Un Rastro de Crimen 
Blake Pierce


Un Misterio Keri Locke #4
Una historia dinámica que atrapa desde el primer capítulo y no te deja ir. Midwest Libro Review, Diane Donovan (en torno a Una vez ido) Del autor de misterio, #1 en ventas, Blake Pierce viene una nueva obra maestra de suspenso psicológico. En un RASTRO DE CRIMEN (Libro #4 en la serie de misterio Keri Locke), Keri Locke, Detective de Personas Desaparecidas de la División de Homicidios del Departamento de Policía de Los Ángeles, sigue una nueva pista sobre su hija secuestrada. Ella se abre paso a través de un submundo pervertido, y paso a paso, se acerca al hallazgo de su hija. Pero carece de tiempo. A Keri se le asigna un nuevo caso: un padre llama desde una comunidad acaudalada y reporta que su hija adolescente ha desaparecido regresando a casa desde la escuela. Poco después, llegan notas de rescate. Retorcidas, llenas de acertijos, dejan en claro que queda poco tiempo para salvar a la chica. También dejan en claro que esta es la obra de un diabólico asesino que está jugando con ellos. Keri y la policía deben descifrarlos para encontrar al secuestrador, entender sus demandas, decodificar las cartas, y por encima de todo, ganarle en astucia. Pero en esta partida de ajedrez, Keri puede encontrarse ante un enemigo que no puede comprender, y para la chica desaparecida – y su propia hija – ella puede llegar demasiado tarde. Un oscuro thriller psicológico con un suspenso que acelerará tus latidos, UN RASTRO DE VICIO es el libro #3 en una nueva serie que atrapa al lector – y un nuevo y adorable personaje – que te dejará leyendo hasta altas horas de la noche. ¡Una obra maestra de suspenso y misterio! El autor hizo un trabajo magnífico desarrollando personajes con un lado psicológico tan bien descrito que percibimos el interior de sus mentes, seguimos sus miedos y aplaudimos sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido a lo largo del libro. Lleno de giros, este libro te mantendrá despierto hasta llegar a la última página. Libros and Movie Reviews, Roberto Mattos (en torno a Una Vez Ido) El libro #5 en la serie Keri Locke ya está también disponible!







UN RASTRO DE CRIMEN



(UN MISTERIO KERI LOCKE —LIBRO 4)



B L A K E P I E R C E


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros).

Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto.



Copyright © 2017 by Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto como esté permitido bajo la U.S. Copyright Act of 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida bajo ninguna forma y por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación, sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico está licenciado solo para su entretenimiento personal. Este libro electrónico no puede ser revendido o regalado a otras personas. Si usted quisiera compartir este libro con otra persona, compre por favor una copia adicional para cada destinatario. Si usted está leyendo este libro y no lo compró, o no fue comprador para su uso exclusivo, entonces por favor regréselo y compre su propia copia. Gracias por respetar el arduo trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Nombre, personajes, negocios, organizaciones, lugares, eventos e incidentes, son, o producto de la imaginación del autor o son usados en forma de ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. La imagen de portada Copyright Rommel Canlas, usada bajo licencia de Shutterstock.com.


LIBROS DE BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT

EL ESPOSA PERFECTA (Book #1)

EL TIPO PERFECTO (Book #2)



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE

Al LADO (Libro #1)

LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2)

CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE

SI ELLA SUPIERA (Libro #1)

SI ELLA VIERA (Libro #2)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)

ATRAYENDO (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8)

UNA VEZ ACECHADO (Libro #9)

UNA VEZ PERDIDO (Libro #10)

UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11)

UNA VEZ ATADO (Libro #12)

UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13)

UNA VEZ LATENTE (Libro #14)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE DESEE (Libro #3)

ANTES DE QUE ARREBATE (Libro #4)

ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5)

ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6)

ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7)

ANTES DE QUE CACE (Libro #8)

ANTES DE QUE SE APROVECHE (Libro #9)

ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10)

ANTES DE QUE SE DESCUIDE (Libro #11)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)

UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5)

UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)

UN RASTRO DE VICIO (Libro #3)

UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4)

UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5)


CONTENIDO



PRÓLOGO (#u2865ca21-dba2-5452-b632-4883ec24d725)

CAPÍTULO UNO (#u91ce89f5-a7b6-5611-b00f-d779224ecb74)

CAPÍTULO DOS (#u20b176f3-7b9b-5b75-bbbc-7da3759c05f7)

CAPÍTULO TRES (#u24667f0a-4074-5857-9b5c-04e927a1d760)

CAPÍTULO CUATRO (#u1744d13e-924a-5fd6-9b0f-be7189afe183)

CAPÍTULO CINCO (#uc39e1bf4-6307-5dd8-8b25-43e6e9a8f47f)

CAPÍTULO SEIS (#ue3d365b4-8b6f-5861-9b68-e2a6833d995a)

CAPÍTULO SIETE (#u16c9d664-248d-55f8-9cd0-297f041a26c5)

CAPÍTULO OCHO (#u273ad3f6-d081-57ad-9778-f8f950f901e7)

CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)




PRÓLOGO


Carolyn Rainey podía sentir que algo andaba mal. Era una sensación difícil de explicar. Pero mientras caminaba a lo largo de la sinuosa calle residencial para encontrarse con su hija de doce años, sentía un hormigueo en la piel de su nuca.

En la superficie, nada se salía de lo ordinario. Carolyn dejaba siempre la casa hacia las 2:30 para encontrarse con Jessica. Disfrutaba el solitario, si bien breve, paseo. Le permitía aclarar su mente de cara a la segunda mitad de la jornada.

La Escuela Playa del Rey dejaba salir a las 2:35, y Jessica pedaleaba hasta casa todos los días. Para cuando había sacado todo de su casillero, ido hasta el puesto de las bicis, dicho adios a sus amigos, y salido al camino, ya eran normalmente alrededor de las 2:45.

Madre e hija invariablemente se encontraban cerca del punto medio entre la escuela y la casa, hacia las 2:50. Entonces regresaban a casa juntas, Carolyn caminando, Jessica pedaleando lentamente junto a ella, en ocasiones dando juguetonas vueltas alrededor de su mamá.

Hablaban de los acontecimientos del día: quién se sentía atraído por quién, qué maestro había empleado accidentalmente una mala palabra, qué canción estaban practicando en el coro. Cuando llegaban a casa, había siempre una merienda aguardando, a continuación de la cual Jessica se dedicaba a sus deberes y Carolyn regresaba a su propio trabajo. Tenían su rutina y era siempre la misma, minutos más minutos menos.

Pero Carolyn había estado caminando por cerca de media hora. Eran casi las 3 p.m. y casi había cubierto las dos terceras partes del camino hasta la escuela. Debía haberse topado con Jessica para entonces.

Quizás su hija había necesitado ir al baño. O quizás se había quedado enganchada conversando con Kyle, el apuesto chico de su clase de inglés. Pero la hormigueante sensación en la nuca le decía a Carolyn que algo más había sucedido.

Al doblar la siguiente esquina, vio que estaba en lo cierto. La bicicleta púrpura de Jessica, cubierta con calcomanías de la nueva película de La Bella y la Bestia, y fotos de sus cantantes favoritas, Selena Gomez y Zara Larsson, estaba tumbada de costado, una mitad en la acera y la otra en la calzada.

Corrió hacia ella y la contempló, paralizada por el miedo. Mirando en derredor con desesperación, atisbó algo en los arbustos de la casa más cercana. Corrió hacia allá y lo haló. Una rama se quebró y el objeto quedó libre.

Lo miró, casi sin poder procesar lo que estaba viendo. Era el morral de Jessica. Carolyn cayó de rodillas, con sus piernas temblando de súbito. El corazón casi se le salió del pecho cuando de pronto lo comprendió: su hija había desaparecido.




CAPÍTULO UNO


La Detective Keri Locke estaba frustrada. Se hallaba sentada en su escritorio de la División Pacífico Los Ángeles Oeste del Departamento de Policía de Los Ángeles, estudiando la pantalla de la computadora que tenía al frente.

Alrededor de ella, la estación era un rebullicio. Dos adolescentes que habían arrebatado una cartera e intentado escapar en patineta estaban siendo fichados. Un anciano estaba sentado en un escritorio cercano, explicándole a un paciente oficial cómo alguien tomaba su periódico todos los días antes de que pudiese salir a recogerlo. Dos tipos gordinflones estaban esposados a unas bancas en los lados opuestos del área de espera, porque se habían enfrascado en una pelea de bar a mitad de la tarde y todavía se tenían ganas. Keri los ignoró a todos.

En los últimos veinte minutos, había estado examinando cada aviso de la sección “estrictamente platónica” de Craigslist Los Ángeles. Era lo mismo que había hecho cada día de las últimas seis semanas desde que su amiga, la columnista de prensa Margaret “Mags” Merrywether, le había pasado un dato que esperaba la ayudara a encontrar a su desaparecida hija, Evie.

Evie había sido raptada hacía más de cinco años. Al cabo de una búsqueda implacable, casi siempre infructuosa, Keri por fin la había encontrado, pero solo para que le fuera arrancada de nuevo. El recuerdo de Evie siendo llevada lejos a bordo de una van negra, que doblaba la esquina y desaparecía de su vista, quizás para siempre, era demasiado. Sacó ese pensamiento de su cabeza y volvió a concentrarse en lo que tenía ante sí. Después de todo, era una pista. Y ella necesitaba desesperadamente una pista.

Fue a finales de noviembre cuando Mags hizo contacto con una sombría figura conocida solo como el Viudo Negro. Era alguien que arreglaba cosas, legendario por hacer el trabajo sucio de los ricos y poderosos, ya fuese asesinando enemigos políticos, desapareciendo a incómodos reporteros, o robando material de importancia.

En este caso, Keri sospechaba que tenía a su hija o conocía su ubicación. Ello, porque justo seis semanas atrás, Keri había rastreado al hombre que había raptado a Evie hacía años. Era un secuestrador profesional conocido como el Coleccionista. Keri había averiguado que su verdadero nombre era Brian Wickwire, luego de vencerlo en una pelea a muerte.

Haciendo uso de la información que halló más tarde en el apartamento de Wickwire, Keri había sido capaz de unir las piezas relativas a la ubicación de Evie. Llegó allí justo a tiempo para ver a un hombre más viejo obligando a la niña a subirse a la van negra. Llamó a su hija, ahora de trece, e incluso cruzó miradas con ella. De hecho, había escuchado que Evie pronunciaba la palabra “Mami”.

Pero el hombre embistió con la van el auto de Keri y escapó. Aturdida e imposibilitada de seguirlo, se había visto obligada a observar inerme cómo su hija desaparecía de su vista por segunda vez. Más tarde, esa misma noche, le dijeron que esa van había sido hallada en un estacionamiento vacío. El hombre viejo había recibido un tiro en la cabeza, estilo ejecución. Evie ya no estaba.

Después de eso y durante varias semanas, el departamento había seguido cada pista y sacudido cada árbol en busca de su hija. Pero todos eran callejones sin salida. Y sin ninguna evidencia que seguir, el equipo eventualmente tuvo que continuar con otros casos.

Finalmente fue Mags, que lucía como una modelo de portada para la revista Southern Socialite, pero era en realidad una reportera de investigación dura de pelar, quien brindó una nueva pista. Le dijo a Keri que la situación de Evie le recordaba a alguien a quien ella había investigado años antes, llamado el Viudo Negro. Notorio por pegar dos tiros en los estacionamientos, tarde en la noche, era también conocido por conducir un Lincoln Continental sin placas, visible en los vídeos de vigilancia donde la van negra fue hallada.

Y fue Mags, con el dato de una fuente confidencial y escribiendo de manera anónima, quien lo había contactado usando el, en apariencia anticuado, tablón de mensajes de Craigslist. Al parecer así era como a él le gustaba comunicarse con los posibles nuevos clientes.

Y para su asombro, había respondido casi de inmediato. Dijo que estaría en contacto, y que muy pronto le pediría que creara una nueva dirección de correo-e para que ambos pudieran comunicarse de manera confidencial.

Desafortunadamente, luego de esta comunicación inicial, él había callado. Mags lo había contactado por segunda ocasión hacía unas tres semanas, pero no había obtenido respuesta. Keri deseaba que lo intentara de nuevo, pero Mags insistía en que era una mala idea. Presionar a este sujeto solo haría que se ocultara. Con todo lo frustrante que podía ser, tenían que esperar a que él se comunicara otra vez.

Pero a Keri le preocupaba que ello nunca sucediera. Y mientras escrutaba la sección “estrictamente platónica” por tercera vez en ese día, no podía dejar de pensar que lo que en un momento pareció una pista prometedora podría ser otro devastador callejón sin salida.

Cerró la ventana en la pantalla y cerró sus ojos mientras respiraba hondo. Tratando de no dejarse abrumar por la desesperanza, permitió a su mente vagar por donde se le antojara. Algunas veces la llevaba a inesperados y reveladores lugares que ayudaban a resolver los rompecabezas que, ella creía, estaban más allá de su comprensión.

¿Qué se me está escapando? Siempre hay una pista. Solo tengo que reconocerla cuando la vea.

Pero no funcionó esta vez. Su cerebro se mantuvo dando vueltas alrededor de la idea del Viudo Negro, que no podía ser rastreado ni conocido.

Cierto era que en su tiempo ella había pensado lo mismo del Coleccionista. Y a pesar de ello, había sido capaz de ubicarlo, matarlo, y usar la información que estaba en su apartamento para descubrir la localización de su hija. Si lo hizo una vez, podía hacerlo de nuevo.

Quizás necesito revisar otra vez los correos electrónicos del Coleccionista, o regresar a su apartamento. Puede que haya pasado algo por alto la primera vez debido a que no sabía lo que buscaba.

Se le ocurrió que ambos hombres —el Coleccionista y el Viudo Negro— operaban en el mismo mundo. Ambos eran profesionales del crimen que trabajan por encargo —uno como secuestrador de niños, el otro como asesino. No parecía imposible que sus caminos se hubiesen cruzado en algún momento. Quizás el Coleccionista tenía un registro de ello en alguna parte.

Y entonces se dio cuenta que había otro fragmento de tejido conector. Ambos tenían lazos con el mismo hombre, un adinerado abogado del centro llamado Jackson Cave.

Para la mayoría de las personas, Cave era un prominente abogado corporativo. Pero Keri lo conocía como un negociante en las sombras que representaba a los despojos de la sociedad, y estaba secretamente involucrado en todo, desde las redes de esclavitud sexual, pasando por las operaciones de tráfico de drogas, hasta los asesinatos por encargo. Desafortunadamente, ella no podía probar nada de eso sin revelar algunos de sus propios secretos.

Pero incluso sin pruebas, tenía la certeza de que Cave estaba involucrado con ambos hombres. Y si ese era el caso, quizás habían interactuado. No era mucho. Pero era algo que seguir. Y ella necesitaba algo, cualquier cosa, que le impidiera volverse loca.

Estaba a punto de ir a la sala de evidencias para revisar de nuevo las cosas de Wickwire cuando su pareja, el Detective Ray Sands, vino hacia ella.

—Me encontré al Teniente Hillman en el cuarto de descanso —dijo—. Acaba de recibir una llamada y nos ha asignado un caso. Puedo darte los detalles cuando estemos en camino. ¿Te parece bien que salgamos? Te ves como a la mitad de algo.

—Solo investigo un poco —contestó, cerrando la pantalla—, nada que no pueda esperar. Vamos.

Ray la miró con curiosidad. Ella sabía que él era plenamente consciente de que no estaba siendo completamente sincera. Pero nada dijo cuando ella se puso de pie y se adelantó a salir de la estación.



*



Keri y Ray eran miembros de la Unidad de Personas Desaparecidas de la División Los Ángeles Oeste. La misma era considerada en general como lo mejor de todo el Departamento de Policía de Los Ángeles, y había dos buenas razones para ello. Habían resuelto más casos en los últimos dieciocho meses que la mayoría de las divisiones enteras en el doble de ese tiempo.

Cierto era también que Keri era vista como una impredecible que podía crear tantos problemas como los que resolvía. En ese momento, de hecho, estaba técnicamente bajo investigación por parte de Asuntos Internos, debido al resultado de su confrontación con el Coleccionista. Todos vivían diciéndole que solo era una formalidad. Y aún así planeaba sobre ella, como una nube gris amenazándola de continuo con un chubasco.

Con todo, a pesar de las cosas que a veces se llevaban por delante, nadie podía cuestionar sus resultados. Ray y Keri eran lo mejor de lo mejor, aunque pasaran por algunos tropiezos personales en esos días.

Keri optó por no pensar en ello mientras Ray le daba los detalles del caso y conducía hasta la escena. No podía lidiar al mismo tiempo con un caso de personas desaparecidas y una complicada relación con Ray. Tuvo, de hecho, que mirar por la ventana para no poner su atención en los fuertes y oscuros brazos que sujetaban el volante.

—La posible víctima es Jessica Rainey —dijo Ray—. Tiene doce y vive en Playa del Rey. La mamá normalmente se encuentra con ella mientras pedalea hasta casa desde la escuela, pero hoy encontró la bicicleta tirada en el borde de la calle y el morral metido en un arbusto cercano.

—¿Sabemos algo de los padres? —preguntó Keri, mientras se lanzaban calle abajo por Culver Boulevard en dirección a la comunidad costera, donde ella también vivía. Con frecuencia el desafecto de los padres era un factor determinante. Una sólida mitad de sus casos de niños desaparecidos involucraba a uno de los padres como secuestrador del chico.

—No mucho todavía —dijo Ray, mientras serpenteaban por en medio del tráfico. Estaban a comienzos de enero y afuera hacía frío, pero Keri advirtió que el sudor perlaba la cabeza calva de Ray mientras conducía. Parecía nervioso por algo. Antes de que pudiera profundizar en ello, él continuó.

—Están casados. Mamá trabaja en casa. Diseña invitaciones de boda ‘artesanales’. Papá trabaja en Silicon Beach, para una compañía tecnológica. Tienen un hijo más pequeño, un varón de seis años. Hoy está en la guardería que funciona después de clases. La mamá verificó y está allí, sano y salvo. Hillman le dijo que lo dejara allí por el momento, para que su día siga siendo normal hasta donde sea posible.

—No hay mucho que seguir —observó Keri—. ¿Está la Unidad de Escena del Crimen en camino?

—Sí, Hillman los envió al mismo tiempo que a nosotros. Puede que ya estén allí, esperemos que procesando la bicicleta y el morral en busca de huellas.

Ray pasó raudo el cruce con Jefferson Boulevard. En la distancia, Keri casi podía ver ahora su apartamento. Más allá estaba el océano, a solo poco menos de un kilómetro. El hogar de los Rainey estaba en una sección aparte de la comunidad, más sofisticada, sobre una gran colina con hogares multimillonarios. Estaban a menos de cinco minutos de distancia.

Keri notó que Ray se había quedado extrañamente en silencio. Podía afirmar que estaba reuniendo el coraje para decir algo. No podía explicar por qué, pero lo temía.

Ella y Ray Sands se habían conocido hacía más de siete años, bastante antes de que Evie fuese raptada, cuando ella era una profesora de criminología en la Universidad Loyola Marymount, y él era el detective local enviado como voluntario por su jefe para que hablara ante la clase de ella.

Luego que Evie fuese raptada y la vida de Keri se hubo derrumbado, él había estado allí, tanto como detective trabajando en el caso y como amigo dándole apoyo. Estuvo allí para ella mientras salía su divorcio y su carrera se deshacía. Fue Ray quien la convenció de unirse a la fuerza. Y cuando ella arribó a la División Los Ángeles Oeste tras dos años como oficial patrullera, él se convirtió en su pareja en la Unidad de Personas Desaparecidas.

En algún punto del recorrido, su relación se había vuelto más cercana. Quizás fuese en parte todo ese juego de flirteos. Quizás fuese el hecho de que cada uno había salvado la vida del otro, cantidad de veces.Quizás fuese en parte simple atracción. Ella incluso había notado que Ray, un notorio mujeriego, había dejado de mencionar a otras mujeres, ni siquiera en broma.

Fuese lo que fuese, en los últimos meses, cada uno había pasado mucho tiempo en la casa del otro después del trabajo, yendo juntos a los restaurantes, llamándose para conversar sobre temas extralaborales. Era como si fueran una pareja en todos los aspectos, excepto uno. Nunca habían dado el salto final para consumar esa conexión. Diablos, ni siquiera se habían besado.

¿Entonces por qué le tengo terror a lo que creo que está a punto de decir?

Keri adoraba pasar tiempo con Ray y una parte de ella quería llevar las cosas al siguiente nivel. Se sentía tan cercana al hombre que era extraño que nada hubiese sucedido. Y aún así, por razones para las que no podía encontrar palabras, temía dar el siguiente paso. Y podía sentir que Ray estaba a punto de cruzar el umbral.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él al cruzar a la izquierda desde Culver para meterse en Pershing Drive, la serpenteante vía que llevaba a la parte más opulenta de Playa del Rey.

—Supongo.

No. No, por favor. Vas a arruinarlo todo.

—Me siento más cerca de ti que de ninguna otra persona en el mundo —dijo suavemente—, y tengo la sensación de que sientes lo mismo hacia mí. ¿Estoy en lo cierto?

—Sí.

Casi llegamos a la casa. Solo conduce un poco más rápido para que pueda salir de este auto.

—Pero no hemos hecho nada con respecto a eso —dijo.

—Supongo que no —concedió ella, sin saber qué más decir.

—Quiero cambiar eso.

—Ajá.

—Así que oficialmente te pido que salgamos en una cita, Keri. Me gustaría sacarte este fin de semana. ¿Te gustaría salir a cenar conmigo?

Hubo una larga pausa antes de que ella respondiera. Cuando abrió la boca, no estaba segura de lo qué saldría.

—No lo creo, Ray. Gracias de todos modos.

Ray se quedó quieto en el asiento, con sus ojos mirando al frente, boquiabierto, sin decir palabra.

Keri, igual de asombrada ante su propia respuesta, permaneció también en silencio y luchó contra las ansias de saltar del auto en movimiento.




CAPÍTULO DOS


Sin que mediaran más palabras entre ambos, giraron a la derecha para salir de Pershing Drive hacia la empinada pendiente de Rees Street, y luego a la izquierda, hacia Ridge Avenue. Keri vio el camión de la Unidad de Escena del Crimen delante de una gran casa en la cima de la colina.

—Estoy viendo el camión de Escena del Crimen —dijo tontamente, solo para romper el silencio.

Ray asintió y se detuvo detuvo detrás del mismo. Se bajaron y se dirigieron a la casa. Keri jugueteó con el correaje de su pistola para así permitir a Ray que se adelantase un poco. Podía sentir que él no estaba de humor para caminar a su lado.

Al seguirlo en su camino a la puerta principal, se maravilló una vez más ante el tremendo especímen físico que era él. Ray era un antiguo boxeador profesional afroamericano de cuarenta y un años, calvo, de uno noventa y dos de estatura, y ciento cuatro kilos.

A pesar de los retos que había enfrentado luego de retirarse del deporte, incluyendo un divorcio, adaptarse a un ojo de vidrio, y recibir un balazo, todavía se veía como si pudiera pisar el cuadrilátero. Era musculoso mas no pesado, con una flexibilidad y una agilidad inesperada para un hombre de su tamaño. Era la razón por la cual era tan popular con las mujeres.

Hacía unos meses, podría haberse preguntado por qué él estaría con ella. Pero últimamente, a pesar de acercarse a su cumpleaños número treinta y seis, había recobrado algo del juvenil entusiasmo que la había hecho tan popular.

Nunca sería una supermodelo. Pero desde que había retomado las prácticas de Krav Maga y recortado el consumo de bebidas, había perdido cerca de cinco kilos. Había regresado al peso de cincuenta y seis, previo a su divorcio, que lucía bastante bien para su estatura de uno sesenta y siete. Las bolsas bajo sus ojos habían desaparecido, y en ocasiones lucía suelta su cabellera rubia ceniza en lugar de recogida en la acostumbrada coleta. Se sentía bien consigo misma por estos días. Así que, ¿por qué había dicho no a la cita?

Lidia más tarde con tus asuntos personales, Keri. Concéntrate en tu trabajo. Concéntrate en el caso.

Sacó todo pensamiento extraño de su cabeza y miró en derredor mientras se aproximaban a la casa, tratando de captar el mundo de los Rainey.

Playa del Rey no era una urbanización grande, pero las divisiones sociales eran bastante rígidas. Allá abajo por donde Keri vivía, en un apartamento ubicado encima de un económico restaurante chino, la mayoría de los moradores eran de la clase trabajadora.

Lo mismo aplicaba, tierra adentro, en las pequeñas calles residenciales de Manchester Avenue. Casi todas estaban habitadas por residentes de gigantescos complejos de apartamentos y condominios. Pero más cerca de la playa, y en la gran colina donde los Rainey vivían, los hogares variaban de lo grande a lo masivo, y casi todos tenían vistas hacia el océano.

Esta casa estaba a medio camino entre lo grande y lo masivo, no era realmente una mansión, pero era lo más cercano que uno podía conseguir sin el muro perimetral y las grandes columnas. A pesar de ello, se sentía como un genuino hogar.

La grama en el césped del frente estaba un poco alta y estaba regada con juguetes, incluyendo un tobogán de plástico y un triciclo que en ese momento estaba de revés. La caminería que tomaron para llegar a la casa estaba cubierta de dibujos hechos con tiza de colores, a todas luces obra de un niño de seis años. Otras secciones eran más elaboradas, hechas por una preadolescente.

Ray tocó el timbre y miró derecho a la mirilla, rehusando ver a Keri. Ella podía sentir la confusión y la frustración que emanaban de él y optó por permanecer en silencio. No sabía qué decir en todo caso.

Keri escuchó los rápidos pasos de alguien que corría hacia la puerta y segundos más tarde esta se abrió para mostrar a una mujer al final de sus treinta. Llevaba unos cómodos pantalones y un casual pero elegante blusa. Tenía el cabello corto, oscuro, y era atractiva de una forma agradable, accesible a las personas, que ni sus ojos humedecidos por las lágrimas podían ocultar.

—¿Sra. Rainey? —preguntó Keri con su voz más tranquilizadora.

—Sí. ¿Son ustedes los detectives? —preguntó ella en tono de súplica.

—Lo somos —contestó Keri—. Soy Keri Locke y esta es mi pareja, Ray Sands. ¿Podemos entrar?

—Por supuesto. Hagan el favor. Mi marido, Tim, está arriba reuniendo fotos de Jess. Bajará en un minuto. ¿Ya saben algo?

—Todavía no —dijo Ray—, pero veo que nuestra unidad de escena del crimen ha llegado. ¿Dónde están?

—En el garaje —están revisando las cosas de Jess en busca de huellas. Uno de ellos me dijo que no debí haberlas movido del sitio donde las encontré. Pero temía dejarlas en la calle. ¿Qué pasaría si las robaban y perdíamos toda evidencia?

Mientras hablaba, iba alzando la voz y sus palabras comenzaron a salir atropelladas a una velocidad desbocada. Keri podía asegurar que apenas podía mantenerse de una pieza.

—Está bien, Sra. Rainey —la tranquilizó—. Escena del Crimen todavía estará en capacidad de obtener posibles huellas; más tarde puede mostrarnos dónde encontró sus cosas.

Justo entonces escucharon pasos y giraron para ver a un hombre bajar los escalones con una pila de fotos. Flaco, con un nido de rebeldes cabellos de color castaño, y gafas con una delgada montura metálica, Tim Rainey vestía pantalones kaki y una camisa con las puntas del cuello abotonadas. Se veía exactamente como Keri imaginaba que sería un ejecutivo de la industria tecnológica.

—Tim —dijo su esposa—, estos son los detectives que van a ayudar a encontrar a Jess.

—Gracias por venir —dijo, con una voz que era casi un susurro.

Keri y Ray estrecharon su mano y ella notó que la otra mano, la que sostenía las fotos, temblaba ligeramente. Sus ojos no estaban rojos como los de su esposa, pero su ceño estaba fruncido al igual que todo su rostro. Parecía un hombre abrumado por la tensión del momento. Keri no podía culparlo. Después de todo, ella había pasado por eso.

—Por qué no nos sentamos y nos cuentan lo que saben —dijo, advirtiendo que las rodillas de él parecían a punto de fallarle.

Carolyn Rainey los llevó a todos al recibidor del frente; su esposo tiró las fotos sobre una mesita y se dejó caer con pesadez en un sofá. Ella se sentó junto a él y puso su mano sobre la rodilla, que ahora se agitaba hacia arriba y hacia abajo con frenesí. Él captó el mensaje y se quedó quieto.

—Caminaba para encontrarme con Jess después de la escuela —comenzó a decir Carolyn—. Tenemos todos los días la misma rutina. Yo camino. Ella monta su bicicleta. Nos encontramos en un punto intermedio y regresamos juntas. Casi siempre hacemos contacto cerca del mismo punto, cuadra más cuadra menos.

La rodilla de Tim Rainey comenzó a rebotar de nuevo y ella le dio una suave palmada para recordarle que se controlara. Una vez más, él se aquietó. Ella prosiguió.

—Comencé a preocuparme cuando llevaba cubiertas las dos terceras partes del camino a la escuela y no la había visto. Eso solo ha pasado antes dos veces. Una vez debido a que olvidó un libro de texto en su casillero y tuvo que regresar. En la otra ocasión tenía un fuerte dolor de estómago. En ambas oportunidades me llamó para hacerme saber qué estaba pasando.

—Siento interrumpir —dijo Ray—, pero, ¿puede darme su número de celular? Podríamos ser capaces de rastrearlo.

—Pensé primero en eso. De hecho, la llamé tan pronto vi sus cosas. Comenzó a repicar de inmediato. Lo hallé bajo el mismo arbusto donde estaba metido su morral.

—¿Lo tiene ahora? —preguntó Keri— Todavía podría haber en él datos valiosos que reunir.

—La gente de escena del crimen lo está empolvando también.

—Eso está bien —dijo Keri—. Lo miraremos cuando hayan terminado. Procedamos con varias preguntas básicas si no les importa.

—Por supuesto —dijo Carolyn Rainey.

—¿Ha mencionado Jessica recientemente algo acerca de tener una discusión con un amigo?

—No. Ella recién cambió el objeto de su enamoramiento. La escuela comenzó de nuevo apenas esta semana, tras el receso de invierno, y dijo que el tiempo de descanso le había hecho ver las cosas de manera diferente. Pero ya que el primer muchacho nunca supo siquiera que a ella le gustaba, no creo que eso importe.

—Con todo, si pudiera escribir ambos nombres, sería de ayuda —dijo Ray—. ¿Alguna vez mencionó haber visto a personas inusuales, ya fuese en la escuela, en el camino hasta allá, o en casa?

Los Rainey menearon sus cabezas.

—¿Puedo? —preguntó Keri, señalando las fotos sobre la mesa.

Carolyn asintió. Keri tomó la pila y comenzó verlas una tras otra. Jessica Rainey era una chica de doce años de una apariencia perfectamente normal, con una gran sonrisa, los chispeantes ojos de su madre, y el salvaje cabello castaño de su padre.

—Vamos a seguir cada posible pista —les aseguró Ray—, pero no quiero que lleguen a conclusiones apresuradas. Aún hay oportunidad de que esto sea alguna especie de malentendido. No hemos tenido un reporte de niños raptados en esta comunidad en casi tres años, así que no queremos asumir nada en este punto.

—Aprecio esto —dijo Carolyn Rainey— pero Jess no es la clase de chica que escapa para ir donde un amigo y deja todas sus cosas tiradas a un lado de la calle. Y ella nunca estaría dispuesta a separarse de su teléfono. Simplemente esa no es ella.

Ray no respondió. Keri sabía que él se había sentido obligado a sugerir otras posibilidades. Y por lo general, estaba menos inclinado que Keri a aceptar la teoría del secuestro. Pero incluso él tenía problemas en dar razones legítimas para el hecho de que Jessica abandonara todas sus cosas.

—¿Está bien si tomamos unas pocas de estas fotos? —preguntó, rompiendo el incómodo silencio— Queremos hacerlas circular entre las policías.

—Por supuesto. Tómenlas todas si quieren —dijo Carolyn.

—No todas —dijo Tim, sacando una de la pila. Era la primera vez que hablaba desde que se sentaron—. Me gustaría conservar esta, si pueden arreglárselas sin ella.

Era una foto de Jessica en el bosque, vestida para ir de caminata, llevando en la espalda una mochila demasiado grande en verdad para ella. Su cara estaba embadurnada con lo que parecía pintura de guerra y llevaba una bandana arcoiris atada en su cabeza. Sonreía feliz. No sería de mucha ayuda para propósitos de identificación. Y aunque así fuese, Keri podía asegurar que la misma era muy especial para él.

—Consérvela. Tenemos más que suficiente —dijo con suavidad antes de entrar en materia—. Ahora bien, hay unas cosas que vamos a necesitar de ustedes, y todo ello en el debido orden. Quizás quieran ponerlo por escrito. En situaciones como esta, el tiempo es crucial, así que puede que tengamos que hacer uso de todo lo que crean saber. ¿Les parece bien eso?

Ambos asintieron.

—Bien —dijo, antes de comenzar—, esto es lo que sigue. Sra. Rainey, vamos a necesitar que nos muestre la ruta que tomó para encontrarse con su hija, y la ruta acostumbrada de ella desde ese punto hasta la escuela. Vamos a querer examinar su habitación, incluyendo cualquier computadora o tableta que pudiera tener. Y como mencioné, también miraremos su teléfono cuando los forenses hayan terminado con él.

—Okey —dijo la Sra. Rainey, anotándolo todo mientras Keri continuaba.

—Necesitaremos la información de contacto de cada amigo que le venga a la mente, o de cualquier chico con el que ella pudiera haber tenido problemas durante el año pasado. Necesitaremos el número del director. Podemos conseguir en la escuela la información de contacto del maestro y del orientador, pero si ya la tienen, eso sería muy bueno.

—Podemos darle todo eso —prometió Carolyn.

—También necesitaremos los nombres y números de los tutores y entrenadores que tiene —añadió Ray—, al igual que los nombres de los muchachos con los que estaba encaprichada. La Detective Locke y yo nos dividiremos para maximizar el uso del tiempo.

Keri le miró. Su voz sonaba completamente normal, pero podía asegurar que era más que una simple diligencia profesional en el trabajo.

No te lo tomes como algo personal. Es una buena idea.

—Sí —convino—. ¿Por qué la Sra. Rainey y yo no caminamos la ruta a la escuela antes de que oscurezca demasiado? En esta época del año, el sol se estará ocultando en menos de una hora. Puede darme esos números de contacto en el camino.

—Y usted Sr. Rainey —dijo Ray—, puede mostrarme la habitación de Jessica. Después de eso, le recomiendo que vaya a buscar a su hijo. ¿Cuál es su nombre?

—Nathaniel. Nate.

—Okey, bueno, Escena del Crimen se habrá ido para cuando regrese, así que no habrá mucha gente por allí. Va a querer mantener las cosas lo más normal posible para él. De esa forma, si necesitamos hacerle unas preguntas, no se cerrará.

Tim Rainey asintió automáticamente, como si acabara de recordar que también tenía un hijo. Ray continuó.

—Cuando vaya, me dirigiré a la escuela para hablar con la gente de allá. Chequearemos también para ver si hay algún vídeo que pueda ser útil. Sra. Rainey, me encontraré con usted y la Detective Locke en la escuela y la traeré de vuelta a su casa.

—¿Van a activar un Alerta Ámbar? —preguntó Carolyn Rainey, refiriéndose a los avisos de secuestro dirigidos al público en general.

—Todavía no —dijo Ray—. Es muy posible que hagamos eso pronto, pero no hasta que tengamos más información que compartir. No sabemos todavía lo suficiente.

—Pongámonos en marcha —dijo Keri—. Mientras más rápido tachemos todas estas tareas, más clara será la imagen que tendremos de lo que pudo haber sucedido.

Todos se pusieron de pie. Carolyn Rainey tomó su bolso y los condujo a la puerta principal.

—Te haré saber si averiguamos algo —le dijo a su marido al tiempo que lo besaba en la mejilla. Él asintió, para luego atraerla hacia sí y estrecharla en un largo y fuerte abrazo.

Keri echó un vistazo a Ray, que estaba observando a la pareja. En contra de su voluntad, él la miró. Ella pudo ver todavía el dolor en sus ojos.

—Te llamaré cuando lleguemos a la escuela —Keri le dijo en voz baja a Ray. Este asintió sin palabras.

Ella se sintió tocada por su frialdad, pero lo entendió. Él se había abierto y había tomado un gran riesgo. Y ella lo había rechazado sin explicaciones. Era quizás bueno que ambos tuvieran algo de espacio por un rato.

Cuando las dos mujeres salieron a la calle y comenzaron a alejarse caminando de la casa, un pensamiento reverberó en su cabeza.

Lo he arruinado por completo.




CAPÍTULO TRES


Noventa minutos después, de regreso a su escritorio, Keri dejó salir un suspiro de profunda frustración. La mayor parte de la última hora y media había sido infructuosa.

No habían hallado nada inusual en la caminata a la escuela y no se toparon con evidentes señales de lucha. No había inusuales marcas de llantas cerca del sitio donde la Sra. Rainey había encontrado las cosas de Jessica. Keri se había detenido ante cada casa cercana para determinar si algunos de los residentes tenían cámaras que vieran hacia la calle, y que pudieran ser de utilidad. Ninguno las tenía.

Cuando llegaron a la escuela, Ray ya estaba allí hablando con el director, quien prometió enviar un correo-e con carácter de urgencia a todos los padres de los alumnos solicitando cualquier información que pudiesen tener. El oficial de seguridad tenía todos los vídeos de vigilancia del día en cola, así que Keri le sugirió a Ray que se quedara y los viera mientras ella llevaba a la Sra. Rainey a su casa, y después regresaba a la oficina para llamar a todas las posibles pistas.

A Carolyn Rainey debió simplemente haberle parecido que eran dos compañeros repartiéndose eficientemente las tareas. Y hasta cierto punto, así era. Pero el pensamiento de ir incómoda en el asiento de pasajero, mientras Ray conducía de regreso a la División Los Ángeles Oeste, era algo para lo que ahora mismo no estaba dispuesta.

Así que en en lugar de ello, abordaron un Lyft de regreso a la casa de los Rainey y Keri continuó desde allí hasta la estación, donde había pasado la última media hora llamando a todos los amigos y compañeros de clase de Jessica. Ninguno tenía nada inusual que compartir. Tres amigos la recordaban yéndose de la escuela en su bici, y despidiéndose de ellos mientras salía del estacionamiento. Todo parecía estar bien.

Llamó a los dos chicos con los que Jessica se había encaprichado en las últimas semanas y aunque ambos sabían quién era, ninguno parecía conocerla bien o siquiera estar al tanto de lo que ella sentía. Keri no se extrañó por eso. Recordaba cuando tenía esa edad, y llenaba cuadernos enteros con los nombres de los chicos que le gustaban, sin siquiera llegar a hablar con ellos.

Habló con, o dejó mensajes a todos los maestros de Jessica, su entrenador de softball, su tutor de matemáticas, e incluso el responsable del grupo de vigilancia nocturna del vecindario. Ninguno de los que contactó sabía algo.

Llamó a Ray, que contestó al primer repique.

—Sands.

—No tengo nada aquí —dijo, decidida a concentrarse en el asunto presente—. Nadie vio nada fuera de lo ordinario. Sus amigos dicen que todo parecía estar bien cuando dejó la escuela. Todavía estoy esperando algunas llamadas, pero no soy optimista. ¿Te está yendo mejor?

—Hasta ahora no. El alcance de la cámara de vídeo solo se extiende hasta el final de la cuadra donde está la escuela, en ambas direcciones. Puedo verla diciéndole adios a su amigos, como lo has descrito, y luego salir pedaleando. Nada sucede mientras está visible. Le he pedido al guardia que junte los vídeos de principios de semana para ver si hubo alguien merodeando en días previos. Podría llevar tiempo.

Implícita estaba en la última frase la presunción de que no regresaría pronto a la estación. Ella simuló no notarlo.

—Creo que debemos activar el Alerta Ámbar —dijo—. Son ahora las seis p.m. Han pasado tres horas desde que su mamá llamó al nueve-uno-uno. No tenemos evidencia alguna que sugiera que esto es otra cosa que no sea un secuestro. Si fue llevada justo después de la escuela, entre las dos cuarenta y cinco y las tres p.m., podría ahora estar tan lejos como Palm Springs o San Diego. Necesitamos conseguir tantos ojos sobre esto como sea posible.

—De acuerdo —dijo Ray—. ¿Puedes manejar eso para que yo pueda quedarme a revisar estos vídeos?

—Por supuesto. ¿Vuelves después a la estación?

—No lo sé —respondió sin ser terminante—. Depende de lo que averigüe.

—Okey, bueno, mantenme informada —dijo.

—Lo haré —replicó, y colgó sin decir adios.

Keri se ordenó a sí misma no ponerle atención a ese desaire, y se concentró en preparar el Alerta Ámbar y sacarlo. Cuando estaba terminando, vio a su jefe, el Teniente Cole Hillman, caminando hacia su oficina.

Vestía su acostumbrado uniforme de pantalones casuales, chaqueta deportiva, corbata floja, y camisa de manga corta que no podía mantener bajo la pretina debido a su amplia circunferencia. Tenía un poco más de cincuenta, pero el trabajo lo había avejentado tanto que había profundas líneas en su frente y en las esquinas de sus ojos. Su cabello entrecano lucía más blanco por estos días.

Pensó que iba a pasar por su escritorio para pedirle una actualización de estatus pero ni siquiera miró en su dirección. Eso estaba bien para ella, ya que quería verificar con la gente de Escena del Crimen para ver si habían encontrado huellas.

Luego de emitir el Alerta Ámbar, Keri caminó por la estación, inusualmente silenciosa a esa hora de la noche, y se fue por el corredor. Tocó la puerta de la Unidad de Escena del Crimen y asomó su cabeza sin esperar a que le dieran permiso.

—¿Algo de suerte con el caso de Jessica Rainey?

La secretaria, una veinteañera de cabello oscuro y gafas, alzó la mirada de la revista que estaba leyendo. Keri no la conocía. El empleo de secretaria en Escena del Crimen era de mucho desgaste y tenía una alta rotación. Tecleó el nombre en la base de datos.

—Nada en el morral ni en la bici —dijo la chica—. Todavía están verificando unas pocas huellas del teléfono, pero por la manera de hablar, no sonaba prometedor.

—¿Puedes por favor decirles que avisen a la Detective Keri Locke tan pronto hayan terminado, sin importar el resultado? Aunque no haya huellas de utilidad, necesito revisar ese teléfono.

—Lo haré, Detective —dijo, enterrando de nuevo su nariz en la revista, antes incluso de que Keri cerrara la puerta.

De pie, a solas en el silencioso corredor, Keri respiró hondo y se dio cuenta que no le quedaba nada más que hacer. Ray estaba revisando los vídeos de vigilancia de la escuela. Ella había sacado el Alerta Ámbar. El informe de los forenses estaba pendiente y ella no podía ver el teléfono de Jessica mientras ellos no hubieran terminado. Ya había hablado o estaba esperando la llamada de todos los que había llamado.

Se recostó de la pared y cerró sus ojos, permitiendo que su cerebro se relajara por primera vez en horas. Pero tan pronto lo hizo, pensamientos indeseables la inundaron.

Vio la imagen del rostro de Ray, herido y confundido. Vio una van negra con su hija adentro doblando una esquina para internarse en la oscuridad. Vio los ojos del Coleccionista mientras exprimía su cuello, mientras le arrancaba la vida al hombre que había secuestrado a su hija hacía más de cinco años, aun cuando agonizaba por una herida en la cabeza. Vio el borroso vídeo de un hombre conocido solamente como el Viudo Negro mientras disparaba a la cabeza a otro hombre, sacaba a Evie de la van de esa persona, y la introducía en la cajuela de su propio auto antes de desaparecer para siempre.

Sus ojos se abrieron y vio que se hallaba de cara a la sala de evidencias. Había estado allí muchas veces en las pasadas semanas, examinando fotos del apartamento de Brian “El Coleccionista” Wickwire.

La verdadera evidencia era retenida por la División Centro, pues el apartamento estaba en su jurisdicción. Habían consentido en dejar que el fotógrafo policial de Los Ángeles Oeste tomara fotos de todo, siempre y cuando estas permanecieran en la sala de evidencias. Habiendo matado al hombre, Keri no estaba en posición de discutir con ellos.

Pero no había repasado las fotos en varios días y ahora algo sobre ellas la estaba devorando. Era una comezón en el borde de su cerebro que no podía rascarse, alguna clase de conexión que ella sabía se ocultaba más allá de su consciencia. Entró a la sala.

Al secretario de evidencias no le sorprendió verla, y extendió la hoja para firmar hacia ella sin decir palabra. Ella se registró, luego fue derecho a la hilera con la caja de fotos. No necesitaba los datos de referencia porque sabía exactamente en qué hilera y anaquel estaba. Tomó la caja del anaquel y cargó con la misma hasta una de las mesas en la parte de atrás.

Se sentó, encendió la lámpara del escritorio, y desplegó todas las fotos delante de ella. Las había mirado con anterioridad docenas de veces. Cada libro propiedad de Wickwire fue catalogado y fotografiado, al igual que cada pieza de ropa, y cada objeto de los estantes de su cocina. Se creía que este hombre estaba implicado en el secuestro y venta de al menos cincuenta niños a lo largo de los años, y los detectives de la División Centro no habían dejado ninguna piedra sin voltear.

Pero Keri sentía que lo que estaba molestándola no estaba en ninguna de esas fotos que había estudiado previamente. Era algo que solo había registrado antes al pasar. Algo había estado rondando su mente cuando estuvo parada en el corredor minutos antes, dejando que todos esos recuerdos dolorosos la cubireran.

¿Qué es eso? ¿Cuál es la conexión que estás tratando de hacer?

Y entonces lo vio. En el fondo de una fotografía del escritorio del Coleccionista había una serie de fotos de naturaleza. Todas eran imágenes de 5 x 7 alineadas en una fila. Había una rana sobre una roca. Al lado la imagen de una liebre con sus aguzadas orejas. Y la siguiente era de un castor trabajando en una presa. Un carpintero estaba picoteando. Un salmón había sido captado al saltar de una corriente. Y le seguía la imagen de una araña sobre un pedazo de tierra —una viuda negra.

Viuda negra. Viudo negro. ¿Hay algo allí?

Podría ser solo una coincidencia. Obviamente los detectives de Centro no pensaron mucho en las fotos, puesto que ni siquiera las catalogaron como evidencia. Pero Keri sabía que al Coleccionista le gustaba mantener registros codificados.

De hecho, así fue como ella encontró las direcciones donde Evie y muchos otros secuestrados eran retenidos. El Coleccionista las había ocultado a la vista de todos, con un código alfanumérico, en un lote de aparentemente inocuas tarjetas postales, guardado en un cajón del escritorio.

Keri sabía que el Coleccionista y el Viudo Negro compartían una conexión: ambos habían sido contratados en algún momento por el abogado Jackson Cave.

¿Se cruzaron sus caminos en algún punto, quizás en un trabajo? ¿Era esta la forma como Wickwire mantenía la información de contacto de un colega de malandanzas por contrato, en caso de que alguna vez necesitaran hacer equipo?

Keri sintió que la arropaba una certeza, una que normalmente solo venía cuando ella descubría la pista crucial en un caso. Estaba segura de que si pudiera acceder a esa foto, encontraría algo útil en ella.

El único problema es que eso estaba en el apartamento de Brian Wickwire, todavía acordonado por la policía de Centro. La última vez que trató de entrar, hacía dos semanas, había cinta de escena del crimen alrededor de ella y dos policías estacionados enfrente del edificio para ahuyentar a cualquier fisgón.

Keri estaba empezando a considerar cómo podría superar ese reto cuando su teléfono sonó. Era Ray.

—Hola —dijo vacilante.

—¿Puedes regresar a la casa de los Rainey ahora mismo? —preguntó, saltándose los saludos.

—Por supuesto. ¿Qué pasa?

—Acaban de recibir una nota de rescate.




CAPÍTULO CUATRO


Viente ansiosos minutos después, Keri se detuvo ante la casa de los Rainey. Una vez más, el camión de Escena del Crimen ya estaba en el frente. Tocó a la puerta. Ray la abrió casi de inmediato y pudo afirmar, por la mirada que vio en su rostro, que la situación era siniestra. Miró por encima de su hombro y vio a los Rainey sentados juntos en el sofá. Ella estaba sollozando. Él se veía anonadado.

—Me alegra que estés aquí —dijo Ray con sinceridad—. He estado aquí cinco minutos, pero se me está haciendo difícil evitar que ambos pierdan el control.

—¿Hay un reloj en la nota? —preguntó Keri en voz queda mientras pasaba adentro.

—Sí. El sujeto quiere que la transferencia se haga a la medianoche. Está pidiendo cien grandes.

—Jesús.

—Eso no es lo peor —dijo Ray—. Tienes que leer la carta. Es…extraña.

Keri pasó a la habitación. Un investigador de Escena del Crimen estaba empolvando lo que se veía como un sobre de FedEx. Ella miró a Ray, y este asintió.

—De locos, ¿eh? —dijo—. Nunca antes he oído hablar de una nota de rescate que venga vía FedEx. Es del mismo día. Ya le di el número de rastreo a Edgerton. Dice que fue enviada desde una localización en El Segundo. El sello de la hora era una y cincuenta y ocho p.m.

—Pero eso fue antes de que Jessica fuera llevada —dijo Keri.

—Exactamente. El secuestrador debe haberla enviado antes de apoderarse de ella —todo un descaro. Suárez se dirige ahora hacia allá para ver si hay algún posible vídeo del lugar.

—Suena bien —dijo Keri mientras se encaminaba hacia el recibidor donde los Rainey estaban sentados. La tranquilizaba que algunos de los mejores estaban en el grupo. El Detective Kevin Edgerton era un prodigio en tecnología, y el Detective Manny Suárez era un experimentado sabueso. Nada se les escaparía.

—Hola —dijo suavemente, y los Rainey levantaron la vista hacia ella. Los ojos de Carolyn estaban hinchados y rojos, pero sin lágrimas. Tim estaba de un pálido fantasmal, y su semblante se veía severo y tenso.

—Hola, Detective —logró susurrar Carolyn.

—¿Puedo ver la carta? —preguntó, mirando la hoja de papel sobre la mesita. Ya estaba metida en un sobre transparente de evidencia.

Asintieron sin decir palabra. Ella se acercó para verla mejor. Antes de leer el contenido, pudo asegurar que la carta no había sido impresa usando una computadora. Había sido mecanografiada usando una hoja tamaño carta. Eso de inmediato la preocupó.

Cada impresora de computadora tenía su propia e identificable firma, representada por un patrón de puntos no reconocibles para el ojo humano. Los puntos se imprimen con un código a lo largo del texto del documento y suministran la marca, el modelo, e incluso el serial de la impresora usada. Si la persona que mecanografió esta carta sabía lo suficiente sobre una impresora de computadora, ello sugería que probablemente no era un aficionado. La carta misma era igualmente problemática. Decía:



Su hija tiene un espíritu oscuro. El espíritu debe ser podado para que en su lugar crezca una niña saludable. Eso destruirá el cuerpo de la niña, pero salvará su alma. Es triste, pero debe ser hecho. El deseo del creador de la casa caliente lo exige. Puedo liberar a esta niña del espíritu con mis santas tijeras, el mecanismo del Señor. Los demonios dentro de ella deben ser sacados de raíz.

Sin embargo, si prometen redimirla ustedes mismos a través de la purificación por derramamiento de sangre como él ha ordenado, se las regresaré para el procedimiento. Pero deben compensarme por mi sacrificio. Exijo $100.000 en un único pago. Debe ser en efectivo, que no pueda ser rastreado. No involucren a las autoridades, los asquerosos traficantes de la sordida miseria en este mundo. Si lo hacen, regresaré a la niña a la tierra de donde vino. Emplearé la maquinaria del Señor para esparcir su restos goteantes entre las corrompidas cizañas de la ciudad. He dado pruebas de que soy sincero en mis demandas.

Medianoche. Solo el padre. Porque solo los padres salvarán a este mundo de la impureza.

Chace Park. El puente junto al agua.

$100.000. Medianoche. Solo.

La carne de tu carne depende de tu súplica.



Keri miró a Ray. Había tanto que procesar que por el momento optó por hacer a un lado la mayor parte y concentrarse en los elementos más diáfanos de la carta.

—¿Qué quiere decir acerca de dar pruebas? —le preguntó.

—En el paquete venían también varios mechones de pelo metidos en una bolsita —contestó—. Les estamos haciendo pruebas para ver si hay coincidencia.

—Bien, es mucho lo que hay que examinar en esta cosa —dijo Keri, dirigiéndose a los Rainey—. Pero por ahora concentrémonos en la parte no psicológica. Primero que nada, tomaron la decisión correcta al llamarnos. Los padres que siguen las instrucciones de no contactar a las autoridades por lo general tienen los peores desenlaces.

—No quería llamarlos —admitió Tim Rainey—, pero Carrie insistió.

—Bueno, nos alegra que lo hicieran —reiteró Keri, luego volviéndose a Ray—. ¿Les has hablado acerca del dinero?

—Justo ibamos a hacerlo cuando llegaste —dijo, para entonces dirigir su atención a los Rainey—. No es mala idea que aseguren el dinero, incluso si esperamos no tener que entregarlo. Nos da más opciones. ¿Han pensado en cómo podrían conseguirlo?

—Tenemos el dinero —dijo Tim Rainey—, pero no en efectivo. Llamé a nuestro banco para hablar sobre transferir hacia allá algunas acciones y bonos. Dijeron que era difícil hacer ese tipo de transacción fuera del horario, e imposible sin avisar con suficiente antelación.

—He contactado a nuestros administradores de fondos y dicen lo mismo —añadió Carolyn Rainey—. Podrían estar en capacidad de conseguirlo para mañana bien temprano, pero no para medianoche y no en efectivo.

Keri se volvió a Ray.

—Es extraño que hiciera llegar la carta tan tarde —dijo—. Tenía que saber que sería casi imposible conseguir a tiempo el dinero. ¿Por qué lo hizo tan difícil?

—Este sujeto suena como un deficiente mental —observó Ray— Quizás no está al tanto del reto que esto supone en términos de tiempo para las instituciones financieras.

—Hay otra opción —interrumpió Tim Rainey.

—¿Cuál es? —preguntó Ray.

—Trabajo para Venergy, la nueva plataforma móvil de juego basada en Playa Vista. Trabajo directamente para Gary Rosterman, el hombre que dirige la compañía. Es realmente rico y simpatiza conmigo. Además Jessica y su hija fueron a la misma escuela Montessori hasta el año pasado. Son amigas. Sé que el tiene efectivo a la mano. Puede que él me respalde.

—Llámelo —dijo Ray—, pero si acepta, pídale que sea discreto.

Rainey asintió con energía. Lo sombrío de su semblante se desvaneció un poco. Parecía vivamente animado por una renovada esperanza. O quizás era solo que tenía algo en lo que enfocar su atención.

Mientras digitaba el número, Ray se volvió hacia Keri e hizo un gesto para que ambos se apartaran de los Rainey. Cuando estuvieron fuera del alcance de sus oídos, susurró:

—Creo que debemos llevar la carta a la estación. Necesitamos a toda la unidad volcada en esto, conocer sus ideas sobre lo que significa, quizás traer a un psicólogo. Debemos verificar si recientemente ha habido casos similares en la zona.

—De acuerdo —dijo Keri—, también quiero filtrar la carta a través de la base de datos federal para ver si coincide con cualquier otra. Quién sabe qué encontraremos. Tengo un mal presentimiento con respecto a este.

—¿Peor de lo acostumbrado? ¿Por qué?

Keri expuso su preocupación acerca de que hubiese mecanografiado la carta en lugar de emplear una computadora. Eso encontró eco en Ray.

—Sea que esté loco o loco como un zorro, parece un profesional —dijo.

Tim Rainey finalizó su llamada y se vovió haica ellos.

—Gary dijo que lo hará —anunció—. Dijo que puedo tener el dinero en la mano en unas tres horas.

—Eso es grandioso —dijo Ray—. Enviaremos a alguien a que lo recoja cuando esté listo. No quiero a un civil transportando esa clase de dinero si podemos evitarlo.

—Ahora vamos de regreso a la estación —les dijo Keri. Viendo la súbita ansiedad en sus caras, añadió con rapidez—. Vamos a dejar aquí con ustedes a dos oficiales uniformados, como precaución. Ellos pueden contactarnos en cualquier momento.

—Pero, ¿por qué se van? —preguntó Carolyn Rainey.

—Queremos correr la nota de rescate en nuestras bases de datos y hablar con algunos expertos. Vamos involucrar en el caso a toda la Unidad de Personas Desaparecidas. Pero les prometo que volveremos en unas pocas horas. Revisaremos con ustedes todo el plan para la cita del parque, y les explicaremos exactamente qué estamos haciendo. Tan pronto como nos vayamos, voy a llamar para que coloquen vigilancia ahora mismo. Todo estará en su lugar con bastante antelación a la cita. Estamos en esto.

Carolyn Rainey se levantó y la sorprendió dándole un fuerte abrazo. Hizo lo mismo con Ray. Tim Rainey inclinó la cabeza cortesmente a ambos. Keri estaba segura de que el breve paréntesis en medio de su angustia se había desvanecido y de nuevo se hallaba inmerso en su permanente estado de crisis.

Comprendía la posición de él mejor que ningún otro y sabía que tratar de hablar con él era un desperdicio de tiempo. Su hija estaba perdida. Él estaba enloqueciendo. Solo que lo hacía de una manera más silenciosa que la mayoría.

Mientras se marchaban, Ray musitó por lo bajo:

—Será mejor que la encontremos rápido. Si no lo hacemos, me preocupa que su papá sufra un ataque.

Keri quería discrepar, pero no podía. Si ella hubiera recibido una carta como esa cuando Evie fue raptada, podría haber perdido la cordura literalmente. Pero los Rainey tenían algo a favor, aunque no lo supieran. Tenían a Keri.

—Entonces encontremosla rápido —dijo.




CAPÍTULO CINCO


—Se los estoy diciendo, es solo una tapadera —gritó indignado el Detective Frank Brody—. Toda esa cháchara sobre el Señor y los mecanismos es solo para despistarnos. ¡Este tipo es un estafador, nada más y nada menos!

La sala de conferencias de la estación era una masa de voces ruidosas y coléricas y estaba empezando a molestar a Keri. Sentía la tentación de gritarles a todos que se callaran, pero la dolorosa experiencia le había enseñado que algunas de estas personas necesitaban desgastarse antes de que algo útil pudiera ser logrado.

Brody, un veterano de la unidad de la vieja escuela, a menos de un mes de su retiro, estaba convencido de que la carta era una farsa. Como de costumbre, tenía algo de salsa en su camisa, a la que, metida bajo la pretina, le faltaba un botón, lo que dejaba expuesta su gran barriga. Como de costumbre, pensaba Keri, mostraba mayor interés en ser ruidoso que en estar acertado.

—Tú qué sabes —le increpó a su vez la Oficial Jamie Castillo—. Solo quieres tener razón porque eso hace el caso más fácil de comprender.

Castillo no era todavía detective, pero debido a su competencia y entusiasmo, se había convertido, en la práctica, en un miembro junior de la unidad, casi siempre asignada a los casos. Y a pesar de su estatus de junior, no era una frágil florecilla.

Ahora mismo, sus ojos oscuros chispeaban y su cabello negro, recogido hacia atrás en una cola de caballo, se bamboleaba hacia arriba y hacia abajo siguiendo la animación de sus réplicas. Sus brazos musculosos y su constitución atlética estaban tensos debido a la frustración.

—Ninguno de nosotros es experto en esta clase de cosas —insistió el Detective Kevin Edgerton—. Necesitamos traer al psicólogo policial.

A Keri no la sorprendía que Edgerton quisiese seguir esa ruta. Alto y delgado, con los cabellos castaños siempre revueltos, era un genio de las computadoras que sabía los detalles y secretos de cada cosa, desde un teléfono inteligente a una red de servidores. Pero sin haber llegado a los treinta años, no siempre confiaba en sus instintos cuando se trataba de cosas con soluciones menos claras y precisas. Era parte de su naturaleza inclinarse ante la experticia, si ella estaba disponible.

El problema era que Keri no creía que un psicólogo policial tendría una mejor percepción de la carta que el resto de ellos. Cualquier conclusión a la que llegara solo sería una conjetura. Si ese era el caso, ella confiaba en sus propias conjeturas más que en las de otros.

El Teniente Hillman levantó sus manos para pedir calma y silencio. Para sorpresa de Keri, todos obedecieron.

—Envié una copia de la carta a la casa del Dr. Feeney. Él ahora la está viendo. Probablemente pronto tengamos una respuesta. Mientras tanto, ¿alguna otra reflexión, Sands?

Ray había estado sentado en silencio, pasándose la mano por la coronilla de su calva, escuchándolo todo. Desde su ángulo, Keri podía ver con claridad el reflejo de las luces de la estación en el ojo de vidrio izquierdo, que había reemplazado el que había perdido boxeando. Él levantó la vista y ella pudo asegurar cuál era su posición antes de que siquiera hablase.

—Me inclino a estar de acuerdo con Frank. La carta es tan fuera de lote que es difícil de creer. Todo es tan exagerado. Excepto la parte acerca de querer el dinero y adónde llevarlo. Esa sección es completamente directa; bastante conveniente, si me lo preguntan. Con todo...

—¿Qué? —preguntó Hillman.

—Bueno, no estoy seguro de si esto hace alguna diferencia. Sabemos muy poco y no tenemos mucho tiempo. Sin importar si es un sicópata o un estafador, en pocas horas hay una cita con él para una entrega.

—No sé si puedo coincidir —dijo finalmente Keri. No le gustaba contradecir en público a su pareja bajo cualquier circunstancia, y menos ahora cómo estaban las cosas entre ellos. Pero no se trataba de ello ese momento. Se trataba del trabajo y de encontrar a esta niña. Keri nunca antes se había mordido la lengua con respecto a un caso, y no iba a empezar ahora, sin importar las cosecuencias personales.

—Miren, no tengo certeza de si este sujeto es un falso o lo que dice lo dice de verdad. Pero creo que importa lo que es cierto. Si está simulando ser alguna clase de fanático religioso, y hace todo esto por dinero, lo prefiero. Porque entonces esto es una transacción para él y no algo personal. Y ese escenario es mucho más predecible. Significa que es más probable que aparezca. Y que es más que una prioridad para él mantener viva a Jessica.

—Pero no lo crees —dijo Ray, probando que la conocía tanto como ella lo conocía a él.

—Soy escéptica. Creo que es posible que la parte del dinero fue directa porque él no creía realmente en ello, y solo estaba diciendo lo que se supone debe ir en una nota de rescate. ¿Qué pasa si esa es la parte falsa y la real es toda la parte loca? Lo que quiero decir es que el contraste entre ambas secciones es tan dramático como ridículo. El lenguaje ‘sobrecalentado’ es donde parece estar su pasión.

—Parece estar —interrumpió Brody. Keri se recordó a sí misma mantener la serenidad. El pre-jubilado la estaba hostigando, esperando sacarla de sus casillas para hacer su argumentación menos creíble. Asintió de manera cortés y prosiguió.

—Sí, Frank, parece estar. No pretendo saber todo con certeza. Pero todo este discurso de liberarla de su propio espíritu maligno, de la maquinaria del Señor, es bastante detallado, como si hubiera desarrollado alguna especie de liturgia personal para reflejar su propia y deformada religión —una donde él tiene el control, como si fuera el Papa de su fe demencial. Y si esto es cierto, tenemos un problema mucho más grande.

—¿Cómo así? —preguntó Edgerton.

—Porque si todo esto es verdaderamente acerca de limpiar espíritus y agradar a su deidad, entonces a él en realidad no le interesa el dinero. Podría ser solo una forma de justificar ante sí mismo el secuestro, en términos sociales. Él se dice a sí mismo que es por dinero para poder funcionar con alguna especie de normalidad. Pero muy en el fondo, él sabe que es solo una excusa, que la verdadera razón por la que se la llevó es más profunda y oscura.

—Así que, Locke —dijo Hillman—, ¿estás sugiriendo que este sujeto libra una lucha interna y que el dinero es solo una forma de esconderse a sí mismo lo que realmente quiere hacerle a la niña?

—Quizás.

—Me parece mucha conjetura —dijo—. Aparte del lenguaje que empleó, ¿qué tienes para apoyar tu teoría?

—No es solo el lenguaje, Teniente. El solo hecho de que haya ofrecido regresarla, para permitir que su propio padre la purificara, sugiere que podría estar tratando de luchar con esta cosa, que está tratando de encontrar una ‘salida’, una forma de liberarla del demonio que no sea asesinándola.

Calló y miró en derredor los rostros de sus compañeros de trabajo, que eran una mezcla de escepticismo y genuina intriga. Incluso Hillman parecía estarlo reconsiderando.

—O podría andar tras el dinero y tu jerigonza esotérica está tan repleta de basura como él —dijo Brody de manera desdeñosa. Su comentario pareció sacar la buena disposición de la habitación y Keri sintió que cada quien se retiraba a su rincón de seguridad.

—¡Eres un Neandertal! —dijo Castillo, disgustada.

—¿Sí? —escupió él a su vez— Creo que podrías beneficiarte de una buen arrastre por los cabellos.

—¿Quieres ir ahora mismo, viejo? —dijo Castillo, dando un paso hacia él— Patearé tu trasero de ballena varada en la playa de regreso al océano

—¡Suficiente! —gritó Hillman— Tenemos que salvar a una niña de doce años y no tenemos tiempo para esta basura. Y Brody, otro comentario sexista como ese y retendré tu paga por el resto de tu jodida carrera, así solo sea un mes, ¿me has entendido?

Brody cerró su boca muy a su pesar. Castillo se veía como si todavía no hubiera terminado, así que Keri puso su mano sobre el hombro de ella y se la llevó lejos.

—Déjalo, Jamie —musitó por lo bajo— El tipo está a solo un burrito de un ataque cardíaco. No querrás que te culpen cuando se desplome.

Castillo rió suavemente a pesar de su enojo. Iba a replicar cuando el Detective Manny Suárez entró en la habitación. No había mucho que ver en Manny, con su barba de tres días, sus rollitos de grasa, y sus ojos de párpados caídos que le recordaban a Keri al enano Dormilón. Pero era un duro y capaz detective. Y lo más importante en ese momento, regresaba de la oficina FedEx donde la nota de rescate había sido dejada. Keri esperaba que tuviera buenas noticias.

—Dame algo bueno —dijo Hillman.

Suárez meneó su cabeza al tomar asiento ante la mesa de la sala de conferencias y sacar un único recibo del sobre manila que cargaba. Lo tiró sobre la mesa.

—Esto es todo —dijo—. Esta es la única pieza de significativa evidencia que pude colectar en la tienda FedEx. Tiene la hora y la fecha de la compra, que fue pagada en efectivo. Eso es todo.

—¿No había vídeos de seguridad que pudieran coincidir con la hora de la compra? —preguntó Hillman.

—Los hay, pero son prácticamente inútiles. El vídeo del exterior del lugar muestra a alguien llegando a pie. Pero esa persona viste una amplia sudadera con una capucha y gafas de sol. La he hecho circular, pero no será de mucha ayuda. Es difícil decir incluso si es hombre o mujer.

—¿Qué hay acerca del interior de la tienda FedEx? —preguntó Castillo.

Suarez sacó del sobre una segunda hoja de papel y la puso sobre la mesa también. Se veía como una foto, pero era básicamente blanca con negro a lo largo de los bordes.

—Esta es una foto fija de la cámara interior —dijo—. Se ve como que tenía puestas gafas de sol de refracción láser que blanquearon cualquier cosa en la pantalla. Así es como se ve el vídeo todo el tiempo que la persona está allí.

—Eso es tecnología de punta —observó Edgerton, impresionado—. Usualmente ese tipo de cosas solo son usadas en robos de alta gama.

—¿Qué hay con las otras cámaras? —preguntó Ray— Las que no miró directamente.

—No fueron afectadas. Pero el sospechoso se paró convenientemente fuera del alcance de cada una de ellas. Es como si, sabiendo exactamente dónde estaría cada cámara las hubiese evadido todas, excepto la que está justo al lado de la caja. Y esa fue la que quedó blanqueada.

—¿Asumo que evitó también toda cámara exterior al salir? —supuso— ¿Ninguna oportunidad de que haya caminado a su auto y podamos conocer la marca o la matrícula?

—Ninguna —confirmó Suárez—. Lo tenemos caminando hasta doblar la esquina. Pero la dirección que tomó lleva a una cuadra industrial donde ninguno de los negocios tienen cámaras. Puede haber ido a cualquier lado desde allí.

—Odio sumar algo a la pila —añadió Edgerton, mientras estudiaba la portátil que tenía al frente—. pero tengo más malas noticias. El morral y el teléfono de Jessica no arrojaron nada. Escena del Crimen acaba de enviarme un correo, para decir que no encontraron ninguna huella no esperada.

El celular del Teniente Hillman repicó, pero él le indicó a Edgerton que continuara mientras salía de la sala a atender la llamada. Kevin prosiguió donde se había quedado.

—Y he estado corriendo un programa usando su tarjeta SIM para encontrar cualquier actividad sospechosa. Acaba de finalizar. Pero no hay nada fuera de lo ordinario. Cada llamada que hizo o recibió en los últimos tres meses es de su familia o amigos.

Keri y Ray intercambiaron una mirada silenciosa. Ni siquiera la tensión entre ellos podía socavar la preocupación compartida de que este caso se estaba complicando con rapidez.

Antes de que nadie pudiera responder a Edgerton, Hillman entró de nuevo. Keri tuvo la certeza, por la expresión de su cara, de que venían más malas noticias.

—Era el Dr. Feeney —dijo—. Él también acepta la teoría del estafador. Piensa que este sujeto está simulando toda la parte loca y solo quiere el dinero.

Grandioso. Cada pista que tenemos no ha ido a parar a ningún lado y ahora el consenso de la unidad es que este sujeto es solo el secuestrador de costumbre.

Keri no podía explicarlo, ni siquiera a sí misma. Pero sus instintos le estaban diciendo que el consenso estaba peligrosamente equivocado, que este secuestrador era algo completamente distinto. Y ella temía que si no se colocaban pronto en el sendero correcto, Jessica Rainey pagaría el precio.




CAPÍTULO SEIS


Mientras los minutos que antecedían a la entrega pasaban. Keri trató de ignorar el creciente pinchazo de ansiedad en su estómago. El tiempo se agotaba y Keri sentía que perdía opciones con rapidez. Se ordenó a sí misma no perder la esperanza, y recordar que Jessica estaba allá afuera, en algún lugar, esperando desesperadamente que alguien la encontrara.

Ya que la oficina de FedEx y el morral y el celular de Jessica fueron callejones sin salida, el equipo comenzó a seguir opciones menos relativas al caso, y por tanto menos prometedoras.

Edgerton puso los parámetros del caso en una base de datos federal para ver si había algún registro de secuestros similares. Los resultados saldrían pronto, pero sacar algo de los mismos llevaría tiempo.

También introdujo la nota de rescate en el sistema, con la remota posibilidad de que el lenguaje coincidiera en alguna medida con los de cartas anteriores. Era una apuesta arriesgada. Si una carta así de extraña había sido enviada antes a alguien, estaban seguros de que habrían escuchado acerca de ella.

Suárez estaba mirando una lista de ofensores sexuales que vivieran en la zona para ver si alguno de ellos tenía un registro de este tipo de crimen. Castillo se había ido al parque a preparar la vigilancia. Brody había dejado la estación, afirmando que iba a hablar con algunos de sus informantes de la calle. Keri sospechaba que solo había salido a comer algo.

Ella y Ray examinaron los archivos de casos antiguos, buscando cualquier caso viejo o no resuelto que coincidiera con el de Jessica. Era posible que este fuera el trabajo de alguien que estuviera de regreso en las calles luego de un largo lapso en prisión. Si esa era la situación, sería anterior al tiempo en la fuerza de cualquiera de ellos y no recordarían los detalles. Ninguno de ellos creía que el ejercicio arrojaría frutos, pero no sabían qué otra cosa hacer.

Al cabo de más de una hora sin éxito salieron. Eran casi las 10 p.m. y ella y Ray iban de regreso a la casa de los Rainey. Era la misma ruta que habían tomado esa mañana, cuando todo había sido normal, justo hasta el momento cuando él le propuso una cita. Ambos estaban conscientes del hecho, pero estaban demasiado atareados para permitir que eso se cruzara en su camino por los momentos.

Mientras conducía, Ray estaba al teléfono hablando con el Detective Garrett Patterson, todavía en la estación para coordinar la vigilancia del sitio de la entrega, el Parque Chace.

Patterson, un hombre callado, libresco, en la treintena, era un experto en tecnología como Edgerton. Pero a diferencia de su colega más joven, Patterson parecía contentarse con los detalles más nimios de los casos. Adoraba actividades como examinar registros telefónicos y comparar direcciones IP, tanto que ello le había ganado el apodo de Trabajo Laborioso, cosa que no le molestaba para nada.

Patterson no era la clase de detective que iba a hacer saltos instintivos de deducción, pero se podía contar con él para instalar todo un perímetro de vigilancia electrónica y de vídeo que fuese tan efectivo como indetectable.

—Están preparados —le dijo Ray al colgar—. El equipo de vigilancia está en su lugar. Manny se dirige ahora a la casa del jefe de Rainey, para acompañarlo a él y al dinero al puesto de comando remoto en la van situada en el centro comercial Waterside.

—Grandioso —dijo Keri—. Mientras hablabas, tuve una idea. Tengo un amigo que conozco de cuando vivía en la casa bote en la marina. Tiene un velero y apuesto a que él nos llevaría para poder observar la zona de entrega desde el agua. ¿Qué dices?

—Digo que lo contactes —dijo Ray—. Mientras más ojos podamos poner en la zona de entrega sin ser notados, mejor.

Keri texteó a su amigo, un apergaminado y viejo marinero llamado Butch. En realidad era menos un amigo que un eventual compañero de bebida a quien le gustaba el escocés tanto como a ella. Luego de perder a Evie, su matrimonio, y su trabajo, en rápida sucesión, había comprado una destartalada casa bote en la marina y vivido allí varios años.

Butch era un hombre amistoso, jubilado de la Armada a quien le gustaba llamarla “Copper”, no le hacía preguntas sobre su pasado, y estaba feliz de intercambiar historias profesionales de guerra con ella. En ese tiempo, esa era exactamente el tipo de compañía que estaba buscando. Pero desde que se había mudado de la marina a su apartamento, y significativamente reducido el consumo de alcohol, no se habían visto mucho en tiempos recientes.

Aparentemente no albergaba resentimiento alguno puesto que ella recibió casi de inmediato un texto que rezaba: “no hay problema - nos vemos, Copper”.

—Somos buenos —le dijo a Ray, luego dejó que su mente vagara hacia algo que la había estado devorando. No se dio cuenta del tiempo tan largo que había permanecido en silencio hasta que Ray irrumpió en sus pensamientos.

—¿Qué pasa, Keri? —preguntó Ray con expectación— Puedo asegurar que estás dándole vueltas en tu cabeza a alguna pista.

Una vez más Keri se maravilló de que él pareciera capaz de leer su mente.

—Es solo la entrega. Algo acerca de eso me está molestando. ¿Por qué este hombre, asumiendo que es un hombre, nos da el sitio con tanta antelación? Debe saber que si los Rainey nos contactaron, tendríamos horas para hacer exactamente lo que estamos haciendo —establecer un perímetro, instalar la vigilancia, juntar personal. ¿Por qué darnos la ventaja? Entiendo que exija el dinero desde temprano, y así darles tiempo para que lo reúnan, pero si fuese yo, llamaría a las once cuarenta y cinco p.m. para revelar el sitio de la entrega y diría que la reunión era a la medianoche.

—Buena pregunta —convino él—, y encaja con tu sospecha de que a él no le importa el dinero.

—No quiero extenderme en detalles, pero realmente creo que no —dijo.

—Entonces, ¿qué crees que le importa? —preguntó Ray.

Keri había estado sopesando esto en su cabeza y estaba feliz por la oportunidad de compartirlo en voz alta.

—Quienquiera que sea este sujeto, creo que tiene una fijación con Jessica. Siento que la conoce o al menos se ha encontrado con ella. Él la ha estado observando.

—Eso encaja. Todo sugiere que ha estado planeando esto desde hace rato.

—Exactamente. Esas gafas de sol especiales que usó FedEx, el saber dónde estaban las cámaras, secuestrarla a la hora perfecta cuando ella estaba fuera de la vista de la escuela, pero todavía no estaba a la vista de su madre, en una parte del vecindario donde ninguno de los vecinos tenía cámaras de seguridad en el exterior. Todas estas son señales de alguien que ha estado trabajando en esto por un largo tiempo.

—Eso tiene sentido. Pero el oficial de seguridad en la escuela no consiguió nada entre el personal. Lo verifiqué de nuevo en la estación. Ninguno de los maestros tenía registros más allá de multas de estacionamiento.

—¿Qué hay del personal de mantenimiento o los conductores de autobús?

—Son empleados a través de compañías externas. Pero todo el que tiene contacto con la escuela debe pasar una verificación de sus antecedentes. Podemos repasar la lista de nuevo. Pero el sujeto fue bastante cuidadoso.

—Okey, entonces, ¿qué hay acerca de los empleados en negocios a lo largo de la ruta de la bici, u obreros en una casa en construcción en las cercanías —personas que la verían todos los días y estuviesen familiarizados con su rutina y tengan un registro?

—Esas son buenas pistas que podríamos seguir en la mañana. Pero aspiro a que capturemos a ese sujeto esta misma noche y nada de eso sea necesario.

Pararon en la casa de los Rainey y advirtieron la presencia de un auto policial estacionado lejos, bajando la cuadra. Se le había instruido para que no estacionara demasiado cerca de la casa por si acaso el secuestrador pasaba por allí. Caminaron hasta la puerta y tocaron. Un oficial la abrió de inmediato y ellos pasaron.

—¿Cómo han estado? —le preguntó Ray en voz baja.

—La mamá ha pasado la mayor parte del tiempo con el pequeño, intentando mantenerlo ocupado —respondió el oficial.

—Y mantenerse ella misma ocupada —añadió Keri.

—Eso creo —convino el oficial—. El papá ha estado mayormente callado. Ha pasado mucho tiempo estudiando el plano del parque en su portátil. Nos ha estado haciendo toda clase de preguntas acerca de nuestra vigilancia, para la mayoría de las cuales no tenemos respuestas.

—Okey, gracias —dijo Ray—. Esperemos poder brindarle unas pocas.

Como dijo el oficial, Tim Rainey estaba sentado ante la mesa de la cocina, con un mapa de Google del Parque Burton Chace en la pantalla de su portátil.

—Hola, Sr. Rainey —dijo Keri—. Tenemos entendido que tiene algunas preguntas.

Rainey levantó la vista por un momento, pareciendo reconocerlos vagamente. Luego sus ojos lograron enfocarlos y asintió.

—En realidad tengo muchas.

—Adelante —dijo Ray.

—Okey. La nota decía que no contactara a las autoridades. ¿Cómo van a mantenerse sin ser vistos?

—Primero, hemos colocado cámaras ocultas por todo el parque —respondió Ray—. Estaremos en capacidad de monitorearlas remotamente desde una van en un estacionamiento cercano. Además, el parque está poblado de personas en situación de calle y hemos vestido de esa forma a una oficial para ponerla allí. Lleva allí varias horas para no levantar las sospechas de los demás. Tendremos gente en el Club de Yates Windjammers que está al lado, observando desde un segundo piso con vidrios entintados. Uno de ellos es un francotirador.

Keri vio que los ojos de Tim Rainey se agrandaban, pero no dijo nada mientras Ray proseguía.

—Tendremos un drone disponible pero no lo usaremos a menos que sea absolutamente necesario. Es casi silencioso y puede operar hasta ciento setenta metros de altura. Pero no queremos correr riesgos con eso. En total, tendremos casi una docena de oficiales fuera del sitio, pero a sesenta segundos de la ubicación, para asistirle si las cosas se complican. Eso incluye a la Detective Locke y a mi persona. Estaremos en un bote civil en la marina, suficientemente lejos para observar los eventos a través de binoculares. Para esto hemos pensado en todo, Sr. Rainey.

—Okey, eso es obvio. Así que, ¿exactamente qué necesito hacer?

—Me alegra que preguntara —dijo Ray—. Es por eso que hemos venido hasta aquí. ¿Por qué no nos preparamos aquí mismo, ya que tiene el mapa a la vista?

Él y Keri tomaron asiento a cada lado de Rainey y ella se hizo cargo.

—Bien, se supone que usted se encontrará con él en el puente entre las pérgolas en el fondo del parque, cerca del agua. Y eso es exactamente lo que va a hacer —dijo Keri—. El parque mismo estará oficialmente cerrado, así que no puede aparcar en los puestos de estacionamiento. En parte es por eso que probablemente él lo está haciendo a medianoche. Cualquier auto en el estacionamiento se vería sospechoso. Usted aparcará en el estacionamiento público a una cuadra de distancia. Le daremos cambio. Todo lo que tiene que hacer es aparcar, pagar, y caminar hacia la zona de entrega. ¿Tiene todo esto sentido hasta ahora?

—Sí —dijo Rainey—. ¿Cuándo tendré el dinero del rescate?

—Usted irá a recogerlo al centro comercial Waterside cerca del parque.

—¿Qué pasa si el secuestrador está observando?

—Eso está bien —le tranquilizó Keri—. Su jefe será quien se lo entregue, justo enfrente de los cajeros automáticos del Bank of America. Ahora mismo él está siendo escoltado por uno de nuestros detectives. Habrá oficiales en el área, tampoco estarán a la vista, en caso de que el secuestrador intente tomar el dinero entonces.

—¿Están marcando el dinero con alguna especie de localizador GPS?

—Así es —intervino Ray—, y el bolso también. Pero todos los localizadores son muy pequeños. El del bolso será una puntada de la costura. Las marcas colocadas en el dinero son diminutas, adhesivos transparentes en billetes individuales. Incluso si hallara los billetes exactos, las marcas son muy difíciles de ver.

Keri sabía por qué Ray había respondido esa pregunta. Estaba claro por la expresión contrariada de Rainey que no estaba feliz con los localizadores. No lo dijo, pero podían asegurar que estaba preocupado por cuanto los mismos podrían poner a Jessica en riesgo.

Ray había tomado la palabra así que tenía que ser el portavoz de esa indeseable información. De esa manera, la relación de confianza que Keri estaba desarrollando con el ansioso padre no se vería socavada. Keri hizo un imperceptible gesto de gracias dirigido a su pareja. Rainey no pareció notarlo. Podía afirmar que estaba agitado por lo que Ray había dicho, pero no hizo objeción alguna. Pasó a otra cosa.

—Entonces, ¿qué hago ahora? —le preguntó a Keri, evitando adrede mirar a Ray.

—Como dije antes, luego que consiga el dinero del rescate, conduzca hasta el estacionamiento que está a una cuadra del Parque Chace. Luego salga y camine hasta el puente entre las pérgolas. Habrá oficiales en el área, pero usted no los verá. Y no es su trabajo preocuparse por nada de eso. Todo lo que tiene que hacer es ir al puente con el dinero.

—¿Qué sucede cuando él llegue? —quizo saber Rainey.

—Usted va a preguntar por su hija. En teoría, él va a tener la impresión de que usted está solo. Así que no se verá bien que solo le dé el dinero sin protestar. Podría entrar en sospechas. Dudo seriamente que él la traiga consigo. Puede darle una ubicación. Podría decirle que le texteará la ubicación una vez se halle convenientemente lejos. Podría decir que enviará por FedEx la ubicación...

—¿No cree que ella estará allí? —la interrumpió Rainey.

—Mucho me sorprendería. Él estaría cediendo su posición de dominio si la llevara consigo. Su mejor apuesta es mantenerle a usted a la espera para que tema por la seguridad de Jessica, así que necesita prepararse para la posibilidad de que ella no esté allí.

—Comprendo. ¿Qué sigue?

—Después que exprese sus recelos acerca de dejar el dinero, deje el dinero. No trate de negociar algún otro plan con él. No trate de reducirlo por la fuerza. Él podría sobresaltarse. Probablemente estará armado. No queremos nada que cause una confrontación.

Tim Rainey asintió con renuencia. A Keri no le gustó su actitud y decidió que necesitaba ser más enérgica.

—Sr. Rainey. Necesito su promesa de que no hará ninguna tontería. Nuestra mejor apuesta es o que él le diga donde hallar a su hija o que se la devuelva después de la entrega. Incluso si no le dice nada, no entre en pánico. Lo rastrearemos. En el momento adecuado, lo aprehenderemos. Si toma el asunto en sus manos, podría terminar muy mal para usted y para Jessica. ¿Estamos claros con respecto a eso, señor?

—Sí. No se preocupe. No voy a hacer nada que ponga en riesgo a Jessica.

—Por supuesto que no —dijo Keri con un tono tranquilizador a pesar de sus dudas— Lo que usted hará es completar la entrega, regresar a su auto, y conducir hasta acá de regreso. Manejaremos cualquier cosa que surja, ¿de acuerdo?

—¿Me pondrán ustedes un micrófono? —preguntó, sin responderle directamente.

—Sí —dijo Ray, interviniendo de nuevo—, y una cámara diminuta también. Ninguno sera distinguible, especialmente de noche. Pero la cámara puede ayudarnos a identificarlo. Y el audio nos permitirá saber si usted está en peligro.

—¿Estaremos en capacidad de comunicarnos?

—No —le dijo Ray—. Quiero decir, obviamente seremos capaces de escucharlo. Pero darle un audífono sería arriesgado. Él podría verlo. Y queremos que permanezca concentrado en lo que usted necesita hacer.

—Una cosa más —añadió Keri—. Existe la posibilidad de que no se presente en lo absoluto. Podría espantarse y echarse para atrás. Él podría ni siquiera intentar venir. Esté preparado para eso también.

—¿Cree que eso es lo que va a suceder? —preguntó Rainey. Era claro que nunca había considerado la posibilidad.

Keri le dio la respuesta más honesta que pudo formular.

—No tenemos absolutamente ninguna idea de lo que va a suceder. Pero estamos a punto de averiguarlo.




CAPÍTULO SIETE


Keri pensó que podía estar enferma. Era casi gracioso. Después de todo, había vivido flotando en una casa bote durante varios años. Pero flotar en un velero en el mar abierto del canal, sosteniendo unos binoculares pegados a los ojos por largos lapsos de tiempo era otra cosa.

Butch había ofrecido fondear el Pipsqueak, pero tanto a Keri como a Ray les preocupaba que un bote estacionado en el agua podría levantar sospechas. Por supuesto, un bote que navegaba para atrás y para adelante sin motivo alguno no era mucho mejor.

Al cabo de quince minutos de eso, Butch sugirió que se quedaran cerca del muelle que estaba frente al parque, cruzando el canal, donde al menos los otros botes les harían destacar menos. Keri, sin la certeza de poder contener la náusea por más tiempo, acogió de inmediato la sugerencia.

Hallaron un puesto desocupado y se quedaron allí mientras la medianoche se acercaba. La mordiente brisa invernal aullaba allá fuera. Sentada en la pequeña banca cerca de la ventana, Keri podía escuchar el sonido del agua azotando ruidosamente el casco. Lo acogió en su seno, intentando acompasar su respiración a ese ritmo. Sintió que el nudo en su estómago comenzaba a desatarse y el sudor de su frente comenzó a aliviarse un poco.

Eran las 11:57 p.m. Keri llevó los binoculares a sus ojos de nuevo y miró a través del canal hacia el parque. Ray, un metro más allá, estaba haciendo lo mismo.

—¿Ven algo? —preguntó Butch desde arriba—. Le excitaba ser parte de una operación policial y le estaba resultando difícil ocultarlo. Esto era probablemente la cosa más emocionante que le había sucedido en años.

Era el mismo tipo apergaminado que ella recordaba, con la piel curtida por la intemperie, la mata despeinada de cabellos blancos, y el sempiterno tufo de alcohol en su aliento. Bajo circunstancias normales, operar un bote en su condición era una violación. Pero ella estaba dispuesta a dejarlo pasar considerando la situación.

—Algunos árboles bloquean parcialmente la vista —respondió ella en voz baja pero audible—, y es difícil ver por el reflejo de la ventana, incluso con las luces apagadas aquí abajo.

—No puedo hacer nada con respecto a los árboles —dijo Butch—, pero ya sabes, las ventanas se abren parcialmente.

—No lo sabía —admitió ella.

—¿Cuánto tiempo viviste en ese bote? —preguntó Ray.

Keri, felizmente sorprendida de que él estuviera dispuesto a bromear a su costa, le sacó la lengua antes de añadir:

—Aparentemente no lo suficiente.

Una voz emanó de sus radios, interrumpiendo el momento de mayor naturalidad que habían tenido en todo el día. Era el Teniente Hillman.

—Todas las unidades prevenidas. Esta es la Unidad Uno. El mensajero tiene la carga, ha estacionado, y va a pie en ruta a su destino.

Hillman era una de las personas apostadas en el segundo piso del Club Windjammers, que tenía una ventajosa vista de gran parte del parque, incluyendo el puente. Estaba usando términos no específicos, asignados de antemano a todos los involucrados, para evitar compartir demasiada información a través de las líneas de comunicación, que siempre parecían estar intervenidas por ciudadanos curiosos a quienes les gustaba escuchar el tráfico policial. Rainey era el mensajero. La bolsa de dinero era la carga. El puente era el destino. El secuestrador sería llamado el sujeto y Jessica sería el activo.

—Esta es la Unidad Cuatro. Puedo ver el destino —dijo Keri, encontrando por fin un ángulo con una clara visión del puente—. No hay nadie visible en la cercanías.

—Esta es la Unidad Dos —se escuchó la voz de la Oficial Jamie Castillo, que estaba desempeñando el rol de la mujer indigente en el parque—. El mensajero acaba de pasar por mi ubicación al oeste del edificio comunitario, cerca del café. Las únicas otras dos personas que veo son individuos en situación de calle. Ambos han estado aquí toda la tarde. Ambos parecen estar durmiendo.

—No le quites el ojo a esos individuos, Unidad Dos —dijo Hillman—. No sabemos cómo es el sujeto. Cualquier cosa es posible.

—Copiado, Unidad Uno.

—Espero que ustedes, muchachos, puedan escucharme —el susurro nervioso de Tim Rainey salía con fuerza gracias al micrófono que tenía en el cuello—. Estoy en el parque y me dirijo al puente.

—Uff —musitó Ray por lo bajo— ¿Vamos a tener un reporte continuo de este tipo?

Keri le frunció el ceño.

—Está nervioso, Ray. No seas duro con él.

—Todas las unidades prevenidas. Este es el puesto de mando —dijo Manny Suárez desde la van, en el estacionamiento del centro comercial, que servía como puesto de mando móvil—. Tenemos ojos en toda el área y no hay movimiento a estas alturas aparte del mensajero, que está a cuarenta y cinco metros de su destino.

Keri miró su reloj: 11:59 p.m. En la distancia escuchó el motor de un bote en el extremo opuesto del canal principal de la marina. Leones marinos, a quienes les gustaba tomar baños de sol en los muelles durante el día, se llamaban entre sí. Aparte de eso, el viento, y las olas, todo estaba silencioso.

—Movimiento a lo largo de Mindanao Way acercándose al parque —se escuchó de una voz desconocida, agitada.

—Identifique su unidad —bramó Hillman—, y no use nombres propios.

—Lo siento, señor. Esta es la Unidad Tres. Hay un vehículo aproximándose al parque por... la calle que llega hasta él. Parece ser una motocicleta.

Keri se dio cuenta de quién era la Unidad Tres—el Oficial Roger Gentry. Los Ángeles Oeste no era la división más grande del Departamento de Policía de Los Ángeles y tenían escasez de personal disponible a esta hora, así que Hillman había convocado a todo oficial sin asignación y eso incluía a Gentry. Era un novato, con menos de un año en el trabajo, más o menos lo mismo que Castillo, pero con menos confianza o, aparentemente, capacidad.

—¿Alguien más ve algo? —preguntó Hillman.

—¿Puede alguien más oír eso? —preguntó Tim Rainey con voz demasiado alta, aparentemente olvidando que nadie podía responderle— Suena como que alguien viene.

—Esta es la Unidad Dos —dijo Castillo desde su refugio provisional, cerca del centro comunitario— Puedo verlo. Es una motocicleta. No puedo identificarla desde mi ubicación, pero es pequeña, una Honda, creo. Solo el conductor. Ha ingresado al parque y está rodando por el borde sur del camino de servicio en dirección al destino del mensajero.

Keri vio la moto también, acelerando a lo largo del camino de servicio que bordeaba el límite del parque cerca del agua. Volvió su atención a Tim Rainey, que estaba parado, tieso, en la mitad del puente, con la mano derecha asiendo fuertemente la bolsa.

—Esta es la Unidad Uno —anunció Hillman—. Tenemos el rifle a disposición, preparado para dar apoyo. ¿Alguien tiene una visión actualizada del vehículo?

—Esta es la Unidad Cuatro —dijo Ray—. Tenemos una visual. El conductor solitario está viajando a unos ochenta kilómetros por hora a lo largo del borde del camino de servicio. El vehículo está doblando a la derecha, eso es el norte, en dirección al destino.

—Creo que es alguien en una motocicleta —dijo Tim Rainey—. ¿Puede alguien decir quién es? ¿Es el sujeto? ¿Tiene a Jess?

—Unidad Cuatro, esta es la Unidad Uno —dijo Hillman, ignorando la charla de Rainey—. ¿Ven algún armamento? Rifle, listo.

—Rifle listo —se oyó la voz del francotirador junto a Hillman, en la habitación del segundo piso del club de yates.

—Esta es la Unidad Cuatro —contestó Ray—. No veo ningún arma. Pero mi visual está comprometida por la oscuridad y la velocidad del vehículo.

—Rifle, a mi señal —dijo Hillman.

—A su señal —replicó con calma el francotirador.

Keri observó al conductor de la moto pisar los frenos y hacer una súbita, dramática figura de caballito, levantando la rueda delantera. Cuando esta pisó de nuevo el camino, el conductor forzó la moto en un ajustado círculo, dando tres vueltas antes de salir de allí y acelerando de regreso por donde vino.

—Esta es la Unidad Cuatro —dijo con rapidez—. En descanso. Repito, recomiendo que el Rifle adopte posición de descanso. Creo que tenemos un sujeto que se divierte conduciendo a altas horas de la noche.

—Rifle, en descanso —ordenó Hillman.

Ciertamente, la moto continuó por la ruta por donde había venido, a través del camino de servicio, y cruzó el estacionamiento del parque. Ella lo perdió de vista cuando regresó a Mindanao.

—¿Quién tiene ojos en el mensajero? —preguntó con urgencia Hillman.

—Esta es la Unidad Cuatro —continuó Keri—. El mensajero está agitado pero ileso. Está parado allí, sin saber cómo proceder.

—Francamente, yo tampoco —admitió Hillman—. Solo mantengámonos en alerta, señores. Eso puede haber sido un señuelo.

—¿Viene alguien a buscarme? —preguntó Rainey, como en respuesta a Hillman. ¿Debo solo permanecer aquí? Asumo que debo permanecer aquí a menos que oiga otra cosa.

—Dios, ojalá se callara —musitó Ray, poniendo su mano sobre el micrófono para que solo Keri y Butch pudieran escucharlo. Keri no respondió.

Al cabo de unos diez minutos, Keri vio a Rainey, todavía de pie en la mitad del puente, revisar su teléfono.

—Espero que puedan escucharme —dijo—. Acabo de recibir un texto. Dice: ‘Al involucrar a las autoridades, has traicionado mi confianza. Has sacrificado la oportunidad de redimir a la niña pecadora. Yo debo determinar ahora si remuevo yo mismo el demonio o perdono tu insubordinación y te doy una oportunidad más para que purifiques su alma. Su destino estaba en tus manos. Ahora está en las mías’. Él sabía que ustedes estaban aquí. Todo su elaborado plan fue para nada. Y ahora no tengo idea de si él me contactará de nuevo. ¡Quizás han matado a mi hija!

Gritó la última frase, con la voz resquebrajándose por la furia. Keri pudo escuchar su voz que llegaba hasta la marina aunque también se dejaba oír en la radio. Lo vio caer de rodillas, soltar la bolsa, llevarse las manos a la cara, y comenzar a sollozar. Sintió su dolor de una manera íntima, familiar.

Era el grito angustiado de un padre que creía que había perdido a su hija para siempre. Lo reconoció porque ella había llorado de la misma forma cuando su propia hija fue raptada y ella no pudo hacer nada para impedirlo.

Keri se dio prisa en salir de la cabina del bote y llegar justo a tiempo al puente para vomitar, por la borda, en el océano.




CAPÍTULO OCHO


Jessica Rainey movió los dedos de sus manos para impedir que se durmieran otra vez. Estaban atadas detrás de su espalda, aseguradas al tubo sobre el que estaba reclinada en posición sedente. El piso era de asfalto, duro y frío. La única luz fluorescente que colgaba del techo destellaba de manera intermitente, haciendo imposible conciliar el sueño.

No estaba segura de cuánto tiempo había pasado en este lugar, pero sabía que había sido suficiente como para que el día diera paso a la noche. Podía asegurarlo gracias a las diminutas grietas en la pared que dejaban pasar la luz del sol. Ahora no había luz.

Al principio no había notado las grietas. Cuando despertó, todo lo que hizo fue gritar y tratar de liberarse. Gritó pidiendo ayuda. Gritó llamando a sus padres. Gritó incluso llamando a su hermano pequeño, Nate, aunque él no hubiera podido ayudarla.

Tiró además tan duro de las ataduras en sus muñecas que al mirar hacia atrás, pudo ver que, allí donde las mismas se habían enterrado en su piel, había gotas de sangre que caían al suelo.

Fue más o menos por entonces cuando advirtió que no llevaba su propia ropa. Alguien se la había quitado y la había reemplazado con un vestido sin mangas que llegaba hasta sus rodillas. Era a todas luces de manufactura casera, con costuras desiguales.

Además, se sentía áspero y rasguñaba, como si hubiera sido hecho con sacos de arpillera. Si no estuviera tan adolorida, toda su atención hubiera estado puesta en el intenso picor que sentía. Rehusó pensar en cómo había pasado de una vestimenta a la otra.

Tras agotarse de tanto gritar y tironear, además de esfumarse la adrenalina de su organismo, intentó acordarse de lo que le había sucedido. La última cosa que podía recordar era que conducía su bici colina arriba en Rees Street, cuando de pronto sintió un agudo dolor en su espalda. Se sintió como la descarga eléctrica que a veces recibía al tocar el picaporte de una puerta metálica después de caminar por una alfombra, solo que cientos de veces peor.




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