Una Razón para Huir 
Blake Pierce


Un Misterio de Avery Black #2
Una dinámica historia que atrapa desde el primer capítulo y no deja ir. Midwest Book Review, Diane Donovan (sobre Una Vez Desaparecido) Del autor de misterio #1 mejor vendido Blake Pierce llega una nueva obra maestra del suspenso psicológico. En UNA RAZÓN PARA HUIR (Un misterio de Avery Black – Libro 2), un nuevo asesino serial acecha a Boston, matando a sus víctimas de maneras extrañas, provocando a la policía con misteriosos rompecabezas que hacen referencia a las estrellas. A medida que las apuestas suben y la presión aumenta, el Departamento de Policía de Boston es forzado a llamar a su más brillante, y más controversial, detective de homicidios: Avery Black. Avery, aún conmovida por su último caso, se encuentra enfrentada a una comisaría rival y un brillante e ingenioso asesino que siempre está un paso delante de ella. Se ve forzada a entrar a su oscura y retorcida mente a medida que él deja pistas para su siguiente asesinato, y forzada a buscar en lugares en su propia mente adonde preferiría no entrar. Se encuentra obligada a buscar el consejo de Howard Randall, el retorcido asesino serial al que puso tras las rejas años atrás, todo mientras su nueva y floreciente vida con Rose y Ramírez se derrumba. Y justo cuando las cosas no podrían ser peores, descubre algo más: ella misma puede ser una víctima. En un juego psicológico del gato y el rato, una frenética carrera contra el tiempo lleva a Avery a través de una serie de sorprendentes e inesperados giros, culminando en un clímax que ni siquiera Avery podría haber imaginado. Un oscuro thriller psicológico con suspenso que acelera el corazón, UNA RAZÓN PARA HUIR es el libro #2 de una fascinante nueva serie, con un querido nuevo personaje, que te dejará dando vuelta las páginas hasta tarde en la noche. El libro #3 de la serie Avery Black estará disponible pronto. Una obra maestra del thriller y el misterio. Pierce hizo un magnífico trabajo desarrollando personajes con un lado psicológico, tan bien descritos que nos sentimos dentro de sus mentes, seguimos sus miedos y los alentamos en sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido a través del libro. Lleno de giros, este libro te mantendrá despierto hasta dar vuelta la última página. Books and Movie Reviews, Roberto Mattos (sobre Once Gone)







U N A R A Z Ó N P A R A H U I R



(UN MISTERIO DE AVERY BLACK – LIBRO 2)



B L A K E P I E R C E


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio de RILEY PAIGE que cuenta con siete libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con cuatro libros), de AVERY BLACK (que cuenta con cuatro libros) y de la nueva serie de misterio de KERI LOCKE.

Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com) para saber más y mantenerte en contacto.



Derechos de autor © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976 y las leyes de propiedad intelectual, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida o distribuida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en un sistema de bases de datos o de recuperación sin permiso previo por escrito por parte del editor. Este libro electrónico está licenciado para tu disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otras personas, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Los derechos de autor de la imagen de la cubierta son de miljko, utilizada bajo licencia de istock.com.


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ CONGELADO (Libro #8)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE DESEE (Libro #3)

ANTES DE QUE ARREBATE (Libro #4)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)


CONTENIDO



PRÓLOGO (#u9b2feb94-ce92-576f-a257-e0bfa17aecd7)

CAPÍTULO UNO (#u1e91d74b-9203-518f-9cf0-c5f071a47068)

CAPÍTULO DOS (#u8b08fab6-481e-5df8-8fbe-595668e7bf22)

CAPÍTULO TRES (#ud3b57405-8367-57da-8cd9-bdfc6dd15e35)

CAPÍTULO CUATRO (#ucc12e6ca-6f94-5994-a2db-c8ffc6fa9cc4)

CAPÍTULO CINCO (#ufce7ed6e-7868-531e-acbc-37cf77ca6900)

CAPÍTULO SEIS (#u4d953ee5-92bc-5e86-a33a-675bd7aee908)

CAPÍTULO SIETE (#u7138492d-3b43-548d-952f-16fafff7d37b)

CAPÍTULO OCHO (#ue392b9b2-5f18-58a5-9ecb-dfb490982afc)

CAPÍTULO NUEVE (#uc1684fb5-1eeb-594e-a293-b3833a4cb1a6)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE (#litres_trial_promo)

EPÍLOGO (#litres_trial_promo)




PRÓLOGO


El hombre se quedó oculto en las sombras de una valla de un estacionamiento y miró al edificio de apartamentos de ladrillo de tres pisos que quedaba al otro lado de la calle. Se imaginó que era la hora de la cena para algunos, una hora donde las familias se reunían, reían y compartían historias del día.

“Historias”, se burló. Las historias eran para los débiles.

El silbido rompió su silencio. Su silbido. Henrietta Venemeer silbaba mientras caminaba. “Está tan feliz”, pensó. “Tan distraída”.

Su cólera aumentó cuando la vio, una rabia viva que floreció en ese momento. Cerró los ojos y respiró profundamente para calmarse. Los fármacos solían ayudarlo con su ira. Lo calmaban y mantenían su mente libre de preocupaciones. Últimamente, incluso sus medicamentos recetados no funcionaban. Necesitaba algo más grande para ayudar a equilibrar su vida.

Algo cósmico.

“Sabes lo que tienes que hacer”, se recordó a sí mismo.

Ella era una mujer delgada y mayor con una cabellera roja y una actitud dispuesta que impregnaba cada uno de sus movimientos: sus caderas se movían como si estuviera bailando una canción interna y su caminar era alegre. Llevaba una bolsa de comestibles y se dirigía directamente hacia el edificio de ladrillos en una parte olvidada de East Boston.

“Ve ahora”, ordenó.

A lo la mujer llegó a la puerta de su edificio y se puso a buscar sus llaves, él comenzó a caminar al otro lado de la calle.

Abrió la puerta del edificio y entró.

Antes de que la puerta se cerrara, puso su pie en el interior de la abertura. La cámara que observaba el vestíbulo había sido desactivada antes; había aplicado una capa de gel sobre el lente para oscurecer las imágenes y dar la ilusión de que la cámara estaba funcionando bien. La segunda puerta del vestíbulo había sido desactivada también, su cerradura demasiado fácil de romper.

Seguía silbando mientras desapareció por un tramo de escaleras. Entró en el edificio para seguirla, sin pensar en la gente en la calle o las otras cámaras que podrían haber estado observando de otros edificios. Había investigado todo anteriormente, y el momento de su ataque había sido alineado con el universo.

Para cuando llegó al tercer piso para abrir la puerta principal, él estaba detrás de ella. Abrió la puerta y, al entrar en su apartamento, él la agarró por la barbilla y tapó su boca con la mano, ahogando sus gritos.

Luego entró y cerró la puerta detrás de él.




CAPÍTULO UNO


Avery Black estaba sacando el nuevo auto policía que se había comprado, uno marca Ford de cuatro puertas, del estacionamiento. El olor a auto nuevo y cómo se sentía el volante debajo de sus manos le daba una sensación de alegría, de un nuevo comienzo. Finalmente se había deshecho del viejo BMW blanco que había comprado durante sus años de abogada. Había sido un recuerdo constante de su vida anterior.

“Hurra”, dijo por dentro, como lo hacía casi cada vez que se sentaba detrás del volante. Su nuevo auto no solo tenía vidrios polarizados, llantas negras y asientos de cuero, sino que también vino totalmente equipado con una funda para escopeta, carcasa para una computadora en el tablero y luces policiales en las rejillas, ventanas y espejos retrovisores. Mejor aún, cuando las luces rojas y azules estaban apagadas, se veía igual que cualquier otro auto en las carreteras.

“La envidia de todos los policías”, pensó.

Había pasado buscando a su compañero, Dan Ramírez, a las ocho en punto. Se veía perfecto, como siempre. Su cabello negro estaba peinado hacia atrás, tenía la piel bronceada, ojos oscuros y estaba vestido con ropa de calidad. Tenía puesta una camisa amarilla debajo de una chaqueta carmesí. Llevaba unos pantalones color carmesí, un cinturón color marrón claro y zapatos color marrón claro.

“Hagamos algo esta noche”, dijo. “La última noche de nuestro turno. Podría ser miércoles, pero parece viernes”.

Le sonrío cálidamente.

En respuesta, Avery lo miró con sus ojos azules y le sonrió amorosamente, pero luego su expresión se volvió ilegible. Se concentró en la carretera y se preguntó qué iba a hacer con respecto a su relación con Dan Ramírez.

El término “relación” ni siquiera era preciso.

Desde su derribo de Edwin Peet, uno de los asesinos en serie más extraños de la historia reciente de Boston, su compañero le había dicho lo que sentía por ella. Avery, a su vez, le hizo saber que ella también podría estar interesada. Las cosas no habían ido mucho más lejos. Fueron a cenar, compartieron miradas amorosas, se tomaron de las manos.

Pero Avery estaba preocupada por Ramírez. Sí, era guapo y respetuoso. Había salvado su vida después de la debacle con Edwin Peet y prácticamente se mantuvo a su lado durante toda su recuperación. Sin embargo, era su compañero. Estaban juntos cinco días a la semana o más, desde las ocho de la mañana hasta las seis o hasta más tarde, dependiendo del caso. Y Avery llevaba años sin estar en una relación. La única vez que se besaron, se sintió como si estuviera besando a su ex esposo, Jack, e inmediatamente se apartó.

Miró el reloj del tablero.

No llevaban ni cinco minutos en el auto y Ramírez ya estaba hablando de la cena. “Tienes que hablar con él sobre esto”, pensó. “Qué horror”.

Mientras se dirigían hacia la oficina, Avery escuchó la radio frecuencia de la policía, como lo hacía todas las mañanas. Ramírez colocó una emisora de jazz y condujeron unas cuadras escuchando jazz mezclado con un operador policial detallando las diversas actividades alrededor de Boston.

“¿En serio?”, preguntó Avery.

“¿Qué?”.

“No puedo disfrutar de la música y escuchar las llamadas al mismo tiempo. Eso es confuso. ¿Por qué tenemos que escuchar las dos?”.

“Está bien”, dijo como si estuviera desilusionado. “Pero tengo que escuchar mi música hoy en alguno momento. Me tranquiliza”.

“No entiendo por qué”, pensó Avery.

Ella odiaba el jazz.

Afortunadamente, recibieron una llamada en la radio y eso la salvó.

“Tenemos una diez dieciséis, diez treinta y dos en progreso en la calle East Fourth por Broadway”, dijo una voz femenina rasposa. “No ha habido disparos. ¿Hay algún auto cerca?”.

“Abuso doméstico”, dijo Ramírez. “El tipo tiene un arma”.

“Estamos cerca”, respondió Avery.

“Vamos a tomarla”.

Giró el auto, encendió las luces, y tomó su transceptor.

“Habla la detective Black”, dijo, ofreciendo su número de placa. “Estamos a aproximadamente tres minutos. Tomaremos la llamada”.

“Gracias, detective Black”, respondió la mujer antes de darle la dirección, número de apartamento e información complementaria.

Una de las cosas que le gustaban de Boston eran las casas, la mayoría de ellas de dos a tres pisos de altura con una estructura uniforme que hacía que toda la ciudad se pareciera. Cruzó a la izquierda en la calle Fourth y siguió a su destino.

“Eso no quiere decir que nos libramos del papeleo”, insistió.

“Por supuesto que no”. Ramírez se encogió de hombros.

Sin embargo, el tono de su voz, junto con su actitud y las pilas de su propio escritorio, hacía a Avery preguntarse si tomar este viaje tempranero había sido una buena decisión.

Fue fácil llegar a la casa en cuestión. Una patrulla, junto con un pequeño grupo de personas que estaban escondidas detrás de algo, rodeaba una casa de estuco de color azul con persianas azules y un techo negro.

Había un hombre hispano parado en el césped en calzoncillos y una camiseta sin mangas. En una mano sostenía el cabello de una mujer que estaba llorando de rodillas. En la otra mano, agitaba un arma a la multitud, la policía y la mujer.

“¡Aléjense!”, gritó. “Todos aléjense de mí. Los veo”. Apuntó su pistola hacia un auto estacionado. “¡Aléjense del auto! ¡Deja de llorar!”, le gritó a la mujer. “Si sigues llorando, te volaré los sesos solo por molestarme”.

Dos agentes estaban a cada lado del césped. Una tenía su arma desenfundada. El otro tenía una mano en su cinturón y la otra levantada.

“Señor, por favor suelte esa arma”.

El hombre apuntó al policía con la pistola.

“¿Qué? ¿Quieres irte?”, dijo. “¡Entonces dispárenme! Dispárame, hijo de puta, y vean qué pasa. No me importa. Moriremos los dos”.

“¡No dispare el arma, Stan!”, gritó el otro oficial. “Todos mantengan la calma. Nadie morirá hoy. Por favor, señor, solo...”.

“¡Dejen de hablarme!”, dijo el hombre. “Déjame en paz. Esta es mi casa. Esta es mi esposa. Eres una maldita infiel”, dijo y metió el cañón de su pistola en la mejilla de la mujer. “Debería limpiarte esa puta boca sucia”.

Avery apagó sus sirenas y se acercó a la acera.

“¿Otra puta policía?”, dijo el hombre. “Ustedes son como las cucarachas. Está bien”, dijo tranquila y determinadamente. “Alguien va a morir hoy. No me llevarán de vuelta a la cárcel. O se van a casa, o alguien va a morir”.

“Nadie va a morir”, dijo el primer policía. “Por favor. ¡Stan! ¡Baja el arma!”.

“De ninguna manera”, dijo.

“¡Maldita sea, Stan!”.

“Quédate aquí”, le dijo Avery a Ramírez.

“¡Al diablo con eso!”, respondió. “Soy tu compañero, Avery”.

“Está bien, pero escucha”, dijo. “No queremos que esto se vuelva una tragedia. Mantén la calma y sigue mi ejemplo”.

“¿Qué ejemplo?”.

“Solo sígueme”.

Avery se bajó del auto.

“Señor”, le ordenó al oficial con el arma desenfundada. “Baja el arma”.

“¿Quién diablos eres tú?”, dijo.

“Sí, ¿quién coño eres tú?”, exclamó el agresor latino.

“Ambos aléjense de la zona”, les dijo Avery a los dos oficiales. “Soy la detective Avery Black de la A1. Yo me encargo de esto. Tú también”, le dijo a Ramírez.

“¡Me dijiste que siguiera tu ejemplo!”, gritó.

“Este es mi ejemplo. Vuelve al auto. Todos aléjense”.

El oficial con el arma desenfundada escupió y negó con la cabeza.

“Maldita burocracia”, dijo. “¿Qué? ¿Solo porque estás en unos periódicos te crees una súper policía? Bueno, ¿sabes qué? Me gustaría verte manejar esto, súper policía”. Con sus ojos centrados en el perpetrador, levantó su arma y caminó hacia atrás hasta ocultarse detrás de un árbol. “Adelante”. Su compañero hizo lo mismo.

Una vez que Ramírez ya estaba de vuelta en el auto y los demás oficiales estaban seguros, Avery dio un paso adelante.

El hombre latino sonrió.

“Mira eso”, dijo, apuntando con su arma. “Eres la policía que atrapó al asesino en serie, ¿verdad? Bien hecho, Black. Ese tipo estaba desquiciado. Y tú lo atrapaste. ¡Oye!”, le gritó a la mujer de rodillas. “¡Deja de retorcerte! ¿No ves que estoy conversando?”.

“¿Qué hizo?”, preguntó Avery.

“La maldita perra se acostó con mi mejor amigo. Eso es lo que hizo. ¿No es así, perra?”.

“Maldita sea”, dijo Avery. “Eso es terrible. ¿No es la primera vez que lo hace?”.

“No”, admitió. “Engañó a su último hombre conmigo, pero mierda, ¡me casé con la perra! Eso tiene un significado, ¿cierto?”.

“Definitivamente”, dijo Avery.

Era delgado, con un rostro estrecho y dientes faltantes. Miró la audiencia cada vez más numerosa, y luego miró a Avery como un niño culpable y susurró:

“Esto no se ven bien, ¿verdad?”.

“No”, respondió Avery. “No es bueno. La próxima vez quizás sea mejor que manejes esto en la intimidad de tu casa. Y en silencio”, dijo en voz baja. Se acercó más.

“¿Por qué te estás acercando tanto?”, preguntó con las cejas levantadas.

Avery se encogió de hombros.

“Es mi trabajo”, dijo como si fuera una tarea desagradable. “Para mí, tienes dos opciones. La primera: vienes con nosotros tranquilamente. Ya metiste la pata. Demasiado ruidoso, demasiado público, demasiados testigos. ¿El peor de los casos? Ella presenta cargos en tu contra y tienes que contratar a un abogado”.

“No va a presentar ningunos putos cargos”, dijo.

“No lo haré, bebé. ¡No lo haré!”, exclamó la mujer.

“Si ella no presenta cargos, entonces podrás ser arrestado por asalto a mano armada, resistencia al arresto y otras infracciones menores”.

“¿Tendré que ir a la cárcel?”.

“¿Has sido arrestado antes?”.

“Sí”, admitió. “Estuve cinco años en la cárcel por intento de homicidio”.

“¿Cuál es tu nombre?”.

“Fernando Rodríguez”.

“¿Todavía estás en libertad condicional, Fernando?”.

“No, se me terminó hace dos semanas”.

“Está bien”. Ella pensó por un momento. “Entonces es probable que tengas que estar tras las rejas hasta que todo esto se resuelva. ¿Tal vez uno o dos meses?”.

“¡¿Un mes?!”.

“O dos”, reiteró. “No mames. Seamos honestos. ¿Después de cinco años? Eso es nada. La próxima vez maneja todo en privado”.

Ella estaba justo en frente de él, lo suficientemente cerca para desarmarlo y librar a la víctima, pero él ya estaba calmando. Avery había tratado con personas como él antes cuando trabajó con unas pandillas de Boston. Eran hombres que habían pasado por tanto que cualquier cosa los podría quebrantar. Pero, en última instancia, cuando se les daba la oportunidad de relajarse y evaluar su situación, su historia siempre era la misma: solo querían ser consolados, ayudados y no sentirse solos en el mundo.

“Solías ser abogada, ¿cierto?”, dijo el hombre.

“Sí”. Se encogió de hombros. “Pero luego cometí un error estúpido y mi vida se volvió una mierda. No seas como yo”, advirtió. “Pongámosle fin a esto ahora”.

“¿Y ella?”, dijo, señalando a su esposa.

“¿Por qué quieres estar con alguien como ella?”, preguntó Avery.

“La amo”.

Avery lo desafió con la mirada.

“¿Esto te parece amor?”.

La pregunta pareció molestarlo de verdad. Con el ceño fruncido, miró a Avery, y luego a su esposa. Después volvió a mirar a Avery.

“No”, dijo, y bajó el arma. “Así no se debe amar”.

“Mira, hagamos algo”, dijo Avery. “Dame el arma y dejaré que estos chicos te lleven tranquilamente. Además, te prometo algo”.

“¿Qué cosa?”.

“Prometo que estaré pendiente de ti y me aseguraré de que te traten bien. No me pareces un villano, Fernando Rodríguez. Me parece que tuviste una vida dura”.

“No tienes ni idea”, dijo.

“No”, dijo. “Ni la menor idea”.

Le tendió una mano.

Soltó a su rehén y le entregó el arma. Su esposa se movió por el césped y corrió para ponerse a salvo inmediatamente. El policía agresivo que había estado preparado para abrir fuego dio un paso adelante con una mirada que rebosaba envidia.

“Me encargaré de aquí en adelante”, dijo con desprecio.

Avery se le acercó.

“Hazme un favor”, dijo. “Deja de actuar como si fueras mejor que las personas que detienes y trátalo como un ser humano. Eso podría ayudarte”.

El policía se sonrojó de ira y parecía estar listo para destruir el ambiente tranquilo que Avery había creado. Afortunadamente, el segundo oficial se le acercó al hombre latino primero y lo manejó con cuidado. “Voy a esposarte ahora”, dijo en voz baja. “No te preocupes. Me aseguraré de que te traten bien. Tengo que leerte tus derechos, ¿de acuerdo? Tienes el derecho a permanecer en silencio…”.

Avery se alejó.

El agresor latino levantó la mirada. Los dos sostuvieron la mirada por un momento. Ofreció un gesto de agradecimiento, y Avery respondió asintiendo la cabeza. “Lo que dije va en serio”, reiteró antes de volverse para irse.

Ramírez tenía una gran sonrisa en su rostro.

“Mierda, Avery. Eso fue candente”.

El coqueteo molestó a Avery.

“Me enferma cuando los policías tratan a los sospechosos como si fueran animales”, dijo, volviéndose para ver el arresto. “Apuesto a que la mitad de los tiroteos en Boston podrían evitarse con un poco de respeto”.

“Tal vez si hubiera una mujer comisionada como tú a cargo”, bromeó.

“Tal vez”, respondió ella, y de verdad pensó en las implicaciones.

Su walkie-talkie comenzó a sonar.

Oyó la voz del capitán O’Malley por la estática.

“Black”, dijo. “¿Black, dónde estás?”.

Ella contestó.

“Estoy aquí, capitán”.

“Mantén tu teléfono encendido de ahora en adelante”, dijo. “¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Y vete a la Marina de Boston cruzando por la calle Marginal en East Boston. Tenemos una situación allí”.

Avery frunció el ceño.

“¿East Boston no es territorio de la A7?”, preguntó.

“Olvídate de eso”, dijo. “Deja lo que estás haciendo y vente lo más rápido que puedas. Tenemos un asesinato”.




CAPÍTULO DOS


Avery llegó al puerto de Boston por el túnel Callahan, que conecta el North End a East Boston. El puerto quedaba cerca de la calle Marginal, justo por al agua.

El lugar estaba repleto de policías.

“Mierda”, dijo Ramírez. “¿Qué demonios pasó aquí?”.

Avery caminó con calma al puerto deportivo. Las patrullas estaban estacionadas irregularmente. También había una ambulancia. Una multitud de personas que querían navegar sus barcos en esta brillante mañana deambulaban por allí, preguntándose qué debían hacer.

Se estacionó y ambos se bajaron y mostraron sus credenciales.

Más allá de la puerta principal y el edificio había una dársena expansiva. Dos embarcaderos sobresalían de la dársena en forma de V. La mayor parte de los policías se habían agrupado alrededor del extremo final de una dársena.

Vio el capitán O’Malley a lo lejos, vestido con un traje oscuro y una corbata. Se encontraba discutiendo con otro policía completamente uniformado. Por las dobles rayas en su pecho, Avery supuso que el otro era el capitán de la A7, que manejaba todo East Boston.

“Mira a este personaje”, dijo, señalando al hombre uniformado. “¿Acaba de salir de una ceremonia o qué?”.

Los agentes de la A7 los miraron feo.

“¿Qué está haciendo la A1 aquí?”.

“Vuelvan al North End”, gritó otro.

El viento azotaba el rostro de Avery mientras caminaba por el muelle. El aire era salado y suave. Apretó su chaqueta alrededor de su cintura para que no se abriera de repente. A Ramírez no le estaba yendo muy bien con las ráfagas intensas, que seguían alborotando su cabello.

Algunas dársenas sobresalían en ángulos perpendiculares en un lado del muelle, y cada muelle estaba lleno de barcos. También había barcos en el otro lado del muelle: lanchas, barcos veleros costosos y enormes yates.

Una dársena separada formaba una forma de T con el extremo del muelle. Un único yate blanco mediano estaba anclado en el medio. O’Malley, el otro capitán y dos oficiales hablaban mientras que un equipo de forenses recorría el barco y tomaba fotografías.

O’Malley se veía igual que siempre: su cabello corto teñido de negro y un rostro arrugado que parecía que podría haber sido el de un boxeador en una vida anterior. Tenía los ojos entrecerrados por el viento y se veía molesto.

“Ella está aquí ahora”, dijo. “Dale una oportunidad”.

El otro capitán parecía señorial, tenía el pelo canoso, un rostro delgado y una mirada arrogante debajo de un ceño fruncido. Era mucho más alto que O’Malley y se veía atontado por el hecho de que O’Malley, o cualquier persona no perteneciente a su equipo, invadiera su territorio.

Avery les asintió a todos.

“¿Qué pasa, capitán?”.

“¿Esta es una fiesta o qué?”. Ramírez sonrió.

“Deja de sonreír”, espetó el capitán señorial. “Esta es una escena del crimen, joven, y espero que te comportes”.

“Avery, Ramírez, este es el capitán Holt de la A7. Él fue lo suficientemente amable como para...”.

“¿Amable?”, espetó. “No sé en qué anda el alcalde, pero está equivocado si cree que puede pisotear toda mi división. Te respeto, O’Malley. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, pero esto no tiene precedentes y tú lo sabes. ¿Cómo te sentirías si fuera a la A1 y comenzara a dar órdenes como loco?”.

“Nadie está tomando el control”, dijo O’Malley. “¿Crees que me gusta esto? Tenemos suficiente trabajo en nuestro lado. El alcalde nos llamó a los dos, ¿cierto? Yo tenía otras cosas que hacer hoy, Will, así que no actúes como si esto es una movida ofensiva”.

Avery y Ramírez intercambiaron una mirada.

“¿Cuál es la situación?”, preguntó Avery.

“La llamada entró esta mañana”, dijo Holt, haciendo un gesto hacia el yate. “Una mujer fue hallada muerta en ese barco. Fue identificada como una vendedora de libros local. Llevaba quince años siendo dueña de una librería espiritual en la calle Sumner. No tenía antecedentes penales. No hay nada sospechoso sobre ella”.

“Excepto la forma en la que fue asesinada”, dijo O’Malley, tomando el control. “El capitán Holt estaba desayunando con el alcalde cuando entró la llamada. El alcalde decidió que quería venir y verlo en carne propia”.

“Lo primero que dice es ‘¿Por qué no ponemos a Avery Black en el caso?’”, concluyó Holt, mirando a Avery con desdén.

O’Malley intentó paliar la situación.

“Eso no es lo que me dijiste a mí, Will. Me dijiste que tus chicos llegaron a la escena y que no entendieron lo que estaban viendo, así que el alcalde sugirió que hablaras con alguien que ha tenido experiencia con este tipo de cosas”.

“Da igual”, gruñó Holt y levantó la barbilla pomposamente.

“Ve a echarle un vistazo”, dijo O’Malley y señaló el yate. “Anda a ver qué puedes encontrar. Nos iremos si regresa con las manos vacías”, agregó, hablándole directamente a Holt. “¿Eso te parece justo?”.

Holt se fue a zancadas a sus otros dos agentes.

“Esos dos son de su brigada de homicidios”, indicó O’Malley. “No los miren. No hablen con ellos. No causen problemas. Esta es una situación política muy delicada. Solo cierren la boca y díganme lo que ven”.

Ramírez estaba muy entusiasmado mientras caminaban al gran yate.

“Es una belleza”, dijo. “Parece un Sea Ray 58 Sedan Bridge. Es de dos pisos. Te da sombra arriba, y tiene aire acondicionado adentro”.

Avery estaba impresionada.

“¿Cómo sabes todo eso?”, preguntó.

“Me gusta pescar”. Se encogió de hombros. “Nunca he pescado en un barco así, pero un hombre puede soñar, ¿o no? Debería llevarte a pasear en mi barco”.

A Avery no le gustaba mucho el mar. Las playas, a veces, los lagos, absolutamente, pero ¿veleros y embarcaciones lejos en el océano? Le ocasionaban ataques de pánico. Había nacido y crecido en un terreno plano, y la idea de estar en la marea que se menea, sin tener idea de lo que podría estar al acecho justo debajo, hacía que su mente fuera a lugares oscuros.

A lo que Avery y Ramírez pasaron y se prepararon para embarcar, Holt y sus otros dos detectives los ignoraron. Un fotógrafo en la proa tomó una última foto y le hizo señas a Holt. Hizo su camino a lo largo de la borda a estribor y levantó las cejas a lo que vio a Avery. “Nunca volverás a ver un yate con los mismos ojos”, bromeó.

Una escalera de plata daba a los costados del barco. Avery subió, colocó sus manos en las ventanas negras y se meneó.

Una mujer de mediana edad con cabello rojo y salvaje había sido colocada en la parte delantera del barco, justo antes de las luces laterales de la proa. Yacía de lado, hacia el este, sus manos sujetando sus rodillas y con la cabeza abajo. Si hubiera estado sentada en posición vertical, se hubiera visto como si estuviera dormida. Estaba completamente desnuda, y la única herida visible era la línea oscura alrededor de su cuello. “Le rompió el cuello”, pensó Avery.

Lo que hacía que la víctima resaltara, más allá de la desnudez y la exhibición pública de su muerte, era la sombra que proyectaba. El sol estaba en el este. Su cuerpo estaba ligeramente inclinado hacia arriba, y producía una imagen especular de su forma arrugada en una sombra larga y deformada.

“No me jodas”, susurró Ramírez.

Como hacía Avery cuando limpiaba las superficies en su casa, se agachó y le echó un vistazo a la proa del barco. La sombra era o bien una coincidencia o una señal del asesino y, si había dejado una señal, quizás dejó otra. Ella se movió de un lado del barco al otro.

En el resplandor del sol, en la superficie blanca de la proa del barco, justo encima de la cabeza de la mujer entre su cuerpo y su sombra, Avery vio una estrella. Alguien había utilizado su dedo para dibujar una estrella, ya sea con saliva o agua salada.

Ramírez llamó a O’Malley.

“¿Qué dijeron los forenses?”.

“Encontraron algunos pelos en el cuerpo. Podrían ser de una alfombra. El otro equipo aún está en el apartamento”.

“¿Qué apartamento?”.

“El apartamento de la mujer”, dijo O’Malley. “Creemos que fue secuestrada allí. No hay huellas por ninguna parte. El tipo pudo haber usado guantes. No sabemos cómo la trasladó aquí, a un muelle muy visible, sin que nadie lo viera. Se metió con unas de las cámaras del puerto deportivo. Debió haberlo hecho justo antes del asesinato. Posiblemente fue asesinada anoche. Parece que el cuerpo no fue molestado, pero el forense tiene la última palabra”.

Holt hizo un ruido.

“Esta es una pérdida de tiempo”, le espetó a O’Malley. “¿Qué puede ofrecer esta mujer que mis hombres ya no hayan descubierto? No me importa su último caso ni su personaje público. En lo que a mí respecta, solo es una abogada fracasada que tuvo suerte en su primer caso importante porque un asesino en serie, a quien ella defendió en los tribunales, la ayudó”.

Avery se levantó, se apoyó en la barandilla y observó a Holt, O’Malley y a los otros dos detectives en el muelle. El viento seguía moviendo su chaqueta y pantalón.

“¿Vieron la estrella?”, preguntó.

“¿Qué estrella?”, dijo Holt.

“Su cuerpo está inclinado hacia un lado y hacia arriba. En la luz del sol, crea una imagen sombreada de su silueta. Muy marcada. Casi parecen ser dos personas, espalda con espalda. Entre su cuerpo y esa sombra, alguien dibujó una estrella. Podría ser una coincidencia, pero la colocación es perfecta. Tal vez podamos tener suerte si el asesino la dibujó con saliva”.

Holt consultó con uno de sus hombres.

“¿Vieron una estrella?”.

“No, señor”, respondió un detective delgado y rubio con ojos marrones.

“¿Y los forenses?”.

El detective negó con la cabeza.

“Ridículo”, murmuró Holt. “¿Una estrella dibujada? Un niño pudo haber hecho eso. ¿Una sombra? La luz crea las sombras. Eso no tiene nada de especial, detective Black”.

“¿Quién es el dueño del yate?”, preguntó Avery.

“Un callejón sin salida”, dijo O’Malley, encogiéndose de hombros. “Un promotor inmobiliario importante. Está en Brasil en un viaje de negocios. Lleva casi un mes allá”.

“Si el barco ha sido limpiado en el último mes, entonces la estrella fue puesta allí por el asesino y, como está perfectamente colocada entre el cuerpo y la sombra, tiene que significar algo. No estoy segura de qué, pero sé que tiene un significado”, dijo Avery.

O’Malley ojeó a Holt.

Holt suspiró.

“Simms, llama a los forenses para que regresen”, le dijo al oficial rubio. “Diles lo de la estrella y la sombra. Te llamaré cuando terminemos”.

Holt miró a Avery miserablemente, y finalmente negó con la cabeza.

“Deja que vea el apartamento”.




CAPÍTULO TRES


Avery caminaba lentamente por el pasillo del edificio de apartamentos mal iluminado, flanqueada por Ramírez. Su corazón latía con anticipación como siempre lo hacía cuando estaba a punto de entrar en una escena del crimen. En este momento, quisiera estar en cualquier otro lado.

Logró recuperarse. Se armó de valor y se obligó a observar cada detalle, sin importar lo mínimo que fuera.

La puerta del apartamento de la víctima estaba abierta. Un oficial estacionado afuera se apartó y les permitió a Avery y los otros pasar por debajo de la cinta de la escena del crimen y entrar.

Un estrecho pasillo daba a una sala de estar. La cocina estaba separada de la sala. Nada parecía estar fuera de lugar, solo era el apartamento bonito de alguien. Las paredes estaban pintadas de un color gris claro. Había estanterías en todas partes. Había pilas de libros en el suelo. Algunas plantas colgaban de las ventanas. Un sofá verde estaba en frente de un televisor. En la única habitación, la cama estaba hecha y cubierta con una manta blanca de encaje.

La única alteración era en la sala de estar, donde era evidente que faltaba una alfombra. Un contorno polvoriento, junto con un espacio oscuro, había sido marcado con numerosas etiquetas policiales amarillas.

“¿Qué encontraron los forenses aquí?”, preguntó Avery.

“Nada”, dijo O’Malley. “No hay huellas. No hay nada. Estamos a oscuras en este momento”.

“¿Algo fue tomado del apartamento?”.

“No creo. El frasco de las monedas está lleno. Su ropa fue colocada cuidadosamente en la cesta de la ropa sucia. Su dinero e identificación todavía estaban en sus bolsillos”.

Avery se tomó su tiempo en el apartamento.

Como de costumbre, se movió en pequeñas secciones y revisó cada una completamente; las paredes, los pisos y las tablas de madera, las chucherías en los estantes. Una foto de la víctima con dos amigas se destacaba. Tomó nota de aprender sus nombres y comunicarse con ellas. Analizó las estanterías y pilas. Había montones de novelas románticas femeninas. El resto eran de temas espirituales, autoayuda y religión.

“Religión”, pensó Avery. “La víctima tenía una estrella sobre su cabeza. ¿La estrella de David?”.

Después de haber observado el cadáver en el barco y el apartamento, Avery comenzó a formar una imagen del asesino en su mente. Él habría atacado desde el pasillo. La matanza fue rápida y no dejó marcas, no cometió errores. La ropa y las pertenencias de la víctima habían sido dejadas en un lugar limpio, a fin de no perturbar el apartamento. Solo la alfombra fue movida, y había polvo en esa zona y en los bordes. Eso referenciaba la ira en el asesino. “Si fue tan meticuloso en todos los otros aspectos, ¿por qué no limpiar el polvo de los lados de la alfombra?”, pensó Avery. “¿Por qué siquiera llevarse la alfombra? ¿Por qué no dejar todo en perfecto estado?”. Comenzó a reproducir todo en su mente. Le rompió el cuello, la desnudó, guardó la ropa y dejó todo en orden, pero luego la enrolló en una alfombra y la sacó como un salvaje.

Se dirigió a la ventana y miró la calle. Había pocos lugares donde alguien podría esconderse y observar el apartamento sin que nadie lo notara. Un punto en particular le llamó la atención, un callejón estrecho y oscuro detrás de una valla. “¿Estuviste allí?”, se preguntó. “¿Acechando? ¿Esperando el momento perfecto?”.

“¿Entonces?”, dijo O’Malley. “¿Qué piensas?”.

“Tenemos un asesino en serie en nuestras manos”.




CAPÍTULO CUATRO


“El asesino es hombre, y es fuerte”, continuó Avery. “Obviamente superó a la víctima y luego la llevó al muelle. Parece que fue personal”.

“¿Cómo sabes eso?”, preguntó Holt.

“¿Por qué pasar por tantas cosas con una víctima al azar? Parece que nada fue robado, así que ese no fue el motivo. Fue preciso con todo excepto esa alfombra. Si pasas tanto tiempo planeando un asesinato, desnudando a la víctima y poniendo su ropa en la cesta de la ropa sucia, ¿por qué llevarte algo suyo? Parece que eso fue planeado. Quería llevarse algo. ¿Tal vez para demostrar que era poderoso? ¿Que podía hacerlo? No lo sé. ¿Y dejarla en un barco? ¿Desnuda y a la vista del puerto? Este tipo quiere ser visto. Quiere que todos sepan que él lo hizo. Es posible que tengas otro asesino en serie en tus manos. Lo mejor es que no tardes en tomar una decisión respecto a quién se encargará de este caso”, dijo.

O’Malley se volvió a Holt.

“¿Will?”.

“Sabes lo que siento al respecto”, dijo con desprecio.

“¿Pero lo harás?”.

“Es un error”.

“¿Pero...?”.

“Que sea lo que quiera el alcalde”.

O’Malley se volvió a Avery.

“¿Estás preparada para esto?”, preguntó. “Sé honesta conmigo. Acabas de salir de un caso muy público. La prensa te crucificó en todo el camino. Todos los ojos estarán puestos en ti una vez más, pero esta vez el alcalde estará prestando más atención. Él te solicitó específicamente”.

El corazón de Avery latía con más fuerza. Marcar una diferencia como oficial de policía era lo que realmente le gustaba de su trabajo, pero capturar a asesinos en serie y vengar a los muertos era lo que anhelaba.

“Tenemos un montón de otros casos abiertos”, dijo. “Y un juicio”.

“Puedo darle todo a Thompson y Jones. Puedes supervisar su trabajo. Si tomas el caso, será tu primera prioridad”.

Avery se volvió a Ramírez.

“¿Te anotas?”.

“Me anoto”. Asintió con la cabeza.

“Lo haremos”, dijo.

“Excelente”. O’Malley suspiró. “Este es su caso. El capitán Holt y sus hombres se encargarán del cuerpo y el apartamento. Tendrán acceso completo a los archivos y su plena cooperación durante toda esta investigación. Will, ¿con quién deben comunicarse si necesitan información?”.

“Con el detective Simms”, dijo.

“Simms es el detective principal que viste esta mañana”, dijo O’Malley. “Pelo rubio, ojos oscuros, totalmente tenaz. El barco y el apartamento están siendo manejados por la A7. Simms se comunicará directamente si encuentran cualquier pista. Tal vez deberías hablar con la familia por ahora. Ve qué puedes descubrir. Si tienes razón, y esto es personal, podrían estar involucrados o tienen alguna información que pueda ayudar”.

“Listo”, dijo Avery.



*



A lo que llamó al detective Simms, Avery se enteró de que los padres de la víctima vivían un poco más al norte, afuera de Boston en la ciudad de Chelsea.

Darle la noticia a la familia era la segunda cosa que Avery más odiaba de su trabajo. A pesar de que era buena con las personas, hubo un momento, justo después de que se enteraban de la muerte de un ser querido, que las emociones complejas se apoderaban de todo. Los psiquiatras lo llaman las cinco etapas del duelo, pero a Avery le parecían una tortura. Primero era la negación. Los amigos y parientes querían saber todo sobre el cuerpo, información que solo los afligiría más. No importaba cuánta información les daba, siempre era imposible para los seres queridos imaginarse lo que había pasado. Después era ira: hacia la policía, el mundo, todas las demás personas. Ahora venía la negociación. “¿Estás segura de que está muerto? Tal vez todavía está vivo”. Estas etapas podían ocurrir a la vez, o podían tomar años, o ambas. Las dos últimas etapas por lo general ocurrían cuando Avery estaba en otra parte: depresión y aceptación.

“No me gusta encontrar cadáveres, pero esto nos deja libres para investigar este caso”, dijo Ramírez. “No más juicio y no más papeleo. Se siente bien, ¿verdad? Tenemos la oportunidad de hacer lo que queremos hacer y no tener que estar empantanados en la burocracia”.

Se inclinó para besarla en la mejilla.

Avery se apartó.

“Ahora no”, dijo.

“No hay problema”, respondió con las manos en alto. “Solo pensé, ya sabes... Que éramos una pareja ahora”.

“Mira”, dijo. Luego se detuvo por un momento para pensar bien lo que diría a continuación. “Me gustas. Realmente me gustas, pero todo esto está sucediendo demasiado rápido”.

“¿Demasiado rápido?”, se quejó. “¡Solo nos hemos besado una vez en dos meses!”.

“Eso no es lo que quiero decir”, dijo. “Lo siento. Lo que estoy tratando de decir es que no sé si estoy lista para una relación. Somos compañeros. Nos vemos todo el tiempo. Me encanta el coqueteo y verte en las mañanas. No sé si estoy lista para seguir avanzando”.

“Ah”, dijo.

“Dan...”.

“No, no”. Levantó una mano. “Está bien. De verdad. Creo que esperaba eso”.

“No estoy diciendo que quiero que esto termine”, le aseguró Avery.

“¿Qué es esto?”, preguntó. “Digo, ¡ni yo lo sé! Cuando estamos trabajando, estás en modo de negocios, y cuando trato de verte después del trabajo, es casi imposible. Fuiste más amorosa conmigo cuando estabas en el hospital que en la vida real”.

“Eso no es cierto”, dijo, pero una parte de ella sabía que tenía razón.

“Me gustas, Avery”, dijo. “Me gustas mucho. Si necesitas más tiempo, no hay problema. Solo quiero asegurarme de que realmente sientes algo por mí. Porque, si no es así, no quiero perder tu tiempo, ni el mío”.

“Sí siento algo por ti”, dijo, y lo miró de reojo. “En serio”.

“Está bien”, dijo. “Genial”.

Avery siguió conduciendo, centrándose en la carretera y en el vecindario cambiante, obligándose a volver a centrarse en el trabajo.

Los padres de Henrietta Venemeer vivían en un complejo de apartamentos un poco más allá del cementerio en la avenida Central. El detective Simms le había dicho a Avery que ambos estaban jubilados y lo más probable es que estarían en su casa. No había llamado con antelación. Una dura lección que había aprendido al principio es que una llamada de advertencia podría alertar a un posible asesino.

Avery se estacionó en el edificio y ambos se acercaron a la puerta principal.

Ramírez tocó el timbre.

Una mujer de edad avanzada respondió un rato después.

“¿Sí? ¿Quién es?”.

“Sra. Venemeer, habla el detective Ramírez de la división de policía A1. Estoy aquí con mi compañera, la detective Black. ¿Podemos subir a hablar con usted?”.

“¿Quien?”.

Avery se inclinó hacia delante.

“Policía”, espetó. “Por favor abra la puerta principal”.

La puerta se abrió con un zumbido.

Avery le sonrió a Ramírez.

“Así es que se hace”, dijo.

“Nunca dejas de sorprenderme, detective Black”.

Los Venemeer vivían en el quinto piso. En el momento en el que Avery y Ramírez salieron del ascensor, pudieron ver a una anciana asomándose desde detrás de una puerta cerrada.

Avery tomó las riendas.

“Hola, Sra. Venemeer”, dijo en su voz más suave y más clara. “Soy la detective Black, y este es mi compañero, el detective Ramírez”. Ambos sacaron sus placas. “¿Podemos pasar?”.

La Sra. Venemeer tenía una maraña de pelo áspero igual que el de su hija, solo que el suyo era blanco. Llevaba anteojos negros gruesos y tenía un camisón blanco.

“¿De qué trata todo esto?”, preguntó.

“Creo que sería más fácil si pudiéramos hablar adentro”, dijo Avery.

“Está bien”, murmuró y los dejó pasar.

Todo el apartamento olía a naftalina y vejez. Ramírez hizo una cara y se agitó la nariz en broma justo cuando entraron. Avery le dio un golpecito en el brazo.

Una televisión sonaba desde la sala de estar. En el sofá estaba sentado un hombre grande que Avery suponía era el Sr. Venemeer. Solo llevaba calzoncillos rojos y una camiseta que probablemente usaba para dormir, y parecía que ni siquiera se había dado cuenta de su presencia.

Curiosamente, la Sra. Venemeer se sentó en el sofá junto a su esposo, sin darles ninguna indicación de dónde podían sentarse.

“¿Qué puedo hacer por ustedes?”, preguntó.

Estaban pasando un programa de juegos en la televisión. El sonido era fuerte. De vez en cuando, el esposo vitoreaba de su asiento, se acomodaba y murmuraba para sí mismo.

“¿Puede bajarle a la TV?”, preguntó Ramírez.

“No”, dijo. “John tiene que ver La Rueda de la Fortuna”.

“Queremos hablar de su hija”, dijo Avery. “Realmente tenemos que hablar con ustedes, y quisiéramos toda su atención”.

“Cariño”, dijo y tocó el brazo de su esposo. “Estos dos agentes quieren hablar de Henrietta”.

Se encogió de hombros y gruñó.

Ramírez apagó la televisión.

“¡Oye!”, gritó John. ¿Qué estás haciendo? ¡Enciéndelo!”.

Sonaba borracho.

Una botella de whisky medio llena estaba a su lado.

Avery se paró junto a Ramírez y se presentaron de nuevo.

“Hola”, dijo ella. “Mi nombre es la detective Black y este es mi compañero, el detective Ramírez. Tenemos muy malas noticias”.

“¡Yo te diré lo que es bien malo!”, espetó John. “Es malo tener que lidiar con unos policías cuando estoy en medio de mi programa. ¡Enciende la maldita televisión!”, espetó e intentó salir de su asiento, pero no era capaz de ponerse de pie.

“Su hija está muerta”, dijo Ramírez, y se puso en cuclillas para mirarlo directamente a los ojos. “¿Entiende? Su hija está muerta”.

“¿Qué?”, susurró la Sra. Venemeer.

“¿Henrietta?”, murmuró John y se sentó.

“Lo lamento mucho”, dijo Avery.

“¿Cómo?”, murmuró la anciana. “No... No Henrietta”.

“¿Qué están diciendo?”, preguntó. “No pueden venir aquí y decirnos que nuestra hija está muerta. ¿Qué diablos quieren decir?”.

Ramírez tomó asiento.

“Negación”, pensó Avery. “E ira”.

“Fue encontrada muerta esta mañana”, dijo Ramírez. “Fue identificada por su posición dentro de la comunidad. No estamos seguros por qué sucedió. En este momento tenemos un montón de preguntas. Si pueden por favor ayúdennos a contestar algunas de ellas”.

“¿Cómo?”, exclamó la madre. “¿Cómo sucedió?”.

Avery se sentó al lado de Ramírez.

“Me temo que esta es una investigación en curso. No podemos hablar de nada específico en este momento. Ahora solo necesitamos cualquier información que tengan que pueda ayudarnos a identificar a su asesino. ¿Henrietta tenía novio? ¿Un amigo cercano? ¿Alguien que podría haberla resentido por algo?”.

“¿Están seguros de que es Henrietta?”, preguntó la madre.

“¡Henrietta no tenía enemigos!”, gritó John. “Todo el mundo la quería. Era una santa. Venía una vez a la semana con comida. Ayudaba a las personas sin hogar. Esto no está bien. Tiene que ser un error”.

“Negociación”, pensó Avery.

“Les aseguro que serán llamados esta semana para identificar el cuerpo”, dijo. “Sé que esto es duro de asimilar. Acaban de recibir una noticia terrible, pero por favor concentrémonos en descubrir quién le hizo esto”.

“¡Nadie!”, gritó John. “Esto tiene que ser un error. Tienen a la mujer equivocada. Henrietta no tenía enemigos”, declaró. “¿Fue atropellada por un autobús? ¿Se cayó de un puente? Al menos explíquenos qué fue lo que pasó”.

“Fue asesinada”, dijo Avery. “Eso es todo lo que puedo decir”.

“Asesinada”, susurró la madre.

“Por favor”, dijo Ramírez. “¿Se les ocurre algo? Cualquier cosa. Incluso si parece insignificante, podría ser de gran ayuda para nosotros”.

“No”, respondió la madre. “No tenía novio. Tiene un grupito de amigas. Pasaron el Día de Acción de Gracias con nosotros el año pasado. Ninguna de ellas pudo haber hecho algo así. Deben estar equivocados”.

Los miró con ojos suplicantes.

“¡Tienen que estar equivocados!”.




CAPÍTULO CINCO


Avery se estacionó en un puesto vacío entre patrullas y se preparó mientras miraba la sede del departamento de policía A7 ubicado en la calle Paris en East Boston. Había un circo mediático afuera de la estación. Una rueda de prensa había sido convocada para discutir el caso y un número de furgonetas de televisión y cámaras y reporteros cerraron el paso, a pesar de que numerosos agentes estaban tratando de hacer que se movieran.

“Tu público te espera”, señaló Ramírez.

Ramírez parecía querer ser entrevistado. Tenía la cabeza en alto y les sonreía a todos los reporteros que pasaban. Para su decepción, ninguno de ellos se le acercó. Avery tenía la cabeza agachada y caminó lo más rápido posible para abrirse camino a la estación. Ella odiaba las multitudes. Durante sus años como abogada, solía encantarle cuando las personas la conocían por su nombre y corrían a ayudarla, pero, desde que fue sometida a juicio por la prensa, despreciaba la atención.

Los reporteros se juntaron inmediatamente.

“Avery Black”, dijo uno de ellos antes de ponerle un micrófono en la cara. “¿Puedes decirnos algo de la mujer asesinada en el puerto deportivo hoy?”.

“¿Por qué estás en el caso, detective Black?”, gritó otro. “Esta es la A7. ¿Fuiste trasladada a este departamento?”.

“¿Qué piensas de la nueva campaña del alcalde ‘Detener la delincuencia’?”.

“¿Tú y Howard Randall siguen siendo pareja?”.

“Howard Randall”, pensó. A pesar de un deseo abrumador de cortar todos los lazos con Randall, Avery no había sido capaz de sacarlo de su mente. Había pensado en Randall todos los días desde su último encuentro. A veces, un olor o una imagen era todo lo que necesitaba para oír sus palabras: “¿Trae de vuelta algo de tu niñez, Avery? ¿Qué? Dime...”. Otras veces, mientras trabajaba en diferentes casos, trataba de pensar como Randall para encontrar una solución.

“¡Fuera del camino!”, gritó Ramírez. “¡No mamen! Hagan espacio. Vamos”.

Él puso una mano en su espalda y la llevó a la estación.

La sede de la A7, un gran edificio de ladrillo y piedra, había sido remodelada recientemente. Ya no quedaban rastros de los escritorios de metal y la sensación típicamente sombría de una organización operada por el estado. En su lugar había mesas plateadas elegantes, sillas de colores y un área abierta para el proceso de registro que se parecía más a la entrada de un patio de juegos.

Como la A1, solo que más moderna, la sala de conferencias estaba encerrada en vidrio para que las personas pudieran ver qué estaba pasando. Una gran mesa ovalada de caoba estaba equipada con micrófonos para cada asiento y un enorme televisor de pantalla plana para las conferencias.

O’Malley ya estaba sentado en la mesa al lado de Holt. A ambos lados estaban el detective Simms y su compañero, y dos personas que Avery supuso eran el especialista en medicina forense y el médico forense. Quedaban dos asientos en la parte inferior de la mesa, cerca de la entrada.

“Siéntense”, dijo O’Malley. “Gracias por venir. No se preocupen. No voy a estar encima de ustedes todo el tiempo”, les dijo a todos, pero especialmente a Avery y Ramírez. “Solo quiero asegurarme de que todos estemos en sintonía”.

“Siempre son bienvenidos aquí”, dijo Holt genuinamente.

“Gracias, Will. Adelante”.

Holt le hizo señas a su agente.

“¿Simms?”, dijo.

“Muy bien”, dijo Simms. “Me toca. Por qué no empezamos con los forenses, luego vamos con el informe del médico forense y después les hablo de todo lo demás que hicimos hoy”, dijo antes de volverse hacia el especialista. “¿Te parece bien, Sammy?”.

Un hombre indio esbelto era el jefe de su equipo forense. Llevaba un traje y corbata e hizo una señal con el pulgar cuando mencionó su nombre.

“Sí, señor”, dijo. “Como hemos comentado, no tenemos mucho. No encontramos nada en el apartamento. No hay sangre, no hay señales de lucha. Las cámaras fueron desactivadas con un epoxi transparente que puede ser comprado en cualquier ferretería. Encontramos restos de fibras de guantes negros, pero tampoco nos dio ninguna pista”.

El detective Simms siguió moviendo su barbilla hacia Avery. A Sammy le estaba costando entender quién tenía la autoridad. Siguió mirando a Simms y Holt y a todos los demás. Finalmente captó y comenzó a hablarles a Avery y Ramírez.

“Nosotros, sin embargo, encontramos algo en el puerto deportivo”, dijo Sammy. “Obviamente, el asesino desactivó las cámaras allí, casi de la misma manera que en el apartamento. Para llegar al puerto deportivo desapercibido tendría que haber trabajado entre las once de la noche, que es cuando el último trabajador abandonó el puerto deportivo, y las seis de la mañana, cuando los primeros trabajadores llegaron. Encontramos huellas de zapatos en el puerto deportivo y en el barco antes de que los otros policías llegaran a la escena. El pie es una bota diez y medio de la variedad Redwing. Él parece caminar con una cojera de una posible lesión en su pierna derecha, ya que el zapato izquierdo dejó una pisada más profunda que la derecha”.

“Excelente”, dijo Simms con orgullo.

“También verificamos la estrella dibujada en la proa”, continuó Sammy. “No encontramos material genético. Sin embargo, encontramos una fibra negra dentro de la estrella similar a las fibras del guante en el apartamento, así que esa fue una conexión muy interesante, gracias por eso, detective Black”. Él asintió con la cabeza.

Avery también asintió.

Holt resopló.

“Para concluir, creemos que el cuerpo fue llevado al astillero en una alfombra enrollada, ya que había muchas fibras de alfombra en el cuerpo y faltaba una alfombra en la casa”.

Él asintió con la cabeza para indicar que había terminado.

“Gracias, Sammy”, dijo Simms. “¿Dana?”.

Una mujer en una bata blanca, quien se veía que hubiera preferido estar en cualquier otro sitio que en esa sala, habló a continuación. Ella era de mediana edad, con pelo liso y castaño que le llegaba a los hombros y tenía el ceño fruncido.

“La víctima murió a causa de una fractura en el cuello”, dijo. “Había moretones en los brazos y las piernas que indicaban que fue arrojada al suelo o contra la pared. Probablemente llevaba muerta unas doce horas. No había señales de entrada forzada”.

Se inclinó hacia atrás con los brazos cruzados.

Simms levantó las cejas y se volvió a Avery.

“¿Detective Black? ¿Qué descubrieron cuando hablaron con la familia?”.

“Eso fue un callejón sin salida”, dijo Avery. “La víctima veía a sus padres una vez por semana para llevarles víveres y cocinar la cena. No tenía novio. No tiene otros parientes cercanos en Boston. Sin embargo, tiene un grupo de amigas con las que tendremos que hablar. Los padres no son sospechosos. Apenas podían levantarse del sofá. Hubiéramos comenzado a investigar las amigas, pero no estaba segura del protocolo”, dijo, echándole una mirada a O’Malley.

“Gracias”, dijo Simms. “Entendido. Creo que después de esta reunión estarás a cargo, detective Black, pero esa no es mi decisión. Déjame decirte lo que mi equipo descubrió. Verificamos sus registros telefónicos y direcciones de correo electrónico. Nada raro allí. Las cámaras en el edificio fueron desactivadas y ningún otro lente tenía una vista del edificio. Sin embargo, encontramos algo en la librería de Venemeer. Estaba abierta hoy. Tiene dos trabajadores a tiempo completo. No sabían nada de la muerte de la víctima y estaban genuinamente sorprendidos. No parecían sospechosos viables, pero ambos mencionaron que la tienda se había visto afectada recientemente por una pandilla local conocida como el Escuadrón de la muerte de Chelsea. El nombre proviene de su sitio principal para reunirse en la calle Chelsea. Hablé con nuestra unidad de pandillas y me enteré de que es una pandilla latina relativamente nueva asociada a un montón de otros cárteles. Su líder es Juan Desoto”.

Avery había oído hablar de Desoto de sus días trabajando con pandillas durante sus años de novata. Podría ser un pequeño actor en una nueva pandilla, pero llevaba años siendo el sicario de varias pandillas establecidas en todo Boston.

“¿Por qué un sicario de la mafia con su propia pandilla querría matar a la propietaria de una librería local y luego depositar el cuerpo en un yate?”, se preguntó.

“Me parece que tienes una gran pista”, dijo Holt. “Es alarmante que tenemos que darles las riendas a un departamento al otro lado del canal. Lamentablemente, así es la vida. ¿No es así, capitán O’Malley? Hacer concesiones, ¿cierto?”. Sonrió.

“Así es”, contestó O’Malley de mala gana.

Simms se sentó más derecho en su silla.

“Juan Desoto sin duda sería mi sospechoso número uno. Si este fuera mi caso, intentaría visitarlo primero”, dijo.

Todas estas pullas molestaban a Avery.

“¿Realmente necesito esto?”, pensó. A pesar de que estaba completamente intrigada por el caso, las líneas borrosas entre quién manejaba qué la molestaban. “¿Tengo que seguir su pista? ¿Es mi supervisor ahora? ¿O puedo hacer lo que me dé la gana?”.

Parecía que O’Malley había leído sus pensamientos.

“Creo que estamos listos aquí. ¿Cierto, Will?”, dijo antes de hablarles exclusivamente a Avery y Ramírez. “Después de esto, ustedes dos estarán a cargo a menos que necesiten comunicarse de nuevo con el detective Simms para hablar de cualquier cosa referente a la información que acabamos de cubrir. Les están haciendo copias de los archivos en este mismo momento. Serán enviados a la A1. Entonces, a menos que haya alguna otra pregunta, pueden empezar”, dijo, suspirando y poniéndose de pie. “Tengo que seguir dirigiendo un departamento”.



*



La tensión en la A7 mantuvo a Avery incómoda hasta que salieron del edificio, pasaron los reporteros de noticias y regresaron a su auto.

“Eso salió bien”, dijo Ramírez. “¿Sí sabes lo que pasó ahí?”, preguntó. “Te acaban de entregar el caso más grande que la A7 ha tenido en años, y solo porque eres Avery Black”.

Avery asintió con la cabeza, más no dijo nada.

Estar a cargo tenía un alto precio. Era capaz de hacer las cosas a su manera pero, si surgían problemas, ella sería totalmente responsable. Además, tenía la sensación de que no esa no sería la última vez que hablaría con la A7. “Se siente como si tuviera dos jefes ahora”, se dijo a sí misma.

“¿Cuál es nuestro próximo movimiento?”, preguntó Ramírez.

“Medio arreglemos las cosas con la A7 visitando a Desoto. No estoy segura de lo que descubriremos, pero si su pandilla estaba acosando a la propietaria de una librería, me gustaría saber el por qué”.

Ramírez silbó.

“¿Cómo sabes dónde encontrarlo?”.

“Todo el mundo sabe dónde encontrarlo. Es dueño de una pequeña cafetería en la calle Chelsea, justo al lado de la autopista y el parque”.

“¿Crees que es nuestro hombre?”.

“Desoto está muy familiarizado con el arte de matar”. Avery se encogió de hombros. “No estoy segura si esta escena del crimen encaja con su modus operandi, pero podría saber algo. Es una leyenda en todo Boston. Sé que ha trabajado para los negros, irlandeses, italianos, hispanos, con todo el mundo. Cuando yo era una novata lo llamaban el ‘Asesino fantasma’. Durante años, nadie creía que existía. La Unidad de Pandillas lo había vinculado con trabajos hasta la ciudad de Nueva York. Nadie pudo probar nada. Lleva muchos años siendo el dueño de esa cafetería”.

“¿Lo conociste alguna vez?”.

“No”.

“¿Sabes cómo es?”.

“Sí”, dijo. “Vi una foto de él una vez. Tiene la piel clara y es muy, muy grande. Creo que sus dientes estaban afilados también”.

Se volvió hacia ella y sonrió, pero debajo de esa sonrisa veía el mismo pánico y descarga de adrenalina que ella misma estaba empezando a sentir. Se estaban dirigiendo a la boca del lobo.

“Esto debe ser interesante”, dijo.




CAPÍTULO SEIS


La cafetería de la esquina estaba en el norte del paso subterráneo a la autopista East Boston. Era un edificio de ladrillo de un piso con un letrero que decía: “Cafetería”. Las ventanas estaban tapadas.

Avery se estacionó cerca de la entrada de la puerta y se bajó.

El cielo se había oscurecido. Hacia el suroeste, pudo ver el horizonte de la puesta de sol de color naranja, rojo y amarillo. Una tienda de comestibles estaba en la esquina opuesta. Casas residenciales llenaban el resto de la calle. La zona era tranquila y modesta.

“Hagámoslo”, dijo Ramírez.

Después de un largo día simplemente estando sentado en una reunión, Ramírez se veía animado y listo para la acción. Su entusiasmo preocupaba a Avery. “A las pandillas no les agrada que policías nerviosos invadan su territorio”, pensó. “Especialmente aquellos sin órdenes judiciales que solo están molestándolos por chismes que oyeron”.

“Cálmate”, le dijo. “Yo haré las preguntas. Nada de movimientos repentinos. Nada de malas disposiciones. Estamos aquí solo para hacer preguntas y ver si pueden ayudar”.

“Está bien”. Ramírez frunció el ceño, y su lenguaje corporal decía lo contrario.

Oyeron el tintineo de una campana cuando entraron en la cafetería.

El pequeño espacio tenía cuatro mesas cerradas rojas y acolchadas y un solo mostrador donde la gente podía pedir café y otros productos para el desayuno durante todo el día. El menú apenas tenía quince elementos y había pocos clientes.

Dos hombres latinos mayores y delgados con pinta de vagabundos bebían café en una de las mesas cerradas a la izquierda. Un caballero más joven con anteojos de sol y un sombrero de fieltro negro estaba encorvado en una de las mesas cerradas con la espalda a la puerta. Llevaba una camiseta sin mangas negra. Era evidente que tenía un arma enfundada en el hombro. Avery miró sus zapatos. “Treinta y nueve”, pensó. “Cuarenta como mucho”.

“Puta”, susurró a lo que vio a Avery.

Los hombres mayores parecían no saber qué estaba pasando.

No se veía ningún chef o empleado detrás del mostrador.

“Hola”. Avery saludó con la mano. “Queremos hablar con Juan Desoto si está aquí”.

El joven se rio.

Dijo algunas cosas en otro idioma.

“Dice: ‘Jódete, puta policía, tú y tu amiguito’”, tradujo Ramírez.

“Qué encantador”, dijo Avery. “Oye, no queremos problemas”, agregó y levantó las dos manos. “Solo queremos hacerle a Desoto unas preguntas acerca de una librería en la calle Sumner que al parecer no le agrada”.

El hombre se puso de pie y señaló la puerta.

“¡Lárgate, policía!”.

Había un montón de formas en las que Avery podía manejar la situación. El hombre llevaba una pistola y ella supuso que estaba cargada y no tenía licencia. También se veía dispuesto a accionar a pesar del hecho de que nada había ocurrido realmente. Eso, combinado con el contador vacío, la llevó a creer que algo podría estar sucediendo en un cuarto trasero. “Drogas, o tienen algún dueño desafortunado allá atrás y le están cayendo a golpes”, pensó.

“Todo lo que queremos es unos minutos con Desoto”, dijo.

“¡Perra!”, espetó el hombre antes de sacar su arma.

Ramírez desenfundó su arma al instante.

Los dos hombres seguían bebiéndose su café en silencio.

Ramírez llamó sobre el cañón de su arma.

“¿Avery?”.

“Todos cálmense”, dijo Avery.

Un hombre apareció en una ventana de la cocina detrás del mostrador principal, un hombre grande por su cuello y sus mejillas redondas. Parecía estar inclinado en la ventana, así que se veía más bajito de lo que realmente era. Su rostro estaba parcialmente oculto en la sombra tenue. Era un hombre latino calvo con piel clara y ojos amigables. Estaba sonriendo. En su boca había una plancha de metal que hacía que sus dientes parecieran diamantes afilados. No se veía nada malicioso y estaba tranquilo. Dada la situación tensa, esto hizo que Avery se preguntara el por qué.

“Desoto”, dijo.

“Nada de armas, nada de armas”, mencionó Desoto desde la ventana cuadrada. “Tito, coloca tu pistola sobre la mesa”, dijo. “Policías. Coloquen sus pistolas sobre la mesa. Aquí no usamos armas”.

“De ninguna manera”, dijo Ramírez y siguió apuntando al hombre con su pistola.

Avery podía sentir la pequeña cuchilla que mantenía atada a su tobillo, por si acaso se metía en problemas. Además, todo el mundo sabía que estaban aquí. “Vamos a estar bien”, pensó. “Bueno, eso espero”.

“Baja el arma”, dijo.

Como muestra de buena fe, Avery sacó su Glock poco a poco con los dedos y la puso sobre la mesa entre los dos hombres mayores.

“Hazlo”, le dijo a Ramírez. “Ponla sobre la mesa”.

“Mierda”, susurró Ramírez. “Esto no me gusta. No me gusta”. Sin embargo, colocó su arma sobre la mesa. El otro hombre, Tito, también colocó su propia arma en la mesa y sonrió.

“Gracias”, dijo Desoto. “No se preocupen. Nadie quiere sus armas de policías. Estarán a salvo allí. Vengan. Hablemos”.

Él desapareció de la vista.

Tito indicó una pequeña puerta roja, prácticamente imposible de notar dada su ubicación detrás de una de las mesas cerradas.

“Tú primero”, dijo Ramírez.

Tito se inclinó y entró.

Ramírez pasó después y Avery lo siguió.

La puerta roja daba a la cocina. Un pasillo daba a otros lugares. Justo enfrente de ellos había unas escaleras oscuras y empinadas que daban al sótano. En el fondo había otra puerta.

“Tengo un mal presentimiento”, susurró Ramírez.

“Silencio”, susurró Avery.

Estaban jugando póquer en la sala más allá. Cinco hombres latinos, bien vestido y armados con pistolas, se quedaron en silencio cuando se les acercaron. La mesa estaba llena de dinero y joyas. Había sofás por todas las paredes del espacio grande. En numerosas estanterías, Avery vio ametralladoras y machetes. Veía otra puerta. Miró los pies de todos rápidamente y se dio cuenta de que ninguno de ellos tenía zapatos lo suficientemente grandes como los del asesino.

En el sofá, con los brazos extendidos a lo ancho y con una enorme sonrisa en su rostro que mostraba sus dientes afilados, estaba sentado Juan Desoto. Su cuerpo era más el de un toro que el de un hombre, muy en forma por entrenamientos diarios y posiblemente esteroides. A pesar de que estaba sentado, sabía que medía unos dos metros. Sus pies también eran gigantes. “Al menos cuarenta y tres”, pensó Avery.

“Todos relájense”, ordenó Desoto. “Jueguen, jueguen. Tito, sírveles algo de tomar. ¿Qué quieres, oficial Black?”, dijo con énfasis.

“¿Me conoces?”, preguntó Avery.

“No te conozco”, respondió. “Sé de ti. Arrestaste a mi primo Valdez hace dos años, y a varios de mis amigos de los Asesinos del Oeste. Sí, tengo muchos amigos en otras pandillas”, dijo ante la mirada sorprendida de Avery. “No todas las pandillas luchan entre sí como si fueran animales. Me gusta pensar más en grande. Por favor. ¿Qué puedo traerles?”.

“Yo estoy bien”, dijo Ramírez.

“Yo también”, agregó Avery.

Desoto le asintió a Tito, quien se fue por donde vino. Todos los hombres de la mesa siguieron jugando cartas, excepto uno. Ese hombre era igualito a Desoto, solo que era mucho más pequeño y más joven. Le murmuró algo a Desoto y los dos tuvieron una conversación apasionada.

“Ese es el hermano menor de Desoto”, tradujo Ramírez. “Cree que solo debe matarnos y tirarnos en el río. Desoto está tratando de decirle que por eso es que siempre está en la cárcel, porque piensa demasiado cuando solo debería mantener la boca cerrada y escuchar”.

“¡Siéntate!”, gritó Desoto finalmente.

Su hermano menor se sentó de mala gana, pero miraba a Avery muy feo.

Desoto respiró.

“¿Eres una policía celebridad?”, preguntó.

“En realidad no”, respondió Avery. “Eso les da a tipos como tú un blanco en el departamento de policía. No me gusta ser un blanco”.

“Cierto, cierto”, dijo.

“Estamos en busca de información”, agregó Avery. “Una mujer de mediana edad llamada Henrietta Venemeer es propietaria de una librería en Sumner. Libros espirituales, religiosos, de psicología, cosas por el estilo. Se rumorea que no te agradaba su tienda. Estaba siendo acosada”.

“¿Por mí?”, respondió sorprendido y se señaló a sí mismo.

“Por ti o tus hombres. No estamos seguros. Es por eso que estamos aquí”.

“¿Por qué venir a la boca del lobo para preguntar acerca de una mujer en una librería? Explícamelo por favor”.

Su rostro no delató nada cuando mencionó a Henrietta y la librería. De hecho, Avery creía que la acusación lo había insultado.

“Ella fue asesinada anoche”, dijo Avery. Luego observó a los hombres en la sala y cómo reaccionaron. “Tenía el cuello fracturado y fue atada a un yate en el puerto deportivo de la calle Marginal”.

“¿Por qué haría eso?”, preguntó.

“Eso es lo que queremos averiguar”.

Desoto comenzó a hablarles a sus hombres en otro idioma. Su hermano menor y otro hombre se veían realmente molestos por haber sido acusados de algo que evidentemente no estaba a su altura. Sin embargo, los otros tres se veían avergonzados. Comenzaron a discutir por algo. En un momento, Desoto se puso de pie muy enojado, mostrando toda su altura y tamaño.

“Estos tres han estado en la tienda”, susurró Ramírez. “La robaron dos veces. Desoto está molesto porque apenas se va enterando y nunca recibió su parte”.

Con un fuerte rugido, Desoto golpeó la mesa con su puño y la partió por la mitad. Los billetes, monedas y joyas salieron volando por todas partes. Un collar casi azotó el rostro de Avery, y se vio obligada a echarse para atrás y pararse contra la puerta. Los cinco hombres empujaron sus sillas. El hermano menor de Desoto gritó de frustración y levantó los brazos. Desoto estaba dirigiendo su ira a un hombre en particular. Tenía un dedo metido en el rostro del hombre y ambos se amenazaron.

“Ese tipo llevó a los otros a la tienda”, susurró Ramírez. “Él está en problemas”.

Desoto se dio la vuelta.

“Mis disculpas”, dijo. “Mis hombres efectivamente acosaron a esta mujer en su tienda. Dos veces. Me acabo de enterar de esto”.

El corazón de Avery latía con fuerza. Estaban en una sala aislada llena de criminales enojados con armas e, independientemente de las palabras y los gestos de Desoto, era una presencia intimidante, y, si los rumores eran ciertos, también era un asesino en serie. De repente, su pequeña cuchilla estaba tan fuera de su alcance que no era tan reconfortante como había pensado.

“Gracias”, dijo. “Solo para estar seguros de que estamos en sintonía, ¿alguno de tus hombres tendría alguna razón para matar a Henrietta Venemeer?”.

“Nadie mata sin mi aprobación”, afirmó rotundamente.

“Venemeer fue colocada extrañamente en el barco”, continuó Avery. “A la vista de todo el puerto. Una estrella fue dibujada encima de su cabeza. ¿Eso significa algo para ti?”.

“¿Recuerdas a mi primo?”, preguntó Desoto. “¿Michael Cruz? ¿Pequeñito? ¿Flaco?”.

“Para nada”.

“Le rompiste el brazo. Le pregunté cómo una niñita pudo haberlo derribado y me dijo que eras muy rápida, y muy fuerte. ¿Crees que podrías derribarme, oficial Black?”.

Había comenzado la espiral perversa.

Avery podía sentirlo. Desoto estaba aburrido. Había respondido sus preguntas y estaba aburrido y enojado y tenía a dos policías desarmados en su sala privada debajo de una tienda. Incluso los hombres que habían estado jugando póquer no les quitaban la mirada de encima.

“No”, dijo. “Creo que podrías matarme en combate cuerpo a cuerpo”.

“Creo en ojo por ojo”, dijo Desoto. “Creo que uno debe recibir información cuando la da. El equilibrio es muy importante en la vida. Te di información. Tú arrestaste a mi primo. Ahora me has quitado dos cosas. ¿Entiendes?”, preguntó. “Me debes algo”.

Avery se echó para atrás y adoptó su postura tradicional de jiu-jitsu, piernas flexionadas y ligeramente separadas, brazos levantados y manos abiertas debajo de su barbilla.

“¿Qué te debo?”, preguntó.

Con solo un gruñido, Desoto saltó hacia adelante, estiró su brazo derecho y dio un puñetazo.




CAPÍTULO SIETE


La sala se volvió negra en la mente de Avery, y lo único que veía eran los cinco hombres, sentía a Ramírez junto a ella, y veía el puño de Desoto acercándose más a su rostro. Ella llamaba esto ‘La niebla’, un lugar donde solía ir a menudo, otro mundo separado de su existencia física. Su instructor de jiu-jitsu lo llamaba “la conciencia definitiva”, un lugar donde su concentración se volvía selectiva, así que los sentidos eran más elevados alrededor de blancos específicos.

Ella agarró la muñeca de Desoto. Al mismo tiempo, utilizó su propio impulso para arrojarlo a la puerta del sótano. El hombre gigante se estrelló fuertemente.

Luego Avery giró y le dio una patada a un atacante en el estómago. Después de eso, todo se movió en cámara lenta. Agredió a cada uno de los cinco hombres. Un pinchazo en la garganta hizo que uno cayera al suelo. Una patada en la ingle seguida de otro fuerte golpe hizo que otro se estrellara contra la mesa rota. Perdió al hermano menor de Desoto de vista por un segundo. Se volvió para verlo a punto de golpearla con un par de manoplas. Ramírez entró en juego y lo tiró al suelo.

Desoto rugió y agarró a Avery por detrás.

El enorme peso de su cuerpo era como un bloque de cemento. Avery no podía zafarse. Dio una patada al aire. Él la levantó y la arrojó contra una pared.

Avery se estrelló contra unas estanterías y todos los contenidos cayeron sobre su cabeza cuando cayó al suelo. Desoto le dio una patada en el estómago. El golpe fue tan fuerte que la levantó. Le metió otra patada y su cuello sonó del golpe. Desoto se agachó. Sus brazos gruesos la agarraron por el cuello peligrosamente. La levantó y sus pies estaban colgando.

“Podría romper tu cuello como una ramita”, susurró.

Estaba mareada por los golpes. Le costaba respirar.

“Concéntrate,” se ordenó a sí misma. “O estás muerta”.

Trató de voltear su cuerpo o zafarse. La sujetaba con demasiada fuerza. Algo chocó contra la espalda de Desoto. Avery volvió al suelo y miró hacia atrás para ver a Ramírez con una silla.

“¿Eso no te dolió?”, preguntó Ramírez.

Desoto gruñó.

Avery se recuperó, levantó el pie y pisoteó los dedos de sus pies con su tacón.

“¡Ay!”, gritó Desoto.

Llevaba una camisa blanca, shorts color canela y chancletas. El tacón de Avery definitivamente había fracturado dos huesos. La soltó instintivamente y, para cuando estuvo preparado para agarrarlo de nuevo, Avery ya estaba en posición. Le metió un puño en la garganta y luego un gancho a su plexo solar.

Había un bate de hierro en el suelo.

Ella lo tomó y le metió un batazo en la cabeza.

Desoto quedó inerte al instante.

Dos de sus hombres ya estaban en el suelo, incluyendo su hermano menor. Un tercero sacó su pistola. Avery golpeó su mano con el bate, y luego le metió otro batazo en la cara. El hombre se estrelló contra una pared.

Los últimos dos hombres habían atacado a Ramírez.

Avery golpeó el bate contra las rodillas de uno de ellos. Se volteó y ella le metió un batazo en el pecho y lo pateó en la cara. Bajó el bate contra su pecho y le dio una fuerte patada en la cara. El otro hombre le dio un puñetazo en la mandíbula y ambos se estrellaron contra la mesa de póquer.

El hombre estaba encima de ella, cayéndole a golpes. Avery finalmente pudo agarrar su muñeca y rodó. Se le cayó de encima y ella fue capaz de girar y tomar su brazo. Ella estaba perpendicular a su cuerpo. Sus piernas estaban sobre su barriga y su brazo estaba recto y extendido.

“¡Suéltame! ¡Suéltame!”, gritó él.

Ella levantó una pierna y le dio muchas patadas en la cara hasta que perdió el conocimiento.

“¡Jódete!”, gritó.

Todo estaba en silencio. Los cinco hombres, incluyendo Desoto, estaban inconscientes.

Ramírez gimió y se puso de rodillas.

“Dios...”, susurró.

Avery vio una pistola en el suelo. La tomó y apuntó la puerta del sótano. Tito apareció justo después de haber apuntado.

“¡No levantes el arma!”, gritó Avery. “¿Me escuchaste? No lo hagas”.

Tito miró la pistola que tenía en la mano.

“Te dispararé si levantas esa arma”.

Tito no podía creer lo que había pasado en la sala, quedó boquiabierto cuando vio a Desoto.

“¿Tú hiciste todo esto?”, preguntó.

“¡Suelta el arma!”.

Tito la apuntó.

Avery le disparó dos veces en el pecho y lo envió volando de nuevo a las escaleras.




CAPÍTULO OCHO


Avery estaba afuera de la cafetería y tenía una bolsa de hielo sobre su ojo. Tenía dos moretones desagradables debajo de la bolsa, y su mejilla estaba hinchada. También le era difícil respirar, y eso le hizo pensar que se había fracturado una costilla, y su cuello todavía estaba dolorido y rojo del agarre de Desoto.

A pesar del abuso, Avery se sentía bien. Más que bien. Había acabado con un asesino gigante y otros cinco hombres.

“Lo hiciste”, pensó.

Había pasado años aprendiendo a pelear, un sinnúmero de años y horas en el ring, haciendo sparring consigo misma. Había tenido otras peleas antes, pero ninguna contra cinco hombres al mismo tiempo, y ciertamente ninguna en contra de alguien tan poderoso como Desoto.

Ramírez estaba sentado en la acera. Había estado a punto de colapsar desde lo sucedido en el sótano. En comparación con Avery, estaba en mal estado: tenía el rostro lleno de cortes e inflamaciones y constantes ataques de vértigo.

“Fuiste un animal en el sótano”, murmuró. “Un animal…”.

“¿Gracias?”, dijo.

La cafetería de Desoto quedaba en el corazón de la A7, así que Avery se había sentido obligada a llamar a Simms para pedir refuerzos. Una ambulancia estaba en la escena, junto con numerosos policías de la A7 para arrestar a Desoto y sus hombres por asalto, posesión de armas y otras infracciones menores. El cuerpo de Tito, envuelto en una bolsa negra, fue cargado en la parte trasera de la ambulancia.

Simms apareció y negó con la cabeza.

“Hay un desastre ahí abajo”, dijo. “Gracias por el papeleo extra”.

“¿Preferirías que hubiera llamado a mi gente?”.

“No”, admitió. “Creo que no. Tenemos tres departamentos diferentes tratando de culpar a Desoto por algo, así que esto al menos podría ayudarnos con la causa. Sin embargo, no sé en qué estabas pensando entrando en ese lugar sin refuerzos, pero bien hecho. ¿Cómo derribaste a los seis sola?”.

“Tuve ayuda”, dijo Avery, asintiendo con la cabeza hacia Ramírez.

Ramírez levantó una mano en reconocimiento.

“¿Qué pasó con el asesinato del yate?”, preguntó Simms. “¿Alguna conexión?”.

“No creo”, dijo. “Dos de sus hombres robaron la tienda dos veces. Desoto no sabía nada, y eso lo molestó. Si los otros dos empleados corroboran la historia, creo que están exonerados. Querían dinero, no matar a la propietaria de una tienda”.

Otro policía apareció y saludó a Simms.

Simms tocó el hombro de Avery.

“Es mejor que te vayas”, dijo. “Ya los van a sacar del sótano”.

“No”, dijo Avery. “Me gustaría verlo”.

Desoto era tan grande que tuvo que agacharse para poder salir por la puerta principal. Tenía a dos policías a cada lado, y tenía a otro atrás. En comparación con todos los demás, parecía un gigante. Sus hombres fueron sacados detrás de él. Todos ellos fueron conducidos hacia una camioneta policial. A lo que se acercó a Avery, Desoto se detuvo y se dio la vuelta; ninguno de los policías pudo hacer que se moviera.

“Black”, dijo.

“¿Sí?”, respondió.

“¿Recuerdas el blanco del que estabas hablando?”.

“¿Sí?”.

“Clic, clic, bum”, dijo con un guiño.

Él la miró por otro segundo antes de permitir que la policía lo metiera en la furgoneta.

Ser amenazada era parte del trabajo. Avery aprendió eso hace mucho tiempo, pero una persona como Desoto era intimidante. Se mantuvo firme y le devolvió la mirada hasta que se fue, pero en su interior estaba a punto de desmoronarse.

“Necesito un trago”, dijo.

“Ni lo pienses”, murmuró Ramírez. “Me siento como una mierda”.

“Mira, hagamos algo”, dijo. “Iremos al bar que quieras. Tu escoges”.

Se animó al instante.

“¿En serio?”.

Avery nunca se había ofrecido a ir a un bar al que Ramírez quería ir. Cuando salía, bebía con todos, mientras que Avery elegía bares tranquilos cerca de su propio vecindario. Desde que habían tenido una especie de relación, Avery no lo había invitado a salir ni una sola vez, ni tampoco se había tomado una copa con otra persona en su apartamento.

Ramírez se puso de pie demasiado rápido, se mareó y luego se recuperó.

“Ya sé el lugar, vamos”, dijo.




CAPÍTULO NUEVE


“¡Dios santo!”, dijo Finley, medio ebrio. “¿Acabas de derribar a seis miembros del Escuadrón de la muerte de Chelsea, entre ellos Juan Desoto? No lo creo. No lo puedo creer. Desoto es un monstruo. Algunas personas ni siquiera creen que existe”.

“Lo hizo”, juró Ramírez. “Estuve allí. Te lo estoy diciendo, sí lo hizo. La chica es una maestra del kung fu. La hubieras visto. Tan rápida como un rayo. Jamás había visto algo así. ¿Cómo aprendiste a pelear así?”.

“Muchas horas en el gimnasio”, dijo Avery. “No tenía vida. Tampoco tenía amigos. Yo, un saco y mucho sudor y lágrimas”.

“Tienes que enseñarme algunos de esos movimientos”, dijo.

“Tú también estuviste genial”, dijo Avery. “Me salvaste dos veces, si mal no recuerdo”.

“Es verdad. Sí hice eso”, dijo en voz alta para que todos pudieran oír.

Estaban en el Bar Joe’s en la calle Canal, un bar para policías que quedaba a solo unas cuadras de la estación de policía A1. En la gran mesa de madera estaban todos los que habían trabajado con Avery anteriormente: Finley, Ramírez, Thompson y Jones, junto con otros dos agentes que eran amigos de Finley. El supervisor de homicidios de la A1, Dylan Connelly, estaba en otra mesa cercana, tomándose un trago con unos hombres que trabajaban en su unidad. De vez en cuando levantaba la mirada para llamar la atención de Avery.

Thompson era la persona más grande de todo el bar. Prácticamente albino, tenía la piel muy clara, con pelo rubio y fino, labios gruesos y ojos claros. Miró a Avery amargamente.

“Yo podría derribarte”, declaró.

“Yo podría derribarla”, espetó Finley. “Ella es una chica. Las chicas no pueden luchar. Todos saben eso. Tuvo suerte. Desoto estaba enfermo y sus hombres fueron repentinamente cegados por su belleza. No los derribó así no más. No puede ser”.

Jones, un jamaiquino esbelto y mayor, se inclinó hacia delante con interés.

“¿Cómo derribaste a Desoto?”, preguntó. “En serio. No me jodas con lo del gimnasio. Yo voy al gimnasio también y mírame. Apenas gano kilos”.

“Tuve suerte”, dijo Avery.

“Sí, pero, ¿cómo?”. Él realmente quería saberlo.

“Jiu-jitsu”, dijo. “Yo solía ser una corredora cuando era abogada pero, después de todo ese escándalo, correr por la ciudad dejó de agradarme. Me inscribí en una clase de jiu-jitsu y pasaba horas allí todos los días. Creo que estaba tratando de purgar mi alma o algo así. Me gustó. Mucho. Tanto así que el instructor me dio las llaves del gimnasio y me dijo que podía ir cuando quisiera”.

“Puto jiu-jitsu”, dijo Finley como si fuera una mala palabra. “No necesito ningún karate. ¡Solo llamo a mi equipo y bum!”, exclamó y simuló disparar una ametralladora. “¡Harán volar a todos!”.

Pidieron una ronda de chupitos para conmemorar el evento.

Avery jugó billar americano, lanzó dardos y a las diez ya estaba muy borracha. Esta era la primera vez que salía con el equipo, y eso la hacía sentir como si realmente encajaba. En un momento raro y extremadamente vulnerable, hasta había puesto su brazo alrededor de Finley en la mesa de billar. “Me agradas, Finley”, dijo.

Finley, aparentemente deslumbrado por su detalle y el hecho de que una diosa alta y rubia estaba parada a su lado, se quedó momentáneamente sin habla.

Ramírez se quedó cabizbajo en el bar. Había pasado toda la noche sentado solo. Avery casi se cayó cuando comenzó a caminar hacia allá. Puso su brazo alrededor de su cuello y lo besó en la mejilla.

“¿Ahora te sientes mejor?”, preguntó.

“Eso dolió”.

“Ay”, dijo. “Vámonos de aquí. Te haré sentir mejor”.

“No”, murmuró.

“¿Qué te pasa?”.

Ramírez se veía angustiado cuando se dio la vuelta.

“Tú”, dijo. “Eres increíble en todo lo que haces. ¿Y yo qué? A veces siento que soy tu secuaz. ¿Sabes qué? Hasta que llegaste tú, pensé que era un gran policía, pero cada vez que estamos juntos solo veo mis defectos. Esta mañana, ¿quién más podría haber detenido a ese tipo? En el muelle, ¿quién más podría haber visto lo que viste? ¿Quién más podría haber logrado que Desoto te dejara pasar para luego derribarlo? Eres tan buena, Avery, que me hace cuestionar mi propio valor”.

“No mames”, dijo Avery y puso su frente en contra de la suya. “Eres un gran policía. Me salvaste la vida. De nuevo. Desoto me hubiese partido el cuello en dos”.

“Cualquiera pudo haber hecho eso”, dijo, alejando su frente.

“Eres el policía mejor vestido que conozco”, dijo. “Y el policía más entusiasta. Siempre me haces sonreír con tu actitud positiva”.

“¿En serio?”.

“Sí”, dijo. “Sobreanalizo las cosas demasiado. Y a veces paso largos ratos haciéndolo. Tú me obligas a salir de mi mente y me haces sentir como una mujer”.

Ella le dio un beso en los labios.

Ramírez bajó la cabeza.

“Gracias por eso”, dijo. “En serio. Gracias. Eso significa mucho. Estoy bien. Solo dame un minuto, ¿de acuerdo? Déjame terminar mi trago y pensar en algunas cosas”.

“Claro”, dijo.

El bar estaba aún más lleno que cuando llegaron. Avery escaneó la multitud. Thompson y Jones se habían ido. Finley estaba jugando billar americano. Había otros agentes que reconocía de la oficina, pero nadie que realmente quería saludar. Dos hombres bien vestidos la miraron y señalaron sus bebidas. Ella negó con la cabeza.




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