo bello que se veía el río Charles congelado desde la Universidad de Boston, ahora que un cuerpo había sido recién sacado de él.

Se subió el cuello del abrigo mientras caminaba a la orilla. Llegó justo a tiempo para ver las puertas traseras de la furgoneta del equipo de ciencias forenses cerrarse. Connelly se acercó a ella mientras miraba el agua congelada.

“¿Pudiste echarle un buen vistazo?”, preguntó Avery.

“Sí. Parecía un juguete. Toda pálida y fría y...”.

“Y perfecta”, dijo Avery. “¿Notaste que no tenía ni un solo pelo? Tampoco contusiones o golpes”.

“Ni joyas”, agregó Connelly. Con un gran suspiro, preguntó: “¿Qué se te viene a la mente?”.

Ahora se sentía mucho más dispuesta a ser totalmente honesta con Connelly, desde que él y O’Malley le ofrecieron una promoción a sargento hace dos meses. A cambio, parecían más dispuestos a aceptar sus teorías desde el primer momento en lugar de cuestionar todo lo que salía de su boca.

“Sus uñas estaban perfectamente recortadas”, dijo. “Es como si acabara de salir de un salón antes de ser vertida en el río. Y también tenemos el hecho de que no tenía ni un solo pelo. Todas esas cosas son extrañas, pero, en conjunto, me huelen a intencionalidad”.

“¿Crees que alguien la arregló antes de matarla?”.

“Parece que sí. Es casi como las funerarias, que hacen que los muertos se vean lo más presentables posible antes de la capilla ardiente. La persona que hizo esto la arregló. La afeitó y le arregló las uñas”.

“¿Crees saber el por qué?”.

Avery se encogió de hombros. “Solo puedo especular en este momento. Pero sí te puedo decir una cosa ahora mismo... y dudo mucho que te guste”.

“Dios mío”, dijo, sabiendo lo que venía.

“Este tipo se tomó su tiempo... no para matarla, sino para asegurarse de que se viera perfecta cuando fuera encontrada. Todo esto fue intencional. El hombre fue paciente. Basándome en casos similares, casi te puedo garantizar que no será la única”.

Con otro de sus suspiros patentados, Connelly se sacó su teléfono celular del bolsillo. “Agendaré una reunión en la A1”, dijo. “Les haré saber que tenemos un asesino en serie potencial en nuestras manos”.




CAPÍTULO TRES


Avery suponía que, si tomaba el puesto de sargento, necesitaba superar el odio que sentía por la sala de conferencias de la A1. No tenía nada en contra de la sala en sí. Pero sabía que una reunión celebrada dentro de ella muy poco después del descubrimiento de un cuerpo significaba que habría mucha discusión y gritos y que todos tratarían de acabar con sus teorías.

“Tal vez eso llegará a su fin una vez que sea sargento”, pensó mientras entraba en la sala.

Connelly estaba en la cabecera de la mesa, moviendo algunos papeles. Calculó que O’Malley llegaría pronto. Parecía estar más presente en todas las reuniones a las que ella asistía desde que le habían ofrecido el puesto de sargento.

Connelly levantó la mirada y se enfocó en ella. “Las cosas se están moviendo rápidamente en este caso”, dijo. “El cuerpo vertido en el río fue identificado exactamente hace cinco minutos. Patty Dearborne, de veintidós años de edad. Una estudiante de la Universidad de Boston, nacida en Boston. Eso es lo único que tenemos hasta ahora. Los padres deben ser informados una vez que esta reunión termine”.

Deslizó una carpeta que contenía solo dos hojas de papel. Una mostraba una imagen tomada del perfil de Facebook de Patty Dearborne. La otra hoja mostraba tres fotos, todas tomadas en el río Charles ese mismo día. La cara de Patty Dearborne estaba presente en todas ellas, sus párpados color púrpura cerrados.

Como una manera de tratar de meterse en la mente del asesino, Avery trató de ver el rostro de la mujer joven de la misma manera que un asesino lo haría. Patty era preciosa, incluso en la muerte. Tenía un cuerpo que Avery consideraba demasiado delgado pero que seguro tenía a todos los hombres delirando. Utilizó esta mentalidad, tratando de entender por qué un asesino elegiría a tal víctima sin ningún tipo de implicación sexual.

“Tal vez está tras las cosas bellas. La pregunta es si él está buscando estas cosas hermosas con el fin de adularlas o destruirlas. ¿Aprecia la belleza o quiere destruirla?”.

No estaba segura de cuánto tiempo pasó pensando en esto. Saltó un poco cuando Connelly llamó al orden. Había un total de nueve personas en la sala de conferencias. Ella vio que Ramírez había entrado en un momento. Se encontraba en un asiento cerca de Connelly, ojeando la misma carpeta que Connelly le había entregado hace unos minutos. Al parecer sintió que ella lo estaba mirando ya que levantó la mirada y le sonrió.

Ella le devolvió la sonrisa y Connelly comenzó a hablar de nuevo. Bajó la mirada de inmediato, pues no quería ser demasiado obvia. Aunque casi todo el mundo sabía que ella y Ramírez tenían algo, seguían intentando ser discretos.

“Todos ya deberían estar informados”, dijo Connelly. “Para aquellos de ustedes que aún no lo saben, la mujer fue identificada como Patty Dearborne, una estudiante de último año de la Universidad de Boston. Fue encontrada en el río Charles en las afueras de Watertown, pero nació y creció en Boston. Como la detective Black señaló en la sesión informativa, la corriente del río sugiere que el cuerpo fue vertido en otro lugar. El equipo forense supone que su cuerpo pasó unas veinticuatro horas en el agua. Estas dos cosas señalan que el cuerpo fue vertido en algún lugar de Boston”.

“Señor”, dijo el oficial Finley. “Perdóname por preguntar, pero ¿por qué no estamos considerando el suicidio? No encontramos ni moretones ni señales de un enfrentamiento”.

“Descarté esa posibilidad casi de inmediato cuando vi que la víctima estaba desnuda”, dijo Avery. “Aunque el suicidio sería algo que normalmente se consideraría, es muy poco probable que Patty Dearborne se desnudara antes de saltar al río Charles”.

Odiaba derribar las ideas de Finley. Sabía que cada semana se hacía mejor oficial. Había madurado este último año, transformándose de ser ese chico de fraternidad a un buen oficial que trabajaba duro.

“Pero nada de moretones”, dijo otro oficial. “Eso parece ser la pistola humeante”.

“O es evidencia de que no fue un suicidio”, argumentó Avery. “Si ella hubiera saltado de cualquier altura de más de dos a tres metros, hubiéramos encontrado hematomas visibles en su cuerpo por el impacto”.

“El equipo forense llegó a la misma conclusión”, dijo Connelly. “Nos enviarán un reporte más detallado pronto, pero se sienten bastante seguros de eso”. Luego miró a Avery y le hizo un gesto para que continuara. “¿Qué más tienes, detective Black?”.

Se tomó un momento para discutir las cosas que le había señalado a Connelly, detalles que figuraban en la sesión informativa. Mencionó las uñas recortadas y pulidas, la falta de pelo y la ausencia de joyas. “Otro punto importante a señalar es que un asesino que llegaría a estos extremos para hacer que sus víctimas se vieran presentables sugiere ya sea una admiración sesgada por la víctima o algún tipo de arrepentimiento”.

“¿Arrepentimiento?”, preguntó Ramírez.

“Sí. La emperifolló y la puso bella porque tal vez no tenía la intención de matarla”.

“¿Hasta el punto de afeitar sus partes privadas?”, preguntó Finley.

“Sí”.

“Y diles por qué crees que se trata de un asesino en serie, Black”, dijo Connelly.

“Porque incluso si fue un error, el hecho de que el asesino le arregló las uñas y la afeitó indica paciencia. Y cuando le añades a eso el hecho de que esta mujer era muy bonita y libre de imperfecciones, me hace pensar que se siente atraído por la belleza”.

“Tiene una forma curiosa de demostrarlo”, dijo alguien más.

“Lo que me lleva de nuevo a pensar que tal vez no tenía la intención de matarla”.

“¿Así que piensas que fue una cita que salió muy mal?”, preguntó Finley.

“No podemos estar seguros todavía”, dijo. “Pero ahorita creo que no. Si fue así de deliberado y cuidadoso con la forma en la que se vería antes de verterla, creo que lo más probable es que fue igual de cuidadoso en seleccionarla”.

“¿Seleccionarla para qué, Black?”, preguntó Connelly.

“Creo que eso es lo que tenemos que averiguar. Con suerte el equipo forense tendrá algunas respuestas que nos llevarán por el camino correcto”.

“Entonces ¿qué hacemos mientras tanto?”, preguntó Finley.

“Trabajemos”, dijo Avery. “Investiguemos todo lo que podamos sobre la vida de Patty Dearborne con la esperanza de encontrar alguna pista que nos ayude a atrapar a este tipo antes de que lo haga de nuevo”.

Cuando la reunión terminó, Avery se dirigió al otro lado de la sala de conferencias para hablar con Ramírez. Alguien tenía que informarles a los padres de Patty Dearborne y ella sentía la necesidad de hacerlo. Aunque hablar con padres afligidos era increíblemente difícil y emocionalmente agotador, hacerlo era una de las mejores formas para encontrar la primera pista. Quería que Ramírez fuera con ella, ya que quería seguir equilibrando su vida personal y profesional. Aún le era difícil, pero se estaba acostumbrando.

Sin embargo, antes de que pudiera llegar a él, O’Malley entró en la sala. Él estaba hablando por teléfono, obviamente apurado. Era evidente que eso con lo que estaba lidiando lo estaba presionando lo suficiente como para haberle hecho perderse la reunión sobre el caso de Patty Dearborne. Se puso de pie junto a la puerta, esperó hasta que todos excepto Avery, Ramírez y Connelly se fueran y luego cerró la puerta. Finalizó su llamada con: “Sí, más tarde”, y luego respiró profundamente.

“Discúlpenme por haberme perdido la reunión”, dijo. “¿Surgió algo importante?”.

“No”, dijo Connelly. “Identificamos a la mujer y ahora tenemos que informarle a la familia de su muerte. Partimos del hecho de que esta persona lo hará de nuevo”.

“Black, ¿puedes enviarme un informe rápido explicando los detalles?”, preguntó O’Malley.

“Sí, señor”, dijo. Nunca le pedía cosas pequeñas como esas. Se preguntó si esta era otra de sus pruebas no tan sutiles. Había notado que había sido más indulgente con ella durante las últimas semanas, más dispuesto a darle más responsabilidad sin interferencia. Estaba segura de que todo eso tenía que ver con el ascenso ofrecido.

“Ya que ambos están aquí”, dijo O’Malley, mirando a Avery y Ramírez, “me gustaría decirles algo. No tengo mucho tiempo, así que esto será rápido. En primer lugar, no me molesta para nada que estén saliendo. Pensé mucho en separarlos, pero trabajan demasiado bien juntos. Así que, siempre y cuando ambos puedan tolerar las bromas y especulaciones internas, seguirán siendo compañeros. ¿Les parece bien?”.

“Sí, señor”, dijo Ramírez. Avery asintió con la cabeza.

“Ahora... Black. Con respecto al ascenso que te ofrecimos a sargento, necesitaré una respuesta pronto. Digo, en las próximas cuarenta y ocho horas. He tratado de ser paciente, dejándote pensar bien las cosas. Pero han pasado más de dos meses. Creo que es justo”.

“Es justo”, dijo ella. “Te haré saber mi respuesta mañana”.

Ramírez la miró, sorprendido. A decir verdad, su respuesta también la había sorprendido. En el fondo creía saber lo que quería.

“Ahora, respecto a este caso del río”, dijo O’Malley. “Es oficialmente tuyo, Black. Ramírez trabajará contigo, pero compórtense como los profesionales que son”.

Avery se sentía un poco avergonzada y comenzó a ruborizarse. “Dios mío”, pensó. “Primero un día de compras y ahora sonrojándome por un chico. ¿Qué demonios me pasa?”.

Avery desvió el tema para mantener las cosas en marcha. “Quisiera ser la encargada de informarles a los padres”.

“Podemos delegarle eso a otra persona”, ​​sugirió Connelly.

“Lo sé. Pero, aunque suene muy feo, los padres que reciben noticias así de terribles suelen ser los mejores recursos para obtener información. Están vulnerables”.

“Dios mío, eso es bastante cruel”, dijo Connelly.

“Pero efectivo”, dijo O’Malley. “Excelente, Black. Son las cuatro y cincuenta. Con un poco de suerte, podrás encontrarlos llegando a casa de sus trabajos. Me aseguraré de que alguien te envíe la dirección por mensaje de texto dentro de los siguientes diez minutos. Ahora manos a la obra. Pueden retirarse”.

Avery y Ramírez salieron de la sala. En el pasillo, los oficiales que trabajaban en horario de oficina estaban finalizando su día. Pero a Avery aún le faltaba mucho trabajo por hacer este día. De hecho, con la tarea de darles la noticia de la muerte de una mujer joven a sus padres en el horizonte, Avery supo que esta sería una noche muy larga.




CAPÍTULO CUATRO


Los Dearborne vivían en una pequeña casa pintoresca en Somerville. Avery leyó la información que le habían enviado por mensaje de texto y correo electrónico mientras que Ramírez conducía. Patty Dearborne había sido una gran estudiante. Estaba cursando su último año en la Universidad de Boston y tenía intenciones de convertirse en la consejera de una empresa de salud del comportamiento. Su madre, Wendy, era una enfermera especializada en traumatismos que trabajaba en dos hospitales diferentes. El padre de Patty, Richard, era el director de desarrollo de negocios de una gran empresa de telecomunicaciones. Eran una familia acomodada con un expediente impecable.

Y Avery estaba a punto de decirles que su hija había muerto. No solo que estaba muerta, sino que había sido arrojada a un río helado completamente desnuda.

“Entonces”, dijo Ramírez mientras conducía por las pequeñas calles rústicas de los vecindarios de Somerville. “¿Vas a aceptar el puesto de sargento?”.

“No sé todavía”, dijo.

“¿Qué tienes en mente?”

Ella lo pensó por un momento y luego negó con la cabeza. “No quiero hablar de eso en este momento”. Parece insignificante en comparación con lo que estamos a punto de hacer”.

“Oye, tú te ofreciste a hacerlo”, señaló.

“Lo sé”, dijo ella, aún no segura del por qué. Sí, era cierto que podrían obtener una buena pista, pero sentía que había algo más. Patty Dearborne solo le llevaba tres años a Rose. Era demasiado fácil ver el rostro de Rose en ese cuerpo congelado. Por alguna extraña razón, eso hizo sentir a Avery que ella era quien tenía que darle la noticia a la familia. Tal vez era un impulso maternal, pero ella sentía que se los debía a los padres.

“Déjame preguntarle algo”, dijo Ramírez. “¿Qué te hace estar tan segura de que esto volverá a suceder? Tal vez un ex novio simplemente perdió la razón. Tal vez no volverá a pasar”.

Ella sonrió brevemente porque sabía que él no estaba discutiendo con ella. Se había dado cuenta de que a él le gustaba vislumbrar cómo funcionaba su mente. Su refutación de sus teorías era simplemente una forma de poner su mente a trabajar a toda máquina.

“Porque, debido a lo que sabemos del cuerpo, este tipo fue cuidadoso y meticuloso. Un ex novio enfurecido no sería tan cuidadoso de no dejar moretones. Las uñas son el factor decisivo para mí. Alguien se tomó su tiempo con ellas. Espero que los padres sean capaces de proporcionarnos más información sobre el tipo de mujer que era Patty. Si sabemos más sobre ella, sabremos exactamente qué parte de la emperifollada fue realizada por la persona que vertió el cuerpo”.

“Hablando de eso”, dijo Ramírez, señalando. “Ya llegamos. ¿Estás lista para esto?”.

Respiró profunda y temblorosamente. Amaba su trabajo, pero esta era una de las partes que más odiaba. “Sí, vamos”, dijo.

Antes de que Ramírez tuviera tiempo de decir una palabra más, Avery abrió la puerta y se bajó del auto.

Se preparó para lo que venía.



***



Avery sabía que todo el mundo reaccionaba diferente ante la pérdida de un ser querido. Es por eso que ella no se sorprendió cuando, quince minutos más tarde, Wendy Dearborne estaba casi en estado de shock mientras que Richard Dearborne estaba gritando de aflicción. En un momento dado, pensó que se pondría violento cuando golpeó un florero en la mesa de la cocina y lo envió al suelo estrepitosamente.

El peso de la noticia podía sentirse en la sala. Avery y Ramírez se habían quedado callados, hablando solo cuando los padres les hacían preguntas. En el silencio, Avery vio dos fotos de Patty en la sala de estar; una estaba en la repisa de la chimenea y la otro era un lienzo colgado en la pared de la sala de estar. Avery tenía razón. La niña había sido absolutamente hermosa.

Wendy y Richard estaban sentados en el sofá de la sala de estar ahora. Wendy había logrado controlarse un poco, dejando escapar el llanto desgarrador ocasional mientras yacía en el hombro de Richard.

Con lágrimas corriendo por sus mejillas, Richard miró a Avery. “¿Podemos verla? ¿Cuándo podemos verla?”.

“En este momento, el equipo de ciencias forenses todavía está tratando de determinar lo que pudo haberle ocurrido. Como se pueden imaginar, el agua fría y las temperaturas heladas hacen que sea más difícil encontrar pistas o pruebas. Ahora quisiera hacerle algunas preguntas”.

Ambos se veían confundidos y horrorizados, pero era evidente que Wendy no sería de ayuda. Estaba totalmente callada, y miraba por la sala de estar de vez en cuando, como para asegurarse de que sabía dónde estaba.

“Claro”, dijo Richard. Avery pensó que el hombre tal vez estaba tratando de encontrar algunas respuestas por su cuenta.

“Sé que va a parecer una pregunta extraña”, dijo Avery. “Pero ¿Patty era el tipo de chica que se preocupaba mucho por mantenerse arreglada y arreglarse bien las uñas? ¿Ese tipo de cosas?”.

Richard dejó escapar un gemido y negó con la cabeza. Todavía estaba llorando, pero al menos era capaz de formar palabras entre sus gemidos. “Para nada. En realidad era medio marimacho. Apuesto a que sería más fácil encontrar tierra debajo de sus uñas que esmalte. Se emperifollaba de vez en cuando, pero solo en ocasiones especiales. A veces le prestaba mucha atención a su cabello, pero no es... no era muy femenina”.

Esa corrección pareció haber quebrantado a Richard Dearborne. Avery sintió su corazón romperse por el dolor que él estaba sintiendo. Eso fue suficiente para hacer que decidiera no hacerle la siguiente pregunta que había planificado, una pregunta acerca de la frecuencia en la que Patty se afeitaba las piernas. Avery supuso que era seguro que tampoco se preocupaba mucho por afeitarse las piernas. No había necesidad de hacerle esta pregunta al hombre que acababa de perder a su hija.

“¿Sabe si Patty tuvo algún enemigo? ¿Alguna persona con la que tuvo problemas?”.

Le tomó un momento asimilar la pregunta. Cuando finalmente lo hizo, la ira que había visto antes regresó a los ojos de Richard Dearborne. Se levantó del sofá, pero fue mantenido en su lugar ya que su esposa estaba agarrando su muñeca.

“Ese hijo de puta”, espetó Richard. “Sí. Sí, se me ocurre alguien y puedo apostar a que... Dios mío...”.

“¿Señor Dearborne?”, preguntó Ramírez. Se había puesto de pie lentamente, quizás anticipando una especie de ataque de Richard.

“Allen Haggerty. Fue un novio de la escuela secundaria que simplemente no quiso dejarla ir cuando las cosas finalmente terminaron luego del segundo año de universidad”.

“¿Causó algún problema?”, preguntó Ramírez.

“Sí. Tanto es así que Patty tuvo que obtener una orden de restricción en su contra. Se la vivía esperándola afuera de sus clases. La situación llegó a ser tan mala que Patty vivió aquí el año pasado porque no se sentía a salvo en los dormitorios”.

“¿Alguna vez se puso violento?”, preguntó Avery.

“Si lo hizo, Patty nunca nos dijo nada. Yo sé que trató de tocarla, darle abrazos y besos y cosas por el estilo. Pero nunca nos dijo que la golpeó”.

“La nota…”.

La voz de Wendy Dearborne era tan diminuta que sonó como el viento. No miraba ni a Avery ni a Ramírez. Tenía la mirada baja y su boca estaba parcialmente abierta.

“¿Qué nota?”, preguntó Avery.

“Una nota que Patty nunca nos mostró, pero que encontramos en sus bolsillos una vez que lavamos su ropa cuando vivió aquí”, dijo Richard. “El asqueroso dejó una nota clavada en la puerta de su dormitorio. Nunca nos lo dijo, pero creemos que eso fue lo que la hizo finalmente decidir mudarse aquí. No recuerdo palabra por palabra, pero hablaba de que pensaba en suicidarse porque no podía tenerla y que eso a veces lo hacía enojar. Bien oscuro, decía que si él no podía tenerla, entonces nadie más la tendría”.

“¿Todavía tiene la nota?”, preguntó Avery.

“No. Cuando confrontamos a Patty al respecto, la tiró a la basura”.

“¿Cuánto tiempo estuvo aquí?”, preguntó Avery.

“Hasta el verano pasado”, respondió Richard. “Ella dijo que estaba cansada de vivir atemorizada. Tomamos la decisión de que involucraríamos a la policía si algo sucedía con Allen de nuevo. Y ahora... ahora esto...”.

Un silencio tenso inundó la sala y luego el hombre finalmente los miró. Avery podía sentir el dolor y la rabia del padre en esa mirada.

“Yo sé que fue él”, dijo.




CAPÍTULO CINCO


Mientras que Avery y Ramírez vigilaban la calle en la que vivía Allen Haggerty, recibió el expediente de Haggerty por correo electrónico. Le sorprendió la poca información que contenía. Tenía tres multas por exceso de velocidad y había sido detenido en una protesta no violenta en la ciudad de Nueva York hace cuatro años, pero nada serio.

“Tal vez solo enloqueció un poco cuando Patty trató de dejarlo”, pensó. Ella sabía que eso sucedía a veces. De hecho, esa era una de las excusas más usadas por esposos violentos que golpeaban a sus esposas. Se trataba más bien de celos, falta de control y vulnerabilidad.

No había nadie en su casa, así que se emitió una orden de búsqueda en su contra a hora y media de haberles informado a los Dearborne de la muerte de su hija. Mientras vigilaba el vecindario, Ramírez volvió a demostrarle a Avery cuán en sintonía estaba con ella. “Todo esto te está haciendo pensar en Rose, ¿cierto?”, preguntó.

“Sí”, admitió. “¿Cómo lo supiste?”.

Él sonrió. “Porque conozco tu rostro demasiado bien. Sé cuando estás enojada, sé cuando estás avergonzada, incómoda y feliz. También noté que alejaste la mirada de las fotos de Patty en la casa de sus padres. Patty no era mucho mayor que Rose. Ya entiendo. ¿Es por eso que insististe en darles la noticia a sus padres?”.

“Sí. Me pillaste”.

“Sucede de vez en cuando”, dijo.

El teléfono de Avery sonó a las 10:08. O’Malley estaba en la línea, sonando cansado y emocionado. “Localizamos a Allen Haggerty saliendo de un bar en el Leather District”, dijo. “Dos de nuestros chicos lo tienen. ¿En cuánto tiempo pueden llegar allá?”.

“El Leather District”, pensó. “Rose y yo estuvimos allá hoy, pensando en lo buenas que eran nuestras vidas y cómo estábamos reparando nuestra relación. Y ahora hay un posible asesino en ese mismo lugar. Se siente... raro”.

“¿Black?”.

“Diez minutos”, respondió. “¿Cómo se llama el bar?”.

Anotó la información y Ramírez los condujo a la misma zona de la ciudad donde había pasado un buen rato con su hija hace menos de doce horas.

Saber que eso era algo que Patty Dearborne no volvería a hacer entristecía su corazón. También la enojaba un poco.

Francamente no veía la hora de atrapar al hijo de puta.



***



Los dos agentes que habían localizado a Allen Haggerty parecían estar felices de salir de él. Uno de los oficiales era un chico al que Avery había llegado a conocer bastante bien, un hombre mayor que probablemente se retiraría en unos años. Su nombre era Andy Liu y siempre parecía tener una sonrisa en su rostro. Pero no ahora. Ahora se veía irritado.

Los cuatro se reunieron afuera de la patrulla de Andy Liu. En el asiento trasero, Allen Haggerty los miraba, confundido y claramente molesto. Unas pocas personas trataron de ver lo que estaba pasando sin ser demasiado obvias.

“¿Se portó mal?”, preguntó Ramírez.

“No realmente”, dijo el compañero de Andy. “Solo está un poco borracho. Estuvimos a punto de llevarlo a la comisaría y meterlo en una sala de interrogatorios, pero O’Malley dijo que quería que hablaras con él primero antes de tomar ese tipo de decisión”.

“¿Sabe por qué quiere que hable con él?”, preguntó Avery.

“Le informamos acerca de la muerte de Patty Dearborne”, dijo Andy. “Perdió la razón en ese momento. Traté de controlarlo en el bar, pero a la final tuve que esposarlo”.

“Está bien”, dijo Avery. Miró el asiento trasero de la patrulla y frunció el ceño. “¿Podrías prestarme tu patrulla un momento?”.

“Claro”, dijo Andy.

Avery se sentó del lado del conductor, mientras que Ramírez se deslizó en el asiento del pasajero. Se pusieron de lado para poder echarle un buen vistazo a Allen.

“¿Cómo sucedió?”, preguntó Allen. “¿Cómo murió?”.

“Aún no lo sabemos a ciencia cierta”, dijo Avery, no viendo motivo alguno para ocultarle la verdad. Había aprendido hace mucho tiempo que siempre era mejor ser honesto cuando estabas tratando de analizar a un posible sospechoso. “Su cuerpo fue descubierto en un río congelado, bajo el hielo. No tenemos información suficiente para saber si eso fue lo que la mató o si la mataron antes de ser arrojada al río”.

“Creo que eso fue un poco insensible”, pensó Avery al observar lo conmocionado que se veía Allen. Aun así, ver esa expresión genuina en su rostro la ayudó a entender que Allen Haggerty no tuvo nada que ver con la muerte de Patty.

“¿Cuándo fue la última vez que se vieron?”, preguntó Avery.

Era evidente que le estaba costando pensar. Avery estaba bastante segura de que esta noche sería muy difícil para Allen.

“Hace poco más de un año, supongo”, respondió finalmente. “Y fue una coincidencia. Me encontré con ella mientras estaba saliendo de un supermercado. Nos miramos el uno al otro como por dos segundos y luego se alejó rápidamente. Y no la culpo. Yo fui un idiota y me obsesioné con ella”.

“¿Y no hubo ningún contacto desde entonces?”, preguntó Avery.

“Ninguno. Enfrenté la realidad. Ella no quería nada conmigo. Y estar obsesionado con una persona realmente no es la manera de ganártela, ¿entiende?”.

“¿Sabe de alguien que pudo haber sido capaz de hacerle esto?”, preguntó Ramírez.

Una vez más, Allen se tomó un momento para responder. En ese instante el teléfono de Avery sonó. Miró la pantalla y vio que era O’Malley.

“¿Sí?”, dijo ella rápidamente.

“¿Dónde estás?”, le preguntó él.

“Hablando con el ex novio”.

“¿Existe alguna posibilidad de que sea el hombre que estamos buscando?”.

“No creo”, dijo, mirando el rostro adolorido de Allen en el asiento trasero.

“Excelente. Te necesito en la estación ahora mismo”.

“¿Todo está bien?”.

“Eso depende del cristal con que se mire”, respondió O’Malley. “Acabamos de recibir una carta del asesino”.




CAPÍTULO SEIS


Incluso antes de que Avery y Ramírez pudieran entrar en la comisaría, Avery vio que esta situación se había salido de las manos de todos. Tuvo que maniobrar cuidadosamente el auto a través del estacionamiento de la A1 para no chocar a los reporteros o furgonetas de noticias. El lugar era un circo, y ni siquiera habían entrado aún.

“Esto se ve mal”, dijo Ramírez.

“Sí”, dijo ella. “¿Cómo demonios se enteró la prensa de esta carta si llegó directamente a la comisaría?”,

Ramírez solo se encogió de hombros. Ambos se bajaron del auto y corrieron al interior. Unos reporteros se metieron en su camino, y uno de ellos se colocó directamente en frente de Avery. Estuvo a punto de chocar con él, pero logró echarse a un lado justo a tiempo. Lo oyó llamarla perra en voz baja, pero eso era lo que menos la preocupaba en estos momentos.

Se abrieron camino a la puerta, los periodistas gritándoles, pidiéndoles comentarios y tomando fotos. Avery estaba que hervía y habría saltado ante la oportunidad de poder golpear a uno de esos reporteros entrometidos en toda la nariz.

Cuando finalmente entraron a la comisaría y cerraron la puerta con llave detrás de ellos, vio que la situación era similar adentro. Había visto la A1 en un estado de urgencia y desorden antes, pero esto era algo nuevo. “Tal vez hubo una filtración en la A1”, pensó Avery mientras caminaba rápidamente hacia la oficina de Connelly. Sin embargo, antes de llegar, lo vio corriendo por el pasillo. O’Malley y Finley marchaban detrás de él.

“Sala de conferencias”, gritó Connelly.

Avery asintió, girando a la derecha en el pasillo. Notó que no había nadie más alrededor de la puerta de la sala de conferencias, significando que esta reunión sería pequeña. Y ese tipo de reuniones por lo general no eran agradables. Ella y Ramírez siguieron a Connelly a la sala. Justo cuando O’Malley y Finley entraron, Connelly cerró la puerta con llave.

Lanzó una hoja de papel sobre la mesa de la sala de conferencias. Estaba cubierta con una hoja de plástico transparente, haciendo que se deslizara casi perfectamente hacia Avery. La cogió con cuidado y la miró.

“Solo léela”, dijo Connelly. Estaba frustrado y se veía un poco pálido. Su cabello estaba desordenado y había una mirada salvaje en sus ojos.

Avery hizo lo que le pidió. Leyó la carta sin sacar la hoja de papel. Con cada palabra que leía, la sala parecía volverse más fría.



“El hielo es precioso, pero mata. Piensa en el brillo magnífico de una capa fina de escarcha en tu parabrisas en una mañana de otoño. Ese mismo hielo hermoso está matando la vida vegetal.

Es eficiente en su belleza. Y la flor vuelve... siempre vuelve. Renacimiento.

El frío es erótico, pero mutila. Piensa en sentir un frío intenso luego de estar afuera en una tormenta de invierno y luego acurrucarte desnudo con un amante debajo de las sábanas.

¿Ya sienten escalofríos? ¿Pueden sentir la frialdad de ser burlado?

Habrá más. Más cuerpos fríos, flotando a la otra vida.

Los reto a que intenten detenerme.

Serán derrotados por el frío antes de poder encontrarme. Y mientras estén congelándose, preguntándose qué pasó al igual que las flores cubiertas de escarcha, ya me habré marchado”.

“¿Cuándo llegó?”, preguntó Avery, colocando la carta sobre la mesa de nuevo para que Ramírez la leyera.

“Hoy”, dijo Connelly. “El sobre en sí fue abierto hace aproximadamente una hora”.

“¿Cómo demonios se enteró la prensa tan rápido?”, preguntó Ramírez.

“Porque todas las cadenas de noticias locales también recibieron una copia de la misma”.

“Mierda”, dijo Ramírez.

“¿Sabemos cuándo recibieron sus copias?”, preguntó Avery.

“Fueron enviadas por correo electrónico hace un poco más de una hora. Suponemos que el asesino lo hizo así para que pudiera ser cubierta en las noticias de las once”.

“¿De qué correo electrónico fue enviada?”, preguntó Avery.

“Bueno, eso es lo extraño... bueno, una de las tantas cosas extrañas”, dijo O’Malley. “La dirección de correo electrónico está registrada a una mujer llamada Mildred Spencer. Ella es una viuda de setenta y dos años de edad que solo tiene la dirección de correo electrónico para mantenerse en contacto con sus nietos. Alguien está hablando con ella en este momento, pero todo indica que la cuenta fue hackeada”.

“¿Podemos rastrear el hack?”, preguntó Avery.

“Nadie en la A1 tiene la capacidad para hacerlo. Llamamos a la policía estatal para que nos ayuden”.

Ramírez terminó con la carta, deslizándola de nuevo al centro de la mesa. Avery la acercó hacia ella y la miró de nuevo. No la volvió a leer, simplemente estudió todos los aspectos de la misma: el papel, la letra, la colocación extraña de frases sobre el papel.

“¿Qué piensas, Black?”, preguntó Connelly.

“En primer lugar, ¿dónde está el sobre en el que llegó?”.

“En mi escritorio. Finley, ¿podrías ir a buscarlo?”.

Avery siguió escudriñando la carta mientras Finley fue a buscar el sobre. La letra era impecable y también un poco infantil. Parecía como si alguien se hubiera esforzado mucho para perfeccionarla. Algunas palabras clave también le parecían bastante extrañas.

“¿Qué más se te viene a la mente?”, preguntó Connelly.

“Bueno, el hecho de que nos envió una carta deja claro que quiere que sepamos que fue él, pero obviamente no quiere divulgarnos su identidad. Aunque quizás esto no sea un juego para él, quiere tener el crédito. También le gusta ser perseguido. Él quiere que vayamos tras él”.

“¿Hay alguna pista allí?”, preguntó O’Malley. “La analicé bastante y no veo nada”.

“Bueno, la redacción es rara en algunas partes. Mencionar un parabrisas en una carta donde las únicas otras cosas concretas a las que hace referencia son flores y ropa de cama parece extraño. Creo que también cabe destacar que utilizó las palabras erótico y amante. Eso tiene que significar algo ya que la víctima que encontramos hoy era preciosa. La mención de la otra vida y el renacimiento también es inquietante. Pero tenemos muy poco ahora, así que no vale la pena seguir especulando”.

“¿Algo más?”, preguntó Ramírez con su sonrisa habitual no tan disimulada. Amaba verla en su elemento. Trató de empujar estos pensamientos a un lado mientras continuó.

“La forma en la que rompe sus frases... parecen estrofas fragmentadas de poesía. La mayoría de las otras cartas que le visto en estudios de casos antiguos donde el asesino contactó a la policía o los medios de comunicación por lo general fueron escritas en bloques de texto”.

“¿Y eso es una pista?”, preguntó Connelly.

“Quizás no lo sea”, dijo Avery. “Solo estoy especulando”.

Llamaron a la puerta. Connelly la abrió y Finley volvió a entrar. Cerró la puerta con llave detrás de él. Luego colocó el sobre cuidadosamente sobre la mesa. No tenía nada de especial. La dirección de la comisaría había sido escrita en la misma letra de la carta. No había dirección del remitente y había un sello postal en la esquina izquierda. El matasellos estaba en la parte de arriba en el sobre, sus bordes tocando el sello.

“Vino del código postal 02199”, dijo O’Malley. “Pero eso no significa nada. El asesino pudo haberlo enviado por correo a muchos kilómetros de su verdadera ubicación”.

“Eso es verdad”, dijo Avery. “Y este tipo me parece demasiado inteligente y decidido como para llevarnos derechito a él a través de un código postal. Habría pensado en eso. El código postal es un callejón sin salida, se los aseguro”.

“Entonces, ¿qué hacemos ahora?”, preguntó Finley.

“Bueno, este tipo parece estar absorto con el frío, con el hielo en particular. Y no solo porque ahí es donde encontramos el cuerpo. Es evidente por la carta. Parece estar obsesionado. Por eso me pregunto... ¿podemos realizar una búsqueda de cualquier cosa relacionada con el hielo o el frío? Pistas de patinaje sobre hielo, almacenes de carne, laboratorios”.

“¿Estás segura de que la ubicación no fue intencional?”, preguntó Connelly. “Si él quiere ser conocido, tal vez el código postal es como una invitación”.

“No, no estoy segura. Para nada. Pero si podemos encontrar una empresa u otra organización que trata con hielo o simplemente frío dentro de ese código postal, tal vez empezaría por ahí”.

“Está bien”, dijo Finley. “¿Entonces tenemos que verificar las cintas de seguridad alrededor de las ubicaciones de las oficinas de correos o buzones?”.

“No”, dijo Connelly. “Tomaría demasiado tiempo, y no hay forma de saber cuándo fue enviada esta carta exactamente”.

“Necesitamos una lista de esas empresas y organizaciones”, dijo Avery. “Ese será el mejor lugar para empezar. ¿A alguien se le ocurre alguna empresa?”.

Después de varios momentos de silencio, Connelly suspiró. “No se me ocurre nada”, dijo. “Pero puedo tenerte esa lista en media hora. Finley, ¿puedes empezar a agilizar esa solicitud?”.

“Claro”, dijo Finley.

Cuando salió de la sala de nuevo, Avery levantó una ceja y miró a Connelly. “¿Finley es un recadero ahora?”.

“Para nada. No eres la única candidata para un ascenso. Estoy tratando de involucrarlo más en todos los aspectos de casos notorios. Y, como ya sabes, él piensa que tú puedes caminar sobre el agua, así que le estoy dando una oportunidad”.

“¿Y por qué estamos encerrados en la sala de conferencias?”, preguntó.

“Porque los medios están enterados. No quiero correr ningún riesgo con micrófonos ocultos o teléfonos intervenidos”.

“Me parece un poco paranoico”, dijo Ramírez.

“Me parece inteligente”, dijo Connelly, con un poco de veneno en su voz.

Queriendo evitar una pelea entre los dos, Avery se acercó la carta. “¿Te molesta si vuelvo a escudriñar esta carta mientras esperamos los resultados?”.

“Por favor, hazlo. Prefiero que alguien en la A1 la resuelva antes de que los medios lo publiquen y un chico nerd en un sótano lo haga”.

“Tenemos que involucrar a los del equipo de ciencias forenses. Deben realizarle un análisis grafológico. El sobre debe ser examinado para ver si tiene rastros de huellas dactilares, polvo, cualquier cosa”.

“Han sido notificados y les llevaré la carta de inmediato una vez que hayas terminado con ella”.

“Tendrán que darse prisa”, dijo ella. “Yo sé que estabas bromeando sobre eso de que un chico en su sótano la resuelva, pero es una preocupación legítima. Y cuando llegue a las redes sociales, no se sabe qué tipo de ojos y mentes podrían analizarla”.

Cuando empezó a echarle un vistazo más de cerca a la carta, Finley regresó a la sala. “Eso fue rápido”, dijo O’Malley.

“Bueno, da la casualidad de que el padre de una de las mujeres de la centralita trabaja cerca del Prudential Center. Y eso queda dentro del código postal 02199, por cierto. Tal vez es solo una coincidencia, pero nunca se sabe. De todos modos, su esposo trabaja en un laboratorio de tecnología por esos lares. Dice que ellos hacen experimentos locos con mecánica cuántica y cosas por el estilo. Una rama de la escuela técnica de la Universidad de Boston”.

“¿Mecánica cuántica?”, preguntó O’Malley. “Eso es no encaja con nuestro hombre, ¿cierto?”.

“Depende de los experimentos”, dijo Avery, muy interesada. “No sé mucho sobre el campo, pero sí sé que hay áreas en la mecánica cuántica que tratan con temperaturas extremas. Algo que ver con la búsqueda de los puntos de durabilidad y de origen central de diferentes tipos de materia”.

“¿Cómo demonios sabes eso?”, preguntó Connelly.

Se encogió de hombros. “Vi mucho del canal Discovery en la universidad. Por lo visto aún recuerdo ciertas cosas”.

“Bueno, vale la pena investigar”, dijo Connelly. “Obtengamos la información del laboratorio y vámonos para allá para hablar con los mandamases”.

“Hecho”, dijo Avery.

“Mientras tanto, las noticias en vivo comenzarán en tres minutos”, dijo Connelly, mirando su reloj. “Sintonicemos para saber cuánto nos joderán este caso”.

Salió de la sala de conferencias con O’Malley pisándole los talones. Finley miró a Avery con una expresión pesarosa y los siguió. Ramírez miró la carta encima del hombro de Avery y negó con la cabeza.

“¿Crees que este tipo está demente o que simplemente quiere que creamos que lo es?”, le preguntó.

“No estoy segura”, dijo, leyendo la carta de nuevo. “Pero sí sé que este laboratorio es el lugar perfecto para empezar”.




CAPÍTULO SIETE


Tecnologías Esben estaba disfrazado entre otros edificios que parecían normales a unos tres kilómetros del Prudential Center, el bloque esencialmente una hilera de edificios grises sin rasgos distintivos. Tecnologías Esben ocupaba el edificio central y era exactamente igual a los edificios que lo rodeaban, casi no parecía un laboratorio.

Cuando Avery entró con Ramírez, vio que el vestíbulo principal consistía solo de un piso de madera precioso, alumbrado por el sol de la mañana que entraba por un tragaluz. Un enorme escritorio estaba en la pared del fondo. En un extremo, una mujer estaba tecleando en una computadora. En el otro extremo, otra mujer estaba escribiendo algo en un formulario de algún tipo. Cuando Avery y Ramírez entraron, esta mujer levantó la mirada y les sonrió indiferentemente.

“Soy la detective Avery Black y este es el detective Ramírez”, dijo Avery mientras se acercaba a la mujer. “Queremos hablar con la persona encargada de este lugar”.

“Bueno, el supervisor de todo vive en Colorado, pero el hombre que maneja las cosas aquí en el edificio debería estar en su oficina”.

“Está bien, comuníquenos con él, por favor”, dijo Avery.

“Un momento”, dijo la recepcionista, poniéndose de pie y caminando a través de una gran puerta de roble en el lado opuesto de la sala.

Cuando la mujer se fue, Ramírez se acercó a Avery, manteniendo la voz baja para que la otra mujer que seguía sentada detrás del escritorio no lo oyera.

“¿Sabías que este lugar existía?”, preguntó.

“No. Pero supongo que mantener un perfil bajo tiene sentido. Los centros tecnológicos que están vinculados a las universidades pero que no están realmente en el campus por lo general tratan de mantener un perfil bajo”.

“¿También sabes eso por haber visto el canal Discovery?”, le preguntó.

“No, sino por haber investigado”.

La mujer regresó después de un minuto. Cuando lo hizo, había un hombre con ella. Estaba vestido con una camisa abotonada y pantalones de color caqui. Una larga bata blanca que se parecía a las que los médicos llevaban a menudo cubría todo parcialmente. Tenía una expresión de inquietud y preocupación que parecía ser magnificada por los anteojos que llevaba.

“Hola”, dijo, dando un paso hacia Avery y Ramírez. Él extendió su mano y dijo: “Soy Hal Bryson. ¿Qué se les ofrece?”.

“¿Usted es el supervisor?”, preguntó Avery.

“Más o menos. Aquí solo trabajamos cuatro personas. Usualmente nos rotamos pero, sí, yo superviso los experimentos y los datos”.

“¿Y qué tipo de trabajo hacen aquí?”, preguntó Avery.

“Hacemos muchas cosas”, dijo Bryson. “A riesgo de parecer exigente, sería mejor si me dijeran por qué están aquí para poder ser un poco más exacto”.

Avery siguió hablando en voz baja para que las mujeres sentadas en el escritorio no la oyeran. Y, como era evidente que Bryson no tenía la intención de invitarlos a pasar, supuso que tendrían que tener la conversación allí mismo.

“Estamos trabajando en un caso en el que un sospechoso parece estar muy interesado en el hielo y las bajas temperaturas”, dijo. “Envió una carta provocadora a la comisaría ayer. Queremos saber si aquí llevan a cabo investigaciones relacionadas. Es un caso muy extraño, así que estamos comenzando con la única pista que realmente tenemos, el frío”.

“Ya veo”, dijo Bryson. “Bueno, de hecho desarrollamos algunos experimentos que implican temperaturas extremadamente frías. Podría llevarlos al laboratorio para mostrarles, pero tendría que insistir en que estén totalmente desinfectados y que se coloquen el equipo de protección apropiado”.

“Realmente apreciamos eso, pero espero no tengamos que llegar a ese punto. ¿Podría explicarnos brevemente de qué tratan los experimentos?”, dijo Avery.

“Por supuesto”, dijo Bryson. Parecía estar alegre de poder ayudar, asumiendo la forma de un maestro expresivo cuando empezaba a explicar algo. “La mayor parte de las pruebas y el trabajo que hacemos aquí con temperaturas muy frías implica ir más allá de lo que se conoce como el límite de acción cuántica. Ese límite es de una temperatura apenas por encima del cero absoluto, aproximadamente diez mil veces más frío que las temperaturas que te encontrarías en el vacío del espacio”.

“¿Y cuál es el propósito de tales pruebas?”, preguntó Avery.

“Ayudar en la investigación y desarrollo de sensores hipersensibles para un trabajo más avanzado. También es una excelente forma para comprender la estructura de ciertos elementos y cómo responden a tales temperaturas extremas”.

“¿Y ustedes son capaces de llegar a esas temperaturas aquí en este edificio?”, preguntó Ramírez.

“No, no en nuestros laboratorios. Estamos trabajando como una especie de extensión del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología ubicado en Boulder. Sin embargo, aquí podemos llegar muy cerca”.

“Y usted dice que solo cuatro personas trabajan aquí”, dijo Avery. “¿Siempre ha sido así?”.

“Bueno, éramos cinco hasta hace aproximadamente un año. Uno de mis colegas tuvo que retirarse. Estaba empezando a tener dolores de cabeza y otros problemas de salud. Simplemente no se sentía bien”.

“¿Renunció por su propia voluntad?”, preguntó Avery.

“Sí”.

“¿Podría darnos su nombre?”.

Un poco preocupado ahora, Bryson dijo: “Su nombre es James Nguyen. Perdónenme por decir esto, pero dudo mucho que sea el hombre que están buscando. Siempre fue muy amable, educado... un hombre tranquilo. También un genio”.

“Aprecio su sinceridad, pero tenemos que seguir cualquier posible pista. ¿Por casualidad sabe cómo podemos comunicarnos con él?”.

“Sí, puedo ubicarles esa información”.

“¿Cuándo fue la última vez que habló con el Sr. Nguyen?”.

“No sé... hace ocho meses, diría yo. Lo llamé una sola vez para ver cómo estaba”.

“¿Y cómo estaba?”.

“Me dijo que bien. Está trabajando como editor e investigador para una revista científica”.

“Gracias por su tiempo, señor Bryson. Sería útil si pudiera ubicarnos la información de contacto del señor Nguyen”.

“Claro”, dijo, viéndose un poco triste. “Un momento”.

Bryson se acercó a la recepcionista detrás del portátil y le habló en voz baja. Ella asintió con la cabeza y comenzó a teclear. Mientras esperaban, Ramírez se volvió a acercar a Avery. Era una sensación extraña. Era difícil conservar una actitud profesional cuando estaba tan cerca.

“¿Mecánica cuántica?”, dijo. “¿Vacíos en el espacio? Creo que esto supera mis habilidades”.

Ella le sonrió, y en ese momento sintió muchas ganas de besarlo juguetonamente. Hizo todo lo posible para mantenerse concentrada. En ese momento, Bryson volvió a acercarse a ellos con una hoja impresa en la mano.

“También supera las mías”, le susurró a Ramírez, sonriéndole de nuevo. “Pero de seguro no me molesta indagar y aprender algo nuevo”.



***



Avery se sorprendía algunos días por lo bien que le salían las cosas. Bryson les había dado el número de teléfono, dirección de correo electrónico y la dirección física de James Nguyen. Avery había llamado a Nguyen y no solo le había respondido, sino que los había invitado a su casa. De hecho, le pareció que eso le produjo alegría.

Por esta razón, cuando ella y Ramírez se acercaron a su puerta delantera cuarenta minutos después, no pudo evitar tener la sensación de que podrían estar perdiendo su tiempo. Nguyen vivía en una casa magnífica de dos pisos en Beacon Hill. Al parecer su carrera en la ciencia había dado sus frutos. A veces Avery admiraba a las personas con mentes matemáticas y científicas. Le encantaba leer textos escritos por ellas o simplemente escucharlas hablar (una de las razones por las que una vez había sentido tanto interés por el canal Discovery y las revistas Scientific American que a veces leía en la biblioteca de la universidad).

En el porche, Ramírez tocó la puerta. Nguyen la abrió casi que inmediatamente. Parecía tener unos sesenta años. Estaba vestido con una camiseta de los Celtics y unos shorts deportivos. Se veía casual, calmado y casi feliz.

Como ya se habían presentado por teléfono, Nguyen los invitó a pasar. Entraron en un vestíbulo que llevaba a una gran sala de estar. Al parecer Nguyen se había preparado para su visita. Había colocado panecillos y tazas de café en lo que parecía ser una mesa de centro muy costosa.

“Por favor tomen asiento”, dijo Nguyen.

Avery y Ramírez se sentaron en el sofá frente a la mesa de centro, mientras que Nguyen se sentó frente a ellos en un sillón.

“Coman lo que quieran”, dijo Nguyen, señalando al café y los panecillos. “Ahora bien, ¿qué puedo hacer por ustedes?”.

“Bueno, como dije por teléfono, hablamos con Hal Bryson y nos dijo que había renunciado a su trabajo con Tecnologías Esben. ¿Podría hablarnos un poco sobre eso?”.

“Sí. Por desgracia, estaba dedicando demasiado de mi tiempo y energía a mi trabajo. Empecé a sufrir de visión doble y cefaleas en racimos. Llegué a trabajar hasta ochenta y seis horas a la semana durante unos siete u ocho meses. Me obsesioné con mi trabajo”.

“¿Con qué aspecto del trabajo, exactamente?”, preguntó Avery.

“En realidad no lo sé”, dijo. “Creo que el hecho de saber que estábamos tan cerca de crear temperaturas en el laboratorio que podrían imitar lo que alguien podría sentir en el espacio. Encontrar formas de manipular elementos con temperaturas me parece casi divino. Puede volverse adictivo. Simplemente no me di cuenta hasta que fue demasiado tarde”.

“Su obsesión con su trabajo se ajusta perfectamente bien a la descripción de la persona a quien estamos buscando”, pensó Avery. Aun así, después de estos minutos de conversación con Nguyen, estaba bastante segura de que Bryson había estado en lo cierto. Era imposible que Nguyen estuviera involucrado.

“¿En qué estaba trabajando exactamente cuando dejó el cargo?”, preguntó Avery.

“Es bastante complicado”, dijo. “Y desde entonces he pasado la página. Pero, en esencia, estaba trabajando para deshacerme del exceso de calor que se produce cuando los átomos pierden su impulso durante el proceso de enfriamiento. Estaba trabajando con unidades cuánticas de vibración y fotones. Ahora, según entiendo, ha sido perfeccionado por nuestra gente en Boulder. Pero, en ese momento, ¡estuve trabajando como loco!”.

“Aparte del trabajo que está haciendo para la revista y las cosas con la universidad, ¿sigue trabajando en eso?”, preguntó.

“En ciertas cosas”, dijo. “Pero solo aquí en la casa. Tengo mi propio laboratorio privado en un espacio de alquiler a pocas cuadras de distancia. Pero no es nada serio. ¿Quieren verlo?”.

Avery sabía que no estaban siendo cebados o ilusionados. Nguyen claramente se sentía muy apasionado por el trabajo que solía hacer. Y cuanto más hablaba de lo que había hecho una vez, más se adentraban en el mundo de la mecánica cuántica, algo que estaba muy lejos de un asesino enloquecido vertiendo un cuerpo en un río helado.

Avery y Ramírez compartieron una mirada, que terminó con un movimiento de cabeza. “Bueno, Sr. Nguyen, realmente apreciamos su tiempo. Le haré una última pregunta. Durante el tiempo que pasó trabajando en el laboratorio, ¿alguna vez se cruzó con algún compañero de trabajo, estudiante, con cualquiera persona que le haya parecido un poco excéntrica o rara?”.

Nguyen se tomó unos momentos para pensar, pero luego negó con la cabeza. “Nadie se me viene a la mente. Por otra parte, todos los científicos somos un poco excéntricos. Pero los llamaré si recuerdo a alguien”.

“Gracias”.

“Y si cambian de opinión y quieren ver mi laboratorio, háganmelo saber”.

“Apasionado por su trabajo y solitario”, pensó Avery. “Maldición... así era yo hasta hace unos meses”.

Se sentía identificada. Y, debido a eso, aceptó gustosamente la tarjeta de presentación de Nguyen cuando se la ofreció en la puerta. Cerró la puerta y Avery y Ramírez se abrieron paso por las escaleras del porche y regresaron a su auto.

“¿Entendiste algo de lo que dijo?”, preguntó Ramírez.

“Muy poco”, respondió.

Pero la verdad era que había dicho una cosa que no podía sacarse de la mente. No la hacía pensar que valía la pena seguir investigando a Nguyen, pero sí le dio una nueva percepción de su asesino.

“Encontrar formas de manipular elementos con temperaturas”, había dicho Nguyen. “Me parece casi divino”.

“Tal vez nuestro asesino está simulando una fantasía divina”, pensó. “Y si él cree que es un dios, podría ser más peligroso de lo que pensamos”.




CAPÍTULO OCHO


El hámster parecía un bloque de hielo peludo cuando lo sacó del congelador. También se sentía como un bloque de hielo. No pudo evitar reírse ante el ruido que hizo cuando lo colocó en la bandeja de horno. Tenía las patas para arriba, un fuerte contraste con la forma en la que habían estado pedaleando hacia atrás y adelante en pánico cuando lo había metido en el congelador.

Eso había sido hace tres días. Desde entonces, la policía había descubierto el cuerpo de la chica en el río. Le había sorprendido lo lejos que había llegado el cuerpo. Hasta Watertown. Y el nombre de la chica era Patty Dearborne. Sonaba pretencioso. Pero esa chica había sido hermosa.

Pensó distraídamente en Patty Dearborne, la chica que había raptado en las afueras del campus de la Universidad de Boston mientras pasaba su dedo a lo largo de la barriga helada del hámster. Había estado tan nervioso, pero había sido bastante fácil. No había tenido la intención de matar a la chica. Las cosas simplemente se le fueron de las manos. Pero todo había salido bien a la final.

La belleza podía ser arrebatada, pero no en una forma mortal. Patty Dearborne también había sido hermosa en la muerte. Cuando desnudó a Patty vio que la chica era perfecta. Había visto un lunar en su zona lumbar y una pequeña cicatriz a lo largo de la parte superior de su tobillo. Pero, aparte de eso, era perfecta.

Había vertido a Patty en el río ya muerta. Había visto las noticias con gran expectativa, preguntándose si serían capaces de traerla de vuelta... preguntándose si el hielo en el que había permanecido por esos dos días había logrado preservarla de alguna manera.

Obviamente ese no había sido el caso.

“Fui descuidado”, pensó, mirando el hámster. “Me llevará algún tiempo, pero lo lograré”.

Esperaba que el hámster fuera parte de eso. Sus ojos aún centrados en su pequeño cuerpo congelado, tomó las dos almohadillas térmicas del mostrador de la cocina. Eran parecidas a las almohadillas utilizadas en el atletismo para aflojar los músculos y relajar las partes tensas del cuerpo. Colocó una de las almohadillas debajo del cuerpo y la otra sobre sus pequeñas patas rígidas.

Estaba seguro de que tendría que esperar bastante. Tenía un montón de tiempo... no tenía prisa. Estaba tratando de burlar a la muerte, y sabía que la muerte no iba a ninguna parte.

Se echó a reír con este pensamiento en su cabeza. Echándole un último vistazo al hámster, se dirigió a su dormitorio. Estaba bastante ordenado, al igual que el baño contiguo. Entró en el baño y se lavó las manos con la eficiencia de un cirujano. Luego se miró en el espejo y contempló su rostro, un rostro que a veces consideraba el de un monstruo.

El lado izquierdo de su rostro tenía daños irreparables. Comenzaba justo debajo de su ojo y llegaba a su labio inferior. Aunque la mayor parte de su piel y tejido se había recuperado en su juventud, había cicatrización y decoloración permanente en ese lado de su rostro. Su boca también parecía estar congelada en una mueca permanente.

Ya a sus treinta y nueve años de edad había dejado de preocuparse por lo feo que se veía. Era la vida que le había tocado. Su madre de mierda ocasionó esta desfiguración. Pero eso ya no importaba... estaba trabajando en arreglarlo. Miró su reflejo mutilado en el espejo y sonrió. Podría tomar años, pero eso tampoco importaba.

“Los hámsteres solo cuestan cinco dólares cada uno”, dijo en voz alta. “Y hay alumnas universitarias bonitas hasta debajo de las piedras”.

Había leído bastante, principalmente en los foros de enfermeras y estudiantes de medicina. Supuso que tenía que dejar las almohadillas colocadas por unos cuarenta minutos si quería que el experimento funcionara. Se descongelaría lentamente, y ese descongelamiento no interrumpiría ni proporcionaría descargas eléctricas al corazón helado.

Pasó esos cuarenta minutos viendo las noticias. Escuchó un segmento respecto a lo sucedido a Patty Dearborne. Se enteró de que Patty estudiaba en la Universidad de Boston y que tenía aspiraciones de convertirse en una consejera. Había tenido un novio y sus padres estaban llorando su muerte. Vio a los padres en la televisión, abrazándose y llorando juntos mientras hablaban con los medios de comunicación.

Apagó el televisor y entró en la cocina. El olor del hámster estaba empezando a inundar la cocina... un olor que no había estado esperando. Corrió al pequeño cuerpo y le retiró las almohadillas.

Su pelaje estaba achicharrado y su barriga estaba ligeramente carbonizada. Tiró el pequeño hámster al suelo. Cuando vio los pequeños rastros de humo, gritó.

Caminó furiosamente por su apartamento por un rato. Como solía suceder, su ira y rabia absoluta eran impulsadas ​​por los recuerdos de un quemador de horno... ardiendo en sus recuerdos de la infancia con el olor de carne quemada.

Sus gritos se volvieron sollozos dentro de cinco minutos. Luego, como si nada fuera de lo común había sucedido, se fue a la cocina y cogió el hámster. Lo tiró a la basura y se lavó las manos en el fregadero de la cocina.

Ahora estaba tarareando. Cuando tomó las llaves del gancho junto a la puerta, se pasó la otra mano por la cicatriz a lo largo del lado izquierdo de su rostro. Cerró la puerta con llave y bajó a la calle. Allí, en medio de una mañana absolutamente hermosa de invierno, se metió en su furgoneta roja y empezó a conducir.

Casi de manera casual, se miró a sí mismo en el espejo retrovisor.

Esa mueca permanente seguía allí, pero no dejó que lo desanimara.

Tenía un trabajo que hacer.



***



Sophie Lentz ya estaba harta de las fraternidades. En realidad también estaba harta de la universidad.

Vana o no, sabía cómo se veía. Obviamente había chicas que eran más bonitas que ella. Pero ella era latina, y tenía ojos oscuros y cabello negro. También podía usar su acento cuando lo necesitaba. Había nacido en Estados Unidos y fue criada en Arizona, pero sangre latina corría por sus venas. La sangre latina jamás había dejado de correr por las venas de sus padres, ni siquiera cuando se mudaron a Nueva York la semana después de que Sophie fue aceptada en Emerson.

Sin embargo, su descendencia latina era más evidente en su aspecto que en su actitud y personalidad. Y todo le había funcionado muy bien en Arizona. Honestamente también había funcionado para ella en la universidad. Pero solo durante su primer año. Pasó ese año experimentando, pero no tanto como su madre probablemente había pensado. Y al parecer se había corrido la voz: Sophie Lentz no era difícil de meter en tu cama y, cuando llegaba allí, más te valía estar preparado porque era una diabla.

Suponía que había peores reputaciones. Pero hoy su reputación la había jodido. Un tipo, que creía se llamaba Kevin, había empezado a besarla y ella lo dejó hacerlo. Pero cuando estuvieron solos y se negó a aceptar un no...

La mano derecha de Sophie todavía le dolía. También tenía un poco de sangre en los nudillos. Frotó la mano en sus jeans ajustados para limpiarse la sangre, recordando el sonido de la nariz del pendejo crujir contra su puño. Estaba furiosa, pero, en el fondo, se preguntó si se lo merecía. No creía en el karma, pero tal vez lo que había hecho el semestre pasado estaba comenzando a pasar factura. Tal vez estaba cosechando lo que había sembrado.

Caminaba por las calles que atraviesan Emerson para regresar a su apartamento. Su compañera de cuarto santurrona sin duda estaría estudiando para alguna prueba, así que al menos no estaría sola.

Estaba a tres cuadras de su apartamento cuando comenzó a sentir una extraña sensación. Miró hacia atrás, segura de que la estaban siguiendo, pero no vio a nadie. Podía ver las formas de personas en una cafetería pequeña a unos pasos detrás de ella, pero nada más. Pensó irritadamente sobre qué tipo de tarados bebían café a las 11:30 de la noche antes de seguir caminando, aún furiosa por lo de Kevin.

Más adelante, en un semáforo, alguien estaba escuchando una canción de hip-hop muy fea. El parachoques del carro vibraba y el bajo sonaba terrible. “Te estás portando como tremenda perra esta noche”, se dijo a sí misma.

Miró su mano derecha un poco inflamada y sonrió. “Sí, estoy siendo una perra”.

Cuando llegó a la intersección en donde había estado el carro, el semáforo cambió y el auto salió disparado. Giró a la derecha en la intersección y vio el edificio de apartamentos en el que vivía. Volvió a sentir esa sensación extraña. Se volvió para mirar detrás de ella y no vio nada. Una pareja caminaba de la mano por la calle. Había varios autos estacionados en la calle y una furgoneta roja conducía hacia el semáforo que acababa de pasar.

Tal vez solo estaba siendo paranoica debido a que un perdedor básicamente había intentado violarla. Eso, más la adrenalina que fluía a través de ella, era una combinación nada saludable. Solo necesitaba llegar a casa para bañarse y acostarse. Tenía que dejar de ir a tantas fiestas.

Se acercó a su apartamento, esperando que su compañera no estuviera en casa. Le haría mil preguntas respecto a por qué había llegado a casa tan temprano. Lo hacía porque era una entrometida y no tenía una vida propia... no porque realmente se preocupaba por ella.

Hizo su camino por las escaleras del edificio. Cuando abrió la puerta y entró, volvió a mirar por la calle, volviendo a sentir esa sensación de estar siendo observada. Las calles estaban vacías. Lo único que vio fue una pareja besándose apasionadamente contra el costado de un edificio de apartamentos cercano. También vio la misma furgoneta roja. Estaba estacionada en el semáforo. Sophie se preguntó si algún hombre cachondo estaba conduciéndola y observando la sesión de besos contra el edificio de apartamentos.

A Sophie se le pusieron los pelos de punta y decidió entrar. La puerta se cerró, dejando la noche detrás de ella. Pero aún sentía esa sensación inquietante.



***



Se despertó cuando su compañera de piso se fue la mañana siguiente. La perra ruidosa probablemente iba a buscar más mangos o papayas para sus batidos de frutas pretenciosos. Sophie estaba bastante segura de que su compañera no tenía clases tan temprano hoy. Miró el reloj y vio que eran las 10:30.

“Mierda”, pensó. Tenía una clase en una hora y no había forma de que llegara a tiempo. Tenía que bañarse, desayunar y luego dirigirse al campus. Gimió, preguntándose cómo se había permitido convertirse en este tipo de chica. ¿Ahora sería una burla? ¿Iba a dejar que su drama personal se interpusiera en el camino de su educación y una mejor vida? El sonido de alguien tocando la puerta principal interrumpió sus pensamientos.

Se quejó y se salió de la cama. Solo llevaba bragas y una camiseta de algodón, pero eso no importaba. Era casi seguro que era su compañera. La idiota probablemente había olvidado su cartera. O las llaves. U otra cosa…




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