Antes de Que Vea 
Blake Pierce


Un Misterio con Mackenzie White #2
En ANTES DE QUE VEA (Un Misterio con Mackenzie White – Libro 2), la agente del FBI en formación Mackenzie White se esfuerza por dejar su marca en la academia del FBI en Quantico, tratando de probar su valía como mujer y como agente transferida de Nebraska. Con la esperanza de que ella tiene lo que hace falta para convertirse en una agente del FBI y abandonar su vida en el Medio Oeste para siempre, Mackenzie solo desea no llamar mucho la atención e impresionar a sus jefes. Mas todo eso cambia cuando se descubre el cadáver de una mujer en un basurero. El asesinato tiene sorprendentes puntos en común con el Asesino del Espantapájaros – el caso que lanzó a Mackenzie a la fama en Nebraska – y en la carrera frenética para detener al nuevo asesino en serie, el FBI decide saltarse el protocolo y darle a Mackenzie una oportunidad en el caso. Este es el momento de la verdad para Mackenzie, su oportunidad de impresionar al FBI – pero hay más que nunca en juego. No todo el mundo quiere que ella lleve el caso, y todo lo que intenta parece fracasar. A medida que la presión aumenta y el asesino ataca de nuevo, Mackenzie se siente como una voz solitaria en un coro de agentes expertos, y pronto cae en la cuenta de que le están pasando por alto. Todo su futuro con el FBI está en riesgo. A pesar de lo dura y decidida que es Mackenzie, a pesar de lo inteligente que es atrapando asesinos, este nuevo caso resulta ser un rompecabezas imposible, algo que está más allá de sus habilidades. Puede que ni siquiera tenga tiempo para resolverlo mientras su propia vida se desmorona a su alrededor. Un oscuro thriller psicológico con un suspense que acelera el corazón, ANTES DE QUE VEA es el segundo libro de una nueva y excitante serie – con un nuevo y apreciado personaje – que le tendrá pasando páginas hasta altas horas de la noche. El libro #3 de la serie de Misterio Mackenzie White saldrá a la venta muy pronto.







A N T E S D E Q U E V E A



(UN MISTERIO CON MACKENZIE WHITE—LIBRO 2)



B L A K E P I E R C E


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie de misterio éxito de ventas RILEY PAGE, que está compuesta de seis libros (y sigue creciendo). Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio MACKENZIE WHITE, compuesta de tres libros (que sigue creciendo); de la serie de misterio AVERY BLACK, compuesta de tres libros (que sigue creciendo); y de la nueva serie de misterio KERI LOCKE

Lector incansable y aficionado desde siempre a los géneros de misterio y de suspense, a Blake le encanta saber de sus lectores, así que no dude en visitar www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com) para enterarse de más y estar en contacto.



Copyright © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto por lo que permite la Ley de Copyright de los Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida de ninguna forma ni por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico tiene licencia para su disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede volver a ser vendido o regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor, compre una copia adicional para cada destinatario. Si está leyendo este libro y no lo compró, o no lo compró solamente para su uso, entonces por favor devuélvalo y compre su propia copia. Gracias por respetar el duro trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, los personajes, las empresas, las organizaciones, los lugares, los acontecimientos y los incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Imagen de portada Copyright lassedesignen, utilizada con licencia de Shutterstock.com.


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ AÑORADO (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)


CONTENIDOS



PRÓLOGO (#u33196f69-67ae-5e02-a48c-b073f1a00a3f)

CAPÍTULO UNO (#u8ef25025-931d-54d6-b59b-2f5c922434af)

CAPÍTULO DOS (#u1ec40b38-35c7-5249-b065-d3768c1e9bf4)

CAPÍTULO TRES (#u8b47e9c0-f682-5791-9652-8b4d847a6995)

CAPÍTULO CUATRO (#u098efb8d-9fc5-55a5-8632-38e660a23b11)

CAPÍTULO CINCO (#uf0f07682-2145-50af-af22-34b4af044277)

CAPÍTULO SEIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO SIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO OCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)


PRÓLOGO



Susan Kellerman entendía perfectamente la necesidad de ir bien arreglada. Ella representaba a su compañía e intentaba atraer nuevos clientes, por lo que su aspecto era de la mayor importancia. Sin embargo, lo que no comprendía era por qué diablos tenía que llevar tacones. Llevaba puesto un bonito vestido de verano y tenía el par de bailarinas que quedarían ideales con él. Pero claro… la guía de estilo de la empresa insistía en lo de llevar tacones. Algo que ver con la sofisticación.

Dudo de que los tacones tengan nada que ver con hacer una venta, pensó. Sobre todo, si el potencial cliente era un hombre. Según su hoja de visitas, la persona que habitaba la casa a la que se estaba acercando en este instante era un hombre. Siendo así, Susan comprobó el escote de su vestido. Mostraba algo de canalillo, pero nada escandaloso.

Eso, pensó, demuestra sofisticación.

Con una maleta de muestras bastante grande y aparatosa en su mano, martilleó las escaleras con sus tacones e hizo sonar el timbre. Mientras esperaba, echó un rápido vistazo a la entrada de la casa. Era una casita básica situada a las afueras de un barrio de clase media. Habían podado la hierba recientemente, pero hacía tiempo que las pequeñas macetas que bordeaban el tramo de escalera hasta la entrada tenían que haber sido podadas.

Se trataba de un barrio tranquilo, pero no del estilo en el que viviría Susan. Las viviendas eran pequeñas cajas de cerillas que salpicaban las calles. La mayoría de ellas, asumió, serían propiedad de parejas de ancianos o de los que tenían problemas para llegar a fin de mes. Esta casa, en particular, parecía encontrarse a una tormenta o una crisis financiera de distancia de convertirse en propiedad de la banca.

Estiró la mano para hacer sonar el timbre de nuevo pero la puerta se abrió antes de que pudiera llegar a tocarla. El hombre que salió a recibirla era de altura y tamaño medio. Le echó unos cuarenta años. Había algo femenino en él, algo que pudo observar cuando él le abrió la puerta con tal sencillez y le lanzó una sonrisa de oreja a oreja.

“Buenos días,” dijo el hombre.

“Buenos días,” dijo ella.

Sabía de sobra su nombre, pero los que le habían aleccionado, le habían dicho que no lo utilizara antes de que las líneas de comunicación estuvieran claramente abiertas. Cuando se les saludaba directamente por su nombre, eso les hacía sentir más como objetivos que como clientes—incluso aunque hubieran organizado la reunión con antelación.

Tratando de evitar que tuviera un momento para hacerle preguntas y como consecuencia, tomar el control de la conversación, añadió: “Me preguntaba si tenía un minuto para hablar conmigo sobre su dieta actual.”

“¿Dieta?” preguntó el hombre con una sonrisa cínica. “No llevo nada que se parezca a una dieta. La verdad es que como lo que quiero.”

“Oh, debe de ser agradable,” dijo Susan, colocándose su más encantadora sonrisa y su tono de voz más animado. “Como estoy segura que ya sabe, no hay mucha gente de más de treinta años que pueda decir eso y mantener un cuerpo saludable.”

Por primera vez, el hombre miró a la maleta que ella llevaba en la mano izquierda. Sonrió de nuevo y esta vez lo hizo de manera indolente—el tipo de sonrisa que uno utiliza cuando sabe que le han tomado el pelo.

“¿Qué es lo que vende?”

Era un comentario sarcástico, pero al menos no era una puerta que se le cerraba en las narices. Interpretó eso como la primera victoria necesaria para entrar. “Bueno, estoy aquí como representante de la Universidad Un Usted Mejorado,” dijo ella. “Ofrecemos a adultos de más de treinta años una manera muy fácil y metódica de mantenerse en forma sin tener que ir al gimnasio o alterar demasiado su estilo de vida.”

El hombre suspiró y llevó la mano a la puerta. Parecía aburrido, listo para mandarle al carajo. “Y eso, ¿cómo se hace?”

“Mediante una combinación de batidos de proteínas hechos con nuestros propios polvos de proteína y más de cincuenta recetas saludables para darle a su nutrición diaria la inyección que necesita.”

“¿Y ya está?”

“Ya está,” dijo ella.

El hombre lo pensó por un instante, mirando a Susan y después al enorme paquete en sus manos. Entonces echó una ojeada a su reloj y se encogió de hombros.

“Te diré una cosa,” dijo él. “Tengo que irme en diez minutos. Si logra convencerme en ese periodo de tiempo, tendrá un cliente. Lo que sea para no tener que volver al gimnasio.”

“Estupendo,” dijo Susan, encogiéndose por dentro al escuchar la falsa alegría en su voz.

El hombre se echó a un lado y le hizo un gesto para que entrara a la casa. “Entre,” le dijo.

Ella entró a una pequeña sala de estar. Había un televisor de aspecto anticuado sobre una zona de entretenimiento desvencijada. Unas cuantas sillas polvorientas de madera llenaban las esquinas de la sala junto a un sofá arrugado. Había figuras de cerámica y tapetes por todas partes. Parecía que fuera la casa de una anciana señora más que la de un soltero de unos cuarenta años.

Por razones que desconocía, escuchó cómo se disparaban sus alarmas interiores. Y entonces trató de reducir su miedo con una lógica falible. Así que o está realmente mal de la cabeza o esta no es su casa. Quizá viva con su madre.

“¿Está bien aquí?” preguntó ella, señalando a la mesa de café que había delante del sofá.

“Sí, ahí mismo está bien,” dijo el hombre. Sonrió a Susan mientras cerraba la puerta.

En el instante en que se cerró la puerta, Susan sintió cómo se revolvía algo en su estómago. Parecía que la estancia se hubiera quedado helada y que todos sus sentidos estuvieran respondiendo a ello. Algo andaba mal. Era un sentimiento extraño. Miró a la figura de cerámica más cercana—un chiquillo tirando de un carro—como si estuviera buscando alguna clase de respuesta.

Se entretuvo abriendo su maleta. Sacó unos cuantos paquetes del Polvo de Proteínas de la Universidad Un Usted Mejorado y la mini-trituradora de regalo (¡con un valor en el mercado de $35 pero suya completamente gratis con su primera compra!) para distraerse.

“Y bien,” dijo ella, tratando de mantener la calma y de ignorar el escalofrío que sentía. “¿Está interesado en perder peso, en ganar peso, o en mantener su tipo de cuerpo actual?”

“No estoy seguro,” dijo el hombre, de pie junto a la mesa de café y escudriñando los productos. “¿A usted qué le parece?”

A Susan le resultaba difícil hablar. Sentía miedo y por ninguna razón aparente.

Miró hacia la puerta. El corazón le martilleaba en el pecho. ¿Había cerrado la puerta con llave? No podía verlo desde donde estaba sentada.

Entonces cayó en la cuenta de que el hombre todavía estaba esperando su respuesta. Se sacudió las telarañas y regresó a la modalidad de presentadora de televisión.

“Pues no lo sé,” dijo ella.

Quería mirar a la puerta de nuevo. De pronto los ojos de mentira de cada una de las figuras de porcelana en la habitación parecían estar mirándola a ella —acechándola como un depredador.

“No como demasiado mal,” dijo el hombre. “Aunque tengo debilidad por el pastel de lima. ¿Podré seguir comiendo pastel de lima con su programa?”

“Seguramente,” dijo ella. Rebuscó entre sus materiales, acercando la maleta hacia ella. Diez minutos, pensó, sintiéndose cada vez peor a medida que pasaban los segundos. Dijo que tenía diez minutos. Puedo hacerlo así de largo.

Encontró el pequeño folleto que mostraba lo que el hombre podría comer durante el programa y volvió su mirada hacia él para entregárselo. Él lo cogió, y al hacerlo, su mano se rozó con la suya por un leve instante.

Una vez más, sonaron las alarmas dentro de su mente. Tenía que salir de allí. Nunca había experimentado una reacción tan intensa al entrar a la casa de un cliente potencial, pero esta era tan agobiante que no podía pensar en otra cosa.

“Lo siento,” dijo ella, recogiendo los materiales y colocándolos en su maleta. “Acabo de acordarme de que tengo una reunión que atender en menos de una hora, y es al otro lado de la ciudad.”

“Oh,” dijo él, mirando al folleto que ella le acababa de entregar, “Claro, entiendo. Adelante. Ojalá que llegue a tiempo.”

“Gracias,” dijo ella apresuradamente.

Él le ofreció el folleto y ella lo agarró con mano temblorosa. Lo puso dentro de la maleta y se dirigió hacia la puerta de entrada.

Estaba cerrada con llave.

“Perdone,” dijo el hombre.

Susan se dio la vuelta, con la mano todavía en busca del picaporte.

Apenas vio el puñetazo que se le venía encima. Solo vio un puño blanco cegador que le golpeó la boca. Sintió correr la sangre de inmediato y la saboreó en su lengua. Se cayó directamente de vuelta en el sofá.

Abrió la puerta para gritar y le pareció como si el lado derecho de su mandíbula estuviera bloqueado. Cuando trató de ponerse en pie, allí estaba de nuevo el hombre, esta vez poniéndole una rodilla en la zona abdominal. Se le escapó un jadeo y solo tuvo tiempo de enroscarse, luchando por respirar. Cuando lo hizo, apenas era consciente de cómo el hombre la estaba recogiendo y echándosela al hombro como si se tratara de una pobre cavernícola a la que estaba arrastrando de vuelta a la cueva.

Trató de luchar con él, pero todavía no podía inspirar nada de aire en sus pulmones. Era como si estuviera paralizada, ahogándose. Todo su cuerpo parecía flojear, hasta su cabeza. Su sangre goteaba sobre la parte de atrás de la camisa del hombre y esto fue todo lo que pudo ver mientras la llevaba por la casa.

En algún momento, se dio cuenta de que le había llevado a otra casa—una que parecía estar adosada de alguna manera a la casa en que se encontraban hacía un minuto. La tiraron al suelo como si se tratara de una bolsa llena de piedras, golpeando la cabeza contra un magullado suelo de linóleo. Puntos brillantes de dolor cruzaron sus ojos al tiempo que por fin conseguía aspirar el más mínimo aire. Rodó por el suelo, pero cuando se las arregló para ponerse en pie, allí estaba él de nuevo.

Se le estaba nublando la vista pero podía ver lo suficiente como para saber que había abierto algún tipo de puerta pequeña en el lateral de una pared—que se escondía detrás de cierto laminado falso. Estaba oscuro allí dentro, cubierto de polvo y de algún material de aislamiento que colgaba en tiras rasgadas. El corazón le golpeó el pecho, como si se le quisiera salir del esternón, cuando se dio cuenta de que la estaba llevando allí.

“Aquí estarás a salvo,” le dijo el hombre mientras se agachaba y la arrastraba hacia el escondite.

Se vio en la oscuridad, tumbada sobre unas tablas rígidas que hacían de piso. Solo podía oler a polvo y a su propia sangre, que todavía goteaba de su nariz machacada. El hombre… sabía su nombre pero no podía recordarlo. La palabra del momento era sangre y dolor además de un dolor punzante en el tórax ya que todavía tenía dificultades para respirar.

Por fin, consiguió tomar una inspiración y la quiso utilizar para gritar, pero en vez de ello, dejó que le llenara los pulmones, aliviando su cuerpo. En ese momento de breve alivio, escuchó cómo la puerta del escondite se cerraba por detrás de ella y ahí se quedó abandonada en la oscuridad.

Lo último que escuchó antes de que el mundo se volviera negro fue su risa al otro lado de la puerta.

“No te preocupes,” dijo él. “Todo esto acabará pronto.”


CAPÍTULO UNO



La lluvia estaba cayendo con consistencia, justo con la fuerza necesaria para que Mackenzie White no pudiera escuchar sus propias pisadas. Eso estaba bien. Eso significaba que el tipo al que estaba dando caza tampoco podría escucharles.

Aun así, tenía que avanzar con precaución. No solo estaba lloviendo, sino que era ya muy de noche. El sospechoso podía aprovecharse de la oscuridad igual que ella. Y las titilantes luces de las farolas no le estaban haciendo ningún favor.

Con el pelo prácticamente empapado y su gabardina tan mojada que estaba básicamente adherida a ella, Mackenzie cruzó la calle desierta a un ritmo casi de desfile. Por delante suyo, su compañero ya se encontraba en el edificio al que querían entrar. Podía ver su silueta agachada junto a la antigua estructura de hormigón. Cuando se acercó a él, iluminada solo por la luz de la luna y una sola farola a una manzana de distancia, apretó con fuerza el Glock que le habían dado en la Academia y que llevaba en la mano.

Le estaba empezando a gustar la sensación de tener un arma en las manos. Era más que una sensación de seguridad, algo más parecido a una relación. Cuando sostenía un arma en las manos y sabía que la iba a disparar, sentía una conexión íntima con ella. Nunca había sentido esto cuando trabajaba como detective menospreciada en Nebraska; era algo nuevo que la Academia del FBI le había sacado de dentro.

Llegó al edificio y se acurrucó junto a la pared con su compañero. Aquí, cuando menos, la lluvia ya no le golpeaba.

Su compañero era Harry Dougan. Tenía veintidós años, fornido, y atrevido de una manera sutil y casi respetable. Le alivió comprobar que él también parecía algo nervioso.

“¿Conseguiste hacer contacto visual?” le preguntó Mackenzie.

“No, pero la habitación delantera está despejada. Eso se puede ver a través de la ventana,” dijo él, señalando hacia delante. Había una sola ventana, rota y dentada.

“¿Cuántas habitaciones?” preguntó ella.

“Tres que sepa con certeza.”

“Deja que vaya por delante,” dijo ella. Se aseguró de que no sonara como una pregunta. Hasta en Quantico, las mujeres tenían que ser asertivas para que les tomaran en serio.

Él le hizo un gesto para que se adelantara. Después de pasar por delante suyo, se deslizó hacia la entrada del edificio. Echó un vistazo y vio que no había moros en la costa. Estas calles estaban desoladas y todo parecía apagado.

Hizo un gesto rápido para que Harry se adelantara y él lo hizo sin dudarlo. Sostenía su propio Glock con firmeza en la mano, manteniéndolo bajo durante su persecución, como les habían enseñado. Juntos, reptaron hasta la entrada del edificio. Se trataba de una mole de hormigón—quizá un viejo depósito o almacén—y la puerta mostraba su antigüedad. También era obvio que estaba abierta, había una grieta oscura que dejaba ver el interior del edificio.

Mackenzie miró a Harry y contó hacia atrás con los dedos. Tres, dos…, ¡uno!

Presionó su espalda contra la pared de hormigón cuando Harry se agachó, abrió la puerta de un empujón y entró. Ella se giró por detrás de él, los dos operando como una máquina bien engrasada. Sin embargo, una vez entraron al edificio, casi no había nada de luz. Ella buscó rápidamente su linterna a un costado. Justo cuando estaba a punto de encenderla, se detuvo. La luz de una linterna revelaría su posición de inmediato. El sospechoso los podría ver desde la distancia y posiblemente escapar de ellos… una vez más.

Guardó la linterna y reclamó la posición de líder de nuevo, andando en cuclillas delante de Harry con el Glock ahora apuntando a la puerta a su derecha. Cuando sus ojos se ajustaron a la oscuridad, pudo ver más detalles del lugar. Estaba casi desierto. Había unas cuantas cajas de cartón empapadas apoyadas en la pared. Un caballete y varios cables viejos yacían abandonados cerca de la esquina más alejada de la habitación. Por lo demás, la habitación central estaba vacía.

Mackenzie caminó hacia la puerta a su derecha. No era más que una entrada, ya que la puerta propiamente dicha había sido retirada hacía tiempo. Dentro, las sombras ocultaban casi todo. Además de una botella de cristal rota y lo que parecían ser excrementos de rata, la habitación estaba vacía.

Se detuvo y empezó a darse la vuelta cuando se dio cuenta de que Harry le estaba siguiendo demasiado de cerca. Casi le pisó los pies cuando empezó a retirarse de la habitación.

“Perdona,” susurró en la oscuridad. “Pensé que—”

Le interrumpió el sonido de un disparo, que fue seguido de inmediato por un uf que salía de los labios de Harry mientras se caía al suelo.

Mackenzie se apoyó con fuerza contra la pared cuando sonó otro disparo. El disparo golpeó la pared desde el otro lado; pudo sentir su impacto contra su espalda.

Sabía que, si actuaba con rapidez, podría atrapar al perpetrador ahora mismo en vez de meterse en el tiroteo que llegaba del otro lado de la pared. Miró a Harry, vio que seguía moviéndose y estaba coherente en su mayor parte, y se acercó a él. Le arrastró a través de la entrada, fuera de la línea de fuego. Al hacerlo, llegó otro disparo. Sintió cómo pasaba justo sobre su hombro, y cómo el aire silbaba alrededor de su gabardina.

Una vez puso a Harry a salvo, no quiso perder el tiempo y decidió actuar. Agarró su linterna, la encendió, y la arrojó por la puerta. Resonó en el suelo unos segundos después, su halo blanco danzando salvajemente en el suelo al otro lado de la pared.

Cuando el ruido se detuvo, Mackenzie giró su cuerpo para alejarse de la entrada. Estaba agachada, sus manos tanteando el suelo mientras se enroscaba rápida y firmemente. Mientras rodaba hacia su izquierda, vio la silueta del sospechoso directamente a su derecha, todavía enfocado en la linterna.

Desenroscándose, extendió su pierna derecha con una fuerza imparable. Le dio al sospechoso en la parte de atrás de la pierna, justo debajo de su rodilla. El sospechoso zozobró por un instante y eso fue todo lo que ella necesitó. Se levantó de un salto y le puso el brazo derecho alrededor del cuello mientras él caía y le tiró con fuerza al suelo. Con una rodilla en su plexo solar y un movimiento veloz de su brazo izquierdo, el sospechoso cayó, fue atrapado, y le quitaron el arma rápidamente cuando su rifle cayó al suelo.

Desde algún otro lado dentro del viejo edificio, una voz gritó, “¡Alto!”

Aparecieron unas cuantas luces de bombilla cegadoras con chasquidos audibles, que inundaron el edificio de luz.

Mackenzie se puso en pie y miró al sospechoso. Le estaba sonriendo de vuelta. Era un rostro familiar—uno que había visto en sus módulos de formación en varias ocasiones, por lo general ladrando órdenes e instrucciones a los agentes en formación.

Ella mantuvo su mano extendida y él la agarró desde su posición en el suelo. “Un trabajo excelente, White.”

“Gracias,” dijo ella.

Por detrás de ella, Harry se tambaleaba mientras avanzaba, sujetando sus abdominales. “¿Estamos seguros de que solo están metiendo bolsas de judías en esas cosas?” preguntó.

“No solo lo estamos, sino que estas son de grado inferior,” dijo el instructor. “Para la próxima, utilizaremos los sacos de disturbios.”

“Genial,” gruñó Harry.

Unas cuantas personas comenzaron a llenar la sala una vez el entrenamiento en el Callejón de Hogan se dio por finalizado. Era la tercera sesión de Mackenzie en el Callejón, una imitación de una calle abandonada que el FBI utilizaba con frecuencia para preparar a sus alumnos para situaciones de la vida real.

Mientras dos instructores conversaban con Harry, informándole de lo que había hecho mal y lo que podía haber hecho para evitar que le dispararan, otro instructor se dirigió directamente a Mackenzie. Se llamaba Simon Lee, un hombre mayor que tenía el aspecto de alguien a quien la vida había dado una mala mano a la que él había respondido dándole una buena paliza.

“Un gran trabajo, White,” dijo. “Rodaste tan rápido que apenas lo vi. Aun así… fue algo impulsivo. Si hubiera habido más de un sospechoso ahí fuera, podía haber resultado de un modo completamente diferente.”

“Sí, señor. Entiendo.”

Lee le sonrió. “Sé que es así,” dijo él. “La verdad es que solo a mitad de camino de tu preparación, ya estoy encantado con tu progreso. Vas a ser una agente de primera. Buen trabajo.”

“Gracias, señor,” dijo ella.

Lee la dejó y se fue a alguna otra parte del edificio, conversando con otro instructor. Cuando comenzaron a despejar el área, Harry se le acercó, todavía haciendo muecas.

“Buen trabajo,” dijo él. “No duele ni la mitad cuando la persona que acaba por delante es increíblemente atractiva.”

Ella volteó la mirada hacia él y enfundó su Glock. “Los halagos son inútiles,” dijo ella. “Los halagos, como suele decirse, no logran nada.”

“Lo sé,” dijo Harry. “Pero, ¿lograría al menos un trago?”

Ella le sonrió. “Si invitas tú.”

“Claro, yo invito,” acordó él. “No me gustaría que me dieras una paliza.”

Salieron del edificio y caminaron de vuelta a la lluvia. Ahora que el entrenamiento había concluido, la lluvia resultaba casi refrescante. Y con varios instructores y expertos escaneando la zona para terminar la noche, por fin se permitió sentirse orgullosa de sí misma.

Tras once semanas de entrenamiento, ya había pasado la mayoría de las clases en el aula de su preparación con la Academia. Casi estaba allí… a unas nueve semanas de terminar el curso y de potencialmente convertirse en una agente de campo con el FBI.

De repente se preguntó por qué había esperado tanto tiempo para irse de Nebraska. Cuando Ellington le había recomendado a la Academia, le había hecho el mayor regalo, el empujón que necesitaba para probarse a sí misma, para desprenderse de lo que le había resultado cómodo y seguro. Se había librado de su trabajo, su pareja, el apartamento… y había optado por una nueva vida.

Pensó en la inmensa planicie, los maizales, y los cielos azules que había dejado atrás. A pesar de que tenían su belleza particular, habían sido, de alguna manera, una prisión para ella.

Ahora todo formaba parte del pasado.

Ahora que era libre, no había nada que la pudiera detener.



*



El resto del día continuó con entrenamiento físico: flexiones, carreras cortas, lagartijas, más carreras, y levantamiento selectivo de pesas. Durante los primeros días en la Academia, había odiado este tipo de entrenamiento. Pero a medida que su cuerpo y su mente se habían acostumbrado a ello, le daba la sensación de que en realidad lo ansiaba.

Todo se hacía con precisión y rapidez. Hizo las cincuenta flexiones tan rápido que ni sentía la quemazón en la parte superior de sus brazos hasta que las terminó y se dirigió a la carrera de obstáculos con zonas de barro. Con cualquier tipo de actividad física, se había mentalizado de que no era ella la que estaba empujando realmente hasta que tanto sus brazos como sus piernas le temblaban y sus abdominales parecían tiras de carne dentada.

Había sesenta alumnos en su unidad y ella era una de las nueve mujeres. Esto no le molestaba, seguramente debido a que el tiempo que había pasado en Nebraska le había endurecido como para que no le importara el género de la gente con la que trabajaba. Simplemente mantuvo la discreción y trabajó lo mejor que pudo, lo que, a pesar de que no era tan orgullosa como para decirlo, era bastante excepcional.

Cuando el instructor anunció el final de su último circuito—una carrera de dos millas a través de bosques y caminos embarrados—la clase se disolvió y cada uno se fue por su lado. Mackenzie, por otra parte, se sentó en uno de los bancos junto al borde de la pista y estiró las piernas. Sin gran cosa por hacer el resto del día y todavía con la sensación de satisfacción de su exitosa prueba en el Callejón de Hogan, pensó en salir a correr una vez más.

Por mucho que odiara admitirlo, se había convertido en una de esas personas a las que les gustaba correr. Aunque no tenía pensado registrarse en ningún maratón temático, había conseguido apreciar el acto en sí mismo. Además de los largos y las carreras que requería su entrenamiento, encontró tiempo para correr por los senderos forestales del campus que se encontraba a seis millas de las oficinas centrales del FBI y, como consecuencia, a unas ocho millas de su nuevo apartamento en Quantico.

Con su camiseta de entrenamiento empapada de sudor y un rubor en sus mejillas, terminó el día con una carrera alrededor de la pista de obstáculos, saltándose las colinas, los troncos caídos y las redes. Mientras lo hacía, notó cómo le miraban dos hombres diferentes—no debido a ningún ensueño lujurioso, sino con cierta admiración que, sinceramente, le alentó a seguir.

Aunque, la verdad sea dicha, no le hubiera importado recibir alguna mirada de deseo de vez en cuando. Este nuevo y esbelto cuerpo por el que había trabajado tan duro se merecía algo de aprecio. Era extraño sentirse tan cómoda en su propia piel, pero estaba aprendiendo a apreciarlo. Sabía que a Harry Dougan también le gustaba, aunque, por el momento, no había dicho nada. Y hasta si fuera a decir algo, Mackenzie no estaba segura de cómo le respondería.

Cuando terminó con su última carrera (algo menos de dos millas), se dio una ducha en las instalaciones de la Academia y al salir compró un paquete de galletas saladas en la máquina expendedora. Tenía el resto del día a su disposición; cuatro horas para hacer lo que le diera la gana antes de pasarse por la cinta andadora en el gimnasio—una pequeña rutina a la que había conseguido acostumbrarse para mantenerse un paso por delante de todos los demás.

¿Qué podía hacer con el resto del día? Quizá pudiera terminar de deshacer las maletas. Todavía había seis cajas en su apartamento a las que ni había cortado la cinta de empaquetar. Eso sería lo más inteligente, aunque también se preguntaba qué tendría pensado Harry para esa noche, si todavía estaría dispuesto a tomar un trago. ¿Se refería a esta noche o a alguna otra noche?

Y, además de eso, se preguntó qué estaría haciendo el Agente Ellington.

Ellington y ella casi habían quedado en unas cuantas ocasiones pero al final nunca había resultado posible—probablemente para bien, en lo que a Mackenzie se refería. Podía pasarse el resto de su vida sin que le recordaran la vergüenza que había pasado con él en Nebraska.

Mientras trataba de decidir qué hacía con su tarde, se dirigió a su coche. Cuando introdujo la llave en la cerradura de la puerta, vio un rostro familiar pasar corriendo. La corredora, una compañera en formación con la Academia llamada Colby Stinson, la vio mirándola y sonrió. Corrió hacia el coche de Mackenzie con tal energía que Mackenzie pensó que Colby debía de estar comenzando su carrera, y no terminándola.

“¿Qué pasa?,” dijo Colby. “¿Te dejó atrás la clase?”

“No. Me las arreglé para hacer otra carrera.”

“Claro, por supuesto que sí.”

“¿Qué se supone que significa eso?” preguntó Mackenzie. Colby y ella se conocían bastante bien, aunque no se pudiera decir que eran amigas. Nunca estaba segura de si Colby se estaba haciendo la graciosa o intentando que reaccionara.

“Significa que estás increíblemente motivada y que destacas en tu campo,” dijo Colby.

“Culpable.”

“¿Y qué estás haciendo?” preguntó Colby. Entonces señaló al paquete de galletas que Mackenzie tenía en la mano. “¿Ese es tu almuerzo?”

“Así es,” dijo ella. “Triste, ¿verdad?”

“Un poco. ¿Por qué no vamos a comer algo? Me encanta la idea de comer una pizza.”

A Mackenzie también le sonaba muy bien la idea de comer pizza. Lo que no quería era sufrir la charlatanería, especialmente con una mujer que mostraba inclinación por la conversación chismosa. Por otra parte, sabía que necesitaba algo más en su vida que el entrenamiento, el entrenamiento extra, y encerrarse en su apartamento.

“Sí, hagámoslo,” dijo Mackenzie.

Era una pequeña victoria—salir de su zona de confort para intentar hacer amigos en este nuevo lugar, en este nuevo episodio de su vida. Con cada paso que tomaba, abría una nueva página y estaba, con toda sinceridad, deseando comenzar a escribir.



*



La pizzería de Donnie solo estaba medio llena cuando llegaron Mackenzie y Colby a media tarde, cuando habían salido muchos comensales del almuerzo. Eligieron una mesa en la parte trasera y pidieron una pizza. Mackenzie se permitió relajarse, descansando sus doloridas extremidades, pero no pudo hacerlo durante mucho tiempo.

Colby se sentó en el borde de su asiento y suspiró. “Y bien, ¿podemos abordar el elefante en la sala?”

“¿Hay un elefante?” preguntó Mackenzie.

“Lo hay,” dijo Colby. “Aunque va vestido todo de negro y se mezcla con su entorno la mayor parte del tiempo.”

“Muy bien,” dijo Mackenzie. “Explícame ese elefante, y dime por qué has esperado hasta ahora para mencionarlo.”

“Algo que no te dije antes es que el primer día que apareciste en la Academia, ya sabía quién eras. Casi todo el mundo lo sabía. Había muchos rumores. Y por eso he esperado hasta ahora para decírtelo. Cuando termine con esto, no sé cómo va a afectar nuestra relación.”

“¿Qué rumores?” preguntó Mackenzie, bastante segura de que ya sabía por dónde iban los tiros.

“En fin, las partes más importantes tratan del Asesino del Espantapájaros y de la tímida mujercita que consiguió atraparle. Una mujercita que era tan buena detective en Nebraska que el FBI fue a buscarla.”

“Es una versión bastante glorificada de ello, pero sí… reconozco ese elefante. Sin embargo, dijiste que eran las partes más importantes. ¿Hay otras partes?”

De repente, Colby pareció incómoda. Nerviosa, se colocó un mechón de su pelo castaño detrás de la oreja. “En fin, hay rumores. Escuché que algún agente intervino para que te metieran a bordo. Y… claro, estamos en un entorno dirigido por hombres. Ya te puedes hacer una idea de por dónde van los rumores.”

Mackenzie volteó la mirada, sintiéndose avergonzada. Nunca se había parado a preguntarse qué tipo de rumores secretos podían estar circulando sobre ella y Ellington, el agente que sin duda había jugado un papel crucial para que le dieran una oportunidad en el Bureau.

“Lo siento,” dijo Colby. “¿Debería haber mantenido la boca cerrada?”

Mackenzie se encogió de hombros. “Está bien. Supongo que todos tenemos nuestras historias.”

Con aspecto de sentir que había dicho demasiado, Colby miró a la mesa y tomó un sorbito de su tónica con nerviosismo. “Lo siento,” dijo suavemente. “Pensé que deberías saberlo. Eres la primera amiga de verdad que he hecho aquí y quería ser tan directa como fuera posible.”

“Igualmente,” dijo Mackenzie.

“¿Estamos bien entonces?” preguntó Colby.

“Claro. Y ahora, ¿qué tal si se te ocurre algún otro tema del que hablar?”

“Oh, eso es fácil,” dijo Colby. “Cuéntame de Harry y de ti.”

“¿Harry Dougan?” preguntó Mackenzie.

“Sí. El agente en potencia que parece desnudarte con la mirada cada vez que os encontráis juntos en la misma sala.”

“No hay nada que contar,” dijo Mackenzie.

Colby sonrió y volteó la mirada. “Si tú lo dices.”

“No, de verdad. No es mi tipo.”

“Quizá tú no seas su tipo,” señaló Colby. “Quizá solo quiera verte desnuda. Me pregunto… ¿cuál es tu tipo? Apuesto a que intenso y psicológico.”

“¿Por qué dices eso?” preguntó Mackenzie.

“Por tus intereses y tu tendencia a sobresalir en cursos y situaciones en que hay que trazar perfiles.”

“Creo que ese es un error común sobre los que están interesados en trazar perfiles,” dijo Mackenzie. “Si necesitas pruebas, te puedo dirigir hacia al menos tres hombres maduros de la Policía del Estado de Nebraska.”

Después de esto, la conversación pasó a temas triviales—sus clases, sus instructores, y temas relacionados. Durante todo ese tiempo, Mackenzie estaba hirviendo por dentro. Los rumores que había mencionado Colby eran la razón de que hubiera decidido mantenerse fuera de la vista de todo el mundo. No se había esforzado por hacer muchos amigos—una decisión que debería haberle concedido suficiente tiempo como para preparar su apartamento.

Y por debajo de todo ello estaba Ellington… el hombre que había llegado a Nebraska y le había dado la vuelta a su mundo. Parecía cliché pensar en tal cosa, pero eso era básicamente lo que había sucedido. Y la idea de que todavía no se lo había podido sacar de su mente le resultaba ligeramente repugnante.

Hasta cuando Colby estaba hablando con ella de cosas agradables al terminar de comer, Mackenzie se preguntó qué estaría haciendo Ellington. Se preguntó qué estaría haciendo ella si él no hubiera llegado paseando a Nebraska durante su intento de detener al Asesino del Espantapájaros. No era una imagen agradable: seguramente seguiría conduciendo por aquellas carreteras imposiblemente rectas, bordeadas de cielo, campos de cultivo, o maíz. Y seguramente estaría emparejada con algún imbécil machista que sería una versión más joven y más cabezota de Porter, su antiguo compañero.

No echaba en falta Nebraska. No echaba en falta las rutinas del trabajo que había desempeñado allí; y sin duda alguna, no echaba en falta la mentalidad. Lo que sí que echaba en falta, no obstante, era la certeza de que encajaba. Es más, ella formaba parte del nivel superior de personal de su departamento. Aquí en Quantico, eso no era cierto. Aquí había una competición enorme y tenía que luchar para mantener su posición de liderazgo.

Afortunadamente, estaba más que dispuesta a asumir el reto y contenta de dejar en el pasado al Asesino del Espantapájaros y a la vida que tenía antes de su arresto.

Solo le faltaba conseguir dejar de tener pesadillas.


CAPÍTULO DOS



A la mañana siguiente comenzó temprano y sin rodeos con entrenamiento de armas, algo que Mackenzie estaba descubriendo que se le daba muy bien. Lo cierto es que siempre había tenido buena puntería, pero con la instrucción adecuada y una clase con otros veintidós aspirantes que competían con ella, se había hecho escalofriantemente buena. Todavía prefería la Sig Sauer que había utilizado en Nebraska y le había complacido comprobar que el arma reglamentaria del Bureau era un Glock, que no era muy diferente.

Echó una buena ojeada al objetivo de papel al final del corredor de tiro. Una larga lámina de papel colgaba estacionaria de un raíl mecanizado a veinte metros de distancia. Apuntó, disparó tres veces en rápida sucesión, y entonces bajó el arma. El tronar de los disparos retumbó en sus manos, una sensación que le había acabado gustando.

Cuando la luz verde al final del pasillo le dio la señal para continuar, pulsó el botón en el pequeño panel que tenía delante y levantó el objetivo. Se acercó hacia adelante y a medida que se acercaba más, pudo ver dónde habían aparecido tres agujeros en el objetivo de papel. Era la representación de la silueta de un hombre de cintura para arriba. Dos de los disparos habían aterrizado en la parte superior del pecho mientras que el tercero le había pasado rozando el hombro izquierdo. Eran tiros decentes (pero no extraordinarios) y aunque se sentía algo decepcionada con las balas perdidas en el tórax, sabía que lo estaba haciendo mucho mejor de lo que lo había hecho durante su primera sesión de tiro.

Once semanas. Había estado aquí durante once semanas y todavía estaba aprendiendo. Estaba molesta con las balas perdidas en el tórax porque esos disparos podían ser mortales. Le habían entrenado para disparar con la única intención de derribar al sospechoso—y guardar el disparo letal al tórax o la cabeza para las circunstancias más extremas.

Su instinto estaba mejorando. Sonrió al objetivo de papel y después miró a la pequeña caja de control delante de ella en la que aguardaba una caja de munición. Volvió a cargar el Glock y después apretó el botón para sacar un nuevo objetivo. Dejó que este retrocediera veinticinco metros.

Esperó a que la luz roja cambiara a verde en el panel y entonces se dio la vuelta. Tomó aliento, se movió un poco, y disparó tres tiros más.

Una fila limpia de agujeros de bala se formó justo debajo del hombro de la figura.

Mucho mejor, pensó Mackenzie.

Satisfecha, retiró las protecciones de sus ojos y sus orejas. Entonces ordenó su estación de tiro y apretó otro botón en el panel de control que acercó el objetivo mediante el sistema de empuje motorizado que los transportaba. Descolgó el objetivo, lo dobló, y lo colocó en la pequeña bolsa de libretos que llevaba consigo prácticamente a todas partes.

Había estado viniendo a la sala de tiro en su tiempo libre para afinar las habilidades en que se sentía algo rezagada en comparación con otros en su clase. Era una de las más mayores en ella y ya habían circulado los rumores de boca en boca—rumores sobre cómo había sido catapultada de un miserable departamento de policía en Nebraska después de que cerrara el caso del Asesino del Espantapájaros. Estaba más o menos en la media de su clase en lo que se refería a armas de fuego y estaba decidida a estar entre los mejores para cuando se acabara el entrenamiento en la Academia.

Tenía que demostrar lo que valía. Y eso no le importaba demasiado.



*



Después del campo de tiro, Mackenzie no perdió el tiempo para ir a su último curso por clases, una sesión de psicología a cargo de Samuel McClarren.

McClarren era un ex-agente de sesenta y dos años y autor de éxitos de ventas, que había escrito seis éxitos de ventas del New York Times sobre las características psicológicas de los asesinos en serie más sanguinarios de los últimos cien años. Mackenzie había leído todo lo que había escrito y se podía pasar mil horas escuchándole. Era sin duda su materia favorita y a pesar de que al ayudante del director le había parecido que no necesitaba esa clase en base a su currículo y su historial laboral, ella había saltado a la posibilidad de asistir.

Como de costumbre, era de las primeras en el aula, sentada cerca de la tarima delantera. Preparó su libro de notas y su bolígrafo mientras otros cuantos más empezaron a entrar y a preparar sus MacBooks. Mientras esperaba, Samuel McClarren subió a la tarima. Detrás de Mackenzie, la clase con cuarenta y dos estudiantes esperaba con anticipación; cada uno de ellos parecía pendiente de cada palabra que salía de su boca.

“Ayer acabamos con las interpretaciones psicológicas que creemos motivaban a Ed Gein, para alivio de algunos de vosotros con estómagos más bien flojos,” dijo McClarren. “Y hoy no va a ser mucho mejor, cuando investiguemos la mente con frecuencia subestimada pero increíblemente retorcida de John Wayne Gacy. Veintiséis víctimas registradas, asesinadas ya sea mediante estrangulación o asfixia con empleo de torniquete. De los paneles debajo de su casa al río Des Plaines, esparció sus víctimas en varios lugares después de que fueran asesinadas. Y por supuesto, está lo que le viene a la mayoría de la gente a la mente al escuchar su nombre—el maquillaje de payaso. En esencia, el caso de Gacy es un caso clínico en cuestión de pistas psicológicas.”

Y así continuó la clase, con McClarren hablando mientras los alumnos tomaban apuntes sin descanso. Como de costumbre, la hora y quince minutos pasaron volando y Mackenzie se dio cuenta de que quería más. En unas cuantas ocasiones, la clase de McClarren le había traído recuerdos de su persecución del Asesino del Espantapájaros, especialmente de cuando había revisitado las escenas de los crímenes para penetrar en la mente de un asesino. Siempre había sabido que se le daban bien este tipo de cosas, pero había intentado mantener discreción al respecto. De vez en cuando le asustaba y era algo morboso, así que se lo tenía bien guardado.

Cuando la sesión terminó, Mackenzie guardó sus cosas y se dirigió hacia la puerta. Todavía estaba procesando la clase mientras recorría el pasillo y no vio al hombre de pie junto al marco de la puerta. De hecho, no le vio hasta que él la llamó por su nombre.

“¡Mackenzie! ¡Espera!”

Se detuvo al escuchar el sonido de su nombre, dándose la vuelta y encontrándose con un rostro familiar en la pequeña multitud.

El Agente Ellington le estaba siguiendo por detrás. Se llevó tal sorpresa al verle que se quedó literalmente inmóvil durante un instante, tratando de figurarse por qué estaba allí. Mientras permanecía congelada en su posición, él le lanzó una tímida sonrisa y se acercó a ella rápidamente. Venía otro hombre con él, siguiéndole por detrás.

“Agente Ellington,” dijo Mackenzie. “¿Cómo estás?”

“Muy bien,” dijo él. “¿Y tú?”

“Bastante bien. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Un curso de repaso?” le preguntó ella, tratando de inyectar algo de humor.

“No, la verdad es que no,” le dijo Ellington. Le lanzó otra sonrisa y le recordó de nuevo por qué se había arriesgado y había acabado poniéndose en ridículo con él hace tres meses. Él le hizo un gesto al hombre que venía detrás suyo y le dijo, “Mackenzie White, me gustaría presentarte al Agente Especial Bryers.”

Bryers se adelantó y extendió su mano. Mackenzie la estrechó al tiempo que se tomaba un momento para estudiar al hombre. Parecía tener unos cincuenta y pocos años. Tenía un bigote mayormente canoso y ojos azules y amigables. Podía decir de inmediato que seguramente tenía buenos modales y era uno de los auténticos caballeros del sur de los que había escuchado hablar tanto desde que se había trasladado a Virginia.

“Encantado de conocerte,” dijo Bryers al darle la mano.

Una vez terminadas las presentaciones, Ellington volvió al asunto que les ocupaba. “¿Estás ocupada ahora mismo?” le preguntó a Mackenzie.

“No en este momento,” respondió ella.

“Bueno, si tienes un minuto, al Agente Bryers y a mí nos gustaría hablar contigo de algo.”

Mackenzie vio una sombra de duda cruzar el rostro de Bryers mientras Ellington decía eso. La verdad es que, si lo pensaba mejor, Bryers parecía estar algo incómodo. Quizá esa era la razón de que pareciera tan tímido.

“Claro,” dijo ella.

“Vamos,” dijo Ellington, haciéndole un gesto hacia la zona de estudio en la parte de atrás del edificio. “Te invito a un café.”

Mackenzie recordó la última vez que Ellington había mostrado tal interés por ella. Le había traído hasta aquí, hasta casi lograr su sueño de convertirse en agente del FBI y vivir los altibajos de todo ello. Seguirle ahora tenía sentido. Lo hizo, echando una mirada al Agente Bryers mientras salían y preguntándose por qué parecía tan incómodo.



*



“Así que ya te queda poco, ¿no es cierto?” preguntó Ellington cuando los tres se sentaron con las tazas de café que Ellington había comprado en el pequeño mostrador.

“Ocho semanas,” dijo ella.

“Te queda antiterrorismo, quince horas de simulación, y como unas doce horas en el campo de tiro, ¿verdad?” preguntó Ellington.

“¿Y cómo sabes tú eso?” preguntó Mackenzie, preocupada.

Ellington se encogió de hombros y le sonrió. “Me he creado un hobbie de estar al tanto de ti desde que llegaste aquí. Yo te recomendé, así que mi reputación también está en juego. Estás impresionando prácticamente a todos los que importan. Llegados a este punto, todo es mera formalidad. A menos que te las arregles para colapsar y quemarte durante las últimas ocho semanas, diría que ya estás dentro.”

Respiró hondo y pareció prepararse para algo.

“Lo que nos lleva a la razón por la que quería hablar contigo. El Agente Bryers está en una situación peliaguda y puede que precise de tu ayuda. Pero voy a dejar que te lo explique él.”

Bryers aún parecía dudar de la situación. Se vio hasta en la forma en que dejó reposar la taza de café y se tomó unos segundos para empezar a hablar.

“En fin, como dice el Agente Ellington, has causado una gran impresión en la gente que importa. En los últimos dos días, me han mencionado tu nombre tres veces.”

“¿Respecto a qué?” preguntó ella, algo nerviosa.

“Ahora mismo tengo un caso que ha hecho que mi compañero de trece años se aleje del Bureau,” explicó Bryers. “Ya está cerca de la edad de retirarse, así que no me resulta sorprendente. Aprecio a este hombre como si fuera un hermano, pero ya ha tenido suficiente. Ha visto más que suficiente durante sus veintiocho años como agente y no quería que otra pesadilla más le siguiera durante su jubilación. Por tanto, eso crea un hueco para un nuevo compañero que le reemplace. No sería una asociación permanente—solo por el tiempo suficiente para cerrar este caso.”

Mackenzie sintió una ráfaga de emoción en su corazón y supo que tenía que controlarse antes de que su necesidad de complacer e impresionar se adueñara de ella. “¿Es por eso que se mencionó mi nombre?” preguntó.

“Así es,” dijo Bryers.

“Pero tiene que haber varios agentes experimentados que puedan llenar ese hueco mejor que yo.”

“Seguramente hay agentes más apropiados,” dijo Ellington con convicción. “Pero por lo que podemos decir, este caso refleja el caso del Asesino del Espantapájaros de más de una manera. Eso, más el hecho de que tu nombre está sonando mucho, ha hecho que mucha gente importante piense que tú eres la persona perfecta.”

“Pero todavía no soy una agente,” señaló Mackenzie. “Quiero decir, con algo como esto, ¿realmente os podéis permitir esperar ocho semanas?”

“No estaríamos esperando,” dijo Ellington. “Y a riesgo de sonar pedante, esta no es una oferta que el Bureau le haría a cualquiera. Una oportunidad como esta—en fin, creo que cualquiera de los alumnos en esa clase de la que acabas de salir mataría por tenerla. No tiene nada de ortodoxo y unos cuantos peces gordos están haciendo la vista gorda.”

“Es que parece… poco ético,” dijo Mackenzie.

“Lo es,” dijo Ellington. “Es técnicamente ilegal de unas cuantas maneras. Pero no podemos pasar por alto las similitudes entre este caso y el que cerraste en Nebraska. O te metemos de extranjis ahora mismo o esperamos tres o cuatro días y esperamos a emparejar al agente Bryers con un nuevo compañero. Y no hay tiempo que perder.”

Sin duda, quería la oportunidad, pero le parecía demasiado pronto. Le parecía apresurado.

“¿Tengo tiempo para considerarlo?” preguntó.

“No,” dijo Ellington. “De hecho, cuando termine esta reunión, voy a hacer que te lleven los archivos sobre el caso a tu apartamento. Te daré unas cuantas horas para que los repases y después me pondré en contacto contigo al final del día para que me des una respuesta. Pero Mackenzie… te ruego encarecidamente que lo aceptes.”

Sabía que lo haría, pero no quería parecer demasiado ansiosa o atrevida. Además, había cierto grado de nerviosismo que estaba empezando a aparecer. Esta era su gran oportunidad. Y que un agente tan experimentado como Bryers quisiera su ayuda… en fin, era realmente increíble.

“Esta es la situación,” dijo Bryers, inclinándose sobre la mesa y bajando la voz. “Hasta el momento, tenemos dos cadáveres que han aparecido en el mismo vertedero. Las dos eran mujeres jóvenes; una tenía veintidós años, la otra diecinueve. Las encontraron desnudas y cubiertas de moratones. La más reciente mostraba señales de abuso sexual pero no hay ni rastro de fluidos corporales. Los cadáveres aparecieron con una diferencia de dos meses y medio, pero el hecho de que lo hicieran en el mismo vertedero con los mismos tipos de moratones…”

“No es una coincidencia,” dijo Mackenzie, pensando en voz alta.

“No, seguramente no,” dijo Bryers. “Así que dime… digamos que este fuera tu caso. Te lo acaban de pasar. ¿Qué es lo primero que harías?”

Le llevó menos de tres segundos responder a la pregunta. Cuando lo hizo, sintió cómo entraba en una especie de zona—donde sentía que sabía que tenía razón. Si había albergado alguna duda sobre si iba a asumir esta responsabilidad, se disipó en cuanto enunció su respuesta.

“Empezaría por el vertedero,” dijo ella. “Querría ver el área por mi cuenta, con mis propios ojos. Después querría hablar con los familiares. ¿Alguna de las mujeres estaba casada?”

“La de veintidós,” dijo Ellington. “Llevaba casada dieciséis meses.”

“Entonces sí,” dijo Mackenzie. “Empezaría por el vertedero y después hablaría con el marido.”

Ellington y Bryers intercambiaron una mirada certera. Ellington asintió y martilleó las manos en la mesa. “¿Contamos contigo?” preguntó.

“Podéis contar conmigo,” dijo ella, incapaz de aguantarse la emoción durante mucho más rato.

“Genial,” dijo Bryers. Rebuscó en su bolsillo y deslizó un manojo de llaves a través de la mesa. “No tiene sentido perder más tiempo. Pongámonos en marcha.”


CAPÍTULO TRES



Era la 1:35 cuando llegaron al vertedero. Los treinta grados de temperatura aumentaban el hedor del lugar, y las moscas hacían tanto ruido que parecía algún tipo extraño de música. Mackenzie conducía mientras que Bryers pasó a ocupar el asiento del copiloto, poniéndole al día de los detalles del caso.

Para cuando salieron del coche y se acercaron a los vertederos, Mackenzie estaba pensando que ya se había figurado a Bryers. Era, en su mayor parte, un hombre que seguía el libro al pie de la letra. No iba a llamar la atención sobre ello, pero estaba extremadamente nervioso de tenerla como compañera, a pesar de que los más preparados lo hubieran aprobado con los ojos cerrados. Era evidente en su postura y en las miradas furtivas que le lanzaba.

Mackenzie caminó despacio mientras Bryers se acercaba a los contenedores verdes de basura. Caminó hacia ellos como si trabajara allí. Tuvo que recordarse a sí misma que él ya había estado en la escena en una ocasión. Sabía lo que podía esperar, lo cual le hacía sentir como una novata—algo que, en realidad, era cierto.

Se tomó un momento para estudiar el lugar de verdad, ya que nunca antes se había tomado el tiempo para examinar un vertedero. La zona en la que Bryers y ella estaban en ese momento—la porción del vertedero a la que entraba tráfico —no era más que un basurero. Había seis contenedores de basura metálicos de tamaño económico bordeando el lugar, todos asentados en un espacio hueco en el terreno. Detrás de los basureros, podía ver la zona de abajo donde los camiones estatales llegaban para recoger su carga. Para hacer espacio a estas áreas huecas que ocultaban la mayoría de los contenedores, la entrada pavimentada y el aparcamiento tomaban la forma de una colina bien cuidada; la zona en que Bryers y ella permanecían de pie era la cima mientras que la pista que cruzaba el vertedero llegaba hasta más atrás, daba la vuelta, y escupía coches por detrás de los contenedores a una carretera que llevaba de vuelta a la autopista.

Mackenzie examinó el terreno. Donde ella estaba no era más que tierra apilada que daba lugar a gravilla y después a alquitrán al otro lado de los contenedores. Ella estaba de pie en la zona de tierra y mirando hacia las marcas de neumáticos que estaban incrustadas como huellas fantasmales a lo largo del terreno. La interferencia y el pasaje desordenado de innumerables rastros de neumáticos iba a hacerles muy difícil la identificación de una buena huella. El clima había sido cálido y seco últimamente; la última lluvia había caído hacía una semana y solo había sido una llovizna. La tierra reseca iba a hacer esto bastante más difícil.

Con la sensación de que encontrar huellas adecuadas en este lío iba a ser casi imposible, se unió a Bryers junto al contenedor.

“Se encontró el cadáver en este,” dijo Bryers. “La oficina del forense ya se llevó las muestras de sangre y tomó las huellas. El nombre de la víctima era Susan Kellerman, veintidós años, residente de Georgetown.”

Mackenzie asintió, todavía en silencio. Cambió de prioridades mientras miraba al basurero. Ahora estaba trabajando con gente del FBI así que se sentía cómoda saltándose unos cuantos pasos. No iba a perder el tiempo en busca de lo evidente. Los que habían venido antes que ella—seguramente incluido Bryers—ya habían hecho el trabajo de campo. Por tanto, Mackenzie trató de enfocarse en lo oculto… en las cosas que se podían haber pasado por alto.

Tras un minuto mirando la zona circundante. Mackenzie pensó que sabía todo lo que había que saber. Y hasta el momento, no era gran cosa.

“Y bien,” dijo Bryers. “Si tuvieras que adivinar, ¿cuál es el significado de que el asesino se deshaga aquí de los cadáveres?

“No creo que sea cuestión de conveniencia,” dijo Mackenzie. “Creo que está intentando ir a lo seguro. Se deshace de los cadáveres aquí porque quiere deshacerse de ellos. También creo que vive cerca de aquí… a no más de veinte o treinta millas. No creo que condujera tan lejos solo para deshacerse de un cadáver… sobre todo por la noche.”

“¿Por qué por la noche?” preguntó Bryers.

Mackenzie sabía que le estaba poniendo a prueba y no le importaba. Teniendo en cuenta la increíble oportunidad que le habían propuesto, esperaba un poco de provocación.

“Porque es como si casi hubiera tenido que venir de noche para deshacerse del cadáver. Hacerlo a la luz del día cuando hay gente trabajando aquí sería estúpido.”

“¿Así que crees que es inteligente?”

“No necesariamente. Es cauto y cuidadoso. Y eso no es lo mismo que inteligente.”

“Te vi buscando huellas de neumáticos.” dijo él. “Ya lo intentamos y no encontramos nada. Hay demasiadas huellas.”

“Sí, sería difícil,” dijo ella. “Desde luego, como dije, asumiría que trajo el cadáver aquí por la noche. ¿También es esa tu suposición?”

“Lo es.”

“Así que no habría huellas aquí,” señaló Mackenzie.

Él la sonrió. “Así es,” dijo él. “No hay huellas de neumáticos al menos. Pero debería haber huellas de pisadas. Tampoco es que importe demasiado. También hay demasiadas.”

Mackenzie asintió, sintiéndose como una idiota por haberse pasado por alto un hecho tan obvio. Sin embargo, eso hizo que su mente tomara una ruta diferente.

“En fin, no es como si hubiera llevado el cadáver a cuestas,” dijo Mackenzie. “Las huellas de sus neumáticos estarían en alguna parte. No aquí, quizá fuera de la entrada. Podíamos tratar de comparar y contrastar las huellas que vemos que se detienen fuera de la entrada y las huellas en esta tierra. Podríamos hasta mirar alrededor de la valla en busca de cualquier indicio de impacto desde donde casi con seguridad arrojó o tiró el cadáver.”

“Bien pensado,” dijo Bryers, con aspecto de estar divirtiéndose. “Ese es un detalle que encontraron los chicos del laboratorio, pero que me las arreglé para pasar por alto. Pero sí, tienes razón. Tuvo que detener su coche fuera de la entrada. Así que la idea es que si hallamos huellas que lleguen hasta la entrada, se detengan, y se den la vuelta, podrían ser las de nuestro tipo.”

“Podrían ser,” dijo Mackenzie.

“Estás pensando del modo correcto, pero no hay nada de nuevo. ¿Qué más tienes?”

No estaba tratando de ser grosero o de menospreciarla; sabía esto solo por el tono de su voz. Solo estaba tratando de impulsarla, de motivarla para que continuara con ello.

“¿Sabemos cuántos vehículos pasan por aquí un día cualquiera?”

“Aproximadamente unos 1100,” dijo Bryers. “Aun así, si podemos obtener huellas que se acerquen a la entrada y que después se detengan…”

“Podría ser un comienzo.”

“Eso esperamos,” dijo Bryers. “Hemos tenido a un equipo trabajando en eso desde ayer por la tarde y todavía no tenemos ni una pista.”

“Puedo echar un vistazo si quieres,” dijo Mackenzie.

“Haz lo que te venga en gana,” dijo Bryers. “Pero ahora trabajas con el Bureau, señorita White. No te esfuerces demasiado si hay otro departamento que pueda manejarlo mejor que tú.”

Mackenzie volvió a mirar al vertedero, tratando de encontrar un sentido a las formas aplastadas de la basura que había dentro. Aquí había estado una joven hace poco, con su cuerpo desnudo y levemente magullado. La habían desechado en el mismo lugar donde la gente desechaba su basura, las cosas que ya no necesitaban. Quizá el asesino estaba tratando de especular que las mujeres que había matado no eran mejor que cualquier basura doméstica.

Casi deseó haber estado aquí cuando llegaron Bryers y su amigo a punto de jubilarse. Quizá entonces tuviera más para continuar. Quizá entonces pudiera ayudar a Bryers a acercarse al sospechoso, pero por el momento, al menos había demostrado su valía bastante deprisa con sus ideas sobre las huellas de neumáticos.

Se dio la vuelta para mirarle de frente y vio que permanecía ociosamente de pie, oteando la entrada. Estaba claro que le estaba dando algo de tiempo para procesar. Ella lo apreciaba, pero una vez más, le hizo muy consciente de lo novata que era.

Se aventuró hasta la valla metálica que rodeaba el vertedero. Comenzó en la puerta por la que entraban los vehículos y continuó hacia la izquierda. Examinó el borde inferior de la valla durante unos cuantos segundos antes de que se le ocurriera otro pensamiento.

Tuvo que escalar la valla, pensó.

Entonces empezó a examinar la valla. No estaba segura de lo que estaba buscando. Quizás tierra descolocada o fibras en los eslabones de la malla. Cualquier cosa que se encontrara podía acabar resultando ser irrelevante, pero sería algo.

Pasaron menos de dos minutos antes de que encontrara algo de interés. Era tan infinitesimal que casi lo ignora por completo. Pero a medida que se acercó más, vio que podía ser más útil de lo que había pensado originalmente.

A metro y medio del suelo y a dos metros a la izquierda de la puerta de entrada, un solo hilo de tela blanca colgaba de una de las formas ovaladas de la valla. Puede que la tela en sí misma no produjera resultados pero al menos les daba un buen punto de partida para espolvorear en busca de huellas digitales.

“¿Agente Bryers?” dijo ella.

Él se acercó despacio, como si no esperara demasiado. A medida que se acercaba más, ella escuchó como entonaba un mmm mientras miraba al trozo de tela.

“Buen trabajo, señorita White,” dijo.

“Por favor, llámame Mackenzie,” dijo ella. “Mac, si te atreves.”

“¿De qué crees que se trata?” preguntó.

“Quizá nada. Pero a lo mejor una tira de tela de alguien que hace poco que escaló la valla. Puede que la tela no sirva de nada, pero nos da una zona concentrada en la que enfocarnos para buscar huellas digitales.”

“Hay un pequeño equipo de pruebas en el maletero del coche. ¿Puedes ir a por él mientras llamo para comunicar esto?”

“Claro,” dijo ella, dirigiéndose de vuelta al coche.

Para cuando regresó donde él estaba, ya estaba terminando con la llamada. Todo parecía ser rápido y eficiente con Bryers. Era una de las cosas que le estaban empezando a gustar de él.

“Bien, Mac,” dijo él. “Ahora sigamos por el sendero que indicaste antes. El marido de la víctima vive a unos veinte minutos de aquí. ¿Estás preparada?”

“Lo estoy,” dijo Mackenzie.

Regresaron al coche y salieron del vertedero que aún seguía cerrado. Por encima de sus cabezas, unas cuantas aves rapaces desempeñaban sus tareas con diligencia, observando el drama que se desarrollaba por debajo de ellos con aspecto indiferente.



***



Caleb Kellerman ya tenía visitas en la forma de dos policías cuando Mackenzie y Bryers llegaron a su casa. Vivía a las afueras de Georgetown en una casa de dos plantas que resultaba ser una primera vivienda bastante agradable. Cuando pensaba que los Kellerman solo habían estado casados algo más de un año antes de que la esposa hubiera sido asesinada, Mackenzie sentía compasión por el hombre, pero también ira por lo que había sucedido.

Una primera vivienda que no tuvo oportunidad de ver qué más podía llegar a ser, pensó Mackenzie mientras entraban a la casa. Es de lo más triste.

Entraron por la puerta delantera, pasando a un pequeño recibidor que daba directamente a la sala de estar. Mackenzie podía sentir la escalofriante sensación de soledad y silencio que acompañaba la mayoría de las residencias poco después de una muerte. Esperaba acostumbrarse a ello en algún momento, pero le parecía difícil de creer.

Bryers hizo las presentaciones con la policía que estaba afuera del recibidor y los chicos en uniforme parecieron aliviados de que les pidieran que se retiraran. Cuando comenzaron a salir, Bryers y Mackenzie entraron a la sala de estar. Mackenzie vio que Caleb Kellerman parecía increíblemente joven: podía pasar fácilmente por un chico de unos dieciocho años con su aspecto bien afeitado, su camiseta de Five Finger Death Punch, y sus pantalones cortos de camuflaje. Mackenzie fue capaz de pasar por alto su apariencia, concentrándose en vez de ello en el sufrimiento indescriptible que vio en el rostro del joven.

Él les miró, esperando que alguno de los dos dijera algo. Mackenzie notó cómo Bryers le daba la luz verde, asintiendo con sutileza en dirección a Caleb. Ella dio un paso adelante, tan aterrorizada como halagada de que le concedieran tal autoridad. O Bryers la tenía en gran estima, o estaba tratando de hacer que se sintiera incómoda.

“Señor Kellerman, soy la Agente White, y este es el Agente Bryers.” Sintió dudas por un instante. ¿De verdad se había presentado como la Agente White? Tenía un timbre agradable. Pasó esto por alto y continuó. “Sé que está lidiando con una pérdida y ni siquiera voy a pretender que le entiendo,” dijo ella. Mantuvo su voz en un tono bajo, cálida, pero firme. “No obstante, si queremos encontrar a la persona que hizo esto, realmente tenemos que hacerle algunas preguntas. ¿Está preparado para ellas?”

Caleb Kellerman asintió. “Cualquier cosa que pueda hacer para asegurarme de que encuentran al hombre que hizo esto,” dijo él. “Haré lo que sea.”

Había una rabia en su voz que hizo que Mackenzie deseara que alguien buscara algún tipo de terapia para Caleb durante los siguientes días. Había algo en sus ojos que parecía casi trastornado.

“Bien, para empezar, necesito saber si Susan tenía enemigos… cualquiera que pudiera ser algo parecido a un rival.”



“Había unas cuantas chicas con las que atendió secundaria que se ponían a fastidiarla en Facebook,” dijo Caleb. “Por lo general, era por cuestiones políticas. Y ninguna de esas chicas lo haría, de todas maneras. Solo se trataba de discusiones desagradables y cosas así.”

“¿Y qué hay de su trabajo?” preguntó Mackenzie. “¿Le gustaba?”

Caleb se encogió de hombros. Se sentó de nuevo en el sofá e intentó relajarse. Sin embargo, su rostro parecía estar atascado en una expresión permanente de desaprobación. “Le gustaba tanto como a cualquier otra mujer que haya ido a la universidad y consiga un trabajo que no tiene nada que ver con su licenciatura. Pagaba los recibos y, en ocasiones, las comisiones extra eran bastante buenas. Pero los horarios no le gustaban nada.”

“¿Conocías a algunas de las personas con las que trabajaba?” preguntó Mackenzie.

“No. Le escuché hablar de ellos cuando me contaba historias en casa, pero eso fue todo.”

A continuación, intervino Bryers. Su voz sonaba muy distinta en el silencio de la casa ya que empleaba un tono sombrío. “Era una representante de ventas, ¿correcto? ¿Para la Universidad Un Usted Mejorado?”

“Sí. Ya le di a la policía el número de su supervisor.”

“Ya enviamos a algunos chicos del Bureau a hablar con él,” dijo Bryers.

“Va a dar lo mismo,” dijo Caleb. “No la mató nadie del trabajo. Puedo asegurarlo. Sé que suena estúpido, pero es la sensación que tengo. Todos en su trabajo son gente agradable… en el mismo barco que nosotros, intentando llegar a fin de mes y pagar sus recibos. Gente honesta, ¿sabe?”

Por un momento, estuvo a punto de echarse a llorar. Retomó la compostura, miró al suelo para retomar control, y volvió a elevar la vista. Las lágrimas que apenas acababa de reprimir salieron flotando de las comisuras de sus ojos.

“Muy bien, entonces ¿qué se le ocurre que nos pueda guiar por el camino adecuado?” preguntó Bryers.

“No lo sé,” dijo Caleb. “Tenía una hoja de ventas con los clientes que iba a visitar ese día, pero nadie puede encontrarla. Los policías dijeron que seguramente se debe a que el asesino la cogió y la tiró.”

“Seguramente fue así,” dijo Mackenzie.

“Todavía no lo entiendo,” dijo Caleb. “Todavía no parece real. Estoy esperando a que ella vuelva a entrar por esa puerta en cualquier momento. El día que murió… empezó como cualquier otro día. Me dio un beso en la mejilla mientras me vestía para ir al trabajo y me dijo adiós. Se fue a la parada del autobús, y eso fue todo. Esa fue la última vez que la vi.”

Mackenzie vio que Caleb estaba a punto de perder los nervios y, por mucho que pareciera un error hacerlo, añadió una última pregunta antes de que él se viniera abajo.

“¿Parada de autobús?” preguntó.

“Sí, tomaba el autobús para ir a la oficina todos los días; tomaba el de las ocho y veinte para llegar a tiempo al trabajo. Nuestro coche nos dejó tirados hace dos meses.”

“¿Dónde se encuentra esa parada de autobús?” preguntó Bryers.

“A dos manzanas,” dijo Caleb. “Se trata de una de esas paradas que parecen vestíbulos.” Entonces miró a Mackenzie y a White, con la mirada llena de esperanza de repente por debajo del dolor y el odio. “¿Por qué? ¿Cree que es importante?”

“No hay manera de saberlo con certeza,” dijo Mackenzie. “Pero le mantendremos informado. Muchas gracias por su tiempo.”

“Claro,” dijo Caleb. “Ehh… ¿chicos?”

“¿Sí?” dijo Mackenzie.

“Ya han pasado más de tres días, ¿no es cierto? Tres días desde la última vez que la vi y casi dos días enteros desde que hallaron su cadáver.”

“Eso es correcto,” dijo Bryers en voz baja.

“¿Entonces es demasiado tarde? ¿Se va a salir con la suya ese bastardo?”

“No,” dijo Mackenzie. Se le escapó de los labios antes de que pudiera detenerlo y supo al instante que había cometido su primer error delante de Bryers.

“Haremos todo lo que podamos,” dijo Bryers, colocando la mano gentil pero firmemente en el hombro de Mackenzie. “Por favor, llámenos si se le ocurre cualquier cosa que pueda servir de ayuda.”

Dicho eso, salieron de la casa. Mackenzie se sacudió ligeramente cuando oyó como Caleb se venía abajo y se ponía a llorar antes de que fueran capaces de cerrar la puerta al salir.

Ese sonido le hizo algo… algo que le recordaba a su casa. La última vez que había sentido algo así fue en el momento en que, todavía en Nebraska, se había sentido completamente consumida por la tarea de detener al Asesino del Espantapájaros. Sintió esa urgente necesidad una vez más al salir a la escalinata de acceso a la casa de Caleb Kellerman, y poco a poco, se dio cuenta de que no se detendría ante nada hasta que atrapara a este asesino.


CAPÍTULO CUATRO



“No puedes hacer eso,” dijo Bryers en el instante que entraron de nuevo al coche, con él al volante.

“¿No puedo hacer el qué?”

Él suspiró e hizo todo lo que pudo por parecer más sincero que crítico. “Ya sé que probablemente nunca hayas estado en esta misma situación antes, pero no puedes decirle a la familia de una víctima que no, que el asesino no se va a librar. No puedes darles esperanzas cuando no las hay. Qué diablos, incluso si hay esperanzas, no puedes decirles algo así.”

“Lo sé,” dijo ella, decepcionada. “Lo supe en el momento que salieron las palabras de mis labios. Lo siento.”

“No hay necesidad de disculparse. Solo trata de mantener la cabeza encima de los hombros. ¿Entendido?”

“Entendido.”

Como Bryers conocía la ciudad mejor que Mackenzie, él condujo hasta el Departamento de Transporte Público. Condujo con cierta urgencia y pidió a Mackenzie que llamara por adelantado para asegurarse de que podían hablar con alguien que supiera de qué estaban hablando y que pudiera atenderles deprisa. Era un método muy simple, pero Mackenzie estaba impresionada con su eficacia. Desde luego, estaba muy lejos de lo que había experimentado en Nebraska.

Durante la media hora de trayecto, Bryers llenó el coche con su conversación. Quería saber todo sobre el tiempo que había pasado en el cuerpo en Nebraska, en particular sobre el caso del Asesino del Espantapájaros. Le preguntó por la universidad y por sus aficiones. A ella no le importó darle la información de nivel más bien superficial pero no quiso ahondar demasiado—principalmente porque él tampoco lo estaba haciendo.

De hecho, Bryers parecía reservado. Cuando Mackenzie le preguntó por su familia, él le contestó de la manera más general que pudo sin resultar grosero. “Una esposa, dos hijos que están estudiando fuera en la Universidad, y un perro que está en las últimas.”

En fin, pensó Mackenzie. Solo es nuestro primer día juntos y no me conoce en absoluto—más que por lo que ha leído sobre mí en los periódicos hace seis meses y lo que sea que haya en mi archivo de la Academia. No le culpo por no abrirse todavía.

Cuando llegaron al Departamento de Transporte Público, Mackenzie todavía tenía una opinión favorable del agente más maduro pero había una tensión entre ellos que no podía definir del todo. Quizá él no la sentía; quizá fuera cosa suya. El hecho de que había desviado todas las preguntas que le había hecho sobre su trabajo le hacía sentir incómoda. También le hizo recordar rápidamente que este todavía no era su trabajo. Solo estaba haciendo de ayudante como un favor a Ellington, una manera de ponerse a prueba, por decirlo así. También formaba parte de todo esto debido a ciertas oscuras negociaciones en despachos ocultos donde los mandamases habían apostado por ella. Añadía un nuevo nivel de riesgo no solo para ella, sino para la gente con la que estaba trabajando—incluidos Bryers y Ellington.

El Departamento de Transportes se encontraba dentro de un edificio junto con otros diez departamentos más. Mackenzie siguió al Agente Bryers por los pasillos lo mejor que pudo. Él caminaba deprisa, haciendo gestos a gente aquí y allá como si estuviera familiarizado con el lugar. Unas cuantas personas parecían reconocerle, lanzándole sonrisas y saludos rápidos aquí y allá. El día estaba terminando, así que todo el mundo parecía moverse con rapidez, esperando a que dieran las cinco de la tarde.

Cuando llegaron a la sección del edificio que buscaban, Mackenzie empezó a permitirse a sí misma saborear este momento. Hace cuatro horas, estaba saliendo de la clase de McClarren y ahora estaba metida hasta las cejas en un caso de homicidio, trabajando con un agente que parecía estar muy preparado y que era muy bueno en su trabajo.

Se acercaron a un mostrador donde Bryers se inclinó ligeramente y oteó a la mujer joven que estaba sentada al escritorio justo delante de ellos. “Llamamos para hablar con alguien sobre los horarios de trabajo,” explicó a la mujer. “Agentes White y Bryers.”

“Ah, sí,” dijo la recepcionista. “Van a hablar con la Señora Percell. Está en la parte de atrás en el aparcamiento para autobuses. Está al final del pasillo, bajando las escaleras, en la parte de atrás.”

Siguieron las instrucciones de la recepcionista, dirigiéndose a la parte de atrás del edificio donde Mackenzie podía ya escuchar el zumbido de los motores y el traqueteo de máquinas.

El edificio había sido construido de tal modo que el ruido no se percibiera demasiado en las partes más transitadas y agradables del edificio pero aquí en la parte de atrás, sonaba casi como un taller de coches.

“Cuando conozcamos a la tal señora Percell,” dijo Bryers, “quiero que lleves la voz cantante.”

“Está bien,” dijo Mackenzie, todavía sintiéndose como si estuviera haciendo algún tipo de examen.

Descendieron por las escaleras, siguiendo un signo que leía Garaje/Aparcamiento de Autobuses. Abajo, un estrecho pasillo llevaba a una pequeña oficina abierta. Había un hombre en uniforme de mecánico de pie detrás de un ordenador anticuado, tecleando algo. A través de una ventana amplia, Mackenzie pudo mirar dentro del enorme garaje. Había allí aparcados varios autobuses, para que les hicieran servicios de mantenimiento. Mientras observaba, se abrió una puerta en la parte de atrás de la oficina y una mujer gordita de aspecto sonriente entró desde el garaje.

“¿Son la gente del FBI?”

“Esos somos nosotros,” dijo Mackenzie. Junto a ella, Bryers mostró su placa—seguramente porque ella no tenía ninguna que mostrar. Percell pareció satisfecha con las credenciales y empezó a hablar de inmediato.

“Entiendo que tienen preguntas sobre los horarios de los autobuses y la rotación de los conductores,” dijo ella.

“Eso es correcto,” respondió Mackenzie. “Esperamos poder descubrir qué paradas hizo cierto autobús hace tres mañanas y, si es posible, tener una conversación con el conductor.”

“Claro,” dijo ella. Se dirigió hacia el pequeño escritorio donde estaba tecleando un mecánico y le dio un codazo de manera juguetona. “Doug, deja que me ponga a los mandos, ¿te importa?”

“Encantado,” dijo él con una sonrisa. Se alejó del escritorio y se fue hacia el garaje mientras la señora Percell se sentaba detrás del ordenador. Pulsó unas cuantas teclas y entonces les miró orgullosamente, obviamente contenta de servir de ayuda.

“¿Dónde está la parada en cuestión?”

“En la esquina de las calles Carlton y Queen,” dijo Mackenzie.

“¿A qué hora se habría montado la persona?”

“A las ocho y veinte de la mañana.”

La señora Percell introdujo esta información rápidamente y escaneó la pantalla durante un instante antes de darles su respuesta. “Ese era el autobús número 2021, conducido por Michael Garmond. Ese autobús realiza tres paradas antes de regresar a la misma parada para una recogida a las nueve treinta y cinco.”

“Necesitamos hablar con el señor Garmond,” dijo Mackenzie. “¿Podría darnos esa información, por favor?”

“Puedo hacer algo mejor que eso,” dijo la señora Percell. “Michael está fuera en el garaje ahora mismo, fichando para cerrar el día. Deje que vea si le puedo traer para que hable con ustedes.”

“Gracias,” dijo Mackenzie.

La señora Percell se fue corriendo hacia la puerta del garaje a una velocidad que parecía desafiar su tamaño. Mackenzie y Bryers la vieron maniobrar con pericia a través del garaje en busca de Michael Garmond.

“Ojalá todo el mundo estuviera tan dispuesto a ayudar a los federales,” dijo Bryers con una mueca. “Créeme… no te acostumbres a esto.”

En menos de un minuto, la señora Percell regresó a la pequeña oficina, seguida de un hombre mayor de color. Parecía cansado pero, al igual que la señora Percell, encantado de poder ayudar.

“Hola, amigos,” dijo, con una sonrisa cansina. “¿En qué puedo ayudarles?”

“Estamos buscando detalles sobre una mujer que estamos bastante seguros se montó en su autobús en la parada de las ocho y veinte en la esquina de Carlton y Queen hace tres mañanas,” dijo Mackenzie. “¿Cree que nos pueda ayudar con eso?”

“Probablemente,” dijo Michael. “No hay tanta gente en esa parada por las mañanas. Nunca se montan más de cuatro o cinco.”

Bryers sacó su teléfono móvil y buscó con su pulgar brevemente, recuperando una fotografía de Susan Kellerman. “Esta es ella,” dijo él. “¿Le resulta familiar?”

“Ah, pues sí, la conozco,” dijo Michael, demasiado emocionado en opinión de Mackenzie. “Una chica encantadora. Siempre es muy agradable.”

“¿Recuerda cuando se bajó del autobús hace tres días por la mañana?”

“Sí,” dijo Michael. “Y pensé que era extraño porque cada dos días durante las dos últimas semanas, ella se bajaba en una parada de autobús diferente. Hablé un poco con ella una mañana y me enteré de que caminaba dos manzanas desde su parada habitual a su trabajo en alguna oficina. Pero hace tres días, se bajó en la estación en vez de en una parada. Vi cómo se montaba en otro autobús. Y pensé que ojalá hubiera encontrado un trabajo mejor o algo así, y que por eso estuviera tomando una ruta distinta.”

“¿Dónde fue eso?” preguntó Mackenzie.

“En Dupont Circle.”

“¿A qué hora diría que se bajó allí del autobús?”

“Seguramente sobre las ocho cuarenta y cinco,” respondió Michael. “Sin duda, no más tarde de las nueve.”

“Podemos comprobar eso en nuestros registros,” dijo la señora Percell.

“Estaría muy bien,” dijo Bryers.

La señora Percell regresó al trabajo detrás de su pequeño y oscuro escritorio mientras Michael miraba a los agentes con tristeza. Miró de nuevo a la fotografía en el teléfono de Bryers y frunció el ceño.

“¿Le ha pasado algo malo?” preguntó.

“La verdad es que sí,” dijo Mackenzie. “Así que, si hay algo que pueda decirnos acerca de ella y esa mañana, estaría muy bien.”

“Bien, pues llevaba una maleta, como la clase de maletas que los vendedores llevan con ellos. No era un maletín, sino una maleta aparatosa, ¿sabe? Vendía cosas para ganarse la vida—como suplementos saludables y cosas así. Pensé que tenía que ir a visitar a algún cliente.”

“¿Sabe en qué autobús se montó después del suyo?” preguntó Mackenzie.

“Pues no recuerdo el número de autobús, pero recuerdo ver Black Mill Street en la placa del destino en el salpicadero. Pensé que eso era bastante sospechoso… no hay razón para que una chica tan bonita vaya a esa parte de la ciudad.”

“¿Y eso por qué?”

“En fin, la vecindad en sí está bien, supongo. Las casas no están del todo mal y creo que la mayoría de la gente es decente. Pero es uno de esos lugares por donde anda gente que no es tan buena haciendo sus trapicheos. Cuando me entrenaron para el trabajo hace seis años, advirtieron a los conductores sobre ciertos lugares en los que había que estar pendiente de posibles peligros. Black Mill Street era uno de ellos.”

Mackenzie consideró todo esto y se dio cuenta de que había conseguido toda la información de valor que se podía sacar de Michael Garmond. Quería parecer eficiente delante de Bryers pero tampoco quería que pareciera que perdía el tiempo en detalles triviales.

“Muchas gracias, señor Garmond,” dijo Mackenzie.

Desde el escritorio, la señora Percell añadió: “La parada en Dupont Circle se hizo a las ocho cuarenta y ocho, Agentes.”

Cuando se dieron la vuelta para dirigirse hacia la salida, guardaron silencio hasta que llegaron a las escaleras. Cuando empezaron a subirlas, fue Bryers el que rompió el silencio.

“¿Cuánto tiempo llevas en Quantico?” preguntó.

“Once semanas.”

“Así que seguramente no estás familiarizada con las afueras de la ciudad, ¿verdad?”

“No.”

“¿Nunca has estado en Black Mill Street?”

“No puedo decir que lo haya hecho,” dijo Mackenzie.

“No te pierdes gran cosa. Pero bueno, quizá no tengamos que llegar tan lejos. Empezaremos por Dupont Circle y echaremos un vistazo a los alrededores. Quizá podamos encontrar algo en las cámaras de seguridad.”

“¿Ahora?”

“Sí, ahora,” dijo Bryers. Había un leve tono de disgusto en su voz, la primera señal de que empezaba a estar cansado de acarrear a la novata con él sin que importara lo mucho que prometiera. “Cuando hay un asesino suelto, no somos de los que fichamos a nuestra hora y nos vamos.”

Le vinieron a los labios varias respuestas posibles, pero continuó reprimiéndolas. Él tenía razón, de todas maneras. Si había aprendido algo de su experiencia con el Asesino del Espantapájaros, era que cuando estás persiguiendo a un asesino que aparentemente no tiene ningún modus operandi, cada minuto contaba.


CAPÍTULO CINCO



La estación de Dupont Circle no hacía más que empezar a tranquilizarse del ajetreo de las cinco de la tarde cuando llegaron Mackenzie y Bryers. Por el camino, la conversación se mantuvo superficial y clínica ya que Bryers seguía callado y reservado. Cuando salieron del coche y caminaron hacia la estación, Mackenzie se sintió realmente incómoda por primera vez. No creía que la resintiera todavía, pero seguramente él estaba teniendo dudas sobre el plan que había diseñado con Ellington.

Bryers acabó por romper el silencio cuando entraron a la estación. Se puso al lado de las puertas y observó a la multitud de gente que se afanaba por el lugar.

“¿Conoces este lugar?” le preguntó.

“No,” dijo Mackenzie. “Siempre he ido a través de Union Station.”

Bryers se encogió de hombros. “No importa en qué estación te encuentres: siempre hay una esquina en algún lado que es un poco más sospechosa que el resto del lugar. Lo difícil es que, por lo general, está bien oculta.”

“Así que estás pensando que se la llevaron de regreso a su casa? ¿Crees que alguien la agarró aquí cuando estaba cambiando de autobús?”

“Es una posibilidad. ¿Qué piensas tú?”

“Creo que deberíamos examinar Black Mill Street. Tanto tú como el conductor de autobuses dijisteis que es un lugar de mala muerte.”

“Y seguramente acabemos allí,” dijo Bryers. “Pero estoy apostando por una corazonada. Cuando trabajas en esta ciudad el tiempo suficiente, empiezas a acumular una cierta intuición sobre ciertas cosas.”

Su discurso críptico resultaba irritante, pero se imaginó que podría aprender algo si conseguía callarse y observar. Después de un minuto de pie junto a las puertas y observando a la multitud, Bryers se movió lentamente hacia delante, haciendo gestos a Mackenzie para que le siguiera. Se mantuvo cerca, pero no tanto como para agobiarle. Él caminó a través de la multitud con despreocupación, como si no tuviera ninguna razón para estar allí. Se mezclaba bastante bien con el entorno: solo alguien que se tomara el tiempo para estudiarles hubiera podido sospechar que era algún tipo de agente de las fuerzas de seguridad.

Atravesaron el vestíbulo principal hacia donde había seis autobuses esperando. Había pasajeros descendiendo de dos de los autobuses mientras que los otros permanecían estacionados, esperando a sus pasajeros. Mientras se dirigían hacia los autobuses, Mackenzie echó un vistazo a las placas con los nombres de los destinos sobre los salpicaderos. Por lo que podía decir, las próximas paradas para estos autobuses estaban dentro del distrito histórico de DC o de Georgetown.

“Por aquí,” dijo Bryers.

Mackenzie desvió la mirada de los autobuses y siguió a Bryers por detrás mientras caminaban por el vestíbulo. Los autobuses estaban detrás de ellos ahora que la multitud había disminuido un poco. Como por arte de magia, la escena parecía cambiar solo con dar la vuelta a la esquina. Había menos gente en atuendo casual o formal casual. Vio a un sin techo sentado contra la pared y a tres adolescentes vestidos esencialmente de negro, adornados con pendientes enormes, aretes en la nariz y tatuajes por todas partes.




Конец ознакомительного фрагмента.


Текст предоставлен ООО «ЛитРес».

Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693655) на ЛитРес.

Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.


