Si Ella Viera 
Blake Pierce


Un Misterio Kate Wise #2
Una obra maestra de misterio y suspenso. Blake Pierce hizo un magnífico trabajo desarrollando personajes con un mundo psicológico tan bien descrito que es como un acceso directo al interior de sus mentes, para seguirlos en sus temores y aplaudirlos en sus triunfos. Lleno de giros, este libro le mantendrá despierto hasta la última página. Books and Movie Reviews, Roberto Mattos (re Una Vez Ido) SI ELLA VIERA (Un Misterio Kate Wise) es el libro #2 en una nueva serie de suspenso psicológico del exitoso autor Blake Pierce, cuyo bestseller #1 Una Vez Ido (Libro #1) (descarga gratis) ha recibido más de 1000 reseñas de cinco estrellas. Cuando una pareja es hallada muerta y no hay sospechosos a la vista, Kate Wise – de 55 años de edad, y sin hijos en casa – es sacada de su tranquila rutina suburbana, y de su vida como jubilada, tras una carrera de 30 años en el FBI, para que regrese a trabajar en el Buró. La brillante inteligencia de Kate y su raro talento para atrapar a asesinos en serie la hace imprescindible, y el FBI la necesita para que resuelva este desconcertante caso. ¿Por qué dos parejas han sido halladas muertas, separadas por 50 kilómetros, y de la misma manera? ¿Qué pueden tener en común? La respuesta, Kate así lo comprende, es urgente – al tener la certeza de que el asesino se dispone a atacar de nuevo. Pero en el juego mortal del gato y el ratón que se desarrolla a continuación, Kate, adentrándose en los oscuros vericuetos de la retorcida mente de este asesino, quizás se consiga con que llega demasiado tarde. Una historia de suspenso y acción que acelera el corazón, SI ELLA VIERA es el libro #2 en una nueva y trepidante serie que te pondrá a leer hasta bien entrada la noche. El libro #3 de la serie de MISTERIOS KATE WISE ya está disponible para ordenar por adelantado.







S I E L L A V I E R A



(UN MISTERIO KATE WISE — LIBRO 2)



b l a k e p i e r c e


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros).



Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto.



Copyright © 2018 by Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto como esté permitido bajo la U.S. Copyright Act of 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida bajo ninguna forma y por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación, sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico está licenciado solo para su entretenimiento personal. Este libro electrónico no puede ser revendido o regalado a otras personas. Si usted quisiera compartir este libro con otra persona, compre por favor una copia adicional para cada destinatario. Si usted está leyendo este libro y no lo compró, o no fue comprador para su uso exclusivo, entonces por favor regréselo y compre su propia copia. Gracias por respetar el arduo trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Nombre, personajes, negocios, organizaciones, lugares, eventos e incidentes, son, o producto de la imaginación del autor o son usados en forma de ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Imagen de portada Copyright andreluc88, usada bajo licencia de Shutterstock.com.



Traducción: Milagros Rosas Tirado


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT

LA ESPOSA PERFECTA (Libro #1)

LA CUADRA PERFECTA (Libro #2)

LA CASA PERFECTA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE

AL LADO (Libro #1)

LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2)

CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE

SI ELLA SUPIERA (Libro #1)

SI ELLA VIERA (Libro #2)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)

ATRAYENDO (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8)

UNA VEZ ACECHADO (Libro #9)

UNA VEZ PERDIDO (Libro #10)

UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11)

UNA VEZ ATADO (Libro #12)

UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13)

UNA VEZ LATENTE (Libro #14)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE DESEE (Libro #3)

ANTES DE QUE ARREBATE (Libro #4)

ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5)

ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6)

ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7)

ANTES DE QUE CACE (Libro #8)

ANTES DE QUE SE APROVECHE (Libro #9)

ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10)

ANTES DE QUE SE DESCUIDE (Libro #11)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)

UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5)

UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)

UN RASTRO DE VICIO (Libro #3)

UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4)

UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5)


CONTENIDO

PRÓLOGO (#ub94762dd-a717-5f17-a030-ee2eda8f2ef9)

CAPÍTULO UNO (#uac12d387-e45f-551f-9e9b-313f5597f4d0)

CAPÍTULO DOS (#u69a510c5-c659-570d-a529-e8a07d69101d)

CAPÍTULO TRES (#u5dd3c9b2-86eb-58d7-895f-7bb7d0758dae)

CAPÍTULO CUATRO (#u6d3534a5-5d02-55ba-b40f-c1bfbf964a81)

CAPÍTULO CINCO (#u40ea06c3-fb16-5c96-a3e8-46f9ac31694c)

CAPÍTULO SEIS (#ud704ddc7-038a-5789-8a9f-d92acf4f5433)

CAPÍTULO SIETE (#u20c45124-33b3-5ab2-9b28-7eadd41c5e34)

CAPÍTULO OCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)




PRÓLOGO


Mientras crecía, Olivia nunca creyó que llegaría el día en el que de veras le contentara estar en casa. Como la mayoría de los adolescentes, había pasado sus años de la escuela secundaria soñando con largarse de casa, ir a la universidad, iniciar su propia vida. Había seguido su plan, al salir de Whip Springs, Virginia, para asistir a la Universidad de Virginia. Estaba ahora en el tercer año, rumbo a un verano que estaría en sazón para las oportunidades laborales y, al final del verano, para la búsqueda de un apartamento. Olivia disfrutaba vivir en el campus, pero como estudiante de cuarto año pensaba que ya era tiempo de vivir en algún otro lugar de la ciudad.

Por ahora, sin embargo, pasaría todo un mes con sus padres en Whip Springs. Sabía que la estudiante de secundaria que llevaba por dentro, nunca le perdonaría el amor y el consuelo que sintió surgir al ingresar al camino que llevaba a la casa de sus padres. Vivían junto a un camino secundario de Whip Springs —un sosegado y pequeño pueblo en el centro de Virginia con una población de menos de cinco mil, rodeado de bosques por los cuatro costados, además del tramo forestal que se extendía por la mayor parte de Whip Springs.

Comenzaba a oscurecer cuando llegó al acceso de entrada. Había esperado que su madre le hubiera encendido la luz del porche, pero nada brillaba en la puerta principal. Su mamá sabía que ella llegaría esa tarde; habían hablado de ello por teléfono hacía dos días, e incluso Olivia le había enviado un mensaje de texto hacía tres horas para decirle que estaba en camino.

Cierto era que su madre no le había escrito en respuesta, algo inusual en ella. Pero Olivia supuso que probablemente estaría trabajando tiempo extra para dejar presentable el dormitorio infantil de Olivia, y había olvidado escribirle un mensaje.

Al acercarse a la casa, Olivia advirtió que no solo la luz del porche estaba apagada, parecía que todas las luces de la casa también lo estaban. Ella sabía que estaban en casa, sin embargo. Ambos vehículos estaban aparcados en la vía de acceso, el auto de su madre estacionado justo detrás de la camioneta de su padre, como lo habían estado haciendo desde que Olivia podía recordar.

Si estos pobres están tratando de darme una fiesta sorpresa de bienvenida, quizás me eche a llorar, pensó Olivia mientras aparcaba junto al auto de su madre.

Abrió la cajuela y sacó su equipaje —solo dos maletas, aunque una parecía pesar una tonelada. Las llevó con esfuerzo por el acceso, en dirección al porche. Casi un año había pasado desde que había estado allí de visita, y casi había olvidado lo absolutamente apartado que era el sitio. Los vecinos más cercanos estaban a menos de quinientos metros, pero los árboles que rodeaban la propiedad hacían que se percibiera completamente aislada... sobre todo al compararla con los abarrotados dormitorios de la escuela.

Luchó con las maletas para subir las escalinatas del porche y estirar el brazo para tocar el timbre. Al hacerlo, se percató de que la puerta estaba parcialmente abierta.

De repente, la ausencia de luz en el interior pareció siniestra —como algo alarmante. —¿Mamá? ¿Papá? — dijo en voz alta mientras lentamente abría la puerta con su pie.

Esta se abrió del todo, dejando ver el vestíbulo y el pequeño corredor que ella conocía tan bien. La casa estaba en verdad a oscuras, pero al entrar haciendo caso omiso a lo que le aconsejaba su creciente miedo, de inmediato se relajó. Venido de algún lugar de la casa, escuchó el sonido de la televisión —los familares dins y aplausos de la Rueda de la Fortuna, una fija en su hogar desde que Olivia podía recordar.

Al aproximarse al final del corredor y acercarse a la sala, vio la rueda en la TV, montada sobre la chimenea, una enorme pantalla en realidad, que hacía que Pat Sajak pareciera estar justo allí en la sala.

—Hey, chicos —dijo Olivia, paseando la mirada por la sala a oscuras—, muchas gracias por ayudarme con mis cosas. Dejar la puerta apenas abierta fue un...

Se suponía que era un chiste, pero cuando las palabras se agolparon en su garganta, no había nada gracioso en ello.

Su madre estaba en el sofá. Podía muy bien haber estado dormida y nada más si no fuera por toda la sangre. Cubría todo su pecho y empapaba el sofá. Había tanta que la mente de Olivia no pudo comprenderlo al principio. Ver eso con el traqueteo de la rueda en la Rueda de la Fortuna lo hacía de alguna manera aún más difícil de entender.

—Mamá...

Olivia sentía como si su corazón se hubiera detenido. Retrocedió lentamente en tanto la realidad de lo que estaba viendo iba siendo asimilada. Sentía como si una pequeña parte de su mente se hubiera desprendido y estuviera flotando por allí.

Otra palabra se formó en su lengua —Papá— mientras retrocedía lentamente para alejarse.

Pero entonces fue cuando lo vio. Estaba justo allí, en el piso, echado delante de la mesa de café y con tanta sangre sobre él como sobre su madre. Descansaba boca abajo, inmóvil. Pero se veía como si estuviera de alguna forma a gatas, como si hubiera intentado escapar. Mientras se hacía cargo de todo esto, Olivia vio en su espalda lo que parecían seis heridas bien visibles, causadas por arma blanca.

De pronto comprendió por qué su madre no había respondido su mensaje. Su madre estaba muerta. Su padre, también.

Sintió que un grito subía por su garganta mientras hacía un esfuerzo por destrabar sus piernas. Sabía que quienquiera que hubiese hecho esto podría todavía estar allí. Ese pensamiento logró que saliera el grito, que afloraran las lágrimas, y que se destrabaran sus piernas.

Olivia salió volando de la casa y corrió —y corrió— y no dejó de correr hasta que se atragantó con sus gritos.




CAPÍTULO UNO


Era gracioso lo rápido que había cambiado la actitud de Kate Wise. En el año pasado como jubilada, había hecho todo lo que había podido para evitar la jardinería. Jardinería, tejido, clubes de bridge —e incluso clubes de lectura—, a todos los había evitado como la plaga. Todos parecían lugares comunes sobre lo que hacían las mujeres retiradas.

Pero unos meses de regreso a las riendas del FBI habían hecho algo con ella. No era tan ingenua como para pensar que la habían reinventado. No, simplemente le habían devuelto el vigor. De nuevo tenía un propósito, una razón para esperar anhelante el siguiente día.

Así que quizás por eso era que veía bien acudir ahora a la jardinería como un pasatiempo. No era relajante, como había creido que sería. En todo caso, la ponía ansiosa; ¿por qué invertir tiempo y energía en plantar algo si estabas trabajando con el clima en contra para asegurarte de que permaneciera vivo? Con todo, había gozo en ello —en poner algo en la tierra y ver sus frutos pasado el tiempo.

Había comenzado con flores —margaritas y buganvillas en principio— y luego siguió con una pequeña huerta en la esquina derecha del fondo de su patio. Allí era donde estaba en ese instante, amontonando tierra alrededor de una planta de tomate, y poco a poco dándose cuenta de que no había tenido interés alguno en la jardinería hasta que se convirtió en abuela.

Se preguntó si ello tenía algo que ver con la evolución de su naturaleza maternal. Libros y amistades le habían dicho que había algo distinto en ser abuela —algo que una mujer nunca llegaba a palpar en realidad siendo madre.

Su hija, Melissa, le había asegurado que ella había sido una buena madre. Era una convicción que Kate necesitaba renovar de tiempo en tiempo, dada la forma como se había desarrollado su carrera. Reconocía que había puesto su carrera por encima de su familia por demasiado tiempo y se podía considerar afortunada por el hecho de que Melissa no le hubiera guardado resentimiento por ello —excepto por el período que siguió a la pérdida de su padre.

Ah, esto es lo inconveniente de la jardinería, pensó Kate mientras se ponía de pie y se sacudía manos y rodillas. La mente tiende a vagar. Y cuando eso sucede, el pasado viene sigiloso, sin ser invitado.

Se alejó del jardín, cruzando el patio de su casa en Richmond, Virginia, en dirección al porche trasero. Tuvo el cuidado de quitarse en la puerta sus Keds llenos de tierra. Dejó caer también sus guantes junto a ellos, porque no quería que entrara tierra en la casa. Había pasado los dos días anteriores limpiándola. Esa noche iba a hacer de niñera de Michelle, su nieta, y aunque Melissa no estaba obsesionada con la pulcritud, Kate quería que el lugar brillara de limpio. Habían pasado casi treinta años desde que había estado en compañía de un bebé y no quería correr riesgos.

Echó un vistazo al reloj y frunció el ceño. Esperaba compañía en quince minutos. Ese era otro aspecto negativo de la jardinería: perdías con facilidad la noción del tiempo.

Se refrescó en el baño y luego fue a la cocina a hacer café. Ya estaba colando cuando sonó el timbre. Contestó de inmediato, feliz como siempre de ver a las dos mujeres con las que había pasado unas horas, al menos dos veces a la semana, por algo más de año y medio.

Jane Patterson pasó de primero, trayendo una bandeja de pastas. Eran galletas danesas hechas en casa, que habían ganado el certamen Carytown Cooks por dos años seguidos. Clarissa James venía detrás de ella con un gran cuenco de fruta fresca rebanada. Ambas venían con hermosos atuendos que hubieran funcionado tanto para asistir a un brunch en casa de una amiga como para ir de tiendas —algo que ambas hacían a menudo.

—Has estado en el jardín, ¿no es así? —preguntó Clarissa al poner el pie todas junto al mostrador de la cocina.

—¿Cómo puedes saberlo? —preguntó Kate.

Clarissa apuntó al cabello de Kate, justo por debajo de los hombros, donde casi terminaba. Kate se llevó la mano hasta allí y descubrió que había pasado por alto un poco de tierra que de alguna manera había terminado en su cabello. Clarissa y Jane rieron ante esto y Jane quitó el plástico que envolvía sus galletas danesas.

—Rían todo lo que quieran —dijo Kate—. No estarán aquí cuando esas ramas de tomate estén cargadas.

Era la mañana de un viernes, lo que automáticamente la hacía buena. Las tres mujeres se colocaron alrededor del mostrador de la cocina de Kate, sentándose en taburetes, comiendo su brunch y bebiendo café. Y aunque la compañía, la comida, y el café estaban buenos, era difícil pasar por alto la pieza que faltaba.

Debbie Meade ya no era parte del grupo. Luego que su hija había muerto, como una de las tres víctimas de un asesino que Kate había atrapado al final, Debbie y su esposo, Jim, se habían mudado. Estaban viviendo en un lugar cercano a la playa, en Carolina del Norte. Debbie le enviaba fotos de la costa de vez en cuando, solo para alardear en broma. Llevaban dos meses viviendo allí y parecían felices, habiendo superado la tragedia.

La conversación fue mayormente ligera y placentera. Jane habló acerca de cómo su marido tenía en mente retirarse el año entrante y que ya había empezado a planear la redacción de un libro. Clarissa compartió noticias de sus dos hijos, ambos veinteañeros, y de cómo habían sido ascendidos.

—Hablando de hijos —dijo Clarissa—, ¿cómo le va a Melissa? ¿Le encanta la maternidad?

—Oh, sí —dijo Kate—. Está totalmente loca con su bebita. Una bebita que estaré cuidando esta noche, de hecho.

—¿Por primera vez? —preguntó Jane.

—Sí. Es la primera vez que Melissa y Terry van a salir sin la bebé. Como una salida para pasar la noche fuera.

—¿Ya está activado el Modo Abuela? —preguntó Clarissa.

—No sé —dijo Kate con una sonrisa—. Supongo que lo averiguaremos esta noche.

—Sabes —dijo Jane—, podrías regresar en el tiempo y hacer de niñera como una acostumbraba en la secundaria. Yo traía a mi novio tan pronto como los niños se iban a la cama…

—Eso es muy inquietante —dijo Kate.

—¿Crees que Allen estaría como para eso, sin embargo? —preguntó Clarissa.

—No lo sé —respondió Kate, intentando imaginar a Allen con un bebé. Habían estado saliendo desde que Kate y su nueva compañera, DeMarco, habían cerrado el caso de un asesino en serie aquí en Richmond—el mismo caso que había acabado con la vida de la hija de Debbie Meade. No habían hablado en realidad del futuro: no habían dormido juntos y en raras ocasiones se dejaban llevar por el contacto físico. Estaba disfrutando el tiempo que pasaba con él, sin embargo, pero el pensamiento de incorporarlo a su faceta como abuela la incomodaba.

—¿Las cosas van bien entre ustedes? —preguntó Clarissa.

—Eso creo. Todavía el asunto de las citas me parece extraño. Soy demasiado vieja para salir en una cita, ¿sabes?

—Diablos no —dijo Jane—, no me malinterpretes… amo a mi esposo, mis hijos, y mi vida en general. Pero daría lo que fuera por volver a estar en una escena así solo? Por un rato, ¿sabes? Lo extraño. Conocer a otras personas, compartir el primer...

—Si, supongo que eso es muy lindo —admitió Kate—. Allen halla tambien extraña la idea de las citas. Nos hemos divertido juntos, pero... se vuelve algo extraño cuando las cosas comienzan a derivar hacia el lado romántico.

—Blablabla —dijo Clarissa—, ¿pero piensas en él como en un novio?

—¿En verdad estamos teniendo esta conversación? —preguntó Kate, comenzando a sentir que se estaba ruborizando un poco.

—Sí —dijo Clarissa—, nosotras, viejas señoras casadas, necesitamos vivir indirectamente a través de ti.

—Y eso también aplica a tu especie de trabajo —dijo Jane—. ¿Cómo te está yendo?

—No han llamado en dos semanas, y la última vez fue solo para ayudar en una investigación. Lo siento, chicas... no es tan aventurero como ustedes esperan que sea.

—¿Así que vuelves a ser jubilada? —preguntó Clarissa.

—Básicamente. Es complicado.

Ese comentario finalizó el interrogatorio y ellas volvieron a hurgar los tópicos domésticos —nuevas películas, un festival musical en la ciudad, las construcciones en la Interestatal, y así sucesivamente. Pero la mente de Kate se había quedado enganchada en el tema del trabajo. Era consolador saber que el Buró todavía estaba considerándola como un recurso, pero ella había estado esperando un rol más activo luego de haber atado los cabos en el último caso. Sin embargo, hasta ahora solo había sabido del Subdirector Durán una sola vez, y eso fue para pedirle un reporte de desempeño sobre DeMarco.

Sabía lo extraño que le parecía a sus amigas que ella fuera todavía técnicamente una agente activa mientras se metía en su rol como abuela. Diablos, era extraño para ella también. Añádase el lento florecimiento de la relación con Allen y era de suponer que su vida fuera bastante interesante para ellas.

Honestamente, se consideraba afortunada. Cumpliría cincuenta y seis años a fin de mes y sabía que muchas mujeres de su edad estarían envidiosas de la vida que tenía. Siempre se decía esto cuando sentía la apremiante necesidad de estar más activa en el trabajo. Y en algunos días, eso funcionaba.

E igual que cuando eso sucedía, con su nieta viniendo a visitarla por primera vez desde su nacimiento, hoy era uno de esos días.



***



Una cosa que hacía difícil equilibrar su nuevo rol como abuela con su deseo de meter las manos en otro caso era el tratar de pensar como abuela. Esa tarde, dejó su casa y se fue caminando hasta las pequeñas y económicas tiendas en el distrito Carytown de Richmond. Sentía que tenía que conseguir un regalo para Michelle a fin de celebrar su primera noche en casa de la Abuela.

Fue difícil hacer a un lado armas y sospechosos para enfocarse en su lugar en animales de felpa y baberos. Pero mientras registraba unas tiendas, se fue haciendo algo más fácil. Encontró que en realidad disfrutaba comprar para su nieta, aunque esta no tuviera siquiera dos meses y, honestamente, no le importaría cualquier regalo que ella le diera. Encontró difícil no tomar cada cosa linda que encontraba y comprarla. Después de todo, ¿no era la responsabilidad de una abuela malcriar a sus nietos?

Al pagar sus compras en la tercera tienda que visitó, recibió un texto. No tardó en revisarlo. En las últimas semanas, surgía una pequeña esperanza cada vez que recibía una llamada o un texto, pensando que podría ser Durán o alguien más del Buró. Se reprendió mentalmente al sentirse decepcionada porque no era del Buró sino de Allen. Una vez que se sobrepuso al aguijón de no haber sido llamada por el Buró, se dio cuenta de que estaba feliz por saber de él —de hecho, estaba siempre feliz por saber de él.

—Allen, tienes que ayudarme —bromeó al contestar—. Visito las tiendas por Michelle y le quiero comprar todo lo que veo. ¿Es eso normal?

—No sé —dijo Allen—. Ninguno de mis hijos se ha establecido y me ha hecho abuelo.

—Aprende de mí. Empieza a ahorrar.

Allen rió, un sonido que a Kate iba gustándole un poco.—¿Así que esta noche es la gran noche, eh?

—Lo es. Y sé que ya crié a una hija y sé lo que tengo que esperar, pero estoy un poco aterrada.

—Ah, estarás grandiosa. Quieres hablar de lo que es estar aterrado... Voy a salir con mis muchachos a tomar unos tragos esta noche. Y no he bebido más de dos de una sola sentada como en cinco años.

—Que te diviertas con eso.

—Me estaba preguntando si querrías que nos encontraramos mañana para cenar. Podemos compartir nuestras historias de supervivencia de esta noche.

—Eso me gustaría. ¿Quieres venir a mi casa como a las siete?

—Suena como un plan. Diviértete esta noche. ¿Todavía la pequeña Michelle duerme toda la noche?

—No lo creo.

—Ouch —dijo Allen, y dio por finalizada la llamada.

Kate guardó el teléfono, balanceando las bolsas de las compras que había hecho. No pudo evitar sonreír. Estaba parada bajo el sol en su lado favorito de la ciudad, habiendo simplemente ido de compras, por su nieta de dos meses, y a quien estaría cuidando esa noche. Dada la manera como se estaba desenvolviendo su día, ¿realmente quería que el Buró la llamara después de todo?

Iba caminando de regreso a su casa —un paseo de tres cuadras desde el lugar donde respondió a la llamada de Allen —cuando vio a una pequeña niña con una camiseta de My Little Pony. Estaba caminando con su madre, cogidas de la mano, a solo unos pasos de ella yendo en su dirección. Tenía cinco o seis años, con su cabello recogido en una cola que solo el cuidado de una madre podía crear. Tenía ojos azules y una nariz terminada en punta que la hacía ver más bien como un duendecillo. Fue esa característica la que envió un pinchazo de desesperación al corazón de Kate.

Una imagen relampagueó en su mente, la de una pequeña niña que se veía casi idéntica a esta. Pero en esta imagen, la pequeña tenía tierra y mugre en su cara, y estaba llorando. Las luces de las patrullas policiales destellaban detrás de ella.

La imagen era tan fuerte que Kate dejó de caminar por un momento. Apartó sus ojos de la niña para no lucir extraña o espeluznante. Se aferró a esa imagen en su cabeza e hizo su mejor esfuerzo para hallar el recuerdo asociado con ella. Llegó a ella gradualmente y cuando vino, se desenvolvió lentamente, como si estuviera leyendo el reporte del caso.

Niña de cinco años, encontrada tres días después de ser reportada desaparecida. Metida en una cabaña de pesca en Arkansas con los cadáveres de sus padres. Los padres eran la quinta y sexta víctima de un asesino en serie que había aterrorizado a Arkansas por buena parte de los últimos cuatro meses… un asesino que Kate eventualmente había atrapado, pero solo después de haber acabado con un total de nueve personas.

Kate estaba conciente de que de pronto se había quedado parada como una estatua en medio de la calle, pero parecía que no podía moverse. Ese caso la había perseguido por un tiempo. Tantos callejones sin salida, tantas pistas falsas. Había estado corriendo en círculos, incapaz de hallar al asesino mientras él continuaba sumando cuerpos a su cuenta. Solo Dios sabía lo que había planeado para esa pequeña niña.

Pero tú la salvaste, se dijo a sí misma. Al final, tú la salvaste.

Kate comenzó lentamente a caminar de nuevo. No era la primera vez que una imagen al azar de su trabajo pasado irrumpía en su mente y la distraía. A veces aparecían con naturalidad, aunque salidas de la nada. Pero había otras ocasiones en las que venían con fuerza y rapidez, como el flashback de un estrés post-traumático.

La imagen de la niña de Arkansas estaba en el punto medio. Y Kate estaba agradecida por eso. Ese caso en particular casi había provocado que dimitiera como agente en el 2009. Le había destrozado el alma, tanto, como para solicitar dos semanas de permiso en el trabajo. Y de repente, por una fracción de segundo, mientras caminaba de regreso a su casa con los regalos para su nieta en la mano, Kate sintió que la hacían retroceder en el tiempo.

Cerca de diez años habían pasado desde que había rescatado a esa niña. Kate se preguntó dónde estaría y si habría superado el trauma.

—¿Señora?

Kate parpadeó, sobresaltándose ligeramente ante el sonido de una voz extraña. Era un adolescente parado delante de ella. Se veía preocupado, como si no estuviera seguro de si debería estar parado allí o salir corriendo.

—¿Está bien? —preguntó— Usted se ve... No lo sé. Enferma. Como si fuera a desmayarse o algo parecido.

—No —dijo Kate, sacudiendo su cabeza—, estoy bien. Gracias.

El muchacho asintió y siguió su camino. Kate comenzó a caminar de nuevo, arrancada de un agujero en el pasado que suponía aún no había cerrado. Y mientras se acercaba cada vez más a su casa, comenzó a preguntarse cuántos de esos agujeros habían quedado abiertos.

Y si los fantasmas de su pasado continuarían acosándola hasta que ella también se convirtiera en uno de ellos.




CAPÍTULO DOS


Kate pasó la siguiente hora, minutos más minutos menos, arreglando la casa, aunque ya lo había hecho antes de salir de compras. La hacía sentirse mal el estar tan ansiosa porque Michelle viniera a su casa. Melissa había vivido en esa casa en sus años de secundaria, así que cuando venía de visita (lo cual no era con la suficiente frecuencia en opinión de Kate), Kate no sentía la necesidad de que el lugar estuviera inmaculado. Así que, ¿por qué estaba tan preocupada sobre cómo luciría para un bebé de dos meses?

Quizas es una extraña clase de nido hecho por la abuela, pensó, mientras cepillaba el lavabo del baño... un baño que estaba muy consciente que su nieta ni siquiera vería, y mucho menos utilizaría.

Mientras enjuagaba el lavabo, sonó el timbre. Se sintió inundada por una emoción para la que no había estado realmente lista. Sonreía de oreja a oreja cuando acudió a la puerta. Melissa estaba parada al otro lado, llevando a Michelle en su asiento de bebé. Estaba profundamente dormida, y una gruesa frazada envolvía sus pies.

—Hola, mamá —dijo Melissa al tiempo que entraba a la casa. Echó un rápido vistazo en derredor y puso los ojos en blanco—. ¿Qué tanto limpiaste hoy?

—Me acojo a la quinta enmienda —dijo Kate mientras le daba a su hija un abrazo.

Melissa colocó con cuidado el asiento de bebé en el piso y lentamente le quitó el cinturón de seguridad a Michelle. La levantó y se la entregó con delicadeza a Kate. Había pasado casi una semana completa desde que Kate había visitado a Melissa y Terry, pero cuando tomó a Michelle en sus brazos, pareció que había pasado más tiempo.

—¿Que tienen planeado Terry y tú para esta noche? —preguntó Kate.

—No mucho, en realidad —dijo Melissa—, y eso es lo hermoso. Vamos a cenar y beberemos unas copas. Quizás vayamos a bailar. Además, cambiamos de idea acerca de pedirte que la cuidaras toda la noche, porque nos dimos cuenta de que no estamos suficientemente listos para eso. Un sueño ininterrumpido es muy necesario, pero no puedo alejarme de ella por tanto tiempo.

—Oh, creo que puedo comprender eso —dijo Kate—. Ustedes salgan y diviértanse.

Melissa se descolgó la pañalera que llevaba en el hombro y la colocó junto al asiento de bebé. —Todo lo que necesitas está aquí adentro. Ella querrá comer como en una hora, y podría luego resistirse a dormir. Terry cree que es algo lindo, pero yo creo que es una cosa del demonio. Si tiene gases, hay unas gotas para eso en el bolsillo trasero y...

—Lissa… estaremos bien. Yo he criado una hija, como debes saber. Tú resultaste muy buena, también.

Melissa sonrió y sorprendió a Kate dándole un pequeño beso en la mejilla. —Gracias, mamá. La recogeré como a las once. ¿Es demasiado tarde?

—No, está bien.

Melissa le echó una última mirada a su bebé, una mirada que inflamó el corazón de Kate. Podía recordar ser una madre y tener esa sensación íntima de que se llenaba de amor —un amor que se traducía en una firme voluntad de hacer lo que fuera para asegurar que este ser humano que habías creado estaría a salvo.

—Si necesitas algo, llámame —dijo Melissa, aunque seguía mirando a Michelle y no a Kate.

—Lo haré. Ahora ve. Diviértete.

Melissa por fin se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. Mientras la cerraba, la pequeña Michelle se despertó en los brazos de Kate. Le mostró a su abuela una pequeña y somnolienta sonrisa, y dejó escapar un diminuto bostezo.

—¿Y entonces qué hacemos ahora? —preguntó Kate.

La pregunta era dirigida en plan de ruego a Michelle, pero sentía el peso que conllevaba, y que la hacía preguntarse si simplemente estaba haciéndose una pregunta retórica. Su hija era ahora adulta, con una hija propia. Ahora ella se acercaba a los cincuenta y seis con su primera nieta en brazos. Entonces… ¿qué hacemos ahora?

Pensó en ese impulso de regresar a trabajar de cualquier manera y, quizás por vez primera, se sintió pequeña.

Más pequeña incluso que la bebita que sostenía en sus brazos.



***



A las ocho en punto de esa noche, Kate se preguntaba si Melissa y Terry simplemente se las habían arreglado para crear a la bebé más tranquila que había registrado la historia. Ni una vez lloró Michelle y ni siquiera se agitó. Sencillamente le contentaba que la cargaran. Al cabo de dos horas en los brazos de Kate, Michelle cabeceó hasta quedarse dormida. Kate colocó cuidadosamente a Michelle en el centro de su cama tamaño queen y luego, por un momento se quedó de pie en el umbral para ver dormir a su nieta.

No estaba segura de por cuánto tiempo había estado allí de pie cuando a sus espaldas el teléfono emitió un zumbido desde la mesa de la cocina. Tuvo que despegar sus ojos de Michelle, pero se las arregló para llegar al teléfono en segundos. El único zumbido significaba que era un texto en lugar de una llamada y no le sorprendió para nada que fuera Melissa.

¿Cómo se está comportando? —preguntó Melissa.

Sin poder resistirse, Kate sonrió y respondió: Solo dejé que tomara tres cervezas. Salió en motocicleta con un chico hace como una hora. Le dije que regresara a las 11.

La respuesta vino con rapidez: Oh, eso no es para nada gracioso.

El toma y daca en forma de bromas la puso casi tan feliz como la vista de la bebé durmiendo en su habitación. Después que su padre falleció, Melissa se había vuelto retraida —en especial hacia Kate. Le había echado la culpa al trabajo de Kate por la muerte de su padre y aunque más adelante en la vida había llegado a comprender que ese no era el caso, había ocasiones en las que Kate sentía que Melissa todavía resentía el tiempo que ella había pasado en el Buró tras su fallecimiento. Curiosamente, sin embargo, Melissa había mostrado cierto interés en hacer una carrera en el FBI… a pesar de la actitud menos que positiva hacia los eventos del año anterior que se relacionaban con el retiro interrumpido de su madre.

Todavía sonriendo, Kate se llevó su teléfono al dormitorio y le tomó una foto a Michelle. Se la envió a Melissa y entonces, después de pensarlo, se la envió también a Allen, solo que con un mensaje: ¡De fiesta!

Se descubrió deseando que él estuviera allí con ella. Hallaba que últimamente sentía esto con bastante frecuencia. No era tan ingenua como para pensar que lo amaba, pero podía verse enamorándose de él si las cosas seguían como iban. Lo extrañaba cuando no estaba cerca y siempre que la besaba, la hacía sentir veinte años más joven.

Se encontraba sonriendo todavía cuando Allen respondió con una imagen suya. Era una selfie de él con dos hombres más jóvenes que se veían exactamente como él —sus hijos, probablemente.

Mientras estudiaba la imagen, sonó su teléfono. El nombre que aparecía en pantalla le produjo una marejada de emociones que fue incapaz de contener.

El Subdirector Vince Durán la estaba llamando. Esto por sí solo habría causado una excitación, pero el hecho de que fuera un viernes después de las ocho de la noche disparó las alarmas en su cabeza —alarmas cuyo sonido ella disfrutaba.

Aguardó un momento, contemplando todavía a la pequeña Michelle, y entonces contestó —Habla Kate Wise —dijo, controlando su emoción.

—Wise, es Durán. ¿Es mal momento?

—No es el mejor en términos absolutos, pero está bien —contestó—. ¿Está todo bien?

—Depende. Estoy llamando para ver si estás interesada en tomar un caso.

—¿Estamos hablando de un caso no resuelto como los que hemos estado revisando?

—No. Este... bueno, suena y se parece a uno que resolviste relativamente rápido por allá en el noventa y seis. Hasta ahora, tenemos cuatro cuerpos en dos sitios distintos en Whip Springs, Virginia. Parece como que los asesinatos ocurrieron con no más de dos días de por medio. Ahora mismo, la Policía Estatal de Virginia está a cargo de la escena, pero he hablado con ellos. Si quieres el caso, es tuyo. Pero tienes que ir ya.

—No creo que pueda —dijo—. Tengo un compromiso que necesito cumplir —mirando a Michelle, esto era fácil de decir. Pero casi cada nervio de su cuerpo se levantaba en contra de sus recién adquiridos instintos de abuela.

—Bueno, escucha los detalles, ¿quieres? Los asesinatos son de parejas casadas, una de poco más de cincuenta, la otra de poco más de sesenta. El más reciente fue el de los de cincuenta y tantos. Su hija descubrió sus cuerpos hoy más temprano, al regresar a casa procedente de la universidad. Los asesinatos tuvieron lugar a cincuenta kilómetros el uno del otro, uno en Whip Springs y el otro justo en las afueras de Roanoke.

—¿Parejas? ¿Hay algún lazo entre ellos aparte de que estaban casados?

—Nada todavía. Pero los cuatro cuerpos tienen múltiples heridas punzopenetrantes. El asesino está empleando un cuchillo. Lo hizo despacio y con método. Por lo que a mí respecta, todo apunta a que otra pareja caerá en unos dos días.

—Sí, suena como un asesino en serie en pleno desarrollo —dijo Kate.

Pensó en el caso de 1996 que Durán había mencionado. Al final, una mujer enloquecida que había estado trabajando como niñera había acabado con las vidas de tres parejas en el término de solo dos días. Resultó que había trabajado para las tres parejas en un período de diez años. Kate capturó a la mujer cuando se encaminaba a asesinar a una cuarta pareja para luego, de acuerdo a su testimonio, darse muerte.

¿En verdad iba a decirle no a esto? Después de la intensa reminiscencia que había tenido hoy, ¿podía realmente dejar pasar otra oportunidad de detener a un asesino?

—¿Cuánto tiempo tengo para pensar en ello? —preguntó.

—Te doy una hora. Ni un minuto más. Necesito a alguien en esto ahora. Y pensé que tú y DeMarco podrían trabajar bien en esto. Una hora, Wise… antes, si puedes.

Antes de que pudiera decir okey o gracias, Durán finalizó la llamada. Solía ser cálido y amigable, pero cuando las cosas no resultaban como quería podía ponerse muy irritado.

Tan silenciosamente como pudo, fue hasta la cama y se sentó en el borde. Observó a Michelle dormir, con el suave subir y bajar de su pecho, tan lento y metódico. Podía recordar con claridad a Melissa cuando era así de pequeña y no tenía idea de cómo había pasado el tiempo. Y de allí venía su problema: sentía que se había perdido mucho de su vida como madre y esposa debido a su trabajo, pero aún así tenía un fuerte sentido del deber hacia el mismo. Especialmente cuando sabía que podía estar allí ahora mismo, haciendo su parte para llevar a un asesino ante la justicia.

¿Qué clase de persona sería si rechazaba esta oferta, dejando que Durán escogiera a otro agente que no tendría el mismo conjunto de habilidades que ella?

Pero qué clase de madre y abuela era si tenía que llamar a Melissa, decirle que viniera a recoger a su hija y pusiera término a su velada porque el FBI la había llamado de nuevo?

Kate contempló a Michelle por unos cinco minutos, incluso acostándose junto a ella y colocando su mano sobre el pecho de la bebé solo para sentir su respiración. Y el ver ese pequeño aleteo de vida, de una vida que todavía nada sabía de los males que había en el mundo, facilitó la decisión de Kate.

Frunciendo el ceño por primera vez ese día, Kate levantó el teléfono y llamó a Melissa.



***



Una vez, cuando Melissa tenía dieciséis, metió a un chico en su habitación, tarde en la noche, cuando ya Kate y Michael estaban dormidos. Kate se despertó con un ruido (que más tarde determinó que era como la rodilla de alguien golpeando la pared de la habitación de Melissa) y se levantó para ir a investigar. Al abrir la puerta de su hija y encontrarla con los pechos al aire y un chico en su cama, había sacado a este de la cama y gritado que se largara.

La furia de esa noche en los ojos de Melissa era poca cosa, comparada con lo que Kate vio en la actitud de su hija mientras aseguraba a Michelle en el asiento de bebé a las 9:30—poco más de una hora después que Durán la había llamado con respecto al caso de Roanoke.

—Esto no sirvió para nada, mamá —dijo.

—Lissa, lo siento tanto. ¿Pero qué diablos se suponía que debía hacer?

—Bueno, a mi entender, la gente permanece retirada una vez que se ha retirado. ¡Quizás deberías intentarlo!

—No es tan fácil —replicó Kate.

—Oh, lo sé, mamá —dijo Melissa—. Eso nunca lo fue contigo.

—Eso no es justo...

—Y no creo que esté molesta porque cortaste una noche de relax. Eso no me importa. No soy así  de egoísta. A diferencia de algunos, estoy molesta porque tu trabajo —que se supone habías dejado hace más de un año, piensa en ello— continúa pesando más que tu familia. Incluso después de tantas cosas... después de Papá...

—Lissa, no nos hagamos esto.

Melissa levantó el asiento de bebé con una delicadeza ausente en su voz y en la rigidez de su postura.

—Estoy de acuerdo —replicó Melissa—. No nos lo hagamos.

Y diciendo eso, salió por el frente, dando un portazo.

Kate alargó la mano al picaporte pero se detuvo. ¿Qué iba a hacer? ¿Iba a continuar la discusión afuera, en el patio? Además, conocía bien a Melissa. Al cabo de unos días se habría tranquilizado y de hecho escucharía el otro lado de la historia. Aceptaría incluso las disculpas de su madre.

Kate se sintió como una traidora al tomar su teléfono. Al llamar a Durán, este le informó que había anticipado que ella se presentaría de todas formas. De momento, tenía a alguien de la Policía Estatal de Virginia asignado para encontrarse con ella y DeMarco a las 4:30 de la mañana, en Whip Springs. En cuanto a DeMarco, había salido de Washington hacía media hora en un auto de la agencia. Llegaría a casa de Kate hacia la medianoche. Kate se dio cuenta de que pudo haberse quedado con Michelle hasta la hora de las once en punto originalmente planeada, y haber evitado la confrontación con Melissa. Pero no podía detenerse en eso ahora.

Lo repentino de todo había tomado a Kate algo desprevenida. Incluso aunque el último caso que había tomado pareció haber salido de la nada, al menos había tenido una especie de estructura estable. Pero había pasado tiempo desde que le habían asignado un caso a una hora como esa. Era intimidante pero también estaba muy excitada —tanto, como para ser capaz de poner en el fondo de su mente la cólera de Melissa.

Con todo, mientras arreglaba un bolso esperando que llegara DeMarco, un pensamiento la atravesó. Y es eso mismo —tu capacidad para hacer a un lado todo en aras del trabajo —lo que causaba tantos problemas entre ustedes dos en primer lugar.

Pero ese pensamiento fue hecho a un lado con facilidad.




CAPÍTULO TRES


Una de las muchas cosas que Kate había aprendido con respecto a DeMarco, en el transcurso del último caso, era que ella era puntual. Era un rasgo que recordó al escuchar que tocaban la puerta a las 12:10.

No recuerdo la última vez que recibí una visita tan tarde, pensó. ¿Sería en la universidad, quizás?

Camino hacia la puerta, llevando consigo su único bolso empacado. Pero cuando abrió la puerta, vio que DeMarco no tenía intención de salir corriendo a la escena del crimen.

—A riesgo de parecer grosera, realmente necesito usar tu baño —dijo DeMarco—. Beberme dos Coca-Colas para mantenerme despierta fue una mala idea.

Kate sonrió y se hizo a un lado para dejar entrar a DeMarco. Dada la velocidad y urgencia que Durán le había comunicado con sus llamadas telefónicas, la brusquedad de DeMarco era la clase de inesperada salida cómica que necesitaba. La hacía también sentir confortable el saber que incluso después de casi dos meses sin verse, ella y DeMarco retomaban el mismo nivel de cómoda confianza que habían compartido antes de separarse al término de su último caso.

DeMarco salió del baño unos minutos después con una sonrisa de embarazo en su rostro.

—Y buenos días para ti —dijo Kate. Quizás fue por la ingesta de caféína, pero DeMarco no se veía para nada cansada, aparentemente no la perturbaba lo temprano de la hora.

DeMarco miró su reloj y asintió. —Sí, supongo que es de día.

—¿Cuándo te llamaron? —preguntó Kate.

—Alrededor de las ocho o las nueve, supongo. Hubiera partido más temprano, pero Durán quería estar cien por ciento seguro de que vinieras a bordo.

—Lo siento —dijo Kate—. Estaba cuidando a mi nieta por primera vez.

—Oh no. Wise… qué mal. Siento que esto lo esté fastidiando.

Kate se encogió de hombros e hizo un gesto con la mano. —Todo está bien. ¿Estás lista para arrancar?

—Sí. Recibí varias llamadas en el camino mientras esto era manejado por los chicos allá en Washington. Tenemos programada una reunión con uno de los hombres del Departamento de la Policía Estatal de Virginia, a las cuatro y treinta en la residencia Nash.

—¿La residencia Nash? —preguntó Kate.

—La última pareja en ser asesinada.

Se encaminaron a la puerta principal. Ya de salida, Kate apagó las luces de la sala y tomó su bolso. Estaba excitada con lo que podría esperarles más adelante, pero también sintió que estaba dejando su casa de una manera más bien alocada. Después de todo, solo hacía unas horas, su nieta de dos meses dormitaba en su cama. Y ahora aquí estaba ella, a punto de dirigirse a una escena del crimen.

Vio el sedán del Buró aparcado delante de su casa, a lo largo del borde de la acera. Parecía irreal, pero al mismo tiempo tentador.

—¿Quieres conducir? —preguntó DeMarco.

—Seguro —dijo Kate, preguntándose si la agente más joven le estaba haciendo esa oferta como una muestra de respeto, o simplemente porque quería tomar un descanso después de haber conducido.

Kate se puso detrás del volante mientras DeMarco buscaba la ruta para llegar a la localidad del asesinato más reciente. Era en el pueblo de Whip Springs, Virginia, una minúscula población al pie de las Montañas Azules, justo en las afueras de Roanoke. Charlaron un rato de sus cosas —Kate contándole a DeMarco lo que se sentía al ser abuela, mientras DeMarco permanecía mayormente en silencio, mencionando solo otra relación fallida luego que su compañera la había dejado. Esto resultó una sorpresa, porque Kate no había etiquetado a DeMarco como lesbiana. En todo caso, demostraba que realmente necesitaba conocer a la mujer que era más o menos su pareja. Lo de la puntualidad lo había captado. Lo de la homosexualidad, se le había escapado. ¿Qué diablos decía eso acerca de ella como pareja?

Al acercarse a la escena de crimen, DeMarco repasó los reportes relativos al caso que Durán les había enviado. Mientras ella los leía, Kate se mantenía atenta al despunte del sol en el horizonte, pero nada se vislumbraba.

—Dos parejas de edad —dijo DeMarco—. Lo siento… una llegando a los sesenta… sin ofender.

—Nada de eso —dijo Kate, sin saber si esto era un extraño intento de parte de DeMarco para decir algo con humor.

—A primera vista, no parecen tener nada en común, aparte de la localización. La primera escena estaba justo en el corazón de Roanoke, y esta, la más reciente, estaba a no más de cincuenta kilómetros de distancia, en Whip Springs. No parecían haber señales de que el marido o la esposa fueran los objetivos preliminares. Cada asesinato fue horripilante y con algo de ensañamiento, indicando que el asesino lo disfruta.

—Y eso por lo general apunta a los que sienten que han sido perjudicados de alguna manera por las víctimas —señaló Kate—. Eso o un retorcido deseo psicológico de sangre y violencia.

—Las víctimas más recientes, los Nash, habían estado casados por veinticuatro años. Tienen dos hijos, uno que vive en San Diego y otra que en la actualidad estudia en la UVA. Ella es la que descubrió los cuerpos cuando vino ayer a casa.

—¿Que hay de la otra pareja? —preguntó Kate— ¿Tienen hijos?

—No, de acuerdo a los reportes.

Kate meditó en torno a todo esto y por razones que no pudo determinar, se encontró pensando en la pequeña niña con la se había topado en la calle el día anterior. O más bien, el recuerdo que esa pequeña niña había hecho aflorar en su mente.

Cuando llegaron a la residencia Nash, el horizonte finalmente había empezado a iluminarse con la luz de un sol que nacía pero todavía estaba ausente. Se filtraba por entre la arboleda que rodeaba la mayor parte del patio de los Nash. Bajo esa luz, pudieron ver un único auto aparcado delante de la casa. Un hombre se hallaba recostado del capó, fumando un cigarrillo y sosteniendo una taza de café.

—¿Son ustedes Wise y DeMarco? —preguntó el hombre.

—Lo somos —dijo Kate, adelantándose y mostrando su identificación—. ¿Quién eres tú?

—Palmetto, del Departamento de la Policía Estatal de Virginia. Criminalística. Hace unas horas recibí una llamada en la que me dijeron que ustedes dos se harían cargo del caso. Supuse que bien podía estar aquí para pasarles lo que tengo. Que, en todo caso, no es mucho.

Palmetto le dio una última chupada a su cigarrillo y lo echó al suelo, apagándolo con su pie. —Los cuerpos obviamente han sido movidos y por doquier había muy poca evidencia. Pero entren de todas formas. Es... revelador.

Palmetto hablaba con el tono ausente de emoción de un hombre que ha estado haciendo esto por un buen tiempo. Las llevó por el sendero de la casa que llevaba al porche. Cuando abrió la puerta y las hizo entrar, Kate pudo percibirlo: el olor de una escena de crimen donde mucha sangre había sido derramada. Había algo químico en ello, no solo el olor ferroso de la sangre, sino el reciente trajín y la gente con guantes de goma examinando la escena.

Palmetto encendía cada lámpara a medida que se internaban en la casa —por el vestíbulo, el corredor, y en la sala de recibo. Bajo la brillante luz de las lámparas de techo, Kate vio el primer charco de sangre sobre el piso de madera. Y luego otro y otro.

Palmetto las llevó hasta la parte delantera del sofá, señalando las manchas de sangre como un hombre que simplemente estuviera confirmando el hecho de que el agua es de hecho húmeda.

—Los cuerpos estaban aquí, uno en el sofá y el otro en el piso. Parece que mataron primero a la madre, probablemente con el corte en el cuello, aunque uno pareció aterrizar muy cerca de su corazón, pero desde atrás. Tenemos la teoría de que hubo una lucha con el padre. Hay golpes en sus antebrazos, sangre saliendo de su boca, y la mesa de café había sido ladeada.

—¿Alguna idea preliminar sobre cuánto tiempo pasó entre los asesinatos y que la hija los descubrieran? —preguntó Kate.

—No más de un día —contestó Palmetto—, y es más probable que sean entre doce y dieciséis horas. Estoy seguro de que el médico forense tendrá algo un poco más concreto en el transcurso del día de hoy.

—¿Alguna otra cosa a destacar? —preguntó DeMarco.

—Sí, de hecho. Es una pieza de evidencia... una sola pieza —buscó en el bolsillo interno de su delgada chaqueta y sacó una pequeña bolsa de evidencia—. Conserve esto. Pedí permiso, así que no se asusten. Supuse que la querrían. Es la única evidencia que encontramos, pero es bastante desconcertante.

Le extendió la pequeña bolsa transparente a Kate. Ella la tomó y miró el contenido. Hasta donde podía ver, era un simple pedazo de tela, de unos seis por tres pulgadas. Era grueso, de color azul, y de una textura esponjosa. El lado derecho en su totalidad estaba manchado de sangre.

—¿Dónde lo encontraron? —preguntó Kate.

—Dentro de la boca de la madre. Lo empujaron hacia atrás, casi hasta la garganta.

Kate lo levantó para verlo bajo la luz —¿Alguna idea de dónde vino? —preguntó.

—No tengo idea. Parece un retal cualquiera.

Pero Kate no estaba tan segura. De hecho, su intuición de abuela comenzó a ponerse al frente. Esto no era un pedazo de tela al azar. No… era suave, era azul claro, y lucía bastante esponjoso.

Esto era parte de una manta. Quizás de una frazada de seguridad de un niño.

—¿Nos tiene otra evidencia sorpresa? —preguntó DeMarco.

—No, eso está fuera de mi alcance —dijo Palmetto, dirigiéndose ya a la puerta—. Si ustedes señoras necesitan alguna ayuda a partir de ahora, siéntanse libres de hacer una llamada al Departamento de Policía Estatal.

Kate y DeMarco intercambiaron una mirada de enfado a espaldas de él. Sin tener que decir nada, cada una sabía que el término ustedes señoras había molestado a la otra.

—Bueno, eso fue breve —dijo DeMarco, mientras Palmetto se despedía fríamente desde la puerta principal.

—Mejor así —dijo Kate—. De esta forma podemos comenzar a mirar el caso con nuestros propios ojos, sin la influencia de lo que cualquier otro haya encontrado.

—¿Crees que necesitamos hablar ahora con la hija?

—Probablemente. Y luego miraremos la primera escena de crimen y veremos si podemos encontrar algo allí. Esperemos encontrar a alguien un poco más sociable que nuestro amigo Palmetto.

Se dirigieron a la salida, apagando las luces en el camino. Al salir, con el sol asomándose al fin desde el borde del mundo, Kate guardó con cuidado en su bolsillo lo que pensó era un retazo de la frazada de un niño y no pudo evitar pensar en su nieta durmiendo bajo una manta similar.

El caminar hacia el sol no impidió que un escalofrío la recorriera.




CAPÍTULO CUATRO


El desayuno consistió en pasar en auto por un local Panera Bread en Roanoke. Fue allí, mientras aguardaban en una pequeña cola al amanecer, que DeMarco hizo varias llamadas para programar una reunión con Olivia Nash, hija de la pareja recientemente asesinada. En ese momento se estaba quedando con su tía en Roanoke y estaba, según palabras de su tía, totalmente destrozada.

Luego de conseguir la dirección y el permiso de su tía, se dirigieron a la casa justo después de las siete en punto. La hora temprana no era un problema porque, de acuerdo a la tía, Olivia se había rehusado a dormir desde el hallazgo de sus padres.

Cuando Kate y DeMarco llegaron a la casa, la tía estaba sentada en el porche. Cami Nash se levantó cuando Kate salió del auto, pero no hizo ningún movimiento para adelantarse a recibirlas.Tenía una taza de café en la mano y la mirada cansada en su rostro hizo pensar a Kate que no era la primera que bebía esta mañana.

—¿Cami Nash? —preguntó Kate.

—Sí, soy yo —dijo.

—Primero y ante todo, acepte por favor mis condolencias por su pérdida —dijo Kate—. ¿Eran cercanos usted y su hermano?

—Bastante cercanos, sí. Pero ahora mismo, tengo que soslayar eso. No puedo... llorarlo en este momento porque Olivia necesita a alguien. Ella no es la misma persona con la que hablé por teléfono la semana pasada. Algo se ha roto en ella. No puedo ni siquiera imaginar... lo que debe haber sido encontrarlos así y...

Se fue apagando y sorbió muy rápidamente un poco de su café, tratando de distraerse ante la catarata de lágrimas que parecía aproximarse con rapidez.

—¿Estará bien como para hablar con nosotras? —preguntó DeMarco.

—Quizás por un rato. Le dije que ustedes venían y pareció comprender lo que eso significaba. Por eso es que me estoy reuniendo con ustedes antes de que entren. Siento que es necesario decirles que ella es una joven normal, equilibrada. En el estado en que se encuentra ahora, sin embargo, no quería que pensaran que ella tenía alguna clase de problema mental o algo parecido.

—Gracias por eso —dijo Kate. Había visto antes personas absolutamente devastadas por la pena y nunca fue una vista agradable. No podía dejar de preguntarse qué tanta experiencia tenía DeMarco al respecto.

Cami las hizo entrar a la casa. El interior estaba tan silencioso como una tumba, y el único sonido provenía del zumbido del aire acondicionado. Kate notó que Cami caminaba lentamente, asegurándose de no hacer demasiado ruido. Kate la imitó, preguntándose si Cami esperaba que el silencio ayudaría a que Olivia finalmente durmiera o si simplemente estaba tratando de no alarmar de cualquier forma a la joven, ya de por sí frágil.

Entraron a la sala de recibo, donde una joven se hallaba entre sentada y recostada en el sofá. Su cara estaba enrojecida, sus ojos ligeramente hinchados por el llanto reciente. Lucía como si no hubiera dormido en una semana en lugar de algo más de un día. Al ver entrar a Kate y DeMarco se enderezó un poco.

—Hola, Señorita Nash —dijo Kate—. Gracias por aceptar reunirse con nosotras. Sentimos en verdad su pérdida.

—Llámeme Olivia, por favor —su voz sonaba ronca y cansada, casi tan desgastada como sus ojos parecían estar.

—Haremos esto lo más rápido posible —dijo Kate—. Entiendo que usted acababa de regresar de la universidad. ¿Sabe si sus padres habían planeado recibir a alguien más ese día?

—Si así fue, no lo supe.

—Por favor perdone que lo pregunte, pero ¿sabe si alguno de sus padres tenía alguna rencilla de larga data con alguien? ¿Personas que ellos pudieran haber considerado enemigos?

Olivia meneó su cabeza con energía. —Papá estuvo casado antes… antes de conocer a mamá. Pero incluso con su ex-esposa, estaba en buenos términos.

Olivia comenzó a llorar en silencio. Las lágrimas brotaron de sus ojos y ella no se molestó en enjugarlas.

—Quiero mostrarle algo —dijo Kate—. No sé si tenga algún significado para usted. Si es así, podría ser bastante emotivo. ¿Estaría dispuesta a echarle un vistazo y hacernos saber si es familiar para usted?

Olivia lució alarmada, quizás incluso un poco asustada. Kate realmente no la culpaba y casi que no quería mostrarle el retal de tela que Palmetto les había entregado —el retazo del que Kate tenía la certeza de que era parte de una frazada o un edredón. Lo sacó del bolsillo con algo de reluctancia.

Supo de inmediato que Olivia no la reconocía. Hubo una inmediata sensación de alivio y confusión en el rostro de la joven mientras miraba la bolsa plástica y lo que contenía.

Olivia meneó su cabeza pero mantuvo sus ojos pegados a la bolsa transparente. —No. No la reconozco. ¿Por qué?

—No lo podemos revelar ahora —dijo Kate. La verdad, no había nada ilegal en revelarlo al pariente más cercano... pero Kate no veía razón en traumatizar más a Olivia Nash.

—¿Tienen idea de quién hizo esto? —preguntó Olivia. Se veía perdida, como si no reconociera dónde estaba… quizás ni siquiera a ella misma. Kate no podía recordar la última vez que había visto a alguien tan claramente ajeno a todo lo que le rodeaba.

—Ahora no —dijo—, pero la mantendremos informada.Y por favor —dijo, mirando a Olivia y luego a Cami—, contáctenos si piensan en algo que pudiera ayudar.

Ante ese comentario, DeMarco sacó una tarjeta del bolsillo interno de su chaqueta y se la entregó a Cami.

Quizás eran los años que había pasado en el retiro, o el sentirse culpable por haber abandonado su puesto como abuela la noche anterior, pero Kate se sintió mal al abandonar la habitación, dejando a Olivia Nash con su profunda pena. Mientras ella y DeMarco caminaban hacia el porche, pudo escuchar a la joven dejando salir un suave gemido de aflicción.

Kate y DeMarco intercambiaron una mirada de incomodidad mientras se dirigían al auto. En su bolsillo interior, Kate podía sentir la presencia de ese retazo de tela y de pronto lo sintió en verdad pesado.




CAPÍTULO CINCO


Mientras Kate dejaba el pequeño pueblo de Whip Springs y se encaminaba a Roanoke, DeMarco usaba su iPad para consultar los archivos del caso del primer conjunto de homicidios. Era casi una copia exacta de la escena de crimen de los Nash; una pareja había sido asesinada en su hogar de una manera particularmente horrible. Los resultados preliminares no habían producido sospechosos potenciales y no había habido testigos.

—¿Dice algo acerca de alguna cosa dejada en las gargantas o bocas de las víctimas? —preguntó Kate.

DeMarco recorrió los informes y meneó la cabeza. —No hasta donde puedo ver. Pienso que puede ser un... —no, espera, aquí está. En el reporte de la autopsia. La tela no fue descubierta hasta ayer —día y medio después que los cuerpos fueron hallados. pero sí... el informe dice que había un pequeño pedazo de tela alojado en la garganta de la madre.

—¿Da una descripción?

—No. Llamaré al forense y veré si puedo obtener una foto del mismo.

DeMarco no perdió tiempo, haciendo la llamada de inmediato. Mientras estaba al teléfono, Kate intentó pensar en algo que pudiera conectar a dos parejas aparentemente escogidas al azar, dado lo que había sido encontrado en las gargantas de las mujeres. Aunque Kate todavía tenía que ver el pedazo de tela que había sido sacado de la garganta de la primera víctima, tenía la certeza de que coincidiría con el encontrado en la garganta de la Sra. Nash.

La llamada de DeMarco finalizó tres minutos después. Segundos más tarde, recibió un mensaje de texto. Miró la pantalla y dijo: —Tenemos una coincidencia.

Aproximándose a un semáforo mientras avanzaban lentamente por la ciudad de Roanoke, Kate echó un vistazo al teléfono mientras DeMarco se lo mostraba. Como Kate esperaba, la tela era suave y de color azul —una coincidencia exacta con la encontrada en la garganta de la madre Nash.

—Tenemos archivos bastante extensos de ambas parejas, ¿correcto? —preguntó Kate.

—Más o menos, supongo —dijo—. Basándome en los registros y los archivos del caso que tenemos, podría haber algún material faltante, pero creo que tenemos algo para avanzar —hizo una pausa cuando la app GPS del iPad sonó—. Gira a la izquierda en este semáforo —dijo DeMarco—. La casa está a menos de un kilómetro por esta siguiente calle.

Los engranajes mentales de Kate giraban con rapidez mientras se acercaban a la primera escena de crimen.

Dos parejas casadas, asesinadas de forma brutal. Restos o retazos de una especie de vieja frazada hallados en las gargantas de las esposas…

Había muchas formas de proceder con las pistas que les habían dado. Pero antes de que Kate pudiera concentrarse en una sola y hacerla encajar, DeMarco ya estaba hablando.

—Justo allí —dijo, señalando una pequeña casa de ladrillos a la derecha.

Kate estacionó junto a la acera. La casa estaba situada en una estrecha calle lateral, de las que conectaban dos vías principales. Era una calle silenciosa con unas pocas casas más ocupando el espacio. La calle tenía su historia, con las aceras ennegrecidas y agrietadas, y las casas en un estado similar.

En las desvanecidas letras del buzón se leía LANGLEY. Kate también avistó una L decorativa colgando de la puerta principal, hecha de madera envejecida. Destacaba en contraste con el amarillo brillante de la cinta de escena de crimen que colgaba de los pasamanos del porche.

Mientras Kate y DeMarco se dirigían al porche del frente, DeMarco medio leía, medio recitaba, la información que tenían en los informes sobre la familia Langley.

—Scott y Bethany Langley—Scott de cincuenta y nueve años de edad, Bethany sesenta y uno. Scott fue hallado muerto en la cocina y Bethany en el cuarto de lavado. Fueron hallados por un muchacho de quince que estaba recibiendo de Scott lecciones privadas de guitarra. Se estima que habían sido asesinados solo unas horas antes de que los cuerpos fueran descubiertos.

Al entrar a la residencia Langley, Kate se detuvo en el umbral por un momento, captando la disposición del lugar. Era una casa mas pequeña, pero bien mantenida. La puerta principal se abría a un vestíbulo muy pequeño que luego se convertía en la sala. Desde allí, un pequeño mostrador de bar separaba la cocina de la sala. Un corredor se situaba a la derecha, y conducía al resto de la casa.

La distribución de la casa por sí sola le decía a Kate que el marido habría sido probablemente asesinado primero. Pero desde la puerta principal, había una vista bastante clara de la cocina. Scott Langley tendría que haber estado bastante ocupado para no advertir que alguien pasaba por la puerta principal.

Quizás el asesino vino de otra manera, pensó Kate.

Entraron a la cocina, donde las manchas de sangre todavía destacaban de forma prominente en el piso laminado. Una sartén y una lata de aerosol para cocinar descansaban en el borde de la estufa.

Él se disponía a cocinar algo, pensó Kate. Así que fueron asesinados hacia la hora de la cena.

DeMarco puso el pie en el corredor, y Kate la siguió. Había una pequeña habitación inmediatamente a la izquierda. El vano de la puerta mostraba un abarrotado cuarto de lavado. Aquí, las salpicaduras de sangre habían sido mucho peores. Había manchas de sangre en la lavadora, la secadora, las paredes, el piso y sobre una carga de ropa limpia cuidadosamente doblada, colocada en un cesto.

Con los cuerpos ya levantados, parecía que era muy poco lo que la residencia Langley podía ofrecerles. Pero había una cosa más que Kate quería comprobar. Caminó de vuelta a la sala y miró las imágenes en las paredes y encima del centro de entretenimiento. Vio a los Langley sonrientes y felices. En una foto, vio a una pareja más vieja con los Langley posando al final de un embarcadero en la playa.

—¿Tenemos un análisis de la vida familiar de los Langley? —preguntó Kate.

DeMarco, todavía con el iPad en su diestra, buscó en pantalla la información y comenzó a leer los detalles que tenían. Con cada uno, Kate encontró que la corazonada que había tenido desde hacía minutos era probablemente cierta.

—Estuvieron casados por veinticinco años. Bethany Langley tenía una hermana que murió en un accidente de tráfico hace doce años, y a ninguno de ellos le sobreviven sus padres. El padre de Scott Langley falleció recientemente, hace seis meses, de una forma agresiva de cáncer de próstata.

—¿Alguna mención de hijos?

—No. No hay hijos —DeMarco hizo una pausa y pareció captar aquello sobre lo que Kate estaba especulando—. ¿Estás pensando en la tela, correcto? Esa que se ve como una especie de manta de bebé.

—Sí, eso es lo que estaba pensando. Pero si los Langley no tenían hijos no creo que haya ninguna conexión obvia.

—No sé si alguna vez he visto una conexión obvia con algo —dijo DeMarco riendo por lo bajo.

—Eso es cierto —dijo Kate, aunque sentía que debía haber una aquí. Incluso siendo víctimas aparentemente escogidas al azar, había unas cosas que tenían  en común.

Ambas parejas estaban entre la mitad y finales de los cincuenta, y comienzos de los sesenta. Ambas eran casadas. La esposa de cada pareja tenía metido en su garganta un pedazo de lo que parecía una frazada.

Así que sí... había similitudes, pero no conducían a verdaderas conexiones. Todavía no, en todo caso

—Agente DeMarco, ¿crees que podrías hacer una o dos llamadas para asegurar que nos den algo de espacio de oficina en el departamento de policía?

—Ya está hecho —dijo—. Estoy casi segura de que Durán arregló todo eso incluso antes de que llegáramos aquí.

Se cree que me conoce muy bien, pensó Kate, un poco irritada. Pero, por otro lado, parecía que la conocía condenadamente bien.

Kate echó de nuevo un vistazo a la casa, a las fotos, a las manchas de sangre. Iba a tener que profundizar en los detalles de cada pareja si quería llegar a algún lado con esto. E iba a necesitar alguna clase de resultado forense con respecto a los pedazos de telas. Dadas las similitudes entre las dos escenas, presumió que una buena investigación a la antigua más que cualquier otra cosa descubriría algunas pistas e indicios.

Regresaron al auto, y Kate recordó de nuevo lo ridículamente temprano que habían comenzado este día. Cuando vio que solo eran un poco más de las diez de la mañana, se sintió llena de energía. Todavía tenían todo un día por delante. Quizás, si era afortunada y el caso se encarrilaba como ella sentía que podría ser, estaría de vuelta en Richmond con el cierre del fin de semana para ver a Michelle una vez más —si, claro está, Melissa lo permitía.

Mira, habló una parte más sabia de ella mientras volvía a colocarse al volante del auto. Incluso en medio de unos sangrientos asesinatos múltiples, estás pensando en tu nieta, en tu familia. ¿Eso no te dice algo?

Ella suponía que sí. Pero incluso al poner el pie en el último cuarto de su vida, todavía era difícil admitir que había algo más en la vida que el trabajo. Era especialmente difícil cuando estaba siguiendo el rastro de un asesino, y sabía que en cualquier momento podría estar matando de nuevo.




CAPÍTULO SEIS


Una pequeña sala de conferencias al fondo del edificio de la Policía de la Ciudad de Roanoke había sido apartada para Kate y DeMarco. En cuanto arribaron a la estación, una mujer, gruesa y pequeña, que estaba en la recepción, las condujo a través del edificio hasta la sala. Tan pronto como tomaron asiento y comenzaron a montar una estación de trabajo provisional, tocaron a la puerta.

—Pase —dijo Kate.

Cuando la puerta se abrió, vieron una cara familiar —Palmetto del Departamento de Policía Estatal, el viejo cascarrabias que se había reunido con ellas delante de la residencia Nash temprano en la mañana.

—Vi que venían por aquí mientras estaba firmando todo mi papeleo —dijo Palmetto—. Estoy de salida, de regreso a Chesterfield en unas horas. Pensé que debía venir a ver si había algo más en que pudiera ayudar.

—Nada importante —dijo Kate—. ¿Sabía que había también un retazo de esa misma tela en la garganta de Bethany Langley?

—No lo supe hasta hace media hora. Aparentemente, una de ustedes llamó al laboratorio para pedirles que le enviaran una foto.

—Sí —dijo DeMarco—. Y parece ser idéntico al que nos dio.

A la mención del retal de tela, Kate puso en la mesa la bolsa plástica que Palmetto le había dado —Hasta ahora, es la única evidencia sólida que tenemos que conecta los asesinatos de una manera concreta.

—Y los forenses no encontraron casi nada en ese —dijo Palmetto—. Aparte del ADN de la Sra. Nash.

—El informe forense que estoy viendo del retazo de los Langley no brinda nada, tampoco —dijo DeMarco.

—Aún así valdría la pena un viaje al laboratorio forense —dijo Kate.

—Buena suerte con eso —dijo Palmetto—. Cuando hablé con ellos acerca del retal de los Nash, no tenían ninguna pista.

—¿Estuvo usted involucrado en la escena del hogar Langley? —preguntó Kate.

—No. Yo llegué inmediatamente después que sucedió. Vi los cuerpos y revisé el lugar, pero no había nada. Cuando hablé con los forenses, sin embargo, les pregunté acerca del cabello encontrado sobre la ropa lavada. No parecía pertenecer a la Sra. Langley, así que le van a hacer algunas pruebas.

—Antes de que se vaya —dijo Kate, —¿quiere compartir alguna teoría?

—No tengo ninguna —dijo Palmetto secamente—. De la indagación que he hecho, no parece haber ningún lazo entre los Nash y los Langley. La tela en las gargantas, sin embargo, ... algo así de personal y explícito para el asesino tiene que enlazarlos de alguna manera, ¿correcto?

—Ese es mi parecer—dijo Kate.

Palmetto le dio una juguetona palmada a la puerta y entonces Kate le vio sonreír por primera vez. —Estoy seguro de que lo resolverá. He escuchado acerca de usted, ¿sabe? Muchos de nosotros en el Departamento de Policía Estatal han escuchado.

—Estoy segura —dijo, con una sonrisa de complicidad.

—Mayormente cosas buenas. Y que luego, abandonó su retiro hace unos meses para atrapar a alguien, ¿correcto?

—Podría decirlo así.

Palmetto, viendo que Kate no iba simplemente a quedarse sentada para recibir un baño de elogios, se encogió de hombros. —Llame a los chicos de la estatal si necesita algo en relación con esto, Agente Wise.

—Lo haré —dijo Kate mientras Palmetto se despedía.

Cuando Palmetto hubo cerrado la puerta, DeMarco agitó su cabeza divertida. —¿Alguna vez te llega a cansar escuchar a la gente cantarte alabanzas?

—Sí, la verdad —dijo Kate, pero no de una manera brusca. Aunque levantaba el ánimo que le recordaran todo lo que había hecho a lo largo de su carrera, sabía muy en el fondo que simplemente siempre había hecho su trabajo. Quizás había hecho su trabajo con un poco más de pasión que los demás, pero había sido solo eso —un trabajo bien hecho… un trabajo que al parecer ella no podía dejar atrás.

En el curso de unos minutos y con la ayuda del administrador de sistemas de la estación, Kate y DeMarco tuvieron acceso a la base de datos de la estación. Trabajaron juntas, indagando en los pasados de los Nash y los Langley. Ninguna de las familias tenía registros de ningún tipo. De hecho, ambas familias tenían registros que hacían dificil imaginar que alguien tuviera una rencilla con ellos. En cuanto a los Langley, se habían desempeñado como padres de acogida por unos años de su vida, así que habían tenido que pasar por un riguroso proceso examen de sus antecedentes, varias veces en el transcurso de sus vidas. Los Nash estaban fuertemente involucrados con su iglesia y habían hecho varios viajes misionales en los últimos veinte años, principalmente a Nepal y Honduras.

Kate lo dejó por un rato y comenzó a pasear por la estancia. Empleó el pizarrón de la sala de conferencias para escribir unas notas, esperando que verlo todo escrito en un solo lugar la ayudaría a enfocarse. Pero no había nada. Sin conexiones, ni pistas, ni un curso claro de adonde ir.

—Tú, también, ¿eh? —dijo DeMarco— ¿Nada?

—Ni tanto. Pienso que quizás avancemos con lo que tenemos en lugar de tratar de encontrar algo nuevo. Pienso que necesitamos reevaluar las telas. Aunque las pruebas forenses no arrojaron nada, quizás la tela en sí puede señalarnos algo.

—No te sigo —dijo DeMarco.

—Está bien —dijo Kate—. No estoy segura, tampoco. Pero espero que lo sabremos cuando lo veamos.



***



Kate sintió las primeras verdaderas punzadas de fatiga cuando ella y DeMarco conducían de la estación de policía al laboratorio forense. Fue un crudo recordatorio de que ella no había dormido en unas veintisiete horas y que su día laboral había comenzado insanamente temprano. Hace veinte años, esto no la habría molestado. Pero con los cincuenta y seis viéndola directo a la cara a unas semanas en el calendario, las cosas eran diferentes ahora.

El trayecto al laboratorio, localizado en las cercanías de una pequeña red compuesta por el Departamento de Policía, la corte, y una prisión preventiva, fue de solo cinco minutos. Luego de mostrar sus identificaciones, fueron escoltadas desde la recepción del edificio de ciencias forenses hasta el área del laboratorio central. Se les pidió tomar asiento por unos instantes en un pequeño lobby, mientras que el técnico que había estado a cargo de las muestras de tela era llamado.

—¿Piensas que hay alguna posibilidad de que la tela sea para el asesino solo alguna clase de tarjeta de presentación? —preguntó DeMarco.

—Podría ser. Pudiera no tener nada que ver con el porqué del caso. Pudiera solo significar algo para el asesino. De cualquier manera, ahora mismo parece que la tela —de una frazada de cierto tipo, de eso estoy bastante segura —es nuestra única conexión real con él.

Le hacía recordar a Kate un caso truculento, del que ella había sido parte a principios de los noventa. Un hombre había matado a cinco personas —todas ex-novias. Antes de matarlas estragulándolas, había obligado a cada una a tragar un preservativo. Al final, él no había tenido más razón para hacer eso que su odio a colocarse preservativos para practicar el sexo. Kate no podía dejar de preguntarse si estos fragmentos de tela resultarían igual de irrelevantes para el caso.

Su espera fue breve, un hombre más viejo y alto salió de prisa por una puerta que estaba directamente enfrente de ellas. —¿Son del FBI? —preguntó.

—Lo somos —dijo Kate, mostrando su identificación. DeMarco hizo lo mismo y el hombre estudió cada una con bastante cuidado.

—Encantado de conocerlas, Agentes —dijo—. Soy Will Reed, y hago las pruebas en la tela colectada en los últimos asesinatos. Presumo que por eso es que están aquí. Agente DeMarco, creo que usted es a la que envié la foto más temprano.

—Eso es correcto —dijo DeMarco—. Esperamos que pudiera arrojar algo de luz sobre esos retazos.

—Bueno, estaría más que feliz en asistirles con cualquier cosa que necesiten, pero si es acerca de esos dos retales de tela, me temo que no hay nada que yo pueda ofrecer. Parece que el asesino no solo se esforzó en verdad en meter la tela en las bocas de las víctimas, sino que también fue bastante cuidadoso en no dejar ninguna huella.

—Sí, comprendemos eso —dijo Kate—. Pero sin resultados físicos en firme para avanzar, me estaba preguntando si hay algo que usted pudiera decirme de la tela en sí.

—Oh —dijo Reed. —, puedo ayudar con eso.

—Soy de la opinión de que ambos retazos provienen del mismo material de origen —dijo Kate—. Muy probablemente una frazada.

—Creo que esa es una apuesta segura —dijo Reed—. Yo no estaba del todo seguro hasta que vi el segundo. Juntos encajan bastante —color, textura, y todo lo demás.

—¿Hay alguna forma de decir cuán vieja podría ser la frazada? —preguntó Kate.

—Me temo que no. Lo que puedo decirle, sin embargo, es de qué está hecha la frazada. Y eso llamó mi atención porque hasta donde sé, es una extraña combinación de tela para ser una manta tradicional como usted piensa que es. La gran mayoría de las frazadas están hechas de lana, lo que, por supuesto, no es para nada extraño. Pero el material secundario usado en la tela es algodón de bambú.

—¿Es muy diferente del algodón regular ? —preguntó Kate.

—No puedo afirmarlo —dijo—, pero por aquí pasan cantidad de ropas y materiales textiles. Y puedo contar con los dedos de una mano el número de veces que he estado en contacto con algo que tenga suficientes trazas de algodón de bambú. No es un material muy raro, pero no está tan extendido como el algodón básico.

—En otras palabras —dijo DeMarco—, no sería demasiado difícil ubicar compañías que lo usen como material primario.

—Eso, no lo sé —dijo Reed—. Pero puede que les interese saber que el algodón de bambú está presente en cantidad de frazadas esponjosas. Es bastante fresco por lo que he visto. Probablemente están buscando algo más bien costoso. De hecho, hay un almacén justo en las afueras de la ciudad que fabrica la clase de cosas a las que me refiero. Frazadas, sábanas, cubrecamas, ese tipo de cosas costosas.

—¿Sabe el nombre? —preguntó DeMarco.

—Biltmore Threads. Es una compañía pequeña que casi colapsó cuando todos comenzaron a comprar por Internet.

—¿Alguna otra cosa que pueda decirnos? —preguntó Kate.

—Sí, pero es algo espeluznante. Con la mujer Nash, creo que la tela fue embutida tan adentro que ella casi vomitó, incluso ya cerca de la muerte. Había ácido estomacal en la tela.

Kate pensó en el esfuerzo que implicaría para alguien hacer eso… qué tanto de la mano de uno podría entrar en la boca de la víctima.

—Gracias por su tiempo, Sr. Reed —dijo Kate.

—De nada. Solo esperemos no ver un tercer pedazo de esa frazada en el futuro cercano.




CAPÍTULO SIETE


De manera inquietante, el trayecto al almacén Biltmore Threads llevó a Kate y DeMarco por el mismo camino que habían tomado para entrar a Whip Springs a las cuatro de la mañana. La fábrica y almacén estaban localizados en un camino de dos canales que arrancaba de la autopista principal. Estaba enclavado a lo lejos, junto con una franja de pasto marchito que servía como zona verde, en los mismos bosques que ocultaban el hogar de los Nash del camino principal.

Mirando el estacionamiento, Biltmore Threads no lo estaba haciendo tan mal como Will Reed había sugerido. El sitio parecía emplear al menos cincuenta y tantas personas, y eso estaba basado simplemente en este momento del día. Con una fábrica como esta, Kate supuso que había turnos de trabajo, lo que significaba que otros cincuenta y tantos probablemente vendrían más tarde para el turno de la noche.

Se dirigieron al interior, pasando a un lobby deslucido. Una mujer sentada detrás de un mostrador levantó la vista hacia ellas con una expresión peculiar. Era evidente que no recibían a muchos visitantes.

—¿En qué puedo ayudarles? —preguntó.

DeMarco hizo las presentaciones de rigor y luego de mostrar sus identificaciones, la mujer en el mostrador las hizo pasar por una puerta que abrió con un zumbido, situada en el extremo opuesto del lobby. Esa misma mujer se encontró con ellas allí y las llevó por un pequeño corredor. Al final del pasillo, abrió otro conjunto de puertas dobles que llevaba al área de producción de Biltmore Threads. Varios conjuntos de telares y otro equipo que Kate nunca había visto repiqueteaban vivamente. En el extremo opuesto del enorme espacio de trabajo, un montacargas compacto estaba transportando una paleta de ropa apilada a otro lugar del almacén.

Luego de conducirlas cuidadosamente por el borde del piso, la mujer se detuvo ante otra puerta y las hizo entrar. Allí, había un estrecho pasillo que daba a cinco habitaciones. La mujer las llevó a la primera y tocó la puerta.

—¿Sí? —la voz de un hombre tronó desde el interior.

—Tenemos visitas —voceó la mujer antes de abrir la puerta—. Dos damas del FBI.

Hubo una pausa de varios segundos y entonces abrieron la puerta desde el otro lado. Un hombre de cabello oscuro y gafas de gruesos cristales las saludó. Las miró de arriba a abajo, no con nerviosismo sino con aguda curiosidad.

—¿FBI? —preguntó— ¿Qué puedo hacer por ustedes?

—¿Puede darnos un minuto de su tiempo? —preguntó Kate.

—Seguro —dijo, haciéndose a un lado y permitiendo que entraran a su oficina.

Había solo un asiento en la oficina aparte del que estaba detrás de su escritorio. Ni Kate ni DeMarco lo tomaron. El hombre de cabello oscuro no tomó asiento tampoco, eligiendo permanecer de pie junto con ellas.

—¿Es usted el supervisor? —preguntó Kate.

—Soy el gerente regional y supervisor del turno diurno, sí —dijo. Extendió su mano con rapidez, como si le avergonzara haber olvidado hacerlo antes—. Ray Garraty.

Kate le dio un apretón y entonces le mostró su identificación. Luego metió la mano en su bolsillo y sacó el retazo de tela de la escena Nash.

—Esto es un retazo de tela de una reciente escena de crimen —dijo—, y creemos que sería clave para atrapar al asesino. El laboratorio forense encontró algodón de bambú en él, y tengo entendido que Biltmore Threads usa algodón de bambú con cierta regularidad.

—Lo usamos —dijo Garraty. Estiró la mano hacia la bolsa y luego vaciló antes de preguntar: —¿Le importa?

Kate hizo un gesto con la.cabeza y se la entregó. Garraty la miró atentamente y asintió. —Sin desmenuzarla, no puedo garantizarlo, pero sí, parece que tiene un poco. ¿Sabe de dónde viene la tela?

—Presumo que es una frazada —dijo Kate.




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