Una Vez Añorado 
Blake Pierce


Un Misterio de Riley Paige #6
¡Una obra maestra del género de thriller y misterio! El autor hizo un buen trabajo desarrollando a los personajes psicológicamente. Los describe tan bien que crees que estás en sus mentes, sientes sus temores y te alegras por sus éxitos. La trama es muy inteligente y el libro te mantendrá entretenido de principio a fin. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Opiniones de libros y películas, Roberto Mattos (Una vez desaparecido) UNA VEZ AÑORADO es el libro #6 de la serie exitosa de misterio de Riley Paige, que comienza con UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) . Hombres y mujeres están apareciendo muertos en las afueras de Seattle, envenenados por una sustancia misteriosa. Cuando se descubre un patrón, y queda claro que un retorcido asesino en serie está a la caza, el FBI llama a su mejor agente: Riley Paige. Riley es exhortada a regresar a su deber, pero está reacia a volver, aún conmovida por los ataques a su familia. Sin embargo, cada vez hay más asesinatos, y cada vez son más inexplicables, así que Riley sabe que no tiene otra opción. El caso lleva a Riley al inquietante mundo de asilos, hospitales, cuidadores sin rumbo y pacientes psicóticos. Cuando Riley se adentra más en la mente del asesino, se da cuenta que está cazando al asesino más terrible de todos: uno cuya locura no tiene límites, y que sin embargo puede parecer una persona común y corriente. Un thriller psicológico oscuro con suspenso emocionante, UNA VEZ AÑORADO es el libro #6 de una nueva serie fascinante, con un nuevo personaje querido, que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. El Libro #7 de la serie de Riley Paige estará disponible pronto.







U N A V E Z C O N S U M I D O



(UN MISTERIO DE RILEY PAIGE—LIBRO 6)



B L A K E P I E R C E


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio de RILEY PAIGE que cuenta con seis libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con tres libros), de AVERY BLACK (que cuenta con tres libros) y de la nueva serie de misterios de KERI LOCKE.

Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com) para saber más y mantenerte en contacto.



Derechos de autor © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto según lo permitido bajo la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación podrá ser reproducida, distribuida, transmitida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación, sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico está disponible solo para tu disfrute personal. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otra persona, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Derechos de autor de la imagen de la cubierta son de GongTo, utilizada bajo licencia de Shutterstock.com.


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ CONGELADO (Libro #8)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)



SERIE DE MISTERIO AVERY BLACK

CAUSA PARA MATAR (Libro #1)

CAUSA PARA CORRER (Libro #2)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)


CONTENIDO



PRÓLOGO (#u6a602a28-c3fc-588a-bc08-6fd0a84b2123)

CAPÍTULO UNO (#ub471e999-a980-5f4c-a8d9-89da63b9a030)

CAPÍTULO DOS (#u0d070e42-4ff2-5418-89e3-e0cca31b69f8)

CAPÍTULO TRES (#u3b101b87-4fa1-5c85-a795-c16b57ee29fb)

CAPÍTULO CUATRO (#u43a8d6d9-606e-5306-a876-c25c37c5d0ce)

CAPÍTULO CINCO (#u3f50cf81-89b3-5d00-accd-b368e1f0f553)

CAPÍTULO SEIS (#u992c7546-2cb0-5239-b088-0d89d20a0053)

CAPÍTULO SIETE (#ud83923e5-6eab-5a88-a9de-eb70ae5a6106)

CAPÍTULO OCHO (#ua3049b31-bd51-5b2b-a766-1a9a09d7cf26)

CAPÍTULO NUEVE (#u8b4d04e6-6dab-587f-a7cf-093ba5f387e9)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y UNO (#litres_trial_promo)

EPÍLOGO (#litres_trial_promo)




PRÓLOGO


La fisioterapeuta le sonrió amablemente a su paciente, Cody Woods, luego de apagar la máquina.

“Creo que es suficiente por hoy”, le dijo cuando su pierna dejó de moverse.

La máquina había estado moviendo su pierna lenta y pasivamente durante un par de horas, ayudándolo a recuperarse de su cirugía de reemplazo de rodilla.

“Casi me había olvidado de que estaba en la máquina, Hallie”, dijo Cody, soltando una risita.

Ella sintió una punzada agridulce. Le gustaba ese nombre, Hallie. Era el nombre que había utilizado para trabajar aquí en el Centro de Rehabilitación Signet como fisioterapeuta freelance.

Era una pena que Hallie Stillians fuera a desaparecer mañana, como si jamás hubiera existido.

Sin embargo, así tenían que ser las cosas.

Y además, tenía otros nombres que también le gustaban.

Hallie tomó la máquina de movimiento pasivo continuo de la cama y la colocó en el piso. Enderezó la pierna de Cody cuidadosamente y lo arropó con las sábanas.

Finalmente acarició el cabello de Cody, un gesto íntimo que ella sabía que la mayoría de los terapeutas evitaría. Pero a menudo hacía pequeñas cosas como esa, y a ninguno de sus pacientes les había importado. Ella sabía que proyectaba una cierta calidez y empatía y, sobre todo, sinceridad. Tocar inocentemente era perfectamente apropiado viniendo de ella. Nadie lo había malentendido.

“¿Tienes dolor?”, preguntó.

Cody había estado teniendo un poco de hinchazón e inflamación inusual después de su operación. Esa era la razón por la cual había permanecido aquí unos tres días más y no se había ido a casa aún. También era la razón por la cual Hallie había sido llamada para trabajar su magia curativa especial. El personal del centro estaba familiarizado con el trabajo de Hallie. Le agradaba tanto al personal como a los pacientes, así que la llamaban a menudo en situaciones como esta.

“¿El dolor?”, dijo Cody. “Casi me había olvidado del dolor. Tu voz lo hizo desaparecer”.

Hallie se sintió halagada, más no sorprendida. Había estado leyéndole un libro mientras estaba en la máquina, un thriller de espionaje. Sabía que su voz tenía un efecto calmante, casi como un anestésico. No importaba si le leía Dickens, alguna novela o el periódico. Los pacientes no necesitaban de muchos analgésicos cuando estaban bajo su cuidado, el sonido de su voz era suficiente casi todas las veces.

“¿Así que es cierto que puedo volver a casa mañana?”, preguntó Cody.

Hallie vaciló solo un segundo. No estaba completamente segura cómo su paciente se sentiría mañana.

“Eso es lo que me dijeron”, dijo. “¿Cómo se siente saberlo?”.

El rostro de Cody estaba entristecido.

“No lo sé”, dijo. “En solo tres semanas operarán mi otra rodilla. Pero no estarás aquí para ayudarme durante el proceso”.

Hallie tomó su mano. Lamentaba que él se sintiera así. Hace un tiempo le había contado una larga historia sobre su supuesta vida, una historia algo aburrida, pero a él le había fascinado.

Finalmente le había contado que su marido, Rupert, estaba a punto de retirarse de su carrera como contador público. Su hijo menor, James, estaba en Hollywood tratando de convertirse en guionista. Su hijo mayor, Wendell, estaba aquí en Seattle enseñando lingüística en la Universidad de Washington. Ahora que los chicos ya no vivían en casa, ella y Rupert se mudarían a un encantador pueblo colonial en México, donde planeaban pasar el resto de sus vidas. Saldrían para allá mañana.

A ella le parecía una historia encantadora.

Sin embargo, nada de eso era cierto.

Ella vivía en su casa sola.

Completamente sola.

“Mira, tu té se enfrió”, dijo. “Voy a calentártelo”.

Cody sonrió y dijo: “Sí, por favor. Eso sería genial. Y sírvete un poco para ti también. La tetera está ahí en el mostrador”.

Hallie sonrió y dijo: “Por supuesto”, como siempre hacía cada vez que repetían esta rutina. Se levantó de su silla, tomó la taza de té tibio de Cody y la llevó al mostrador.

Pero esta vez rebuscó dentro de su cartera que estaba al lado del microondas. Sacó un pequeño envase plástico para medicinas y vació el contenido en el té de Cody. Lo hizo rápida y sigilosamente, estaba segura de que no la había visto. Aún así, su corazón estaba latiendo un poco más rápido.

Luego se sirvió su propio té y colocó ambas tazas en el microondas.

“No puedo equivocarme”, se recordó a sí misma. “La taza amarilla para Cody, la azul para mí”.

Mientras el microondas andaba, se sentó al lado de Cody de nuevo y lo miró sin decir nada.

Le parecía que tenía un rostro amable. Pero él le había contado sobre su propia vida, y ella sabía que él estaba triste. Llevaba mucho tiempo triste. Había sido un atleta galardonado durante la escuela secundaria, pero se había herido sus rodillas jugando fútbol americano, acabando con sus sueños de convertirse en un profesional. Esas mismas lesiones condujeron a su necesidad de operarse para reemplazar sus rodillas.

Su vida desde entonces había sido marcada por la tragedia. Su primera esposa murió en un accidente automovilístico, y su segunda esposa lo dejó por otro hombre. Él tenía dos hijos, pero no le hablaban. También sufrió un ataque al corazón hace unos años.

Ella admiraba el hecho de que no se veía ni un poco amargado. De hecho, parecía estar lleno de esperanza y optimismo sobre el futuro.

Pensaba que era dulce, pero ingenuo.

Sabía que su vida no iba a mejorar.

Era demasiado tarde para eso.

La campana del microondas la sacó de su ensueño. Cody estaba mirándola con ojos bondadosos y expectantes.

Le dio unas palmaditas a su mano, se levantó y caminó al microondas. Sacó las tazas, que ahora estaban calientes al tacto.

Se recordó a sí misma una vez más.

“La amarilla para Cody, la azul para mí”.

Era importante no confundirlas.

Ambos tomaron su té sin decir mucho. Hallie consideraba que estos momentos eran de compañerismo. Le entristecía un poco el hecho de que estos momentos habían llegado a su fin. Después de unos días, este paciente ya no la necesitaría.

Cody estaba quedándose dormido. Había mezclado el polvo con somníferos para asegurarse de que lo hiciera.

Hallie se levantó y tomó sus pertenencias para irse.

Y luego empezó a cantar una canción que había conocido desde que tenía memoria:



“Lejos de casa,

Tan lejos de casa,

Este pequeño bebé está lejos de casa.

Te consumes cada vez más

Día tras día

Demasiado triste para reír, demasiado triste para jugar.

No hay porqué llorar,

Duerme profundamente.

Entrégate a los brazos de Morfeo.

No más suspiros,

Solo cierra tus ojos

Y te irás a casa en tus sueños”.



Cody tenía los ojos cerrados, y ella acarició su pelo amorosamente.

Luego, con un suave beso en la frente, se puso de pie y se fue.




CAPÍTULO UNO


La agente del FBI Riley Paige se encontraba preocupada mientras caminaba por la pasarela del Aeropuerto Internacional de Phoenix Sky Harbor. Había estado ansiosa durante el vuelo del Aeropuerto Nacional Ronald Reagan de Washington. Había venido a toda prisa porque se había enterado de que la niña adolescente Jilly estaba desaparecida. Riley se sentía muy protectora hacia ella. Estaba decidida a ayudar a la niña e incluso estaba considerando adoptarla.

A lo que Riley atravesó la puerta de salida caminando apresuradamente, levantó la mirada y se sorprendió al ver a la chica parada junto con el agente del FBI Garrett Holbrook de la oficina de campo de Phoenix.

La chica de trece años Jilly Scarlatti estaba parada junto a Garrett, parpadeando, claramente esperándola.

Riley estaba confundida. Garrett era quien la había llamado para decirle que Jilly había huido y que no estaba por ninguna parte.

Antes de que Riley pudiera hacer cualquier pregunta, Jilly se le abalanzó y se echó en sus brazos, sollozando.

“Ay Riley, lo siento. Discúlpame. Jamás lo volveré a hacer”.

Riley abrazó a Jilly consoladoramente, mirando a Garrett como si estuviera pidiéndole una explicación. La hermana de Garrett, Bonnie Flaxman, había intentado adoptar a Jilly. Pero Jilly se había rebelado y había huido.

Garrett sonrió un poco, una expresión inusual en un hombre normalmente taciturno.

“Ella llamó a Bonnie poco después de que salieras de Fredericksburg”, dijo. “Dijo que solo quería despedirse de una vez por todas. Pero Bonnie le dijo que estabas en camino para llevártela a casa contigo. Se emocionó mucho y nos dijo dónde estaba”.

Miró a Riley.

“Tu venida la salvó”, concluyó.

Riley solo se quedó parada allí por un momento, sintiéndose extrañamente torpe e impotente. Jilly aún estaba sollozando en sus brazos.

Jilly susurró algo que Riley no pudo oír.

“¿Qué?”, preguntó Riley.

Jilly levantó la mirada hacia Riley, sus ojos marrones llenos de lágrimas.

“¿Mamá?”, dijo en una voz tímida y llena de emoción. “¿Puedo llamarte mamá?”.

Riley la abrazó de nuevo, abrumada por una avalancha de emociones confusas.

“Por supuesto”, dijo Riley.

Luego se volvió a Garrett. “Gracias por todo lo que has hecho”.

“Me alegra haber podido ayudar, al menos un poco”, contestó. “¿Necesitas un lugar para alojarte mientras estás aquí?”.

“Ya apareció Jilly, así que no hace falta. Tomaremos el siguiente vuelo a casa”.

Garrett estrechó su mano. “Espero que esto funcione para las dos”.

Luego se fue.

Riley miró a la adolescente que todavía estaba aferrada a ella. Sintió una mezcla extraña de alegría por haberla encontrado y preocupación por lo que podría depararles el futuro.

“Vamos a comernos una hamburguesa”, le dijo a Jilly.



*



Estaba nevando ligeramente durante el viaje a casa del Aeropuerto Nacional Ronald Reagan de Washington. Jilly estaba sentada en silencio mirando por la ventana mientras Riley conducía. Su silencio era un gran cambio después del vuelo de más de cuatro horas de Phoenix. Jilly había pasado todo el vuelo hablando. Nunca había estado en un avión antes y sentía curiosidad por todo.

“¿Por qué está tan callada ahora?”, se preguntó Riley.

Se le ocurrió que la nieve debía ser una vista inusual para una chica que había vivido toda su vida en Arizona.

“¿Has visto la nieve antes?”, preguntó Riley.

“Solo en la televisión”.

“¿Te gusta?”, preguntó Riley.

Jilly no contestó, y esto hizo que Riley se sintiera intranquila. Recordó la primera vez que había visto a Jilly. La muchacha había huido de un padre abusivo. Había decidido convertirse en prostituta debido a su desesperación. Había ido a una parada de camiones que era conocida como un lugar de encuentro para prostitutas.

Riley había ido allí para investigar una serie de asesinatos de prostitutas. Encontró a Jilly escondida en la cabina de un camión, esperando venderse a sí misma al conductor cuando volviera.

Riley había llevado a Jilly a Servicios de Protección al Menor y había permanecido en contacto con ella. La hermana de Garrett había tomado a Jilly como una niña de acogida, pero Jilly eventualmente huyó de nuevo.

Riley decidió llevársela a casa en ese momento.

Pero ahora estaba empezando a preguntarse si había cometido un error. Tenía que cuidar de su propia hija de quince años de edad, April, quien podía ser difícil. Habían atravesado unas experiencias traumáticas juntas desde la disolución del matrimonio de Riley.

¿Y qué tanto sabía de Jilly? ¿Riley tenía alguna idea de cuán profundamente traumatizada podría estar? ¿Estaba siquiera un poco preparada para lidiar con los desafíos que Jilly podría presentar? Y aunque April había estado de acuerdo con todo el asunto, ¿cómo se llevarían las dos adolescentes?

De repente, Jilly habló.

“¿Dónde voy a dormir?”.

Riley se sintió aliviada al oír su voz.

“Tendrás tu propia habitación”, dijo. “Es pequeña, pero creo que es perfecta para ti”.

Jilly se quedó callada por otro momento.

Entonces dijo: “¿Era la habitación de alguien más?”.

Jilly sonaba preocupada.

“No desde que yo he vivido allí”, dijo Riley. “Traté de usarla como oficina, pero era demasiado grande. Así que mudé mi oficina a mi dormitorio. April y yo te compramos una cama y una cómoda pero, cuando tengamos tiempo, puedes escoger unos póster y una colcha”.

“Mi propio cuarto”, dijo Jilly.

Riley pensó que sonaba más aprensiva que alegre.

“¿Dónde duerme April?”, preguntó Jilly.

Riley quería decirle a Jilly que esperara a que llegaran a casa para que viera todo por sí misma. Pero le parecía que la chica necesitaba un poco de reconfirmación justo en ese mismo momento.

“April tiene su propia habitación”, dijo Riley. “Sin embargo, ustedes compartirán un baño. Yo tengo el mío”.

“¿Quién limpia? ¿Quién cocina?”, preguntó Jilly. Luego añadió ansiosamente: “No cocino tan bien”.

“Nuestra ama de llaves, Gabriela, se encarga de todo eso. Ella es de Guatemala. Ella vive con nosotros, en su propio apartamento en el sótano. La conocerás pronto. Cuidará de ti cuando no esté en casa”.

Hubo otro momento de silencio.

Jilly preguntó: “¿Gabriela me golpeará?”.

Riley quedó pasmada por la pregunta.

“No. Claro que no. ¿Por qué pensarías eso?”.

Jilly no respondió. Riley intentó comprender lo que quería decir.

Intentó decirse a sí misma que esto no debería sorprenderle. Recordó lo que Jilly le había dicho luego de haberla encontrado en la cabina del camión y le había dicho que necesitaba irse a casa.

“No me iré a casa. Mi papá me golpeará si regreso”.

Servicios sociales en Phoenix ya había retirado a Jilly de la tutela de su padre. Riley sabía que la madre de Jilly había desaparecido hace mucho tiempo. Jilly tenía un hermano en algún lugar, pero nadie había sabido algo de él en un rato.

Le partió el alma a Riley darse cuenta de que Jilly podría estar esperando recibir un trato similar en su nuevo hogar. Parecía que la pobre chica apenas podía imaginar algo mejor de la vida.

“Nadie va a golpearte, Jilly”, dijo Riley, su voz temblando un poco de la emoción. “Eso no volverá a suceder jamás. Cuidaremos bien de ti. ¿Entiendes?”.

Jilly se quedó callada de nuevo. Riley deseaba que solo respondiera que sí entendía, y que creía lo que Riley le estaba diciendo. En cambio, Jilly cambió de tema.

“Me gusta tu carro”, dijo. “¿Puedo aprender a conducir?”.

“Claro, cuando seas mayor”, dijo Riley. “Ahora vamos a acomodarte en tu nueva vida”.



*



Todavía estaba nevando un poco cuando Riley estacionó su carro frente a su casa y ella y Jilly se bajaron. El rostro de Jilly se retorció un poco cuando los copos de nieve tocaron su piel. No parecía que esta nueva sensación la agradara. Y empezó a temblar por el frío.

“Tengo que comprarle ropa de frío inmediatamente”, pensó Riley.

A medio camino entre el carro y la puerta principal, Jilly se detuvo de golpe. Miró la casa fijamente.

“No puedo hacer esto”, dijo Jilly.

“¿Por qué no?”.

Jilly se quedó callada por un momento. Se veía como un animal asustado. Riley sospechó que el pensar en vivir en un lugar tan agradable la abrumaba.

“Me interpondré en el camino de April, ¿verdad?”, dijo Jilly. “Es su baño”.

Parecía estar buscando excusas y razones por las cuales esto no funcionaría.

“No te interpondrás en el camino de April”, dijo Riley. “Ahora vamos”.

Riley abrió la puerta. Adentro estaban esperándolas April y el ex esposo de Riley, Ryan. Sus rostros estaban sonrientes y acogedores.

April corrió hacia Jilly enseguida y le dio un fuerte abrazo.

“Yo soy April”, dijo. “Me alegra que estés aquí. Te gustará mucho vivir con nosotros”.

A Riley le sorprendió la diferencia entre las dos chicas. Siempre había considerado que April era bastante delgada y desgarbada. Pero se veía muy robusta al lado de Jilly, quien se veía flaca en comparación. Riley supuso que Jilly había pasado hambre en su vida.

“Muchas cosas que aún no sé”, pensó Riley.

Jilly sonrió nerviosamente a lo que Ryan se presentó y la abrazó.

Gabriela vino corriendo desde abajo de repente, introduciéndose a sí misma con una enorme sonrisa.

“¡Bienvenida a la familia!”, exclamó Gabriela antes de darle a Jilly un abrazo.

Riley notó que la piel de la vigorosa mujer guatemalteca solo era un poco más oscura que la tez oliva de Jilly.

“¡Vente!”, dijo Gabriela, llevando a Jilly de la mano. “Subamos. ¡Te mostraré tu habitación!”.

Pero Jilly alejó su mano y se quedó parada allí temblando. Lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Se sentó en las escaleras a llorar. April se sentó junto a ella y puso su brazo alrededor de sus hombros.

“Jilly, ¿qué te pasa?”, preguntó April.

Jilly negó con la cabeza miserablemente.

“No sé”, dijo. “Es solo... No sé. Esto es demasiado”.

April sonrió dulcemente y le dio unas palmaditas en la espalda.

“Yo sé, yo sé”, dijo. “Subamos. Te sentirás en casa en un santiamén”.

Jilly se levantó obedientemente y siguió a April por las escaleras. A Riley le complació lo bien que April estaba manejando la situación. Obviamente April siempre había dicho que quería una hermana menor. Pero April también había tenido unos años difíciles, y había sido severamente traumatizada por delincuentes deseosos de vengarse de Riley.

“Tal vez April será capaz de entender a Jilly mejor que yo”, pensó Riley.

Gabriela miró a las dos chicas con compasión.

“¡Pobrecita!”, dijo. “Espero esté bien”.

Gabriela bajó las escaleras de nuevo, dejando a Riley y Ryan a solas. Ryan estaba parado mirando las escaleras, viéndose un poco aturdido.

“Espero no esté dudando”, pensó Riley. “Voy a necesitar su apoyo”.

Mucho había ocurrido entre ella y Ryan. Durante los últimos años de su matrimonio, había sido un marido infiel y un padre ausente. Se habían separado y divorciado. Pero Ryan parecía un hombre cambiado últimamente y estaban pasando más tiempo juntos.

Habían hablado del desafío de traer a Jilly a sus vidas. Ryan había parecido estar entusiasmado con la idea.

“¿Aún te parece bien esto?”, le preguntó Riley.

Ryan la miró y dijo: “Sí. Sin embargo, sé que será difícil”.

Riley asintió. Luego vino una pausa incómoda.

“Creo que es mejor que me vaya”, dijo Ryan.

Riley se sintió aliviada. Lo besó ligeramente, y él se puso su abrigo y salió por la puerta. Riley se sirvió un trago y se sentó sola en la sala de estar.

“¿En qué nos he metido?”, se preguntó.

Esperaba que sus buenas intenciones no destrozaran a su familia otra vez.




CAPÍTULO DOS


Riley se despertó a la mañana siguiente con un corazón lleno de aprehensión. Este sería el primer día de Jilly en su casa. Tenían mucho por hacer hoy y Riley esperaba que no hubiera problemas.

Anoche se había dado cuenta de que la transición de Jilly a su nueva vida sería dura para todos. Pero April había colaborado y había ayudado a Jilly a acomodarse. Habían escogido ropa para ella para el día de hoy, no de las escasas posesiones que Jilly había traído consigo en una bolsa de supermercado, sino de las cosas nuevas que Riley y April habían comprado para ella.

Jilly y April finalmente se habían ido a dormir.

Riley también, pero pasó la noche inquieta y preocupada.

Se levantó, se vistió y se dirigió directamente a la cocina, donde April estaba ayudando a Gabriela a preparar el desayuno.

“¿Dónde está Jilly?”, preguntó Riley.

“No se ha levantado aún”, dijo April.

Riley comenzó a preocuparse.

Fue a la base de las escaleras y gritó: “Jilly, es hora de levantarse”.

No oyó ninguna respuesta. Sintió una oleada de pánico. ¿Jilly había huido durante la noche?

“Jilly, ¿me oyes?”, gritó. “Tenemos que registrarte en la escuela esta mañana”.

“Voy”, respondió Jilly.

Riley suspiró de alivio. El tono de Jilly era taciturno, pero al menos estaba cooperando.

En los últimos años, Riley había oído ese tono taciturno a menudo de April. Parecía haberlo superado, pero todavía recaía de vez en cuando. Riley se preguntó si realmente estaba preparada para criar a otra adolescente.

En ese momento alguien tocó la puerta principal. Cuando Riley abrió, vio que era su vecino, Blaine Hildreth.

Riley se sorprendió al verlo, pero también se alegró. Era un par de años más joven que ella, un hombre encantador y atractivo que también era el dueño de un restaurante de la ciudad. De hecho, sentía una atracción mutua con él que sin duda confundía el asunto de posiblemente volver a conectarse con Ryan. Lo más importante era que Blaine era un vecino maravilloso y sus hijas eran mejores amigas.

“Hola, Riley”, dijo. “Espero que no sea demasiado temprano”.

“Para nada”, dijo Riley. “¿Cómo estás?”.

Blaine se encogió de hombros con una sonrisa algo triste.

“Pensé que debía venir a despedirme”, dijo.

La boca de Riley se abrió de sorpresa.

“¿Qué quieres decir?”, preguntó.

Él vaciló, y antes de que pudiera contestar, Riley vio un enorme camión estacionado frente a su casa adosada. Un servicio de mudanza estaba metiendo los muebles de la casa de Blaine en el camión.

Riley jadeó.

“¿Te vas a mudar?”, preguntó.

“Me pareció una buena idea”, dijo Blaine.

Riley casi dijo: “¿Por qué?”.

Pero era fácil adivinar el por qué. Vivir al lado de Riley había demostrado ser peligroso y aterrador, tanto para Blaine como para su hija, Crystal. El vendaje que todavía estaba en su rostro era un duro recordatorio. Blaine había sido gravemente herido cuando había intentado proteger a April del ataque de un asesino.

“No es lo que estás pensando”, dijo Blaine.

Pero Riley podía notar por su expresión que sí era exactamente lo que estaba pensando.

“Resulta que este lugar no es conveniente”, continuó. “Queda demasiado lejos del restaurante. Encontré un lugar agradable que queda mucho más cerca. Estoy seguro de que lo entiendes”.

Riley se sintió demasiado confundida y molesta como para responder. Los recuerdos del terrible incidente le llegaron de golpe.

Había estado en el norte de Nueva York trabajando en un caso cuando se había enterado de que un asesino brutal estaba suelto. Su nombre era Orin Rhodes. Dieciséis años atrás, Riley había matado a su novia en un tiroteo y lo había enviado a la cárcel. Cuando Rhodes finalmente fue liberado de Sing Sing, quiso vengarse de Riley y de todas las personas que ella amaba.

Antes de que Riley pudiera llegar a casa, Rhodes había invadido su casa y atacado a April y a Gabriela. Blaine había oído todo y se había acercado para ayudar. Probablemente había salvado la vida de April. Pero había sido gravemente herido en el proceso.

Riley lo había visitado dos veces en el hospital. La primera vez fue devastadora. Había estado inconsciente por sus lesiones y había tenido una vía intravenosa en cada brazo y una máscara de oxígeno. Riley se había culpado por lo que le había sucedido.

Pero su próxima visita había sido más alentadora. Blaine había estado alegre y alerta, y había bromeado un poco sobre su temeridad.

Recordó lo que él le había dicho a ella en ese entonces...

“No hay mucho que no haría por ti y por April”.

Claramente había reconsiderado eso. El peligro de vivir al lado de Riley era demasiado para él y ahora se iba. No sabía si sentirse lastimada o culpable. Sin duda se sentía decepcionada.

Los pensamientos de Riley fueron interrumpidos por la voz de April detrás de ella.

“¡Dios mío! Blaine, ¿tú y Crystal se van a mudar? ¿Crystal aún está allí?”.

Blaine asintió con la cabeza.

“Tengo que ir a despedirme”, dijo April.

April salió por la puerta y se dirigió a la casa de al lado.

Riley aún estaba lidiando con sus emociones.

“Lo lamento”, dijo.

“¿Qué lamentas?”, preguntó Blaine.

“Tú sabes”.

Blaine asintió con la cabeza. “No fue tu culpa, Riley”, dijo en una voz suave.

Riley y Blaine se quedaron mirándose el uno al otro por un momento. Finalmente, Blaine forzó una sonrisa.

“No nos vamos de la ciudad”, dijo. “Podemos vernos cada vez que queramos. Las chicas también. Y aún estarán en la misma escuela secundaria. Será como si nada hubiera cambiado”.

Riley sintió un sabor amargo en la boca.

“Eso no es cierto”, pensó. “Todo ha cambiado”.

La desilusión estaba comenzando a darle paso a la ira. Riley sabía que no debía sentirse enojada. No tenía derecho a hacerlo. Ni siquiera sabía por qué se sentía de esa manera. Lo único que sabía era que no podía evitarlo.

¿Y qué debían hacer ahora mismo?

¿Abrazarse? ¿Darse la mano?

Supuso que Blaine sentía la misma incomodidad e indecisión.

Se las arreglaron para intercambiar unas despedidas concisas. Blaine volvió a su casa, y Riley entró de nuevo a la suya. Encontró a Jilly desayunando en la cocina. Gabriela había colocado su desayuno sobre la mesa, así que se sentó a comer con Jilly.

“¿Te sientes emocionada por el día de hoy?”.

Riley espetó la pregunta antes de darse cuenta de lo estúpida que sonaba.

“Supongo”, dijo Jilly, tocando sus panqueques con un tenedor. Ni siquiera levantó la mirada.



*



Un rato más tarde, Riley y Jilly entraron a la Escuela Intermedia Brody. El edificio era atractivo, con casilleros de colores brillantes en los pasillos y arte estudiantil colgando por todas partes.

Una estudiante agradable y educada les ofreció su ayuda y las dirigió hacia la oficina principal. Riley le dio las gracias y continuó por el pasillo, empuñando la documentación de Jilly en una mano y sosteniendo la mano de Jilly con la otra.

Antes de eso se habían registrado en la oficina central. Habían tomado los materiales que Servicios Sociales de Phoenix había recopilado: registros de vacunación, expedientes educacionales, acta de nacimiento y una declaración que estipulaba que Riley era la tutora designada de Jilly. Jilly había sido retirada de la custodia de su padre, aunque él había amenazado con impugnar esa decisión. Riley sabía que el camino para finalizar y legalizar la adopción no sería rápido ni fácil.

Jilly apretó la mano de Riley con fuerza. Riley sintió que la muchacha se sentía extremadamente incómoda. No era difícil imaginar el por qué. Aunque su vida en Phoenix había sido dura, ese era el único lugar en el que Jilly había vivido.

“¿Por qué no puedo ir a la escuela con April?”, preguntó Jilly.

“El año que viene estarás en la misma escuela secundaria”, dijo Riley. “Primero tienes que terminar octavo grado”.

Encontraron la oficina principal y Riley le mostró los documentos a la recepcionista.

“Queremos hablar con alguien para inscribir a Jilly en la escuela”, dijo Riley.

“Necesitan verse con la orientadora académica”, dijo la recepcionista con una sonrisa. “Vengan por aquí”.

“Ambas necesitamos un poco de orientación”, pensó Riley.

La orientadora era una mujer treintañera con pelo rizado marrón. Su nombre era Wanda Lewis y tenía una sonrisa muy cálida. Riley se encontró pensando que podría ser de gran ayuda. Seguramente una mujer en un trabajo como este había tratado con otros estudiantes con pasados tumultuosos.

La Srta. Lewis les dio un tour de la escuela. La biblioteca era ordenada y estaba bien surtida de libros y computadoras. En el gimnasio habían chicas jugando baloncesto. La cafetería estaba limpia y brillante. Todo le parecía absolutamente encantador.

Durante todo el tour, la Srta. Lewis le hizo muchas preguntas a Jilly sobre dónde había ido a la escuela antes y sobre sus intereses. Pero Jilly casi ni respondía, ni tampoco hacía sus propias preguntas. Pareció animarse un poco cuando le echó un vistazo a la sala de arte. Pero tan pronto como avanzaron, volvió a portarse igual.

Riley se preguntaba qué podría estar pasando por la cabeza de la niña. Sabía que sus notas recientes habían sido malas, pero que las de años anteriores habían sido sorprendentemente buenas. La realidad era que Riley no sabía mucho acerca de la experiencia escolar de Jilly.

Quizás hasta odiaba la escuela.

Esta nueva escuela debía ser abrumadora ya que no conocía a nadie. Y, por supuesto, no iba a ser fácil ponerse al día con los estudios ya que solo faltaban un par de semanas para el final del trimestre.

Al final del tour, Riley logró persuadir a Jilly a que le diera las gracias a la Srta. Lewis por mostrarles todo. Acordaron que Jilly comenzaría clases al día siguiente. Luego Riley y Jilly salieron al aire frío de enero. Una fina capa de la nieve del día de ayer cubría todo el estacionamiento.

“¿Qué opinas de tu nueva escuela?”, preguntó Riley.

“Es bonita”, dijo Jilly.

Riley no podía descifrar si Jilly estaba siendo taciturna o simplemente estaba aturdida por todos los cambios que enfrentaba. Mientras se acercaron al carro, notó que Jilly estaba temblando mucho y que sus dientes rechinaban. Llevaba una chaqueta pesada de April, pero el frío realmente la estaba molestando.

Entraron en el carro y Riley encendió el motor y la calefacción. Jilly no dejó de temblar, no siquiera cuando el carro se calentó un poco.

Riley no salió del estacionamiento. Había llegado el momento de averiguar qué era lo que estaba molestando a esta niña que estaba bajo su cuidado.

“¿Qué te pasa?”, preguntó. “¿Hay algo de la escuela que te molesta?”.

“No es la escuela”, dijo Jilly, su voz temblando ahora. “Es el frío”.

“No hay frío en Phoenix”, dijo Riley. “Esto debe ser extraño para ti”.

Los ojos de Jilly se llenaron de lágrimas.

“Hace frío a veces”, dijo. “Especialmente de noche”.

“Por favor dime qué te pasa”, dijo Riley.

Lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Habló con una voz conmovida.

“El frío me hace recordar...”.

Jilly se quedó en silencio. Riley esperó pacientemente que continuara.

“Mi papá siempre me culpaba por todo”, dijo Jilly. “Me culpó por el hecho de que mi mamá y mi hermano se fueran, y hasta me culpaba cada vez que lo despedían de los trabajos en los que lo contrataban. Me echaba la culpa por todo lo que salía mal”.

Jilly estaba sollozando un poco ahora.

“Continúa”, dijo Riley.

“Una noche me dijo que quería que me fuera de la casa”, dijo Jilly. “Dijo que era peso muerto, que no lo estaba dejando surgir y que estaba harto de mí. Me botó de la casa. Trabó las puertas y no pude volver a entrar”.

Jilly tragó grueso ante la memoria.

“Nunca sentí tanto frío en mi vida”, dijo. “Ni siquiera ahora en este clima. Encontré un gran desagüe en una zanja, y era lo suficientemente grande para mí, así que pasé la noche allí. Fue demasiado aterrador. A veces pasaban personas por allí, pero yo no quería que me encontraran. No parecían personas dispuestas a ayudarme”.

Riley cerró los ojos, imaginándose a la niña escondida en el desagüe oscuro. “¿Y qué pasó después?”, murmuró.

Jilly continuó: “Simplemente me quedé allí toda la noche. No dormí nada. La mañana siguiente volví a casa y toqué la puerta y le supliqué a papá que me dejara pasar. Él me ignoró, como si ni siquiera estuviera allí. Allí es cuando fui a la parada de camiones. No había frío y había comida. Algunas de las mujeres fueron buenas conmigo y pensé que haría lo que fuera necesario para quedarme allí. Y esa es la noche en la que me encontraste”.

Jilly se calmó luego de terminar de contar su historia. Parecía estar aliviada por haberlo hecho. Pero ahora Riley estaba llorando. Apenas podía creer lo que esta pobre chica había vivido. Puso su brazo alrededor de Jilly y la abrazó con fuerza.

“Nunca más”, dijo Riley entre sus sollozos. “Jilly te prometo que jamás te volverás a sentir así”.

Era una gran promesa, y Riley se sentía pequeña, débil y frágil ahora mismo. Esperaba poder cumplirla.




CAPÍTULO TRES


La mujer seguía pensando en el pobre Cody Woods. Estaba segura de que ya estaba muerto. Lo sabría a ciencia cierta luego de leer el periódico.

Aunque estaba disfrutando de su té caliente y granola, esperar obtener noticias estaba poniéndola de mal humor.

“¿Cuándo va a llegar el periódico?”, se preguntó, mirando el reloj de la cocina.

Parecía que cada vez lo estaban trayendo más tarde. Obviamente no tendría este problema con una suscripción digital. Pero no le gustaba leer las noticias en su computadora. Le gustaba sentarse en una silla cómoda y disfrutar de la sensación agradable del periódico en sus manos. Incluso le gustaba la forma en la que el papel a veces se pegaba a sus dedos.

Pero el periódico ya tenía quince minutos de retraso. Si las cosas seguían empeorando, tendría que llamar y poner una queja. Ella odiaba hacerlo. Siempre dejaba un sabor amargo en su boca.

De todos modos, el diario era realmente la única forma que tenía de averiguar qué había pasado con Cody. Obviamente no podía llamar al Centro de Rehabilitación Signet para preguntar por él. Eso sería muy sospechoso. Además, el personal pensaba que ya estaba en México con su esposo, con ningún plan de volver a la ciudad.

Mejor dicho, Hallie Stillians estaba en México. Le entristecía un poco que jamás podría ser Hallie Stillians de nuevo. Se había encariñado con ese alias particular. Que el personal del Centro de Rehabilitación Signet la sorprendiera con un pastel en su último día de trabajo había sido un gesto bastante amable de su parte.

Ella sonrió ante el recuerdo. El pastel había sido decorado con sombreros y un mensaje:



¡Buen Viaje, Hallie y Rupert!



Rupert era el nombre de su esposo imaginario. Extrañaría hablar maravillas de él.

Terminó su granola y siguió bebiéndose su té casero delicioso, una antigua receta familiar… Una receta distinta a la que había compartido con Cody, y obviamente no contenía los ingredientes especiales que había agregado para él.

Comenzó a cantar...



“Lejos de casa,

Tan lejos de casa,

Este pequeño bebé está lejos de casa.

Te consumes más y más

Día tras día

Demasiado triste para reír, demasiado triste para jugar”.



¡A Cody le había encantado esa canción! En realidad, a todos sus pacientes les había gustado. Y a sus pacientes futuros también les encantará. Ese pensamiento reconfortaba su espíritu.

Justo en ese momento oyó un golpe en la puerta principal. Se apresuró para abrirla y mirar fuera. El periódico matutino estaba allí en la escalera de entrada. Temblando de emoción, ella cogió el periódico, corrió a la cocina y lo abrió a las esquelas.

Efectivamente, allí estaba:



SEATTLE — Cody Woods, 49, de Seattle…



Se detuvo por un momento. Eso era extraño. Podría haber jurado que él le había dicho que tenía cincuenta. Luego leyó el resto...



...en el Hospital South Hills, Seattle, Washington; Servicios Funerarios y de Cremación Sutton-Brinks, Seattle.



Eso era todo. Era concisa, incluso para una simple esquela.

Esperaba leer un obituario amable en los próximos días. Pero estaba preocupada de que tal vez no hubiera uno. ¿Quién iba a escribirlo, después de todo?

Había estado solo en el mundo, o al menos eso es lo que le había dicho. Su primera esposa estaba muerta, la otra lo había dejado y sus dos hijos no le hablaban. No le había hablado de amigos, familiares, ni de compañeros de trabajo.

“¿A quién le importaba él?”, se preguntó.

Sintió una rabia amarga y familiar en su garganta.

Rabia contra todas las personas en la vida de Cody Woods que no les importaba si estaba vivo o muerto.

Rabia contra el personal sonriente del Centro de Rehabilitación Signet, fingiendo que extrañarían a Hallie Stillians.

Rabia contra las personas de todas partes, con sus mentiras y secretos y mezquindad.

Como lo hacía a menudo, se imaginó volando sobre el mundo con alas negras, matando y destruyendo a los malvados.

Y todas las personas eran malvadas.

Todo el mundo merecía morir.

Incluso Cody Woods era malvado y mereció morir.

Porque ¿qué clase de hombre había sido realmente por haber dejado este mundo sin nadie que lo amara?

Un hombre terrible, seguramente.

Terrible y odioso.

“Bien merecido”, gruñó.

Trató de calmar su rabia. Se sintió avergonzada de haber dicho tal cosa en voz alta. Después de todo, no lo decía en serio. Recordó que lo único que sentía era amor y buena voluntad hacia absolutamente todo el mundo.

Además, casi era hora de ir a trabajar. Hoy iba a ser Judy Brubaker.

Al mirarse al espejo, se aseguró de que la peluca estaba en su sitio y que el flequillo colgaba naturalmente sobre su frente. Era una peluca costosa y nadie se había percatado de que no era su propio pelo hasta ahora. Debajo de la peluca, el pelo rubio corto de Hallie Stillians había sido teñido marrón oscuro y recortado en un estilo diferente.

No quedaba nada de Hallie, ni su ropa ni sus manierismos.

Tomó un par de anteojos para leer y los colgó de un cordón brillante alrededor de su cuello.

Sonrió con satisfacción. Había sido inteligente invertir en los accesorios adecuados, y Judy Brubaker merecía lo mejor.

Todo el mundo amaba a Judy Brubaker.

Y todo el mundo amaba esa canción que Judy Brubaker cantaba a menudo, una canción que cantaba en voz alta mientras se vestía para ir a trabajar...



“No hay porqué llorar,

Duerme profundamente.

Entrégate a los brazos de Morfeo.

No más suspiros,

Solo cierra tus ojos

Y te irás a casa en tus sueños”.



Estaba repleta de paz, suficiente paz como para compartirla con todo el mundo. Le había dado paz a Cody Woods.

Y pronto le daría paz a alguien más que la necesitaba.




CAPÍTULO CUATRO


El corazón de Riley latía con fuerza y sus pulmones le dolían por la forma rápida y fuerte en la que estaba respirando. No podía sacarse una melodía familiar de la cabeza.

“Sigue el camino de ladrillos amarillos...”.

Aunque estaba muy cansada, Riley no pudo evitar sentirse entretenida. Era una mañana fría, y estaba corriendo la pista de obstáculos al aire libre de 6 millas en Quántico. La pista era apodada ‘El camino de ladrillos amarillos’.

Había sido llamada así por los infantes de marina que la habían construido. Ellos habían colocado ladrillos amarillos para marcar cada milla. Los alumnos del FBI que sobrevivían la pista recibían un ladrillo amarillo como recompensa.

Riley se había ganado su ladrillo amarillo hace años. Pero cada cierto tiempo corría la pista de nuevo, solo para asegurarse de que aún podía hacerlo. Después de la tensión emocional de los últimos días, Riley necesita actividad física para despejarse.

Hasta ahora, había superado una serie de obstáculos y había pasado tres ladrillos amarillos en el camino. Había subido paredes improvisadas, atravesado vallas y saltado por ventanas simuladas. Hace solo un momento había subido por una roca con una cuerda, y ahora estaba de bajada.

Cuando llegó al suelo, levantó la mirada y vio a Lucy Vargas, una agente joven brillante con la que le gustaba trabajar y entrenar. Lucy había estado encantada de ser la pareja de entrenamiento de Riley esta mañana. Estaba jadeando en la base de la roca, mirando a Riley.

Riley le dijo: “¿No puedes con este vejestorio?”.

Lucy se echó a reír. “Me lo estoy tomando con calma. No quiero que te excedas, no a tu edad”.

“Oye, no te reprimas por mí”, le respondió Riley. “Da todo de ti”.

Riley tenía cuarenta años, pero nunca había dejado de entrenar y mantenerse en forma. Poder actuar con rapidez y golpear a alguien fuertemente podría ser crucial al momento de enfrentar monstruos humanos. La pura fuerza física había salvado vidas, incluyendo la suya, más de una vez en el pasado.

Aún así, no se sintió nada alegre a lo que vio el próximo obstáculo, un charco de agua congelada y lodosa con un alambre de púas colgando sobre él.

Las cosas estaban a punto de ponerse muy duras.

Estaba bien vestida para el invierno y llevaba una parka impermeable. Aún así, arrastrarse por el barro la dejaría empapada y congelada.

“Aquí voy”, pensó.

Se tiró al barro. El agua helada envió una descarga por todo su cuerpo. Aún así, se obligó a empezar a gatear, y se arrastró a lo que sintió las púas raspar su espalda un poco.

Comenzó a sentirse entumecida, desencadenando un recuerdo no deseado.



Riley estaba en un sótano de poca altura debajo de una casa. Acababa de escaparse de una jaula donde había sido atormentada por un psicópata con una antorcha de propano. En la oscuridad, había perdido la noción del tiempo y no sabía cuántos días llevaba en cautiverio.

Pero había logrado forzar la puerta de la jaula, y ahora se arrastraba a ciegas en busca de una salida. Había llovido recientemente, y el barro por debajo de ella era pegajoso, frío y profundo.

A medida que su cuerpo se entumecía más por el frío, sintió una profunda desesperación. Estaba débil del hambre y la falta de sueño.

“No puedo hacerlo”, pensó.

Tenía que sacarse esas ideas de su mente. Tenía que seguir arrastrándose y buscando. Si no lograba salir, eventualmente la mataría, tal y como había matado a sus otras víctimas.



“Riley, ¿estás bien?”.

La voz de Lucy sacó a Riley del recuerdo de uno de sus casos más desgarradores. Fue un calvario que jamás olvidaría, sobre todo porque su hija se convirtió luego en una cautiva del mismo psicópata. Se preguntaba si se libraría de los flashbacks en algún momento.

¿Y April? ¿Se libraría de sus recuerdos devastadores?

Riley estaba en el presente una vez más, y se dio cuenta de que se había quedado inmóvil bajo el alambre de púas. Lucy estaba justo detrás de ella, esperando que terminara este obstáculo.

“Estoy bien”, le respondió Riley. “Siento frenarte”.

Se obligó a comenzar a arrastrarse de nuevo. En la orilla, se puso de pie e intentó recuperar su ingenio y energía. Luego salió corriendo por el sendero arbolado, segura de que Lucy no estaba muy lejos de ella. Sabía que su próxima tarea sería subir una red de carga. Después de eso, aún faltaban unas dos millas y unos obstáculos muy difíciles de superar.



*



Al final de la pista de seis millas, Riley y Lucy caminaban tomadas del brazo, jadeando y riendo y felicitándose mutuamente por su triunfo. A Riley le sorprendió ver a su compañero esperándola al final del sendero. Bill Jeffreys era un hombre fuerte y robusto de la edad de Riley.

“¡Bill!”, exclamó Riley, aún respirando con dificultad. “¿Qué estás haciendo aquí?”.

“Vine a buscarte”, dijo. “Me dijeron que podría encontrarte aquí. Apenas creí que querías hacer esto y ¡menos en invierno! ¿Eres masoquista o qué?”.

Riley y Lucy se echaron a reír.

Lucy dijo: “Tal vez yo soy la masoquista. Espero poder seguir la pista de ladrillos amarillos como Riley cuando tenga su edad”.

Riley le dijo a Bill burlonamente: “Oye, estoy lista para hacerlo de nuevo. ¿Quieres acompañarme?”.

Bill negó con la cabeza y soltó una risita.

“No”, dijo. “Todavía tengo mi viejo ladrillo amarillo en casa, y lo uso como un tope. Uno es suficiente para mí. Sin embargo, estoy pensando en intentar ganarme el ladrillo verde. ¿Quieres acompañarme en eso?”.

Riley se echó a reír de nuevo. El llamado “ladrillo verde” era un chiste en el FBI, un premio otorgado a cualquier persona que pudiera fumarse treinta y cinco cigarros en treinta y cinco noches sucesivas.

“No gracias”, dijo.

La expresión del Bill se volvió seria de repente.

“Estoy trabajando en un nuevo caso, Riley”, dijo. “Y te necesito. Espero que no tengas problema con esto. Sé que no ha pasado tanto tiempo desde nuestro último caso”.

Bill tenía razón. Para Riley, parecía que habían arrestado a Orin Rhodes apenas ayer.

“Sabes que apenas traje a Jilly a casa. Estoy tratando de que se instale en su nueva vida. Nueva escuela... Nuevo todo”.

“¿Cómo está?”, preguntó Bill.

“Es errática, pero realmente está intentándolo. Está muy feliz de formar parte de una familia. Creo que ella va a necesitar mucha ayuda”.

“¿Y April?”.

“Se ha portado a la altura. Todavía me sorprende como haber peleado con Rhodes la hizo más fuerte. Y ya está muy encariñada con Jilly”.

Después de una pausa, preguntó: “¿Qué tipo de caso tienes, Bill?”.

Bill se quedó callado por un momento.

“Estoy en camino para reunirme con el jefe sobre el caso”, dijo. “Realmente necesito tu ayuda, Riley”.

Riley miró directamente a su amigo y socio. Su expresión era una de profunda angustia. Cuando había dicho que necesitaba su ayuda, realmente lo había dicho en serio. Riley se preguntaba por qué.

“Déjame ducharme y ponerme ropa seca”, dijo. “Te veo en la oficina central en un rato”.




CAPÍTULO CINCO


El jefe de equipo Brent Meredith no era un hombre que perdía tiempo con sutilezas. Riley lo sabía por experiencia. Así que cuando entró en su oficina después de su carrera, no esperaba charlar ni tampoco que le hiciera preguntas corteses sobre su salud, hogar y familia. Podía ser amable y cálido, pero esos momentos eran raros. Hoy iría directo al grano, y sus asuntos siempre eran urgentes.

Bill ya había llegado. Todavía se veía muy ansioso. Esperaba entender la razón pronto.

Tan pronto como Riley se sentó, Meredith se inclinó sobre su escritorio hacia ella, su gran rostro angular afroamericano tan abrumador como siempre.

“Lo primero es lo primero, agente Paige”, dijo.

Riley esperó que dijera otra cosa, que hiciera una pregunta o le diera una orden. En cambio, simplemente la miró fijamente.

Solo le tomó a Riley un momento comprender lo que Meredith quería decirle.

Meredith no quería hacer esa pregunta en voz alta. Riley apreciaba su discreción. Un asesino todavía andaba suelto, y su nombre era Shane Hatcher. Él había escapado de Sing Sing, y la asignación más reciente de Riley había sido atraparlo.

Ella había fallado. En realidad, realmente no lo había intentado, y ahora otros agentes del FBI habían sido asignados para detener a Hatcher. Hasta ahora no habían tenido éxito.

Shane Hatcher era un genio criminal que se había convertido en un experto en Criminología respetado durante sus largos años en prisión. Por esta razón es la que Riley lo había visitado en prisión a veces para que la asesorara en sus casos. Lo conocía lo suficientemente bien como para sentirse segura de que no era un peligro para la sociedad ahora mismo. Hatcher tenía un estricto código moral bastante extraño. Había matado a un solo hombre desde su fuga, un viejo enemigo que también había sido un criminal peligroso. Riley se sentía segura de que no mataría a nadie más.

Ahora Riley entendió que Meredith necesitaba saber si se había comunicado con Hatcher. Era un caso de alto perfil, y parecía que Hatcher se estaba convirtiendo rápidamente en una especie de leyenda urbana: un famoso genio criminal capaz de cualquier cosa.

Apreciaba la discreción de Meredith en no plantear su pregunta en voz alta. Pero la verdad era que Riley no sabía nada sobre las actividades actuales de Hatcher o su paradero.

“No hay nada nuevo, señor”, dijo en respuesta a la pregunta tácita de Meredith.

Meredith asintió y pareció relajarse un poco.

“Está bien”, dijo Meredith. “Iré directo al grano. Enviaré al agente Jeffreys a Seattle a trabajar en un caso. Él te quiere como compañera. Necesito saber si estás disponible para ir con él”.

Riley necesitaba decir que no. Tenía tanto con que lidiar en su vida ahora mismo que tomar un caso en una ciudad distante parecía imposible. Ocasionalmente recaía en el TEPT que había sufrido desde su cautiverio. Su hija, April, había sufrido en manos del mismo hombre, y tenía sus propios demonios con los que lidiar. Y ahora Riley tenía una nueva hija que había atravesado sus propios traumas terribles.

Si tan solo pudiera quedarse por un tiempo y dar unas clases en la Academia, quizás pudiera estabilizar su vida un poco.

“No puedo hacerlo”, dijo Riley. “No en este momento”.

Se volvió hacia Bill.

“Tú sabes con lo que estoy lidiando”, dijo.

“Yo sé, solo esperaba...”, dijo con una expresión suplicante en los ojos.

Llegó el momento de averiguar cuál era el asunto.

“¿Pueden explicarme de qué trata el caso?”, preguntó Riley.

“Ha habido al menos dos envenenamientos en Seattle”, dijo Meredith. “Parece ser un caso de asesinato en serie”.

En ese momento, Riley entendió por qué Bill estaba conmovido. Su madre había sido envenenada hace muchos años, cuando él había sido solo un niño. Riley no sabía los detalles, pero sabía que su asesinato había sido una de las razones por las cuales se había convertido en un agente del FBI. Lo había atormentado durante años. Este caso abría viejas heridas para él.

Por eso es que, cuando le había dicho que la necesitaba en el caso, realmente lo había dicho en serio.

Meredith continuó: “Hasta los momentos, sabemos de dos víctimas, un hombre y una mujer. Pueden haber habido otras, y quizás hayan más”.

“¿Por qué fuimos llamados?”, preguntó Riley. “Hay una oficina de campo del FBI en Seattle. ¿No pueden encargarse ellos?”.

Meredith negó con la cabeza.

“La situación allí es bastante disfuncional. Parece que el FBI local y la policía local no pueden acordar nada sobre este caso. Es por eso que son necesitados allá, lo quieran ellos o no. ¿Puedo contar contigo, agente Paige?”.

De repente, la decisión de Riley parecía perfectamente clara. A pesar de sus problemas personales, realmente era necesitada para este caso.

“Cuentas conmigo”, dijo finalmente.

Bill asintió con la cabeza y suspiró de alivio y gratitud.

“Excelente”, dijo Meredith. “Viajarán a Seattle mañana por la mañana”.

Meredith tamborileó los dedos sobre la mesa por un momento.

“Pero no esperen una bienvenida acogedora”, añadió. “Ni la policía ni los federales estarán encantados de verlos”.




CAPÍTULO SEIS


Riley temía llevar a Jilly a su primer día en su nueva escuela, casi tanto como había temido algunos casos. La adolescente se veía bastante triste, y Riley se preguntaba si incluso podría hacer una escena en el último momento.

“¿Ella está lista para esto?”, se preguntó Riley a sí misma una vez más. “¿Yo estoy lista para esto?”.

Además, el momento no era nada oportuno. Le preocupaba a Riley el hecho de que tenía que volar a Seattle esta mañana. Pero Bill necesitaba su ayuda, y eso decidía el asunto para ella. Jilly pareció estar bien cuando discutieron el asunto en casa, pero Riley no sabía realmente qué esperar ahora.

Afortunadamente, no tenía que llevar a Jilly a la escuela sola. Ryan se había ofrecido a conducir, y Gabriela y April también habían venido para ofrecer apoyo moral.

Cuando todos se bajaron del carro en el estacionamiento de la escuela, April tomó a Jilly de la mano y caminó con ella directamente hacia el edificio. Las dos muchachas esbeltas vestían jeans, botas y chaquetas calientes. Riley las había llevado de compras ayer y había dejado que Jilly escogiera una chaqueta nueva, junto con una colcha, pósteres y algunas almohadas para personalizar su dormitorio.

Riley, Ryan y Gabriela siguieron a las niñas y Riley se sintió reconfortada al verlas. Después de años de malhumor y rebelión, April repentinamente parecía increíblemente madura. Riley se preguntaba si tal vez esto era lo que April había necesitado todo este tiempo, alguien a quien cuidar.

“Míralas”, le dijo Riley a Ryan. “Están creando vínculos emocionales”.

“Maravilloso”, dijo Ryan. “En realidad parecen hermanas. ¿Es eso lo que te atrajo a ella?”.

Era una pregunta interesante. Cuando Riley trajo a Jilly a casa, realmente se sorprendió a lo que se dio cuenta de lo diferentes que eran. Pero ahora estaba cada vez más consciente de las semejanzas. April era la más pálida de las dos, con ojos color avellana como los de su mamá, mientras que Jilly tenía ojos marrones y una tez oliva.

Pero ahora mismo se parecían bastante, con su pelo oscuro moviéndose en sus espaldas mientras se acercaban a la escuela.

“Tal vez sí”, dijo, respondiendo la pregunta de Ryan. “Ni siquiera pensé en eso. Lo único que sabía era que estaba en serios problemas, y que tal vez podría ayudarla”.

“Probablemente le salvaste la vida”, dijo Ryan.

Riley sintió un nudo en la garganta. Esa posibilidad no se le había ocurrido y era un pensamiento aleccionador. Estaba eufórica y aterrorizada por esta nueva sensación de responsabilidad.

Toda la familia fue directo a la oficina de la orientadora académica. Cálida y sonriente como siempre, Wanda Lewis saludó a Jilly y le dio un mapa de la escuela.

“Te llevará directamente a tu salón hogar”, dijo la Srta. Lewis.

“Puedo ver que este es un buen lugar”, le dijo Gabriela a Jilly. “Estarás bien aquí”.

Ahora Jilly se veía nerviosa, pero feliz. Los abrazó a todos y luego siguió a la Srta. Lewis por el pasillo.

“Me gusta esta escuela”, le dijo Gabriela a Ryan, Riley y April en camino al carro.

“Me alegra”, dijo Riley.

Lo decía en serio. Gabriela era mucho más que un ama de llaves. Era un verdadero miembro de la familia. Era importante que ella se sintiera bien con las decisiones familiares.

Todos se metieron en el carro, y Ryan prendió el motor.

“¿Adónde vamos ahora?”, Ryan preguntó alegremente.

“Tengo que ir a la escuela”, dijo April.

“Directo a casa después de eso”, dijo Riley. “Tengo que tomar un avión en Quántico”.

“Listo”, dijo Ryan, saliendo del estacionamiento.

Riley observó el rostro de Ryan mientras conducía. Se veía muy feliz, feliz de ser parte de las cosas y feliz de tener un nuevo miembro de la familia. Él no había sido así durante la mayor parte de su matrimonio. Realmente parecía un hombre cambiado. Y, en momentos como este, se sentía agradecida con él.

Se dio la vuelta y miró a su hija, quien estaba en el asiento trasero.

“Estás manejando todo esto muy bien”, dijo Riley.

April se veía sorprendida.

“Estoy intentando”, dijo. “Me alegra que lo hayas notado”.

Esto sorprendió a Riley. ¿Había estado ignorando a su hija por la preocupación de hacer a Jilly sentirse en casa?

April se quedó callada por un momento y luego dijo: “Mamá, aún me alegra que la hayas traído a casa. Supongo que todo es más complicado de lo que pensaba, esto de tener una nueva hermana. Le han pasado cosas terribles y a veces no es fácil hablar con ella”.

“No quiero dificultarte las cosas”, dijo Riley.

April sonrió débilmente. “Yo te dificulté las cosas”, dijo. “Soy lo suficientemente fuerte como para afrontar los problemas de Jilly. Y la verdad es que me está empezando a gustar esto de ayudarla. Estaremos bien. Por favor no te preocupes por nosotras”.

Tranquilizaba a Riley el saber que estaba dejando a Jilly bajo el cuidado de tres personas en las que podía confiar: April, Gabriela y Ryan. De todas formas, le molestaba tener que irse ahora mismo. Esperaba que no fuera por mucho tiempo.



*



Riley se asomó por la ventana del pequeño jet de la UAC. El avión sobrevoló las nubes para volar al noroeste del Pacífico. El vuelo duraría unas seis horas. En pocos minutos, Riley pudo ver el paisaje debajo de ellos.

Bill estaba sentado a su lado.

Dijo: “Volar al otro lado del país siempre me hace pensar en el pasado, cuando la gente tenía que caminar o andar en caballos o carretas”.

Riley asintió y sonrió. Era como si Bill hubiera leído sus pensamientos. A menudo sentía eso con él.

“El país debió haber parecido enorme en ese entonces”, dijo. “Les llevaba a los colonos meses cruzar el país”.

Un silencio cómodo y familiar se estableció entre ellos. Con los años, ella y Bill habían tenido sus desacuerdos e incluso habían peleado, y a veces parecía que su relación había llegado a su fin. Pero ahora se sentía aún más cercana a él debido a esos momentos difíciles. Le confiaba su vida, y sabía que él le confiaba la suya.

En momentos como este, estaba feliz de que ella y Bill no se habían entregado a su atracción mutua. Se habían acercado a hacerlo bastantes veces.

“Hubiera arruinado todo”, pensó Riley.

Habían sido inteligentes en no hacerlo. Perder su amistad hubiera sido demasiado difícil, ni siquiera se lo podía imaginar. Él era su mejor amigo en el mundo.

Después de unos momentos, Bill dijo: “Gracias por venir, Riley. Realmente necesito tu ayuda esta vez. No creo que pudiera manejar este caso con cualquier otro compañero. Ni siquiera con Lucy”.

Riley lo miró y se quedó callada. No tenía que preguntarle lo que tenía en mente. Sabía que finalmente iba a decirle la verdad sobre lo que le había sucedido a su madre. Entonces entendería cuán importante e inquietante este caso realmente era para él.

Él miró hacia adelante, perdido en sus recuerdos.

“Te he hablado de mi familia”, dijo. “Te dije que mi papá fue profesor de matemáticas de la escuela secundaria, y que mi mamá trabajó como cajera de un banco. Con tres hijos, estábamos cómodos, aunque tampoco éramos ricos. Fue una vida muy feliz para todos nosotros. Hasta que...”.

Bill pausó por un momento.

“Sucedió cuando tenía nueve años”, continuó. “Justo antes de Navidad, el personal del banco en el que trabajaba mi mamá organizó su fiesta anual de Navidad, intercambiando regalos y comiendo torta y todo lo demás. Cuando mamá llegó a casa esa tarde, supimos que se había divertido bastante y que todo estaba bien. Pero comenzó a comportarse rara esa noche”.

Bill hizo una mueca ante la triste memoria.

“Se mareó, estaba confundida y estaba balbuceando. Era casi como si estuviera borracha. Pero mamá nunca bebía mucho y, además, no habían servido alcohol en la fiesta. Nosotros no teníamos ni la menor idea de lo que estaba sucediendo. Las cosas empeoraron rápidamente. Empezó a sentir náuseas y a vomitar. Papá la llevó rápidamente a la sala de emergencias. Nosotros fuimos con ellos”.

Bill se quedó en silencio de nuevo. Riley podía notar que se le estaba haciendo cada vez más difícil contar lo que había sucedido.

“Cuando llegamos al hospital, tenía taquicardia y estaba hiperventilando, y su presión sanguínea estaba muy elevada. Entonces cayó en coma. Sus riñones comenzaron a fallar, y tuvo insuficiencia cardíaca congestiva”.

Los ojos de Bill estaban cerrados y su rostro estaba anudado de dolor. Riley se preguntaba si tal vez sería mejor si no le contaba el resto de su historia. Pero sintió que interrumpirlo no sería lo correcto.

Bill dijo: “A la mañana siguiente, los médicos descifraron lo que estaba mal. Sufría de un envenenamiento severo con etilenglicol”.

Riley negó con la cabeza. La sustancia sonaba familiar, pero no podía recordar exactamente qué era.

Bill le explicó rápidamente: “Alguien le había agregado anticongelante al ponche de la fiesta”.

Riley jadeó.

“¡Dios mío!”, dijo. “¿Cómo es posible? Digo, el sabor no...”.

“Es que la mayoría de los anticongelantes son dulces”, explicó Bill. “Es fácil de mezclar con bebidas azucaradas sin que nadie lo note. Es terriblemente fácil de usar como veneno”.

Riley estaba luchando por entender lo que estaba oyendo.

“Pero si el ponche estaba contaminado, entonces las demás personas también fueron envenenadas, ¿cierto?”, dijo.

“Esa es la cosa”, dijo Bill. “Nadie más fue envenenado. No envenenaron todo el recipiente para ponche. El anticongelante solo fue añadido a las bebidas de mamá. Alguien específicamente quiso matarla a ella”.

Se quedó callado de nuevo por otro momento.

“Para ese entonces ya era demasiado tarde”, dijo. “Permaneció en coma y murió en Nochevieja. Estuvimos con ella hasta el final”.

Bill logró no romper en llanto. Riley supuso que ya había llorado bastante por eso a lo largo de los años.

“No tenía sentido”, dijo Bill. “Mamá le agradaba a todo el mundo. No tenía un enemigo en el mundo. La policía investigó y llegó a la conclusión que ninguno de los trabajadores del banco eran responsables. Pero varios compañeros recordaron a un hombre extraño en la fiesta. Parecía amable, y todo el mundo asumió que él era el invitado de alguien, un amigo o un pariente. Se fue antes de que se acabara la fiesta”.

Bill negó con la cabeza amargamente.

“El caso se enfrió. Sigue así. Supongo que siempre lo estará. Después de tantos años, nunca será resuelto. Fue terrible nunca descubrir quién lo hizo, nunca llevar a la persona ante la justicia. Pero lo peor fue jamás descubrir el por qué. Parecía tan cruel. ¿Por qué mamá? ¿Qué hizo para que alguien le hiciera algo tan horrible? O tal vez ella no hizo nada. Tal vez fue solo una especie de broma cruel. No saberlo fue una tortura. Lo sigue siendo. Y, por supuesto, esa es una de las razones por las que decidí...”.

No terminó su oración. No necesitaba hacerlo. Riley se había enterado hace mucho tiempo que el misterio no resuelto de la muerte de su madre era la razón por la cual Bill había decidido trabajar en esto.

“Lo siento mucho”, dijo Riley.

Bill se encogió de hombros débilmente, como si tuviera un peso enorme sobre sus hombros.

“Fue hace mucho tiempo”, dijo. “Además, tú bien sabes cómo se siente, creo que más que cualquiera”.

Las palabras de Bill conmocionaron a Riley. Sabía exactamente lo que quería decir con eso. Y tenía razón. Le había contado su historia hace mucho tiempo, así que no era necesario repetirla ahora. Él ya lo sabía. Pero eso no hacía que el recuerdo doliera menos.



Riley tenía seis años, y mamá la había llevado a una tienda de dulces. Riley estaba emocionada y pidiendo todos los dulces que veía. A veces mamá la reprendía por actuar así. Pero hoy mamá estaba siendo amable con ella y la estaba consistiendo, comprándole todos los dulces que quisiera.

Justo cuando estaban en la fila de la caja registradora, un hombre extraño caminó hacia ellas. Llevaba algo en su cara que aplanaba su nariz, labios y mejillas y lo hacía ver cómico y aterrador a la vez, como un payaso de circo. Le tomó a Riley un momento darse cuenta de que llevaba una media de nailon sobre su cabeza, las mismas que mamá llevaba en sus piernas.

Sostenía un arma. La pistola parecía enorme. Estaba apuntando a mamá con ella.

“Dame tu cartera”, dijo.

Pero mamá no lo hizo. Riley no entendió el por qué. Sabía que mamá tenía miedo, tal vez demasiado miedo como para hacer lo que el hombre le estaba pidiendo que hiciera, y probablemente Riley también debería estar asustada, así que lo estuvo.

Le dijo algunas malas palabras a mamá, pero aún no le entregó su cartera. Todo su cuerpo estaba temblando.

Entonces vino una explosión y un flash, y mamá cayó al suelo. El hombre dijo más malas palabras y huyó. El pecho de mamá estaba sangrando, y ella abrió la boca y se retorció por un momento antes de quedarse completamente inmóvil.

La pequeña Riley comenzó a gritar. Siguió gritando por mucho tiempo.



El toque suave de la mano de Bill trajo a Riley de nuevo al presente.

“Lo siento”, dijo Bill. “No quise hacerte recordar todo eso de nuevo”.

Obviamente había visto la lágrima en su mejilla. Ella apretó su mano. Estaba agradecida por su comprensión y preocupación. Pero la verdad era que Riley nunca le había contado a Bill sobre una memoria que la atormentaba aún más.

Su padre había sido coronel de la infantería, un hombre severo, cruel, insensible e implacable. Durante todos los años que siguieron, había culpado a Riley por la muerte de su madre. No le importaba que solo había tenido seis años de edad.

“Es como si le hubieses disparado tú misma. No la ayudaste en nada”, le había dicho.

Había muerto el año pasado sin haberla perdonado.

Riley se limpió la mejilla y miró el paisaje por la ventana.

Entró en cuenta de nuevo de todo lo que ella y Bill tenían en común, y cuán atormentados estaban por tragedias e injusticias pasadas. Durante todos los años que habían sido compañeros, ambos habían sido motivados por demonios similares, atormentados por fantasmas similares.

Riley ahora sabía que tomar este caso junto a Bill había sido lo correcto, a pesar de sus preocupaciones con Jilly y su vida familiar. Cada vez que trabajaban juntos, su vínculo se afianzaba más. Esta vez no sería la excepción.

Resolverían estos asesinatos, Riley estaba segura de ello. Pero ¿qué ganarían o perderían en el proceso?

“Tal vez ambos sanaremos un poco”, pensó Riley. “O quizás nuestras heridas se abran y duelan más”.

Se dijo a sí misma que no importaba. Siempre trabajaban juntos para cerrar casos, sin importar lo duro que fuera.

Ahora podrían estar enfrentándose a un crimen particularmente siniestro.




CAPÍTULO SIETE


Cuando el avión de la UAC aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Seattle-Tacoma, estaba lloviendo bastante. Riley miró su reloj. Eran las dos de la tarde en su casa ahora, pero aquí eran las once de la mañana. Les daría tiempo para avanzar un poco en el caso hoy.

Cuando ella y Bill se acercaron a la salida, el piloto salió de su cabina y les entregó un paraguas a cada uno de ellos.

“Los necesitarán”, dijo con una sonrisa. “El invierno es el peor momento para estar en este rincón del país”.

Cuando llegaron a la parte superior de las escaleras, Riley vio que tenía razón. Le alegraba el hecho de que tuvieran paraguas, pero deseaba haberse colocado ropa más caliente. Era frío y lluvioso.

Un VUD se detuvo en el borde de la pista. Dos hombres con impermeables se apresuraron hacia el avión. Se presentaron como los agentes Havens y Trafford de la oficina de campo del FBI en Seattle.

“Los llevaremos a la oficina del médico forense”, dijo el agente Havens. “El líder del equipo de esta investigación está esperándolos allí”.

Bill y Riley se metieron en el carro, y el agente Trafford comenzó a conducir a través de la lluvia. Riley apenas pudo ver los hoteles que estaban cerca del aeropuerto, y más nada. Sabía que había una ciudad vital por ahí, pero era prácticamente invisible.

Se preguntó si siquiera iba a conocer Seattle mientras estuviera aquí.



*



El minuto en el que Riley y Bill se sentaron en la sala de conferencias del edificio del médico forense de Seattle, sintió que se avecinaban problemas. Intercambió miradas con Bill, y ella notó que él también sentía la tensión.

El líder de equipo Maynard Sanderson era un hombre grande con una mandíbula sobresaliente y una presencia como la de un oficial del ejército y un predicador evangélico al mismo tiempo.

Sanderson estaba estudiando a un hombre corpulento cuyo bigote de morsa grueso lo hacía parecer como si siempre estuviera frunciendo el ceño. Se había introducido como Perry McCade, el jefe de policía de Seattle.

El lenguaje corporal de los dos hombres y los lugares que habían tomado en la mesa decían mucho. Por cualquier razón, lo último que querían era estar en la misma sala juntos. Y también se sentía segura de que ambos hombres especialmente odiaban tener a Riley y a Bill aquí.

Recordó lo que Brent Meredith les había dicho antes de salir de Quántico.

“Pero no esperen una bienvenida acogedora. Ni la policía ni los federales estarán encantados de verlos”.

Riley se preguntaba en qué clase de campo minado habían entrado.

Había tremenda lucha de poder, y ni hacía falta que nadie dijera ni una sola palabra. Y, en pocos minutos, sabía que se volvería verbal.

Por el contrario, el médico forense Prisha Shankar se veía cómoda y despreocupada. La mujer de piel oscura y pelo negro era más o menos de la edad de Riley y parecía ser estoica e imperturbable.

“Ella está en su territorio, después de todo”, concluyó Riley.

El agente Sanderson se tomó la libertad de comenzar la reunión.

“Agentes Paige y Jeffreys, me alegra que hayan podido venir de Quántico”, les dijo a Riley y a Bill.

Su voz helada le dijo a Riley que lo opuesto era la verdad.

“Encantados de poder servirles”, dijo Bill, sonando un poco inseguro.

Riley solo sonrió y asintió con la cabeza.

“Caballeros, estamos todos aquí para investigar dos asesinatos”, dijo Sanderson, ignorando la presencia de las dos mujeres. “Un asesino en serie podría estar haciendo de las suyas aquí en Seattle. Tenemos que detenerlo antes de que mate otra vez”.

El jefe de la policía McCade gruñó audiblemente.

“¿Tienes algún comentario, McCade?”, preguntó Sanderson bruscamente.

“No es un asesino en serie”, dijo McCade. “Y no es un caso del FBI. Mis policías tienen esto bajo control”.

Riley estaba empezando a entender las cosas. Recordó que Meredith les había dicho que las autoridades locales estaban luchando con este caso. Y ahora podía ver el por qué. No estaban en sintonía, y tampoco lograban ponerse de acuerdo.

McCade estaba enojado por el hecho de que el FBI estaba trabajando en un caso de asesinato local. Y a Sanderson le molestaba que el FBI había enviado a Bill y a Riley de Quántico para enderezarlos a todos.

“La tormenta perfecta”, pensó Riley.

Sanderson se volvió hacia el médico forense y dijo: “Dra. Shankar, quizás quieras resumir lo que actualmente sabemos”.

Aparentemente al margen de las tensiones subyacentes, la Dra. Shankar hizo clic en un control remoto para que apareciera una imagen en la pantalla de la pared. Era una foto de la licencia de conducir de una mujer con pelo liso color marrón.

Shankar dijo: “Hace mes y medio, una mujer llamada Margaret Jewell falleció en su casa de lo que pareció ser un ataque al corazón. Había estado quejándose el día anterior de dolores en las articulaciones, pero, según su esposa, eso no era inusual. Ella sufría de fibromialgia”.

Shankar hizo clic en el control remoto de nuevo. Apareció otra foto de un hombre de mediana edad con un rostro bondadoso, pero melancólico.

Ella dijo: “Hace un par de días, Cody Woods fue al Hospital South Hill, quejándose de dolores en el pecho. También se quejó de dolores en las articulaciones, pero eso tampoco era sorprendente. Había tenido artritis, y se había sometido a una cirugía de reemplazo de rodilla una semana antes. Luego de horas en el hospital, él también murió de lo que pareció ser un ataque al corazón”.

“Muertes totalmente desconectadas”, murmuró McCade.

“¿Así que ahora estás diciendo que ninguna de esas muertes fue asesinato?”, dijo Sanderson.

“La de Margaret Jewell, probablemente”, dijo McCade. “Cody Woods, ciertamente no. Estamos dejando que su muerte sea una distracción. Estamos enredando las cosas. Si nos dejaran las cosas a nosotros, lo solucionaríamos en un santiamén”.

“Llevan mes y medio en el caso de Jewell”, dijo Sanderson.

La Dra. Shankar sonrió algo misteriosamente cuando McCade y Sanderson siguieron discutiendo. Luego hizo clic en el control remoto de nuevo. Dos fotos más aparecieron en la pantalla.

Toda la sala quedó en silencio, y Riley sintió una sacudida de sorpresa.

Los hombres en ambas parecían ser del Oriente Medio. Riley no reconoció a uno de ellos, pero al otro sí.

Era Saddam Hussein.




CAPÍTULO OCHO


Riley se quedó mirando la imagen en la pantalla. ¿Para qué estaba mostrando una foto de Saddam Hussein? El líder destituido de Irak había sido ejecutado en 2006 por crímenes contra la humanidad. ¿Cuál era su relación con un posible asesino en serie en Seattle?

La Dra. Shankar habló de nuevo luego de un rato.

“Estoy segura de que todos reconocemos al hombre de la izquierda. El hombre de la derecha era Majidi Jehad, un disidente chií que estaba en contra del régimen de Saddam. En mayo de 1980, Jehad obtuvo un permiso para viajar a Londres. Cuando llegó a una estación de policía en Bagdad para recoger su pasaporte, alguien le ofreció un vaso de jugo de naranja. Salió de Irak, aparentemente sano y salvo. Él murió pronto después de llegar a Londres”.

La Dra. Shankar colocó muchas fotos más.

“Estos hombres tuvieron destinos similares. Saddam acabó con cientos de disidentes de la misma forma. Cuando algunos de ellos fueron excarcelados, fueron ofrecidos bebidas para celebrar su libertad. Ninguno de ellos vivió por mucho tiempo”.

El jefe McCade asintió con comprensión.

“Envenenamiento con talio”, dijo.

“Así es”, dijo la Dra. Shankar. “El talio es un elemento químico que puede transformarse en un polvo soluble incoloro, inodoro e insípido. Era el veneno favorito de Saddam. Pero él no fue quien inventó la idea de asesinar a sus enemigos con él. A veces es llamado el ‘veneno del envenenador’ porque actúa lentamente y produce síntomas que pueden resultar en una causa de muerte errónea luego de una autopsia”.

Tocó un botón del control remoto y aparecieron otros rostros más, incluyendo el del dictador cubano Fidel Castro.

“En 1960, el servicio secreto francés utilizó el talio para matar al líder rebelde de Camerún Félix-Roland Moumié”, dijo. “Y se cree que la CIA intentó usar talio en uno de sus muchos atentados fallidos contra su vida. El plan era poner polvo de talio en el calzado de Castro. Si la CIA hubiera tenido éxito, la muerte de Castro hubiera sido humillante, lenta y dolorosa. Hubiera perdido su barba icónica antes de morir”.

Hizo clic de nuevo, y los rostros de Margaret Jewell y Cody Woods aparecieron otra vez.

“Les estoy diciendo todo esto para que entiendan que estamos tratando con un asesino muy sofisticado”, dijo la Dra. Shankar. “Encontré rastros de talio en los cuerpos de Margaret Jewell y Cody Woods. Para mí no cabe duda que ambos fueron envenenados por el mismo asesino”.

La Dra. Shankar miró a todos en la sala.

“¿Algún comentario hasta ahora?”, preguntó.

“Sí”, dijo el jefe McCade. “Todavía no creo que las muertes estén conectadas”.

A Riley le sorprendió el comentario, pero la Dra. Shankar no se veía nada sorprendida.

¿Por qué no, jefe McCade?”, preguntó.

“Cody Woods fue un plomero”, dijo McCade. “¿No pudo haberse expuesto al talio en el ejercicio de su profesión?”.

“Es posible”, dijo la Dra. Shankar. “Los plomeros tienen que tener cuidado y evitar sustancias peligrosas, incluyendo asbesto y metales pesados como el arsénico y el talio. Pero no creo que esto fue lo que sucedió en el caso de Cody Woods”.

Riley estaba cada vez más intrigada.

“¿Por qué no?”, preguntó.

La Dra. Shankar hizo clic en el control remoto, y aparecieron los informes de toxicología.

“Estas muertes parecen ser envenenamientos por talio, pero con una diferencia”, dijo. “Las víctimas no mostraron ciertos síntomas clásicos: pérdida de cabello, fiebre, vómitos, dolor abdominal. Como dije antes, tuvieron dolor en las articulaciones, pero más nada. Las muertes fueron rápidas, y parecieron simples ataques al corazón. No fueron lentas en absoluto. Si mis empleados no hubieran estado pendientes, quizás ni se hubiesen dado cuenta de que eran casos de envenenamiento por talio”.

Bill se veía igual de fascinado que Riley.

“¿Entonces con qué estamos lidiando, una mezcla de talio?”, preguntó.

“Algo así”, dijo la Dra. Shankar. “Mi personal aún está tratando de descifrar la composición química del cóctel. Pero uno de los ingredientes es definitivamente ferrocianuro potásico, una sustancia química conocida como el colorante azul de Prusia. Es extraño, porque el azul de Prusia es el único antídoto conocido para el envenenamiento por talio”.

El gran bigote del jefe McCade empezó a retorcerse.

“Eso no tiene sentido”, gruñó. “¿Por qué un envenenador administraría un antídoto junto con el veneno?”.

Riley intentó adivinar el por qué.

“¿Podría haber sido para disimular los síntomas del envenenamiento por talio?”.

La Dra. Shankar asintió con la cabeza.

“Esa es mi teoría. Los otros químicos que encontramos habrían interactuado con el talio de un modo complejo que aún no entendemos, pero probablemente ayudaron a controlar la naturaleza de los síntomas. La persona que ideó la mezcla sabía lo que estaba haciendo. Tiene amplios conocimientos de farmacología y química”.

El jefe McCade estaba pasando sus dedos sobre la mesa.

“No me convence”, dijo. “Los resultados de la segunda víctima de seguro fueron sesgados por los resultados de la primera. Encontraste lo que estabas buscando”.

Por primera vez, la Dra. Shankar se vio un poco sorprendida. Riley también estaba sorprendida por la audacia del jefe de policía en cuestionar los conocimientos de Shankar.

“¿Qué te hace decir eso?”, preguntó la Dra. Shankar.

“Ya tenemos un sospechoso seguro para el asesinato de Margaret Jewell”, dijo. “Ella estaba casada con otra mujer llamada Bárbara Bradley, quien se hace llamar Barb. Los amigos y vecinos de la pareja dicen que estaban teniendo problemas y que tenían peleas fuertes que despertaban a los vecinos. Bradley hasta tiene antecedentes por agresión criminal. La gente dice que tiene mal carácter. Ella lo hizo. Estamos casi seguros de ello”.

“¿Por qué no la han traído a la comisaría?”, exigió el agente Sanderson.

Los ojos del jefe McCade se abrieron defensivamente.

“La interrogamos en su casa”, dijo. “Pero es astuta, y todavía no hemos conseguido suficiente evidencia para arrestarla. Estamos construyendo un caso. Eso toma tiempo”.

El agente Sanderson hizo una mueca y gruñó.

“Bueno, mientras ustedes han estado ocupados construyendo su caso, parece que su sospechoso ‘seguro’ ha matado a alguien más”, dijo. “Tienen que acelerar el ritmo. Podría estar preparándose para hacerlo de nuevo”.

El jefe McCade estaba rojo de la rabia.

“Estás equivocado”, dijo. “Te estoy diciendo que el asesinato de Margaret Jewell fue un incidente aislado. Barb Bradley no tenía ningún motivo para matar a Cody Woods, o a cualquier otra persona, hasta donde sabemos”.

“Hasta donde saben”, agregó Sanderson en un tono burlón.

Riley podía sentir las tensiones subyacentes emergiendo a la superficie. Esperaba que la reunión terminara sin una pelea.

Mientras tanto, su cerebro estaba trabajando a toda marcha, tratando de darle sentido a lo poco que sabía hasta ahora.

“¿Jewell y Bradley estaban en buena posición económica?”, le preguntó al jefe McCade.

“Para nada”, dijo. “Clase media baja. De hecho, nos parece que la tensión financiera podría haber sido parte del motivo”.

“¿Qué hace Barb Bradley para ganarse la vida?”.

“Ella hace entregas para un servicio de lencería”, dijo McCade.

Una teoría se estaba formado rápidamente en su mente. Pensó que era probable que un asesino que utilizaba veneno para matar fuera mujer. Y, como una que hacía entregas, probablemente podría haber tenido acceso a diversas instalaciones de salud. Definitivamente se trataba de alguien con quien quería hablar.

“Quiero la dirección de Barb Bradley”, dijo. “El agente Jeffreys y yo debemos ir a entrevistarla”.

El jefe McCade la miró como si estuviera loca de remate.

“Te acabo de decir que ya hicimos eso”, dijo.

“Por lo visto, no lo suficientemente bien”, pensó Riley.

Pero sofocó las ganas de decirlo en voz alta.

“Estoy de acuerdo con la agente Paige”, agregó Bill. “Debemos ir a hablar con Barb Bradley”.

El jefe McCade obviamente se sentía insultado.

“No lo permitiré”, dijo.

Riley sabía que el líder del equipo del FBI, el agente Sanderson, podría desautorizar a McCade si quisiera hacerlo. Pero cuando miró a Sanderson como para pedirle apoyo, estaba mirándola con furia.

Se sintió desalentada. Entendió la situación inmediatamente. Aunque Sanderson y McCade se odiaban mutuamente, eran aliados en su resentimiento de Riley y Bill. Para ellos, los agentes de Quántico no debían siquiera estar aquí en su territorio. Sus egos eran más importantes que el caso en sí.

“¿Cómo haremos para poder trabajar y avanzar en el caso?”, se preguntó.

Por el contrario, la Dra. Shankar se veía igual de calmada.

“Me gustaría saber por qué es tan mala idea que Jeffreys y Paige entrevisten a Barb Bradley”.

A Riley le sorprendió la audacia de la Dra. Shankar. Después de todo, estaba sobrepasando sus límites descaradamente.

“¡Porque estoy llevando a cabo mi propia investigación!”, gritó McCade. “¡Podrían arruinarla por completo!”.

La Dra. Shankar sonrió inescrutablemente de nuevo.

“Jefe McCade, ¿realmente estás cuestionando la competencia de dos agentes de Quántico?”.

Luego, volviéndose al líder del equipo del FBI, añadió: “Agente Sanderson, ¿qué quisieras decir al respecto?”.

McCade y Sanderson miraron a la Dra. Shankar boquiabiertos.

Riley se percató de que la Dra. Shankar estaba sonriéndole a ella. No pudo evitar devolverle una sonrisa de admiración. Aquí en su propio edificio, Shankar sabía cómo proyectar una presencia autoritaria. No importaba que los demás pensaban que estaban a cargo. Era una mujer ardua.

El jefe McCade negó con la cabeza en resignación.

“Está bien”, dijo. “Aquí tienen la dirección”.

“Pero quiero que algunos de mis agentes vayan con ustedes”, añadió el agente Sanderson rápidamente.

“Me parece justo”, dijo Riley.

McCade escribió la dirección y se la entregó a Bill.

Sanderson dio por finalizada la reunión.

“Dios, jamás he conocido a personas tan idiotas como esos dos”. Bill le dijo a Riley mientras caminaban hacia su carro. “¿Cómo diablos avanzaremos en el caso?”.

Riley no respondió. La verdad era que no tenía ni idea. Sintió que este caso sería muy difícil, y que la política del poder local complicaría las cosas aún más. Ella y Bill tenían que trabajar rápidamente antes de que otra persona terminara muerta.




CAPÍTULO NUEVE


Hoy su nombre era Judy Brubaker.

Disfrutaba ser Judy Brubaker.

A la gente le agradaba Judy Brubaker.

Estaba moviéndose rápidamente por la cama vacía, enderezando y acomodando las sábanas. Mientras lo hacía, le sonreía a la mujer que estaba sentada en el sillón cómodo.

Judy no había decidido si matarla o no.

“El tiempo se acaba”, pensó Judy. “Tengo que decidirme”.

El nombre de la mujer era Amanda Somers. Judy le parecía que era una criatura tímida, extraña y ratonil. Había estado bajo el cuidado de Judy desde ayer.

Judy comenzó a cantar.



“Lejos de casa,

Tan lejos de casa,

Este pequeño bebé está lejos de casa”.



Amanda comenzó a cantar con ella con su voz suave y aflautada.



“Te consumes más y más

Día tras día

Demasiado triste para reír, demasiado triste para jugar”.



Judy estaba un poco sorprendida. Amanda Somers no había mostrado ningún interés real en la canción hasta ahora.

“¿Te gusta esa canción?”, preguntó Judy Brubaker.

“Supongo”, dijo Amanda. “Es triste, y creo que va con mi humor”.

“¿Por qué estás triste? Ya acabamos con tu tratamiento y te vas a casa. La mayoría de los pacientes se sienten felices de que volverán a casa”.

Amanda suspiró y no dijo nada. Unió sus manos como si fuera a orar. Manteniendo los dedos juntos, alejó sus palmas. Repitió el movimiento un par de veces. Era un ejercicio que Judy le había enseñado para ayudar al proceso de cicatrización después de la cirugía de túnel carpiano de Amanda.

“¿Estoy haciendo esto bien?”, le preguntó Amanda.

“Casi”, dijo Judy, agachándose junto a ella y tocando sus manos para corregir sus movimientos. “Necesitas mantener los dedos alargados para que arqueen hacia fuera. Recuerda que las manos deben parecer una araña haciendo flexiones en un espejo”.

Amanda lo estaba haciendo bien ahora. Ella sonrió, viéndose orgullosa de sí misma.

“Realmente siento que está ayudando”, dijo. “Gracias”.

Judy observó a Amanda mientras siguió haciendo el ejercicio. Judy realmente odiaba la cicatriz pequeña y fea que se extendía a lo largo de la parte inferior de la mano derecha de Amanda.

“Cirugía innecesaria”, pensó Judy.

Los médicos se habían aprovechado de la confianza y credulidad de Amanda. Estaba segura de que unos tratamientos menos drásticos hubiesen funcionado igual de bien, o incluso hasta mejor. Tal vez una férula, o unas inyecciones de corticosteroides. Judy había visto a muchos médicos insistir en cirugías, sin importar si eran necesarias o no. Eso siempre la hacía enojar.

Pero hoy Judy no estaba enojada solo con los médicos. Se sentía impaciente con Amanda también. Ella no estaba segura del por qué.

“Esta será difícil”, pensó Judy antes de sentarse en el borde de la cama.

Durante todo su tiempo juntas, Judy era la única que había hablado.

Judy Brubaker tenía un montón de cosas interesantes de las que hablar, por supuesto. Judy no era nada parecida a la Hallie Stillians ahora desaparecida, quien había tenido la personalidad de una tía cariñosa.

Judy Brubaker era a la vez más extravagante y más sencilla, y normalmente llevaba un traje para correr en lugar de ropa más convencional. Le encantaba contar historias sobre sus aventuras: parapente, paracaidismo, buceo, alpinismo, entre otros. Había hecho autoestop por toda Europa y gran parte de Asia.

Por supuesto, ninguna de esas aventuras realmente sucedieron. Pero eran historias maravillosas.

A la mayoría de las personas les agradaba Judy Brubaker. Las personas que podrían encontrar a Hallie un poco empalagosa disfrutaban de la personalidad más directa de Judy.

“Tal vez a Amanda no le cae muy bien Judy”, ella pensó.

Por alguna razón, Amanda casi no le había dicho nada sobre sí misma. Ella era cuarentona, pero nunca le había hablado de su pasado. Judy aún no sabía qué hacía Amanda para ganarse la vida, o si siquiera hacía algo en absoluto. No sabía si Amanda había estado casada, aunque la ausencia de un anillo de boda indicaba que no estaba casada ahora.

Judy estaba consternada por cómo iban las cosas. Y se le estaba acabando el tiempo. Amanda podría levantarse e irse en cualquier momento. Y aquí estaba Judy, aún intentando decidir si la envenenaría o no.

Parte de su indecisión era simple prudencia. Las cosas habían cambiado mucho durante los últimos días. Sus dos últimos asesinatos estaban en las noticias. Parecía que algún médico forense inteligente había detectado talio en los cadáveres. Era bastante preocupante.

Ella tenía una bolsita de té preparada con una receta modificada que utilizaba un poco más de arsénico y un poco menos de talio. Pero le preocupaba el poder ser detectada. No tenía ni la menor idea si las muertes de Margaret Jewell y Cody Woods habían sido remontadas a sus estancias en centros de rehabilitación o a sus cuidadores. Este método de asesinar se estaba volviendo más arriesgado.

Pero el problema real era que todo el asunto simplemente no le parecía correcto.

Ella no sentía ninguna conexión con Amanda Somers.

Sentía que ni siquiera la conocía.

Brindar por la salida de Amanda con una taza de té se sentiría forzado, incluso vulgar.

De todos modos, la mujer todavía estaba aquí, ejercitando sus manos, mostrando ninguna inclinación de querer irse a casa aún.

“¿No quieres irte a casa?”, preguntó Judy.

La mujer suspiró.

“Bueno, sabes que tengo otros problemas físicos. Mi espalda, por ejemplo. Está empeorando a medida que envejezco. Mi doctor dice que necesito una operación. Pero no sé. Sigo pensando que tal vez terapia es todo lo que necesito para mejorar. Y eres tan buen terapeuta”.

“Gracias”, dijo Judy. “Pero yo no trabajo aquí a tiempo completo. Yo soy freelance, y hoy es mi último día aquí. Si te quedas aquí más tiempo, no estarás bajo mi cuidado”.

A Judy le sorprendió la expresión nostálgica de Amanda ya que rara vez había hecho contacto visual con ella como ahora.

“No sabes cómo se siente”, dijo Amanda.

“¿Cómo se siente qué?”, preguntó Judy.

Amanda se encogió de hombros un poco, todavía mirando a Judy a los ojos.

“Estar rodeada de personas en las que no puedes confiar por completo. Las personas parecen preocuparse por ti, y tal vez en realidad lo hagan, pero, por otra parte, tal vez no. Tal vez solo quieren algo de ti. Te usan. Toman cosas de ti. Muchas de las personas en mi vida son así. No tengo familia, y no sé quiénes son mis amigos. No sé en quién puedo confiar y en quién no”.

Con una pequeña sonrisa, Amanda añadió: “¿Entiendes lo que te estoy diciendo?”.

Judy no estaba segura. Amanda aún hablaba en acertijos.




Конец ознакомительного фрагмента.


Текст предоставлен ООО «ЛитРес».

Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=43693783) на ЛитРес.

Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.


