Una Vez Anhelado 
Blake Pierce


Un Misterio de Riley Paige #3
¡Una obra maestra del género de thriller y misterio! El autor hizo un buen trabajo desarrollando a los personajes con un lado psicológico. Los describe tan bien que sientes que estás en sus mentes, sigues sus temores y te alegras por sus éxitos. La trama es muy inteligente y el libro te mantendrá entretenido de principio a fin. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Opiniones de libros y películas, Roberto Mattos (Una vez desaparecido) UNA VEZ ANHELADO es el libro #3 de la serie exitosa de misterio de Riley Paige, que comienza con UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1), ¡una descarga gratuita! Nadie se preocupa mucho cuando prostitutas aparecen muertas en Phoenix. Pero cuando se descubre un patrón preocupante de asesinatos, la policía local pronto se da cuenta que un asesino en serie está haciendo de las suyas y saben que no pueden con esto. Dada la naturaleza única de los crímenes, el FBI sabe que necesita a su mente más brillante para resolver el caso, saben que necesitan a la agente especial Riley Paige. Riley, recuperándose de su último caso y tratando de lidiar con las consecuencias, está renuente al principio. Pero cuando se entera de la naturaleza grave de los crímenes y entra en cuenta que el asesino pronto atacará de nuevo, se ve obligada. Comienza su caza para encontrar al asesino huidizo y su naturaleza obsesiva la lleva demasiado lejos – esta vez quizás demasiado lejos como para no caer en el abismo. La búsqueda de Riley la lleva al inquietante mundo de prostitutas, hogares desestructurados y sueños rotos. Aprende que, incluso entre estas mujeres, hay destellos de esperanza, esperanza que está siendo robada por un psicópata violento. Cuando una adolescente es secuestrada, Riley, en una carrera frenética contra el tiempo, lucha para navegar en las profundidades de la mente del asesino. Pero lo que descubre la lleva a un giro que es demasiado impactante para siquiera imaginarlo. Un thriller psicológico oscuro con suspenso emocionante, UNA VEZ ANHELADO es el libro #3 de una nueva serie fascinante – con un nuevo personaje querido – que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. El Libro #4 en la serie de Riley Paige estará disponible pronto.







U N A V E Z A N H E L A D O



(UN MISTERIO DE RILEY PAIGE—LIBRO 3)



B L A K E P I E R C E


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio de RILEY PAIGE, que incluye los thriller de suspenso y misterio UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1), UNA VEZ TOMADO (Libro #2) y UNA VEZ ANHELADO (Libro #3). Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE.

Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com) para saber más y mantenerte en contacto.



Derechos de autor © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto según lo permitido bajo la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación podrá ser reproducida, distribuida, transmitida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación, sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico está disponible solo para su disfrute personal. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otra persona, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Derechos de autor de la imagen de la cubierta son de GongTo, utilizada bajo licencia de Shutterstock.com.


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES QUE ASESINE (Libro #1)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1)


CONTENIDO

PRÓLOGO (#udab78469-9a27-56ec-9e9b-f135dbecdb62)

CAPÍTULO UNO (#u38db9403-9acc-58ab-8d30-123650fb7a7f)

CAPÍTULO DOS (#u1eb9df9f-bea2-5f5e-8ddb-78e7558d69f4)

CAPÍTULO TRES (#u84044ffd-1bff-53fb-9991-87cfb113ee32)

CAPÍTULO CUATRO (#uecdcd432-adfe-5cf8-a9a0-e73c148d781a)

CAPÍTULO CINCO (#u2c3c8d81-4674-5de9-aff5-82ef3c711ed2)

CAPÍTULO SEIS (#u646ca3ab-d104-5f99-ad5b-9730172bf6e9)

CAPÍTULO SIETE (#u61e092f1-ceee-55a4-a35e-93cc60fc8b82)

CAPÍTULO OCHO (#u343e8532-3550-575b-9230-d5a735ae721c)

CAPÍTULO NUEVE (#u93a063d3-ea5a-5316-a580-d52ef5161e7f)

CAPÍTULO DIEZ (#u43acf9e1-34b4-5cce-8abf-956714517dc1)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y UNO (#litres_trial_promo)




Prólogo


Janine creyó ver algo oscuro en el agua cerca de la costa. Era grande y negro y parecía moverse un poco en el agua.

Le dio otra fumada a la pipa de marihuana y se la devolvió a su novio. ¿Podría ser un gran pez? ¿O algún otro tipo de criatura?

Janine negó con la cabeza, diciéndose a ella misma que no se dejara abrumar por su imaginación. Asustarse arruinaría el efecto de la droga. El lago Nimbo era un gran embalse artificial equipado para la pesca igual a muchos otros lagos de Arizona. Nadie había reportado la existencia de monstruos por estos lados.

Oyó a Colby decir: “Guau, ¡el lago está en llamas!”.

Janine se volvió para mirar a su novio. Su cara pecosa y pelo rojo brillaban en la luz del sol por la tarde. Acababa de darle otra fumada a la pipa de marihuana y estaba mirando el agua con asombro.

Janine se rio. “Solo estás drogado, hombre”, dijo. “En todos los sentidos”.

“Sí, y el lago está en llamas”, dijo Colby.

Janine se volvió y observó el lago Nimbo. Aunque aún no estaba tan droga, la vista era impresionante. El sol de la tarde encendió la pared del cañón, volviéndola un conglomerado de rojos y amarillos. El agua reflejaba los colores como si fuera un gran espejo.



Tomó la pipa de nuevo e inhaló profundamente, sintiendo la agradable quemadura en su garganta. Estaría bastante drogada en cualquier momento. Sería muy divertido.

Aún así, ¿qué era esa forma negra bajo el agua?

“Es solo un efecto de la luz”, pensó Janine.

Era mejor ignorarlo y no asustarse por eso. Todo lo demás era tan perfecto. Este era el lugar favorito de Colby y de ella. Era demasiado hermoso, estaba metido en una de las caletas del lago. Quedaba lejos de los campamentos, lejos de todo.

Colby y Janine generalmente venían todos los fines de semana, pero hoy simplemente habían faltado a clases. El tiempo de finales de verano era demasiado sabroso como para dejarlo pasar. Aquí había más fresco que en Phoenix. El carro viejo de Colby estaba estacionado justo al lado del camino de tierra detrás de ellos.

Por fin se empezó a sentir drogada mientras miraba el lago. El lago parecía ser casi demasiado hermoso como para mirarlo. Así que miró a Colby. Él le pareció demasiado hermoso también. Se aferró a él y comenzó a besarlo. Él le devolvió sus besos. Sabía demasiado bien. Todo de él se veía y se sentía fabuloso.

Ella terminó el beso y lo miró a los ojos y dijo: “Nimbo significa halo, ¿sabías eso?”.

“Guau”, dijo. “Guau”.

Pareciera como si eso fuera la cosa más asombrosa que jamás había escuchado en su vida. Se veía demasiado chistoso diciendo eso como si fuera algo religioso. Janine se comenzó a reír, y Colby se rio también. En unos segundos estaban en los brazos del otro de nuevo, toqueteándose.

Janine logró zafarse.

“¿Qué pasa?”, preguntó Colby.

“Nada”, respondió Janine.

Se quitó su blusa de cuello halter en un abrir y cerrar de ojos. Los ojos de Colby se abrieron.

“¿Qué estás haciendo?”, preguntó.

“¿Qué crees que estoy haciendo?”.

Ella comenzó a tirar de su camiseta, tratando de quitársela.

“Espera un minuto”, dijo Colby. “¿Aquí?”.

“¿Por qué no? Es mejor que el asiento trasero de tu carro. Nadie está viéndonos”.

“Pero tal vez un barco...”.

Janine se echó a reír. “¿Y qué? ¿A quién le importa si hay un barco?”.

Colby estaba cooperando ahora, ayudándola a quitarle su camiseta. Estaban torpes de la emoción, haciendo todo aún más excitante. Janine no podía imaginar por qué no habían hecho esto aquí antes. No es como si esta fuera la primera vez que habían fumado marihuana aquí.

Pero Janine no podía sacarse la forma negra del agua de su mente. Era algo, y seguiría inquietándola y arruinando todo si no se enteraba de lo que era.

Se puso de pie, respirando fuertemente.

“Vamos”, dijo. “Echémosle un vistazo a algo”.

“¿A qué?”, preguntó Colby.

“No sé. Vamos”.

Ella tomó la mano de Colby y dieron tumbos ladera abajo hacia la orilla. El mareo de Janine se estaba tornando amargo. Odiaba cuando pasaba eso. Entre más pronto descubriera que todo esto era inofensivo, más pronto podría volver a sentirse bien.

Aún así, estaba empezando a desear que la marihuana no la hubiese afectado tan rápidamente.

Entre más se acercaban, más podía ver el objeto. Era de plástico negro y podía ver algunas de las burbujas que creaba en el agua. Y había algo pequeño y blanco justo a su lado.

Janine pudo ver que se trataba de una gran bolsa de basura negra a lo que estaba a un metro del agua. Estaba abierta de un lado, de allí se asomaba la forma de una mano demasiado pálida.

“Un maniquí, tal vez”, pensó Janine.

Se inclinó hacia el agua para verla más de cerca. Las uñas estaban pintadas de un rojo brillante que contrarrestaba la palidez. Janine sintió una corriente eléctrica sacudir todo su cuerpo cuando por fin comprendió lo que estaba viendo.

La mano era real. Era la mano de una mujer. La bolsa contenía un cadáver.

Janine comenzó a gritar. Oyó a Colby gritar también.

Y sabía que no podrían dejar de gritar por un largo rato.




Capítulo Uno


Riley sabía que las diapositivas que estaba a punto de mostrarles a sus alumnos de la Academia de la FBI los conmocionaría. Algunos de ellos probablemente desviarían la mirada. Analizó los rostros jóvenes y ansiosos que la miraban desde sus pupitres.

“Vamos a ver cómo reaccionan”, pensó. “Esto podría ser importante para ellos”.

Riley sabía que los asesinatos en serie eran los menos comunes de toda la gama de delitos. Aún así, estos jóvenes tenían que aprender todo lo que había que aprender. Aspiraban ser agentes de campo del FBI y pronto descubrirían que la mayoría de los funcionarios locales no tenían experiencia en casos de asesinatos en serie. Y la agente especial Riley Paige era una experta en asesinatos en serie.

Hizo clic en el control remoto. Las primeras imágenes que aparecieron en la pantalla grande no eran nada violentas. Eran cinco carboncillos de mujeres jóvenes y mujeres de mediana edad. Todas las mujeres eran atractivas y sonreían. Se veía que el artista que los había dibujado era muy talentoso.

“Estos cinco dibujos fueron creados hace ocho años por un artista llamado Derrick Caldwell”, dijo Riley mientras pasaba las diapositivas. “Todos los veranos se ganaba un montón de dinero haciendo retratos de turistas en la pasarela Dunes Beach aquí en Virginia. Estas mujeres fueron unas de sus últimas clientas”.

Después del último de los cinco retratos, Riley hizo clic de nuevo. La siguiente fotografía era una imagen horrible de un congelador horizontal lleno de partes femeninas descuartizadas. Oyó sus estudiantes jadear.

“Esto es lo que les pasó a esas mujeres”, dijo Riley. “Mientras que Derrick las dibujaba, se convenció, en sus propias palabras, que 'eran demasiado hermosas como para vivir'. Así que las acechó una por una, las mató, las descuartizó y las guardó en su congelador”.

Riley hizo clic en nuevo, y las siguientes imágenes fueron aún más impactantes. Eran fotografías tomadas por el equipo del médico forense después de haber armado los cuerpos de nuevo.

“Caldwell revolvió tanto las partes de sus cuerpos que las mujeres fueron deshumanizadas más allá del reconocimiento”.

Riley se volteó para mirar a sus estudiantes. Un estudiante varón estaba corriendo hacia la salida, agarrándose el estómago. Otros parecían estar a punto de vomitar. Algunos estaban llorando. Solo algunos parecían no estar perturbados.

Paradójicamente, Riley se sentía bastante segura que los estudiantes calmados serían los que no sobrevivirían el entrenamiento de la academia. Para ellos, solo eran fotos, nada era real. No serían capaces de manejar el verdadero horror cuando tuvieran que experimentarlo en persona. No serían capaces de manejar los efectos que tendría en sus vidas personales ni el estrés postraumático que podrían sufrir. Riley veía imágenes de antorchas en su mente a veces, pero su TEPT estaba disminuyendo. Estaba sanando. Pero estaba segura que todas las personas tenían que sentir las cosas primero antes de poder recuperarse de ellas.

“Y ahora”, dijo Riley, “haré unas declaraciones y ustedes me dirán si son mitos o realidades. Aquí les va la primera. 'La mayoría de los asesinos en serie matan por razones sexuales'. ¿Mito o realidad?”.

Muchos estudiantes levantaron las manos. Riley señaló a un estudiante en la primera fila que se veía ansioso.

“¿Realidad?”, preguntó el estudiante.

“Sí, realidad”, dijo Riley. “Aunque pueden haber otras razones, el componente sexual es la más frecuente. Esto puede adoptar varias formas, a veces unas bastante extrañas. Derrick Caldwell es un ejemplo clásico. El médico forense determinó que cometió actos de necrofilia antes de descuartizar a las víctimas”.

Riley vio que la mayoría de sus estudiantes estaban tecleando notas en sus portátiles. “Aquí les va otra declaración. “Los asesinos en serie infligen más violencia a sus víctimas a medida que siguen matando”.

Los estudiantes volvieron a subir las manos. Esta vez Riley señaló al estudiante que estaba sentado unas filas atrás.

“¿Realidad?”, dijo el estudiante.

“Mito”, dijo Riley. “Aunque ciertamente he visto algunas excepciones, la mayoría de los casos no muestran ningún cambio con el tiempo. El nivel de violencia de Derrick Caldwell fue consistente en sus asesinatos. Pero era imprudente, no era ningún genio malvado. Se volvió codicioso. Tomaba a una víctima cada mes y medio. Hizo que su captura fuera casi inevitable por llamar tanta atención”.

Miró el reloj y vio que su clase estaba a punto de terminar.

“Eso es todo por hoy”, dijo. “Pero hay muchas hipótesis erróneas sobre los asesinos en serie y un montón de mitos aún circulan por allí. La Unidad de Análisis de Conducta ha recopilado y analizado los datos, y he trabajado en casos de asesinatos en serie en todo el país. Todavía nos falta mucha información por cubrir”.

La clase terminó y Riley comenzó a empacar sus cosas para irse a casa. Tres o cuatro estudiantes se agruparon alrededor de su escritorio para hacerle preguntas.

“Agente Paige, ¿no estuvo involucrada en el caso de Derrick Caldwell?”, le preguntó un alumno.

“Sí”, dijo Riley. “Esa es una historia para otra ocasión”.

No le animaba mucho el hecho de pensar en tener que contar esa historia, pero se guardó ese detalle.

Una joven le preguntó: “¿Caldwell fue ejecutado por sus crímenes?”.

“Todavía no ha sido ejecutado”, dijo Riley.

Riley intentó escabullirse a la salida, esperando que eso no la hiciera parecer grosera. No se sentía cómoda discutiendo la ejecución inminente de Caldwell. La verdad es que probablemente sería programada para un día de estos. Como su captor principal, estaba más que invitada para presenciar su muerte. No había decidido aún si iría o no.

Riley se sintió bien a lo que salió del edificio a una tarde agradable de septiembre. Después de todo, todavía estaba de licencia.

Sufría de TEPT desde que un asesino maniático la había mantenido en cautiverio. Logró escapar y acabar con su atormentador. Pero ni siquiera había tomado una licencia en ese entonces. Siguió trabajando y hasta terminó otro caso. El caso que tuvo lugar al norte del estado de Nueva York tuvo un final macabro, el asesino se degolló enfrente de ella.

Ese momento aún la atormentaba. Cuando su supervisor Brent Meredith le informó de otro caso, decidió no tomarlo. Accedió a enseñar una clase en la academia del FBI en Quántico en su lugar por sugerencia de Meredith.

Riley pensó en lo acertada de su decisión mientras conducía a casa. Finalmente sentía que la paz reinaba en su vida.

Aún así, comenzó a sentir una sensación familiar e insidiosa en ese momento, una sensación que hacía que su corazón latiera con fuerza. Se dio cuenta que era una sensación intensa de anticipación, de algo siniestro que estaba por venir.

Y aunque intentó imaginarse a sí misma en esta paz por siempre, sabía que no duraría.




Capítulo Dos


Riley sintió una punzada de temor a lo que su celular comenzó a vibrar en su cartera. Se detuvo en frente de la puerta principal de su nueva casa adosada y sacó su celular. Su corazón dio un vuelco.

Era un mensaje de Brent Meredith.

Llámame.

Riley se preocupó. Quizás su jefe le estaba escribiendo solo para ver cómo estaba. Ya se había vuelto algo habitual en él últimamente. Por otro lado, quizás quería que volviera al trabajo. ¿Qué haría ella si eso fuera así?

“Le diré que no, obviamente”, pensó Riley.

Sin embargo, eso era más fácil decirlo que hacerlo. Su jefe le agradaba, y sabía que podía ser muy persuasivo. Era una decisión que no quería tener que tomar, así que guardó su celular.

Cuando abrió su puerta principal y entró al espacio luminoso de su nuevo hogar, su ansiedad momentánea se esfumó. Todo parecía estar tan bien desde que se había mudado.

Una voz agradable llamó.

“¿Quién es?”.

“Soy yo”, respondió Riley. “Llegué a casa, Gabriela”.

La mujer guatemalteca corpulenta de mediana edad salió de la cocina, secándose las manos con una toalla. Le agradaba ver el rostro sonriente de Gabriela. Tenía años siendo la criada de la familia, mucho tiempo antes de que Riley se divorciara de Ryan. Riley estaba agradecida por el hecho que Gabriela había aceptado mudarse con ella y su hija.

“¿Cómo estuvo tu día?”, preguntó Gabriela.

“Excelente”, dijo Riley.

“¡Qué bueno!”.

Gabriela volvió a la cocina. El olor de una maravillosa cena ondulaba por toda la casa. Oyó a Gabriela comenzar a cantar.

Riley se quedó parada en su sala de estar, disfrutando de su entorno. Ella y su hija tenían poco tiempo de mudadas. La pequeña casa en la que habían vivido cuando se disolvió su matrimonio era demasiado aislada como para ser segura. Además, Riley había sentido la necesidad urgente de cambio, tanto para ella como para April. Era el momento de reconstruir su vida ya que por fin tenía el divorcio y Ryan estaba siendo generoso con la manutención.

Todavía le faltaban algunos detalles. Algunos de los muebles eran bastantes viejos y se veían fuera de lugar en un ambiente tan prístino. Tenía que reemplazarlos. Una de las paredes se veía algo vacía, y a Riley ya no le quedaban fotos que colgar allí. Hizo una nota mental para ir de compras con April este fin de semana. Esa idea hizo a Riley sentirse cómodamente normal, una mujer con una vida familiar agradable en lugar de una agente rastreando algún asesino desviado.

Ahora se empezó a preguntar dónde estaba April.

Se detuvo para escuchar. No escuchaba música salir del cuarto de April. Entonces oyó a su hija gritar, el grito venía del patio trasero.

Riley jadeó y corrió por su comedor hasta llegar a la gran cubierta del patio trasero. Cuando vio el rostro y el torso de April por encima de la valla, le tomó a Riley un momento darse cuenta lo que estaba sucediendo. Entonces se relajó y se rio de sí misma. Su pánico automático había sido una reacción exagerada. Pero también había sido instintivo. Riley había rescatado a April de las garras de un loco que la había atacado para vengarse de su madre recientemente.

April desapareció de su vista y luego apareció de nuevo, chillando alegremente. Estaba saltando en el trampolín de su vecino. Se había hecho amiga de la chica que vivía allí, una adolescente que tenía la misma edad de April y que incluso asistía a la misma escuela secundaria.

“¡Ten cuidado!”, le dijo Riley a April.

“¡Estoy bien, Mamá!”, respondió April entrecortadamente.

Riley se echó a reír de nuevo. Era un sonido desconocido que surgía de sentimientos que casi había olvidado. Quería acostumbrarme a reír de nuevo.

También quería acostumbrarse a la expresión alegre de su hija. Pareciera como si fuera ayer cuando April había sido terriblemente rebelde y taciturna, incluso para una adolescente. Riley no podía culpar a April. Riley sabía que, como madre, había dejado mucho que desear y ahora estaba haciendo todo lo posible para cambiar eso.

Esa era una de las cosas que más le gustaban de estar de licencia de su trabajo de campo y sus horas largas e impredecibles, a menudo en lugares lejanos. Ahora su horario encajaba con el de April, y la posibilidad de que esto tuviera que cambiar algún día aterraba a Riley.

“Mejor lo disfruto mientras pueda”, pensó.

Riley entró de nuevo a la casa justo a tiempo para escuchar el timbre de la puerta principal.

“Yo atiendo, Gabriela”, gritó Riley.

Abrió la puerta y se sorprendió al ver el rostro sonriente de un hombre que no había visto antes.

“Hola”, dijo tímidamente. “Yo soy Blaine Hildreth, de al lado. Tu hija está en mi casa ahora mismo con mi hija Crystal”. Sostuvo una caja frente a Riley y añadió: “Bienvenidas al vecindario. Les traje un pequeño regalo de bienvenida”.

“Ah”, dijo Riley. Esta cordialidad la sorprendió, no estaba acostumbrada a ella. Le tomó un momento decir: “Pasa adelante, por favor”.

Tomó el regalo y le ofreció un asiento en una silla de la sala de estar. Riley se sentó en el sofá con la caja de regalo en su regazo. Blaine Hildreth estaba mirándola con expectación.

“Esto es tan amable de tu parte”, dijo, abriendo el paquete. Contenía unas tazas de café coloridas, dos de ellas decoradas con mariposas y las otras dos con flores.

“Son bonitas”, dijo Riley. “¿Quieres café?”.

“Sí, gracias”, dijo Blaine.

Riley llamó a Gabriela, quien vino de la cocina.

“Gabriela, ¿podrías traernos café en estas tazas?”, dijo, entregándole dos de las tazas. “Blaine, ¿cómo te gusta el tuyo?”.

“Negro”.

Gabriela volvió a la cocina con las tazas.

“Mi nombre es Riley Paige”, le dijo a Blaine. “Gracias por visitarnos. Y gracias por el regalo”.

“De nada”, dijo Blaine.

Gabriela regresó con dos tazas de café caliente, luego volvió a la cocina para seguir con sus labores. Riley se encontró evaluando a su vecino, y esto la avergonzó un poco. No podía resistirse ahora que era soltera. Esperaba que él no lo notara.

“Qué importa”, pensó. “Tal vez él está haciendo lo mismo conmigo”.

Lo primero que observó es que no estaba usando un anillo de bodas. “Viudo o divorciado”, pensó.

Luego estimó que tenían casi la misma edad, tal vez él era un poco más joven, casi cerca de los cuarenta.

Por último, era apuesto. Tenía entradas, pero no se le veían mal. Y era esbelto y parecía estar en forma.

“¿En qué trabajas?”, preguntó Riley.

Blaine se encogió de hombros. “Soy dueño de un restaurante. ¿Conoces El Grill de Blaine, el que queda en el centro?”.

Riley quedó gratamente impresionada. El Grill de Blaine era uno de los restaurantes informales más bonitos de Fredericksburg. Le habían dicho que era un excelente lugar para cenar, pero no había tenido la oportunidad de visitarlo.

“Sí, he ido”, dijo.

“Bueno, es mío”, dijo Blaine. “¿Y tú?”.

Riley respiró profundamente. Nunca era fácil para ella decirle a un desconocido lo que hacía para ganarse la vida. Los hombres eran los que más se intimidaban.

“Trabajo con el FBI”, dijo. “Soy — agente de campo”.

Los ojos de Blaine se abrieron.

“¿En serio?”, preguntó.

“Sí, estoy de licencia en estos momentos. Estoy enseñando una clase en la academia”.

Blaine se inclinó hacia ella con creciente interés.

“Guau. Seguro tienes bastantes historias que contar. Me encantaría escuchar una”.

Riley se echó a reír de los nervios. Se preguntaba si alguna vez sería capaz de contarle a alguien que no perteneciera a la Oficina algunas de las cosas que había visto. Sería aún más difícil hablar sobre algunas de las cosas que había hecho.

“No lo creo”, dijo Riley bruscamente. Riley notó que Blaine se puso tenso, y se dio cuenta que su tono había sido un poco grosero.

Él agachó su cabeza y dijo: “Te pido disculpas. Ciertamente no era mi intención incomodarte”.

Siguieron charlando por minutos, pero Riley sabía que su vecino estaba siendo más reservado. Riley cerró la puerta detrás de él y suspiró luego de su despedida amable. Entró en cuenta que no se estaba haciendo accesible. La mujer que estaba reconstruyendo su vida seguía siendo la misma Riley.

Pero se dijo a sí misma que esto no era importante por los momentos. Una relación por despecho era lo último que necesitaba ahora mismo. Necesitaba enfocarse en reorganizar su vida, y apenas estaba empezando a avanzar en esa dirección.

Aún así, había sido agradable pasar unos minutos hablando con un hombre atractivo. También era un alivio tener vecinos, y estos vecinos eran bastante agradables.



*



Cuando Riley y April se sentaron en la mesa para cenar, April no podía dejar de andar su smartphone.

“Por favor dejar de enviar mensajes de texto”, dijo Riley. “Es la hora de cenar”.

“Dame un minuto, Mamá”, dijo April. Siguió enviando mensajes de texto.

Este comportamiento adolescente de April solo irritó a Riley un poco. La verdad era que eso tenía su lado positivo. A April le estaba yendo muy bien en la escuela este año y estaba haciendo nuevos amigos. Para Riley, era un buen grupo de chicos, mucho mejores que con los que April solía pasar el rato. Riley supuso que April estaba escribiéndole a un chico que le interesaba. Sin embargo, April no lo había mencionado aún.

April dejó de enviar mensajes de texto cuando Gabriela entró de la cocina con una bandeja de chiles rellenos. April dejó escapar una risa pícara a lo que colocó el plato caliente de chiles en la mesa.

“Bastante picante Gabriela, ¿o no?”, preguntó.

“Sí”, dijo Gabriela, riéndose también.

Era una chiste constante entre las tres. Ryan odiaba la comida picante, realmente ni podía comerla. Para Riley y April, entre más picante, mejor. Gabriela ya no tenía que retenerse, o al menos no tanto como solía hacerlo. Riley dudaba si ella y April podían soportar las recetas guatemaltecas originales de Gabriela.

Cuando Gabriela terminó de servir la comida para las tres, le dijo a Riley: “El caballero es guapo, ¿no?”.

Riley se puso colorada. “¿Guapo? No lo noté, Gabriela”.

Gabriela se echó a reír. Se sentó a comer con ellas y comenzó a canturrear una melodía. Riley supuso que era una canción de amor guatemalteca. April miró fijamente a su madre.

“¿Qué caballero, Mamá?”, preguntó.

“Ah, nuestro vecino vino hace un rato —”.

April interrumpió con entusiasmo. “¡Dios mío! ¿Fue el papá de Crystal? ¡Sí, verdad! ¿No es hermoso?”.

“Y creo que es soltero”, dijo Gabriela.

“Ya, ya”, dijo Riley con una sonrisa. “Denme espacio. No necesito que unan fuerzas para tratar de emparejarme con el vecino”.

Empezaron a devorarse los chiles rellenos y el celular de Riley comenzó a vibrar en su bolsillo cuando estaban a punto de terminar de cenar.

“Maldita sea”, pensó. “No lo hubiese traído a la mesa”.

El celular siguió vibrando. Tenía que contestar, no le quedaba de otra. Brent Meredith le había dejado otros dos mensajes desde su llegada a casa, y ella seguía diciéndose a sí misma que lo llamaría más tarde. Ya no podía postergarlo más, así que se retiró de la mesa y contestó el teléfono.

“Riley, siento molestarte de esta manera”, dijo su jefe. “Pero realmente necesito tu ayuda”.

A Riley le sorprendió que Meredith la llamara por su nombre ya que no era algo habitual. Aunque se sentía muy cercana a él, generalmente la llamaba agente Paige. Él normalmente era muy formal, al punto de ser brusco.

“¿Qué sucede, señor?”, preguntó Riley.

Meredith se quedó callado por unos instantes. Riley se preguntaba por qué se estaba mostrando reticente y comenzó a preocuparse. Se sentía segura que estas eran precisamente las noticias que había estado temiendo.

“Riley, necesito pedirte un favor personal”, dijo, sonando menos autoritario de lo habitual. “Me pidieron investigar un asesinato en Phoenix”.

Esto sorprendió a Riley. “¿Un solo asesinato?”, preguntó. “¿Por qué el FBI tendría que involucrarse en eso?”.

“Tengo a un viejo amigo en la oficina en Phoenix”, dijo Meredith. “Garrett Holbrook. Fuimos juntos a la academia. Su hermana Nancy fue la víctima”.

“Lo siento mucho”, dijo Riley. “Pero la policía local...”.

Sintió súplica en la voz de Meredith.

“Garrett quiere que lo ayudemos. Ella era una prostituta. Simplemente desapareció y luego su cuerpo apareció en un lago. Quiere que lo investiguemos como si fuera un asesinato en serie”.

A Riley le parecía extraña esa petición. Las prostitutas a menudo desaparecían sin ser asesinadas. A veces decidían hacer su trabajo en algún otro lugar. O simplemente dejaban de hacerlo.

“¿Tiene alguna razón para creer que lo es?”, preguntó.

“No lo sé”, respondió Meredith. “Tal vez quiere creer eso para involucrarnos. Pero sabes que es cierto que las prostitutas son blancos frecuentes de los asesinos en serie”.

Riley sabía que eso era así. Los estilos de vida de las prostitutas las ponían en riesgo. Eran visibles y accesibles, estaban solas con extraños, a menudo dependientes de drogas.

Meredith continuó: “Él me llamó personalmente. Le prometí que enviaría al mejor personal a Phoenix. Y obviamente eso te incluye a ti”.

Esto conmovió a Riley. Meredith estaba haciendo esto cada vez más difícil.

“Por favor entiéndame, señor”, dijo. “No puedo tomar un nuevo caso ahora”.

Riley sentía que estaba siendo deshonesta. “¿No puedo o no quiero?”, se preguntó a sí misma. Después de haber sido capturada y torturada por un asesino en serie, todos habían insistido en que se fuera de licencia. Había intentado hacerlo, pero se encontró necesitando volver al trabajo desesperadamente. Ahora se preguntaba la razón de ese desespero. Había sido imprudente y autodestructiva, y todo esto le había costado ganar el control de su vida. Cuando finalmente mató a Peterson, su atormentador, pensó que todo estaría bien. Pero aún la atormentaba, y le estaba costando mucho aceptar cómo había terminado su último caso.

Después de una pausa, añadió: “Necesito más tiempo fuera del campo. Técnicamente estoy de licencia y realmente estoy tratando de reconstruir mi vida”.

Cayó un largo silencio. No parecía que Meredith se pondría a discutir con ella, y mucho menos abusar de su autoridad. Pero tampoco le diría que no importaba, no dejaría de presionarla.

Oyó a Meredith suspirar tristemente. “Garrett y Nancy tenían años distanciados y lo que le pasó lo está carcomiendo. Creo que eso sirve de lección, ¿o no? No debemos dar por sentado a ninguna persona de nuestras vidas. Siempre debemos hacer el intento”.

Riley casi deja caer el celular. Las palabras de Meredith pusieron el dedo en la llaga, en una llaga en la que Riley no había pensado por mucho tiempo. Riley había perdido el contacto con su hermana mayor hace años. Estaban distanciadas, y Riley no había pensado en Wendy durante mucho tiempo. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo su hermana en estos momentos.

“Prométeme que lo pensarás”, dijo Meredith luego de otra pausa.

“Lo haré”, dijo Riley.

Finalizaron la llamada.

Se sentía terrible. Meredith había estado a su lado durante momentos terribles y nunca había mostrado vulnerabilidad hacia ella antes. Ella odiaba decepcionarlo, y le acababa de prometer que lo consideraría.

Y no importaba qué tan desesperadamente quería negarse, Riley no estaba segura de poder hacerlo.




Capítulo Tres


El hombre se encontraba sentado dentro de su carro en el estacionamiento, viendo a la puta acercarse por la calle. Se llamaba a sí misma Chiffon; obviamente este no era su nombre real. Y estaba seguro que había muchas más cosas de ella que no sabía.

“Puedo obligarla a decirme”, pensó. “Pero aquí no. Hoy no”.

Tampoco la mataría aquí hoy. No, no aquí tan cerca de su lugar de trabajo habitual, el supuesto “Gimnasio Cinético”. Desde donde estaba sentado, podía ver los equipos de ejercicio decrépitos por las ventanas: tres cintas caminadoras, una máquina de remo y un par de máquinas de pesas. Por lo que sabía, nadie venía al gimnasio a ejercitarse.

“No de una manera socialmente aceptable”, pensó con una sonrisa.

No venía mucho a este lugar, no desde que había raptado a esa morena que había trabajado allí hace años. Obviamente no la había matado allí. La había llevado a un cuarto de motel para recibir “servicios adicionales”, prometiéndole pagarle mucho más dinero.

No había sido asesinato premeditado, ni siquiera en ese momento. La bolsa de plástico sobre su cabeza solo pretendía añadir un elemento de fantasía y peligro. Le sorprendió lo tan satisfecho que se había sentido una vez de haberlo hecho. Había sido un placer epicúreo y distintivo, incluso en todos los placeres que había experimentado en su vida.

Aún así, había ejercido más cuidado y moderación en sus encuentros amorosos desde entonces. O por lo menos lo había hecho hasta la semana pasada, cuando el mismo juego se volvió mortal de nuevo con esa acompañante. ¿Cómo es que se llamaba?

“Ah, sí”, recordó. “Nanette”.

Había sospechado en ese momento que Nanette quizás no era su verdadero nombre. Ahora jamás lo descubriría. En su corazón sabía que su muerte no había sido un accidente. Él había querido hacerlo. Y tenía la conciencia limpia. Estaba listo para hacerlo de nuevo.

La puta que se hacía llamar Chiffon estaba ya a media cuadra, vestida con una camiseta amarilla con escote bañera y una minifalda, tambaleando hacia el gimnasio en tacones altos y hablando por su teléfono celular.

Realmente quería saber si su verdadero nombre era Chiffon. Su encuentro profesional anterior había sido un fracaso, seguramente por culpa de ella. Algo de ella lo había inquietado.

Sabía que era mayor de lo decía ser. Era más que su cuerpo, incluso las putas adolescentes tenían estrías de parto. Y tampoco eran las arrugas de su rostro. Las putas envejecían más rápido que cualquier otro tipo de mujer.

Simplemente no sabía qué era; lo que sí sabía es que ella lo confundía. Tenía un entusiasmo infantil que no era la marca de una verdadera profesional, ni siquiera de una principiante.

Se reía demasiado, como una niña jugando con muñecas. Era demasiado entusiasta. Curiosamente, sospechaba que a ella realmente le gustaba su trabajo.

“Una puta que realmente disfruta del sexo”, pensó, viéndola acercarse. “¿Quién ha oído de tal cosa?”.

Francamente, eso le quitaba las ganas.

Bueno, al menos estaba seguro que no era policía. Se hubiera percatado de eso al instante.

Cuando ella se acercó lo suficiente como para poder verlo, él tocó su bocina. Dejó de hablar por teléfono por un momento y miró hacia donde se hallaba, protegiendo sus ojos del sol. Cuando vio que era él, lo saludó y le sonrió, una sonrisa que parecía totalmente sincera.

Luego caminó hacia la parte trasera del gimnasio, la entrada de los “empleados”. Se dio cuenta que probablemente tenía una cita dentro del burdel. No importaba, la contrataría otro día cuando estuviera de humor para un placer específico. Por ahora podía disfrutar de las otras prostitutas.

Recordó cómo habían dejado las cosas la última vez. Había sido alegre, buena y comprensiva.

“Vuelve cuando quieras”, le había dicho. “Será mejor la próxima vez. Nos llevaremos de lo mejor. Las cosas se pondrán muy emocionantes”.

“Ay, Chiffon”, murmuró en voz alta. “No tienes ni idea”.




Capítulo Cuatro


Riley oía disparos por todas partes. A su izquierda, oía los chasquidos ruidosos de pistolas. A su derecha, oía armamento más pesado, ráfagas de los rifles de asalto y subfusiles.

En medio de todo el alboroto, sacó su pistola Glock de su pistolera de cadera, se colocó en decúbito prono y disparó seis rondas. Se puso de rodilla y disparó tres rondas. Recargó su pistola hábilmente, luego se puso de pie y disparó seis rondas, y finalmente se arrodilló y disparó tres rondas más con su mano izquierda.

Se puso de pie y guardó su arma, luego se alejó de la línea de fuego y se quitó sus orejeras y gafas protectoras. El blanco con el contorno en forma de botella estaba a veintitrés metros de distancia. Incluso desde esta distancia, pudo ver que había agrupado sus disparos bastante bien. En las otras filas, los alumnos de la academia del FBI seguían practicando bajo la supervisión de su instructor.

Riley tenía tiempo sin disparar un arma, a pesar de siempre estar armada en el trabajo. Había reservado esta fila en el polígono de tiro de la Academia del FBI para ejercicios de tiro al blanco y, como siempre, sentir la fuerza de su arma la satisfacía.

Escuchó una voz detrás de ella.

“Pareces de la vida escuela”.

Se volvió y vio al agente especial Bill Jeffreys cerca, sonriendo. Ella le sonrió de vuelta. Riley sabía exactamente lo que él quería decir con “de la vida escuela”. El FBI había cambiado las reglas para poder calificar para obtener una pistola hace unos años. Disparar desde decúbito prono ya no era un requerimiento. Ahora se ponía más énfasis en disparar a los blancos de cerca, entre tres y siete metros de distancia. Eso era complementado con la instalación de realidad virtual donde los agentes eran inmersos en escenarios que implicaban enfrentamientos armados de cerca. Y los alumnos también pasaban por el notorio Hogan's Alley, una ciudad simulada donde se enfrentaban a terroristas falsos con pistolas de bolas de pintura.

“A veces me gustan las cosas de la vieja escuela”, dijo. “Supongo que algún día tendré que usar fuerza mortal a distancia”.

Por experiencia propia, Riley sabía que en la vida real los enfrentamientos casi siempre eran de cerca, y que muchas veces eran inesperados. De hecho, realmente había tenido que pelear mano a mano en dos casos recientes. Había matado a uno de los atacantes con su propio cuchillo y al otro con una piedra.

“¿Crees que esto prepara a los chicos para la realidad?”, preguntó Bill, asintiendo con la cabeza hacia los alumnos que ya habían terminado y que estaban saliendo del polígono de tiro.

“No realmente”, dijo Riley. “En RV, tu cerebro acepta la situación como real, pero no hay ningún peligro inminente, ningún dolor, no hay ninguna rabia que controlar. Dentro de ti sabes que realmente no existe ninguna posibilidad de morir”.

“Eso es correcto”, dijo Bill. “Tendrán que descubrir la realidad como lo hicimos nosotros muchos años atrás”.

Riley lo observó de lado mientras se alejaban del polígono de tiro.

Como ella, él tenía cuarenta años de edad y su pelo marrón tenía algunas canas. Se preguntó lo que significaba que se encontraba a sí misma comparándolo con su vecino esbelto.

“¿Cuál era su nombre?”, se preguntó. “Ah, sí — Blaine”.

Blaine era apuesto, pero no estaba segura si podía hacerle la competencia a Bill. Bill era grande, sólido y muy atractivo.

“¿Qué te trae por estos lados?”, le preguntó.

“Me dijeron que estarías aquí”, dijo.

Riley entrecerró los ojos con inquietud. Probablemente no era solo una visita amistosa. Detectó por su expresión que no estaba listo para decirle lo que quería aún.

“Si quieres hacer todo el ejercicio, puedo marcarte el tiempo”, dijo Riley.

“Te lo agradecería”, dijo Riley.

Pasaron a una sección separada del campo de tiro, donde no estaría en riesgo de ser alcanzada por las balas perdidas de los alumnos.

Mientras Bill operaba un cronómetro, Riley pasó por todas las etapas del curso de calificación de pistola del FBI, disparando a la diana a tres, luego a cinco, luego a siete, luego a quince metros de distancia. La quinta y última etapa fue la única parte que le pareció poco desafiante, disparar desde detrás de una barricada a 25 metros de distancia.

Riley se quitó su protector de cabeza cuando terminó. Ella y Bill caminaron a la diana y revisaron su trabajo. Todas las marcas de impacto estaban bien agrupadas.

“Cien por ciento — una puntuación perfecta”, dijo Bill.

“Más le vale”, dijo Riley. Odiaría el hecho de que se estuviese oxidando.

Bill señaló hacia la valla trasera más allá del blanco.

“Es surrealista, ¿no?”, dijo.

Algunos ciervos de cola blanca pastaban en la cima de la colina. Realmente se habían reunido allí mientras ella había estado disparando. Estaban a su alcance, incluso con su pistola. Pero no se veían ni un poco molestos por las miles de balas que golpeaban los blancos justo debajo de la cresta por la que andaban.

“Sí”, dijo ella, “y hermoso”.

Los ciervos eran comunes en esta época del año. Era temporada de caza, y de alguna manera sabían que estarían seguros aquí. De hecho, los terrenos de la academia del FBI se habían convertido en una especie de refugio para muchos animales, incluyendo zorros, pavos salvajes y marmotas.

“Un par de días atrás, uno de mis estudiantes vio un oso en el estacionamiento”, dijo Riley.

Riley dio unos pasos hacia la valla trasera. Los ciervos levantaron sus cabezas, la miraron fijamente y se fueron trotando. No le tenían miedo a los disparos, pero no querían que la gente se acercara mucho.

“¿Cómo supones que lo saben?”, preguntó Bill. “Quiero decir, que es seguro aquí. ¿No es que todos los disparos suenan iguales?”.

Riley simplemente negó con la cabeza. Era un misterio para ella. Su padre la había llevado a cazar de pequeña. Para él, los ciervos eran simplemente recursos, alimentos y piel. No le había molestado el matarlos hace tantos años. Pero eso había cambiado.

Le parecía extraño ahora que lo pensaba. No le costaba usar fuerza letal contra un ser humano cuando era necesario. Podía matar a un hombre en un santiamén. Pero matar a una de estas criaturas ahora parecía inimaginable.

Riley y Bill caminaron hacia un área de descanso cercana y se sentaron juntos en un banco. Aún parecía no querer explicarle por qué quería hablar con ella.

“¿Cómo te está yendo solo?”, preguntó con una voz dulce.

Sabía era una pregunta delicada y vio a Bill hacer un gesto de dolor. Su esposa lo había dejado recientemente después de años de tensión entre su trabajo y su vida familiar. Bill había estado preocupado por la posibilidad de perder el contacto con sus hijos jóvenes. Ahora estaba viviendo en un apartamento en la ciudad de Quántico y pasaba tiempo con sus hijos los fines de semana.

“No lo sé, Riley”, dijo. “Creo que nunca me acostumbraré a estar solo”.

Estaba claramente deprimido y solo. Ella había sufrido como él durante su reciente separación y divorcio. También sabía que los momentos después de una separación eran especialmente frágiles. Aunque la relación no hubiera sido tan buena, te encuentras a ti mismo en un mundo de extraños, extrañando los años de familiaridad, no sabiendo muy bien qué hacer contigo mismo.

Bill tocó su brazo. “A veces pienso que lo único que me queda en la vida eres tú”, dijo emotivamente.

Riley sintió ganas de abrazarlo en ese momento. Cuando trabajaron como compañeros, Bill había salido a su rescate un montón de veces, tanto física como emocionalmente. Pero sabía que tenía que tener cuidado. Y sabía que las personas podían ser un poco locas en circunstancias como estas. Ella había llamado a Bill una noche en medio de una borrachera proponiéndole que tuvieran una aventura. Ahora las situaciones eran contrarias. Podía sentir su dependencia de ella, ahora que estaba comenzando a sentirse lo suficientemente fuerte y libre como para estar sola.

“Hemos sido buenos compañeros”, dijo. Era soso, pero no se le ocurrió otra cosa.

Bill respiró profundamente.

“Quiero hablarte justamente de eso”, dijo. “Meredith me dijo que te había llamado sobre el caso de Phoenix. Estoy trabajando en él. Necesito un compañero”.

Riley se sintió un poco irritada. La visita de Bill estaba empezando a parecer una emboscada.

“Le dije a Meredith que lo pensaría”, dijo.

“Y ahora yo te estoy pidiendo que trabajes en el caso”, dijo Bill.

Un silencio cayó entre ellos.

“¿Y Lucy Vargas?”, preguntó Riley.

La agente Vargas era una novata que había trabajado estrechamente con Bill y Riley en su caso más reciente. Ambos quedaron impresionados con su trabajo.

“Su tobillo no ha sanado”, dijo Bill. “No estará en el campo por otro mes”.

Riley se sentía tonta por haberlo preguntado. Cuando ella, Bill y Lucy habían acorralado a Eugene Fisk, el llamado “asesino de las cadenas”, Lucy se había caído, fracturándose el tobillo en el proceso. Obviamente no volvería al trabajo tan rápido.

“No lo sé, Bill”, dijo Riley. “Este descanso del trabajo me está cayendo bien. He estado pensando en solo enseñar de ahora en adelante. Solo puedo decirte lo que le dije a Meredith”.

“Que lo pensarás”.

“Sí”.

Bill dejó escapar un gruñido de descontento.

“¿Podríamos al menos reunirnos y hablar del tema?”, preguntó. “¿Tal vez mañana?”.

Riley se enmudeció por un momento.

“Mañana no”, dijo. “Mañana tengo que ver a un hombre morir”.




Capítulo Cinco


Riley miró por la ventana de la habitación donde Derrick Caldwell moriría pronto. Estaba sentada al lado de Gail Bassett, la madre de Kelly Sue Bassett, la víctima final de Caldwell. El hombre había matado a cinco mujeres antes de su captura.

Le había costado aceptar la invitación de Gail a la ejecución. Solo había visto una ejecución, en ese entonces como testigo voluntario, sentada entre periodistas, abogados, agentes, asesores espirituales y el presidente del jurado. Ahora ella y Gail estaban entre los nueve parientes de las mujeres que Caldwell había asesinado, todos hacinados en un espacio reducido, sentados en sillas plásticas.

Gail, una pequeña mujer de sesenta años de edad con un rostro delicado, se había mantenido en contacto con Riley a lo largo de los años. Su esposo había muerto antes de la ejecución, y le había escrito a Riley que no tenía a nadie que la acompañara en ese momento. Así que Riley había accedido a asistir.

La cámara de muerte estaba justo al otro lado de la ventana. Los únicos muebles de la habitación eran la camilla de ejecución, una mesa en forma de cruz. Una cortina plástica azul colgaba en la cabecera de la camilla. Riley sabía que las vías intravenosas y los químicos letales estaban detrás de esa cortina.

Un teléfono rojo en la pared conectaba con la oficina del gobernador. Solo sonaría en caso de una decisión de clemencia. Nadie esperaba que eso sucediera esta vez. Un reloj que colgaba encima de la puerta de la habitación era la única otra decoración visible.

En Virginia, los delincuentes condenados podían elegir entre la silla eléctrica y la inyección letal. Casi siempre escogían la segunda opción. Si el prisionero no escogía nada, asignaban la inyección.

A Riley le sorprendió el hecho que Caldwell no había optado por la silla eléctrica. Era un monstruo impenitente que parecía estar esperando su muerte con los brazos abiertos.

Eran las 8:55 cuando se abrió la puerta. Riley oyó unos murmullos en la sala cuando varios miembros del equipo de ejecución metieron a Caldwell en la cámara. Dos guardias lo flanqueaban, cada uno agarrando un brazo, y otro lo seguía. Un hombre bien vestido entró de último, era el director de la prisión.

Caldwell vestía un pantalón azul, una camisa azul y unas sandalias sin calcetines. Estaba esposado y encadenado. Riley no lo había visto en años. En su corto tiempo como asesino en serie había tenido el cabello largo y rebelde y una barba desgreñada, un look bohemio apropiado para un artista callejero. Ahora estaba bien afeitado y se veía bastante ordinario.

Aunque no luchó, se veía asustado.

“Qué bueno”, pensó Riley.

Miró la camilla y alejó la mirada de nuevo. Parecía estar tratando de no mirar la cortina plástica azul. Por un momento, miró fijamente por la ventana de la sala de observación. De pronto parecía estar más tranquilo y más sereno.

“Ojalá pudiera vernos”, murmuró Gail.

No podía verlos debido a un vidrio de visión unilateral; Riley no compartía el deseo de Gail. Caldwell ya la había mirado mucho para su gusto. Para capturarlo, había ido de encubierto. Había pretendido ser un turista en el paseo marítimo de la playa Dunes y lo había contratado para dibujar su retrato. La había adulado mucho mientras trabajaba, diciéndole que era la mujer más hermosa que había dibujado en mucho tiempo.

Supo en ese entonces que era su próxima víctima potencial. Esa noche había sido la carnada, dejándolo acecharla por la playa. Cuando había intentado atacarla, los agentes de respaldo no tuvieron problemas para atraparlo.

Su captura había sido bastante sosa. El descubrimiento de que había descuartizado y guardado a sus víctimas en un congelador había sido otra cosa. Estar junto en frente y haber visto el momento exacto en el que habían abierto el congelador fue uno de los momentos más desgarradores de la carrera de Riley. Aún sentía compasión por los familiares de las víctimas, Gail entre ellas, por tener que identificar a sus esposas, hijas y hermanas descuartizadas...

“Demasiado bellas como para vivir”, había dicho el asesino.

A Riley le asustó mucho el hecho de que él la había visto a ella de esa manera. Ella nunca se había considerado hermosa y los hombres, incluso su ex marido, Ryan, rara vez le decían que lo era. Caldwell era una excepción cruel y horrible.

Se preguntaba qué significaba que un monstruo patológico la había considerado una mujer perfectamente hermosa. ¿Había reconocido algo dentro de ella que era tan monstruoso como él? Había tenido pesadillas sobre sus ojos admiradores, sus palabras melosas y su congelador lleno de partes durante unos años después de su juicio y condena.

El equipo de ejecución colocó a Caldwell en la camilla de ejecución, le quitó las esposas, grilletes y sandalias y lo sujetaron con unas correas de cuero, dos por el pecho, dos para sostener sus piernas, dos alrededor de sus tobillos y dos alrededor de sus muñecas. Sus pies descalzos daban a la ventana. Era difícil ver su rostro.

De repente, las cortinas se cerraron sobre las ventanas del observatorio. Riley entendió que esto era ocultar la fase de la ejecución donde algo pudiera salir mal, que al equipo le cuestora encontrar una vena adecuada, por ejemplo. Aún así, le pareció peculiar. Las personas en ambos observatorios estaban a punto de ver a Caldwell morir, pero no tenían permitido presenciar la inserción mundana de las agujas. Las cortinas se mecían un poco, aparentemente por los movimientos de los miembros del equipo que estaban del otro lado.

Cuando abrieron las cortinas de nuevo, las vías intravenosas estaban en su lugar, pasando de los brazos del prisionero por huecos en las cortinas plásticas. Algunos miembros del equipo de ejecución se habían colocado detrás de las cortinas, donde administrarían las drogas letales.

Un hombre sostenía el auricular del teléfono rojo, listo para contestar una llamada que seguramente nunca llegaría. Otro le hablaba a Caldwell, sus palabras un sonido apenas audible debido al mal sistema de sonido. Le estaba preguntando a Caldwell si tenía unas palabras finales.

En cambio, la respuesta de Caldwell se escuchó bastante bien.

“¿Está aquí la agente Paige?”, preguntó.

Sus palabras impactaron a Riley.

El funcionario no respondió. No tenía derecho a saber la respuesta a esa pregunta.

Después de un silencio tenso, Caldwell habló de nuevo.

“Díganle a la agente Paige que hubiese deseado poder plasmar su belleza con mi arte”.

Aunque Riley no podía ver su rostro claramente, pensó haberlo oído soltar una risita.

“Eso es todo”, dijo. “Estoy listo”.

Riley estaba llena de rabia, horror y confusión. Esto era lo último que había esperado. Derrick Caldwell había elegido hablar de ella en sus momentos finales. Y era incapaz de hacer algo al respecto por estar sentada detrás de este vidrio irrompible.

Lo hizo comparecer ante la justicia pero, a la final, logró vengarse de una forma enfermiza.

Sintió la pequeña mano de Gail sosteniendo la suya.

“Dios mío”, pensó Riley. “Me está consolando”.

Riley trató de controlar sus náuseas.

Caldwell dijo una cosa más.

“¿Lo sentiré cuando comience?”.

Tampoco recibió respuesta a esa pregunta. Riley podía ver el líquido moverse por los tubos transparentes de las vías. Caldwell respiró profundamente y aparentemente se quedó dormido. Su pie izquierdo tembló un par de veces, y luego se quedó inmóvil.

Después de un momento, uno de los guardias pellizcó ambos pies, sin obtener una reacción. Parecía un gesto bastante peculiar, pero Riley entendió que el guardia estaba asegurándose que el sedante estuviera funcionando y que Caldwell estaba totalmente inconsciente.

El guardia les dijo algo inaudible a las personas que se encontraban detrás de la cortina. Riley vio líquido moverse por las vías de nuevo. Sabía que esta segunda droga detendría sus pulmones. En poco tiempo, una tercera droga detendría su corazón.

Riley se encontró pensando en lo que estaba viendo mientras la respiración de Caldwell se hacía más lenta. ¿Cómo era diferente esto de las veces que ella misma había usado fuerza letal? Ella había matado a varios asesinos en el cumplimiento de su deber.

Pero esto no era nada como esas otras muertes. En comparación, era extrañamente controlada, limpia, clínica, inmaculada. No parecía correcta. Irracionalmente, Riley se encontró pensando...

“No debí haberlo dejado llegar a este punto”.

Sabía que no tenía razón, que había llevado a cabo la captura de Caldwell con profesionalismo. Pero aún así pensó...

“Debí haberlo matado yo misma”.

Gail sostuvo la mano de Riley por diez largos minutos. Finalmente, el funcionario que estaba al lado de Riley dijo algo que Riley no pudo escuchar.

El director salió de detrás de la cortina y habló en una voz bastante clara como para ser entendida por todos los testigos.

“La pena de muerte fue ejecutada con éxito a las 9:07 a.m.”.

Luego las cortinas se cerraron de nuevo. Los testigos ya habían visto lo que habían venido a ver. Los guardias entraron en el observatorio e instaron a todos a irse lo más pronto posible.

Gail tomó la mano de Riley de nuevo a lo que todos salieron al pasillo.

“Siento que dijo lo que dijo”, le dijo Gail.

Riley se sobresaltó. ¿Cómo podría Gail preocuparse por los sentimientos de Riley en un momento como este, cuando por fin había comparecido ante la justicia el asesino de su propia hija?

“¿Cómo te sientes, Gail?”, preguntó mientras caminaban rápidamente hacia la salida.

Gail caminó en silencio por un momento. Tenía una expresión vacía en su rostro.

“Está hecho”, dijo finalmente, su voz fría y entumecida. “Está hecho”.

Salieron del edificio a la luz del día. Riley pudo ver dos muchedumbres al otro lado de la calle, cada una fuertemente controlada por la policía. En un lado había un grupo que estaba de acuerdo con la ejecución, tenían carteles odiosos, algunos soeces y obscenos. Estaban llenos de júbilo, y era comprensible. Del otro lado estaban los que abogaban en contra de la pena de muerte, también con sus propios carteles. Habían pasado toda la noche aquí celebrando una vigilia. Estaban mucho más tranquilos.

Riley no sintió compasión por ninguno de los dos grupos. Estas personas estaban aquí por ellos mismos, para hacer un espectáculo público de su indignación y rectitud, actuando en aras de su propia autocomplacencia. En su opinión, no tenían por qué estar aquí—no estaban entre aquellos cuyo dolor y aflicción era demasiado real.

Había una multitud de reporteros entre la entrada y las muchedumbres con camiones de prensa cerca. Mientras Riley caminaba entre ellos, una mujer corrió hasta ella con un micrófono y un camarógrafo detrás de ella.

“¿Agente Paige? “¿Eres la agente Paige?”, preguntó.

Riley no respondió. Ella intentó pasar a la reportera.

La reportera la siguió tenazmente. “Nos enteramos que Caldwell la mencionó en sus últimas palabras. ¿Algún comentario?”.

Otros reporteros se acercaron a ella, haciendo la misma pregunta. Riley apretó los dientes y siguió por la multitud. Por fin logró liberarse de ellos.

Se encontró pensando en Meredith y Bill mientras se apresuraba para llegar a su carro. Ambos la habían implorado a tomar un nuevo caso. Y estaba evitando darles una respuesta.

“¿Por qué?”, se preguntó.

Se acababa de escapar de los reporteros. ¿Estaba tratando de escapar de Bill y Meredith también? ¿Estaba tratando de escapar de quién era realmente y de todo lo que tenía que hacer?



*



Riley estaba feliz de estar en casa. La muerte que había presenciado esa mañana la había dejado con una sensación de vacío y el viaje de regreso a Fredericksburg había sido cansón. Pero cuando abrió la puerta de su casa adosada, algo no parecía estar bien.

Había demasiado silencio. April ya debería haber regresado de la escuela. ¿Dónde estaba Gabriela? Riley entró en la cocina y la encontró vacía. Encontró una nota sobre la mesa de la cocina.

“Me voy a la tienda”, decía. Gabriela había ido a la tienda.

Riley agarró el espaldar de una silla cuando se vio inmersa en una ola de pánico. April había sido secuestrada de la casa de su padre en otra ocasión en la que Gabriela había ido a la tienda.

Oscuridad, un atisbo de una llama.

Riley se dio la vuelta y corrió al pie de las escaleras.

“April”, gritó.

No hubo respuesta.

Riley corrió por las escaleras. Los dormitorios estaban vacíos. No había nadie en su pequeña oficina.

El corazón de Riley latía con fuerza, sin importar que su mente le estaba diciendo que era una tonta. Su cuerpo no estaba escuchando a su mente.

Corrió al piso inferior y luego a la cubierta trasera.

“April”, gritó.

Pero nadie jugaba en el patio de al lado y no había niños a la vista.

Logró controlarse para no dejar escapar otro grito. No quería que los vecinos se convencieran de que estaba realmente loca. No tan pronto.

Buscó en su bolsillo, sacó su teléfono celular y le envió un mensaje de texto a su hija.

No recibió ninguna respuesta.

Riley entró en su casa y se sentó en el sofá. Sujetaba su cabeza con sus manos.

Estaba de nuevo en el sótano de poca altura, acostada sobre la suciedad en la oscuridad.

Pero la luz se estaba moviendo hacia ella. Podía ver su rostro cruel en el resplandor de las llamas. Pero no sabía si el asesino venía por ella o por April.

Riley se obligó a separar la visión de su realidad.

“Peterson está muerto”, se dijo enfáticamente. “Nunca nos volverá a torturar”.

Se sentó en el sofá y trató de concentrarse en el aquí y en el ahora. Estaba aquí en su nueva casa, en su nueva vida. Gabriela había ido a la tienda. April seguramente estaba en algún sitio cercano.

Su respiración se volvió más lenta, pero no pudo obligarse a ponerse de pie. Tenía miedo que iría al patio y gritaría de nuevo.

Después de lo pareció ser mucho tiempo, Riley oyó la puerta principal abrirse.

April entró por la puerta, cantando.

Ahora Riley pudo ponerse de pie. “¿Dónde coño andabas?”.

April se veía sobresaltada.

“¿Cuál es tu problema, Mamá?”.

“¿Dónde andabas? ¿Por qué no respondiste mi mensaje de texto?”.

“Disculpa, tenía el celular en silencio. Estaba en casa de Cece, Mamá. Al otro lado de la calle. Cuando nos bajamos del autobús escolar, su mamá nos ofreció helado”.

“¿Y cómo iba a saber dónde andabas?”.

“No creía que llegarías a casa antes que yo”.

Riley se oyó a sí misma gritar, pero no pudo contenerse. “No me importa lo que creas. No estabas pensando. Siempre tienes que dejarme saber…”.

Las lágrimas que corrían por las mejillas de April finalmente la detuvieron.

Riley recuperó el aliento, corrió hacia April y la abrazó. Al principio, el cuerpo de April estaba rígido por su rabia, pero Riley la sintió relajarse poco a poco. Entró en cuenta que ella también estaba llorando.

“Lo siento”, dijo Riley. “Lo siento. Es solo que hemos pasado por tantas… tantas cosas terribles”.

“Pero ya todo acabó”, dijo April. “Mamá, ya todo acabó”.

Ambas se sentaron en el sofá. Era un sofá nuevo, lo había comprado luego de mudarse a esta casa. Lo había comprado para su nueva vida.

“Sé que todo acabó”, dijo Riley. “Sé que Peterson está muerto. Estoy tratando de acostumbrarme a eso”.

“Mamá, todo está mucho mejor ahora. No tienes que preocuparte por mí todo el tiempo. Y no soy una chiquilla. Tengo quince años”.

“Y eres muy inteligente”, dijo Riley. “Lo sé. Tengo que seguir recordándomelo. Te amo, April”, dijo. “Por eso es que me porto tan loca a veces”.

“Yo también te amo, Mamá”, dijo April. “No te preocupes tanto”.

Riley estaba encantada de ver a su hija sonreír de nuevo. April había sido secuestrada, había sido la prisionera de Peterson y había sido amenazada con esa llama. Parecía que ya era una adolescente absolutamente normal de nuevo, aún si su madre no había recuperado su estabilidad.

Aún así, Riley no podía dejar de preguntarse si todavía había memorias oscuras en algún lugar de la mente de April que estaban a punto de estallar.

En cuanto a sí misma, sabía que tenía que hablar con alguien sobre sus propios miedos y pesadillas recurrentes. Y tenía que hacerlo lo más pronto posible.




Capítulo Seis


Riley se movía nerviosamente en su silla mientras pensaba en lo que quería decirle a Mike Nevins. Se sentía agitada y nerviosa.

“Tómate tu tiempo”, dijo el psiquiatra forense, estirando el cuello en su silla de oficina y mirándola fijamente con preocupación.

Riley se rio tristemente. “Ese es el problema”, dijo. “No tengo tiempo. He estado postergándolo. Tengo que tomar una decisión. Ya no puedo postergarlo más. ¿Alguna vez me habías visto tan indecisa?”.

Mike no respondió. Solo sonrió y presionó las puntas de sus dedos.

Riley estaba acostumbrada a este silencio de Mike. El hombre apuesto y algo irritable había sido muchas cosas para ella durante los años—un amigo, un terapeuta, hasta un mentor. Últimamente acudía a él para saber su perspectiva sobre la mente oscura de un criminal. Pero esta visita era diferente. Lo había llamado anoche después de llegar a casa de la ejecución y había conducido a su oficina en DC esta mañana.

“¿Cuáles son tus opciones, exactamente?”, preguntó finalmente.

“Bueno, creo que tengo que decidir lo que voy a hacer con el resto de mi vida, o enseñar o ser agente de campo. O hacer otra cosa completamente”.

Mike se rio un poco. “Un momento. No tratemos de planificar todo tu futuro ahora mismo. Concentrémonos en el presente. Meredith y Jeffreys quieren que tomes un caso. Solo un caso. Esto no significa que tienes que escoger una de las dos. Nadie está diciendo que tienes que dejar de enseñar. Y todo lo que tienes que hacer es decir sí o no esta vez. ¿Entonces cuál es el problema?”.

Ahora le tocó a Riley guardar silencio. No sabía cuál era el problema. Por eso estaba aquí.

“Supongo que estás asustada”, dijo Mike.

Riley tragó grueso. Sí, eso era. Estaba asustada. No había querido admitirlo, ni siquiera a sí misma. Pero ahora Mike iba a hacerla hablar del tema.

“¿A qué le tienes miedo?”, preguntó Mike. “Dijiste que estabas teniendo pesadillas”.

Riley siguió guardando silencio.

“Esto obligatoriamente tiene que ver con tu TEPT”, dijo Mike. “¿Todavía estás teniendo flashbacks?”.

Riley había estado esperando esa pregunta. Después de todo, Mike era el que más la había ayudado a tratar de superar el trauma de su terrible experiencia.

Inclinó su cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Por un momento sintió que estaba en la jaula oscura de Peterson de nuevo y él estaba amenazándola con una llama de propano. Meses después de haber sido la prisionera de Peterson, esa memoria aún la atormentaba de vez en cuando.

Pero luego había rastreado y matado a Peterson. De hecho, lo había molido a golpes.

“Si eso no es cierre emocional, no sé qué lo será entonces”, pensó.

Ahora los recuerdos parecían impersonales, como si estuviera viendo la historia de otra persona desarrollarse.

“Estoy mejor”, dijo Riley. “Son más cortos y mucho menos comunes”.

“¿Y tu hija?”.

La pregunta fue como un golpe para Riley. Sentía el eco del horror que había experimentado cuando Peterson había capturado a April. Aún podía oír los gritos de April pidiendo ayuda.

“Creo que no he superado eso”, dijo. “Me despierto asustada pensando que la volvieron a raptar. Tengo que ir a su habitación y asegurarme de que está bien y que está durmiendo”.

“¿Esa es la razón por la cual no quieres tomar otro caso?”.

Riley se estremeció. “No quiero que pase por algo así de nuevo”.

“Eso no responde mi pregunta”.

“No, no supongo que lo hace”, dijo Riley.

Cayó otro silencio.

“Tengo la sensación de que hay algo más”, dijo Mike. “¿Qué más te da pesadillas? ¿Qué más te despierta por las noches?”.

Sintió una sacudida de terror en su mente en ese instante.

Sí, había algo más.

Incluso con sus ojos abiertos, podía ver el rostro grotescamente inocente de Eugene Fisk con sus ojos pequeños, redondos y brillantes. Riley lo había mirado profundamente a los ojos durante su enfrentamiento fatal.

El asesino había colocado una navaja recta en la garganta de Lucy Vargas. En ese momento, Riley había indagado en sus más grandes miedos. Había hablado de las cadenas, esas cadenas que él creía que le estaban hablando, obligándole a cometer asesinato tras asesinato, encadenando a las mujeres y rajando sus gargantas.

“Las cadenas no quieren que te lleves a esta mujer”, le había dicho Riley. “Ella no es lo que necesitan. Sabes lo que las cadenas quieren que hagas en vez”.

Eugene había asentido con la cabeza con los ojos llenos de lágrimas. Luego se hizo a sí mismo lo que le había hecho a sus víctimas—se pasó la cuchilla por su cuello.

Se rajó la garganta ante de los ojos de Riley.

Y ahora, sentada aquí en la oficina de Mike Nevins, su propio horror casi la ahoga.

“Maté a Eugente”, dijo jadeando.

“Te refieres al asesino de la cadenas. Bueno, no fue el primer hombre que mataste”.

Es cierto, no era la primera vez en la que había usado fuerza letal. Pero con Eugene había sido muy diferente. Pensaba en su muerte muy a menudo, pero nunca había hablado de eso con nadie.

“No usé una pistola ni una roca ni mis puños”, dijo. “Lo maté con comprensión, con empatía. Mi mente es un arma mortal. No sabía eso. Me aterra, Mike”.

Mike asintió con compasión. “Tú sabes lo que dijo Nietzsche sobre mirar un largo tiempo al abismo”, dijo.

“El abismo también mira dentro de ti”, dijo Riley, terminando el famoso dicho. “Pero he hecho mucho más que mirar al abismo. Prácticamente he vivido allí. Casi me siento cómoda allí. Es como un segundo hogar. Me asusta demasiado, Mike. Uno de estos días quizás entre a ese abismo y no salga más. Y quién sabe a quién podría herir, o matar”.

“Bueno”, dijo Mike, reclinándose en su silla. “Tal vez estamos progresando”.

Riley no estaba tan segura. Y no se sentía ni cerca a tomar una decisión.



*



Cuando Riley entró por su puerta principal más tarde, April bajó por las escaleras rápidamente para saludarla.

“Ay Mamá, ¡tienes que ayudarme! ¡Ven!”.

Riley siguió a April por las escaleras hasta su habitación. Tenía una maleta abierta sobre su cama con un montón de ropa a su alrededor.

“¡No sé qué empacar!”, dijo April. “¡Nunca he tenido que hacer esto antes!”.

Sonriendo por la mezcla de pánico y euforia de su hija, Riley comenzó a ayudarla a acomodar sus cosas. April se iría de excursión escolar mañana a las cercanías de Washington, DC. Iría con un grupo de estudiantes del curso de Historia Estadounidense Avanzada y sus maestras.

Riley sintió un poco de aprensión luego de haber firmado los permisos y pagado las tasas extras. April había sido prisionera de Peterson en Washington, y aunque habían estado lejos en el borde de la ciudad, a Riley le preocupaba que el viaje podría hacer que el trauma saliera a la superficie. Pero a April le parecía estar yendo muy bien, tanto académicamente como emocionalmente. Y el viaje era una oportunidad maravillosa.

Riley se dio cuenta que se estaba divirtiendo mientras ella y April bromeaban y terminaban de empacar su maleta. Ese abismo del que había hablado con Mike hace un tiempo parecía estar muy lejos. Todavía tenía una vida fuera de ese abismo. Era una buena vida, y estaba determinada a seguir teniéndola, sin importar la decisión que tomara.

Gabriela entró en la habitación mientras estaban arreglando las cosas.

“Señora Riley, mi taxi estará aquí pronto”, dijo con una sonrisa. “Ya empaqué mis cosas, están en la puerta”.

Casi había olvidado que Gabriela se iba. Gabriela había pedido tiempo libre para ir a visitar a sus familiares en Tennessee ya que April no iba a estar. Riley estaba más que contenta de darle el permiso.

Abrazó a Gabriela y le dijo: “Buen viaje”.

La sonrisa de Gabriela desapareció un poco y añadió: “Me preocupo”.

“¿Estás preocupada?”, le preguntó sorprendida. “¿Qué te preocupa, Gabriela?”.

“Tú”, respondió Gabriela. “Estarás sola en esta nueva casa”.

Riley se rio un poco. “No te preocupes, puedo cuidar de mí misma”.

“Pero no has estado sola desde que pasaron todas esas cosas terribles”, dijo Gabriela. “Me preocupa”.

Las palabras de Gabriela pusieron a Riley a pensar. Lo que ella decía era cierto. Desde el calvario que había vivido con Peterson, al menos April siempre había estado a su lado. ¿Podría abrirse un vacío oscuro y aterrador en su nuevo hogar? ¿El abismo podría estar acechándola en este mismo momento?

“Estaré bien”, dijo Riley. “Diviértete con tu familia”.

Gabriela sonrió y le entregó a Riley un sobre. “Esto estaba en el buzón”, dijo.

Gabriela abrazó a April, luego abrazó a Riley de nuevo y bajó las escaleras para esperar a su taxi.

“¿Qué pasa, Mamá?”, preguntó April.

“No lo sé”, dijo Riley. “No fue enviado por correo”.

Abrió el sobre y encontró una tarjeta plástica adentro. Las letras decorativas de la tarjeta leían “El Grill de Blaine”. Luego leyó lo que decía más abajo: “Cena para dos”.

“Creo que es una tarjeta de regalo de nuestro vecino”, dijo Riley. “Eso es muy amable de su parte. Podemos ir a cenar allí cuando vuelvas”.

“¡Mamá!”, exclamó April. “Esa tarjeta no es para las dos”.

“¿Cómo así?”.

“Te está invitando a cenar”.

“¡Ah! ¿En serio? No dice eso aquí”.

April negó con la cabeza. “No seas tonta. Quiere salir contigo. Crystal me dijo que le gustas a su papá. Y es muy lindo”.

Riley pudo sentir su rostro sonrojarse. No podía recordar la última vez que alguien la había invitado a salir. Pasó muchos años casada con Ryan. Desde su divorcio se había concentrado en instalarse en su nuevo hogar y en las decisiones que tenía que tomar acerca de su trabajo.

“Estás sonrojada”, dijo April.

“Terminemos de empacar tus cosas”, interrumpió Riley. “Tendré que pensar en todo esto ahora”.

Ambas volvieron a la tarea de ordenar ropa. Después de unos minutos de silencio, April dijo, “Estoy preocupada por ti, Mamá. Como dijo Gabriela...”.

“Estaré bien”, dijo Riley.

“¿Segura?”.

Riley no sabía qué contestar. Seguramente había enfrentado peores pesadillas que una casa vacía — asesinos psicópatas obsesionados con cadenas, muñecas y sopletes. ¿Pero podrían liberarse un montón de demonios internos ahora que estaría sola? Una semana comenzó a parecer un largo tiempo en ese instante. Y la posibilidad de decidir si saldría o no con el vecino también parecía aterradora de cierta forma.

“Lidiaré con ello”, pensó Riley.

Además, aún tenía otra opción. Y era el momento de tomar una decisión de una vez por todas.

“Me han pedido que trabaje en un caso”, le dijo Riley a April. “Tendría que irme a Arizona inmediatamente”.

April dejó de doblar su ropa y miró a Riley.

“Así que irás, ¿cierto?”, preguntó.

“No lo sé, April”, dijo Riley.

“¿Y eso por qué? Es tu trabajo”.

Riley miró a su hija a los ojos. Los tiempos difíciles entre ellas realmente parecían haber quedado en el pasado. Se habían unido más puesto que ambas habían sobrevivido los horrores infligidos por Peterson.

“He estado pensando en no trabajar más en el campo”, dijo Riley.

Los ojos de April se abrieron de sorpresa.

“¿Qué? Mamá, acabar con los malos es lo que mejor sabes hacer”.

“También soy muy buena dando clases”, dijo Riley. “Soy muy buena en eso. Y me encanta, realmente me encanta”.

April se encogió de hombros, no entendiendo nada. “Bueno, sigue dando clases. Nadie te está deteniendo. Pero no dejes de luchar contra el mal. Es igual de importante”.

Riley negó con la cabeza. “No lo sé, April. Después de todo por lo que te hice pasar— “.

Parecía que April no podía creer lo que estaba escuchando. “¿Después de todo por lo que tú me hiciste pasar? ¿De qué estás hablando? Tú no me hiciste pasar por nada. Fui raptada por un psicópata llamado Peterson. Si no me hubiera raptado a mí, hubiera raptado a otra persona. No pierdas el tiempo culpándote”.

Después de una pausa, April dijo: “Siéntate, Mamá. Tenemos que hablar”.

Riley sonrió y se sentó en la cama. April sonaba como una mamá.

“Tal vez un sermón es justamente lo que necesito”, pensó Riley.

April se sentó junto a Riley.

“¿Alguna vez te hablé sobre mi amiga Angie Fletcher?”, dijo April.

“No lo creo”.

“Bueno, solíamos ser buenas amigas pero se cambió de escuela. Ella era muy inteligente, me llevaba solo un año, tenía quince años. Me enteré que empezó a comprarle drogas a un tipo que todo el mundo llamaba Trip. Se volvió bastante adicta a la heroína. Y cuando se quedó sin dinero, Trip la puso a trabajar como prostituta. La entrenó personalmente y la obligó a mudarse con él. Su madre está tan loca que ni siquiera se dio cuenta de que Angie se había ido. Trip hasta la promocionó en su sitio web, la hizo tatuarse jurando que ella siempre sería de él”.

Riley estaba conmocionada. “¿Qué pasó con ella?”.

“Bueno, la policía finalmente agarró a Trip y Angie terminó en un centro de rehabilitación de drogas. Esto sucedió este verano mientras estábamos en el norte del estado de Nueva York. No sé qué pasó con ella después de eso. Todo lo que sé es que solo tiene dieciséis años y su vida está arruinada”.

“Lo siento mucho”, dijo Riley.

April gruñó con impaciencia.

“¿Realmente no lo entiendes, Mamá? No tienes nada que sentir. Has pasado toda tu vida deteniendo este tipo de cosas. Y has encerrado a muchos tipos como Trip—algunos de ellos para siempre. Pero si dejas de hacer lo que mejor sabes hacer, ¿quién tomará tu lugar? ¿Alguien tan competente como tú? Lo dudo, Mamá. Realmente lo dudo”.

Riley se quedó callada por unos instantes. Luego, con una sonrisa, apretó la mano de April con firmeza.

“Creo que tengo que hacer una llamada”, dijo.




Capítulo Siete


Mientras el jet de FBI despegaba de Quántico, Riley se sentía segura de que estaba en camino a enfrentarse a otro monstruo. Le inquietaba mucho el pensar en eso. Había deseado mantenerse alejada de asesinos por un tiempo, pero tomar este caso finalmente le había parecido ser la decisión correcta. Meredith claramente se había sentido aliviado por su decisión.

Esa mañana, April se había ido de excursión, y ahora Riley y Bill estaban en camino a Phoenix. La tarde se había vuelto oscura y había lluvia en el cristal de la ventana del avión. Riley se quedó abrochada a su asiento hasta que el avión atravesó unas nubes grises a un cielo más despejado. Luego una superficie acolchada se extendió debajo de ellos, ocultando la tierra donde las personas probablemente estaban corriendo para no mojarse. “Y siguiendo sus tareas diarias”, pensó Riley.

Luego de que se asentara el viaje, Riley se volteó para mirar a Bill y le preguntó, “¿Qué tienes para mostrarme?”.

Bill abrió su portátil sobre la mesa delante de ellos. Colocó una foto de una gran bolsa de basura negra apenas sumergida en aguas poco profundas. Podía ver una mano blanca muerta que se asomaba por la abertura de la bolsa.

Bill explicó: “El cuerpo de Nancy Holbrook fue encontrado en un lago artificial en el sistema de embalses en las afueras de Phoenix. Era una acompañante de treinta años que cobraba caro. En otras palabras, una prostituta costosa”.

“¿Se ahogó?”, preguntó Riley.

“No. La causa de muerte fue asfixia. Luego fue metida en una gran bolsa de basura y arrojada al lago. La bolsa de basura fue rellenada con grandes piedras para que se hundiera más”.

Riley estudió la foto de cerca. Ya se estaban formando muchas preguntas en su mente.

“¿El asesino dejó evidencia física?”, preguntó. “¿Huellas, fibras, ADN?”.

“Nada de nada”.

Riley negó con la cabeza. “Lo que no entiendo es la eliminación del cadáver. ¿Por qué el asesino no se esforzó más? Un lago de agua dulce es perfecto para deshacerse de un cuerpo. Los cadáveres se hunden y se descomponen rápidamente en agua dulce. Obviamente podrían volver a la superficie más tarde debido a la distensión abdominal y los gases. Pero colocar piedras suficientes en la bolsa solucionaría ese problema. ¿Por qué dejarla en aguas poco profundas?”.

“Creo que nos toca a nosotros descubrirlo”, dijo Bill.

Bill colocó otras fotos de la escena del crimen, pero no proporcionaron mucha información.

“¿Qué opinas?”, preguntó Riley. “¿Se trata de un asesino en serie o no?

Bill frunció el ceño, reflexionando.

“No lo sé”, respondió. “Realmente estamos tratando con el asesinato de una sola prostituta. Obviamente han desaparecido otras prostitutas en Phoenix. Pero eso no es nada nuevo. Sucede habitualmente en las grandes ciudades del país”.

La palabra “habitualmente” hizo que los pelos de Riley se pusieran de punta. ¿Cómo podría considerarse la desaparición continua de una cierta clase de mujer algo “rutinario”? Aún así, sabía que lo que estaba diciendo Bill era cierto.

“Cuando Meredith llamó por teléfono, lo hizo parecer urgente”, dijo ella. “Y ahora nos está dando el tratamiento VIP, dándonos un jet de la UAC para llegar allá directamente”. Riley lo pensó por un momento. “Sus palabras exactas fueron que su amigo quería que lo investigáramos como si fuera un asesinato en serie”. Pero por lo visto nadie está seguro que esto es obra de un asesino en serie”.

Bill se encogió de hombros. “Quizás no lo sea. Pero, por lo visto, Meredith tiene una relación bastante estrecha con el hermano de la víctima, Garrett Holbrook”.

“Sí”, dijo Riley. “Me dijo que fueron a la academia juntos. Pero todo esto es inusual”.

Bill no argumentó este hecho. Riley se inclinó hacia atrás en su asiento para examinar la situación. Parecía bastante obvio que Meredith estaba rompiendo algunas reglas del FBI para hacerle un favor a su amigo. Esto no era algo que Meredith solía hacer.

Pero Riley no le tenía menos estima por esto. En realidad admiraba su devoción a su amigo. Ella se preguntaba...

¿Rompería yo las reglas por alguien? ¿Por Bill, tal vez?

Había sido más que un compañero a lo largo de los años y mucho más que un amigo. Sin embargo, Riley no estaba segura. Y eso la hacía preguntarse qué tan cercana se sentía a sus compañeros de trabajo, incluyendo a Bill, hoy en día.

Pero ponerse a analizarlo en este momento no parecía tener sentido. Riley cerró los ojos y se durmió.



*



Aterrizaron en un día soleado de Phoenix.

Bill le dio un codazo mientras se estaban bajando del jet y dijo: “Guau, el clima está hermoso. Por lo menos este viaje también servirá como unas vacaciones”.

De alguna manera, Riley dudaba de que sería divertido. Tenía rato sin tomarse unas verdaderas vacaciones. Su último intento en Nueva York con April había sido truncado por los asesinatos y las locuras habituales que formaban una gran parte de su vida.

“Necesito tomarme un verdadero descanso un día de estos”, pensó.

Un agente local joven se encontró con ellos y los condujo a la oficina de campo del FBI de Phoenix, un edificio moderno llamativo. Mientras se estacionaba en la Oficina dijo: “¿No les parece genial el diseño? Incluso ganó un premio. ¿A qué se les parece?”.

Riley miró la fachada. Tenía rectángulos rectos y largos y ventanas verticales estrechas. Todo había sido cuidadosamente colocado y el patrón parecía familiar. Se detuvo y lo miró fijamente por un momento.

“¿Secuenciación del ADN?”, preguntó.

“Sí”, dijo el agente. “Pero puedo apostar a que no adivinan a qué se parece el laberinto de rocas desde arriba”.

Pero entraron al edificio antes de que Riley o Bill pudieran intentarlo. Riley vio el motivo del ADN repetido en las baldosas. El agente los llevó entre paredes y muros de separación horizontales hasta que llegaron a la oficina del agente especial encargado, Elgin Morley, y luego los dejó allí.

Riley y Bill se presentaron a Morley, un hombre pequeño y cincuentón que tenía un gran bigote negro y anteojos redondos. Otro hombre también los estaba esperando en la oficina. Era cuarentón, alto, flaco y un poco jorobado. Riley pensó que se veía cansado y deprimido.

“Agentes Paige y Jeffreys, conozcan al agente Garrett Holbrook”, dijo Morley. Su hermana fue la víctima que fue encontrada en el lago Nimbo”.

Todos los agentes se dieron la mano y luego se sentaron a hablar.

“Gracias por venir”, dijo Holbrook. “Todo esto ha sido bastante abrumador”.

“Háblanos de tu hermana”, dijo Riley.

“No tengo mucho que decir”, dijo Holbrook. “No puedo decir que la conocía muy bien. Era mi media hermana. Mi padre fue un mujeriego, dejó a mi mamá y tuvo hijos con tres mujeres diferentes. Nancy era quince años más joven que yo. No nos mantuvimos mucho en contacto a lo largo de los años”.

Miró fijamente al piso por un momento, sus dedos tocando el brazo de su silla distraídamente. “Lo último que supe de ella es que estaba trabajando en una oficina y tomando clases en un colegio comunitario”, dijo sin levantar la mirada. “Eso fue hace unos años. Me sorprendió descubrir en lo que se había convertido. No tenía ni idea”.

Luego se quedó en silencio. A Riley le pareció que se había guardado algo, pero se dijo a sí misma que tal vez realmente era todo lo que el hombre sabía. Después de todo, ¿qué podría decir Riley sobre su hermana mayor si alguien le preguntara? Ella y Wendy habían pasado tanto tiempo sin hablar que prácticamente ya no eran ni hermanas.

Aun así, percibía algo más que dolor en la actitud de Holbrook y eso le parecía extraño.

Morley sugirió que Riley y Bill fueran con él a Medicina Forense para poder echarle un vistazo al cadáver. Holbrook asintió y dijo que estaría en su oficina.

“Agente Morley, ¿qué razón existe para creer que estamos tratando con un asesino en serie?”, preguntó Bill cuando iban caminando por el pasillo.

Morley negó con la cabeza. “No creo que tengamos una”, dijo. “Pero cuando Garrett se enteró de la muerte de Nancy, se negó a no hacer nada. Es uno de nuestros mejores agentes, y he tratado de complacerlo. Trató de poner en marcha su propia investigación, pero no llegó a ningún lado. La verdad es que se ha portado bastante extraño, no parece él”.

Riley ciertamente había notado que Garrett parecía estar agitado. Tal vez un poco más agitado de lo que estaría un agente experimentado normalmente, incluso con la muerte de un familiar. Había dejado claro que no estaban ni cerca de resolver el caso.

Morley guio a Riley y a Bill al área de Medicina Forense del edificio, donde les presentó a la líder, la Dra. Rachel Fowler. La patóloga abrió la unidad refrigerada donde se encontraba el cadáver de Nancy Holbrook.

Riley hizo un gesto de dolor a la oleada familiar de descomposición, aunque el mal olor aún no se había intensificado tanto. Vio que la mujer había sido bajita y muy delgada.

“No había estado mucho tiempo en el agua”, dijo Fowler. “Su piel estaba comenzando a arrugarse cuando la encontraron”.

La Dra. Fowler señaló sus muñecas.

“Pueden ver quemaduras por el roce de cuerdas. Parece que estuvo atada durante su asesinato”.

Riley notó marcas en el recodo del cadáver.

“Parecen ser marcas de agujas”, dijo Riley.

“Sí. Estaba consumiendo heroína. Creo que estaba volviéndose adicta”.

Le pareció a Riley que la mujer había sido anoréxica, y eso parecía coherente con la teoría de adicción de Fowler.

“Esa clase de adicción parece fuera de lugar para una acompañante de categoría”, dijo Bill. “¿Cómo sabemos que eso es lo que era?”.

Fowler sacó una tarjeta de presentación laminada que estaba dentro de una bolsa plástica de evidencia. Tenía una foto provocativa de la mujer muerta. El nombre en la tarjeta era simplemente “Nanette” y el negocio se llamaba “Acompañantes Ishtar”.

“Encontramos esta tarjeta en su cuerpo”, explicó Fowler. “La policía se comunicó con Acompañantes Ishtar y descubrió su verdadero nombre, y eso conllevó a que fuera identificada como la media hermana del agente Holbrook”.

“¿Alguna idea de cómo fue asfixiada?”, preguntó Riley.

“Hay algunos moretones en su cuello”, dijo Fowler. “El asesino pudo haber colocado una bolsa de plástico sobre su cabeza”.

Riley observó las marcas de cerca. ¿Esto fue un juego sexual que salió mal, o un acto deliberado de asesinato? Aún no sabía la respuesta.

“¿Qué más encontraron con su cuerpo?”, preguntó Riley.

Fowler abrió una caja que contenía la ropa de la víctima. Había estado usando un vestido rosa escotado. Riley observó que no era muy respetable, pero era un atuendo un poco más recatado que la ropa típica de prostituta. Era el vestido de una mujer que quería verse tanto sexy como convenientemente vestida para ir a una discoteca.

Había una bolsa plástica llena de joyas encima del vestido.

“¿Puedo echarle un vistazo?”, le preguntó Riley a Fowler.

“Adelante”.

Riley sacó la bolsa y le echó un ojo al contenido. La mayor parte era bisutería bastante elegante — un collar y unos brazaletes de cuentas y unos aretes sencillos. Pero un artículo sobresalía sobre todos los demás. Era un anillo delgado de oro con un diamante. Lo levantó y se lo mostró a Bill.

“¿Es real?”, preguntó Bill.

“Sí”, respondió Fowler. “Oro auténtico y un diamante real”.

“El asesino ni siquiera lo robó”, comentó Bill. “Así que esto no fue por dinero”.

Riley se volvió para dirigirse a Morley. “Me gustaría ver el sitio donde fue encontrado el cuerpo”, dijo. “Ahora mismo que es de día”.

Morley se veía un poco desconcertado.

“Podemos llevarte en helicóptero”, dijo. “Pero no sé lo que esperas encontrar. Los policías y los agentes inspeccionaron todo el sitio”.

“Confía en ella”, dijo Bill a sabiendas. “Descubrirá algo”.




Capítulo Ocho


La amplia superficie del lago Nimbo parecía inmóvil y tranquila mientras el helicóptero se acercaba a ella.

“Pero las apariencias engañan”, se recordó Riley a sí misma. Sabía que las superficies tranquilas podían guardar secretos oscuros.

El helicóptero descendió para buscar un lugar en donde aterrizar. Riley se sentía un poco mareada por el movimiento inestable. No le gustaban mucho los helicópteros. Ella miró a Bill, quien estaba sentado a su lado. Se veía igual de incómodo que ella.

Pero cuando miró al agente Holbrook, su rostro parecía inexpresivo. Casi ni había hablado durante el vuelo de media hora desde Phoenix. Riley aún no sabía qué pensar de él. Estaba acostumbrada a leer a las personas fácilmente, a veces demasiado fácilmente. Pero Holbrook todavía le parecía un enigma.

El helicóptero por fin aterrizó y los tres agentes del FBI pisaron tierra firme, agachándose debido a las hélices que aún estaban en movimiento. El camino donde había aterrizado el helicóptero no era más que huellas de neumáticos entre malezas.

Riley observó que el camino no era muy transitado. Aún así, parecía que suficientes vehículos habían pasado por él durante esta semana como para ocultar las huellas dejadas por el vehículo que había conducido el asesino.

El motor ruidoso del helicóptero por fin dejó de sonar, haciendo más fácil el hablar mientras Riley y Bill seguían a Holbrook a pie.

“Cuéntanos todo lo que sabes sobre este lago”, le dijo Riley a Holbrook.

“Es uno de los embalses creados por las represas en el río Acacia”, dijo Holbrook. “Este es el más pequeño de los lagos artificiales. Está repleto de peces, y es un espacio recreativo popular, pero los espacios públicos están al otro lado del lago. El cadáver fue descubierto por una pareja de adolescentes drogados con marihuana. Les mostraré el lugar”.

Holbrook los llevó a una cresta de piedras sobre el lago.

“Los chicos estaban justo donde estamos parados”, dijo. Señaló hacia la orilla del lago. “Miraron hacia allí y lo vieron. Dijeron que solo parecía ser una forma oscura en el agua”.

“¿A qué hora estuvieron aquí?”, preguntó Riley.

“Un poco más temprano que ahora”, dijo Holbrook. “Faltaron a clase y se drogaron”.

Riley analizó todo el lugar. El sol estaba bajo, y las cimas de los acantilados de roca roja al otro lado del lago estaban ardiendo por la luz. Había unos botes en el agua. La distancia entre la cresta y el agua era de unos tres metros aproximadamente.

Holbrook señaló un lugar cercano donde la pendiente no era tan empinada.

“Los niños bajaron para acercarse más”, dijo. “Fue entonces cuando descubrieron lo que realmente era”.

“Pobres chicos”, pensó Riley. Hace unas dos décadas había probado la marihuana en la universidad. Aún así, podía imaginarse el miedo intenso de haber hecho este descubrimiento mientras estaban drogados.

“¿Quieres bajar para ver más de cerca?”, Bill le preguntó a Riley.

“No, de aquí se ve bien”, dijo Riley.

Su instinto le decía que estaba justo donde necesitaba estar. Después de todo, el asesino seguramente no había arrastrado el cuerpo por la misma pendiente por la que habían bajado los chicos.

“No”, pensó. “Estuvo parado justo aquí”.

Incluso parecía que la escasa vegetación en la que estaba parada parecía estar un poco deshecha.

Respiró un poco, tratando de deslizarse en la mente del asesino. Sin duda había venido de noche. ¿Pero en una noche clara o nublada? Bueno, en Arizona en esta época del año, las posibilidades eran que la noche fue clara. Y recordó que la luna estaría brillante hace aproximadamente una semana. En la luz de las estrellas y la luz de la luna, él pudo haber visto que lo estaba haciendo bastante bien, posiblemente incluso sin una linterna.

Lo imaginaba poniendo el cuerpo aquí mismo. ¿Pero qué había hecho luego? Evidentemente había rodado el cuerpo por la cornisa. Había caído justo en las aguas poco profundas.

Pero algo no parecía estar bien en todo este escenario. Se preguntó una vez más, como lo había hecho en el avión, cómo pudo haber sido tan descuidado.

Es cierto que, desde aquí en la cornisa, probablemente no pudo haber visto que el cuerpo no se había hundido lo suficiente. Los chicos habían descrito la bolsa como “una forma oscura en el agua”. Desde esta altura, la bolsa sumergida probablemente había sido invisible, incluso en una noche brillante. Él había asumido que el cuerpo se había hundido, como los cuerpos recién muertos lo hacen en agua dulce, especialmente cuando son pesados con piedras.

Pero ¿por qué supuso que el agua era profunda aquí?

Observó el agua cristalina. En la luz del atardecer, podía ver fácilmente la cornisa sumergida por donde había descendido el cadáver. Era un área horizontal pequeña, nada más que la parte superior de una roca. Alrededor de ella, el agua era negra y profunda.

Observó el lago. Acantilados sobresalían de todas partes del agua. Podía ver que el lago Nimbo lago había sido un cañón profundo antes de que la presa lo llenara con agua. Vio solo unos pocos lugares donde uno podía caminar por la costa. Los lados del acantilado descendían a las profundidades.

Riley vio crestas similares con aproximadamente la misma altura a su derecha e izquierda. El agua debajo de esos acantilados era oscura, sin señales de una cornisa similar a la que estaba justo debajo de esta.

Sintió un cosquilleo de comprensión.

“Él ha hecho esto antes”, les dijo a Bill y a Holbrook. “Hay otro cuerpo en este lago”.



*



Durante el viaje en helicóptero de regreso a la oficina central de la división de FBI de Phoenix, Holbrook dijo: “¿Entonces crees que sí se trata de un caso de asesinatos en serie?”.

“Sí, sí lo creo”, dijo Riley.

“Yo no estaba seguro”, dijo Holbrook. “Estaba ansioso porque alguien bueno viniera a tomar el caso. Pero ¿qué viste que te hizo cambiar de parecer?”.

“Hay otras cornisas iguales a la que utilizó para arrojar el cuerpo”, explicó. “Utilizó uno de los otros desniveles antes, y ese cuerpo se hundió como debía. Pero quizás no pudo encontrar el mismo lugar. O tal vez pensó que este era el mismo lugar. De todos modos, esperó obtener el mismo resultado esta vez, pero se equivocó”.

“Te dije que descubriría algo allí”, dijo Bill.

“Unos buzos tendrán que efectuar una búsqueda en el lago”, agregó Riley.

“Costará que aprueben hacer eso”, dijo Holbrook.

“Hay que hacerlo. Hay otro cuerpo allí abajo. Puedes contar con eso. No sé cuánto tiempo ha pasado allí, pero está allí”.

Hizo una pausa, evaluando mentalmente lo que esto le decía sobre la personalidad del asesino. Él era competente y capaz. No era un perdedor patético como Eugene Fisk. Era más como Peterson, el asesino que había capturado y atormentado tanto a April como a ella. Era astuto y equilibrado y le encantaba matar, era un sociópata, en lugar de un psicópata. Por encima de todo, era confiado.

“Tal vez demasiado confiado para su propio bien”, pensó Riley.

Podría hasta ser su perdición.

“El tipo que buscamos no es ninguna escoria criminal”, dijo. “Apuesto a que es un ciudadano común, razonablemente bien educado, tal vez con una esposa y familia. Nadie que lo conoce cree que es un asesino”.

Riley observó el rostro de Holbrook mientras hablaban. Aunque ahora sabía algo sobre el caso que no había sabido antes, Holbrook aún le parecía totalmente impenetrable.

El helicóptero sobrevoló el edificio del FBI. Había caído la noche y el área estaba bien iluminada.

“Mira”, Bill dijo, señalando por la ventana.

Riley miró hacia donde señalaba. Se sorprendió al ver que el jardín de rocas parecía una huella gigantesca desde aquí. Parecía un letrero de bienvenida. Algún paisajista excéntrico había decidido que esta imagen hecha de piedras era más adecuada para el nuevo edificio del FBI que un jardín plantado. Centenares de piedras habían sido cuidadosamente colocadas en filas curvas para crear la ilusión acaballonada.

“Guau”, le dijo Riley a Bill. “¿Qué huella dactilar habrán utilizado? La de una persona legendaria, supongo. ¿Tal vez la de Dillinger?”.

“O tal vez la de John Wayne Gacy. O Jeffrey Dahmer”.

Esto le pareció un poco extraño. En el suelo, nadie se imaginaría que la disposición de piedras era algo más que un laberinto sin sentido.

Le pareció una señal y una advertencia. Este caso iba a obligarla a ver las cosas desde una nueva y perturbadora perspectiva. Estaba a punto de entrar en un mundo de oscuridad que jamás había imaginado.




Capítulo Nueve


El hombre disfrutaba ver a las prostitutas callejeras. Le gustaba como se agrupaban en la esquina y caminaban por las aceras, más que todo de a dos. Le parecía que eran más enérgicas que las call girls y las acompañantes, propensas a perder los estribos fácilmente.

Por ejemplo, en este momento, vio a una de ellas maldiciendo a un montón de chicos jóvenes toscos que estaban dentro de un vehículo por tomar su foto. El hombre no podía culparla por ello. Después de todo, ella estaba aquí para hacer negocios, no para servir como paisaje.

“¿Dónde está el respeto?”, pensó con una sonrisa. “Los chicos de hoy en día”.

Ahora los chicos estaban riéndose de ella y gritando obscenidades. Pero no podían igualar sus réplicas originales, algunas de ellas en otro idioma. Le gustaba su estilo.

Estaba en un barrio pobre, estacionado cerca de una fila de moteles baratos donde las prostitutas callejeras se juntaban. Las otras chicas eran menos vivaces que la que había gritado las palabrotas. Sus intentos de sensualidad no podían compararse con los de ella, y sus avances eran vulgares. Mientras observaba, una de las chicas se subió la falda para mostrarle sus pequeñas bragas al conductor de un carro que pasaba lentamente por allí. El conductor no se detuvo.

Siguió mirando a la chica que le había llamado la atención de primera. Estaba pataleando con indignación, quejándose con las otras chicas.

El hombre sabía que podría tenerla si así lo quisiera. Ella podría ser su próxima víctima. Todo lo que tenía que hacer para llamar su atención era conducir hacia ella.

Pero no, no haría eso. Nunca hacía eso. Nunca se le acercaría a una prostituta en la calle. Ella tenía que acercarse a él. Era igual incluso con las putas que conocía a través de un servicio o en un burdel. Lograría que se reunieran con él a solas en alguna parte sin pedírselo directamente. Todo parecería idea de ellas.

Con suerte, la chica enérgica notaría su carro caro y se le acercaría. Su carro era una excelente carnada. También el hecho que él se vestía bien.

Pero sin importar como terminara la noche, tenía que tener más cuidado que la vez pasada. Había sido descuidado, dejando caer su cuerpo sobre esa cornisa y esperando que se hundiera.

¡Y había creado tremendo revuelo! ¡La hermana de un agente del FBI! Y habían llamado a unos agentes importantes de Quántico. No le gustaba eso. No quería ni publicidad ni fama. Todo lo que quería hacer era satisfacer sus antojos.

¿Y no tenía todo el derecho a hacerlo? ¿Qué hombre adulto sano no tiene sus antojos?

Ahora iban a enviar buzos al lago para buscar cuerpos. Sabía lo que podrían encontrar allí, incluso después de tres años. No le gustaba eso en lo absoluto.

No solo se preocupaba por sí mismo. Curiosamente, se sentía mal por el lago. Hacer que los buzos buscaran entre todos sus rincones le parecía algo obsceno e invasor, una violación imperdonable. Después de todo, el lago no había hecho nada malo. ¿Por qué debía de ser invadido?

De todos modos, no estaba preocupado. No había manera que pudieran rastrearlo a través de las víctimas. Simplemente no iba a suceder. Sin embargo, ya había acabado con ese lago. No había decidido aún dónde depositar su próxima víctima, pero estaba seguro que tomaría una decisión antes de terminada la noche.

Ahora la chica vivaz estaba mirando su carro. Comenzó a caminar hacia él.

Bajó la ventanilla del asiento del pasajero y ella asomó la cabeza. Era una latina de piel oscura, con un maquillaje intenso compuesto de un delineado de labios, sombra de ojos colorida y cejas arqueadas que parecían ser tatuadas. Sus aretes eran unos crucifijos de oro grandes.

“Bonito carro”, dijo.

Él sonrió.

“¿Qué hace una chica tan linda en la calle tan tarde?”, preguntó. “¿Ya no es tu hora de dormir?”.

“Tal vez deberías arroparme”, dijo ella, sonriendo.

Sus dientes le parecieron extraordinariamente limpios y rectos. De hecho, se veía muy saludable. Era muy raro ver eso aquí en las calles, donde la mayoría de las chicas estaban en diversas etapas de adicción a la metanfetamina.

“Me gusta tu estilo”, dijo. “Muy chola”.

Su sonrisa se ensanchó. Podía ver que le gustaba ser conocida como la latina que se tiraba a los pandilleros.

“¿Cuál es tu nombre?”, preguntó.

“Socorro”.

“Ah, Socorro”, pensó. “Sinónimo de ayuda”.

“Apuesto a que socorres a bastantes hombres”, dijo en un tono lascivo.

Sus ojos color marrón oscuro lo miraban lascivamente. “Tal vez puedo socorrerte ahora mismo”.

“Tal vez”, dijo.

Pero antes de que pudieran comenzar a fijar los términos, un carro se estacionó justo detrás de él. Escuchó a un hombre gritar desde la ventanilla del conductor.

“¡Socorro!”, gritó. “¡Vente!”.

La chica subió la mirada con una demostración pobre de indignación.

“¿Por qué?”, gritó.

“Vente aquí, ¡puta!”.

El hombre detectó un poco de miedo en los ojos de la chica. No podía ser porque el hombre en el carro la había llamado puta. Suponía que el hombre era su proxeneta, viniendo a ver cuánto dinero había ganado esta noche.

“¡Pinche Pablo!”. Murmuró el insulto en voz baja. Luego caminó hacia el carro.

El hombre se quedó allí, preguntándose si iba a volver, si aún querría hacer negocios con él. De cualquier manera, esto no le gustaba. Esperar no era su estilo.

Su interés en la chica de repente se esfumó. No, no perdería su tiempo con ella. No tenía ni idea de lo afortunada que era.

Además, ¿qué estaba haciendo rebajándose de esta manera? Su próxima víctima debería tener más clase.

“Chiffon”, pensó. Casi había olvidado a Chiffon. “Pero tal vez la he estado guardando para una ocasión especial”.

Podía esperar. No tenía que ser esta noche. Se fue conduciendo, regocijándose por su autocontrol, a pesar de sus enormes antojos. Consideraba que era una de sus mejores cualidades personales.

Después de todo, era un hombre muy civilizado.




Capítulo Diez


Las tres mujeres jóvenes en la sala de entrevistas no se veían como Riley había esperado. Las observó por unos momentos por el espejo unidireccional. Estaban elegantemente vestidas, casi como secretarias bien pagadas. Le habían informado que sus nombres eran Mitzi, Koreen y Tantra. Riley estaba segura que esos no eran sus verdaderos nombres.

También dudaba que se vestían de esta forma para ir a trabajar. Trabajando por aproximadamente unos 250 dólares por hora, seguramente habían invertido en un gran vestuario para satisfacer todo tipo de fantasías. Habían sido compañeras de Nancy “Nanette” Holbrook en Acompañantes Ishtar. La ropa que Nancy Holbrook había estado usando cuando fue asesinada había sido notablemente menos elegante. Sin embargo, Riley supuso que las mujeres querían verse respetables cuando no estaban trabajando.

Aunque las prostitutas habían desempeñado un papel en algunos de los casos que Riley había investigado en el pasado, esta era la primera vez que había tenido que trabajar directamente con ellas. Estas mujeres también eran posibles víctimas. Incluso podían ser presuntas sospechosas, aunque prácticamente todos los asesinatos de este tipo eran perpetrados por hombres. Riley se sentía segura que estas mujeres no eran la clase de monstruos que cazaba en su trabajo.

Era el domingo por la tarde. Riley y Bill se habían establecido en sus habitaciones de hotel separadas y cómodas cerca del FBI la noche anterior. Riley había llamado a April, quien estaba en un hotel de Washington, DC debido a su excursión. April se había reído bastante y sonaba feliz, le había advertido a su madre que realmente no tenía tiempo para atender llamadas. “Te enviaré un mensaje de texto mañana”, le había dicho April, gritando sobre el clamor adolescente en el fondo.

Riley sentía que habían perdido casi todo el día. Les había tomado casi todo el día encontrar a las prostitutas y traerlas a la Oficina. Riley le había dicho al agente especial encargado Elgin Morley que quería hablar con ellas sin hombres. Tal vez serían más abiertas con otra mujer. Ahora pensó en observar y escucharlas durante unos minutos antes de interrogarlas. Podía oír su conversación por el altavoz.




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