Un Rastro de Vicio 
Blake Pierce


Un Misterio Keri Locke #3
Una historia dinámica que atrapa desde el primer capítulo y no te deja ir. Midwest Libro Review, Diane Donovan (en torno a Una vez ido) Del autor de misterio, #1 en ventas, Blake Pierce viene una nueva obra maestra de suspenso psicológico. En UN RASTRO DE VICIO (Libro #3 en la serie de misterio Keri Locke), Keri Locke, Detective de Personas Desaparecidas en la División de Homicidios del Departamento de Policía de Los Ángeles, sigue una nueva pista en torno a su hija secuestrada. La misma le lleva a una violenta confrontación con El Coleccionista – la cual a su vez arroja más pistas, que podrían, al cabo de tanto tiempo, reunirla con su hija. A Keri, entretanto, se le asigna un nuevo caso, uno donde cada minuto cuenta. Una adolescente ha desaparecido en Los Ángeles, una chica perteneciente a una buena familia que con engaños ha probado droga, para luego ser secuestrada por una red de trata de blancas. Keri sigue muy de cerca su rastro – pero el rastro se mueve muy rápido, pues la chica es trasladada de continuo por sus captores, quienes tienen un único y nefasto objetivo: llevarla al otro lado de la frontera con Méjico. En una tremenda persecución de las que cortan el aliento y la lleva a través del sórdido submundo del tráfico, Keri, junto a Ray, irá hasta el límite para salvar a la chica – y a su propia hija – antes de que sea demasiado tarde. Un oscuro thriller psicológico con un suspenso que acelerará tus latidos, UN RASTRO DE VICIO es el libro #3 en una nueva serie que atrapa al lector – y un nuevo y adorable personaje – que te dejará leyendo hasta altas horas de la noche. ¡Una obra maestra de suspenso y misterio! El autor hizo un trabajo magnífico desarrollando personajes con un lado psicológico tan bien descrito que percibimos el interior de sus mentes, seguimos sus miedos y aplaudimos sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido a lo largo del libro. Lleno de giros, este libro te mantendrá despierto hasta llegar a la última página. Libros and Movie Reviews, Roberto Mattos (en torno a Una Vez Ido) El libro #4 en la serie Keri Locke pronto estará disponible.







UN RASTRO DE VICIO



(UN MISTERIO KERI LOCKE —LIBRO 3)



B L A K E P I E R C E


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros).

Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto.



Copyright © 2017 by Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto como esté permitido bajo la U.S. Copyright Act of 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida bajo ninguna forma y por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación, sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico está licenciado solo para su entretenimiento personal. Este libro electrónico no puede ser revendido o regalado a otras personas. Si usted quisiera compartir este libro con otra persona, compre por favor una copia adicional para cada destinatario. Si usted está leyendo este libro y no lo compró, o no fue comprador para su uso exclusivo, entonces por favor regréselo y compre su propia copia. Gracias por respetar el arduo trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Nombre, personajes, negocios, organizaciones, lugares, eventos e incidentes, son, o producto de la imaginación del autor o son usados en forma de ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. La imagen de portada Copyright Rommel Canlas, usada bajo licencia de Shutterstock.com.


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT

EL ESPOSA PERFECTA (Book #1)

EL TIPO PERFECTO (Book #2)



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE

Al LADO (Libro #1)

LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2)

CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE

SI ELLA SUPIERA (Libro #1)

SI ELLA VIERA (Libro #2)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)

ATRAYENDO (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8)

UNA VEZ ACECHADO (Libro #9)

UNA VEZ PERDIDO (Libro #10)

UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11)

UNA VEZ ATADO (Libro #12)

UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13)

UNA VEZ LATENTE (Libro #14)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE DESEE (Libro #3)

ANTES DE QUE ARREBATE (Libro #4)

ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5)

ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6)

ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7)

ANTES DE QUE CACE (Libro #8)

ANTES DE QUE SE APROVECHE (Libro #9)

ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10)

ANTES DE QUE SE DESCUIDE (Libro #11)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)

UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5)

UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)

UN RASTRO DE VICIO (Libro #3)

UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4)

UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5)


CONTENIDO



PRÓLOGO (#ucf2106c3-d6c7-55d5-825d-dd1948b126f8)

CAPÍTULO UNO (#u1963c22e-688b-5237-ac69-dd9de5426b9d)

CAPÍTULO DOS (#u2121d406-70a6-5288-9de7-e6528c77512c)

CAPÍTULO TRES (#u273396d9-496a-5d6f-9430-5f4a7a6a018d)

CAPÍTULO CUATRO (#u2498bcd6-c56e-52a4-8d6b-76b143c32576)

CAPÍTULO CINCO (#u30d8922f-60fa-557c-bffa-0e9e4068213b)

CAPÍTULO SEIS (#u31b7538b-feb9-59e4-b2e6-cbb30b89df6b)

CAPÍTULO SIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO OCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTIUNO (#litres_trial_promo)




PRÓLOGO


Aunque Sarah Caldwell solo tenía dieciséis, tenía la cabeza en su sitio y captaba con claridad cuándo las cosas no andaban bien. Y esto no andaba bien.

Casi estuvo a punto de no ir. Pero cuando Lanie Joseph, su mejor amiga desde la escuela elemental, la llamó esa misma tarde para pasar el rato en el centro comercial, no vino a su mente alguna razón convincente para no ir.

Desde que se encontraron, sin embargo, Lanie lució en todo momento nerviosa. Sarah no entendía qué cosa de un paseo por Fox Hills Mall podía producir tanta ansiedad. Notó que cuando se estaban probando unos collares baratos en Claire’s, las manos de Lanie temblaban al intentar abrir el broche.

La verdad es que Sarah ya no sabía en realidad qué era lo que ponía nerviosa a Lanie. Habían sido increíblemente cercanas a lo largo de la escuela elemental. Sin embargo, una vez que la familia de Sarah se mudó del sur de Culver City a la urbanización, igualmente de clase trabajadora, pero menos peligrosa de Westchester, poco a poco se fueron alejando. Unos pocos kilómetros separaban a las comunidades, pero sin automóviles, que ninguna de las dos poseía, o el compromiso serio de seguir conectadas, perdieron el contacto.

Mientras se probaban un maquillaje en Nordstrom, varias veces Sarah miró a Lanie de manera disimulada en el espejo. En el cabello rubio pálido de su amiga había mechas de color azul y rosado. Tenía ya tanta sombra y delineador en sus ojos que realmente no había razón para probar nada del mostrador. Su piel clara parecía más pálida en el contraste con sus múltiples tatuajes, la camiseta sin mangas color negro y los cortísimos shorts que llevaba. Mezclados con la muestra deliberada de arte corporal, Sarah no pudo dejar de notar algunos moretones.

Miró su propio reflejo y la sorprendió el contraste. Sabía que también era bonita, pero de una forma más sutil y sensible. Su cabello castaño, que llegaba hasta los hombros, estaba recogido en una cola de caballo. Su propio maquillaje era ligero, y destacaba sus ojos color avellana y sus largas pestañas. Su piel olivácea estaba libre de tatuajes, y llevaba unos jeans desteñidos, además de una hermosa y discreta blusa verde azulada.

Se preguntó si ella se vería ahora como Lanie, de haber permanecido en la antigua urbanización. Casi era seguro que no. Sus padres nunca le hubieran permitido poner sus pies en ese sendero.

Si Lanie se hubiera mudado a Westchester, ¿se vería de todas formas como una prostituta adolescente que trabaja en una parada de camiones?

Sarah sintió que se sonrojaba al sacar ese pensamiento de su cabeza. ¿Qué clase de persona era ella, para pensar cosas tan desagradables acerca de alguien con quien había jugado con la Barbie cuando era una niña? Se dio la vuelta con la esperanza de que Lanie no viese la culpa que, estaba segura de ello, se había pintado en su rostro.

—Comamos algo en la plaza de comidas —dijo Sarah, tratando de cambiar la dinámica. Lanie asintió y ambas salieron, dejando detrás a una decepcionada vendedora.

Una vez se sentaron a mordisquear una ración de pretzels, Sarah se decidió por fin a averiguar qué estaba pasando.

—Bueno, ya sabes que siempre adoro verte, Lanie. Pero sonaste tan seria cuando llamaste y luces tan incómoda… ¿hay algo que no está bien?

—No. Todo está genial. Yo solo… mi novio viene a saludar y creo que me siento nerviosa al pensar que vas a conocerlo. Es un poco mayor y solo hemos estado juntos unas pocas semanas. Siento quizás que podría estarlo perdiendo y pensé que tú podrías elogiarme un poco, y que si él me viera con mi más vieja amiga, ¿me vería él de una manera distinta?

—¿Cómo te ve él ahora? —preguntó Sarah, algo preocupada.

Antes de que Lanie pudiera responder, un chico se aproximó a la mesa. Sin que mediaran las presentaciones, Sarah supo que este debía ser el novio.

Era alto y extremadamente delgado, con jeans ajustados y una camiseta negra que destacaba su pálida piel y sus múltiples tatuajes. Sarah notó que él y Lanie tenían la misma imagen de una pequeña calavera y dos tibias cruzadas en el envés de sus muñecas izquierdas.

Con su cabello negro, largo, puntiagudo, y sus penetrantes ojos oscuros, no es que fuera apuesto, es que era bello. Le recordaba a Sarah a unos de los vocalistas principales de esas bandas metaleras de melenudos de los 1980s, con los que su mamá se embelesaba, con nombres como Skid Row o Motley Row o algo Row. Tenía por lo menos veintiuno.

—Oye, nena —dijo de manera casual y se inclinó para darle a Lanie un beso apasionado, sorprendente al menos para una pequeña plaza de comidas—. ¿Le dijiste?

—No he tenido oportunidad —dijo Lanie mansamente, antes de voltearse hacia Sarah—. Sarah Caldwell, este es mi novio, Dean Chisolm. Dean, esta es mi más vieja amiga en el mundo, Sarah.

—Encantada de conocerte —dijo Sarah, inclinando la cabeza de manera cortés.

—El placer es todo mío —dijo Dean, tomando la mano de ella y haciendo una reverencia teatral y exagerada—. Lanie habla de ti todo el tiempo, y de cómo desea que ambas pudieran pasar más rato juntas. Así que me alegra en verdad que pudieran verse hoy.

—A mí también —dijo Sarah, impresionada por el inesperado encanto del chico, sin que por ello dejara de recelar—. ¿Qué es lo que ella no tuvo oportunidad de decirme?

Todo el rostro de Dean se resolvió en una franca sonrisa que pareció desvanecer sus sospechas.

—Oh, eso —dijo—. Unos amigos vienen esta tarde a mi casa y pensamos que sería divertido que te unieras. Algunos de ellos están en bandas. Una de ellas necesita un nuevo vocalista principal. Lanie pensó que podría gustarte conocerles. Dice que eres una cantante realmente buena.

Sarah miró a Lanie, que le sonrió de vuelta sin decir nada.

—¿Es eso lo que quieres hacer? —le preguntó Sarah.

—Podría ser divertido intentar algo nuevo —dijo Lanie. Su tono era casual, pero Sarah reconoció la mirada en sus ojos, que suplicaba a su amiga no decir nada que la avergonzara delante de su nuevo novio de turno.

—¿Dónde es eso? —preguntó Sarah.

—En las adyacencias de Hollywood —dijo él, con un destello de satisfacción en sus ojos—. Salgamos. Será divertido.



*



Sarah se sentó en el asiento trasero del viejo Trans Am de Dean. La reliquia estaba bien mantenida en el exterior, pero el interior estaba regado con colillas de cigarrillo y envoltorios enrollados de McDonald’s. Dean y Lanie se sentaron adelante. Con la música a todo volumen, era imposible sostener una conversación. Cruzaron Hollywood en dirección a la Pequeña Armenia.

Sarah miró a su amiga en el asiento delantero y se preguntó si realmente la estaba ayudando al venir. Sus pensamientos volvieron al baño de damas del centro comercial justo antes de irse; allí Lanie por fin se había franqueado de alguna manera con ella.

—Dean es super-apasionado —le había dicho mientras una vez más revisaban su maquillaje en el espejo del baño—, y me preocupa que si no le sigo el paso, voy a perderlo. Es decir, él es tan sexy. Podría tener las chicas que quisiera. Y no me trata como una adolescente. Me trata como una mujer.

—¿Es por eso que tienes esos moretones, porque te trata como una mujer?

Trató de captar los ojos de Lanie en el espejo, pero su amiga se rehusó a verla directamente.

—Solo estaba molesto —dijo—. Dijo que yo estaba avergonzada de él y que por eso no se lo presentaba a ninguna de mis respetables amigas. Pero la verdad es que ya no tengo esa clase de amistades. Fue entonces que pensé en ti. Me imaginé que si los dos se conocían, sería como matar dos pájaros. Él sabría que yo no le estaba escondiendo, y tú me harías ver bien porque al menos tengo una amiga que, ya sabes, tiene un futuro.

Toparon con un bache y los pensamientos de Sarah volvieron abruptamente al presente. Dean se detuvo junto a un espacio paralelo a la calzada de una sórdida calle con una hilera de pequeñas casas, todas con rejas en las ventanas.

Sarah sacó su teléfono e intentó por tercera vez enviar un breve texto a su mamá. Pero seguía sin señal. Era extraño, porque no se encontraban en una zona remota o algo parecido; estaban en el corazón de Los Ángeles.

Dean estacionó el vehículo y Sarah guardó de nuevo el teléfono en su bolso. Si la recepción seguía así de mala en la casa, usaría un teléfono fijo. Después de todo, su mamá era muy comprensiva, pero irse por varias horas sin hacer una llamada de cortesía iba definitivamente contra las reglas familiares.

Mientras caminaban por el sendero que llevaba a la casa, Sarah podía oír el ritmo palpitante de la música. El hormigueo de una incertidumbre cruzó su cuerpo pero ella lo ignoró.

Dean golpeó fuertemente la puerta y esperó mientras alguien en el interior abría lo que sonaba como varias cerraduras separadas.

Finalmente, la puerta se abrió con un crujido y mostró a un chico cuya cara estaba oculta bajo una masa de largos y desordenados cabellos. El fuerte olor a yerba se esparció y golpeó a Sarah de manera tan inesperada que comenzó a toser. El hombre vio a Dean y le dio un suave golpe con el puño, abrió entonces por completo la puerta para dejarlos pasar.

Lanie entró y Sarah permaneció detrás de ella, muy cerca. Separando el vestíbulo del resto de la casa, estaba una gran cortina de terciopelo rojo, como algo sacado de un cursi acto de magia. Cuando el melenudo volvió a echar las cerraduras detrás de ellos, Dean corrió la cortina y los guió hasta el recibidor.

Sarah se sintió impactada con lo que vio. La habitación estaba repleta de divanes, sofás de dos puestos y pufs. En cada uno de ellos había parejas liándose y en algunos casos, haciendo algo más. Todas las chicas se veían como de la edad de Sarah y la mayoría se veía bastante drogada. Unas pocas parecían haber perdido el conocimiento, lo que no impedía que los hombres, todos los cuales se veían mayores, continuaran haciéndolo. La vaga sensación de inquietud que había sentido mientras caminaba hacia la casa regresó, pero ahora más fuerte.

Este no es un lugar en el que quiera estar.

El aire estaba saturado de yerba, y de algo más dulce y más fuerte que Sarah no reconoció. Casi como una señal, Dean le pasó un pitillo a Lanie. Esta aspiró profundamente antes de ofrecérselo a Sarah, que lo rechazó. Decidió que ya tenía bastante con aquel sitio, que se veía como el set de una vieja película porno.

Sacó su teléfono para pedir un Uber, pero vio que seguía sin señal.

—Dean —gritó por encima de la música—, necesito llamar a mi mamá para hacerle saber que llegaré tarde, pero no consigo conectarme. ¿Tienes un teléfono fijo?

—Por supuesto. Hay uno en mi habitación. Te lo mostraré —contestó solícito, desplegando de nuevo esa amplia, cálida sonrisa, antes de girarse hacia Lanie—. Nena, ¿me buscas una cerveza en la cocina? Es por allí.

Lanie asintió y se encaminó en la dirección que él le había señalado, mientras Dean indicaba a Sarah que le siguiera por un corredor. Ella no estaba segura de porqué había mentido sobre la necesidad de llamar a su mamá. Pero algo en esta situación la hizo sentir como que no sería bien recibido que ella dijera que quería largarse.

Dean abrió una puerta al final del pasillo y se apartó para dejarla entrar. Ella miró en derredor pero no vio teléfono alguno.

—¿Dónde está tu teléfono? —preguntó, volteando hacia Dean mientras escuchaba que la puerta se cerraba. Vio que él ya había girado el cerrojo y colocado la cadena junto al dintel de la puerta.

—Lo siento —dijo, encogiéndose de hombros, pero sin sonar para nada arrepentido—, debo haberlo trasladado a la cocina. Supongo que lo olvidé.

Sarah sopesó qué tan agresiva necesitaba ser. Algo no andaba nada bien allí. Estaba encerrada en un dormitorio de lo que parecía algo cercano a un burdel, en una parte sórdida de la Pequeña Armenia. No estaba segura de qué tan efectivo sería pedirle que saliera, bajo las actuales circunstancias.

Sé dulce. Actúa como ignorante. Solo sal.

—Está bien —dijo animada—, vayamos a la cocina entonces.

Mientras hablaba escuchó que tiraban de la cadena. Se volvió para ver que la puerta del baño se abría, mostrando a un enorme hispano con una camiseta blanca parcialmente subida sobre su enorme y peluda barriga. Su cabeza estaba afeitada y tenía una larga barba. Detrás de él, estaba echada, en el suelo de linóleo del baño, una chica que no podía haber tenido más de catorce. Solo tenía puestas las pantis y parecía estar inconsciente.

Sarah sintió una opresión en su pecho y que su respiración se aceleraba. Intentó ocultar el creciente pánico que sentía.

—Sarah, este es Chiqy —dijo Dean.

—Hola, Chiqy —dijo ella, obligándose a mantener la calma en su voz—. Siento tener que cortar, pero voy a la cocina a hacer una llamada. Dean, si pudieras abrirme la puerta.

Decidió que en lugar de tratar de encontrar la cocina, donde dudaba que hubiera un teléfono de todas formas, se dirigiría directo a la puerta principal. Una vez afuera, le pediría a alguien un aventón. Entonces llamaría al 911 para conseguir ayuda para Lanie.

—Déjame verte mejor —ordenó Chiqy con una voz cavernosa, ignorando lo que ella había dicho. Sarah sintió ganas de vomitar.

—¿Qué piensas? —preguntó Dean ansioso.

—Creo que con un vestido veraniego y unas trenzas tendremos una sólida fuente de ingresos aquí.

—Me voy ahora mismo —dijo Sarah, y se apresuró a ir hasta la puerta. Para su sorpresa, Dean se apartó, con una mirada divertida.

—¿Usaste el amortiguador para que ella no pudiera llamar o enviar un mensaje de texto? —escuchó que Chiqy preguntaba detrás de ella.

—Sí —contestó Dean—, la observé muy de cerca, Intentó muchas veces pero nunca pareció hacer conexión. ¿O sí, Sarah?

Luchó torpemente con la cadena y casi logró quitarla cuando una inmensa sombra bloqueó la luz. Comenzó a girarse pero antes, sintió un golpe seco en la parte de atrás de su cabeza y todo se volvió negro.




CAPÍTULO UNO


El corazón de la Detective Keri Locke latía con fuerza. Aunque se hallaba en medio de una enorme estación de policía, se había desconectado de todo lo que la rodeaba. A duras penas podía pensar con claridad mientras contemplaba el correo-e en su teléfono, rehusándose a creer que fuera real.



dispuesto a reunirme si sigues las reglas. me pondré en contacto muy pronto.



Las palabras eran sencillas, pero su significado era colosal.

Había esperado por esto, durante seis largas semanas, aguardando contra toda esperanza que el hombre que ella sospechaba había raptado a su hija hacía cinco años hiciera contacto. Y ahora lo había hecho.

Keri apartó su teléfono en el escritorio y cerró sus ojos, tratando de mantenerse serena mientras le ponía cabeza a la situación. Cuando al principio descubrió la información de contacto de un hombre conocido solo como el Coleccionista, hizo cita para una reunión. Pero él nunca apareció.

Ella lo contactó para averiguar qué había sucedido. Él indicó que ella no había seguido las reglas pero dio a entender que podría ponerse en contacto más adelante. Había exigido toda su disciplina y paciencia no intentar contactarlo de nuevo. Desesperadamente quería hacerlo, pero le preocupaba que de mostrarse demasiado ansiosa, él podría inquietarse y desechar de forma permanente la dirección de correo electrónico, dejándola sin opciones de encontrarlo en algún momento, a él o a Evie.

Y ahora, al cabo de todas esas torturantes semanas de silencio, él finalmente se había puesto en contacto de nuevo. Por supuesto, él no sabía que se estaba comunicando con la madre de Evie, ni siquiera que ella era una mujer. Todo lo que sabía es que era un cliente potencial interesado en discutir un contrato de secuestro.

Esta vez ella desplegaría un plan mejor que el anterior. La última vez, dispuso de menos de una hora para llegar al sitio de reunión asignado. Intentó poner un señuelo que fuese en su lugar y evaluar la situación desde la distancia. Pero de alguna manera él supo que el señuelo no era legítimo y no vino. Ella no podía permitir que eso sucediera de nuevo.

Quédate tranquila. Has aguantado esto por bastante tiempo y ha dado resultado. No lo arruines haciendo algo impulsivo. De todas formas ahora mismo no hay nada que puedas hacer. El balón está en su campo. Solo dale una respuesta básica y aguarda a que conteste.

Keri digitó una palabra:



comprendido



Puso entonces su teléfono en el bolso y se levantó de su escritorio, demasiado nerviosa y excitada para quedarse sentada. Sabiendo que no había nada más que pudiera hacer, trató de sacar al Coleccionista de su cabeza.

Se encaminó hacia el salón de descanso para comer algo. Eran las 4 p.m. pasadas y su estómago lanzaba gruñidos, aunque no estaba segura si era porque se había saltado el almuerzo o era debido a la ansiedad general.

Al entrar, vio a su pareja, Ray Sands, rebuscando en el refrigerador. Era notoria su costumbre de meterle mano a cualquier comida que no estuviera debidamente identificada. Afortunadamente la ensalada de pollo de ella, con su nombre claramente colocado en el contenedor, estaba oculta en la esquina inferior, al fondo. Ray, un negro de uno noventa y tres y 104 kilos, con una cabeza calva y una constitución muscular robusta, tendría que estar muy desesperado para inclinarse y contorsionarse solo por una ensalada.

Keri permaneció en la entrada, disfrutando en silencio el contoneo de las nalgas de Ray mientras maniobraba. Además de ser su pareja, era también su mejor amigo y últimamente, quizás algo más. Ambos sentían una fuerte y mutua atracción, y así lo había admitido uno al otro hacía menos de dos meses, cuando Ray se recuperaba de un tiro recibido cuando dieron de baja a un secuestrador de niñas.

Desde entonces, sin embargo, solo habían dado pasos de bebé. Flirteaban más abiertamente cuando estaban solos, y habían habido varias citas a medias, donde uno iba al apartamento del otro a ver una película.

Pero ambos parecían temerosos de dar el siguiente paso. Keri sabía por qué se sentía así y sospechaba que Ray sentía lo mismo. A ella le preocupaba que si se decidían y no funcionaba, tanto su sociedad como su amistad podría ponerse en riesgo. Era una preocupación legítima.

Ninguno de los dos tenía un gran historial romántico. Ambos estaban divorciados. Ambos le habían sido infieles a sus cónyuges. Ray, un antiguo boxeador profesional, era un notorio mujeriego. Y Keri tenía que admitir que desde que se llevaron a Evie, ella había sido un saco de nervios, constantemente a punto de perder el control. Match.com no los pondría en sus carteles en un futuro cercano.

Ray sintió que era observado y se giró, con la mitad de un sándwich sin dueño en la mano. Viendo que no había nadie más en la habitación aparte de Keri, preguntó:

—¿Te gusta lo que ves? —y guiñó un ojo.

—No seas engreído, Increíble Hulk —le advirtió ella. Adoraban burlarse el uno del otro con apodos que destacaban la sustancial diferencia de tamaño.

—¿Quién está usando el doble sentido ahora, Miss Bianca? —preguntó él, sonriendo.

Keri vio que el rostro de él se oscurecía y se dio cuenta que no había hecho un buen trabajo ocultando su nerviosismo a causa del Coleccionista. Él la conocía demasiado bien.

—¿Qué pasa? —preguntó de inmediato.

—Nada —dijo ella, mientras pasaba rozándolo para inclinarse y tomar su ensalada. A diferencia de él, ella no tenía problemas al moverse en espacios estrechos. Aunque no fuese tan pequeña como el nombre de la ratoncita ficticia podía sugerir, comparado con Ray, su cuerpo de uno sesenta y siete y cincuenta y nueve kilos era liliputiense .

Podía sentir sus ojos sobre ella pero simuló que no lo notaba. No quería discutir lo que cargaba en su mente por un par de razones. Ante todo, si le decía del correo-e del Coleccionista, él querría analizarlo en detalle con ella. Y ello socavaría sus esfuerzos para mantenerse cuerda dejando de pensar en eso.

Pero había otra razón. Keri estaba bajo vigilancia por parte de un turbio abogado llamado Jackson Cave, notable por representar a pedófilos y secuestradores de niños. Para obtener la información que la llevó a encontrar al Coleccionista, ella había irrumpido en su oficina y copiado el archivo oculto.

La última vez que se habían visto, Cave había dado a entender que sabía lo que ella había hecho y dijo abiertamente que le tenía puesto el ojo. Estaba claro para ella lo que significaba. Desde entonces, había realizado de forma regular barridos de dispositivos de escucha, y tenido el cuidado de solo discutir con el Coleccionista en ambientes seguros.

Si Cave sabía que ella andaba detrás del Coleccionista, podía avisarle. Entonces este último desaparecería y ella nunca encontraría a Evie. Así que no había manera de que ella fuera a mencionar nada al respecto a Ray y allí .

Pero él no sabía nada de eso, así que la presionó.

—Puedo asegurar que hay algo —dijo.

Antes de que Keri pudiera, diplomáticamente, callarlo, el jefe de ambos entró de repente. El teniente Cole Hillman, su supervisor inmediato, tenía cincuenta, pero se veía mucho más viejo, con su rostro profundamente arrugado, su despeinado cabello entrecano, y una creciente panza que no podía ocultar con sus holgadas camisas de vestir. Como de costumbre, tenía puestas una chaqueta y una corbata, pero la primera no le quedaba y la segunda estaba ridículamente floja.

—Bien. Me alegra que ambos estén aquí —dijo, saltándose cualquier clase de saludo—. Vengan conmigo. Tienen un caso.

Lo siguieron de regreso a su oficina y ambos tomaron asiento en el gastado sofá de dos plazas junto a la pared. Sabiendo que probablemente no tendría chance de comer más tarde, Keri devoró su ensalada mientras Hillman los ponía en antecedentes. Notó que antes de que se sentaran, Ray ya había terminado el sándwich que se había robado. Hillman fue al grano.

—Su posible víctima es una chica de dieciséis años de Westchester, Sarah Caldwell. No ha sido vista desde el almuerzo. Los padres la han llamado muchas veces, y dicen que no han podido contactarla.

—¿Entraron en pánico porque su hija adolescente no les ha devuelto la llamada? —preguntó Ray escéptico— Suena como el caso de toda familia en América.

Keri no replicó nada a pesar de su inclinación natural a estar en desacuerdo. Ella y Ray habían discutido sobre este punto muchas veces. Pensó que él era demasiado lento para involucrarse en casos como estos. Él, por su parte, sentía que la experiencia personal de ella la inclinaba demasiado a actuar en los mismos de forma prematura. Era una constante fuente de fricción y ella no tenía ganas de entrar en ello en ese momento. Pero Hillman aparentemente estaba dispuesto.

—Lo pensé también al principio —dijo Hillman—, pero ellos fueron muy convincentes en cuanto a que su hija no se ausentaría por tanto tiempo sin reportarse. Intentaron también verificar su localización usando el GPS de su teléfono inteligente. Estaba apagado.

—Eso es un poco extraño, pero aun así —insistió Ray.

—Escuchen, puede que no sea nada. Pero ellos fueron muy insistentes, y habían entrado en pánico incluso. Y ellos hicieron notar que la política de estar desaparecido por veinticuatro horas antes de emprender una búsqueda no se aplica a los menores. Ustedes dos no tienen casos urgentes en este momento, así que les ordeno que vayan allá y les tomen la declaración. Diablos, la chica puede haber regresado a casa cuando ustedes lleguen. Pero no estará de más. Y esto les cubrirá las espaldas en el caso improbable de que haya algo.

—Suena como un plan para mí —dijo Keri, incorporándose, la boca llena con el último resto de la ensalada.

—Por supuesto que me suena bien —musitó Ray, mientras copiaba la dirección que le daba Hillman—. Otra persecución de ganso salvaje a la que arrastrarme.

—Sabes que te encanta —dijo Keri saliendo antes que él.

—¿Podrían ambos ser un poco más profesionales cuando vean a los Caldwells? —gritó tras ellos Hillman a través de la puerta abierta— Me gustaría que ellos pensaran que al menos simulamos que los tomamos en serio.

Keri echó su contenedor de ensalada en la basura y se encaminó hacia el estacionamiento. Ray tuvo que trotar para alcanzarla. Cuando llegaron a la salida, él se inclinó y le susurró.

—No creas que te has librado sea lo que sea ese secreto que me ocultas. Puedes decírmelo ahora o puedes decírmelo después. Pero sé que algo pasa contigo.

Keri intentó no reaccionar de manera visible. Algo estaba pasando. Y ella planeaba enterarlo cuando fuera seguro hacerlo. Pero necesitaba conseguir una locación más segura para contarle a su pareja, su mejor amigo, su potencial novio, que ella estaba a punto de finalmente atrapar al secuestrador de su hija.




CAPÍTULO DOS


En cuanto se detuvieron delante de la casa de los Caldwells, Keri sintió una punzada en el estómago.

Sin importar con cuánta frecuencia se reuniera con la familia de un niño posiblemente secuestrado, siempre se dejaba transportar hasta esa primera vez cuando vio cómo su propia pequeña, de solo ocho años, era llevada a través del brillante verdor del césped de un parque por un malévolo extraño con gorra de béisbol, calada de tal manera que le ocultaba el rostro.

Sintió ahora cómo subía por su garganta el mismo y familiar pánico que experimentó al perseguir al hombre por el estacionamiento de grava y verle arrojar a Evie al interior de su van de color blanco como si fuera una muñeca de trapo. Revivió el horror de ver cómo el adolescente que intentó detener al hombre era apuñalado hasta morir.

Hizo un gesto ante el recuerdo del dolor que sintió al correr con los pies descalzos sobre la grava, ignorando los fragmentos afilados de roca que se enterraban en sus pies, mientras trataba de darle alcance a la van que estaba acelerando y ya se alejaba. Recordó la sensación de impotencia que la arropó al darse cuenta que la van no tenía placas y que prácticamente no tenía ninguna descripción que darle a la policía.

Ray estaba familiarizado con lo mucho que siempre la afectaba este momento y guardó silencio en el asiento de conductor, mientras ella recorría y trabajaba todo el ciclo de emociones y se rehacía para lo estaba por venir.

—¿Estás bien? —preguntó, cuando vio que su cuerpo finalmente se relajaba un poco.

—Casi —dijo, bajando el espejo de la visera y dándose un último vistazo para asegurarse de no lucir como un total desastre.

La persona que la contemplaba se veía mucho más saludable de lo que ella había estado hacía apenas unos pocos meses. Ya no estaban los círculos negros que solía tener bajo sus ojos pardos, y estos ya no estaban inyectados de sangre. Su piel estaba menos manchada. Su cabello rubio cenizo, aunque recogido hacia atrás en una práctica coleta, no estaba grasoso y sin lavar.

Keri se acercaba a su cumpleaños número treinta y seis, pero se veía mejor que nunca desde que Evie habías sido raptada cinco años antes. No estaba segura si era debido a la sensación de esperanza que albergaba desde que el Coleccionista había asomado hacía semanas que estaría en contacto.

O quizás era la posibilidad real en el horizonte de un romance con Ray. Podía también haber sido la reciente mudanza de la destartalada casa bote que durante varios años había llamado hogar a un apartamento de verdad. O podría haber tenido que ver con la reducción en el consumo de grandes cantidades de whisky escocés de malta.

Fuese lo que fuese, notaba que los hombres volvían sus cabezas con más frecuencia de la normal cuando ella iba a pie por esos días. Nada de eso le importaba, excepto que por primera vez sentía que tenía algo de control sobre su a menudo incontrolada vida.

Subió la visera y volteó hacia Ray.

—Lista —dijo.

Al caminar hacia la puerta principal, Keri examinó la urbanización. Era la parte más septentrional de Westchester, adyacente a la autopista 405 y justo al sur del Centro Howard Hughes, un gran complejo comercial y de oficinas que dominaba el horizonte de esta parte de la ciudad.

Westchester tenía la reputación de una urbanización de clase trabajadora, y la mayoría de los hogares era de tipo modesto, de una sola planta. Pero incluso esos habían subido mucho su costo en la última media docena de años. Como resultado de ello, la comunidad era una mezcla de veteranos que habían vivido allí por siempre, y familias jóvenes, de profesionales que no querían vivir en desarrollos hechos en serie sino en algún lugar con personalidad. Keri supuso que esta gente era de los segundos.

La puerta se abrió antes de que llegaran al porche y de allí salió una pareja abiertamente preocupada. A Keri le sorprendió su edad. La mujer —pequeña, hispana, con el cabello adecuadamente corto— lucía a mitad de los cincuenta. Llevaba un hermoso pero bastante usado traje de oficina, y unos viejos pero inmaculados zapatos negros.

El hombre era por lo menos treinta centímetros más alto que ella. Era blanco, con una calvicie que iba dejando mechones de rubio grisáceo, y espejuelos que colgaban de su cuello. Era al menos tan viejo como ella y probablemente cercano a los sesenta. Estaba vestido de manera más casual en comparación con ella, con unos cómodos pantalones y una camisa de cuadros nueva y bien planchada. Sus mocasines marrones estaban arañados y una de las trenzas no estaba hecha.

—¿Son ustedes los detectives? —preguntó la mujer, alargando su mano para estrechar las de ellos antes de que se lo confirmaran.

—Sí, señora —contestó Keri, tomando la iniciativa—. Soy la Detective Keri Locke del Departamento de Policía de Los Ángeles División Pacífico Unidad de Personas Desaparecidas. Esta es mi pareja, el Detective Raymond Sands.

—Encantado de conocerles, amigos —dijo Ray.

La mujer hizo un ademán mientras hablaba.

—Gracias por venir. Mi nombre es Mariela Caldwell. Este es mi marido, Edward.

Edward asintió pero no dijo nada. Keri tuvo la sensación de que no sabían por dónde empezar, así que tomó la iniciativa.

—¿Por qué no nos sentamos en la cocina para que puedan contarnos qué es lo que les tiene tan preocupados?

—Por supuesto —dijo Mariela, y les condujo por el estrecho pasillo adornado con fotos de una chica de cabello oscuro y cálida sonrisa. Habría al menos veinte fotos que cubrían su vida entera desde su nacimiento hasta el momento actual. Llegaron a un pequeño pero bien amueblado rincón para desayunar—. ¿Se les ofrece alguna cosa —café, un refrigerio?

—No, gracias, señora —dijo Ray, mientras pegado a la pared maniobraba dando un rodeo con dificultad para alcanzar una silla—. Solo sentémonos y saquemos tanta información como sea posible y tan rápido como podamos. ¿Por qué no comienzan por contarnos qué es lo que les ha preocupado? Tengo entendido que Sarah ha estado fuera de contacto por unas pocas horas.

—Casi cinco horas en este momento —dijo Edward, hablando por primera vez mientras se sentaba frente a Ray—. Ella llamó a su madre al mediodía para decir que iba verse con una amiga que no había visto hacía tiempo. Son casi las cinco p.m. ahora. Ella sabe que se supone que debe reportarse cada dos horas cuando sale, aunque sea un mensaje de texto para decir dónde está.

—¿A ella nunca se le olvida? —preguntó Ray, manteniendo su tono neutral de tal manera que solo Keri captó el escepticismo subyacente. Ninguno de los Caldwells habló por un instante, y a Keri le preocupó que Ray los hubiera ofendido. Finalmente Mariela respondió.

—Detective Sands, sé que es difícil de creer. Pero no, a ella nunca se le olvida. Ed y yo tuvimos a Sarah tarde en la vida. Después de numerosos intentos fallidos, fuimos bendecidos con su llegada. Ella es nuestra única hija y tengo que admitir que ambos somos un poco, ¿cuál es la palabra, revoloteantes?

—Padres helicóptero —añadió Ed con una irónica sonrisa.

Keri sonrió también. Difícilmente podía culparlos.

—En todo caso —continuó Mariela—, Sarah sabe que ella es lo que más amamos en este mundo y sorprendentemente, ella no lo resiente ni se siente reprimida. Horneamos juntas en el fin de semana. A ella todavía le encantan las jornadas de ‘lleva tu hija al trabajo’ junto con su padre. Fue incluso conmigo a un concierto de Motley Crue hace unos meses. Ella nos consiente. Y porque sabe cuán preciada es para nosotros, ella es muy diligente en cuanto a mantenernos informados. Nosotros establecimos la política de ‘textea dónde estás’. Pero ella fue quien eligió la regla de las dos horas.

Keri observó a ambos con atención mientras hablaban. La mano de Mariela estaba en la de Ed, y él acariciaba el dorso de la de ella con su pulgar. Esperó hasta que terminara, entonces habló.

—Y si alguna vez lo olvidara, por primera vez, ella no se habría ido por tanto tiempo sin hacer contacto o contestar alguno de nuestros textos o llamadas. Entre los dos, le hemos enviado una docena de mensajes de textos y la hemos llamado una media docena. En mi último mensaje le dije que estaba llamando a la policía. Si los hubiera recibido, se hubiera comunicado. Como le dije a su teniente, el GPS de su teléfono está apagado. Eso nunca había sucedido.

Ese inquietante detalle quedó flotando en el aire, amenazando con imponerse a todo lo demás. Keri trató de sofocar cualquier señal que tendiera al pánico haciendo rápidamente la siguiente pregunta.

—Sr. y Sra. Caldwell, ¿puedo preguntarles por qué Sarah no estaba hoy en la escuela? Es viernes.

Ambos la miraron con una expresión de sorpresa. Incluso Ray lució atónito.

—Es el día después de Acción de Gracias —dijo Mariela—. Hoy no hay escuela.

Keri sintió que el corazón se le hundía. Solo un padre sabría esa clase de detalle y en la práctica, ella ya no lo era.

Evie tendría trece ahora. Bajo circunstancias normales, Keri habría estado negociando cómo asegurar el cuidado de su hija para poder venir a trabajar hoy. Pero ella no había vivido circunstancias normales desde hacía mucho tiempo.

Los rituales asociados con los recesos escolares y las vacaciones familiares se habían desvanecido en años recientes, hasta el punto en el que algo que solía ser obvio para ella ya no lo era.

Intentó responder pero salió como un murmullo ininteligible. Sus ojos se humedecieron y bajó la cabeza para que nadie pudiera verla. Ray vino a rescatarla.

—¿Así que Sarah tuvo el día libre, pero ustedes no? —preguntó.

—No —contestó Ed—, poseo una pequeña tienda de pinturas en el Westchester Triangle. No es como para decir que estoy nadando en dinero. No puedo tomarme muchos días libres —Día de Gracias, Navidad, Año Nuevo— eso es todo.

—Soy secretaria legal en un gran bufete en El Segundo. Normalmente estaría libre hoy, pero estamos preparando un caso enorme de cara al juicio y necesitan toda la ayuda disponible.

Keri aclaró su garganta y, confiando en que podía controlarse, se unió de nuevo a la conversación.

—¿Quién es esta amiga que Sarah iba a ver? —preguntó.

—Su nombre es Lanie Joseph —dijo Mariela—. Sarah tuvo amistad con ella en la escuela elemental. Pero cuando nos mudamos de nuestra antigua urbanización, perdieron el contacto. Francamente, hubiese deseado que quedara así.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Keri.

Mariela vaciló, así que Ed intervino.

—Vivíamos en South Culver City. No está demasiado lejos de aquí, pero la zona es mucho más miserable. Las calles son más rudas y también lo son los chicos. Lanie tenía una manera de ser que siempre nos incomodó un poco, incluso cuando era pequeña. Ha empeorado. No quiero hacer juicios, pero pensamos que ella se ha metido por un camino peligroso.

—Nosotros economizamos y ahorramos —intervino Mariela, abiertamente incómoda ante la idea de lanzar calumnias delante de extraños—. El año en que Sarah comenzó la escuela secundaria nos mudamos para acá. Compramos este sitio justo antes de que el mercado explotara. Es pequeño pero ahora no seríamos capaces de comprarlo. Casi que tampoco entonces. Pero ella necesitaba un nuevo comienzo con chicos diferentes.

—Así que perdieron el contacto —Ray insistió con gentileza—. ¿Qué les hizo reconectarse recién ahora?

—Ellas se veían un par de veces al año, pero eso era todo —contestó Ed—. Sin embargo, Sarah nos dijo que Lanie le envió un mensaje de texto ayer, y le decía que en verdad quería verla, que necesitaba su consejo. No dijo por qué.

—Por supuesto —añadió Mariela—, como ella es una chica dulce, que se preocupa por los demás, accedió sin vacilar. Recuerdo que me dijo anoche, ‘¿Qué clase de amiga sería, mamá, si no ayudara a alguien cuando más me necesita?’

Mariela se interrumpió, abrumada por la emoción. Keri vio a Ed darle un pequeño apretón de apoyo. Envidió a esos dos. Incluso en ese momento, al borde del pánico, eran un frente unido, terminando las frases del otro, respaldándose emocionalmente. De alguna manera su devoción y amor compartidos los protegían de venirse abajo. Keri recordó una época cuando pensaba que tenía lo mismo.

—¿Dijo Sarah dónde iban a verse? —preguntó.

—No, no lo habían decidido al mediodía. Pero estoy segura de que era por aquí cerca, quizás el Centro Howard Hughes o el Fox Hills Mall. Sarah no conduce todavía, así que tendría que ser un lugar con fácil acceso al bus.

—¿Puede darnos fotos recientes de ella? —preguntó Keri a Mariela, que de inmediato se levantó para ir a buscar algunas.

—¿Está Sarah en las redes sociales? —preguntó Ray.

—Ella está en Facebook. Instagram, Twitter. No sé dónde más. ¿Por qué? —preguntó Ed.

—Algunas veces los chicos comparten detalles en sus cuentas que son de ayuda en las investigaciones. ¿Conocen algunas de sus claves secretas?

—No —dijo Mariela mientras sacaba algunas fotos de sus marcos—. Nunca tuvimos motivos para pedírselas. Ella nos muestra todo el tiempo lo que publica en sus cuentas. Nunca parece que esté ocultando algo. Incluso somos sus amigos en Facebook. Nunca sentí la necesidad de preguntar ese tipo de cosas. ¿No hay forma de que tengan acceso a las mismas?

—Podemos —le dijo Keri—, pero sin las claves secretas, lleva tiempo. Necesitamos una orden de la corte. Y ahora mismo no tenemos una causa probable.

—¿Qué hay del GPS desactivado? —preguntó Ed.

—Eso ayuda a hacer un caso —contestó Keri—, pero a estas alturas todo es circunstancial en el mejor de los casos. Ambos han sido convincentes en cuanto a por qué esta situación es tan inusual. Pero en el papel, podría no lucir así para un juez. Pero no dejen que eso les moleste demasiado. Apenas estamos comenzando. Esto es lo que hacemos, investigar. Y me gustaría empezar yendo a la casa de Lanie y hablando con su familia. ¿Tienen su dirección?

—La tengo —dijo Mariela, entregándole a Keri varias fotos de Sarah antes de sacar su teléfono y desplazarse entre sus contactos—, pero no sé de cuánta ayuda será. El padre de Lanie está fuera del radar y su madre… no se involucra. Pero si piensan que ayudará, aquí está.

Keri copió la información y todos caminaron hacia la puerta principal. Se estrecharon las manos de manera formal, lo que chocó a Keri porque le parecía fuera de lugar entre gente que había estado discutiendo algo tan íntimo.

Ella y Ray iban a medio camino en dirección al vehículo de él, cuando detrás de ellos, Edward Caldwell les lanzó una última pregunta.

—Siento preguntar esto, pero ustedes dijeron que apenas estaban empezando. Eso hace que suene como si esto pudiera llegar a ser un largo proceso. Pero hasta donde yo sé, en el caso de una persona desaparecida, las primeras veinticuatro horas son cruciales. ¿Estoy equivocado?

Keri y Ray se miraron entre sí y luego se giraron para ver a Caldwell. Ninguno estaba seguro de quién debía responder. Finalmente habló Ray.

—No está equivocado, señor. Pero todavía no tenemos nada que indique que algo sospechoso ha sucedido. Y en cualquier caso, usted nos contactó con rapidez. Eso es de gran ayuda. Sé que es difícil de hacer, pero intente no preocuparse. Le prometo que estaremos en contacto.

Se giraron y caminaron de regreso al automóvil. Cuando Keri estuvo segura de que no les podía escuchar, musitó por lo bajo: —Eres bueno mintiendo.

—No estaba mintiendo. Todo lo que dije era cierto. Ella podría estar de regreso en su casa de un momento a otro y esto habrá concluido.

—Supongo que sí —reconoció Keri—, pero todos mis instintos me dicen que esto no va a ser tan fácil.




CAPÍTULO TRES


Keri ocupó el asiento de copiloto en el camino hacia Culver City, auto flagelándose en silencio. Intentó recordarse a sí misma que no había hecho nada incorrecto. Pero estaba amilanada por la culpa de olvidar algo tan simple como que ese día no había escuela. Hasta había sido incapaz de ocultar su sorpresa.

Estaba perdiendo contacto con lado parental y eso la asustaba. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que ella olvidara otros detalles, más personales? Hacía unas pocas semanas le habían dado pistas anónimas que la llevaron hasta la foto de una adolescente. Pero para vergüenza de Keri, no había sido capaz de asegurar que fuese Evie.

Cierto es, que habían pasado cinco años y la imagen era de baja resolución, tomada desde larga distancia. Pero el hecho de que ella no supiera de inmediato si la foto era o no la de su hija la había turbado. Incluso después que el gurú en tecnología de la unidad, el Detective Kevin Edgerton, le había dicho que su comparación digital de la imagen con las fotos de Evie a los ochos años de edad no era concluyente para establecer una correspondencia, su sensación de vergüenza permaneció.

Simplemente debí haberlo sabido. Una buena madre sabría si era real de inmediato.

—Llegamos —dijo Ray en voz baja, sacándola de sus pensamientos.

Keri levantó la vista y se dio cuenta que habían estacionado justo calle arriba después de la casa de Lanie Joseph. Los Caldwell tenían razón. Esta zona, aunque a menos de ocho kilómetros de su hogar, era de un aspecto bastante hostil.

Todavía eran solo las 5:30, pero el sol ya casi se había puesto y la temperatura estaba descendiendo. Pequeños grupos de jóvenes con atuendo de pandilla se estaban juntando en las bocacalles y las escalinatas de entrada, bebiendo cerveza y fumando cosas que no parecían cigarrillos. La mayoría de los céspedes estaban más marrones que verdes, y en todas partes las aceras estaban agrietadas, con la maleza abriéndose paso por entre los espacios. La mayoría de las residencias de la cuadra se veían como casas adosadas o dúplex, y todas tenían rejas en las ventanas y robustas puertas con tela metálica.

—¿Qué piensas, debemos llamar y pedir respaldo al Departamento de Policía de Culver City? —preguntó Ray—. Técnicamente, estamos fuera de nuestra jurisdicción.

—No... Tomará demasiado tiempo y quiero permanecer de bajo perfil, al entrar y al salir. Mientras más formal hagamos esto, más tiempo nos tomará. Si algo le pasó a Sarah, no tenemos tiempo que perder.

—Okey, entonces vamos —dijo él.

Salieron del vehículo y caminaron con presteza a la dirección que Mariela Caldwell les había proporcionado. Lanie vivía en el frente de una townhouse de dos unidades en Corinth, justo al sur de Culver Boulevard. La autopista 405 estaba tan cerca que Keri podía distinguir el color del cabello de los conductores que pasaban.

Mientras Ray tocaba la puerta exterior de metal, Keri miró, dos casas más allá, a cinco hombres apiñados en torno al motor de un Corvette, sentados sobre bloques en la carretera. Algunos de ellos lanzaban miradas de desconfianza a los intrusos, pero nadie dijo nada.

El sonido de varios niños chillando salía del interior. Al cabo de un minuto, la puerta de madera fue abierta por un pequeño niño rubio que no tendría más de cinco. Llevaba unos jeans llenos de agujeros y una camiseta blanca con una “S” tipo Supermán garabateada en casa.

Contempló a Ray, echando la cabeza hacia atrás todo lo posible. Luego miró a Keri, y pareciéndole menos temible, le habló.

—¿Qué quiere, señora?

Keri sintió que el chico no había recibido mucha luz y dulzura en su vida, así que se arrodilló hasta quedar a su nivel y le habló con la voz más gentil que pudo adoptar.

—Somos oficiales de policía. Necesitamos hablar un minuto con tu mami.

El niño, sin inmutarse, se volteó y gritó hacia el fondo de la casa.

—Mamá. Los policías están aquí. Quieren hablar contigo —aparentemente esta no era la primera vez que había recibido la visita de la ley.

Keri vio que Ray echaba un vistazo a los hombres que rodeaban el Corvette y sin mirar ella misma, le preguntó en voz baja: —¿Tenemos un problema por allá?

—Todavía no —contestó Ray por lo bajo—, pero podríamos tenerlo dentro de un rato. Debemos hacer esto rápido.

—¿Qué clase de policías son ustedes? —exigió saber el pequeño— No llevan uniformes. ¿Están encubiertos? ¿Son detectives?

—Detectives —le dijo Ray y aparentemente decidiendo que el chico no necesitaba ser consentido, le hizo a su vez una pregunta—. ¿Cuándo fue la última vez que viste a Lanie?

—Oh, Lanie está en problemas de nuevo —dijo, con una sonrisa que abarcaba su rostro—. Nada sorprendente. Se fue a la hora del almuerzo para ver a su inteligente amiga. Supongo que esperaba que algo se le pegara. No apuesten a eso.

Justo entonces una mujer que vestía pantalones de chándal y una gruesa sudadera gris que decía “Continúa caminando”, apareció al final del vestíbulo. Mientras se aproximaba con pesadez hacia ellos, Keri la examinó. Era como de la estatura de Keri pero pesaba muy por encima de los noventa kilos.

Su pálida piel parecía fundirse con la sudadera gris, haciendo imposible asegurar dónde terminaba una y empezaba la otra. Su cabello rubio-grisáceo estaba recogido hacia atrás en una floja coleta, que estaba a punto de soltarse por completo.

Keri supuso que tenía menos de cuarenta, pero su cara agotada y desgastada la podía hacer ver como de cincuenta. Tenía bolsas bajo sus ojos y su rostro abotagado estaba cubierto de zonas enrojecidas, posiblemente debidas al alcohol. Estaba claro que alguna vez había sido atractiva, pero el peso de la vida la había consumido y ahora solo se podían entrever destellos de belleza.

—¿Qué ha hecho ahora? —preguntó la mujer, menos sorprendida que su hijo de ver a la policía en su puerta.

—¿Es usted la Sra. Joseph? —preguntó Keri.

—No he sido la Sra. Joseph en siete años. Fue cuando el Sr. Joseph me dejó por una terapista de masajes llamada Kayley. Ahora soy la Sra. Hart, aunque el Sr. Hart se fue sin despedirse apropiadamente hace unos dieciocho meses. Pero es demasiado complicado cambiar el nombre de nuevo, así que me he quedado con él por ahora.

—Así que usted es la madre de Lanie Joseph —dijo Ray, tratando de encarrilarla de nuevo—, pero, ¿su nombre es…?

—Joanie Hart. Soy la madre de cinco vándalos, incluyendo ésa por la que están aquí. ¿Y qué fue exactamente lo que hizo esta vez?

—No estamos seguros de que haya hecho nada, Sra. Hart —afirmó Keri, que no quería crear un conflicto innecesario con una mujer que claramente vivía cómoda con él—, pero los padres de su amiga Sarah Caldwell no han podido contactarla y están preocupados. ¿Ha sabido de Lanie desde el mediodía de hoy?

Joanie Hart la miró como si fuera de otro planeta.

—No estoy pendiente de eso —dijo—. Estuve trabajando todo el día; 7-Eleven no cierra solo porque ayer fue Acción de Gracias, ¿saben? Regresé hace apenas media hora. Así que no sé dónde está. Pero eso no es especial. Ella está fuera la mitad del tiempo y nunca me dice adónde va. A ésa le encanta guardar secretos. Creo que tiene un chico, pero no quiere que yo lo sepa.

—¿Alguna vez mencionó el nombre de este chico?

—Como dije, ni siquiera sé si existe. Solo estoy diciendo que no me sorprendería. A ella le gusta hacer cosas para cabrearme. Pero estoy demasiado cansada u ocupada para enfadarme para que sea ella la que se cabree. Ya sabe cómo es —dijo, mirando a Keri, que no tenía idea de cómo era.

Keri sintió crecer su molestia con respecto a esta mujer, que no parecía saber ni importarle dónde estaba su hija. Joanie no había preguntado sobre su bienestar ni había expresado preocupación alguna. Ray pareció captar lo que estaba sintiendo y habló antes que ella.

—¿Nos puede dar el número de teléfono de Lanie y una foto reciente de ella, por favor? —preguntó.

Joanie lució sorprendida pero no lo expresó.

—Deme un segundo —dijo, y regresó por el corredor.

Keri miró a Ray, que sacudió su cabeza para compartir su disgusto.

—¿Te importa si espero en el auto? —dijo Keri— Me preocupa que vaya a decir algo… improductivo para Joanie.

—Ve. Yo me encargo de esto. Quizás puedas llamar a Edgerton y ver que él pueda saltarse las reglas para accesar las cuentas de sus redes sociales.

—Raymond Sands, por todos los dioses —dijo ella, recuperando un poco su sentido del humor—. Parece que estás adoptando algunos de mis más cuestionables métodos policiales. Creo que eso me gusta.

Se dio la vuelta y se alejó antes de que él pudiera responder. Por el rabillo del ojo, vio que los hombres dos puertas más abajo la estaban observando. Se subió el cierre de su chaqueta, consciente de pronto del frío. El final de noviembre en Los Ángeles era bastante suave, pero cuando el sol ya no estaba, la temperatura se mantenía un poco por encima de los diez grados. Y todos esos ojos sobre ella añadían un escalofrío extra.

Cuando llegó al auto, se giró y colocó de tal manera que tuviera una buena visión tanto de la casa de Lanie como de sus vecinos mientras marcaba el número de Edgerton.

—Aquí, Edgerton —contestó la entusiasta voz de Kevin Edgerton, el detective más joven de la unidad. Podía tener solo veintiocho, pero ese chico alto y desgarbado era un genio de la tecnología, y el responsable de haber ayudado a resolver muchos casos.

De hecho, había sido fundamental en ayudar a Keri a entrar en contacto con el Coleccionista mientras ocultaba su verdadera identidad. Keri imaginaba que ahora mismo, estaba apartando de los ojos los largos flequillos de color castaño. Por qué no se cortaba ese cabello descuidado y milenial era algo que estaba más allá su comprensión, al igual que sus habilidades técnicas.

—Hey, Kevin, es Keri. Necesito un favor. Quiero que veas si puedes hacerme el favor de acceder a un par de cuentas de redes sociales. Una es de Sarah Caldwell de Westchester, edad dieciséis. La otra es Lanie Joseph, Culver City, también de dieciséis. Y por favor, no me sermonees sobre órdenes de registro y causas probables. Estamos tratando aquí con circunstancias urgentes y…

—Lo tengo —la interrumpió Edgerton.

—¿Qué? ¿Ya? —preguntó Keri sorprendida.

—Bueno, no Caldwell. Todas sus cuentas están protegidas por una contraseña y requieren de su aprobación para ser vistas. Puedo descifrarlas si lo necesitas. Pero espero que podamos evitar todas las incómodas situaciones legales solo haciendo uso del material de Joseph. Ella es un libro abierto. Cualquiera puede ver sus páginas. Yo lo estoy haciendo ahora.

—¿Dicen algo sobre dónde estuvo hoy después del mediodía? —preguntó Keri, mientras observaba que tres de los hombres del Corvette caminaban hacia ella.

Los otros dos se quedaron atrás, con su atención puesta en Ray, que permanecía junto a la puerta principal de Hart, esperando que Joanie encontrara una foto reciente de su hija. Keri se acomodó ligeramente de tal manera que su peso quedase mejor repartido en caso de que tuviera que hacer un movimiento súbito.

—Ella no ha publicado nada en Facebook desde anoche, pero hay un montón de posts en Instagram de ella con otra chica, que presumo es Caldwell. Son del Fox Hills Mall. Una es en una tienda de ropa. Otra es en un mostrador de maquillaje. La última es una de ella en lo que parece una mesa en una plaza de comidas, comiendo un pretzel. La leyenda dice ‘delicioso’. Es de las dos y seis p.m.

Los tres hombres caminaban ahora por el césped de los Harts y estaban a menos de siete metros de Keri.

—Gracias, Kevin. Una última cosa. Voy a enviarte los números de celular de ambas chicas. Apuesto a que el GPS fue apagado en ambos, pero necesito que rastrees su última localización conocida antes de que eso sucediera —dijo, al tiempo que los hombres se detenían enfrente de ella—. Tengo que irme. Volveré a llamarte si necesito más.

Keri colgó antes de que él pudiera responder y deslizó el teléfono en su bolsillo. De paso, desabrochó de manera discreta la funda de su arma.

Contemplando a los hombres, pero sin decir palabra, siguió recostada del vehículo, pero levantó la pierna derecha de tal manera que la planta de su pie descansara en la portezuela. De esa forma, tendría un extra de potencia si necesitaba impulsarse hacia adelante.

—Buenas tardes, caballeros —dijo finalmente con un tono firme, amigable—. Afuera está un poco fresco esta noche, ¿no creen?

Uno de ellos, claramente el alfa, soltó una risita y se volteó a sus amigos. —¿Dijo esta perra que está un poco fresco para sus pezones? —era hispano, de corta estatura, y un poco panzón visto de cerca, pero la amplia camisa de franela ocultaba su corpulencia, dificultando a Keri el determinar con quién se las tenía que ver. Los otros hombres eran altos y flacos, con las camisas colgando de sus esqueletos. Uno era blanco y el otro era hispano. Keri se tomó un momento para apreciar la diversidad racial de esta peculiar pandilla callejera antes de decidirse a aprovecharse de eso.

—¿Permiten ustedes por estos días que entren chicos blancos? —preguntó, haciendo un gesto con la cabeza hacia el que desentonaba— ¿Qué? ¿Acaso es difícil conseguir suficientes miembros de piel morena dispuestos a seguir tus órdenes?

A Keri no le gustaba jugar esta carta, pero necesitaba crear una división entre ellos y sabía que muchas de estas pandillas eran muy exigentes con respecto a los requerimientos de ingreso.

—Esa boca te va a meter en problemas, mujer —siseó el Alfa.

—Sí, problemas —repitió el blanco. El hispano alto permaneció en silencio .

—¿Siempre andas por allí repitiendo los que tu jefe dice? —le preguntó Keri al blanco— ¿Levantas la basura que él deja caer en el suelo, también?

Los dos hombres se miraron entre sí. Keri podía afirmar que había puesto el dedo en la llaga. Detrás de ellos, vio que Ray había conseguido la foto de Lanie y caminaba hacia ellos. Los otros dos hombres junto al Corvette comenzaron a caminar en su dirección, pero él les lanzó una mirada penetrante y ellos se pararon en seco.

—Esta perra es ruda —dijo el blanco, aparentemente incapaz de inventarse algo más ingenioso.

—Puede que tengamos que enseñarte a ser educada —dijo Alfa.

Keri notó que el hispano alto se tensó al escuchar aquello. Y de pronto ella comprendió cuál era la dinámica que había entre los tres. Alfa era el impulsivo. Blanco era el seguidor. Silencioso era el pacífico. Él no había venido para meterse en ningún problema. Intentaba impedirlo. Pero no había hallado aún la manera y eso era culpa de Keri. Decidió lanzarle una cuerda y ver si él la usaba.

—¿Ustedes son gemelos? —le preguntó, mientras apuntaba con la cabeza hacia Blanco.

Él la miró por un segundo, claramente sin saber qué comentar al respecto. Ella le guiñó un ojo y la tensión pareció desaparecer de su cuerpo. Casi sonrió.

—Idénticos —contestó, aprovechando la oportunidad.

—¡Eh, Carlos, no somos gemelos, hombre! —dijo Blanco, sin estar seguro de estar confundido o enojado.

—No, hombre —intervino Alfa, olvidando por momentos su enfado—, la perra tiene razón. Es difícil distinguirles a ustedes. Tenemos que prenderles unas etiquetas, ¿no es así?

Él y Carlos rieron, y Blanco se les unió, aunque todavía lucía perplejo.

—¿Cómo estamos por aquí? —preguntó Ray, sobresaltando a los tres. Keri intervino antes de que se irritaran de nuevo.

—Creo que estamos bien —dijo—. Detective Ray Sands, me gustaría presentarte a Carlos y a su hermano gemelo. Y este es su querido amigo… ¿cuál es tu nombre?

—Cecil —dijo de buen grado.

—Este es Cecil. Les gustan los Corvettes y seducir a mujeres más viejas. Pero desafortunadamente, vamos a tener que dejarles con la reparación del auto, caballeros. Nos gustaría quedarnos, pero ya saben cómo son las cosas con el Departamento de Policía de Los Ángeles, siempre trabajando. A menos que quieran que nos plantemos por aquí y discutamos sobre la buena educación un poco más. ¿Te gustaría eso, Cecil?

Cecil echó un vistazo a los 104 kilos de Ray, luego a Keri, aparentemente tranquila a pesar de sus insultos. Pareció decidir que era suficiente.

—No, ‘ta bien. Sigan con su cosa policial. Nosotros estamos ocupados con la reparación del auto, como dijiste.

—Bien, chicos, tengan una buenísima noche, ¿okey? —dijo Keri con un nivel de entusiasmo que solo Carlos percibió destilaba algo de burla. Asintieron y se encaminaron de regreso al Corvette mientras Keri y Ray se subían a su auto.

—Pudo haber sido peor —dijo Ray.

—Sí, sé que a causa de ese balazo todavía no estás al cien por ciento. Supuse que no podía dejar que te involucraras en un altercado con cinco miembros de una pandilla si podía hacer algo al respecto.

—Gracias por cuidar a tu inválida pareja —dijo Ray mientras arrancaba.

—Ni lo menciones —dijo Keri, ignorando el sarcasmo.

—Y Edgerton, ¿tuvo suerte con las redes?

—La tuvo. Tenemos que ir a Fox Hills Mall.

—¿Qué hay allí?

—Espero que esas niñas —dijo Keri—, pero tengo la sensación de que no seremos tan afortunados.




CAPÍTULO CUATRO


En el instante en que Sarah despertó, sintió la necesidad de vomitar. Su visión estaba tan borrosa como su cabeza. Una luz brillaba encima de ella, y le tomó un segundo darse cuenta que estaba echada sobre un raído colchón en una pequeña pero casi vacía habitación.

Parpadeó un par de veces y su visión se aclaró lo suficiente como para ver una pequeña papelera de plástico junto al colchón. Se incorporó a medias, la haló hacia ella, y regurgitó en su interior por treinta segundos completos, haciendo caso omiso de sus ojos acuosos y su nariz aún más aguada.

Escuchó un ruido, miró en esa dirección, y vio que alguien había corrido una cortina negra, lo que reveló que en realidad ella no se encontraba en una pequeña habitación. Estaba en una inmensa bodega. Hasta donde la vista alcanzaba, había otros colchones, y en casi todos ellos había chicas de su edad, todas escasamente vestidas cuando no desnudas.

Algunas estaban solas, ya sea dormidas, o más probablemente inconscientes. Otras estaban con hombres, que las estaban penetrando. Algunas de las chicas luchaban, otras yacían impotentes, y unas pocas no parecían estar conscientes mientras eran violadas. La mente de Sarah estaba inmersa en una bruma, pero estimó que había al menos veinte chicas en la bodega.

Alguien apareció ante su vista. Era Chiqy, el tipo enorme de larga barba, el de la habitación de Dean. De pronto, la mente de Sarah se aclaró y la sensación de ser una simple observadora de lo que le rodeaba, desapareció. Su corazón comenzó a latir con fuerza y sintió que el terror poco a poco se apoderaba de ella.

¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? ¿Por qué me siento tan débil?

Intentó sentarse derecha en tanto Chiqy se aproximaba, pero sus brazos no la sostuvieron y se desplomó de nuevo sobre el colchón. Eso hizo reír a Chiqy.

—No intentes levantarte —dijo—, las drogas que te dimos están mal liadas. Podrías caerte y romperte algo. Y no podemos permitirlo. Sería malo para el negocio. Los clientes prefieren que si algunos huesos van a ser rotos, que sean ellos quienes lo hagan.

—¿Qué me hiciste? —exigió saber ella con una voz ronca, tratando de nuevo de sentarse.

Antes de que supiera qué estaba pasando, Chiqy le cruzó la cara con el revés de la mano. El golpe la envió de nuevo al colchón con una explosión de dolor desde el pómulo hasta el oído. Mientras respiraba hondo e intentaba recuperar el equilibrio, él se inclinó y susurró en el oído.

—Tendrás que aprender, señorita. No levantes la voz. No repliques a menos que un cliente lo pida. No hagas preguntas. Chiqy está a cargo. Sigue mis reglas, estarás bien. No las sigues, entonces no estarás bien. ¿Estamos claros?

Sarah asintió.

—Bien. Entonces escucha porque aquí vienen las reglas. Primero, eres mi propiedad. Me perteneces. Te puedo dar en préstamo pero nunca olvides a quién perteneces. ¿Lo comprendes?

Sarah, con la mejilla todavía palpitando a causa de la bofetada, asintió mansamente. Mientras trataba de asimilar la situación, entendió que no era prudente desafiar abiertamente a Chiqy en su actual circunstancia.

—Segundo, vas a satisfacer las necesidades de mis clientes. No tiene que gustarte, aunque quien sabe, puede que te aficiones. No importa. Haces lo que los clientes te digan, sin importar qué. Si no lo haces, te golpearé hasta que sangres por dentro. Tengo formas de hacer eso y que aún así sigas luciendo bonita para los clientes. En el exterior, te verás como un ángel. Pero en el interior serás pura pulpa. ¿Estamos claros?

De nuevo Sarah asintió. De nuevo trató de apoyarse para poder levantarse y entrecerró los ojos bajo la brillante luz, esperando poder orientarse. No reconoció a ninguna de las otras chicas. De pronto un escalofrío recorrió su espina dorsal.

¿Dónde está Lanie?

—¿Puedes decirme qué le sucedió a mi amiga? —preguntó con lo que esperaba no fuese un tono de voz desafiante.

Antes de saber qué estaba sucediendo, Chiqy la había abofeteado de nuevo, esta vez en la otra mejilla. La fuerza del golpe la hizo caer con dureza sobre el colchón.

—No había terminado —escuchó ella a pesar del zumbido en sus oídos—. La última regla es que no hables a menos que yo te haga una pregunta. Como dije, vas a aprender con rapidez que ser engreída no sirve de nada aquí. ¿Entendiste?

Sarah asintió, notando que su cabeza palpitaba.

—Pero esa pregunta la responderé —dijo Chiqy con una sonrisa cruel en su rostro. Señaló un colchón a unos cinco metros de distancia.

Sarah echó un vistazo y vio a un hombre que lucía como sexagenario, montado sobre una chica cuya cabeza estaba ladeada. Justo entonces, el hombre la tomó por el mentón y acercó la cara de ella para besarla.

Sarah casi vomitó de nuevo al darse cuenta que era Lanie. Estaba desnuda de la cintura para abajo y su camiseta negra estaba alrededor de su cuello, dejando su sostén al descubierto. Cuando el hombre perdió el interés en sus labios, la soltó y su cabeza cayó mirando hacia Sarah.

Podía asegurar que su amiga estaba consciente, al menos al mínimo. Sus gruesos párpados estaban apenas abiertos y ella no parecía percatarse de lo que la rodeaba. Su cuerpo estaba desgonzado y no reaccionaba físicamente a las cosas que le estaban haciendo.

Sarah asimiló todo, pero de alguna manera el horror del momento pareció estar sucediendo muy, muy lejos, en un distante planeta. Quizás se debiera a las drogas. Quizás fuese por haber sido golpeada dos veces en el rostro. Pero se sentía anestesiada.

Quizás debo estar agradecida por eso.

—Ella fue difícil de manejar, así que tuvimos que calmarla bastante —dijo Chiqy—. Esa pudiste ser tú. Si no te pones en plan de pelea, no tendremos que darte la dosis para dormir. Depende de ti.

Sarah lo miró y se dispuso a responder pero recordó las reglas y se mordió la lengua. Chiqy vio eso y sonrió.

—Bien. Aprendes rápido —dijo—. Puedes hablar.

—Nada de dosis para dormir —imploró ella.

—Okey, intentaremos llevarlo en limpio. Pero si… luchas, aguja contigo. ¿Comprendido?

Sarah asintió. Chiqy, con una sonrisa de satisfacción en su rostro, asintió a su vez y salió, cerrando la cortina detrás de él.

Sin saber por cuánto tiempo había estado así, Sarah miró en derredor con desespero, tratando de hacer inventario de su situación. Todavía llevaba sus jeans y su blusa verde azulada, lo que sugería que aún no le habían hecho nada. Revisó sus bolsillos buscando su teléfono, su monedero, y su identificación, pero todos habían desaparecido. Eso no la sorprendió.

Un sonoro gemido femenino procedente de algún lugar cercano la sacó de su entumecimiento, en tanto que algo cercano al pánico la invadió. Ella lo saludó, al venir con una carga de adrenalina que agudizó su entendimiento y le dio un mayor control de sus extremidades.

Piensa, Sarah, mientras todavía puedes. Has estado ausente por un tiempo. Hay gente buscándote. No hay forma de que papá y mamá esperen tanto para que los contactes sin llamar a los policías. Si te están buscando, tienes que darle alguna clase de pista, algo que les haga saber dónde estabas, en caso de que algo suceda.

Echó un vistazo a su blusa. ¿Le había dicho a su mamá qué se pondría hoy? No, pero se había comunicado esta mañana con ella por medio de FaceTimed, así que habría visto su vestimenta. Ella de seguro la recordaría. Después de todo, ellas la habían comprado juntas en las tiendas al por mayor de Cabazon.

Buscó abajo y rasgó una tira de unos cinco centímetros de la costura cercana a la cintura, donde era menos elaborada. Debatía consigo misma dónde dejarla cuando escuchó dos voces masculinas que se aproximaban. Justo cuando la cortina se abría de nuevo, ella metió la tela bajo el colchón, de tal manera que solo un pequeño fragmento fuese visible.

Tratando de actuar lo más natural posible, examinó a los dos hombres. Uno era Chiqy. El otro era tipo blanco, cuarentón y bajo de estatura, que vestía traje y corbata. Llevaba gafas, que se quitó y colocó encima de sus zapatos, luego de descalzarse y ponerlos cerca de la cortina.

—¿Qué edad tiene? —preguntó.

—Dieciséis —contestó Chiqy.

—Un poco madura para mi gusto, pero ella definitivamente servirá —dijo, mientras se aproximaba al colchón.

—Recuerda lo que te dije —le advirtió Chiqy.

Ella asintió. Pareció satisfecho y comenzó a alejarse cuando el hombre dijo: —Un poco de privacidad, por favor.

Chiqy, cerró, algo reacio, la cortina. El hombre permaneció de pie delante de ella y la contempló, sus ojos vagaban por todas partes. Ella se sintió mal.

Comenzó a desvestirse y Sarah usó el tiempo para decidir su próxima movida. Ella no iba a dejar que esto pasara. De eso estaba segura. Si ellos la asesinaban que así fuese. Pero ella no iba a terminar como una esclava sexual. Solo tenía que aguardar por una brecha.

No tomó mucho tiempo.

El hombre se había quitado sus pantalones y bóxer y gateaba hacia ella. Bizqueaba un poco y ella podía asegurar que sin sus gafas, él estaba ligeramente inseguro. Enseguida ya estuvo él encima de ella, sobre sus manos y rodillas.

Nada como el presente.

En un solo y rápido movimiento, Sarah trajo su pierna derecha hasta la altura de su pecho y lanzó el pie hacia delante, golpeando con la punta de su zapato la entrepierna del hombre. Él de inmediato gruñó y se desplomó sobre ella.

Ella había previsto eso e hizo rodar el cuerpo en ovillo. Entonces, se apresuró a ponerse de pie y se dio prisa para llegar a la cortina. Atrás, el hombre gemía y trataba de hablar. Ella asomó su cabeza y miró en derredor.

En el extremo opuesto de la bodega , vio el portón principal. Pero entre el sitio donde se hallaba y la libertad había incontables colchones ocupados y al menos media docena de hombres caminando por allí, pendientes de todo. No había forma de que llegara tan lejos.

Pero quizás podría encontrar una puerta trasera si se mantenía en las sombras cerca de la pared. Estaba a punto de salir cuando escuchó la voz del hombre, estrangulada y dolorida, pero muy clara.

—¡Ayuda!

Se le acababa el tiempo. Saliendo de detrás de la cortina, corrió hacia la izquierda, buscando cualquier cosa que se pareciera a una puerta. Logró cubrir seis metros antes de que un tipo apareciera, bloqueando el camino.

Giró y emprendió la carrera en otra dirección, pero cayó directamente en manos de Chiqy, que puso su robusto brazo en torno de ella. Apenas podía moverse.

Varios metros más allá, vio al hombre que había venido de traje. Estaba doblado de dolor, pero ya se estaba incorporando. Seguía sin los pantalones. Levantando el brazo, apuntó hacia ella.

—Después de esto la quiero a mitad de precio.

Sarah vio que Chiqy sacaba algo de su bolsillo y se dio cuenta de lo que era —una jeringa. Trató de liberarse pero fue inútil. Sintió un agudo pinchazo en su brazo.

—Te advertí que tendría que usar la dosis de sueño si eras mala —dijo, casi como si se disculpara.

Sintió que el agarre se aflojaba, pero se dio cuenta que era solo porque ella estaba perdiendo todo control muscular. Chiqy lo sintió también y la dejó ir. Para cuando llegó al piso, estaba completamente inconsciente.




CAPÍTULO CINCO


Keri se hallaba intranquila y nerviosa, sentada en la sala de espera de la oficina de seguridad de Fox Hills Mall. Por cuarta vez en los últimos quince minutos el mismo pensamiento pasó por su cabeza: esto se está llevando demasiado tiempo.

Uno de los guardias de seguridad estaba buscando el vídeo de la plaza de comida desde las 2 p.m. más o menos, cuando Lanie había publicado su última foto en Instagram. Se estaba llevando todo el tiempo del mundo, ya fuese porque el sistema era obsoleto o porque el guardia era un inepto.

Ray se hallaba sentado en la silla que estaba junto a ella, masticando un arrollado de pollo que se había llevado cuando visitaron la plaza de comida. El arrollado de Keri descansaba en su regazo, casi sin ser tocado.

A pesar del hecho de que eran las 6:30, y las chicas solo había estado fuera de contacto por unas cuatro horas y media, a Keri la rondaba la sensación de que había algo nada bueno con este caso, aunque todavía no tenía la evidencia para probarlo.

—¿Tienes que tragarte esa cosa de un tirón? —le preguntó a Ray con desagrado.

Él se detuvo a medio masticar y le lanzó una mirada perpleja antes de preguntarle, con la boca llena: —¿Qué te está devorando?

—Lo siento. No debería estarte gritando. Solo estoy frustrada porque esta cosa esta tomando demasiado tiempo. Si estas chicas fueron secuestradas, toda esta rebusca está desperdiciando tiempo valioso.

—Démosle al tipo dos minutos más. Si no sale con nada para entonces, haremos caer el martillo. ¿Te parece bien?

—Me parece bien —replicó Keri y le dio un pequeño mordisco a su rollo.

—Sé que te fastidia esto —dijo Ray—, pero claramente algo está pasando contigo. Pienso que tiene que ver con lo que fuese que estabas ocultando en la estación. Ahora tenemos un poco de tiempo. Conque ponme al día.

Keri le miró y podía afirmar que incluso con el pedacito de lechuga que tenía en los dientes y le hacía ver ridículo, él no estaba bromeando.

Eres más cercana a este hombre que a nadie más en el mundo. Él merece saber. Solo dile.

—Okey —dijo—, pero espera.

Sacó el pequeño detector de cámaras y micrófonos que llevaba en su bolso y le hizo un ademán a Ray para que la siguiera hasta el corredor.

El aparato se lo había recomendado un experto en seguridad y vigilancia a quien una vez había ayudado en un caso. Él dijo que era una buena combinación de portabilidad, confiabilidad y precio adecuado, y hasta ahora, parecía estar en lo correcto.

En las semanas que habían pasado desde que el abogado Jackson Cave le había insinuado que la vigilaría muy de cerca, ella había hallado varios dispositivos de escucha. Un micrófono había sido colocado en la lámpara del escritorio de su oficina. Sospechaba que un miembro del equipo de limpieza había sido sobornado para que lo colocara allí.

También había hallado una cámara y un micrófono en su nuevo apartamento. El micrófono estaba en el recibidor, y la cámara había sido instalada en el dormitorio. También había encontrado un micrófono dentro del volante de su auto y otro en la visera del auto de Ray.

Edgerton había añadido protecciones extra a su computadora de oficina para detectar específicamente programas de seguimiento. Hasta ahora, ninguno había sido descubierto. Pero ella iba sobre seguro y evitaba usarla para nada que no fueran asuntos oficiales.

Su teléfono celular estaba limpio hasta ahora, probablemente porque nunca lo apartaba de su lado. Era el único dispositivo a través del cual se comunicaba con el Coleccionista y era en consecuencia el que más protegía.

Cuando llegaron al corredor, Keri se revisó a sí misma con el aparato, luego hizo lo propio con Ray. Señaló el teléfono de Ray. Él se lo extendió y también fue revisado.

Ray ya había pasado por esta rutina muchas veces en las últimas semanas. Se resistió al inicio, pero después que Keri descubrió el micrófono en su auto, dejó de oponerse. De hecho, él había querido arrancarlo, al igual que todos los demás de los sitios donde estaban.

Ella le había rogado que los dejara donde estaban y que actuara como si todo fuera normal. Si Cave supiera que estaban detrás de él, sospecharía que ya sabían del Coleccionista y podría avisarle que se largara.

Ya Cave sospechaba que Keri era quien le había robado los archivos con los expedientes de distintos secuestradores por encargo. Pero no podía estar seguro de eso. Incluso si lo estaba, ignoraba qué tanto había descubierto Keri sobre sus conexiones secretas con este oscuro submundo, o si ella lo tenía a él bajo vigilancia también. Así que obviamente no quería correr el riesgo de incriminarse por contactar al Coleccionista si podía evitarlo en lo posible.

Él creía que estaban en un punto muerto de la vigilancia. Y considerando que Jackson Cave tenía mucha más información que la que Keri poseía en este momento, ella estaba feliz con ese arreglo.

Ella le había prometido a Ray que aun cuando permitir que los micrófonos se quedaran donde estaban fuese contraproducente, ella se desharía de ellos, incluso si ello alertaba a Cave. Tenían incluso una frase clave para significar que era momento de tirarlos. Esta era “Bondi Beach”, haciendo referencia a una playa de Australia que Keri esperaba un día visitar. Si ella decía esas palabras, Ray sabría que podía finalmente arrancar el dispositivo de la visera.

—¿Satisfecha? —preguntó él cuando terminó de barrerlos por entero a ambos.

—Sí, lo siento. Escucha, recibí esta mañana un correo-e de nuestro amigo —dijo ella, prefiriendo ser críptica con respecto al Coleccionista aun cuando estaba segura de que no eran escuchados—. Dio a entender que me contactaría. Supongo que estoy un poco al borde. Cada vez que mi teléfono suena, pienso que es él.

—¿Te dio alguna clase de horario? —preguntó Ray.

—No. Solo dijo que haría contacto muy pronto, nada más aparte de eso.

—No es extrañar que estés tan agitada. Pensé que solo tenías una reacción exagerada con respecto a este caso

Keri sintió que sus mejillas se encendían y contempló en silencio a su pareja, sorprendida por su comentario. Ray pareció entender enseguida que había ido demasiado lejos y estaba a punto de enmendarlo cuando el guardia de seguridad les llamó desde la sala de computadoras.

—Tengo algo —gritó.

—Ahora mismo eres muy afortunado —siseó Keri furiosa, abriéndose paso delante de Ray, que le dio todo el espacio.

Cuando ingresaron a la sala de computadora, el guardia tenía el segmento de vídeo de las 2:05 p.m. Sarah y Lanie eran claramente visibles, sentadas en una pequeña mesa en el centro de la zona de comida. Vieron a Lanie tomar una foto de su comida con el teléfono, casi con toda seguridad parte de la publicación que Edgerton había hallado en Instagram.

Después de dos minutos, un sujeto alto, de cabello oscuro, cubierto de tatuajes, se aproximó hasta ellas. Le dio a Lanie un largo beso y tras unos pocos minutos de charla, todos se levantaron y se fueron.

El guardia congeló la imagen y se volteó para mirar a Keri y Ray. Keri vio por primera vez al guardia atentamente. Llevaba un gafete que rezaba “Keith”, y no tendría más de veintitrés, con la piel grasosa y llena de granos, y una joroba que lo hacía ver como un esquelético Quasimodo. Simuló no notarlo mientras él hablaba.

—Tengo unas tomas sólidas de la cara del sujeto. Las puse en archivos digitales y puedo enviarlas a sus teléfonos también, si así lo quieren.

Ray le lanzó una mirada a Keri que decía “quizás este tipo no sea tan incompetente después de todo”, pero se lo calló cuando ella le devolvió la mirada, todavía molesta por su comentario sobre la “reacción exagerada”.

—Eso estaría muy bien —dijo, dirigiendo de nuevo su atención al guardia—. ¿Fuiste capaz de rastrear hacia dónde se fueron?

—Así es —dijo Keith lleno de orgullo, y se giró para mirar de nuevo la pantalla. Cambió a una pantalla distinta que mostraba los movimientos del sujeto por el centro comercial, al igual que los de Sarah y Lanie. Culminaba con todos ellos subiéndose a un Trans Am y abandonando el estacionamiento, en dirección al norte.

—Intenté conseguir las placas del vehículo, pero todas nuestras cámaras están montadas demasiado altas como para ver algo así.

—Está bien —dijo Keri—. Lo hiciste realmente bien, Keith. Con respecto a esas tomas, voy a darte nuestros números de celular. Me gustaría que también se las enviaras a uno de nuestros colegas en la estación, para que él pueda correr un reconocimiento facial.

—Por supuesto —dijo Keith—, lo haré ahora mismo. Por cierto, me preguntaba si podría pedirles un favor.

Keri y Ray intercambiaron miradas de escepticismo, pero ella asintió de todos modos. Keith permaneció vacilante.

—He estado planeando solicitar mi ingreso a la academia de policía. Pero lo he postergado porque no creo que esté listo aún para los requerimientos físicos. Me preguntaba si, cuando todo esto se aclare, puedo pedirles que me den algunas sugerencias sobre cómo mejorar mis oportunidades de ingresar y llegar a graduarme

—¿Eso es todo? —preguntó Keri, sacando una tarjeta de presentación y dándosela— Llama a esta consulta sobre desórdenes pituitarios para que te aconsejen desde el punto de vista físico. Puedes llamarme cuando necesites alguna ayuda sobre la parte intelectual del trabajo. Y una cosa más. Si tienes que lucir un gafete en tu trabajo, consigue uno con tu apellido. Es más intimidante.

Entonces salió, dejando a Ray que se hiciera cargo del resto. Se lo merecía.

De regreso en el corredor, envió por mensajería de texto las tomas del sujeto tanto a Joanie Hart como a los Caldwells, preguntándoles si alguno lo reconocía. Un momento después, Ray salió para reunirse con ella. Lucía avergonzado.

—Escucha, Keri. No debí haberte dicho lo de la reacción exagerada. A todas luces algo está pasando aquí.

—¿Es eso una disculpa? Porque no escuché las palabras ‘Lo siento’ en ningún momento. Y aunque estamos en ello, ¿no han habido suficientes casos que no eran nada para los demás excepto para mí, y que resultaron ser algo para ti como para que me dieras el beneficio de la duda?

—Sí, pero, ¿qué hay de todos esos casos…? —comenzó a decir, entonces lo pensó mejor y se detuvo a mitad de la frase— Lo siento.

—Gracias —replicó Keri, optando por ignorar la primera parte de esos comentarios y concentrarse en la segunda.

Su teléfono vibró y ella bajó la vista con expectación. Pero en lugar de un correo-e del Coleccionista, era un texto de Joanie Hart. Era breve e iba al punto: “nunca he visto a este tipo”.

Se lo mostró a Ray, sacudiendo su cabeza ante lo lejos que podía llegar esa mujer con su aparente ambivalencia hacia el bienestar de su hija. Justo entonces sonó el teléfono. Era Mariela Caldwell.

—Hola, Sra. Caldwell. Habla la Detective Locke.

—Sí, Detective. Ed y yo hemos estado mirando las fotos que nos envió. Nunca hemos visto a ese joven. Pero Sarah me mencionó que Lanie dijo que su novio se veía como si fuera de una banda de rock. Me pregunta si podría ser él.

—Es bastante posible —dijo Keri—. ¿Alguna vez Sarah mencionó el nombre de este novio?

—Lo hizo. Estoy casi segura que era Dean. No recuerdo su apellido. No creo que ella lo supiera tampoco.

—Okey, muchas gracias, Sra. Caldwell.

—¿Es eso de ayuda? —preguntó la mujer con una voz esperanzada, casi a modo de ruego.

—Puede que sí. No tengo aún ninguna información que darle. Pero le aseguro que estamos muy enfocados en encontrar a Sarah. Trataré de brindarle tanta información actualizada como sea posible.

—Gracias, Detective. ¿Sabe?, solo después que se fue me di cuenta que usted es la misma detective que halló a esa chica surfista extraviada hace unos meses. Y sé lo de, bueno… lo de su hija… —su voz se quebró y dejó de hablar, ganada a todas luces por la emoción.

—Está bien, Sra. Caldwell —dijo Keri, armándose de valor para no perderlo.

—Solo siento tanto lo de su pequeña hija…

—No se preocupe ahora de eso. Mi atención está en encontrar a su hija. Y le prometo que voy a invertir en esto cada gramo de energía de que dispongo. Solo intente permanecer calmada. Vea cualquier cosa en la tele, tome una siesta, haga lo que pueda para seguir cuerda. Entretanto, nosotros estamos en esto.

—Gracias, Detective —susurró Mariela Caldwell, con una voz apenas audible.

Keri colgó y miró a Ray, que lucía una expresión preocupada.

—No te preocupes, pareja —le aseguró ella—. No voy a perderme aún. Ahora, consigamos a esta chica.

—¿Qué propones que hagamos?

—Creo que es hora de que llamemos a Edgerton. Ha tenido bastante tiempo para revisar los datos de los teléfonos de las chicas. Y ahora tenemos un nombre para el sujeto de la plaza de comidas: Dean. Quizás Lanie lo mencione en una de sus publicaciones. Su mamá puede que no sepa nada acerca de él, pero creo que puede ser más bien debido a una falta de interés que a que Lanie lo esté ocultando.

Mientras caminaban por el centro comercial en dirección al estacionamiento y el auto de Ray, Keri llamó a Edgerton y lo puso en el altavoz para que Ray pudiera escuchar también. Edgerton contestó después del primer repique.

—Dean Chisolm —dijo, saltándonse los saludos.

—¿Qué?

—El sujeto de las tomas que me has enviado se llama Dean Chisolm. Ni siquiera tuve que usar el reconocimiento facial. Está etiquetado en una pila de fotos de Facebook de la chica Joseph. Siempre tiene puesta una gorra con la visera bajada o gafas de sol como si tratara de ocultar su identidad. Pero no es muy bueno en eso. Siempre viste el mismo tipo de camiseta negra y los tatuajes son bastante peculiares.

—Buen trabajo, Kevin —dijo Keri, una vez más impresionada por el sabio en tecnología de la unidad—. ¿Y qué tienes entonces acerca de él?

—Un respetable montón de datos. Tiene varios arrestos por drogas. Algunos son por posesión, un par por distribución, y uno por ser un correo. Cumplió cuatro meses por ese.

—Suena como un ciudadano en verdad recto —musitó Ray.

—Eso no es todo. Se sospecha que está involucrado en la operación de una red de tráfico sexual que usa a chicas menores de edad. Pero nadie ha sido capaz de relacionarlo con eso.

Keri miró a Ray y vio que algo cambiaba en su expresión. Hasta ahora, él claramente había pensado que había más que una sólida probabilidad de que estas chicas estuvieran solo por ahí de juerga. Pero con las noticias acerca de Dean, era obvio que había pasado de ligeramente interesado a totalmente preocupado.

—¿Qué sabemos acerca de esta red de tráfico sexual? —preguntó Keri.

—La opera un tipo de aspecto encantador llamado Ernesto ‘Chiqy’ Ramírez.

—¿Chiqy? —preguntó Ray.

—Creo que podría ser un apodo —un apócope de chiquito. O sea, un pequeñito. Y como este sujeto parece estar por encima de los ciento cuarenta kilos, supongo que es un chiste.

—¿Sabes dónde podemos encontrar a Chiqy? —preguntó Keri, nada divertida.

—Desafortunadamente, no. No tiene dirección conocida. Habitualmente, parece que se mueve entre bodegas abandonadas, donde monta burdeles improvisados que funcionan hasta que son objetos de redadas. Pero tengo algunas buenas noticias.

—Tomaremos lo que tengas —dijo Ray mientras subían a su auto.

—Tengo una dirección de Dean Chisolm. Y resulta ser que es la localización exacta donde el GPS de ambas chicas fue apagado. Se las estoy enviando ahora mismo, junto con una foto de Chiqy.

—Gracias, Kevin —dijo Keri—. Por cierto, puede que hayamos encontrado un mini-Kevin trabajando como guardia de seguridad en el centro comercial; muy entendido en tecnología. Quiere ser policía. Podría ponerlo en contacto contigo si te parece bien.

—Seguro. Como siempre digo: ¡Nerds del mundo, uníos!

—¿Es eso lo que siempre dices? —se burló Keri.

—Generalmente lo pienso —admitió él, y colgó antes de que ellos pudieran decirle más necedades.

—Pareces extremadamente centrada para ser alguien que acaba de enterarse de que las chicas que estamos buscando pueden haber sido atrapadas por una red de tráfico sexual —comentó Ray con sorpresa en su voz.

—Estoy tratando de llevarlo con suavidad hasta donde pueda —dijo Keri—. No creo que haya probabilidad de que dure mucho más. Pero no te preocupes. Cuando encontremos a Chisolm, hay una respetable probabilidad de que realice una remoción amateur de tatuajes usando mi navaja suiza. Es algo lindo y aburrido.

—Bueno saber que no has perdido tu lado extremo —dijo Ray.

—Nunca.




CAPÍTULO SEIS


Keri trató que el corazón no se saliera de su pecho mientras se hallaba agazapada detrás de un arbusto al lado de la casa de Dean Chisolm. Se forzó a sí misma a respirar más despacio y en silencio, con el arma agarrada entre sus manos mientras aguardaba a que los oficiales uniformados tocaran la puerta principal. Ray estaba en un sitio parecido al de ella al otro lado de la casa. Había otros dos oficiales en el callejón de atrás.

A pesar del fresco que hacía, Keri sintió que una gota de sudor corría por su columna, justo bajo su chaleco antibalas, y trató de ignorarla. Eran pasadas las 7 p.m. y la temperatura estaba por debajo de los diez grados, pero ella había dejado su chaqueta en el carro a fin de tener una mayor libertad de movimiento. Podía imaginar lo pegajosa de sudor que estaría si se la hubiera dejado puesta.

El golpe dado a la puerta por uno de los oficiales sacudió todo su cuerpo. Se dobló un poco más para asegurarse que nadie que atisbase por una de las ventanas pudiera verla detrás del arbusto. El movimiento le produjo una ligera punzada en su costilla. Se había roto varias en un altercado con un secuestrador de niñas hacía dos meses. Y aunque técnicamente estaba completamente restablecida, ciertas posturas todavía hacían que la costilla protestara.

Alguien abrió la puerta y ella se forzó a hacer oídos sordos al ruido de la calle para escuchar con atención.

—¿Es usted Dean Chisolm? —oyó que preguntaba uno de los oficiales. Podía sentir los nervios en su voz y esperaba que quienquiera a quien le estuviese hablando no estuviera en las mismas.

—No. Él ahora no está aquí —contestó una voz muy joven, pero sorprendentemente llena de confianza.

—¿Quién eres?

—Soy su hermano, Sammy.

—¿Qué edad tienes Sammy? —preguntó el oficial.

—Dieciséis.

—¿Estás armado, Sammy?

—No.

—¿Hay alguien más en la casa, Sammy? ¿Tus padres, quizás?

Sammy rió ante la pregunta antes de recobrar la compostura.

—No he visto a mis padres en mucho tiempo —dijo en tono de burla—. Esta es la casa de Dean. La compró con su propio dinero.

Keri había aguantado bastante y salió de detrás del arbusto. Sammy miró en esa dirección justo en el momento en que ella enfundaba su pistola. Ella vio que sus ojos se agrandaban brevemente a pesar de sus mejores esfuerzos por conducirse de manera displicente.

Sammy se veía como la copia al carbón de su hermano mayor, incluyendo la piel pálida y los múltiples tatuajes. Su cabello era también negro, pero demasiado rizado para ponerlo en puntas. Aún así, vestía el obligado uniforme punk —camiseta negra, jeans ajustados con una innecesaria cadena colgando de ellos, y botas de trabajo negras.

—¿Cómo se las arregló Dean para comprar su propia casa con solo veinticuatro años? —preguntó ella sin presentarse.

Sammy la contempló, tratando de decidir si podía o no ignorarla.

—Es bueno en los negocios —contestó, con un tono que denotaba, si bien no abiertamente, una actitud desafiante.

—¿Le ha ido bien en los negocios últimamente, Sammy? —preguntó ella, dando un paso adelante, siempre agresiva, aspirando a sacar de su centro al chico.

Los dos oficiales uniformados le cedieron el puesto de tal manera que no había nadie entre Keri y Sammy. Ella no sabía si era una decisión consciente de parte de ellos, o era que querían quitarse de en medio de la confrontación. Sea como fuese, estaba feliz de tener todo el espacio para ella.

—No sabría decir. Yo soy solo un pobre estudiante de secundaria, señora —dijo, sonando más áspero.

—Eso no es verdad, Samuel —arremetió ella, feliz de haber leído el archivo sobre Chisolm que Edgerton le había enviado mientras rodaban hasta la casa. Vio que usar su nombre de pila le había sorprendido—, dejaste la escuela la primavera pasada. Le has mentido a una detective del Departamento de Policía de Los Ángeles. Ese no es un buen comienzo para nuestra relación. ¿Quieres enmendarlo?

—¿Qué quiere? —preguntó Sammy lleno de cautelosa petulancia. Ahora ya no jugaba en su terreno, y salió al porche yendo en contra de su buen juicio.

No se dio cuenta que Ray salía sin hacer ruido del otro lado de la casa y se colocaba a unos pasos de él. Keri avanzó para conservar la atención sobre ella. Ahora poco más de un metro los separaba.

—Quiero saber dónde está Dean —dijo, abandonando el tono juguetón—, y quiero saber dónde están las chicas que trajo esta tarde.

—No sé dónde está. Se fue hace unas horas. Y no sé nada acerca de unas chicas.

A pesar de ser un delincuente juvenil en ciernes, Keri sabía que Sammy nunca había sido arrestado, y mucho menos había pasado tiempo en prisión. Podía usar en su provecho el temor de él ante esa perspectiva. Decidió ir hasta el fondo con eso.

—Tú no estás siendo sincero, Samuel. Y yo estoy perdiendo la paciencia contigo. Ambos sabemos en qué negocio está metido tu hermano. Ambos sabemos cómo es que pudo adquirir esta casa. Y ambos sabemos que tú no estás invirtiendo el tiempo libre en obtener tu equivalencia de la escuela secundaria.

Sammy abrió la boca para protestar, pero ella levantó la mano y arremetió sin darle tregua.

—Estoy buscando a dos adolescentes desaparecidas. Fueron traídas aquí por tu hermano. Mi trabajo es encontrarlas. Si me ayudas a hacerlo, eso puede llevarte a una vida bastante normal. Si no, te va a ir bastante mal. Esta noche es tu oportunidad de evitar que te pongan en el sistema. Coopera o te meterás directo en un gran lío.

Sammy la contempló, tratando de mantener su rostro impasible, pero jadeaba y sus ojos estaban fijos de una forma poco natural. Abría y cerraba sus puños. Estaba aterrado.

Lo que Sammy no sabía era que Keri no tenía una orden. Si se hubiera quedado en el interior de la casa y se hubiera rehusado a hablarles, a ellos no les hubiera quedado más recurso que pedir una orden y aguardar hasta que esta hubiese sido aprobada.

Pero al salir para conversar con ella y al dejar la puerta abierta, se había colocado en una posición de vulnerabilidad. No se daba cuenta aún que, sin importar que accediera o no a ayudarles, ellos entrarían en esa casa. Su próxima decisión determinaría su futuro inmediato. Keri esperaba que él asumiera que ella no estaba engañándole. Esperaba que él decidiera con sabiduría. Pero no lo hizo.

—No sé nada —dijo, sin advertir que estaba sellando su propio destino.

Keri lanzó un suspiro. Casi sintió pena por él.

—¿Escuchaste eso? —preguntó Ray.

A Sammy, que no había advertido que alguien estaba detrás de él, casi se le salieron las botas del salto que dio.

—¿Qué dia…? —comenzó a decir. Ray lo interrumpió.

—Detective Locke, creo escuchar algunos gritos que vienen de adentro pidiendo ayuda. ¿Los puede escuchar usted también?

—Creo que sí, Detective Sands. Oficiales, ¿pueden oírlos ustedes también?

Los dos oficiales uniformados a todas luces no podían, pero no querían ser unos puntos débiles. Ambos asintieron, y para darle mayor peso el que primero había tocado a la puerta añadió: —Seguro.

Ray miró hacia arriba ante la desmañada respuesta, pero continuó de todas formas.

—Oficiales, ¿pueden por ahora esposar al Sr. Chisolm y ponerlo en el asiento trasero de su auto mientras la Detective Locke y yo chequeamos esos gritos?

—Esto es pura basura —gritó Sammy, mientras uno de los oficiales lo tomaba de un hombro y le daba la vuelta para esposarlo—. Ustedes no pueden escuchar nada. Este es un registro ilegal.

—Me temo que no, Sammy —dijo Ray, desenfundando su arma y preparándose para entrar a la casa—. Esos gritos que todos escuchamos dan pie a circunstancias exigentes. Amigo, quizás deberías ir a la escuela de leyes una vez que saques ese diploma de la secundaria.

—Debiste haberme escuchado —susurró Keri al oído de Sammy antes de subir los escalones y sacar su pistola. Ray asintió y ambos entraron con las armas en alto.

El lugar era una pocilga. Había latas vacías de cerveza por doquier. Envoltorios de comida rápida cubrían la alfombra manchada. Una música venía de algún lugar en la parte de atrás.

Keri y Ray cubrieron la casa rápidamente. Ninguno de los dos esperaba encontrar gran cosa. El hecho de que no hubiera nadie sugería que había sido solo una área de paso. Las chicas probablemente eran traídas hasta allí pensando que iban a una fiesta, solo para ser drogadas y luego llevadas en masa.

Keri encontró el dormitorio trasero de donde provenía la implacable música tecno y la apagó. Entró en el baño adjunto y vio un par de pantis apelotonadas junto al retrete.

Con la ansiedad deslizándose en su interior, Keri regresó al dormitorio y notó algo que antes había pasado por alto. Había tres cerraduras en la puerta. Además de la del pestillo, había una tranca y una cadena.

—Hey, Ray, ven acá —llamó ella mientras se movía para mirar más de cerca. La cadena tenía un montón de marcas. Podía ser su imaginación, pero Keri no podía dejar de pensar que todas las marcas eran el resultado de que la cadena era puesta de prisa, por alguien que trataba de impedir que la gente saliera con facilidad.

Ray puso un pie en el dormitorio y Keri apuntó a la puertas.

—Varias cerraduras en la puerta del dormitorio —comentó él, señalando lo obvio.

—Hallé también pantis en el baño —dijo Keri.

—Hay varios pares más regados por el resto de los dormitorios también, al igual que unos cuantos sostenes —dijo Ray—. Encontré también algo de cocaína y yerba. Creo que tenemos suficiente como para arrestar a Sammy si queremos.

—Llamemos a la Unidad de Escena del Crimen para que recolecte las drogas y vea si puede conseguir algunas huellas. Quiero tener otra conversación con Sammy. Ahora que encara de verdad un tiempo arrestado, puede que sea más conversador, especialmente después de haber estado un rato sentado en la parte trasera de esa patrulla.




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