Esperando 
Blake Pierce


Las Vivencias de Riley Paige #2
¡Una obra maestra del género del thriller y misterio! El autor hizo un trabajo magnífico desarrollando a los personajes psicológicamente, tanto así que sientes que estás en sus mentes, vives sus temores y aclamas sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido durante todo el libro. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Books and Movie Reviews, Roberto Mattos (sobre Una vez desaparecido) ESPERANDO (Las vivencias de Riley Paige – Libro #2) es el libro #2 en una nueva serie de suspenso psicológico por el autor bestseller Blake Pierce, cuyo libro gratuito y exitoso Una vez desaparecido (Libro #1) ha recibido más de 1. 000 opiniones de cinco estrellas. Riley Paige, la pasante brillante del FBI de 22 años de edad, lucha para descifrar los acertijos del asesino en serie sádico apodado el Asesino Payaso por los medios de comunicación. El problema es que todo se vuelve demasiado personal cuando ella misma se convierte en blanco del asesino y tiene que luchar por su vida. Riley Paige, quien acaba de graduarse de la universidad, es aceptada en el prestigioso programa de prácticas del FBI, y está decidida a hacerse un nombre. Está expuesta a muchos departamentos del FBI y cree que será un verano tranquilo, hasta que un asesino en serie mantiene a todo Washington en ascuas. Conocido como el Asesino Payaso, se viste y pinta a sus víctimas como payasos, y se burla del FBI con acertijos tentadores que envía a los medios de comunicación. Tiene a todos preguntándose si es un payaso. Parece que Riley es la única con una mente lo suficientemente brillante como para decodificar las respuestas. Y, sin embargo, el viaje en la mente de este asesino es demasiado oscura, y la batalla demasiado personal, como para que Riley salga ilesa. ¿Podrá ganar este juego mortal del gato y el ratón?Un thriller lleno de acción con suspenso emocionante, ESPERANDO es el libro #2 de una nueva serie fascinante, con un nuevo personaje querido, que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. Transporta a los lectores veinte años atrás, a los comienzos de la carrera de Riley, y es el complemento perfecto a la serie UNA VEZ DESAPARECIDO (Un misterio de Riley Paige), que incluye 13 libros hasta los momentos. El libro #3 en la serie LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE estará disponible pronto.







E S P E R A N D O



(LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE—LIBRO #2)



B L A K E P I E R C E


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros).



Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto.



Derechos de autor © 2018 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976 y las leyes de propiedad intelectual, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida o distribuida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en un sistema de bases de datos o de recuperación sin el previo permiso del autor. Este libro electrónico está licenciado para tu disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otras personas, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Derechos de autor de la imagen de la cubierta son de Artem Oleshko, utilizada bajo licencia de Shutterstock.com.


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT

EL ESPOSA PERFECTA (Book #1)

EL TIPO PERFECTO (Book #2)



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE

Al LADO (Libro #1)

LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2)

CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE

SI ELLA SUPIERA (Libro #1)

SI ELLA VIERA (Libro #2)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)

ATRAYENDO (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8)

UNA VEZ ACECHADO (Libro #9)

UNA VEZ PERDIDO (Libro #10)

UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11)

UNA VEZ ATADO (Libro #12)

UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13)

UNA VEZ LATENTE (Libro #14)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE DESEE (Libro #3)

ANTES DE QUE ARREBATE (Libro #4)

ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5)

ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6)

ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7)

ANTES DE QUE CACE (Libro #8)

ANTES DE QUE SE APROVECHE (Libro #9)

ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10)

ANTES DE QUE SE DESCUIDE (Libro #11)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)

UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5)

UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)

UN RASTRO DE VICIO (Libro #3)

UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4)

UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5)


CONTENIDO



PRÓLOGO (#ub795a4cd-1de2-57af-83ba-dcfafe6e262d)

CAPÍTULO UNO (#ue407ba99-6594-5a58-8830-28b25365ff6b)

CAPÍTULO DOS (#u2d9df2bd-217e-5948-9ee8-2aee33fdb03b)

CAPÍTULO TRES (#ucd35c1b0-c9a5-5287-9332-e14ed2235b8e)

CAPÍTULO CUATRO (#u07cc8940-1233-55eb-a4d0-6ef6b5629827)

CAPÍTULO CINCO (#u08a056e5-a0ed-579c-8260-3f3ad84fd257)

CAPÍTULO SEIS (#ue6f48b41-89c1-546b-84d7-46cda6852e09)

CAPÍTULO SIETE (#ua1d382cd-6d5f-5853-8dfe-f00ac3ce5091)

CAPÍTULO OCHO (#u69d56734-caa7-5ce2-8d25-0f668e053064)

CAPÍTULO NUEVE (#u8fe207cb-c818-511e-947a-2a09cc92b89f)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)




PRÓLOGO


Janet Davis no estaba consciente de nada excepto el terrible dolor que sentía en su cráneo. Se sentía como si alguien estuviera martillando su cabeza.

Tenía los ojos cerrados. Cuando trató de abrirlos, una luz blanca deslumbrante la cegó, así que tuvo que volverlos a cerrar.

La luz se sentía caliente en su rostro.

«¿Dónde estoy? —se preguntó—. ¿Dónde estaba antes... antes de que esto pasara?»

Entonces comenzó a recordarlo todo…

Había estado tomando fotografías en las marismas cerca del parque Lady Bird Johnson. Los narcisos del parque ya no deberían estar floreciendo a esta fecha de verano, pero las hojas de cornejo estaban muy verdes y se veían hermosas en el atardecer.

Había estado en el puerto deportivo fotografiando los barcos oscuros y la hermosa sombra de la puesta de sol en el agua cuando oyó pasos acercándose rápidamente por detrás. Antes de que pudiera darse la vuelta, sintió un golpe detrás de su cabeza, la cámara salió volando de sus manos y…

«Perdí el conocimiento, supongo», pensó.

Pero ¿dónde estaba ahora?

Estaba demasiado atontada, tanto así que no se sentía asustada. Pero sabía que pronto estaría aterrorizada.

Cayó en cuenta de que estaba tumbada de espaldas sobre una superficie dura.

No podía mover los brazos ni las piernas. Tenía las manos y los pies entumecidos debido a que tenía las muñecas y los tobillos atados.

Pero la sensación más extraña era de unos dedos sobre su rostro, restregando algo suave y húmedo en su piel caliente.

Logró decir con mucho esfuerzo: —¿Dónde estoy? ¿Qué estás haciendo?

Al no obtener respuesta, torció la cabeza para tratar de escapar del movimiento molesto de los dedos pegajosos.

En ese momento, oyó una voz masculina susurrar: —No te muevas.

No tenía intención de quedarse quieta. Siguió retorciéndose hasta que dejó de sentir los dedos sobre su rostro.

Oyó un suspiro desaprobador. Entonces la luz se movió, por lo que ya no estaba brillando sobre su cara.

—Abre los ojos —dijo la voz.

Cuando lo hizo, vio la hoja reluciente de un cuchillo de carnicero frente a ella.

La punta del cuchillo se acercó más y más a su cara, haciendo que sus ojos se cruzaran. Ahora veía dos hojas.

Janet jadeó, y la voz volvió a susurrar: —No te muevas.

Ella se congeló, pero un espasmo de terror sacudió su cuerpo.

La voz siseó: —Te dije que te quedaras quieta.

Hizo que su cuerpo se aquietara. Tenía los ojos abiertos, pero la luz era dolorosamente brillante y caliente, y no podía ver nada con claridad.

El cuchillo se alejó, y los dedos volvieron a frotar su rostro, esta vez alrededor de sus labios. Ella apretó los dientes tan fuerte que podía oírlos rechinar.

—Ya casi —dijo la voz.

A pesar del calor, Janet estaba temblando de miedo.

Los dedos comenzaron a presionar alrededor de sus ojos, y ella tuvo que cerrarlos de nuevo para que lo que el hombre estaba frotando en su cara no se metiera en ellos.

Luego los dedos se alejaron de su cara y pudo abrir los ojos de nuevo. Ahora podía distinguir la silueta de una cabeza grotesca moviéndose en la luz resplandeciente.

Sintió un sollozo aterrorizado salir de su garganta.

—Suéltame —dijo ella—. Suéltame, por favor.

El hombre no dijo nada. Lo sintió toqueteando su brazo izquierdo ahora, atando algo elástico alrededor de su bíceps y luego apretándolo dolorosamente.

Janet entró en pánico y trató de no imaginar lo que estaba a punto de pasar.

—No —dijo ella—. No lo hagas.

Sintió un dedo en su recodo y luego el dolor intenso de una aguja perforando una de sus arterias.

Janet soltó un grito de terror y desesperación.

Cuando sintió la aguja salir, algo extraño pasó dentro de ella.

Su grito de repente se convirtió en risas.

Se estaba riendo descontroladamente, llena de una euforia loca que nunca había experimentado antes.

Se sentía invencible ahora e infinitamente fuerte y poderosa.

Pero cuando volvió a tratar de liberarse de las ataduras alrededor de sus muñecas y tobillos, no cedieron.

Su risa se convirtió en una oleada de furia salvaje.

—Suéltame —siseó—. ¡Suéltame o te juro por Dios que te mataré!

El hombre se echó a reír. Luego inclinó la pantalla de la lámpara de forma que ahora la luz resplandecía sobre su rostro.

Veía el rostro de un payaso, pintado de blanco con enormes ojos extraños y labios dibujados de negro y rojo.

Janet se quedó sin aliento.

El hombre sonrió, sus dientes un color amarillo opaco.

Le dijo: —Van a dejarte atrás.

Janet quería preguntarle: —¿Quiénes? ¿De qué estás hablando? Y ¿quién eres tú? ¿Por qué me estás haciendo esto?

Pero no podía ni respirar ahora.

Volvió a ver el cuchillo en frente de su rostro. Entonces el hombre pasó su punta afilada por su mejilla, por el lado de su cara y luego por su garganta. Sabía que la haría sangrar si aplicaba un poco de presión.

Comenzó a respirar entrecortadamente, y luego a jadear.

Sabía que estaba empezando a hiperventilar, pero no podía controlar su respiración. Sentía su corazón latiendo con fuerza en su pecho. También sentía su pulso violento entre sus orejas.

Ella se preguntó: «¿Qué había en esa jeringa?»

Fuera lo que fuese, estaba comenzando a hacer efecto. No podía escapar de lo que estaba pasando en su propio cuerpo.

Mientras el hombre le acariciaba la cara con la punta del cuchillo, murmuró: —Van a dejarte atrás.

Se las arregló para jadear: —¿Quiénes? ¿Quiénes me van a dejar atrás?

—Ya lo sabes —dijo el hombre.

Janet cayó en cuenta de que estaba perdiendo el control de sus pensamientos. Estaba ansiosa y aterrorizada y se sentía perseguida y victimizada.

«¿A quiénes se refiere?», se preguntó.

Vio destellos de sus amigos, familiares y compañeros de trabajo en su cabeza.

Sin embargo, sus sonrisas familiares y amigables se convirtieron en muecas de desprecio y odio.

«Todos —pensó—. Todos me están haciendo esto. Todas las personas que conozco.»

Una vez más, sintió un ataque de ira.

«Nunca debí confiar en nadie», pensó.

Peor aún, sentía que su piel estaba empezando a moverse. No, que algo se arrastraba por toda su piel.

«¡Insectos! —pensó—. ¡Miles de ellos!»

Trató de zafarse de nuevo.

—¡Quítamelos de encima! —le rogó al hombre—. ¡Mátalos!

El hombre se echó a reír mientras la miraba fijamente. No tenía ninguna intención de ayudarla.

«Él sabe algo —pensó Janet—. Él sabe algo que yo no sé.»

Luego entendió algo: «Los insectos no están arrastrándose sobre mi piel. ¡Están arrastrándose debajo de ella!»

Comenzó a hiperventilar y sus pulmones ardían como si hubiese pasado un largo rato corriendo. Su corazón latía aún más dolorosamente.

Su cabeza estaba llena de muchas emociones violentas: ira, miedo, disgusto, pánico y desconcierto.

¿El hombre había inyectado miles, tal vez millones, de insectos en su torrente sanguíneo?

¿Cómo era posible?

Con una voz que temblaba de ira y autocompasión, le preguntó al hombre: —¿Por qué me odias?

El hombre se echó a reír otra vez y le dijo: —Todos te odian.

Janet ahora no veía muy bien. No era que su visión estaba borrosa. En su lugar, la escena delante de ella parecía estar retorciéndose y saltando por todos lados. Escuchaba sus globos oculares traqueteando en sus cavidades. Así que cuando vio la cara de otro payaso, pensó que estaba viendo doble.

Pero entendió rápidamente que esa cara era diferente. Estaba pintada de los mismos colores, pero con figuras diferentes.

«No es él», pensó.

Debajo del maquillaje, veía rasgos familiares.

Entonces cayó en cuenta: «Soy yo».

El hombre sostenía un espejo frente a su cara. La cara horriblemente escandalosa que veía era la suya.

Ver ese rostro retorcido y con lágrimas la hizo sentir un odio que jamás había sentido antes.

«Tiene razón —pensó—. Todos me odian. Y yo soy mi peor enemiga.»

Como si compartiera su disgusto, las criaturas debajo de su piel comenzaron a moverse como si fueran cucarachas que habían sido expuestas a la luz solar.

El hombre bajó el espejo y volvió a pasar el cuchillo por el lado de su cara.

—Van a dejarte atrás —repitió.

Mientras el hombre pasaba el cuchillo por su garganta, Janet pensó: «Si él me corta, los insectos podrán escapar».

Bueno, la hoja también la mataría. Pero ese parecía un pequeño muy bajo para poder librarse de los insectos y este terror.

Ella dijo entre dientes: —Hazlo. Hazlo ya.

De repente oyó una risa distorsionada, como si un millar de payasos estuvieran regodeándose por la situación en la que se encontraba.

La risa hizo que su corazón latiera mucho más rápido. Janet sabía que su corazón no aguantaría mucho más.

Y no quería que aguantara.

Quería que todo esto parara lo antes posible.

Se encontró tratando de contar sus latidos…

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…

Pero sus latidos estaban empezando a ralentizarse.

Se preguntó qué explotaría primero, si su corazón o su cerebro.

Entonces finalmente oyó su último latido y el mundo se desvaneció…




CAPÍTULO UNO


Riley se echó a reír cuando Ryan le quitó la caja de libros.

—¿Podrías dejarme cargar algo? —le preguntó.

—Todo esto es demasiado pesado —dijo Ryan, llevando la caja hacia la estantería vacía—. No deberías estar levantando nada.

—Por favor, Ryan. Estoy embarazada, no enferma.

Ryan bajó la caja delante de la estantería, se sacudió las manos y dijo: —Puedes sacar los libros de la caja y ponerlos en la estantería.

Riley se volvió a reír. Luego le dijo: —¿Quieres decir que me estás dando permiso para acomodar las cosas en nuestro nuevo apartamento?

Ryan parecía avergonzado ahora. —Eso no es lo que quise decir —dijo—. Es solo que… Bueno, me preocupo.

—Y ya te he dicho varias veces que no hay nada de qué preocuparse —dijo Riley—. Solo tengo seis semanas y me siento muy bien.

No quería mencionar sus náuseas matutinas. Hasta el momento no habían sido tan molestosas.

Ryan negó con la cabeza y le dijo: —Solo no te excedas, ¿de acuerdo?

—Te lo prometo —dijo Riley.

Ryan asintió con la cabeza y se dirigió de nuevo hacia el montón de cajas que aún tenían que desempacar.

Riley abrió la caja de cartón delante de ella y comenzó a poner los libros en los estantes. Le complacía estar sentada haciendo una tarea sencilla. Cayó en cuenta de que su mente necesitaba el descanso más que su cuerpo.

Los últimos días habían sido un torbellino.

De hecho, las últimas dos semanas habían sido bastante agitadas.

El día que había recibido su título de licenciada en psicología de la Universidad de Lanton había sido muy loco, un día que le había cambiado la vida. Inmediatamente después de la ceremonia, un agente del FBI la había reclutado para un programa de prácticas de diez semanas. Justo después de eso, Ryan le había pedido que se fuera a vivir con él en Washington, ya que había encontrado trabajo allí.

Lo sorprendente de todo era que su programa de prácticas y el nuevo trabajo de Ryan quedaban en Washington, DC. Así que ella no había tenido que decidir nada.

«Al menos no se alteró cuando le dije que estaba embarazada», pensó.

De hecho, la noticia al parecer lo había dejado encantado. Se había puesto un poco más nervioso por el hecho de que tendrían un bebé en los días transcurridos desde la graduación, pero lo entendía ya que ella también estaba bastante nerviosa.

Le resultaba difícil de comprender. Apenas iban empezando su vida juntos y pronto estarían compartiendo la mayor responsabilidad del mundo: criar a su propio hijo.

«Más nos vale que estemos listos», pensó Riley.

Entretanto, se sentía extraño estar poniendo sus viejos libros de texto de psicología en los estantes. Ryan había intentado convencerla de que los vendiera, y sabía que probablemente debió haberlo hecho…

«Necesitamos el dinero», pensó.

Aun así, tenía la sensación de que necesitaría estos libros en el futuro, aunque no estaba segura de por qué o para qué.

La caja también contenía muchos libros de derecho de Ryan, los cuales ni siquiera había considerado vender. Probablemente los utilizaría en su nuevo trabajo como abogado de nivel inicial en el bufete de abogados Parsons y Rittenhouse.

A lo que vació la caja y terminó de poner todos los libros en los estantes, Riley se sentó en el piso y se quedó mirando a Ryan, quien se encontraba empujando y reposicionando los muebles como si estuviera tratando de encontrar el lugar perfecto para todo.

Riley contuvo un suspiro y pensó: «Pobre Ryan».

Sabía que no estaba muy contento de haberse mudado a este apartamento de sótano. Había tenido un apartamento más bonito en Lanton, con los mismos muebles que habían traído aquí: una colección gratamente bohemia de artículos de segunda mano.

A ella le parecía que las cosas de Ryan se veían muy bien aquí. Y el apartamento pequeño no le molestaba en absoluto. Se había acostumbrado a vivir en una residencia en Lanton, por lo que este lugar parecía muy lujoso, a pesar de los tubos descubiertos que colgaban sobre el dormitorio y la cocina.

Aunque los apartamentos de los pisos de arriba eran mucho mejores, este era el único que había estado disponible. Cuando Ryan lo visitó por primera vez, no quiso alquilarlo. Pero la verdad era que esto era lo único que podían pagar. No estaban bien financieramente. Ryan había sobregirado su tarjeta de crédito con los gastos de la mudanza, el depósito del apartamento y todo lo demás que habían necesitado para este cambio trascendental en sus vidas.

Ryan finalmente miró a Riley y le dijo: —¿Qué te parece si tomamos un descanso?

—Me parece bien —dijo Riley.

Riley se levantó del piso y se sentó en la mesa de la cocina. Ryan tomó un par de refrescos del refrigerador y se sentó con ella. Los dos se quedaron en silencio y Riley percibió de inmediato que Ryan tenía algo en mente.

Finalmente, Ryan le dio unos golpecitos a la mesa con sus dedos y dijo: —Eh, Riley, tenemos que hablar de algo.

«Eso suena grave», pensó Riley.

Ryan se volvió a quedar callado y tenía una mirada lejana en sus ojos.

—¿Terminarás conmigo? —le preguntó Riley.

Estaba bromeando, obviamente. Pero Ryan no se echó a reír. Parecía que ni siquiera la había escuchado.

—¿Qué? No, nada que ver, es que…

Su voz se quebró, y Riley se sintió muy incómoda.

«¿Qué pasa?», se preguntó Riley.

¿Habían llamado a Ryan para decirle que el trabajo ya no era suyo?

Ryan miró a Riley a los ojos y le dijo: —No te vayas a reír, ¿de acuerdo?

—¿Por qué lo haría? —preguntó Riley.

Temblando un poco, Ryan se levantó de su silla y se arrodilló a su lado.

Y entonces Riley entró en cuenta: «¡Dios mío! ¡Me pedirá matrimonio!»

Y, efectivamente, se echó a reír. Era una risa nerviosa, por supuesto.

Ryan se ruborizó. —Te dije que no te rieras —le dijo.

—No me estoy riendo de ti —dijo Riley—. Adelante, di lo que quieres decir. Estoy bastante segura… Bueno, adelante.

Ryan rebuscó en el bolsillo de su pantalón y sacó una cajita negra. La abrió para revelar un anillo de diamantes modesto pero muy bonito. Riley no pudo evitar jadear.

Ryan tartamudeó: —Eh… Eh, Riley Sweeney, ¿te quieres casar conmigo?

Intentando infructuosamente de contener sus risitas nerviosas, Riley logró decir: —Pues sí. Por supuesto.

Ryan sacó el anillo de la cajita y Riley le tendió la mano izquierda y dejó que se lo pusiera en el dedo.

—Es hermoso —dijo Riley—. Ahora levántate y siéntate conmigo.

Ryan sonrió tímidamente mientras se fue a sentar en la mesa a su lado. —¿Ponerme de rodillas fue demasiado? —le preguntó.

—No, fue perfecto —dijo Riley—. Todo esto es… perfecto.

Se quedó mirando el pequeño diamante en su dedo anular, absorta por un momento. Ya había logrado dejar de reírse, y ahora sentía un nudo de emoción en su garganta.

No había visto esto venir. Ni siquiera se había atrevido a esperarlo, al menos no tan pronto.

Pero aquí se encontraban los dos, tomando otro paso gigante en sus vidas.

Mientras miraba el diamante, Ryan dijo: —Te daré un anillo más bonito algún día.

Riley jadeó y le dijo: —¡Ni se te ocurra! ¡Este será mi único anillo de compromiso!

Pero mientras seguía mirando el anillo, no pudo evitar pensar: «¿Cuánto le habrá costado?»

Como si hubiera leído sus pensamientos, Ryan dijo: —No te preocupes por el anillo.

La sonrisa tranquilizadora de Ryan la hizo calmarse al instante. Sabía que era muy inteligente con el dinero. Probablemente le había salido muy barato. Sin embargo, nunca se lo preguntaría.

Riley vio que la expresión de Ryan se entristeció mientras miraba por el apartamento.

—¿Pasa algo? —le preguntó.

Ryan soltó un suspiro y dijo: —Te daré una vida mejor. Te lo prometo.

Riley se sintió extrañamente sacudida, así que le preguntó: —¿Qué pasa con la vida que tenemos ahora? Somos jóvenes, estamos enamorados, vamos a tener un bebé y…

—Sabes a lo que me refiero —dijo Ryan, interrumpiéndola.

—De hecho, no —dijo Riley.

Un silencio cayó entre ellos.

Ryan suspiró de nuevo y dijo: —No ganaré mucho en este nuevo trabajo que comienzo mañana. No me siento muy exitoso en este momento. Pero es un buen bufete, y si me quedo allí podré ir subiendo poco a poco. Quizá me convierta en socio algún día.

Riley lo miró fijamente y le dijo: —Sí, quizá algún día. Pero este es un buen comienzo. Y me gusta lo que tenemos ahora mismo.

Ryan se encogió de hombros y dijo: —No tenemos mucho. Por un lado, solo tenemos un auto, y yo voy a necesitarlo para ir a trabajar, lo que significa…

Riley interrumpió: —Lo que significa que tendré que tomar el metro hasta el programa de prácticas todas las mañanas. Eso no tiene nada de malo.

Ryan se inclinó sobre la mesa, tomó su mano y le dijo: —Tendrás que caminar dos cuadras desde y hacia la estación de metro más cercana. Y este no es un vecindario tan seguro. Alguien forzó el auto hace unos días. No me gusta que tengas que andar sola. Estoy preocupado.

Riley comenzó a sentirse extraña. No entendía muy bien el por qué.

Ella dijo: —A mí me gusta este vecindario. Siempre he vivido en la zona rural de Virginia. Este es un cambio emocionante, una aventura. Además, sabes que soy fuerte. Mi padre fue un capitán de Marine. Él me enseñó a cuidar de mí misma.

Estuvo a punto de añadir:

—Y sobreviví el ataque de un asesino en serie hace un par de meses, ¿recuerdas?

No solo había sobrevivido ese ataque. También había ayudado al FBI a encontrar al asesino y llevarlo ante la justicia. Por eso le habían ofrecido la oportunidad de unirse al programa de prácticas.

Pero sabía que Ryan no querría escuchar eso ahora mismo. Su orgullo masculino estaba un poco delicado ahora mismo.

Y Riley se dio cuenta de algo: «Realmente me molesta que se sienta así».

Riley escogió sus palabras con cuidado, tratando de no decir lo incorrecto: —Ryan, sabes que no eres el único que tienes que acarrear la responsabilidad de hacer una vida mejor para ambos. Es responsabilidad de ambos. Yo también tendré mi propia carrera.

Ryan apartó la mirada con el ceño fruncido.

Riley contuvo un suspiro mientras pensó: «Dije lo que no debía».

Casi había olvidado que Ryan realmente no quería que asistiera a las prácticas de verano. Tuvo que recordarle que solo eran diez semanas y que no se trataba de entrenamiento físico. Solo vería a agentes trabajar, más que todo en lugares cerrados. Además, pensó que incluso podría llevarla a un trabajo de oficina allí mismo en la sede del FBI.

Se había tranquilizado un poco al respecto, pero desde luego no le entusiasmaba.

Sin embargo, Riley realmente no sabía lo que él preferiría para ella.

¿Quería que fuera madre y ama de casa? Si es así, se decepcionaría.

Pero ahora no era el momento de hablar de todo eso.

«No eches a perder este momento», se dijo Riley a sí misma.

Miró su anillo de nuevo y luego a Ryan.

—Está hermoso —dijo—. Estoy muy feliz. Gracias.

Ryan sonrió y le apretó la mano.

Luego Riley dijo: —¿A quién le daremos la noticia?

Ryan se encogió de hombros y dijo: —No sé. No tenemos amigos aquí en DC. Supongo que podría contactar a algunos amigos de la facultad de derecho. Y tú tal vez podrías llamar a tu papá.

Riley frunció el ceño ante la idea. Su última visita a su padre no había sido agradable. Su relación nunca había sido muy buena.

Además…

—Él no tiene teléfono, ¿recuerdas? —dijo Riley—. Vive solo en las montañas.

—Ah, sí —dijo Ryan.

—¿Y tus padres? —preguntó Riley.

La sonrisa de Ryan se desvaneció un poco.

—Les enviaré una carta para contarles —dijo.

Riley tuvo que contenerse para no preguntar: «¿Por qué no los llamas? Tal vez así pueda por fin hablar con ellos y conocerlos por teléfono».

Aún no había conocido a los padres de Ryan, quienes vivían en el pueblito de Munny, Virginia.

Riley sabía que Ryan había crecido en una familia de clase trabajadora, y que estaba muy ansioso de dejar esa vida atrás.

Se preguntó si sentía vergüenza por ellos o… «¿Está avergonzado de mí? ¿Saben siquiera que estamos viviendo juntos? ¿Estarían de acuerdo con eso?»

Pero antes de que Riley pudiera pensar en la forma correcta de abordar el tema con él, sonó el teléfono.

—No contestemos, que dejen un mensaje —dijo Ryan.

Riley pensó en eso por un momento mientras el teléfono sonaba.

—Podría ser importante —dijo Riley antes de dirigirse al teléfono y contestar la llamada.

Una voz masculina alegre y profesional dijo: —¿Puedo hablar con Riley Sweeney?

—Ella habla —dijo Riley.

—Habla Hoke Gilmer, tu supervisor del programa de prácticas del FBI. Solo quería recordarte que…

Riley dijo con entusiasmo: —¡Sí, ya sé! ¡Estaré allí a las siete de la mañana!

—¡Genial! —respondió Hoke—. Tengo muchas ganas de conocerte.

Riley colgó el teléfono y miró a Ryan. Tenía una mirada melancólica en su rostro.

—Guau —dijo Ryan—. Todo se está volviendo real.

Ella entendía cómo se sentía. Desde su mudanza, rara vez habían estado lejos el uno del otro. Y mañana ambos irían a sus trabajos.

Riley dijo: —Tal vez debamos hacer algo especial juntos.

—Buena idea —dijo Ryan—. Vamos a ver una película en el cine, busquemos un restaurante bonito y…

Riley se echó a reír mientras lo tomó de la mano y lo ayudó a ponerse de pie.

—Tengo una mejor idea —dijo ella.

Riley lo llevó al dormitorio, donde ambos se cayeron sobre la cama entre risas.




CAPÍTULO DOS


Riley se sentía acelerada mientras caminaba desde la parada de metro hacia el gran edificio blanco J. Edgar Hoover.

«¿Por qué estoy tan nerviosa?», se preguntó. Después de todo, acababa de hacer su primer viaje sola en metro por una ciudad gigante, lo que consideraba una pequeña victoria.

Trató de convencerse de que este no era un cambio tan grande, que simplemente iba a la escuela otra vez, al igual que en Lanton.

Pero no pudo evitar sentirse atemorizada y desalentada. Por un lado, el edificio quedaba en Pennsylvania Avenue, justo entre la Casa Blanca y el Capitolio. Ella y Ryan habían pasado por delante del edificio a principios de esta semana, pero apenas estaba cayendo en cuenta de que estaría aprendiendo y trabajando aquí por diez semanas.

Parecía un sueño.

Cruzó la entrada principal y luego el vestíbulo hasta la puerta de seguridad. El guardia de turno encontró su nombre en la lista de visitantes y le dio un carnet de identidad. Le dijo que tomara un ascensor al tercer piso a un pequeño auditorio.

Cuando Riley encontró el auditorio y entró, alguien le entregó un paquete de reglas, reglamentos e información que debía leer más tarde. Se sentó entre una veintena de otros pasantes que parecían ser de su misma edad. Sabía que algunos, como ella, eran graduados universitarios recientes. Otros eran estudiantes que regresarían a la universidad en otoño.

La mayoría de los pasantes eran hombres, y todos ellos estaban bien vestidos. Se sintió un poco insegura de su propio traje de pantalón, el cual había comprado en una tienda de segunda mano en Lanton. Era lo más formal que tenía, y esperaba que la hiciera verse lo suficientemente respetable.

Un hombre de mediana edad no tardó en pararse delante de los pasantes sentados.

Él dijo: —Soy el subdirector Marion Connor, y yo estoy a cargo del programa de prácticas del FBI. Todos deberían estar muy orgullosos de estar aquí hoy. Ustedes son un grupo muy selecto y excepcional, elegido entre miles de solicitantes…

Riley tragó grueso mientras seguía felicitando al grupo.

¡Miles de solicitantes!

Le parecía extraño. Ella jamás había aplicado. Simplemente había sido elegida para el programa justo al graduarse.

«¿Realmente pertenezco aquí?», se preguntó.

El subdirector Connor presentó al grupo a un agente menor. Se trataba de Hoke Gilmer, el supervisor que había llamado a Riley ayer. Gilmer les ordenó a los pasantes a ponerse de pie y levantar sus manos derechas para tomar el juramento del FBI.

Riley sintió un nudo en la garganta cuando comenzó a decir las palabras: —Yo, Riley Sweeney, juro solemnemente que apoyaré y defenderé la Constitución de Estados Unidos contra todos los enemigos extranjeros e internos…

Tuvo que contener sus lágrimas mientras continuó.

«Esto es real —se dijo a sí misma—. Esto está sucediendo realmente.»

No tenía idea de lo que le esperaba, pero estaba segura de que su vida nunca sería la misma.



*



Después de la ceremonia, Hoke Gilmer les dio un recorrido por el edificio J. Edgar Hoover. Riley estaba sorprendida por el tamaño y la complejidad del edificio, y por todas las diferentes actividades que aquí se hacían. Había varias salas de ejercicio, una cancha de baloncesto, una clínica médica, una imprenta, muchos tipos de laboratorios y salas de computadoras, un campo de tiro, e incluso una morgue y un taller mecánico.

Todo le pareció increíble.

Cuando el recorrido terminó, el grupo fue llevado a la cafetería en el octavo piso. Riley se sentía agotada mientras se servía comida en la bandeja, no por lo mucho que había caminado, sino por todo lo que había visto.

¿Qué lograría experimentar durante sus prácticas de diez semanas? Ella quería aprender todo lo posible, lo más rápido posible.

Y quería empezar ahora mismo.

Mientras buscaba un lugar para sentarse, se sintió extrañamente fuera de lugar. Los otros pasantes parecían estar formando amistades y estaban sentados en grupos, charlando con ánimo sobre el día que estaban teniendo. Se dijo a sí misma que debía sentarse entre algunos de sus jóvenes colegas, presentarse y conocer a algunos de ellos.

Pero sabía que no sería fácil.

Riley siempre se había sentido como una forastera. Hacer amigos y encajar nunca había sido algo natural para ella.

Nunca se había sentido más tímida. Y solo era su imaginación, ¿o algunos de los pasantes estaban mirándola y susurrando sobre ella?

Acababa de decidir que se sentaría sola cuando oyó una voz a su lado.

—Eres Riley Sweeney, ¿cierto?

Se volvió y vio a un joven que había llamado su atención en el auditorio y durante el recorrido. Era muy guapo, un poco más alto que ella, robusto, atlético, con el cabello corto y rizado y una sonrisa agradable. Su traje parecía caro.

—Eh, sí —dijo Riley, de repente sintiéndose más tímida que antes. —¿Y tú eres…?

—John Welch. Encantado de conocerte. Te daría la mano, pero… —Asintió hacia las bandejas que ambas llevaban y se echó a reír antes de preguntarle—: ¿Quieres sentarte conmigo?

Riley esperaba que no estuviera sonrojada.

—Sí —le respondió.

Se sentaron en una mesa uno en frente del otro y empezaron a comer.

Riley le preguntó: —¿Cómo sabes mi nombre?

John sonrió con picardía y le dijo: —¿Estás bromeando?

Eso sorprendió a Riley, pero logró contenerse para no decir: —No, para nada.

John se encogió de hombros y dijo: —Casi todos saben quién eres. Supongo que podría decirse que tu reputación te precede.

Riley miró a algunos de los otros estudiantes. Efectivamente, algunos de ellos todavía estaban mirándola y susurrando.

Riley entendió: «Deben saber lo que pasó en Lanton».

Pero ¿cuánto sabían? ¿Eso era algo bueno o malo?

Desde luego no había esperado tener una «reputación» entre los pasantes. Eso la hizo sentirse muy acomplejada.

—¿De dónde eres? —le preguntó a John.

—De DC —dijo John—. Recibí mi título en criminología esta primavera.

—¿De qué universidad? —preguntó Riley.

John se sonrojó un poco y dijo: —Eh… Universidad George Washington.

Riley sintió sus ojos abrirse de par en par ante la mención de una universidad tan cara.

«Debe ser rico», pensó.

También percibió que se sentía un poco incómodo por eso.

—Guau, un título en criminología —dijo Riley—. Yo solo tengo un título en psicología. Me llevas ventaja.

John se echó a reír y dijo: —No creo. Probablemente eres la única pasante del programa con verdadera experiencia de campo.

Riley se sintió verdaderamente sorprendida ahora. ¿Experiencia de campo? No había considerado lo que había pasado en Lanton experiencia de campo.

John continuó: —Ayudaste a localizar y detener a un verdadero asesino en serie. Debió haber sido increíble. Te envidio.

Riley frunció el ceño y se quedó en silencio. No quería decirlo, pero creía que nadie debería envidiar lo que había vivido en Lanton.

¿Qué creía John había sucedido durante esas terribles semanas en Lanton? ¿Tenía alguna idea de lo que había sido encontrar los cuerpos degollados de dos de sus mejores amigas?

¿Sabía cuán horrorizada, desconsolada y culpable se había sentido?

El pensar que su compañera de cuarto, Trudy, todavía estaría viva si Riley la hubiera cuidado mejor la atormentaba.

¿Y tenía alguna idea de lo aterrada que se había sentido en las garras del asesino?

Riley tomó un sorbo de su refresco y comenzó a comer.

Luego dijo: —Fue… bueno, no fue como tú crees. Es solo algo que pasó.

John la miró con preocupación y dijo: —Lo siento. Supongo que no quieres hablar de eso.

—Tal vez en otro momento —dijo Riley.

Cayó un silencio incómodo. No queriendo ser grosera, Riley empezó a hacerle preguntas a John sobre sí mismo. Parecía reacio a hablar de su vida y familia, pero Riley fue capaz de sacarle un poco de información.

Los padres de John eran abogados prominentes que estaban muy involucrados en la política de DC. Riley estaba impresionada, no tanto por lo adinerado que era, sino por la forma en que había elegido un camino diferente al de cualquier otra persona en su familia. En lugar de querer una carrera política prestigiosa, John había elegido una vida más humilde.

«Un verdadero idealista», pensó Riley.

Se encontró comparándolo con Ryan, quien estaba tratando de dejar su humilde pasado atrás y convertirse en un abogado exitoso.

Sí, ella admiraba la ambición de Ryan. Era una de las cosas que más le gustaba de él. Pero no pudo evitar admirar también a John por las decisiones que había tomado.

Mientras hablaban, Riley se dio cuenta de que John estaba coqueteando con ella.

Eso la sorprendió un poco. Su mano izquierda estaba a la vista, por lo que seguramente ya había visto su nuevo anillo de compromiso.

¿Debería mencionar que estaba comprometida? Sentía que eso sería incómodo de alguna manera, sobre todo si no tenía razón.

«Tal vez no está coqueteando conmigo en absoluto», pensó.

John empezó a hacerle preguntas. Sin embargo, no volvió a tocar el tema de los asesinatos en Lanton. Como de costumbre, Riley no habló de ciertos temas: su relación conflictiva con su padre, su adolescencia rebelde y sobre todo que había presenciado el asesinato de su madre de niña.

Riley también se dio cuenta de que, a diferencia de Ryan o John, realmente no tenía mucho que decir sobre sus planes para el futuro.

«¿Qué dice eso de mí?», se preguntó.

Llegó al tema de su relación con Ryan y que se habían comprometido ayer. Sin embargo, no mencionó que estaba embarazada. No notó ningún cambio en particular en el comportamiento de John.

«Supongo que es naturalmente encantador», pensó.

Le alivió el hecho de que se había precipitado. No había estado coqueteando con ella después de todo.

Era un buen tipo y ansiaba conocerlo mejor. De hecho, se sentía bastante segura de que John y Ryan se llevarían bien. Tal vez podrían pasar el rato juntos pronto.

Cuando todos los pasantes terminaron de comer, Hoke Gilmer los llevó a un gran vestuario que sería su sede durante estas diez semanas. Un agente menor estaba ayudando a Gilmer a asignarles un casillero a cada uno de los pasantes. Luego todos los pasantes se sentaron en las mesas y sillas en el centro de la sala y el agente más joven comenzó a repartir teléfonos celulares.

Gilmer explicó: —Ya falta poco para el siglo XXI y al FBI le gusta estar en la vanguardia. No repartiremos buscapersonas este año. Quizá algunos de ustedes ya tengan teléfonos celulares, pero queremos que tengan otro exclusivo para el FBI. Encontrarán instrucciones en el paquete de orientación. —Luego Gilmer se echó a reír cuando añadió—: Espero que no les cueste tanto aprender a usarlos como a mí.

Algunos de los pasantes se echaron a reír.

El teléfono celular se sentía extrañamente pequeño en su mano. Estaba acostumbrada a los teléfonos de casa más grandes y nunca había utilizado un teléfono celular. Aunque había utilizado computadoras en Lanton y algunos de sus amigos tenían teléfonos celulares, ella aún no tenía uno. Ryan ya tenía una computadora y un teléfono celular y a veces se burlaba de Riley por ser chapada a la antigua.

No le gustaba cuando Ryan se burlaba de ella. La verdad era que la única razón por la que no tenía teléfono celular era porque no podía pagarlo.

Este era muy parecido al de Ryan, muy simple, con una pequeña pantalla para mensajes de texto, un teclado numérico, y solo tres o cuatro botones. Aun así, se sentía extraña por el hecho de que ni siquiera sabía hacer una llamada con él. Sabía que también se sentiría rara por el hecho de que podía ser localizada en cualquier momento.

Se recordó a sí misma: «Estoy empezando una nueva vida».

Riley vio que unas personas, la mayoría hombres, acababan de entrar al vestuario.

Gilmer dijo: —Cada uno de ustedes estará siguiendo a un agente especial experimentado durante sus prácticas. Primero les enseñarán sus propias especialidades: análisis de datos sobre delitos, trabajo forense, sala de computación, entre otras cosas. Se los presentaremos y ellos se encargarán de todo desde aquí.

Cuando el agente menor comenzó a emparejar a cada pasante con su agente supervisor, Riley vio que faltaba un agente.

Efectivamente, después de que los pasantes se fueron con sus mentores, Riley se encontró sin un mentor. Miró a Gilmer con perplejidad.

Gilmer sonrió y dijo: —Encontrarás a tu agente supervisor en la sala diecinueve.

Sintiéndose un poco inquieta, Riley salió del vestuario y por el pasillo hasta encontrar la sala correcta. Abrió la puerta y vio a un hombre de mediana edad bajito y con el pecho fuerte y grueso sentado en una mesa.

Riley jadeó en voz alta a lo que lo reconoció.

Era el agente especial Jake Crivaro, el agente con el que había trabajado en Lanton, el hombre que le había salvado la vida.




CAPÍTULO TRES


Riley sonrió cuando reconoció al agente especial Jake Crivaro. Había pasado toda la mañana entre extraños y le alegraba ver una cara conocida.

«Supongo que esto no debería sorprenderme», pensó.

Recordó lo que Jake le había dicho en Lanton cuando le había entregado los documentos para el programa de prácticas:

—Estoy en condiciones de jubilarme, pero podría quedarme un tiempo para ayudar a alguien como tú a empezar.

Debió haber solicitado ser el mentor de Riley.

Pero la sonrisa de Riley se desvaneció rápidamente cuando vio que el agente Crivaro no estaba sonriendo.

De hecho, el agente Crivaro no se veía nada feliz de verla.

Aún sentado en la mesa, cruzó los brazos y asintió con la cabeza hacia un hombre de aspecto amigable de unos veinte años que se encontraba cerca.

Crivaro dijo: —Riley Sweeney, quiero que conozcas al agente especial Mark McCune. Es mi compañero en un caso en el que estoy trabajando.

—Mucho gusto —dijo el agente McCune con una sonrisa.

—Igualmente —dijo Riley.

McCune se veía mucho más amigable que Crivaro.

Crivaro se levantó de la mesa y dijo: —Considérate afortunada, Sweeney. Mientras que los otros pasantes estarán atrapados aquí aprendiendo a utilizar archivadores y clips de papel, tú estarás en el campo. Acabo de llegar de Quantico para trabajar en un caso de drogas. Te unirás a nosotros. Ya nos vamos a la escena.

El agente Crivaro salió de la sala.

Mientras Riley y el agente McCune lo siguieron, Riley pensó: «Me llamó Sweeney».

En Lanton, siempre la había llamado Riley.

Riley le susurró a McCune: —¿El agente Crivaro está molesto por algo?

McCune se encogió de hombros y le susurró de vuelta: —Dímelo tú. Este es mi primer día trabajando con él, pero me dijeron que tú ya trabajaste en un caso con él. Dicen que lo impresionaste mucho. Tiene la reputación de ser un poco brusco. Su último compañero fue despedido.

Riley estuvo a punto de decir: —Eso no lo sabía.

Crivaro nunca había mencionado que tenía un compañero.

Aunque Crivaro había sido duro, nunca le había parecido «brusco». De hecho, lo consideraba una figura paterna amable, una muy distinta a su verdadero padre.

Riley y McCune siguieron a Crivaro hasta un auto en el estacionamiento del edificio del FBI. Nadie habló mientras Crivaro condujo hacia el norte por las calles de DC.

Riley comenzó a preguntarse si Crivaro explicaría lo que tendrían que hacer una vez que llegaran a la escena.

Finalmente llegaron a un vecindario de mala pinta. Las calles estaban llenas de casas adosadas que alguna vez debieron haber sido bonitas pero que ahora estaban muy deterioradas.

Aun conduciendo, el agente Crivaro finalmente habló: —Dos hermanos, Jaden y Malik Madison, llevan dos años aproximadamente manejando un negocio de drogas. Han sido muy descarados al respecto. Hasta venden drogas en la calle, como si fuera un mercado al aire libre. La policía local no ha podido hacer nada para detenerlos.

—¿Por qué no? —preguntó Riley.

Crivaro dijo: —La pandilla anda pendiente de la policía. Además, tenían a todo el vecindario aterrorizado. Hasta hacían disparos desde sus autos en movimiento. Unos niños recibieron disparos por eso. Nadie se atrevía a hablar con la policía sobre lo que estaba pasando. La policía llamó al FBI hace unos días pidiendo ayuda.

Uno de nuestros agentes encubiertos logró detener a Jaden esta mañana. Su hermano, Malik, sigue suelto, y la pandilla se ha dispersado. No serán fáciles de atrapar. Pero gracias al arresto logramos obtener una orden de registro para registrar la casa desde la que habían estado trabajando.

Riley preguntó: —Si los de la pandilla siguen sueltos, ¿no volverán a lo mismo dentro de poco?

McCune dijo: —La policía local puede hacer algo al respecto. Establecerán una comisaría móvil justo en la acera, solo una mesa de picnic y sillas atendidas por un par de agentes uniformados. Trabajarán con los del vecindario para asegurarse de que no se repita lo mismo.

Riley estuvo a punto de decir: —Pero podrían irse a otro vecindario.

Pero sabía que era una estupidez. Obviamente se irían a otro vecindario si no los atrapaban. Y luego la policía y el FBI tendrían que ponerse a trabajar de nuevo. Esa era la naturaleza de este tipo de trabajo.

Crivaro detuvo el auto y señaló la casa más cercana. —La búsqueda ya está en marcha en esa casa. Y estamos aquí para ayudar.

A lo que se bajaron del auto, Crivaro apuntó a Riley con el dedo y le dijo: —Tú no ayudarás en la búsqueda, solamente el agente McCune y yo. Estás aquí para ver y aprender. Así que no te entrometas. Y no toques nada.

Riley sintió un escalofrío al escuchar sus palabras, pero asintió obedientemente.

Un policía uniformado en la puerta abierta los dejó pasar. Riley vio de inmediato que una gran operación ya estaba en progreso. El pasillo estrecho estaba lleno de policías locales y agentes del FBI portando chalecos. Estaban apilando armas y bolsas de drogas en el piso.

Crivaro parecía satisfecho. Le dijo a uno de los hombres del FBI: —Parece que encontraron tremenda mina de oro.

El hombre del FBI se echó a reír y dijo: —Estamos bastante seguros de que esto es solo el comienzo. Tiene que haber un montón de dinero en efectivo por aquí en alguna parte, pero no hemos encontrado nada todavía. Hay muchos lugares para esconder cosas en una casa como esta. Estamos registrando absolutamente todo.

Riley siguió a Crivaro y McCune por un tramo de escaleras hasta el segundo piso.

Ahora veía que la casa, y al parecer las demás que la rodeaban, era más grande de lo que parecía de afuera. A pesar de que era estrecha, también era profunda, con muchas habitaciones a lo largo de los pasillos. Además de las dos plantas que veía, Riley suponía que la casa también tenía un ático y un sótano.

En la parte superior de las escaleras, cuatro agentes estuvieron a punto de chocar con Crivaro cuando salieron de una de las habitaciones.

—No hay nada ahí —dijo uno de los agentes.

—¿Estás seguro? —preguntó Crivaro.

—Buscamos de arriba a abajo —dijo el otro policía.

Entonces una voz gritó desde el interior de la habitación que estaba directamente al otro lado del pasillo: —Oigan, ¡creo que encontré algo!

Riley siguió a Crivaro y McCune al otro lado del pasillo. Antes de que pudiera entrar en la habitación con ellos, Crivaro la detuvo.

—No —le dijo—. Puedes ver desde aquí en el pasillo.

Riley se quedó afuera y vio a cinco hombres registrando la habitación. El que había gritado estaba al lado de una forma rectangular en la pared.

—Parece que solía ser un montaplatos —dijo—. Estoy seguro de que encontraremos algo adentro.

—Ábrelo —dijo Crivaro.

Riley dio un paso adelante para ver lo que estaban haciendo.

Jake la miró y gritó: —Sweeney, ¿qué te dije?

Riley estaba a punto de explicar que no iba a entrar cuando Jake le ordenó a un policía: —Cierra esa maldita puerta.

La puerta se cerró de golpe en el rostro de Riley. Riley estaba en el pasillo sintiéndose sorprendida y avergonzada.

«¿Por qué está tan enojado conmigo?», se preguntó.

Mucho ruido estaba saliendo de la habitación ahora. Era como si alguien estuviera colocando una palanca para el lugar en la pared donde el montaplatos había estado. Riley quería ver lo que estaba pasando, pero obviamente no podía abrir la puerta.

Cruzó el pasillo y entró en la habitación al otro lado, el que los agentes dijeron ya habían registrado. Las sillas y los muebles estaban volcados, y una alfombra estaba arrugada como si alguien la hubiera levantado y luego tirado.

Riley se acercó a la ventana que daba a la calle.

Vio unas personas dispersas moviéndose rápidamente como si tuvieran prisa para llegar a donde iban.

«No se sienten seguros afuera», se dio cuenta.

Eso le pareció muy triste. Se preguntó cuánto tiempo llevaba este vecindario siendo un lugar tan desagradable.

También se preguntó: «¿Realmente estamos haciendo una diferencia?»

Riley trató de imaginarse cómo podría ser la vida aquí después de que establecieran la comisaría móvil. ¿Los vecinos realmente se sentirían más seguros porque había unos policías sentados en una mesa de picnic?

Riley suspiró mientras las personas afuera seguían dirigiéndose a sus destinos.

Se dio cuenta de que ella no formaba parte de esta operación. Y el agente Crivaro ciertamente no mostraba ninguna confianza en ella.

Se apartó de la ventana y se dirigió hacia la puerta. Al cruzar la alfombra arrugada, oyó un sonido extraño bajo sus pies. Se detuvo en seco y se quedó allí por un momento. Luego golpeó el talón contra el piso.

Sonaba extrañamente hueco en el lugar donde estaba parada.

Se acercó al borde de la alfombra y la jaló.

No vio nada raro, solo un piso de madera ordinario.

«Solo es mi imaginación», pensó.

Recordó lo que uno de los agentes había dicho al salir de esta habitación: —Buscamos de arriba a abajo.

Seguramente no encontraría algo que cuatro agentes del FBI habían pasado por alto.

Y, sin embargo, estaba segura de que había oído algo extraño. No lo habría oído si alguien más estuviera moviéndose por la habitación. Lo había oído porque no había nadie aquí.

Volvió a golpear el talón en el piso a unos pasos de ahí. El piso sonaba sólido. Luego se inclinó y dio unos golpecitos con los nudillos en el lugar donde había oído algo.

Efectivamente sonó hueco. No veía ninguna abertura, pero...

Veía que uno de los lados de la tabla del suelo se veía más corta.

Tenía una mancha oscura en un extremo que parecía un nudo común.

Riley apretó el nudo con su dedo.

Dio un salto a lo que la tabla se levantó un poco.

«¡Encontré algo! —pensó—. ¡Realmente encontré algo!»




CAPÍTULO CUATRO


Riley tiró del extremo de la tabla que se había levantado.

Toda la tabla se soltó. La colocó a un lado y vio que definitivamente había un espacio debajo del piso. Riley miró más de cerca. Vio paquetes de efectivo.

Ella gritó: —¡Agente Crivaro! ¡Encontré algo!

Mientras esperaba una respuesta, Riley vislumbró algo más al lado de esos paquetes. Era el borde de un objeto de plástico.

Riley alcanzó el objeto y lo recogió.

Era un teléfono celular, un modelo más sencillo que el que le habían entregado hace un rato. Entendió que este debía ser uno de esos celulares prepago que no podían ser rastreados.

«Un teléfono pre-pagado —pensó—. Debe ser muy útil para un negocio de drogas.»

De repente oyó una voz gritar desde la puerta: —¡Sweeney! ¿Qué diablos estás haciendo?

Riley se volvió y vio al agente Crivaro, su cara roja de la rabia. El agente McCune entró justo detrás de él.

Levantó el teléfono celular y dijo: —Encontré algo, agente Crivaro.

—Ya veo —dijo Crivaro—. Y tus huellas están por todas partes. Dámelo.

Riley le entregó el teléfono celular a Crivaro, quien lo tomó con cuidado con los dedos pulgar e índice y lo metió en una bolsa de pruebas. Vio que tanto él como el agente McCune llevaban guantes.

Riley sintió que su cara se ruborizaba de la vergüenza.

«Metí la pata», pensó.

McCune se arrodilló para mirar dentro del espacio bajo el suelo y dijo: —¡Agente Crivaro! ¡Mira esto!

Crivaro se arrodilló al lado de McCune, quien dijo: —Es el dinero que hemos estado buscando por toda la casa.

—Así es —dijo Crivaro.

Volviéndose hacia Riley de nuevo, Crivaro espetó: —¿Tocaste este dinero?

Riley negó con la cabeza.

—¿Estás segura? —dijo Crivaro.

—Estoy segura —dijo Riley con timidez.

—¿Cómo lo encontraste? —dijo Crivaro, señalando el espacio.

Riley se encogió de hombros y dijo: —Estaba caminando por aquí y oí un sonido hueco bajo el suelo, así que levanté la alfombra y…

Crivaro interrumpió: —Y jalaste la tabla.

—Bueno, no jalé nada. Se levantó sola cuando toqué un determinado lugar.

Crivaro gruñó: —La tocaste. Y el teléfono también. No puedo creerlo. Ahora todo tiene tus huellas.

Riley tartamudeó: —Lo… siento, señor.

—Te sacaré de aquí antes de que sigas estropeando las cosas —dijo Crivaro antes de levantarse del piso y sacudirse las manos—. McCune, que el equipo de búsqueda siga registrando todo. Cuando terminen las habitaciones de esta planta, que registren el ático. No creo que encontremos nada más, pero tenemos que ser exhaustivos.

—Eso haré, señor —dijo McCune.

Crivaro acompañó a Riley al auto. Mientras conducía, Riley le preguntó: —¿Vamos a la sede?

—Hoy no —dijo Crivaro—. Tal vez nunca. ¿Dónde vives? Te llevaré a casa.

Riley le dio su dirección con voz entrecortada de la emoción.

Se encontró recordando lo mucho que había impresionado a Crivaro en Lanton, tanto así que le había dicho: —El FBI necesita jóvenes como tú, especialmente mujeres. Serías una excelente agente de la UAC.

¡Cuánto habían cambiado las cosas!

Y sabía que no era solo por su equivocación. Crivaro había sido frío con ella desde el principio.

Ahora mismo, Riley quería que dijera algo, lo que sea.

Ella preguntó con timidez: —¿Encontraron algo en la habitación al otro lado del pasillo? ¿En el lugar dónde solía estar el montaplatos?

—Nada de nada —dijo Crivaro.

Hubo otro momento de silencio. Riley estaba muy confundida.

Sabía que había cometido un tremendo error, pero…

«¿Qué se suponía que hiciera?», pensó.

Había tenido un presentimiento en esa habitación de que había algo debajo del piso.

¿Debió haberlo ignorado?

Se armó de valor y dijo: —Señor, sé que metí la pata, ¿pero no encontré algo importante? Cuatro agentes registraron esa habitación y no encontraron ese espacio. Estaban buscando dinero en efectivo, y yo lo encontré. ¿Alguien más lo habría encontrado si yo no lo hubiera hecho?

—Ese no es el punto —dijo Crivaro.

Riley luchó contra el impulso de preguntar: —¿Y cuál es el punto?

Crivaro condujo en silencio durante varios minutos. Luego dijo en voz baja: —No sabes todo lo que tuve que hacer para que te admitieran al programa.

Hubo otro momento de silencio. Comenzó a darse cuenta de que Crivaro había hecho mucho por ella, no solo para meterla en el programa sino para ser su mentor. Y probablemente había enojado a algunos de sus colegas, tal vez mediante la exclusión de otros candidatos que podrían haber considerado más prometedores que Riley.

Ahora que entendía, el comportamiento frío de Crivaro comenzaba a tener sentido. No había querido mostrar ningún trato preferencial. De hecho, se había ido al extremo opuesto. Había estado esperando que ella demostrara que era digna sin ningún tipo de aliento de su parte, y pese a las dudas y resentimientos de sus colegas.

Y a juzgar por las miradas y susurros de los otros pasantes, los colegas de Crivaro no eran los únicos resentidos. Este programa había sido cuesta arriba desde el principio.

Y había echado a perder todo con un solo error. Crivaro tenía razón en sentirse decepcionado y enojado.

Riley respiró profunda y lentamente y dijo: —Lo siento. No volverá a suceder.

Crivaro no respondió por un tiempo. Finalmente dijo: —Supongo que quieres una segunda oportunidad. Bueno, déjame decirte que el FBI no suele dar segundas oportunidades. Mi último compañero fue despedido por cometer un error similar, y definitivamente se lo merecía. Un error como ese tiene consecuencias. A veces solo significa echar a perder un caso de tal forma que un tipo malo sale libre. A veces le cuesta a alguien su vida. Hasta puede costarte tu propia vida. —Crivaro la miró con el ceño fruncido—. Entonces, ¿qué crees que debo hacer?

—No lo sé —dijo Riley.

Crivaro negó con la cabeza y dijo: —Yo tampoco. Supongo que ambos debemos consultarlo con la almohada. Tengo que decidir si juzgué mal tus capacidades. Tú tienes que decidir si realmente tienes lo que se necesita para seguir en el programa.

Riley sintió un nudo en la garganta y lágrimas en sus ojos.

«No llores», se dijo a sí misma.

Llorar solo empeoraría aún más las cosas.




CAPÍTULO CINCO


Aún furiosa por el regaño que había recibido por parte de Crivaro, Riley llegó a la casa dos horas antes que Ryan. Cuando Ryan llegó, pareció sorprendido de ver que había llegado tan temprano, pero estaba tan emocionado sobre su propio día que ni siquiera había notado lo molesta que estaba.

Ryan se sentó a la mesa de la cocina con una cerveza mientras Riley calentó comida congelada para los dos. Notó que estaba realmente emocionado por todo lo que estaba haciendo en el bufete de abogados y que tenía muchas ganas de contarle todo. Trató de prestarle mucha atención.

Le habían asignado más tareas de las que había esperado, tales como investigación y análisis, redactar escritos, preparar litigios y otras tareas que Riley apenas entendía. Incluso tendría su primer día en la corte mañana. Solo iba a ayudar a los abogados principales, por supuesto, pero era un verdadero hito para él.

Ryan parecía nervioso, intimidado y tal vez un poco asustado, pero más que todo eufórico.

Riley trató de mantener su sonrisa durante toda la cena ya que quería alegrarse por él.

Finalmente Ryan dijo: —Vaya, sí que he hablado. ¿Y tú? ¿Cómo estuvo tu día?

Riley tragó grueso.

—Nada bien —dijo ella—. De hecho, me fue muy mal.

Ryan se inclinó sobre la mesa, le tomó la mano con una expresión de preocupación sincera y dijo: —Lo siento. ¿Quieres hablar de eso?

Riley se preguntó si hablar de su día la haría sentirse mejor.

«No, solo me echaría a llorar», pensó.

Además, quizá a Ryan no le gustaría el hecho de que había salido a campo. Ambos habían estado seguros de que ella estaría haciendo su entrenamiento a puertas adentro. Bueno, no había estado en peligro ni nada…

—Prefiero no entrar en detalles —dijo Riley—, pero ¿recuerdas al agente especial Crivaro, el que me salvó la vida en Lanton?

Ryan asintió con la cabeza.

Riley continuó: —Bueno, es mi mentor. Pero duda si de verdad tengo lo que se necesita para estar en el programa. Y… supongo que yo también tengo mis dudas. Tal vez todo esto fue un error.

Ryan le apretó la mano y no dijo nada.

Riley anhelaba que dijera algo. Pero ¿qué es lo que quería que dijera?

¿Qué esperaba que dijera?

Después de todo, a Ryan no le había gustado mucho la idea del programa de prácticas desde el principio. Probablemente estaría feliz si se retirara o la expulsaran.

Finalmente Ryan dijo: —Mira, tal vez no es el momento para que estés haciendo esto. Digo, estás embarazada, acabamos de mudamos a este nuevo lugar y acabo de empezar en Parsons y Rittenhouse. Tal vez deberías esperar hasta que…

—Hasta ¿qué? —dijo Riley—. ¿Hasta que sea una mamá criando a un hijo? Eso no va a funcionar.

Los ojos de Ryan se abrieron de par en par ante el tono amargo de Riley. Hasta a Riley le sorprendió escuchar esa amargura en su propia voz.

—Lo siento —dijo ella—. No fue mi intención contestarte así.

Ryan dijo en voz baja: —Riley, vas a ser una mamá criando a un hijo. Vamos a ser padres. Es una realidad que ambos tenemos que aceptar, ya sea si sigues en el programa o no.

Riley tenía muchas ganas de llorar. El futuro parecía tan turbio y misterioso.

Ella preguntó: —¿Qué voy a hacer si no estoy en el programa? No puedo pasar todo el día metida en el apartamento.

Ryan se encogió de hombros y dijo: —Bueno, puedes buscar un trabajo para ayudar con los gastos. Tal vez algún tipo de trabajo temporal, algo que puedas dejar fácilmente cuando te aburras. Tienes toda la vida por delante. Tienes mucho tiempo para descubrir lo que realmente quieres hacer. Pero sé que algún día seré tan exitoso que ni siquiera tendrías que trabajar si no quisieras.

Ambos se quedaron callados por un momento.

Luego Riley dijo: —Entonces ¿crees que debería abandonar el programa?

—Lo que yo creo no importa —dijo Ryan—. Es tu decisión. Y sea lo que sea que decidas, trataré de apoyarte.

No hablaron más durante el resto de la cena. Cuando terminaron de comer, que pusieron a ver televisión un rato. Riley no podía concentrarse en lo que estaban viendo. Seguía pensando en lo que el agente Crivaro le había dicho: —Tienes que decidir si realmente tienes lo que se necesita para seguir en el programa.

Cuanto más Riley lo pensaba, más dudas e incertidumbre sentía.

Después de todo, tenía que pensar también en Ryan, el bebé e incluso en el agente Crivaro.

Recordó otra cosa que su mentor le había dicho: —No sabes todo lo que tuve que hacer para que te admitieran al programa.

Y mantenerla en el programa no le facilitaría las cosas a Crivaro. Muchos de sus colegas probablemente estaban criticándolo y diciéndole que Riley no pertenecía en el programa, y más aún si no cumplía con sus expectativas.

Y hoy de seguro no había cumplido con sus expectativas.

Ryan finalmente se duchó y se fue a la cama. Riley se sentó en el sofá y siguió reflexionando.

Finalmente cogió un bloc de notas y comenzó a redactar una carta de renuncia a Hoke Gilmer, el supervisor del programa de entrenamiento. Le sorprendió lo bien que la hizo sentir redactar la carta. Cuando terminó, sentía que se había quitado un peso de encima.

«Esta es la decisión correcta», pensó.

Decidió que se levantaría temprano mañana, le diría a Ryan la decisión que había tomado, redactaría la carta en su computadora y luego la imprimiría y enviaría por correo. También llamaría al agente Crivaro, quien seguramente se sentiría aliviado.

Luego se fue a la cama, sintiéndose mucho mejor. Se quedó dormida en un santiamén.



Riley se encontraba entrando en el edificio J. Edgar Hoover.

«¿Qué estoy haciendo aquí?», se preguntó.

Entonces miró el bloc de notas en su mano y la carta que había redactado.

«Ah, sí —recordó—. Vine a entregarle la carta al agente Gilmer personalmente.»

Tomó el ascensor y luego entró en el auditorio donde los pasantes se habían reunido ayer.

Le alarmó ver que todos los pasantes estaban sentados en el auditorio, observando todos sus movimientos. El agente Gilmer estaba en frente del auditorio, mirándola con los brazos cruzados.

—¿Qué quieres, Sweeney? —preguntó Gilmer, sonando mucho más severo que ayer.

Riley miró a los pasantes, quienes la miraban con desaprobación.

Luego le dijo a Gilmer: —No le quitaré más tiempo. Solo necesito entregarle esto.

Riley le entregó el bloc de notas.

Gilmer levantó sus anteojos para leer para mirar el bloc de notas.

—¿Qué es esto? —preguntó.

Riley abrió la boca para decir: —Es mi carta de renuncia al programa.

Pero en su lugar, otras palabras salieron de su boca: —Yo, Riley Sweeney, juro solemnemente que apoyaré y defenderé la Constitución de Estados Unidos contra todos los enemigos extranjeros e internos…

Se alarmó a lo que se dio cuenta: «Estoy recitando el juramento del FBI».

Y no podía parar.

—… y que consignaré con verdadera fe y alianza con la misma…

Gilmer señaló el bloc de notas y volvió a preguntar: —¿Qué es esto?

Riley quería explicar lo que realmente era, pero no podía dejar de recitar el juramento:

—… asumo esta obligación libremente, sin reserva mental alguna o propósito de evadirla…

La cara de Gilmer estaba transformándose en otra cara. Ahora era Jake Crivaro, y se veía muy enojado. Agitó el bloc de notas en su cara.

—¿Qué es esto? —espetó.

A Riley le sorprendió ver que no había nada escrito allí en absoluto.

Oyó los demás pasantes murmurando en voz alta, repitiendo el mismo juramento.

Entretanto, ella se acercaba al final del juramento: —… emprenderé bien y con lealtad los deberes del cargo que estoy por aceptar. Que Dios me ayude.

Crivaro parecía furioso ahora. —¿Qué diablos es esto? —preguntó, señalando el papel amarillo en blanco.

Riley trató de decirle, pero no podía hablar.



Los ojos de Riley se abrieron de golpe cuando escuchó un zumbido desconocido.

Estaba tumbada en la cama al lado de Ryan.

«Fue un sueño», pensó.

Pero el sueño definitivamente significaba algo. De hecho, lo era todo. Había tomado un juramento, y ya no había marcha atrás. Y eso significaba que no podía abandonar el programa. No se trataba de algo legal. Era personal. Era una cuestión de principios.

«¿Y si me echan? ¿Qué hago si me echan?», pensó.

También se preguntó qué era ese zumbido que escuchaba.

Todavía medio dormido, Ryan gimió y murmuró: —Contesta tu maldito teléfono, Riley.

Entonces Riley recordó el teléfono celular que le habían entregado ayer en el edificio del FBI. Rebuscó en la mesa de noche hasta que la encontró. Luego, se salió de la cama, salió de la habitación y cerró la puerta detrás de ella.

Le tomó un momento descubrir qué botón pulsar para tomar la llamada. Cuando finalmente lo hizo, oyó una voz familiar.

—¿Sweeney? ¿Te desperté?

Era el agente Crivaro, sonando nada amigable.

—No, por supuesto que no —dijo Riley.

—Mentirosa. Son las cinco de la mañana.

Riley suspiró profundamente. Se dio cuenta de que se sentía mal del estómago.

Crivaro dijo: —¿Cuánto tiempo te tomará vestirte?

Riley lo pensó por un momento y luego dijo: —Eh, quince minutos, supongo.

—Estaré afuera de tu edificio en diez.

Crivaro finalizó la llamada sin decir nada más.

«¿Qué es lo que quiere? —se preguntó Riley—. ¿Vino a despedirme personalmente?»

De repente sintió una creciente ola de náuseas. Sabían que eran náuseas matutinas, las peores que había experimentado hasta ahora durante su embarazo.

Soltó un gemido y pensó: «Justo lo que necesito en este momento».

Luego corrió al baño.




CAPÍTULO SEIS


Cuando Jake Crivaro se detuvo en el edificio de apartamentos, Riley Sweeney ya estaba esperándolo afuera. A lo que se subió al auto, Jake notó que se veía un poco pálida.

—¿Te sientes bien? —preguntó.

—Sí, estoy bien —dijo Riley.

«No se ve bien —pensó Jake—. Tampoco suena bien».

Jake se preguntó si tal vez había salido de fiesta anoche. Los jóvenes pasantes hacían eso a veces. O tal vez se tomó unos tragos de más en su casa. Ciertamente había parecido desanimada ayer. No era de extrañar, dado el regaño que le había dado. Tal vez había tratado de ahogar sus penas.

Jake esperaba que su resaca no le impidiera trabajar.

Riley le preguntó: —¿Adónde vamos?

Jake vaciló por un momento y luego dijo: —Mira, vamos a empezar de cero hoy.

Riley lo miró con una expresión vagamente sorprendida.

Jake continuó: —La verdad es que lo que hiciste ayer… Bueno, no fue una metida de pata del todo. Encontraste el dinero de los hermanos Madison. Y ese teléfono pre-pagado resultó ser bastante útil. Tenía bastantes números de teléfono importantes, lo que hizo posible que los policías agarraran a algunos miembros de la pandilla, incluyendo a Malik Madison, el hermano que todavía estaba suelto. Fue estúpido de su parte comprar un teléfono pre-pagado y no botarlo luego de usarlo. Pero supongo que creyeron que nadie lo encontraría. —Él la miró y añadió—: Pues se equivocaron.

Riley seguía mirándolo, como si le estuviera costando entender lo que estaba diciendo.

Jake resistió el impulso de decir: —Perdona por lo de antes.

En su lugar, dijo: —Pero tienes que seguir las instrucciones. Y tienes que respetar los procedimientos.

—Entiendo —dijo Riley—. Gracias por darme otra oportunidad.

Jake gruñó por lo bajo. Se recordó a sí mismo que no quería alentarla demasiado.

Pero se sentía mal por la forma en que la había tratado ayer.

«Estoy exagerando», pensó.

Había enfadado a algunos colegas en Quantico por admitir a Riley al programa. Un agente en particular, Toby Wolsky, había querido que su sobrino Jordan fuera pasante este verano, pero Jake había admitido a Riley en su lugar. Tuvo que hacer muchas cosas, incluso cobrar unos favores, para lograrlo.

Jake no consideraba a Wolsky buen agente, y no tenía ninguna razón para creer que su sobrino tenía potencial. Pero Wolsky tenía amigos en Quantico que ahora estaban descontentos con Jake.

Jake lo entendía de cierta forma.

Para ellos, Riley solo era una licenciada en psicología que ni siquiera había considerado una carrera en el FBI.

Y la verdad era que Jake tampoco sabía mucho más sobre ella, excepto que tenía excelentes instintos. Recordaba la facilidad con la que había entendido los pensamientos del asesino en Lanton, con solo un poco de su ayuda. Aparte de sí mismo, Jake no había conocido a muchas personas con tales instintos, instintos que muy pocos agentes podrían comprender.

Obviamente no podía descartar la posibilidad de que lo que había hecho en Lanton había sido poco más que un golpe de suerte.

Tal vez hoy tendría una mejor idea de lo que era capaz.

Riley volvió a preguntar: —¿Adónde vamos?

—A una escena del crimen —dijo Jake.

No quería decirle nada más hasta que llegaran.

Quería observar cómo reaccionaba a una situación muy extraña.

Y por lo que había oído, esta escena del crimen era demasiado extraña. El FBI lo llamó para que fuera a la escena hace poco, y todavía le estaba costando creer lo que le habían dicho.

«Ya veremos, supongo», pensó.



*



Riley se estaba sintiendo un poco mejor.

Sin embargo, quería saber de qué se trataba todo esto.

«Una escena del crimen», pensó.

Nunca había esperado ir a una escena del crimen durante su entrenamiento, y mucho menos en su segundo día. El día anterior había sido bastante inesperado.

No estaba segura de cómo se sentía al respecto.

Pero estaba bastante segura de que esto no le gustaría a Ryan en absoluto.

Cayó en cuenta de que aún no le había dicho a Ryan que estaba siguiendo a Jake Crivaro. Ryan tampoco estaría de acuerdo con eso. Ryan había desconfiado de Crivaro desde el principio, sobre todo por la forma en que había ayudado a Riley a meterse en la mente de un asesino.

Recordó lo que Ryan había dicho sobre uno de esos episodios: —¿Me estás diciendo que el tipo ese del FBI, Crivaro, jugó juegos mentales contigo? ¿Por qué? ¿Solo por diversión?

Riley obviamente sabía que Crivaro no la había hecho pasar por todo eso «solo por diversión».

Todo había sido muy serio. Esas experiencias habían sido absolutamente necesarias. Habían ayudado a atrapar al asesino.

«Pero ¿qué tipo de cosas experimentaré ahora?», se preguntó Riley.

Crivaro parecía estar siendo deliberadamente críptico.

Cuando estacionó el auto a lo largo de una calle con casas a un lado y un campo abierto al otro, vio que había dos patrullas y una furgoneta oficial cerca.

Antes de salirse del auto, Crivaro le dijo: —Recuerda las malditas reglas. No toques nada. Y no hables a menos que te dirijan la palabra. Solo estás aquí para vernos trabajar.

Riley asintió. Pero algo en la voz de Crivaro la hizo sospechar que esperaba algo más de ella.

Ojalá supiera qué.

Riley y Crivaro se salieron del auto y entraron en el campo. El campo estaba lleno de basura, como si algún gran evento público hubiera tenido lugar ahí recientemente.

Otras personas, algunas uniformadas, estaban cerca de un grupo de árboles y arbustos. Una gran área alrededor de ellas estaba acordonada con cinta amarilla policial.

Mientras Riley y Crivaro se acercaron al grupo, notó que los arbustos habían ocultado algo en el suelo.

Riley jadeó ante lo que vio y volvió a sentir náuseas.

Tendido en el suelo estaba un payaso de circo muerto.




CAPÍTULO SIETE


Riley se sintió tan mareada que creyó que iba a desmayarse.

Logró mantenerse en pie, pero luego sintió que iba a vomitar, como lo había hecho en el apartamento.

«Esto no puede ser real —pensó—. Esto tiene que ser una pesadilla.»

Los policías y las otras personas estaban parados alrededor de un cuerpo que estaba disfrazado de payaso. El traje era brillante y tenía enormes pompones de botones. Un par de zapatos descomunales completaba el atuendo.

La cara blanca rígida tenía una sonrisa extraña pintada, una nariz roja brillante y ojos y cejas exageradas. Una peluca roja enorme enmarcaba su cara. Había un toldo amontonado al lado del cuerpo.

Riley vio que el cuerpo era el de una mujer.

Ahora que se sentía un poco mejor, notó un olor característico y desagradable en el aire. Dudaba de que el olor provenía del cuerpo, ya que había basura por todas partes. El sol de la mañana estaba realzando el olor de la misma.

Un hombre que llevaba una chaqueta blanca estaba arrodillado al lado del cuerpo, estudiándolo cuidadosamente. Crivaro lo presentó como Victor Dahl, el médico forense de DC.

Crivaro negó con la cabeza y le dijo a Dahl: —Esto es aún más raro de lo que esperaba.

Dahl dijo a lo que se puso de pie: —Sí, muy extraño. Y es igual que la última víctima.

«¿La última víctima?», pensó Riley.

¿Otra payasa había sido asesinada como esta?

—Me llamaron hace poco —les dijo Crivaro a Dahl y los policías—. Tal vez pueden poner a mi aprendiz al corriente. Ni yo sé todos los detalles.

Dahl miró a Riley y vaciló por un momento. Riley se preguntó si se veía tan enferma como se sentía. Pero luego el médico forense comenzó a explicar: —El sábado por la mañana un cuerpo fue encontrado en el callejón detrás de un cine. La víctima fue identificada como Margo Birch, y ella estaba disfrazada más o menos como esta víctima. Los policías pensaron que se trataba de un asesinato raro, pero único en su clase. Luego este cadáver apareció anoche. Otra joven maquillada y disfrazada de la misma forma.

En ese momento, Riley entendió. No era una verdadera payasa. Esta era una joven común y corriente disfrazada de payasa. Dos mujeres habían sido disfrazadas y asesinadas.

Crivaro añadió: —Y fue entonces cuando se convirtió en un caso del FBI.

—Eso es correcto —dijo Dahl, mirando alrededor del campo cubierto de basura—. Aquí estuvo un carnaval que duró unos días. Terminó el sábado. Esta basura es de ese carnaval. El campo aún no ha sido limpiado. Anoche, alguien del vecindario vino con un detector de metales, buscando monedas. Encontró el cuerpo, el cual estaba cubierto por ese toldo.

Riley se volvió y vio que Crivaro la observaba con atención.

¿Estaba simplemente asegurándose de que no estaba entrometiéndose? ¿O estaba monitoreando sus reacciones?

Ella preguntó: —¿Esta mujer ya fue identificada?

Uno de los policías dijo: —Todavía no.

Crivaro añadió: —Estamos centrados en el informe de una persona desaparecida en particular. Ayer por la mañana una fotógrafa profesional llamada Janet Davis fue reportada como desaparecida. Había estado tomando fotos en el parque Lady Bird Johnson la noche anterior. Los policías se preguntan si esta podría ser ella. El agente McCune está con su esposo ahora mismo. Tal vez pueda ayudarnos a identificarla.

Riley escuchó sonidos de vehículos deteniéndose cerca en la calle. Vio que un par de furgonetas de prensa acababan de llegar a la escena.

—Maldita sea —preguntó uno de los policías. —Hemos logrado mantener bajo cuerdas lo del otro asesinato. ¿Deberíamos volverla a tapar?

Crivaro soltó un gruñido de fastidio a lo que un equipo de noticias se salió de una de las furgonetas con una cámara y un micrófono. El equipo corrió al campo.

—Es muy tarde para eso —dijo—. Ya vieron a la víctima.

A medida que se acercaban otros vehículos de distintos medios de comunicación, Crivaro y el médico forense movilizaron a los policías para tratar de mantener a los reporteros lo más lejos posible de la cinta policial.

Entretanto, Riley miró a la víctima y se preguntó: «¿Cómo murió?»

No había nadie a quien preguntarle ahora mismo. Todo el mundo estaba ocupado con los reporteros, quienes estaban haciendo muchas preguntas.

Riley se inclinó sobre el cuerpo y se dijo a sí misma: «No toques nada».

Riley vio que los ojos y la boca de la víctima estaban abiertos. Había visto esa misma expresión aterrorizada antes.

Recordaba muy bien cómo se habían visto sus dos amigas degolladas en Lanton. Sobretodo recordaba las grandes cantidades de sangre en los pisos de las habitaciones de residencia.

Pero no había sangre aquí.

Vio lo que parecía ser unos pequeños cortes en la cara y el cuello de la mujer que se veían a través del maquillaje blanco.

¿Qué significaban esos cortes? Seguramente no eran lo suficientemente grandes ni profundos como para haber sido letales.

También notó que el maquillaje no había sido bien aplicado.

«No se lo aplicó ella misma», pensó.

No, alguien más lo había hecho, tal vez contra su voluntad.

Luego Riley sintió un extraño cambio en su conciencia, algo que no había sentido desde aquellos terribles días en Lanton.

Se le puso la piel de gallina cuando cayó en cuenta de qué se trataba.

Estaba sintiendo la mente del asesino.

«Él la disfrazó», pensó.

Probablemente le había puesto el disfraz después de que murió, pero todavía había estado consciente cuando le puso el maquillaje. A juzgar por sus ojos muertos y abiertos, había estado muy consciente de lo que le estaba sucediendo.

«Y él lo disfrutó —pensó—. Disfrutó de su terror cuando la pintó.»

Ahora Riley entendía los pequeños cortes.

«La aterrorizó con un cuchillo. Se burló de ella, hizo que se preguntara cómo la mataría», pensó.

Riley jadeó y se puso de pie. Sintió otra oleada de náuseas y mareos y estuvo a punto de caerse otra vez, pero alguien la agarró por el brazo.

Se dio la vuelta y vio que Jake Crivaro no la había dejado caer.

Estaba mirándola directamente a los ojos. Riley sabía que entendía exactamente lo que acababa de pasar.

Con voz ronca y horrorizada, le dijo: —La mató de miedo. Murió de miedo.

Riley oyó a Dahl jadear de sorpresa.

—¿Quién te dijo eso? —dijo Dahl, caminando hacia Riley.

Crivaro le dijo: —Nadie se lo dijo. ¿Es verdad?

Dahl se encogió de hombros y dijo: —Tal vez. O algo parecido, si es que murió como la otra víctima. Encontramos una dosis fatal de anfetaminas en el torrente sanguíneo de Margo Birch que hizo que su corazón dejara de latir. Esa pobre mujer debió haber estado aterrorizada. Tendremos que hacerle un análisis toxicológico a esta nueva víctima, pero… —Su voz se quebró, y luego le preguntó a Riley—: ¿Cómo lo supiste?

Riley no tenía idea qué decir.

Crivaro dijo: —Es lo que hace. Es por eso que está aquí.

Riley se estremeció ante esas palabras y se preguntó: «¿Realmente quiero ser buena en esto?»

También se preguntó si tal vez debió haber enviado esa carta de renuncia después de todo.

Tal vez no debería estar aquí.

Estaba segura de que Ryan estaría horrorizado si supiera dónde estaba en este momento y lo que estaba haciendo.

Crivaro le preguntó a Dahl: —¿Qué tan difícil sería para el asesino hacerse con esta anfetamina en particular?

—Desafortunadamente, es muy fácil de encontrar en las calles —respondió el médico forense.

El celular de Crivaro sonó y él lo miró. —Es el agente McCune. Tengo que tomar esta llamada.

Crivaro dio un paso atrás y contestó la llamada. Dahl siguió mirando a Riley como si fuera un monstruo.

«Tal vez tiene razón», pensó.

Entretanto, escuchaba algunas de las preguntas que los reporteros estaban haciendo:

—¿Es cierto que el asesinato de Margo Birch fue parecido a este?

—¿Margo Birch estaba disfrazada igual?

—¿Por qué este asesino está disfrazando a sus víctimas de payasas?

—¿Esto es obra de un asesino en serie?

—¿Habrá más asesinatos como este?

Riley recordó lo que uno de los policías acababa de decir: —Hemos logrado mantener lo del otro asesinato bajo cuerdas.

Sin embargo, muchos rumores habían circulado ya. Y ya no tenía sentido seguir negando la verdad.

Los policías estaban tratando de decir lo menos posible en respuesta a las preguntas. Pero Riley recordó lo agresivos que habían sido los reporteros en Lanton. Entendía por qué Jake y los otros policías se molestaron cuando llegaron. Los medios solo le dificultarían aún más las cosas.

Crivaro caminó de vuelta a Riley y Dahl y se metió el celular en el bolsillo. Luego dijo: —McCune habló con el esposo de la mujer desaparecida. El pobre está muy preocupado, pero le dijo a McCune algo que podría ser de ayuda. Dijo que tiene un lunar justo detrás de la oreja derecha.

Dahl se inclinó y miró detrás de la oreja de la víctima. —Es ella —dijo. —¿Cómo dijiste que se llamaba?

—Janet Davis —dijo Crivaro.

Dahl negó con la cabeza. —Bueno, al menos identificamos a la víctima. Deberíamos sacarla de aquí. Ojalá no tuviéramos que lidiar con rigor mortis.

Riley vio al equipo de Dahl cargar el cadáver en una camilla. No les resultó fácil. El cuerpo estaba rígido como una estatua, y las extremidades hinchadas sobresalían de debajo de la sábana blanca que lo cubría.

Los reporteros miraron boquiabiertos mientras la camilla traqueteaba hacia la furgoneta del forense.

A lo que el cuerpo desapareció en la furgoneta, Riley y Crivaro se abrieron paso entre los reporteros y regresaron a sus propios vehículos.

Riley le preguntó a dónde iban ahora.

—A las oficinas —dijo Crivaro—. McCune me dijo que algunos policías han estado registrando el parque Lady Bird Johnson, donde Janet Davis desapareció. Encontraron su cámara. Debió habérsele caído cuando fue secuestrada. La cámara está ahora en las oficinas del FBI. Vamos a ver lo que los de tecnología pueden encontrar. Tal vez tengamos suerte y nos proporcione alguna prueba.

La palabra «suerte» sacudió a Riley.

Parecía extraño usar esa palabra dado lo desafortunada que había sido esta mujer asesinada.

Pero Crivaro obviamente lo había dicho en serio. Se preguntó cuánto lo había endurecido este trabajo con los años. ¿Estaba completamente inmune al horror? No lo sabía.

—Además, el esposo de Janet Davis dejó a McCune mirar las fotos que había tomado durante los últimos meses. McCune encontró unas fotos que había tomado en una tienda de disfraces —continuó Crivaro.

Riley sintió un cosquilleo de interés.

Ella preguntó: —¿Te refieres a una tienda que podría vender disfraces de payaso?

Crivaro asintió con la cabeza y dijo: —Suena interesante, ¿no es así?

—¿Qué significa eso? —dijo Riley.

Crivaro dijo: —Es difícil de decir. Sin embargo, Janet Davis estaba lo suficientemente interesada en disfraces como para tomarle fotos. Su esposo recuerda que le habló de eso, pero no recuerda dónde fue que tomó las fotos. McCune ahora está tratando de encontrar la tienda en donde las tomó. Me llamará cuando la encuentre. No creo que le tome mucho tiempo.

Crivaro se quedó callado por un momento.

Luego miró a Riley y le preguntó: —¿Cómo lo llevas?

—Bien —dijo Riley.

—¿Estás segura? —preguntó Crivaro—. Te ves pálida, como si no te sintieras bien.

Obviamente eso era cierto. Estaba afectada por las náuseas matutinas y el shock de lo que había visto. Pero no quería decirle a Crivaro que estaba embarazada.

—Estoy bien —insistió Riley.

Crivaro dijo: —Supongo que tienes algún presentimiento respecto al asesino.

Riley asintió sin decir nada.

—¿Algo más que debería saber, aparte de la posibilidad de que la víctima murió de miedo?

—No mucho —dijo Riley—. Excepto que es… —Ella vaciló, y luego encontró la palabra que estaba buscando—. Sádico.

Mientras seguían en camino, Riley se encontró recordando el cuerpo tendido sobre la camilla. Se sentía terrible por el hecho de que la víctima tuvo que sufrir tal humillación e indignidad incluso en su muerte.

Se preguntó qué clase de monstruo podría hacerle esto a alguien.

Aunque había sentido algo del asesino, sabía que no aún no sabía nada de su mente enferma.

Y estaba segura de que no quería saber más.

Pero ¿eso es lo que terminaría haciendo durante este caso, meterse de nuevo en la mente de un asesino?

¿Y después qué?

¿Así sería su vida por siempre?




CAPÍTULO OCHO


A lo que Riley y Crivaro entraron en el edificio J. Edgar Hoover, todavía se sentía horrorizada por la escena del crimen. ¿Alguna vez podría quitársela de encima, especialmente el olor?

Durante su viaje, Crivaro le había asegurado a Riley que el olor no había provenido del cuerpo. Justo como Riley había supuesto, había provenido de la basura del carnaval. El cuerpo de Janet Davis no había estado muerto el tiempo suficiente como para producir un gran olor, al igual que los cuerpos asesinados de sus amigas en Lanton.

Riley todavía no había experimentado el hedor de un cadáver en descomposición.

Crivaro le había dicho: —Lo sabrás cuando lo huelas.

No era algo que Riley anhelaba.

Se preguntó una vez más: «¿Qué estoy haciendo aquí?»

Ella y Crivaro tomaron un ascensor a un piso ocupado por decenas de laboratorios forenses. Siguió Crivaro por un pasillo hasta que llegaron a una habitación con un letrero que decía CUARTO OSCURO. Un joven larguirucho y de cabello largo estaba apoyado junto a la puerta.

Crivaro se presentó y presentó a Riley. El hombre asintió con la cabeza y dijo: —Soy Charlie Barrett, técnico forense. Llegaron justo a tiempo. Tomé un descanso a lo que terminé de procesar los negativos de la cámara que fue encontrada en el parque Lady Bird Johnson. Estaba a punto de imprimir las fotos. Pasen adelante.

Charlie caminó con Riley y Crivaro por un corto pasillo alumbrado por luz de color ámbar. Luego atravesaron una segunda puerta a una habitación inundada de la misma luz extraña.

Lo primero que Riley notó fue el olor penetrante y acre de productos químicos. Curiosamente, el olor no le pareció nada desagradable. En cambio, parecía casi purificador. Ya no olía el hedor de la basura.

Además, ya no sentía tan horrorizada y tenía menos náuseas. Era un verdadero alivio.

Riley miró a su alrededor, fascinada por todos los equipos sofisticados.

Charlie levantó una hoja de papel con filas de imágenes y la examinó a la luz tenue.

—Aquí están los negativos —dijo—. Parece que era tremenda fotógrafa. Es una pena lo que le pasó.

A lo que Charlie colocó las tiras de película sobre una mesa, Riley se dio cuenta de que nunca había estado en un cuarto oscuro antes. Siempre había llevado sus rollos a una farmacia. Ryan y algunos de sus amigos habían comprado cámaras digitales hace poco. Esas cámaras no utilizaban película.

El esposo de Janet Davis le había dicho a McCune que su esposa utilizaba dos tipos de cámaras. Tendía a utilizar una cámara digital para trabajos profesionales. Pero ella consideraba las tomas del parque trabajo, y ella prefirió una cámara de película para eso.

Riley pensó que Charlie también parecía ser un artista, un verdadero maestro en lo que estaba haciendo. Eso le hizo preguntarse: «¿Esto es un arte en extinción?»

¿Todo este trabajo hábil con película, papel, instrumentos, termómetros, temporizadores, válvulas y productos se extinguiría algún día? Eso le parecía triste.

Charlie comenzó a imprimir las fotos una por una. Primero, amplió los negativos sobre una hoja de papel fotográfico. Luego, empapó los papeles en varios líquidos. Luego, los dejó remojando bajo el agua de grifo. Finalmente, Charlie colgó las fotos con clips a un soporte giratorio.

Fue un proceso lento y silencioso. El silencio solo fue interrumpido por el sonido del goteo de líquido, el arrastrar de pies y unas pocas palabras habladas de vez en cuando que parecían ser susurros reverentes. Simplemente no se sentía correcto hablar en voz alta aquí.

Riley le pareció todo este silencio muy relajante después del desorden ruidoso en la escena del crimen de los policías luchando para mantener alejados a los periodistas.

Riley observó las fotos revelarse durante varios largos minutos.

Las fotografías en blanco y negro capturaban una noche tranquila y pacífica en el parque. Una mostraba un puente peatonal de madera que se extendía sobre un estrecho paso de agua. Otra parecía al principio ser una bandada de gaviotas volando, pero cuando la vio mejor se dio cuenta de que los pájaros formaban parte de una gran estatua.

Otra foto mostraba un obelisco de piedra con el Monumento a Washington. Las otras fotos eran de ciclovías y otros caminos que atravesaban zonas boscosas.

Las fotos habían sido tomadas en plena puesta del sol, creando sombras grises, halos brillantes y siluetas. Riley veía que Charlie había tenido razón en decir que Janet había sido excelente fotógrafa.

Riley también percibía que Janet había conocido bien el parque porque había escogido los lugares donde tomaría sus fotos con mucha antelación y también la hora del día cuando no habría muchos visitantes. Riley no vio ni a una sola persona en ninguna de las fotos. Era como si Janet hubiera tenido el parque para ella sola.

Finalmente vio unas fotos de un puerto deportivo, sus muelles, barcos y agua resplandecientes. La foto era muy pacífica. Riley casi que podía oír el suave chapoteo de agua y los gritos de las aves, casi que podía sentir el aire frío.

Finalmente vio una foto mucho más discordante.

También era del puerto deportivo ya que distinguía algunas dársenas y barcos. Pero todo lo demás estaba borroso, caótico y confuso.

Riley entendió lo que debió haber sucedido justo cuando tomó esa foto.

«El asesino arrancó el arma de su mano», pensó.

Riley tenía el corazón en la garganta.

Sabía que la foto había captado el instante en el que el mundo de Janet Davis cambió para siempre.

En una fracción de segundo, esa tranquilidad y belleza se había convertido en fealdad y terror.




CAPÍTULO NUEVE


Mientras Riley miraba la foto borrosa, se preguntó: «¿Qué sucedió después?»

Después de que se le cayó la cámara, ¿qué le pasó?

¿Luchó contra su agresor hasta que la sometió y la ató?

¿Estuvo consciente durante todo su calvario? ¿O perdió el conocimiento allí mismo cuando tomó la fotografía?

¿Se despertó en los momentos finales?

«Tal vez no importa», pensó Riley.

Recordó que el médico forense había dicho que era probable que Janet había muerto de una sobredosis de anfetaminas.

Si eso era cierto, realmente había muerto de miedo.

Y ahora Riley estaba mirando el momento en el que su calvario había comenzado. Se estremeció ante ese pensamiento.

Crivaro señaló la foto y le dijo a Charlie: —Amplía todo. Todas las fotografías, cada centímetro cuadrado.

Charlie se rascó la cabeza y le preguntó: —¿Qué estás buscando?

—Personas —dijo Crivaro. —Cualquiera que puedas encontrar. Janet Davis parece haber creído que estaba sola, pero no fue así. Alguien estuvo acechándola. Tal vez lo captó en alguna de las fotos sin darse cuenta. Si encuentras a cualquier persona, amplíala lo más que puedas.

Aunque no lo dijo en voz alta, Riley se sentía escéptica.

«¿Encontrará a alguien?», se preguntó.

Tenía la sensación de que el asesino era demasiado sigiloso como para dejarse fotografiar por accidente. Dudaba que esta búsqueda microscópica de las fotos revelara algún rastro de él.

En ese momento, el teléfono de Crivaro sonó en su bolsillo. Dijo: —Eso tiene que ser McCune.

Riley y Crivaro salieron del cuarto oscuro y Crivaro se alejó para tomar la llamada. Se veía emocionado por lo que McCune le estaba diciendo. Cuando finalizó la llamada, le dijo a Riley: —McCune localizó la tienda de disfraces donde Janet Davis tomó las fotos. Está en camino y nos encontraremos con él allá. Vámonos.



*



Cuando Crivaro se detuvo en la tienda llamada Disfraces Romp, vieron que el agente McCune ya había llegado. Se salió de su vehículo y se encontró con Riley y Crivaro en la entrada. Al principio, Riley pensó que era una tienda modesta. Las ventanas delanteras estaban llenas de disfraces de vampiros, momias y hasta vestidos de gala antiguos. También vio un disfraz del tío Sam para el próximo cuatro de julio.

Cuando entró con Crivaro y McCune, le sorprendió lo grande que era la tienda de ladrillo, repleta de cientos de disfraces, máscaras y pelucas.

Ver todo eso le quitó el aliento. Veía disfraces de piratas, monstruos, soldados, príncipes y princesas, animales salvajes y domésticos, extraterrestres y cualquier otro tipo de personaje imaginable.

Le pareció increíble. Después de todo, Halloween solo era una vez al año. ¿Realmente existía un mercado para todos estos disfraces durante el resto del año? En tal caso, ¿qué querrían hacer las personas con ellos?

«Asistir a muchas fiestas de disfraces, supongo», pensó.

Luego pensó que esto no debería sorprenderle, considerando todas las cosas que había visto hoy. En un mundo en el que sucedían estas cosas terribles, no era de extrañar que la gente quería escapar a mundos de fantasía.

Asimismo, no era sorprendente que una fotógrafa talentosa como Janet Davis gozaría de tomar fotografías aquí, en medio de tanta diversidad. De seguro utilizó cámara de película aquí, no una cámara digital.

Las máscaras de monstruos y los disfraces recordaban a Riley a un programa de televisión que había disfrutado durante los últimos años: la historia de una adolescente que mataba vampiros y otros tipos de demonios.

Sin embargo, últimamente ese programa ya no le estaba agradando mucho.

Después de descubrir su propia capacidad de meterse en la mente de un asesino, la historia de una chica con poderes y grandes obligaciones ahora parecía ser demasiado real para ella.

Riley, Crivaro y McCune miraron a su alrededor, pero no vieron a nadie.

McCune dijo: —Hola, ¿hay alguien aquí?

Un hombre salió desde detrás de uno de los percheros. —¿Qué se les ofrece? —preguntó.

El hombre era bastante sorprendente. Era alto y extremadamente delgado, vestido con una camiseta manga larga. También llevaba anteojos con una enorme nariz blanca, cejas pobladas y bigote.

Obviamente algo desconcertados, Crivaro y McCune sacaron sus placas, se presentaron y presentaron a Riley.

Viéndose nada sorprendido por esta visita del FBI, el hombre se presentó como Danny Casal, el dueño del negocio.

—Llámenme Danny —les dijo.

Riley estaba esperando que se quitara los anteojos de disfraz. Pero a lo que lo miró más de cerca, se dio cuenta de que eran anteojos correctores.

También tenían cristales bastante gruesos. Por lo visto, Danny Casal llevaba estos anteojos todo el tiempo, y seguramente sería muy miope sin ellos.

McCune abrió una carpeta de manila y dijo: —Tenemos fotos de dos mujeres. Necesitamos saber si las ha visto antes.

Sus cejas, nariz y bigote falso se movieron cuando asintió con la cabeza. Parecía un hombre demasiado serio como para estar llevando tal atuendo.

McCune sacó una foto y la sostuvo para que el dueño de la tienda la viera.

Danny miró la foto a través de sus anteojos. Él dijo: —Ella no es una clienta habitual. No puedo garantizarles que nunca ha venido a la tienda, pero no la reconozco.

—¿Está seguro? preguntó McCune.

—Sí.

—¿El nombre Margo Birch significa algo para usted?

—Creo que escuché su nombre en las noticias. No estoy seguro.

McCune sacó otra foto y preguntó: —¿Y esta mujer? Creemos que estuvo aquí tomando fotos.

Riley también miró la foto de cerca. Estaba segura de que se trataba de Janet Davis. Era la primera vez que veía su rostro vivo, sonriente y sin pintar. En esta foto, estaba feliz e inconsciente del terrible destino que le esperaba.

—Ah, sí —dijo Casal—. Estuvo aquí no se hace mucho. Creo que se llamaba Janet.

—Sí, Janet Davis —dijo Crivaro.

—Es bastante agradable. También tenía una excelente cámara. A mí me encanta la fotografía. Se ofreció a pagarme para que la dejara tomar fotos aquí, pero yo no acepté. Me sentí halagado de que mi tienda le pareció un buen lugar para tomar fotos. —Casal inclinó la cabeza, miró a sus visitantes y dijo—: Supongo que no vinieron porque tienen buenas noticias sobre ella. ¿Está en peligro?

Crivaro dijo: —Me temo que fue asesinada. Ambas mujeres, de hecho.

—¿En serio? —dijo Casal—. ¿Cuándo?

—Margo Birch fue encontrada muerta hace cinco días. Janet Davis fue asesinada anteanoche.

—Vaya —dijo Casal—. Lo lamento mucho.

Riley apenas notó cambios en su tono de voz o expresión facial.

McCune cambió de táctica. Preguntó: —¿Usted vende disfraces de payaso?

—Por supuesto —dijo Casal—. ¿Por qué lo pregunta?

McCune sacó otra foto de su carpeta bruscamente. Riley estuvo a punto de jadear cuando la vio.

Mostraba a otra mujer muerta disfrazada de payasa. Estaba explayada al lado de un contenedor de basura en un callejón. El disfraz era similar al que Janet Davis, la víctima que había sido encontrada en el parque esta mañana, llevaba puesto: de tela desgastada con botones enormes. Pero los colores y patrones eran un poco diferentes, así como también el maquillaje.

«Margo Birch… —pensó Riley—. Así fue encontrada.»

McCune le preguntó a Casal: —¿Usted vende disfraces como este?

Riley vio que Crivaro tenía el ceño fruncido. McCune obviamente estaba probando a Casal, viendo su reacción a la foto. Sin embargo, Crivaro parecía no estar de acuerdo con la táctica.

Pero al igual que McCune, Riley también tenía curiosidad.

Casal se volvió para mirar a Riley. No podía leer su expresión. Además de las cejas pobladas y el bigote, ahora veía cuán gruesos eran sus cristales. A pesar de que definitivamente estaba haciendo contacto visual con ella, no parecía. Refractado a través de los cristales, sus ojos parecían estar mirando otro lugar.

«Es como si estuviera usando una máscara», pensó Riley.

—¿Esta es la señorita Davis? —le preguntó Casal a Riley.

Riley negó con la cabeza y dijo: —No. Pero el cuerpo de Janet Davis fue encontrado en una condición similar esta mañana.

Aún sin cambiar su tono de voz, Casal le dijo a McCune: —En respuesta a su pregunta, sí, vendemos este disfraz aquí.

Condujo a sus visitantes a un gran estante lleno de disfraces de payaso. A Riley le sorprendió cuántos había.

Mientras Casal rebuscaba entre los disfraces, dijo: —Como se puede ver, hay varios tipos de payasos. Por ejemplo, está el «vagabundo», con un sombrero y zapatos desgastados, maquillaje cubierto de hollín, una mueca triste y un rastrojo pintado. El equivalente femenino es a menudo una vagabunda. —Se trasladó al grupo de los disfraces más abigarrados—. También está el «augusto» un payaso tradicional europeo, más un tramposo que un vagabundo. Lleva una nariz roja y ropa dispareja. Es torpe y astuto a la vez. —Luego rebuscó entre algunos disfraces blancos. Algunos de ellos llevaban lentejuelas—. Y aquí tenemos el cara blanca europeo clásico, el «Pierrot», listo, elegante, inteligente, siempre en control. Su maquillaje es simple. Es completamente blanco, con los rasgos pintados en rojo o negro, como un mimo, y a menudo lleva un sombrero cónico. Es una figura de autoridad, a menudo el jefe de augusto… y no es un jefe muy agradable. No es de extrañar, sin embargo, ya que augusto se burla mucho de él. —Luego se movió a decenas de otros disfraces—. Aquí tenemos muchos payasos diferentes basados en policías, criadas, mayordomos, médicos y bomberos. Pero aquí está el que ustedes están buscando.

Les mostró a sus visitantes una fila de disfraces de colores brillantes que sin duda recordaban a Riley a las víctimas en la foto y el campo.

—Este es el «cara blanca grotesco» —dijo.

Esa palabra llamó la atención de Riley.

Grotesco. Sí, desde luego eso describía lo que el asesino le había hecho al cuerpo de Janet Davis.




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