Atrayendo Blake Pierce Las Vivencias de Riley Paige #3 ¡Una obra maestra del género del thriller y misterio! El autor hizo un trabajo magnífico desarrollando a los personajes psicológicamente, tanto así que sientes que estás en sus mentes, vives sus temores y aclamas sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido durante todo el libro. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Books and Movie Reviews, Roberto Mattos (sobre Una vez desaparecido) ATRAYENDO (Las vivencias de Riley Paige – Libro #3) es el libro #3 en una nueva serie de suspenso psicológico por el autor bestseller Blake Pierce, cuyo libro gratuito y exitoso Una vez desaparecido (Libro #1) ha recibido más de 1. 000 opiniones de cinco estrellas. Mientras un asesino en serie, sospechoso de estar utilizando una caravana, atrae y mata a mujeres en todo el país, el FBI debe romper el protocolo y recurrir a su brillante recluta de academia de 22 años de edad, Riley Paige. Riley Paige es aceptada en la academia del FBI, y está decidida a finalmente mantener un perfil bajo y trabajar duro con sus compañeros. Pero eso no está destinado a ser, ya que es elegida para ayudar a sus mentores a perfilar y cazar a un asesino en serie que tiene aterrorizada a la nación. Riley se pregunta qué clase de asesino diabólico usaría una caravana para atraer a sus víctimas y adónde atacará ahora. No hay tiempo para cometer errores en este juego mortal del gato y el ratón con su propio futuro en juego y un asesino suelto que puede ser más inteligente que ella. Un thriller lleno de acción con suspenso emocionante, ATRAYENDO es el libro #3 de una nueva serie fascinante, con un nuevo personaje querido, que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. Transporta a los lectores veinte años atrás, a los comienzos de la carrera de Riley, y complementa perfectamente la serie UNA VEZ DESAPARECIDO (Un misterio de Riley Paige), que incluye 14 libros hasta los momentos. El libro #4 en la serie LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE estará disponible pronto. A T R A Y E N D O (LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE—LIBRO #3) B L A K E P I E R C E Blake Pierce Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros). Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto. Derechos de autor © 2019 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976 y las leyes de propiedad intelectual, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida o distribuida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en un sistema de bases de datos o de recuperación sin el previo permiso del autor. Este libro electrónico está licenciado para tu disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si quieres compartir este libro con otras personas, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Derechos de autor de la imagen de la cubierta son de Artem Korionov, utilizada bajo licencia de Shutterstock.com. LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT EL ESPOSA PERFECTA (Book #1) EL TIPO PERFECTO (Book #2) SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE Al LADO (Libro #1) LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2) CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE SI ELLA SUPIERA (Libro #1) SI ELLA VIERA (Libro #2) SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE VIGILANDO (Libro #1) ESPERANDO (Libro #2) ATRAYENDO (Libro #3) TOMANDO (Libro #4) SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4) UNA VEZ CAZADO (Libro #5) UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6) UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7) UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8) UNA VEZ ACECHADO (Libro #9) UNA VEZ PERDIDO (Libro #10) UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11) UNA VEZ ATADO (Libro #12) UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13) UNA VEZ LATENTE (Libro #14) SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1) ANTES DE QUE VEA (Libro #2) ANTES DE QUE DESEE (Libro #3) ANTES DE QUE ARREBATE (Libro #4) ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5) ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6) ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7) ANTES DE QUE CACE (Libro #8) ANTES DE QUE SE APROVECHE (Libro #9) ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10) ANTES DE QUE SE DESCUIDE (Libro #11) SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1) UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2) UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3) UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4) UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5) UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6) SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1) UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2) UN RASTRO DE VICIO (Libro #3) UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4) UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5) CONTENIDO PRÓLOGO (#ue1fc9103-84a7-5ddc-980f-e324fd3b4f8f) CAPÍTULO UNO (#u897fbe2b-9bad-56ef-a2af-7e1d80bfc567) CAPÍTULO DOS (#ub8ac197a-cc90-5e8b-a835-9c4d79b67486) CAPÍTULO TRES (#uc228b5d5-501c-5bed-b6de-5de90cda1f45) CAPÍTULO CUATRO (#ube7a60cd-0739-505f-b535-411bc3d4fc2e) CAPÍTULO CINCO (#ucd8ee992-48a6-512f-92ff-326fd5e6b776) CAPÍTULO SEIS (#ufa81416c-b243-5c50-9b28-fff2c2f77768) CAPÍTULO SIETE (#u88456ba5-b6b4-592c-9322-b800fa44078d) CAPÍTULO OCHO (#u7ee6dc29-e2d0-56f7-b74e-b80e127b3b41) CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo) PRÓLOGO Hope Nelson miró la tienda por última vez mientras se preparaba para cerrarla. Estaba cansada, y había sido un día largo y lento. Era más de medianoche, y ella había estado aquí desde temprano en la mañana. Estaba sola porque había enviado a sus empleados refunfuñones a casa temprano. A ninguno le gustaba trabajar hasta tarde los sábados por la noche. Durante la semana, la tienda siempre cerraba a las 5:00, lo que era más del agrado de todos. No es que simpatizaba mucho con los empleados, ya que ella trabajaba más que nadie. Y eso era porque Mason y ella eran los dueños de la tienda. No era un secreto para Hope que los habitantes locales los resentían por ser las personas más ricas del pueblito de mala muerte de Dighton. Y ella también los resentía a ellos. Su lema personal era… Dinero es responsabilidad. Ella se tomaba sus deberes muy en serio, así como Mason, quien era el alcalde del pueblo. No solían irse de vacaciones ni tomarse días libres. Al contrario, a veces Hope sentía que a los lugareños no les importaba nada. Mientras miraba la mercancía bien ordenada, el hardware y equipamientos electrónicos, los piensos, semillas y fertilizantes, pensó como siempre solía hacerlo: «Dighton no duraría ni un día sin nosotros.» De hecho, suponía que eso podría ser cierto de todo el condado. A veces soñaba en ambos haciendo sus maletas y yéndose, solo para probarlo. «Se lo merecen», pensó antes de apagar las luces con un suspiro consternado. A lo que se acercó a la puerta para activar el sistema de alarma antes de salir, vio una figura al otro lado. Era un hombre que estaba bajo la farola de la acera, a unos nueve metros de distancia. Parecía estar mirándola directamente a los ojos. Se sorprendió al ver que su cara estaba llena de cicatrices, ya sea de nacimiento o resultado de algún terrible accidente. Llevaba una camiseta, así que podía ver que sus manos y brazos también estaban desfigurados. «Debe ser difícil para él vivir así», pensó. Pero ¿qué estaba haciendo allí tan tarde un sábado por la noche? ¿Había entrado en la tienda antes? Si es así, uno de sus empleados debió haberlo ayudado. Ciertamente no esperaba verlo ni a él ni a nadie después del cierre. Pero allí estaba, mirándola y sonriendo. ¿Qué quería? Fuera lo que fuera, significaba que Hope tendría que hablar con él personalmente. Eso le molestaba. Sería difícil pretender que no veía las cicatrices en su rostro. Sintiéndose incómoda, Hope marcó el código de la alarma, salió y cerró la puerta con llave. El aire cálido de la noche se sentía bien después de todo un día de encierro en la tienda tragándose olores desagradables, sobre todo de los fertilizantes. Cuando empezó a caminar hacia el hombre, forzó una sonrisa y dijo: —Lo siento, pero ya cerramos. El hombre se encogió de hombros y murmuró algo inaudible. Hope contuvo un suspiro. Quería pedirle que hablara más fuerte. Pero temía decirle algo que se asemejara a una orden o incluso a una petición educada porque no quería herir sus sentimientos. Su sonrisa se ensanchó mientras Hope caminaba hacia él. El hombre volvió a decir algo que no pudo oír. Hope se detuvo a unos metros de él y dijo: —Disculpe, pero ya cerramos. El hombre murmuró algo inaudible. Ella negó con la cabeza para indicar que no podía oírlo. El hombre habló solo un poco más fuerte, y esta vez pudo distinguir las palabras: —Tengo un pequeño problema con algo. —¿Qué pasa? —preguntó Hope. El hombre murmuró otra cosa inaudible. «Tal vez quiere devolver algo que compró hoy», pensó. Lo último que quería hacer en este momento era abrir la puerta y desactivar el sistema de alarma solo para devolverle su dinero. Hope dijo: —Si quiere devolver algo, me temo que tendrá que volver mañana. El hombre desfigurado dijo entre dientes: —No, pero… Luego se encogió de hombros, aún con la sonrisa en su rostro. A Hope le resultaba difícil mantener el contacto visual con él. Mirarlo directamente a la cara era difícil. Y, de alguna manera, sentía que él lo sabía. A juzgar por su sonrisa, tal vez incluso lo disfrutaba. Escalofríos recorrieron todo su cuerpo ante la idea de que disfrutaba de la incomodidad que provocaba en las personas. Luego dijo un poco más fuerte y claro: —Ven a ver. El hombre señaló hacia su vieja ranchera, la cual estaba estacionada en la acera a poca distancia. Luego se volvió y comenzó a caminar hacia la ranchera. Hope no se movió. No quería seguirlo, y no estaba segura de por qué debería molestarse en hacerlo… «Sea lo que sea, sin duda puede esperar hasta mañana», pensó. Pero no se atrevía a darse la vuelta e irse. Una vez más, temía parecer grosera. Por esa razón, comenzó a caminar hacia la parte trasera de la ranchera. Cuando el hombre abrió la tapa de la plataforma, Hope vio un montón de alambre de púas. De pronto, el hombre la agarró por detrás y colocó un trapo mojado sobre su boca y nariz. Hope pateó y trató de soltarse, pero él era más alto y más fuerte que ella. Ni siquiera podía gritar por el trapo que tenía sobre su boca. Estaba empapando de un líquido espeso que olía y sabía dulce. Luego, una sensación extraña comenzó a invadirla. Sentía vértigo y euforia, como si se hubiera drogado. Durante unos segundos, esa euforia le impidió comprender que estaba en grave peligro. Luego trató de luchar, pero sus extremidades estaban muy débiles y parecían de goma. Sea lo que fuere lo que el hombre estaba tratando de hacer con ella, no podía luchar. Sintió al hombre levantándola y tirándola en la parte trasera de su ranchera, en medio de la maraña de alambre de púas. El hombre no le quitó el trapo de la cara, y ella no pudo evitar respirar los gases. Hope Nelson apenas sentía los dolores punzantes por todo su cuerpo mientras perdió el conocimiento. CAPÍTULO UNO Mientras preparaba dos bisteques, Riley Sweeney volvió a pensar: «Quiero que esta noche sea especial.» Ella y su prometido, Ryan Paige, habían estado demasiado ocupados últimamente. El programa agotador de prácticas del FBI de Riley y el nuevo trabajo de Ryan como abogado de nivel inicial en un bufete de abogados tomaba todo su tiempo y energía. Ryan hasta había tenido que trabajar hoy sábado. Aunque Riley había cumplido 22 años hace casi dos semanas, simplemente no había habido tiempo para celebrar. Ryan le había comprado un collar bonito, pero Riley no disfrutó ni de un pastel ni de una cena especial. Esperaba que la cena especial de esta noche compensara por ello. Además, esta probablemente era la última oportunidad que tendrían de pasar tiempo juntos. Riley había completado sus prácticas ayer, y mañana tenía que partir a la Academia del FBI en Quantico, Virginia. Ryan se quedaría aquí en Washington, D.C. Aunque solo estarían a una hora de distancia, los dos estarían trabajando muy duro. No sabía cuándo volverían a tener tiempo para compartir. Siguiendo una receta detallada, Riley terminó de marinar los bisteques con sal, pimienta, cebolla en polvo, mostaza molida, orégano y tomillo. Luego se quedó mirando su obra. Había preparado una ensalada y cortado champiñones en rodajas para asarlos con los bisteques y ya había metido dos papas al horno. En el refrigerador, había una tarta de queso que había comprado para el postre. Había arreglado la pequeña mesa de cocina, hasta llenando un jarrón con flores que había comprado junto con el resto de los comestibles. Una botella de vino tinto barato pero muy rico estaba esperando por ellos. Riley miró su reloj. Ryan ya debía haber llegado, y ella esperaba que no tardara mucho tiempo más. Quería terminar de asar los bisteques mientras hablaban para que no se enfriaran. Entretanto, no se le ocurría nada más por hacer. Había pasado toda el día lavando ropa, limpiando su pequeño apartamento, haciendo compras y preparando comida, tareas domésticas que rara vez había tenido tiempo para hacer desde que ella y Ryan se mudaron juntos a principios de verano. Le agradaba la cotidianidad de dichas tareas. Aun así, no pudo evitar preguntarse: «¿Así será la vida matrimonial?» Si lograba su objetivo de convertirse en agente del FBI, ¿podría tomarse el tiempo para asegurarse de que Ryan encontrara todo lindo y ordenado cada vez que llegara del trabajo? No parecía probable. A Riley le resultaba difícil visualizar ese futuro, o cualquier futuro en específico. Se dejó caer en el sofá. A lo que cerró los ojos, se dio cuenta de que estaba muy cansada. «Lo que ambos necesitamos son unas vacaciones», pensó. Pero sabía que no podrían irse de vacaciones en mucho tiempo. Sintiéndose un poco somnolienta, recordó algo justo cuando estaba a punto de quedarse dormida… Estaba atada de pies y manos por un loco que llevaba un disfraz y maquillaje de payaso. El hombre sostuvo un espejo en su rostro y dijo: —Estás lista. ¡Mírate! Vio que la había maquillado para parecer un payaso. Se horrorizó al ver que estaba sosteniendo una jeringa frente a ella. Sabía que si le inyectaba su contenido mortal, moriría de terror… Los ojos de Riley se abrieron de golpe y ella comenzó a estremecerse. Hace dos meses, había estado a punto de morir a manos del famoso «Asesino de Payasos». Aún revivía su terrible experiencia a veces. Mientras trataba de olvidar, oyó que alguien se acercaba por las escaleras del edificio de apartamentos al pasillo del sótano. «¡Ryan llegó a casa!», pensó. Se levantó del sofá y verificó el horno para asegurarse de que estaba a temperatura máxima. Luego apagó las luces del apartamento y encendió las velas que había puesto sobre la mesa. Finalmente, se acercó a la puerta y encontró a Ryan abriéndola. Riley le echó los brazos al cuello y le dio un beso. Pero él no le regresó el beso, y ella sintió su cuerpo hundiéndose de agotamiento. Miró el apartamento iluminado con velas y espetó: —Riley, ¿qué demonios es esto? Riley se sintió terrible. Ella dijo: —Preparé la cena. Ryan entró, bajó su maletín y se dejó caer sobre el sofá. —No debiste haberte molestado —dijo—. Hoy fue un día de mierda. Y no tengo mucha hambre. Riley se sentó a su lado, le frotó los hombros y le dijo: —Pero todo está prácticamente listo. ¿Ni siquiera te provoca un bistec? —¿Bistec? —preguntó Ryan sorprendido—. ¿Nos lo podemos permitir? Riley ahogó una oleada de irritación y no respondió. Ella manejaba las finanzas del hogar, así que sabía muy bien lo que podían y no podían permitirse. Aparentemente percibiendo el desánimo de Riley, Ryan dijo: —Sí, me provoca un bistec. Dame unos minutos para lavarme las manos. Ryan se levantó y se dirigió al baño. Riley volvió rápidamente a la cocina, sacó las papas del horno y terminó de asar los bisteques. Ryan estaba sentado en la mesa para cuando Riley volvió con ambos platos. Vio que había servido vino para ambos. —Gracias, todo esto es muy agradable. —Mientras cortaba su bistec, añadió—: Me temo que traje un poco de trabajo a casa. Tendré que terminarlo a lo que terminemos de comer. Riley contuvo un suspiro de desilusión. Esperaba que su cena terminara de forma más romántica. Ella y Ryan comieron en silencio durante unos momentos. Luego Ryan comenzó a quejarse de su día: —Los abogados de nivel inicial somos esclavos. Tenemos que hacer todo el trabajo pesado para los socios: investigar, preparar alegatos, asegurarnos de que todo esté listo para los tribunales. Y trabajamos mucho más que los socios. Todo el trabajo parece novatadas de fraternidad, excepto que nunca se detiene. —Todo mejorará —dijo Riley, antes de forzar una risa y añadir—: Algún día tú serás socio. Y tendrás a muchos abogados de nivel inicial que solo se quejarán de ti. Aunque Ryan no se rio, Riley no podía culparlo. Ahora que lo pensaba, parecía un chiste patético. Ryan siguió quejándose durante toda la cena, y Riley no sabía si se sentía más herida o enojada. ¿No apreciaba lo mucho que se había esforzado para que esta noche fuera perfecta? ¿Y no entendía lo mucho que sus vidas estaban a punto de cambiar? Cuando Ryan se quedó callado durante unos momentos, Riley dijo: —Mira, mañana habrá una reunión en el edificio del FBI para celebrar el fin de las prácticas. ¿Podrás venir? —Me temo que no, Riley. También tengo que trabajar mañana. Riley se quedó sin aliento y dijo: —Pero mañana es domingo. Ryan se encogió de hombros y dijo: —Sí, bueno, es como dije, trabajamos como esclavos. Riley dijo: —Mira, es solo un rato. El subdirector y nuestro supervisor de entrenamiento querrán decir unas palabras. Y luego habrá algunos aperitivos y… Ryan interrumpió: —Riley, lo siento. —Pero mañana me voy a Quantico, justo después de la reunión. Me llevaré mi maleta conmigo. Pensé que me llevarías a la estación de autobuses. —No puedo —dijo Ryan bruscamente—. Tendrás que buscar otra forma de llegar allí. Ambos comieron en silencio durante unos momentos. Riley se esforzó por comprender lo que sucedía. ¿Por qué Ryan no podía acompañarla mañana? Solo tomaría unas horas de su día. En ese momento entendió algo… —Aún no quieres que vaya a Quantico. Ryan soltó un gemido de disgusto y dijo: —Riley, no quiero volver a hablar del tema. Riley sintió su rostro enrojecerse de ira y luego dijo: —Bueno, es ahora o nunca, ¿no? Ryan dijo: —Ya tomaste tu decisión. Supuse que era definitiva. Los ojos de Riley se abrieron de par en par. —¿Mi decisión? —dijo—. Creía que era nuestra decisión. Ryan suspiró y dijo: —No voy a hablar de esto. Solo terminemos de comer, ¿de acuerdo? Riley se lo quedó mirando mientras comía. En ese momento, se preguntó: «¿Ryan tiene razón? ¿Lo obligué a aceptar mi partida?» Ella pensó en sus conversaciones, tratando de recordar. Recordó lo orgulloso que Ryan había estado de ella cuando detuvo al Asesino de Payasos: —Salvaste la vida de al menos una mujer. Como resolviste el caso, quizá salvaste la vida de otras mujeres. Es una locura. Creo que tal vez estás loca. Pero también eres una heroína. En ese momento, ella había creído que eso era lo que quería, que siguiera una carrera con el FBI, que siguiera siendo una heroína. Pero ahora que lo pensaba, Riley no recordaba a Ryan diciendo exactamente esas palabras. Ryan nunca le había dicho que quería que fuera a la Academia para seguir sus sueños. Riley respiró profundo varias veces y pensó: «Necesitamos discutir esto con calma.» Finalmente dijo: —Ryan, ¿qué quieres para nosotros? Ryan inclinó la cabeza y se le quedó mirando. —¿De verdad quieres saberlo? —preguntó. Aunque Riley sintió un nudo en la garganta, le respondió: —Quiero saberlo. Dime qué es lo que quieres. Ryan parecía herido. Riley se encontró temiendo lo que iba a decir. Ryan finalmente dijo: —Solo quiero una familia. Luego se encogió de hombros y comió otro bocado de bistec. Sintiéndose un poco aliviada, Riley dijo: —Yo también quiero eso. —¿Sí? —preguntó Ryan. —Claro que sí. Sabes que sí. Ryan negó con la cabeza y dijo: —No, creo que ni siquiera tú sabes lo que quieres. Esas palabras fueron como una cachetada para Riley. Por un momento, simplemente no supo qué decir. Luego dijo: —¿No crees que pueda tener una carrera y una familia al mismo tiempo? —Claro que sí —dijo Ryan—. Muchas mujeres lo hacen hoy en día. Se llama ‘tenerlo todo’. Es difícil y requiere de una planificación y muchos sacrificios, pero se puede hacer. Y me encantaría ayudarte a lograrlo. Pero… Su voz se quebró. —Pero ¿qué? —preguntó Riley. Ryan respiró profundo y luego dijo: —Tal vez sería diferente si quisieras ser abogada, como yo. O médico o psiquiatra. O agente de bienes raíces. O abrir tu propio negocio. O convertirte en profesora universitaria. Entendería eso. Podría lidiar con eso. Pero ¡estarás en Quantico durante 18 semanas! ¿Cuántas veces nos veremos durante todo ese tiempo? ¿Crees que una relación puede sobrevivir tanto tiempo de separación? Además… —Sostuvo la mirada de Riley por un momento y luego dijo—: Riley, has estado a punto de ser asesinada dos veces desde que te conozco. Riley tragó grueso. Él tenía razón, por supuesto. Su más reciente roce con la muerte había sido a manos del Asesino de Payasos. Antes de eso, durante su último semestre en la universidad, casi había sido asesinada por un profesor psicópata que todavía aguardaba juicio por el asesinato de dos alumnas, sus amigas. Riley había logrado ser admitida a las pasantías del FBI por haber ayudado a resolver el caso, y el asesinato de sus amigas era una de las razones principales por las que quería convertirse en agente del FBI. Con voz entrecortada, Riley dijo: —¿Quieres que renuncie? ¿Quieres que no vaya a Quantico mañana? Ryan dijo: —Lo que yo quiero no importa. Riley tenía muchas ganas de llorar. —Sí, sí importa, Ryan —dijo Riley—. Importa mucho. Ryan se la quedó mirando por mucho tiempo. Luego dijo: —Supongo que sí, que sí quiero que renuncies. Sé que todo te parece emocionante. Ha sido una gran aventura para ti. Pero es hora de que ambos sentemos cabeza. Es hora de seguir adelante con nuestra vida real. Riley de repente sintió que esto tenía que ser una pesadilla de la cual no podía despertar. «¡Nuestra vida real!», pensó. ¿Qué significaba eso? ¿Y qué decía sobre ella el hecho de que no sabía lo que significaba? Solo sabía una cosa con certeza, que él no quería que fuera a Quantico. Luego Ryan dijo: —Mira, puedes trabajar en cualquier cosa aquí en DC. Y tienes un montón de tiempo para pensar en lo que quieres hacer a largo plazo. Entretanto, no importa si ganas mucho dinero o no. No gano mucho en el bufete, pero estamos sobreviviendo, y eventualmente ganaré bastante dinero. Ryan se metió otro bocado en la boca, pareciendo extrañamente aliviado, como si ya hubieran arreglado todo. Pero sentía que no habían arreglado nada. Riley había pasado todo el verano soñando con la Academia del FBI. No podía renunciar a eso ahora. «No —pensó—. No puedo hacer eso.» Ahora se sentía muy enojada. Con voz tensa, dijo: —Lamento que te sientas así. No voy a cambiar de parecer. Me voy a Quantico mañana. Ryan la miró como si no pudiera creer lo que estaba oyendo. Riley se levantó de la mesa y dijo: —Disfruta el resto de la comida. Hay pastel de queso en el refrigerador. Estoy cansada. Me ducharé y luego me iré a la cama. Antes de que Ryan pudiera responder, Riley corrió al baño. Lloró durante unos minutos y luego se duchó por un largo raro. Cuando se puso la bata de baño y volvió a salir del baño, vio a Ryan sentado en la cocina. Había recogido la mesa y estaba trabajando en su computadora. Ni siquiera levantó la mirada. Riley entró en el dormitorio, se metió en la cama y empezó a llorar de nuevo. Mientras se limpiaba los ojos y se sonaba la nariz, se preguntó: «¿Por qué estoy tan enojada? ¿Ryan está equivocado? ¿Nada de esto es su culpa?» No podía pensar con claridad. Y en ese momento comenzó a recordar algo terrible… cuando despertó en la cama con un dolor agudo y se dio cuenta de que estaba empapada de sangre… cuando tuvo el aborto espontáneo. Ella se preguntó si esa era una de las razones por las que Ryan no quería que se convirtiera en agente del FBI. El caso del Asesino de Payasos la había estresado mucho. Pero el médico en el hospital le había asegurado que el estrés no había causado su aborto involuntario. En su lugar, le había dicho que había sido causado por «anomalías cromosómicas». Ahora que Riley lo volvía a pensar, esa palabra, «anomalías», la perturbaba. Se preguntó si ella era una anormal después de todo. ¿Era incapaz de tener una relación duradera y mucho menos una familia? A lo que se quedó dormida, se sintió como si solo sabía una cosa con certeza… que se iba a Quantico mañana. CAPÍTULO DOS Al hombre le agradaba escuchar el gemido de la mujer. Sabía que estaba recobrando el conocimiento. Sí, veía que sus ojos se habían abierto un poco. Estaba tumbada de lado sobre una mesa de madera en la pequeña sala con piso de tierra, paredes de cemento y techo de madera bajo. Estaba atada con cinta de embalar. Sus piernas estaban dobladas y atadas a su pecho, y sus manos estaban envueltas alrededor de sus canillas. Su cabeza yacía sobre sus rodillas. Le recordaba a las imágenes que había visto de fetos humanos y embriones que a veces encontraba cuando abría un huevo fresco de uno de sus pollos. Se veía tan inocente que parecía conmovedora. En su mayoría, le recordaba a la otra mujer que creía se llamaba Alice. Había creído que solo la asesinaría a ella, pero lo había disfrutado tanto en ese entonces… y había tan pocos placeres en su vida… ¿cómo podría detenerse? —Me duele —murmuró la mujer—. ¿Por qué me duele? Sabía que estaba adolorida porque yacía sobre una maraña de alambre de púas. Su sangre ya estaba goteando sobre la superficie de la mesa, la cual la mancharía como el resto de la sangre que había sido derramada allí. Aunque no importaba. La mesa era más vieja él, y él era la única persona que jamás la veía. Él también estaba un poco adolorido y sangrando. Se había cortado con el alambre de púas al meterla en la ranchera. Fue más difícil de lo que esperaba porque ella se había defendido más que la otra mujer. Esta mujer se había retorcido mucho antes de que el cloroformo casero terminó de hacer efecto. Luego dejó de retorcerse y él logró someterla por completo. A pesar de ello, no le molestaba mucho que se había lastimado con las púas afiladas. Sabía por experiencia que cortes de ese estilo se curaban con bastante rapidez, incluso si dejaban cicatrices horribles. Se inclinó para mirar su cara de cerca. Sus ojos estaban casi completamente abiertos ahora. Sus irises se movían mientras lo miraba. «Aún tratando de evitar mirarme», se dio cuenta el hombre. Todo el mundo actuaba así cuando lo veían. No culpaba a las personas por tratar de fingir que era invisible o que no existía en absoluto. A veces se miraba en el espejo y se creía invisible. La mujer repitió: —Me duele. Además de los cortes, estaba seguro de que le dolía la cabeza por la fuerte dosis de cloroformo casero. Él mismo había estado a punto de desmayarse cuando lo mezcló, y había pasado varios días con dolor de cabeza después de eso. Pero el cloroformo casero funcionaba muy bien, por lo que lo seguiría utilizando. Ahora estaba bien preparado para lo que iba a hacer a continuación. Ahora llevaba guantes de trabajo y una chaqueta acolchada gruesa. No se lastimaría más mientras hacía el trabajo. Se puso a trabajar en la maraña de alambre de púas con unos cortaalambres. Luego jaló una longitud alrededor del cuerpo de la mujer y lo dobló en los extremos para hacer nudos improvisados ​​para mantener el alambre en su lugar. La mujer gimió y trató de zafarse de la cinta de embalar mientras las púas cortaban su piel y ropa. Mientras seguía trabajando, dijo: —Puedes hablar. Puedes gritar si quieres, si te ayuda… Desde luego no le preocupaba que alguien la oyera. Ella gimió más fuerte y trató de gritar, pero su voz era muy débil. El hombre sonrió. Sabía que no podía meter suficiente aire en sus pulmones para gritar, no con sus piernas atadas contra su pecho. Colocó otra longitud de alambre de púas alrededor de ella y la estiró con fuerza, viendo como la sangre goteaba del lugar donde cada púa perforaba su carne debajo de su ropa. Siguió colocando longitud tras longitud alrededor de ella hasta que pareció una especie de enorme capullo de alambre. El capullo de alambre estaba haciendo todo tipo de sonidos extraños—suspiros, jadeos, gemidos y quejidos. La sangre de la mujer goteó y goteó hasta que toda la mesa estaba roja. Luego dio un paso atrás y admiró su obra. Apagó la luz del techo y salió de la sala, cerrando la pesada puerta de madera detrás de él. El cielo estaba despejado y estrellado y no podía oír nada, excepto el sonido de los grillos. Respiró aire fresco. La noche parecía especialmente dulce en este momento. CAPÍTULO TRES Mientras Riley se puso en fila con el resto de los pasantes para su fotografía formal, oyó la puerta de la recepción abrirse. El corazón le dio un salto y se dio la vuelta para ver quién había llegado. Pero solo era Hoke Gilmer, el supervisor de entrenamiento del programa, quien había regresado después de haber salido durante unos minutos. Riley contuvo un suspiro. Sabía que el agente Crivaro no estaría aquí hoy. La había felicitado por completar sus prácticas ayer y le había dicho que quería volver a Quantico lo más pronto posible. Era obvio que simplemente no le gustaban las ceremonias y recepciones. En realidad albergaba la esperanza de que Ryan aparecería de la nada para celebrar la finalización del programa de verano con ella. Sin embargo, sabía que era bastante probable que no apareciera. Aun así, no pudo evitar fantasear que de alguna manera cambiaría de parecer y llegaría al último minuto disculpándose por su comportamiento y diciendo las palabras que anhelaba oír: —Quiero que vayas a la Academia. Quiero que sigas tu sueño. Pero, por supuesto, eso no iba a pasar… «Y cuanto antes lo entienda, mejor», pensó. Los 20 pasantes formaron tres filas para la fotografía, una fila sentada en una mesa larga con dos filas de pie detrás de ella. Dado que los pasantes estaban dispuestos en orden alfabético, Riley se encontró en la última fila entre otros dos estudiantes cuyos apellidos comenzaban con S, Naomi Strong y Rhys Seely. No había llegado a conocer a Naomi ni a Rhys muy bien. Pero eso también era cierto de la mayoría de los otros pasantes. Se había sentido fuera de lugar desde el primer día del programa hace 10 semanas. El único estudiante que había llegado a conocer en todo este tiempo era John Welch, quien estaba a unos estudiantes a su izquierda. En su primer día, John le había explicado por qué los demás estaban mirándola extraño y susurrando entre sí sobre ella… —Casi todos saben quién eres. Supongo que podría decirse que tu reputación te precede. Después de todo, ella era la única pasante con «experiencia de campo». Riley contuvo otro suspiro al pensar en las palabras «experiencia de campo». Le parecía raro considerar lo que había sucedido en la Universidad de Lanton «experiencia de campo». Para ella, había sido más como una pesadilla. Nunca olvidaría el encontrar a sus dos amigas cercanas degolladas en sus habitaciones. En aquel entonces, lo último que había tenido en mente era convertirse en agente del FBI. Se había enredado en el caso sin querer, y había ayudado a resolverlo, y por eso casi todos sabían quién era desde el primer día. Cuando el programa empezó y el resto de los pasantes estaban aprendiendo de computadoras, técnicas forenses y otros asuntos menos emocionantes, Riley había localizado al Asesino de Payasos. Ambos casos habían sido traumáticos y potencialmente mortales. No le agradaba mucho al resto de los pasantes dado el hecho de que ella tenía experiencia y ellos no. De hecho, su resentimiento tácito había sido palpable desde el principio. Y ahora algunos de ellos la envidiaban porque iba a la Academia. «Si supieran por todo lo que he pasado», pensó. Si supieran, dudaba que la seguirían enviando. Se sentía horrorizada y culpable cada vez que recordaba a sus dos amigas asesinadas en Lanton, y deseaba poder volver atrás en el tiempo para evitar sus asesinatos. No solo sus amigas seguirían vivas, pero su propia vida sería completamente diferente. Tendría una licenciatura de psicología y un trabajo normal. «Y todo estaría bien con Ryan», pensó. Pero dudaba de que se sentiría feliz. Ninguna carrera le había parecido emocionante hasta que se presentó la posibilidad de ser agente del FBI, incluso si se sentía como si la carrera la hubiera elegido a ella y no al revés. Cuando todos los pasantes estaban listos para la foto, Hoke Gilmer contó un chiste para hacer a todos reír mientras el fotógrafo tomaba la foto. Riley no estaba de buen humor, por lo que el chiste no le pareció divertido. Estaba segura de que su sonrisa se vería forzada y poco sincera. También se sentía insegura de su propio traje de pantalón, el cual había comprado hace meses en una tienda de segunda mano. La mayoría de los otros pasantes estaban en una mejor situación económica que ella… y mejor vestidos también. No ansiaba ver la foto que acababa de ser tomada. Luego, el grupo se separó para disfrutar de los aperitivos y refrescos dispuestos en otra mesa en el centro de la sala. Todos se agruparon y, como de costumbre, Riley se sintió aislada. Se dio cuenta de que Natalie Embry estaba abrazando a Rollin Sloan, un pasante al que le habían ofrecido un empleo muy bien pagado como analista de datos en una gran oficina de campo del oeste medio. Riley oyó una voz a su lado decir: —Bueno, Natalie de seguro consiguió lo que quería. Riley se volvió y vio a John Welch a su lado. Sonrió y le dijo: —Venga, John. ¿No estás siendo un poco cínico? John se encogió de hombros y dijo: —¿Me estás diciendo que estoy equivocado? Riley volvió a mirar a Natalie, quien le estaba mostrando su nuevo anillo de compromiso a alguien. —No, creo que no —le respondió. Natalie había estado mostrando ese anillo a todo el mundo desde que Rollin le había pedido que se casara con él hace unos días. Había sido un romance relámpago, ya que ella y Rollin se habían conocido apenas en el programa de pasantías. John soltó un suspiro de compasión fingida. —Pobre Rollin —dijo—. Ahí estaría yo si no fuera por la gracia de Dios. Riley se echó a reír. Sabía exactamente lo que John quería decir. Desde el primer día del programa, Natalie había estado buscando un prometido. Incluso había ido tras John, pero él le había dejado claro que no estaba interesado en ella. Riley se preguntó si Natalie realmente había estado interesada en el programa. Después de todo, había logrado lo suficiente para ser aceptada en las prácticas. «Probablemente no», pensó. Natalie parecía haberse unido al programa por la misma razón que algunas de las amigas de Riley habían ido a la universidad: para encontrar un esposo exitoso. Riley trató de imaginarse cómo sería vivir la vida con las prioridades de Natalie. Las cosas sin duda serían más fáciles, dado que las decisiones que tendría que tomar serían más claras… Encontrar a un hombre, mudarse a una casa bonita, tener bebés… Riley no pudo evitar sentir envidia por la seguridad de la que gozaba Natalie. Aun así, Riley estaba segura de que una vida así la aburriría mucho, razón por la cual las cosas estaban mal entre ella y Ryan ahora mismo. Luego John dijo: —Supongo que te diriges directo a Quantico. —Sí —dijo Riley—. ¿Supongo que tú también? John asintió con la cabeza. A Riley le pareció emocionante que ella y John estaban entre el pequeño puñado de pasantes que seguirían a la Academia del FBI. La mayoría de ellos seguirían otros caminos. Algunos se dirigían a la escuela de postgrado para estudiar campos que habían llamado su interés este verano. Otros pronto empezarían nuevos trabajos en los laboratorios u oficinas del edificio Hoover o en la sede de la Agencia en otras ciudades. Comenzarían carreras en el FBI como informáticos, analistas de datos, técnicos… trabajos con horarios normales que jamás pondrían sus vidas en peligro. «Trabajos que Ryan aprobaría», pensó Riley con melancolía. Riley estuvo a punto de preguntarle a John cómo se iba a Quantico hoy. Pero luego recordó que tenía un auto lujoso. Riley consideró pedirle un aventón. Después de todo, se ahorraría el dinero de un taxi y un billete de tren. Pero no se atrevía a hacerlo. No quería admitirle que Ryan ni siquiera la llevaría a la estación de tren. John era astuto, y de seguro percibiría que las cosas no estaban bien entre ellos. Prefería que no se enterara de eso, al menos no en este momento. Mientras ella y John seguían hablando, Riley no pudo evitar notar una vez más lo atractivo que era—robusto y atlético, con el pelo rizado y una sonrisa agradable. Aunque era adinerado y llevaba un traje caro, Riley no pensaba menos de él por su riqueza y privilegios. Sus padres eran abogados prominentes que estaban muy involucrados en la política, y Riley admiraba a John por haber elegido una vida más humilde de aplicación de la ley. Era un buen tipo, un verdadero idealista, y le gustaba mucho. Habían trabajado juntos para resolver el caso del Asesino de Payasos, comunicándose con el asesino de forma encubierta para sacarlo de su escondite. Mientras que se encontraba disfrutando de su sonrisa y la conversación, Riley se preguntó si su amistad crecería en la Academia. Quizá pasarían mucho tiempo juntos… y ella estaría lejos de Ryan. Se advirtió a sí misma que no debía darle rienda suelta a su imaginación. Por un lado, los problemas que tenía con Ryan probablemente solo eran temporales. Tal vez lo único que necesitaban era tiempo separados para recordar por qué se habían enamorado. Los pasantes finalmente terminaron de comer y comenzaron a irse. John se despidió de Riley con la mano, y ella sonrió y le devolvió el despido. Todavía pegada a Rollin, Natalie siguió mostrando su anillo todo el camino hasta la puerta. Riley se despidió de Hoke Gilmer, el supervisor de entrenamiento, y también del subdirector Marion Connor, los cuales habían dado discursos de felicitación hace un rato. Luego salió de la recepción y se fue al vestuario para buscar su maleta. Se encontró sola en el vestuario grande y vacío. Miró a su alrededor con melancolía. Todos los pasantes se agrupaban allí cada vez que tenían una reunión. Dudaba que jamás volvería. ¿Echaría de menos el programa? No estaba segura. Había aprendido mucho aquí, y había disfrutado mucho de la experiencia. Pero sabía que definitivamente era hora de seguir adelante. «Entonces, ¿por qué me siento triste?», se preguntó. Rápidamente entendió que era por cómo había dejado las cosas con Ryan. Recordó sus propias duras palabras: —Disfruta el resto de la comida. Hay pastel de queso en el refrigerador. Estoy cansada. Me ducharé y luego me iré a la cama. No habían hablado desde entonces. Para cuando Riley despertó esta mañana, Riley ya se había ido a trabajar. Se arrepentía de haberle hablado así. Pero ¿qué otra opción le había dado? No había demostrado mucha sensibilidad a sus sentimientos, esperanzas y sueños. El anillo de compromiso se sintió extraño en su dedo. Lo acercó a su rostro y lo miró. A medida que la joya modesta pero preciosa brillaba bajo la luz fluorescente del techo, recordó el dulce momento cuando Ryan se había arrodillado ante ella para pedirle matrimonio. Parecía que había sucedido hace mucho tiempo. Y después de su separación nada amistosa, Riley se preguntó si seguían comprometidos. ¿Su relación había terminado? ¿Habían roto sin decirlo? ¿Era hora de que se olvidara de él y que lo dejara atrás, al igual que estaba dejando atrás todo lo demás? ¿Ryan se olvidaría de ella rápidamente? Por un momento, consideró no coger el taxi y el tren a Quantico, al menos no en este momento. Tal vez no importaría que llegara un día tarde a clases. Tal vez podría volver a hablar con Ryan cuando llegara a casa del trabajo. Tal vez podrían arreglar las cosas. Pero entendió rápidamente que si volvía al apartamento ahora, tal vez nunca iría a Quantico. Se estremeció ante la idea. De alguna manera, sabía que su destino la esperaba en Quantico, y no se atrevía a perdérselo. «Es ahora o nunca», pensó. Agarró su maleta, salió del edificio y luego tomó un taxi a la estación de tren. CAPÍTULO CUATRO A Guy Dafoe no le gustaba levantarse tan temprano en la mañana. Pero al menos ahora trabajaba duro cuidando su propio ganado en vez de las manadas de otros. Sus tareas matutinas ahora valían mucho la pena. El sol estaba saliendo, y sabía que sería un día hermoso. Le encantaba el olor de los campos y los sonidos del ganado. Había pasado años trabajando en ranchos y manadas más grandes. Pero esta era su propia tierra, sus propios animales. Y estaba alimentando a estos animales bien, no artificialmente con grano y hormonas. Eso era un desperdicio de recursos, y el ganado que solo vivía para producir sufría mucho. Se sentía bien con lo que estaba haciendo. Había usado todos sus ahorros para comprar esta granja y un poco de ganado para comenzar. Sabía que era un gran riesgo, pero tenía fe en que había futuro en las ventas de ganado alimentado con pasto. Era un mercado creciente. Los becerros estaban agrupados alrededor del granero, donde los había encerrado anoche para comprobar su salud y desarrollo. Lo miraron y mugieron en voz baja, como si habían estado esperándolo. Estaba orgulloso de su pequeña manada de Angus, y en ocasiones tenía que resistir la tentación de encariñarse con ellos, como si fueran mascotas. Estos eran animales destinados al consumo después de todo. Sería mala idea encariñarse con cualquiera de ellos. Hoy quería llevar a los becerros al pasto cerca de la carretera. Se habían comido casi todo el pasto del campo en el que estaban ahora, y el pasto que estaba cerca de la carretera estaba listo para el pastoreo. Justo cuando abrió la puerta de par en par, notó algo extraño en el lado lejano del campo. Parecía una especie de paquete cerca de la carretera. —Sea lo que sea, probablemente no es bueno —dijo en voz alta. Se deslizó por la abertura y cerró la puerta detrás de él, dejando a los potros de un año donde estaban. No quería llevar su ganado hasta el pasto hasta que descubriera qué era ese objeto extraño. Mientras caminaba por el campo, se sintió más desconcertado. Parecía una gran maraña de alambre de púas que colgaba de un poste. Tal vez un rollo de alambre de púas había salido volando del camión de alguien y terminado allí. Pero mientras se acercaba, vio que no era un rollo nuevo. Era una maraña de alambre viejo, envuelto en todas las direcciones. No tenía sentido. Cuando llegó a la maraña y la miró fijamente, se dio cuenta de que había algo adentro. Se inclinó, lo miró de cerca y se congeló. —¡Dios mío! —gritó, saltando hacia atrás. Pero tal vez solo se lo estaba imaginando. Se obligó a mirar de nuevo. No, no se lo estaba imaginando… era el rostro de una mujer, pálido y desfigurado de agonía. Se acercó para quitarle el alambre, pero se detuvo rápidamente. «Es inútil —se dio cuenta—. Está muerta.» Se tambaleó hasta el próximo poste, se apoyó en él y vomitó violentamente. «Recomponte», se dijo a sí mismo. Tenía que llamar a la policía de inmediato. En ese momento, se echó a correr hacia su casa. CAPÍTULO CINCO El agente especial Jake Crivaro se sentó de golpe cuando el teléfono de su oficina sonó. Las cosas habían estado demasiado tranquilas en Quantico desde su regreso el día de ayer. Y en este momento, sus instintos le estaban diciendo que se trataba de un nuevo caso. Efectivamente, tan pronto como cogió el teléfono, escuchó la voz sonora del agente especial a cargo Erik Lehl: —Crivaro, te necesito en mi oficina de inmediato. —Enseguida, señor —dijo Crivaro. Crivaro colgó el teléfono y agarró su bolsa de viaje, la cual siempre mantenía a la mano. El agente Lehl estaba siendo aún más lacónico de lo habitual, lo que sin duda significaba que se trataba de un asunto urgente. Crivaro estaba seguro de que viajaría a algún lugar pronto, probablemente en menos de una hora. Sintió su corazón bombeando un poco más rápido mientras corría por el pasillo. Era una buena sensación. Después de 10 semanas como mentor en el programa de prácticas del FBI, este era un bienvenido retorno a la normalidad. Durante los primeros días del programa de verano, había sido alejado por un caso de asesinato, el notorio Asesino de Payasos. Después de eso, se había dispuesto a ser el mentor de uno de los pasantes, una chica talentosa pero exasperante llamada Riley Sweeney, quien había demostrado su brillantez sorprendente ayudándolo en el caso. A pesar de ello, el programa había pasado demasiado lento para su gusto. No estaba acostumbrado a pasar tanto tiempo fuera del campo. Cuando Jake entró en la oficina de Lehl, el hombre larguirucho se levantó de la silla para saludarlo. Erik Lehl era tan alto que casi no parecía caber en cualquier espacio que ocupaba. Otros agentes decían que parecía que llevaba zancos. A Jake le parecía como si estuviera hecho de zancos, un surtido torpemente montado de longitudes de madera que de alguna manera nunca parecían estar perfectamente coordinadas en sus movimientos. Pero el hombre había sido un excelente agente y se había ganado su puesto en la Unidad de Análisis de Conducta del FBI. —No te pongas cómodo, Crivaro —dijo Lehl—. Te vas de inmediato. Jake se mantuvo de pie obedientemente. Lehl miró la carpeta de manila que sostenía y soltó un suspiro. Jake sabía de la tendencia de Lehl de tomarse cada caso muy en serio, incluso personalmente, como si se sintiera directamente insultado por cualquier tipo de criminalidad monstruosa. No es de extrañar que Jake no recordaba haber visto a Lehl de buen humor ni siquiera una vez. Después de todo, su trabajo era acabar con monstruos. Y Jake sabía que Lehl no lo estaba asignando a este caso en particular si no fuera inusualmente atroz. Jake era prácticamente un especialista en casos que desafiaban la imaginación humana. Lehl le entregó la carpeta de manila a Jake y le dijo: —Tenemos una situación muy fea en Virginia Occidental. Échale un vistazo. Jake abrió la carpeta y vio una foto en blanco y negro de un paquete hecho de cinta de embalar y alambre de púas. El paquete estaba colgando de un poste. Le tomó a Jake un momento darse cuenta de que la maraña tenía una cara y manos, que era de hecho un ser humano obviamente muerto. Jake inhaló profundamente. Incluso para él, esto era bastante espantoso. Lehl explicó: —La foto fue tomada hace aproximadamente un mes. El cuerpo de una trabajadora de salón de belleza llamada Alice Gibson fue encontrado dentro de una maraña de alambre de púas que colgaba de un poste en un camino rural cerca de Hyland, Virginia Occidental. —Qué espantoso —dijo Jake—. ¿Cómo están manejándolo los policías locales? —Tienen un sospechoso en custodia —dijo Lehl. Los ojos de Jake se abrieron de par en par. Él preguntó: —Entonces, ¿por qué es un caso para el FBI? Lehl dijo: —Acabamos de recibir una llamada del jefe de policía de Dighton, un pueblo cerca de Hyland. Otro cuerpo fue encontrado en una maraña de alambre de púas, colgando de un poste en una carretera fuera de la ciudad. Jake estaba empezando a entender. Estar en la cárcel en el momento del segundo asesinato le daba al sospechoso una buena coartada. Y ahora parecía que se trataba de un asesino en serie que apenas iba empezando. Lehl continuó: —Ordené que la nueva escena del crimen no sea perturbada. Por esa razón necesito que llegues allá lo antes posible. Como sería un viaje de cuatro horas en auto por las montañas, tengo un helicóptero esperándote en la pista de aterrizaje. Jake estaba volviéndose para salir de la oficina cuando Lehl añadió: —¿Quieres que te asigne un compañero? Jake se volvió y miró a Lehl. De alguna manera, no había esperado la pregunta. —No necesito un compañero —dijo Jake—, pero sí un equipo de técnicos forenses. Los policías de la zona rural de Virginia Occidental no serán capaces de analizar bien la escena del crimen. Lehl asintió y dijo: —Reuniré un equipo ahora mismo. Volarán contigo. Justo cuando Jake dio un paso fuera de la puerta, Lehl dijo: —Agente Crivaro, tarde o temprano necesitarás otro compañero permanente. Jake se encogió de hombros y dijo: —Si usted lo dice, señor. Con un toque de un gruñido en su voz, Lehl dijo: —Sí, lo digo. Ya es hora de que aprendas a trabajar bien con otras personas. Jake lo miró con sorpresa. Era raro que el taciturno de Erik Lehl dijera algo que no fuera sarcástico en lo más mínimo. «Supongo que lo dice en serio», pensó Jake. Sin decir nada más, Jake salió de la oficina. Mientras caminaba por el edificio, pensó en lo que Lehl le acababa de decir respecto a un nuevo compañero. Jake era bien conocido por ser duro en el campo. Pero en realidad solo era duro con quienes se lo merecían. Su último compañero, Gus Bollinger, sin duda se lo merecía. Había sido despedido por dañar las huellas dactilares de una prueba vital en el caso del Asesino de la Caja de Fósforos. Como consecuencia, el caso se había enfriado… y lo que Jake más odiaba en el mundo eran los casos sin resolver. En el caso del Asesino de Payasos, Jake había trabajado con un agente de DC llamado Mark McCune. McCune no había sido tan malo como Bollinger, pero había cometido errores estúpidos y era demasiado engreído para su gusto. A Jake le alegraba que solo había tenido que trabajar con él en ese caso y que seguía en DC. Cuando salió a la pista donde el helicóptero esperaba por él, pensó en otra persona con la que había trabajado recientemente… Riley Sweeney. Lo había impresionado desde sus días como estudiante de psicología, donde había ayudado a resolver un caso de asesinato en serie en la Universidad de Lanton. Cuando se graduó, él había hecho todo lo posible para meterla en el programa, enojando a varios de sus colegas en el proceso. Tal vez contra su propio buen juicio, había alistado su ayuda en el caso del Asesino de Payasos. Ella había hecho un excelente trabajo… y también había cometido errores muy escandalosos. Aunque aún no había aprendido a obedecer órdenes, solo había conocido a un puñado de agentes experimentados con instintos como los suyos, contándolo a él. A lo que Jake se agachó por debajo de las hélices giratorias y se subió al helicóptero, vio al equipo forense de cuatro hombres trotando por la pista. Luego de que los forenses se subieron, el helicóptero despegó. Parecía tonto estar pensando en Riley Sweeney en este momento. Quantico era enorme, y a pesar de que estaba en la Academia del FBI, era probable que no volverían a cruzar caminos. Jake abrió la carpeta para leer el informe policial. * Después de que el helicóptero atravesó los Apalaches, voló sobre campos prados salpicados de ganado Angus. A medida que el helicóptero descendió, Jake vio los lugares en los que algunas patrullas habían acordonado un tramo de un camino de grava para mantener a los espectadores alejados de la escena del crimen. El helicóptero aterrizó en un pastizal. Jake y el equipo forense se salieron del helicóptero y se dirigieron hacia un pequeño grupo de personas uniformadas y varios vehículos oficiales. La policía y el equipo del médico forense estaban a ambos lados de una valla de alambre de púas que corría a lo largo de la carretera en el borde del pastizal. Jake veía lo que parecía un paquete enredado de alambre de púas colgando de un poste. Un hombre de aspecto robusto de aproximadamente la misma altura que Jake dio un paso al frente para saludarlo. —Soy Graham Messenger, el jefe de policía de Dighton —dijo, estrechando la mano de Jake—. Hemos tenido un par de incidentes bastante terribles. Déjame enseñarte. El jefe abrió el camino a un poste y, por supuesto, una maraña extraña de alambre de púas y cinta de embalar estaba colgando del mismo. Una vez más, Jake vio una cara y unas manos, lo que indicaba que la maraña contenía un ser humano. Messenger dijo: —Supongo que ya sabes de Alice Gibson, la primera víctima en Hyland. Parece que el asesino volvió a atacar. Esta víctima se llamaba Hope Nelson. —¿Fue reportada como desaparecida antes de que el cuerpo fuera encontrado? —preguntó Crivaro. —Sí, me temo que sí —dijo Messenger, señalando hacia un hombre de mediana edad de aspecto aturdido cerca de uno de los vehículos—. Hope estaba casada con Mason Nelson, el alcalde del pueblo. Estaba trabajando en su tienda de artículos de granja anoche, y jamás volvió a casa. Mason me llamó en la madrugada, sonando bastante alarmado. —El jefe de policía se encogió de hombros antes de continuar—: Bueno, estoy un poco acostumbrado a la gente desapareciendo por un tiempo y luego volviendo a aparecer. Le dije a Mason que si no aparecía, lo investigaría hoy. No tenía ni idea… —La voz de Messenger se quebró. Luego suspiró, negó con la cabeza y añadió—: Los Nelson son dueños de muchas tierras aquí en Dighton. Siempre han sido personas buenas y respetables. Hope no se merecía esto. Pero, bueno, supongo que nadie se lo merece. Otro hombre dio un paso hacia ellos. Tenía una cara larga y envejecida, cabello blanco y un gran bigote pasado de moda. El jefe Messenger lo presentó como Hamish Cross, el jefe médico forense del condado. Mascando una maleza, Cross parecía relajado y algo curioso acerca de lo que estaba pasando. Le preguntó a Jake: —¿Alguna vez has visto algo como esto? Jake no respondió. La respuesta, por supuesto, era no. Jake se inclinó al lado del paquete, lo examinó de cerca y luego le dijo a Cross: —Supongo que trabajaste en la primera víctima. Cross asintió, se inclinó al lado de Jake y giró la maleza en su boca. —Eso es correcto —dijo Cross—. Y este asesinato es prácticamente idéntico. Ella no murió aquí, eso es seguro. Fue secuestrada, atada primero con cinta de embalar y luego con alambre de púas, y murió desangrada. O eso o se sofocó primero. Atada así, supongo que no podía respirar bien. Todo eso ocurrió en otro lugar dado que no hay sangre aquí. Jake veía que el rostro y las manos estaban tan pálidas que parecían hechas de papel, y brillaban en el sol de la mañana como si fueran porcelana. La mujer simplemente no parecía real, sino más bien una escultura grotesca. Muchas moscas estaban sobrevolando el cuerpo. Jake se puso de pie y le preguntó al jefe Messenger: —¿Quién encontró el cuerpo? Como en respuesta, Jake oyó la voz de un hombre gritando: —¿Qué demonios está pasando aquí? ¿Cuánto tiempo más llevará esto? Jake se volvió y vio a un hombre de cabello largo con una barba desarreglada acercándose a ellos. Parecía furioso, y su voz estaba temblando. Gritó: —¿Cuándo demonios se llevarán esta—esta cosa? Esto es un gran inconveniente. He tenido que mantener a mi ganado en un pastizal sobrepastoreado por todo esto. Tengo mucho trabajo por hacer hoy. ¿Cuánto tiempo más llevará esto? Jake se volvió a Hamish Cross y dijo en voz baja: —Ya pueden llevarse el cuerpo. Cross asintió y le dio órdenes a su equipo. Luego se llevó al hombre enojado y le habló en voz baja para calmarlo. El jefe Messenger le explicó a Jake: —Ese es Guy Dafoe, el dueño de esta propiedad. Es un agricultor ecológico, nuestro hippie local. Lleva poco tiempo aquí. Resulta que esta zona es buena para criar ganado alimentado con pasto. La agricultura orgánica ha impulsado mucho la economía local. El teléfono móvil del jefe sonó y él tomó la llamada. Escuchó durante un momento, y luego le dijo a Jake: —Es Dave Tallhamer, el sheriff de Hyland. Supongo que ya sabes que hay un sospechoso en custodia por el primer asesinato, Philip Cardin. Él es el ex esposo de la víctima y un mal tipo. No tiene coartada. Tallhamer pensó lo que lo tenían pillado. Pero supongo que este nuevo asesinato cambia las cosas, ¿no? David quiere saber si debería soltarlo. Jake se quedó pensando por un momento y luego dijo: —No hasta que haya tenido la oportunidad de hablar con él. El jefe Messenger lo miró con curiosidad y dijo: —Eh, ¿el hecho de que estaba encerrado en la celda durante el segundo asesinato no lo exonera? Jake contuvo un suspiro de impaciencia y simplemente repitió: —Quiero hablar con él. Messenger asintió y siguió hablando con el sheriff. Jake no quería explicar nada ahora mismo. La verdad era que no sabía nada en absoluto sobre el sospechoso bajo custodia o incluso por qué era un sospechoso. Philip Cardin podría tener un cómplice que cometió este nuevo asesinato. «Sabrá Dios qué está pasando», pensó Jake. En este momento de la investigación, siempre había miles de preguntas y pocas respuestas. Jake esperaba que eso cambiara dentro de poco. Mientras que Messenger seguía hablando por teléfono, Jake se acercó al esposo de la víctima, quien estaba apoyado en una patrulla mirando hacia el espacio. Jake dijo: —Sr. Nelson, mi más sentido pésame. Soy el agente especial Jake Crivaro, y estoy aquí para ayudar a llevar al asesino de su esposa ante la justicia. Nelson asintió con la cabeza, pero se veía muy ausente. Jake dijo con voz firme: —Sr. Nelson, ¿tiene alguna idea de quién pudo haber hecho esto? ¿O por qué? Nelson lo miró con una expresión aturdida y dijo: —¿Qué? —Luego repitió—: No, no, no. Jake sabía que no tenía sentido hacerle más preguntas, al menos no en este momento. Era evidente que estaba en un profundo estado de shock. Y eso no era nada sorprendente. No solo su esposa estaba muerta, sino que la forma en que había muerto era especialmente grotesca. Jake se volvió a acercar a la escena del crimen, donde su equipo de forenses estaba trabajando. Miró a su alrededor, notando lo aislado que parecía el lugar. Al menos no había una multitud de curiosos rondando… «Y hasta ahora no hay señales de la prensa», pensó. Pero en ese momento, oyó el sonido de otro helicóptero. Miró a su alrededor y vio que un helicóptero de noticias estaba descendiendo. Jake suspiró profundamente y pensó: «Este caso no será nada fácil.» CAPÍTULO SEIS Riley sintió un cosquilleo de expectación cuando el orador se puso al frente de los aproximadamente 200 reclutas. El hombre parecía que pertenecía a una época diferente, con sus solapas delgadas, su corbata negra delgada y su corte de cabello militar. Recordaba a Riley a fotos que había visto de astronautas de la década de los 60. Mientras el hombre miraba unas fichas, y luego a su público, Riley esperó sus palabras de bienvenida y elogio. El director de la Academia, Lane Swanson, comenzó como ella había esperado: —Sé que todos ustedes han estado trabajando duro para prepararse para este día. Bueno, déjenme decirles que ninguno está preparado. —Muchos de los reclutas suspiraron y Swanson hizo una pausa para que sus palabras surtieran efecto. Luego continuó—: De eso trata este programa de 20 semanas, de prepararlos lo más que se pueda para ser agentes del FBI. Y parte de esa preparación consiste en aprender los límites de la preparación, cómo enfrentar lo inesperado y aprender a pensar sobre la marcha. Recuerden que la Academia del FBI es mundialmente reconocida. Nuestros estándares son altos. No todos ustedes aprobarán. Pero los que sí estarán lo más preparados posible para las tareas que les esperan. Riley escuchó a Swanson con atención mientras explicaba las normas del FBI respecto al fomento de la seguridad, el espíritu de cuerpo, uniformidad, responsabilidad y disciplina. Luego habló del plan de estudio riguroso, clases que abarcaban desde la ley, hasta ética de interrogación y recopilación de pruebas. Riley se sentía cada vez más ansiosa mientras entendía que definitivamente ya no era pasante de verano. El programa de verano parecía un campamento de adolescentes en comparación con lo que ahora enfrentaría. ¿Estaba completamente fuera de lugar? ¿Esto había sido una mala idea? Por un lado, se sentía como una niña mientras miraba a los demás reclutas. Casi nadie era de su edad. Intuía que muchos de ellos tenían mucha experiencia. La mayoría eran mayores de 23, y algunos parecían como si estuvieran al borde de la edad de reclutamiento máxima permitida de 37. Ella sabía que venían de todo tipo de trabajos. Muchos habían sido oficiales de policía, y muchos otros habían servido en el ejército. Otros habían trabajado como maestros, abogados, científicos, empresarios y en muchas otras ocupaciones. Pero todos tenían una cosa en común: un fuerte compromiso a pasar el resto de sus vidas en la aplicación de la ley. Solo unos pocos estaban recién salidos del programa de prácticas. John Welch, quien estaba sentado un par de filas delante de ella, era uno de ellos. Al igual que Riley, se le había hecho una excepción a la regla de que todos los reclutas tenían que tener al menos tres años de experiencia en aplicación de la ley para entrar en la Academia. Swanson terminó su discurso diciendo: —Ansío estrechar la mano de aquellos de ustedes que se gradúen de la Academia. Ese día serán juramentados por el mismísimo director del FBI, Bill Cormack. Buena suerte a todos. Y ahora, ¡a trabajar! Un instructor tomó el lugar de Swanson en el podio y comenzó a llamar los nombres de las reclutas. Eran llamados «NAF», o nuevos agentes en formación. A medida que los NAF respondían a sus nombres, el instructor les asignaba grupos más pequeños con los que compartirían clases. Mientras esperaba que su nombre fuera llamado, Riley recordó lo tedioso que había sido el día de ayer. Después de registrarse, tuvo que hacer muchas filas para llenar formularios, comprar un uniforme y obtener su asignación de habitación. Hoy estaba resultando ser muy diferente. Sintió una punzada al oír que John Welch había sido asignado a otro grupo. Supuso que hubiese sido de ayuda tener a un amigo durante las semanas difíciles por delante. Por otro lado, pensó: «Quizá sea lo mejor.» Dado lo mucho que sus sentimientos hacia John la confundían, su presencia podría distraerla. Riley se sintió aliviada al encontrarse a sí misma en el mismo grupo que Francine Dow, la compañera de habitación que le habían asignado ayer. Frankie, como prefería ser llamada, era mayor que Riley, tal vez de casi 30, una pelirroja alegre cuyos rasgos la hacían parecer muy experimentada. Riley y Frankie no habían llegado a conocerse mucho. Habían tenido tiempo para poco ayer, excepto desempacar y ordenar todo en su pequeña habitación de residencia, y no habían desayuno juntas. El grupo de Riley fue reunido en el pasillo por el agente Marty Glick, el instructor del grupo. Riley supuso que tenía unos treinta años. Era alto, musculoso y parecía ser un hombre muy serio. Le dijo al grupo: —Tienen un gran día por delante. Pero antes de empezar, hay algo que quiero mostrarles. Glick los condujo hasta el vestíbulo principal, una enorme sala con el sello del FBI en el centro del piso de mármol. Riley había pasado por aquí al entrar, y sabía que se llamaba la Sala de Honor. Era un lugar donde se inmortalizaban los agentes del FBI que morían en el cumplimiento de su deber. Glick los condujo a una pared con retratos y nombres. Vio una placa que leía: Graduados de la Academia Nacional que murieron en el cumplimiento del deber como resultado directo de una confrontación. Todo el grupo jadeó mientras miró el santuario. Glick no dijo nada por un momento, solo permitió que el impacto emocional de todo surtiera efecto. Finalmente dijo en casi un susurro: —No los defrauden. Mientras abría el paso para llevar a los reclutas al resto de sus actividades, Riley miró sobre su hombro a los retratos en la pared. No pudo evitar preguntarse: «¿Mi foto estará allí algún día?» Obviamente no había forma de saberlo. Lo único que sabía con certeza era que los próximos días traerían retos que nunca había enfrentado antes. En ese momento, sintió que tenía una responsabilidad para con esos agentes que habían muerto en el cumplimiento de su deber. «No puedo defraudarlos», pensó. CAPÍTULO SIETE Jake condujo el vehículo prestado por un laberinto de caminos de grava desde Dighton hacia el pueblo de Hyland. El jefe Messenger le había prestado el auto para que Jake pudiera irse antes de que el helicóptero de prensa aterrizara. No tenía idea de qué esperar en Hyland, pero estaba agradecido de haber evadido los invasores. Odiaba ser asediado por reporteros haciéndole preguntas que no podía responder. A la prensa le encantaba los asesinatos sensacionales en lugares aislados. El hecho de que la víctima era la esposa del alcalde sin duda hacía la historia aún más irresistible para ellos. Condujo con la ventana abierta, disfrutando del aire fresco del campo. Messenger había marcado un mapa para él, y Jake estaba disfrutando del lento recorrido por estas carreteras rurales. El hombre que estaba en camino a entrevistar no se iba a ningún lado. Quizá el sospechoso en la cárcel de Hyland no tenía nada que ver con ninguno de los asesinatos. Había estado encarcelado durante el asesinato de la segunda víctima. «Sin embargo, eso no demuestra su inocencia», pensó Jake. Era probable que dos o más asesinos estuvieran trabajando juntos. Hope Nelson podría había sido tomada por alguien que estaba imitando el asesinato de Alice Gibson. Nada de eso sorprendería a Jake. Había trabajado en casos más extraños durante su larga carrera. A lo que Jake llegó a Hyland, lo primero que notó fue lo pequeño que era, mucho más pequeño que Dighton, con una población aproximadamente de un millar. El letrero que acababa de pasar indicaba que solo un par de cientos de personas vivían aquí. La comisaría no era más que otro escaparate en la corta calle comercial. Mientras se estacionaba junto a la acera, Jake vio a un hombre obeso uniformado apoyado en la puerta, pareciendo que no tenía mucho qué hacer. Jake se salió del auto. Mientras se acercaba a la comisaría, notó que el gran policía estaba mirando a alguien directamente al otro lado de la calle. Era un hombre que llevaba una bata médica blanca y estaba con los brazos cruzados. Jake tuvo la extraña impresión de que los dos habían estado mirándose el uno al otro en silencio por un buen rato. «¿De qué trata todo esto?», se preguntó. Se acercó al hombre uniformado en la puerta y le mostró su placa. El hombre se presentó como el sheriff David Tallhamer. Estaba masticando tabaco. Le dijo a Jake en un tono aburrido: —Adelante, déjame presentarte a nuestro invitado, Phil Cardin. Mientras Tallhamer abría el camino, Jake miró hacia atrás y vio que el hombre de la bata blanca seguía en su lugar. Una vez adentro, Tallhamer introdujo a Jake a un oficial que tenía los pies sobre su escritorio, leyendo un periódico. El policía le asintió con la cabeza a Jake y siguió leyendo. La pequeña comisaría parecía estar saturada de aburrimiento. Si Jake ya lo no supiera, jamás habría pensado que estos dos policías hastiados habían estado trabajando en un caso espantoso de asesinato. Tallhamer llevó a Jake hasta la parte trasera de la comisaría que llevaba a la cárcel. La cárcel en sí solo estaba compuesta por dos celdas frente a frente a lo largo de un pasillo estrecho. Ambas celdas estaban ocupadas. En una de las celdas, un hombre en un traje de negocios raído yacía en su cama roncando. En la otra, un hombre de aspecto sombrío con jeans y una camiseta estaba sentado en su litera. Tallhamer sacó sus llaves, abrió la celda del prisionero sentado y dijo: —Tienes visita, Phil. Un agente del FBI de buena fe, según él. Jake entró en la celda, mientras que Tallhamer se situó justo fuera, manteniendo la puerta de la celda abierta. Phil Cardin entrecerró los ojos y le dijo: —FBI, ¿eh? Bueno, tal vez usted pueda enseñarle a esta gentuza cómo hacer su maldito trabajo. No maté a nadie, mucho menos a mi ex esposa. Yo sería el primero en alardear de ello si lo hubiera hecho. Así que déjeme salir de aquí. Jake se preguntó: «¿Alguien le habrá hablado del otro asesinato?» Jake percibió que Cardin no sabía nada al respecto. Supuso que eso era lo mejor, al menos por el momento. Jake le dijo: —Tengo algunas preguntas, señor Cardin. ¿Quiere que esté un abogado presente? Cardin rio, señaló al hombre que dormía en la celda opuesta y dijo: —Él ya está presente, de cierta forma. —Luego le gritó al hombre—: Oye, Ozzie. Espabílate. Necesito representación legal. Asegúrate de que mis derechos no sean violados. Aunque supongo que de ese tren ya salió de la estación, borracho incompetente. El hombre del traje se sentó, se frotó los ojos y dijo: —¿Por qué demonios estás gritando? ¿No ves que estoy durmiendo? Dios mío, me duele mucho la cabeza. Jake quedó boquiabierto. El sheriff gordo se echó a reír de buena gana ante su evidente sorpresa. Tallhamer dijo: —Agente Crivaro, te presento a Oswald Hines, el abogado del pueblo. Cada cierto tiempo se requieren sus servicios. Convenientemente, fue arrestado hace poco por ebriedad y alteración del orden público, así que está más que disponible. No es que eso es un hecho inusual. Oswald Hines tosió, gruñó y luego dijo: —Sí, supongo que esa es la verdad. Este es mi hogar lejos del hogar, o más bien mi segunda oficina. En momentos como este, es un lugar muy práctico. No quiero caminar para ningún lado por lo mal que me siento. —Hines respiró profundo, mirando a los demás con ojos legañosos. Luego le dijo a Jake—: Escuche, agente como sea que se llame. Como abogado de este hombre, insisto que lo deje en paz. Lleva una semana respondiendo preguntas. De hecho, está siendo retenido sin causa. —El abogado bostezó y añadió—: En realidad, esperaba que ya no estuviera aquí. Más les vale que ya no esté aquí para cuando despierte de nuevo. Cuando el abogado se volvió a acostar, el sheriff dijo: —No te duermas, Ozzie. Tienes trabajo que hacer. Te buscaré una taza de café. ¿Quieres que te deje salir de tu celda para que puedas estar más cerca de tu cliente? —No, estoy bien aquí —dijo Ozzie—. Apúrate con el café. Sabes cómo me gusta. Echándose a reír, sheriff Tallhamer dijo: —¿Cómo es que te gusta? —En cualquier taza —gruñó Ozzie—. Ve a buscarlo ahora. Tallhamer regresó a la oficina. Jake miró fijamente al prisionero y dijo: —Sr. Cardin, entiendo que no tiene una coartada para el asesinato de su ex esposa. Cardin se encogió de hombros y dijo: —No sé por qué todos dicen eso. Estaba en casa. Comí una cena congelada, vi televisión un rato y luego dormí hasta el otro día. No estaba ni cerca de donde ocurrió, dondequiera que fue. —¿Alguien puede corroborarlo? —dijo Jake. Cardin sonrió y dijo: —No, pero nadie puede corroborar lo contrario tampoco, ¿cierto? Al ver la expresión sarcástica de Cardin, Jake se preguntó: «¿Es culpable y solo burlándose de mí? ¿O simplemente no entiende la gravedad de la situación?» Jake preguntó: —¿Cómo era su relación con su ex esposa al momento de su muerte? El abogado gritó: —Phil, no respondas a esa pregunta. Cardin miró a la otra celda y dijo: —Cállate, Ozzie. No voy a decirle algo que no le he dicho al sheriff un centenar de veces. No importará de todos modos. —Luego, mirando a Jake, Cardin dijo en un tono sarcástico—: Las cosas eran color de rosa entre Alice y yo. Nuestro divorcio fue amistoso. Nunca la lastimaría. El sheriff regresó, le entregó una taza de café al abogado y le dijo a Cardin: —Mentiroso. El día de su asesinato, irrumpiste en el salón de belleza en el que trabajaba, gritando en frente de su clientela que había arruinado tu vida, que la odiabas y que la querías muerta. Es por eso que estás aquí. Jake se metió las manos en los bolsillos y dijo: —¿Le importaría decirme por qué hizo eso? Cardin dijo enfurecido: —Bueno, es que ella arruinó mi vida. Me ha ido muy mal desde que la perra me echó y se casó con ese maldito médico. Justo ese día me despidieron de mi trabajo como cocinero de comida rápida en la Cafetería Mick. —¿Y eso fue su culpa? —dijo Jake. Cardin miró a Jake a los ojos y dijo con los dientes apretados: —Todo fue su culpa. Jake sintió un escalofrío al oír el odio en su voz. «Le encanta hacerse la víctima», pensó. Jake había lidiado con muchos asesinos que no aceptaban la responsabilidad de todo lo que salía mal en su vida. Jake sabía que el resentimiento de Cardin no probaba su culpabilidad. Pero sin duda entendía por qué había sido detenido. Aun así, Jake sabía que no debía seguir en custodia, ahora que había habido otro asesinato. Por lo que el jefe Messenger le había dicho a Jake en Dighton, no había ninguna evidencia física que vinculara a Cardin con el crimen. La única prueba era comportamiento amenazante, especialmente la explosión reciente en el salón de belleza donde Alice había trabajado. Todo era circunstancial… «A menos que diga algo comprometedor aquí y ahora», pensó Jake. Jake le dijo a Cardin: —Supongo que no está afligido por su muerte. Cardin gruñó y dijo: —Tal vez sí lo estuviera si Alice no se hubiera portado tan mal conmigo. Pasó todo nuestro matrimonio llamándome perdedor, como si el feo con el que se casó fuera mejor que yo. Bueno, solo me convertí en perdedor cuando se divorció de mí. Las cosas empezaron a ir mal cuando estuve por mi cuenta. No es justo… Jake siguió escuchando a Cardin quejarse de su ex. Su amargura era palpable, al igual que su angustia. Jake sospechaba que Cardin nunca dejó de amar a Alice. Una parte de él había albergado la esperanza de que volverían. Sin embargo, su amor por ella era obviamente enfermizo, retorcido y obsesivo. Jake había lidiado con un montón de asesinos cuya motivación era eso que llamaban «amor». Cardin dejó de despotricar por unos momentos para decir: —¿Es cierto que la encontraron envuelta en alambre de púas? —Sacudiendo la cabeza con una sonrisa, añadió—: Vaya, qué creativo. Esas palabras sacudieron a Jake un poco. ¿Qué había querido decir Cardin con eso? ¿Estaba admirando la obra de otra persona? ¿O estaba astutamente regodeándose con su propio ingenio? Jake supuso que había llegado el momento de tratar de hacerlo hablar del otro asesinato. Si Cardin tenía un cómplice que había matado a Hope Nelson, tal vez Jake podría hacerlo admitirlo. Pero sabía que tenía que tener cuidado. Jake dijo: —Sr. Cardin, ¿conoce a una mujer llamada Hope Nelson, de Dighton? Cardin se rascó la cabeza y dijo: —Nelson… el nombre me parece conocido. ¿No es la esposa del alcalde? Apoyado en las barras de la celda, sheriff Tallhamer gruñó y dijo: —Ella está muerta. Jake contuvo un gemido de desaliento. No había planeado decirle la verdad de forma tan contundente. En su lugar, había planeado tomarse su tiempo para tratar de averiguar si ya sabía lo que le había pasado a Hope Nelson. El abogado se puso de pie en la otra celda. —¿Muerta? —gritó—. ¿De qué diablos estás hablando? Tallhamer escupió un poco de tabaco en el piso de cemento y dijo: —Fue asesinada anoche, exactamente de la misma forma que Alice. Colgada de un poste, envuelta en alambre de púas. De repente pareciendo sobrio, Ozzie espetó: —¿Entonces qué demonios sigue haciendo mi cliente aquí? No me digan que creen que mató a otra mujer anoche mientras estuvo encerrado aquí. En ese momento, Jake se sintió desesperanzado. Sabía que sus tácticas ya no servirían de nada. Sin embargo, le volvió a preguntar a Cardin: —¿Conocía a Hope Nelson? —¿Qué le dije? —preguntó Cardin, sorprendido. Pero Jake no sabía si estaba mintiendo o no. Ozzie agarró los barrotes de su celda y gritó: —¡Si no sueltan a mi cliente ahora mismo, los demandaré! Jake contuvo un suspiro. Ozzie estaba en lo cierto, por supuesto, pero… «Escogió el peor momento para ser competente», pensó. Jake se volvió a Tallhamer y dijo: —Suelta a Cardin, pero asegúrense de vigilarlo de cerca. Tallhamer le dijo a su ayudante que trajera las pertenencias de Cardin. A lo que el sheriff abrió la celda de Cardin, se volvió hacia Ozzie y dijo: —¿Quieres irte también? Ozzie bostezó y se recostó en su litera. —No, ya trabajé mucho por hoy. Si no necesitan esta celda, me volveré a dormir. Tallhamer sonrió y dijo: —Adelante. A lo que Jake salió de la comisaría con Tallhamer y Cardin, vio que el hombre de bata blanca seguía al otro lado de la calle en exactamente el mismo lugar que antes. En ese momento, el hombre comenzó a acercarse a ellos. Tallhamer le dijo a Jake en voz baja: —Prepárate. CAPÍTULO OCHO Jake miró al hombre que estaba corriendo hacia ellos. Parecía indignado. También notó que Tallhamer no estaba preparándose para actuar. Entretanto, Cardin se había dado la vuelta y estaba caminado por la acera. El hombre enojado alcanzó a Tallhamer. Agitando un brazo en dirección de Cardin, gritó: —¡Exijo que vuelvan a detener a ese hombre! Aparentemente inmune a la ira del hombre, sheriff Tallhamer introdujo a Jake a Earl Gibson, el único médico del pueblo y esposo de Alice Gibson. Jake intentó estrechar su mano y darle el pésame, pero el médico seguía agitando sus brazos y gritándole a Tallhamer. Notó que el Dr. Gibson era un hombre muy feo, con un rostro lleno de marcas de acné. Cardin definitivamente era más atractivo. Jake supuso que Earl Gibson debía tener virtudes que habían atraído a la mujer muerta a pesar de su apariencia. Después de todo, Gibson era médico, y el ex de Alice no era más que un cocinero de comida rápida… «Probablemente elegirlo fue bastante fácil en un pueblo con pocas opciones», pensó Jake. Gibson se enfureció más cuando descubrió quien era Jake. —¡FBI! ¿Por qué demonios está metido el FBI en esto? Ya atraparon al asesino de mi mujer. Lo habían encerrado. No hay un jurado en el mundo que no lo encontraría culpable. ¡Y ahora acaban de soltarlo! Sheriff Tallhamer arrastró los pies y dijo en un tono paciente y casi condescendiente: —Earl, ya hablamos de esto hace un rato, ¿recuerdas? El Dr. Gibson dijo: —Sí. Y por eso me quedé aquí, esperando. Tenía que verlo con mis propios ojos. Quería detenerlo. —Sabes que tuvimos que soltarlo —dijo Tallhamer—. Otra mujer fue asesinada anoche en Dighton, del mismo modo que Alice. Phil Cardin estuvo encerrado en la comisaría anoche. No mató a esa mujer, y tampoco tenemos ninguna razón para creer que mató a Alice. —¡Ninguna razón! —espetó Gibson con furia—. La amenazó de muerte ese mismo día. Y no me insultes con esta tontería de la víctima de Dighton y que Phil Cardin no pudo haberla matado. Los dos sabemos que hay un sospechoso viable para el otro asesinato. Eso interesó a Jake, así que preguntó: —¿Un sospechoso viable? Gibson hizo una mueca y le dijo a Tallhamer: —Así que no le hablaste de él… —¿De quién? —preguntó Jake. —Del hermano de Phil Cardin, Harvey —le dijo Gibson a Jake—. Sigue a Phil en todo. También amenazó a Alice. La llamaba y le decía que él y Phil se vengarían de ella. La llamó el mismo día que fue asesinado. Y definitivamente no estuvo encerrado en ninguna celda anoche. Él mató a esa mujer en Dighton. Apostaría mi vida a que sí. Jake estaba tan sobresaltado que le preguntó a Gibson: —¿Por qué cree que mataría a alguien en otro pueblo? Gibson dijo: —Tal vez tenía algo en contra de esa mujer. Viaja mucho por el estado, así que tal vez se involucró con ella y siguió el ejemplo de su hermano. Pero creo que lo más probable es que lo hizo para proteger a su hermano, para que la gente creyera que no mató a Alice. Tallhamer suspiró y dijo: —Earl, también hablamos de esto hace poco. Conocemos a Harvey Cardin de toda la vida. Viaja mucho porque es fontanero ambulante. Es rudo, pero nada como su hermano. Jamás le haría daño a nadie. Jake estaba tratando de procesar lo que estaba oyendo. Deseaba que Tallhamer le hubiera hablado de Harvey Cardin desde el principio. «Eso es lo malo de policías pueblerinos… Algunos de ellos están tan seguros de que saben todo de los locales que a veces pasan por alto cosas importantes», pensó. Jake le dijo al sheriff Tallhamer: —Quiero hablar con Harvey Cardin. El sheriff se encogió de hombros como si lo consideraba una pérdida de tiempo y luego dijo: —Bueno, si eso es lo que quieres. Harvey vive a unas cuadras de distancia. Yo te llevo a su casa. Mientras Jake caminaba con el sheriff, vio que Gibson estaba siguiéndolos. Lo último que necesitaba en ese momento era que un viudo furioso y afligido jodiera su entrevista a un posible sospechoso. Tan delicadamente como pudo, dijo: —Dr. Gibson, el sheriff y yo tenemos que hacer esto por nuestra cuenta. —Cuando Gibson abrió la boca para protestar, Jake añadió—: Quiero entrevistarlo a usted más tarde. ¿Dónde puedo encontrarlo? Gibson se quedó callado por un momento. —Estaré en mi consultorio —dijo Gibson—. El sheriff le puede dar la dirección. Luego se fue. Jake y Tallhamer caminaron la corta distancia hasta una casita blanca donde vivía Harvey Cardin. Era una cabaña en ruinas llena de malezas. Tallhamer llamó a la puerta principal. Cuando nadie respondió, volvió a llamar. Tallhamer dijo: —Probablemente está trabajando en otra ciudad. Tendremos que volver en otro momento. Jake no quería esperar, así que miró por uno de los paneles de vidrio de la puerta principal. Vio unos muebles simples y ningún toque personal de decoración. Parecía de esas casas que se alquilaban amuebladas, pero no había ningún indicio de que nadie vivía allí. Jake supuso que Harvey Cardin definitivamente estaba de viaje y se preguntó si alguna vez volvería. En ese momento, oyó a un vecino decir: —¿Qué se le ofrece, sheriff? Jake se volvió y vio a un hombre en el patio. Tallhamer le dijo: —Este agente del FBI y yo estamos buscando a Harvey Cardin. El hombre negó con la cabeza y dijo: —Creo que no lo encontrarán. Lo vi cargar su camión hace una semana, justo una semana después de que su hermano fue arrestado por el asesinato de Alice Gibson. Me pareció que se llevó todo lo que tenía, lo cual no era mucho. Cuando le pregunté a dónde iba, me dijo: «A cualquier lugar menos a Hyland. Estoy harto de este maldito pueblo». Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693607) на ЛитРес. 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