Una Vez Atraído 
Blake Pierce


Un Misterio de Riley Paige #4
¡Una obra maestra del género de thriller y misterio! El autor hizo un buen trabajo desarrollando a los personajes con un lado psicológico. Los describe tan bien que sientes que estás en sus mentes, sigues sus temores y te alegras por sus éxitos. La trama es muy inteligente y el libro te mantendrá entretenido de principio a fin. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Opiniones de libros y películas, Roberto Mattos (Una vez desaparecido) UNA VEZ ANHELADO es el libro #3 de la serie exitosa de misterio de Riley Paige, que comienza con UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1), ¡una descarga gratuita! Nadie se preocupa mucho cuando prostitutas aparecen muertas en Phoenix. Pero cuando se descubre un patrón preocupante de asesinatos, la policía local pronto se da cuenta que un asesino en serie está haciendo de las suyas y saben que no pueden con esto. Dada la naturaleza única de los crímenes, el FBI sabe que necesita a su mente más brillante para resolver el caso, saben que necesitan a la agente especial Riley Paige. Riley, recuperándose de su último caso y tratando de lidiar con las consecuencias, está renuente al principio. Pero cuando se entera de la naturaleza grave de los crímenes y entra en cuenta que el asesino pronto atacará de nuevo, se ve obligada. Comienza su caza para encontrar al asesino huidizo y su naturaleza obsesiva la lleva demasiado lejos – esta vez quizás demasiado lejos como para no caer en el abismo. La búsqueda de Riley la lleva al inquietante mundo de prostitutas, hogares desestructurados y sueños rotos. Aprende que, incluso entre estas mujeres, hay destellos de esperanza, esperanza que está siendo robada por un psicópata violento. Cuando una adolescente es secuestrada, Riley, en una carrera frenética contra el tiempo, lucha para navegar en las profundidades de la mente del asesino. Pero lo que descubre la lleva a un giro que es demasiado impactante para siquiera imaginarlo. Un thriller psicológico oscuro con suspenso emocionante, UNA VEZ ANHELADO es el libro #3 de una nueva serie fascinante – con un nuevo personaje querido – que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. El Libro #4 en la serie de Riley Paige estará disponible pronto.







U N A V E Z A T R A Í D O



(UN MISTERIO DE RILEY PAIGE—LIBRO 4)



B L A K E P I E R C E


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio de RILEY PAIGE, que incluye los thriller de suspenso y misterio UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1), UNA VEZ TOMADO (Libro #2), UNA VEZ ANHELADO (Libro #3) y UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4). Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE y de AVERY BLACK.

Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com) para saber más y mantenerte en contacto.



Derechos de autor © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto según lo permitido bajo la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación podrá ser reproducida, distribuida, transmitida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación, sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico está disponible solo para su disfrute personal. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otra persona, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Derechos de autor de la imagen de la cubierta son de GongTo, utilizada bajo licencia de Shutterstock.com.


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ AÑORADO (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)


CONTENIDO

PRÓLOGO (#u118d6b7a-0b98-50c1-8dd3-f995cd31c464)

CAPÍTULO UNO (#ub559f582-c32f-5d8b-9540-81f35d799524)

CAPÍTULO DOS (#u7da6e68d-20b1-5d82-a0d6-b92f97d703e3)

CAPÍTULO TRES (#u162b37f8-5b06-545a-a1bb-2893fa4358dc)

CAPÍTULO CUATRO (#u916f3533-68f8-5ff4-ba44-4cee53842aa3)

CAPÍTULO CINCO (#ufa3f222e-792a-5143-82ed-fdaab7313c20)

CAPÍTULO SEIS (#u2ba9b14e-693f-59e0-b356-15d681221de9)

CAPÍTULO SIETE (#ue2e71780-45ab-5156-ab70-67efcae8752f)

CAPÍTULO OCHO (#uf3244036-f634-5d28-9160-afbeba947311)

CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO (#litres_trial_promo)




PRÓLOGO


El hombre que estaba sentado en su carro se sentía preocupado. Sabía que tenía que apurarse. Era importante mantener todo en el buen camino esta noche. Pero ¿la mujer vendría por esta carretera a su hora habitual?

Eran las 11:00 de la noche, y sabía que la hora podría ser un problema.

Recordó la voz que había estado resonando en su mente antes de haber venido aquí. La voz del abuelo.

“Más te vale que tengas razón respecto a su horario, Diablito”.

Diablito. No le gustaba ese nombre. No era su verdadero nombre. Para el abuelo, él era una “mala hierba”.

El abuelo lo había llamado así desde épocas que no recordaba. Aunque todo el mundo lo llamaba por su verdadero nombre, Diablito se había metido en su mente. Odiaba a su abuelo. Pero no podía sacarlo de su cabeza.

Diablito golpeó su propia cabeza varias veces, tratando de sacar la voz de su mente.

Le dolió, y por un momento tuvo una sensación de calma.

Pero luego vino la risa sosa del abuelo, haciendo eco en su mente. Al menos se había vuelto un poco más suave.

Miró su reloj ansiosamente. Las once con diez minutos. ¿Llegaría tarde esta noche? ¿Iría a algún otro lugar? No, no era su estilo. Había observado sus movimientos durante días. Siempre era puntual, siempre se apegaba a la misma rutina.

Si tan solo entendiera cuánto estaba en juego. El abuelo lo castigaría si arruinaba esto. Pero era más que eso. Se le estaba acabando el tiempo al mundo en sí. Tenía una enorme responsabilidad, y eso lo agobiaba.

Aparecieron unos faros en la carretera, y suspiró de alivio. Esa tenía que ser ella.

Esta carretera rural solo llevaba a unas pocas casas. Generalmente estaba desierta a esa hora, excepto por la mujer que siempre conducía de su trabajo a la casa donde alquilaba una habitación.

Diablito había girado su auto para estar en frente del de ella y lo detuvo justo en el centro de ese camino de grava. Él estaba parado con manos temblorosas, utilizando una linterna para mirar bajo su capó, con la esperanza de que funcionara.

Su corazón latió con fuerza a lo que el otro vehículo pasó el suyo.

“Detente”, rogó silenciosamente. “Detente, por favor”.

El vehículo se detuvo a una corta distancia poco después.

Diablito sonrió, se volvió y miró hacia las luces.

Sí, era su carro feo, justo como él había esperado.

Ahora solo tenía que atraerla a él.

Ella bajó su ventanilla y él la miró y le sonrió de la forma más agradable posible.

“Supongo que estoy varado”, le dijo.

Colocó la linterna justo en el rostro de la conductora. Sí, definitivamente era ella.

Diablito notó que tenía un rostro encantador. Más importante aún, ella era muy delgada y eso se adecuaba a sus propósitos.

Era una lástima lo que tendría que hacerle. Pero era como decía el abuelo: “Es para el bien de todos”.

Era cierto, y Diablito lo sabía. Si tan solo la mujer pudiera entenderlo, tal vez incluso estaría dispuesta a sacrificarse. Después de todo, el sacrificio era una de las mejores características de la naturaleza humana. Para ella debería ser un placer prestar ese servicio.

Pero sabía que no debería esperar demasiado de ella. Las cosas se volverían violentas y sucias, como siempre.

“¿Cuál es el problema?”, preguntó la mujer.

Él notó algo atractivo en su forma de hablar. No sabía lo que era aún.

“No lo sé”, respondió. “Simplemente se apagó y no quiere arrancar”.

La mujer sacó la cabeza por la ventanilla. Él la miró fijamente. Su rostro pecoso enmarcado por pelo rizado rojo brillante estaba sonriente. No parecía estar ni un poco consternada por las molestias que le había causado.

Pero ¿confiaría lo suficiente como para bajarse del carro? Probablemente, así había sucedido con las otras mujeres.

El abuelo siempre estaba diciéndole lo horriblemente feo que era, y no podía evitar considerarse justamente eso. Pero sabía que otras personas, especialmente las mujeres, lo encontraban agradable de mirar.

Hizo un gesto hacia su capó abierto. “No sé nada de carros”, le gritó.

“Yo tampoco”, dijo la mujer.

“Bueno, tal vez ambos podemos descubrir lo que pasa”, dijo. “¿Te molestaría intentarlo?”.

“Para nada. Solo no esperes que sea de mucha ayuda”.

Ella abrió su puerta, se bajó del carro y caminó hacia él. Sí, todo iba perfectamente. Había logrado convencerla de que se bajara del carro. Pero el tiempo seguía siendo oro.

“Vamos a echarle un vistazo”, dijo, mirando el motor.

Ahora entendió lo que le gustaba de su voz.

“Tienes un acento interesante”, dijo. “¿Eres escocesa?”.

“Irlandesa”, dijo agradablemente. “Llevo aquí solo dos meses, obtuve un permiso de residencia para poder trabajar con una familia en este país”.

Él sonrió. “Bienvenida a Estados Unidos”, dijo.

“Gracias. Me encanta”.

Él señaló hacia el motor.

“Espera”, dijo. “¿Qué crees que sea eso?”.

La mujer se inclinó para observar más de cerca. Diablito aprovechó el momento y movió la palanca para hacer caer el capó sobre su cabeza.

Luego abrió el capó con la esperanza de no tener que golpearla de nuevo. Por suerte, estaba inconsciente, su rostro y torso estirados sobre el motor.

Miró sus alrededores. No había nadie a la vista. Nadie había visto lo que había sucedido.

Tembló de deleite.

La colocó en sus brazos, notando que su rostro y la parte delantera de su vestido ahora estaban llenos de grasa. Era ligera como una pluma. La llevó a su lado del carro y la extendió en el asiento trasero.

Se sentía seguro que sería perfecta para lo que necesitaba hacer.



*



Justo cuando Meara comenzó a recobrar el conocimiento, fue sacudida por ruido ensordecedor. Parecía una mezcla de todos los ruidos que se podía imaginar. Había gongs, campanas, campanadas, sonidos de pájaros y diversas melodías que parecían provenir de una docena de cajas de música. Todos parecían ser deliberadamente hostiles.

Ella abrió los ojos, pero no vio nada. Su cabeza le dolía demasiado.

“¿Dónde estoy?”, se preguntó.

¿Estaba en alguna parte de Dublín? No, fue capaz de armar la cronología. Había llegado aquí hace dos meses y había comenzado a trabajar de inmediato. Definitivamente estaba en Delaware. Con esfuerzo recordó haberse detenido para ayudar a un hombre con su carro. Luego había sucedido algo. Algo malo.

Pero ¿qué era este lugar, con todo su ruido horrible?

Se dio cuenta que estaba siendo cargada como una niña. Oyó la voz del hombre que la estaba cargando sobre todo el ruido.

“No te preocupes, llegamos a tiempo”.

Sus ojos comenzaron a enfocarse. Vio un número asombroso de relojes de cada tamaño, forma y estilo concebible. Vio enormes relojes de pie flanqueados por relojes más pequeños, algunos de ellos relojes cucú, otros con pequeñas personas mecánicas. Había relojes aún más pequeños en los estantes.

“Todos están sonando la hora”, pensó.

Pero no pudo distinguir el número de campanadas entre todo el ruido.

Volvió la cabeza para ver quién la llevaba. Él estaba mirándola. Sí, era él, el hombre que le había pedido ayuda. Había sido un tonta en detenerse por él. Había caído en su trampa. ¿Y qué haría con ella ahora?

Sus ojos se desenfocaron de nuevo cuando los relojes dejaron de sonar. No podía mantenerlos abiertos. Sentía que estaba perdiendo el conocimiento de nuevo.

“Tengo que quedarme despierta”, pensó.

Oyó un golpeteo metálico, luego sintió cuando el hombre la colocó suavemente en una superficie fría y dura. Hubo otro traqueteo, seguido de pasos y finalmente el sonido de una puerta abriéndose y cerrándose. Los relojes seguían sonando.

Entonces oyó un par de voces femeninas.

“Está viva”.

“Pobre de ella”.

Las voces eran silenciosos y roncas. Meara logró abrir los ojos de nuevo. Vio que el piso era de hormigón gris. Se volvió dolorosamente y vio tres formas humanas sentadas en el suelo cerca de ella. O al menos pensaba que eran humanas. Parecían ser niñas o adolescentes, pero eran cadavéricas, poco más que esqueletos, podía ver sus huesos claramente bajo su piel. Una parecía estar apenas consciente, su cabeza colgando hacia adelante y sus ojos mirando el piso gris. Le recordaban de las fotos que había visto de los presos de los campos de concentración.

¿Todavía estaban vivas? Sí, tenían que estar vivas. Las había oído hablar.

“¿Dónde estamos?”, preguntó Meara.

Apenas oyó la respuesta.

“Bienvenida al infierno”, dijo una de ellas.




CAPÍTULO UNO


Riley Paige no vio el primer puñetazo. Aún así, sus reflejos respondieron bien. Sintió que el tiempo se detuvo cuando el primer golpe se acercó a su abdomen. Ella lo evadió perfectamente. Un gancho de la izquierda se acercó a su cabeza. Ella saltó a un lado y lo esquivó. Cuando él cerró con un golpe final a su cara, subió la guardia y tomó el golpe con sus guantes.

Luego el tiempo reanudó su ritmo normal. Ella sabía que la combinación de golpes había llegado en menos de dos segundos.

“Excelente”, dijo Rudy.

Riley sonrió. Rudy estaba esquivándola ahora, más que preparado para sus golpes. Riley hizo lo mismo, moviéndose de arriba abajo, tratando de mantenerlo en constante adivinación.

“No tienes que apresurarte”, dijo Rudy. “Piénsalo bien. Considéralo un juego de ajedrez”.

Sintió una punzada de molestia mientras seguía moviéndose. Se la estaba poniendo fácil. ¿Por qué tenía que ponérsela fácil?

Pero ella sabía que esto era así. Esta era su primera vez en el ring de combate con un oponente real. Hasta ahora había estado probando sus combinaciones en un saco. Tenía que recordar que apenas era una principiante en esta modalidad de combate. Realmente era mejor no apresurarse.

Había sido idea de Mike Nevins intentar el sparring. El psiquiatra forense que ayudaba al FBI también era buen amigo de Riley. La había ayudado a superar muchas de sus crisis personales.

Recientemente se había quejado con Mike, contándole que tenía problemas para controlar sus impulsos agresivos. Perdía los estribos frecuentemente. Se sentía tensa.

“Prueba el sparring”, le había dicho Mike. “Es una buena forma de desahogarse”.

Ahora mismo se sentía bastante segura de que Mike tenía razón. Se sentía bien tener que actuar rápidamente, tener que enfrentarse a amenazas reales en lugar de las imaginarias, y era relajante enfrentarse a amenazas que no eran realmente mortales.

Unirse a un gimnasio que la alejaba un poco de la oficina central de Quántico también había sido una buena decisión. Pasaba demasiado tiempo allí. Este era un cambio agradable.

Pero se había distraído por mucho tiempo. Y podía ver en los ojos de Rudy que se estaba preparando para otro ataque.

Eligió mentalmente su próxima combinación. Se acercó bruscamente a él para su ataque. Su primer golpe fue un gancho de izquierda que él esquivó. Respondió con un cross que rozó su casco de combate. Respondió en menos de un segundo con un jab de derecha que alcanzó con su guante. En un instante lanzó un jab de izquierda que él esquivó tambaleándose al lado.

“Buen trabajo”, dijo Rudy de nuevo.

A ella no le había parecido que lo había hecho bien. No le había dado ni un solo golpe, mientras que él la había golpeado ligeramente incluso mientras se defendía, y ella estaba comenzando a irritarse. Pero recordó lo que Rudy le había dicho al principio...

“No esperes darme muchos golpes. La mayoría de las personas no lo hacen en el sparring”.

Ella estaba mirando sus guantes, detectando que estaba a punto de lanzar otro ataque. Pero entonces ocurrió una extraña transformación en su imaginación.



Los guantes se convirtieron en una sola llama, la blanca llama de una antorcha de propano. Estaba enjaulada en la oscuridad otra vez, presa por un asesino sádico llamado Peterson. Estaba jugando con ella, haciendo que evadiera la llama para escapar su calor abrasador.

Pero estaba cansada de ser humillada. Esta vez estaba determinada a contraatacar. Cuando la llama saltó hacia su cara, se agachó y simultáneamente lanzó un jab feroz que no conectó. La llama se acercó a ella de nuevo y ella respondió con un cross que tampoco conectó. Pero antes de que Peterson pudiera hacer otro movimiento, ella lanzó un gancho que golpeó su barbilla...



“¡Oye!”, gritó Rudy.

Su voz trajo a Riley de vuelta a su realidad actual. Rudy estaba de espaldas en la alfombra.

“¿Cómo llegó allí?”, se preguntó Riley.

Entonces entendió que lo había golpeado, y fuertemente.

“¡Dios mío!”, gritó. “¡Rudy, lo siento!”.

Rudy estaba sonriendo y volviéndose a colocar de pie.

“No te preocupes”, dijo. “Eso estuvo bien”.

Siguieron con el sparring. El resto de la sesión fue tranquila, y ninguno logró tocar al otro. Pero ahora todo esto le parecía bien. Mike Nevins tenía razón. Esta era exactamente la terapia que necesitaba.

Aún así, siguió preguntándose cuando sería capaz de borrar esos recuerdos.

“Tal vez nunca”, pensó.



*



Riley cortó su bistec con entusiasmo. El chef de El Grill de Blaine hacía un buen trabajo con varios platos menos convencionales, pero el entrenamiento de hoy en el gimnasio la había dejado deseando un buen bistec y una ensalada. Su hija April y su amiga Crystal habían ordenado hamburguesas. Blaine Hildreth, el padre de Crystal, estaba en la cocina, pero regresaría en poco tiempo para terminarse su dorado.

Riley miró alrededor del comedor confortable con un profundo sentimiento de satisfacción. Se dio cuenta que su vida no incluía suficientes noches cálidas como esta con amigos, familiares y una buena comida. Las escenas que su trabajo le presentaban eran a menudo feas e inquietantes.

En pocos días testificaría en una audiencia de libertad condicional para un asesino de niños que esperaba salir de la cárcel antes de tiempo. Y necesitaba asegurarse de que eso no sucediera.

Había cerrado un caso inquietante en Phoenix hace varias semanas. Ella y su compañero, Bill Jeffreys, habían atrapado a un asesino de prostitutas. A Riley aún le costaba sentir que había hecho mucho bien solucionando ese caso. Ahora sabía demasiado de un mundo de explotación de mujeres y niñas para su propia comodidad.

Pero estaba decidida a mantener tales pensamientos fuera de su mente ahora mismo. Sentía que se estaba relajando poco a poco. Comer en un restaurante con un amigo y sus hijas le recordaba cómo sería vivir una vida normal. Estaba viviendo en un hogar agradable y acercándose a un buen vecino.

Blaine volvió y se sentó. Riley no pudo evitar observar una vez más que era atractivo. Sus entradas lo hacían verse maduro, y estaba en forma.

“Lo siento”, dijo Blaine. “Este lugar opera bien sin mí cuando no estoy aquí, pero todos deciden que necesitan mi ayuda si estoy a la vista”.

“Sé cómo es eso”, dijo Riley. “Estoy esperando que la UAC se olvide de mí por un tiempo si me quedo fuera de vista”.

“Eso es imposible”, dijo April. “Te llamarán en poco tiempo. Pronto te dirigirás a otra parte del país”.

Riley suspiró. “Pudiera acostumbrarme a que no me estén llamando a todo momento”.

Blaine terminó un bocado de su dorado.

“¿Has pensado en cambiar de carrera?”, preguntó.

Riley se encogió de hombros. “¿Qué más haría? He sido un agente casi toda mi vida adulta”.

“Estoy seguro de que hay muchas cosas que una mujer con tus talentos podría hacer”, dijo Blaine. “La mayoría de ellas son más seguras que ser agente del FBI”.

Blaine lo pensó por un momento. “Puedo imaginarte de maestra”, añadió.

Riley se rio entre dientes. “¿Crees que eso es más seguro?”, preguntó.

“Depende dónde lo hagas”, dijo Blaine. “¿Y en la universidad?”.

“Esa es una buena idea, Mamá”, dijo April. “No tendrías que viajar todo el tiempo. Y aún ayudarías a las personas”.

Riley se quedó callada, analizando lo dicho. Dar clases en una universidad sería parecido a lo que había hecho en la Academia de Quántico. Le había gustado hacer eso. Siempre le daba la oportunidad de recargarse. Pero ¿querría ser profesora a tiempo completo? ¿Podría realmente pasar todos sus días dentro de un edificio sin actividad real?

Pinchó una seta con su tenedor.

“Podría convertirme en uno de estos”, pensó.

“¿Y convertirte en investigador privado?”, preguntó Blaine.

“No lo creo”, dijo Riley. “Desenterrar secretos sucios sobre parejas que están en pleno divorcio no me llama la atención”.

“Eso no es todo lo que hacen los investigadores privados”, dijo Blaine. “¿E investigar fraude de seguros? Tengo un cocinero que está recibiendo beneficios de discapacidad, dice que su espalda no está bien. Estoy seguro que está fingiendo, pero no puedo probarlo. Podrías empezar con él”.

Riley se echó a reír. Blaine estaba bromeando, obviamente.

“O podrías buscar personas desaparecidas”, dijo Crystal. “O mascotas desaparecidas”.

Riley se echó a reír de nuevo. “¡Eso sí me haría sentir que estoy haciendo algo realmente bueno en el mundo!”.

April ya no estaba involucrada en la conversación. Riley vio que estaba enviando mensajes de texto y riéndose. Crystal se inclinó sobre la mesa hacia Riley.

“April tiene un nuevo novio”, dijo Crystal. “No me agrada”, añadió silenciosamente.

A Riley le molestaba que su hija estaba ignorando a todos los demás en la mesa.

“Deja de hacer eso”, le dijo a April. “Es grosero”.

“¿Por qué es grosero?”, dijo April.

“Hemos hablado sobre esto”, dijo Riley.

April la ignoró y escribió un mensaje.

“Guárdalo”, dijo Riley.

“En un minuto, Mamá”, dijo April.

Riley sofocó un gemido. Desde hace mucho tiempo había aprendido que “en un minuto” significaba “nunca” en el mundo de los adolescentes.

Su teléfono celular vibró en ese momento. Se sintió enojada consigo misma por no apagarlo antes de salir de casa. Miró el teléfono y vio que era un mensaje de su compañero del FBI, Bill. Pensó en no leerlo, pero simplemente no podía hacer eso.

Cuando abrió el mensaje, levantó la mirada y vio a April sonriéndole. Su hija estaba disfrutando de la ironía. Silenciosamente furiosa, Riley leyó el mensaje de texto de Bill.

“Meredith tiene un nuevo caso. Quiere discutirlo con nosotros lo antes posible”.

En agente especial encargado Brent Meredith era el jefe de Bill y de Riley. Sentía una gran lealtad hacia él. No solo era un jefe bueno y justo, sino que alzó la voz en defensa de Riley varias veces cuando tuvo problemas en el trabajo. Sin embargo, Riley estaba determinada en no dejarse llevar, al menos no por los momentos.

“No puedo viajar ahora mismo”, le respondió.

“El caso es local”, respondió Bill.

Riley negó con la cabeza, abatida. Mantenerse firme no sería fácil.

“Después hablamos”, le respondió ella.

Bill no le respondió más, así que Riley guardó el teléfono en su cartera.

“Pensé que dijiste que eso era grosero, Mamá”, dijo April con una voz tranquila y taciturna.

April aún estaba enviando mensajes de texto.

“Ya terminé con el mío”, dijo, tratando de no sonar tan molesta como se sentía.

April la ignoró. El teléfono celular de Riley vibró de nuevo. Dijo una grosería en voz baja. Vio que el mensaje de texto era de Meredith.

“Te espero en la UAC mañana a las 9 AM”.

Riley estaba tratando de pensar en una forma de excusarse a sí misma cuando le llegó otro mensaje.

“Considéralo una orden”.




CAPÍTULO DOS


Riley se sintió horrible cuando vio las dos fotos en las pantallas que estaban encima de la mesa de la sala de conferencias de la UAC. Una era una foto de una chica despreocupada con ojos brillantes y una sonrisa. La otra era su cadáver, horriblemente demacrado y acostado con los brazos apuntando en direcciones extrañas. Riley sabía que debía haber otras víctimas como esta ya que había sido ordenada a asistir a esta reunión.

Sam Flores, un técnico de laboratorio inteligente con gafas negras, estaba andando la pantalla multimedia para los cuatro agentes sentados alrededor de la mesa.

“Estas fotos son de Metta Lunoe, diecisiete años de edad”, dijo Flores. “Su familia vive en Collierville, New Jersey. Sus padres denunciaron su desaparición en marzo, había escapado de casa”.

Vieron un enorme mapa de Delaware en la pantalla que indicaba una ubicación con un puntero.

Él dijo: “Su cuerpo apareció en un campo en las afueras de Mowbray, Delaware el dieciséis de mayo. Alguien había fracturado su cuello”.

Flores colocó otras fotos, una de otra chica joven vibrante, la otra mostrando su cuerpo casi irreconocible con brazos estirados de manera similar.

“Estas fotos son de Valerie Bruner, también de diecisiete años, una chica que se había escapado de Norbury, Virginia. Ella desapareció en abril”.

Flores señaló otra ubicación en el mapa.

“Su cuerpo fue encontrado en un camino de tierra cerca de Redditch, Delaware el 12 de junio. Obviamente el mismo MO del asesinato anterior. El agente Jeffreys tuvo la tarea de investigar”.

Esto sorprendió a Riley. ¿Cómo pudo Bill haber trabajado en un caso sin ella? Entonces lo recordó. Había estado hospitalizada en junio, recuperándose de su terrible experiencia en la jaula de Peterson. Aún así, Bill la había visitado con frecuencia en el hospital. Él nunca había mencionado que también estaba trabajando en este caso.

Se volvió hacia Bill.

“¿Por qué no me dijiste nada al respecto?”, preguntó.

El rostro de Bill se veía sombrío.

“No fue un buen momento”, dijo. “Tenías tus propios problemas”.

“¿Quién fue tu compañero?”, preguntó Riley.

“El agente Remsen”.

Riley reconocía el nombre. Bruce Remsen se había transferido a otra oficina antes de su regreso.

Después de una pausa, Bill agregó: “No pude resolver el caso”.

Ahora Riley podía leer su expresión y su tono de voz. Después de años de amistad y compañerismo, entendía a Bill como nadie. Y ella sabía que estaba profundamente decepcionado consigo mismo.

Flores colocó las fotos del médico forense de las espaldas desnudas de las chicas. Los cuerpos estaban tan descompuestos que apenas parecían reales. Ambas espaldas tenían cicatrices y verdugones.

Riley se sentía incómoda por todas partes. Esta sensación la sorprendía. ¿Desde cuándo se sentía revuelta al ver fotos de cadáveres?

Flores dijo: “Ambas estaban casi muertas de hambre cuando sus cuellos fueron fracturados. También habían sido muy golpeadas, probablemente durante un largo período de tiempo. Sus cuerpos fueron trasladados al lugar donde fueron encontradas post mórtem. No tenemos idea dónde fueron asesinadas realmente”.

Tratando de no dejar que su creciente inquietud la dominara, Riley pensó en las similitudes de este caso con los casos que ella y Bill habían resuelto durante los últimos meses. El llamado “asesino de las muñecas” había dejado los cuerpos de sus víctimas donde podían ser fácilmente encontrados, posados desnudos en posiciones grotescas que asemejaban muñecas. El “asesino de las cadenas” colgaba los cuerpos de sus víctimas, cubiertos violentamente en cadenas pesadas.

Ahora Flores colocó la foto de otra mujer joven, una pelirroja que se veía alegre. Junto a la foto había una de un auto Toyota destartalado.

“Este carro pertenece a una inmigrante irlandesa de veinticuatro años llamada Meara Keagan”, dijo Flores. “Ella fue dada por desaparecida ayer por la mañana. Su carro fue hallado abandonado a las afueras de un edificio de apartamentos en Westree, Delaware. Trabajaba allí para una familia como criada y niñera”.

Ahora habló el agente especial Brent Meredith. Era un afroamericano sensato, intimidante y grande con rasgos angulares.

“Terminó de trabajar a las 11:00 de la noche”, dijo Meredith. “El carro fue encontrado la mañana siguiente”.

El agente especial encargado Carl Walder se inclinó hacia delante en su silla. Él era el jefe de Brent Meredith, era un hombre infantil con un rostro pecoso y pelo rizado color cobre. Él no le agradaba. Ella no creía que era muy competente. Tampoco ayudaba el hecho de que la había despedido una vez.

“¿Por qué creemos que esta desaparición está relacionada con los asesinatos anteriores?”, preguntó Walder. “Meara Keagan es mayor que las otras víctimas”.

Ahora Lucy Vargas intervino. Era una brillante joven novata con cabello oscuro, ojos oscuros y tez oscura.

“Puedes verlo en el mapa. Keagan desapareció en la misma zona donde los dos cuerpos fueron encontrados. Podría ser una coincidencia, pero no parece probable. No durante un período de cinco meses”.

A pesar de su creciente malestar, Riley se complació al ver a Walder hacer una mueca de dolor. Lucy lo había puesto en su lugar sin querer. Riley esperaba que no encontrara la forma de devolvérsela más adelante. Walder podía ser bastante ruin.

“Eso es correcto, agente Vargas”, dijo Meredith. “Nuestra suposición es que las jóvenes fueron secuestradas mientras hacían autoestop. Muy probable que en esta carretera que se extiende por la zona”. Señaló una línea específica en el mapa.

Lucy le preguntó: “¿El autoestopismo no está prohibido en Delaware? Obviamente puede ser difícil hacer cumplir esa ley”.

“Tienes razón sobre eso”, dijo Meredith. “Y esta no es una carretera interestatal, ni siquiera una carretera estatal, así que los autostopistas probablemente la utilizan. Al parecer el asesino también lo hace. Uno de los cuerpos fue encontrado junto a la carretera y los otros dos a menos de diez millas de ese. Keagan fue tomada aproximadamente sesenta millas al norte en esa misma ruta. Con ella usó un truco diferente. Si sigue su patrón habitual, podrá mantenerla hasta que casi muera de hambre. Entonces romperá su cuello y dejará su cuerpo botado de la misma forma”.

“No dejaremos que eso suceda”, dijo Bill con una voz firme.

Meredith dijo: “Agentes Paige y Jeffreys, quiero que se pongan a trabajar en este caso de inmediato”. Empujó una carpeta manila llena de fotos e informes hacia Riley. “Agente Paige, aquí está toda la información que necesitas para estar al corriente”.

Riley alcanzó la carpeta. Pero su mano se movió hacia atrás con un espasmo de angustia horrible.

“¿Qué me pasa?”, se preguntó.

Su cabeza estaba dando vueltas e imágenes borrosas comenzaron a formarse en su cerebro. ¿Era TEPT del caso de Peterson? No, era diferente. Era algo totalmente diferente.

Riley se levantó de su silla y huyó de la sala de conferencias. Las imágenes en su cabeza se agudizaron mientras caminó por el pasillo hacia su oficina.

Eran rostros, rostros de mujeres y niñas.

Vio a Mitzi, Koreen y Tantra, call girls jóvenes cuyo vestuario respetable enmascaraba su degradación, incluso de sí mismas.

Vio a Justine, una puta vieja encorvada con una copa en un bar, cansada y amargada y totalmente preparada para morir una muerte horrible.

Vio a Chrissy, prácticamente encarcelada en un burdel por su esposo proxeneta abusivo.

Y vio a Trinda, una muchacha de quince años que había vivido una pesadilla de explotación sexual que no la dejaba imaginar una vida diferente.

Riley llegó a su oficina y se desplomó en su silla. Ahora entendió su oleada de repugnancia. Las imágenes que había visto hace un momento habían sido el desencadenante. Habían traído a la superficie sus dudas más oscuras sobre el caso de Phoenix. Había detenido a un asesino brutal, pero ella no había logrado obtener justicia para las mujeres y las niñas que había conocido. Ese mundo de explotación seguía vivo. Ni siquiera había arañado la superficie de los males que soportaban.

Y ahora estaba más atormentada que nunca. Esto le parecía peor que el TEPT. Después de todo, podía darle rienda suelta a su rabia y horror privado en un gimnasio de sparring. No tenía forma de deshacerse de estos nuevos sentimientos.

¿Y podría trabajar en otro caso parecido al de Phoenix?

Entonces oyó la voz de Bill en la puerta.

“Riley”.

Ella levantó la mirada y vio a su pareja mirándola con una expresión triste. Estaba sosteniendo la carpeta que Meredith había intentado darle.

“Te necesito en este caso”, dijo Bill. “Es personal para mí. Me vuelve loco el hecho de que no pude resolverlo. Y no puedo evitar preguntarme si no di lo mejor de mí porque mi matrimonio se estaba desmoronando. Conocí a la familia de Valerie Bruner. Son buenas personas. Pero no me mantuve en contacto con ellos porque... bueno, los defraudé. Tengo que resolver este caso para ellos”.

Puso la carpeta en el escritorio de Riley.

“Solo échale un vistazo. Por favor”.

Salió de la oficina. Se quedó sentada mirando la carpeta en un estado de indecisión.

Ella no era así. Sabía que tenía que recuperarse.

Recordó algo de su tiempo en Phoenix mientras siguió analizando las cosas. Había sido capaz de salvar a una niña llamada Jilly. O al menos lo había intentado.

Ella sacó su teléfono y marcó el número de un refugio para adolescentes en Phoenix, Arizona. Escuchó una voz familiar al otro lado del teléfono.

“Habla Brenda Fitch”.

A Riley le alegró que Brenda contestara la llamada. Había logrado conocer a la trabajadora social durante su caso anterior.

“Hola, Brenda”, dijo. “Habla Riley. Quise llamar para ver cómo estaba Jilly”.

Jilly era una chica que Riley había rescatado de la trata de blancas, una morena flaca de trece años de edad. Jilly no tenía familia excepto por un padre abusivo. Riley llamaba cada cierto tiempo para averiguar cómo estaba Jilly.

Riley oyó a Brenda suspirar.

“Me alegra que siempre llames”, dijo Brenda. “Ojalá más personas mostraran más preocupación. Jilly todavía está con nosotros”.

A Riley se le cayó el alma. Esperaba que algún día le dijeran que Jilly se había ido con una bondadosa familia de acogida. Este no sería ese día. Riley estaba preocupada.

“La última vez que hablamos, tenías miedo de que tendrías que enviarla de regreso con su padre”.

“Ah, no, resolvimos eso de forma legal. Incluso tenemos una orden de restricción para mantenerlo lejos de ella”.

Riley dio un suspiro de alivio.

“Jilly pregunta mucho por ti”, dijo Brenda. “¿Quieres hablar con ella?”.

“Sí. Por favor”.

Brenda puso a Riley en espera. Riley de repente se preguntó si esta era una buena idea. Cada vez que hablaba con Jilly terminaba sintiéndose culpable. No sabía por qué se sentía de esa manera. Después de todo, había salvado a Jilly de una vida de explotación y abuso.

“¿Pero la salvé para qué cosa?”, se preguntaba. ¿Qué clase de vida esperaba por Jilly?

Oyó la voz de Jilly.

“Hola, agente Paige”.

“¿Cuántas veces debo decirte que no me llames así?”.

“Lo siento. Hola, Riley”.

Riley dejó escapar una risita.

“Hola, Jilly. ¿Cómo te has sentido?”.

“Supongo que bien”.

En ese momento cayó un silencio.

“Una adolescente típica”, pensó Riley. Siempre era difícil hacer que Jilly hablara.

“¿Qué haces?”, preguntó Riley.

“Me acabo de despertar”, dijo Jilly, sonando un poco aturdida. “Voy a desayunar”.

Riley luego se acordó que era más temprano en Phoenix.

“Siento llamarte tan temprano”, dijo Riley. “Sigo olvidando la diferencia horaria”.

“No te preocupes. Más bien es amable de tu parte el llamarme”.

Riley oyó un bostezo.

“¿Irás a la escuela hoy?”, preguntó Riley.

“Sí. Nos dejan salir todos los días de la prisión para hacer eso”.

Era un chiste constante de Jilly el comparar el refugio a una prisión. A Riley no le parecía muy gracioso.

Riley dijo: “Bueno, voy a dejarte desayunar y prepararte”.

“Oye, espera un momento”, dijo Jilly.

Hubo un momento de silencio. Riley pensó que oyó a Jilly sofocar un sollozo.

“Nadie me quiere, Riley”, dijo Jilly. Ahora estaba llorando. “Las familias de acogida siguen escogiendo a otras. No les gusta mi pasado”.

Riley estaba atónita.

“¿Su 'pasado'?”, pensó. “Dios, ¿cómo podría una niña de trece años tener un 'pasado'? ¿Qué le pasa a la gente?”.

“Lo siento”, dijo Riley.

Jilly habló dificultosamente a través de sus lágrimas.

“Es como... bueno, ya sabes, es...Riley, parece como si fueras la única persona a la cual le importo”.

La garganta de Riley le dolía y sus ojos le ardían. No podía responder.

Jilly dijo: “¿Podría irme a vivir contigo? No sería mucha molestia. Tienes una hija, ¿cierto? Ella podría ser como mi hermana. Podríamos cuidarnos. Te extraño”.

Riley no podía hablar.

“No...No creo que eso sea posible, Jilly”.

“¿Por qué no?”.

Riley se sintió devastada. La pregunta fue como un golpe en la cara.

“Solo... no es posible”, dijo Riley.

Todavía podía oír a Jilly llorando.

“Está bien”, dijo Jilly. “Tengo que ir a desayunar. Adiós”.

“Adiós”, dijo Riley. “Llamaré de nuevo pronto”.

Oyó un clic cuando Jilly finalizó la llamada. Riley se inclinó sobre su escritorio con lágrimas corriendo por sus mejillas. La pregunta de Jilly seguía haciendo eco en su cabeza...

“¿Por qué no?”.

Había miles de razones. Ya estaba bastante ocupada con April. Su trabajo consumía demasiado de su tiempo y energía. ¿Y estaba preparada para lidiar con las cicatrices psicológicas de Jilly? Obviamente no.

Riley se secó las lágrimas y se sentó derecha. Caer en la autocompasión no ayudaría en nada. Ya era el momento de volver al trabajo. Niñas estaban siendo asesinadas, y ellas la necesitaban.

Ella cogió la carpeta y la abrió. ¿Era el momento de volver al campo de juego?




CAPÍTULO TRES


Diablito estaba sentado en el columpio del porche viendo a los niños pasar en sus disfraces de Halloween. Generalmente disfrutaba esta época del año. Pero le pareció una ocasión agridulce esta vez.

“¿Cuántos de estos niños estarán vivos en unas semanas?”, se preguntaba.

Él suspiró. Probablemente ninguno de ellos. La fecha límite estaba cerca y nadie le estaba prestando atención a sus mensajes.

Las cadenas del columpio estaban chirriando. Estaba lloviendo ligeramente, y esperaba que los niños no se enfermaran. Tenía una cesta de dulces en su regazo, y estaba siendo bastante generoso. Se estaba haciendo tarde, y pronto no habría más niños.

En la mente de Diablito, abuelo aún se estaba quejando, a pesar de haber muerto hace años. Y no importaba que Diablito era un adulto ahora, nunca estaba libre de ese viejo.

“Mira a ese con la capa y la máscara de plástico negra”, dijo el abuelo. “Eso ni siquiera puede llamarse un disfraz”.

Diablito esperaba que él y el abuelo no estuvieran a punto de tener otra pelea.

“Él está disfrazado de Darth Vader, abuelo”, dijo.

“No importa quién demonios se supone que es. Es un disfraz barato que fue comprado en una tienda. “Yo siempre hacía tus disfraces para Halloween”.

Diablito recordaba esos disfraces. Para convertirlo en una momia, abuelo lo había envuelto en sábanas rotas. Para convertirlo en un caballero en armadura brillante, abuelo le había puesto cartulina cubierta con papel de aluminio, y él había llevado una lanza hecha con un palo de escoba. Los disfraces del abuelo siempre eran creativos.

Aún así, Diablito no recordaba esos Halloween con cariño. Abuelo siempre maldecía y se quejaba mientras le colocaba esos trajes. Y cuando Diablito llegaba a casa luego de terminar de recoger dulces... Diablito se sintió como un niño pequeño en ese momento. Sabía que el abuelo siempre tenía razón. Diablito no siempre entendía el por qué, pero eso no importaba. El abuelo tenía razón, y él estaba equivocado. Así eran las cosas. Así es como siempre habían sido las cosas.

Diablito se había sentido aliviado cuando ya se había hecho demasiado mayor para seguir recogiendo dulces. Desde entonces, había estado libre para sentarse en el porche dándoles caramelos a los niños. Se sentía feliz por ellos. Le alegraba que estuvieran disfrutando de su infancia, aunque él no había disfrutado de la suya.

Tres niños subieron hasta el porche. Un niño estaba disfrazado de El Hombre Araña, una chica de Gatúbela. Se veían como de nueve años de edad. El disfraz del tercer niño hizo a Diablito sonreír. Una niña de siete años llevaba un traje de abejorro.

“¡Dulce o truco!”, gritaron todos frente a Diablito.

Diablito se rio entre dientes y rebuscó entre la cesta para dulces. Les entregó los dulces a los niños. Ellos le dieron las gracias y se fueron.

“¡Deja de darles dulces!”, gruñó el abuelo. “¿Cuándo vas a dejar de alentar a los pequeños bastardos?”.

Diablito había estado desafiando al abuelo durante un par de horas. Tendría que pagar por ello más tarde.

Mientras tanto, el abuelo todavía estaba quejándose. “No olvides que tenemos trabajo por hacer mañana en la noche”.

Diablito no respondió, solo escuchaba el columpio del porche chirriar. No, no olvidaría lo que tenía que hacer mañana por la noche. Era un trabajo sucio, pero tenía que hacerlo.



*



Libby Clark siguió a su hermano y a su primo al bosque oscuro que estaba detrás de todos los patios del vecindario. Ella no quería estar allí, quería estar en su cama.

Su hermano, Gary, estaba liderando el camino con una linterna. Se veía extraño con su disfraz de El Hombre Araña. Su prima Denise seguía a Gary en su traje de Gatúbela. Libby estaba trotando detrás de ambos.

“Apúrense”, dijo Gary, avanzando.

Se deslizó entre dos arbustos fácilmente. Denise lo siguió, pero el traje de Libby era grande y se quedó atrapado en unas ramas. Ahora tenía algo nuevo que temer. Si arruinaba el disfraz de abejorro, mamá se volvería loca. Libby logró desenredarse y corrió para alcanzarlos.

“Quiero irme a casa”, dijo Libby.

“Adelante”, dijo Gary, avanzando a buen ritmo.

Per Libby tenía miedo de regresar. Habían avanzado demasiado ya. No se atrevía a volver sola.

“Tal vez todos deberíamos regresar”, dijo Denise. “Libby está asustada”.

Gary se detuvo y se dio la vuelta. Libby quería ser capaz de ver su rostro detrás de esa máscara.

“¿Qué pasa, Denise?”, dijo. “¿También estás asustada?”.

Denise se echó a reír de los nervios.

“No”, dijo. Libby sabía que estaba mintiendo.

“Entonces sigamos”, dijo Gary.

El pequeño grupo siguió moviéndose. El suelo estaba empapado y lodoso, y Libby estaba en malezas húmedas que llegaban hasta sus rodillas. Por lo menos había dejado de llover. La luna estaba comenzando a salir de detrás de las nubes. Pero también había más frío, y Libby estaba húmeda y estaba temblando, y tenía mucho, mucho miedo.

Los árboles y arbustos finalmente dieron a un gran claro. Vapor se elevaba de la tierra mojada. Gary, Denise y Libby se detuvieron justo en el borde del espacio.

“Aquí está”, susurró Gary, señalando. “Miren, es un cuadrado, como si debía haber una casa o algo más allí. Pero no hay una casa. No hay nada allí. Ni los árboles ni los arbustos pueden crecer aquí. Solo malas hierbas. Eso es porque esta tierra está maldita. Aquí habitan fantasmas”.

Libby recordó lo que su papá le había dicho.

“Los fantasmas no existen”.

Aún así, sus rodillas temblaban. Tenía miedo de orinarse encima. Eso no le gustaría a mamá.

“¿Qué son esas?”, preguntó Denise.

Ella señaló a dos formas alzándose de la tierra. A Libby le parecían grandes tuberías que fueron dobladas en la parte superior, y estaban casi completamente cubiertas de hiedra.

“No lo sé”, dijo Gary. “Me recuerdan a los periscopios de los submarinos. Tal vez los fantasmas nos están observando. Ve a echar un vistazo, Denise”.

Denise dejó escapar una risa.

“¡Échale un vistazo tú!”, dijo Denise.

“Está bien, lo haré”, dijo Gary.

Gary caminó hacia el claro y se acercó a una de las formas. Se detuvo en seco a un metro de ella. Luego se dio la vuelta y se unió de nuevo a su prima y su hermana.

“No sé qué es”, dijo.

Denise dejó escapar una risa de nuevo. “¡Eso es porque ni siquiera miraste!”, dijo.

“Sí lo hice”, dijo Gary.

“¡No lo hiciste! ¡Ni siquiera te acercaste!”.

“Sí me acerqué. Si estás tan curiosa, échale un vistazo tú misma”.

Denise se quedó callada por un momento, luego comenzó a acercarse a la forma. Logró acercarse un poco más que Gary, pero entonces se regresó trotando sin detenerse.

“Tampoco sé qué es”, dijo.

“Es tu turno, Libby”, dijo Gary.

El miedo de Libby estaba comenzando a abrumarla.

“No la hagas ir, Gary”, dijo Denise. “Ella es muy pequeña”.

“No es muy pequeña. Está creciendo. Es hora de qué actúe”.

Gary le dio a Libby un empujón fuerte. Se encontró un metro dentro del claro. Se dio la vuelta y trató de regresar, pero Gary estiró su mano para detenerla.

“No”, dijo. “Denise y yo fuimos. Tienes que ir también”.

Libby tragó grueso y se dio la vuelta al gran espacio con sus dos cosas dobladas. Tenía la sensación escalofriante de que podrían estar mirándola también.

Recordó las palabras de su papá de nuevo...

“Los fantasmas no existen”.

Su papá no mentiría sobre algo como eso. ¿A qué le tenía miedo de todos modos?

Además, estaba enojándose con Gary por portarse como un bravucón. Estaba casi igual de molesta que de asustada.

“Ya lo verá”, pensó.

Sus piernas aún temblando, dio paso tras paso hacia el espacio cuadrado grande. Mientras caminaba hacia lo metálico, Libby realmente se sentía más valiente.

Cuando logró acercarse bastante, más de lo que Gary o Denise se habían acercado, se sintió muy orgullosa de sí misma. Aún así, no sabía qué era lo que estaba mirando.

Con más coraje que hasta incluso pensaba que tenía, extendió su mano hacia la forma. Empujó sus dedos entre las hojas de hiedra, con la esperanza de que su mano no fuera comida o que quizás le sucediera algo peor. Sus dedos se acercaron al tubo metálico.

“¿Qué es esto?”, se preguntó.

Sintió una ligera vibración en la tubería. Y escuchó algo. Parecía que el sonido venía de la tubería.

Se inclinó bastante a la tubería. El sonido era débil, pero sabía que no lo estaba imaginando. El sonido era real, y era el de una mujer llorando y gimiendo.

Libby alejó su mano de la tubería. Estaba demasiado asustada como para moverse o hablar o gritar o hacer cualquier cosa. No podía ni siquiera respirar. Se sentía como aquella vez en la que se había caído de un árbol de espalda y no había podido respirar por unos segundos.

Sabía que debía alejarse. Pero se quedó congelada al lugar. Fue como si tuviera que decirle a su cuerpo cómo moverse.

“Date la vuelta y corre”, pensó.

Pero simplemente no pudo hacerlo por unos segundos terroríficos.

Sus piernas parecieron comenzar a correr por sí solas, y se encontró corriendo hacia el borde del claro. Estaba aterrada de que algo realmente malo la jalara.

Cuando llegó al borde del bosque, se inclinó, esforzándose para poder respirar. Ahora entendió que no había estado respirando todo este tiempo.

“¿Qué pasa?”, preguntó Denise.

“¡Un fantasma!”, dijo Libby entre jadeos. “¡Escuché a un fantasma!”.

No esperó una respuesta. Se fue corriendo de regreso por el mismo camino por el que habían venido. Oyó a su hermano y a su prima corriendo detrás de ella.

“¡Oye Libby, detente!”, gritó su hermano. “¡Espéranos!”.

Pero no había forma de que dejara de correr hasta que estuviera a salvo en su casa.




CAPÍTULO CUATRO


Riley tocó la puerta del dormitorio de April. Era mediodía, y ya le parecía hora de que su hija se despertara. Pero la respuesta que obtuvo no era la que había estado esperando.

“¿Qué quieres?”, fue la respuesta taciturna que recibió desde dentro de la habitación.

“¿Dormirás todo el día?”, preguntó Riley.

“Ya estoy despierta. Bajaré en un minuto”.

Con un suspiro, Riley volvió a bajar las escaleras. Deseaba que Gabriela estuviera aquí, pero siempre tomaba tiempo libre los domingos.

Riley se sentó en el sofá. April se había portado taciturna y distante todo el día de ayer. Riley no había sabido cómo aliviar la tensión no identificada entre ellas, y se había sentido aliviada cuando April había ido a una fiesta de Halloween en la noche. Como había sido en casa de una amiga a un par de cuadras, Riley no se había preocupado. Al menos no hasta que se hizo la una de la mañana y su hija aún no había llegado.

Afortunadamente, April había llegado mientras Riley seguía indecisa sobre si actuar o no. Pero April había entrado e ido directo a la cama sin decirle dos palabras a su madre. Y, hasta el momento, no se veía más dispuesta a comunicarse esta mañana.

Riley se sentía aliviada de que estaba en casa para lidiar con lo que sea que estaba pasando. Aún no se había comprometido con el nuevo caso, y seguía indecisa al respecto. Bill siguió manteniéndola al tanto, así que sabía que ayer él y Lucy Vargas habían ido a investigar la desaparición de Meara Keagan. Habían entrevistado a la familia para la que Meara había estado trabajando y también sus vecinos en su edificio de departamentos. No habían obtenido pistas.

Hoy Lucy estaba haciéndose cargo de una búsqueda general, coordinando a varios agentes que estaban repartiendo volantes con la foto de Meara. Mientras tanto, Bill estaba esperando nada pacientemente para que Riley tomara una decisión.

Pero no tenía que decidirlo de inmediato. Todos los de Quántico entendían que Riley no estaría disponible mañana. Uno de los primeros asesinos que había llevado ante la justicia ya podía optar por libertad condicional en Maryland. No testificar en esa audiencia simplemente era imposible.

Mientras Riley reflexionaba sus opciones, April bajó por las escaleras completamente vestida. Entró en la cocina sin siquiera mirar a su madre. Riley se puso de pie y la siguió.

“¿Qué tenemos para comer?”, le preguntó April, mirando dentro del refrigerador.

“Puedo prepararte el desayuno”, dijo Riley.

“No te preocupes, encontraré algo”.

April sacó un trozo de queso y cerró la puerta del refrigerador. Se cortó una rodaja de queso en el mostrador de la cocina y se sirvió una taza de café. Le añadió crema y azúcar al café, se sentó en la mesa de la cocina y comenzó a mordisquear el queso.

Riley se sentó con su hija.

“¿Qué tal estuvo la fiesta?”, preguntó Riley.

“Estuvo normal”.

“Llegaste a casa un poco tarde”.

“No, no fue así”.

Riley decidió no discutir. Tal vez una de la madrugada realmente no era tarde para los chicos de quince años de edad que estaban de fiesta. ¿Cómo lo sabría?

“Crystal me dijo que tienes un novio”, dijo Riley.

“Sí”, dijo April, bebiéndose su café.

“¿Cuál es su nombre?”.

“Joel”.

Después de unos momentos de silencio, Riley le preguntó: “¿Cuántos años tiene?”.

“No lo sé”.

Riley sintió un nudo de ansiedad y enojo en la garganta.

“¿Cuántos años tiene?”, repitió Riley.

“Tiene quince. Igual que yo”.

Riley se sentía segura de que April estaba mintiendo.

“Quisiera conocerlo”, dijo Riley.

April puso los ojos en blanco. “Dios, Mamá. ¿Dónde creciste? ¿En los años cincuenta o algo?”.

Riley se sintió incomodada.

“No creo que eso sea irrazonable”, dijo Riley. “Haz que venga a la casa y preséntamelo”.

April bajó su taza de café tan fuertemente que derramó un poco sobre la mesa.

“¿Por qué tratas de controlarme todo el tiempo?”, espetó.

“No estoy tratando de controlarte. Solo quiero conocer a tu novio”.

Por unos momentos, April se quedó callada mirando su café fijamente con una expresión taciturna. Entonces se levantó de la mesa y salió enfadada de la cocina.

“¡April!”, gritó Riley.

Riley siguió a April. April fue a la puerta principal y agarró su cartera, que colgaba en el perchero.

“¿Adónde vas?”, dijo Riley.

April no respondió. Ella abrió la puerta y salió, cerrando la puerta de golpe.

Riley se quedó atónita por unos momentos. Riley pensó que April regresaría al instante.

Ella esperó un minuto. Luego se fue a la puerta, la abrió y miró por la calle. No vio a April por ningún lado.

Riley sintió el sabor amargo de la decepción en su boca. Se preguntaba cómo las cosas se habían puesto así. Había tenido momentos difíciles con April en el pasado. Pero cuando las tres, Riley, April y Gabriela, se habían mudado a esta casa adosada durante el verano, April había estado muy feliz. Se había hecho amiga de Crystal y había estado bien cuando comenzó la escuela en septiembre.

Pero ahora, apenas dos meses después, April había pasado de ser una adolescente feliz a ser una adolescente taciturna. ¿Su TEPT había regresado? April había sufrido una reacción retrasada después de que el asesino llamado Peterson la enjaulara y tratara de matarla. Pero había estado viéndose con una buena terapeuta y parecía estar lidiando con esos problemas.

Aún parada en la puerta abierta, Riley sacó su teléfono celular de su bolsillo y le envió un mensaje de texto a April.

“Vuelve aquí. Ahora mismo”.

El mensaje de texto fue marcado “entregado”. Riley esperó. Nada sucedió. ¿April dejó su celular en casa? No, no era posible. April había agarrado su cartera a la salida, y ella nunca salía sin su teléfono celular.

Riley siguió mirando su teléfono. El mensaje aún seguía marcado como “entregado”, no “leído”. ¿April simplemente estaba ignorando su mensaje de texto?

En ese momento, Riley se sentía bastante segura de que sabía dónde estaba April. Ella cogió una llave de una mesa cerca de la puerta y salió a su pequeño porche delantero. Bajó las escaleras de su casa adosada y pasó por el césped a la siguiente unidad, donde vivían Blaine y Crystal. Tocó el timbre de la puerta mientras miraba su teléfono celular.

Cuando Blaine contestó la puerta y la vio, su rostro se iluminó en una sonrisa.

“Hola”, dijo. “Qué agradable sorpresa. ¿Qué te trae por estos lados?”.

Riley balbuceó con torpeza.

“Me preguntaba si... ¿April está aquí? ¿Visitando a Crystal?”.

“No”, dijo. “Crystal tampoco está aquí. Dijo que fue a la cafetería. La que está cerca”.

Blaine frunció el ceño con preocupación.

“¿Qué pasa?”, dijo. “¿Hay algún problema?”.

Riley gimió. “Tuvimos una pelea”, dijo. “Salió de la casa enojada. Tenía la esperanza de que vendría aquí. Creo que está ignorando mi mensaje de texto”.

“Pasa adelante”, dijo Blaine.

Riley lo siguió a la sala de estar. Ambos se sentaron en el sofá.

“No sé qué está pasando por ella”, dijo Riley. “No sé qué está pasando con nosotras”.

Blaine sonrió con nostalgia.

“Sé cómo se siente”, dijo.

Riley estaba un poco sorprendida.

“¿En serio?”, preguntó. “Siempre me parece que tú y Crystal se llevan perfectamente”.

“La mayoría de las veces, claro”. Pero desde que es adolescente, la situación se vuelve inestable a veces”.

Blaine miró a Riley con simpatía por un momento.

“No me digas”, dijo. “Tiene algo que ver con un novio”.

“Aparentemente”, dijo Riley. “Ella no me dice nada sobre él. Y se niega a presentármelo”.

Blaine negó con la cabeza.

“Ambas están en esa edad”, dijo. “Tener un novio es una cuestión de vida o muerte. Crystal aún no tiene uno, y eso me parece bien a mí, pero no a ella. Está muy desesperada al respecto”.

“Creo que yo también lo estaba a esa edad”, dijo Riley.

Blaine dejó escapar una risita. “Créeme, cuando yo tenía quince años, lo único que pensaba era en las chicas. ¿Quieres café?”.

“Sí, gracias. Negro estaría bien”.

Blaine entró a la cocina. Riley miró a su alrededor, notando una vez más lo bien decorada que estaba su casa. Blaine definitivamente tenía buen gusto.

Blaine volvió con dos tazas de café. Tomó un sorbo. Estaba delicioso.

“Te juro que no sabía en lo que me estaba metiendo cuando me convertí en madre”, dijo. “Creo que no ayudó que era demasiado joven para eso”.

“¿Qué edad tenías tú?”.

“Veinticuatro”.

Blaine echó su cabeza hacia atrás y se echó a reír.

“Yo era menor. Me casé a los veintiuno. Pensé que Phoebe era la chica más hermosa que jamás había visto. Súper sexy. Pasé por alto el hecho de que ella también era bipolar y ya bebía mucho”.

Riley estaba más y más interesada. Sabía que Blaine se había divorciado y hasta allí. Parecía que ella y Blaine habían cometido errores comunes en su juventud. Había sido demasiado fácil para ellos ver la vida a través del resplandor de la atracción física.

“¿Cuánto tiempo duró su matrimonio?”, preguntó Riley.

“Nueve años. Debimos haberlo terminado mucho antes. Yo debí haberlo terminado. Seguía pensando que podía rescatar a Phoebe. Fue una idea estúpida. Crystal nació cuando Phoebe tenía veintiún años y yo tenía veintidós, era estudiante en la escuela de chef. Éramos demasiado pobres y demasiado inmaduros. Nuestro próximo bebé nació muerto, y Phoebe nunca lo superó. Se volvió casi completamente alcohólica. Se volvió abusiva”.

La mirada de Blaine estaba lejana. Riley sentía que estaba reviviendo recuerdos amargos de los que no quería hablar.

“Cuando llegó April, estaba en entrenamiento para ser agente del FBI”, dijo. “Ryan quería que renunciara a ello, pero yo no quería. Estaba empecinado en convertirse en un abogado exitoso. Bueno, ambos tenemos la carrera que queríamos. Simplemente no teníamos nada en común como para seguir juntos. No pudimos sentar las bases para un matrimonio”.

Riley se quedó callada bajo la mirada compasiva de Blaine. Se sentía aliviada de poder hablar con otro adulto sobre todo esto. Estaba empezando a darse cuenta de que era casi imposible sentirse incómoda alrededor de Blaine. Sentía como si pudiera hablar con él sobre cualquier cosa.

“Blaine, estoy desgarrada ahora mismo”, dijo. “Realmente me necesitan en un caso importante. Pero las cosas están tan mal en casa. Siento que no estoy pasando suficiente tiempo con April”.

Blaine sonrió.

“Ah, sí. El viejo dilema del trabajo versus la familia. Lo conozco bien. Créeme, ser el dueño de un restaurante ocupa bastante de mi tiempo. Dedicarle tiempo a Crystal es un reto”.

Riley miró los ojos azules de Blaine.

“¿Cómo encontraste un equilibrio?”, preguntó.

Blaine se encogió de hombros.

“No lo encontré”, dijo. “No hay suficiente tiempo para todo. Pero no tiene sentido castigarte por no ser capaz de hacer lo imposible. Créeme, renunciar a tu carrera no es una solución. Phoebe trató de ser ama de casa. Eso fue parte de lo que la volvió loca. Solo tienes que aceptarlo”.

Riley sonrió. Le parecía una idea maravillosa, aceptarlo y ya. Tal vez ella podría hacerlo. Realmente parecía posible.

Ella tomó la mano de Blaine y la apretó. Riley sentía una tensión deliciosa entre ellos. Por un momento, pensó que tal vez podría quedarse con Blaine por un rato, ahora que sus hijas estaban ocupadas en otra parte. Tal vez ella podría...

Pero aún cuando los pensamientos comenzaron a formarse en su mente, sintió que se estaba alejando de él. No estaba lista para actuar en estas nuevas sensaciones.

Alejó su mano suavemente.

“Gracias”, dijo. “Mejor me voy. Quizás April ya llegó a casa”.

Se despidió de Blaine. Tan pronto como caminó por la puerta, su teléfono vibró. Era un mensaje de texto de April.

“Acabo de recibir tu mensaje de texto. Lamento haber actuado así. Estoy en la cafetería. Regresaré pronto”.

Riley suspiró. Simplemente no tenía ni idea qué responder. Parecía mejor no responder en absoluto. Ella y April tendrían una conversación seria más tarde.

Riley acababa de entrar en su casa cuando su teléfono vibró de nuevo. Era una llamada de Ryan. Su ex era la última persona con la que quería hablar en estos momentos. Pero sabía que seguiría dejando mensajes si no hablaba con él ahora. Aceptó la llamada.

“¿Qué quieres, Ryan?”, preguntó bruscamente.

“¿Este es un mal momento?”.

Riley quería decirle que ningún momento era bueno. Pero se guardó ese pensamiento.

“No, supongo”, dijo.

“Estaba pensando en ir a visitarlas”, dijo. “Quisiera hablar con ambas”.

Riley sofocó un gemido. “Preferiría que no hicieras eso”.

“Pensé que dijiste que este no era un mal momento”.

Riley no respondió. Este era típico Ryan, torciendo sus palabras para tratar de manipularla.

“¿Cómo está April?”, preguntó Ryan.

Casi resopló de risa. Sabía que solo estaba tratando de entablar una conversación.

“Qué amable de tu parte preguntarlo”, dijo Riley sarcásticamente. “Ella está bien”.

Obviamente era una mentira. Pero incorporar a Ryan era lo que menos ayudaría a mejorar las cosas.

“Mira, Riley....”, dijo Ryan. “He cometido muchos errores”.

“No me digas”, pensó Riley. Se quedó callada.

Después de unos minutos, Ryan dijo: “Las cosas no han estado muy bien últimamente”.

Riley siguió guardando silencio.

“Bueno, solo quería asegurarme de que April y tú estuvieran bien”.

Riley apenas podía creer su descaro.

“Estamos bien. ¿Por qué lo preguntas? ¿Se te fue una de tus novias, Ryan? ¿O las cosas van mal en la oficina?”.

“Estás siendo muy duro conmigo, Riley”.

Para ella, estaba siendo lo más amable posible. Ella entendía la situación. Ryan debía sentirse solo ahora misma. La mujer de mundo que se había mudado con él después del divorcio debió haberse ido, o alguna nueva aventura se habría acabado.

Sabía que Ryan no soportaba estar solo. Siempre regresaría a Riley y April como último recurso. Si ella lo dejaba volver, solo duraría hasta que otra mujer llamara su atención.

Riley dijo: “Creo que deberías arreglar las cosas con tu última novia. O con la anterior. Ni siquiera sé con cuántas has estado desde que nos divorciamos. ¿Con cuántas, Ryan?”.

Oyó un leve jadeo en el teléfono. Riley sin duda había tenido razón.

“Ryan, la verdad es que no es un buen momento”.

Era la verdad. Acababa de tener una visita agradable con un hombre que le gustaba. ¿Por qué estropearlo ahora?

“¿Cuándo será un buen momento?”, preguntó Ryan.

“No lo sé”, dijo Riley. “Te lo haré saber. Adiós”.

Finalizó la llamada. Había estado caminando de un lado a otro desde que había comenzado a hablar con Ryan. Se sentó y respiró profundamente para calmarse.

Le envió un mensaje de texto a April.

“Es mejor que llegues a casa ahora mismo”.

Recibió una respuesta unos segundos después.

“Está bien. Voy en camino. Lo siento, mamá”.

Riley suspiró. April sonaba bien ahora. Probablemente lo estaría por un rato. Pero algo no estaba bien.

¿Qué estaba pasando con ella?




CAPÍTULO CINCO


En su guarida poco iluminada, Diablito caminó frenéticamente de un lado a otro entre los cientos de relojes, tratando de alistar todo. Faltaban solo unos minutos para la medianoche.

“¡Arregla el que tiene el caballo!”, gritó el abuelo. “¡Tiene un atraso de un minuto!”.

“Voy a eso”, dijo Diablito.

Diablito sabía que sería castigado de todos modos, pero sería especialmente horrible si no lograba alistar todo a tiempo. Ahora tenía las manos llenas con otros relojes.

Arregló el reloj con las flores metálicas que tenía cinco minutos de retraso. Entonces abrió un reloj de pie y movió la manecilla de minuto solo un poco a la derecha.

Revisó el gran reloj con cuernos de venado. Se atrasaba a menudo, pero se veía bien ahora. Finalmente fue capaz de arreglar el reloj con el caballo. Tenía siete minutos de retraso.

“Qué más”, se quejó el abuelo. “Ya sabes qué hacer ahora”.

Diablito obedientemente fue a la mesa y cogió el látigo. Era un gato de nueve colas, y el abuelo había comenzado a golpearlo con él cuando era demasiado joven.

Caminó hacia el final de la guarida que estaba separada por una alambrada. Detrás de la cerca estaban las cuatro cautivas, sin muebles excepto las literas de madera sin colchones. Había un armario detrás de ellas que servía de baño. El hedor había dejado de molestar a Diablito hace un tiempo.

La mujer irlandesa que había secuestrado hace un par de noches lo miraba atentamente. Después de su larga dieta de migas y agua, las otras estaban debilitadas y desgastadas. Dos de ellas rara vez hacían otra cosa que llorar y gemir. La cuarta solo estaba sentada en el piso cerca de la valla, encogida y cadavérica. Ella no hacía ruido en absoluto. Apenas parecía estar viva.

Diablito abrió la puerta de la jaula. La mujer irlandesa saltó hacia adelante, tratando de escapar. Diablito atacó su rostro ferozmente con el látigo. Ella se echó para atrás. Azotó su espalda una y otra vez. Sabía por experiencia que le dolería bastante, incluso a través de su blusa rota, especialmente sobre las ronchas y los cortes que ya le había causado.

Entonces mucho ruido llenó el aire cuando todos los relojes comenzaron a sonar la medianoche. Diablito sabía lo que tenía que hacer ahora.

Mientras los relojes seguían sonando, se apresuró hacia la mujer más débil y flaca, la que parecía apenas estar viva. Ella lo miró con una expresión extraña. Era la única persona que había estado aquí lo suficiente como para saber lo que iba a hacer a continuación. Parecía casi como si estuviera lista para ello, tal vez incluso hasta le daba la bienvenida.

Diablito no tenía otra opción.

Se agachó junto a ella y rompió su cuello.

Miró fijamente a un reloj antiguo adornado al otro lado de la valla mientras la vida abandonó su cuerpo. Una Muerte tallada a mano estaba caminando hacia adelante y hacia atrás en frente de él, vestida con una bata, su cráneo sonriente mostrándose por debajo de su capucha. Era el reloj favorito de Diablito.

El ruido circundante fue bajando de intensidad lentamente. Pronto no escuchó ningún sonido en absoluto excepto el coro de los relojes y el lloriqueo de las mujeres que aún estaban vivas.

Diablito colocó a la chica muerta sobre su hombro. Era tan ligera que no le tomó ningún esfuerzo en absoluto. Abrió la jaula, salió de ella y la cerró detrás de él.

Sabía que había llegado el momento.




CAPÍTULO SEIS


“Una muy buena actuación”, pensó Riley.

La voz de Larry Mullins estaba temblando un poco. Mientras terminaba su declaración preparada para la junta de libertad condicional y para las familias de sus víctimas, sonaba como si estuviera a punto de llorar.

“He tenido quince años para mirar atrás”, dijo Mullins. “Todos los días estoy lleno de pesar. No puedo volver atrás y cambiar lo que pasó. Yo no puedo traer a Nathan Betts y a Ian Harter a la vida. Pero me quedan años para hacer una contribución significativa a la sociedad. Por favor denme la oportunidad de hacerlo”.

Mullins se sentó. Su abogado le entregó un pañuelo y él limpió sus ojos, aunque Riley no vio lágrimas reales.

El consejero y administrador de casos deliberaron en susurros. También lo hicieron los miembros de la junta de libertad condicional.

Riley sabía que pronto sería su turno para testificar. Mientras tanto estudió el rostro de Mullins.

Ella lo recordaba bien y pensaba que no había cambiado mucho. Incluso entonces, había estado bien arreglado y era bien hablado y tenía un aire de inocencia. Si estaba más endurecido, lo escondía bien detrás de sus expresiones de tristeza extrema. En ese entonces había estado trabajando de niñero.

Lo que impactó a Riley fue lo poco que había envejecido. Había tenido veinticinco años cuando había ido a la cárcel. Tenía la misma expresión amable y juvenil que había tenido en aquel entonces.

No podía decir lo mismo con los padres de las víctimas. Las dos parejas se veían prematuramente viejas y quebrantadas de espíritu. A Riley le dolía el corazón por todos sus años de pena y aflicción.

Ella deseaba haber sido capaz de hacer lo correcto para ellos desde el principio. También lo había querido su primer compañero del FBI, Jake Crivaro. Había sido uno de los primeros casos de Riley como agente, y Jake había sido un excelente mentor.

Larry Mullins había sido detenido bajo la acusación de la muerte de un niño en un parque infantil. Durante su investigación, Riley y Jake encontraron que otro niño había muerto en circunstancias idénticas mientras estaba bajo el cuidado de Mullins en una ciudad diferente. Ambos niños habían sido sofocados.

Cuando Riley había arrestado a Mullins, le había leído sus derechos y lo había esposado, su expresión irónica y llena de superioridad casi que había admitido su culpa.

“Buena suerte”, le había dicho sarcásticamente.

Ciertamente, la suerte se había vuelto en contra de Riley y Jake justo cuando Mullins estuvo bajo custodia. Negó haber cometido los asesinatos. Y a pesar de los mejores esfuerzos de Riley y de Jake, la evidencia contra él no era muy impactante. Había sido imposible determinar cómo los niños habían sido sofocados, y no había sido encontrada ningún arma asesina. Mullins solo había admitido haberlos perdido de vista. Había negado haberlos asesinado.

Riley recordó lo que el fiscal general les había dicho a ella y a Jake.

“Tenemos que tener cuidado, o el bastardo podrá quedar libre. Si tratamos de procesarlo por todos los cargos posibles, perderemos todo. No podemos demostrar que Mullins fue la única persona que tenía acceso a los niños cuando fueron asesinados”.

Luego vino la oportunidad de negociar la declaración. Riley odiaba las declaraciones negociadas. Su odio por ellas había comenzado con ese caso. El abogado de Mullins había ofrecido el trato. Mullins se declararía culpable de ambos asesinatos, pero no como asesinatos premeditados, y sus sentencias serían simultáneas.

Era un trato horrible. Ni siquiera tenía sentido. Si Mullins realmente había matado a los niños, ¿cómo podría haber sido simplemente negligente? Las dos conclusiones eran totalmente contradictorias. Pero el fiscal no vio otra alternativa que aceptarlo. A Mullins le dieron treinta años de cárcel con la posibilidad de libertad condicional o libertad anticipada por buena conducta.

Las familias se habían sentido destrozadas y horrorizadas. Habían culpado a Riley y a Jake por no hacer su trabajo. Jake se retiró tan pronto como terminó el caso, se había vuelto un hombre amargado y enojado.

Riley les había prometido a las familias de los chicos que haría todo lo posible para mantener a Mullins tras las rejas. Hace unos días, los padres de Nathan Betts habían llamado a Riley para informarle sobre la audiencia de libertad condicional. Había llegado el momento para que cumpliera su promesa.

Los susurros generales llegaron a su fin. La oficial de audiencias Julie Simmons miró a Riley.

“Entiendo que Riley Paige, la agente especial del FBI, quisiera hacer una declaración”, dijo Simmons.

Riley tragó grueso. Había llegado el momento para el que se había estado preparando por quince años. Sabía que la junta de libertad condicional estaba familiarizada con todas las pruebas, tan incompletas como eran. No tenía sentido repasar la evidencia de nuevo. Tenía que hacerlo más personal.

Ella se levantó y comenzó a hablar:

“Según tengo entendido, Larry Mullins tiene la oportunidad de salir en libertad condicional porque es un 'prisionero ejemplar'“. Con una nota de ironía, agregó: “Sr. Mullins, lo felicito por su logro”.

Mullins asintió con la cabeza, su rostro mostrando ninguna expresión. Riley continuó.

“'Comportamiento ejemplar', ¿qué significa eso exactamente? Me parece que tiene menos que ver con lo que ha hecho que con lo que no ha hecho. No ha roto las reglas de la prisión. Se ha comportado. Eso es todo”, dijo.

Riley luchó para mantener su voz firme.

“Honestamente, no me sorprende. No hay niños en la prisión para matar”.

Escuchó jadeos y murmullos en la sala. La sonrisa de Mullins se volvió una mirada llena de furia.

“Discúlpenme”, dijo Riley. “Sé que Mullins nunca se declaró culpable por asesinato premeditado, y la fiscalía nunca buscó ese veredicto. Pero él se declaró culpable igualmente. Mató a dos niños. No hay ninguna forma de que pudo haberlo hecho con buenas intenciones”.

Pausó por un momento, eligiendo sus siguientes palabras cuidadosamente. Ella quería provocar a Mullins para que mostrara su ira, para que mostrara quién era de verdad. Pero el hombre sabía que el hacerlo arruinaría su récord de buena conducta y que nunca saldría. Su mejor estrategia era hacer que los miembros de la junta afrontaran la realidad de lo que había hecho.

“Vi el cuerpo sin vida del niño de cuatro años Ian Harter el día después de su asesinato. Parecía estar dormido con los ojos abiertos. La muerte se había llevado toda su expresión, y su rostro estaba pacífico. Aún así, todavía podía ver el terror en sus ojos sin vida. Sus últimos momentos en este mundo fueron terroríficos. Fue igual para el pequeño Nathan Betts”.

Riley escuchó a las madres comenzar a llorar. Odiaba traer de vuelta esos recuerdos horribles, pero simplemente no tenía otra opción.

“No debemos olvidar su terror”, dijo Riley. “Y no debemos olvidar que Mullins demostró poca emoción durante su juicio, y ciertamente ninguna muestra de remordimiento. Su remordimiento vino mucho más adelante, si es que alguna vez lo sintió realmente”.

Riley respiró profundamente.

“¿Cuántos años de vida les quitó a esos niños si los sumamos? Me parece que mucho más de cien años. Recibió una condena de treinta años. Solo ha cumplido la mitad. No es suficiente. Nunca vivirá lo suficiente como para pagar todos esos años perdidos”.

La voz de Riley estaba temblando ahora. Sabía que tenía que controlarse. No podía romper a llorar o gritar de la rabia.

“¿Ha llegado el momento de perdonar a Larry Mullins? Eso se los dejo a las familias de los niños. Esta audiencia no se trata del perdón. Ese no es el punto. La cuestión más importante es el peligro que representa. No podemos arriesgar la posibilidad de que más niños mueran en sus manos”.

Riley notó que un par de personas en la junta de libertad condicional estaban mirando sus relojes. Se sintió un poco preocupada. La junta ya había examinado otros dos casos esta mañana, y tenían cuatro más por terminar antes del mediodía. Estaban impacientándose. Riley tenía que terminar esto de una vez. Los miró fijamente.

“Señores y señoras, les imploro a que no concedan esta libertad condicional”.

Luego dijo: “Tal vez alguien más quisiera hablar en nombre del prisionero”.

Riley se sentó. Sus últimas palabras habían sido un arma de doble filo. Sabía perfectamente que ni una sola persona estaba aquí para hablar en defensa de Mullins. A pesar de su “buen comportamiento”, todavía no tenía ni un amigo o defensor en el mundo. Ni tampoco merecía uno.

“¿Alguien más quisiera hablar?”, preguntó el oficial de audiencias.

“Solo quisiera añadir unas palabras”, dijo una voz desde el fondo de la sala.

Riley jadeó. Conocía esa voz bastante bien.

Giró en su asiento y vio a un hombre familiar bajito y fornido parado en la parte posterior de la sala. Era Jake Crivaro, la última persona que esperaba ver hoy. Riley se sintió contenta y sorprendida.

Jake se acercó y declaró su nombre y rango para los miembros de la junta y dijo: “Yo puedo decirles que este tipo es tremendo manipulador. No le crean. Él está mintiendo. No mostró ningún remordimiento cuando lo atrapamos. Lo que están viendo es tremenda actuación”.

Jake caminó hasta la mesa y se inclinó hacia Mullins.

“Apuesto a que no esperabas verme hoy”, dijo, su voz llena de desdén. “No me lo habría perdido, bastardo asesino de niños”.

La oficial de audiencias golpeó su martillo.

“¡Orden!”, gritó.

“Ah, lo siento”, dijo Jake sarcásticamente. “No quise insultar a nuestro prisionero modelo. Después de todo, él está rehabilitado ahora. Es un bastardo asesino de niños arrepentido”.

Jake solo se quedó parado allí mirando a Mullins. Riley estudió la expresión del prisionero. Sabía que Jake estaba haciendo todo lo posible para provocar un estallido de Mullins. Pero el rostro del prisionero se mantuvo insensible.

“Sr. Crivaro, por favor tome asiento”, dijo el oficial de audiencias. “La junta puede tomar su decisión ahora”.

Los miembros de las juntas se apiñaron para compartir sus notas y reflexiones. Sus susurros se veían animados y tensos. Todo lo que Riley podía hacer en ese momento era esperar.

Donald y Melanie Betts estaban sollozando. Darla Harter estaba llorando, y su marido, Ross, estaba sosteniendo su mano. Él estaba mirando directamente a Riley. Su mirada la atravesó como un cuchillo. ¿Qué pensaba del testimonio que acababa de dar? ¿Creía que enmendaba su fracaso?

La sala estaba demasiado caliente, y sintió sudor en su frente. Su corazón estaba latiendo con fuerza.

La junta dejó de deliberar en pocos minutos. Uno de los miembros de la junta le susurró a la oficial de audiencias. Ella se volvió hacia todos los demás que estaban presentes.

“No se concede la libertad condicional”, dijo. “Pasemos al siguiente caso”.

Riley jadeó en voz alta ante la brusquedad de la mujer, como si el caso no fuera más que una multa. Pero se recordó a sí misma que la junta tenía prisa para continuar con su trabajo de esta mañana.

Riley se puso de pie, y ambas parejas corrieron hacia ella. Melanie Betts se echó en los brazos de Riley.

“Ay, gracias, gracias, gracias...”, seguía diciendo.

Los otros tres padres la rodearon, sonriendo a través de sus lágrimas y diciendo “Gracias” una y otra vez.

Ella vio que Jake estaba a un lado en el pasillo. Tan pronto como pudo, dejó a los padres y corrió hacia él.

“¡Jake!”, dijo ella, dándole un abrazo. “¿Desde cuándo no te veo?”.

“Desde hace demasiado tiempo”, dijo con esa sonrisa de lado que lo caracterizaba. “Los niños de hoy en día nunca escriben o llaman”.

Riley suspiró. Jake siempre la había tratado como una hija. Y realmente era cierto que debía haberse esforzado más por mantenerse en contacto.

“Entonces, ¿cómo has estado?”, le preguntó.

“Tengo setenta y cinco años”, dijo. “Me operaron ambas rodillas y una cadera. No veo nada. Tengo un audífono y un marcapasos. Y todos mis amigos excepto tú han muerto. ¿Cómo crees que he estado?”.

Riley sonrió. Había envejecido bastante desde la última vez que lo había visto. Aún así, no se veía tan frágil como estaba diciendo que estaba. Estaba segura de que todavía podía hacer su antiguo trabajo si alguna vez fuera necesitado.

“Bueno, me alegra que hayas podido hablar aquí”, dijo.

“No debería sorprenderte”, dijo Jake. “Al menos soy zalamero como ese bastardo Mullins”.

“Tu declaración fue realmente útil”, dijo Riley.

Jake se encogió de hombros. “Bueno, deseaba haberlo provocarlo. Me encantaría haberlo visto perder los estribos. Pero él es más frío y más inteligente de lo que recuerdo. Tal vez la prisión le ha enseñado eso. De todos modos, logramos una buena decisión incluso sin que perdiera el quicio. Tal vez se quedará tras las reglas para siempre”.

Riley no dijo nada por un momento. Jake la miró con curiosidad.

“¿Hay algo que no me estás diciendo?”, preguntó.

“Temo que no es tan sencillo”, dijo Riley. “Si Mullins sigue acumulando puntos por buen comportamiento, su liberación anticipada probablemente será obligatoria en otro año. No hay nada que podamos hacer al respecto”.

“Dios”, dijo Jake, viéndose igual de amargado y enojado que hace todos esos años.

Riley sabía exactamente cómo se sentía. Era desgarrador el pensar que Mullins podría quedar en libertad. La pequeña victoria de hoy en día parecía mucho más amarga que dulce.

“Bueno, tengo que irme”, dijo Jake. “Me alegró verte”, dijo Riley.

Riley vio tristemente a su antiguo compañero alejarse. Entendió por qué no se quedaba a seguir discutiendo estos sentimientos negativos. Simplemente él no era así. Hizo una nota mental para comunicarse con él pronto.

También intentó encontrar el lado positivo a lo que acababa de suceder. Después de quince largos años, la familia Bettse y la familia Harters finalmente la habían perdonado. Pero Riley no sentía como si merecía su perdón.

En ese momento Larry Mullins fue retirado de la sala con las manos esposadas.

Se volvió para mirarla y le sonrió ampliamente, diciendo estas próximas palabras en voz baja:

“Nos vemos el año que viene”.




CAPÍTULO SIETE


Riley estaba en su carro dirigiéndose a casa cuando recibió la llamada de Bill. Puso su teléfono celular en altavoz.

¿Qué pasa?”, dijo.

“Encontramos otro cuerpo”, dijo. “En Delaware”.

“¿Era el de Meara Keagan?”, preguntó Riley.

“No. No hemos identificado a la víctima. Es igual que las otras, pero peor”.

Riley comenzó a analizar los hechos de la situación. Meara Keagan todavía estaba en cautiverio. El asesino podría tener a otras mujeres en cautiverio también. Era casi que seguro que los asesinatos continuarían. Nadie sabía cuántos asesinatos habría.

La voz de Bill estaba agitada.

“Riley, estoy volviéndome loco”, dijo. “Sé que no estoy pensando claramente. Lucy es una gran ayuda, pero todavía es muy novata”.

Riley entendía perfectamente cómo se sentía. La ironía era palpable. Aquí estaba culpándose por el caso de Larry Mullins. Mientras tanto Bill sentía que su fracaso pasado le había costado a una mujer su vida.

Riley pensó en conducir hacia el lugar donde se encontraba Bill. Probablemente le tomaría casi tres horas llegar allí.

“¿Ya terminaste con lo tuyo?”, preguntó Bill.

Riley les había dicho a Bill y a Brent Meredith que estaría en Maryland hoy para la audiencia de libertad condicional.

“Sí”, dijo.

“Excelente”, dijo Bill. “Envié un helicóptero para que te recogiera”.

“¿Qué?”, dijo Riley.

“Hay un aeropuerto privado cerca de donde estás. Te enviaré la dirección por mensaje de texto. El helicóptero probablemente ya está allí. Hay un cadete a bordo que podrá llevarse tu carro”.

Bill finalizó la llamada sin una palabra más.

Riley condujo en silencio por un momento. Se había sentido aliviada cuando la audiencia había terminado. Quería estar en casa para cuando su hija llegara de la escuela. No hubo más peleas ayer, pero April no había hablado casi. Esta mañana, Riley se había ido antes de que April despertara.

Pero alguien obviamente había tomado esta decisión por ella. Lista o no, ya estaba trabajando en este nuevo caso. Tendría que hablar con April luego.

Pero no tuvo que analizarlo mucho antes de que le pareciera perfectamente adecuado. Dio la vuelta y siguió las instrucciones que Bill le había enviado. La cura más segura para su sensación de fracaso sería llevar a otro asesino ante la justicia.

Era el momento.



*



Riley miró fijamente a la chica muerta tirada en el piso de madera del quiosco. Era una mañana brillante y fresca. El quiosco estaba ubicado en una glorieta justo en el centro de la plaza del pueblo, rodeado de césped y árboles bien mantenidos.

La víctima se parecía mucho a las chicas de las fotos que Riley había visto de las dos víctimas de meses anteriores. Estaba tumbada boca arriba y tan demacrada que parecía estar momificada. Su ropa sucia y rota podría haberle quedado antes, pero ahora parecía quedarle grotescamente grande. Tenía cicatrices y las heridas más recientes parecían azotes de un látigo.

Riley supuso que tenía unos diecisiete años, la misma edad de las víctimas de los otros dos asesinatos.

“O tal vez no”, pensó.

Después de todo, Meara Keagan tenía veinticuatro. El asesino podría estar cambiando su MO. Esta chica estaba demasiado demacrada como para que Riley pudiera adivinar su edad.

Riley estaba parada entre Bill y Lucy.

“Parece que ella pasó más hambre que las otras dos”, dijo Bill. “Debió haberla mantenido cautiva por mucho más tiempo”.

Riley escuchó mucho auto-reproche en su voz. Ella miró a su compañero. También veía amargura en su rostro. Sabía lo que Bill estaba pensando. Esta chica seguramente había estado viva y en cautiverio cuando había investigado este caso sin llegar a nada. Estaba culpándose por su muerte.

Riley sabía que no debía culparse a sí mismo. Aún así, no sabía qué decirle para hacerlo sentirse mejor. Sus propios pesares sobre el caso de Larry Mullins todavía dejaban un mal sabor en la boca.

Riley se dio la vuelta para observar sus alrededores. Desde aquí, la única estructura completamente visible era el palacio de justicia al otro lado de la calle, un gran edificio de ladrillo con una torre del reloj. Redditch era un pequeño pueblo colonial. A Riley no le sorprendía mucho el hecho de que el cuerpo pudo haber sido traído aquí en plena noche sin que nadie se diera cuenta. Todo el pueblo estaría dormido. La plaza estaba rodeada de aceras, así que el asesino no había dejado ninguna huella.

La policía local había acordonado la plaza y mantenían lejos a los espectadores. Pero Riley podía ver que algunos equipos de prensa se habían congregado al otro lado de las cintas.

Ella estaba preocupada. Hasta ahora, la prensa no se había enterado de los dos asesinatos anteriores y que la desaparición de Meara Keagan había estado conectada. Pero con este nuevo asesinato, cualquier persona era capaz de conectar los puntos. El público se enteraría tarde o temprano y eso dificultaría la investigación.

El jefe de policía de Redditch, Aaron Pomeroy, estaba cerca.

“¿Cómo y cuándo fue encontrado el cuerpo?”, le preguntó Riley.

“Tenemos a un hombre que limpia las calles que sale a trabajar antes del amanecer. Él la encontró”.

Pomeroy se veía bastante conmovido. Era un hombre mayor con exceso de peso. Riley se imaginó que, incluso en un pueblo pequeño como este, un policía de su edad había lidiado con un asesinato en algún momento. Pero probablemente nunca había lidiado con algo tan perturbador.

La agente Lucy Vargas se agachó al lado del cadáver y lo estudió de cerca.

“Nuestro asesino es muy seguro de sí mismo”, dijo Lucy.

“¿Cómo lo sabes?”, preguntó Riley.

“Bueno, está exhibiendo los cuerpos”, dijo ella. “Metta Lunoe fue encontrada en un campo abierto, Valerie Bruner al lado de una carretera. Aproximadamente solo la mitad de los asesinos en serie trasladan a sus víctimas a otro lugar. De aquellos que lo hacen, aproximadamente la mitad las esconden. Y la mayoría de los cuerpos que quedan a la vista solo son tirados. Este tipo de exhibición sugiere que es muy engreído”.

A Riley le alegraba que Lucy había prestado bastante atención en clase. Pero de alguna manera no creía que esto es lo que asesino quería mostrar. No estaba tratando de lucirse o burlarse de las autoridades. Esto era algo más, pero Riley aún no sabía qué es lo que era.

Pero estaba bastante segura que tenía algo que ver con la forma como el cuerpo estaba exhibido. Se veía torpe, pero también intencional. El brazo izquierdo de la muchacha estaba estirado de forma recta por encima de su cabeza. Su brazo derecho también estaba recto, pero colocado ligeramente hacia un lado de su cuerpo. Incluso la cabeza, con su cuello roto, había sido enderezada para que se alineara lo más posible con el resto del cuerpo.

Riley pensó en las fotos de las otras víctimas. Se dio cuenta de que Lucy llevaba una tableta.

Riley le preguntó: “Lucy, ¿podrías buscar las fotos de los otros dos cadáveres?”.

Solo le tomó a Lucy unos segundos encontrarlas. Riley y Bill se acercaron a Lucy para mirar las dos fotos.

Bill señaló y dijo: “El cadáver de Metta Lunoe fue colocado igual a este, el brazo derecho levantado, el brazo izquierdo colocado al lado del cuerpo. El brazo derecho de Valerie Bruner fue levantado pero su brazo izquierdo fue colocado al otro lado del cuerpo, apuntado hacia abajo”.

Riley se inclinó y tomó la muñeca del cadáver e intentó moverlo. Todo el brazo estaba inmóvil. Ya se había producido el rigor mortis. Un médico forense podría determinar la hora exacta de la muerte, pero Riley se sentía bastante segura de que la chica llevaba muerta al menos nueve horas. Y, como las otras chicas, había sido traslada a este lugar poco después de haber sido asesinada.

Algo molestaba a Riley mientras miraba el cadáver. El asesino se había tomado la molestia de exhibir el cadáver. Había llevado al cuerpo por la plaza y lo había exhibido meticulosamente. Aún así, su posición no tenía sentido.

El cuerpo no estaba alineado con ninguna de las paredes de la glorieta. No estaba relacionado con la abertura de la glorieta o con el palacio de justicia o con cualquier otra cosa que Riley podía ver. Parecía haber sido colocado en un ángulo al azar.

“Pero este tipo no hace nada al azar”, pensó.

Riley sintió que el asesino estaba tratando de comunicar algo. No tenía ni idea qué podía ser.

“¿Qué piensas de las poses?”, le preguntó Riley a Lucy.

“No sé”, dijo Lucy. “No muchos asesinos se toman la molestia de posar los cadáveres. Es extraño”.

“Todavía es muy nueva en este trabajo”, se recordó Riley a sí misma.

Lucy no había entendido aún que ellos eran llamados usualmente para trabajar en casos extraños. Para los agentes experimentados como Riley y Bill, lo raro se había vuelto extremadamente normal desde hace mucho tiempo.

Riley dijo: “Lucy, echémosle un vistazo al mapa”.

Lucy colocó el mapa que mostraba dónde los otros dos cuerpos habían sido encontrados.

“Los cuerpos han sido colocados en un espacio bastante pequeño”, dijo Lucy, señalando de nuevo. “Valerie Bruner fue encontrada a menos de diez millas de donde fue encontrada Metta Lunoe. Y este lugar queda a menos de diez millas de donde fue encontrada Valerie Bruner”.

Riley se percató de que Lucy tenía razón. Sin embargo, Meara Keagan había desaparecido bastantes millas al norte en Westree.

“¿Alguien nota alguna conexión entre los lugares?”, les preguntó Riley a Bill y a Lucy.

“No realmente”, dijo Lucy. “El cuerpo de Metta Lunoe fue colocado en un campo a las afueras de Mowbray. Valerie Bruner fue colocada justo en el borde de una carretera. Y ahora esta chica justo en el medio de un pueblito. Es como si el asesino estuviera buscando lugares que no tienen nada en común”.

Justo en ese entonces, Riley escuchó ruido de los espectadores.

“¡Sé quién lo hizo! ¡Sé quién lo hizo!”.

Riley, Bill y Lucy se dieron la vuelta para mirar. Un joven estaba agitando los brazos y gritando desde detrás de la cinta.

“¡Sé quién lo hizo!”, gritó de nuevo.




CAPÍTULO OCHO


Riley le echó una mirada cuidadosa al hombre que estaba gritando. Podía ver que varias personas alrededor de él estaban asintiendo con la cabeza y murmurando.

“¡Sé quién lo hizo! ¡Todos sabemos quién lo hizo!”.

“Josh tiene razón”, dijo una mujer a su lado. “Tiene que ser Dennis”.

“Es un bicho raro”, dijo otro hombre. “Siempre ha sido una bomba de tiempo”.

Bill y Lucy se apresuraron hacia el borde de la plaza donde el hombre estaba gritando, pero Riley mantuvo su posición. Llamó a uno de los policías que estaba más allá de la cinta.

“Tráelo aquí”, dijo, señalando al hombre que estaba gritando.

Sabía que era importante separarlo del grupo. Si todo el mundo comenzaba a lanzar historias, sería imposible descubrir si lo que estaban gritando era verdad.

Además, los reporteros estaban empezando a apiñarse a su alrededor. No serviría de nada que Riley entrevistara al chico debajo de sus narices.

El policía levantó la cinta y llevó al hombre hacia ellos.

Todavía gritaba: “¡Todos sabemos quién lo hizo! ¡Todos sabemos quién lo hizo!”.

“Cálmate”, dijo Riley, tomándolo por el brazo y alejándolo lo suficiente de los espectadores para poder hablar con él a solas.

“Pregúntale a cualquiera sobre Dennis”, decía el hombre agitado. “Es un ermitaño. Él es raro. Asusta a las niñas. Molesta a las mujeres”.

Riley sacó su bloc de notas, y también lo hizo Bill. Ella vio el gran interés en los ojos de Bill. Pero ella sabía que lo mejor era llevar las cosas con calma. No sabían casi nada en este momento. Además, este hombre estaba tan agitado que desconfiaba de su juicio. Necesitaba escucharlo de alguien más neutral.

“¿Cuál es su nombre completo?”, preguntó Riley.

“Dennis Vaughn”, dijo el hombre.

“Sigue hablando con él”, le dijo Riley a Bill.

Bill asintió y siguió tomando notas. Riley caminó hacia la glorieta, donde el jefe de policía Aaron Pomeroy todavía estaba parado al lado del cuerpo.

“Jefe Pomeroy, ¿qué puedes decirme sobre Dennis Vaughn?”.

Riley podía notar por su expresión que el nombre le era bastante familiar.

“¿Qué quieres saber sobre él?”, preguntó.

“¿Crees que podría ser un sospechoso viable?”.

Pomeroy se rascó la cabeza. “Ahora que lo mencionas, tal vez sí. Quizás valga la pena hablar con él”.

“¿Por qué?”.

“Bueno, hemos tenido muchos problemas con él por años. Exhibición indecente, conducta lasciva, ese tipo de cosas. Un par de años atrás fue por espiar en las ventanas, y pasó algún tiempo en el Centro Psiquiátrico de Delaware. El año pasado se obsesionó con una porrista de la escuela secundaria, le escribió cartas y la acechó. La familia obtuvo una orden de alejamiento, pero él la ignoró. Así que estuvo seis meses en la cárcel”.

“¿Cuándo salió?”, preguntó.

“En febrero”.

Riley estaba más y más interesada. Dennis Vaughn había salido de prisión poco antes del comienzo de los asesinatos. ¿Simplemente era una coincidencia?

“Las mujeres y las niñas locales están empezando a quejarse”, dijo Pomeroy. “Se rumorea que ha estado tomando fotos de ellas. No podemos detenerlo por eso, al menos no en estos momentos”.

“¿Qué más puedes decirme sobre él?”, preguntó Riley.

Pomeroy se encogió de hombros. “Es medio vagabundo. Tal vez tiene unos treinta años y nunca ha trabajado. Se aprovecha de la familia que tiene aquí en el pueblo, tías, tíos, abuelos. Me han dicho que últimamente ha estado bastante taciturno. Culpa a todo el pueblo por su tiempo en prisión. Sigue diciéndole a las personas 'Uno de estos días'“.

“¿'Uno de estos días' qué?”, preguntó Riley.

“Nadie sabe. Las personas han comenzado a decir que es una bomba de tiempo. No saben qué hará después. Pero realmente nunca ha sido violento”.

La mente de Riley estaba acelerada, tratando de descifrar esta nueva posible pista.

Mientras tanto, Bill y Lucy habían terminado de hablar con el hombre y estaban caminando hacia Riley y Pomeroy.

El rostro de Bill se veía brillante y confiado, un cambio repentino de su reciente actitud sombría.

“Dennis Vaughn es nuestro asesino”, le dijo a Riley. “Todo lo que nos dijo el tipo se ajusta al perfil exactamente”.

Riley no respondió. Estaba empezando a parecer probable, pero sabía que lo mejor era no sacar conclusiones apresuradas.

Además, la certeza en la voz de Bill la ponía nerviosa. Desde que llegó aquí esta mañana, había sentido como si Bill estuviera al borde de comportamiento verdaderamente errático. Era comprensible dado sus sentimientos personales sobre el caso, especialmente su culpabilidad por no haberlo resuelto antes. Pero también podría llegar a ser un problema serio. Ella necesitaba al Bill de siempre.

Se volvió hacia Pomeroy.

“¿Podrías explicarnos exactamente dónde encontrarlo?”.

“Por supuesto”, dijo Pomeroy, señalando. “Caminen por la calle principal hasta llegar a Brattleboro. Giren a la izquierda, y su casa es la tercera a la derecha”.

Riley le dijo a Lucy: “Quédate y espera el equipo del médico forense. Está bien que se lleven el cuerpo de una vez. Tenemos un montón de fotografías”.

Lucy asintió con la cabeza.

Bill y Riley caminaron hacia la cinta policial, donde los reporteros se acercaban hacia ellos con cámaras y micrófonos.

“¿El FBI tiene una declaración?”, preguntó a uno de ellos.

“Todavía no”, dijo Riley.

Ella y Bill se agacharon por debajo de la cinta e impulsaron su camino entre los reporteros y los espectadores.

Otro reportero gritó: “¿Este asesinato tiene algo que ver con los asesinatos de Metta Lunoe y Valerie Bruner?”.

“¿O con la desaparición de Meara Keagan?”, preguntó otro.

Riley estaba enfurecida. No pasaría mucho tiempo antes de que se supiera la noticia de que había un asesino en serie en Delaware.

“Sin comentarios”, le espetó a los reporteros. Luego agregó: “Si siguen los arrestaremos por interferir en una investigación. Se llama obstrucción a la justicia”.

Los reporteros se alejaron. Riley y Bill se alejaron de la pequeña multitud y continuaron su camino. Riley sabía que no tendrían mucho tiempo antes de que reporteros más agresivos llegaran a la escena. Probablemente tendrían que lidiar con un montón de atención mediática.




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