Una Razón Para Aterrarse 
Blake Pierce


Un Misterio de Avery Black #6
Una historia dinámica que te atrapa desde el primer capítulo y no te deja ir. Midwest Book Review, Diane Donovan (sobre Una vez desaparecido) Del autor exitoso de misterio Blake Pierce llega una nueva obra maestra del suspenso psicológico: la serie de misterio de Avery Black, la cual continúa con UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6) . La serie comienza con UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1), ¡una descarga gratuita con más de 1. 000 opiniones de cinco estrellas! Una mujer aparece muerta en el clóset de su propio apartamento, su cuerpo cubierto de arañas venenosas, lo cual deja a la policía de Boston desconcertada. Dado que todas las pistas han llevado a callejones sin salidas, temen que el asesino vuelva a atacar. Desesperada, la policía no tiene más remedio que recurrir a la detective de homicidios de Boston más brillante y controvertida, Avery Black. Ahora retirada, Avery, en un muy mal momento personal, acepta ayudar a regañadientes. Pero cuando otros cuerpos aparecen muertos, asesinados en formas grotescas e inusuales, Avery no puede evitar preguntarse si un asesino en serie está suelto. Con la intensa presión mediática y el estrés de tener una nueva compañera sin experiencia, Avery es empujada a su límite mientras lucha por resolver el caso extraño… y mantenerse alejada del precipicio al mismo tiempo. Avery se encuentra a sí misma metiéndose cada vez más en la mente retorcida del asesino, quien tiene más secretos de los que Avery podría imaginar. El libro más fascinante e impactante de la serie, un thriller psicológico oscuro con suspenso emocionante, UNA RAZÓN PARA ATERRARSE te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. Una obra maestra de misterio y suspenso. Pierce desarrolló muy bien a los personajes psicológicamente, tanto así que sientes que estás en sus mentes, vives sus temores y aclamas sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido durante todo el libro. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Books and Movie Reviews, Roberto Mattos (sobre Una vez desaparecido)







U N A R A Z Ó N P A R A A T E R R A R S E



(UN MISTERIO DE AVERY BLACK — LIBRO 6)



B L A K E P I E R C E


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros).



Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto.



Derechos de autor © 2018 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976 y las leyes de propiedad intelectual, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida o distribuida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en un sistema de bases de datos o de recuperación sin el previo permiso del autor. Este libro electrónico está licenciado para tu disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otras personas, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Los derechos de autor de la imagen de la cubierta son de Karuka, utilizada bajo licencia de shutterstock.com.


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT

EL ESPOSA PERFECTA (Book #1)

EL TIPO PERFECTO (Book #2)



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE

Al LADO (Libro #1)

LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2)

CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE

SI ELLA SUPIERA (Libro #1)

SI ELLA VIERA (Libro #2)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)

ATRAYENDO (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8)

UNA VEZ ACECHADO (Libro #9)

UNA VEZ PERDIDO (Libro #10)

UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11)

UNA VEZ ATADO (Libro #12)

UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13)

UNA VEZ LATENTE (Libro #14)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE DESEE (Libro #3)

ANTES DE QUE ARREBATE (Libro #4)

ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5)

ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6)

ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7)

ANTES DE QUE CACE (Libro #8)

ANTES DE QUE SE APROVECHE (Libro #9)

ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10)

ANTES DE QUE SE DESCUIDE (Libro #11)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)

UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5)

UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)

UN RASTRO DE VICIO (Libro #3)

UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4)

UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5)


CONTENIDO

PRÓLOGO (#uc513fc4c-3e1b-5760-9a38-f90e03f274a2)

CAPÍTULO UNO (#u99a7a485-2744-50ed-8b89-9b775a114e31)

CAPÍTULO DOS (#u8f075669-5a02-595c-942a-124d3f592eab)

CAPÍTULO TRES (#u75c51147-10db-5e9a-af62-d147e4496563)

CAPÍTULO CUATRO (#u63f34193-0b68-5151-bce2-e71060faeca4)

CAPÍTULO CINCO (#ub5fcf9a9-44e8-53dd-8360-befb9a711691)

CAPÍTULO SEIS (#u4757fc0c-a8b3-58b9-bb2f-4a9de42bd868)

CAPÍTULO SIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO OCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

EPÍLOGO (#litres_trial_promo)




PRÓLOGO


Roosevelt “Rosie” Dobbs caminó hasta el porche del apartamento 2B con su modo de andar habitual. Si alguien hubiera estado por allí, lo habría oído maldiciendo por lo bajo.

Rosie golpeó la puerta con su puño gigante. Con cada golpe, vio el rostro del hombre que vivía en el 2B. Un imbécil pretencioso llamado Alfred Lawnbrook, del tipo que se creía mejor que los demás a pesar de que vivía en un apartamento de segunda en una de las peores zonas de la ciudad. Nunca había pagado su renta a tiempo. Durante los dos años que había estado viviendo en el apartamento, siempre había pagado con una semana de retraso. Esta vez habían pasado tres semanas… y Rosie estaba harto. Si Lawnbrook no le pagaba el alquiler hoy mismo, lo echaría.

Era sábado, poco después de las nueve de la mañana. El auto de Lawnbrook estaba estacionado en su lugar habitual, así que Rosie sabía que estaba en casa. Pero no había abierto la puerta, a pesar de lo duro que estaba tocando.

Rosie dio un último golpe violento y decidió usar su voz. —Lawnbrook, ¡ábreme la puerta ya! Y más te vale que tengas la renta en mano cuando lo hagas.

Rosie trató de ser paciente. Esperó aproximadamente diez segundos antes de pegar otro gran grito: —¡Lawnbrook!

Cuando aún no hubo respuesta, Rosie desenganchó el gran llavero que llevaba en un mosquetón en su cadera. Buscó hasta encontrar la llave del 2B. Sin otra advertencia, Rosie metió la llave en la cerradura, giró el pomo y entró en el apartamento.

—¡Alfred Lawnbrook! Es Rosie Dobbs, tu arrendador. Llevas tres semanas retrasado con el alquiler y…

Pero Rosie supo enseguida que no iba a obtener una respuesta. Todo estaba tan quieto y silencioso que supo que Lawnbrook no estaba en casa.

«No, no es eso. Es otra cosa… Aquí pasó algo. Algo malo…», pensó Rosie.

Rosie avanzó, pero se detuvo cuando llegó al centro de la sala de estar.

En ese momento se percató del olor.

Al principio, le recordó a papas podridas. Pero el olor era distinto, más sutil.

—¿Lawnbrook?— repitió, pero esta vez con miedo en su voz.

Una vez más, no hubo respuesta… aunque Rosie no había estado esperando una. Caminó por la sala de estar y se asomó en la cocina, pensando que tal vez había dejado comida afuera que se había echado a perder. Pero la cocina estaba bastante limpia y, debido a su pequeño tamaño, era evidente que no había nada fuera de lugar.

«Llama a la policía. Sabes que algo anda mal, así que llama a la policía y lávate las manos», pensó Rosie.

Pero la curiosidad era tremenda droga, así que Rosie siguió indagando. Empezó por el pasillo y su intuición lo llevó derechito a la puerta de la habitación. El olor se tornó más desagradable y supo de inmediato qué se encontraría. Pero no pudo evitar seguir adelante. Él tenía que saber… tenía que ver.

La habitación de Lawnbrook estaba un poco desordenada. Algunas cosas se habían caído de su mesa de noche, incluyendo su cartera, un libro y una foto enmarcada. Las persianas de plástico en la ventana estaban un poco torcidas, las de abajo dobladas.

Y aquí, el olor era peor. No era insoportable, pero ciertamente no era algo que Rosie quería respirar por mucho más tiempo.

La cama estaba vacía y no había nada que ver en el espacio entre la cómoda y la pared. Con un nudo en la garganta, Rosie se volvió hacia el clóset. La puerta estaba cerrada y de alguna forma eso fue peor que el olor. Sin embargo, su curiosidad morbosa lo impulsó y Rosie se encontró dirigiéndose al clóset. Tocó la perilla y por un momento creyó poder sentir el terrible olor, pegajoso y caliente.

Antes de girar la perilla, vio algo por el rabillo del ojo. Miró sus pies, pensando que sus nervios le estaban jugando una mala pasada. Pero no... Definitivamente había visto algo.

Dos arañas salieron por debajo de la puerta. Los dos eran bastante grandes, una del tamaño de una moneda y la otra tan grande que apenas cabía por la rendija. Rosie dio un salto hacia atrás, sorprendido, y soltó un grito. Las arañas se metieron debajo de la cama y, cuando se volvió a mirarlas, vio unas cuantas arañas aferradas a la cama también. La mayoría de ellas eran pequeñas, pero había una del tamaño de un sello postal en la almohada.

La adrenalina lo impulsó. Rosie cogió la perilla, la giró y abrió la puerta.

Intentó gritar, pero sus pulmones parecían estar paralizados. Lo único que salió de su garganta fue un ruido ahogado mientras se alejó lentamente de lo que había visto en el clóset.

Alfred Lawnbrook estaba extendido en la esquina trasera del clóset. Su cuerpo estaba pálido e inmóvil.

También estaba casi totalmente cubierto de arañas. Vio algunas telarañas en su cuerpo.

Una telaraña en su brazo derecho era tan espesa que Rosie no pudo ver su piel. La mayoría de las arañas eran pequeñas y se veían inofensivas, pero también vio unas grandes. Mientras Rosie se quedó mirando horrorizado, una araña del tamaño de una pelota de golf comenzó a andar por la frente de Lawnbrook. Otra más pequeña se subió por su labio inferior.

Ver eso hizo que Rosie saliera corriendo. Casi se tropezó con sus propios pies mientras salió de la habitación gritando, manoteando su nuca con fuerza, sintiendo que tenía millones de arañas trepando por todo su cuerpo.




CAPÍTULO UNO


Dos meses antes…



Mientras Avery Black abría una de las muchas cajas todavía dispersas en su nuevo hogar, se preguntó por qué había esperado tanto tiempo para mudarse de la ciudad. No la extrañaba en lo absoluto y en realidad estaba empezando a resentir el hecho de haber perdido tanto tiempo allí.

Miró dentro de la caja, con la esperanza de encontrar su iPod. No marcó nada cuando abandonó su apartamento en Boston. Había metido todo en cajas apresuradamente y mudado durante el transcurso de un día. Eso fue hace tres semanas y aún le quedaban cosas por desempacar. De hecho, sus sábanas estaban en algunas de esas cajas, pero había elegido dormir en el sofá durante las últimas tres semanas.

La caja no contenía su iPod, pero sí las pocas botellas de licor que le quedaban. Sacó un vaso de la caja, lo llenó con una buena dosis de whisky americano y salió al porche. Entrecerró los ojos ante la luz brillante de la mañana y tomó un trago de whisky americano. Después de disfrutar de la sensación del trago, tomó otro. Luego miró su reloj y vio que apenas eran las diez de la mañana.

Se encogió de hombros y se dejó caer en la vieja mecedora que había estado en el porche cuando compró la casa. Miró su nuevo entorno y pensó que podría vivir el resto de su vida aquí con bastante comodidad.

La casa no era una cabaña en sí, pero era bastante rústica. Era de un solo piso y tenía un interior moderno. En términos de su dirección postal, estaba cerca del estanque Walden, pero lo suficientemente alejada de la zona para también ser considerada “en el medio de la nada”. Su vecino más cercano estaba a casi un kilómetro de distancia y lo único que podía ver más allá de su propio porche y ventana trasera de la cocina eran árboles.

Nada de cláxones. Nada de peatones apurados mirando sus celulares. Nada de tráfico. Nada de ese olor habitual a gasolina y escape ni el zumbido de motores.

Bebió otro trago de whisky americano y escuchó sus alrededores. Nada. Absolutamente nada. Bueno, eso no era necesariamente cierto. Oía dos pájaros y el leve crujido de los árboles moviéndose en la brisa fría de finales de otoño.

Había hecho todo lo posible para hacer que Rose se viniera para acá con ella. Su hija había sufrido mucho y sabía que quedarse en la ciudad no la ayudaría a sanar. Pero Rose se había negado. De hecho, Rose se había negado rotundamente. A lo que se calmaron las aguas de su último caso, Rose necesitó a alguien a quien culpar por la muerte de su padre. Y, como de costumbre, había culpado a Avery.

Por mucho que le dolía, Avery lo entendía; se habría comportado de la misma manera si estuviera en sus zapatos. Durante su mudanza al bosque, Rose la había acusado de huir de sus problemas. Y Avery no tuvo reparos en admitirlo. Había venido aquí para escapar de los recuerdos de su último caso, más bien de los últimos meses de su vida, para ser honesta.

Habían estado tan cerca de recuperar la relación que alguna vez habían tenido. Pero cuando el padre de Rose murió, así como también Ramírez, un hombre que había empezado a aceptar como el pretendiente de su madre, todo se desmoronó. Rose culpaba a Avery por la muerte de su padre, y Avery también estaba empezando a culparse a sí misma.

Avery cerró los ojos y se acabó el vaso de whisky americano. Escuchó los sonidos tranquilos del bosque y dejó que la calidez del whisky americano la reconfortara. Había dejado que una calidez similar la reconfortara durante el transcurso de las últimas tres semanas, emborrachándose un puñado de veces, una vez tanto que pasó horas inconsciente. Había pasado esa noche encorvada sobre un inodoro gimiendo sobre Ramírez y el futuro que habían estado tan cerca de tener.

Avery se sentía avergonzada cuando recordaba eso. La hacía querer no beber nunca más. Nunca había sido una gran bebedora, pero el licor y el vino la habían ayudado mucho durante estas últimas tres semanas.

«¿Ayudado en qué?», se preguntó mientras se levantó de la mecedora y entró a la casa.

Ella observó el whisky americano, tentada a seguir bebiendo y emborracharse antes del mediodía para poder soportar otro día. Pero sabía que eso era cobarde. Tenía que superar esto por su cuenta, con cabeza fría. Así que guardó el whisky americano y las otras botellas de licor en un gabinete de la cocina. Luego pasó a la siguiente caja, todavía buscando el iPod.

Vio una pila de álbumes de fotos adentro de la caja. Como había estado pensando en Rose en el porche, Avery decidió sacarlos… y lo hizo a toda prisa. Había tres en total, uno de los cuales estaba lleno de fotos de sus días universitarios. Ella ignoró este por completo y abrió el segundo.

Vio el rostro de Rose de inmediato. Tenía doce años, y estaba en un trineo con un sombrero cubierto de nieve. Rose todavía tenía doce en la siguiente foto. En esta, ella estaba pintando lo que parecía un campo de girasoles en un caballete en su antiguo dormitorio. Avery miró las fotos hasta que llegó a una que había sido tomada hace solo tres Navidades. Rose y Jack, su padre, estaban bailando graciosamente frente a un árbol de Navidad. Ambos estaban sonriendo de oreja a oreja. El gorro de Santa de Jack estaba torcido en su cabeza y los adornos brillaban en el fondo.

Eso fue como una puñalada al corazón, y en ese momento fue inundada con una necesidad intensa de llorar. No había sentido el impulso ni una sola vez desde que se había mudado aquí, ya que se había vuelto bastante buena en reprimir tales cosas durante su carrera. Pero el impulso llegó y, de la nada, antes de que pudiera luchar, su boca se abrió y soltó un gemido de agonía. Se agarró el corazón, como si ese cuchillo imaginario realmente estuviera allí, y se dejó caer al piso.

Trató de levantarse, pero su cuerpo no quiso cooperar.

—No —parecía decirle—. Vas a permitirte este momento y vas a llorar. Vas a sollozar. Vas a sentir. ¿Y quién sabe? Quizá te sientas mejor.

Se aferró al álbum de fotos, presionándolo contra su pecho. Lloró mucho, permitiéndose ser vulnerable durante un momento. Odiaba lo bien que se sentía soltar, quebrantarse. Ella gimió y lloró, sin decir nada, sin decir el nombre de nadie, sin cuestionar a Dios ni orar. Simplemente hizo el luto.

Y se sintió bien. Como un exorcismo.

No supo cuánto tiempo paso allí sentada en el piso entre cajas. Lo único que supo fue que, cuando se puso de pie, ya no sintió ganas de adormecerse con licor. Necesitaba tener la cabeza despejada, necesitaba ordenar sus pensamientos.

Sintió un dolor familiar en las manos, algo aún más fuerte que la necesidad de beber para adormecer sus emociones. Apretó los puños y pensó en blancos de papel y polígonos de tiros.

Se sintió un poco mejor al pensar en las pocas cosas que tenía en el dormitorio que algún día de estos organizaría y decoraría. No había mucho allí, pero sí había una cosa que casi había olvidado. Poco a poco, tratando de animarse a sí misma mientras caminaba por la sala de estar llena de cajas, Avery entró en el dormitorio.

Se quedó parada en la puerta por un momento y estudió el arma que estaba apoyada en una esquina.

El rifle era un Remington 700 que había tenido desde su graduación de la universidad. Durante su último año en la universidad, había planeado mudarse a algún lugar remoto con el fin de cazar venados en los inviernos. Era algo que su padre siempre hacía y, aunque ella no era particularmente buena para cazar, lo había disfrutado mucho. Sus amigas se burlaban de ella por eso y probablemente había asustado a unos cuantos novios en la escuela secundaria debido a su interés por el deporte. Cuando su padre falleció, su madre le rogó que se llevara el arma ya que creyó que eso era lo que su padre hubiera querido.

El rifle la había acompañado en muchas cosas, siendo trasladado de mudanza en mudanza, por lo general guardado en un clóset o debajo de una cama. Dos días después de mudarse a esta casa, lo había llevado a una tienda de armas para que lo limpiaran. Cuando lo fue a buscar, también compró tres cajas de cartuchos.

Suponiendo que debía aprovechar su buen ánimo, se desnudó y se colocó ropa térmica. No había demasiado frío esta mañana, pero ella no estaba acostumbrada a estar en el bosque. No tenía nada de camuflaje, así que decidió ponerse unos pantalones color verde oscuro y un suéter negro. Sabía que no era un atuendo muy seguro para ir a cazar ciervos, pero no le quedaba de otra.

Se puso un par de guantes delgados (luego de pasar un largo rato buscando en unas cajas para encontrarlos), se puso los zapatos más robustos que tenía y salió de la casa. Se metió en su auto y condujo tres kilómetros a un tramo de carretera que daba a una gran extensión de bosque que era propiedad del hombre al que le había comprado la casa. El hombre le había dado permiso para cazar en sus tierras, casi como un extra por haber comprado la casa diez mil dólares sobre el precio de venta.

Encontró un lugar al lado de la carretera que era evidente que era bastante frecuentado por cazadores. Estacionó su auto allí, el lado del conductor apenas fuera de la carretera. Luego tomó el rifle y se dirigió hacia el bosque.

Se sentía tonta por estar andando por el bosque. No había cazado en cinco años más o menos, desde el mismo fin de semana que recibió el arma de su madre. No tenía el equipo adecuado, ni las botas adecuadas, ni el olor de ciervos para rociar en los árboles, ni los gorros o chalecos naranja. Pero también sabía que era un miércoles por la mañana y que el bosque estaría prácticamente vacío. Se sentía como la chica tímida que solo jugaba al baloncesto sola y se iba cuando chicos más talentosos entraban en el gimnasio.

Caminó por veinte minutos hasta llegar a un terreno elevado. Caminó con mucha precaución, con la misma que había practicado como detective de homicidios. El arma en sus manos se sentía bien, aunque un poco extraña. Estaba acostumbrada a armas mucho más pequeñas, en particular a su Glock, por lo que el rifle se sentía bastante potente. Cuando llegó a la cima de la colina, vio un roble caído a varios metros de distancia. Lo utilizó para ocultarse, sentándose en el suelo y luego bajándose un poco con la espalda apoyada en el árbol caído. En una posición reclinada, colocó el rifle a su lado y levantó la mirada hacia las copas de los árboles.

Se quedó allí con toda tranquilidad, sintiéndose aún más encerrada que como se había sentido hace una hora en el porche. Sonrió cuando se imaginó a Rose aquí con ella. Rose odiaba casi todo que tuviera que ver con la naturaleza y probablemente perdería la cabeza si supiera que su madre estaba sentada en el bosque con un rifle, tratando de matar un ciervo. Pensar en Rose ayudó a Avery a despejar su mente un poco y concentrarse en todo a su alrededor. Y cuando ella era capaz de hacer eso, los instintos de su carrera empezaban a activarse.

Oyó el crujido de las hojas en el suelo, así como también en los árboles, donde las últimas hojas tercas se aferraban a pesar del invierno que se avecinaba. Oyó un ruido a su derecha por encima de ella, probablemente una ardilla que había salido. Una vez que se aclimató a su entorno, cerró los ojos y se dejó llevar.

Oyó todas esas cosas, pero también vio sus propios pensamientos comenzar a deslizarse en su lugar. Jack y su novia, ambos muertos. Ramírez, muerto. Pensó en Howard Randall, cayendo a la bahía, probablemente también muerto. Y al final de todo, vio a Rose… y cómo había corrido peligro debido al trabajo de su madre. Rose nunca lo había merecido, nunca lo había pedido. Había hecho todo lo posible para ser una hija compresiva y finalmente había alcanzado su punto de quiebre.

Honestamente, a Avery le impresionaba el hecho de lo mucho que había aguantado. Especialmente después de su último caso, donde su vida había estado literalmente en peligro. Y esa no había sido la primera vez.

El chasquido de una ramita detrás de ella interrumpió sus pensamientos. Sus ojos se abrieron de golpe y se encontró mirando las ramas de los árboles sobre ella. Alcanzó lentamente el Remington a lo que oyó otro ruido detrás de ella.

Preparó el rifle y lo movió sigilosamente. Inhaló y exhaló lentamente, asegurándose de ni siquiera soplar una hoja torcida. Sus ojos recorrieron la zona debajo de la pequeña elevación en la que se ocultaba. Vio el ciervo al oeste, a unos sesenta metros de distancia. No era muy grande, pero al menos era algo. Vio a otro más lejos, pero estaba cubierto parcialmente por dos árboles.

Se elevó un poco, estabilizando el rifle en el lado del roble caído. Flexionó el dedo al encontrar el gatillo y agarró la culata con fuerza. Trató de apuntar, pero le pareció un poco más difícil de lo que había previsto. Cuando vio que tenía un tiro limpio, disparó.

El chasquido del rifle debido al disparo resonó en el bosque. El retroceso fue notable, pero muy leve. Supo que no había acertado, ya que su codo se había resbalado al apretar el gatillo.

Pero no logró ver al ciervo escapar.

Cuando el sonido del disparo resonó en sus oídos y en el bosque, algo en su mente pareció temblar y luego congelarse. Por un momento paralizante, no pudo moverse. Y, en ese momento, no estaba en el bosque, no habiendo podido cazar a un ciervo. En su lugar, estaba en la sala de estar de Jack. Había sangre por todas partes. Tanto él como su novia habían sido asesinados. Ella no había sido capaz de detenerlo y, como tal, se sentía como si ella misma los hubiera matado. Rose tenía razón. Sí fue su culpa. Podría haberlo detenido si hubiera sido más rápida, si hubiera sido mejor.

La sangre brillaba y los ojos de Jack la miraban, muertos y suplicantes. —Por favor —le decían—. Retráctate, por favor. Haz lo correcto.

Avery soltó el rifle. El ruido del mismo al caer al suelo la trajo de vuelva, y se encontró sollozando. Las lágrimas brotaron y brotaron. Se sentían como riachuelos de fuego por su rostro congelado.

—Es mi culpa —dijo al bosque—. Fui la culpable. De todo.

No solo había sido la culpable de lo que le había sucedido a Jack y su novia… No, sino también de lo que le había sucedido a Ramírez. Así como lo que les había sucedido a todos los demás que había sido incapaz de salvar. Debió haber sido mejor.

Vio la foto de Jack y Rose en frente al árbol de Navidad en su mente. Se enrolló como un ovillo al lado del roble caído y comenzó a temblar.

«No. No ahora, no aquí. Recomponte, Avery», pensó.

Luchó y se tragó la oleada de emociones. No fue demasiado difícil hacerlo. Después de todo, se había hecho bastante buena en eso durante la última década. Se puso de pie lentamente, recogiendo el rifle del suelo. Miró el lugar donde los dos ciervos habían estado. No se sentía mal por haber fallado el tiro. Simplemente no le importaba.

Regresó por donde había venido, llevando el rifle sobre su hombro y una década de culpa y fracaso en su corazón.



*



En su camino de regreso a la casa, Avery supuso que lo mejor era no haber matado al ciervo. No tenía ni la menor idea cómo lo habría sacado del bosque. ¿Lo habría arrastrado a su auto? ¿Lo habría atado sobre su auto y luego conducido lentamente a casa? Sabía lo suficiente sobre eso como para saber que era ilegal dejar una caza en el bosque.

En cualquier otro momento, la imagen de un ciervo atado sobre su auto le habría parecido graciosísima. Pero en este momento simplemente le parecía otro descuido. Otra cosa más que no había pensado bien.

Justo cuando estaba a punto de girar en su carretera, oyó su teléfono celular sonar. Lo tomó de la consola y vio un número que no conocía, pero un código de área que había visto durante la mayor parte de su vida: el de Boston.

Atendió con escepticismo, ya que su carrera le había enseñado que llamadas de números desconocidos a menudo traían problemas.

—¿Hola?

—Hola, ¿habla la señora Black? ¿La señora Avery Black? —preguntó una voz masculina.

—Sí, ella habla. ¿Quién es?

—Mi nombre es Gary King. Soy el arrendador del lugar donde vive su hija. Indicó que era su pariente más cercano en su papeleo y…

—¿Rose está bien? —preguntó Avery.

—Que yo sepa, sí. Pero la estoy llamando por otros asuntos. En primer lugar, está atrasada en su renta. Lleva dos semanas de atraso, y esta es la segunda vez que pasa en tres meses. He ido varias veces para allá para hablar con ella de esto, pero nunca me abre la puerta. Y no me devuelve las llamadas.

—Ciertamente no me necesita para eso —dijo Avery—. Rose es una mujer adulta y puede lidiar con ser regañada por un arrendador.

—Bueno, no es solo eso. He recibido llamadas de su vecina quejándose de llantos fuertes por las noches. Esta misma vecina afirma ser buen amiga de Rose. Ella dice que Rose ha estado rara últimamente. Dice que ha repetido mucho que todo es una mierda y que la vida carece de sentido. Está preocupada por Rose.

—¿Y quién es esta amiga? —preguntó Avery.

Era difícil luchar contra esto, pero se sentía a sí misma comportándose como detective.

—Lo siento, pero no puedo decirle. Va en contra de la ley.

Avery estaba bastante segura de que el Sr. King tenía razón, así que dejó el asunto.

—Entiendo. Gracias por llamar, señor King. Me comunicaré con ella enseguida. Y me encargaré de que reciba su renta.

—Eso está muy bien y se lo agradezco… pero sinceramente me preocupa más lo que podría estar pasando con Rose. Es una buena chica.

—Sí, lo es —dijo Avery antes de finalizar la llamada.

Para cuando lo hizo, ya se encontraba a poca distancia de su nuevo hogar. Buscó el número de Rose y realizó la llamada mientras pisó el acelerador con fuerza. Estaba bastante segura de lo que pasaría, pero todavía albergó la esperanza de que contestara cada vez que el teléfono repicó en su oído.

Tal como esperaba, terminó oyendo la contestadora. Rose solo había entendido una de sus llamadas desde el asesinato de su padre, y solo porque esa noche había estado borracha. Avery decidió no dejar un mensaje, sabiendo que Rose no lo escucharía, y que mucho menos le devolvería la llamada.

Se estacionó en su entrada, dejando el motor en marcha, y corrió adentro para ponerse ropa más presentable. Regresó a su auto tres minutos después y se dirigió hacia Boston. Estaba segura de que a Rose le molestaría que su madre viajara a la ciudad solo para ver cómo estaba, pero Avery no tenía otro opción, dada la llamada de Gary King.

Cuando el camino se alisó un poco, Avery aumentó la velocidad. No estaba segura de su futuro en términos de su antiguo trabajo, pero sabía qué es lo más echaría de menos de él: la capacidad de sobrepasar el límite de velocidad cada vez que le diera la gana.

Rose estaba en problemas.

Lo sentía.




CAPÍTULO DOS


Avery llegó a la puerta de Rose pasada la una de la tarde. Ella vivía en un apartamento en planta baja en una zona decente de la ciudad. Tenía como pagar el apartamento debido a las propinas que recibía como barwoman en un bar de clase alta, un trabajo que había encontrado poco después de la mudanza de Avery a la cabaña. Su trabajo antes de ese había sido un poco menos glamoroso. Había sido mesera en un restaurante y trabajó editando para empresas publicitarias en su apartamento. Avery deseaba que Rose terminara la universidad, pero también sabía que, entre más la presionaba, Rose se sentiría menos inclinada a elegir ese camino.

Avery llamó a la puerta, sabiendo que Rose estaba en casa porque su auto estaba estacionado al lado de la calle. Incluso si eso no la hubiera hecho saber que estaba en casa, desde que se había mudado sola, Rose había optado por aceptar trabajos donde entraba en la noche para poder dormir hasta tarde y pasar todo el día echada en casa. Tocó con más fuerza cuando Rose no respondió y pensó en gritar su nombre. Ella decidió no hacerlo, pensando que su voz sería aún menos bienvenida que la del arrendador que Rose estaba tratando de evitar.

«Probablemente sabe que soy yo porque llamé antes de venir», pensó.

Dado eso, supuso que lo mejor era recurrir a lo que mejor sabía hacer: negociar.

—Rose —dijo, tocando otra vez—. Abre la puerta. Es tu madre. Y hay frío.

Ella esperó un momento, pero no escuchó respuesta. En lugar de tocar otra vez, se acercó a la puerta con calma, parándose lo más cerca de ella posible. Cuando volvió a hablar, levantó la voz lo suficiente como para ser escuchada adentro, pero no lo suficiente como para hacer una escena en la calle.

—Puedes seguir ignorándome si quieres, Rose, pero no me voy a ir. Y si quiero volverme obsesiva al respecto, recuerda lo que solía hacer para ganarme la vida. Créeme que tengo formas de enterarme dónde te encuentras en cualquier momento dado. O puedes hacer todo más fácil y simplemente abrir la maldita puerta.

Volvió a tocar después de decir eso. Esta vez, Rose abrió la puerta en cuestión de segundos. Se asomó como una mujer que no confiaba en la persona que estaba al otro lado de la puerta.

—¿Qué quieres, mamá?

—Pasar.

Rose lo consideró por un momento y luego abrió la puerta del todo. Avery hizo lo posible por no darle demasiada importancia al hecho de que Rose había perdido algo de peso. Bastante peso, en realidad. También se había teñido el cabello color negro azabache y se lo había alisado.

Avery entró y encontró el apartamento muy limpio. Había un ukelele en el sofá que se veía muy fuera de lugar. Avery lo señaló y le dio una mirada interrogante.

—Solo quería aprender a tocar algo —dijo Rose—. La guitarra toma demasiado tiempo y los pianos son muy costosos.

—¿Eres buena? —preguntó Avery.

—Puedo tocar cinco acordes. Casi puedo tocar toda una canción.

Avery asintió, impresionada. Estuvo a punto de pedirle que tocara la canción, pero lo pensó mejor. Luego pensó en sentarse en el sofá, pero no quería parecer como si estuviera abusando de su hospitalidad. Estaba bastante segura de que Rose no la invitaría a sentarse de todos modos.

—Estoy bien, mamá —dijo Rose—. Si estás aquí por eso…

—Sí, estoy aquí por eso —dijo Avery—. Y llevo tiempo queriendo hablar contigo. Sé que me odias y me culpas por todo lo que pasó. Eso apesta, pero puedo lidiar con eso. Pero hoy me llamó tu arrendador…

—Dios mío —dijo Rose—. Ese idiota codicioso no me deja en paz y…

—Quiere su renta, Rose. ¿La tienes? ¿Necesitas dinero?

Rose hizo una mueca ante la pregunta y dijo: —Me gané trescientos dólares en propinas anoche. Y hago casi el doble de eso en propinas los sábados por la noche. Así que no… No necesito dinero.

—Excelente. Pero… bueno, también me dijo que está preocupado por ti. Que se enteró de algunas cosas que dijiste. No me mientas, Rose. ¿Cómo estás de verdad?

—¿En serio? —preguntó Rose—. ¿Cómo estoy de verdad? Bueno, extraño a mi papá. Y estuve a punto de ser asesinada por el mismo pendejo que lo mató. Y aunque también te extraño, no puedo ni siquiera pensar en ti sin recordar cómo murió. Sé que eso no está bien, pero te odio cada vez que pienso en papá y en cómo murió. Y pensarte también me hace darme cuenta que he sufrido desde que empezaste a trabajar como detective.

Fue difícil escucharlo, pero también sabía que pudo haber sido mucho peor.

—¿Estás durmiendo bien? —preguntó—. ¿Y comiendo bien? Rose… ¿Cuánto peso has perdido?

Rose negó con la cabeza y comenzó a caminar hacia la puerta.

—Me preguntaste cómo estoy y ya te contesté. ¿Estoy feliz? Por supuesto que no. Pero no voy a cometer una estupidez, mamá. Cuando todo esto pase, estaré bien. Y pasará. Yo sé que pasará. Pero no puedo tenerte cerca, sino jamás lo superaré.

—Rose…

—No. Mamá… eres tóxica para mí. Sé que has intentado arreglar las cosas entre nosotras, que llevas varios años intentándolo. Pero no está funcionando y creo que jamás funcionará teniendo en cuenta los acontecimientos recientes. Así que… vete, por favor. Vete y deja de llamarme.

—Pero Rose, esto es…

Rose rompió a llorar, y luego abrió la puerta y gritó: —Maldita sea mamá, ¿podrías dejarme en paz?

Rose luego bajó la mirada al piso, ahogando sus sollozos. Avery contuvo sus propias lágrimas mientras accedió a su petición. Le pasó por al lado, restringiéndose a sí misma para no abrazarla ni responderle. Simplemente salió por la puerta.

Pero la puerta cerrándose de forma violenta tras ella quizá fue lo peor de todo.



***



Avery ya estaba llorando, y ni siquiera había puesto su auto en marcha. Para cuando se encontró de nuevo en la carretera dirigiéndose a su nuevo hogar, estaba haciendo todo lo posible para contener sus sollozos. Lágrimas corrían por sus mejillas, y se dio cuenta de que había llorado más en los últimos cuatro meses que en toda su vida. Primero había sido muerte de Jack, luego la de Ramírez. Y ahora esto.

Tal vez Rose tenía razón. Tal vez ella era tóxica. Porque, a fin de cuentas, ella era la culpable de las muertes de Jack y Ramírez. Su carrera ambiciosa había llevado al asesino a sus seres queridos y, como tal, se habían convertido en sus objetivos.

Y esa misma carrera había alejado a Rose. Por no mencionar el hecho de que esa misma carrera había llegado a su fin. Avery se retiró poco después del funeral de Ramírez y, aunque sabía que Connelly y O'Malley le habían dejado las puertas abiertas, era una invitación que sabía que nunca aceptaría.

Se detuvo en su entrada, estacionó el auto y entró con lágrimas todavía corriendo por sus mejillas. La triste realidad era que su vida estaría completamente vacía si abandonaba su carrera. Su futuro marido había sido asesinado, junto con su ex esposo, y ahora, la única superviviente de su pasado, su hija, no quería tener nada que ver con ella.

«Y en lugar de solucionarlo, ¿qué hiciste?», se preguntó a sí misma.

Casi sonaba como la voz de Ramírez, señalando cómo estaba empeorando las cosas:

—Dejaste la ciudad y huiste al bosque. En lugar de enfrentar el dolor y una vida que se había puesto patas arriba, huiste y pasaste varios días bebiendo para olvidar. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Volver a huir? ¿O tal vez deberías solucionarlo?

Sin embargo, a lo que entró en la cabaña, se sintió más segura de lo que se había sentido parada en la puerta de Rose. Parecía disminuir el dolor que había provocado el hecho que su hija le había tirado la puerta en la cara. Sí, la hacía sentirse como una cobarde, pero simplemente no encontraba otra forma de lidiar con eso.

«Ella tiene razón. Soy tóxica para ella. En los últimos años, lo único que he hecho es dificultarle la vida. Todo comenzó cuando puse mi carrera por encima de su padre y luego se agravó cuando, sin importar lo mucho que lo intentara, mi carrera llegó a ser hasta más importante que ella. Y aquí estamos de nuevo, en conflicto, aunque ya no ejerzo mi carrera. Y es porque me culpa por el asesinato de su padre… y no está exactamente equivocada», pensó.

Caminó lentamente hacia la cama que aún no había terminado de armar. Su caja fuerte personal estaba allí, entre la cabecera y el somier. Mientras la abría, se le vino a la mente el momento en el que entró en la sala de estar de Jack y encontró su cuerpo. Pensó en Ramírez en el hospital, ya gravemente herido antes de su asesinato.

Era la culpable de todo. Y jamás se perdonaría a sí misma.

Metió la mano en la caja fuerte y sacó su Glock. Se sentía familiar en sus manos, como un viejo amigo.

Seguía llorando mientras apoyaba su espalda en la cabecera. Miró la pistola, estudiándola. Había estado en su cadera o espalda durante casi dos décadas, más cercana a ella que cualquier ser humano. Así que se sintió demasiado natural cuando se la colocó debajo de la barbilla. Se sentía fría, pero firme.

Soltó un sollozo mientras la acomodó, asegurándose de que la bala atravesaría en el mejor ángulo. Su dedo encontró el gatillo y se estremeció.

Se preguntó si siquiera escucharía la explosión y, si lo hacía, si sonaría tan fuerte como Rose tirando la puerta detrás de ella.

Su dedo se curvó alrededor del gatillo y cerró los ojos.

En ese momento sonó el timbre, sobresaltándola.

Su dedo se aflojó y todo su cuerpo quedó inerte. La Glock cayó al suelo.

«Casi —pensó mientras su corazón bombeaba adrenalina en su torrente sanguíneo—. Otro cuarto de segundo, y mis sesos estarían salpicados por toda la pared.»

Miró la Glock y la pateó con fuerza, como si fuera una serpiente venenosa. Sujetó su cabeza con sus manos y se secó las lágrimas.

«Estuviste a punto de suicidarte —dijo en su mente la voz que podría o no ser Ramírez—. ¿Eso no te hace sentir como una cobarde?»

Echó el pensamiento a un lado mientras se puso de pie y se dirigió a la puerta principal. No tenía idea de quién podría ser. Se atrevió a esperar que fuera Rose, pero sabía que no lo era. Rose se parecía mucho a su madre en ese sentido, terca a más no poder.

Abrió la puerta y no encontró a nadie. Sin embargo, vio la parte trasera de un camión de UPS saliendo de su entrada. Bajó la mirada y vio una pequeña caja. La cogió y leyó su propio nombre y nueva dirección, escritas en una letra muy bonita. La dirección del remitente no mostraba ningún nombre, solo una dirección de Nueva York.

Entró en la cabaña con la caja y la abrió lentamente. La caja no pesaba nada y, cuando la abrió, se encontró con una bola de periódico. Rompió todo el periódico y encontró una sola cosa esperándola abajo.

Era una sola hoja de papel, doblada por la mitad. La desdobló, y cuando leyó el mensaje adentro, su corazón se detuvo por un momento.

Y, en un abrir y cerrar de ojos, Avery ya no sintió la necesidad de suicidarse.

Ella leyó el mensaje una y otra vez, tratando de darle sentido. Su mente estaba trabajando para buscar una respuesta. Y con algo como esto para averiguar, el mero pensamiento de morir antes de resolverlo la hacía estremecerse.

Se sentó en el sofá y se quedó mirándolo, leyéndolo una y otra vez.



¿quién eres tú, Avery?

Atentamente,

Howard.




CAPÍTULO TRES


En los próximos días, Avery siguió tocando el área debajo de su barbilla donde se había colocado el cañón de la pistola. Se sentía irritada, como una picadura de insecto. Cada vez que se acostaba a dormir y su cuello se extendía cuando su cabeza tocaba su almohada, esa zona se sentía expuesta y vulnerable.

Tenía que enfrentar el hecho de que había ido a un lugar muy oscuro. Aunque se había acobardado en el último instante, había ido allí. Jamás lo olvidaría y parecía que los nervios dentro de su carne querían asegurarse de que no lo hiciera.

Durante los tres días siguientes a su casi-suicidio, se sintió más deprimida que nunca. Pasó esos días acurrucada en el sofá. Trató de leer, pero no podía concentrarse. Trató de motivarse a sí misma para salir a correr, pero se sentía muy cansada. Seguía pegada a la carta de Howard, tocándola tanto que el papel estaba empezando a arrugarse.

Dejó de consumir alcohol excesivamente luego de recibir la carta de Howard. Poco a poco, como una oruga, comenzó a salir de su capullo de autocompasión. Comenzó a hacer ejercicio. También hizo crucigramas y sudoku solo para ejercitar su mente. Sin trabajo, sabiendo que tenía suficiente dinero para todo un año sin tener que preocuparse por nada, fue demasiado fácil caer en la pereza.

Pero el paquete de Howard la había hecho abandonar ese letargo. Ahora tenía un misterio que resolver, y eso le daba algo que hacer. Y cuando Avery Black se le metía algo en la cabeza, no descansaba hasta resolverlo.

Dentro de una semana después de recibir la carta, comenzó a establecer una rutina para sí misma. Todavía era la rutina de una ermitaña, pero al menos la hacía sentirse normal. La hacía sentir que tenía algo por lo que merecía la pena vivir. Estructura. Desafíos mentales. Esas eran las cosas que siempre la habían inspirado, y eso fue lo que hicieron en esas próximas semanas.

Sus mañanas comenzaban a las siete. Salía a correr de inmediato. Hizo carreras de 3 kilómetros por las carreteras secundarias alrededor de la cabaña durante esa la primera semana. Volvía a casa, desayunaba y repasaba viejos expedientes. Tenía más de un centenar en sus propios registros personales, todos los cuales habían sido resueltos. Pero los repasaba solo para mantenerse ocupada y recordarse que, entre los fracasos que se habían producido al final, también había disfrutado de muchos éxitos.

Luego pasaba una hora desempacando y organizando. Después almorzaba y hacía un crucigrama o un rompecabezas de algún tipo. Luego hacía ejercicio en su dormitorio, una sesión rápida de abdominales, planchas y otros ejercicios. Luego pasaba un rato mirando los archivos de su último caso, el caso que acabó con las vidas de Jack y Ramírez. Algunos días los miraba por diez minutos, otros días se quedaba estudiándolos durante dos horas.

¿Qué había salido mal? ¿Qué había pasado por alto? ¿Habría sobrevivido al caso de no haber sido por la interferencia de Howard Randall?

Después Avery cenaba, leía, limpiaba y se iba a la cama. Era una rutina básica.

Le tomó dos meses terminar de limpiar y organizar la cabaña. Para entonces, su carrera de tres kilómetros se había convertido en una carrera de ocho kilómetros. Ya no miraba sus expedientes antiguos ni el de su último caso. En su lugar, leía libros que había comprado en Amazon, dramas criminales de la vida real y libros sobre procedimientos policíacos. También leía libros de las evaluaciones psicológicas de algunos de los asesinos en serie más notorios de la historia.

Solo estaba parcialmente consciente de que esta era su formar de llenar el vacío que su trabajo una vez había llenado. A lo que terminó de caer en cuenta, no pudo evitar preguntarse qué le deparaba el futuro.

Una mañana, mientras se encontraba corriendo alrededor del estanque Walden, el frío quemándole los pulmones de una forma que era más agradable que insoportable, esto la afectó mucho. Estaba pensando en el paquete de Howard Randall.

En primer lugar, ¿cómo sabía dónde vivía? ¿Y cuánto tiempo llevaba sabiéndolo? Había creído que había muerto en la bahía la noche en que ese terrible caso llegó a su fin. Aunque su cuerpo nunca había sido encontrado, se había especulado que efectivamente había sido disparado por un oficial en la escena antes de caer al agua. Mientras daba una vuelta, trató de armar los pasos a seguir para averiguar dónde estaba y por qué le había enviado ese extraño mensaje: ¿Quién eres tú?

«El paquete vino de Nueva York, pero es obvio que él ha estado en Boston. ¿De qué otra forma podría saber que me mudé? ¿De qué otra forma podría saber dónde vivo?», pensó.

Esto, por supuesto, trajo a su mente imágenes de Randall escondido en los árboles, vigilando su cabaña.

«No me extrañaría —pensó—. Todos los demás en mi vida han muerto o me han echado a un lado. Tiene sentido que un asesino convicto fuera el único que se preocupara por mí.»

Ella sabía que el paquete en sí no ofrecería respuestas. Ya sabía cuándo fue enviado y desde dónde. Randall solo estaba burlándose de ella, haciéndole saber que todavía estaba vivo, suelto e interesado en ella de alguna forma u otra.

Cuando regresó de correr, aún tenía el paquete en mente. Mientras se quitó los guantes y gorro de lana, sus mejillas rosadas del frío, se dirigió al lugar donde había guardado la caja. La había examinado en busca de pistas o pequeños significados ocultos de Randall, pero no había encontrado ninguno. Tampoco había encontrado nada al examinar el periódico arrugado. Había leído todos los artículos en el papel arrugado, pero nada le había llamado la atención. Solo había sido relleno. Por supuesto, eso no significaba que no había leído cada palabra de esas páginas varias veces.

Estaba tocando la caja con ansiedad cuando su teléfono celular sonó. Lo tomó de la mesa de la cocina y se quedó mirando el número en la pantalla por un momento. Sonrió e intentó ignorar la felicidad que inundó su corazón.

Era Connelly.

Sus dedos se congelaron por un momento porque honestamente no sabía qué hacer. Si hubiera llamado hace dos o tres semanas, simplemente habría ignorado la llamada. Pero ahora… Bueno, ahora las cosas habían cambiado un poco, ¿cierto? Y por mucho que odiaba admitirlo, se suponía que eso se debía a Howard Randall y su carta.

Atendió justo antes de que la llamada pasara a su buzón de voz.

—Hola, Connelly —dijo.

Hubo una pausa en la otra línea antes de que Connelly respondiera:

—Hola, Black. Bueno, seré honesto. Estaba esperando solo tener que hablar con tu buzón de voz.

—Lamento decepcionarte.

—No, para nada. Me alegra oír tu voz. Ha pasado mucho tiempo.

—Sí, es verdad.

—¿Supongo que estás lamentando tu jubilación prematura?

—No, tampoco así. ¿Cómo están las cosas?

—Las cosas están... bien. Digo, hay un vacío que Ramírez y tú solían llenar, pero ahí vamos. Finley realmente está dando la talla. Ha estado trabajando muy de cerca con O'Malley. Creo que Finley lo tomó personal cuando renunciaste. Y decidió que, si alguien va a tener que tomar tu lugar, entonces ¿quién mejor que él?

—Es bueno saberlo. Dile que lo extraño.

—Bueno, yo estaba esperando que vinieras y se lo dijeras en persona —dijo Connelly.

—No creo que estoy lista para visitas.

—Bueno, nunca he sido bueno para la charla trivial —dijo Connelly—. Iré directo al grano.

—Sí, tú eres bueno para eso.

—Mira... tenemos un caso…

—Detente —le dijo Avery—. No voy a volver. No ahora. Probablemente nunca vuelva, aunque no lo descartaría por completo.

—Escúchame, Black. Espera hasta que escuches los detalles. Quizá ya estés enterada. Este caso ha estado en las noticias.

—Yo no veo las noticias. Yo solo uso la computadora para navegar en Amazon. No recuerdo la última vez que leí un titular.

—Bueno, el caso es extraño y no hayamos forma de resolverlo. O'Malley y yo nos tomamos unos tragos anoche y decidimos que teníamos que llamarte. No es porque esté tratando de convencerte… pero tú eres la única persona que creemos puede resolver esto. Si no has visto las noticias, puedo decirte que…

—La respuesta es no, Connelly —dijo ella, interrumpiéndolo—. Agradezco el gesto, pero no. Si estoy dispuesto a discutir mi regreso, te llamaré.

—Un hombre está muerto, Avery, y el asesino seguirá matando.

Por alguna razón, oírlo usar su nombre dolió un poco.

—Lo siento, Connelly. Asegúrate de decirle a Finley que le envió saludos.

Y con eso, colgó. Se preguntaba si acababa de cometer un error. Estaría mintiendo si se dijera a sí misma que la idea de volver al trabajo no la emocionaba un poco. Hasta escuchar la voz de Connelly había hecho anhelar esa parte de su vida anterior.

«No puedes hacerlo —se dijo a sí misma—. Si vuelves a trabajar ahora, básicamente estás diciéndole a Rose que no le importas un comino. Y estarías regresando a los brazos de la criatura que te llevó a dónde estás ahora.»

Ella se puso de pie y miró por la ventana. Miró los árboles, las sombras diurnas entre ellos, y pensó en la carta de Howard Randall.

En la pregunta de Howard Randall.

¿Quién eres tú?

Estaba empezando a pensar que no estaba muy segura de la respuesta. Y tal vez no estar trabajando era el motivo.



***



Ella rompió su rutina esa tarde por primera vez desde haberla establecido. Condujo a South Boston, al cementerio St. Augustine. Era un lugar que había estado evitando desde su mudanza, no solo por lo culpable que se sentía, sino porque parecía que la fuerza cruel que manipulaba el destino le había propinado un gran golpe. Ramírez y Jack estaban enterrados en el cementerio St. Augustine y, aunque estaban bastante separados, a Avery no le importó. En su opinión, el nexo de sus fracasos y dolor se localizaba en esa franja verde de tierra, y no quería ni acercarse a ella.

Es por eso que esta era su primera visita desde los funerales. Se quedó sentada en su auto por un momento, mirando hacia la tumba de Ramírez. Se bajó del auto lentamente y se acercó a donde el hombre con el que estuvo a punto de casarse había sido enterrado. La lápida era modesta. Alguien había colocado un ramo de flores blancas recientemente, probablemente su madre, que se marchitarían dentro de muy poco por el frío.

No sabía qué decir y supuso que eso estaba bien. Si Ramírez estaba consciente de que estaba allí y si pudiera escucharla (y Avery creía que ese era el caso), sabría que a ella le costaba expresar lo que sentía. Probablemente estaba sorprendido, incluso en el lugar etéreo en el que se encontraba, que estaba aquí en absoluto.

Rebuscó en su bolsillo y sacó el anillo que Ramírez había tenido la intención de darle.

—Te extraño —dijo—. Te extraño y estoy tan… tan perdida. Y no tengo porque mentirte… no es solo porque ya no estás. No sé qué hacer conmigo misma. Mi vida se está desmoronando y lo único que sé que podría estabilizarme un poco, el trabajo, es a lo que menos debería recurrir.

Trató de imaginárselo allí con ella. ¿Qué le diría si pudiera? Sonrió al imaginárselo dándole uno de sus ceños sarcásticos. —Deja de ser tan cobarde y hazlo —le diría Ramírez—. Regresa al trabajo y arregla tu vida—.

—No me estás ayudando —dijo ella con su propia expresión sarcástica.

Le asustaba un poco que hablar con él a través de esta tumba se sentía casi natural.

—Me dirías que regresara al trabajo y que arreglara las cosas poco a poco, ¿cierto?

Se quedó mirando la lápida, como si estuviera esperando que le respondiera. De su ojo derecho brotó una lágrima. Se la secó mientras se alejó y se dirigió en la dirección de la tumba de Jack. Había sido enterrado al otro lado del cementerio, que apenas podía ver desde donde se encontraba. Se acercó a la pequeña senda que discurría por el terreno, disfrutando del silencio. No les prestó atención a los otros que estaban allí para rendir homenaje y llorar, permitiéndoles su privacidad.

Sin embargo, a lo que se acercó a la tumba de Jack, vio que alguien estaba allí. Era una mujer bajita, con la cabeza inclinada hacia abajo. A lo que dio unos pasos más, Avery vio que era Rose. Tenía las manos metidas en los bolsillos y llevaba un abrigo con una capucha que le cubría la cabeza.

Avery no quería decir su nombre, esperando poder acercarse lo suficiente para entablar una conversación. Pero, a lo que dio unos pasos más, Rose aparentemente se percató de que alguien se estaba acercando. Se dio la vuelta, vio a Avery y comenzó a alejarse al instante.

—Rose, no seas así —dijo Avery—. ¿No podemos hablar?

—No, mamá. Dios mío, no puedo creer que también hayas arruinado esto para mí.

—¡Rose!

Pero Rose no tenía nada más que decir. Ella aceleró el paso y Avery hizo todo lo posible para no perseguirla. Los ojos de Avery se llenaron de más lágrimas cuando volvió su atención a la tumba de Jack.

—¿Eso lo heredó de ti o de mí? —le preguntó Avery a la lápida.

Al igual que la de Ramírez, la lápida de Jack tampoco respondió. Se volvió hacia su derecha y vio a Rose hacerse más pequeña en la distancia, alejándose de ella hasta que desapareció por completo.




CAPÍTULO CUATRO


Cuando Avery entró en la oficina de la Dra. Higdon, se sintió como un cliché. La Dra. Higdon era muy tranquila y educada. Parecía siempre tener la cabeza un poco inclinada hacia arriba, mostrando la punta perfecta de su nariz y el ángulo de su barbilla. Era una mujer guapa, pero un poco exagerada.

Avery había luchado contra el impulso de verse con un terapeuta, pero sabía lo suficiente sobre cómo trabajaba la mente traumatizada como para saber que lo necesitaba. Y fue insoportable admitirse eso a sí misma. Odiaba la idea de visitar a un psiquiatra y tampoco quería recurrir a la psiquiatra de la policía de Boston que había visitado unas cuantas veces durante los años después de casos particularmente difíciles.

Así que se comunicó con la Dra. Higdon, una terapeuta de la que había oído hablar el año pasado durante un caso que involucró a un sospechoso que la había utilizado para superar una serie de miedos irracionales.

—Te agradezco que hayas podido reunirte conmigo tan pronto —dijo Avery—. Sinceramente creí que tendría que esperar unas semanas.

Higdon se encogió de hombros mientras se sentó en su silla. Cuando Avery se sentó en el sofá de al lado, la sensación de convertirse en un cliché viviente se intensificó.

—Bueno, he oído de ti unas cuantas veces en las noticias —dijo Higdon—. Y tu nombre ha salido a relucir con nuevos pacientes, personas que conociste en el cumplimiento de tu deber. Tenía una hora libre hoy, así que supuse que sería bien verte.

Dándose cuenta que era inaudito conseguir una cita con una terapeuta respetada solo dos días después de haber llamado, Avery supo que no debía tomar este tiempo por sentado. Y, como estaba acostumbrada a nunca andar con rodeos, no tuvo problema en ir directo al grano.

—Quería verme con un terapeuta porque, sinceramente, mi cabeza está hecha un desastre en este momento. Una parte de mí me dice que sanaré si me tomo tiempo libre. Otra parte de mí me dice que sanaré solo siendo productiva, y eso significa volver al trabajo.

—¿Cuál es la sanación que buscas? —preguntó Higdon—. ¿Podrías explicarme?

Avery pasó diez minutos haciendo precisamente eso. Empezó con los detalles de su último caso, incluyendo que el mismo había terminado con las muertes de su ex esposo y casi prometido. Explicó su mudanza de la ciudad y sus peleas recientes con Rose, tanto en su apartamento como en la tumba de Jack.

La Dra. Higdon empezó a hacerle preguntas, después de haber tomado notas todo el tiempo que Avery había hablado.

—¿Qué te hizo mudarte a la cabaña por el estanque Walden?

—Quería estar sola. Ese lugar es más aislado. Muy silencioso.

—¿Sientes que sanas mejor, tanto emocional como físicamente, cuando estás sola? —preguntó Higdon.

—No sé. Yo solo… no quería estar en un lugar donde la gente pudiera pasar por mi casa para ver cómo estaba cien veces al día.

—¿Nunca te ha gustado que las personas se preocupen por tu bienestar?

Avery se encogió de hombros y dijo: —En realidad, no. Se trata de vulnerabilidad, supongo. En mi profesión, la vulnerabilidad conduce a la debilidad.

—Dudo que eso sea cierto. En términos de percepción, probablemente, pero no es la realidad.

Higdon se detuvo un momento y luego se inclinó hacia delante y dijo: —Te llevaré directamente a los puntos clave. Estoy segura de que verás todo por lo que es. Además, el hecho de que se puedes admitir que temes ser vulnerable me dice mucho. Así que creo que podemos ir directamente al grano.

—Eso es lo que preferiría —respondió Avery.

—El tiempo que has pasado sola en la cabaña… ¿Crees que ha ayudado u obstaculizado tu proceso de sanación?

—Creo que es una exageración decir que me ha ayudado, pero sí lo ha hecho más fácil. Yo sabía que no tendría que lidiar con que todo el mundo estuviera preguntándome cómo estaba.

—¿Has intentado comunicarte con alguien durante ese tiempo?

—Solo con mi hija.

—¿Pero te rechazó?

—Así es. Estoy bastante segura de que me culpa por la muerte de su padre.

—Si estamos siendo honestas, creo que eso es cierto —dijo Higdon—. Y llegará a entender la verdad en su tiempo. Las personas hacen el luto de formas distintas. En lugar de escapar de todo en una cabaña en el bosque, tu hija ha optado por echarte la culpa. Ahora, ¿por qué renunciaste a tu trabajo?

—Porque sentía que lo había perdido todo —dijo Avery, sin siquiera haberse tenido que detener para pensarlo—. Porque sentía que lo había perdido todo y que había fracasado en mi trabajo. No podía quedarme porque era un recordatorio de que no era lo suficientemente buena.

—¿Todavía sientes que no eres lo suficientemente buena?

—Bueno… no. A riesgo de sonar vanidosa, soy muy buena en mi trabajo.

—Y llevas tres meses sin trabajar, ¿cierto?

—Sí —admitió Avery.

—¿Crees que tu deseo de volver se trata de recuperar lo que alguna vez fue tu vida o crees que progresarías si lo haces?

—Ese es el detalle. No lo sé. Pero estoy llegando al punto en el que creo que tengo que averiguarlo. Creo que tengo que volver.

La Dra. Higdon asintió y anotó algo antes de decir: —¿Crees que tu hija reaccionará negativamente si regresas a tu trabajo?

—Indudablemente.

—Está bien, entonces digamos que ella no estuviera en la ecuación; digamos que a Rose no le importaría si regresaras o no. ¿Aún tendrías estas dudas?

Avery cayó en cuenta en ese momento, y hacerlo fue como un balde de agua fría.

—Probablemente no.

—Creo que ahí tienes tu respuesta. Creo que en este punto del proceso de duelo, tú y tu hija no pueden permitir que una dicte como la otra hace el duelo. Rose necesita culpar a alguien en este momento. Esa es su forma de lidiar con lo que está sucediendo… y la relación tensa que tienen hace que sea fácil hacerlo. Y tú… Honestamente quiero decirte que volver al trabajo sería lo que te ayudaría a seguir adelante.

—¿Quieres decirme? —preguntó Avery, confundida.

—Sí, creo que tiene más sentido, dado tu historial y trayectoria. Sin embargo, durante todo este tiempo que has pasado sola, aislada de todo, ¿has tenido pensamientos suicidas?

—No —mintió Avery.

Se le hizo muy fácil mentir, y tampoco se arrepentía de haberlo hecho, así que continuó con la farsa:

—Sí, me he sentido muy mal. Pero tampoco tanto como para llegar a ese punto.

Sí, había omitido su casi-suicidio. Tampoco había mencionado el paquete que había recibido de Howard Randall. No sabía por qué. Por ahora, todo eso simplemente se sentía muy privado.

—Siendo ese el caso, creo que volver no tiene nada de malo. Sin embargo, creo que deberías tener un compañero. Y sé que eso podría ser delicado dado quién fue tu último compañero. Sin embargo, no deberías sumergirte a situaciones estresantes por tu cuenta. Incluso recomendaría que hicieras un poco de trabajo ligero primero. Tal vez hasta trabajar desde tu escritorio.

—Voy a ser sincera… eso no va a suceder.

Higdon esbozó una sonrisa y le dijo: —Entonces, ¿crees que eso es lo que vas a hacer? ¿Vas a ver si volver al trabajo te ayuda a superar estas dudas y la culpabilidad que sientes?

—Pronto —dijo Avery, pensando en la llamada de Connelly hace dos días—. Sí, creo que tal vez sí.

—Bueno, te deseo la mejor de las suertes —respondió Higdon, alcanzando para darle la mano—. Entre tanto, no dudes en llamarme si necesitas discutir algo.

Avery le dio la mano a Higdon y salió de la oficina. Odiaba admitirlo, pero se sentía mejor que como se había sentido estas últimas semanas, desde que había establecido una rutina de ejercicio y ejercitado su mente. Supuso que podría ser capaz de pensar con más claridad, y no porque Higdon había descubierto una verdad oculta. Simplemente había necesitado que alguien le señalara que, aunque Rose era la única persona que le quedaba en su vida fuera del trabajo, eso no significaba que el temor a lo que Rose pensara de ella debería dictar qué hacía con el resto de su vida.

Condujo hacia la salida más cercana para regresar a la cabaña. Vio los edificios altos de Boston a su izquierda. La comisaría quedaba a unos veinte minutos de allí. Podía ir para allá, visitar a todos y disfrutar de una cálida bienvenida. Podía arrancarse la curita y hacerlo.

Pero una cálida bienvenida no era lo que se merecía. De hecho, no estaba segura de qué era lo que se merecía.

Y tal vez por eso seguía vacilando.



***



La pesadilla de esa noche no fue nueva, pero sí tuvo un giro inesperado.

En ella, estaba sentada en una sala de visitas en un centro penitenciario. No era el mismo en donde había visitado a Howard Randall, sino uno mucho más grande con un aspecto griego. Rose y Jack estaban sentados en la mesa con un tablero de ajedrez entre ellos. Todas las piezas seguían en el tablero, pero los reyes se habían caído.

—No está aquí —dijo Rose, su voz resonando en la sala inmensa—. Tu pequeña arma secreta no está aquí.

—Quizá sea lo mejor —dijo Jack—. Ya es hora de que aprendas a resolver casos grandes por tu cuenta.

Jack entonces se pasó una mano por la cara y, en un abrir y cerrar de ojos, se veía como lo hizo la noche en que descubrió su cuerpo. El lado derecho de su cara estaba ensangrentado y se veía hundido. Cuando abrió la boca para hablar, vio que no tenía lengua. Solo había oscuridad más allá de sus dientes, un abismo.

—No pudiste salvarme —le dijo Jack—. No pudiste salvarme y ahora tengo que confiar en que cuidarás a mi hija.

Rose se puso de pie en ese momento y comenzó a alejarse de la mesa. Avery también se puso de pie, segura de que algo muy malo sucedería si perdía a Rose de vista. Trató de seguirla, pero no pudo moverse. Miró hacia abajo y vio que sus dos pies habían sido clavados al suelo con enormes traviesas. Sus pies estaban destrozados, lo único que quedaba era sangre, huesos y trozos de carne.

—¡Rose!

Su hija solo miró hacia atrás, sonrió y saludó con la mano. Y, entre más se alejaba, más grande parecía la sala. Llegaron sombras desde todas las direcciones y descendieron sobre su hija.

—¡Rose!

—Está bien —dijo una voz detrás de ella—. Yo la cuidaré.

Se dio la vuelta y vio a Ramírez, sosteniendo su arma lateral y mirando hacia las sombras. Y mientras se fue tras Rose tan valientemente, las sombras empezaron a perseguirlo.

—¡No! ¡Quédate!

Avery trató de moverse, pero fue en vano. No pudo hacer nada mientras las dos personas que más había amado en el mundo fueron tragadas por la oscuridad.

Y allí fue cuando empezaron los gritos. Rose y Ramírez llenaron la sala con gritos de agonía.

Aún en la mesa, Jack le rogó: —Por el amor de Dios, ¡haz algo!

Y fue entonces cuando Avery se despertó, con un grito en la garganta. Encendió su lámpara de mesa con una mano temblorosa. Por un momento, vio una enorme sala frente a ella, pero poco a poco se desvaneció en la luz. Miró su dormitorio y, por primera vez, se preguntó si alguna vez se sentiría en casa aquí.

Se encontró pensando en la llamada de Connelly. Y después en el paquete de Howard Randall.

Su antigua vida estaba atormentado sus sueños y también estaba invadiendo esta nueva vida aislada que había tratado de crear para sí misma.

No parecía tener ningún escape.

Así que tal vez, solo tal vez, era el momento de dejar de tratar de escapar.




CAPÍTULO CINCO


Dejó de beber excesivamente, aunque este era uno de los peores momentos de su proceso de duelo, y reemplazó lentamente el alcohol por la cafeína. Sus sesiones de lectura a menudo consistían en dos tazas de café y una Coca-Cola light. Debido a esto, había comenzado a desarrollar dolores de cabeza leves si pasaba más de un día sin tomar café. No era la forma más sana de vivir, pero sin duda era mejor que beber como una borracha.

Es por eso que se encontró en una cafetería después del almuerzo el día siguiente. Había salido a comprar comida principalmente porque se le había acabado el café y, ya que solo se había tomado una taza esa mañana, necesitaba su dosis de cafeína antes de volver a la cabaña y terminar el día. Estaba terminando de leer un libro, pero también supuso que podría aventurarse en el bosque para volver a tratar de cazar ciervos.

La cafetería era moderna y popular, y vio cuatro personas trabajando en sus MacBook. La cola en el mostrador era larga, incluso para la hora. Todo el mundo estaba conversando, y se oía el zumbido de las máquinas detrás del mostrador, así como también el televisor que se encontraba en la barra.

Avery por fin llegó a la caja, ordenó su té chai con expreso y se sentó en la sala de espera. Pasó su tiempo mirando la cartelera llena de volantes de próximos eventos locales: conciertos, obras de teatro, recaudaciones de fondos…

Y entonces empezó a escuchar la conversación a su lado. Hizo todo lo posible para no parecer obvio que estaba escuchando a escondidas, manteniendo la mirada fijada en la cartelera.

Había dos mujeres detrás de ella. Una era veinteañera, y llevaba un portabebés. Su bebé dormía tranquilamente en su pecho. La otra mujer era un poco mayor, con bebida en mano pero no dispuesta a irse aún.

Estaban mirando el televisor detrás del mostrador. No estaban hablando tan fuerte, pero igual podía escucharlas.

—Dios mío… ¿Has oído hablar de esta historia? —estaba diciendo la madre.

—Sí —dijo la segunda mujer—. Es como si la gente estuviera buscando nuevas formas de hacer daño a otros. ¿Qué clase de mente enferma tendrías que tener para que siquiera se te ocurriera algo así?

—Parece que todavía no han encontrado al asqueroso —dijo la madre.

—Probablemente no lo harán —dijo la otra mujer—. Ya tendrían alguna pista. Por Dios… ¿Te imaginas a la familia del pobre hombre, teniendo que ver esto en las noticias?

En ese momento, la barista llamó a Avery por su nombre y le entregó su bebida en el mostrador. Avery la tomó y, ahora que estaba frente a la televisión, se permitió ver las noticias por primera vez en casi tres meses.

Había habido un asesinato a las afueras de la ciudad hace una semana, en un complejo de apartamentos deteriorado. La víctima había sido encontrada en su clóset, cubierto de muchas arañas de distintas variedades. La policía estaba trabajando bajo la premisa que el acto había sido intencional, ya que la mitad de las arañas no eran nativas de la región. A pesar de la abundancia de arañas en la escena, se encontraron solo dos mordeduras en el cuerpo, y ninguna había sido venenosa. Según las noticias, hasta ahora la policía estaba trabajando bajo la premisa que el hombre había sido estrangulado o había muerto por un ataque al corazón.

«Esas dos causas de muerte son muy distintas», pensó Avery mientras comenzó a alejarse.

No pudo evitar preguntarse si Connelly la había llamado hace tres días precisamente por este caso. Un caso muy singular y, hasta el momento, sin ningún tipo de respuesta.

«Sí, estoy bastante segura que es este el caso por el que me llamó», pensó.

Con su té en mano, Avery se dirigió hacia la puerta. Tenía el resto de la tarde libre, pero estaba segura de que sabía qué haría el resto de las horas. Le gustara o no, probablemente estaría mirando un montón de arañas.



***



Avery pasó el resto de la tarde familiarizándose con el caso. La historia en sí era tan mórbida que no le costó encontrar diversas fuentes. Encontró once diferentes fuentes confiables que contaban la historia de lo que le había pasado a un hombre llamado Alfred Lawnbrook.

El arrendador de Lawnbrook había entrado en su apartamento ya que se había atrasado en la renta por enésima vez y supo que algo estaba fuera de lugar de inmediato. Mientras leía la noticia, Avery no pudo evitar comparar su reciente experiencia con Rose y su arrendatario y, francamente, le puso los pelos de punta. Alfred Lawnbrook fue encontrado en el clóset de su habitación. Había estado cubierto parcialmente con al menos tres diferentes telas de araña y dos mordeduras diferentes, mordeduras que, como había oído en las noticias, no fueron venenosas.

Aunque no se podía determinar con exactitud, se estimaba que entre quinientas y seiscientas arañas habían sido encontradas en la escena. Algunas de ellas eran exóticas y no tenían por qué estar en un apartamento en Boston. Habían contactado a una aracnóloga y ella había señalado que había visto al menos tres especies que no eran nativas de Norteamérica, y mucho menos de Massachusetts.

«Así que fue intencional —pensó Avery—. Eso indica que es probable que este tipo ataque de nuevo. Y si va a atacar de nuevo de la misma forma, debería ser posible localizarlo y meterlo en la cárcel.»

El informe del forense indicó que Lawnbrook había muerto de un ataque al corazón, probablemente por el temor de la situación. Pero como nadie más había estado en el lugar durante el asesinato, había numerosos otros escenarios posibles. Nadie podía saberlo con seguridad.

Era un caso interesante… y también un poco mórbido. Avery no le tenía miedo a muchas cosas, pero las arañas encabezaban su lista de las cosas de las que podía prescindir. Y aunque las fotos de la escena no se habían hecho públicas (gracias a Dios), Avery se lo imaginó todo en su mente.

Cuando terminó de leer todo referente al caso, se quedó mirando por la ventana trasera durante bastante tiempo. Luego se dirigió a la cocina y se movió con cautela, como si tuviera miedo de que pudiera ser atrapada. Sacó la botella de whisky americano por primera vez en meses y se sirvió un trago. Se lo tomó rápidamente y luego agarró su teléfono. Buscó el número de Connelly y presionó LLAMAR.

Connelly respondió casi de inmediato, y eso no era propio de él. Avery supuso que eso decía mucho, considerando las circunstancias.

—Black —dijo Connelly—. No esperaba tener noticias de ti hoy.

Ella ignoró esta formalidad y le dijo: —¿El caso por el cual me llamaste ¿era el de Alfred Lawnbrook y las arañas?

—Sí —le respondió—. La escena fue examinada varias veces y el cuerpo fue escudriñado, pero no tenemos nada.

—Los ayudaré —dijo Avery—. Pero solo en este caso. Y quiero ser capaz de hacerlo a mi manera. Que nadie me ponga la mano en el hombro solo porque estoy pasando por un mal momento. ¿Puedes garantizarme eso?

—Haré todo lo posible.

Avery suspiró, resignada a lo bien que se sentía ser necesitada y saber que su vida pronto se sentirá como suya otra vez.

—Listo —dijo—. Nos vemos mañana en la A1.




CAPÍTULO SEIS


Avery no estaba segura de qué sentiría al volver a entrar en la comisaría por primera vez en más de tres meses. Tal vez unas mariposas en el estómago o una oleada de nostalgia. Tal vez incluso una sensación de seguridad que haría que se preguntara por qué había renunciado.

Lo menos que esperaba era que no sentiría nada. Sin embargo, eso es exactamente lo que pasó. Cuando volvió a entrar en la A1 la mañana siguiente, no sintió nada especial. Se sentía casi como si no se hubiera perdido ni un solo día.

Sin embargo, por lo visto era la única en el edificio que no sentía nada. Mientras hizo su camino por el edificio y de regreso a su antigua oficina, se dio cuenta de que todo estaba demasiado tranquilo. Era casi como si una ola de silencio la estuviera siguiendo. Las recepcionistas en el teléfono guardaron silencio, las conversaciones se acallaron. Todos la miraron como si una gran celebridad hubiera entrado en el edificio; sus ojos estaban muy abiertos del asombro, y sus rostros tristes. Avery se preguntó por un momento si Connelly siquiera se había molestado en informarles que iba a regresar.

Después de abrirse paso por la parte central del edificio y llegar a la parte trasera donde se encontraban las oficinas y salas de conferencia, todo se sintió un poco más natural. Miller, un chico que trabajaba en registros, la saludó con la mano. Denson, una policía mayor que estaba a punto de jubilarse, le sonrió, la saludó con la mano y le dijo: —¡Es bueno tenerte de regreso!

Avery le devolvió la sonrisa y pensó: «No estoy de regreso… Da igual. Puedes decirte a sí misma esa mentira cuantas veces quieras. Pero esto se siente natural para ti. Se siente bien.»

Vio a Connelly saliendo de su oficina al final del pasillo. El hombre le había ocasionado bastantes molestias y dolores de cabeza a lo largo de los años, pero estaba feliz de verlo. La sonrisa en su rostro le hizo saber que el sentimiento era mutuo. Se encontró con ella en el pasillo y se percató de que el capitán de la A1, quien era un hombre muy serio, se estaba conteniendo para no darle un abrazo.

—¿Cómo se sintió volver a pisar la A1 —preguntó.

—Extraño —respondió Avery—. Todos me miraron como si fuera una celebridad o algo. No sé si querían desviar la mirada o aplaudir.

—A decir verdad, me preocupaba que estallaran en un aplauso cerrado cuando entraras. Todos te han extrañado, Avery. A ti… Bueno, y también a Ramírez.

—Te lo agradezco.

—Me alegra. Porque estoy a punto de mostrarte algo que podría hacerte enojar. En el fondo, tenía la esperanza de que volverías algún día. Pero no podíamos permitir que la A1 se detuviera hasta que llegara ese día… así que ya no tienes una oficina.

Le explicó esto mientras la conducía por el pasillo en dirección a su antigua oficina.

—No es gran cosa —dijo Avery—. ¿A quién le quedó ese cuchitril de todos modos?

Connelly no respondió. En cambio, dio los últimos pasos hacia su oficina y asintió con la cabeza hacia ella. Avery se acercó a la puerta y asomó la cabeza. Su corazón se calentó un poco ante lo que vio.

Finley estaba sentado en su escritorio, bebiendo de una taza de café y leyendo algo en un portátil. Cuando vio a Avery, su rostro registró una variedad de emociones: sorpresa, felicidad y finalmente vergüenza.

No se contuvo como Connelly. Se levantó del escritorio al instante y se fue a la puerta para darle un abrazo. Había subestimado lo mucho que lo había extrañado. Aunque realmente nunca habían trabajado juntos, había disfrutado de ver a Finley avanzar por la escalera corporativa. Él era cómico, leal y de buen corazón. Se sentía como su hermano laboral lejano.

—Es bueno tenerte de regreso —dijo Finley—. Te hemos extrañado mucho.

—Ya hablé de todo eso con ella —dijo Connelly—. No la atormentemos su primer día de vuelta.

«Maldita sea, no estoy de vuelta», pensó. Pero eso se sentía cada vez menos creíble.

—¿Quieres que la lleve a la escena? —preguntó Finley.

—Sí, y pronto. O'Malley querrá hablar con ella más tarde y quisiera que esté al día para cuando llegue. Llévala y cuéntale todo lo que sabemos. Traten de salir en los próximos diez minutos.

Finley asintió, visiblemente feliz de haber sido asignado a la tarea. Mientras corría de vuelta a su portátil, Connelly le hizo un gesto a Avery para que volviera al pasillo y le dijo: —Ven conmigo.

Ella lo siguió por el pasillo hasta la gran oficina que se encontraba en el fondo. La oficina de Connelly no había cambiado nada. Aún medio desordenada, de su forma particular. Había tres tazas de café en su escritorio y supuso que al menos dos de ellas eran de esta mañana.

—Y una cosa más —dijo Connelly, caminando detrás de su escritorio. Abrió el primer cajón del escritorio y sacó dos cosas que Avery probablemente había extrañado más que a cualquiera de las personas en este edificio.

Su arma y su placa. Ella sonrió mientras se acercó a ellas.

—Te hice el favor de llenarte el papeleo —dijo Connelly—. Son tuyos. También me encargaré del papeleo de tu remuneración y duración de estancia.

Avery honestamente no le importaba la paga ni cuánto tiempo se esperaba que se quedara manejando el caso. Cuando sus dedos se posaron en la placa y luego tomó la Glock, sintió algo inexplicable en su corazón.

Aunque pareciera triste, su placa y pistola se sentían familiares.

Se sentían como estar en casa.



***



La escena del crimen era de hace seis días y, por lo tanto, estaba vacía cuando ella y Finley llegaron. Se agacharon por debajo de la cinta amarilla y ella se quedó mirando mientras Finley abrió la puerta del apartamento de Alfred Lawnbrook con una llave que sacó de un sobre pequeño que tenía guardado en el bolsillo de su camisa.

—¿Le tienes miedo a las arañas? —preguntó Finley a lo que entraron.

—Un poco —dijo Avery—. Pero no se lo digas a nadie.

Finley asintió con una sonrisa sombría y le dijo: —Solo pregunto porque, aunque los aracnólogos y exterminadores vinieron a encargarse de ellas, estoy seguro de que se les escaparon varias. Sin embargo, solo las más comunes. Ninguna exótica.

La guio por el apartamento básico. La disposición y los aparatos le dijeron que Lawnbrook había estado divorciado o era un soltero.

—Pero sí encontraron arañas que no tenían por qué estar aquí, ¿cierto? —preguntó.

—Absolutamente —dijo Finley—. Al menos tres especies. Una de ellas era nativa de India, creo. Tengo las notas detalladas guardadas en mi celular, si quieres verlas. La experta en arañas que examinó el lugar dijo que, cuando el cuerpo fue encontrado, hubo por lo menos dos especies en la escena del crimen que tuvieron que haber sido encargadas a un distribuidor. Y que probablemente fueron difíciles de conseguir.

—¿Encontraron algunas arañas enormes? —preguntó Avery.

—Creo que dijo que la más grande fue aproximadamente del tamaño de una pelota de golf. Y en mi opinión, eso es lo suficientemente grande.

Entraron en el dormitorio y Avery hizo todo lo posible por no empezar a mirar las paredes y el suelo por si había arañas sueltas. Luego de echarle un vistazo a la habitación, se dio cuenta de que todo estaba bastante limpio. La puerta del clóset estaba abierta, lo que le permitió a Finley alcanzar adentro y encender la luz. Lo hizo muy rápidamente antes de retroceder.

—Lawnbrook fue encontrado en la esquina trasera izquierda —dijo Finley—. Las fotos están en la A1. Estoy seguro de que a O'Malley le encantaría mostrártelas. Ese idiota está fascinado con este caso.

Avery entró en el clóset. Aparte de unos cuantos filamentos sueltos de tela de araña en la esquina, no había nada que ver.

Luego salió de la habitación y empezó a registrar el lugar en busca de algún indicio de allanamiento. Finley se quedó atrás, manteniendo su distancia y dejándola trabajar. Buscó cualquier cosa que estuviera fuera de lugar, incluso algo tan pequeño como una foto enmarcada en la sala de estar, pero no encontró nada. Le echó un vistazo a los libros en la pequeña estantería al lado del centro de entretenimiento para ver si veía algo referente a arañas, pero no encontró nada.

—¿Lawnbrook estaba interesado en arañas? —preguntó Avery.

—No, no hemos encontrado nada que lo indique.

—¿Alguien ya fue a hablar con su familia?

—Sí. Y creo que O'Malley fue uno de los oficiales que se comunicó con la familia. Por lo que entiendo, lo describieron como un miedoso. Odiaba las montañas rusas, las películas de terror, cosas por el estilo. Así que es bastante improbable que le gustaran las arañas.

«Así que si las arañas no estaban aquí por Lawnbrook, ¿por qué estaban aquí? —se preguntó Avery—. ¿Y qué tipo de persona las traería aquí? ¿Y por qué?»




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