Una Vez Perdido 
Blake Pierce


Un Misterio de Riley Paige #10
¡Una obra maestra del género de thriller y misterio! Pierce hizo un trabajo magnífico desarrollando a los personajes psicológicamente, tanto así que sientes que estás en sus mentes, vives sus temores y aclamas sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido durante todo el libro. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Opiniones de libros y películas, Roberto Mattos (Una vez desaparecido) UNA VEZ PERDIDO es el libro #10 de la serie exitosa de misterio de Riley Paige, que comienza con UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1), ¡una descarga gratuita con más de 900 opiniones de cinco estrellas! Aún recuperándose de la muerte de su ex compañera, Lucy, y del TEPT de su compañero, Bill, la agente especial del FBI Riley Paige está haciendo todo lo posible para tratar de mantener toda su vida bajo control. Aún tiene que decidir qué hacer con el novio de April, recuperándose de su padre abusivo, y con Blaine, quien está listo para llevar su relación al siguiente nivel. Pero Riley es convocada para trabajar en un nuevo caso antes de poder resolverlo todo. Muchas adolescentes están desapareciendo en un pueblo suburbano idílico del Medio Oeste, y un cuerpo acaba de ser descubierto. La policía está desconcertada, y acuden a Riley para atrapar al asesino antes de que otra chica desaparezca. Para empeorar las cosas, le asignan una nueva compañera, su némesis, la agente especial Roston, quien la interrogó para el caso de Shane. Lo peor de todo es que Shane sigue prófugo, quiere venganza y tiene a la familia de Riley en su punto de mira. Un thriller psicológico oscuro con suspenso emocionante, UNA VEZ PERDIDO es el libro #10 de una nueva serie fascinante, con un nuevo personaje querido, que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. El Libro #11 de la serie de Riley Paige estará disponible pronto.







U N A V E Z P E R D I D O



(UN MISTERIO DE RILEY PAIGE—LIBRO 10)



B L A K E P I E R C E


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros).



Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto.



Derechos de autor © 2017 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976 y las leyes de propiedad intelectual, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida o distribuida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en un sistema de bases de datos o de recuperación sin el previo permiso del autor. Este libro electrónico está licenciado para tu disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otras personas, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Los derechos de autor de la imagen de la cubierta son de aradaphotography, utilizada bajo licencia de Shutterstock.com.


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT

EL ESPOSA PERFECTA (Book #1)

EL TIPO PERFECTO (Book #2)



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE

Al LADO (Libro #1)

LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2)

CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE

SI ELLA SUPIERA (Libro #1)

SI ELLA VIERA (Libro #2)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)

ATRAYENDO (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8)

UNA VEZ ACECHADO (Libro #9)

UNA VEZ PERDIDO (Libro #10)

UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11)

UNA VEZ ATADO (Libro #12)

UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13)

UNA VEZ LATENTE (Libro #14)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE DESEE (Libro #3)

ANTES DE QUE ARREBATE (Libro #4)

ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5)

ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6)

ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7)

ANTES DE QUE CACE (Libro #8)

ANTES DE QUE SE APROVECHE (Libro #9)

ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10)

ANTES DE QUE SE DESCUIDE (Libro #11)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)

UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5)

UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)

UN RASTRO DE VICIO (Libro #3)

UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4)

UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5)


CONTENIDO

PRÓLOGO (#u89c67538-3e3f-543f-aaed-80abd613bbef)

CAPÍTULO UNO (#u69a1536b-c35b-5ed7-9903-63dacdca7f71)

CAPÍTULO DOS (#u1783767f-bc9b-5872-850d-6c6dff31a7d8)

CAPÍTULO TRES (#u0aaf92ff-773e-5cca-aa16-70839b3fc7ec)

CAPÍTULO CUATRO (#u4b38c6a5-03c8-597a-9daa-2ae7a849e120)

CAPÍTULO CINCO (#ueda2c1c9-404c-5eab-8f2f-f14407ae3a04)

CAPÍTULO SEIS (#u0fdf5528-e609-5236-bfc8-efa5641bbadd)

CAPÍTULO SIETE (#ud5488110-0512-5d52-ad6b-f3f07fc34ba0)

CAPÍTULO OCHO (#u0c47ad35-61ce-5718-aad8-36cc4d16d5c0)

CAPÍTULO NUEVE (#u7eb93e4e-948b-5e94-9a9e-6c1a40b3c97e)

CAPÍTULO DIEZ (#ueddf9705-a745-5275-b459-1ec26c57b227)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE (#litres_trial_promo)




PRÓLOGO


Katy Philbin se reía mientras bajaba cuidadosamente por las escaleras.

“¡Deja de reírte!”, se dijo a sí misma.

¿Qué era tan cómico, de todos modos?

¿Por qué estaba riéndose como una niñita, no como la chica de diecisiete años de edad que realmente era?

Quería más que nada en el mundo actuar como una adulta seria.

Después de todo, él la estaba tratando como una adulta. Había estado hablándole como si fuera un adulta durante toda la noche, haciéndola sentirse especial y respetada.

Incluso la había llamado Katherine en lugar de Katy.

Le gustaba mucho cuando la llamaba Katherine.

También le gustaron los tragos para adultos que le preparó toda la noche, que según él se llamaban “Mai Tais”, tan dulces que apenas pudo probar el alcohol.

Y ahora ni siquiera recordaba cuántos se había tomado.

¿Estaba borracha?

“¡Eso sería horrible!”, pensó.

¿Qué pensaría de ella si ni siquiera podía aguantar unos cuantos tragos helados y dulces?

Y ahora se sentía muy mareada.

¿Qué pasaría si se caía por las escaleras?

Miró sus pies, preguntándose por qué no se movían como deberían. ¿Y por qué la luz estaba tan tenue aquí?

Para su vergüenza, ni siquiera recordaba exactamente por qué estaba aquí en este tramo de escaleras de madera que cada vez parecían más largas.

“¿Adónde vamos?”, preguntó.

Sus palabras no salieron bien, pero al menos había logrado dejar de reírse.

“Te lo dije”, le dijo él en respuesta. “Quiero mostrarte algo”.

Miró a su alrededor para encontrarlo. Estaba en algún lugar al final de las escaleras, pero ella no podía verlo. Solo había una lámpara en una esquina que no alumbraba mucho.

Pero esa luz fue suficiente para recordarle dónde estaba.

“Ah, sí”, murmuró. “En tu sótano”.

“¿Estás bien?”.

“Sí”, dijo, tratando de convencerse de que era verdad. “Ya bajo”.

Obligó a un pie a llegar al siguiente escalón.

Ella lo oyó decir: “Vamos, Katy. Lo que prometí mostrarte está aquí”.

En ese momento entró en cuenta...

“Me llamó Katy”.

Se sintió extrañamente decepcionada, ya que había pasado toda la noche llamándola Katherine.

“Estaré ahí en un minuto”, dijo.

Cada vez le estaba costando más pronunciar bien las palabras.

Y, por alguna razón, eso le pareció muy cómico.

Lo oyó reírse.

“¿Estás pasándola bien, Katy?”, le preguntó en una voz agradable, una voz en la que había confiado por muchos años.

“Demasiado bien”, dijo, riéndose de nuevo.

“Me alegra”.

Pero ahora el mundo parecía estar dando vueltas a su alrededor. Se sentó en las escaleras con cuidado, agarrándose de la barandilla.

El hombre volvió a hablar en una voz menos paciente.

“Date prisa, chica. No voy a quedarme aquí esperándote toda la noche”.

Katy se puso de pie, luchando por despejar su mente. No le gustaba el tono de su voz. Pero entendía su impaciencia. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué no podía bajar estas escaleras?

Le estaba resultando cada vez más difícil centrarse en dónde estaba y lo que estaba haciendo.

Perdió su agarre sobre la barandilla y se dejó caer sobre el escalón.

Se preguntó de nuevo cuántos tragos se había tomado.

Entonces recordó.

“Dos”.

¡Solo dos!

Pero no había bebido nada desde aquella noche horrible...

No hasta hoy… pero de todos modos solo fueron dos tragos.

Por un momento no pudo respirar.

“¿Está volviendo a suceder?”.

Se dijo a sí misma que debía dejarse de tonterías.

Ella estaba sana y salva aquí con un hombre en el que confiaba.

Y ella estaba haciendo el ridículo, y eso era lo último que quería, sobre todo con él, cuando la había tratado tan bien y le había servido todos esos tragos y...

Y ahora todo estaba borroso y oscuro.

Y sentía náuseas.

“No me siento bien”, dijo.

Él no respondió, y ella no podía verlo.

No podía ver nada.

“Creo que... creo que debería irme a casa”, dijo.

El hombre siguió callado.

Subió las manos a ciegas, tanteando en el aire.

“Ayúdame... ayúdame a levantarme de las escaleras. Ayúdame a subir”.

Ella oyó sus pasos acercándose a ella.

“Él me va a ayudar”, pensó.

Entonces, ¿por qué esa sensación de malestar se estaba intensificando con cada segundo?

“Llévame a casa”, le dijo. “¿Podrías hacer eso por mí? ¿Por favor?”.

Sus pasos se detuvieron.

Podía sentir su presencia justo en frente de ella, aunque no podía verlo.

Pero ¿por qué no le decía nada?

¿Por qué no estaba haciendo nada para ayudarla?

Entonces entendió qué era esa sensación de náuseas.

Miedo.

Se armó de la última gota de valor que le quedaba, extendió la mano y agarró la barandilla, y se puso de pie.

“Tengo que irme”, pensó. Pero fue incapaz de decir las palabras en voz alta.

Entonces Katy sintió un fuerte golpe en la cabeza.

Y luego no sintió nada en absoluto.




CAPÍTULO UNO


Riley Paige se esforzó por contener las lágrimas. Estaba sentada en su oficina en Quántico, mirando una foto de una mujer joven con un yeso en su tobillo.

“¿Por qué me estoy castigando así?”, se preguntó a sí misma.

Después de todo, tenía otras cosas en qué pensar en este momento, especialmente en la reunión que tendría en la UAC en unos minutos. Riley temía esa reunión ya que podía poner en peligro su futuro profesional.

A pesar de ello, Riley no pudo obligarse a apartar la mirada de la imagen en su teléfono celular.

Había tomado esa foto de Lucy Vargas el pasado otoño, aquí en las oficinas de la Unidad de Análisis de Conducta. El tobillo de Lucy estaba enyesado, pero su sonrisa era simplemente radiante, un contraste deslumbrante a su piel marrón. Lucy acababa de resultar herida en el primer caso en el que trabajó con Riley y su compañero, Bill Jeffreys. Pero Lucy había hecho un gran trabajo, y ella lo sabía, y Riley y Bill también. Por eso estaba sonriendo.

La mano de Riley tembló un poco mientras sostenía el teléfono celular en su mano.

Lucy había sido abatida por un francotirador trastornado.

Había muerto en los brazos de Riley. Pero ella sabía que la muerte de Lucy no había sido su culpa.

Ella deseaba que Bill se sintiera igual. Su compañero estaba de permiso obligatorio y no estaba nada bien.

Riley se estremeció al recordar cómo las cosas se habían desarrollado.

La situación había sido caótica y, en lugar de dispararle al francotirador, Bill le disparó a un hombre inocente que estaba tratando de ayudar a Lucy. Afortunadamente, el hombre no resultó gravemente herido, y nadie culpó a Bill por sus acciones, y menos aún Riley. Nunca lo había visto tan debilitado por culpa y trauma. Riley se preguntó qué tan pronto podría volver a trabajar, o si es que podría volver en absoluto.

La garganta de Riley se tensó al recordar tener a Lucy en sus brazos.

“Tienes una gran carrera por delante”, le había dicho Riley. “No te nos vayas, Lucy. Quédate con nosotros”.

Pero fue inútil. Lucy había perdido demasiada sangre. Riley sintió la vida de Lucy desvaneciéndose en sus brazos.

Y ahora Riley tenía lágrimas corriendo por sus mejillas.

Sus recuerdos fueron interrumpidos por una voz familiar.

“Agente Paige...”.

Riley levantó la mirada y vio a Sam Flores, el técnico de laboratorio con anteojos de montura negra. Estaba de pie en la puerta de su oficina.

Riley contuvo un jadeo. Se secó las lágrimas apresuradamente y colocó su teléfono celular boca abajo sobre el escritorio.

Pero sabía por la expresión afligida de Sam que él había vislumbrado lo que ella había estado mirando. Y eso era lo último que quería.

Sam y Lucy tuvieron un pequeño romance, y él había tomado muy mal la noticia de su muerte. Todavía se veía muy desolado.

Flores miró a Riley con tristeza, pero no le preguntó lo que acababa de interrumpir.

En cambio, dijo: “Estoy en camino a la reunión. ¿Asistirás?”.

Riley asintió, y Sam también asintió con la cabeza en respuesta.

“Bueno, buena suerte, agente Paige”, dijo, y luego siguió su camino.

Riley murmuró en voz baja a sí misma...

“Sí, buena suerte”.

Sam parecía saber que la necesitaría para esta reunión.

Era el momento de recomponerse y enfrentar lo que venía.



*



Un poco más tarde, Riley se encontraba sentada en la gran sala de conferencias rodeada de más personal de la UAC de los que había esperado, incluyendo técnicos e investigadores en una amplia gama de capacidades. No todas las caras eran conocidas, y no todas ellas eran amigables.

“Me vendría bien un aliado en este momento”, pensó.

Extrañaba mucho la presencia de Bill. Sam Flores estaba sentado cerca de ella, pero se veía demasiado desolado como para ser de ayuda en este momento.

La cara menos agradable de todas era la del agente especial encargado Carl Walder, quien estaba sentado justo enfrente de ella. El hombre con la cara infantil llena de pecas miró a Riley, y luego a un informe escrito que tenía enfrente.

Dijo con malhumor: “Agente Paige, estoy tratando de entender lo que está pasando aquí. Hemos aceptado una petición para que agentes vigilen tu casa las veinticuatro horas. Esto parece tener algo que ver con las actividades recientes de Shane Hatcher, pero no estoy seguro exactamente cómo o por qué. Por favor explícame”.

Riley tragó grueso.

Había sabido que esta reunión trataría de su relación con Shane Hatcher, un convicto fugado brillante y peligroso.

También sabía que una explicación completa y honesta podría significar el fin de su carrera.

Incluso podría significar tiempo en prisión.

Ella dijo: “Agente Walder, como ya sabes, Shane Hatcher fue visto por última vez en mi cabaña en los montes Apalaches”.

Walder asintió y esperó a que Riley continuara.

Riley sabía que tenía que elegir sus palabras con mucho cuidado. Hasta hace poco, ella y Hatcher habían tenido un pacto secreto. A cambio de ayudar a Riley en un caso muy personal, Riley había acordado dejar a Hatcher esconderse en la cabaña que había heredado de su padre.

Había sido un pacto con el diablo, y a Riley le avergonzaba lo que había hecho.

Riley continuó: “Como también saben, Hatcher se le escapó a un equipo SWAT del FBI que rodeaba mi cabaña. Tengo razones para creer que podría aparecer en mi casa”.

Walder la miró con recelo.

“¿Por qué crees eso?”.

“Hatcher está obsesionado conmigo”, dijo Riley. “Ahora que fue avistado, estoy bastante segura de que tratará de comunicarse conmigo. Si es así, los agentes alrededor de mi casa tendrán una buena oportunidad de capturarlo”.

Riley se encogió un poco por dentro.

Era una verdad a medias en el mejor de los casos.

La verdadera razón por la que quería agentes alrededor de su casa era para que la protegieran a ella y a su familia.

Walder tamborileó los dedos sobre la mesa.

“Agente Paige, dices que Hatcher está obsesionado contigo. ¿Segura que la obsesión no es mutua?”.

La insinuación molestó a Riley un poco.

Se sintió aliviada cuando su superior inmediato, Brent Meredith, tomó la palabra. Meredith tenía la misma presencia intimidante de siempre, con sus rasgos negros y angulosos y su mirada severa. Pero la relación de Riley con Meredith siempre había sido respetuosa, incluso agradable. Había sido su aliado en tiempos difíciles.

Ella esperaba que lo fuera en estos momentos.

Meredith dijo: “Jefe Walder, creo que la solicitud de la agente Paige de tener agentes vigilando su casa está fundada. No debemos pasar por alto ni siquiera la más remota posibilidad de llevar a Hatcher ante la justicia”.

“Sí”, dijo Walder. “Y no estoy satisfecho con el hecho de que se escapó aunque sabíamos exactamente dónde estaba”. Walder se enderezó en su silla, miró directamente a Riley y le preguntó: “Agente Paige, ¿le avisaste a Hatcher que había un equipo SWAT por la cabaña?”.

Riley oyó un jadeo en la sala.

No muchas personas tendrían el valor de hacerle esa pregunta. Pero Riley tuvo que contener su risa. Esta era una pregunta que podía contestar con la verdad. Esa era la razón por la que ya no le tenía miedo a Hatcher.

“No, no lo hice”, dijo Riley con firmeza, dándole una mirada fulminante.

Walder fue el primero en desviar la mirada. Se volvió a Jennifer Roston, una mujer afroamericana joven con pelo corto y liso que estaba sentada mirando a Riley con ojos oscuros intensos.

“¿Tienes alguna pregunta, agente Roston?”, le preguntó.

Roston se quedó callada. Riley esperó su respuesta con cierta ansiedad. Roston había sido asignada a llevar a Shane Hatcher ante la justicia. Roston era nueva en la UAC y estaba ansiosa de dejar su huella. Riley no creía que la nueva agente sería su aliada.

Roston no le había quitado los ojos de encima durante toda la reunión.

“Agente Paige, ¿podrías explicarnos la naturaleza exacta de tu relación con Shane Hatcher?”.

Riley se molestó de nuevo.

Ella quería decir que no, pero estaba comenzando a entender la táctica de Roston.

Hace unos días, Roston había interrogado a Riley en privado sobre este mismo tema en esta misma sala.

Ahora Roston tenía la intención de hacerle las mismas preguntas de nuevo, con la esperanza de pillar a Riley contradiciéndose. Roston esperaba que Riley no aguantara la presión de una gran reunión como esta y se delatara. Y Riley sabía por experiencia que no debía subestimarla. Roston era muy hábil en juegos mentales.

“Di lo menos posible”, se dijo a sí misma. “Ten mucho cuidado”.



*



A lo que la reunión terminó, todo el mundo salió de la sala, excepto Riley.

Ahora que todo había terminado, Riley se sentía demasiado sobresaltada como para levantarse de la silla.

Roston le había hecho preguntas conocidas, como con qué frecuencia Riley se había comunicado con Hatcher, y cómo. Ella también le había preguntado acerca de la muerte de Shirley Redding, una agente de bienes raíces que había ido a la cabaña en contra de su voluntad y murió allí. La policía no sospechaba juego sucio, pero Riley estaba segura de que Hatcher la había matado por haberse metido en su territorio. Riley sentía que Roston también sospechaba la verdad.

Riley respondió todas las preguntas de Roston con mentiras familiares.

Sabía que Roston no estaba nada satisfecha con sus respuestas.

“Esto no ha terminado”, pensó con un escalofrío. ¿Cuánto tiempo esperaba poder seguir ocultando toda la verdad sobre su relación con Hatcher?

Sin embargo, también tenía una preocupación mucho más aterradora sobre sus hombros.

¿Qué va a hacer Shane Hatcher ahora?

Sabía que se sentía muy traicionado por el hecho de que ella no le había advertido sobre el equipo SWAT. De hecho, él mismo se había dejado ver en la cabaña. También había permitido que el FBI se le acercara, solo para probar su lealtad para con él.

Desde la perspectiva de Hatcher, ella había reprobado la prueba.

Recordó el mensaje de texto que le había enviado a ella después:



Vivirás para lamentarlo. Tu familia quizás no.



Ella conocía a Hatcher demasiado bien como para no tomar sus amenazas en serio.

Riley se quedó sentada en la mesa, apretando sus manos con ansiedad.

“¿Cómo permití que todo esto llegara tan lejos?”, se preguntó.

¿Por qué permitió que su relación con Hatcher continuara, incluso después de su fuga de la cárcel?

Algo que Walder acababa de decir seguía resonando en su mente:

“Dices que Hatcher está obsesionado contigo. ¿Segura que la obsesión no es mutua?”.

Ahora que se encontraba sentada aquí sola, no podía negar la verdad detrás de la pregunta de Walder.

Hatcher la había fascinado desde que lo conoció en Sing Sing, en busca de su experiencia considerable como criminólogo autodidacta. Todavía la fascinaba ahora que estaba prófugo; le fascinaba su brillantez, su crueldad y su extraña capacidad de lealtad. De hecho, Riley sentía un vínculo extraño con él, un vínculo que Hatcher hacía todo lo posible para fortalecer y manipular.

Era justo como Hatcher le había dicho varias veces:

“Estamos unidos en nuestras mentes, Riley Paige”.

Riley se estremeció al pensarlo.

Esperaba haber roto ese vínculo.

Pero ¿al hacerlo había hecho que Shane Hatcher decidiera derramar su ira sobre la gente que más quería?

En ese momento, Riley escuchó una voz detrás de ella.

“Agente Paige...”.

Riley se volvió y vio que Jennifer Roston acababa de regresar a la sala.

“Creo que tú y yo tenemos más de qué hablar”, dijo Roston, sentándose en la mesa enfrente de Riley.

La mente de Riley se inundó de temor.

¿Qué truco podría tener Roston bajo la manga ahora?




CAPÍTULO DOS


Riley y Jennifer Roston se quedaron mirándose en la sala de conferencias sin decir nada durante casi un minuto.

Riley no soportaba el suspenso.

Finalmente, Roston dijo: “Menudo show el de hace un rato, agente Paige”.

Riley se sintió incomodada y enojada.

“No tengo porqué aguantarme esto”, gruñó, comenzando a levantarse de la silla para irse.

“No, no te vayas”, dijo Roston. “No sin escuchar lo que tengo en mente”.

Luego, con una sonrisa extraña, agregó: “Quizás te sorprenda”.

Riley sentía que sabía perfectamente bien lo que Roston tenía en mente.

Se había abocado de lleno a acabar con Riley.

Sin embargo, Riley se quedó sentada. Ya era hora de solucionar este lío con Roston. Y, además, tenía curiosidad.

Roston dijo: “En primer lugar, creo que comenzamos por mal pie. Ha habido algunos malentendidos. Mi intención no era que nos convirtiéramos en enemigas. Por favor créeme. Te admiro. Y mucho. Llegué a la UAC ansiosa de trabajar contigo”.

Riley estaba un poco desconcertada. La expresión facial y el tono de voz de Roston parecían totalmente sinceros. La verdad era que a Riley le había impresionado mucho todo lo que había oído hablar de Roston. Sus resultados en la academia fueron sorprendentes, y ya había obtenido distinciones por su trabajo de campo en Los Ángeles.

Y ahora, aquí sentada mirándola, Riley se sintió sorprendida de nuevo por el comportamiento de Roston. La mujer era bajita, pero compacta y deportiva, e irradiaba energía y entusiasmo.

Pero este no parecía el momento adecuado para elogiar a la nueva agente. Simplemente había habido demasiada tensión y desconfianza entre ellas.

Después de una pausa, Roston dijo: “Creo que tenemos mucho que ofrecernos. Ahora mismo. De hecho, estoy bastante segura de que las dos queremos exactamente lo mismo”.

“¿Qué?”, preguntó Riley.

Roston sonrió e inclinó la cabeza un poco.

“Acabar con la carrera criminal de Shane Hatcher”.

Riley no respondió. Después de un momento, Riley entendió que las palabras de Roston eran perfectamente ciertas. Ella ya no consideraba a Shane Hatcher un aliado. De hecho, él era un enemigo peligroso. Y tenía que ser detenido antes de que le hiciera daño a sus seres queridos.

Para hacer eso, tendría que ser capturado o muerto.

“Continúa”, dijo Riley.

Roston metió la barbilla y se inclinó hacia Riley.

“Voy a decir algunas cosas”, dijo. “Quiero que las escuches sin decir nada. No niegues ni tampoco digas “sí” a lo que te diré. Solo escucha”.

Riley asintió con inquietud.

“Tu relación con Shane Hatcher continuó incluso después de su fuga de Sing Sing. De hecho, se volvió más intensa. Te has comunicado con él más de una vez, varias veces, de hecho, de vez en cuando en persona. Él te ha ayudado en casos oficiales, y él te ha ayudado en formas más personales. Tu relación con él se ha vuelto... ¿cuál es la palabra? Simbiótica”.

Le costó mucho a Riley no reaccionar ante lo dicho.

Obviamente todo era cierto.

Roston continuó: “Estoy bastante segura de que estabas consciente de su presencia en tu cabaña. De hecho, es probable que le permitiste quedarse allá. Pero la muerte de Shirley Redding no fue un accidente. Y no era parte de tu trato con él. Hatcher se descontroló, y ya no quieres tener nada que ver con él. Pero le tienes miedo. No sabes cómo romper la conexión”.

Un silencio inquietante cayó entre Riley y Roston. Riley se preguntó cómo sabía todo esto. Parecía francamente extraño. Pero Riley no creía en la telepatía.

“No, simplemente es tremenda detective”, pensó Riley.

Esta nueva agente era extremadamente inteligente, y sus instintos e intuición parecían estar a la par con los de Riley.

Pero ¿qué estaba tratando de hacer en este momento? ¿Estaba tendiéndole una trampa, tratando de hacer que confesara todo lo que había pasado entre ella y Hatcher?

Por alguna razón, los instintos de Riley le estaban diciendo lo contrario.

Pero ¿se atrevía confiar en ella?

Roston estaba sonriendo enigmáticamente.

“Agente Paige, ¿crees que no sé cómo te sientes? ¿Crees que no tengo mis propios secretos? ¿Crees que no me he sobrepasado, que no he hecho pactos con personas con las que no debería haberlos hecho? Créeme, sé exactamente con lo que estás lidiando. Tomaste un riesgo, y a veces hay que romper las reglas. Así que las rompiste. No son muchos los agentes que tienen las agallas para hacerlo. Realmente quiero ayudarte”.

Riley estudió el rostro de Roston sin responder. Fue impactada de nuevo por la sinceridad de la agente más joven.

Riley sentía una sonrisa sombría formándose en las comisuras de sus labios. Al parecer algo oscuro se ocultaba en el interior de Roston, al igual que se ocultaba en ella.

Roston dijo: “Agente Paige, cuando empecé a trabajar en el caso de Hatcher, me diste acceso a todos los archivos informáticos que tenías de él. Excepto uno llamado ‘PENSAMIENTOS’. Fue incluido en el resumen, pero no lo pude encontrar. Me dijiste que lo eliminaste. Me dijiste que solo eran notas y cosas redundantes”.

Roston se echó hacia atrás en su silla, al parecer un poco más relajada.

Pero Riley no estaba nada relajada ya que había eliminado el archivo llamado PENSAMIENTOS apresuradamente. Ese archivo en realidad contenía información vital acerca de las conexiones financieras de Hatcher, conexiones que le permitían permanecer en libertad con mucho poder bajo la manga.

Roston dijo: “Estoy bastante segura de que todavía tienes ese archivo”.

A Riley se le pusieron los pelos de punta. El hecho era que ella había guardado el archivo en una unidad USB. A menudo pensaba en borrarlo, pero por alguna razón no se atrevía a hacerlo. El hechizo de Hatcher sobre ella había sido fuerte. Y tal vez pensaba que podría tener que usar esa información algún día para sí misma.

En lugar de borrarlo, lo había llevado consigo a todas partes en un estado de indecisión.

Estaba en su cartera en este momento.

“Estoy bastante segura de que ese archivo es importante”, dijo Roston. “De hecho, podría contener información que necesito para poner a Hatcher tras las rejas de una vez por todas. Y las dos queremos eso. No me cabe duda”.

Riley tragó grueso.

“No debo decir nada”, pensó.

Pero todo lo que Roston acababa de decir tenía sentido.

Esa unidad USB podría ser la clave para liberar a Riley de las garras de Shane Hatcher.

La expresión de Roston se suavizó un poco.

“Agente Paige, voy a hacerte una promesa solemne. Si me das esa información, nadie sabrá que la retuviste. No se lo diré a nadie. Jamás”.

Riley sentía que su resistencia estaba perdiendo la pelea.

Sus instintos le aseguraban que Roston estaba siendo sincera.

Alcanzó su cartera, sacó la unidad USB, y se la entregó a la agente más joven. Los ojos de Roston se abrieron un poco, pero no dijo ni una palabra. Solo asintió y se metió la unidad en el bolsillo.

Riley se sentía desesperada por romper el silencio.

“¿Algo más que quieras discutir, agente Roston?”.

La agente más joven se echó a reír.

“Por favor llámame Jenn. Todos mis amigos lo hacen”.

Riley miró a Roston con incertidumbre mientras se levantó de su silla.

“Eso sí, no presumiré llamarte otra cosa que agente Paige. No hasta que te sientas cómoda con que te llame por tu nombre. Pero por favor llámame Jenn. Insisto”.

Roston salió de la sala, dejando a Riley atónita.



*



Riley se dispuso a terminar el papeleo que tenía pendiente en su oficina. Cada vez que no estaba trabajando en un caso, parecía que toneladas de trámites burocráticos y aburridos esperaban por ella.

Siempre era desagradable. Pero hoy le estaba costando más centrarse en lo que estaba haciendo. Le preocupada mucho que quizás acababa de cometer un error terriblemente estúpido.

¿Por qué le entregó ese archivo a Jennifer Roston, o “Jenn”, como ahora insistía en que Riley la llamara?

Era demasiado confuso.

¿Por qué se lo había entregado a esta agente en particular, cuando no se lo había mostrado a nadie? ¿Cómo podía una agente joven y ambiciosa no reportar esta transgresión de Riley a sus superiores, tal vez incluso al mismísimo Carl Walder?

Riley podría ser arrestada en cualquier momento.

¿Por qué no eliminó el archivo?

O también pudo haberlo botado, como lo hizo con la pulsera de oro que Hatcher le había dado. Había sido un símbolo de su vínculo con Hatcher. También contenía un código para comunicarse con él.

Riley lo había tirado a la basura en un esfuerzo frenético por liberarse de él.

Pero, por alguna razón, no había sido capaz de obligarse a hacer lo mismo con la unidad USB.

¿Por qué?

La información financiera que contenía era sin duda suficiente para al menos limitar los movimientos y actividades de Hatcher.

Tal vez hasta suficiente para detenerlo.

Era un acertijo, al igual que muchos de los aspectos de su relación con Hatcher.

Mientras que Riley estaba ordenando papeles sobre su escritorio, su teléfono celular sonó. Era un mensaje de texto de un número desconocido. Riley se quedó sin aliento cuando vio lo que decía.



¿Creías que eso me detendría? Ya moví todo. Para que después no digas que no te lo advertí.



A Riley le resultó difícil respirar.

“Shane Hatcher”, pensó.




CAPÍTULO TRES


Riley se quedó mirando el mensaje de texto, sintiendo pánico en su interior.

No era difícil adivinar lo que había sucedido. Jenn Roston abrió el archivo tan pronto como ella y Riley se separaron. Jenn se enteró de lo que había en él y se puso a trabajar inmediatamente para acabar con la operación de Hatcher.

Pero, en su mensaje, el propio Hatcher le anunció con una actitud desafiante que Jenn no había tenido éxito.



Ya moví todo.



Shane Hatcher todavía estaba prófugo y estaba enojado. Con sus recursos financieros intactos, podría ser más peligroso que nunca.

“Tengo que responderle”, pensó. “Tengo que razonar con él”.

Pero ¿cómo? ¿Qué podía decir para no enfurecerlo más?

Entonces se le ocurrió que Hatcher quizás no entendía lo que estaba pasando.

¿Cómo podía saber que Roston era la que estaba saboteando su red, y no Riley? Tal vez podría hacerlo comprender al menos eso.

Sus manos temblaron mientras tecleó la respuesta.



Déjame explicar.



Pero cuando trató de enviar el mensaje de texto, salió marcado: “no se puede entregar”.

Riley gimió con desesperación.

Exactamente lo mismo le había sucedido la última vez que intentó comunicarse con Hatcher. Él le había enviado un mensaje críptico y luego no le permitió responderle. Solía ser capaz de comunicarse con Hatcher por videollamada, mensajes de texto e incluso llamadas telefónicas. Pero esos días habían quedado atrás.

Ahora no tenía forma de comunicarse con él.

Pero él sí tenía formas de llegar a ella.

La segunda frase de su nuevo mensaje era la más aterradora.



Para que después no digas que no te lo advertí.



Riley recordó de nuevo la última vez que se comunicó con él.



Vivirás para lamentarlo. Tu familia quizás no.



Riley abrió la boca y dijo en voz alta...

“¡Mi familia!”.

Tomó su teléfono celular y marcó el número de su casa. Lo oyó sonar y sonar. Luego oyó su propia voz en el mensaje de la contestadora.

Riley estaba a punto de comenzar a gritar.

¿Por qué nadie contestaba el teléfono? Las escuelas estaban de vacaciones de primavera. Se suponía que las chicas estaban en casa. ¿Y dónde estaba el ama de llaves de Riley, Gabriela?

Antes de que terminara el mensaje de la contestadora, oyó la voz de Jilly, la chica de trece años de edad que Riley estaba en el proceso de tratar de adoptar. Jilly sonaba como si no tuviera aliento.

“Hola. Lo siento, mamá. Gabriela fue a la tienda. April, Liam y yo estábamos en el patio trasero pateando un balón de fútbol. Estamos esperando a Gabriela, debe estar por llegar”.

Riley se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento. Hizo un esfuerzo consciente para comenzar a respirar de nuevo.

“¿Todo bien?”, preguntó.

“Claro”, dijo Jilly. “¿Por qué no lo estaría?”.

Riley trató de calmarse.

“Jilly, ¿podrías hacerme el favor de mirar por la ventana del frente?”.

“Está bien”, dijo Jilly.

Riley oyó unos pasos.

“Estoy mirando”, dijo Jilly.

“¿Aún ves la furgoneta con los agentes del FBI afuera?”.

“Sí. Y también está la del callejón. Acabo de verla cuando estaba en el patio trasero. Si ese tipo Shane Hatcher viene, esos agentes de seguro lo atraparán. ¿Pasó algo? Me estás asustando”.

Riley forzó una risita.

“No, no pasa nada. Solo estoy comportándome como una mamá preocupada, supongo”.

“Está bien. Nos vemos”.

Riley finalizó la llamada. Aún se sentía preocupada.

Se fue por el pasillo y directamente a la oficina de Brent Meredith.

Ella balbuceó: “Señor, yo-yo tengo que tomarme el resto del día libre”.

Meredith levantó la mirada de su trabajo.

“¿Puedo saber por qué, agente Paige?”, preguntó.

Riley abrió la boca, pero no podía hablar. Si le explicaba que acababa de recibir una amenaza de Shane Hatcher, ¿no insistiría en ver el mensaje? ¿Cómo podría mostrárselo sin confesar que acababa de darle el archivo a Jenn Roston?

Meredith se veía preocupado. Parecía saber que algo andaba mal, y que Riley no podía hablar del asunto.

“Anda”, dijo. “Espero que todo esté bien”.

El corazón de Riley se llenó de agradecimiento ante la comprensión y discreción de Meredith.

“Gracias, señor”, dijo.

Luego se apresuró en salir del edificio y se subió a su auto para irse a casa.



*



Mientras se acercaba a su casa adosada en un vecindario tranquilo de Fredericksburg, se sintió aliviada al ver que la furgoneta del FBI seguía ahí. Riley sabía que había otra furgoneta estacionada en el callejón. A pesar de que los vehículos no estaban marcados, definitivamente llamaban la atención. Pero no había nada que hacer al respecto.

Riley estacionó su auto en la entrada, se acercó a la furgoneta y miró dentro de la ventanilla del pasajero.

Dos agentes jóvenes estaban sentados en los asientos delanteros: Craig Huang y Bud Wigton. Riley se sintió un poco mejor. Tenía a los dos agentes en alta estima, y había trabajado con Huang varias veces recientemente. Huang le había parecido demasiado entusiasta cuando llegó a la UAC, pero estaba convirtiéndose en un excelente agente. No conocía a Wigton tan bien, pero tenía una excelente reputación.

“¿Pasó algo?”, les preguntó Riley.

“Nada de nada”, dijo Huang.

Huang sonaba aburrido, pero Riley se sintió aliviada. Para ella, esa era una buena noticia. Pero ¿era tan bueno que no duraría?

“¿Puedo echarle un vistazo al interior?”, preguntó Riley.

“Claro”, dijo Huang.

La puerta lateral de la furgoneta sin ventanas se abrió, y Riley entró y encontró a otra agente, Grace Lochner. Riley sabía que Grace también tenía una excelente reputación en la UAC.

Lochner estaba sentada frente a una serie de pantallas de video. Se volvió hacia Riley con una sonrisa.

“¿Qué es esto?”, preguntó Riley.

Al parecer ansiosa de mostrar la tecnología a su disposición, Lochner señaló un par de pantallas que mostraban vistas aéreas de la vecindad.

Ella dijo: “Aquí tenemos imágenes satelitales en tiempo real que muestran todo en un radio de casi un kilómetro. Nadie puede acercarse aquí sin que nos demos cuenta”.

Riendo un poco, Lochner agregó: “Me alegra de que vivas en un vecindario tranquilo. Así no tenemos que hacerle seguimiento a tantas personas”.

Ella señaló varias pantallas que mostraban más actividad.

Le dijo: “Tenemos cámaras ocultas por el vecindario para ver lo que está pasando más de cerca. Podemos verificar la matrícula de cualquier vehículo que se aproxima”.

Oyó una voz sobre un intercomunicador.

“¿Tienen visita?”.

Lochner respondió: “La agente Paige pasó por la furgoneta para saludarnos”.

La voz dijo: “Hola, agente Paige. Habla el agente Cole, desde el vehículo atrás de tu casa. Tengo a los agentes Cypher y Hahn conmigo también”.

Riley sonrió. Todos esos eran nombres conocidos de agentes respetados.

Riley dijo: “Me alegra que estén aquí”.

“Lo hacemos con gusto”, dijo el agente Cole.

A Riley le impresionó la comunicación entre las dos furgonetas. Veía la furgoneta detrás de su casa en algunas de las pantallas de Lochner. Obviamente, nada le podía pasar a cualquiera de los equipos sin que el otro equipo se enterara de inmediato.

A Riley también le alegraba el despliegue de armamento almacenado dentro de la furgoneta. El equipo tenía suficientes armas para luchar contra un pequeño ejército si fuera necesario.

Pero no pudo evitar preguntarse si sería suficiente para combatir a Shane Hatcher. Salió de la furgoneta y se dirigió hacia su casa, diciéndose a sí misma que no debía preocuparse. Creía que no era posible que ni siquiera Shane Hatcher pudiera frustrar toda esta seguridad.

Aun así, no pudo evitar recordar el mensaje de texto que acababa de recibir.



Para que después no digas que no te lo advertí.




CAPÍTULO CUATRO


Cuando Riley entró en su casa, el lugar se sintió siniestramente vacío.

“Llegué”, dijo en voz alta.

Pero nadie respondió.

“¿Dónde están?”, pensó. Comenzó a entrar en pánico.

¿Era posible que Shane Hatcher había violado toda la seguridad después de todo?

Riley se esforzó por no imaginar lo que pudo haber pasado si lo hubiera hecho. Su pulso y respiración se aceleraron mientras corrió a la sala de estar.

Sus tres hijos, April, Liam y Jilly, estaban allí. April y Liam estaban jugando ajedrez y Jilly estaba jugando un videojuego.

“¿No me oyeron llegar?”, preguntó.

Los tres la miraron con expresiones vacías. Obviamente estaban concentrados en lo que estaban haciendo.

Estaba a punto de preguntarles dónde estaba Gabriela cuando oyó la voz de su ama de llaves detrás de ella.

“Hola, Riley. Veo que ya llegaste. Estaba abajo y creí haber oído la puerta”.

Riley le sonrió a la mujer guatemalteca robusta.

“Sí, acabo de llegar”, dijo ella, respirando con más tranquilidad ahora.

Con un movimiento de cabeza y una sonrisa de bienvenida, Gabriela se volvió y se dirigió hacia la cocina.

April levantó la mirada del juego que estaba jugando con Liam.

“¿Todo bien, mamá? Te ves un poco agitada”.

“Estoy bien”, dijo Riley.

April volvió su atención al juego.

Riley se tomó un momento para admirar lo madura que se veía su hija de quince años de edad. April era delgada, alta y de cabello oscuro, con los ojos color avellana de Riley. April había pasado por muchas situaciones mortales en estos últimos meses. Pero ella parecía estar muy bien ahora.

Riley miró a Jilly, una niña más pequeña con piel color oliva y ojos oscuros y grandes. Riley estaba en el proceso de adoptarla. Ahora mismo, Jilly estaba sentada frente a una gran pantalla, disparándoles a tipos malos.

Riley frunció el ceño un poco. No le gustaban los videojuegos violentos. Para ella, hacían que la violencia, especialmente la violencia con armas, pareciera demasiado atractiva. Creía que tenían especialmente una mala influencia en los niños.

Sin embargo, Riley consideraba que tal vez estos juegos eran inofensivos en comparación con la propia experiencia de Jilly. Después de todo, la chica de trece años de edad había sobrevivido a horrores reales. Riley había encontrado a Jilly tratando de vender su cuerpo por desesperación. Gracias a Riley, Jilly tenía una oportunidad de una vida mejor.

Liam levantó la mirada del tablero de ajedrez.

“Hola, Riley. Me preguntaba…”.

Vaciló antes de hacer la pregunta.

Liam era el recién llegado de la familia. Riley no tenía planes de adoptar al chico alto y desgarbado de cabello rojo y ojos azules, pero lo había rescatado de un padre borracho que lo golpeaba. Necesitaba un lugar para vivir en este momento.

“¿Qué pasa, Liam?”, preguntó Riley.

“¿Puedo ir a una competencia de ajedrez mañana?”.

“¿Puedo ir contigo?”, preguntó April.

Riley volvió a sonreír. Liam y April habían estado saliendo cuando Liam se vino a vivir aquí en la sala de estar, pero habían prometido mantener esa relación en pausa por los momentos. Tenían que ser hermanos solamente, según las palabras de Gabriela.

A Riley le agradaba mucho Liam, más aún debido a la influencia positiva que el niño brillante tenía sobre April. Había logrado que April se interesara en el ajedrez, las lenguas extranjeras y en el trabajo escolar en general.

“Por supuesto que pueden ir”, dijo.

Pero luego sintió un nudo de preocupación en la garganta. Sacó su teléfono celular, encontró algunas fotos de Shane Hatcher y se las mostró a los tres niños.

“Pero tienen que estar alertas por si ven a Shane Hatcher”, dijo. “Tienen estas fotos en sus propios teléfonos. Recuerden exactamente cómo es. Comuníquense conmigo de inmediato si ven a alguien que se le parezca, así sea un poquito”.

Liam y April miraron a Riley con sorpresa.

“Ya nos dijiste esto”, dijo Jilly. “Y hemos visto esas fotos miles de veces. ¿Pasó algo?”.

Riley vaciló por un momento. No quería asustar a los chicos. Pero sentía que tenían que ser advertidos.

“Recibí un mensaje de Hatcher hace un rato”, dijo. “Fue...”.

Ella vaciló de nuevo.

“Fue una amenaza. Es por eso que quiero que todos ustedes estén especialmente alertas”.

Para sorpresa de Riley, Jilly le sonrió.

“¿Esto decir que podemos faltar a la escuela cuando se acaben las vacaciones de primavera?”, preguntó.

La indiferencia de Jilly sorprendió a Riley. Pero tal vez Jilly tenía razón. Quizás no deberían ir a la escuela. Y quizás Liam y April no deberían ir a esa competencia de ajedrez mañana.

Antes de que pudiera pensar las cosas, April dijo: “No seas tonta, Jilly. Por supuesto que iremos a la escuela. No podemos poner nuestras vidas en espera”.

Luego, volviéndose a Riley, April agregó: “No es una amenaza real. Hasta yo lo sé. ¿Recuerdas lo que sucedió en enero?”.

Riley lo recordaba muy bien. Hatcher había salvado a April y al ex esposo de Riley, Ryan, de un asesino que quería vengarse de Riley. También recordó cómo Shane Hatcher le había entregado al asesino atado y amordazado para que Riley se encargara de él como quisiera.

April continuó: “Hatcher no nos haría daño. Se esforzó mucho por salvarme”.

“Tal vez April tiene razón”, pensó Riley. Pero igual le alegraba que los agentes estaban apostados afuera.

April se encogió de hombros y agregó: “La vida sigue. Tenemos que seguir haciendo lo que hacemos”.

Jilly dijo: “Y eso va para ti también, mamá. Es bueno que llegaste a casa temprano. Tienes un montón de tiempo para prepararte para esta noche”.

Por un segundo, Riley no entendió de qué estaba hablando Jilly.

Luego recordó. Tenía una cita esta noche con su ex vecino guapo, Blaine Hildreth. Blaine era el dueño de uno de los mejores restaurantes informales aquí en Fredericksburg. Vendría a recoger a Riley para llevarla a cenar.

April se puso de pie de inmediato.

“¡Verdad!”, dijo. “Vamos, mamá. Subamos a tu habitación. Te ayudaré a escoger un atuendo”.



*



Más tarde esa noche, Riley estaba sentada en el patio alumbrado por velas en El Grill de Blaine, disfrutando de un clima maravilloso, excelente comida y compañía encantadora. Al otro lado de la mesa estaba sentado Blaine, tan guapo como de costumbre. Era solo un poco más joven que Riley, delgado y en forma, con unas entradas que parecían no molestarlo en absoluto.

Era un gran conversador. Mientras comían una deliciosa cena de pasta con pollo, charlaron sobre temas de actualidad, recuerdos de tiempos y viajes pasados y de acontecimientos en Fredericksburg.

A Riley le alegraba que su conversación ni una sola vez se había desviado a su trabajo en la UAC. Ella no estaba de humor para siquiera pensar en eso. Blaine pareció haberse dado cuenta y se mantuvo alejado del tema. Algo que a Riley le gustaba de Blaine era su sensibilidad a sus estados de ánimo.

De hecho, había muy poco acerca de Blaine que a Riley no le gustaba. Sí, era cierto que habían tenido una pequeña pelea no hace mucho. Blaine había tratado de darle celos a Riley con una amiga, y lo había logrado. Ahora ambos se reían de lo infantiles que se habían comportado.

Tal vez era por el vino, pero Riley se sentía calientita y relajada en su interior. Blaine era buen compañía, un hombre recientemente divorciado como Riley que estaba ansioso de seguir adelante con su vida sin saber muy bien exactamente cómo hacerlo.

El postre finalmente llegó, un pastel de queso de frambuesa, el favorito de Riley. Sonrió un poco al recordar la forma en que April había llamado a Blaine en secreto antes de una cita anterior para decirle algunas de las cosas favoritas de Riley, incluyendo el pastel de queso de frambuesa y su canción favorita: “One More Night” de Phil Collins.

Mientras disfrutaba de su pastel de queso, Riley habló de sus hijos, sobre todo de lo bien que Liam se estaba adaptando.

“Estaba un poco preocupada al principio”, admitió. “Pero es un muy buen chico, y a todos nos encanta tenerlo en casa”.

Riley hizo una breve pausa. Parecía un lujo tener a alguien con quien hablar de sus dudas y preocupaciones domésticas.

“Blaine, no sé qué voy a hacer con Liam a largo plazo. Simplemente no lo puedo enviar de nuevo a ese padre borracho que tiene, y solo Dios sabe qué ha sido de su madre. Pero no creo que pueda adoptarlo. Adoptar a Jilly ha sido realmente complicado y su adopción no está finalizada todavía. No sé si pueda volver a pasar por eso”.

Blaine le sonrió con compasión.

“Tómate las cosas un día a la vez”, dijo. “Y sé que lo que harás será lo mejor para él”.

Riley negó con la cabeza con tristeza.

“Ojalá lo supiera a ciencia cierta”, dijo.

Blaine se inclinó sobre la mesa y la tomó de la mano.

“Bueno, tendrás que creerme”, le dijo. “Lo que ya has hecho por Liam y Jilly es maravilloso y generoso. Te admiro mucho por eso”.

Riley sintió un nudo en la garganta. ¿Con qué frecuencia alguien le decía cosas así? A menudo era elogiada por su trabajo en la UAC, e incluso había recibido una medalla de la perseverancia hace poco. Pero ella no estaba acostumbrada a ser alabada por cosas simples y meramente humanas. No sabía cómo tomarlo.

Luego Blaine dijo: “Eres una buena mujer, Riley Paige”.

A Riley se le llenaron los ojos de lágrimas. Se rio con nerviosismo mientras se las secó.

“Ay, mira lo que has hecho”, le dijo ella. “Me hiciste llorar”.

Blaine se encogió de hombros, y su sonrisa se ensanchó aún más.

“Lo siento. Solo trato de ser brutalmente honesto. La verdad a veces duele, supongo”.

Se rieron juntos por unos momentos.

Finalmente, Riley dijo: “Pero no he te preguntado cómo está Crystal. ¿Cómo le está yendo?”.

Blaine miró hacia otro lado con una sonrisa agridulce.

“Crystal está bien, tiene buenas calificaciones, está feliz y alegre. Está de viaje ahora por las vacaciones de primavera, en la playa con sus primos y mi hermana”.

Blaine suspiró un poco. “Solo han pasado un par de días, pero es increíble lo rápido que comienzo a extrañarla”.

Riley estaba a punto de comenzar a llorar de nuevo. Había sabido desde el principio que Blaine era un padre maravilloso. ¿Cómo sería estar en una relación permanente con él?

“Ve con cuidado”, se dijo a sí misma. “No hay razón para apresurar las cosas”.

Casi se había terminado su pastel de queso de frambuesa.

“Gracias, Blaine”, dijo. “Esta noche ha sido estupenda”.

Mirándolo a los ojos, agregó: “No quiero que se acabe”.

Blaine le apretó la mano, sus ojos fijados en ella.

“¿Quién dijo que tiene que acabarse?”, le preguntó.

Riley sonrió. Sabía que su sonrisa era respuesta suficiente a su pregunta.

Después de todo, ¿por qué debería terminar? El FBI estaba protegiendo a su familia y no había un nuevo asesino exigiendo su atención.

Tal vez había llegado el momento de disfrutar.




CAPÍTULO CINCO


A George Tully no le gustaba cómo se veía un cierto pedazo de tierra por el camino. No sabía exactamente por qué.

“Nada de qué preocuparse”, se dijo a sí mismo. La luz de la mañana probablemente solo le estaba jugando una mala pasada.

Respiró aire fresco profundamente. Luego se inclinó y cogió un puñado de tierra suelta. Como siempre, se sentía suave y lujosa. También olía bien, rica en nutrientes de las últimas cosechas de maíz.

“La gran tierra de Iowa”, pensó mientras la tierra se deslizaba entre sus dedos.

Estas tierras habían estado en la familia de George durante años, por lo que había conocido estas tierras finas toda su vida. Sin embargo, nunca se cansó de ellas, y su orgullo de cultivar las tierras más ricas del mundo nunca menguó.

Levantó la mirada a los campos que se extendían tan lejos que no los alcanzaba ver todos. La tierra había sido cultivada durante un par de días. Estaba lista y en espera de granos de maíz púrpura cubiertos con insecticida que serían colocados donde pronto aparecería cada nuevo tallo de maíz.

No había sembrado antes debido al clima. Por supuesto, nunca había una forma de estar seguro de que una helada no llegaría a estas alturas del año y arruinaría la cosecha. Recordó en ese momento una tormenta de nieve monstruosa de abril que ocurrió en los años 70 que tomó a su padre por sorpresa. Pero a lo que George sintió un soplo de aire caliente y vio unas nubes altas en el cielo, se sintió muy seguro de que todo saldría bien.

“Hoy es el día”, pensó.

Mientras George estaba allí mirando, su ayudante Duke Russo llegó conduciendo un tractor que arrastraba una sembradora de doce metros de largo detrás de él. La sembradora sembraría dieciséis filas a la vez, a setenta y seis centímetros de distancia, un grano a la vez, depositaría abono sobre cada uno, cubriría la semilla y seguiría adelante.

Los hijos de George, Roland y Jasper, habían estado de pie en el campo a la espera de la llegada del tractor, y se dirigían hacia él mientras retumbaba a lo largo de un lado del campo. George sonrió. Duke y los muchachos hacían un buen equipo. No había necesidad de que George se quedara para la siembra. Saludó a los tres hombres con la mano y luego se volvió para regresar a su camioneta.

Pero ese parche extraño de tierra cerca de la carretera le llamó la atención de nuevo. ¿Qué estaba mal? ¿El arado cincel había pasado por alto ese parche? No lo creía posible.

Tal vez una marmota había estado cavando allí.

Pero a lo que se acercó al lugar, vio que ninguna marmota había hecho esto. No había ninguna abertura, y el suelo había sido aplanado.

Parecía que algo había sido enterrado allí.

George gruñó por lo bajo. Algunos vándalos y bromistas a veces le causaban problemas. Hace un par de años, algunos niños del pueblo cercano de Angier robaron un tractor y lo usaron para derribar un cobertizo. Más recientemente, otros habían pintado obscenidades con spray sobre las cercas y paredes e incluso su ganado.

Era exasperante, e hiriente.

George no tenía idea de por qué los niños se esforzaban tanto por darle problemas. Nunca les había hecho ningún daño. Había reportado los incidentes a Joe Sinard, el jefe de policía de Angier, pero nunca se hizo nada al respecto.

“¿Ahora qué hicieron estos bastardos?”, dijo en voz alta, tocando el suelo con el pie.

Supuso que debía averiguarlo. Lo que estaba enterrado aquí podría destruir su equipo.

Se volvió hacia su tripulación y agitó una mano para que Duke detuviera el tractor. Cuando él apagó el motor, George les gritó a sus hijos:

“Jasper, Roland, tráiganme la pala que está en el asiento del tractor”.

“¿Qué pasa, papá?”, respondió Jasper.

“No sé. Solo hazlo”.

Un momento más tarde, Duke y los chicos estaban caminando hacia él. Jasper le entregó una pala a su padre.

Mientras el grupo observaba con curiosidad, George empezó a meter la pala en el suelo. Mientras lo hacía, un olor extraño y agrio se encontró con sus fosas nasales.

Sintió una oleada de temor instintivo.

“¿Qué demonios hay aquí?”, pensó.

Sacó bastante tierra con la pala hasta que chocó con algo sólido, pero suave.

Cavó con más cuidado, tratando de destapar lo que fuera. Pronto algo pálido apareció a la vista.

A George le tomó unos minutos entender lo que era.

“¡Dios mío!”, exclamó, con el estómago revuelto de horror.

Era una mano, la mano de una mujer joven.




CAPÍTULO SEIS


A la mañana siguiente, Riley estaba mirando a Blaine preparar un desayuno de Huevos Benedict con jugo de naranja recién exprimido y café. Pensó que hacer el amor apasionadamente no se limitaba a ex esposos. Y que despertar alegre con un hombre era algo nuevo para ella.

Se sentía agradecida por esta mañana, y agradecida con Gabriela, quien le aseguró que se ocuparía de todo cuando Riley llamó la noche anterior. Pero no podía evitar preguntarse si una relación como esta podría sobrevivir, dadas las muchas otras complicaciones de su vida.

Riley decidió ignorar esa pregunta y centrarse en la deliciosa comida. Pero mientras comían, se dio cuenta de que la mente de Blaine parecía estar en otro lugar.

“¿Qué pasa?”, le preguntó.

Blaine no respondió. Se veía inquieto, mirando de un lugar a otro.

Experimentó una sensación repentina de preocupación. ¿Qué pasaba?

¿Estaba teniendo dudas sobre lo sucedido la noche anterior? ¿No estaba tan contento con esto como ella?

“Blaine, ¿qué pasa?”, preguntó Riley, su voz temblando un poco.

Después de una pausa, Blaine dijo: “Riley, simplemente no me siento... seguro”.

Riley intentó darle sentido a lo que Blaine había dicho. ¿Todo el calor y el afecto que habían compartido desde su cita habían desaparecido? ¿Qué había sucedido entre ellos para cambiar todo de esta forma?

“N-n-no entiendo”, tartamudeó Riley. “¿Cómo que no te sientes seguro?”.

Blaine vaciló, y luego dijo: “Creo que necesito comprar un arma. Para tener con qué protegerme en mi casa”.

Sus palabras sacudieron a Riley. No había esperado esto.

“Pero tal vez debí haberlo esperado”, pensó.

Sentada al otro lado de la mesa de él, podía ver una cicatriz en su mejilla derecha. Esa cicatriz le había sido ocasionada el noviembre pasado en la propia casa de Riley, cuando trató de proteger a April y Gabriela de un atacante en busca de venganza.

Riley recordó la terrible culpa que sintió cuando vio a Blaine inconsciente en una cama de hospital después de lo sucedido.

Y ahora sentía esa culpa de nuevo.

¿Blaine nunca se sentiría seguro con Riley en su vida? ¿Jamás sentiría que su hija podría estar a salvo?

¿Y una pistola era lo que realmente necesitaba para sentirse más seguro?

Riley negó con la cabeza.

“No sé, Blaine”, dijo. “No me gusta mucho la idea de que civiles mantengan armas en sus casas”.

Tan pronto como las palabras salieron de su boca, Riley se dio cuenta de lo condescendientes que sonaron.

No sabía por la expresión de Blaine si se había sentido ofendido por sus palabras o no. Parecía estar esperando a que continuara.

Riley tomó un sorbo de café para organizar sus pensamientos.

Ella dijo: “¿Sabías que, estadísticamente, las armas domésticas tienen mayores probabilidades de ocasionar homicidios, suicidios y muertes accidentales que de defender una casa con éxito? De hecho, los propietarios de armas corren un mayor riesgo de convertirse en víctimas de homicidio que las personas que no son propietarias de armas de fuego”.

Blaine asintió.

“Sí, sé todo eso”, dijo. “He estado investigando. También sé acerca de las leyes de defensa propia de Virginia. Y que este estado permite la portación a la vista”.

Riley inclinó la cabeza con aprobación.

“Bueno, ya estás mejor preparado que la mayoría de las personas que deciden comprar un arma. Aun así…”.

Dejó que las palabras quedaran en el aire. Estaba reacia a decir lo que tenía en mente.

“¿Qué pasa?”, preguntó Blaine.

Riley respiró profundamente.

“Blaine, ¿comprarías un arma si yo no formara parte de tu vida?”.

“Ay, Riley...”.

“Dime la verdad. Por favor”.

Blaine se quedó mirando su café por un momento.

“No, no lo haría”, dijo finalmente.

Riley se inclinó sobre la mesa y tomó la mano de Blaine.

“Eso es justo lo que pensaba. Y estoy segura de que puedes entender cómo me hace sentir. Me importas mucho, Blaine. Es terrible saber que tu vida es más peligrosa por mí”.

“Yo entiendo”, dijo Blaine. “Pero quiero que tú me digas la verdad sobre algo. Y espero no te lo tomes a mal”.

Riley se preparó en silencio para lo que Blaine estaba a punto de preguntarle.

“¿Tus sentimientos realmente son un argumento válido para no comprar un arma? Digo, ¿no es un hecho de que estoy en más peligro que cualquier ciudadano promedio? ¿Y que debería ser capaz de defenderme y de defender a Crystal... y tal vez incluso de defenderte a ti?”.

Riley se encogió un poco. Se sentía triste de admitírselo a sí misma, pero Blaine tenía razón.

Si una pistola lo haría sentirse más seguro y protegido, debería tener una.

También estaba segura de que sería muy responsable con ella.

“Está bien”, dijo ella. “Después del desayuno nos iremos de compras”.



*



Más tarde esa mañana, Blaine entró en una tienda de armas con Riley. Blaine se preguntó si estaba cometiendo un error. Había un montón de armas temibles en las paredes y en las vitrinas. Nunca había disparado un arma, a menos que la pistola de aire comprimido que había tenido de niño contara como una.

“¿En qué me estoy metiendo?”, pensó.

Un hombre alto, con barba y una camisa a cuadros se movía entre la mercancía.

“¿Qué se les ofrece?”, preguntó.

Riley dijo: “Estamos en busca de un arma doméstica para mi amigo”.

“Bueno, estoy seguro de que tenemos algo aquí que le sirva”, dijo el hombre.

Blaine se sentía incómodo bajo la mirada del hombre. Supuso que no todos los días una mujer atractiva traía a su novio aquí para ayudarle a elegir un arma.

Blaine no pudo evitar sentirse avergonzado. Incluso se sentía avergonzado por sentir vergüenza. No creía ser el tipo de hombre que se sentía inseguro sobre su masculinidad.

Mientras Blaine trató de relajarse, el vendedor de armas observó la propia arma lateral de Riley con aprobación.

“Ese modelo Glock 22 que tiene es excelente, señora”, dijo. “Una profesional de la aplicación de la ley, ¿cierto?”.

Riley sonrió y le mostró su placa.

El hombre señaló una fila de armas similares en una vitrina.

“Bueno, tengo muchas Glock allá. Me parece una excelente opción”.

Riley miró las armas y luego miró a Blaine, como para pedirle su opinión.

Blaine no pudo hacer nada más que encogerse de hombros y ruborizarse. Deseaba haber dedicado el mismo tiempo a investigar armas que había dedicado a la investigación de estadísticas y leyes.

Riley negó con la cabeza.

“No creo que una semiautomática es exactamente lo que estamos buscando”, dijo ella.

El hombre asintió con la cabeza.

“Sí, son un poco complicadas, especialmente para alguien que no tiene experiencia con armas. Las cosas pueden salir mal”.

Riley asintió, añadiendo: “Sí, como fallos de encendido, balas atascadas, etcétera”.

El hombre dijo: “Por supuesto, esos no son problemas reales para una agente experimentada de la FBI como usted. Tal vez un revólver sea lo mejor para él”.

El hombre los acompañó hasta una vitrina llena de revólveres.

Los ojos de Blaine se sintieron atraídos por algunas de las armas de fuego con cañones más cortos.

Al menos se veían menos intimidantes.

“¿Qué tal ese?”, dijo, señalando uno.

El hombre abrió la vitrina, sacó la pistola y se la dio a Blaine. El arma se sintió extraña en su mano. No podía decidir si era más pesada o más ligera de lo que esperaba.

“Un Ruger SP101”, dijo el hombre. “Es una buena opción”.

Riley miró el arma con reservas.

“Creo que estamos buscando algo con un cañón de diez centímetros”, dijo. “Algo que absorba mejor el retroceso”.

El hombre asintió de nuevo.

“Sí. Bueno, creo que tengo exactamente lo que están buscando”.

Metió la mano en la vitrina y sacó otra pistola más grande. Se la dio a Riley, quien la examinó con aprobación.

“Sí, definitivamente”, dijo. “Una Smith and Wesson 686”.

Luego le sonrió a Blaine y le entregó el arma.

“¿Qué te parece?”, dijo Riley.

Esta arma más larga se sentía aún más extraña en su mano que el arma más pequeña. Lo único que pudo hacer fue sonreírle a Riley con timidez. Ella le sonrió de vuelta. Sabía por su expresión que finalmente había reconocido lo incómodo que se estaba sintiendo.

Se volvió hacia el dueño y dijo: “Nos la llevaremos. ¿Cuánto cuesta?”.

A Blaine le sorprendió el precio del arma, pero estaba seguro de que Riley sabía si este era un buen trato o no.

También le sorprendió bastante lo fácil que fue hacer la compra. El hombre le pidió dos pruebas de identidad, y Blaine le ofreció su licencia de conducir y su tarjeta de inscripción para votar. Luego Blaine llenó un formulario corto y simple dando su consentimiento para ser sometido a una verificación de antecedentes. La verificación computarizada tomó solo un par de minutos, y Blaine fue autorizado para comprar su arma.

“¿Qué tipo de munición quiere?”, preguntó el hombre mientras finalizaba la venta.

Riley dijo: “Denos una caja de Federal Premium de bajo retroceso”.

Unos momentos después, Blaine se convirtió en propietario de un arma.

Se quedó ahí mirando el arma intimidante, que estaba sobre el mostrador en una caja de plástico abierta, situada entre espuma protectora. Blaine le dio las gracias al hombre, cerró la caja y se volvió para irse.

“Espere un momento”, dijo el hombre alegremente. “¿No quiere probar su arma?”,

El hombre llevó a Riley y Blaine a través de una puerta en la parte trasera de la tienda que daba a un gran campo de tiro bajo techo. Luego dejó a Riley y Blaine por su cuenta. A Blaine le alegraba estar solo con Riley en este momento.

Riley señaló la lista de reglas en la pared, y Blaine las leyó cuidadosamente. Luego negó con la cabeza con inquietud.

“Riley, no me avergüenza decirte que...”.

Riley soltó una risa.

“Ya sé. Estás un poco intimidado. Yo te explico todo paso a paso”.

Lo condujo a una de las cabinas vacías, donde le colocó los equipos de protección para sus ojos y oídos. Abrió la caja de la pistola, con cuidado de mantenerla apuntada hacia el suelo.

“¿La cargo?”, le preguntó a Riley.

“Todavía no. Primero practicaremos disparar sin balas”.

Blaine tomó la pistola en sus manos, y Riley lo ayudó a encontrar la posición adecuada: ambas manos sobre el mango de la pistola, pero con los dedos alejados del cilindro, sus codos y rodillas ligeramente dobladas, inclinado un poco hacia adelante. En unos momentos, Blaine se encontró apuntando su pistola a una forma vagamente humana sobre un blanco de papel a unos veintidós metros de distancia.

“Vamos a practicar la doble acción primero”, dijo Riley. “Eso es cuando no tienes que montar el martillo con cada disparo, haces todo el trabajo con el gatillo. Eso te dará una buena idea de cómo se siente el gatillo. Aprieta el gatillo suavemente, y luego suéltalo de la misma forma”.

Blaine practicó con la pistola vacía un par de veces. Luego Riley le enseñó cómo abrir el cilindro y llenarlo de proyectiles.

Blaine se posicionó como antes. Se preparó, sabiendo que sentiría el retroceso, y apuntó a la diana con cuidado.

Apretó el gatillo y disparó.

La fuerza del retroceso repentino lo sobresaltó, y la pistola saltó en su mano. Bajó el arma y miró el blanco. No vio ningún agujero en ella. Se preguntó fugazmente cómo alguien podía apuntar un arma que saltaba tan bruscamente.

“Vamos a trabajar en tu respiración”, dijo Riley. “Inhala lentamente mientras apuntas, luego exhala lentamente, retrocediendo el gatillo para que dispares exactamente cuando hayas terminado de exhalar. Ese es el momento en el que tu cuerpo está más inmóvil”.

Blaine volvió a disparar. Le sorprendió que ahora sentía mucho más control.

Miró y vio que al menos había dado en el blanco de papel en esta ocasión.

Pero cuando se preparó para volver a disparar, un recuerdo pasó por su mente, un recuerdo del momento más aterrador de su vida. Un día, cuando todavía vivía al lado de Riley, había oído un ruido terrible al lado. Había corrido a la casa adosada de Riley y encontrado la puerta parcialmente abierta.

Un hombre había tirado a la hija de Riley al suelo y la estaba atacando.

Blaine había corrido hacia ellos y quitado al atacante de encima de April. Pero el hombre era demasiado fuerte, y Blaine fue golpeado fuertemente y había perdido el conocimiento.

Era un recuerdo amargo, y trajo consigo una sensación de impotencia repugnante.

Pero esa sensación se evaporó de repente cuando sintió el peso de la pistola en sus manos.

Respiró y disparó, respiró y disparó, cuatro veces más hasta que el cilindro quedó vacío.

Riley presionó un botón que acercó el blanco de papel hasta la cabina.

“Nada mal para tu primer intento”, dijo Riley.

De hecho, Blaine vio que los últimos cuatro tiros al menos habían alcanzado dentro de la forma humana.

Pero se dio cuenta de que su corazón latía con fuerza, y que estaba abrumado por una mezcla extraña de sensaciones.

Uno de esas sensaciones era miedo.

Pero ¿miedo de qué?

“Poder”, cayó en cuenta Blaine.

La sensación de poder en sus manos era asombrosa, como nada que jamás había sentido antes.

Se sentía tan bien que le daba miedo.

Riley le enseñó a abrir el cilindro y sacar los cartuchos vacíos.

“¿Suficiente por hoy?”, preguntó.

“Para nada”, dijo Blaine sin aliento. “Quiero que me enseñes todo lo que tenga que saber de esta cosa”.

Riley le sonrió mientras él volvía a cargar el arma.

Todavía sentía su sonrisa mientras apuntaba a un nuevo blanco.

Pero en ese momento oyó el teléfono celular de Riley sonar.




CAPÍTULO SIETE


Cuando el teléfono celular de Riley comenzó a sonar, los últimos disparos de Blaine seguían resonando en sus oídos. Sacó su teléfono a regañadientes. Quería una mañana ininterrumpida con Blaine. Cuando miró el teléfono, supo que estaba a punto de sentirse decepcionada. La llamada era de Brent Meredith.

Le sorprendía lo mucho que estaba disfrutando de enseñarle a Blaine cómo disparar su nueva pistola. Riley estaba segura de que esta llamada interrumpiría el mejor día que había tenido en mucho tiempo.

Pero no tenía otra opción que contestar la llamada.

Como de costumbre, Meredith fue brusco y directo al grano.

“Tenemos un nuevo caso. Necesitamos que trabajes en él. ¿En cuánto tiempo puedes llegar a Quántico?”.

Riley contuvo un suspiro. Con Bill de licencia, Riley tenía la esperanza de tener algo de tiempo libre hasta que el dolor de la muerte de Lucy menguara un poco.

“Tristemente ese no sería el caso”, pensó.

No cabía duda de que viajaría fuera de la ciudad en breve. ¿Tendría el tiempo suficiente para correr a casa, ver a todos y cambiarse de ropa?

“En una hora”, respondió Riley.

“Te necesito aquí antes. Nos vemos en mi oficina. Y trae tu maleta”.

Meredith finalizó la llamada sin esperar una respuesta.

Blaine estaba parado allí esperándola. Se quitó los equipos de protección ocular y auditiva y le preguntó: “¿Te llamaron del trabajo?”.

Riley suspiró en voz alta.

“Sí, tengo que irme a Quántico de inmediato”.

Blaine asintió sin quejarse y descargó el arma.

“Yo te llevo”, dijo

“No, necesito mi maleta. Y está en mi auto en casa. Me temo que necesito que me lleves a mi casa. También me temo que tengo prisa”.

“No te preocupes”, dijo Blaine, poniendo el arma en su caja cuidadosamente.

Riley le dio un beso en la mejilla.

“Parece que tendré que viajar”, dijo ella. “Odio eso. La he pasado de lo mejor contigo”.

Blaine sonrió y le devolvió el beso.

“Yo también la he pasado muy bien”, dijo. “No te preocupes. Continuaremos donde lo dejamos tan pronto como regreses”.

A lo que salieron del campo de tiro y llegaron de nuevo a la tienda de armas, el propietario los despidió con cordialidad.



*



A lo que Blaine la dejó en su casa, Riley corrió hacia adentro para explicarles a todos que se iba. Ni siquiera tuvo tiempo para cambiarse de ropa, pero al menos se había duchado en la casa de Blaine esta mañana. Se sintió aliviada de que a su familia pareció no molestarle su repentino cambio de planes.

“Se están acostumbrando a estar sin mí”, pensó. No le gustaba mucho la idea, pero sabía que era una necesidad en una vida como la suya.

Riley verificó que tenía todo lo que necesitaba en su auto y luego hizo el corto viaje a Quántico. Cuando llegó al edificio de la UAC, se dirigió directamente a la oficina de Brent Meredith. Lamentablemente se encontró con Jenn Roston, quien estaba caminando en la misma dirección por el pasillo.

Riley y Jenn hicieron contacto visual por un momento fugaz, luego ambas siguieron en silencio.

Riley se preguntó si Jenn se sentía igual de incómoda que ella. Ayer tuvieron una reunión incómoda, y Riley aún no sabía si había cometido un terrible error al entregarle a Jenn esa unidad USB.

“Pero Jenn probablemente no esté preocupada”, pensó Riley.

Después de todo, Jenn había tenido la ventaja ayer. Había controlado la situación brillantemente para beneficio propio. Riley jamás había conocido a alguien capaz de manipularla de esa forma.

Pero luego recordó que eso no era cierto.

Shane Hatcher también tenía esa capaz de manipularla.

Sin dejar de caminar y todavía mirando al frente, la agente más joven habló en voz baja. “No encontré nada”.

“¿Qué?”, preguntó Riley, sin dejar de caminar.

“Te hablo de la información financiera en la unidad USB. Hatcher solía tener fondos almacenados en esas cuentas. Pero el dinero fue retirado, y las cuentas fueron cerradas”.

Riley resistió el impulso de decir: “Ya sé”.

Después de todo, Hatcher se lo había dicho ayer en su mensaje de texto amenazante.

Por un momento, Riley no supo qué decir. Siguió caminando sin hacer ningún comentario.

¿Jenn pensaba que Riley la había traicionado y que el archivo era falso?

Finalmente Riley dijo: “Ese archivo era lo único que tenía. No estoy reteniendo nada”.

Jenn no respondió. Riley deseaba saber si le creía o no.

También se preguntó si Hatcher estaría tras las rejas en este momento si hubiera usado esa información antes. O quizás hasta muerto.

Cuando llegaron a la puerta de la oficina de Meredith, Riley se detuvo, y lo mismo hizo Jenn.

Riley se sintió alarmada.

Jenn obviamente también iba a la oficina de Meredith.

¿Por qué la nueva agente estaba aquí para esta reunión? ¿Le había dicho a Meredith que Riley había estado reteniendo información?

Pero Jenn se quedó allí, aún sin hacer contacto visual.

Riley tocó la puerta de Meredith, y luego ambas entraron.

El jefe Meredith estaba sentado detrás de su escritorio, viéndose tan intimidante como de costumbre.

Les dijo: “Siéntense”.

Riley y Jenn se sentaron en las sillas frente a su escritorio.

Meredith se quedó callado por un momento.

Luego dijo: “Agente Paige, agente Roston, quiero que sepan que ahora son compañeras”.

Riley contuvo un jadeo. Miró a Jenn Roston, cuyos ojos color marrón oscuro se habían abierto como platos ante la noticia.

“Espero que eso no sea un problema”, dijo Meredith. “La UAC está sobrecargada de casos en este momento. Con el agente Jeffreys de licencia y todos los demás trabajando en otros casos, tienen que trabajar juntas. Ya está decidido”.

Riley cayó en cuenta de que Meredith estaba en lo cierto. El único otro agente con el que realmente querría trabajar en este momento era Craig Huang, pero él estaba ocupado vigilando su casa.

“No hay problema, señor”, le dijo Riley a Meredith.

Jenn dijo: “Será un honor para mí trabajar con la agente Paige, señor”.

Esas palabras sorprendieron a Riley un poco. Se preguntó si Jenn las decía de corazón.

“No te emociones mucho”, dijo Meredith. “No creo que este caso llegue a mayores. Esta misma mañana, se encontró el cuerpo de una adolescente enterrado en tierras de cultivo cerca de Angier, un pequeño pueblo de Iowa”.

“¿Un solo asesinato?”, preguntó Jenn.

“¿Por qué es un caso de la UAC?”, preguntó Riley.

Meredith tamborileó los dedos sobre su escritorio.

“Mi conjetura es que probablemente no sea uno solo”, dijo “Otra chica desapareció antes en el mismo pueblo, y todavía no ha aparecido. Es un lugar pequeño y tranquilo, donde este tipo de cosas simplemente no suceden. La gente de por allí dice que las chicas no eran era del tipo que huiría o hablaría con extraños”.

Riley negó con la cabeza con reservas.

“Entonces ¿por qué creen que se trata de un asesino en serie?”, preguntó. “Eso me parece un poco prematuro ya que solo tienen un cuerpo”.

Meredith se encogió de hombros.

“Sí, yo pienso igual. Pero el jefe de policía de Angier, Joseph Sinard, está en pánico por esto”.

La frente de Riley se arrugó ante la mención de ese nombre.

“Sinard”, dijo. “¿Dónde he escuchado ese nombre antes?”.

Meredith sonrió un poco y dijo: “Tal vez estás pensando en el asistente ejecutivo del FBI, Forrest Sinard. Joe Sinard es su hermano”.

Riley casi puso los ojos en blanco. Ahora tenía sentido. Un miembro de la parte más alta de la cadena alimentaria del FBI estaba siendo molestado por un pariente, así que el caso había sido enviado a la UAC. Había sido asignada a investigaciones con motivaciones políticas de este tipo en el pasado.

Meredith dijo: “Ustedes dos tienen que ir para allá para cerciorarse de que siquiera haya un caso”.

“¿Y mi trabajo en el caso de Hatcher?”, preguntó Jenn Roston.

Meredith dijo: “Tenemos un montón de gente trabajando en eso, técnicos e investigadores por igual. Asumo que tienen acceso a toda tu información”.

Jenn asintió.

Meredith dijo: “Estarán bien sin ti por unos días. Aunque creo que no les tome tanto tiempo”.

Riley estaba un poco indecisa. Aparte de no estar segura de si quería trabajar con Jenn Roston o no, tampoco ansiaba perder el tiempo en un caso que probablemente ni siquiera requería la intervención de la UAC.

Preferiría estar ayudando a Blaine a aprender a disparar.

“O estar haciendo otras cosas con Blaine”, pensó, conteniendo una sonrisa.

“¿Cuándo nos vamos?”, preguntó Jenn.

“Tan pronto como sea posible”, dijo Meredith. “Le dije al jefe Sinard que no moviera el cuerpo hasta que llegaran. Volarán a Des Moines, donde los empleados de Sinard las recogerán y conducirán a Angier. Queda a una hora de Des Moines. Tenemos que alistar el avión. Mientras lo hacemos, no se vayan tan lejos. El despegue será en menos de dos horas”.

Riley y Jenn abandonaron la oficina de Meredith. Riley se fue directamente a su propia oficina, se sentó por un momento y miró a su alrededor, perdida en sus pensamientos.

“Des Moines”, pensó.

Solo había estado allí un par de veces, pero allí es donde vivía su hermana mayor, Wendy. Riley y Wendy, distanciadas desde hace muchos años, se habían puesto en contacto el pasado otoño, cuando su padre se estaba muriendo. Wendy estuvo con papá cuando murió.

Pensar en Wendy la hacía sentirse culpable, y también despertaba otros recuerdos perturbadores. Papá había sido muy duro con la hermana de Riley, y Wendy se había escapado de casa a los quince años. En ese entonces Riley solo tenía cinco. Tras la muerte de su padre, se habían comprometido a mantenerse en contacto, pero hasta el momento solo habían hablado por videollamada.

Riley sabía que debería visitar a Wendy si tuviera la oportunidad. Pero, obviamente, no de inmediato. Meredith había dicho que Angier quedaba a una hora de Des Moines y que la policía local las recogería en el aeropuerto.

“Tal vez pueda verme con Wendy antes de volver a Quántico”, pensó.

Ahora tenía un poco de tiempo libre hasta el despegue del avión de la UAC.

Y había alguien a quien quería ver.

Estaba preocupada por su compañero de muchos años, Bill Jeffreys. Vivía cerca de la oficina central, pero llevaba varios días sin verlo. Bill estaba lidiando con TEPT, y Riley sabía por su propia experiencia lo difícil que era recuperarse de eso.

Sacó su teléfono celular y tecleó un mensaje de texto.



Quiero irte a visitar. ¿Estás en casa?



Ella esperó unos momentos. El mensaje estaba marcado como “entregado”, pero aún no leído.

Riley suspiró un poco. No tenía tiempo para esperar que Bill chequeara sus mensajes. Si quería verlo antes de irse, tenía que pasar por su casa ahora mismo con la esperanza de que estuviera ahí.



*



El viaje del edificio de la UAC al pequeño apartamento de Bill en el pueblo de Quántico fue corto. Cuando estacionó su auto y se dirigió hacia el edificio, volvió a percatarse de lo deprimente que era.

El edificio de departamentos en sí no tenía nada de malo. Era un edificio de ladrillos ordinario, no un inquilinato ni nada por el estilo. Pero Riley no pudo evitar recordar la bonita casa suburbana en la que Bill había vivido hasta su divorcio. En comparación, este lugar no tenía ningún encanto y ahora vivía solo. No era una situación feliz para su mejor amigo.

Riley entró en el edificio y se dirigió directamente hacia el apartamento de Bill que estaba ubicado en el segundo piso. Tocó la puerta y esperó.

Nadie respondió. Tocó de nuevo, pero nada.

Sacó su teléfono celular y vio que el mensaje no había sido leído.

Sintió un nudo de preocupación en su garganta. ¿Le había pasado algo a Bill?

Tomó el pomo de la puerta y lo hizo girar.

La puerta no estaba cerrada con llave, y esta se abrió.




CAPÍTULO OCHO


Parecía que el apartamento de Bill había sido robado. Riley se congeló en la puerta por un momento, a punto de sacar su arma en caso de que el intruso todavía estuviera aquí.

Luego se relajó. Esas cosas esparcidas por todas partes eran envoltorios de comida y platos y vasos sucios. El lugar era un desastre, pero nada más estaba fuera de lugar.

Llamó el nombre de Bill.

No oyó ninguna respuesta.

Luego volvió a llamar.

Esta vez le pareció oír un gemido de un cuarto cercano.

Su corazón latió con fuerza de nuevo mientras se apresuró a la habitación de Bill. La habitación estaba en penumbra y las persianas estaban cerradas. Bill estaba tumbado en la cama, vestido con ropa arrugada y mirando el techo.

“Bill, ¿por qué no me respondiste cuando te llamé?”, le preguntó un tanto irritada.

“Sí lo hice”, le dijo a Riley en un susurro. “No me escuchaste. Deja de hacer tanto ruido”.

Riley vio una botella de whisky americano casi vacía sobre la mesita de noche. De repente entendió toda la escena. Se sentó en la cama junto a él.

“Pasé mala noche”, dijo Bill, tratando de forzar una sonrisa débil. “Sabes cómo es eso”.

“Sí, lo sé”, dijo Riley.

Después de todo, la desesperación la había llevado a sus propias borracheras y resacas posteriores.

Tocó su frente sudorosa, imaginando lo enfermo que debía sentirse.

“¿Cuál fue el desencadenante para que comenzaras a beber?”, le preguntó ella.

Bill gimió.

“Mis hijos”, dijo.

Luego se quedó en silencio. Riley tenía mucho tiempo sin ver a los dos hijos de Bill. Supuso que debían tener nueve y once años ahora.

“¿Qué pasó con ellos?”, preguntó Riley.

“Ellos vinieron a visitarme ayer. Fue terrible. Toda mi casa estaba vuelta un desastre, y yo estaba muy irritable y tenso. Estaban locos por irse a casa. Riley, fue horrible. Me porté muy mal. Si se repite otra visita como esa, Maggie no me dejará volverlos a ver. Está buscando cualquier excusa para sacarlos de mi vida para siempre”.

Bill hizo un ruido parecido a un sollozo. Pero no parecía tener la energía para llorar. Riley sospechaba que había llorado bastante por su cuenta.

Bill dijo: “Riley, si no soy bueno como padre, ¿para qué soy bueno entonces? Ya no soy buen agente. ¿Qué me queda?”.

Riley sintió una punzada de tristeza en su garganta.

“Bill, no digas eso”, dijo ella. “Eres un gran padre. Y eres un gran agente. Tal vez hoy no, pero sí los demás días del año”.

Bill negó con la cabeza.

“De seguro no me sentí como un padre ayer. Y sigo oyendo ese tiro. Sigo recordando haber entrado al edificio, haber visto a Lucy tumbada en el suelo sangrando”.

Riley sintió su propio cuerpo temblar un poco.

También lo recordaba muy bien.

Lucy había entrado a un edificio abandonado sin saber que estaba en peligro, solo para ser abatida por la bala de un francotirador momentos después. Bill le había disparado por error a un joven que había estado tratando de ayudarla. Para cuando Riley llegó allí, Lucy había usado su fuerza restante para matar al francotirador con múltiples disparos.

Lucy murió momentos después.

Fue una escena horrible.

Era la peor situación que había vivido en su carrera.

Ella dijo: “Yo llegué mucho después de ti”.

“Sí, pero no le disparaste a un chico inocente”.

“No fue tu culpa. Estaba oscuro. No tenías forma de saberlo. Además, ese chico está bien ahora”.

Bill negó con la cabeza. Levantó una mano temblorosa.

“Mírame. ¿Crees que pueda volver al trabajo así?”.

Riley estaba casi enfadada. Realmente tenía un aspecto terrible, ciertamente nada parecido al compañero astuto y valiente en el que había aprendido a confiar con su vida, ni al hombre guapo que le atrajo hace un tiempo. Y toda esta autocompasión no le sentaba bien.

Pero se recordó a sí misma severamente:

“Yo también pasé por esto. Yo sé lo que se siente”.

Y cuando pasó por eso, Bill siempre estuvo allí para ella.

A veces tuvo que ser duro con ella.

Supuso que él necesitaba un poco de eso en este momento.

“Te ves terrible”, dijo ella. “Pero tú mismo te llevaste a este punto, a estar en estas condiciones. Y eres el único que puede arreglarlo”.

Bill la miró a los ojos. Sentía que él le estaba prestando atención ahora.

“Siéntate”, le dijo ella. “Recomponte”.

Bill se sentó en el borde de la cama al lado de Riley.

“¿Ya te asignaron un terapeuta?”, le preguntó ella.

Bill asintió.

“¿Quién es?”, preguntó Riley.

“No importa”, dijo Bill.

“Claro que sí importa”, dijo Riley. “¿Quién es?”.

Bill no respondió. Pero Riley fue capaz de adivinar. El psiquiatra asignado de Bill era Leonard Ralston, mejor conocido por el público como “Dr. Leo”. Sintió una punzada de rabia. Pero no por Bill.

“Dios mío”, le dijo. “No me digas que el Dr. Leo. ¿De quién fue la idea? De Walder, te lo apuesto”.

“Como dije, no importa”.

Riley quería sacudirlo.

“Es un loco”, le dijo ella. “Sabes eso más que nadie. Cree en la hipnosis, recuerdos recuperados, en todo tipo de basura desacreditada. ¿No recuerdas el año pasado, cuando convenció a un hombre inocente que era culpable de asesinato? A Walder le gusta el Dr. Leo porque ha escrito libros y ha estado en la televisión”.

“No voy a dejar que se meta en mi cabeza”, dijo Bill. “No voy a dejar que me hipnotice”.

Riley estaba tratando de mantener su voz bajo control.

“Ese no es el punto. Necesitas a alguien que te sea de ayuda”.

“¿Cómo quién?”, preguntó Bill.

Riley no tuvo que pensarlo mucho.

“Te prepararé un poco de café”, le dijo. “Cuando regrese, quiero que estés de pie y listo para salir de este lugar”.

En su camino a la cocina de Bill, Riley miró su reloj. No tenía mucho tiempo. Tenía que actuar con rapidez.

Sacó su teléfono celular y marcó el número personal de Mike Nevins, un psiquiatra forense en DC que trabajaba para el FBI de vez en cuando. Riley lo consideraba un amigo cercano, y la había ayudado a superar sus propias crisis en el pasado, incluyendo un terrible caso de trastorno de estrés postraumático.

Cuando el teléfono de Mike comenzó a sonar, colocó su teléfono celular en altavoz, lo colocó sobre el mostrador de la cocina y comenzó a preparar café en la cafetera de Bill. Se sintió aliviada cuando Mike contestó el teléfono.

“¡Riley! ¡Es bueno saber de ti! ¿Cómo están las cosas? ¿Cómo está esa creciente familia tuya?”.

El sonido de la voz de Mike era refrescante, y casi podía ver al hombre bien vestido y su expresión agradable. Deseaba poder hablar bien con él para ponerse al día, pero no había tiempo para eso.

“Estoy bien, Mike. Pero estoy apurada. Tengo que montarme en un avión. Necesito un favor”.

“Dime”, dijo Mike.

“Mi compañero, Bill Jeffreys, está pasando por un momento difícil después de nuestro último caso”.

Oía verdadera preocupación en la voz de Mike.

“Sí, me enteré de lo que sucedió. Qué terrible lo de la muerte de su joven protegida. ¿Es cierto que tu compañero fue puesto de licencia? ¿Algo relacionado con haberle disparado a la persona equivocada?”.

“Así es. Él necesita tu ayuda. Y la necesita de inmediato. Él está bebiendo, Mike. Nunca lo había visto tan mal”.

Hubo un breve silencio.

“No creo entender”, dijo Mike. “¿No ha sido asignado a un terapeuta?”.

“Sí, pero no lo está ayudando en nada”.

Ahora Mike sonaba reservado.

“No sé, Riley. Me incomoda aceptar pacientes que ya están bajo el cuidado de otra persona”.

Riley sintió una punzada de preocupación. No tenía tiempo para lidiar con la ética de Mike.

“Mike, lo asignaron al Dr. Leo”.

Hubo otro momento de silencio.

“Apuesto a que eso será suficiente”, pensó Riley. Sabía perfectamente bien que Mike odiaba al terapeuta-celebridad con todo su corazón.

Finalmente Mike dijo: “¿Cuándo puede venir?”.

“¿Qué estás haciendo en este momento?”.

“Estoy en mi oficina. Estaré ocupado por unas horas, pero estaré disponible más tarde”.

“Estupendo. Irá para allá luego. Pero por favor llámame si nunca llega”.

“Eso haré”.

A lo que finalizaron la llamada, el café estaba comenzando a gotear en la jarra. Riley sirvió una taza y se dirigió de nuevo a la habitación de Bill. Ya no estaba allí. Pero la puerta del baño contiguo estaba cerrada, y Riley oía la maquinilla de afeitar eléctrica de Bill al otro lado.

Riley tocó la puerta.

“Pasa, estoy vestido”, dijo Bill.

Riley abrió la puerta y vio que Bill se estaba afeitando. Colocó el café en el borde del lavabo.

“Te hice una cita con Mike Nevins”, dijo.

“¿Para cuándo?”.

“Ahora mismo. Puedes irte ya, para cuando llegues estará desocupado. Te enviaré la dirección de su oficina por mensaje de texto. Tengo que irme”.

Bill se veía sorprendido. Por supuesto, Riley no le había dicho nada acerca de estar apurada.

“Tengo un caso en Iowa”, explicó Riley. “El avión me está esperando en este momento. No dejes plantado a Mike Nevins. Me enteraré si lo haces, y te las verás conmigo”.

Bill se quejó, pero luego dijo: “Está bien, yo voy”.

Riley se volvió para irse. Entonces pensó en algo que no estaba segura de que debería sacar a relucir.

Finalmente dijo: “Bill, Shane Hatcher sigue prófugo. Hay agentes vigilando mi casa. Pero recibí un mensaje amenazante de él, y nadie lo sabe excepto tú. No creo que atacaría a mi familia, pero tampoco estoy cien por ciento segura. Me pregunto si tal vez...”.

Bill asintió.

“Yo estaré pendiente”, le dijo él. “Necesito hacer algo útil”.

Riley le dio un abrazo y salió del apartamento.

Mientras caminaba hacia su auto, miró su reloj de nuevo.

Si no se topaba con tráfico, llegaría a la pista de aterrizaje justo a tiempo.

Ahora tenía que empezar a pensar en su nuevo caso, pero no estaba particularmente preocupada por eso. Este probablemente no le tomaría mucho tiempo.

Después de todo, ¿qué tanto esfuerzo y tiempo podría tomar un caso de un único asesinato en un pueblo pequeño?




CAPÍTULO NUEVE


Incluso mientras caminaba por la pista hacia el avión, Riley comenzó a prepararse psicológicamente para su nuevo caso. Pero había una cosa que tenía que hacer antes de meterse de lleno en el caso.

Le envió un mensaje a Mike Nevins.



Envíame un mensaje cuando llegue Bill. Envíame un mensaje si no llega.



Soltó un suspiro de alivio cuando Mike le respondió de inmediato.



Eso haré.



Riley se dijo a sí misma que había hecho todo lo que podía hacer por Bill, y que ahora él tendría que dar de su parte para sacarle el mayor provecho a la ayuda profesional. Mike definitivamente podría ayudar a Bill a lidiar con las cosas que lo atormentaban.

Subió los escalones y entró al avión, donde vio a Jenn Roston ya sentada y trabajando en su computadora portátil. Jenn levantó la mirada y asintió a lo que Riley se sentó al otro lado de la mesa.

Riley hizo lo mismo.

Luego Riley miró por la ventana durante el despegue y mientras el avión subía a la altitud de crucero. No le gustaba el silencio incómodo entre ella y Jenn. Se preguntó si tal vez a Jenn tampoco le gustaba. Estos vuelos normalmente eran buenos momentos para hablar sobre los detalles de un caso. Pero no había nada que decir acerca de este todavía. El cuerpo acababa de ser encontrado después de todo.

Riley sacó una revista de su bolso y trató de leer, pero no pudo centrarse en las palabras. Tener a Jenn frente a ella era demasiado molesto. En su lugar, Riley se quedó allí, fingiendo leer.

“La historia de mi vida”, pensó.

Fingir y mentir se estaban volviendo demasiado rutinarios.

Finalmente Jenn levantó la mirada de su portátil.

“Agente Paige, lo que dije en la oficina de Meredith fue de corazón”, dijo.

“¿Cómo?”, preguntó Riley, levantando la mirada de su revista.

“Lo que dije respecto a que será un honor trabajar contigo. Es un sueño para mí. He seguido tu trabajo desde que empecé en la academia”.

Por un momento, Riley no supo qué decir. Jenn le había dicho lo mismo antes. Pero, de nuevo, Riley no sabía por la expresión de Jenn si estaba siendo sincera.

“He oído cosas buenas de ti”, dijo Riley.

Aunque sonaba muy evasivo, al menos era verdad. En circunstancias diferentes, Riley se habría emocionado ante la oportunidad de trabajar con una nueva agente inteligente.

Riley agregó con una sonrisa débil: “Pero, si fuera tú, no me emocionaría mucho con este caso”.

“Sí”, dijo Jenn. “Probablemente ni siquiera sea un caso para la UAC. Quizás volvamos a Quántico esta misma noche. Bueno, habrá otros casos”.

Jenn volvió su atención de nuevo a su portátil. Riley se preguntó si estaba trabajando en los archivos de Shane Hatcher. Y, por supuesto, le preocupó de nuevo el hecho de que quizás no debió haberle entregado la unidad USB.

Pero se dio cuenta de algo. Si Jenn realmente había tenido la intención de traicionarla al pedirle esa información, ¿ya no la habría usado en su contra?

Recordó lo que Jenn le había dicho ayer.

“De hecho, estoy bastante segura de que las dos queremos exactamente lo mismo. Acabar con la carrera criminal de Shane Hatcher”.

Si eso era cierto, Jenn realmente era una aliada de Riley.

Pero ¿cómo podría saberlo a ciencia cierta? Se quedó allí considerando si debería abordar el tema.

No le había dicho nada a Jenn sobre la amenaza que había recibido de Hatcher.

¿Realmente existía una razón para no hacerlo?

¿Jenn podría realmente ser capaz de ayudarla de alguna manera? Tal vez, pero Riley todavía no se sentía lista para dar ese paso.

Mientras tanto, parecía francamente extraño que su nueva compañera aún la llamara agente Paige aunque insistía en que Riley la llamara por su nombre de pila.

“Jenn”, dijo.

Jenn levantó la mirada de su portátil.

“Creo que deberías llamarme Riley”, dijo Riley.

Jenn sonrió un poco y volvió su atención a su portátil.

Riley colocó la revista a un lado y miró las nubes por la ventana. El sol brillaba, pero Riley no le parecía nada alegre.

Se sentía terriblemente sola. Echaba de menos tener a Bill con ella.

Y extrañaba tanto a Lucy que le dolía el corazón.



*



Cuando el avión llegó al Aeropuerto Internacional de Des Moines, Riley fue capaz de chequear su teléfono celular. Le contentó ver que había recibido un mensaje de Mike Nevins.



Bill está aquí conmigo en este momento.



Era una cosa menos de qué preocuparse.

Una patrulla estaba esperándolas afuera del avión. Dos policías de Angier se presentaron en la base de la escalerilla. Darryl Laird era un joven desgarbado de unos veinte años, y Howard Doty era un hombre mucho más bajito de unos cuarenta años.

Ambos tenían expresiones de asombro en sus rostros.

“Estamos muy felices de que estén aquí”, les dijo Doty a Riley y Jenn mientras los dos policías las acompañaban hasta el auto.

Laird dijo: “Todo esto es tan...”.

El joven negó con la cabeza sin terminar su oración.

“Pobrecitos”, pensó Riley.

No eran más que policías regulares. Los asesinatos no eran muy comunes en un pequeño pueblo de Iowa. Tal vez el policía mayor había manejado uno que otro homicidio, pero Riley supuso que era primera vez que el joven pasaba por algo así.

A lo que Doty comenzó a conducir, Riley les pidió a los dos policías que les dijeran todo lo posible acerca de lo que había sucedido.

Doty dijo: “El nombre de la chica es Katy Philbin, de diecisiete años de edad. Una estudiante de la Escuela Secundaria Wilson. Sus padres son dueños de la farmacia local. Una chica agradable, les agradaba a todos. El viejo George Tully encontró su cuerpo esta mañana cuando él y sus muchachos se preparaban para hacer la siembra de primavera. Tully tiene una granja cerca de Angier”.

Jenn preguntó: “¿Saben cuánto tiempo pasó enterrada allí?”.

“Tendrás que preguntárselo al jefe Sinard. O al médico forense”.

Riley pensó en lo poco que Meredith había sido capaz de decirles sobre la situación.

“¿Y la otra chica?”, preguntó ella. “¿La que desapareció hace poco?”.

“Su nombre es Holly Struthers”, dijo Laird. “Ella era... eh, supongo que es una estudiante de nuestra otra escuela secundaria, Lincoln. Lleva aproximadamente una semana desaparecida. Todo el pueblo esperaba que simplemente apareciera. Pero ahora... bueno, supongo que tenemos que seguir albergando esa esperanza”.

“Y orando”, agregó Doty.

Riley sintió un extraño escalofrío cuando dijo eso. Era muy frecuente oír a las personas decir que estaban orando para que una persona desaparecida apareciera sana y salva. Nunca tuvo la impresión de que orar ayudara en algo.

“¿Hace que la gente se sienta mejor?”, se preguntó a sí misma.

No entendía por qué o cómo.

Era una tarde brillante y despejada cuando el auto salió de Des Moines y se dirigió por una amplia carretera. Pronto Doty salió a una carretera de dos carriles que se extendía sobre el campo.

Riley sintió una sensación extraña en su estómago. Le tomó unos minutos darse cuenta de que sus sentimientos no tenían nada que ver con el caso, al menos no directamente.

Normalmente se sentía así cada vez que tenía un trabajo que hacer en el Medio Oeste. Normalmente no temía los espacios abiertos, no sufría de “agorafobia”, como se llamaba. Pero las vastas llanuras y praderas despertaban una ansiedad en ella.

Riley no sabía qué era peor, las llanuras que había visto en estados como Nebraska, que se extendían tan lejos como el ojo humano alcanzaba a ver, o las praderas monótonas como estas, las mismas casas de campo, pueblos y campos apareciendo una y otra vez. De cualquier manera, le resultaba inquietante, incluso un poco nauseabundo.

A pesar de la reputación de esta región del país de sus valores estadounidenses bien arraigados, por alguna razón no le sorprendía que las personas cometían asesinato aquí. Para ella, el campo por sí solo sería suficiente para volver a alguien loco.

En parte para dejar de pensar en el paisaje, Riley sacó su teléfono celular para enviarle un mensaje de texto grupal a toda su familia, April, Jilly, Liam y Gabriela.



Llegué bien.



Se quedó pensando por un momento y luego agregó...



Ya los echo a todos de menos. Pero probablemente regresaré pronto.



*



Después de aproximadamente una hora en la carretera de dos carriles, Doty giró el auto en un camino de grava.

Mientras seguía conduciendo, dijo: “Estamos cerca de las tierras de George Tully”.

Riley miró a su alrededor. El paisaje era exactamente igual, grandes extensiones de campos sin sembrar interrumpidos por barrancos, vallas y árboles. Vio una sola casa grande en el medio de todo esto, junto a un granero ruinoso. Supuso que allí vivía Tully con su familia.

Era una casa de aspecto extraño que parecía haber sido construida con los años, probablemente por un buen número de generaciones.

Pronto el vehículo de un médico forense apareció a la vista, estacionado en el arcén de la carretera. Varios otros autos estaban estacionados cerca. Doty se estacionó justo detrás de la furgoneta del médico forense, y Riley y Jenn lo siguieron a él y a su compañero más joven a un campo recientemente labrado.

Riley vio a tres hombres de pie sobre un punto desenterrado. No veía lo que se había encontrado allí, pero sí vislumbró la ropa de colores brillantes moviéndose en la brisa de primavera.

“Ahí es donde la enterraron”, pensó.

Y, en ese momento, Riley sintió un presentimiento extraño.

Atrás había quedado la sensación de que ella y Jenn no tendrían nada que hacer aquí.

Tenían trabajo que hacer, una niña estaba muerta y no se detendrían hasta encontrar al asesino.




CAPÍTULO DIEZ


Dos personas estaban de pie junto al cuerpo recién desenterrado. Riley se dirigió directamente hacia uno de ellos, un hombre musculoso de su misma edad.

“Jefe Joseph Sinard, supongo”, dijo ella, ofreciéndole su mano.

Él asintió y le dio la mano.

“Todos por aquí me llaman Joe”.

Sinard señaló al hombre obeso y cincuentón a su lado que se veía aburrido: “Este es Barry Teague, el médico forense del condado. Ustedes dos son las gentes del FBI que hemos estado esperando, supongo”.

Riley y Jenn sacaron sus placas y se presentaron.

“Aquí está nuestra víctima”, dijo Sinard.

Señaló hacia un agujero poco profundo, donde una mujer joven que llevaba un vestido de color naranja brillante estaba tendida descuidadamente. El vestido estaba sobre sus muslos, y Riley vio que no llevaba ropa interior. No llevaba zapatos. Su cara estaba extrañamente pálida, y su boca abierta estaba llena de tierra. Sus ojos estaban muy abiertos. Su cuerpo estaba pálido.

Riley se estremeció un poco. Rara vez sentía emoción al ver un cuerpo muerto ya que había visto demasiados de ellos en los últimos años. Pero esta chica le recordaba demasiado a April.

Riley se volvió hacia el médico forense.

“¿Has llegado a alguna conclusión, Sr. Teague?”.

Barry Teague se puso en cuclillas al lado del hueco, y Riley se agachó junto a él.

“Es feo, muy feo”, dijo con una voz que no expresaba ninguna emoción en absoluto.

Señaló los muslos de la chica.

“¿Ves esos moretones?”, preguntó. “Me parece que fue violada”.

Riley no lo expresó en voz alta, pero estaba segura de que estaba en lo cierto. Juzgando por el olor, también supuso que la chica había muerto la noche anterior, y que había estado enterrada aquí desde entonces.

Le preguntó al médico forense: “¿Cuál fue la causa de muerte?”.

Teague dejó escapar un gruñido impaciente.

“No sé”, dijo. “Si ustedes los federales me dejaran llevarme el cuerpo y hacer mi trabajo, podría ser capaz de decirles”.

Esto enfureció a Riley. Era evidente lo mucho que este hombre resentía la presencia del FBI. ¿Ella y Jenn Roston tendrían que enfrentarse a mucha resistencia local?

Recordó que el jefe Sinard fue el que hizo la solicitud. Al menos podían contar con su cooperación.

Ella le dijo al médico forense: “Puedes llevártela ahora”.

Se puso de pie y miró a su alrededor. Vio a un hombre mayor a unos quince metros de distancia, apoyado en un tractor y mirando directamente al lugar donde estaba el cuerpo.

“¿Quién es ese?”, le preguntó al jefe Sinard.

“George Tully”, dijo Sinard.

Riley recordó que George Tully era el dueño de estas tierras.

Ella y Jenn se acercaron a él y se presentaron. Tully parecía apenas estar consciente de su presencia. Seguía mirando hacia el cuerpo mientras el equipo de Teague se preparaba cuidadosamente para moverlo.

Riley le dijo: “Sr. Tully, me informaron que usted fue el que encontró el cuerpo”.

Él asintió débilmente, sin apartar la mirada del cuerpo.

Riley dijo: “Yo sé que esto es difícil. Pero ¿podría decirme qué pasó?”.

Tully habló en una voz débil y distante.

“No hay mucho que contar. Los chicos y yo salimos temprano esta mañana para sembrar. Noté algo extraño en el suelo allí. El aspecto del suelo me inquietó, así que empecé a cavar... y allí estaba ella”.

Riley sentía que Tully no iba a ser capaz de decirles mucho.

Jenn dijo: “¿Tiene alguna idea de cuándo el cuerpo pudo haber sido enterrado aquí?”.

Tully negó con la cabeza sin decir nada.

Riley miró a su alrededor por un momento. El campo parecía haber sido labrado recientemente.

“¿Cuándo labraron este campo?”, preguntó.

“Hace dos días. No, hace tres días. Apenas íbamos empezando con la siembra hoy”.

Riley analizó esto en su mente. Parecía coherente con su suposición de que la chica había sido asesinada y enterrada hace dos noches.

Tully entrecerró los ojos mientras seguía mirando al frente.

“El jefe Sinard me dijo su nombre”, dijo. “Katy. Creo que su apellido era Philbin. Lo extraño es que no reconozco el nombre. Tampoco la reconozco a ella. Hubo un tiempo en el que...”.

Se detuvo por un momento.

“Hubo un tiempo en el que conocía a casi todas las familias del pueblo, y a sus hijos también. Los tiempos han cambiado”.

Oyó tristeza en su voz.

Riley sentía su dolor. Estaba segura de que había vivido en estas tierras toda su vida, así como también sus padres, abuelos y bisabuelos, y que había esperado dejar la granja en herencia a sus propios hijos y nietos.

Nunca se había imaginado que algo así pudiera suceder aquí.

También se dio cuenta de algo más. Tully había estado parado exactamente en este mismo lugar durante horas, mirando el cuerpo de la pobre chica con incredulidad horrorizada. Había encontrado el cuerpo esa mañana y no había sido capaz de moverse de ese lugar. Ahora que el cuerpo estaba siendo llevado, tal vez se iría pronto.

Pero Riley sabía que el horror no lo dejaría en paz.

Sus palabras resonaron en su mente:

“Los tiempos han cambiado”.

Quizás sentía que el mundo se había perdido.

“Y tal vez esté en lo cierto”, pensó Riley.

“Lamentamos mucho que esto haya sucedido”, le dijo Riley.

Luego ella y Jenn se dirigieron de nuevo hacia el lugar excavado.

El equipo de Teague ahora tenía el cuerpo cubierto sobre una camilla. Estaban moviéndolo torpemente por la tierra labrada hacia el vehículo del médico forense.

Teague se acercó a Riley y Jenn. Habló en su voz monótona.

“En respuesta a tu pregunta de cómo murió... Le eché un mejor vistazo y fue aporreada, golpeada más de una vez. Eso es todo”.

Sin decir más, se volvió y se alejó para unirse a su equipo.

Jenn soltó un resoplido de fastidio.

“Bueno, me parece que cree haber terminado su examinación”, dijo. “Ese tipo es un pendejo”.

Riley negó con la cabeza. Estaba de acuerdo con Jenn.

Luego se dirigió hacia el jefe Sinard y le preguntó: “¿Encontraron otra cosa con el cuerpo? ¿Una cartera? ¿Un teléfono celular?”.

“No”, dijo Sinard. “El que hizo esto debió haberse quedado con sus pertenencias”.

“La agente Roston y yo tenemos que reunirnos con la familia de la chica tan pronto como sea posible”.

El jefe Sinard frunció el ceño.

“Eso va a ser muy difícil”, dijo. “Su padre, Drew, estuvo aquí hace poco para identificar el cuerpo. Está muy mal”.

“Entiendo”, dijo Riley. “Pero es necesario”.

El jefe Sinard asintió, sacó una llave de su bolsillo y señaló un auto cercano.

“Supongo que ustedes dos van a necesitar su propio medio de transporte”, dijo. “Pueden usar mi auto todo el tiempo que estén aquí. Yo me iré en un vehículo de la policía y les mostraré donde viven los Philbin”.

Riley dejó a Jenn tomar las llaves y conducir. Ahora estaban siguiendo a la patrulla de Sinard al pueblo de Angier.

Riley le preguntó a su nueva compañera: “¿Qué piensas de todo esto?”.

Jenn condujo en silencio por un momento mientras reflexionaba.

Luego dijo: “Sabemos que la víctima tenía diecisiete años, dentro del rango de edad de aproximadamente la mitad de las víctimas de este tipo de delito. Pero sigue siendo un caso inusual. La mayoría de las víctimas de depredadores sexuales en serie son prostitutas. Esta víctima quizás figure entre el diez por ciento que son víctimas de algún conocido”.

Jenn se detuvo de nuevo.

Luego agregó: “Más de la mitad de este tipo de homicidios son por estrangulamiento. Pero un fuerte traumatismo es la segunda causa de muerte más frecuente. Así que, en ese sentido, este asesinato quizás no sea atípico. Aun así, nos falta mucho por aprender. La pregunta más importante es si estamos lidiando con un asesino en serie o no”.

Riley asintió con la cabeza. Jenn no estaba diciendo nada que ya no supiera pero, aunque sentía dudas respecto a su nueva compañera, al menos ella estaba bien informada. Y ambas enfrentaban la posibilidad de una terrible respuesta a esta última pregunta, ambas albergaban la esperanza de que la respuesta fuera “no”.

En cuestión de minutos estaban siguiendo a Sinard por la calle principal de Angier. Era muy parecida al resto de las calles principales que había visto en el Medio Oeste, filas de tiendas sosas y sin carácter, algunas de ellas viejas y algunas de ellas nuevas. No detectó nada de encanto o singularidad. Riley sentía la misma sensación que había tenido durante el viaje a través de las praderas, una sensación de algo oscuro acechando detrás de la fachada de la integridad del Medio Oeste.

Estuvo a punto de expresar sus pensamientos. Pero se recordó a sí misma con rapidez que Bill no era el que estaba a su lado, sino una mujer joven que apenas conocía. Tampoco sabía si podía confiar en ella o no.

¿Jenn Roston compartía las sensaciones de Riley o siquiera querría oírlas?




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