Una Vez Atado Blake Pierce Un Misterio de Riley Paige #12 ¡Una obra maestra del género de thriller y misterio! El autor hizo un trabajo magnífico desarrollando a los personajes psicológicamente, tanto así que sientes que estás en sus mentes, vives sus temores y aclamas sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido durante todo el libro. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Books and Movies Reviews, Roberto Mattos (Sobre Una vez desaparecido) UNA VEZ ATADO es el libro #12 de la serie exitosa de misterio de Riley Paige, que comienza con UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1), ¡una descarga gratuita con más de 1. 000 opiniones de cinco estrellas! En este thriller emocionante, mujeres están siendo encontradas asesinadas en vías de ferrocarril por todo el país, obligando al FBI a actuar, encontrándose en una carrera contra el tiempo para atrapar al asesino en serie. La agente especial del FBI, Riley Paige, quizá se encontró con la horma de su zapato: un asesino sádico, que ata a sus víctimas a vías para ser asesinadas por los trenes que se aproximan. Un asesino lo suficientemente inteligente como para evitar ser capturado en muchos estados, y lo suficientemente encantador como para pasar desapercibido. Pronto aprende que tendrá que trabajar duro para poder entrar en su mente enfermiza, una mente en la que no está segura que quiere entrar. Y todo llega a su clímax de una forma tan estremecedora, que ni Riley lo pudo haber visto venir. Un thriller psicológico oscuro con suspenso emocionante, UNA VEZ ATADO es el libro #12 de una nueva serie fascinante, con un nuevo personaje querido, que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. El Libro #13 de la serie de Riley Paige estará disponible pronto. U N A V E Z A T A D O (UN MISTERIO DE RILEY PAIGE—LIBRO 12) B L A K E P I E R C E Blake Pierce Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros). Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto. Derechos de autor © 2018 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976 y las leyes de propiedad intelectual, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida o distribuida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en un sistema de bases de datos o de recuperación sin el previo permiso del autor. Este libro electrónico está licenciado para tu disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otras personas, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Los derechos de autor de la imagen de la cubierta son de Photographee.eu, utilizada bajo licencia de Shutterstock.com. LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT EL ESPOSA PERFECTA (Book #1) EL TIPO PERFECTO (Book #2) SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE Al LADO (Libro #1) LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2) CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE SI ELLA SUPIERA (Libro #1) SI ELLA VIERA (Libro #2) SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE VIGILANDO (Libro #1) ESPERANDO (Libro #2) ATRAYENDO (Libro #3) SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) UNA VEZ TOMADO (Libro #2) UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4) UNA VEZ CAZADO (Libro #5) UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6) UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7) UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8) UNA VEZ ACECHADO (Libro #9) UNA VEZ PERDIDO (Libro #10) UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11) UNA VEZ ATADO (Libro #12) UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13) UNA VEZ LATENTE (Libro #14) SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1) ANTES DE QUE VEA (Libro #2) ANTES DE QUE DESEE (Libro #3) ANTES DE QUE ARREBATE (Libro #4) ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5) ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6) ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7) ANTES DE QUE CACE (Libro #8) ANTES DE QUE SE APROVECHE (Libro #9) ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10) ANTES DE QUE SE DESCUIDE (Libro #11) SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1) UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2) UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3) UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4) UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5) UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6) SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1) UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2) UN RASTRO DE VICIO (Libro #3) UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4) UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5) CONTENIDO PRÓLOGO (#u6be285e2-85d4-5ac0-b1ec-2da8b626da2f) CAPÍTULO UNO (#u9dd4500e-1b15-5445-beb8-589f53086f93) CAPÍTULO DOS (#ub0b44cba-614d-52b6-99d8-1ac554e13b03) CAPÍTULO TRES (#udbce7bb6-bb15-545f-a9a2-d4dc216a71b5) CAPÍTULO CUATRO (#u7de40929-3ba2-5e18-a507-0dce553d97f5) CAPÍTULO CINCO (#u560c217d-7b00-591c-bf6a-240133e8da04) CAPÍTULO SEIS (#uf84bc626-fd88-5240-994e-ac063179de14) CAPÍTULO SIETE (#ue3e360b9-2233-568a-951b-e23d8d12589e) CAPÍTULO OCHO (#ud7416ceb-e025-5011-ae9d-b06e37066627) CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo) CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y OCHO (#litres_trial_promo) CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE (#litres_trial_promo) CAPÍTULO CUARENTA (#litres_trial_promo) PRÓLOGO Mientras recobraba el conocimiento lentamente, Reese Fisher se dio cuenta de que estaba muy adolorida. Le dolía la nuca y su cráneo se sentía como si fuera a estallar de tanto palpitar. Ella abrió los ojos solo para ser cegada por la deslumbrante luz solar, así que volvió a cerrar los ojos con fuerza. «¿Dónde estoy? —se preguntó—. ¿Cómo llegué aquí?» Sentía un hormigueo aparte del dolor, especialmente en sus extremidades. Trató de mover sus brazos y piernas para deshacerse del hormigueo, pero descubrió que no pudo. Sus brazos, manos y piernas estaban inmovilizados de alguna forma. Se preguntó si había tenido un accidente. Tal vez había sido atropellada por un auto. O tal vez había sido despedida de su propio auto y ahora yacía en el pavimento duro. No entendía nada. ¿Por qué no podía recordar? ¿Y por qué no podía moverse? ¿Su cuello estaba roto o algo así? No, ella sentía el resto de su cuerpo, solo que no podía mover nada. También sentía el sol caliente en su rostro, y no quería volver a abrir los ojos. Se esforzó en pensar... ¿Dónde había estado y qué había estado haciendo justo antes de esto sucediera? Recordó, o creyó recordar, haberse subido al tren en Chicago, encontrado un buen asiento y estado en su camino de regreso a Millikan. ¿Pero había llegado a Millikan? ¿Se había bajado del tren? Sí, creía que sí. Había sido una mañana brillante y soleada en la estación de tren, y estaba ansiando su caminata de casi dos kilómetros a su casa. Pero luego… ¿Qué? El resto estaba fragmentado, incluso onírico. Era como una de esas pesadillas de estar en grave peligro pero no poder correr, no poder moverse en absoluto. Ella había querido luchar, librarse de alguna amenaza, pero no pudo. También recordó una presencia maligna, un hombre cuyo rostro no podía recordar en este momento. «¿Qué me hizo este hombre? —se preguntó—. ¿Y dónde estoy yo?» Se dio cuenta de que al menos podía girar la cabeza. Se apartó de la deslumbrante luz solar y finalmente logró abrir los ojos y mantenerlos abiertos. Vio unas líneas curvas que se extendían lejos de ella. Pero parecían abstractas e incomprensibles. Entonces entendió por qué su nuca le dolía tanto. Yacía en un largo tramo curvado de acero color rojizo, caliente bajo la luz solar brillante. Se retorció un poco y sintió una rugosidad contra su espalda. Se sentía como roca triturada. Poco a poco comenzó a ver las líneas abstractas con nitidez y pudo descifrar lo que eran. A pesar del sol caliente, su cuerpo se congeló a lo que entendió. Estaba en unas vías férreas. Pero ¿cómo había llegado allí? ¿Y por qué no podía moverse? Mientras luchaba, se dio cuenta de que sí podía moverse, al menos un poco. Podía retorcerse, girar su torso y también sus piernas, aunque no podía separarlas por alguna razón. El hormigueo que no había podido sacudir ahora estaba convirtiéndose en oleadas de miedo. Estaba atada a las vías férreas, su cuello amarrado a la vía. «No —se dijo a sí misma—. Esto es imposible.» Tenía que ser uno de esos sueños en los que se encontraba inmovilizada e indefensa y en grave peligro. Ella cerró los ojos de nuevo, esperando despertarse de la pesadilla. Pero entonces sintió una vibración fuerte en su cuello y un estruendo en sus oídos. El estruendo estaba haciéndose más fuerte. La vibración se volvió penetrante y aguada, y sus ojos se abrieron de golpe. No podía ver muy lejos por la curvatura de las vías, pero sabía cuál era la fuente de esa vibración y ruido. Era un tren que se aproximaba. Su corazón latía con fuerza y sintió un terror que la inundó completa. Comenzó a retorcerse frenéticamente, pero fue completamente inútil. No podía liberar sus brazos y piernas, y no podía alejar su cuello de la vía. El estruendo era ahora un ruido ensordecedor, y de repente... ... entró a la vista la parte delantera color naranja rojiza de un motor diésel enorme. Soltó un grito, un grito que para ella fue demasiado fuerte. Pero entonces se dio cuenta de que no era su propio grito lo que había oído. Era el ruido ensordecedor del silbato del tren. Ahora sintió una oleada extraña de ira. El ingeniero había sonado el silbato... «¿Por qué demonios no se detiene?», pensó. Pero obviamente no podía hacerlo lo suficientemente rápido a la velocidad en que iba. Oyó un sonido chirriante cuando el ingeniero trató de detener la montaña de metal. El motor llenaba ahora todo su campo visual, y vio unos ojos mirando por el parabrisas... ... ojos que se veían tan aterrados como ella se sentía. Era como mirarse en un espejo... y no quería ver lo que estaba viendo. Reese Fisher cerró los ojos, sabiendo que esa sería la última vez que lo haría. CAPÍTULO UNO Cuando Riley oyó el auto detenerse frente a su casa urbana, se preguntó si realmente sería capaz de hacer esto. Estudió su rostro en el espejo de su baño, con la esperanza de que no pareciera demasiado obvio que había estado llorando. Luego bajó las escaleras, donde su familia ya se había reunido en la sala de estar: su ama de llaves, Gabriela, su hija de quince años de edad, April, y Jilly, la niña de trece años de edad que Riley estaba en trámites de adoptar. Y entre ellos, flanqueado por un par de maletas grandes, estaba el joven Liam de quince años de edad, sonriéndole tristemente a Riley. «Realmente está sucediendo —pensó— En este mismo momento.» Se recordó a sí misma que esto era lo mejor. Aun así, no pudo evitar sentirse triste. En ese momento se oyó el sonido del timbre y Jilly corrió a abrir la puerta principal. Un hombre y una mujer cincuentones entraron a la casa con grandes sonrisas en sus rostros. La mujer corrió a Liam, pero el hombre se acercó a Riley. —Usted debe ser la señora Paige —dijo. —Riley, por favor —dijo Riley, su voz un poco entrecortada. —Soy Scott Schweppe, tío de Liam. —Se volvió hacia su mujer, quien estaba dándole un gran abrazo a Liam, y agregó—: Y esta es mi esposa, Melinda. Pero supongo que ya lo sabe. De todos modos, estamos encantados de conocerla. Riley tomó la mano que le ofrecía y vio que su apretón de manos era cálido y fuerte. A diferencia de Riley, Melinda no se molestó en contener sus lágrimas. Mirando a su sobrino, le dijo: —¡Oh, Liam! ¡Teníamos tanto tiempo sin verte! Estabas tan pequeño la última vez que te vimos. ¡Te has convertido en un joven tan apuesto! Riley respiró profundo varias veces. «Esto es lo mejor», se repitió a sí misma. Sin embargo, hasta hace un par de días, era lo último que había esperado que sucediera. Parecía que fue ayer cuando Liam se mudó con Riley y su familia. De hecho, había estado aquí menos de dos meses, pero Liam había encajado a la perfección y todos estaban muy apegados a él. Pero se habían enterado que el chico tenía parientes que querían que él se fuera a vivir con ellos. Riley le dijo a la pareja: —Siéntense, por favor. Pónganse cómodos. Melinda se secó las lágrimas con un pañuelo y ella y Scott se sentaron en el sofá. Todos los demás encontraron lugares para sentarse excepto Gabriela, quien se fue a toda prisa a la cocina para buscar refrigerios. Riley se sintió un poco aliviada cuando April y Jilly comenzaron a charlar con Scott y Melinda sobre su viaje de dos días desde Omaha, preguntándoles dónde habían pasado la noche y cómo había estado el clima durante el viaje. Jilly parecía estar de buen humor, pero Riley detectó tristeza detrás de la actitud alegre de April. Después de todo, ella es la que más había estado apegada a Liam. Mientras Riley escuchó, observó a la pareja de cerca. Scott y su sobrino se parecían bastante. Igual de desgarbados, de pelo rojo brillante y tez pecosa. Melinda era robusta y parecía un ama de casa bondadosa perfectamente convencional. Gabriela regresó rápidamente con una bandeja con café, azúcar y crema y ​unas deliciosas galletas caseras guatemaltecas llamadas champurradas. Les sirvió a todos mientras hablaban. Riley se percató de que la tía de Liam la estaba mirando. Con una cálida sonrisa, Melinda dijo: —Riley, Scott y yo no sabemos cómo agradecerle. —Eh... fue un placer para mí —dijo Riley—. Es un chico muy encantador. Scott negó con la cabeza y dijo: —No tenía ni la menor idea de lo mucho que habían empeorado las cosas con mi hermano, Clarence. Llevábamos mucho tiempo distanciados. La última vez que supe de él fue hace años, cuando la madre de Liam lo dejó. Debimos haber permanecido en contacto, aunque solo por el bien de Liam. Riley no sabía qué decir. ¿Cuánto les había dicho Liam a sus tíos sobre lo que había pasado? Ella recordaba todo con demasiada intensidad. April había empezado a salir con Liam, y él le había agradado a Riley de inmediato. Pero después de una llamada desesperada de April, Riley se había apresurado a la casa de Liam para encontrarlo siendo salvajemente golpeado por su padre borracho. Riley había sometido al hombre, pero no dejó a Liam bajo su cuidado. Riley se llevó a Liam a su casa y acomodó un lugar para que durmiera en su sala familiar. Esta situación de vivienda obviamente había sido precaria. El padre de Liam siguió llamando y enviándole mensajes de texto a su hijo con la promesa de que cambiaría y no bebería más, solo para chantajearlo emocionalmente. Y eso había sido muy difícil para Liam. Scott continuó: —Me sorprendió mucho cuando Clarence me llamó de la nada la semana pasada. Sonaba totalmente desquiciado. Él quería mi ayuda para recuperar a Liam. Me dijo que... bueno, dijo bastantes cosas... Riley se imaginó algunas de las «cosas» que el padre de Liam había dicho, incluyendo cuán horrible y vil había sido Riley por quitarle a Liam. —Clarence dijo que había dejado de beber —dijo Scott—. Pero yo estaba seguro de que me había llamado borracho. Ayudarlo a recuperar a Liam hubiese sido una locura. Así que me pareció que solo había una cosa por hacer. Riley sintió una sacudida emocional ante esas palabras: ... que solo había una cosa por hacer. Obviamente esa cosa no era dejar que Liam se quedara viviendo con la familia de Riley. Era sentido común. Debía irse a vivir con sus parientes más cercanos. Melinda apretó la mano de Scott y le dijo a Riley: —Nuestros hijos están independizados. Criamos a tres hijos, a dos varones y una hembra. Nuestra hija está terminando su último año en la universidad, y nuestros hijos son exitosos y ya están casados, listos para comenzar sus propias familias. Así que estamos solos en nuestra casa grande y echamos de menos oír voces jóvenes. Para nosotros, este es el momento perfecto. Una vez más, Riley sintió una punzada de dolor. ... el momento perfecto. Por supuesto que era el momento perfecto. Lo que es más, estas eran las personas perfectas, o lo más perfectas que se podría esperar que fueran unos padres. «Probablemente son mucho mejores padres que yo», pensó Riley. A Riley aún le costaba equilibrar los deberes de ser madre y los deberes a menudo contradictorios y a veces peligrosos de ser agente del FBI en su vida complicada. De hecho, a veces le parecía casi imposible, y tener a Liam aquí no le había facilitado las cosas. A menudo sentía que no estaba atendiendo a sus hijos como debía, incluyendo a Liam. Había rebosado su vaso al acogerlo. Además, ¿cómo podría seguir viviendo en esa sala familiar hasta que fuera a la universidad? ¿Cómo podría pagarle la universidad de todos modos? No, esto realmente era lo mejor. Jilly y April mantuvieron viva la conversación, haciéndoles preguntas sobre sus hijos. Mientras tanto, la mente de Riley se estaba llenando de preocupaciones. Sentía que había llegado a conocer bien a Liam en este poco tiempo. Después de años de distanciamiento de él y su padre, ¿qué sabían estas personas de él? Ella sabía que Scott era el dueño de una tienda de bicicletas próspera. También parecía estar en muy buena forma para su edad. ¿Entendería que Liam era torpe y no deportista por naturaleza? Cualquier cosa menos un atleta, a Liam le gustaba leer y estudiar, y él era el capitán del equipo de ajedrez escolar. ¿Scott y Linda sabrían cómo relacionarse con él? ¿Les gustaría hablar con él tanto como a Riley le gustaba? ¿Compartían alguno de sus intereses? ¿O Liam terminaría sintiéndose solo y fuera de lugar? Pero Riley se recordó a sí misma que no tenía por qué preocuparse por estas cosas. «Esto es lo mejor», se repitió a sí misma. Pronto, demasiado pronto para Riley, Scott y Melinda se terminaron sus galletas y café y le agradecieron a Gabriela por los refrigerios deliciosos. Había llegado el momento de irse. Después de todo, sería un largo viaje de regreso a Omaha. Scott tomó las maletas de Liam y se dirigió hacia el auto. Melinda tomó la mano de Riley. Ella dijo: —Una vez más, simplemente no sabemos cómo agradecerle por haber estado allí cuando Liam lo necesitaba. Riley se limitó a asentir, y Melinda siguió a su esposo afuera. Luego Riley se encontró cara a cara con Liam. Sus ojos estaban muy abiertos, y miraba a Riley como si apenas se hubiera dado cuenta de que se iba. —Riley —dijo Liam, su voz chirriante—, nunca tuvimos la oportunidad de jugar una partida de ajedrez. Riley sintió una punzada de remordimiento. Liam había estado enseñando a April a jugar, pero ella de alguna forma nunca llegó a jugar con él. Ahora sentía que nunca había llegado a hacer demasiadas cosas. —No te preocupes —dijo—. Podemos jugar en línea. Digo, obviamente te mantendrás en contacto con nosotras. Todos esperamos tener noticias tuyas. Y muchas. Si no, yo misma iré a Omaha. No creo que querrás al FBI tocando tu puerta. Liam se echó a reír y dijo: —No te preocupes. Me mantendré en contacto. Y definitivamente jugaremos ajedrez. —Con una sonrisa traviesa, agregó—: Te daré una paliza. Riley se echó a reír, lo abrazó y le dijo: —En tus sueños. Pero obviamente sabía que tenía razón. Era una muy buena jugadora de ajedrez, pero no lo suficientemente buena como para ganarle a un chico brillante como Liam. Viéndose como si estuviera al borde del llanto, Liam salió corriendo de la casa. Se metió en el auto con Scott y Melinda, y se alejaron conduciendo de la entrada. Mientras Riley se quedó mirando, oyó a Jilly y Gabriela limpiando en la cocina. Entonces sintió a alguien apretar su mano. Se dio la vuelta y vio que era April, mirándola con preocupación. —¿Estás bien, mamá? Riley no podía creer que April era la que estaba mostrando compasión en este momento. Después de todo, Liam había sido su novio cuando se mudó a su casa. Pero su romance había quedado atrás desde entonces. Habían tenido que ser hermanos solamente, según las palabras de Gabriela. April había lidiado con el cambio con gracia y madurez. —Estoy bien —dijo Riley—. ¿Y tú? ¿Cómo te sientes? April parpadeó un poco, pero parecía estar en control de sus emociones. —Estoy bien —dijo ella. Riley recordó algo que April había planeado hacer con Liam cuando se terminara la escuela. Le dijo a April: —¿Todavía estás pensando ir al campamento de ajedrez este verano? April negó con la cabeza y respondió: —Sin Liam simplemente no sería igual. —Entiendo —dijo Riley. April apretó la mano de Riley un poco más y dijo: —Esto que hicimos fue muy bueno, ¿cierto? Hablo de esto de ayudar a Liam. —Desde luego que sí —dijo Riley, apretando la mano de April. Luego se quedó mirando a su hija por un momento. Se veía tan crecida en este momento, y Riley se sintió profundamente orgullosa de ella. Obviamente, como todas las madres, se preocupaba por el futuro de April. Le preocupó mucho cuando April le anunció que quería ser agente del FBI. ¿Ese era que el tipo de vida que Riley quería para su hija? Se recordó a sí misma una vez más que lo que ella quería no importaba. Su trabajo como madre era hacer todo lo posible para hacer posible los sueños de su hija. April se estaba empezando a inquietar bajo la mirada intensa y amorosa de Riley. —Eh... ¿Te pasa algo, mamá? —preguntó April. Riley se limitó a sonreír. Había estado esperando el momento adecuado para hablar de algo especial con April. Y si este no era el momento adecuado, entonces nunca lo sería. —Subamos —le dijo Riley a April—. Tengo una sorpresa para ti. CAPÍTULO DOS Mientras Riley subió las escaleras junto a April, se preguntó si realmente había tomado la decisión correcta. Pero sentía que April estaba emocionada por lo que podría ser la «sorpresa». Pensó que April también se veía un poco nerviosa. «No más nerviosa que yo», se dio cuenta Riley. Pero supuso que ya no podía cambiar de opinión. Ambas entraron en la habitación de Riley. Un vistazo a la expresión en el rostro de su hija convenció a Riley a no dar ninguna explicación anticipada. Se fue a su clóset, donde una nueva pequeña caja fuerte negra yacía en el estante. Marcó los números en el teclado numérico y luego sacó algo y lo colocó sobre la cama. Los ojos de April se abrieron de par en par ante lo que vio. —¡Una pistola! —exclamó—. ¿Es...? —Tuya —interrumpió Riley—. Bueno, legalmente sigue siendo mía. La ley de Virginia dice que no puedes tener un arma de fuego hasta los dieciocho años. Pero puedes aprender con esta hasta entonces. Trabajaremos poco a poco hasta que lleguemos a esta pero, si aprendes a usarla bien, será tuya. April estaba boquiabierta. —¿La quieres? —preguntó Riley. April parecía no saber qué decir. «¿Esto es un error?», se preguntó Riley. Tal vez April no se sentía preparada para esto. Riley dijo: —Dijiste que querías convertirte en agente del FBI. April asintió con entusiasmo. Riley dijo: —Por eso pensé que podría ser una buena idea empezar a entrenarte para usar armas. ¿Qué te parece? —Sí, me parece bien —dijo April—. Esto es maravilloso. Realmente increíble. Gracias, mamá. Estoy abrumada. Realmente no había esperado esto. —Yo tampoco. O sea, no había esperado hacer algo como esto a estas alturas. Tener un arma es una gran responsabilidad, una que muchos adultos no pueden manejar. —Riley sacó el arma del estuche y se la mostró a April—. Esta es un Ruger SR22, una pistola semiautomática calibre 22. —¿Una calibre 22? —preguntó April. —Créeme, esto no es un juguete. No quiero que entrenes con más calibres aún. Una calibre 22 puede ser tan peligrosa como cualquier otra arma, tal vez más. Más personas mueren por este calibre que cualquier otro. Trátala con cuidado y respeto. Solo la vas a manejar para fines de formación. La mantendré en mi clóset el resto del tiempo. Estará en una caja fuerte que solo se puede abrir con una combinación. Por los momentos, yo soy la única que tendrá esa combinación. —Por supuesto —dijo April—. No quiero que esté tirada por ahí. Riley añadió: —Y prefiero que no le menciones esto a Jilly. —¿Y a Gabriela? Riley sabía que era una buena pregunta. Lo de Jilly simplemente era una cuestión de madurez. Podría sentirse celosa y querer una pistola propia, lo cual no sucedería. En cuanto a Gabriela, Riley sospechaba que podría alarmarse al enterarse de que April aprendería a usar un arma. —Quizá le diga. Pero todavía no. —Riley sacó el cartucho vacío y agregó—: Siempre debes sabes si el arma está cargada o no. Ella le entregó el arma descargada a April, cuyas manos estaban temblando un poco. Riley estuvo a punto de decir en broma… —Lo siento, no encontré una pistola rosa. Pero se lo pensó mejor. No se podía bromear sobre estas cosas. April dijo: —Pero ¿qué hago con ella? ¿Dónde? ¿Cuándo? —Ahora mismo —dijo Riley—. Vamos. Riley metió la pistola en su estuche y se lo llevó con ella mientras bajaban las escaleras. Afortunadamente, Gabriela estaba trabajando en la cocina y Jilly estaba en la sala familiar, así que no tuvieron que hablar de lo que había en el estuche. April fue a la cocina y le dijo a Gabriela que ella y Riley iban a salir, y luego se dirigió a la sala familiar y le dijo a Jilly lo mismo. La chica más joven parecía estar fascinada por algo que estaban pasando en la TV, y ella se limitó a asentir. Riley y April salieron por la puerta principal y se subieron al auto. Riley las llevó a una tienda de armas llamada Armas Smith, donde había comprado el arma hace un par de días. Cuando ella y April entraron, se encontraron rodeadas de armas de fuego de todo tipo y tamaño colgando de las paredes y en vitrinas. Fueron recibidas por Brick Smith, el dueño de la tienda. Era un hombre grande con barba que llevaba una camisa a cuadros y una sonrisa amplia y cordial. —Hola, Sra. Paige —dijo—. Me da gusto verla de nuevo. ¿Qué se le ofrece? Riley dijo: —Esta es mi hija, April. Vinimos para probar la Ruger que compré aquí hace unos días. Brick Smith se veía entretenido. Riley recordó el día que trajo a su propio novio, Blaine, aquí para comprarse un arma. En aquel entonces, Brick se había visto un poco desconcertado por el hecho de que una mujer le estaba comprando un arma a un hombre. Su sorpresa se esfumó a lo que se enteró de que Riley era agente del FBI. No se veía ni un poco sorprendido ahora. «Se está acostumbrando a mí —pensó Riley—. Excelente. No todo el mundo lo hace.» —Vaya, vaya, vaya —dijo, mirando a April—. No me dijo que el arma que estaba comprando era para su hijita. Esas palabras sacudieron a Riley un poco... ... su hijita. Se preguntó si April se había ofendido. Riley miró a April y vio que todavía se veía un poco abrumada. «Supongo que se siente como una niñita en este momento», pensó Riley. Brick llevó a April y a Riley al campo de tiro sorprendentemente grande que quedaba detrás de la tienda, y luego las dejó solas. —Lo primero es lo primero —dijo Riley, señalando una lista larga en la pared—. Lee estas reglas. Avísame si tienes una duda. Riley se quedó mirando a April leer las reglas, que por supuesto cubrían todos los elementos esenciales de seguridad, incluyendo nunca apuntar el arma en ninguna dirección salvo el objetivo. Mientras April leía con una expresión seria, Riley sintió una extraña sensación de deja vu. Recordó cuando había traído a Blaine aquí para comprar y probar su nueva arma. Era un recuerdo algo amargo. Durante el desayuno en su casa después de su primera noche haciendo el amor, Blaine le había dicho con vacilación: —Creo que necesito comprar un arma. Para tener con qué protegerme en mi casa. Obviamente Riley había entendido la razón. Había corrido peligro desde que la conoció. Y resultó que había necesitado esa arma unos días después, no solo para defenderse a sí mismo, sino también a toda la familia de Riley, de un convicto fugitivo peligroso, Shane Hatcher. Blaine casi había matado al hombre. Riley volvió a sentir una punzada de culpa por ese terrible incidente. «¿Nadie estará a salvo si formo parte de su vida? —se preguntó a sí misma—. ¿Todos los que conozco necesitarán armas por mí?» April terminó de leer las reglas, y ella y Riley se dirigieron a una de las cabinas vacías, donde April se colocó los equipos de protección para sus ojos y oídos. Riley sacó el arma del estuche y la colocó enfrente de April. April se veía intimidada mientras la miraba. «Excelente —pensó Riley—. Debería sentirse intimidada.» April dijo: —Esta es diferente a la pistola que le compraste a Blaine. —Eso es correcto. Yo le compré una Smith and Wesson 686, un revólver de calibre 38. Un arma mucho más poderosa. Pero sus necesidades son diferentes. Solo quería ser capaz de defenderse a sí mismo. No estaba considerando trabajar en las fuerzas del orden como tú. —Riley levantó el arma y se la mostró a April—. Hay muchas diferencias entre un revólver y una semiautomática. Una semiautomática tiene un montón de ventajas, pero también varias desventajas: tiros errados ocasionales, doble alimentación, balas atascadas. No quería que Blaine tuviera que lidiar con nada de eso, no en caso de una emergencia. Pero tú... Bueno, deberías comenzar a aprender de ellas de inmediato, en un entorno seguro en el que tu vida no esté en peligro. Riley comenzó a mostrarle a April lo que necesitaba saber: cómo meterle rondas al cartucho, cómo colocar el cartucho en el arma y ​​cómo descargarlo de nuevo. —Ahora bien, esta arma puede ser utilizada tanto en simple acción o doble acción. Simple acción es cuando tienes que montar el martillo antes de apretar el gatillo. Luego el arma carga automáticamente una y otra vez. Puedes disparar rápidamente hasta que el cartucho se vacíe. Esa es la gran ventaja de una semiautomática. —Riley tocó el gatillo y continuó—: Doble acción es cuando haces todo el trabajo con el gatillo. Mientras jalas, el martillo carga y luego el arma se dispara. Si quieres hacer otro tiro, tienes que volver a hacer lo mismo. Eso toma más trabajo, el dedo está jalando en contra de la presión, y disparas más lento. Y eso lo que yo quiero que hagas para empezar. Ella apretó un botón para que el blanco de papel estuviera a seis metros y medio de la cabina y luego le mostró a April cómo pararse y dónde colocar sus manos, así como también cómo apuntar. Riley dijo: —De acuerdo, tu arma no está cargada. Vamos a hacer unos disparos en seco. Como lo había hecho con Blaine, Riley le explicó a April cómo respirar, a inhalar lentamente mientras apuntaba y luego exhalar lentamente mientras apretaba el gatillo de forma que su cuerpo estuviera quieto cuando el arma se disparara. April apuntó cuidadosamente a la forma vagamente humana en el blanco y luego apretó el gatillo varias veces. Luego, siguiendo las instrucciones de Riley, ella metió el cartucho cargado en la pistola, volvió a su posición y disparó un solo tiro. April soltó un chillido. —¿Acerté? —preguntó. Riley señaló el blanco y dijo: —Bueno, le diste al blanco. Nada mal para ser tu primer intento. ¿Cómo se sintió? April soltó una risita nerviosa y dijo: —Un poco sorprendente. Esperaba más... —¿Retroceso? —Sí. Y no fue tan fuerte como esperaba. Riley asintió y dijo: —Esa es una de las ventajas de una calibre 22. No te estremecerás ni desarrollarás malos hábitos. Mientras que avanzas a armas más poderosas, podrás lidiar con su poder. Adelante, vacía el cartucho. Mientras April disparó lentamente las nueve rondas restantes, Riley notó un cambio en su rostro. Era una expresión feroz y determinada que Riley se dio cuenta había visto en April en algún momento antes. Riley trató de recordar... Luego el recuerdo le llegó de golpe. Riley había perseguido el monstruo llamado Peterson hasta la orilla del río. Tenía a April cautiva, atada de manos y pies y con una pistola en la cabeza. Cuando el arma de Peterson falló, Riley se lanzó sobre él y lo apuñaló, y lucharon en el río hasta que él empujó su cabeza bajo el agua y estuvo a punto de ahogarla. Su rostro salió a la superficie por un momento, y vio algo que nunca olvidaría... Sus muñecas y pies todavía atados, April estaba parada sosteniendo la escopeta que Peterson había soltado. April golpeó a Peterson en la cabeza con ella... La lucha terminó unos momentos después, cuando Riley le partió la cara con una roca. Pero nunca se había perdonado a sí misma por haber permitido que April corriera peligro. Y ahora aquí estaba April, disparando al blanco con la misma expresión feroz en su rostro. «Se parece tanto a mí», pensó Riley. Y si April ponía su corazón y su alma en esto, Riley estaba segura de que ella se convertiría en tremenda agente del FBI, quizá hasta mejor que ella. Pero ¿eso era bueno o malo? Riley no sabía si sentirse culpable u orgullosa. Sin embargo, durante la sesión de entrenamiento de media hora, April disparó al blanco cada vez con más confianza y precisión. Para cuando salieron de la tienda de armas y condujeron a casa, Riley definitivamente se estaba sintiendo orgullosa. April estaba eufórica y habladora, haciendo todo tipo de preguntas sobre el entrenamiento. Riley dio las mejores respuestas que pudo, tratando de no mostrar su ambivalencia sobre el futuro que April parecía querer tanto. Cuando se acercaron a casa, April dijo: —Mira quién está aquí. Se le cayó el alma a los pies cuando vio el BMW costoso que estaba estacionado frente a la casa. Sabía que le pertenecía a la última persona en el mundo que quería ver en este momento. CAPÍTULO TRES A lo que Riley estacionó su propio vehículo modesto detrás del BMW, se dio cuenta de que las cosas se pondrían bastante desagradables en su casa. Cuando apagó el motor, April tomó el estuche con la pistola y comenzó a bajarse del auto. —Es mejor que dejes eso aquí por ahora —dijo Riley. Ciertamente no quería explicarle el arma al visitante no deseado. —Supongo que tienes razón —contestó April, empujando el estuche debajo del asiento delantero. —Y que no se te olvide… no le digas nada a Jilly sobre esto —dijo Riley. —No lo haré —dijo April—. Pero probablemente ya descubrió que me compraste algo, y comenzará a hacer preguntas. Eh, bueno, el domingo le darás su propio regalo y se olvidará de esto. «¿Su propio regalo?», se preguntó Riley. Entonces recordó que el domingo era el cumpleaños de Jilly. Riley se sintió alarmada. Casi había olvidado que Gabriela había planeado una fiesta familiar para el domingo por la noche. Y todavía no le había comprado un regalo a Jilly. «¡Que no se te olvide!», se dijo a sí misma. Riley y April cerraron el auto con llave y caminaron a casa. Efectivamente, el propietario del auto de lujo, el ex esposo de Riley, estaba sentado allí en la sala de estar. Jilly estaba sentada en una silla frente a él, su expresión fría mostrando que su visita no le alegraba ni un poquito. —Ryan, ¿qué haces aquí? —preguntó Riley. Ryan se volvió hacia ella con esa sonrisa encantadora que muchas veces había debilitado su determinación de sacarlo de su vida por completo. «Maldición, sigue siendo guapo», pensó. Ella sabía que se esforzaba mucho para verse así y que pasaba muchas horas en el gimnasio. Ryan dijo: —Oye, ¿esa es manera de saludar a tu familia? Todavía soy familia, ¿o no? Nadie habló por un momento. La tensión era palpable y la expresión que Ryan ahora tenía en el rostro era una de desilusión. Riley se preguntó qué clase de saludo había esperado recibir. Llevaba tres meses sin venir a verlas. Antes de eso, habían intentado reconciliarse. Había pasado un par de meses aproximadamente viviendo aquí, pero nunca se había mudado por completo. Él no había vendido la casa cómoda que una vez había compartido con Riley y April, antes de la separación y el divorcio. Tenerlo cerca había alegrado a las niñas, hasta que él perdió el interés y se volvió a alejar. Eso había destrozado a las chicas. Y ahora estaba aquí de nuevo, de la nada y sin previo aviso. El silencio continuó. Luego Jilly se cruzó de brazos y frunció el ceño. Volviéndose a Riley y April, preguntó: —¿Dónde estaban ustedes? Riley tragó grueso. Odiaba mentirle a Jilly, pero este sin duda sería un mal momento para mencionar el arma de April. Afortunadamente, April dijo: —Fuimos a hacer un mandado. Ryan miró a April y le dijo: —Hola, cariño. ¿No me merezco un abrazo? April no hizo contacto visual con él, sino que se quedó parada allí arrastrando los pies. Finalmente dijo: —Hola, papá. Viéndose como si estuviera a punto de echarse a llorar, April se dio la vuelta y corrió por las escaleras hasta su cuarto. Ryan quedó boquiabierto. —¿Qué fue eso? —dijo. Riley se sentó sola en el sofá, tratando de decidir la mejor forma de manejar la situación. Ella volvió a preguntar: —¿Qué haces aquí, Ryan? Ryan se encogió de hombros y dijo: —Jilly y yo estamos hablando de sus tareas escolares. Bueno, estoy tratando hacerla hablar de eso. ¿Sus notas han estado bajando? ¿Eso es lo que no quiere decirme? —Tengo buenas notas —dijo Jilly. —Entonces cuéntame todo sobre la escuela —dijo Ryan. —Todo está bien en la escuela... señor Paige —dijo Jilly. Riley se encogió, y Ryan se veía herido. Jilly había empezado a llamar a Ryan «papá» justo antes de su partida. Antes de eso, lo había llamado «Ryan». Riley estaba segura de que Jilly nunca lo había llamado «señor Paige» antes. La chica estaba expresando perfectamente cómo se sentía. Jilly se levantó de su silla y dijo: —Si no les molesta, tengo tarea por hacer. —¿Quieres ayuda? —preguntó Ryan. Jilly ignoró la pregunta y corrió por las escaleras. Ryan miró a Riley. Se veía bastante afligido. —¿Qué está pasando aquí? —dijo—. ¿Por qué están tan molestas conmigo? Riley suspiró con amargura. A veces su ex era tan inmaduro como ambos habían sido cuando se casaron. —Ryan, ¿qué demonios esperabas? —preguntó con toda la paciencia que pudo—. Cuando te mudaste a la casa, las chicas estaban más que encantadas de tenerte cerca. Especialmente Jilly. Ryan, el padre de esa pobre chica era un borracho abusivo. Estuvo a punto de convertirse en prostituta para alejarse de él, ¡y apenas tiene trece años! Significó mucho para ella tener una figura paterna como tú en su vida. ¿No entiendes lo mucho que la destrozó tu partida? Ryan se limitó a mirarla con una expresión de desconcierto, como si no tuviera ni la menor idea de lo que estaba hablando. Pero Riley recordaba muy bien lo que Ryan le había dicho por teléfono: —Necesito un poco de espacio. Todo este asunto de familia... Pensé que estaba preparado para ello, pero no es así. Y no había mostrado mucha preocupación por Jilly en ese momento. —Riley, Jilly fue tu decisión. Te admiro por ello. Pero yo nunca decidí asumir esa responsabilidad. Una adolescente con problemas es demasiado para mí. No es justo. Y ahora estaba aquí, haciéndose el herido porque Jilly ya no quería llamarlo «papá». Era demasiado exasperante. A Riley no le había sorprendido en nada que sus hijas se habían ido furiosas. Ella tenía ganas de hacer lo mismo. Por desgracia, alguien tenía que ser el adulto en esta situación. Y como Ryan parecía ser incapaz de eso, le tocaba a Riley. Antes de que pudiera pensar en qué decir ahora, Ryan se levantó de su silla y se sentó a su lado. Se le acercó, pero Riley lo empujó. —Ryan, ¿qué haces? —¿Qué crees que estoy haciendo? La voz de Ryan sonaba amorosa ahora. La ira de Riley iba en aumento. —Ni se te ocurra —le dijo—. ¿Cuántas novias has tenido desde que te fuiste? —¿Novias? —preguntó Ryan, obviamente tratando de parecer desconcertado por la pregunta. —Me oíste bien. ¿O se te olvidó que una de ellas llamó para la casa borracha cuando aún no te habías ido? Me dijiste que se llamaba Lina. Pero sé que Lina no fue la última. ¿Cuántas más has tenido? ¿Siquiera lo sabes? ¿Siquiera recuerdas sus nombres? Ryan no respondió. Se veía culpable ahora. Todo estaba empezando a tener sentido para Riley. Esto había pasado antes, y se sentía estúpida por no haberlo esperado. Ryan no tenía novia en este momento, y supuso que Riley sería suficiente por ahora, dadas las circunstancias. No le importaban las niñas, ni siquiera le importaba su propia hija. No eran más que un pretexto para volver con Riley. Riley apretó los dientes y dijo: —Creo que será mejor que te vayas. —¿Por qué? ¿Qué pasa? No estás saliendo con nadie, ¿o sí? —De hecho, sí lo estoy. Ahora Ryan se veía totalmente desconcertado, como si no pudiera entender por qué Riley se interesaría en cualquier otro hombre. Luego dijo: —Dios mío. No me digas que estás con el cocinero ese. Riley soltó un gruñido de rabia y le dijo: —Sabes muy bien que Blaine es un chef experto. También sabes que es dueño de un buen restaurante y que April y su hija son mejores amigas. Es fenomenal con las chicas, todo lo que tú no eres. Y sí, estoy saliendo con él, y las cosas se están poniendo serias. Así que quiero que te vayas de aquí. Ryan la miró fijamente durante un momento. Finalmente dijo con amargura: —Hacíamos buena pareja. Ella no respondió. Ryan se levantó del sofá y se dirigió a la puerta. —Hazme saber si cambias de parecer —dijo al salir de la casa. Riley se sintió tentada a decir... —No te hagas ilusiones. ... pero logró contenerse. Solo se quedó quieta hasta que oyó el sonido del auto de Ryan alejándose. Luego respiró más tranquila. Se quedó sentada allí en silencio durante un rato, pensando en lo que había sucedido. Jilly lo había llamado «señor Paige». Eso había sido cruel, pero no podía negar que Ryan se lo merecía. Aun así, se preguntó qué debía decirle a Jilly sobre ese tipo de crueldad. «Ser madre es difícil», pensó. Estaba a punto de llamar a Jilly para que bajara a hablar de ello cuando su teléfono sonó. La llamada era de Jenn Roston, una joven agente con la que había trabajado en casos recientes. Cuando Riley atendió la llamada, se percató de la tensión en la voz de Jenn. —Hola, Riley. Solo quise llamarte para… Cayó un silencio. Riley se preguntó qué tenía Jenn en mente. Luego Jenn dijo: —Mira, solo quería agradecerles a ti y a Bill por… ya sabes… cuando yo… Riley estaba a punto de decirle: —No lo digas por teléfono. Afortunadamente, la voz de Jenn se quebró antes de que terminara la frase. Aun así, Riley sabía por qué Jenn le estaba dando las gracias. Durante el caso que acababan de cerrar, Jenn había desaparecido casi todo un día. Riley había persuadido a Bill que debían cubrirla. Después de todo, Jenn había cubierto a Riley durante una situación algo similar. Pero la ausencia de Jenn se había debido a las exigencias de su ex madre de acogida quien también era una mente criminal. Jenn había violado la ley para ayudar a la «tía Cora» con un problema. Riley no sabía exactamente lo que había pasado, ya que no había preguntado. Oyó a Jenn atragantarse un poco. —Riley, he pensado que tal vez debería entregar mi placa. Lo que ocurrió antes podría volver a ocurrir. Y podría ser peor la próxima vez. No creo que se haya terminado. Riley sentía que Jenn no le estaba diciendo toda la verdad. «La tía Cora la está presionando otra vez», pensó Riley. No era nada sorprendente. Si el dominio de la tía Cora era lo suficientemente fuerte, Jenn podría ser un recurso muy útil desde dentro del FBI. Riley se preguntó por un momento si Jenn debía renunciar. Sin embargo, se dijo a sí misma rápidamente: «No». Después de todo, Riley había tenido una relación similar con una mente criminal, con el convicto fugitivo brillante Shane Hatcher. Esa relación había llegado a su fin luego de que Blaine le disparara a Hatcher y Riley lo capturara. Hatcher estaba de vuelta en Sing Sing ahora, y no había vuelto a hablar con nadie desde entonces. Jenn sabía más sobre la relación de Riley con Hatcher que nadie excepto el propio Hatcher. Jenn pudo haber destruido la carrera de Riley con lo que sabía. Pero había guardado silencio por lealtad a Riley. Ahora era el momento para que Riley le mostrara la misma lealtad. Riley dijo: —Jenn, ¿recuerdas lo que te dije la primera vez que me hablaste de esto? Jenn no dijo nada, así que Riley continuó: —Te dije que lidiaríamos con esto. Tú y yo, juntas. ¡No puedes renunciar! Tienes mucho talento. ¿Me entiendes? Jenn siguió sin decir nada. En su lugar, Riley oyó el pitido de su servicio de llamada en espera, indicándole que tenía otra llamada. «Ignórala», se dijo a sí misma. Pero volvió a oír el pitido. Los instintos de Riley le dijeron que la otra llamada era importante. Ella suspiró y le dijo a Jenn: —Mira, tengo que atender otra llamada. No cuelgues, ¿vale? Trataré de hablar rápido. —Está bien —dijo Jenn. Riley atendió la llamada entrante y oyó la voz ronca de su jefe de equipo en la UAC, Brent Meredith. —Agente Paige, tenemos un caso. Un asesino en serie en el Medio Oeste. Necesito verte en mi oficina. —¿Cuándo? —preguntó Riley. —Ya mismo —dijo Meredith—. Lo más pronto posible. Riley supo por su tono que este era un asunto urgente. —Ya voy para allá —dijo Riley—. ¿Quién más asignarás al equipo? —Esa es tu decisión —dijo Meredith—. Trabajaste bien con el agente Jeffreys y la agente Roston en el caso del Hombre de Arena. Trabaja con ellos si quieres. Los quiero a todos en mi oficina ahora mismo. Sin decir nada más, Meredith finalizó la llamada. Riley volvió a la línea de Jenn. Ella dijo: —Jenn, entregar tu placa no es una opción. No en este momento. Te necesito en un caso. Nos vemos en la oficina de Brent Meredith. Y apúrate. Sin esperar una respuesta, Riley finalizó la llamada. Mientras marcaba el número de su compañero Bill Jeffreys, pensó: «Tal vez otro caso es justo lo que necesita Jenn en este momento.» Riley esperaba que fuera así. Mientras tanto, sintió una intensificación familiar de su propia alerta mientras se apresuraba para averiguar de qué podría tratar este nuevo caso. CAPÍTULO CUATRO Media hora más tarde, Riley se detuvo en el estacionamiento de Quantico. Cuando le había preguntado a Meredith qué tan rápido la quería allí, había detectado verdadera urgencia en su voz: —Ya mismo. Lo más pronto posible. Bueno, cuando Meredith llamaba a su casa, eso significaba que se estaba acabando el tiempo, a veces literalmente, como en su último caso. El llamado Hombre de Arena había utilizado relojes de arena para marcar las horas que transcurrían antes de su siguiente asesinato despiadado. Pero hoy, algo en el tono de voz de Meredith le dijo que esta situación era apremiante de una forma única. Mientras se estacionaba, vio que Bill y Jenn también acababan de llegar en sus propios vehículos. Se bajó de su auto y se quedó parada allí, esperándolos. Sin intercambiar muchas palabras, los tres caminaron hacia el edificio. Riley vio que, como ella, Bill y Jenn habían traído sus bolsos de viaje. No habían necesitado que se les dijera que probablemente estarían volando de Quantico dentro de poco. Entraron al edificio y se dirigieron hacia la oficina del jefe Meredith. Tan pronto como llegaron a su puerta, el hombre afroamericano imponente y corpulento salió al pasillo. Obviamente había sido notificado de su llegada. —No hay tiempo para una conferencia —les gruñó a los tres agentes—. Caminaremos y hablaremos al mismo tiempo. Mientras corrían junto con Meredith, Riley se dio cuenta de que se dirigían directamente a la pista de aterrizaje de Quantico. «Realmente tenemos mucha prisa», pensó Riley. Era inusual no tener al menos una breve reunión para informarles sobre el nuevo caso. Caminando al lado de Meredith, Bill preguntó: —¿De qué trata todo esto, jefe? Meredith dijo: —En este momento hay un cadáver decapitado en una vía férrea cerca de Barnwell, Illinois. Es una línea de tren que sale de Chicago. Una mujer estaba atada a las vías y fue atropellada por un tren de carga, hace tan solo unas horas. Es el segundo asesinato en cuatro días y hay muchas similitudes sorprendentes. Parece que se trata de un asesino en serie. Meredith comenzó a caminar un poco más rápido, y los tres agentes aceleraron el paso para no quedarse atrás. Riley preguntó: —¿Quién llamó al FBI? Meredith dijo: —Yo recibí la llamada de Jude Cullen, el subjefe de la Policía Ferroviaria de Chicago. Dice que quiere perfiladores criminales allí enseguida. Le dije que dejara el cuerpo donde estaba hasta que mis agentes lo vieran. Eso es mucho pedir. Otros tres trenes de carga están programados a pasar por esas vías hoy, así como también un tren de pasajeros. Ahora todos están en espera y se está armando tremendo lío Necesitan ir para allá ahora mismo y echarle un vistazo a la escena del crimen para que el cuerpo pueda ser levantado y los trenes puedan empezar a andar. Y luego… Bueno, tienen un asesino que atrapar. Y estoy bastante seguro de que todos coincidimos en algo: volverá a matar. Aparte de eso, ahora saben lo mismo que yo del caso. Cullen tendrá que ponerlos al día respecto a otros detalles. El grupo salió a la pista de aterrizaje, donde el pequeño avión a reacción estaba esperando, sus motores ya retumbando. Sobre el sonido, Meredith dijo: —Ustedes serán recibidos en O'Hare por unos policías ferroviarios quienes los llevarán directamente a la escena del crimen. Meredith se dio la vuelta y se dirigió de nuevo al edificio, y Riley y sus colegas subieron los escalones hasta el avión. La premura de su partida tenía a Riley mareada. Meredith nunca los había hecho salir tan rápido. Pero esto no era sorprendente, teniendo en cuenta que el tráfico ferroviario estaba paralizado. Riley no podía ni imaginarse las enormes dificultades que eso podría estar causando en este momento. Una vez que el avión estaba en el aire, los tres agentes abrieron sus portátiles y entraron en Internet para buscar la poca información que podrían encontrar a estas alturas. Riley vio que se estaba difundiendo la noticia del asesinato más reciente, aunque el nombre de la víctima actual aún no estaba disponible. Pero vio que el nombre de la víctima anterior era Fern Bruder, una mujer de veinticinco años de edad cuyo cuerpo decapitado había sido encontrado en una vía férrea cerca de Allardt, Indiana. Riley no pudo encontrar mucho más sobre los asesinatos. Si la policía ferroviaria tenía algún sospechoso o sabía de cualquier móvil, esa información no se había filtrado al público aún. Y, para Riley, eso era bastante bueno. Aun así, era frustrante no tener más información. Con tan poco para pensar en relación con el caso, Riley se encontró dándole vueltas a lo que había sucedido hasta ahora. Todavía se sentía mal por haber perdido a Liam, aunque también se dio cuenta que «perder» no era exactamente la palabra correcta. No, ella y su familia habían hecho lo mejor para el chico. Y ahora todo había resultado para mejor, y Liam estaba bajo el cuidado de personas que lo amarían y cuidarían bien de él. Aun así, Riley se preguntaba por qué se sentía como una pérdida. Riley también tenía sentimientos encontrados acerca de haberle comprado un arma a April y haberla llevado al campo de tiro. La madurez de April había enorgullecido a Riley, así como también su buena puntería. Riley también se sentía profundamente conmovida por el hecho de que su hija quería seguir sus pasos. Pero igualmente no pudo evitar recordarse a sí misma que iba en camino a ver un cadáver decapitado. Toda su carrera era una larga lista de horrores. ¿Esta era la vida que quería para April? «No es mi decisión, sino suya», se recordó Riley. Riley también se sentía extraña por esa conversación telefónica incómoda que había tenido con Jenn hace un rato. Mucho no se había expresado, y Riley no tenía ni la menor idea de lo que podría estar sucediendo en este momento entre Jenn y la tía Cora. Y, por supuesto, ahora no era el momento de hablar del asunto, no con Bill sentado aquí con ellas. Riley no pudo evitar preguntarse: «¿Jenn está en lo cierto? ¿Debería entregar su placa?» ¿Riley le estaba haciendo un favor al alentarla a seguir en el FBI? ¿Y Jenn estaba en un estado mental correcto para trabajar en un nuevo caso en este momento? Riley miró a Jenn, quien estaba sentada en su asiento, absorta en su portátil. Jenn se veía totalmente concentrada en este momento, hasta más que Riley. Los pensamientos de Riley fueron interrumpidos por el sonido de la voz de Bill. —Atada a vías férreas. Parece... Riley vio que Bill también estaba mirando la pantalla de su portátil. Hizo una pausa, pero Jenn terminó su pensamiento: —Una de esas películas mudas de antaño. Sí, estaba pensando lo mismo. Bill negó con la cabeza y dijo: —No estoy tomándome esto a la ligera… pero no dejo de pensar en un villano con bigote y sombrero de copa atando a una joven damisela a las vías férreas hasta que aparece un héroe brillante para rescatarla. ¿Eso no era lo que siempre pasaba en las películas mudas? Jenn señaló la pantalla de su portátil y dijo: —En realidad no. He estado investigando sobre eso. Es un tropo, un cliché. Y todos parecen creer que lo han visto en algún momento, como una especie de leyenda urbana. Pero nunca apareció en las verdaderas películas mudas, al menos no en serio. Jenn giró la pantalla de su portátil para que Bill y Riley pudieran ver. Luego continuó: —El primer ejemplo ficticio de un villano atando a alguien a vías férreas parece haber aparecido mucho antes de que las películas se inventaran, en una obra de 1867 llamada Under the Gaslight. Pero oigan esto, el villano ató a un hombre a las vías, y la protagonista tuvo que rescatarlo. Lo mismo pasó en otro cuento y en otras obras en esa época. Riley veía que Jenn estaba bastante envuelta en lo que había encontrado. Jenn continuó: —En cuanto a películas de antaño, hubo tal vez dos comedias mudas en las que ocurrió exactamente lo mismo: una damisela indefensa fue atada a las vías por un villano ruin y fue rescatada por un héroe guapo. Pero todo era por diversión, al igual que los dibujos animados del sábado por la mañana. Los ojos de Bill se abrieron con interés y dijo: —Parodias de algo que nunca fue real. —Exactamente —dijo Jenn. Bill negó con la cabeza y dijo: —Pero las locomotoras a vapor eran parte de la vida cotidiana en aquella época, las primeras décadas del siglo veinte. ¿No hubo ninguna película muda que retrató a alguien en peligro de ser atropellado por un tren? —Claro —dijo Jenn. —A veces un personaje era empujado o caía en las vías y tal vez perdía el conocimiento cuando un tren se acercaba. Pero ese no es el mismo escenario, ¿cierto? Además, al igual que en esa vieja obra, ¡el personaje de la película que corría peligro era generalmente un hombre que tenía que ser rescatado por la heroína! Riley se sintió muy interesada en ese momento. Sabía que Jenn no estaba perdiendo el tiempo investigando este tipo de cosas. Necesitaban saber sobre cualquier cosa que pudiera estar impulsando al asesino. Parte de eso podría ser comprender todos los antecedentes culturales de cualquier escenario con el que pudieran tener que lidiar, incluso aquellos que podrían ser ficticios. «O en este caso, inexistentes», pensó Riley. Cualquier cosa que pudiera haber influido al asesino era de interés. Ella se quedó pensando por un momento y luego le preguntó a Jenn: —¿Esto quiere decir que nunca ha habido ningún caso real de una persona que fue asesinada de esa forma? —Sí ha pasado en la vida real —dijo Jenn, señalando otra información en la pantalla del portátil—. Entre 1874 y 1910, al menos seis personas fueron asesinadas de esa forma. No he podido encontrar más casos desde esa fecha, excepto uno reciente. En Francia, un hombre ató a su esposa distanciada a las vías férreas en su cumpleaños. Luego se puso delante del tren que se aproximaba, así que murió junto con ella, un asesinato-suicidio. De lo contrario, parece ser una forma rara de asesinar a una persona. Y ninguno de ellos fueron asesinatos en serie. Jenn volvió la pantalla del portátil hacia ella y se quedó callada otra vez. Riley reflexionó sobre lo que Jenn acababa de decir... ... una forma rara de asesinar a una persona. «Rara, pero no inaudita», pensó Riley. Ella se preguntó si esa cadena de asesinatos entre 1874 y 1910 había sido inspirada por las viejas obras en las que los personajes habían sido atados a vías férreas. Riley sabía de casos más recientes de la vida imitando al arte de formas horribles, en los que asesinos habían sido inspirados por libros, películas o videojuegos. Tal vez las cosas no habían cambiado mucho. Tal vez la gente no había cambiado mucho. ¿Y qué del asesino que estaban a punto de buscar? Parecía ridículo imaginar que estaban cazando algún psicópata que estaba emulando a un villano melodramático bigotudo que nunca había existido, ni siquiera en las películas. Pero ¿qué podría estar impulsando a este asesino? La situación era muy evidente y muy familiar. Riley y sus colegas tendrían que responder esa pregunta, o más personas serían asesinadas. Riley se quedó mirando a Jenn trabajar en su computadora. Era una vista alentadora. Por el momento, Jenn parecía haberse librado de sus ansiedades sobre la misteriosa «tía Cora». «Pero ¿cuánto tiempo durará eso?», se preguntó Riley. De todos modos, ver a Jenn tan concentrada en la investigación recordó a Riley que debería estar haciendo lo mismo. Nunca había trabajado un caso relacionado con trenes, y ella tenía mucho que aprender. Volvió su atención a su computadora. * Justo como Meredith había dicho, Riley y sus colegas fueron recibidos en la pista del O'Hare por un par de policías ferroviarios uniformados. Todos se presentaron, y Riley y sus colegas se subieron a su vehículo. —Será mejor que nos apuremos —dijo el policía en el asiento del pasajero—. Los peces gordos están presionando al jefe para que retire el cadáver de las vías. Bill preguntó: —¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar? El policía que conducía dijo: —Normalmente una hora, pero hoy no nos tardaremos tanto. Encendió las luces y la sirena, y el auto comenzó a deslizarse por el tráfico pesado de la tarde. Fue un viaje caótico y tenso a alta velocidad que cruzó el pueblito de Barnwell, Illinois. Después de eso, atravesaron un paso a nivel. El policía sentado en el asiento del pasajero señaló y dijo: —Parece que el asesino salió de la carretera justo al lado de las vías en algún tipo de vehículo todoterreno. Condujo al lado de las vías hasta que llegó al lugar donde cometió el asesinato. Se detuvieron en poco tiempo y se estacionaron junto a una zona boscosa. Había otra patrulla estacionada allí, y también la furgoneta del médico forense. No había tantos árboles. Los policías llevaron a Riley y sus colegas hasta las vías férreas, que estaban a unos quince metros de distancia. Luego vieron toda la escena del crimen. Riley tragó grueso ante lo que vio. Las imágenes cursi de villanos bigotudos y damiselas en apuros desparecieron de su mente. Esto era demasiado real… y demasiado horrible. CAPÍTULO CINCO Riley se quedó mirando el cuerpo en las vías durante un rato. Había visto cuerpos mutilados en todo tipo de formas terribles. Aun así, esta víctima presentaba un espectáculo impactante y único. La mujer había sido decapitada por las ruedas del tren, casi como si hubiera sido obra de la cuchilla de una guillotina. A Riley le sorprendió que el cuerpo sin cabeza de la mujer había salido ileso de todo esto. La víctima estaba atada con cinta de embalar, sus manos y brazos pegados a sus costados, y sus tobillos atados juntos. Vestida en lo que había sido un atuendo atractivo, el cuerpo estaba retorcido en una posición desesperada. En el lugar donde su cuello había sido cortado, sangre estaba salpicada en las rocas trituradas, las traviesas de madera y las vías. La cabeza había salido despedida a unos dos metros por las vías. Los ojos y la boca de la mujer estaban completamente abiertos, congelados en una expresión horrorizada. Riley vio a varias personas paradas alrededor del cuerpo, algunas de ellas uniformadas, otras no. Riley supuso que eran una mezcla de la policía local y ferroviaria. Un hombre uniformado se acercó a Riley y sus colegas. Él dijo: —Supongo que son los del FBI. Soy Jude Cullen, subjefe de la Policía Ferroviaria de Chicago. La gente me llama ‘Toro’ Cullen. Se veía orgulloso del apodo. Riley sabía que así les decían a los policías ferroviarios. De hecho, en la organización policial ferroviaria llevaban los cargos de agente y agente especial, al igual que en el FBI. Este policía aparentemente prefería el término más genérico. —Fue mi idea que ustedes vinieran —continuó Cullen—. Espero que el viaje valga la pena. Entre más pronto podamos sacar al cadáver de aquí, mejor. Mientras Riley y sus colegas se presentaron, comenzó a observar a Cullen. Se veía muy joven y era muy musculoso, sus brazos sobresaliendo de las mangas cortas de la camisa de uniforme que le quedaba apretada sobre su pecho. El apodo «Toro» le sentaba bastante bien, pero Riley nunca se encontraba atraída por hombres que obviamente pasaban muchas horas en un gimnasio para verse así. Se preguntó cómo un tipo musculoso como Toro Cullen tenía tiempo para hacer otra cosa. Entonces se dio cuenta de que no llevaba un anillo de boda. Supuso que su vida consistía en trabajar y hacer ejercicio, y no mucho más. Parecía ser bondadoso y no se veía muy conmovido por la naturaleza macabra de la escena del crimen. Eso sí, ya llevaba unas cuantas horas allí, lo suficiente como para entumecerse ante los acontecimientos. Aun así, el hombre le pareció superficial y vanidoso. Ella le preguntó: —¿Ya identificaron a la víctima? Toro Cullen asintió y dijo: —Sí, su nombre era Reese Fisher, de treinta y cinco años de edad. Vivía muy cerca de aquí en Barnwell, donde trabajaba como la bibliotecaria local. Estaba casada con un quiropráctico. Riley miró por las vías. Este tramo estaba curvado, de modo que no podía ver muy lejos en cualquier dirección. —¿Dónde está el tren que la atropelló? —le preguntó a Cullen. Cullen señaló y dijo: —Aproximadamente a un kilómetro por allá abajo, exactamente en el mismo lugar donde se detuvo. Riley notó un hombre obeso con uniforme negro que estaba en cuclillas al lado del cuerpo. —¿Ese es el médico forense? —le preguntó a Cullen. —Sí, te lo voy a presentar. Este es el forense de Barnwell, Corey Hammond. Riley se puso en cuclillas al lado del hombre. Se dio cuenta de que, a diferencia de Cullen, Hammond aún estaba luchando por contener su shock. Su respiración estaba entrecortada, en parte debido a su peso, y en parte debido al horror y repugnancia. Seguramente nunca había visto nada parecido en su jurisdicción. —¿Qué puedes decirnos hasta ahora? —le preguntó al médico forense. —No veo señales de agresión sexual. Eso concuerda con la autopsia del otro médico forense de la víctima de hace cuatro días, cerca de Allardt. —Hammond señaló pedazos destrozados de cinta para embalar plateada alrededor del cuello y los hombros de la mujer—. El asesino la ató de manos y pies y luego pegó su cuello a la vía e inmovilizó sus hombros. La víctima debió haber luchado mucho por soltarse. Pero no tenía ninguna oportunidad. Riley se volvió hacia Cullen y le preguntó: —Su boca no estaba amordazada. ¿Alguien habría oído sus gritos? —No creemos —dijo Cullen, señalando hacia unos árboles—. Hay unas casas al otro lado de esos árboles, pero están fuera del alcance del oído. Algunos de mis hombres fueron de puerta en puerta preguntando si alguien había oído algo o tenía alguna idea de lo que había ocurrido en el momento del asesinato. Nadie supo nada. Se enteraron del asesinato por televisión o en Internet. Recibieron órdenes de mantenerse alejados de aquí. Hasta ahora, no hemos tenido ningún problema con curiosos. Bill preguntó: —¿Le robaron algo? Cullen se encogió de hombros y dijo: —No creemos. Encontramos su cartera a su lado, y todavía tenía su identificación, dinero y tarjetas de crédito. Ah, y un teléfono celular. Riley estudió el cuerpo, tratando de imaginarse cómo el asesino había colocado a la víctima en esa posición. A veces obtenía sensaciones poderosas y extrañas del asesino simplemente sintonizándose a su entorno en la escena del crimen. A veces parecía que podía meterse en sus pensamientos, saber lo que tuvo en mente mientras cometió el asesinato. Pero no ahora. Había demasiado movimiento y demasiada gente aquí. Ella dijo: —Tuvo que haberla sometido de alguna forma antes de atarla. ¿Y qué del otro cadáver, la víctima que fue asesinada antes? ¿El médico forense local encontró drogas en su sistema? —Se encontró flunitrazepam en su torrente sanguíneo —dijo el forense Hammond. Riley miró a sus colegas. Sabía lo que era el flunitrazepam, y sabía que Jenn y Bill también. Su nombre comercial era Rohypnol, y se conocía comúnmente como la droga para cometer violaciones. Era ilegal, pero muy fácil de comprar en las calles. Y ciertamente habría sometido a la víctima, dejándola indefensa aunque quizá no totalmente inconsciente. Riley sabía que el flunitrazepam tenía un efecto amnésico una vez que sus efectos se desvanecían. Se estremeció al darse cuenta que quizá sus efectos habían desvanecido aquí, justo antes de morir. Si fue así, la pobre mujer no habría tenido ninguna idea de cómo o por qué le había sucedido esa cosa tan terrible. Bill se rascó la barbilla mientras miraba el cuerpo y dijo: —Así que tal vez esto comenzó como una «violación», con el asesino drogando su bebida en un bar o una fiesta o algo así. El forense negó con la cabeza y dijo: —Aparentemente no. No se encontraron rastros de la droga en el estómago de la otra víctima. Debió haber sido inyectada. Jenn dijo: —Eso es raro. El subjefe Toro Cullen miró a Jenn con interés. —¿Por qué? —preguntó. —Es un poco difícil de imaginar, eso es todo —dijo Jenn, encogiéndose de hombros—. El flunitrazepam no hace efecto de inmediato, sin importar cómo se administre. En una situación de violación, eso generalmente no importa. La víctima desprevenida tal vez se toma unos tragos con su futuro asaltante, empieza a sentirse mareada sin saber muy bien por qué y dentro de pronto queda indefensa. Pero si el asesino le clavó una aguja, se habría dado cuenta de que estaba en problemas, y habría tenido unos minutos para luchar antes de que la droga hiciera efecto. No me parece tan... eficiente. Cullen le sonrió a Jenn coquetamente. —Tiene sentido para mí —dijo Cullen—. Déjame enseñarte. Se colocó detrás de Jenn, quien era mucho más bajita que él. Empezó a alcanzar alrededor de su cuello por detrás. Jenn se apartó y le preguntó: —Oye, ¿qué estás haciendo? —Solo estoy demostrando. No te preocupes, no te haré daño. Jenn resopló y se mantuvo alejada de él. —Tienes toda la razón, no lo harás —dijo ella—. Y estoy bastante segura de que sé lo que tienes en mente. Piensas que el asesino usó una llave. —Eso es correcto —dijo Cullen, aun sonriendo—. Específicamente una llave al cuello. —Se retorció el brazo para ilustrar sus palabras y explicó—: El asesino se le acercó por detrás, luego dobló el brazo así alrededor de la parte delantera de su cuello. La víctima todavía podía respirar, pero sus arterias carótidas estaban bloqueadas, cortando el flujo sanguíneo al cerebro. La víctima perdió el conocimiento en cuestión de segundos. Luego fue fácil para el asesino administrar una inyección que la dejó indefensa por un período más largo. Riley detectó la fricción que había entre Cullen y Jenn. Cullen era obviamente un hombre condescendiente, cuya actitud hacia Jenn era también coqueta. A Jenn obviamente no le agradaba ni un poquito, y Riley se sentía igual. El hombre era superficial, con un pobre sentido del comportamiento apropiado a la hora de tratar con una colega, y un sentido aún peor de cómo comportarse en una escena del crimen. Sin embargo, Riley tenía que admitir que la teoría de Cullen era sólida. Era desagradable, pero no era estúpido. De hecho, podría ser de mucha ayuda trabajar con él. «Bueno, si es que podemos soportar estar cerca de él», pensó Riley. Cullen se bajó de las vías y por la pendiente y señaló un espacio donde la tierra había sido acordonada. Él dijo: —Encontramos unas huellas de neumáticos, desde donde condujo por aquí después de girar en la carretera principal en el paso a nivel. Son huellas grandes, obviamente de algún tipo de vehículo todoterreno. También encontramos unas pisadas. Riley dijo: —Haz que tu gente les tome fotos. Las enviaremos a Quantico y haremos que nuestros técnicos las busquen en nuestra base de datos. Cullen puso los brazos en jarras por un momento, contemplando la escena con lo que le parecía a Riley una sensación de satisfacción. —Tengo que decir que esto es una nueva experiencia para mí y mis hombres. Estamos acostumbrados a investigar robos de carga, vandalismo, colisiones, y cosas por el estilo. Los asesinatos son escasos y aislados. Y algo así... Bueno, nunca hemos visto algo así antes. Supongo que esto no es nada especial para ustedes del FBI. Ya están acostumbrados. —Cullen no obtuvo respuesta y se quedó callado por un momento. Luego miró a Riley y sus colegas y añadió—: Bueno, no quiero tomar mucho de su valioso tiempo. Solo denos un perfil y mi equipo se encargará. Pueden regresar a casa hoy mismo, a menos que realmente quieran pasar la noche. Riley, Bill y Jenn intercambiaron una mirada sorprendida. ¿Realmente creía que podrían terminar su trabajo aquí tan rápido? —No estoy segura de lo que quieres decir —dijo Riley. Cullen se encogió de hombros y dijo: —Estoy seguro de que ya han determinado algo en cuanto al perfil. Después de todo, para eso es que están aquí. ¿Qué pueden decirme? Riley vaciló por un momento y luego dijo: —Solo podemos decirte generalizaciones. Estadísticamente, la mayoría de los asesinos que dejan cadáveres en escenas de crimen tienen antecedentes penales. Más de la mitad de ellos tienen edades comprendidas entre los quince y treinta y siete. Y más de la mitad son afroamericanos, empleados por lo menos a tiempo parcial y han completado su educación secundaria. Algunos de esos asesinos han tenido problemas psiquiátricos y algunos han estado en el ejército. Pero... —Pero ¿qué? —preguntó Cullen. —Trata de entender que nada de esto es información realmente útil, al menos no a estas alturas. Siempre hay casos aparte. Y nuestro asesino está empezando a parecer un caso aislado. Por ejemplo, el tipo de asesino del que estamos hablando generalmente tiene motivaciones sexuales. Pero ese no parece ser el caso aquí. Supongo que no es típico de muchas formas. Tal vez no es típico en absoluto. Todavía tenemos mucho trabajo por hacer. Por primera vez desde que había llegado, la expresión de Cullen se oscureció un poco. Riley agregó: —Y quiero que su teléfono celular sea enviado a Quantico, junto con el de la otra víctima. Nuestros técnicos tienen que ver si pueden extraerle información. Antes de que Cullen pudiera responder, su propio teléfono celular sonó y él frunció el ceño. Él dijo: —Ya sé quién es. Es el administrador ferroviario, queriendo saber si ya puede poner los trenes en marcha. La línea tiene tres trenes de carga y un tren de pasajeros con retraso. Hay una nueva tripulación lista para llevarse el tren que aún está en las vías. ¿Ya podemos mover el cadáver? Riley asintió y le dijo al forense: —Adelante, métela en tu furgoneta. Cullen se dio la vuelta y tomó la llamada mientras que el médico forense llamó a su equipo y se pusieron a trabajar en el cadáver. Cuando Cullen colgó la llamada, parecía estar de muy mal humor. Les dijo a Riley y sus colegas: —Supongo que se quedarán por un tiempo. Riley creyó entender lo que lo estaba molestando. Cullen estaba ansiando resolver un caso sensacional, y no había esperado que el FBI le robara los aplausos. Riley dijo: —Mira, estamos aquí a petición tuya. Pero creo que nos vas a necesitar, al menos por un tiempo más. Cullen negó con la cabeza y arrastró los pies. Luego dijo: —Bueno, mejor nos vamos a la comisaría de Barnwell. Tenemos que lidiar con algo bastante desagradable allí. Sin decir nada más, se volvió y se alejó. Riley miró el cuerpo, que ahora estaba siendo cargado en una camilla. «¿Más desagradable que esto?», se preguntó. Se sentía atontada mientras ella y sus colegas siguieron a Cullen de vuelta por donde habían venido. CAPÍTULO SEIS Jenn Roston estaba enfurecida mientras se volvió para seguir sus colegas. Caminó por los árboles detrás de Riley y el agente Jeffreys mientras el subjefe Jude Cullen guiaba el camino hacia los vehículos estacionados. «Se hace llamar ‘Toro’ Cullen», recordó con desprecio. Le alegraba tener a dos personas entre ella y el hombre. Seguía pensando: «¡Trató de hacerme una llave!» Estaba segura de que había estado buscando una excusa para manosearla. También era seguro que estaba buscando una oportunidad para demostrar su control físico sobre ella. Ya era bastante malo que sentía la necesidad de explicarle la llave y sus efectos, como si ella ya no supiera todo esto. Pensó que los dos eran afortunados por el hecho de que Cullen en realidad no había puesto su brazo alrededor de su cuello. Si eso hubiera pasado, Jenn quizá no se habría podido controlar. Aunque el hombre era ridículamente musculoso, probablemente habría acabado rápidamente con él. Obviamente eso habría sido bastante indecoroso en una escena del crimen y no habría hecho nada para promover las buenas relaciones entre los investigadores. Jenn sabía que lo mejor había sido que las cosas no se habían descontrolado. Por sobre todo lo demás, ahora Cullen parecía estar cabreado por el hecho de que Jenn y sus colegas no se iban aún y porque no podría acaparar toda la gloria de resolver el caso. «Mala suerte, imbécil», pensó Jenn. El grupo salió de los árboles y se metió en la camioneta policial con Cullen. El hombre se quedó callado durante el viaje a la comisaría y sus compañeros del FBI tampoco dijeron nada. Supuso que, como ella, estaban pensando en la escena del crimen espantosa y en el comentario de Cullen que tendrían que lidiar con algo bastante desagradable en la comisaría. Jenn odiaba los acertijos, tal vez porque la tía Cora a menudo era tan críptica y amenazante en sus intentos de manipulación. Y también odiaba vivir con la sensación de que algo de su pasado podría destruir su sueño hecho realidad de ser agente del FBI. Cuando Cullen estacionó la furgoneta frente a la comisaría, Jenn y sus colegas se bajaron y lo siguieron adentro. Allí, Cullen los presentó al jefe de policía de Barnwell, Lucas Powell, un hombre de mediana edad con un mentón hundido. —Vengan conmigo —dijo Powell—. Todos están aquí. Mi gente y yo no sabemos lidiar con este tipo de cosas. ¿A qué tipo de «cosas» se refería? El jefe de policía Lucas Powell llevó a Jenn, sus colegas y a Cullen directamente a la sala de entrevistas de la comisaría. Adentro encontraron a dos hombres sentados en la mesa, ambos vistiendo chalecos amarillo neón. Uno era delgado y alto, un hombre mayor pero de aspecto vigoroso. El otro era más bajito, como de la altura de Jenn, y probablemente no mucho mayor que ella. Estaban bebiendo tazas de café y mirando la mesa fijamente. Powell introdujo primero al hombre mayor y luego al segundo hombre. —Les presento a Arlo Stine, el conductor de carga. Y él es Everett Boynton, su conductor auxiliar. Cuando el tren se detuvo, ellos fueron los que descubrieron el cadáver. Los dos hombres apenas levantaron la mirada. Jenn tragó grueso. Seguramente estaban traumatizados. Sin duda tendrían que lidiar con algo desagradable. Entrevistar a estos hombres no sería fácil. Por si fuera poco, probablemente no aprenderían nada que los ayudaría a atrapar al asesino. Jenn se apartó mientras Riley se sentó en la mesa con los hombres y habló en voz baja. —Siento mucho que hayan tenido que lidiar con esto. ¿Cómo lo están sobrellevando? El hombre mayor, el conductor, se encogió de hombros y dijo: —Estaré bien. Lo crea o no, he visto este tipo de cosas antes. Me refiero a muertos en las vías. He visto cuerpos aún más mutilados. Nadie se acostumbra a eso, pero… —Stine asintió con la cabeza hacia su auxiliar y agregó—: Pero Everett nunca ha pasado por esto. El joven levantó la mirada de la mesa a las personas en la sala. —Estaré bien —dijo mientras asentía la cabeza, obviamente tratando de sonar como si lo decía en eso. Riley dijo: —Siento preguntar esto, ¿pero usted vio a la víctima justo antes de…? Boynton hizo un gesto de dolor y no dijo nada. Stine dijo: —Solo un vistazo. Los dos estábamos en la cabina. Pero yo estaba en la radio haciendo una llamada de rutina a la siguiente estación, y Everett estaba haciendo cálculos para la curva que estábamos tomando. Cuando el ingeniero comenzó a frenar y sonó el silbato, levantamos la mirada y vimos algo… no estábamos seguros de lo que era. —Stine hizo una pausa y luego agregó—: Pero estábamos seguros de lo que pasó cuando caminamos al sitio para echar un vistazo. Jenn estaba repasando mentalmente lo que había investigado en el avión. Ella sabía que las tripulaciones de los trenes de carga eran pequeñas. Aun así, parecía que faltaba alguien. —¿Dónde está el ingeniero? —preguntó. —¿El maquinista? —dijo Toro Cullen—. Está en una celda de custodia. Jenn quedó boquiabierta. Ella sabía que «maquinista» era la jerga ferroviaria para un ingeniero. Pero ¿qué demonios estaba pasando aquí? —¿Lo metieron en una celda? —preguntó. Powell dijo: —No tuvimos otra opción. El conductor mayor agregó: —El pobre no quiere hablar con nadie. La única palabra que ha dicho desde que ocurrió es ‘Enciérrenme’. La repitió una y otra vez. El jefe de policía local dijo: —Así que eso es lo que hicimos. Parecía lo mejor. Jenn sintió una punzada de ira. Ella preguntó: —¿No han traído a un terapeuta para que hable con él? El subjefe ferroviario dijo: —Hemos pedido que venga un psicólogo de la empresa desde Chicago. Son las reglas del sindicato. No sabemos cuándo va a llegar. Riley se veía sobresaltada ahora. —Ciertamente el ingeniero no se culpa a sí mismo por lo que pasó —dijo Riley. Al conductor mayor pareció sorprenderle la pregunta. —Por supuesto que sí —dijo él—. No fue su culpa, pero no puede evitarlo. Era el hombre al volante. Es el que se sintió más impotente. Lo está carcomiendo. Odio que se haya encerrado tanto. Realmente traté de hablar con él, pero ni siquiera me mira a los ojos. No debemos quedarnos esperando que llegue una maldita psicóloga ferroviaria. Reglas o no, alguien debería hacer algo ahora mismo. Un buen maquinista como él se merece algo mejor. Jenn se sintió más enfurecida. Ella le dijo a Cullen: —Bueno, no puedes dejarlo en esa celda solo. No me importa si insiste en estar solo. No puede ser bueno para él. Alguien tiene que tratar de hablar con él. Todos en la sala la miraron. Jenn vaciló y luego dijo: —Llévame a la celda de custodia. Quiero verlo. Riley levantó la mirada hacia ella y le dijo: —Jenn, no estoy segura de que sea una buena idea. Pero Jenn la ignoró. —¿Cuál es su nombre? —les preguntó Jenn los conductores. Boynton dijo: —Brock Putnam. —Llévame a él —insistió Jenn—. Ahora mismo. El jefe de policía Powell condujo a Jenn fuera de la sala de entrevistas y al final del pasillo. Mientras caminaban, Jenn se preguntó si Riley podría tener razón. «Tal vez esto no es una buena idea», pensó. Después de todo, sabía que su empatía no era su mayor virtud como agente. Ella tendía a ser cortante y franca, incluso cuando se necesitaba ser más sutil. Ciertamente no tenía la capacidad de Riley de ser compasiva en los momentos apropiados. Y si ni Riley se sentía a la altura de esta tarea, ¿por qué ella creía que debía hacerlo? Pero no podía dejar de pensar en que alguien debería hablar con él. Powell la llevó a la fila de celdas, todas con puertas sólidas y ventanas pequeñas. —¿Quieres que entre contigo? —preguntó. —No —dijo Jenn—. Creo que será mejor si tenemos privacidad. Powell abrió una puerta a una de las celdas y Jenn entró. Powell dejó la puerta abierta, pero se apartó. Un hombre de unos treinta años estaba sentado en el borde de un catre, mirando directamente a la pared. Llevaba una camiseta común y corriente y una gorra de béisbol hacia atrás. Parada en la puerta, Jenn dijo en voz baja: —¿Señor Putnam? ¿Brock? Mi nombre es Jenn Roston y soy del FBI. Lamento mucho lo que pasó. Solo me preguntaba si quería… hablar. Putnam no mostró ningún indicio de siquiera haberla escuchado. Parecía decidido a no hacer contacto visual con ella, o con cualquier otra persona. Y de lo que había investigado en el avión, Jenn sabía exactamente por qué se sentía así. Ella tragó saliva cuando sintió un nudo de ansiedad en su garganta. Esto iba a ser mucho más difícil de lo que se había imaginado. CAPÍTULO SIETE Riley se quedó mirando la puerta con inquietud luego de que Jenn salió de la sala. Mientras Bill les seguía haciendo preguntas al conductor y su auxiliar, se encontró preocupada por cómo Jenn lidiaría con el ingeniero. Estaba segura de que el ingeniero estaba muy mal. No le gustaba la idea de esperar mucho más tiempo por un psicólogo ferroviario, posiblemente algún funcionario esbirro que quizá estaría más preocupado por el bienestar de la empresa que por el del ingeniero. Pero ¿qué más se suponía que debían hacer? ¿Y la joven agente terminaría empeorando las cosas para el hombre? Riley nunca había visto ningún indicio que indicara que Jenn era especialmente hábil tratando con la gente. Si Jenn terminaba alterando aún más al hombre, ¿cómo afectaría eso su propia moral? Ya había estado contemplando dejar el FBI debido a las presiones de su ex madre de acogida delictiva. Pese a sus preocupaciones, Riley se las arregló para prestar atención a lo que se decía en la sala. Bill le dijo al Stine: —Usted dijo que ha visto este tipo de cosas antes. ¿Se refiere a asesinatos en vías férreas? —Oh, no —dijo Stine—. Los asesinatos como ese son bastante raros. Pero gente perdiendo la vida en las pistas, eso es mucho más común de lo que te imaginas. Hay varios cientos de víctimas al año, algunas de ellas amantes de la adrenalina muy estúpidas, muchas más por suicidios. En el negocio, los llamamos ‘intrusos’. El joven se retorció en su silla y dijo: —Les aseguro que más nunca quiero volver a ver algo como eso. Pero por lo que me dice Arlo… Bueno, supongo que es parte del trabajo. Bill le dijo al conductor: —¿Está seguro de que no había nada que el ingeniero pudo haber hecho? Arlo Stine negó con la cabeza y respondió: —Muy seguro. Ya había desacelerado el tren a cincuenta y seis kilómetros por hora por la curva en la que estábamos. Aun así, no había forma de detener una locomotora diésel con diez vagones de carga detrás de ella lo suficientemente rápido como para salvar a esa mujer. No se puede romper las leyes de la física y detener a varios miles de toneladas de acero en movimiento en un instante. Déjame explicártelo... El conductor empezó a hablar de los mecanismos del frenado. Fue una charla muy técnica, y de ningún interés o utilidad para Riley o Bill. Pero Riley sabía que lo mejor era dejar que Stine siguiera hablando, por su propio bien. Mientras tanto, Riley todavía se encontraba mirando hacia la puerta, preguntándose cómo le estaba yendo a Jenn con el ingeniero. * Jenn estaba de pie junto a la cama mirando ansiosamente la espalda de Brock Putnam mientras miraba la pared en silencio. Ahora que estaba con el hombre, descubrió que no tenía idea de qué hacer o decir ahora. Pero, por lo que había investigado en el avión, entendía por qué era incapaz de mirarla a ella o a cualquier otra persona en este momento. Estaba traumatizado por un solo detalle que a menudo atormentaba a los «maquinistas» que habían vivido lo que él acababa de vivir. Hace unos momentos, el conductor había dicho que él y su auxiliar solo le habían echado un vistazo fugaz a la víctima antes de morir. Pero este hombre había obtenido mucho más que un vistazo fugaz. Había visto algo horroroso desde la ventanilla de su cabina, algo que ningún ser humano inocente merecía ver. ¿Lo ayudaría decirlo en voz alta? «No soy psiquiatra», se recordó a sí misma. Aun así, se sentía cada vez más ansiosa de comunicarse con él. Lentamente y con precaución, Jenn dijo: —Creo que sé lo que vio. Puede hablar conmigo de eso si desea. —Después de una pausa, agregó—: Pero no si usted no quiere. Cayó un silencio. «Supongo que no quiere», pensó Jenn. Cuando estaba a punto de irse, el hombre dijo en un susurro casi inaudible: —Yo me morí allí. Las palabras calaron a Jenn hasta los huesos. Se volvió a preguntar si siquiera debería estar haciendo esto. Ella no dijo nada. Supuso que lo mejor era esperar a ver si él quería decir algo más. Esperó durante muchos segundos, albergando una pequeña esperanza de que el hombre se mantendría en silencio y que pudiera irse sin decir más. Luego dijo: —Lo vi suceder. Yo estaba mirándome… en un espejo. —Hizo una breve pausa y luego agregó—: Me vi a mí mismo morir. Entonces ¿por qué… por qué estoy aquí? Jenn tragó grueso. Sí, lo que le había sucedido era exactamente de lo que había leído en el avión. Cientos de personas morían en vías férreas cada año. Y con demasiada frecuencia, los ingenieros vivían un momento increíblemente horrible. Hacían contacto visual con la persona que estaba a punto de morir. Exactamente lo mismo le había pasado a Brock Putman. La razón por la que no podía hacer contacto visual con nadie más era porque lo hacía revivir ese momento. Y eso lo estaba carcomiendo. Estaba tratando de lidiar con eso negando que nadie más había muerto. Con culpa, estaba tratando de convencerse a sí mismo que él, y solo él, había muerto. Jenn habló con aún más cautela que antes. —Usted no murió. Usted no se estaba mirando en un espejo. Otra persona murió. Y no fue su culpa. No hubo forma de que pudiera evitar que sucediera. Usted sabe eso, incluso si le está costando aceptarlo. No fue su culpa. El hombre seguía mirando la pared, pero soltó un sollozo. Jenn se alarmó momentáneamente. ¿Acababa de llevarlo al límite? «No», pensó. Tenía un presentimiento de que esto era bueno, que era necesario. Los hombros del hombre temblaron un poco mientras sollozaba. Jenn le tocó el hombro y le dijo: —Brock, ¿podría hacer algo por mí? Solo quiero que me mire. Sus hombros dejaron de temblar y dejó de sollozar. Entonces, muy lentamente, se dio la vuelta en la cama y miró a Jenn. Sus ojos azules brillantes estaban bien abiertos y llenos de lágrimas, y estaban mirando directamente a los ojos de Jenn. Jenn tuvo que luchar para contener sus propias lágrimas. Aunque normalmente era cortante, brusca e insensible, cayó en cuenta de que nunca había tenido este tipo de interacción con nadie, al menos no profesionalmente. Ella tragó saliva y luego dijo: —Usted no se está mirando en un espejo en este momento. Usted me está mirando a mí. Está mirándome a los ojos. Y está vivo. Usted tiene todo el derecho a vivir. Brock Putnam abrió la boca para hablar, pero no salió ninguna palabra. En su lugar, asintió con la cabeza. Jenn casi que jadeó del alivio. «Lo logré —pensó—. Lo hice hablar.» Luego dijo: —Pero usted se merece más que eso. Se merece averiguar quién hizo esta cosa tan terrible, no solo a esa pobre mujer, sino también a usted. Y se merece justicia. Usted se merece saber que el asesino nunca volverá a atacar. Le prometo que obtendrá justicia. Me aseguraré de ello. Él volvió a asentir con la cabeza, con solo un rastro de una sonrisa en sus labios. Jenn sonrió y dijo: —Ahora salgamos de aquí. Sus dos amigos están preocupados por usted. Vayamos a verlos. Jenn se levantó de la cama, y Brock hizo lo mismo. Salieron de la celda juntos, donde el jefe de policía Powell seguía esperando. Powell se veía sorprendido por el cambio en la actitud y el comportamiento de Putnam. Todos regresaron a la sala de entrevistas. Riley, Bill y Cullen todavía estaban allí, así como también los dos conductores. Stine y Boynton se quedaron boquiabiertos por un momento, luego se levantaron y abrazaron a Brock Putnam. Todos se sentaron en la mesa y empezaron a hablar en voz baja. Jenn miró al subjefe ferroviario y dijo: —Haz algo para que la psicóloga ferroviaria llegue lo antes posible. —Luego, volviéndose hacia el jefe de policía local, dijo—: Ve a buscarle a este hombre una taza de café. Powell asintió sin decir nada y salió de la sala. Riley se llevó a Jenn a una esquina y le preguntó en voz baja: —¿Crees que alguna vez será capaz de volver a trabajar? Jenn se quedó pensando por un momento y dijo: —Lo dudo. Riley asintió y dijo: —Probablemente pasará toda su vida luchando con eso. Es terrible tener que vivir con algo así. —Riley sonrió y agregó—: Pero hiciste un buen trabajo. El alago de Riley alegró mucho a Jenn. Recordó de nuevo cómo había empezado su día, y la forma en que su comunicación con la tía Cora la había dejado sintiéndose insuficiente e indigna. «Tal vez sí soy útil», pensó. Después de todo, siempre había sabido que la empatía era una cualidad que carecía y que necesitaba cultivar. Y ahora por fin parecía haber tomado unos pasos para convertirse en una agente más empática. También se sentía energizada por la promesa que acababa de hacerle a Brock Putnam: —Le prometo que obtendrá justicia. Me aseguraré de ello. Le alegraba haberle prometido eso. Ahora estaba comprometida a cumplir con lo dicho. «No lo defraudaré», pensó. Mientras tanto, los dos conductores y el ingeniero siguieron hablando en voz baja, compadeciéndose sobre la terrible experiencia que todos habían vivido, pero que había sido especialmente horrible para Putnam. De repente, la puerta de la sala se abrió y el jefe de policía Powell entró. Les dijo a Cullen y los agentes del FBI: —Será mejor que vengan conmigo. Un testigo acaba de llegar. Jenn sintió una sacudida de emoción mientras ella y los otros siguieron a Cullen por el pasillo. ¿Estaban a punto de obtener la pista que necesitaban? CAPÍTULO OCHO Mientras Riley seguía a Powell por el pasillo junto con los otros agentes del FBI y Toro Cullen, se preguntó: «¿Un testigo? ¿De verdad obtendremos una buena pista tan rápido?» Sus años de experiencia le decían que eso no era probable. Aun así, no pudo evitar albergar la esperanza de que esta vez podría ser diferente. Sería maravilloso resolver este caso antes de que otra persona fuera asesinada. Cuando el grupo llegó a una pequeña sala de reuniones, encontraron a una mujer robusta de unos cincuenta años caminando de un lado a otro. Llevaba mucho maquillaje y su cabello era de un color rubio antinatural. La mujer se acercó a ellos. —Ay, esto es horrible —dijo—. Vi su foto en las noticias hace un rato, y la reconocí de inmediato. Qué muerte tan horrible. Pero tenía un presentimiento sobre ella, una mala sensación. Incluso podrían llamarlo una premonición. Riley se sintió un poco desilusionada en ese momento. Generalmente no era una buena señal cuando los testigos comenzaban a hablar de «premoniciones». Bill guio a la mujer a una silla. —Siéntese, señora —le dijo—. Tómelo con calma y empecemos desde el principio. ¿Cuál es su nombre? La mujer se sentó, pero comenzó a retorcerse en la silla. Bill se sentó en una silla cercana, girándola un poco para hablar con ella. Riley, Jenn y los otros también se sentaron alrededor de la mesa de la sala de reuniones. —¿Su nombre? —volvió a preguntar Bill. —Sarah Dillon —dijo ella, sonriéndole—. Vivo aquí en Barnwell. Bill le preguntó: —¿Y cómo conocía a la víctima? La mujer lo miraba como si la pregunta la había sorprendido. —Bueno, realmente no la conocía. Intercambiamos palabras de vez en cuando. Bill preguntó: —¿La vio esta mañana, antes de que fuera asesinada? Sarah Dillon se veía más sorprendida que antes. —No. Llevo un par de semanas, quizá más, sin verla. ¿Qué importa eso? Riley intercambió miradas con Bill y Jenn. Ella sabía que estaban pensando lo mismo. ¿Un par de semanas o más? Por supuesto que importaba mucho. Cuando Powell les había dicho que había llegado un testigo, Riley había supuesto que era que conocía a la víctima personalmente o que había visto algo verdaderamente esencial para el caso, quizá hasta el secuestro en sí. Sin embargo, ella sabía que tenían que hacerle seguimiento a todas las pistas posibles. Hasta el momento, no tenían nada más con qué continuar. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693751) на ЛитРес. Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.