Una Vez Acechado 
Blake Pierce


Un Misterio de Riley Paige #9
¡Una obra maestra del género de thriller y misterio! El autor hizo un buen trabajo desarrollando a los personajes psicológicamente. Los describe tan bien que sientes que estás en sus mentes, sientes sus temores y te alegras por sus éxitos. La trama es muy inteligente y el libro te mantendrá entretenido de principio a fin. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Opiniones de libros y películas, Roberto Mattos (Una vez desaparecido) UNA VEZ ACECHADO es el libro #9 de la serie exitosa de misterio de Riley Paige, que comienza con UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1), ¡una descarga gratuita con más de 900 opiniones de cinco estrellas! Cuando dos soldados son hallados muertos en una gran base militar en California, aparentemente asesinados por herida de bala, los investigadores militares quedan perplejos. ¿Quién está matando a sus soldados dentro de los límites seguros de su propia base?¿Y por qué?Por eso le piden ayuda al FBI, y Riley Paige es asignada como la encargada del caso. A lo que Riley se sumerge en la cultura militar, se sorprende al darse cuenta de que los asesinos en serie también pueden atacar aquí, en medio del lugar más seguro del planeta. Se encuentra en una persecución frenética, jugando al gato y al ratón, en una carrera para decodificar la mente del asesino. Sin embargo, pronto descubre que está enfrentándose a un asesino altamente entrenado, uno que podría ser un oponente demasiado letal, incluso para ella. Un thriller psicológico oscuro con suspenso emocionante, UNA VEZ ACECHADO es el libro #9 de una nueva serie fascinante, con un nuevo personaje querido, que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. El Libro #10 de la serie de Riley Paige estará disponible pronto.







U N A V E Z A C E C H A D O



(UN MISTERIO DE RILEY PAIGE—LIBRO 9)



B L A K E P I E R C E


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros).



Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto.



Derechos de autor © 2017 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976 y las leyes de propiedad intelectual, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida o distribuida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en un sistema de bases de datos o de recuperación sin el previo permiso del autor. Este libro electrónico está licenciado para tu disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otras personas, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Los derechos de autor de la imagen de la cubierta son de d1sk, utilizada bajo licencia de Shutterstock.com.


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT

EL ESPOSA PERFECTA (Book #1)

EL TIPO PERFECTO (Book #2)



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE

Al LADO (Libro #1)

LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2)

CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE

SI ELLA SUPIERA (Libro #1)

SI ELLA VIERA (Libro #2)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)

ATRAYENDO (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8)

UNA VEZ ACECHADO (Libro #9)

UNA VEZ PERDIDO (Libro #10)

UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11)

UNA VEZ ATADO (Libro #12)

UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13)

UNA VEZ LATENTE (Libro #14)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE DESEE (Libro #3)

ANTES DE QUE ARREBATE (Libro #4)

ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5)

ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6)

ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7)

ANTES DE QUE CACE (Libro #8)

ANTES DE QUE SE APROVECHE (Libro #9)

ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10)

ANTES DE QUE SE DESCUIDE (Libro #11)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)

UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5)

UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)

UN RASTRO DE VICIO (Libro #3)

UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4)

UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5)


CONTENIDO

PRÓLOGO (#u4bc784dc-7487-548f-9406-6275c2d5d8f5)

CAPÍTULO UNO (#ucadd9f22-36c7-565d-9b82-619d7ea12afc)

CAPÍTULO DOS (#u72440eb0-c831-59c4-9292-9fe238953373)

CAPÍTULO TRES (#u2ceb5b23-d3a0-52d8-b2da-8675bf1dabae)

CAPÍTULO CUATRO (#uea14848d-e05f-5830-85ea-557c55fd8b05)

CAPÍTULO CINCO (#u2ee2927c-e70e-50a9-894c-8a49d6ff53ec)

CAPÍTULO SEIS (#ud04448eb-e916-5a20-ae86-c4c92bb01e19)

CAPÍTULO SIETE (#u094c5780-dc1d-5c08-874f-54298b2be625)

CAPÍTULO OCHO (#u7561bc98-6f09-5cc8-8743-ed552a630146)

CAPÍTULO NUEVE (#uf223eecd-15d2-509e-8171-aaceb052b31b)

CAPÍTULO DIEZ (#u32ab752d-0549-5332-9aec-1e4560fd1fd9)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS (#litres_trial_promo)




PRÓLOGO


El coronel Dutch Adams miró su reloj mientras caminaba por el fuerte Nash Mowat y vio que eran las 0500 horas. Era una mañana fresca y oscura en el sur de California y todo parecía estar bien.

Oyó la voz de una mujer gritar fuertemente...

“¡El comandante de la guarnición está presente!”.

Se volvió a tiempo para ver un pelotón en entrenamiento ponerse firmes ante la orden de la sargento instructor. El coronel Adams hizo una pausa para devolver su saludo y siguió su camino. Aceleró el paso, con la esperanza de no llamar la atención de los otros sargentos instructores. No quería interrumpir más pelotones de formación mientras estaban reunidos en sus áreas de formación.

Sintió un espasmo en su rostro. Después de todos estos años, todavía no estaba muy acostumbrado a oír voces femeninas espetando comandos. Incluso ver pelotones mixtos a veces lo sorprendía un poco. El ejército había cambiado desde sus días como recluta adolescente. No le gustaban muchos de esos cambios.

Mientras continuaba su camino, oyó las voces de otros sargentos de instrucción, tanto masculinos como femeninos, ordenando a sus pelotones a formarse.

“Ya no tienen el mismo mando”, pensó.

Jamás olvidaría el abuso que recibió por parte de su propio sargento de instrucción hace todos esos años, las invectivas salvajes contra su familia y ascendencia, los insultos y obscenidades.

Sonrió un poco. ¡Ese bastardo Driscoll!

El sargento Driscoll murió hace muchos años. No en combate, como sin duda habría preferido, sino de una apoplejía causada por hipertensión. En esos días, la hipertensión fue un riesgo laboral de los sargentos de instrucción.

El coronel Adams jamás olvidaría a Driscoll y, para él, así es que deberían ser las cosas. Un sargento de instrucción debía dejar una huella imborrable en la mente de un soldado durante el resto de su vida. Debía ser un ejemplo vivo del peor infierno imaginable. El sargento Driscoll definitivamente había tenido ese impacto en la vida del coronel Adams. ¿Los entrenadores bajo su mando aquí en el fuerte Nash Mowat dejarían ese tipo de huella en sus reclutas?

El coronel Adams lo dudaba.

“Demasiada corrección política”, pensó.

La suavidad ahora incluso formaba parte del manual de entrenamiento del ejército:

“El estrés creado por el abuso físico o verbal no es productivo y está prohibido”.

Se burló mientras pensaba en las palabras.

“Eso es pura mierda”, murmuró en voz baja.

Pero el ejército había estado encaminándose en esta dirección desde la década de los 1990. Sabía que ya debía estar acostumbrado a eso. Pero jamás podría hacerlo.

De todos modos, no tendría que lidiar con eso por mucho más tiempo. Se retiraría en un año, y su ambición final era ser ascendido a general de brigada antes de esa fecha.

De repente, Adams fue distraído de sus meditaciones ante una vista desconcertante.

Los reclutas del pelotón #6 estaban dispersos en su área de formación, haciendo ejercicios de calistenia, otros simplemente parados de brazos cruzados hablando entre sí.

El coronel Adams se detuvo en seco y gritó.

“¡Soldados! ¿Dónde demonios está su sargento?”.

Nerviosos, los reclutas lo saludaron.

“En descanso”, dijo Adam. “¿Alguien responderá mi maldita pregunta?”.

Una recluta habló.

“Desconocemos el paradero del sargento Worthing, señor”.

Adams apenas podía creer lo que estaba oyendo.

“¿Qué quieren decir con eso?”, exigió.

“Nunca se presentó para la formación, señor”.

Adams gruñó en voz baja.

El sargento Clifford Worthing jamás se comportaba así. De hecho, Worthing era uno de los pocos sargentos de instrucción que Adams respetaba. Era de la vieja escuela, o al menos quería serlo. A menudo aparecía en la oficina de Adams quejándose de que las reglas lo frenaban.

Aun así, Adams sabía que Worthing ignoraba las reglas tanto como podía. A veces los reclutas se quejaban de sus exigencias rigurosas y abuso verbal. Esas quejas complacían a Adams.

Pero, ¿dónde estaba Worthing en este momento?

Adams se abrió paso entre los reclutas y entró en el cuartel, pasando las filas de camas hasta que llegó a la oficina de Worthing.

Tocó la puerta fuertemente.

“Worthing, ¿estás ahí?”.

Nadie respondió.

“Worthing, es tu coronel. Más te vale que respondas si estás ahí”.

Nadie respondió.

Adams giró el pomo y abrió la puerta.

La oficina estaba inmaculadamente limpia, y no había nadie adentro.

“¿Dónde diablos está?”, se preguntó Adams.

¿Worthing siquiera se presentó en la base esta mañana?

Entonces Adams vio el letrero de NO FUMAR en la pared de la oficina.

Recordó que el sargento Worthing fumaba.

¿El sargento instructor había salido a fumarse un cigarrillo?

“No, no puede ser”, dijo Adams en voz alta.

Eso no tenía sentido.

Aun así, Adams salió de la oficina y se dirigió a la puerta trasera de las barracas.

Abrió la puerta y se quedó mirando fijamente la luz de la mañana.

No tuvo que buscar por mucho tiempo.

El sargento Worthing estaba en cuclillas con la espalda contra la pared de las barracas, un cigarrillo colgando de su boca.

“Worthing, ¿qué demonios...?”, espetó Adams.

Luego retrocedió ante lo que vio.

Había una gran mancha oscura y húmeda en la pared.

Esa mancha llegaba al lugar donde Worthing estaba agachado.

Entonces Adams vio el agujero negro en el centro de la cabeza de Worthing.

Era una herida de bala.

La herida de entrada era pequeña, pero la herida de salida había acabado con gran parte del cráneo de Worthing. El hombre fue asesinado de un tiro mientras estuvo aquí fumándose un cigarrillo. El disparo había sido tan limpio que el sargento había muerto al instante, tanto así que ni el cigarrillo cayó de su boca.

“Dios mío”, murmuró Adams. “No otra vez”.

Miró a su alrededor. Un gran campo vacío se extendía detrás de las barracas. El disparo había sido expedido desde lejos. Eso significaba que esto era obra de un tirador experto.

Adams negó con la cabeza con incredulidad.

Su vida estaba a punto de complicarse y volverse muy agravante.




CAPÍTULO UNO


Riley Paige estaba mirando por una ventana abierta de su casa adosada. Era un día de primavera precioso, uno de esos días de cuentos de hadas con pájaros cantando y flores floreciendo. El aire olía a fresco y limpio. Y, sin embargo, una oscuridad seguía atormentándola.

Tenía la extraña sensación de que toda esta belleza era terriblemente frágil.

Es por eso que mantuvo las manos colgando a sus lados, como si estuviera en una tienda llena de porcelana delicada, y un solo movimiento en falso pudiera romper algo precioso y caro. O tal vez era como si esta tarde perfecta fuera solo una ilusión que se desvanecería solo para revelar...

“¿Qué?”, se preguntó Riley.

¿La oscuridad de un mundo lleno de dolor, terror y maldad?

O la oscuridad que acechaba dentro de su propia mente, ¿la oscuridad de demasiados pensamientos y secretos espantosos?

Una voz de una niña interrumpió las reflexiones de Riley.

“¿En qué estás pensando, mamá?”.

Riley se dio la vuelta. Se dio cuenta de que había olvidado momentáneamente las otras personas que se encontraban en la sala de estar.

La chica que había hablado era Jilly, la flaca de trece años de edad que Riley estaba en el proceso de adoptar.

“Nada”, dijo Riley en respuesta.

Su ex vecino apuesto, Blaine Hildreth, le sonrió.

“Definitivamente parecías estar en otro mundo”, dijo.

Blaine acababa de llegar a casa de Riley con su hija adolescente, Crystal.

Riley dijo: “Creo que estaba preguntándome dónde está April”.

Era una fuente de preocupación. La hija de quince años de Riley aún no había llegado a casa de la escuela. ¿No sabía que habían planificado ir a cenar en el restaurante de Blaine?

Cristal y Jilly sonrieron maliciosamente.

“Ah, ella estará aquí pronto”, dijo Jilly.

“En cualquier momento”, agregó Crystal.

Riley se preguntó qué sabían las chicas que ella no. Esperaba que April no estuviera metida en problemas. April había pasado por una fase de rebeldía y había sufrido un gran trauma hace unos meses. Pero ella parecía estar mucho mejor ahora.

Entonces Riley miró a los otros y se dio cuenta de algo.

“Blaine, Crystal, no les he preguntado si quieren algo de beber. Tengo ginger ale. Y whisky americano para ti, Blaine, si quieres”

“Ginger ale, gracias”, dijo Blaine.

“Para mí también, por favor”, dijo Crystal.

Jilly empezó a levantarse de la silla.

“Yo los sirvo”, dijo Jilly.

“Eso no es necesario”, dijo Riley. “Yo me encargo”.

Riley se dirigió directamente a la cocina, bastante complacida por tener algo que hacer. Servir refrescos normalmente sería el trabajo de Gabriela, el ama de llaves guatemalteca de Riley. Pero Gabriela tenía el día libre y estaba visitando amigos. Gabriela a veces hacía a Riley sentirse malcriada y era agradable poder servir unas bebidas por su cuenta. También mantenía la mente de Riley concentrada en el presente agradable.

Sirvió vasos de ginger ale para Crystal y Blaine y también para ella y Jilly.

Mientras llevaba la bandeja con las bebidas a la sala de estar, Riley escuchó la puerta principal abrirse. Entonces oyó la voz de April hablando con alguien que había traído con ella.

Riley estaba repartiendo las bebidas cuando entró April, seguida por un chico de su edad. Se vio sorprendida de ver a Blaine y Crystal.

“¡Ay!”, dijo April con un suspiro. “No esperaba...”.

Entonces April se sonrojó de vergüenza.

“¡Dios mío, se me olvidó por completo! ¡Íbamos a salir esta noche! ¡Lo siento mucho!”.

Jilly y Crystal se estaban riendo. Ahora Riley comprendió la razón de su diversión. Sabían que April tenía un nuevo novio, y que probablemente había olvidado la cena porque estaba demasiado perdida en él.

“Recuerdo esa época”, pensó Riley, recordando con nostalgia sus propios enamoramientos adolescentes.

Complacida de que April lo había traído a casa para presentarlo, Riley observó al chico rápidamente. Inmediatamente le gustó lo que vio. Al igual que April, era alto, desgarbado y medio torpe. Tenía el pelo de color rojo brillante, pecas, ojos azules brillantes y una sonrisa torpe y amable.

April dijo: “Mamá, él es Liam Schweppe. Liam, ella es mi mamá”.

Liam le ofreció su mano a Riley.

“Encantado de conocerla, Sra. Paige”, dijo.

Su voz tenía un chillido adolescente que hizo que Riley sonriera.

“Me puedes llamar Riley”, dijo.

April dijo: “Mamá, Liam es...”.

April se detuvo en seco. Al parecer no estaba lista para decir “mi nuevo novio”.

En lugar de eso, dijo: “Él es el capitán del equipo de ajedrez de la escuela”.

Riley cada vez estaba más entretenida.

“Así que supongo que estás enseñando a April a jugar al ajedrez”, dijo.

“Estoy tratando de hacerlo”, dijo Liam.

Riley no pudo evitar reírse un poco. Ella jugaba el ajedrez bastante y llevaba muchos años tratando de interesar a April en el juego. No obstante, April siempre había descartado la idea y consideraba que el ajedrez estaba fuera de moda, una “cosa de viejos” que no la interesaba.

Su actitud parecía haber cambiado ahora que un chico lindo estaba involucrado.

Riley invitó a Liam a sentarse con los otros.

Ella le dijo: “Te ofrecería algo de beber, pero estamos a punto de salir a cenar”.

“La cena que April olvidó”, dijo Liam, su sonrisa ensanchándose un poco.

“Eso es correcto”, dijo Riley. “¿Por qué no nos acompañas?”.

April se estaba sonrojando más.

“Mamá...”, comenzó.

“Mamá, ¿qué?”, dijo Riley.

“Estoy segura de que Liam tiene otros planes”, dijo April.

Riley se rio. Obviamente estaba metiéndose en el territorio de “mamá mala onda” de nuevo. Parecía que April estaba lista para introducirle a Liam, pero una cena familiar era demasiado para ella.

“¿Qué te parece, Liam?”, preguntó Riley.

“Me parece bien, gracias”, dijo Liam. “¿Adónde vamos?”.

“A El Grill de Blaine”, dijo Riley.

Los ojos de Liam se iluminaron de emoción.

“Vaya. ¡He oído grandes cosas sobre ese lugar!”.

Ahora Blaine Hildreth era el que estaba sonriendo.

“Gracias”, le dijo a Liam. “Soy Blaine, el dueño del restaurante”.

Liam se echó a reír.

“¡Qué genial!”, dijo.

“Vámonos a cenar”, dijo Riley.



*



Un poco más tarde, Riley estaba disfrutando de una deliciosa cena con April, Jilly, Blaine, Crystal y Liam. Todos estaban sentados en el patio de El Grill de Blaine, disfrutando del buen tiempo, así como de la comida maravillosa.

Riley estaba hablando de ajedrez con Liam, discutiendo tácticas de planificación. Estaba impresionada por su conocimiento del juego. Se preguntó cómo le iría si jugara en su contra. Supuso que probablemente perdería. Era una buena jugadora, pero él ya era el capitán de un equipo de ajedrez y solo era estudiante del segundo año. Además, había tenido pocas oportunidades de jugar últimamente.

“Debe ser bastante bueno”, se imaginó.

La idea le gustaba mucho. Riley sabía que April era muy brillante y era bueno que tenía un novio que podía desafiarla.

Mientras ella y Liam hablaron, Riley se preguntó el estatus de su relación. Solo quedaban dos meses del año escolar. ¿Se separarían y perderían el interés? Riley esperaba que no fuera así.

“¿Qué harás este verano, Liam?”, preguntó Riley.

“Iré al campamento de ajedrez”, dijo Liam. “En realidad seré entrenador. He estado tratando de convencer a April para que vaya conmigo”.

Riley miró a April.

“¿Por qué no vas, April?”, preguntó.

April se sonrojó de nuevo.

“No sé”, dijo. “Estaba pensando en ir al campamento de fútbol. Eso es más lo mío. Probablemente me sentiría fuera de lugar en el campamento de ajedrez”.

“No, ¡claro que no!”, dijo Liam. “Habrá jugadores de todos los niveles, incluyendo algunos que apenas están empezando a aprender el juego, como tú. Y queda aquí en Fredericksburg, así que no tendrías que viajar”.

“Lo voy a pensar”, dijo April. “En este momento solo quiero concentrarme en mis notas”.

A Riley le contentaba el hecho de que Liam no parecía ser estar distrayendo a April de la escuela. Sin embargo, Riley deseaba que al menos considerara asistir al campamento de ajedrez. Pero sabía que lo mejor era no presionarla. Eso podría convertirse en otra cosa que hacen las “mamás mala onda”. Lo mejor era que Liam tratara de persuadirla.

De todos modos, Riley estaba contenta de ver a April tan feliz. Con el cabello oscuro y ojos color avellana como Riley, a veces April se veía demasiado adulta. Riley recordó que había elegido el nombre April debido a que era su mes favorito. Y era su mes favorito debido a días como este.

Blaine levantó la mirada de su comida y se centró en Riley.

Dijo: “Cuéntanos de este premio que vas a recibir mañana, Riley”.

Era el turno de Riley de sonrojarse un poco.

“No es gran cosa”, dijo.

Jilly dejó escapar un chillido de protesta.

“¡Claro que es gran cosa!”, dijo Jilly. “Se llama el Premio de la Perseverancia, y lo va a recibir por este caso enfriado que acaba de resolver. El jefe de todo el FBI va a otorgárselo”.

Los ojos de Blaine se abrieron.

“¿Estás hablando del director Milner?”, dijo.

Riley se sentía realmente incómoda y cohibida ahora.

Se echó a reír de los nervios.

“No es tan impresionante como suena”, dijo. “No es gran cosa que venga a Quántico. Trabaja aquí mismo en DC”.

Blaine se quedó boquiabierto del asombro.

Jilly dijo: “Blaine, April y yo saldremos de la escuela temprano para verla recibir el premio. Crystal y tú deberían acompañarnos”.

Blaine y Crystal ambos dijeron que les encantaría asistir.

“Está bien”, dijo Riley, sintiéndose avergonzada. “Espero no se aburran. De todos modos, ese no es el mayor evento de mañana. Jilly es la protagonista de la obra de la escuela y se presentará mañana por la noche. Eso es mucho más importante”.

Ahora Jilly estaba sonrojada.

“No soy la protagonista, mamá”, dijo.

Riley se rio ante la repente timidez de Jilly.

“Bueno, tienes uno de los papeles principales. Eres Perséfone en una obra llamada Deméter y Perséfone. ¿Por qué no nos cuentas la historia?”.

Jilly empezó a contar la historia del mito griego, tímidamente al principio, pero cada vez más entusiasmada mientras seguía. Riley se sentía cada vez más complacida. Una de sus hijas estaba aprendiendo a jugar al ajedrez; la otra estaba emocionada por la mitología griega.

“Tal vez las cosas están mejorando”, pensó.

Sus esfuerzos en el matrimonio y la familia habían sido problemáticos. Recientemente había cometido un grave error, tratando de dejar que su ex esposo, Ryan, entrara de nuevo en su vida y en las vidas de sus hijas. Ryan había demostrado ser el mismo hombre incapaz de compromiso de siempre.

¿Pero ahora?

Riley miró a Blaine, y se dio cuenta de que ya él la estaba mirando. Estaba sonriendo, y ella le devolvió la sonrisa. Definitivamente había una chispa entre ellos. Incluso habían bailado y besado durante una cita este pasado mes, su única cita a solas hasta el momento. Pero Riley se encogió un poco por dentro al recordar lo incómodamente que había terminado: ella corriendo a trabajar en un caso.

Blaine parecía haberla perdonado.

Pero, ¿hacia dónde iban las cosas entre ellos?

Una vez más esa oscuridad al acecho se apoderó de Riley.

Tarde o temprano, esta ilusión feliz de familia y amistad podría dar paso a la realidad de la maldad, asesinato, crueldad y monstruos humanos.

Y tenía la sensación de que eso sucedería muy pronto.




CAPÍTULO DOS


Sentada en la primera fila del auditorio en Quántico, Riley se sentía terriblemente incómoda. Había enfrentado un sinnúmero de asesinos despiadados sin perder la compostura. Pero, en este momento, se sentía a punto de entrar en pánico.

El director del FBI, Gavin Milner, estaba parado en el podio en la parte delantera de la gran sala. Estaba hablando de la larga trayectoria de Riley, especialmente del caso por el que estaba siendo honrada, el caso enfriado del llamado “Asesino de la Caja de Fósforos”.

A Riley le sorprendió el ronroneo distinguido de su voz. No había hablado mucho con el director Milner, pero le agradaba. Era un hombre delgado y apuesto con un bigote impecablemente arreglado. Riley pensó que se veía y sonaba más como un decano de una escuela de bellas artes que como la cabeza de la organización de aplicación de ley más élite de la nación.

Riley no había estado prestándole mucha atención a sus palabras. Estaba demasiado nerviosa y acomplejada. Pero ahora que parecía que estaba llegando al final de su discurso, Riley comenzó a prestar más atención.

Milner dijo: “Todos sabemos del coraje, inteligencia y gracia bajo presión de la agente especial Riley Paige. Ha sido galardonada por todas estas cualidades en el pasado. Pero hoy estamos aquí para honrarla por algo diferente, por su tenacidad, su determinación por hacer justicia. Debido a sus esfuerzos, un asesino que cobró tres víctimas en veinticinco años al fin comparecerá ante la justicia. Todos estamos en deuda con ella por su servicio, y por su ejemplo”.

Sonrió, mirándola directamente. Cogió la caja en la que estaba guardada el premio.

“Esa es mi señal de entrada”, pensó Riley.

Sus piernas se sentían inestables mientras se levantó de la silla y se abrió paso al escenario.

Se colocó a un lado del podio y Milner colocó la medalla de la perseverancia alrededor de su cuello.

Se sentía sorprendentemente pesada.

“Qué extraño”, pensó Riley. “Las otras no se sintieron así”.

Había recibido otros tres premios anteriormente, el Escudo de la Valentía y medallas de valor y logro meritorio.

Pero esta se sentía más pesada... y diferente.

Se sentía casi mal de alguna manera.

Riley no estaba segura del por qué.

El director del FBI le dio unas palmaditas en el hombro y se rio un poco.

Le dijo a Riley en un susurro...

“Algo más para añadir a tu colección, ¿cierto?”.

Riley se rio con nerviosismo y estrechó la mano del director.

Las personas en el auditorio comenzaron a aplaudir.

De nuevo con una sonrisa y en un casi susurro, el director Milner le dijo: “Es hora de enfrentar tu público”.

Riley se dio la vuelta y se sintió abrumada por lo que vio.

Había más gente en el auditorio de lo que creía. Y todos los rostros eran conocidos, amigos, familiares, compañeros de trabajo y personas que había ayudado o salvado en el cumplimiento de su deber.

Todos estaban de pie, sonriendo y aplaudiendo.

Riley sintió un nudo en la garganta y lágrimas se formaron en sus ojos.

“Todos ellos creen en mí”.

Se sentía agradecida y humillada, pero también culpable.

¿Qué pensarían estas mismas personas de ella si supieran todos sus secretos más oscuros?

No sabían nada acerca de su relación actual con un asesino salvaje pero brillante que se había escapado de Sing Sing. Desde luego no sospechaban que el criminal la había ayudado a resolver varios casos. Y no había forma de que supieran lo irremediablemente entrelazada que estaba la vida de Riley con la de Shane Hatcher.

Riley casi se estremeció ante la idea.

No era de extrañar que esta medalla se sentía más pesada que las otras.

“No, no me merezco esto”, pensó Riley.

Pero ¿qué podía hacer? ¿Darse la vuelta y regresársela al director Milner?

En su lugar, se las arregló para sonreír y pronunciar unas palabras de agradecimiento. Luego bajó del escenario con cuidado.



*



Unos momentos más tarde, Riley estaba en una sala grande y llena de personas con refrescos en las manos. Parecía que la mayoría de las personas que habían estado en el auditorio estaban aquí. Ella era el centro de un remolino de actividad mientras todos tomaron turnos felicitándola. Estaba agradecida por la presencia estabilizadora del director Milner, quien estaba parado a su lado.

Los primeros en felicitarla fueron sus colegas, otros agentes de campo, especialistas, administradores y trabajadores de oficina.

La mayoría de ellos estaban visiblemente felices por ella. Por ejemplo, Sam Flores, la cabeza del equipo de análisis técnico de Quántico, subió un pulgar y le dio una sonrisa sincera antes de seguir adelante.

Pero Riley tenía algunos enemigos, y ellos estaban aquí también. La más joven era Emily Creighton, una agente bastante inexperta que se creía la rival de Riley. Riley le llamó la atención luego de cometer un error de novata hace unos meses y Creighton le guardó rencor desde entonces.

Cuando llegó el turno de Creighton de felicitar a Riley, la agente más joven forzó una sonrisa a través de dientes apretados, le dio la mano, murmuró “Felicidades” y se alejó.

Otros colegas la felicitaron antes de que agente especial encargado Carl Walder dio un paso hacia Riley. Infantil tanto en apariencia como en comportamiento, Walder era la personificación absoluta de un burócrata en los ojos de Riley. Siempre estaban en desacuerdo. De hecho, la había suspendido e incluso despedido en varias ocasiones.

Pero en este momento su expresión de buena voluntad la tenía muy entretenida. Con el director Milner parado a su lado, Walder no se atrevió a mostrar nada más que respeto fingido.

Su mano estaba húmeda y fría cuando estrechó la suya y vio gotas de sudor en su frente.

“Una distinción bien merecida, agente Paige”, dijo con una voz temblorosa. “Estamos honrados de tenerte en la fuerza”.

Luego Walder estrechó la mano del director del FBI.

“Nos alegra que esté aquí, director Milner”, dijo Walder.

“Es un placer”, dijo el director Milner.

Riley observó el rostro del director. ¿Notó una pequeña sonrisa de superioridad mientras estrechó la mano de Walder? No podía estar segura. Pero sabía que Walder no inspiraba mucho respeto en el FBI, ni en sus subordinados, ni en sus superiores.

Luego de que todos los colegas de Quántico terminaron de felicitarla, la próxima ola de personas despertó emociones poderosas. Eran personas que había conocido en el cumplimiento de su deber, familiares de víctimas de asesinato o personas que había salvado. Riley no había esperado que estuvieran aquí, sobre todo no un grupo tan grande de ellas.

La primera persona fue un hombre frágil de edad avanzada que había rescatado de una envenenadora loca en enero. Tomó la mano de Riley en las suyas y dijo con lágrimas en los ojos: “Gracias, gracias, gracias” una y otra vez.

Riley no pudo evitar llorar.

Luego fueron Lester y Eunice Pennington y su hija adolescente, Tiffany. En febrero, la hermana mayor de Tiffany, Lois, había sido asesinada por un joven enfermo. Riley no había visto a los Pennington desde que había resuelto su caso. Riley no podía creer que estaban aquí. Los recordaba angustiados y afligidos. Pero estaban sonriendo a través de sus lágrimas, felices por Riley y agradecidos por la justicia que les había dado.

Mientras Riley intercambió apretones de manos emocionales con ellos, se preguntó cuánto más de esto podría aguantar sin huir de la sala en lágrimas.

Finalmente llegó Paula Steen, la madre anciana de una chica que había sido asesinada hace veinticinco años en el caso por el que Riley estaba siendo condecorada hoy.

Riley se sintió verdaderamente abrumada.

Ella y Paula habían estado en contacto desde hace muchos años, hablando por teléfono todos los aniversarios de la muerte de su hija.

La presencia de Paula aquí hoy tomó a Riley por sorpresa.

Tomó las manos de Paula, tratando de no romper en llanto.

“Paula, gracias por venir”, logró balbucear través de las lágrimas. “Espero sigamos en contacto”.

La sonrisa de Paula era radiante, y ella no estaba llorando en absoluto.

“Te seguiré llamando una vez al año, como siempre, lo prometo”, dijo Paula. “Bueno, mientras siga viva. Ahora que has atrapado al asesino de Tilda, me siento lista para pasar al otro mundo y estar con ella y mi esposo. Llevan mucho tiempo esperándome. Muchas gracias”.

Riley sintió un dolor repentino en su interior.

Paula le estaba dando las gracias por la paz que ahora sentía, le estaba dando las gracias por permitirle morir al fin.

Era demasiado para Riley.

Simplemente no podía hablar.

En cambio, le dio un beso en la mejilla a Paula y la anciana se alejó.

La gente se estaba yendo ahora y la sala estaba mucho menos concurrida.

Pero los que más le importaban aún seguían ahí. Blaine, Crystal, Jilly, April y Gabriela habían estado cerca, observándola todo este tiempo. Riley se sintió especialmente alegre por la mirada de orgullo que vio en el rostro de Gabriela.

También vio que las chicas estaban sonriendo, mientras que la expresión de Blaine era una de admiración impresionada. Riley esperaba que toda esta ceremonia no lo intimidara ni lo asustara.

Se contentó mucho al ver el rostro de tres personas que se estaban acercando a ella. Una de ellas era su compañero desde hace muchos años, Bill Jeffreys. De pie junto a él estaba Lucy Vargas, una agente joven entusiasta y prometedora quien consideraba a Riley una mentora. Junto a ella estaba Jake Crivaro.

Riley se sorprendió al ver a Jake. Fue su compañero hace muchos años y llevaba mucho tiempo jubilado. Había salido de su jubilación solo para ayudarla en el caso del Asesino de la Caja de Fósforos, que lo había atormentado durante años.

“¡Jake!”, dijo Riley. “¿Qué estás haciendo aquí?”.

El hombre bajito y con un pecho fuerte y grueso se echó a reír.

“Oye, ¿qué clase de bienvenida es esa?”.

Riley se echó a reír y lo abrazo.

“Sabes a lo que me refiero”, dijo.

Después de todo, Jake había vuelto a su apartamento en Florida justo cuando cerraron el caso. Estaba contenta de que estaba de vuelta, incluso si era mucho más pronto de lo que había esperado.

“No me habría perdido esto por nada del mundo”, dijo Jake.

Riley sintió una nueva oleada de culpa al abrazar a Bill.

“Bill, Jake... esto no es justo”.

“¿Que no es justo?”, preguntó Bill.

“Que me otorgaran este premio. Ustedes dos también trabajaron mucho en este caso”.

Lucy tomó su turno para abrazar a Riley.

“Claro que es justo”, dijo Lucy. “El director Milner los mencionó. Les dio crédito también”.

Bill asintió y dijo: “Y no habríamos hecho nada en absoluto si no hubieses sido tan firme y terca con respecto a reabrir el caso”.

Riley sonrió. Obviamente eso era cierto. Reabrió el caso cuando nadie más creyó que era posible de resolver.

De repente sintió una nueva ola de confusión acerca de lo que había sucedido.

Miró a su alrededor y les dijo a Bill, Jake y Lucy: “Todas estas personas, ¿cómo se enteraron de esto?”.

Lucy dijo: “Bueno, estuvo en las noticias, por supuesto”.

Eso era cierto, pero para Riley eso no explicaba las cosas. Su premio había sido anunciado en un titular diminuto que nadie habría notado a menos que lo estuvieran buscando.

Entonces Riley vio una sonrisa maliciosa en el rostro de Bill.

“¡Se comunicó con todos!”, cayó en cuenta Riley.

Quizás no se comunicó con todas las personas de su pasado, pero definitivamente puso el motor en marcha.

Estaba sorprendida por las emociones contradictorias que sentía.

Obviamente estaba agradecida con Bill por asegurarse de que este día fuera nada menos que extraordinario.

Pero, para su sorpresa, también estaba enojada.

Aunque lo había hecho sin darse cuenta, Bill había preparado una emboscada emocional para ella.

Lo peor de todo era que la había hecho llorar.

Pero se recordó a sí misma que lo había hecho por amistad y respeto.

Ella le dijo: “Tú y yo tendremos una pequeña charla sobre esto más adelante”.

Bill sonrió y asintió.

“Estoy seguro de que sí”, dijo.

Riley se volvió hacia su familia y amigos en espera, pero fue detenida en seco por su jefe, el jefe de equipo Brent Meredith. El hombre grande con rasgos angulosos negros no parecía estar de humor para celebraciones.

Dijo: “Paige, Jeffreys, Vargas... Necesito verlos en mi oficina de inmediato”.

Sin decir más, Meredith salió de la sala.

Riley se sintió terrible, pero tuvo que decirles a Blaine, Gabriela y las chicas que la esperaran un rato más.

Recordó la sensación de oscuridad que había sentido durante la cena de ayer.

“Ya llegó”, pensó.

Un nuevo mal estaba a punto de entrar en su vida.




CAPÍTULO TRES


Mientras Riley siguió a Bill y Lucy por el pasillo hacia la oficina del jefe Meredith, trató de averiguar por qué se sentía tan inestable. Aún no podía descifrar lo que la estaba molestando.

Se dio cuenta de que en parte era una sensación a la que se había acostumbrado hace mucho tiempo, esa aprehensión familiar que sentía cada vez que estaba a punto de recibir nuevas órdenes.

Pero algo más estaba mezclado con esa sensación. No se sentía como miedo o aprensión. Ya había participado en demasiados casos en su carrera como para sentirse excesivamente preocupada por lo que estaba por venir.

Era algo que apenas reconocía.

“¿Es alivio?”, se preguntó Riley.

Sí, tal vez era eso.

La ceremonia y la recepción se habían sentido tan extrañas e irreales, provocando pensamientos y oleadas de emociones en conflicto.

Dirigirse a la oficina de Meredith se sentía familiar, cómodo... y como un escape.

¿Pero un escape a qué?

Sin duda a un mundo conocido de crueldad y maldad.

Riley sintió escalofríos por todo su cuerpo.

¿Qué decía de ella el hecho de que se sentía más cómoda con la crueldad y maldad que con celebraciones y elogios?

No quería pensar demasiado en esa pregunta, y ella trató de quitarse de encima esa sensación ansiosa mientras caminaba. Pero no podía hacerlo.

Parecía que estaba sintiéndose cada vez menos cómoda consigo misma últimamente.

Cuando Riley, Bill y Lucy llegaron a la gran oficina de Meredith, el jefe estaba de pie junto a su escritorio.

Otra persona ya estaba allí, una joven afroamericana con el cabello liso y corto y ojos grandes e intensos. Se puso de pie al ver a Riley y sus compañeros.

Meredith dijo: “Agentes Paige, Jeffreys y Vargas, quiero que conozcan a la agente especial Jennifer Roston”.

Riley miró a la mujer con la que había hablado por teléfono justo después de haber resuelto el caso del Asesino de la Caja de Fósforos. Jennifer Roston no era alta, pero se veía atlética y completamente competente. La expresión en su rostro era la de una mujer que estaba segura de sus propias capacidades.

Roston le dio la mano a cada uno de ellos.

“He oído maravillas de ti”, le dijo Lucy.

“Has roto récords en la Academia”, dijo Bill.

Riley también había oído maravillas de la agente Roston. Ya tenía una reputación increíble y había recibido excelentes recomendaciones.

“Estoy muy honrada de conocerlos”, dijo Roston con una sonrisa sincera. Luego, mirando a Riley directamente a los ojos, agregó: “Especialmente a ti, agente Paige. Me alegra conocerte en persona”.

Riley se sintió halagada. También se sintió inquieta.

A lo que todos se dirigieron a sus sillas a sentarse, Riley se preguntó qué estaba haciendo Roston aquí hoy. ¿Meredith la pondría a trabajar en un caso con Riley y sus dos colegas?

La idea hizo que Riley se sintiera un poco incómoda. Ella, Bill y Lucy habían creado una excelente relación, una relación de trabajo fácil y carente de problemas. ¿Una nueva adición a su pequeño equipo no perturbaría eso, al menos temporalmente?

Meredith respondió su pregunta. “Quería que los tres conocieran a la agente Roston porque la tengo trabajando en el caso de Shane Hatcher. Ya es hora de que atrapemos al desgraciado. La oficina central ha decidido hacer de él una prioridad. Es el momento de atraparlo, y necesitamos ojos frescos asignados a ese caso en particular”.

Riley se retorció un poco en el interior.

Ya sabía que Roston estaba trabajando en el caso de Hatcher. De hecho, eso es lo que habían discutido por teléfono. Roston había pedido acceso a los archivos informáticos de Quántico sobre Shane Hatcher, y Riley le había dado el acceso.

Pero ¿qué estaba pasando en este momento?

Seguramente Meredith no los había traído aquí para trabajar juntos en el caso de Hatcher. No estaba segura de cuánto Meredith sabía de sus propias conexiones con Hatcher. Habría sido arrestada si su jefe estuviera plenamente consciente de que había dejado al asesino prófugo escaparse porque la había ayudado.

Sabía perfectamente bien que Hatcher probablemente estaba en las montañas, escondiéndose en la cabaña que había heredado de su padre, permaneciendo allí con el conocimiento y la total aprobación de Riley.

¿Cómo podría siquiera pretender estar tratando de llevarlo ante la justicia?

Bill le preguntó a Roston: “¿Cómo va todo?”.

Roston sonrió.

“Apenas voy empezando, solo estoy investigando en este punto”.

Luego, mirando a Riley de nuevo, Roston dijo: “Aprecio el acceso que me diste a todos esos archivos”.

“Me alegra poder ser de ayuda”, dijo Riley.

Roston entrecerró los ojos un poco, su expresión tornándose curiosa.

“Ha sido de gran ayuda”, dijo. “Has recopilado bastante información. Aun así, pensé que habría más sobre las transacciones financieras de Hatcher”.

Riley reprimió un escalofrío al recordar haber hecho algo precipitado justo después de esa llamada telefónica.

Antes de darle a Roston acceso a los archivos de Hatcher, había borrado uno llamado “PENSAMIENTOS”, un archivo que no solo contenía los pensamientos y observaciones personales de Riley sobre Hatcher, sino también información financiera que probablemente llevaría a su captura. O por lo menos cortarle los recursos.

“No sé por qué hice esa locura”, pensó Riley.

Pero ya estaba hecho, y no podía deshacerlo aunque quisiera.

Riley ahora se sentía claramente incómoda bajo la mirada inquisitiva de Roston.

“Es un personaje difícil de alcanzar”, le dijo Riley a Roston.

“Sí, eso veo”, dijo Roston.

Roston siguió mirando a Riley.

Riley se sentía muy incómoda.

“¿Ella ya sabe algo?”, se preguntó Riley.

Entonces Meredith dijo: “Eso es todo por ahora, agente Roston. Tengo otro asunto que debo discutir con Paige, Jeffreys y Vargas”.

Roston se levantó y se despidió cortésmente.

Justo cuando salió de la sala, Meredith dijo: “Parece que tenemos un nuevo caso de asesinato en serie en el Sur de California. Alguien ha asesinado a tres sargentos de instrucción en el fuerte Nash Mowat. Un tirador experto les disparó a larga distancia. La víctima más reciente fue asesinada temprano esta mañana”.

Riley estaba intrigada, pero también un poco sorprendida.

“¿Ese no sería un caso del Comando de Investigaciones Criminales del Ejército?”, preguntó. Sabía que el comando normalmente investigaba delitos graves que se cometieron dentro del ejército estadounidense.

Meredith asintió.

“El comando ya está trabajando en él”, dijo. “Hay una oficina del comando en el fuerte Mowat, así que ya están trabajando. Pero, como ustedes saben, el jefe del cuerpo de la policía militar, Boyle, está a cargo del comando. Me llamó hace un rato para pedir la ayuda del FBI. Parece que este caso será especialmente desagradable, con todo tipo de repercusiones negativas en cuanto a relaciones públicas. Habrá un montón de mala prensa y presión política. Entre más pronto se resuelva, mejor para todos”.

Riley se preguntó si esta era una buena idea. Nunca había oído del FBI y el comando trabajando juntos en un caso. Le preocupaba que pudieran terminar interponiéndose en el camino del otro, haciendo más daño que bien.

Pero no objetó. No le pertenecía hacerlo.

“¿Cuándo salimos?”, preguntó Bill.

“Lo antes posible”, dijo Meredith. “¿Tienen sus maletas aquí?”.

“No”, dijo Riley. “Me temo que no me esperaba esto tan pronto”.

“Entonces empaquen sus cosas ahora mismo”.

Riley sintió un escalofrío repentino.

“¡La obra de Jilly es esta noche!”, pensó.

Si Riley se iba en este momento, se lo perdería.

“Jefe Meredith...”, comenzó.

“¿Sí, agente Paige?”.

Riley se detuvo. Después de todo, el FBI acababa de otorgarle un premio y un aumento. ¿Cómo podía volverse atrás ahora?

“Órdenes son órdenes”, se dijo a sí misma.

No había nada que pudiera hacer.

“Nada”, dijo.

“Está bien”, dijo Meredith, poniéndose de pie. “Muévanse entonces. Y resuelvan esto rápido. Otros casos esperan por ustedes”.




CAPÍTULO CUATRO


El coronel Dutch Adams se quedó mirando por la ventana de su oficina. Tenía una buena vista del fuerte Nash Mowat desde aquí. Incluso podía ver el campo donde el sargento Worthing había sido asesinado esta mañana.

“Maldita sea”, murmuró por en voz baja.

Hace menos de dos semanas el sargento Rolsky había sido asesinado exactamente de la misma manera.

Hace una semana el sargento Fraser fue asesinado de la misma forma.

Y ahora Worthing.

Tres buenos sargentos.

“Tremendas pérdidas”, pensó.

Y, hasta ahora, los agentes del comando no habían sido capaces de resolver el caso.

Adams se quedó preguntándose...

“¿Cómo diablos terminé a cargo de este lugar?”.

Había tenido una buena carrera en general. Llevaba sus medallas con orgullo, la Legión al Mérito, de tres Estrellas de Bronce, Medallas al Servicio Meritorio y un montón de otras.

Analizó su vida mientras miraba por la ventana.

¿Cuáles eran sus mejores recuerdos?

Seguramente su servicio durante la guerra en Irak, tanto en la Operación Tormenta del Desierto y la Operación Libertad Duradera.

¿Cuáles eran sus peores recuerdos?

Posiblemente la rutina académica de acumular suficientes grados para obtener un cargo.

O tal vez estar de pie dando conferencias en aulas.

Pero incluso esos recuerdos no eran tan malos como tener que estar a cargo de este lugar.

Estar detrás de un escritorio, redactar informes y presidir reuniones, todo eso era lo peor de todo para él.

Aun así, al menos había vivido cosas buenas.

Su carrera había supuesto un costo personal: tres divorcios y siete hijos mayores que no le hablaban. Ni siquiera estaba seguro de cuántos nietos tenía.

Y así tenía que ser.

El ejército siempre había sido su verdadera familia.

Pero ahora, después de todos esos años, se sentía distanciado, incluso del ejército.

Entonces, ¿cómo se sentiría retirarse del servicio militar? ¿Feliz o simplemente sería otro divorcio feo?

Dejó escapar un suspiro amargo.

Si lograba su ambición final, se retiraría como general de brigada. Aun así, estaría solo después de su retiro. Pero tal vez eso era lo mejor.

Tal vez podría desaparecer en silencio, como uno de los “viejos soldados” proverbiales de Douglas MacArthur.

“O como un animal salvaje”, pensó.

Había sido un cazador toda su vida, pero no recordaba haber corrido tras la carcasa de un oso o un ciervo o cualquier otro animal salvaje que había muerto por causas naturales. Otros cazadores le habían dicho lo mismo.

¡Qué misteriosos eran! ¿Adónde iban esas criaturas salvajes para morir y pudrirse?

Deseaba saberlo para que pudiera ir al lugar donde lo hacían cuando llegara su tiempo.

Ahora mismo tenía un antojo de un cigarrillo. Era un infierno no poder fumar en su propia oficina.

En ese momento, su teléfono de escritorio zumbó. Era su secretaria en la oficina exterior.

La mujer dijo: “Coronel, tengo al jefe del cuerpo de la policía militar en la línea. Él quiere hablar con usted”.

El coronel Adams sintió una sacudida de sorpresa.

Sabía que el jefe del cuerpo de la policía militar era el general de brigada Malcolm Boyle. Adams nunca había hablado con él.

“¿De qué?”, preguntó Adams.

“Los asesinatos, creo”, dijo la secretaria.

Adams gruñó en voz baja.

“Por supuesto”, pensó.

El jefe del cuerpo de la policía militar en Washington estaba a cargo de todas las investigaciones criminales del ejército. Sin duda había oído que la investigación aquí se había rezagado.

“OK, hablaré con él”, dijo Adams.

Tomó la llamada.

A Adams no le gustó el sonido de la voz del hombre inmediatamente. Era demasiado suave para su gusto, no tenía el ladrido adecuado para un oficial de alto rango. Sin embargo, el hombre excedía a Adams en posición. Tenía que al menos fingir respeto.

Boyle dijo: “Coronel Adams, solo quería darle un preaviso. Tres agentes del FBI de Quántico llegarán pronto para ayudar con la investigación de los asesinatos”.

Adams sintió una oleada de irritación. Él consideraba que ya tenía demasiados agentes trabajando en él. Pero se las arregló para mantener su voz tranquila.

“Señor, no estoy seguro de que entiendo el por qué. Tenemos nuestra propia oficina del comando aquí en el fuerte Mowat. Están en el caso”.

La voz de Boyle sonó un poco más dura ahora.

“Adams, han tenido tres asesinatos en menos de tres semanas. Me parece que necesitan ayuda”.

La frustración de Adams estaba creciendo cada vez más. Pero sabía que no debía mostrarlo.

Dijo: “Le digo esto con todo respeto… no sé por qué me llama con esta noticia. La coronel Dana Larson es la jefa del comando aquí en el fuerte Mowat. ¿Por qué no la llamó a ella primero?”.

La respuesta de Boyle tomó a Adams completamente por sorpresa.

“La coronel Larson se puso en contacto conmigo. Pidió que llamara a la UAC. Así que llamé y coordiné todo”.

Adams estaba horrorizado.

“Esa perra”, pensó.

La coronel Dana Larson parecía hacer todo lo posible para molestarlo cada vez que podía.

¿Y qué estaba haciendo una mujer a cargo de una oficina del comando de todos modos?

Adams hizo todo lo posible para tragarse su disgusto.

“Lo entiendo, señor”, dijo.

Luego finalizó la llamada.

El coronel Adams estaba que hervía ahora. Golpeó su puño contra la mesa. ¿No podía expresar su opinión sobre lo que sucedía en este lugar?

Sin embargo, órdenes eran órdenes, y él tenía que obedecerlas.

Pero no tenía que gustarle... y no tenía que esforzarse por asegurarse de que las personas estuvieran cómodas.

Gruñó en voz alta.

Las cosas se pondrían muy feas ahora.




CAPÍTULO CINCO


Mientras conducía a Jilly, April y Gabriela a casa, Riley no se atrevía a decir que tenía que irse de inmediato. Se iba a perder el primer evento importante de Jilly, un papel protagónico en una obra de teatro. ¿Las chicas serían capaces de entender que estaba bajo órdenes?

Incluso después de que llegaron a casa, Riley no pudo armarse de valor para decirlo.

Estaba muy avergonzada.

Hoy en día se había ganado una medalla por perseverancia, y en el pasado había sido honrada por su valor y valentía. Y, por supuesto, sus hijas habían estado en la audiencia observándola recibir su medalla.

Pero de seguro no se sentía como un héroe.

Las chicas se dirigieron al patio trasero a jugar y Riley subió a su habitación y empezó a empacar sus cosas. Era una rutina familiar. El truco era empacar una maleta pequeña con suficientes necesidades para un par de días o un mes.

Mientras estaba poniendo las cosas en su cama, oyó la voz de Gabriela.

“Riley... ¿qué estás haciendo?”.

Riley se dio la vuelta y vio a Gabriela parada en la puerta. Estaba sosteniendo una pila de ropa limpia que estaba a punto de poner en el clóset del pasillo.

Riley tartamudeó: “Gabriela, tengo... tengo que irme”.

Gabriela quedó boquiabierta.

“¿Irte? ¿A dónde?”.

“Me han asignado a un nuevo caso. En California”.

“¿No puedes irte mañana?”, preguntó Gabriela.

Riley tragó grueso.

“Gabriela, el avión del FBI está a la espera en este momento. Tengo que irme”.

Gabriela negó con la cabeza.

Ella dijo: “Es bueno combatir el mal, Riley. Pero a veces pienso que pierdes de vista lo que es bueno”.

Gabriela desapareció al pasillo.

Riley suspiró. ¿Desde cuándo Riley le pagaba a Gabriela para ser su conciencia?

Pero no podía quejarse. Era un trabajo para el que Gabriela era muy buena.

Riley se quedó mirando sus prendas sin empacar.

Negó con la cabeza y se susurró a sí misma…

“No puedo hacerle esto a Jilly. Simplemente no puedo”.

Toda su vida había sacrificado a sus hijas por cosas de trabajo. Siempre. Ni una sola vez había puesto a sus hijas primero.

Y cayó en cuenta que eso era lo que estaba mal en su vida. Esa era una parte de su oscuridad.

Tenía la valentía de enfrentarse a un asesino en serie. Pero ¿tenía la valentía para poner el trabajo en un segundo plano y hacer de las vidas de sus hijas su prioridad?

En este mismo momento, Bill y Lucy se estaban preparando para viajar a California.

Estaban esperando encontrarse con ella en la pista de aterrizaje de Quántico.

Riley suspiró miserablemente.

Solo había una forma de resolver este problema, si es que podía resolverlo en absoluto.

Tenía que intentarlo.

Sacó su teléfono celular y marcó el número privado de Meredith.

Ante el sonido de su voz ronca, dijo: “Señor, habla la agente Paige”.

“¿Qué pasa?”, preguntó Meredith.

Sonaba preocupado. Riley entendía el por qué. Nunca había utilizado este número, excepto en circunstancias extremas.

Se armó de valor y fue directo al grano.

“Señor, me gustaría retrasar mi viaje a California. Solo por esta noche. Los agentes Jeffreys y Vargas pueden ir adelantándose”.

Después de una pausa, Meredith preguntó: “¿Cuál es tu emergencia?”.

Riley tragó. Meredith no se la iba a poner fácil.

Pero estaba decidida a no mentir.

Con voz temblorosa tartamudeó: “Mi hija menor, Jilly... actuará en una obra de teatro escolar esta noche. Ella es la protagonista”.

El silencio que cayó fue ensordecedor.

“¿Me colgó?”, se preguntó Riley.

Luego, con un gruñido Meredith dijo: “¿Podrías repetir eso, por favor? No creo haberte oído bien”.

Riley contuvo un suspiro. Estaba segura de que él la había oído perfectamente.

“Señor, esta obra es importante para ella”, dijo, poniéndose cada vez más nerviosa. “Jilly... bueno, ya sabes que estoy tratando de adoptarla. Ha tenido una vida muy dura, y apenas está superando un momento muy difícil y sus sentimientos son muy delicados y...”.

Su voz se quebró.

“¿Y qué?”, preguntó Meredith.

Riley tragó grueso.

“No puedo decepcionarla, señor. No esta vez. Hoy no”.

Otro silencio sombrío cayó.

Riley estaba empezando a sentirse más decidida.

“Señor, no hará ninguna diferencia en el caso”, dijo. “Los agentes Jeffreys y Vargas se adelantarán y sabes lo capaces que son. Pueden actualizarme cuando llegue allá”.

“¿Y cuándo sería eso?”, preguntó Meredith.

“Mañana por la mañana. Temprano. Me dirigiré al aeropuerto justo cuando termine la obra. Tomaré el primer vuelo que pueda”.

Después de otra pausa, Riley agregó: “Yo me pago el boleto”.

Oyó a Meredith gruñir un poco.

“Por supuesto que lo harás, agente Paige”, dijo.

Riley abrió la boca y recuperó el aliento.

“¡Me está dando permiso!”.

De repente se dio cuenta de que apenas había estado respirando durante la conversación.

Le costó mucho no estallar en frases de agradecimiento.

Sabía que Meredith no le gustaría eso en absoluto. Y lo último que quería era que cambiara de parecer.

Así que se limitó a decir: “Gracias”.

Ella oyó otro gruñido.

Luego Meredith dijo: “Dile a tu hija que le deseo buena suerte”.

Finalizó la llamada.

Riley respiró un suspiro de alivio, luego levantó la mirada y vio que Gabriela estaba parada en la puerta de nuevo, sonriendo.

Era evidente que había escuchado toda la llamada.

“Creo que estás creciendo, Riley”, dijo Gabriela.



*



Sentada entre el público con April y Gabriela, Riley estaba disfrutando de la obra escolar. Se había olvidado lo encantadores que podrían ser eventos como este.

Los chicos estaban vestidos con trajes improvisados. Habían pintado un paisaje que asemejaba escenas de la historia de Deméter y Perséfone: campos llenos de flores, un volcán en Sicilia, las cavernas húmedas del Inframundo y otros lugares míticos.

¡Y la actuación de Jilly era simplemente maravillosa!

Interpretaba a Perséfone, la hija de la diosa Deméter. Riley se encontró recordando la historia familiar mientras se desarrolló en frente de ella.

Perséfone estaba afuera recogiendo flores un día cuando Hades, el dios del Inframundo, llegó en su cuadriga y la raptó. La llevó al Inframundo para ser su reina. Cuando Deméter se dio cuenta de lo que le había sucedido a su hija, lloró de dolor.

Riley sintió escalofríos ante la forma convincente que la chica que interpretaba a Deméter expresó su dolor.

En ese momento, la historia comenzó a abrumar a Riley de una forma que no había esperado.

La historia de Perséfone se parecía mucho a la de Jilly. Después de todo, era la historia de una niña que perdió parte de su infancia a fuerzas mucho mayores que ella.

Los ojos de Riley se llenaron de lágrimas.

Se sabía el resto de la historia muy bien. Perséfone recuperaría su libertad, pero solo por la mitad de cada año. Cuando Perséfone no estaba, Deméter dejaba que la tierra se enfriara y muriera. Cada vez que regresaba, revivía la tierra y la primavera llegaba de nuevo.

Y ese fue el origen de las estaciones.

Riley apretó la mano de April y susurró: “Aquí viene la parte triste”.

Riley se sorprendió al oír a April reírse.

“No es tan triste”, susurró April. “Jilly me dijo que cambiaron la historia un poco. Solo mira”.

Riley prestó mucha atención.

Plenamente en el personaje de Perséfone, Jilly golpeó a Hades en la cabeza con una urna griega, en realidad una almohada disfrazada. Entonces salió del Inframundo y regresó de nuevo a su madre.

El muchacho que interpretaba a Hades hizo un berrinche y trajo el invierno al mundo. Él y Deméter luego jugaron a tirar la cuerda, cambiando las estaciones de invierno a primavera y de primavera a inverno, una y otra vez durante el resto del tiempo.

Riley estaba encantada.

Cuando la obra terminó, Riley se dirigió detrás del escenario para felicitar a Jilly. En el camino se encontró con la maestra que había dirigido la obra.

“¡Me encanta lo que hiciste con la historia!”, le dijo Riley a la maestra. “Fue genial ver a Perséfone cambiar de una víctima indefensa a una heroína independiente”.

La maestra sonrió.

“No me des las gracias”, dijo. “Fue idea de Jilly”.

Riley corrió hacia Jilly y le dio un gran abrazo.

“¡Estoy demasiado orgullosa de ti!”, dijo Riley.

“Gracias, mamá”, dijo Jilly, sonriendo.

Mamá.

La palabra resonó en la mente de Riley. Significaba demasiado para ella.



*



Más tarde esa noche, cuando todos estaban en casa, Riley finalmente tuvo que decirles a las chicas que se iba. Asomó la cabeza por la puerta de Jilly.

Jilly estaba profundamente dormida, agotada por su gran éxito. Riley amaba la mirada de satisfacción en su rostro.

Entonces Riley fue al dormitorio de April. April estaba sentada en la cama leyendo un libro.

April levantó la mirada y miró a su madre.

“Hola, mamá”, dijo ella. “¿Qué pasa?”.

Riley entró a la habitación.

Ella dijo: “Esto va a parecer extraño, pero... tengo que irme ahora mismo. Me han asignado a un caso en California”.

April sonrió.

Ella dijo: “Jilly y yo supusimos que de eso trató tu reunión en Quántico. Y entonces vimos la maleta en tu cama. De hecho pensamos que ibas a irte antes de la obra. Por lo general no empacas a menos que tengas que irte de una vez”.

Miró a Riley, su sonrisa ensanchándose.

“Pero te quedaste”, agregó. “Sé que atrasaste tu viaje, al menos por la obra. ¿Sabes cuánto significó eso para nosotras?”.

Los ojos de Riley se llenaron de lágrimas. Se inclinó hacia delante y las dos se abrazaron.

“¿Así que no tienen problema con que me vaya?”, preguntó Riley.

“Claro que no, está bien. Jilly me dijo que esperaba que atraparas a unos malos. Está muy orgullosa de lo que haces, mamá. Yo también estoy orgullosa”.

Riley se sintió demasiado conmovida como para expresarlo con palabras. Sus dos hijas estaban creciendo tan rápido. Y se estaban convirtiendo en mujeres jóvenes impresionantes.

Besó a April en la frente.

“Te amo, cariño”, dijo.

“Yo también te amo”, dijo April.

“¿Y tú qué estás haciendo?”, le dijo Riley. “Apaga esa lámpara y acuéstate a dormir. Mañana tienes que ir a la escuela”.

April se echó a reír y apagó la luz. Riley se fue a su habitación para tomar su maleta.

Era más de medianoche y tenía que conducir a DC a tiempo para tomar un vuelo comercial.

Esta noche sería larga.




CAPÍTULO SEIS


El lobo yacía boca abajo en el suelo áspero de desierto.

El hombre se consideraba a sí mismo una bestia acechando a su próxima presa.

Tenía una excelente vista del fuerte Nash Mowat de este lugar alto, y el aire de la noche era agradable y fresco. Observó la presa de esta noche a través de la mira de visión nocturna en su rifle.

Volvió a pensar en sus víctimas odiadas.

Hace tres semanas asesinó a Rolsky.

Luego a Fraser.

Luego a Worthing.

Acabó con ellos con gran finura, con tiros en la cabeza tan limpios que seguramente ni siquiera supieron que habían sido baleados.

Esta noche, sería Barton.

El lobo observó a Barton caminando a lo largo de un camino no iluminado. Aunque la imagen a través de la mira nocturna era granulada y monótona, el objetivo estaba lo suficientemente visible para cumplir con sus propósitos.

Pero aún no le dispararía a la presa de la noche.

No estaba lo suficientemente lejos. Alguien cercano podría ser capaz de averiguar su paradero, a pesar de que había adjuntado una bocacha a su rifle de francotirador M110. No cometería el error de subestimar a los soldados de esta base.

Siguiendo a Barton con la mira, el lobo disfrutó de la sensación de la M110 en sus manos. En estos días el ejército se encontraba en transición hacia el uso de la Heckler & Koch G28 como un rifle de francotirador estándar. Aunque el lobo sabía que el G28 era más ligero y más compacto, aún prefería el M110. Era más preciso, incluso si era más largo y más difícil de ocultar.

Tenía veinte rondas en el barrilete, pero solo la intención de utilizar una de ellas cuando llegara el momento de disparar.

Acabaría con Barton con un disparo.

Podía sentir la energía de la manada, como si lo estuvieran viendo, dándole su apoyo.

Observó como Barton finalmente llegó a su destino, una de las canchas de tenis al aire libre de la base militar. Los otros jugadores lo saludaron cuando entró en la cancha y desempacó su equipo de tenis.

Ahora que Barton estaba en el área iluminada, el lobo ya no tenía que usar la mira nocturna. Apuntó directamente a la cabeza de Barton. La imagen ya no estaba granulada, sino muy clara y vívida.

Barton estaba a unos noventa metros de distancia ahora.

A esa distancia, el lobo podría depender de la precisión del rifle hasta tres centímetros.

Tenía que asegurarse de permanecer dentro de ese rango.

Y sabía que lo haría.

“Solo un ligero apretón del gatillo”, pensó.

Eso era lo único que tenía que hacer ahora.

El lobo disfrutó de ese momento misterioso y congelado en el tiempo.

Esos segundos antes de apretar el gatillo eran casi religiosos, cuando esperaba armarse de valor y voluntad para disparar, cuando esperaba decidir apretar el gatillo con el dedo. Durante ese momento, la vida y la muerte parecían estar extrañamente fuera de sus manos. El movimiento irrevocable ocurriría en la plenitud de un instante.

Sería su decisión, y sin embargo no su decisión en absoluto.

¿De quién era la decisión entonces?

Se creía que había un animal, un verdadero lobo, al acecho dentro de él, una criatura sin remordimientos que tomaba el control sobre ese momento y movimiento fatal.

Ese animal era a la vez su amigo y su enemigo. Y lo amaba con un amor extraño que solo podía sentir hacia un enemigo mortal. Ese animal interior era lo que sacaba lo mejor de él, lo que realmente lo mantenía alerta.

El lobo estaba esperando que ese animal atacara.

Pero el animal no lo hizo.

El lobo no apretó el gatillo.

Se preguntó por qué.

“Algo parece estar mal”, pensó.

Entendió lo que pasaba.

La vista del blanco en la cancha de tenis iluminaba a través de la mira normal era simplemente demasiado clara.

Tomaría muy poco esfuerzo de su parte.

No era un desafío.

No sería digno de un verdadero lobo.

Además, era demasiado pronto después de la última matanza. Las otras habían sido espaciadas para provocar ansiedad e incertidumbre entre los hombres que él detestaba. Acabar con Barton ahora interrumpiría el impacto psicológico y rítmico de lo que estaba haciendo.

Sonrió un poco ante estos pensamientos. Se puso de pie con su arma y comenzó a caminar de vuelta por donde había venido.

Se sentía bien por haber dejado a su presa por ahora.

Nadie sabía cuándo atacaría de nuevo.

Ni siquiera él mismo.




CAPÍTULO SIETE


Todavía estaba oscuro cuando el vuelo comercial de Riley despegó. Pero, incluso con el cambio de hora, sabía que sería de día en San Diego cuando llegara allí. Estaría en el aire durante más de cinco horas y ya se sentía bastante cansada. Tenía que estar completamente funcional mañana por la mañana para unirse a Bill y Lucy en la investigación. Tendría mucho trabajo por hacer y necesitaba estar preparada para ello.

“Mejor duermo un poco”, pensó Riley. La mujer sentada junto a ella ya parecía estar durmiendo.

Riley inclinó la silla hacia atrás y cerró los ojos. Pero, en lugar de quedarse dormida, se encontró recordando la obra de Jilly.

Sonrió al recordar como Jilly, interpretando a Perséfone, golpeó a Hades sobre la cabeza y escapó del Inframundo para vivir su vida como quisiera.

Recordar su primer encuentro con Jilly la entristecía. Ese encuentro había sucedido una noche en un estacionamiento de una parada de camiones en Phoenix. Jilly se había escapado de una vida familiar miserable con un padre abusivo y subido a la cabina de un camión estacionado. Había tenido la intención de venderle su cuerpo a un conductor.

Riley se estremeció.

¿Qué habría sido de Jilly si no se la hubiera encontrado esa noche?

Varios de sus amigos y colegas le habían dicho a Riley lo bueno que había hecho por Jilly.

¿Por qué no se sentía mejor al respecto? En su lugar, se sentía muy desesperada.

Después de todo, había un sinnúmero de Jillys en el mundo, y muy pocas de ellas eran rescatadas de sus vidas terribles.

Riley no podía ayudarlas a todas, al igual que no podía liberar al mundo de todos los asesinos despiadados.

“Todo es tan inútil”, pensó. “Todo lo que hago es inútil”.

Ella abrió los ojos y miró por la ventana. El avión había dejado las luces de DC detrás y afuera no había nada más que oscuridad impenetrable.

Mientras miraba hacia la noche negra, pensó en su reunión de ese día con Bill, Lucy y Meredith, y lo poco que sabía sobre el próximo caso. Meredith había dicho que las tres víctimas habían sido disparadas desde una larga distancia por un tirador experto.

¿Qué le decía eso sobre el asesino?

¿Que el asesinato era un deporte para él?

¿O que estaba en una especie de misión siniestra?

Una cosa parecía cierta: el asesino sabía lo que estaba haciendo, y era bueno en eso.

El caso sin duda sería un desafío.

Los párpados de Riley se estaban sintiendo pesados.

“Tal vez pueda dormir un poco”, pensó. Volvió a inclinar la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.



*



Riley estaba mirando lo que parecía ser miles de Rileys, todas ellas paradas en ángulos extraños una hacia la otra, volviéndose cada vez más pequeñas y, finalmente, desapareciendo en la distancia.

Se volvió un poco y lo mismo hicieron todas las demás Rileys.

Ella levantó su brazo y las demás también lo hicieron.

Luego extendió una mano y la mano entró en contacto con una superficie de vidrio.

“Estoy en una sala de espejos”, se dio cuenta Riley.

Pero ¿cómo había llegado aquí? Y ¿cómo saldría?

Escuchó una voz llamar...

“¡Riley!”.

Era la voz de una mujer y de alguna manera era familiar para ella.

“¡Estoy aquí!”, respondió Riley. “¿Dónde estás?”.

“Yo también estoy aquí”.

De repente, Riley la vio.

Estaba parada directamente en frente de ella, en medio de la multitud de reflejos.

Era una mujer joven delgada y atractiva, con un vestido que parecía estar décadas fuera de moda.

Riley supo de inmediato quién era.

“¡Mami!”, dijo en un susurro aturdido.

Se sorprendió al escuchar que su propia voz ahora era la de una niña.

“¿Qué estás haciendo aquí?”, preguntó Riley.

“Solo vine a despedirme”, dijo mami con una sonrisa.

Riley se esforzó por comprender lo que sucedía.

Entonces lo recordó...

Mami fue asesinada en frente de Riley en una tienda de dulces a los seis años de edad.

Pero mami estaba aquí, viéndose exactamente igual a la última vez que Riley la había visto con vida.

“¿Adónde vas, mami?”, preguntó Riley. “¿Por qué tienes que irte?”.

Mami sonrió y tocó el cristal que las separaba.

“Estoy en paz ahora, gracias a ti. Puedo pasar a mejor vida ahora”.

Poco a poco, Riley empezó a entender.

Le había seguido la pista al asesino de su madre hace poco.

Ahora era un vagabundo patético viviendo debajo de un puente.

Riley lo había dejado allí, dándose cuenta de que su vida había sido castigo suficiente por su terrible crimen.

Riley extendió la mano y tocó el cristal que la separaba de la mano de mami.

“Pero no puedes irte, mami”, dijo. “Solo soy una niña”.

“No, no lo eres”, dijo mami, su rostro radiante y feliz. “Mírate”.

Riley miró su propio reflejo en el espejo junto a mami.

Era verdad.

Riley era una mujer adulta ahora.

Parecía extraño darse cuenta de que ahora era mucho mayor de lo que su madre había llegado a vivir.

Pero Riley también se veía cansada y triste en comparación con su madre joven.

“Nunca envejecerá”, pensó Riley.

Lo mismo no podía decirse de Riley.

Y sabía que su mundo estaba lleno de pruebas y desafíos que tendría que soportar.

¿Jamás obtendría un descanso? ¿Jamás estaría en paz con su vida?

Se encontró envidiando la alegría eternamente pacífica de su madre.

Entonces su madre se volvió y se alejó, desapareciendo en el grupo de reflejos de Riley.

De repente oyó una gran colisión y todos los espejos se hicieron añicos.

Riley estaba parada en la oscuridad, hasta los tobillos en vidrio roto.

Sacó sus pies poco a poco y luego trató de hacer su camino a través de los escombros.

“Cuidado donde pisas”, dijo otra voz familiar.

Riley se volvió y vio a un anciano robusto con un rostro desgastado.

Riley se quedó sin aliento.

“¡Papi!”, dijo.

Su padre sonrió.

“Esperabas que estuviera muerto, ¿cierto?”, dijo. “Lamento decepcionarte”.

Riley abrió la boca para contradecirlo.

Pero entonces se dio cuenta de que tenía razón. No lloró cuando se enteró de su muerte en octubre.

Y ciertamente no lo quería de vuelta en su vida.

Después de todo, no le dijo muchas palabras amables.

“¿Dónde has estado?”, preguntó Riley.

“Donde siempre he estado”, dijo su padre.

La escena comenzó a cambiar al exterior de la cabaña de su padre en el bosque.

Ahora estaba parado en la escalera de entrada.

“Quizás necesites mi ayuda en este caso”, dijo. “Parece que tu asesino es un soldado. Sé mucho de los soldados. Y sé mucho acerca de asesinar”.

Eso era cierto. Su padre había sido capitán en Vietnam. No tenía idea de cuántos hombres había matado en el cumplimiento de su deber.

Pero lo último que quería era su ayuda.

“Es hora de que te vayas”, dijo Riley.

La sonrisa de su padre se transformó en una mueca.

“Ay, pues no”, dijo. “Apenas me estoy poniendo cómodo”.

Su cara y cuerpo cambiaron de forma. En cuestión de segundos era más joven, más fuerte, de piel oscura, aún más amenazante que antes.

Ahora era Shane Hatcher.

La transformación hizo que Riley se sintiera aterrorizada.

Su padre siempre había sido una presencia cruel en su vida.

Pero estaba llegando a temer a Hatcher aún más.

Hatcher tenía algún tipo de poder manipulador sobre ella.

Podía obligarla a hacer cosas que nunca había imaginado que haría.

“Vete”, dijo Riley.

“No”, dijo Hatcher. “Tenemos un trato”.

Riley se estremeció.

“Ni me lo recuerdes”, pensó.

Hatcher la había ayudado a encontrar al asesino de su madre. A cambio, ella le permitió vivir en la vieja cabaña de su padre.

Además, sabía que se lo debía. No solo la había ayudado a resolver casos, también había hecho mucho más que eso.

Incluso había salvado la vida de su hija, junto con la de su ex esposo.

Riley abrió la boca para hablar, para protestar.

Pero las palabras no salieron.

En cambio, fue Hatcher el que habló.

“Estamos unidos en nuestras mentes, Riley Paige”.



Riley fue despertada por una fuerte sacudida.

El avión había aterrizado en el Aeropuerto Internacional de San Diego.

El sol de la mañana se elevaba más allá de la pista de aterrizaje.

El piloto habló por el intercomunicador, anunciando su llegada y disculpándose por el aterrizaje brusco.

Los otros pasajeros estaban tomando sus pertenencias y preparándose para bajarse.

A lo que Riley se levantó aturdida para bajar sus pertenencias del maletero, recordó su sueño perturbador.

Riley no era nada supersticiosa, pero igual no pudo evitar preguntarse...

¿El sueño y el aterrizaje brusco eran presagios de lo que se avecinaba?




CAPÍTULO OCHO


Era una mañana brillante y clara para cuando Riley se metió en su auto alquilado y salió del aeropuerto. El tiempo era realmente maravilloso, con una temperatura de unos quince grados. Supuso que haría a la mayoría de la gente pensar en disfrutar de la playa o al menos tumbarse junto a una piscina en alguna parte.

Pero Riley sintió una aprensión al acecho.

Se preguntó con nostalgia si alguna vez vendría a California solo para disfrutar del clima, o ir a cualquier otro lugar para relajarse.

Parecía que el mal la esperaba donde quiera que iba.

“La historia de mi vida”, pensó.

Sabía que le debía a sí misma y a su familia salir de ese patrón; tomarse un descanso y llevar a las chicas a algún lugar solo por el simple placer de hacerlo.

Pero ¿cuándo pasaría eso?

Dejó escapar un suspiro triste y cansado.

“Tal vez nunca”, pensó.

No había dormido mucho en el avión y estaba sintiendo el jet lag de la diferencia horaria de tres horas entre California y Virginia.

Sin embargo, estaba ansiosa por empezar a trabajar en este nuevo caso.

Mientras se dirigía hacia el norte por la autopista de San Diego, pasó edificios modernos con palmeras y otras plantas en ambos lados. Pronto estaba fuera de la ciudad, pero el tráfico en la autopista de múltiples carriles no disminuyó. La procesión de vehículos en movimiento envolvía grandes colinas, donde la luz del sol acentuaba un paisaje empinado.

A pesar del paisaje, el sur de California le pareció menos pacífico de lo que esperaba. Como ella, todos en la aglomeración de autos parecían tener prisa para llegar a algún lugar importante.

Tomó una salida marcada “Fuerte Nash Mowat”. Después de unos minutos, se detuvo en la puerta, mostró su placa y pasó.

Les había enviado un mensaje a Bill y Lucy para que supieran que estaba en camino, así que la estaban esperando al lado de un auto. Bill presentó a la mujer uniformada que estaba con ellos como la coronel Dana Larson, la comandante de la oficina del comando en el fuerte Mowat.

Larson la impresionó inmediatamente. Era una mujer fuerte y robusta con ojos oscuros e intensos. Su apretón de manos le transmitió a Riley una sensación de confianza y profesionalismo.

“Encantada de conocerla, agente Paige”, dijo la coronel Larson con una voz nítida y vigorosa. “Su reputación dice mucho de usted”.

Los ojos de Riley se abrieron.

“Estoy sorprendida”, dijo.

Larson dejó escapar una risita.

“No te sorprendas”, dijo. “Yo también trabajo en la aplicación de la ley, así que me mantengo al tanto de todo lo que hace la UAC. Estamos honrados de tenerlos aquí en el fuerte Mowat”.

Riley se sonrojó un poco mientras agradecía a la coronel Larson.

Larson llamó a un soldado que estaba cerca, quien caminó rápidamente hacia ella y saludó.

Dijo: “Cabo Salerno, quiero que conduzcas el auto de la agente Paige de vuelta a la estación de alquiler en el aeropuerto. Ella no lo va a necesitar aquí”.

“Sí, señora. De inmediato”, dijo el cabo. Se metió en el auto de Riley y salió de la base militar.

Riley, Bill y Lucy se metieron en el otro auto.

Mientras Larson condujo, Riley le preguntó: “¿Qué me perdí?”.

“No mucho”, dijo Bill. “La coronel Larson nos recibió aquí anoche y nos enseñó el lugar en el que nos alojaremos”.

“Todavía no hemos conocido al comandante de la base”, agregó Lucy.

La coronel Larson les dijo: “Estamos en camino a encontrarnos con el coronel Dutch Adams en este momento”.

Luego, con una sonrisa, agregó: “No esperen una calurosa bienvenida. Agentes Paige y Vargas, eso va más que todo para ustedes”.

Riley no estaba segura de lo que Larson quería decir con eso. ¿Al coronel Adams le disgustaría que la UAC había enviado dos mujeres? Riley no podía imaginar el por qué. Veía a hombres y mujeres en uniforme entrenando juntos en todas las direcciones. Y con la coronel Larson en la base militar, Adams sin duda estaba acostumbrado a lidiar con una mujer en un puesto de autoridad.

Larson se estacionó delante de un edificio administrativo limpio y moderno y los guio al interior. A lo que se acercaron, tres jóvenes la saludaron. Riley vio que sus chaquetas del comando eran similares a las usadas por los agentes del FBI.

La coronel Larson presentó a los tres hombres como el sargento Matthews y los miembros de su equipo, los agentes especiales Goodwin y Shores. Luego todos entraron en una sala de conferencias, donde los esperaba el propio coronel Dutch Adams.

Matthews y sus agentes saludaron a Adams, pero la coronel Larson no lo hizo. Riley supuso que era porque ella y Adams eran iguales en rango. Pronto vio que la tensión entre los dos coroneles era palpable, casi dolorosa.

Y, como les había advertido, Adams se veía muy disgustado por la presencia de Riley y Lucy.

Ahora Riley comenzó a entender las cosas.

El coronel Dutch Adams era un oficial de la vieja escuela que no estaba nada acostumbrado a que los hombres y las mujeres sirvieran juntos. Y, juzgando por su edad, Riley se sentía bastante segura de que jamás se acostumbraría a eso. Probablemente se retiraría con sus prejuicios intactos.

Estaba segura de que Adams resentía la presencia de la coronel Larson en su base militar ya que era una oficial sobre la cual no tenía ninguna autoridad.

A lo que el grupo se sentó, Riley sintió un escalofrío inquietante de familiaridad mientras estudiaba el rostro de Adams. Era largo y esculpido como los rostros de muchos de los otros militares que había conocido durante su vida, incluyendo el de su padre.

De hecho, Riley encontraba el parecido del coronel Adams a su padre perturbador.

Se dirigió a Riley y sus colegas en un tono excesivamente oficial.

“Bienvenidos al fuerte Nash Mowat. Esta base militar ha estado en operación desde 1942. Tiene una extensión de treinta mil hectáreas, tiene mil quinientos edificios y quinientos sesenta y tres kilómetros de carreteras. Pueden encontrar unas sesenta mil personas aquí en un día normal. Estoy orgulloso de llamarla la mejor base de entrenamiento del ejército del país”.

En ese momento, el coronel Adams parecía estar tratando de reprimir una mueca. No estaba teniendo éxito.

Y agregó: “Y por esa razón les pido que no ocasionen molestias durante el tiempo que estarán aquí. Este lugar funciona como una máquina bien aceitada. Los foráneos tienen una tendencia desafortunada a rezagar las cosas. Si lo hacen, les prometo que tendrán que pagar. ¿Ha quedado claro?”.

Estaba haciendo contacto visual con Riley, obviamente tratando de intimidarla.

Oyó a Bill y Lucy decir: “Sí, señor”.

Pero ella no dijo nada.

“Él no es mi comandante”, pensó.

Simplemente le sostuvo la mirada y asintió.

Luego él movió los ojos a los demás en la sala. Volvió a hablar, su voz llena de ira.

“Tres hombres buenos están muertos. La situación en el fuerte Mowat es inaceptable. Arréglenla. Inmediatamente. Preferiblemente lo antes posible”.

Se detuvo por un momento. Luego dijo: “Habrá un funeral para el sargento Clifford Worthing a las once horas. Espero que todos asistan”.

Sin decir más, se levantó de la silla. Los agentes del comando se pusieron de pie y saludaron y el coronel Adams salió de la sala.

Riley estaba estupefacta. ¿No habían venido aquí para discutir el caso y qué hacer a continuación?

Obviamente notando lo sorprendida que estaba, la coronel Larson le sonrió.

“Generalmente no habla tanto”, dijo. “Tal vez le agradas”.

Todo el mundo se rio ante su sarcasmo.

Riley sabía que un poco de humor era una necesidad en este momento.

Las cosas se pondrían bastante sombrías muy pronto.




CAPÍTULO NUEVE


Todos dejaron de reírse, y Larson seguía mirando a Riley, Bill y Lucy. Su expresión era penetrante y poderosa, como si estuviera evaluándolos de alguna manera. Riley se preguntó si la comandante estaba a punto de hacer algún anuncio extremo.

En su lugar, Larson preguntó: “¿Ya desayunaron?”.

Todos dijeron que no.

“Bueno, esa situación es inaceptable”, dijo Larson con una sonrisa. “Vamos a remediarla antes de que se queden sin energía. Vengan conmigo. Yo les mostraré lo acogedores que podemos ser en el fuerte Mowat”.

Larson luego dejó a su equipo atrás y procedió a guiar a los tres agentes del FBI al club de oficiales. Riley vio de inmediato que la coronel no estaba bromeando. El comedor era como un restaurante de lujo y Larson no los dejó pagar por su comida.

Discutieron el caso mientras desayunaron. Riley cayó en cuenta de que definitivamente había necesitado el café. La comida fue agradable también.

La coronel Larson comenzó a darles su opinión del caso. “Las características más sobresalientes de estos asesinatos son el método utilizado y los rangos de las víctimas. Rolsky, Fraser y Worthing eran sargentos. Todos fueron asesinados desde una larga distancia con un rifle de alta potencia. Y las víctimas fueron fusiladas de noche”.

Bill preguntó: “¿Qué más tienen en común?”.

“No mucho. Dos de ellos eran blancos y uno era negro, así que no es una cuestión racial. Estaban al mando de unidades separadas, así que no tenían reclutas en común”.

Riley agregó: “Supongo que ya buscaron los archivos de soldados amonestados por cuestiones disciplinarias o psicológicas. ¿Ausentados sin permiso? ¿Dados de baja en formas deshonrosas?”.

“Sí”, respondió Larson. “Es una lista muy larga y ya terminamos de investigar a todos que figuraban en ella. Pero se las enviaré a ver qué opinan”.

“Me gustaría hablar con los hombres de cada unidad”.

Larson asintió. “Por supuesto. Pueden hablar con algunos de ellos después del funeral y puedo coordinar todas las reuniones que deseen”.

Riley vio que Lucy estaba tomando notas. Asintió con la cabeza para que la agente joven hiciera sus propias preguntas.

Lucy preguntó: “¿De qué calibre eran las balas?”.

“De calibre OTAN”, dijo la coronel Larson. “7,62 milímetros”.

Lucy miró a la coronel Larson con interés. Dijo: “Parece que el arma podría ser un rifle de francotirador M110. O posiblemente una Heckler y Koch G28”.

La coronel Larson sonrió un poco, obviamente impresionada con los conocimientos de Lucy.

“Debido a la distancia, suponemos que una M110”, dijo Larson. “Todas las balas parecen haber provenido de la misma arma”.

A Riley le gustaba que Lucy participara mucho en las investigaciones Riley consideraba a Lucy su protegida y sabía que Lucy la consideraba una mentora.

“Está aprendiendo rápido”, pensó Riley con orgullo.

Riley miró a Bill de reojo. Sabía por su expresión que también estaba satisfecho con Lucy.

Riley tenía sus propias preguntas, pero decidió no interrumpir.

Lucy le dijo a Larson: “Me imagino que están suponiendo que se trata de alguien con entrenamiento militar. ¿Un soldado de la base militar?”.

“Posiblemente”, dijo Larson. “O un ex soldado. Alguien con una excelente formación. No es un tirador normal”.

Lucy tamborileó el borrador de su lápiz contra la mesa.

Sugirió: “¿Alguien que quiere vengarse de las figuras de autoridad? ¿Especialmente de sargentos de instrucción?”.

Larson se rascó la barbilla pensativamente.

“He estado considerándolo”, dijo.

Lucy dijo: “Estoy segura de que también están considerando el terrorismo islámico”.

Larson asintió.

“Esa es nuestra teoría por los momentos”.

“¿Un ermitaño?”, preguntó Lucy.

“Tal vez”, dijo Larson. “Pero podría estar actuando en nombre de algún grupo, ya sea una pequeña célula cerca de aquí, o algo internacional, como ISIS o Al Qaeda”.

Lucy pensó por un momento.

“¿Cuántos reclutas musulmanes tienen actualmente en el fuerte Mowat?”, preguntó Lucy.

“En este momento, trescientos cuarenta y tres. Obviamente un porcentaje muy pequeño de nuestros reclutas. Pero tenemos que tener cuidado. En general, nuestros reclutas musulmanes han sido excepcionalmente dedicados. Nunca hemos tenido ningún problema con el extremismo, si eso es lo que es esto”.

Larson miró a Riley y Bill y sonrió.

“Ustedes dos están muy callados. ¿Cómo quieren proceder?”.

Riley miró a Bill de reojo. Como de costumbre, sabía que estaba pensando lo mismo que ella.

“Vamos a echarles unos vistazos a las escenas del crimen”, dijo Bill.



*



Unos minutos más tarde, la coronel Larson conducía a Riley, Bill y Lucy por el fuerte Mowat.

“¿Qué ubicación quieren ver primero?”, preguntó Larson.

“En el orden en que ocurrieron”, dijo Riley.

Mientras Larson condujo, Riley vio a soldados entrenando, corriendo carreras de obstáculos y practicando puntería con varias armas. Se veía que lo que estaban haciendo era riguroso y exigente.

Riley le preguntó a Larson: “¿Qué tan avanzados en su formación se encuentran estos reclutas?”.

“Están en la segunda fase, la fase blanca”, dijo Larson. “Tenemos tres fases: roja, blanca y azul. Las dos primeras, la roja y blanca, duran tres semanas cada una, y estos reclutas están en su quinta semana. Pasarán sus últimas cuatro semanas en la fase azul. Esa es la más difícil. Allí es cuando los reclutas descubren si tienen lo necesario para ser un soldado del ejército”.

Riley notó un poco de orgullo en su voz, el mismo orgullo que a menudo había oído en la voz de su padre cuando hablaba de su servicio militar.

“Ella ama lo que hace”, pensó Riley.

Tampoco tenía duda de que la coronel Larson era excelente en lo que hacía.

Larson se estacionó cerca de un sendero que atravesaba el campo. Se bajaron del auto, y Larson los llevó a una mancha en el camino. Estaba en un área abierta, sin árboles que podrían bloquear la vista.

“El sargento Rolsky fue asesinado aquí”, dijo Larson. “Nadie vio ni lo oyó suceder. La herida ni la posición de su cuerpo nos dijeron de dónde provino el disparo, excepto que debió haber sido de una distancia considerable”.

Riley miró a su alrededor, estudiando la escena.

“¿A qué hora fue asesinado?”, preguntó.

“A las diez de la noche”, dijo Larson.

Se imaginó cómo se vería este lugar a esas horas de la noche. Había un par de lámparas a unos nueve metros de la mancha. Aun así, la luz aquí habría sido bastante tenue. El tirador debió haber utilizado una mira nocturna.

Se volvió lentamente, tratando de adivinar de dónde provino el disparo.

Había edificios al sur y norte. Era poco probable que un francotirador tuviera la oportunidad de disparar desde dentro de cualquiera de esos lugares.

Al oeste pudo ver el Océano Pacífico a una gran distancia.

Había colinas rugosas al este.

Riley señaló las colinas y dijo: “Mi conjetura es que el tirador se posicionó en algún lugar allá arriba”.

“Esa es una buena conjetura”, dijo Larson, señalando otro lugar en el suelo. “Encontramos la bala aquí, y eso indica que el disparo debió haber venido de algún lugar en esas colinas. Juzgando por la herida, disparó desde unos setenta y cinco a unos noventa metros. Recorrimos la zona, pero no dejó atrás ninguna evidencia”.

Riley se quedó pensando por un momento.

Después le preguntó a Larson: “¿Es permitido cazar en el fuerte Mowat?”.

“Durante la temporada, con permisos”, respondió Larson. “Ahora estamos en la temporada de pavo salvaje. También se permite cazar cuervos de día”.

Riley obviamente sabía que estas muertes eran cualquier cosa menos accidentes de caza. Siendo la hija de un hombre que había sido a la vez un marine y un cazador, sabía que nadie podría utilizar un rifle de francotirador para matar a cuervos y pavos. Una escopeta era probablemente el arma de caza preferida alrededor del fuerte Mowat durante esta época del año.

Le pidió a Larson que los llevara a la siguiente ubicación. La coronel los condujo a unas colinas bajas en el extremo de una ruta de senderismo. Cuando todos se bajaron de su vehículo de nuevo, Larson señaló el lugar en un sendero que se abría paso cuesta arriba.

“El sargento Fraser fue asesinado allí”, dijo. “Había salido a caminar. El disparo parece haber provenido aproximadamente de la misma distancia que el anterior. Nadie oyó ni vio lo que pasó. Sin embargo, suponemos que fue asesinado a las once de la noche”.

“Once de la noche”, pensó Riley.

Señalando otro lugar, Larson agregó: “Encontramos la bala por aquí”.

Riley luego miró en la dirección opuesta, hacia donde el tirador debió haber estado. Vio más colinas, e innumerables lugares donde un tirador podría haberse escondido. Estaba segura de que Larson y su equipo habían recorrido el área exhaustivamente.

Finalmente se dirigieron a la zona de alojamiento de los reclutas. Larson los llevó detrás de una de las barracas. Lo primero que Riley vio fue una enorme mancha oscura en la pared cerca de la puerta de atrás.

Larson dijo: “Aquí fue asesinado el sargento Worthing. Parece que salió a fumarse un cigarrillo antes del entrenamiento matutino de su pelotón. El tiro fue tan limpio que el cigarrillo nunca cayó de sus labios”.

Riley se sintió más interesada. Esta escena era diferente a las demás, y mucho más informativa. Examinó la mancha y la otra mancha que se extendía por debajo de ella.

Ella dijo: “Parece que estaba apoyado contra la pared cuando la bala le alcanzó. Debieron haber sido capaces de obtener una mejor idea de la trayectoria de la bala aquí que en las otras escenas”.

“Sí, mucho mejor”, concordó Larson. “Pero no la ubicación exacta”.

Larson señaló al otro lado del campo, detrás de las barracas, donde había algunas colinas.

“El tirador debió haberse posicionado en algún lugar entre esos dos pequeños árboles”, dijo. “Pero dejó todo perfecto. No pudimos encontrar ni un rastro de él en cualquier lugar”.

Riley vio que la distancia entre los pequeños árboles era de unos seis metros. Larson y su equipo han hecho un buen trabajo limitando su búsqueda a esa área.

“¿Cómo estuvo el tiempo?”, preguntó Riley.

“Muy claro”, dijo Larson. “Hubo una luna cuarto menguante casi hasta el amanecer”.

Riley sintió un cosquilleo de emoción. Era una sensación familiar que sentía cuando estaba a punto de conectarse realmente con una escena del crimen.

“Me gustaría ir para allá y echarle un vistazo por mi cuenta”, dijo.

“Por supuesto”, dijo Larson. “Yo te llevo”.

Riley no sabía cómo decirle que quería ir sola.

Afortunadamente, Bill habló por ella.

“Dejemos que la agente Paige vaya sola. Es lo suyo”.

Larson asintió con aprecio.

Riley caminó por el campo. Con cada paso, ese hormigueo se volvió más intenso.

Finalmente se encontró entre los dos árboles. Entendió por qué el equipo de Larson no había sido capaz de encontrar el punto exacto. El terreno era muy irregular y había una gran cantidad de arbustos más pequeños. Justo en esa zona había por lo menos media docena de excelentes lugares para ponerse en cuclillas o tumbarse y disparar un tiro limpio hacia las barracas.

Riley comenzó a caminar entre los árboles. Sabía que no estaba buscando algo que el tirador pudo haber dejado atrás, ni siquiera pisadas. Larson y su equipo no habrían pasado por alto algo así.

Respiró lentamente y se imaginó a sí misma aquí en las primeras horas de la mañana. Las estrellas estaban empezando a desaparecer y la luna todavía proyectaba sombras por todas partes.

La sensación se intensificó cada segundo… la sensación de la presencia del asesino.

Riley siguió respirando profundamente y se preparó para entrar en la mente del asesino.




CAPÍTULO DIEZ


Riley comenzó a imaginarse al asesino. ¿Qué había sentido, pensado y observado cuando vino aquí buscando el lugar perfecto desde donde disparar? Quería ser el asesino con el fin de seguirle la pista. Y podía hacerlo. Era su don.

En primer lugar, sabía que tenía que encontrar ese lugar.

Buscó a su alrededor, del mismo modo que él debió haber buscado.

Mientras se movía, sintió una atracción misteriosa, casi magnética.

Se sintió atraída a un arbusto de sauce rojo. A un lado del arbusto, había un espacio entre sus ramas y el suelo. Había un lugar un poco hueco en el suelo en ese mismo lugar.

Riley se inclinó para mirar el suelo cuidadosamente.

El suelo en ese lugar hueco estaba limpio y suave.

“Demasiado limpio”, pensó Riley. “Demasiado suave”.

El resto del suelo en esta zona era más rugoso, más irregular.

Riley sonrió.

El asesino había llegado a tales extremos para poner todo en orden que había traicionado su posición exacta.

Imaginando la escena bajo la luz de la luna, Riley miró por la pendiente y al otro lado del campo hacia la parte posterior de las barracas.

Se imaginó lo que el asesino vio desde este lugar, la figura distante del sargento Worthing saliendo por la puerta de atrás.

Riley sintió una sonrisa formarse en la cara del asesino.

Podía oírlo pensar...

“¡Justo a tiempo!”.

Y, justo como el asesino había esperado, el sargento encendió un cigarrillo y se apoyó contra la pared.

Era el momento de actuar, y tenía que ser rápido.

El cielo comenzó a iluminarse donde el sol saldría pronto.

Justo como el asesino debió haber hecho, Riley se colocó boca abajo en el lugar hueco en el suelo. Sí, era el lugar perfecto, la forma perfecta para manejar un arma de alta potencia.

Pero ¿cómo se sintió el arma en las manos del asesino?

Riley nunca había manejado un rifle de francotirador M110. Pero hace algunos años había entrenado un poco con el predecesor del arma, el M24. Totalmente cargado y montado, el rifle M24 pesaba unos ocho kilos, y Riley había leído que el M110 no era más ligero.

Sin embargo, la mira nocturna añadía a ese peso, haciéndolo un poco más pesado.

Riley imaginó la vista a través de la mira nocturna. La imagen del sargento Worthing estaba granulada.




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