Una Vez Abandonado 
Blake Pierce


Un Misterio de Riley Paige #7
¡Una obra maestra del género de thriller y misterio! El autor hizo un buen trabajo desarrollando a los personajes psicológicamente. Los describe tan bien que estás en sus mentes, sientes sus temores y te alegras por sus éxitos. La trama es muy inteligente y el libro te mantendrá entretenido de principio a fin. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Opiniones de libros y películas, Roberto Mattos (Una vez desaparecido) UNA VEZ ABANDONADO es el libro #7 de la serie exitosa de misterio de Riley Paige, que comienza con UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) . Cuando la agente especial Riley Paige finalmente decide tomar un muy merecido descanso del FBI, una petición de ayuda llega de la persona menos pensada, su propia hija. La mejor amiga de April está devastada por la muerte de su hermana, una estudiante del primer año de la Universidad de Georgetown. Peor aún, está convencida de que el suicidio fue montado, y que su hermana fue asesinada por un asesino en serie. Riley empieza a investigar el caso a regañadientes, solo para descubrir que otras dos chicas de primer año en la Universidad de Georgetown se suicidaron de la misma forma grotesca, ahorcándose. A lo que se da cuenta de que algo más podría estar sucediendo, acude al FBI. El caso lleva a Riley a las profundidades del campus privilegiado de una de las universidades más prestigiosas del mundo y dentro del mundo inquietante de las familias adineradas y motivadas que empujan a sus hijos al éxito. Luego descubre que este caso es mucho más retorcido de lo que parece, y que podría estar cazando al asesino más psicótico de toda su carrera. Un thriller psicológico oscuro con suspenso emocionante, UNA VEZ ABANDONADO es el libro #7 de una nueva serie fascinante, con un nuevo personaje querido, que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. El Libro #8 de la serie de Riley Paige estará disponible pronto.







U N A V E Z A B A N D O N A D O



(UN MISTERIO DE RILEY PAIGE—LIBRO 7)



B L A K E P I E R C E


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros).

Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com) para saber más y mantenerte en contacto.

Derechos de autor © 2017 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto según lo permitido bajo la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación podrá ser reproducida, distribuida, transmitida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación, sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico está disponible solo para tu disfrute personal. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otra persona, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Los derechos de autor de la imagen de la cubierta son de Pholon, utilizada bajo licencia de Shutterstock.com.


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT

LA ESPOSA PERFECTA (Libro #1)

LA CALLE PERFECTA (Libro #2)

LA CASA PERFECTA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE

Al LADO (Libro #1)

LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2)

CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE

SI ELLA SUPIERA (Libro #1)

SI ELLA VIERA (Libro #2)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)

ATRAYENDO (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8)

UNA VEZ ACECHADO (Libro #9)

UNA VEZ PERDIDO (Libro #10)

UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11)

UNA VEZ ATADO (Libro #12)

UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13)

UNA VEZ LATENTE (Libro #14)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE DESEE (Libro #3)

ANTES DE QUE ARREBATE (Libro #4)

ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5)

ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6)

ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7)

ANTES DE QUE CACE (Libro #8)

ANTES DE QUE SE APROVECHE (Libro #9)

ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10)

ANTES DE QUE SE DESCUIDE (Libro #11)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)

UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5)

UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)

UN RASTRO DE VICIO (Libro #3)

UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4)

UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5)


CONTENIDO



PRÓLOGO (#u74e411d7-2407-43dd-a1da-7b0b58ff10b4)

CAPÍTULO UNO (#u750b5c13-0eff-5f78-bbb9-0e1d6aa4c3c3)

CAPÍTULO DOS (#u2d39293d-df2d-5ca9-8f2c-dfb9bbd8af46)

CAPÍTULO TRES (#u1aadb282-cae3-5d4e-b7d0-37c3e3ca76c4)

CAPÍTULO CUATRO (#u80071d57-3166-5644-bb9b-a3c340c208e9)

CAPÍTULO CINCO (#u25eb8f66-5c05-586f-8e04-fa4dbdaadc64)

CAPÍTULO SEIS (#u06b7998a-2813-5fe3-bc74-1391d4f85973)

CAPÍTULO SIETE (#ue6baff8d-0b60-59ce-bcc1-d601589038ed)

CAPÍTULO OCHO (#u9558cb59-4f19-51d5-a6c0-0c619453ffcf)

CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA (#litres_trial_promo)








PRÓLOGO


Tiffany ya estaba vestida cuando su mamá la llamó del piso de abajo.

“¡Tiffany! ¿Estás lista para ir a la iglesia?”.

“Ya casi, mamá”, respondió Tiffany. “Bajaré pronto”.

“Bueno, date prisa. Tenemos que irnos en cinco minutos”.

“Está bien”.

La verdad era que Tiffany había terminado de vestirse hace varios minutos, justo después de desayunar un delicioso waffle con mamá y papá. Simplemente no estaba lista para irse aún. Realmente estaba divirtiéndose viendo unos videos cómicos de animales en su teléfono celular.

Hasta ahora había visto a un pequinés haciendo skateboard, un bulldog subiendo una escalera, un gato intentando tocar una guitarra, un gran perro que perseguía su cola cada vez que alguien cantaba una canción infantil y una manada de cientos de conejitos en estampida.

Ahora estaba viendo uno que realmente la estaba haciendo reír. Una ardilla seguía intentando entrar en un comedero para pájaros a prueba de ardillas. Cada vez que se le acercaba, daba vueltas y la lanzaba al aire. Pero la ardilla estaba decidida y no se daba por vencida.

El video siguió haciéndola reír hasta que su madre gritó de nuevo.

“¡Tiffany! ¿Tu hermana vendrá con nosotros?”.

“No creo, mamá”.

“Ve a preguntarle, por favor”.

Tiffany suspiró. Tenía ganas de responderle: “Ve a preguntárselo tú”.

En cambio, dijo: “Está bien”.

Su hermana de diecinueve años de, Lois, no había desayunado con ellos. Tiffany estaba bastante segura de que no tenía ninguna intención de ir a la iglesia. Le había dicho a Tiffany ayer que no quería ir.

Lois había estado haciendo cada vez menos cosas con la familia desde que comenzó la universidad en el otoño. Regresaba a casa casi todos los fines de semana, y en días festivos y descansos, pero se la mantenía sola o con amigos, y casi siempre se despertaba tarde.

Tiffany no podía culparla.

La vida en el hogar de los Pennington era demasiado aburrida. Y la iglesia aburría a Tiffany más que cualquier otra cosa.

Con un suspiro, detuvo el video y salió al pasillo. El dormitorio de Lois estaba en el otro piso. Era una habitación lujosa que tomaba la mayor parte del ático. Hasta tenía su propio baño privado ahí arriba y un clóset enorme. Tiffany aún estaba atrapada en el pequeño dormitorio en el segundo piso que había sido suyo desde siempre.

No le parecía justo. Esperó heredar el dormitorio de su hermana cuando se fue a la universidad. ¿Por qué Lois necesitaba todo ese espacio ahora que solo estaba en casa los fines de semana? ¿No podían intercambiar habitaciones?

Se quejaba por ello a menudo, pero a nadie parecía importarle.

Se detuvo en la parte inferior de las escaleras que conducían al ático y gritó.

“¡Lois! ¿Vendrás con nosotros?”.

No obtuvo ninguna respuesta. Puso los ojos en blanco. Esto sucedía a menudo cada vez que tenía que buscar a Lois por una cosa u otra.

Subió las escaleras y tocó la puerta de la habitación de su hermana.

“Lois”, gritó otra vez. “Vamos a la iglesia. ¿Vendrás con nosotros?”.

Lois no respondió.

Tiffany movió sus pies impacientemente, y luego tocó otra vez.

“¿Estás despierta?”, preguntó.

Nada.

Tiffany gimió en voz alta. Lois podría estar dormida o escuchando música con auriculares. Sin embargo, lo más probable es que la estaba ignorando.

“Está bien”, gritó. “Le diré a mamá que no vas a venir”.

Tiffany comenzó a preocuparse a lo que hizo su camino por las escaleras. Lois había estado un poco cabizbaja durante sus visitas más recientes. No estaba exactamente deprimida, pero tampoco tan alegre como de costumbre. Le había dicho a Tiffany que la universidad era más difícil de lo había esperado, y la presión estaba afectándola.

Papá estaba al pie de las escaleras mirando su reloj con impaciencia. Parecía listo para irse, vestido en un abrigo, un gorro de piel, una bufanda y guantes. Mamá se estaba poniendo su abrigo.

“¿Lois viene?”, preguntó papá.

“Dijo que no”, dijo Tiffany, mintiendo un poco. Papá podría enojarse si Tiffany le decía que Lois ni siquiera le había respondido.

“Bueno, no me sorprende”, dijo mamá antes de ponerse sus guantes. “Escuché su carro tarde. No sé a qué hora llegó exactamente”.

Tiffany sintió otra punzada de envidia cuando su mamá mencionó el carro de su hermana. ¡Lois tenía tanta libertad ahora que estaba en la universidad! Lo mejor de todo era que a nadie le importaba a qué hora llegaba a casa. Tiffany ni siquiera la había oído llegar.

“Quizás estaba muy dormida”, pensó.

A lo que Tiffany comenzó a ponerse su abrigo, papá dijo: “Se están tardando demasiado. Vamos a llegar tarde al servicio”.

“Llegaremos con tiempo de sobra”, dijo mamá con calma.

“Encenderé el carro”, dijo papá.

Abrió la puerta principal y salió a zancadas. Tiffany y su madre se terminaron de abrigar rápidamente y lo siguieron.

El aire frío golpeó a Tiffany. Aún había nieve en el piso de la nevada de hace unos días. Deseaba aún estar en su cama confortable. Era un día pésimo para salir.

De repente, oyó a su padre jadear.

“Lester, ¿qué pasa?”, le dijo mamá a papá.

Tiffany vio a papá parado delante de la puerta del garaje abierta. Estaba mirando adentro boquiabierto. Se veía aturdido y horrorizado.

“¿Qué pasa?”, dijo mamá de nuevo.

Papá se dio la vuelta para mirarla. Parecía estar costándole hablar.

Finalmente dijo: “Llama al 911”.

“¿Por qué?”, contestó mamá.

Papá no le dio una explicación. Entró en el garaje. Mamá comenzó a acercarse al garaje y, cuando llegó a la puerta abierta, dejó escapar un grito que dejó a Tiffany paralizada de miedo.

Mamá entró rápidamente al garaje.

Tiffany se quedó inmóvil por un largo rato.

“¿Qué pasa?”, dijo Tiffany.

Oyó a mamá sollozando. “Vuelve a casa, Tiffany”, dijo.

“¿Por qué?”, respondió Tiffany.

Mamá salió corriendo del garaje. Agarró el brazo de Tiffany y trató de voltearla para que regresara a casa.

“No mires”, dijo. “Vuelve adentro”.

Tiffany logró soltarse y corrió al garaje.

Le tomó un momento darle sentido a todo. Los tres carros estaban estacionados allí. En la esquina izquierda, papá estaba moviendo una escalera torpemente.

Algo estaba colgado de una cuerda atada a una de las vigas del techo.

Era una persona.

Era su hermana.




CAPÍTULO UNO


Riley Paige acababa de sentarse a cenar cuando su hija dijo algo que realmente la sorprendió.

“Somos la familia perfecta”.

Riley se quedó mirando a April, cuyo rostro estaba enrojecido de la vergüenza.

“Guau, ¿en serio dije eso en voz alta?”, dijo April tímidamente. “Eso fue muy cursi”.

Riley se echó a reír y miró alrededor de la mesa. Su ex esposo, Ryan, estaba sentado en el otro extremo de la mesa. A su izquierda, su hija de quince años de edad, April, estaba sentada junto a su ama de llaves, Gabriela. A su derecha estaba la chica de trece años de edad, Jilly, el nuevo miembro de la familia.

April y Jilly acababan de preparar hamburguesas para la cena del domingo, dándole a Gabriela un descanso de la cocina.

Ryan mordió su hamburguesa y dijo: “Bueno, sí somos una familia. ¡Solo míranos!”.

Riley no dijo nada.

“Una familia”, pensó. “¿Eso es lo que somos realmente?”.

La idea la sorprendió un poco. Después de todo, ella y Ryan se separaron hace casi dos años y llevaban casi seis meses divorciados. Aunque estaban pasando tiempo juntos, Riley había evitado pensar mucho en el futuro de la relación. Había echado a un lado años de dolor y traición para poder disfrutar de un presente tranquilo.

Y también tenía que pensar en April, cuya adolescencia había sido bastante difícil. ¿Duraría su deseo de esta unión familiar?

Riley se sentía aún más insegura por Jilly. Encontró a Jilly en una parada de camiones en Phoenix tratando de vender su propio cuerpo a los camioneros. Riley rescató a Jilly de una vida terrible y un padre abusivo, y ahora esperaba adoptarla. Pero Jilly era una niña atribulada, y la situación era complicada.

Riley solo se sentía completamente segura respecto a Gabriela. La mujer guatemalteca robusta llevaba años trabajando para la familia. Gabriela era una mujer responsable, amorosa y sólida.

“¿Qué opinas tú, Gabriela?”, preguntó Riley.

Gabriela sonrió.

“Una familia puede ser elegida, no solo heredada”, dijo. “La sangre no lo es todo. El amor es lo que importa”.

Riley sintió un calorcito de afecto en lo más profundo de su ser. Gabriela siempre sabía qué decir. Observó a todos a su alrededor con un nuevo sentido de satisfacción.

Llevaba un mes de licencia de la UAC y estaba disfrutando de estar aquí en su casa.

“Y también estoy disfrutando de mi familia”, pensó.

Luego April dijo algo que la sorprendió.

“Papá, ¿cuándo vendrás a vivir con nosotras?”.

Ryan se veía sorprendido. Como lo hacía a menudo, Riley se preguntó si esta nueva dedicación de Ryan era demasiado buena como para ser cierta.

“Eso es una cuestión bastante seria”, dijo Ryan.

“¿Por qué?”, le preguntó April a su padre. “Ya prácticamente vives aquí. Tú y mamá están durmiendo juntos de nuevo y estás aquí casi todos los días”.

Riley sintió su rostro ruborizándose. Sorprendida, Gabriela le dio a April un codazo.

“¡Chica! ¡Silencio!”, dijo.

Jilly tenía una sonrisa en su rostro.

“Esa es una gran idea”, dijo. “Así de seguro obtendré buenas calificaciones”.

Era cierto, Ryan había estado ayudando a Jilly a ponerse al día en su nueva escuela, especialmente con estudios sociales. Realmente había sido un gran apoyo en los últimos meses.

Los ojos de Riley se encontraron con los de Ryan. Ella vio que él también estaba ruborizado.

No sabía qué decir. Tenía que admitir que le gustaba la idea. Se había acostumbrado a que Ryan pasara casi todas las noches aquí. Todo había tomado su lugar, quizás con demasiada facilidad. Tal vez la comodidad que sentía provenía del hecho de que no tenía que tomar ninguna decisión.

Recordó lo que April había dicho.

“Somos la familia perfecta”.

Ciertamente lo aparentaban en este momento. Pero Riley no pudo evitar sentirse inquieta. ¿Esta perfección solo era una ilusión, como leer un buen libro o ver una película agradable?

Riley estaba consciente de que el mundo estaba lleno de monstruos. Había dedicado su vida profesional a acabar con ellos. Pero llevaba un mes tratando de pretender que no existían.

Ryan comenzó a sonreír.

“¿Por qué no nos mudamos todos a mi casa?”, dijo. “Hay mucho espacio para todos nosotros”.

Riley sofocó un suspiro de alarma.

Lo último que quería era volver a la gran casa suburbana que había compartido con Ryan por años. Estaba demasiado llena de recuerdos desagradables.

“No podría mudarme de aquí”, dijo. “Me siento demasiado cómoda”.

April miró a su padre ansiosamente.

“Es tu decisión, papá”, dijo. “¿Te mudarás con nosotras o no?”.

Riley observó el rostro de Ryan. Sabía que estaba luchando con su decisión. Entendía al menos una de sus razones. Pertenecía a una firma de abogados en DC, pero trabajaba en casa bastante a menudo. No había espacio para que lo hiciera aquí.

Finalmente, Ryan dijo: “Tendría que quedarme con la casa. Aún puede ser mi oficina local”.

April casi estaba saltando de la emoción.

“¿Así que estás diciendo que sí?”, preguntó.

Ryan sonrió silenciosamente por un momento.

“Sí, supongo que sí”, dijo finalmente.

April dejó escapar un chillido. Jilly aplaudió y comenzó a reír de alegría.

“¡Genial!”, dijo Jilly. “Por favor, pasa la salsa de tomate... Papá”.

Ryan, April, Gabriela y Jilly comenzaron a charlar alegremente mientras comían.

Riley se dijo a sí misma que debía disfrutar de la felicidad mientras podía. Tarde o temprano la llamarían para acabar con otro monstruo. El pensamiento envió un escalofrío por todo su cuerpo. ¿Algún otro monstruo ya estaba acechándola, esperando el momento perfecto para atacar?



*



Como April solo tenía medio día de clases el día siguiente debido a reuniones de maestros, Riley la dejó quedarse en casa todo el día. Decidieron ir de compras juntas mientras Jilly aún estaba en la escuela.

Las tiendas del centro comercial parecían interminables, y muchas de ellas eran bastante parecidas. Había maniquíes en ropa elegante posados en cada ventana. Las figuras que estaban pasando ahora mismo no tenían cabeza, añadiendo a la impresión de Riley de que todos eran intercambiables. Pero April le decía lo que cada tienda vendía, y los estilos que le encantaba llevar. April al parecer veía variedad donde Riley solo veía lo mismo.

“Cosas de adolescentes, supongo”, pensó Riley.

Al menos el centro comercial no estaba lleno de gente hoy.

April señaló un letrero afuera de una tienda llamada Towne Shoppe.

“¡Mira!”, dijo. “‘LUJO ASEQUIBLE’ ¡Entremos a ver qué hay!”.

Adentro de la tienda, April se abalanzó sobre un estante de jeans y chaquetas, buscando prendas para probarse.

“Yo también necesito nuevos jeans”, dijo Riley.

April puso los ojos en blanco.

“Mamá, ¡no te vayas a comprar jeans anticuados!”.

“Bueno, no puedo usar los que tú usas. Tengo que ser capaz de moverme sin preocuparme por mi ropa. Nada de atuendos defectuosos”.

April se echó a reír. “¡Lo que quieres es un pantalón para vestir! No creo que encuentres uno aquí”.

Riley ojeó los jeans disponibles. Todos eran ceñidos y bajos.

Riley suspiró. Sabía de un par de tiendas en el centro comercial donde podía comprar algo más de su estilo. Pero tendría que soportar todo tipo de burlas de April.

“Me compraré algo para mí en otra ocasión”, dijo Riley.

April agarró unos jeans y se fue a los probadores. Cuando salió, vestía el tipo de jeans que Riley detestaba: apretados, rotos en varios lugares, con el ombligo completamente a la vista.

Riley negó con la cabeza.

“Deberías probarte otro tipo de jeans”, dijo. “Son mucho más cómodos. Pero estar cómoda no es lo tuyo, ¿cierto?”.

“No”, dijo April, volteándose y mirándose en el espejo. “Me llevaré estos. Me iré a probar los otros”.

April volvió a los probadores varias veces más. Siempre regresaba con jeans que Riley odiaba. Ella sabía que lo mejor era dejárselos comprar. Realmente no valía la pena pelear por eso, y sabía que perdería de una u otra forma.

A lo que observó a April frente al espejo, se dio cuenta de que su hija tenía casi su misma altura, y que la camiseta que llevaba revelaba una figura bien desarrollada. Con su pelo oscuro y ojos color avellana, el parecido de April a Riley era sorprendente. Obviamente April no tenía canas como Riley. Pero, aún así...

“Se está convirtiendo en una mujer”, pensó Riley.

No pudo evitar sentirse intranquila por eso.

¿April estaba creciendo demasiado rápido?

Sin duda había pasado por situaciones difíciles este año. Había sido capturada dos veces. Una de esas veces había sido cautiva de un sádico con un soplete. También tuvo que luchar contra un asesino en su propia casa. Lo peor de todo fue que un novio abusivo la drogó y trató de convertirla en esclava sexual.

Riley sabía que era demasiado para una chica de quince años de edad. Se sentía culpable de que su trabajo había puesto a April y a otras personas que amaba en peligro mortal.

Y ahora aquí estaba April, viéndose muy madura a pesar de sus esfuerzos por parecer y actuar como una adolescente normal. April parecía haber superado lo peor de su TEPT. Pero ¿qué tipo de miedos y ansiedades todavía la inquietaban en lo profundo de su ser? ¿Realmente lograría superarlos?

Riley pagó la ropa nueva de April y salió a la terraza del centro comercial. La confianza en el caminar de April hizo a Riley sentirse menos preocupada. Las cosas sí estaban mejorando después de todo. Lo supo justo en el momento en el que Ryan comenzó a llevar algunas de sus pertenencias a su casa adosada. Y April y Jilly estaban saliendo bien en la escuela.

Riley estaba a punto de sugerir que fueran a comer cuando el teléfono de April sonó. April se alejó precipitadamente para contestar la llamada. Riley se sintió un poco consternada. A veces ese teléfono celular parecía ser un ser viviente que exigía toda la atención de April.

“Hola, ¿cómo estás?”, le preguntó April a la persona que la llamó.

De repente, las rodillas de April se tambalearon, y ella se sentó en un banco. Estaba pálida, y se veía dolida. Lágrimas comenzaron a rodar por su rostro. Alarmada, Riley se acercó a ella rápidamente y se sentó a su lado.

“¡Dios mío!”, exclamó April. “Cómo podría... Por qué... No puedo...”.

Riley sintió una sacudida de alarma.

¿Qué había pasado?

¿Alguien estaba herido o en peligro?

¿Jilly, Ryan o Gabriela?

No, alguien seguramente habría llamado a Riley con este tipo de noticias, no a April.

“Lo siento mucho”, dijo April una y otra vez.

Finalmente finalizó la llamada.

“¿Quién era?”, le preguntó Riley ansiosamente.

“Era Tiffany”, dijo April en voz baja.

Riley reconocía el nombre. Tiffany Pennington era la mejor amiga de April ahora. Riley la había visto un par de veces.

“¿Qué pasó?”, preguntó Riley.

April miró a Riley con una expresión de dolor y horror.

“La hermana de Tiffany está muerta”, dijo April.

April parecía no poder creer sus propias palabras.

Luego, con una voz conmovida, agregó: “Dicen que se suicidó”.




CAPÍTULO DOS


Durante la cena esa noche, April trató de contarle a su familia lo poco que sabía de la muerte de Lois. Pero sus palabras sonaban extrañas y ajenas, como si otra persona estuviera hablando.

“No parece real”, pensó.

April se encontró con Lois varias veces durante sus visitas a la casa de Tiffany. Recordaba la última vez como si fuera ayer. Lois estuvo sonriente, feliz y con muchas historias que contar de la universidad. Era imposible creer que ella estaba muerta.

La muerte no era una completa desconocida para April. Sabía que su mamá se había enfrentado a la muerte y que realmente había matado en algunos casos del FBI. Pero habían sido malas personas, y tenían que ser liquidadas. April incluso ayudó a su madre a luchar y a matar a un asesino sádico después que capturó a April. También sabía que su abuelo murió hace cuatro meses, pero no lo había visto en mucho tiempo y nunca habían sido cercanos.

Pero esta muerte era más real para ella, y no tenía ningún sentido en absoluto. De alguna manera aún no parecía posible.

Mientras April hablaba, vio que sus familiares también estaban confundidos y angustiados. Su madre tomó su mano. Gabriela se persignó y murmuró una oración. Jilly estaba boquiabierta.

April trató de recordar todo lo que Tiffany le dijo cuando hablaron de nuevo esa tarde. Le explicó que Tiffany, su mamá y su papá encontraron el cuerpo de Lois guindando en su garaje ayer por la mañana. Para la policía, era un suicidio. De hecho, todo el mundo actuaba como si había sido suicidio. Como si esa era la respuesta y punto.

Todo el mundo menos Tiffany, quien seguía diciendo que no lo creía.

El padre de April se estremeció cuando terminó de decirles todo.

“Conozco a los Pennington”, dijo. “Lester es el gerente financiero de una empresa de construcción. No exactamente rico, pero sí cómodo. Siempre me parecieron una familia estable y feliz. ¿Por qué Lois haría tal cosa?”.

April había pasado todo el día preguntándose lo mismo.

“Tiffany dice que nadie sabe”, dijo April. “Lois estaba en su primer año en la Universidad de Byars. Estaba un poco estresada por eso, pero igual...”.

Papá negó con la cabeza.

“Bueno, tal vez esa sea la explicación”, dijo. “Byars es una universidad difícil. Aún más difícil que Georgetown. Y es muy cara. Me sorprende que la familia pudiera costearla”.

April suspiró profundamente y no dijo nada. Creía que Lois estaba becada, pero se lo guardó para sí misma. No tenía ganas de hablar del tema. Tampoco tenía ganas de comer. Gabriela había preparado una de sus especialidades, una sopa de mariscos llamada tapado que le encantaba. Pero ni siquiera había probado una cucharada.

Nadie habló por unos momentos.

Luego Jilly dijo: “No se suicidó”.

Sorprendida, April miró fijamente a Jilly. Los demás también estaban mirándola. La adolescente cruzó sus brazos y se veía muy seria.

“¿Qué?”, preguntó April.

“Lois no se suicidó”, dijo Jilly.

“¿Cómo lo sabes?”, preguntó April.

“Yo la conocí, ¿recuerdas? Simplemente lo sé. No era la clase de chica que haría algo así. Ella no quería morir”.

Jilly pausó por un momento.

Luego dijo: “Sé lo que se siente querer morirse. Sé que ella nunca lo sintió”.

El corazón de April saltó hasta su garganta.

Sabía que Jilly había atravesado cosas muy duras. Jilly le contó de aquella noche en la que su padre abusivo no la dejó entrar en casa. Jilly durmió en un tubo de desagüe, y luego fue a una parada de camiones donde trató de convertirse en prostituta. Luego mamá la encontró.

Jilly definitivamente sabía lo que se sentía querer estar muerta.

April sentía que una oleada de horror y terror estaba a punto de estallar dentro de ella. ¿Podría Jilly estar equivocada? ¿Lois se sintió tan miserable como para suicidarse?

“Permiso”, dijo. “No creo poder comer ahora”.

April se levantó de la mesa y subió las escaleras a su dormitorio corriendo. Cerró la puerta, se tiró en su cama y rompió a llorar.

No sabía cuánto tiempo había pasado. Después de un rato, oyó un golpe en la puerta.

“April, ¿puedo pasar?”, preguntó su madre.

“Sí”, dijo April en una voz conmocionada.

April se sentó, y mamá entró en la habitación llevando un sándwich de queso a la plancha en un plato. Mamá sonrió con compasión.

“Gabriela pensó que esto podría ser mejor para tu estómago que tapado”, dijo mamá. “Le preocupa que te enfermes si no comes. A mí también me preocupa”.

April sonrió entre sus lágrimas. Era un gesto muy dulce de Gabriela y mamá.

“Gracias”, dijo.

Se limpió los ojos y tomó un bocado del sándwich. Mamá se sentó en la cama junto a ella y tomó su mano.

“¿Quieres hablar de lo que pasó?”, preguntó mamá.

April ahogó un sollozo. Por alguna razón, recordó que su mejor amiga, Crystal, se había mudado recientemente. Su padre, Blaine, fue golpeado gravemente aquí en esta casa. A pesar de que él y mamá se gustaban, la situación lo conmocionó tanto que decidió mudarse.

“Tengo una sensación muy extraña”, dijo April. “Como si fue mi culpa de alguna forma. Nos pasan muchas cosas terribles, pareciera que fueran contagiosas o algo. Sé que no tiene sentido pero...”.

“Entiendo cómo te sientes”, dijo mamá.

Esto sorprendió a April. “¿Sí?”.

La expresión de mamá se entristeció.

“Yo también me siento igual”, dijo. “Mi trabajo es peligroso. Y pone en peligroso a todas las personas que amo. Me hace sentir culpable. Muy culpable”.

“Pero no es tu culpa”, dijo April.

“Entonces ¿por qué crees que es tu culpa?”.

April no sabía qué decir.

“¿Qué más te está molestando?”, preguntó mamá.

April lo pensó por un momento.

“Mamá, Jilly tiene razón. No creo que Lois se suicidó. Y Tiffany no lo cree tampoco. Yo conocí a Lois. Estaba feliz, era una de las personas más centradas que jamás he conocido. Y Tiffany la admiraba. Ella era la heroína de Tiffany. Simplemente no tiene sentido”.

April sabía por la expresión de su madre que no le creía.

“Solo cree que estoy histérica”, pensó April.

“April, la policía debe pensar que fue suicidio, y su madre y su padre...”.

“Bueno, están equivocados, dijo April, sorprendida por la acidez de su propia voz. “Mamá, tienes que comprobarlo. Sabes más de este tipo de cosas que ellos. Incluso más que la policía”.

Mamá negó con la cabeza tristemente.

“April, no puedo hacerlo. No puedo investigar algo que ya ha sido resuelto. Piensa en cómo se sentiría la familia”.

April estaba a punto de comenzar a llorar otra vez.

“Mamá, te lo ruego. Si Tiffany jamás se entera de la verdad, arruinará su vida. Nunca lo superará. Por favor, por favor haz algo”.

Era un enorme favor, y April lo sabía. Mamá no respondió por un momento. Se levantó y se asomó por la ventana de la habitación. Parecía estar perdida en sus pensamientos.

Aún mirando afuera, mamá finalmente dijo: “Iré mañana a hablar con los padres de Tiffany. Bueno, si es que quieren hablar conmigo”. Eso es todo lo que puedo hacer”.

“¿Puedo ir contigo?”, preguntó April.

“Tienes que ir a la escuela mañana”, dijo mamá.

“Hagámoslo después de la escuela entonces”.

Mamá se quedó callada y luego dijo: “Está bien”.

April se levantó de la cama y la abrazó fuertemente. Quería darle las gracias, pero se sentía demasiado abrumada con gratitud como para hablar.

“Mamá definitivamente puede descubrir lo que anda mal”, pensó April.




CAPÍTULO TRES


Riley condujo a April a casa de los Pennington la tarde siguiente. A pesar de sus dudas de que Lois Pennington había sido asesinada, Riley consideraba que esto era lo mejor.

“Se lo debo a April”, pensó mientras conducía.

Después de todo, sabía lo que era sentirse segura de algo y que nadie le creyera.

Y April ciertamente se veía muy segura de que algo andaba muy mal.

Para Riley, sus instintos no le habían hecho creer o una cosa o la otra. Pero a lo que entraron a un vecindario de clase alta de Fredericksburg, se recordó a sí misma que los monstruos acechaban a menudo detrás de las fachadas más serenas. Muchas de las casas encantadoras que pasaron seguramente estaban llenas de recuerdos. Esto lo sabía con certeza por todo el mal al que se había enfrentado.

Y no importaba si la muerte de Lois había sido suicidio o asesinato, un monstruo definitivamente había invadido la casa aparentemente feliz de los Pennington.

Riley se estacionó en la calle frente a la casa. Era una gran casa de tres pisos con un terreno bastante amplio. Riley recordó lo que Ryan había dicho sobre los Pennington.

“No exactamente ricos, pero sí cómodos”.

La casa confirmaba lo que él había dicho. Era una casa lujosa y atractiva en un buen vecindario. Lo único que se veía fuera de lugar era la cinta policial que estaba colocada alrededor de las puertas del garaje separado donde la familia había encontrado a su hija guindando.

El aire frío aumentó su intensidad cuando Riley y April se bajaron del carro y caminaron hacia la casa. Varios carros estaban estacionados en la entrada.

Tocaron el timbre de la puerta principal, y Tiffany las recibió. April se echó en los brazos de Tiffany, y ambas niñas comenzaron a sollozar.

“Ay Tiffany, cuanto lo siento”, dijo April.

“Gracias, gracias por venir”, dijo Tiffany.

Esta emoción hizo que se formara un nudo en la garganta de Riley. Las dos chicas se veían tan jóvenes ahora, casi unas niñas. Parecía terriblemente injusto que tuvieran que pasar por esta horrible tragedia. Aún así, se sentía orgullosa de la bondad sincera de April. Estaba convirtiéndose en una mujer cariñosa y compasiva.

“Debo estar haciendo algo bien como madre”, pensó.

Tiffany era un poco más bajita que April, y también se veía un poco más torpe. Su pelo era rubio, y su piel era pálida y pecosa, lo que hacía que el enrojecimiento alrededor de sus ojos de tanto llorar se viera más pronunciado.

Tiffany condujo a Riley y a April a la sala de estar. Los padres de Tiffany estaban sentados en un sofá, separados un poco entre sí. ¿Su lenguaje corporal revelaba algo? Riley no estaba segura. Sabía que las parejas enfrentaban el luto de muchas formas distintas.

Había varias personas más en la sala, hablando en susurros. Riley supuso que eran amigos y familiares que habían venido para ayudar de cualquier forma posible.

Oyó voces bajas y el traqueteo de utensilios en la cocina, donde al parecer unas personas estaban preparando comida. A través de un arco que llevaba al comedor, vio a dos parejas organizando fotos y recuerdos sobre la mesa. También había fotos de Lois y su familia en diversas edades en la sala de estar.

Riley se estremeció al pensar que la chica de las fotos había estado viva hace apenas dos días. ¿Cómo se sentiría si perdiera a April así de repente? Era una posibilidad escalofriante, y ya habían pasado demasiados sustos,

¿Quién vendría a su casa para ayudarla y consolarla?

¿Incluso querría ayuda y consuelo?

Sacó esos pensamientos de su cabeza cuando Tiffany les presentó a sus padres, Lester y Eunice.

“Por favor no se pongan de pie”, dijo Riley cuando la pareja comenzó a levantarse para saludarla.

Riley y April se sentaron cerca de la pareja. Eunice tenía la misma tez pecosa y pelo rubio de su hija. La tez de Lester era más oscura, y su rostro era largo y delgado.

“Mi más sentido pésame”, dijo Riley.

La pareja le dio las gracias. Lester logró forzar una pequeña sonrisa.

“No nos habíamos conocido, pero conozco a Ryan un poco”, dijo. “¿Cómo está?”.

Tiffany alcanzó de su silla para tocar a su padre en el brazo. “Están divorciados, papá”, dijo en voz baja.

El rostro de Lester se ruborizó un poco.

“Ah, lo siento mucho”, dijo.

Riley se puso colorada.

“No se preocupe”, dijo. “Como dicen por ahí, ‘es complicado’”.

Lester asintió, aún sonriendo débilmente.

Se quedaron callados durante unos instantes mientras el zumbido bajo de actividad continuaba a su alrededor.

Luego Tiffany dijo: “Mamá, papá, la madre de April es una agente del FBI”.

Lester y Eunice la miraron fijamente sin saber qué decir. Avergonzada de nuevo, Riley siguió callada. Sabía que April había llamado a Tiffany ayer para decirle que vendrían. Aparentemente Tiffany no les había dicho a sus padres lo que Riley hacía para ganarse la vida hasta ahora.

Tiffany siguió mirando a sus padres y dijo: “Pensé que tal vez podría ayudarnos a descubrir... Lo que realmente sucedió”.

Lester abrió la boca, y Eunice suspiró amargamente.

“Tiffany, ya hemos hablado de esto”, dijo Eunice. “Sabemos lo que sucedió. La policía está segura. No tenemos ninguna razón para pensar lo contrario”.

Lester se puso de pie.

“No puedo con esto”, dijo. “Simplemente... No puedo”.

Se volvió y caminó al comedor. Riley vio que las dos parejas que estaban allí se apresuraron a consolarlo.

“Tiffany, deberías sentirte avergonzada por esto”, dijo Eunice.

Los ojos de la muchacha se llenaron de lágrimas.

“Pero solo quiero saber la verdad, mamá. Lois no se suicidó. Ella no pudo haber hecho eso. Lo sé”.

Eunice miró a Riley.

“Lamento que haya quedado atrapada en el medio de todo esto”, dijo. “A Tiffany le está costando aceptar la verdad”.

“Ustedes son los que no pueden aceptar la verdad”, dijo Tiffany.

“Silencio”, dijo su madre.

Eunice le entregó a su hija un pañuelo.

“Tiffany, hay cosas que no sabes de Lois”, dijo lenta y cuidadosamente. “Era más infeliz de lo que te dijo. Amaba la universidad, pero no fue fácil para ella. Mantener sus notas para sus becas fue mucha presión, y también fue difícil para ella estar lejos de casa. Estaba empezando a tomar antidepresivos y estaba yendo a terapia en Byars. Tu padre y yo pensamos que estaba mejorando, pero nos equivocamos”.

Tiffany estaba tratando de controlar sus sollozos, pero aún se veía muy enojada.

“Esa escuela es un lugar terrible”, dijo. “Yo nunca iría allí”.

“No es terrible”, dijo Eunice. “Es una escuela muy buena. Es exigente, eso es todo”.

“Apuesto a que las otras chicas no creyeron que era una buena escuela”, dijo Tiffany.

April había estado escuchando a su amiga detenidamente.

“¿Qué otras chicas?”, preguntó.

“Deanna y Cory”, dijo Tiffany. “Ellas también murieron”.

Eunice negó con la cabeza tristemente y le dijo a Riley: “Otras dos chicas se suicidaron en Byars el semestre pasado. Ha sido un año terrible”.

Tiffany miró fijamente a su madre.

“No fueron suicidios”, dijo. “Lois no lo creyó. Pensó que algo estaba mal en ese lugar. No supo lo que era, pero me dijo que era algo realmente malo”.

“Tiffany, sí fueron suicidios”, dijo Eunice fatigosamente. “Todo el mundo lo dice. Cosas como esta suceden”.

Tiffany se puso de pie, temblando de rabia y frustración.

“La muerte de Lois no sucedió y ya”, dijo.

Eunice dijo: “Cuando seas mayor entenderás que la vida puede ser más difícil de lo que crees. Ahora siéntate, por favor”.

Tiffany se sentó. Eunice estaba mirando al espacio. Riley se sentía terriblemente incómoda.

“Realmente no vinimos aquí para molestarlos”, le dijo Riley a Eunice. “Pido disculpas por la intrusión. Creo que lo mejor es que nos vayamos”.

Eunice asintió en silencio. Riley y April caminaron a la puerta.

“Debimos habernos quedado”, dijo April cuando estaban afuera. “Debimos haber hecho más preguntas”.

“No, los estábamos molestando”, dijo Riley. “Fue un gran error”.

De repente, April comenzó a alejarse de ella.

“¿Adónde vas?”, le preguntó Riley.

April se dirigió directamente a la puerta lateral del garaje. Había una tira de cinta policial en todo el marco.

“April, ¡aléjate de allí!”, dijo Riley.

April ignoró la cinta y su madre y giró el pomo. La puerta no estaba cerrada con llave y se abrió. April se agachó debajo de la cinta y entró en el garaje. Riley se apresuró detrás de ella, con la intención de regañarla. En cambio, su curiosidad se apoderó de todo, y comenzó a inspeccionar el garaje.

No había carros adentro, haciendo que el espacio para tres carros se viera extrañamente enorme. Un poco de luz entraba por varias ventanas.

April señaló hacia una esquina.

“Tiffany me dijo que encontraron a Lois allí”, dijo April.

Efectivamente, el lugar estaba marcado por tiras de cinta adhesiva en el piso.

Había vigas amplias bajo el techo y una escalera apoyada contra la pared.

“Vamos”, dijo Riley. “No deberíamos estar aquí”.

Salieron del garaje y cerraron la puerta detrás de ella. Riley visualizó la escena mientras ambas caminaban a su carro. Era fácil imaginar cómo la chica pudo haberse subido a esa escalera para ahorcarse.

“¿Eso fue realmente lo que sucedió?”, se preguntó.

No tenía ninguna razón para pensar lo contrario.

Aún así, estaba empezando a sentir dudas.



*



Riley llamó al médico forense del distrito, Dánica Selves, a lo que llegó a casa. Llevaba años de amistad con ella. Cuando Riley le preguntó sobre el caso de la muerte de Lois Pennington, Dánica sonó sorprendida.

“¿Por qué te tiene tan curiosa?”, preguntó Dánica. “¿El FBI está interesado en el caso?”.

“No, es algo personal”.

“¿Personal?”.

Riley vaciló y luego dijo: “Mi hija es buen amiga de la hermana de Lois, y también conoció a Lois un poco. Está costándoles creer a ambas que ella se suicidó”.

“Entiendo”, dijo Dánica. “Bueno, la policía no encontró señales de enfrentamiento. Y yo misma realicé las pruebas y la autopsia. Según los análisis de sangre, había tomado una fuerte dosis de alprazolam algún tiempo antes de morir. Para mí quería estar lo menos consciente posible. Cuando se ahorcó, probablemente ni le importaba lo que estaba haciendo. Hubiera sido mucho más fácil hacerlo de esa forma”.

“Así que realmente es un caso cerrado”, dijo Riley.

“Yo creo que sí”, dijo Dánica.

Riley le dio las gracias y colgó. En ese momento, April bajó con una calculadora y una hoja de papel.

“Mamá, ¡creo que lo demostré!”, dijo con entusiasmo. “¡No pudo haber sido otra cosa que asesinato!”.

April se sentó al lado de Riley y le mostró algunos números que había escrito.

“Investigué un poco en línea”, dijo. “Me enteré que siete punto cinco estudiantes universitarios se suicidan de cada 100 mil. Un cero cero siete cinco por ciento. Pero solo hay setecientos estudiantes en Byars, y tres de ellos supuestamente se suicidaron en los últimos meses. Ese es un tres punto cuatro por ciento, ¡más de cincuenta siete veces el promedio! ¡Es imposible!”.

Riley se sintió muy mal. Apreciaba lo mucho que April se estaba esforzando. Le parecía muy maduro de su parte.

“April, estoy segura de que tus cálculos son correctos, pero...”.

“Pero ¿qué?”.

Riley negó con la cabeza. “No prueba absolutamente nada”.

Los ojos de April se abrieron de incredulidad.

“¿Cómo que no prueba nada?”.

“En estadística, hay cosas llamadas outliers. Son excepciones a las reglas, van en contra de los promedios. Es como el último caso en el que trabajé, el de la envenenadora, ¿recuerdas? La mayoría de los asesinos en serie son hombres, pero esta fue mujer. Y a la mayoría de los asesinos les encanta ver morir a sus víctimas, pero a ella simplemente no le importaba. Es lo mismo. No me sorprende que haya algunas universidades donde más estudiantes se suicidan que el promedio”.

April la miró fijamente y no dijo nada.

“April, acabo de hablar con el médico forense que hizo la autopsia. Ella está segura que la muerte de Lois fue un suicidio. Y hace bien su trabajo. Es una experta. Tenemos que confiar en su juicio”.

El rostro de April estaba enfurecido.

“No veo por qué no puedes confiar en mi juicio solo por esta vez”.

Después se levantó y subió las escaleras a zancadas.

“Por lo menos ella está segura de que sabe lo que ocurrió”, pensó con un gemido.

Estaba muchísimo más segura que Riley.

Sus instintos aún no la habían dirigido a ningún lado.




CAPÍTULO CUATRO


Estaba sucediendo de nuevo.

El monstruo llamado Peterson tenía a April cautiva en algún lugar.

Riley rebuscó en la oscuridad. Sus pasos le parecían lentos y torpes, pero sabía que tenía que apresurarse.

Con su escopeta colgada de su hombro, Riley se tropezó en la oscuridad por una gran pendiente barrosa que daba a un río. De repente los vio. Peterson estaba de rodillas en el agua. A pocos pies de él, April estaba medio sumergida en el agua, atada de manos y pies.

Riley alcanzó su escopeta, pero Peterson levantó una pistola y apuntó a April directamente con ella.

“Ni siquiera lo pienses”, gritó Peterson. “Si intentas algo, esto se acaba aquí”.

Riley estaba horrorizada. Si siquiera levantaba su escopeta, Peterson mataría a April antes de que pudiera disparar.

Puso la escopeta en el suelo.

El terror en el rostro de su hija la atormentaría para siempre...



Riley dejó de correr y se dobló, jadeando.

Era temprano por la mañana, y ella había salido a correr. Pero el horrible recuerdo la había dejado congelada a su lugar.

¿Jamás olvidaría ese terrible momento?

¿Jamás dejaría de sentirse culpable por haber puesto a April en peligro mortal?

“No”, pensó. “Y así debe ser. Jamás debo olvidarlo”.

Ella inhaló y exhaló el aire frío hasta que se sintió un poco mejor. Luego empezó a caminar por el sendero arbolado familiar. Podía ver un poco de luz de sol por los árboles.

Este sendero quedaba cerca de su casa y era fácil llegar a él. Riley corría aquí a menudo por las mañanas. El ejercicio usualmente la ayudaba a sacar a los fantasmas y demonios de su pasado de su mente. Pero hoy estaba teniendo el efecto contrario.

Todo lo que había sucedido ayer, la visita a los Pennington, la ojeada en el garaje y la ira de April había traído todos esos recuerdos feos a flote.

“Y todo es por mí”, pensó Riley, acelerando su paso a un trote.

Pero luego recordó lo que había sucedido luego en ese río.



La pistola de Peterson se atascó, y Riley lo apuñaló entre sus costillas antes de tambalearse y caer al agua fría. Aunque estaba herido, Peterson se las arregló para mantener a Riley bajo el agua.

Luego vio a April, quien aún tenía las muñecas y los pies atados, levantar la escopeta que Riley había dejado caer. Ella la oyó estrellarla contra la cabeza de Peterson.

Pero el monstruo se volvió y se abalanzó sobre April. Él empujó su rostro bajo el agua.

Su hija se iba a ahogar.

Riley encontró una roca afilada.

Se abalanzó sobre Peterson y la estrelló contra su cabeza.

Él se cayó y ella saltó encima de él.

Golpeó el rostro de Peterson con la roca una y otra vez.

El río se volvió rojo de la sangre.



Agitada por el recuerdo, Riley comenzó a correr más rápido.

Ella estaba orgullosa de su hija. April había demostrado valentía e ingenio ese terrible día. También había sido valiente en otras situaciones peligrosas.

Pero ahora April estaba enojada con Riley.

Y Riley no pudo evitar preguntarse si tenía razón.



*



Riley se sentía muy fuera de lugar en el servicio fúnebre de Lois Pennington esa tarde.

Por un lado, casi nunca iba a la iglesia. Su padre fue un ex infante de marina endurecido que no creyó ni en nada ni en nadie, sino solo en sí mismo. Vivió con unos tíos durante parte de su infancia y adolescencia, y ellos intentaron hacerla ir a la iglesia, pero Riley fue muy rebelde.

En cuanto a funerales, Riley simplemente los odiaba. Había visto demasiado de la realidad brutal de la muerte durante sus dos décadas siendo agente, así que los funerales le parecían falsos. Siempre hacían que la muerte pareciera tan limpia y pacífica.

“Todo es engañoso”, pensó. Esta chica murió violentamente, bien sea porque se suicidó o porque alguien la asesinó.

Pero April había insistido en venir, y Riley no podía dejarla enfrentar esto por sí sola. Eso parecía irónico, porque en estos momentos Riley era la que se sentía sola. Estaba sentada en la última fila del santuario lleno de gente. April estaba adelante, sentada en la fila justo detrás de la familia, lo más cercana a Tiffany posible. Pero a Riley le alegraba que April estaba cerca de su amiga, y a ella no le importaba sentarse sola.

La luz del sol iluminaba las vidrieras, y el ataúd en el frente estaba abarrotado de flores y coronas funerarias. El servicio fue digno y el coro cantó bien.

El predicador estaba hablando de la fe y la salvación, asegurándoles a todos que Lois ahora estaba en un lugar mejor. Riley no estaba prestándole atención. Estaba buscando pistas que indicaran por qué Lois Pennington había muerto.

Ayer notó que los padres de Lois se habían sentado un poco separados en el sofá. No había estado segura de cómo leer su lenguaje corporal. Pero ahora el brazo de Lester Pennington estaba alrededor del hombro de Eunice en un cálido gesto de consuelo. Los dos parecían ser unos padres afligidos perfectamente ordinarios.

Si algo andaba mal en la familia Pennington, Riley no podía verlo.

Y, curiosamente, eso hizo a Riley sentirse intranquila.

Consideraba que era una observadora aguda de la naturaleza humana. Si Lois realmente se había suicidado, su vida familiar probablemente era problemática. Pero nada se veía mal, nada más que el duelo normal.

El predicador logró terminar su sermón sin mencionar ni una vez la supuesta causa de la muerte de Lois.

Luego vino una serie de testimonios cortos y tristes de amigos y familiares. Hablaban de dolor y tiempos más felices, a veces relacionados con eventos humorísticos que evocaron risas tristes en la congregación.

“Pero nada de suicidio”, pensó Riley.

Algo parecía extraño.

¿Alguien cercano a Lois no querría reconocer algo oscuro sobre sus últimos días, una lucha contra la depresión, una batalla contra sus demonios internos, una llamada de auxilio no respondida? ¿Alguien no debería sugerir que su trágica muerte debería ser una lección para los demás en que deben obtener ayuda y apoyo en vez de quitarse la vida?

Pero nadie dijo nada al respecto.

Nadie quería hablar de ello.

Parecían estar avergonzados o desconcertados, o tal vez ambos.

Tal vez ni siquiera lo podían creer.

Los testimonios terminaron, y luego llegó el momento de ver el cuerpo. Riley se quedó sentada. Estaba segura de que el empleado de funeraria había hecho un buen trabajo y que lo que quedó de la pobre Lois no se veía nada en absoluto como se había visto cuando la encontraron colgando. Riley sabía por experiencia como se veía un cadáver estrangulado.

Finalmente, el predicador ofreció la bendición final y el ataúd fue sacado. La familia salió junta, y todos quedaron libres para irse.

Cuando Riley salió de la iglesia, vio a Tiffany y April abrazándose entre lágrimas. Luego Tiffany vio a Riley y corrió hacia ella.

“¿No puede hacer nada?”, preguntó la muchacha con una voz conmocionada.

“No, lo siento”, respondió Riley.

Antes de que Tiffany pudiera decir más, su padre gritó su nombre. La familia de Tiffany estaba montándose en una limusina negra. Tiffany se montó también, y el vehículo se alejó.

Riley se volvió hacia April, quien se negaba a mirarla.

“Tomaré el autobús a casa”, dijo April.

April se alejó, y Riley no intentó detenerla. Sintiéndose terrible, caminó hacia su carro que estaba en el estacionamiento de la iglesia.



*



La cena de esa noche no fue nada alegre como la de hace solo dos días. April aún no estaba hablándole a Riley, y estaba hablándoles muy poco a los demás. Su tristeza era contagiosa. Ryan y Gabriela también estaban sombríos.

En medio de la cena, Jilly habló.

“Hice una amiga en la escuela hoy. Su nombre es Jane. Ella es adoptada, como yo”.

La expresión de April cambió.

“Eso es genial, Jilly”, dijo April.

“Sí. Tenemos mucho en común. Mucho de qué hablar”.

Esto alegró a Riley un poco. Era bueno que Jilly estaba empezando a hacer amistades. Y Riley sabía que April estaba preocupada por Jilly.

Las dos chicas hablaron un poco de Jane. Luego todos se quedaron callados de nuevo, igual de sombríos que antes.

Riley sabía que Jilly quería romper con ello y que quería alegrar a April. Pero la muchacha más joven se veía preocupada ahora. Riley supuso que estaba alarmada por esta tensión en su nueva familia. Jilly seguramente temía que podría perder lo que había encontrado hace tan poco.

“Espero que no esté en lo cierto”, pensó Riley.

Después de la cena, las chicas subieron a sus habitaciones y Gabriela limpió la cocina. Ryan sirvió dos vasos de whisky americano, uno para él y otro para Riley, y ambos se sentaron en la sala de estar.

Se quedaron callados por un tiempo.

“Subiré para hablar con April”, dijo Ryan finalmente.

“¿Por qué?”, preguntó Riley.

“Está siendo grosera. Y está siendo irrespetuosa contigo. No deberíamos dejarla salirse con la suya”.

Riley suspiró.

“No está siendo grosera”, dijo.

“Bueno, ¿cómo lo llamarías tú?”.

Riley se puso a pensar por un momento.

“Ella realmente le importa todo esto”, dijo. “Está preocupada por su amiga Tiffany, y se siente impotente. Teme que algo terrible le sucedió a Lois. Deberíamos estar alegres de que está pensando en otros. Significa que está madurando”.

Se quedaron callados otra vez.

“¿Qué crees que pasó realmente?”, preguntó Ryan. “¿Crees que Lois se suicidó o fue asesinada?”.

Riley negó con la cabeza.

“Quisiera saberlo”, dijo. “He aprendido a confiar en mis instintos. Pero mis instintos no me están diciendo nada. No tengo ni la menor idea qué fue lo que pasó”.

Ryan le dio unas palmaditas a su mano.

“Bueno, nada de lo que sucedió es tu responsabilidad”, dijo.

“Tienes razón”, dijo Riley.

Ryan bostezó.

“Estoy cansado”, dijo. “Creo que me iré a dormir”.

“Yo me quedaré aquí un rato”, dijo Riley. “No estoy lista para dormir todavía”.

Ryan subió, y Riley se sirvió otra gran bebida. La casa estaba tranquila, y Riley se sentía sola y extrañamente impotente, tal y como April seguramente se estaba sintiendo. Pero, después de otra bebida, empezó a relajarse y pronto se sintió soñolienta. Se quitó los zapatos y se estiró en el sofá.

Un poco más tarde, se despertó para descubrir que alguien la había arropado. Ryan debió haber bajado para ver cómo estaba y asegurarse de que estuviera cómoda.

Riley sonrió, sintiéndose menos sola ahora. Luego se quedó dormida otra vez.



*



Riley sintió un destello de déjà vu cuando April se apresuró hacia el garaje de los Pennington.

Riley la llamó, justo como había hecho ayer.

“April, ¡aléjate de allí!”.

Esta vez, April quitó la cinta policial antes de abrir la puerta.

Luego April desapareció en el garaje.

Riley corrió tras ella.

El interior del garaje era mucho más grande y más oscuro de lo que había sido ayer. Parecía un enorme almacén abandonado.

Riley no veía a April por ningún lado.

“April, ¿dónde estás?”, gritó.

La voz de April resonó en el aire.

“Estoy aquí, mamá”.

Riley no sabía de dónde provenía la voz.

Se volteó lentamente, mirando hacia la oscuridad interminable.

Finalmente se encendió una luz del techo.

Riley quedó pasmada.

Colgada de una viga estaba una chica un par de años mayor que April.

Estaba muerta, pero sus ojos estaban abiertos y estaban mirando a Riley fijamente.

Y, esparcidas alrededor de la muchacha, en mesas y en el piso, había cientos de fotos que mostraban a la niña y su familia en diferentes momentos de su vida.

“¡April!”, gritó Riley.

Ninguna respuesta llegó.



Riley se despertó y se sentó, casi hiperventilando del terror de su pesadilla.

Respiró profundamente para no gritar con todas sus fuerzas...

“¡April!”.

Pero ella sabía que April estaba arriba durmiendo.

Toda la familia dormía, excepto ella.

“¿Por qué tuve ese sueño?”, se preguntó.

Le tomó un momento para saber la respuesta.

Se dio cuenta de que sus instintos por fin habían accionado.

Sabía que April tenía razón, algo no cuadraba en la muerte de Lois.

Y ella tenía que hacer algo al respecto.




CAPÍTULO CINCO


Riley sintió un frío extraño cuando se bajó de su carro en la Universidad de Byars. No era solamente el clima. La escuela tenía un ambiente extrañamente inhóspito.

Se estremeció a lo que miró a su alrededor.

Los estudiantes estaban andando por el campus, bien cubiertos para protegerse del frío, apresurándose a sus destinos y apenas hablándose. Ninguno de ellos se veía feliz de estar aquí.

“No es de extrañar que este lugar hace que los estudiantes quieran matarse”, pensó Riley.

Por un lado, el lugar parecía pertenecer a una época pasada. Riley sentía que estaba devolviéndose en el tiempo. Los viejos edificios de ladrillo habían sido mantenidos en perfecto estado. También las columnas blancas, reliquias de cuando las columnas eran requeridas en este tipo de ambiente.

El campus verde era impresionantemente grande, dado que estaba justo en la capital del país. Por supuesto, DC había evolucionado a su alrededor durante los casi doscientos años de su existencia. La escuela pequeña y exclusiva había prosperado, produciendo egresados que tenían éxito en las escuelas de posgrado más prestigiosas del país, y que luego también eran exitosos en puestos de poder en negocios y política. Los estudiantes asistían a universidades como esta para hacer y mantener buenas conexiones que durarían toda la vida.

Naturalmente, era demasiado costosa para la familia de Riley, incluso con las becas que otorgaban de vez en cuando a excelentes alumnos de familias importantes. No es que jamás quisiera enviar a April aquí, ni a Jilly tampoco.

Riley entró en el edificio administrativo y encontró el decanato, donde fue recibida por una secretaria seria.

Riley le mostró a la mujer su placa.

“Soy la agente especial Riley Paige del FBI. Llamé hace un rato”.

La mujer asintió.

“El decano Autrey está por acá”, dijo.

La mujer llevó a Riley a una oficina grande y sombría con paneles de madera oscura.

Un hombre elegante y mayor se levantó de su mesa para saludarla. Era alto, con pelo plateado, y llevaba un traje costoso de tres piezas con una pajarita.

“Agente Paige, supongo”, dijo con una sonrisa fría. “Yo soy el decano Willis Autrey. Por favor, tome asiento”.

Riley se sentó frente a su escritorio. Autrey se sentó y giró en su silla.

“No estoy seguro que entiendo la naturaleza de su visita”, dijo. “Tiene algo que ver con el fallecimiento desafortunado de Lois Pennington, ¿cierto?”.

“Me imagino que se refiere a su suicidio”, dijo Riley.

Autrey asintió.

“No es un caso del FBI”, dijo. “Llamé a los padres de la chica, les di el más sentido pésame por parte de la escuela. Ellos estaban devastados, como es de esperarse. Todo fue tan desafortunado. Pero no parecían estar preocupados por algo”.

Riley entró en cuenta de que tenía que elegir sus palabras cuidadosamente. No estaba aquí en un caso asignado. De hecho, sus superiores en Quántico no aprobarían esta visita en absoluto. Pero tal vez podía evitar que Autrey descubriera ese pequeño detalle.

“Otro miembro de la familia ha expresado sus dudas”, dijo.

No era necesario decirle que hablaba de la hermana adolescente de Lois.

“Qué desafortunado”, dijo.

“Parece que le gusta usar la palabra desafortunado”, pensó Riley.

“¿Qué puede decirme sobre Lois Pennington?”, preguntó Riley.

Autrey estaba empezando a verse aburrido ahora, como si su mente estuviera en otra parte.

“Bueno, nada que su familia no le ha dicho, estoy seguro”, dijo. “Yo no la conocí personalmente, pero...”.

Se volvió hacia su computadora y tecleó.

“Parece haber sido una estudiante de primer año perfectamente normal”, dijo, mirando la pantalla. “Buenas calificaciones. No hay informes de ningún inconveniente. Sí veo que recibió terapia por su depresión”.

“Pero no es el único suicidio en su escuela este año”, dijo Riley.

La expresión de Autrey se volvió un poco sombría. No dijo nada.

Antes de salir de casa, Riley había investigado un poco más sobre los dos suicidios que Tiffany había mencionado.

“Deanna Webber y Cory Linz presuntamente se suicidaron el semestre pasado”, dijo Riley. “La muerte de Cory fue aquí en el campus”.

“¿’Presuntamente’?”, preguntó Autrey. “Una palabra algo desafortunada, creo. No me enteré de nada que indicara lo contrario”.

Él alejó la mirada un poco, como para pretender que Riley no estaba allí.

“Sra. Paige...”, comenzó.

“Agente Paige”, lo corrigió Riley.

“Agente Paige, estoy seguro de que una profesional como usted está consciente de que la tasa de suicidio entre estudiantes universitarios ha aumentado durante las últimas décadas. Es la tercera principal causa de muerte entre las personas en el grupo de edad de pregrado. Hay más de mil suicidios en campus universitarios cada año”.

Se detuvo, como para dejar que esos hechos surtieran efecto.

“Y, por supuesto, algunas escuelas experimentan grupos en un año determinado”, dijo. “Byars es una escuela exigente. Es desafortunado, pero inevitable, que tengamos unos cuantos suicidios”.

Riley reprimió una sonrisa.

Las cifras que April había investigado hace unos días estaban a punto de ser útiles.

“April estaría contenta”, pensó.

Ella dijo: “El promedio nacional de suicidios universitarios es de siete punto cinco de cada cien mil. Pero este año, tres de setecientos estudiantes se suicidaron. Es cincuenta y siete veces el promedio nacional”.

Autrey levantó las cejas.

“Bueno, como estoy seguro de que usted sabe, siempre hay...”.

“Outliers”, dijo Riley, logrando no sonreír de nuevo. “Sí, sé mucho de los outliers. Aún así, la tasa de suicidio de su universidad me parece excepcionalmente... Desafortunada”.

Autrey se quedó callado.

“Decano Autrey, tengo la impresión que no le gusta que un agente del FBI esté investigando”, dijo.

“De hecho, no me gusta para nada”, dijo. “¿Debo sentirme de otra forma? Esto es un desperdicio de su tiempo y el mío, así como del dinero de los contribuyentes. Y su presencia podría dar la impresión de que algo anda mal. Nada anda mal aquí en la Universidad de Byars, se lo aseguro”.

Se inclinó en su escritorio y se acercó a Riley.

“Agente Paige, ¿en qué rama del FBI trabaja exactamente?”.

“En la Unidad de Análisis de Conducta”.

“Ah. Cerca de aquí, en Quántico. Bueno, quizás deba tener en cuenta que muchos de nuestros estudiantes provienen de familias políticas. Algunos de sus padres tienen una influencia considerable sobre el gobierno, incluyendo el FBI, me imagino. Estoy seguro de que no queremos que se enteren de esto”.

“¿De esto?”, preguntó Riley.

Autrey giró en su silla.

“Estas personas quizás quieran presentar quejas con sus superiores”, dijo con una mirada significativa.

Riley sintió un cosquilleo de inquietud.

Quizás había adivinado que no estaba aquí en carácter oficial.

“Lo mejor es no causar problemas donde no existen”, continuó Autrey. “Esta observación es para su bien. Odiaría que incumpliera las órdenes de sus superiores”.

Riley casi se rio en voz alta.

Incumplir órdenes era prácticamente su pan de cada día.

También lo era ser suspendida o despedida y luego ser reintegrada nuevamente.

Eso no la asustaba en lo más mínimo.

“Entiendo”, dijo. “Lo que sea para no desacreditar la reputación de su universidad”.

“Me alegra que nos entendamos”, dijo Autrey.

Se puso de pie, obviamente esperando que Riley se fuera.

Pero Riley no estaba lista para irse, todavía no.

“Gracias por su tiempo”, le dijo. “Me iré justo cuando me de la información de contacto de las familias de los suicidios anteriores”.

Autrey estaba mirándola con furia. Riley le devolvió la mirada sin moverse de su silla.

Autrey miró su reloj. “Tengo otra cita. Debo irme ahora”.

Riley sonrió.

“Yo también tengo prisa”, dijo, mirando su propio reloj. “Así que, entre más rápido me de esa información, más rápido podernos irnos. Yo lo espero”.

Autrey frunció el ceño, y luego se sentó en su computadora otra vez. Tecleó un poco, y luego su impresora comenzó a sonar. Le entregó la hoja con la información a Riley.

“Me temo que tendré que presentar una queja con sus superiores”, dijo.

Riley aún no se movió. Cada vez estaba sintiéndose más curiosa.

“Decano Autrey, acaba de mencionar que Byars tiene unos cuantos suicidios. ¿De cuántos suicidios estamos hablando?”.

Autrey no respondió. Su cara se enrojeció de ira, pero mantuvo su voz tranquila y controlada.

“Me comunicaré con su superior en la UAC”, dijo.

“Está bien”, respondió Riley. “Gracias por su tiempo”.

Riley salió de la oficina y del edificio administrativo. Esta vez el aire frío se sentía vigorizante.

Las evasivas de Autrey convencieron a Riley de que se había topado con un nido de problemas.

Y Riley prosperaba en medio de los problemas.




CAPÍTULO SEIS


Tan pronto como Riley se metió en su carro, repasó la información que el decano Autrey le había dado. Comenzó a recordar los detalles de la muerte de Deanna Webber.

“Por supuesto”, recordó, encontrando la vieja noticia en su celular. “La hija de la congresista”.

La representante Hazel Webber era una nueva política que estaba casada con un abogado prestigioso de Maryland. La muerte de su hija había estado en los encabezados el otoño pasado. Riley no le había prestado mucha atención a la historia en ese momento. Parecía más un chisme lascivo que una noticia real, algo que Riley pensaba que solo era asunto de la familia.

Ahora pensaba distinto.

Encontró el número de teléfono de la oficina de la congresista Hazel Webber en Washington. Cuando marcó el número, una recepcionista que sonaba bastante eficiente contestó.

“Soy la agente especial Riley Paige de la Unidad de Análisis de Conducta del FBI”, dijo Riley. “Me gustaría concertar una reunión con la representante Webber”.

“¿Puedo preguntar de qué trata todo esto?”.

“Necesito hablar con ella sobre la muerte de su hija el otoño pasado”.

En ese momento cayó un silencio.

Riley dijo: “Siento molestar a la congresista y a su familia para hablar de esta terrible tragedia. Pero solo tenemos que atar unos cabos sueltos”.

Más silencio.

“Lo siento”, dijo la recepcionista lentamente. “Pero la representante Webber no está en Washington ahora mismo. Tendrá que esperar hasta que vuelva de Maryland”.

“¿Y cuándo volverá?”, preguntó Riley.

“No lo sé. Tendrá que volver a llamar”.

La recepcionista finalizó la llamada sin decir más.

“Ella está en Maryland”, pensó Riley.

Investigó y encontró que Hazel Webber vivía en los pastos de Maryland. El lugar no sería difícil de encontrar.

Pero antes de que Riley pudiera encender su carro, su teléfono celular vibró.

“Habla Hazel Webber”, dijo la persona en la línea.

Riley estaba sorprendida. La recepcionista debió haber llamado a la congresista inmediatamente después de colgarle a Riley. Ciertamente no había esperado que Webber se comunicara con ella directamente, y menos tan rápido.

“¿En qué puedo ayudarle?”, preguntó Webber.

Riley explicó de nuevo que quería hablar de algunos “cabos sueltos” respecto a la muerte de su hija.

“¿Podría ser un poco más específica?”, dijo Webber.

“Preferiría hacerlo en persona”, dijo Riley.

Webber se quedó callada por un momento.

“Me temo que eso es imposible”, dijo Webber. “Y agradecería que usted y sus superiores no nos molestaran más. Apenas estamos empezando a sanar. Estoy segura de que lo entiende”.

El tono helado de la mujer sorprendió a Riley. No detectó ni el menor rastro de dolor.

“Representante Webber, si usted me pudiera dar un poco de su tiempo...”.

“Le dije que no”.

Webber finalizó la llamada.

Riley estaba estupefacta. No tenía idea qué pensar de esta llamada.

Lo único que sí sabía con certeza es que había molestado bastante a la congresista.

Y tenía que ir a Maryland inmediatamente.



*



Fue un paseo en carro de dos horas bastante agradable. Puesto que había buen tiempo, Riley tomó una ruta que incluía el puente de la bahía de Chesapeake, pagando el peaje para disfrutar del paseo sobre el agua.

Pronto se encontró en los pastos de Maryland, donde vallas de madera hermosas cercaban pastos, y calles arboladas llevaban a elegantes casas y graneros que quedaban lejos de las carreteras.

Se detuvo en la verja afuera de la finca de los Webber. Un guardia fornido uniformado salió de su choza y se acercó a ella.

Riley le mostró su placa y se presentó.

“Estoy aquí para ver a la representante Webber”, dijo.

El guardia se alejó y habló en su micrófono. Luego se acercó a Riley de nuevo.

“La congresista dice que ha habido algún error”, dijo. “Ella no la está esperando”.

Riley sonrió tan ampliamente como pudo.

“Ah, ¿está demasiado ocupada en este momento? No hay problema, mi calendario no está tan apretado. Esperaré aquí hasta que tenga tiempo”.

El guardia frunció el ceño, tratando de intimidarla.

“Me temo que tendrá que irse, señora”, dijo.

Riley se encogió de hombros y actuó como si no hubiese entendido lo que quería decir.

“Ah no, está bien. No hay problema. Puedo esperar aquí”.

El guardia se alejó y habló en su micrófono de nuevo. Después de mirar a Riley fijamente por un momento, entró en su choza y abrió la puerta. Riley condujo por ella.

Condujo por una pradera amplia y cubierta de nieve donde un par de caballos andaban libremente. Era una escena pacífica.

Cuando llegó a la casa, era incluso más grande de lo que ella esperaba, una mansión contemporánea. Miró los otros edificios bien cuidados más allá de la vivienda.

Un hombre asiático la recibió en la puerta. Era aproximadamente tan grande como un luchador de sumo, lo que hacía que su traje formal de mayordomo se viera grotescamente inadecuado. Guio a Riley por un pasillo con un piso de madera de color marrón rojizo que se veía costoso.

Finalmente fue recibida por una mujer pequeña y sombría que la llevó a una oficina muy pulcra sin decir una sola palabra.

“Espere aquí”, dijo la mujer.

Salió de la oficina, cerrando la puerta detrás de ella.

Riley se sentó en una silla cerca del escritorio. Pasaron unos minutos. Se sintió tentada a echarle un vistazo a los materiales del escritorio o incluso a la computadora. Pero sabía que todos sus movimientos seguramente estaban siendo grabados con cámaras de seguridad.

Finalmente, la representante Hazel Webber entró en la sala.

Ella era una mujer alta, delgada pero imponente. No parecía lo suficientemente vieja como para haber estado en el Congreso durante tanto tiempo, ni parecía tener la edad suficiente como para tener una hija universitaria. La cierta rigidez alrededor de sus ojos pudiera ser habitual, o inducida por el Botox, o tal vez ambas.

Riley recordó haberla visto en la televisión. Normalmente cuando conocía a alguien que había visto en la TV, le impresionaba lo cuán diferentes que se veían en la vida real. Extrañamente, Hazel Webber se veía exactamente igual. Era como si fuera realmente de dos dimensiones, un ser humano casi anormalmente superficial en todos los sentidos.

Su atuendo también desconcertaba a Riley. ¿Por qué llevaba puesta una chaqueta sobre un suéter? La casa sin duda era lo suficientemente caliente.

“Parte de su estilo, supongo”, pensó Riley.

La chaqueta le daba un aspecto más formal y profesional que solo pantalones y un suéter. Tal vez también representaba una especie de armadura, una protección contra cualquier contacto humano genuino.

Riley se puso de pie para presentarse, pero Webber habló primero.

“Agente Riley Paige, UAC”, dijo. “Ya sé”.

Sin otra palabra, se sentó en su escritorio.

“¿Por qué está aquí?”, preguntó Webber.

Riley sintió una sacudida de alarma. Obviamente no tenía nada que decirle. Su visita era un engaño, y Webber le parecía el tipo de mujer que no era fácil de engañar. Esto superaba a Riley, y tenía que ingeniárselas ahora.

“Estoy aquí para pedirle información”, dijo Riley. “¿Su marido está en casa?”.

“Sí”, dijo la mujer.

“¿Sería posible hablar con ambos?”.

“Él sabe que está aquí”.

Su respuesta desarmó a Riley, pero trató de no demostrarlo. La mujer miró a Riley fijamente con sus ojos azules y fríos. Riley no vaciló. Solo mantuvo la mirada, preparándose para batallar.

Riley dijo: “La Unidad de Análisis de Conducta está investigando un número inusual de suicidios aparentes en la Universidad de Byars”.

“¿Suicidios aparentes?”, dijo Webber, arqueando una sola ceja. “No describiría el suicidio de Deanna como ‘aparente’. A mi esposo y a mí nos pareció bastante real”.

Riley podría jurar que la temperatura de la sala había descendido unos grados. Webber no había mostrado ni la más mínima expresión cuando mencionó el suicidio de su propia hija.

“Tiene sangre fría”, pensó Riley.

“Quisiera que me explicara lo que pasó”, dijo Riley.

“¿Por qué? Estoy segura de que ha leído el informe”.

Obviamente Riley no lo había hecho, pero tenía que seguírselas ingeniando.

“Escucharlo con sus propias palabras sería de gran ayuda”, dijo.

Webber permaneció en silencio por un momento. Su mirada era inquebrantable. Pero la de Riley también lo era.

“Deanna resultó herida en un accidente montando a caballo el verano pasado”, dijo Webber. “Se fracturó bastante la cadera. Parecía probable que tendría que ser reemplazada por completo. Sus días de montar a caballo en competencias se habían acabado. Estaba desolada”.

Webber hizo una pausa por un momento.

“Estaba tomando oxicodona para el dolor. Se tomó una sobredosis de pastillas. Fue intencional y punto”.

Riley sintió que no le estaba contando todo.

“¿Dónde sucedió esto?”, preguntó.

“En su dormitorio”, dijo Webber. “Estaba cómoda en su cama. El médico forense dijo que murió de un paro respiratorio. Parecía estar profundamente dormida cuando la criada la encontró”.

Y entonces Webber parpadeó.

Había flaqueado en su batalla.

“¡Está mintiendo!”, pensó Riley.

El pulso de Riley se aceleró.

Ahora tenía que presionar, sondear con las preguntas correctas.

Pero antes de que Riley pudiera siquiera pensar en qué hacer, la puerta de la oficina se abrió. La mujer que había traído a Riley a la oficina entró.

“Congresista, necesito hablar con usted, por favor”, dijo.

Webber se veía aliviada a lo que se levantó de su escritorio y salió con su asistente.

Riley respiró profundamente.

Deseaba no haber sido interrumpida.

Estaba segura de que había estado a punto de resquebrajar la fachada engañosa de Hazel Webber.

Pero aún tenía chance para hacerlo.

Cuando Webber regresara, Riley comenzaría de nuevo.

Después de menos de un minuto, Webber volvió. Parecía haber recuperado su seguridad en sí misma.

Se quedó parada cerca de la puerta abierta y dijo, “Agente Paige, si realmente es la agente Paige, me temo que debo pedirle que se vaya”.

Riley tragó grueso.

“No entiendo”.

“Mi asistente acaba de llamar a la UAC. No están investigando suicidios en la Universidad de Byars. Ahora...”.

Riley sacó su placa.

“Sí soy la agente especial Riley Paige”, dijo con determinación. “Y haré todo lo posible para asegurarme de que tal investigación se ponga en marcha tan pronto como sea posible”.

Salió de la oficina.

En su camino fuera de la casa, entró en cuenta de que había hecho una enemiga, y una muy peligrosa.

Era un tipo de peligro diferente al que generalmente tenía que enfrentar.

Hazel Webber no era una psicópata cuyas armas de preferencia eran cadenas, cuchillos, armas de fuego o sopletes.

Era una mujer sin conciencia, y sus armas eran el dinero y el poder.

Riley prefería el tipo de adversario que podía noquear o disparar. Aún así, estaba dispuesta a lidiar con Webber y sus amenazas.

“Me mintió respecto a su hija”, dijo Riley.

Y ahora Riley estaba decidida a descubrir la verdad.

La casa se veía vacía ahora. A Riley le sorprendió que no se topó con ni una sola persona en su camino a su carro. Sentía que podía robar la casa sin que nadie se diera cuenta.

Salió, se metió en su carro y comenzó a conducir.

A lo que se acercó a la puerta de la mansión, ella vio que estaba cerrada. El guardia corpulento que la había dejado entrar y el mayordomo enorme estaban parados allí. Ambos tenían sus brazos cruzados, y obviamente estaban esperándola.




CAPÍTULO SIETE


Los dos hombres definitivamente se veían amenazantes. También se veían un poco ridículos, el más pequeño de los dos con su uniforme de guardia, su compañero más grande con su traje formal de mayordomo.

“Parecen payasos de circo”, pensó.

Pero sabía que no estaban tratando de ser graciosos.

Riley detuvo su carro justo en frente de ellos. Bajó su ventanilla, sacó la cabeza y los llamó.

“¿Hay algún problema, señores?”.

El guardia se colocó justo en frente de su carro.

El mayordomo inmenso se acercó a la ventanilla del pasajero.

Habló en una voz retumbante.

“A la representante Webber le gustaría aclarar un malentendido”.

“¿Cuál malentendido?”.

“Quiere que entienda que los hurgones no son bienvenidos aquí”.

Ahora Riley entendía todo.

Webber y su asistente habían llegado a la conclusión de que Riley era una impostora, no una agente del FBI. Probablemente sospechaban que era una reportera que se estaba preparando para escribir una historia de la congresista.

Estos dos chicos estaban más que acostumbrados a lidiar con reporteros metiches.

Riley sacó su placa de nuevo.

“Creo que ha habido un malentendido”, dijo. “Realmente soy una agente especial del FBI”.

El gran hombre sonrió. Evidentemente creía que la placa era falsa.

“Bájese del carro, por favor”, dijo.

“No, gracias”, dijo Riley. “Realmente agradecería si abriera la puerta”.

Riley había dejado la puerta de su carro abierta. El gran hombre la abrió.

“Bájese del carro, por favor”, repitió.

Riley gruñó en voz baja.

“Esto no terminará bien”, pensó.

Riley se bajó del carro y cerró la puerta. Los dos hombres se pararon lado a lado cerca de ella.

Riley se preguntó cuál de ellos iba a dar el primer paso.

Entonces el gran hombre sonó sus nudillos y avanzó hacia ella.

Riley se acercó a él.

Cuando trató de alcanzarla, ella lo agarró por su solapa y la manga de su brazo izquierdo y lo desbalanceó. Luego giró sobre su pie izquierdo y se agachó. Apenas sintió el peso del hombre cuando todo su cuerpo voló sobre su espalda. Cayó boca abajo fuertemente contra la puerta del carro y luego aterrizó de cabeza en el suelo.

“El carro fue el que más sufrió”, pensó con consternación.

El otro hombre ya se estaba moviendo hacia ella, y se dio la vuelta para mirarlo.

Le dio una patada en la ingle. Él se inclinó de dolor, y Riley sabía que el altercado había terminado.

Arrebató la pistola del hombre de la funda.

Luego inspeccionó su trabajo.

El hombre más grande aún estaba tirado al lado del carro, mirándola con una expresión aterrorizada. La puerta del carro estaba abollada, pero no tan gravemente como Riley había temido. El guardia uniformado estaba de manos y rodillas, jadeando.

Le acercó la pistola al guardia.

“Aquí tienes”, dijo en una voz gentil.

El guardia alcanzó la pistola con manos temblorosas.

Riley la alejó de él.

“No”, dijo. “No hasta que abras la puerta”.

Tomó al hombre de la mano y lo ayudó a ponerse de pie. Tambaleó hacia la choza y abrió la puerta de hierro. Riley caminó hacia el carro.

“Permiso”, le dijo al enorme hombre.

Aún viéndose absolutamente aterrorizado, el hombre se movió hacia un lado como un cangrejo gigante, quitándose del camino de Riley. Se metió en el carro y condujo por la puerta. Arrojó la pistola en el suelo.

“Ya no creen que soy una reportera”, pensó.

También estaba segura de que le dejarían saber eso a la congresista muy rápidamente.



*



Un par de horas más tarde, Riley detuvo su carro en el estacionamiento del edificio de la UAC. Se quedó sentada en su carro durante unos instantes. No había venido ni una sola vez durante su mes de permiso. No esperaba estar de vuelta tan pronto. Se sentía realmente extraño.

Apagó el motor, guardó las llaves, se bajó del carro y entró en el edificio. Durante su camino a su oficina, amigos y colegas le dieron la bienvenida. Unos se veían muy sorprendidos de verla.

Se detuvo en la oficina de su compañero habitual, Bill Jeffreys, pero él no estaba allí. Probablemente estaba en un caso, trabajando con otra persona.

Sintió una leve punzada de tristeza, incluso de celos.

En muchos sentidos, Bill era su mejor amigo en el mundo.

Aún así, suponía que quizás esto era lo mejor. Bill sabía que ella y Ryan habían vuelto, y él no estaba de acuerdo. La había ayudado mucho durante su ruptura y divorcio. No creía que Ryan había cambiado.

Cuando abrió la puerta de su oficina, tuvo que verificar para asegurarse de que estaba en el lugar correcto. Todo se veía muy limpio y bien organizado. ¿Le habían dado su oficina a otro agente? ¿Alguien más había estado trabajando aquí?

Riley abrió un cajón y encontró archivos familiares, aunque ahora mejor ordenados.

¿Quién le había arreglado todo esto?

Desde luego no fue Bill. Él sabría sabido que lo mejor era no hacerlo.

“Lucy Vargas, tal vez”, pensó.

Lucy era una agente joven que había trabajado con ella y con Bill. Si Lucy era la culpable de esta orden, al menos lo había hecho para tratar de ayudarla.

Riley se sentó en su escritorio por unos minutos.

Imágenes y recuerdos empezaron a inundarla... El ataúd de la niña, sus padres devastados y el sueño terrible de Riley de la chica colgada rodeada de recuerdos. También recordó cómo el decano Autrey había evadido sus preguntas, y cómo Hazel Webber había mentido descaradamente.

Se recordó a sí misma lo que le había dicho a Hazel Webber. Había prometido poner en marcha una investigación oficial. Y había llegado el momento de cumplir esa promesa.

Tomó el teléfono de su oficina y marcó a su jefe, Brent Meredith.

Cuando el jefe de equipo contestó, ella dijo: “Señor, habla Riley Paige. Me pregunto si podría...”.

Estaba a punto de pedirle unos minutos de su tiempo cuando la interrumpió.

“Agente Paige, ven a mi oficina ahora mismo”.

Riley se estremeció.

Meredith estaba muy enojado con ella por algo.




CAPÍTULO OCHO


Cuando Riley entró en la oficina de Brent Meredith, lo encontró parado al lado de su escritorio esperándola.

“Cierra la puerta”, dijo. “Siéntate”.

Riley hizo lo que le ordenó.

Aún de pie, Meredith se quedó callado por unos momentos. Solo miró a Riley. Era un hombre grande con rasgos negros y angulares. Y él era intimidante incluso cuando estaba de buen humor.

No estaba de buen humor ahora mismo.

“Hay algo que quieres decirme, ¿agente Paige?”, preguntó.

Riley tragó grueso. Supuso que ya se había enterado de ciertas cosas que había hecho.

“Tal vez debes empezar primero”, dijo sumisamente.

Él se acercó a ella.

“Acabo de recibir dos quejas de ti de mis superiores”, dijo.

Riley se sintió muy mal. Sabía de quién Meredith estaba hablando. Las quejas vinieron del agente especial encargado Carl Walder, un hombre despreciable que ya había suspendido a Riley más de una vez por insubordinación.

Meredith gruñó: “Walder me dijo que recibió una llamada del decano de una universidad pequeña”.

“Sí, la Universidad de Byars. Pero si me das un momento para explicar...”.

Meredith le interrumpió otra vez.

“El decano dijo que entraste en su oficina e hiciste unas acusaciones ridículas”.

“Eso no fue exactamente lo que sucedió, señor”, dijo Riley.

Pero Meredith siguió.

“Walder también recibió una llamada de la representante Hazel Webber. Ella dijo que entraste a su casa y la amenazaste. Incluso le mentiste respecto a un caso inexistente. Y luego agrediste a dos miembros de su personal. Los amenazaste a punta de pistola”.

La acusación enfureció a Riley.

“Eso no fue realmente lo que sucedió, señor”.

“Entonces ¿qué sucedió?”.

“Fue la pistola del guardia”, dijo.

Tan pronto como las palabras salieron de su boca, Riley entró en cuenta...

“Eso no salió nada bien”.

“¡Estaba devolviéndosela!”, dijo.

Pero supo al instante...

“Eso no ayudó en nada”.

Cayó un largo silencio.

Meredith respiró profundamente. Finalmente dijo: “Más te vale que tengas una buena explicación para tus actos, agente Paige”.

Riley respiró profundamente.

“Señor, ha habido tres muertes sospechosas en la Universidad de Byars durante este año escolar. Supuestamente fueron suicidios, pero yo no lo creo”.

“Esta es la primera vez que he escuchado de esto”, dijo Meredith.

“Entiendo, señor. Y vine aquí para hablarte de todo esto”.

Meredith se quedó parado, esperando otra explicación.

“Una amiga de mi hija tenía una hermana en la Universidad de Byars. Lois Pennington, una estudiante de primer año. Su familia la encontró ahorcada en su garaje el domingo pasado. Su hermana no cree que fue un suicidio. Entrevisté a sus padres, y...”.

Meredith gritó tan duro que fue oído en el pasillo.

“¿Entrevistaste a sus padres?”.

“Sí, señor”, dijo Riley en voz baja.

Meredith se tomó un momento para tratar de calmarse.

“¿Tengo que decirte que este no es un caso de la UAC?”.

“No, señor”, dijo Riley.

“De hecho, según lo que sé hasta ahora, este no es un caso en absoluto”.

Riley no sabía qué decir a continuación.

“¿Qué te dijeron sus padres?”, preguntó Meredith. “¿Creen que fue suicidio?”.

“Sí”, dijo Riley en voz baja.

Ahora Meredith parecía no saber qué decir. Movió la cabeza con desaliento.

“Señor, sé cómo suena esto”, dijo Riley. “Pero el decano de Byars escondía algo. Y Hazel Webber me mintió sobre la muerte de su hija”.

“¿Cómo lo sabes?”.

“¡Solo lo sé!”.

Riley miró a Meredith con una expresión suplicante.

“Señor, después de todos estos años, seguramente sabes que mis instintos son buenos. Cuando siento algo, casi siempre tengo razón. Tienes que confiar en mí. Algo no cuadra en las muertes de estas chicas”.

“Riley, sabes que así no funcionan las cosas”.

Riley estaba sorprendida. Meredith rara vez la llamaba por su nombre, solo cuando estaba realmente preocupada por ella. Sabía que él la valoraba, apreciaba y respetaba, y ella sentía lo mismo por él.

Se recostó contra su escritorio y se encogió de hombros.

“Tal vez tienes razón, y tal vez estés equivocada”, dijo con un suspiro. “De cualquier forma, no puedo convertirlo en un caso de la UAC solo por tus instintos. Tendrían que haber más pruebas”.

Meredith la miró con una expresión de preocupación.

“Agente Paige, has pasado por muchas cosas difíciles últimamente. Estuviste en algunos casos peligrosos, y tu compañero casi fue envenenado en el último. Y ahora tienes un nuevo miembro de la familia a quien cuidar y...”.

“¿Y qué?”, preguntó Riley.

Meredith hizo una pausa y luego dijo: “Te puse de licencia hace un mes. Me pareció que creías que era una buena idea. La última vez que hablamos, incluso me pediste más tiempo. Creo que es lo mejor. Toma todo el tiempo que necesites. Necesitas más descanso”.

Riley se sentía desalentada y derrotada. Pero sabía que no tenía sentido discutir. La verdad era que Meredith estaba en lo cierto. No había forma de que él pudiera tomar este caso basándose en lo que le había dicho. Sobre todo no con un asqueroso como Walder acorralándolo.

“Lo siento, señor”, dijo. “Me iré a casa ahora”.

Se sintió terriblemente sola a lo que salió de la oficina de Meredith. Pero no estaba dispuesta a dejar de lado sus sospechas. Su corazonada era demasiado fuerte para eso. Ella sabía que tenía que hacer algo.

“Lo primero es lo primero”, pensó.

Tenía que conseguir más información. Tenía que demostrar que algo andaba mal.

Pero ¿cómo sería capaz de hacerlo sola?



*



Riley llegó a su casa media hora antes de la cena. Entró en la cocina y encontró a Gabriela preparando otra de sus deliciosas especialidades guatemaltecas, gallo en perro, un guiso picante.




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