Antes De Que Envidie
Blake Pierce


De la mano de Blake Pierce, el autor de éxitos de ventas #1 UNA VEZ DESAPARECIDO (un bestseller #1 con más de 1.200 críticas de cinco estrellas), llega ANTES DE QUE ENVIDIE, el libro #12 en la emocionante serie de misterio con Mackenzie White.ANTES DE QUE ENVIDIE es el libro #12 en la serie éxito de ventas Mackenzie White, que comienza con ANTES DE QUE MATE (Libro #1), ¡una descarga gratuita con más de 500 críticas de cinco estrellas!Cuando aparecen dos escaladores muertos, ambos asesinados de la misma perturbadora manera, la agente especial del FBI Mackenzie White, madre de un recién nacido, tiene que enfrentarse a su miedo a las alturas cuando la llaman para que atrape a un asesino en serie antes de que ataque de nuevo.Mackenzie, que empieza a acostumbrarse a su maternidad, quiere tomarse un tiempo libre, pero no parece que esto vaya a suceder. Unos escaladores aparecen muertos en Colorado, cazados por un asesino en serie elusivo, atrapados en sus momentos de mayor vulnerabilidad. Una pauta preocupante empieza a surgir, y Mackenzie cae enseguida en la cuenta de que se enfrenta a un verdadero monstruo. Y que la única manera de atraparle será metiéndose dentro de su mente diabólica.Sintiendo los efectos del postparto y poco dispuesta a regresar al trabajo, Mackenzie ve que le faltan las fuerzas para la cacería de su vida.Un thriller de suspense psicológico de ritmo trepidante con personajes inolvidables y suspense que acelera el corazón, ANTES DE QUE ENVIDIE es el libro #12 de una nueva serie, con un nuevo personaje cautivador, que le tendrá pasando páginas hasta altas horas de la noche. También de Blake Pierce, está disponible UNA VEZ DESAPARECIDO (Un Misterio con Riley Paige—Libro #1), un bestseller #1 con más de 1200 críticas de cinco estrellas, ¡y descarga gratuita!







A n t e s d e q u e e n v i d i e



(un misterio con MACKENZIE WHITE—libro 12)



B L A K E P I E R C E



Traducido por AsunCIÓN Henares


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros).



Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com para saber más y mantenerte en contacto.



Copyright © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto por lo que permite la Ley de Copyright de los Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida de ninguna forma ni por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico tiene licencia para su disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede volver a ser vendido o regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor, compre una copia adicional para cada destinatario. Si está leyendo este libro y no lo compró, o no lo compró solamente para su uso, entonces por favor devuélvalo y compre su propia copia. Gracias por respetar el duro trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, los personajes, las empresas, las organizaciones, los lugares, los acontecimientos y los incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Imagen de portada Copyright lassedesignen, utilizada con licencia de Shutterstock.com.


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE THRILLER DE SUSPENSE PSICOLÓGICO CON JESSIE HUNT

EL ESPOSA PERFECTA (Libro #1)

EL TIPO PERFECTO (Libro #2)

LA CASA PERFECTA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE

AL LADO (Libro #1)

LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2)

CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE

SI ELLA SUPIERA (Libro #1)

SI ELLA VIERA (Libro #2)

SI ELLA CORRIERA (Libro #3)

SI ELLA SE OCULTARA (Libro #4)

SI ELLA HUYERA (Libro #5)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)

ATRAYENDO (Libro #3)

TOMANDO (Libro #4)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ AÑORADO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8)

UNA VEZ ACECHADO (Libro #9)

UNA VEZ PERDIDO (Libro #10)

UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11)

UNA VEZ ATADO (Libro #12)

UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13)

UNA VEZ INACTIVO (Libro #14)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE MATE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE CODICIE (Libro #3)

ANTES DE QUE SE LLEVE (Libro #4)

ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5)

ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6)

ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7)

ANTES DE QUE CACE (Libro #8)

ANTES DE QUE ATRAPE (Libro #9)

ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10)

ANTES DE QUE DECAIGA (Libro #11)

ANTES DE QUE ENVIDIE (Libro #12)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

CAUSA PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)

UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5)

UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)

UN RASTRO DE VICIO (Libro #3)

UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4)

UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5)


CONTENIDOS



CAPÍTULO UNO (#u80595864-7844-5946-a97f-857fc9afb008)

CAPÍTULO DOS (#u1ca1b7a6-18f0-58e7-b81b-0a3f0c92a752)

CAPÍTULO TRES (#u5af04cb6-b052-59b6-a207-010a2cf75837)

CAPÍTULO CUATRO (#ue4b5fa88-5afc-53f5-a658-379f05174770)

CAPÍTULO CINCO (#u993e444b-f8de-5622-b4c6-c71b6a0b363a)

CAPÍTULO SEIS (#ue36bd7db-28d3-5412-a05b-6a4d2518d755)

CAPÍTULO SIETE (#ub3881229-20d9-545a-a771-bfe74c8ad23d)

CAPÍTULO OCHO (#uc372ef3a-b40d-572b-b32f-a5642eb8c74e)

CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)




CAPÍTULO UNO


Mackenzie respiró hondo y cerró los ojos, preparándose e intentando detener el dolor. Había leído mucho sobre el método de respiración, pero ahora, mientras Ellington la llevaba al hospital, parecía que todo se le hubiera escapado de su memoria. Tal vez era porque había roto aguas y todavía podía sentir el fluido recorriéndole la pernera del pantalón. O tal se debiera a que había sentido su primera contracción auténtica hacía unos cinco minutos y podía sentir como se acercaba otra.

Mackenzie se apretó contra el asiento del pasajero, viendo pasar la ciudad a través de la oscuridad, la lluvia que salpicaba el parabrisas y las luces de las calles. Ellington estaba al volante, sentado rígidamente y mirando el parabrisas como un hombre poseído. Apretó el claxon mientras se acercaban a un semáforo e rojo.

“Ey, está bien, puedes ir más despacio”, le dijo.

“No, no, vamos bien”, dijo.

Con los ojos aún cerrados para lidiar con la conducción de Ellington, puso sus manos sobre la gran protuberancia en su abdomen, enfrentándose a la idea de que sería madre en las próximas horas. Podía sentir que el bebé apenas se movía, tal vez porque estaba tan asustado por la conducción de Ellington como ella misma.

Te veré enseguida, pensó ella. Era un pensamiento que le provocaba más alegría que preocupación y por eso, estaba agradecida.

Las luces de la calle y los carteles pasaban a toda velocidad. Dejó de prestarles atención hasta que vio las señales que apuntaban hacia la sala de emergencia del hospital.

Había un hombre apostado afuera en la acera, esperándolos bajo el toldo con una silla de ruedas, sabiendo que venían. Ellington detuvo cuidadosamente el coche y el hombre les hizo señales con la mano y les sonrió con el tipo de entusiasmo perezoso que la mayoría de las enfermeras en la sala de emergencias a las dos de la madrugada parecían tener.

Ellington la guió hacia él como si fuera de porcelana. Mackenzie sabía que él estaba siendo sobreprotector y mostrando urgencia porque él también estaba un poco asustado. Pero más que eso, era muy bueno con ella. Siempre lo había sido. Y ahora estaba demostrando que también iba a ser bueno con este bebé.

Oye, espera, más despacio”, dijo Mackenzie mientras Ellington la ayudaba a subirse a la silla de ruedas.

“¿Qué? ¿Qué es eso? ¿Qué pasa?”.

Sintió que se acercaba otra contracción, pero aún así logró mostrarle una sonrisa. “Te quiero”, dijo ella. “Eso es todo”.

El hechizo bajo el que había estado durante los últimos dieciocho minutos, entre saltar de la cama al anuncio de que ella iba a dar a luz, y ayudarla a subirse a la silla de ruedas, se rompió por un momento y él le devolvió la sonrisa. Se inclinó y la besó suavemente en la boca.

“Yo también te quiero”.

El hombre que agarraba las asas de la silla de ruedas miró hacia otro lado, un poco avergonzado. Cuando terminaron, preguntó: “¿Están listos para tener un bebé?”.

La contracción golpeó y Mackenzie se encogió al sentirla. Recordó de sus lecturas que solo empeorarían cuando el bebé estuviera a punto de llegar. Aun así, miró más allá de todo eso durante un momento y asintió.

Sí, estaba lista para tener este bebé. De hecho, no podía esperar a tenerlo en sus brazos.



*



Sólo había dilatado cuatro centímetros para las ocho de la mañana. Había llegado a conocer bien al médico y a las enfermeras, pero cuando cambiaron de turno, el estado de ánimo de Mackenzie empezó a cambiar. Estaba cansada, dolorida, y simplemente no le gustaba la idea de que otro médico entrara y husmeara bajo su bata. Sin embargo, Ellington, tan obediente como siempre, se las había arreglado para poner a su ginecólogo al teléfono y estaba haciendo todo lo posible para llegar al hospital tan pronto como pudiera.

Cuando Ellington volvió a la habitación después de hacer la llamada, estaba frunciendo el ceño. Ella odiaba ver que él había descendido de su punto álgido de protector de la noche anterior, pero también estaba contenta de no ser la única que estuviera experimentando un cambio de humor.

“¿Qué pasa?”, preguntó.

“Estará aquí para el parto, pero ni siquiera se molestará en venir hasta que estés por lo menos a ocho centímetros”. Además... iba a traerte unos gofres de la cafetería, pero las enfermeras dicen que deberías comer poco. Te traerán gelatina y hielo en cualquier momento”.

Mackenzie se movió en la cama y miró su estómago. Ella prefería mirar allí en lugar de a las máquinas y monitores a los que la tenían conectada. Al trazar la forma de su abdomen, llamaron a la puerta. El siguiente doctor entró caminando, sosteniendo sus historiales. Se le veía feliz y completamente renovado, recién salido de lo que parecía haber sido una noche de sueño reparador.

Bastardo, pensó Mackenzie.

Por suerte, el doctor mantuvo la conversación al mínimo mientras la revisaba. Mackenzie no le prestó mucha atención, la verdad. Estaba cansada y se dormía a ratos, hasta cuando él le ponía la gelatina en el estómago para comprobar el progreso del bebé. Se quedó dormida durante un rato hasta que escuchó al médico hablar con ella.

“¿Sra. White?”.

“¿Sí?”, preguntó, irritada por no poder dormir una pequeña siesta. Había estado tratando de colarlas entre contracciones... cualquier cosa por descansar un poco.

“¿Sientes alguna molestia nueva?”.

“Nada más que los mismos dolores que he tenido desde que llegamos aquí”.

“¿Has sentido al bebé moverse mucho en las últimas horas?”.

“No lo creo. ¿Por qué... algo anda mal?”

“No, no está mal. Pero creo que tu bebé ha cambiado de posición. Hay una muy buena posibilidad de que esto sea un parto de nalgas. Y estoy recibiendo un latido irregular... nada terriblemente fuera de lo normal, pero lo suficiente como para preocuparme”.

Ellington se plantó a su lado de inmediato, tomando su mano. “De nalgas. ¿Es eso arriesgado?”.

“Casi nunca”, dijo el doctor. “A veces sabemos que el bebé ya está de nalgas semanas antes del parto, pero su bebé estaba en la posición correcta durante el último chequeo... incluso estaba perfectamente posicionado cuando se registró anoche. Ahora él o ella se ha movido un poco y a menos que algo drástico cambie, no veo que su hijo vuelva a la posición correcta. Ahora mismo, es este latido lo que me preocupa”.

“Entonces, ¿qué recomienda?”, preguntó Mackenzie.

“Bueno, me gustaría hacer una revisión minuciosa del bebé sólo para asegurarme de que su repentino cambio de posición no lo ha puesto en apuros, que es lo que podría significar el latido errático del corazón. Si no lo ha hecho, y no hay razón para creer que lo haya hecho, reservaremos una sala de operaciones para usted tan pronto como podamos”.

La idea de saltarse el trabajo del parto tradicional era atractiva, seguro, pero añadir la cirugía al proceso de parto tampoco le sentaba muy bien.

“Lo que crea que es mejor”, dijo Mackenzie.

“¿Es seguro?”, preguntó Ellington, sin siquiera intentar ocultar el temblor del miedo en su voz.

“Perfectamente seguro”, dijo el doctor, limpiando el exceso de gelatina del estómago de Mackenzie. “Por supuesto, como con cualquier cirugía, tenemos que mencionar que siempre hay un riesgo cuando alguien está en la mesa, pero los partos por cesárea son muy comunes. Personalmente he dirigido más de cincuenta. Y creo que su ginecólogo es la Dra. Reynolds. Ella es mayor que yo por un tiempo... no le digan que dije eso...y te garantizo que ella ha dirigido más que yo. Estás en buenas manos. ¿Reservo una habitación?”

“Sí”, dijo Mackenzie.

“Genial. Conseguiré una habitación y me aseguraré de que la Dra. Reynolds sepa lo que está pasando”.

Mackenzie lo vio salir y luego miró hacia abajo, hacia su vientre. Ellington se unió a ella, con las manos entrelazadas sobre el hogar temporal de su hijo.

“Eso da un poco de miedo, ¿eh?”, preguntó Ellington, besándola en la mejilla. “Pero estaremos bien”.

“Por supuesto que sí”, dijo con una sonrisa. “Piensa en nuestras vidas y en nuestra relación. Casi tiene sentido que este chico venga a este mundo con un poco de drama”.

Lo decía en serio, pero incluso entonces, en uno de sus momentos más vulnerables juntos, Mackenzie ocultaba más miedo del que quería dejar ver.



***



Kevin Thomas Ellington nació a las doce y veinte de la noche. Pesaba siete libras y seis onzas y, según Ellington, tenía la cabeza deforme y las mejillas sonrosadas de su padre. No era la experiencia de parto que Mackenzie había estado esperando, pero cuando escuchó sus primeros gritos, al respirar por primera vez, no le importó. Podría haberle dado a luz en un ascensor o en un edificio abandonado. Estaba vivo, estaba aquí, y eso era lo importante.

Una vez que escuchó los llantos de Kevin, Mackenzie se permitió calmarse. Estaba mareada y semi consciente por la anestesia del procedimiento de cesárea y sentía cómo el sueño tiraba de ella. Era ligeramente consciente de que Ellington estaba a su lado, con su gorra blanca de quirófano y su bata azul. Le besó la frente y no hizo ningún esfuerzo por ocultar el hecho de que estaba llorando abiertamente.

“Fuiste increíble”, dijo entre lágrimas. “Eres tan fuerte, Mac. Te amo”.

Abrió la boca para devolver el sentimiento, pero no estaba completamente segura de haberlo dicho. Se alejó hacia los hermosos sonidos de su hijo que seguía llorando.

La siguiente hora de su vida fue una especie de felicidad fragmentada. Estaba anestesiada y aún no sentía nada cuando los médicos la cosieron de nuevo. Estaba completamente inconsciente mientras la trasladaban a una sala de recuperación. Apenas se daba cuenta de que una serie de enfermeras la miraban, revisando sus signos vitales.

Sin embargo, fue cuando una de las enfermeras entró en la habitación que Mackenzie comenzó a comprender mejor sus pensamientos. Alargó la mano torpemente, tratando de agarrar la mano de la enfermera, pero falló.

“¿Cuánto tiempo?”, preguntó.

La enfermera sonrió, mostrando que había estado en esta situación muchas veces antes. “Has estado inconsciente unas dos horas. ¿Cómo te sientes?”.

“Como si necesitara sostener entre mis brazos al bebé que acaba de salir de mí”.

Esto provocó una risa de la enfermera. “Está con tu marido. Los enviaré a los dos”.

La enfermera se fue y mientras ella no estaba, los ojos de Mackenzie permanecieron en la entrada. Permanecieron allí hasta que Ellington entró poco después. Llegó empujando una de los pequeños moisés rodantes del hospital. La sonrisa en su cara no se parecía a ninguna que ella hubiese visto de él antes.

“¿Cómo te sientes?”, preguntó mientras aparcaba la cuna junto a su cama.

“Como si me hubieran arrancado las entrañas”.

“Y así ha sido”, dijo Ellington frunciendo el ceño juguetonamente. “Cuando me llevaron a la sala de operaciones, tus tripas estaban en unas cuantas cacerolas diferentes. Ahora te conozco por dentro y por fuera, Mac”.

Sin que se lo pidieran, Ellington metió las manos en el moisés para sacar a su hijo. Lentamente, le entregó a Kevin. Ella lo sostuvo contra su pecho y sintió al instante como se expandía su corazón su corazón. Una oleada de emoción pasó a través de ella. No estaba segura de si alguna vez había experimentado lágrimas de felicidad en toda su vida, pero llegaron cuando besó a su hijo en la coronilla.

“Creo que lo hicimos bien”, dijo Ellington. “Quiero decir, mi parte fue fácil, pero ya sabes a qué me refiero”.

“Sí”, dijo ella. Ella miró a los ojos de su hijo por primera vez y sintió lo que sólo podía describir como una conexión emocional. Era la sensación de que su vida había cambiado para siempre. “Y sí, lo hicimos bien”.

Ellington se sentó al borde de la cama. El movimiento hizo que le doliera el abdomen, por la cirugía a la que se había sometido hace poco más de dos horas. Pero no dijo nada.

Estaba sentada entre los brazos de su marido con su hijo recién nacido en brazos, y no podía recordar ni un solo momento de su vida en el que hubiera sentido una felicidad tan absoluta.




CAPÍTULO DOS


Mackenzie había pasado los últimos tres meses de su embarazo leyendo casi todos los libros sobre bebés que pudo encontrar. No parecía haber una respuesta inequívoca en cuanto a qué esperar las primeras semanas de regreso a casa con un recién nacido. Algunos decían que siempre y cuando hubieras dormido al mismo tiempo que el bebé, deberías estar bien. Otros decían que durmieras cuando pudieras con la ayuda de un cónyuge u otros miembros de la familia que estuvieran dispuestos a ayudar. Todo ello había hecho que Mackenzie se convenciera de que el sueño sólo sería un precioso recuerdo del pasado una vez llevaran a Kevin a casa.

Resultó que eso fue lo correcto durante las primeras dos semanas más o menos. Después del primer chequeo de Kevin, descubrieron que tenía reflujo ácido grave. Esto significaba que cada vez que comía, tenía que estar de pie durante quince o treinta minutos cada vez. Esto era bastante fácil, pero se convertía en algo agotador durante las últimas horas de la noche.

Fue durante este tiempo que Mackenzie comenzó a pensar en su madre. La segunda noche, después de recibir instrucciones de sostener a Kevin de pie después de comer, Mackenzie se preguntó si su propia madre se había enfrentado a algo así. Mackenzie se preguntaba qué clase de bebé había sido.

Probablemente le gustaría ver a su nieto, pensó Mackenzie.

Pero ese era un concepto aterrador. La idea de llamar a su madre sólo para saludarla ya era bastante mala. Pero si le añadimos un nieto sorpresa, lo haría caótico.

Sintió a Kevin retorciéndose contra ella, tratando de ponerse cómodo. Mackenzie revisó el reloj de cabecera y vio que lo había tenido en posición vertical durante poco más de veinte minutos. Parecía que se había quedado dormido sobre su hombro, así que se acercó al moisés y lo metió dentro. Estaba envuelto en pañales y parecía bastante cómodo, mientras ella le echaba un último vistazo antes de volver a la cama.

“Gracias”, dijo Ellington desde su lado, medio dormido. “Eres increíble”.

“No tengo ganas de nada. Pero gracias”.

Se acomodó, acomodando su cabeza sobre la almohada. Llevaba con los ojos cerrados unos cinco segundos cuando Kevin empezó a llorar de nuevo. Se levantó de la cama y dejó salir un pequeño gemido. Sin embargo, le preocupaba que pudiera convertirse en un ataque de llanto. Estaba cansada y, lo peor de todo, estaba experimentando sus primeros pensamientos tóxicos sobre su hijo.

“¿Otra vez?”, dijo Ellington, con voz cortante. Se puso en pie, casi tropezando fuera de la cama, y marchó hacia el moisés.

“Ya voy yo”, dijo Mackenzie.

“No....ya has estado con él cuatro veces. Y lo sé.... me desperté para todas y cada una de esas veces”.

Ella no sabía por qué (probablemente la falta de sueño, pensó ociosamente), pero este comentario la molestó. Prácticamente se tiró de la cama para adelantársele en consolar a su bebé. Golpeó su hombro contra Ellington un poco más fuerte de lo necesario para que pudiera considerarse una bromita. Cuando recogió a Kevin, dijo: “Oh, lo siento. ¿Te despertó?”.

“Mac, sabes a lo que me refiero”.

“Lo sé. Pero Jesús, podrías estar ayudando más”.

“Tengo que levantarme temprano mañana”, dijo. “No puedo quedarme dormido…”

“Oh Dios, por favor, termina esa frase”.

“No. Lo siento. Yo solo...”

“Vuelve a la cama”, dijo Mackenzie. “Kevin y yo estamos bien”.

“Mac...”.

“Cállate. Vuelve a la cama y duerme”.

“No puedo”.

“¿El bebé es demasiado ruidoso? ¡Ve al sofá, entonces!”.

“Mac, tú...”.

“¡Vete!”.

Ahora estaba llorando, abrazando a Kevin mientras se acomodaba en la cama. Seguía llorando, un poco dolorido por el reflujo. Ella sabía que tendría que sostenerlo de nuevo en posición vertical y eso la hizo querer llorar aún más. Pero hizo todo lo que pudo para contenerlo mientras Ellington salía furioso de la habitación. Iba murmurando algo en voz baja y ella se alegró de no poder oírlo. Estaba buscando una excusa para explotar delante de él, para regañarlo y, honestamente, para liberar parte de su frustración.

Se sentó contra la cabecera sosteniendo al pequeño Kevin lo más quieto y erguido posible, preguntándose si su vida volvería a ser la misma.



***



De alguna manera, a pesar de las discusiones a altas horas de la noche y la falta de sueño, su nueva familia tardó menos de una semana en acostumbrarse a la nueva rutina. Fueron precisas algunas pruebas fallidas para que Mackenzie y Ellington lo consiguieran, pero después de esa primera semana de problemas de reflujo, todo pareció ir bien. Cuando los medicamentos eliminaron lo peor del reflujo, fue más fácil controlarlo. Kevin lloraba, Ellington lo sacaba de la cuna y le cambiaba el pañal, y luego Mackenzie lo amamantaba. Dormía bien para ser un bebé, unas tres o cuatro horas seguidas durante las primeras semanas después del reflujo, y no era muy quisquilloso para nada.

Fue Kevin, sin embargo, quien empezó a abrir sus ojos sobre lo rotas que estaban las familias de las que ambos provenían. La madre de Ellington vino dos días después de que llegaran a casa y se quedó unas dos horas. Mackenzie fue lo mínimamente educada, esperando hasta lo que pensó que sería el momento oportuno para un descanso. Se fue a su dormitorio a echarse una siesta mientras Kevin estaba ocupado con su padre y su abuela, pero no consiguió quedarse dormida. Hizo una lista de la conversación entre Ellington y su madre, sorprendida de que pareciera haber algún intento de reconciliación. La Sra. Nancy Ellington salió del apartamento unas dos horas más tarde, e incluso a través de la puerta del dormitorio, Mackenzie pudo sentir algo de la tensión que quedaba entre ellos.

A pesar de todo, había dejado un regalo para Kevin antes de marcharse y hasta había preguntado por el padre de Ellington, un tema que casi siempre trataba de evitar.

El padre de Ellington ni se molestó en venir a verles. Ellington le hizo una llamada por FaceTime y aunque charlaron durante una hora y hasta asomaron algunas lágrimas a los ojos de su padre, no había planes inmediatos para que él viniera a ver a su nieto. Había empezado su propia vida hace mucho tiempo, una nueva vida sin su familia original. Y así, aparentemente, era como quería que continuaran las cosas. Claro que él había tenido un abrumador gesto financiero el año pasado en lo que se refería a pagar por su boda (un regalo que finalmente habían declinado), pero que había sido de ayuda desde la distancia. Actualmente vivía en Londres con la Esposa Número Tres y aparentemente estaba inundado de trabajo.

En cuanto a Mackenzie, aunque sus pensamientos finalmente se dirigieron a su madre y a su hermana, su única familia superviviente, la idea de ponerse en contacto con ellas era espantosa. Sabía dónde vivía su madre y, con un poco de ayuda de la oficina, supuso que incluso podría conseguir su número. Stephanie, su hermana menor, probablemente sería un poco más difícil de localizar. Como Stephanie nunca se quedaba mucho tiempo en el mismo lugar, Mackenzie no tenía idea de dónde podría localizarla estos días.

Tristemente, se daba cuenta de que eso le parecía bien. Sin duda, pensaba que su madre merecía ver a su primer nieto, pero eso significaría abrir las cicatrices que había cerrado hacía poco más de un año cuando finalmente consiguió cerrar el caso del asesinato de su padre. Al cerrar ese caso, también había cerrado la puerta a esa parte de su pasado, incluyendo la terrible relación que siempre había tenido con su madre.

Era extraño lo mucho que pensaba en su madre ahora que tenía un hijo propio. Cada vez que abrazaba a Kevin, se recordaba a sí misma lo distante que había estado su madre incluso antes del asesinato de su padre. Mackenzie se juró a sí misma que Kevin siempre sabría que su madre lo amaba, que nunca dejaría que nada, ni Ellington, ni el trabajo, ni sus propios problemas personales, interfiriera con eso.

Era esto mismo lo que pululaba por su mente durante la duodécima noche después de traerse a Kevin a casa. Acababa de terminar de amamantar a Kevin para su alimentación nocturna, que había empezado a coincidir con el periodo entre la una y media y las dos de la madrugada. Ellington volvía a la habitación después de haber colocado a Kevin en su cuna en la habitación de al lado. En su día había sido un despacho en el que habían almacenado todos los documentos y artículos personales de la oficina, pero se había convertido fácilmente en la habitación de su bebé.

“¿Por qué sigues despierto?”, preguntó, refunfuñando en su almohada mientras se recostaba.

“¿Crees que seremos buenos padres?”, preguntó.

Levantó la cabeza soñoliento y se encogió de hombros. “Creo que sí. Quiero decir, sé que lo serás. Pero yo... imagino que lo presionaré demasiado cuando empecemos con los deportes juveniles. Algo que mi padre nunca hizo por mí y que siempre sentí que me perdí”.

“Hablo en serio”

“Me lo imaginaba. ¿Por qué lo preguntas?”.

“Porque nuestras propias familias son terribles. ¿Cómo sabemos cómo criar a un niño de la manera correcta si tenemos experiencias tan horribles para inspirarnos?”.

“Me imagino que tomaremos nota de todo lo que nuestros padres hicieron mal y no haremos nada de eso”.

Alargó la mano en la oscuridad y la colocó en su hombro, para tranquilizarla. Si era honesta, ella quería que la envolviera en sus brazos y le diera un revolcón, pero aún no estaba completamente curada de la cirugía.

Yacieron allí, el uno al lado del otro, igual de exhaustos como de emocionados por sus vidas, hasta que el sueño se los llevó a ambos, el uno detrás del otro.



***



Una vez más, Mackenzie se encontraba caminando a través de hileras de maíz. Los tallos eran tan altos que no podía ver su parte superior. Las mazorcas de maíz en sí mismas, como dientes amarillos viejos que se clavan a través de encías podridas, se asomaban en medio de la noche. Cada mazorca medía fácilmente un metro de largo; el maíz y los tallos en los que crecían eran ridículamente grandes, lo que la hacía sentir como un insecto.

En algún lugar más adelante, un bebé estaba llorando. No se trataba de cualquier bebé, sino de su bebé. Podía reconocer los tonos y el volumen de los lamentos del pequeño Kevin.

Mackenzie se fue a través de las hileras de maíz. Le abofetearon, los tallos y las hojas le hacían sangrar con demasiada facilidad. Cuando llegó al final de la hilera en la que se encontraba, tenía la cara cubierta de sangre. Podía saborearla en su boca y verla gotear desde su barbilla hasta su camisa.

Al final de la hilera, se detuvo. Delante de ella había tierra abierta, nada más que tierra, hierba muerta y el horizonte. Sin embargo, en medio de ella, había una pequeña estructura que ella conocía bien.

Era la casa en la que había crecido. Era de donde provenía el llanto.

Mackenzie corrió hacia la casa, sus piernas se movían mientras el maíz seguía pegado a ella y tratando de arrastrarla de vuelta al campo.

Corrió con más fuerza, dándose cuenta de que las costuras alrededor de su abdomen se habían abierto. Cuando llegó al porche de la casa, la sangre de la herida corría por sus piernas y se acumulaba en los escalones del porche.

La puerta principal estaba cerrada, pero todavía podía oír los lamentos. Su bebé, que estaba dentro, gritaba. Ella abrió la puerta y cedió fácilmente. Nada chillaba o rechinaba, la edad de la casa no era un factor. Antes de entrar, vio a Kevin.

Sentada en medio de una sala de estar estéril, la misma sala de estar en la que había pasado tanto tiempo de niña, había una sola mecedora. Su madre estaba sentada en ella, sosteniendo a Kevin y meciéndolo suavemente.

Su madre, Patricia White, la miró, con aspecto mucho más juvenil que la última vez que Mackenzie la había visto. Sonrió a Mackenzie, con ojos enrojecidos y de alguna manera desconocidos.

“Lo hiciste bien, Mackenzie. ¿Pero realmente pensaste que podías mantenerlo alejado de mí? ¿Por qué querrías hacerlo? ¿Tan mala fui? ¿Lo fui?”.

Mackenzie abrió la boca para decir algo, para exigir a su madre que le entregara el bebé. Pero cuando abrió la boca, todo lo que salió fue seda de maíz y tierra, cayendo de su boca al suelo.

Mientras tanto, su madre sonreía y agarraba a Kevin con fuerza, acariciándole el pecho.

Mackenzie se sentó en la cama, y un grito salió disparado desde detrás de sus labios.

“Jesús, Mac... ¿estás bien?”.

Ellington estaba de pie en la puerta del dormitorio. Llevaba una camiseta y un par de pantalones cortos de correr, una indicación de que había estado haciendo ejercicio en su pequeño espacio en el dormitorio de huéspedes.

“Sí”, dijo ella. “Solo era una pesadilla. Una pesadilla muy mala”.

Luego miró el reloj y vio que eran casi las ocho de la mañana. De alguna manera, Ellington le había permitido dormir hasta tarde; Kevin se había estado despertando alrededor de las cinco o seis para su primera toma.

“¿Aún no se ha despertado?”, preguntó Mackenzie.

“No, sí que lo hizo. Usé una de las bolsas de tu leche congelada. Sé que querías guardarlas, pero pensé que te dejaría dormir hasta tarde”.

“Eres increíble”, dijo ella, hundiéndose de nuevo en la cama.

“Y no lo olvides. Ahora vuelve a dormir. Te lo traeré cuando necesite que le cambies de nuevo. ¿Te parece un trato justo?”.

Ella hizo un sonido de regodeo mientras se dormía de nuevo. Por un momento, todavía podía ver imágenes fantasmagóricas de la pesadilla en su cabeza, pero las apartó con pensamientos de su amante esposo y de un bebé que se alegraría de verla cuando se despertara.



***



Después de un mes, Ellington volvió a trabajar. El director McGrath había prometido que no recibiría casos intensos o prolongados mientras tuviera un bebé y una madre lactante en casa. Más que eso, McGrath también fue bastante indulgente en términos de horas. Había algunos días en que Ellington se iba a las ocho de la mañana y regresaba a casa a las tres de la tarde.

Cuando Ellington comenzó a trabajar, Mackenzie comenzó a sentirse como una madre. Echaba mucho de menos la ayuda de Ellington en esos primeros días, pero había algo especial en estar a solas con Kevin. Llegó a conocer su horario y sus peculiaridades un poco mejor. Y aunque la mayoría de sus días implicaba sentarse en el sofá para curarse mientras se deleitaba con las series de Netflix, todavía sentía que la conexión entre ellos no hacía sino crecer.

Sin embargo, Mackenzie nunca había sido de las que se quedaban sentadas sin hacer nada. Después de una semana más o menos, se empezó a sentir culpable por sus atracones de Netflix. Utilizó ese tiempo para empezar a leer historias de crímenes de verdad. Utilizó recursos de libros en línea, así como podcasts, tratando de mantener su mente activa y de averiguar las respuestas a estos casos de la vida real antes de que la narración llegara a su conclusión.

Visitó al médico dos veces en esas primeras seis semanas para asegurarse de que la cicatriz de la cesárea se estuviera curando adecuadamente. Aunque los médicos le decían lo rápido que se estaba curando, seguían enfatizando que un regreso a la normalidad tras tan poco tiempo podría causar consecuencias imprevistas. Le advirtieron que tuviera cuidado con algo tan común como agacharse para recoger algo del suelo que tuviera un peso significativo.

Era la primera vez en su vida que Mackenzie se había sentido realmente inválida. No le sentaba muy bien, pero tenía que concentrarse en Kevin. Tenía que mantenerlo feliz y saludable. Tenía que acostumbrarlo a un horario y, como ella y Ellington habían planeado durante el embarazo, también tenía que prepararse para separarse de él cuando llegara el momento de que él comenzara la guardería. Habían encontrado una guardería en su zona de buena reputación y ya tenían un lugar reservado. Mientras que la proveedora cuidaba a niños de tan sólo dos meses de edad, Mackenzie y Ellington habían decidido no meterlo hasta los cinco o seis meses. El lugar que habían reservado se abría justo después de que Kevin cumpliera los seis meses, dándole a Mackenzie suficiente tiempo para sentirse cómoda no sólo con el propio desarrollo de Kevin, sino también para prepararse para la separación.

Así que no tenía ningún problema en esperar a curarse del todo, siempre y cuando tuviera a Kevin con ella. Aunque no le molestaba que Ellington volviera a trabajar, se encontraba deseando que él pudiera estar allí durante el día de vez en cuando. Se estaba perdiendo todas las sonrisas de Kevin, todos los pequeños y lindos gestos que estaba desarrollando, los sonidos de los eructos y la variedad de sonidos de los bebés.

A medida que Kevin comenzó a alcanzar hito tras hito, la idea de la guardería comenzó a crecer en su mente. Y con ello, la idea de volver al trabajo. Pensar en ello la excitaba, pero cuando miraba a los ojos de su hijo, no sabía si podía vivir una vida llena de peligro, con un arma en la cadera y la incertidumbre en cada esquina. Parecía casi irresponsable que ella y Ellington realizaran trabajos tan peligrosos.

La perspectiva de volver a trabajar, en la oficina o en cualquier cosa remotamente peligrosa, se hacía cada vez menos atractiva a medida que se acercaba más a su hijo. De hecho, para cuando el médico la autorizó para que hiciera ejercicio ligero un poco antes de los tres meses, no estaba segura de si quería volver al FBI.




CAPÍTULO TRES


Parque Nacional Grand Teton, Wyoming



Bryce estaba sentado al borde de la pared de la roca, con sus pies colgando en el aire. El sol se estaba poniendo, lanzando una serie de dorados y naranjas brillantes que se tornaban rojos cuanto más se acercaba el horizonte. Se masajeó las manos y pensó en su padre. Su equipo de escalada estaba detrás, guardado y listo para la siguiente aventura. Tenía una caminata de una milla y media antes de regresar a su coche, haciendo en total unas seis millas que habría recorrido a pie, pero por ahora, ni siquiera estaba pensando en su coche.

No estaba pensando en su coche, su casa, o en su nueva esposa. Su padre había muerto hacía un año y habían esparcido sus cenizas aquí, justo al borde sur de Logan's View. Su padre había muerto siete meses antes de que Bryce se casara y a sólo una semana del que hubiera sido su cincuenta y un cumpleaños.

Fue justo aquí, en la cara sur de Logan's View, donde Bryce y su padre celebraron la primera escalada completa que Bryce había hecho de la loma. Bryce sabía que no se consideraba tan difícil de escalar, aunque ciertamente lo había sido para un chaval de diecisiete años que, hasta ese momento de su vida, sólo había escalado rocas mucho más pequeñas más allá del Parque Nacional Grand Teton.

Honestamente, Bryce no entendía lo que era tan especial en este lugar. No estaba seguro de por qué su padre había pedido que sus cenizas fueran enterradas en este lugar. Había requerido que Bryce y su madre aparcaran en el aparcamiento de uso general a una milla y media de donde ahora estaba sentado, donde, hace poco menos de un año, habían esparcido las cenizas de su padre. Claro, el atardecer era bonito y todo eso, pero había muchas vistas panorámicas a lo largo del parque.

“Bueno, volví a subir, papá”, dijo Bryce. “He estado escalando aquí y allá, pero nada tan brutal como lo que tú hiciste”.

Bryce sonrió ante esta idea, pensando en la foto que le habían dado poco después del funeral de su padre. Su padre había probado a subir el Everest pero se había roto el tobillo después de sólo un día y medio de escalada. Había escalado glaciares en Alaska y numerosas formaciones rocosas sin nombre a lo largo de los desiertos americanos. El hombre era como una leyenda en la mente de Bryce y así es como pretendía mantenerlo en su memoria.

Miró hacia la puesta de sol, seguro de que a su padre le hubiera gustado. Aunque, honestamente, con todos los atardeceres que había visto desde diferentes puntos de vista en sus años de escalada, este probablemente era uno más bien común.

Bryce suspiró, notando que no le salían las lágrimas como de costumbre. Poco a poco, la vida comenzaba a resultar más natural sin su padre. Todavía estaba de luto, claro, pero seguía hacia delante. Se puso de pie y se giró para recoger la mochila con su equipo de escalada. Entonces se detuvo brevemente, alarmado al ver a alguien que estaba justo detrás de él.

“Siento asustarte”, dijo el hombre que estaba a menos de un metro de él.

¿Cómo diablos no lo oí?, se preguntó Bryce. Debe haberse movido muy silenciosamente... y a propósito. ¿Por qué estaba tratando de acercarse sigilosamente a mí? ¿Para robarme? ¿Para llevarse mi equipo?

“No te apures”, dijo Bryce, eligiendo ignorar al hombre. Parecía tener unos treinta y tantos años, con una fina cubierta de barba que le cubría el mentón y una delgada media estilo gorro que le cubría la cabeza.

“Bonita puesta de sol, ¿eh?”, preguntó el hombre.

Bryce cogió su bolsa, se la puso a la espalda y empezó a avanzar. “Sí, claro que sí”, respondió.

Empezó a caminar junto al hombre, con la intención de pasar de largo sin siquiera mirarlo. Pero el hombre se acercó y bloqueó su camino con el brazo. Cuando Bryce trató de rodearlo, el hombre lo agarró del brazo y lo empujó hacia atrás.

Cuando volvió a tropezar, Bryce fue muy consciente de todo el espacio abierto que estaba esperando a menos de cinco pies detrás de él, cerca de unos cuatrocientos pies de espacio abierto, para ser exactos.

Bryce había dado un solo puñetazo en su vida; había sido en segundo grado, en el patio de recreo, cuando un idiota le había contado un chiste tonto sobre “tu mamá”. Aun así, Bryce se encontró a sí mismo cerrando el puño en ese momento, totalmente preparado para luchar si tenía que hacerlo.

“¿Cuál es tu problema?”, preguntó Bryce.

“La gravedad”, dijo el hombre.

Hizo un movimiento en ese instante, no un puñetazo, sino más bien una acción de lanzamiento. Bryce lanzó una muñeca hacia arriba para bloquearle, dándose cuenta de lo que había en la mano del hombre justo cuando captaba el brillo dorado del reflejo de la puesta de sol en su superficie metálica.

Un martillo.

Le golpeó la frente lo suficientemente fuerte como para hacer un sonido que, para Bryce, sonaba como algo que podría salir de una caricatura. Pero el dolor que siguió no fue divertido ni cómico en absoluto. Parpadeó, absolutamente aturdido. Dio un solo paso hacia atrás, mientras cada nervio de su cuerpo trataba de recordarle que había una caída de cuatrocientos pies detrás de él.

Pero sus nervios estaban ralentizados, el ataque contundente en su frente le había producido un dolor cegador en el cráneo y tenía una sensación de adormecimiento en la espalda.

Bryce se dobló, cayendo de rodillas. Y ahí fue cuando el hombre extendió la mano con el pie y le dio una patada a Bryce directamente en el centro del pecho.

Bryce apenas sintió el impacto. Su cabeza ardía como el fuego. Pero la patada le hizo retroceder, y su costado golpeó el suelo con suficiente fuerza como para hacer que rebotara todavía más.

Sintió que la gravedad se apoderó de él de inmediato, pero estaba confundido en cuanto a que era, exactamente, lo que había sucedido.

Su corazón se aceleró y su mente llena de dolor entró en modo de pánico. Trató de respirar mientras sus músculos tiraban de él, agitándose en busca de cualquier tipo de asidero.

Pero allí no había nada. Sólo estaba el aire libre, el viento creado por su descenso pasando junto a sus oídos y, segundos después, la explosión más breve de dolor cuando golpeó la tierra de la planicie. En la única respiración que le quedaba dentro, vio el tinte rojo sobre el lateral de la pared que acababa de escalar, con su última puesta de sol escoltándole hacia el olvido.




CAPÍTULO CUATRO


Lo que al principio se había sentido como un paraíso, enseguida comenzó a parecerle una especie de prisión. Aunque todavía amaba a su hijo más de lo que podía explicar, Mackenzie se estaba volviendo loca. El paseo ocasional alrededor de la manzana ya no le resultaba suficiente. Cuando el médico le dio el visto bueno para que hiciera ejercicio ligero y empezara a acelerar el ritmo dentro de casa, al instante pensó en hacer footing o incluso en hacer pesas ligeras. Estaba baja de forma, quizás más de lo que había estado en más de cinco años, y los abdominales de los que a menudo se enorgullecía estaban enterrados bajo el tejido de la cicatriz y una capa de grasa con la que no estaba familiarizada.

En uno de sus momentos más débiles, comenzó a llorar incontrolablemente una noche al salir de la ducha. Como siempre marido obediente y cariñoso, Ellington había venido corriendo al baño para encontrarla apoyada sobre el lavabo.

“Mac, ¿qué pasa? ¿Estás bien?”.

“No. Estoy llorando. No estoy bien. Y estoy llorando por una completa estupidez”.

“¿Como qué?”.

“Como por el cuerpo que acabo de ver en el espejo”.

“Ah, Mac....mira, ¿recuerdas cuando hace unas semanas me dijiste que habías leído que te pondrías a llorar por cosas sin sentido? Bueno, creo que esta es una de ellas”.

“Esa cicatriz de la cesárea estará ahí el resto de mi vida. Y el peso... no va a ser fácil quitárselo”.

“¿Y por qué te molesta esto?”, preguntó. No estaba tomando el enfoque del amor duro, pero tampoco la estaba mimando. Era un duro recordatorio de lo bien que la conocía.

“No debería. Y honestamente, creo que el llanto se debe a otra cosa... solo necesité un vistazo a mi cuerpo para sacarlo todo a flote”.

“No hay nada de malo con tu cuerpo”.

“Tienes que decir eso”.

“No, no tengo que hacerlo”.

“¿Cómo puedes mirar esto y quererlo?”, preguntó.

Él le sonrió. “Es bastante fácil. Y mira... sé que el doctor te autorizó para hacer ejercicio ligero. Así que, ya sabes... si me dejas hacer todo el trabajo...”.

Con eso, volvió a echar una mirada coqueta a través de la puerta del baño y hacia el dormitorio.

“¿Qué hay de Kevin?”.

“Tomando su siesta de la tarde”, dijo. “Aunque probablemente se despertará en un minuto o dos. Lo que pasa es que ya han pasado poco más de tres meses. Así que no espero que nada de lo que pase allí lleve mucho tiempo”.

“Eres un idiota”.

Ellington le respondió con un beso que no solo la calmó, sino que también borró instantáneamente la manera en que se había estado sintiendo consigo misma. La besó profunda y lentamente y Mackenzie pudo sentir los tres meses que llevaba guardados dentro de él. La llevó suavemente al dormitorio y, como él mismo había sugerido, hizo todo el trabajo con cariño y habilidad.

Kevin se despertó a la hora perfecta, tres minutos después de que terminaran. Cuando entraron juntos a su habitación, Mackenzie le pellizcó el trasero. “Creo que eso fue algo más que simple ejercicio ligero”.

“¿Te sientes bien?”.

“Me siento de maravilla”, dijo. “Tan de maravilla que creo que podría probar el gimnasio esta noche. ¿Crees que puedes vigilar al hombrecito mientras yo salgo un rato?”.

“Por supuesto. Pero no te pases”.

Y eso fue todo lo que fue necesario para motivar a Mackenzie. Nunca había hecho nada a medias. Eso incluía hacer ejercicio y, aparentemente, ser madre. Tal vez por eso, poco más de tres meses después de traer a Kevin a casa, se sentía culpable al salir por primera vez. Había ido antes al supermercado y al médico, pero era la primera vez que salía sabiendo que iba a estar lejos de su bebé durante más de una hora.

Llegó al gimnasio justo después de las ocho, así que la mayoría de la gente ya se había ido. Era el mismo gimnasio que había frecuentado al empezar en la oficina, antes de depender de las propias instalaciones del bureau. Le encantaba estar de vuelta aquí, en una cinta para correr como cualquier otra persona en la ciudad, luchando con las anticuadas bandas de resistencia y haciendo ejercicio solo para estar activa.

Sólo se las arregló durante media hora antes de que le empezara a doler el abdomen. También tenía un calambre severo en su pierna derecha que intentó ejercitar, pero sin éxito. Se tomó un descanso, probó la cinta de correr de nuevo, y decidió dejarlo para otro día.

Ni siquiera intentes ser dura contigo mismo, pensó, pero era la voz de Ellington en su cabeza. Has hecho otro ser humano dentro de ti y luego te han cortado para sacarlo. No vas a volver a meterte en esto como Superwoman. Dale algo de tiempo.

Había empezado a sudar, y eso era suficiente para ella. Volvió a casa, se duchó y amamantó a Kevin. Estaba tan contento que se quedó dormido mientras le chupaba la teta, algo que los médicos le habían desaconsejado. Sin embargo, ella lo permitió, manteniéndolo allí hasta que ella también se sintió cansada. Cuando lo puso a dormir, Ellington estaba en la mesa de la cocina, trabajando en algunos temas de investigación con el caso que tenía entre manos.

“¿Estás bien?”, le preguntó mientras pasaba por la sala de estar.

“Sí. Creo que me pasé en el gimnasio. Me duele un poco. Y cansada, también”.

“¿Necesitas que haga algo?”.

“No. ¿Quizás por la mañana me puedas ayudar con un poco de ejercicio ligero otra vez?”.

“Encantado de ayudarle, señora”, dijo con una sonrisa frente a la pantalla de su portátil.

Ella también estaba sonriendo cuando se fue a la cama. Su vida se sentía completa y tenía calambres dolorosos en las piernas, la sensación de que sus músculos empezaban a aprender para qué habían sido utilizados. Se quedó dormida en un minuto, totalmente agotada.

No tenía ni idea de que volvería a tener el sueño del enorme campo de maíz, de que su madre sostendría a su bebé.

Y, de la misma manera, no tenía ni idea de lo mucho que le afectaría esta vez.



***



Cuando la pesadilla la despertó esta vez, salió un grito de su boca. Cuando se sentó sobre la cama, lo hizo con tanta fuerza que casi se cae del colchón. Junto a ella, Ellington también se sentó, con un jadeo en la garganta.

“Mackenzie... ¿qué pasa? ¿Estás bien?”.

“Es solo una pesadilla. Eso es todo”.

“Suena como si fuera terrible. ¿Hay algo de lo que quieras hablar?”.

Con el corazón todavía martilleándole en el pecho, se recostó. Por un momento, estuvo segura de que podía saborear la suciedad de la pesadilla que tenía en la boca. “No en profundidad. Es solo que.... creo que necesito ver a mi madre. Necesito hacerle saber lo de Kevin”.

“Eso es normal”, dijo Ellington, claramente desconcertado por la pesadilla y su efecto en ella. “Supongo que tiene sentido”.

“Podemos hablar de ello más tarde”, dijo, sintiendo ya cómo le llamaba el sueño. Las imágenes de la pesadilla todavía estaban allí con ella, pero ella sabía que, si no se volvía a dormir pronto, iba a ser una larga noche.

Se despertó varias horas después con el sonido de Kevin llorando. Ellington ya estaba empezando a levantarse de la cama, pero ella extendió la mano y puso la suya sobre su pecho. “Ya voy yo”, dijo ella.

Ellington no se resistió mucho. Poco a poco estaban empezando a volver a un horario de sueño relativamente normal, y ninguno de los dos estaba ansioso por ponerlo a prueba. Además, tenía una reunión por la mañana, algo sobre un nuevo caso en el que iba a ser el líder de un equipo de vigilancia. Le había contado todo durante la cena, pero Mackenzie había estado demasiado perdida en sus propios pensamientos. Últimamente, su atención había estado de lo más dispersa y le resultaba difícil concentrarse, especialmente cuando Ellington hablaba de trabajo. Aunque lo echaba de menos y le tenía cierta envidia, todavía no podía ni soñar con dejar a Kevin, por muy buena que fuera la guardería.

Mackenzie entró en la habitación del bebé y lo sacó suavemente de la cuna. Kevin había llegado al punto en el que ponía fin a su llanto (mayormente) en el momento en que uno de sus padres acudía a él. Sabía que iba a conseguir lo que necesitaba y ya había aprendido a confiar en sus propios instintos. Mackenzie le cambió el pañal y luego se sentó en la mecedora y lo acunó.

Su mente se desvió hacia sus padres. Obviamente, no recordaba cómo la alimentaban cuando era bebé. Pero la mera idea de que su madre la hubiera amamantado en cierta ocasión era demasiado como para siquiera imaginarla. Sin embargo, ahora sabía que la maternidad traía consigo un nuevo filtro a través del cual ver el mundo. Tal vez el filtro de su propia madre había sido sesgado, y tal vez incluso totalmente destruido cuando su marido había sido asesinado.

¿He sido demasiado dura con ella todo este tiempo?, se preguntó.

Mackenzie terminó de amamantar a Kevin, pensando largo y tendido en su futuro, no sólo para las próximas semanas, cuando su licencia de maternidad llegaría a su fin, sino para los meses y años venideros y la mejor manera de gastarlos.




CAPÍTULO CINCO


Finalmente, a Mackenzie le empezaba a quedar la ropa bien otra vez, y unos cuantos viajes repetidos al gimnasio la hicieron sentir que recuperar su físico de hace un año o más o menos no era tan difícil como ella pensaba. Estaba casi completamente curada de la cirugía y estaba empezando a recordar cómo había sido su vida antes de haber prestado su cuerpo para el crecimiento y desarrollo de su hijo.

A medida que la licencia de maternidad de Mackenzie se acercaba cada vez más a su fin, empezó a comprender que iba a ser más difícil volver a trabajar de lo que había pensado. No obstante, incluso antes de eso, había que lidiar con la cuestión de su madre. Había surgido aquí y allá en conversaciones con Ellington desde la última vez que tuvo la pesadilla, pero se había asegurado de no comprometerse a nada. Después de todo, no era normal que tuviera un fuerte deseo de ver a su madre. Por lo general, evitaba a toda costa cualquier interacción con ella o incluso conversaciones sobre ella.

Pero ahora, cuando sólo le quedaban ocho días de su licencia de maternidad, tenía que tomar una decisión. Había utilizado a Kevin como excusa principal para no hacer el viaje, pero ahora ya llevaba en la guardería una semana y parecía que le iba bastante bien con el ajuste.

Además, en su corazón, ya había tomado su decisión. Estaba sentada en la barra entre la cocina y la sala de estar, segura de que iba a ir. Sin embargo, en realidad, apretar el gatillo y decidirse a hacer el viaje era muy diferente a aceptar la idea de ello.

“¿Puedo preguntarte algo que podría sonar como una pregunta tonta?”, preguntó Ellington.

“Siempre”.

“¿Qué es lo peor que podría pasar? Vas allí, es incómodo y no logras nada. Vuelves aquí con tu feliz bebé y tu sexy marido y la vida vuelve a la normalidad”.

“Tal vez tengo miedo de que todo salga bien”, dijo Mackenzie.

“Ah, no estoy muy seguro de entender eso”.

“¿Qué pasa si va bien y ella quiere ser parte de mi vida, de nuestras vidas?”.

Kevin estaba sentado en su silla de gorila, mirando fijamente al pequeño móvil de criaturas acuáticas que se encontraba en la parte delantera de la silla. Mackenzie lo miró al hacer ese último comentario, haciendo todo lo que podía por no pensar en esa imagen de su madre de las pesadillas, sentada en esa maldita mecedora.

“¿Estarías bien tú aquí con Kevin, solo?”, preguntó ella.

“Creo que puedo manejarlo. Podemos tener algo de tiempo libre”.

Mackenzie sonrió. Trató de imaginarse a Ellington como lo había conocido originalmente hacía casi dos años y medio, pero era difícil. Había madurado más allá de todas las expectativas, pero al mismo tiempo había conseguido ser más vulnerable con ella. No había manera de que hubiera mostrado un lado tan cariñoso o guasón de sí mismo cuando se habían conocido por primera vez.

“Entonces voy a hacerlo. Dos días, eso es todo, y eso es sólo para no estar viajando constantemente”.

“Muy bien. Reserva una habitación de motel. Una buena, con un jacuzzi en la habitación. Duerme hasta tarde. Después de seis meses de aprender a ser madre y de ajustar constantemente los horarios de sueño, creo que te lo has ganado”.

Sus ánimos eran genuinos y aunque él no había dicho tanto, ella estaba bastante segura de que sabía por qué. Básicamente, había renunciado a cualquier tipo de escena de abuelos normal por su parte de la familia. Tal vez si pudiera arreglar algunas cosas con su madre, Kevin podría tener algún tipo de abuela normal. Ella quería preguntarle sobre esto, pero decidió no hacerlo. Tal vez después de que ella regresara y supiera si el viaje había sido un fracaso o no.

Tomó su ordenador portátil, se sentó en el sofá y se conectó a Internet para comprar su billete. Cuando terminó de llenar todo y dio el último clic del ratón, sintió como si el peso del mundo se le hubiera quitado de encima de los hombros. Cerró la parte superior del portátil y suspiró. Entonces miró a Kevin, todavía en su asiento de gorila, y le lanzó una sonrisa resplandeciente, asomando su nariz hacia él. Fue recompensada con una lenta sonrisa de amanecer.

“De acuerdo”, dijo ella, mirando hacia Ellington. Todavía estaba en la cocina, limpiando la cena. “Ya compré el billete. Mi vuelo sale mañana por la mañana a las once y media. ¿Estás bien para recoger al hombrecito de la guardería?”.

“Claro. Y eso dará comienzo a dos días de libertinaje absoluto impulsado por la mano masculina. Me temo que ninguno de los dos volverá a ser el mismo”.

Mackenzie sabía que él estaba haciendo todo lo posible para mantener su pensamiento positivo. Hasta cierto punto estaba ayudando, pero su mente ya estaba en otra cosa: un último recado que quería hacer antes de salir de DC.

“Sabes”, dijo ella, “si te parece bien, podrías dejarlo en la guardería tú también. Creo que necesito hablar con McGrath”.

“¿Por fin tomaste una decisión sobre eso, también?”.

“No lo sé. Quiero regresar. No sé qué más haría con mi vida, de verdad. Pero... ser madre... quiero darle a Kevin lo que nunca tuve en lo que se refiere a unos padres, ¿sabes? Y los dos trabajando como agentes del FBI... ¿qué clase de vida sería esa para él?”.

“Todo esto es de lo más pesado”, dijo. “Sé que hemos hablado de ello varias veces, pero no creo que sea una decisión que tengas que tomar ahora mismo. Creo que tienes razón; háblalo con McGrath. Nunca se sabe lo que ese hombre está pensando. Tal vez haya formas de evitarlo. Tal vez... no sé... ¿tal vez un papel diferente?”.

“¿Quieres decir como si ya no fuera una agente?”.

Ellington se encogió de hombros y se acercó para sentarse a su lado. “Por eso siento que puedo entender por lo que estás pasando”, dijo, tomando su mano. “Literalmente no te veo siendo otra cosa que una agente”.

Mackenzie le sonrió, esperando que supiera lo bien que se le daba saber exactamente qué decir. Era el impulso preciso que necesitaba para levantar el teléfono y hacer una llamada a McGrath fuera de horas de oficina. No lo había hecho mucho en su carrera, y nunca cuando no se trataba de un caso, pero de repente sintió la urgencia de hacerlo.

Y se hizo más fuerte cuando escuchó que el teléfono empezaba a sonar en su oído.



***



Esperaba que McGrath se irritara al encontrarse con ella a una hora tan temprana. Pero cuando encontró la puerta de su oficina ya abierta a las ocho en punto, McGrath ya estaba apostado detrás de su escritorio. Tenía una taza de café en las manos mientras repasaba una pequeña pila de informes. Cuando él la miró al entrar, la sonrisa que había en su cara parecía genuina.

“Agente White, me alegro mucho de verte”, dijo.

“Igualmente”, dijo ella, sentándose al lado opuesto de su escritorio.

“Se te ve descansada. ¿Por fin se ha metido el bebé en un horario de sueño normal?”.

“Bastante normal”, dijo. Ya se sentía incómoda. McGrath no era uno de los que típicamente se dedicaba a la cháchara. La idea de que él estuviera realmente contento de verla de vuelta en el edificio cruzó su mente y la hizo sentir casi culpable por la razón que había detrás de su reunión.

“De acuerdo, así que tú me pediste esta reunión, y tienes media hora antes de la próxima”, dijo. “¿Qué pasa?”.

“Bueno, mi permiso de maternidad termina el próximo lunes. Y si soy sincera, no sé si estoy lista para volver”.

“¿Es por algo físico?”, preguntó. “Sé que la curación de una cesárea puede ser agotadora y llevar mucho tiempo”.

“No, no es eso. Los doctores básicamente me han dado el visto bueno para casi todo. Si te soy sincera, me siento devastada por lo que tengo que hacer”. Estaba alarmada al sentir el ardor de las lágrimas asomando a las esquinas de sus ojos.

Aparentemente, McGrath también las vio, y lo sintió por ella. Hizo lo mejor que pudo para parecer casual mientras se inclinaba hacia delante y hablaba, mirando hacia otro lado para darle la dignidad de enjugarse las lágrimas antes de que se le escaparan.

“Agente White, he estado en el FBI casi treinta años. En mi tiempo aquí, he visto a innumerables agentes femeninas casarse y tener hijos. Algunas de ellos dejaron la oficina o, al menos, asumieron un papel con menos riesgos. No puedo sentarme aquí y decirte que entiendo por lo que estás pasando porque eso sería una mentira, pero lo he visto. A veces sucedió con agentes con las que nunca hubiera esperado tener que alejarme. ¿Aquí es donde quieres llegar?”.

Ella asintió. “Quiero volver. Lo echo en falta... más de lo que puedo admitir, en realidad. Honestamente, ni siquiera sé lo que estoy pidiendo. ¿Quizás unas semanas más? Sé que eso es pedir privilegios especiales o lo que sea, pero no puedo tomar esta decisión ahora mismo”.

“Lo mejor que puedo hacer es darte otra semana. Si la quieres. O puedes volver y te puedo asignar un trabajo de escritorio. Investigación, números, vigilancia móvil, algo así. ¿Te interesaría eso?”.

Honestamente, nada de eso le interesaba. Pero al menos era algo. Allí tenía a McGrath dándole la prueba que necesitaba para saber que tenía opciones disponibles.

“Tal vez lo haría”, dijo ella.

“Bueno, tómate el fin de semana para pensarlo. Tal vez vete a algún lado a poner orden en tus pensamientos”.

“Oh, voy a algún lado, no lo dudes. De vuelta a Nebraska para una visita”.

No estaba segura de por qué le había dicho eso. Se preguntó si McGrath siempre había sido tan tratable o si tal vez tenía algún tipo de aura más suave a su alrededor, lo que lo hacía más accesible. Era extraño. Sólo había estado de baja tres meses y de repente McGrath parecía una persona diferente, más cariñosa, más amistosa.

“Me alegro de oírlo. ¿Dejas a Ellington solo con el bebé? ¿No es eso un poco valiente?”.

“No lo sé”, dijo con una sonrisa. “Parece que lo está deseando”.

McGrath asintió educadamente, pero estaba claro que su mente estaba en otra parte. “White... ¿pediste esta reunión para pedirme consejo? ¿O sólo para saber cómo reaccionaría si me decías que estabas pensando en irte?”

Mackenzie solo se encogió de hombros mientras respondía: “Tal vez un poco de ambos”.

“Bueno, puedo decir sin lugar a dudas que preferiría que te quedaras. Tu historial habla por sí mismo y, por mucho que odie admitirlo, tus instintos son casi sobrenaturales. Nunca he visto nada parecido en todos mis años en el FBI. Creo que sería un absoluto desperdicio que dejaras tu carrera atrás a una edad tan temprana. Por otro lado, he criado dos hijos, un niño y una niña. Ambos son adultos hoy en día, pero criarlos fue una de las experiencias más agradables y gratificantes de mi vida”.

“No tenía ni idea de que tenías hijos”, dijo ella.

“Tiendo a no hablar demasiado de mi vida personal mientras estoy en el trabajo. Pero en un caso como este, con algo tan valioso como tu carrera en juego, no me importa echarle un vistazo entre bastidores”.

“Te lo agradezco”.

“Así que... ve y disfruta de tu fin de semana en casa. ¿Quieres que nos volvamos a ver el lunes para ver qué viene después?”.

“Eso suena bien”, dijo ella, aunque el lunes parecía estar muy lejano. Para cuando se levantó de la silla, supo que su siguiente parada era el aeropuerto. Y después de eso, volvería a Nebraska.

Cuando regresó al edificio del FBI, se sintió como si se estuviera tendiéndose una trampa. Para la mayoría de la gente, los fantasmas de su pasado tendían a perseguirlos. Sin embargo, mientras se preparaba para regresar a Nebraska y reunirse allí con su madre, Mackenzie sintió que no solo estaba despertando a esos fantasmas, sino que también les estaba dando una amplia oportunidad de prepararse para su acoso.




CAPÍTULO SEIS


Era la una y cuarto del mediodía en Nebraska cuando su avión aterrizó en Lincoln. Se había pasado la mayor parte del vuelo tratando de planear cómo iría el viaje, pero hasta que no oyó cómo chirriaban las ruedas en la pista de aterrizaje, no decidió que todo lo que tenía que hacer era dejarse de pamplinas y terminar con esto. Todavía podía disfrutar de esa noche a solas en una lujosa habitación de hotel, que ya había reservado. Y podría hacerlo después de acabar con la parte más difícil del camino.

Había usado los recursos de la oficina de una manera un tanto superficial para averiguar que su madre seguía trabajando en la misma posición en la que estaba cuando se cruzaron por última vez hace poco más de un año. Todavía formaba parte del equipo de limpieza de un Holiday Inn ubicado en el pequeño pueblo de Boone's Mill. Y afortunadamente, Boone's Mill estaba a dos horas de Belton, el pequeño pueblo donde había crecido, ahora ya una ciudad, que planeaba visitar antes de regresar a casa.

Un impulso distinto la espoleó mientras se dirigía hacia la estación de alquiler de coches en el aeropuerto veinte minutos más tarde. Sabía que a media hora de este mismo aeropuerto estaba el edificio donde había comenzado su carrera como detective. Pensó en el hombre con el que había trabajado durante casi tres años antes de que el FBI la cortejara, un hombre llamado Walter Porter que, en alguna parte por detrás de su tedio ante la idea de tener que trabajar con una mujer y su arraigado sexismo, le había enseñado mucho sobre lo que se necesitaba para hacer cumplir la ley con eficacia. Se preguntaba qué estaría tramando. Probablemente ya estaría retirado, pero el hecho de estar de vuelta aquí, tan cerca de la estación, hizo que Mackenzie pensara en ponerse al día.

Una costra a la vez, se dijo a sí misma mientras recogía las llaves que le dio una mujer gruñona detrás del mostrador.

Una vez salió a la carretera, Mackenzie sacó el número del Holiday Inn de su madre, para asegurarse de que estaba trabajando en ese momento. Resultó que su turno terminaba en media hora, lo que significaba que a Mackenzie le faltaba una hora para poder encontrarse con su madre en el hotel. Sin embargo, eso no era una gran preocupación, ya que Mackenzie también tenía la dirección de la casa de su madre.

Se sorprendió al descubrir que el terreno plano y la atmósfera familiar de Nebraska la calmaban significativamente. No había ansiedad ni miedo en reunirse con su madre. En todo caso, la tierra abierta y el cielo hicieron que extrañara a Kevin. Cuando se dio cuenta de que no había estado lejos de él durante tanto tiempo, su corazón se hundió en su pecho. Por un momento, le costó respirar. Pero luego pensó en Ellington y Kevin, juntos en el apartamento cuando el día tocara a su fin. Ellington era un padre sobresaliente, de maneras que todavía la sorprendían a diario. Empezó a entender que quizás Ellington necesitaba este tiempo a solas con su hijo tanto como ella necesitaba este tiempo para aventurarse de nuevo hacia su pasado y tratar de arreglar las cosas con su madre.

Si estas son las emociones por las que pasan todos los padres, pensó, tal vez haya sido demasiado dura mi madre.

De todos los pensamientos que habían estado rodando por su cabeza desde que se subió al avión en D.C., este fue el que le hizo llorar. Sabía que su padre había tratado con algunos de sus propios demonios, aunque la naturaleza de los mismos hubiera sido vaga en el mejor de los casos, ya que su madre nunca lo había criticado delante de ella o de Stephanie. Mackenzie trató de aplicar eso al hecho de que su madre se hubiera quedado viuda, con dos hijas que criar. Era muy posible (y esto era algo que Mackenzie había considerado con anterioridad) que ella mantuviera una opinión tan elevada de su padre porque él había muerto cuando ella era joven. De joven, no tenía motivos para dudar de él ni para verlo como otra cosa que no fuera su propio héroe personal. Pero, ¿qué hay de la madre que había intentado criar a dos niñas, fracasando en última instancia, para recibir luego el desprecio no solo de la mayor parte de la comunidad, sino también de una de sus propias hijas?

Mackenzie logró sonreír a través de las lágrimas mientras se las secaba. Se preguntaba si estos pensamientos se estaban volviendo tan claros de repente porque ahora ella también era madre. Había oído que las mujeres cambiaban muchas facetas de sus actitudes cuando tenían un hijo, pero nunca lo habían considerado realmente. Pero aquí estaba ella, prueba viviente de esa teoría, mientras sentía que su corazón comenzaba a ablandarse por una mujer a la que esencialmente había demonizado durante la mayor parte de su vida.

Nebraska pasaba junto al coche, llevando a Mackenzie de vuelta a su pasado. Y por primera vez desde que dejó el estado, se encontró casi ansiosa por volver a ese pasado y dejar que las cartas cayeran donde tuvieran que hacerlo.



***



Patricia White vivía en un apartamento de dos dormitorios a seis millas del Holiday Inn donde trabajaba. Estaba ubicado en un pequeño complejo que no estaba muy deteriorado, pero que necesitaba un poco de mantenimiento y atención. Mackenzie tenía su teléfono en la mano, con su dirección y el número de su apartamento en la pantalla por cortesía de algún turbio uso de recursos de la oficina.

Cuando se acercó al apartamento de su madre en el segundo piso, no dudó en llegar a la puerta ni sus pensamientos se congelaron como se estaba esperando. Golpeó la puerta de inmediato, haciendo todo lo posible para no pensar demasiado en ello. La única pregunta real era cómo iniciar la conversación... cómo adentrarse en el agua en lugar de saltar y patalear sin saber lo que hacía.

Escuchó pasos que se acercaban después de unos momentos. Cuando la puerta se abrió y vio la mirada de sorpresa en la cara de su madre, entonces fue cuando Mackenzie se quedó helada. No estaba segura de cuándo había visto sonreír a su madre por última vez, así que la sonrisa que se extendió por su cara hizo que Mackenzie se sintiera como si estuviera mirando a una mujer diferente.

“Mackenzie”, dijo su madre, con voz débil y excitada. “Dios mío, ¿qué haces aquí?”.

“Tomé unos días libres y pensé en venir a saludar. Eso no era del todo mentira, así que le pareció bien por el momento.

“¿Y no me llamas antes?”.

Mackenzie se encogió de hombros. “Lo pensé, pero también sabía cómo iba a ir. Además... sólo necesitaba alejarme por un tiempo”.

“¿Estás bien?”. Parecía genuinamente preocupada.

“Estoy bien, mamá”.

“Bueno, pasa, pasa. El lugar es un desastre, pero con suerte podrás pasarlo por alto”.

Makenzie entró y vio que el lugar no era un desastre en absoluto. De hecho, estaba bastante ordenado. Su madre había decorado mínimamente, lo que le facilitaba a Mackenzie ver la vieja foto que tenía de Stephanie y ella sentadas en la mesita junto al sofá.

“¿Cómo has estado, mamá?”.

“Bien. Muy bien, en realidad. He estado ahorrando algo de dinero aquí y allá, así que pude acabar de pagar la deuda. Conseguí un ascenso en el trabajo... todavía no es mucho para un trabajo, pero el dinero es mejor y dirijo a unas cuantas mujeres en el equipo. ¿Qué hay de ti?”.

Mackenzie se sentó en el sofá, esperando que su madre hiciera lo mismo. Se sintió agradecida cuando lo hizo. Nunca le había gustado eso de decir que tal vez quieras sentarte para esto porque le parecía demasiado dramático.

“Bueno, tengo algunas noticias”, dijo ella. Comenzó el lento proceso de abrir su carpeta de Fotos en el teléfono y se desplazó en busca de una foto en particular. “Sabes que Ellington y yo nos casamos, ¿verdad?”.

“Sí, lo sé. Es curioso que aún lo llames por su apellido. ¿Es como una cosa de trabajo?”

Mackenzie no pudo evitar reírse. “Sí, creo que sí. ¿Estás enfadada porque te perdiste la boda?”.

“Oh Dios no. Odio las bodas. Esa podría ser la decisión más inteligente que hayas tomado”.

“Gracias”, dijo ella. Sus nervios burbujeaban como lava cuando las siguientes palabras salieron de su boca. “Mira, vine aquí porque tengo algo más que compartir contigo”.

Al decir eso, le ofreció su teléfono. Su madre lo tomó y miró la foto de Kevin en su pequeña manta de hospital, con solo dos días, justo antes de salir del hospital.

“¿Este es...?”, preguntó Patricia.

“Ya eres abuela, mamá”.

Las lágrimas fueron instantáneas. Patricia dejó caer el teléfono al sofá y se puso las manos sobre la boca. “Mackenzie... es precioso”.

“Sí que lo es”.

“¿Cuántos años tiene? Te veo demasiado bien para haberlo tenido hace poco”.

“Poco más de tres meses”, dijo Mackenzie. Entonces volvió la vista hacia otro lado, para alejarse de la leve punzada de dolor que cruzó el rostro de su madre. “Lo sé. Lo siento mucho. Quise llamarte antes, para que lo supieras. Pero después de la última vez que hablamos... Mamá, ni siquiera sabía si querrías saberlo”.

“Lo entiendo”, dijo de inmediato. “Y significa mucho para mí que hayas venido a decírmelo en persona”.

“¿No estás molesta?”.

“Dios, no. Mackenzie... podrías no habérmelo dicho jamás. No habría notado la diferencia. Creo que estaba totalmente preparada para no volver a verte nunca más y... y yo...”

“Está bien, mamá”.

Quería acercarse a ella, tomar su mano o abrazarla. Pero ella sabía que cualquier cosa así resultaría forzada y extraña para ambas.

“Me compré una licuadora nueva la semana pasada”, dijo su madre, de repente.

“Um... está bien”.

“¿Bebes margaritas?”.

Mackenzie sonrió y asintió. “Dios, sí. No he tomado un trago en un año”.

“¿Estás dándole el pecho? ¿Puedes beber?”.

“Lo estoy haciendo, pero ya tenemos suficiente en el congelador”.

Su madre puso cara de confusión, pero luego se echó a reír. “Lo siento, pero todo esto es tan surrealista... tener un bebé, almacenar leche materna...”.

“Es que es surrealista”, asintió Mackenzie. “Y también lo es estar aquí. Así que.... ¿cómo vamos con esos margaritas?”.



***



“Fue tu última visita aquí la que lo fastidió todo”, dijo Patricia.

Estaban sentadas en el sofá, cada una sosteniendo un margarita. Se sentaron en extremos opuestos, dejando claro que todavía no estaban lo suficientemente cómodas con la situación.

“¿Qué hay de esa visita?”, preguntó Mackenzie.

“No es que fuera una grosera ni nada, pero vi lo bien que te estaban yendo las cosas. Y me dije a mí misma, ella salió de mí. Sé que no fui una gran madre... en absoluto. Pero estoy orgullosa de ti, aunque no tuve mucho que ver con la forma en que saliste. Me hizo sentir que yo también podía hacer algo de mí misma”.

“Es que puedes”.

“Lo estoy intentando”, dijo ella. “Cincuenta y dos años y finalmente sin deudas. Por supuesto, trabajar en un hotel no es la mejor de las carreras...”.

“Sí, pero ¿eres feliz?”, preguntó Mackenzie.

“Lo soy. Más ahora que has venido de visita. y me estás contando estas maravillosas noticias”.

“Desde que cerré el caso de papá... no lo sé. Si soy sincera, creo que traté de sacarme de la cabeza cualquier idea de ti. Pensé que, si podía poner lo que le pasó a papá en el pasado, también podría ponerte a ti. Y yo estaba totalmente dispuesta a hacerlo. Pero entonces llegó Kevin y Ellington y yo nos dimos cuenta de que en realidad no le estábamos dando a nuestro bebé mucha familia además de nosotros dos. Queremos que Kevin tenga abuelos, ¿sabes?”.

“Y también tiene una tía”, dijo Patricia.

“Lo sé. ¿Dónde está Stephanie?”.

“Por fin se decidió a mudarse a Los Ángeles. Ni siquiera sé lo que está haciendo, y me da miedo preguntar. No he hablado con ella en dos meses”.

Escuchar esto picó un poco a Mackenzie. Ella siempre había sabido que Stephanie era algo así como una bala perdida cuando se trataba de cualquier tipo de estabilidad en la vida. Pero aun así, pocas veces se había detenido a pensar que Stephanie era otra hija que había elegido vivir una vida mayormente separada de su madre. Sentada en el sofá, con margarita en la mano, fue la primera vez que Mackenzie se molestó en preguntarse cómo sería para una madre saber que sus dos hijas habían decidido que sus vidas serían mejores sin que ella participara en ellas.

“Me parece que debo decirte que lo siento”, dijo Mackenzie. “Sé que te alejé después del funeral de papá. Sólo tenía diez años, así que tal vez no sabía que eso era lo que estaba haciendo, pero... sí. Seguí haciéndolo el resto de mi vida. Y la cuestión es, mamá... que quiero que Kevin tenga una abuela. De verdad que sí. Y espero que quieras hacer lo necesario para que lo consigamos hacer juntas”.

Patricia estaba anegada de nuevo por las lágrimas. Se inclinó y cruzó el sofá, cerrando la distancia entre ellas, y le dio un abrazo a su hija. “Yo tampoco estuve allí”, dijo Patricia. “Podría haber llamado o hecho algún tipo de esfuerzo. Pero cuando me di cuenta de que te habías ido, incluso de niña, lo dejé pasar. Casi me sentí aliviada. Y espero que puedas perdonarme por eso”.

“Y puedo. ¿Puedes perdonarme por alejarte de mí?”.

“Ya lo he hecho”, dijo Patricia, rompiendo el abrazo y bebiendo de su margarita para detener el flujo de lágrimas.

Mackenzie podía sentir sus propias lágrimas, y no estaba preparada para estar tan vulnerable frente a su madre. Se puso de pie, aclaró su garganta y bebió el resto de su bebida.

“Salgamos de aquí”, dijo ella. “Vamos a cenar a algún sitio. Invito yo”.

Una mirada de incredulidad cruzó el rostro de Patricia White, la cual fue lentamente disuelta por una sonrisa. Mackenzie no recordaba haber visto a su madre sonreír de esa manera; era como ver a una persona diferente. Y tal vez fuera una persona diferente. Si le daba una oportunidad a su madre, quizás se daría cuenta de que la mujer a la que había rechazado durante tanto tiempo no era el monstruo que se había convencido a sí misma que era.

Después de todo, Mackenzie era definitivamente una persona diferente de lo que había sido a los diez años. Demonios, ella era una persona diferente a la que había sido hace poco más de un año cuando había hablado por última vez con su madre. Si tener un bebé le había enseñado algo a Mackenzie, era que la vida podía cambiar muy rápidamente.

Y si la vida misma podría cambiar tan rápidamente, ¿por qué no la gente?




CAPÍTULO SIETE


Mackenzie se despertó a la mañana siguiente con una ligera resaca. Reconectar con su madre durante la cena había sido agradable, al igual que los pocos tragos que se habían tomado después. Mackenzie había llegado a su habitación de hotel, ese lujoso que ella y Ellington habían acordado, y se había metido en el jacuzzi con una botella de vino que había pedido al servicio de habitaciones. Sabía que los dos vasos adicionales que se había tomado mientras se relajaba en la bañera podrían ser demasiado, pero pensó que se lo merecía después de haber gestado a un ser humano en su vientre y haber tenido que renunciar al alcohol todo ese tiempo, por no mencionar el tiempo adicional sin beber mientras estaba amamantando y bombeando leche de manera activa.

El ligero dolor de cabeza que tenía al levantarse de la cama y empezar a vestirse era un pequeño precio que pagar. Había sido agradable estar sola después de empezar a arreglar las cosas con su madre. Se habían puesto al día, habían compartido algunas historias y algunos sufrimientos y después habían dado por terminada la noche. Con planes de reconectar en una semana más o menos, después de que Mackenzie regresara a casa y decidiera qué hacer con su trabajo, sólo había una cosa más en la lista de cosas por hacer que tenía Mackenzie para su visita a Nebraska.

Se sentía como si hubiera cerrado un círculo, viajando sola, reuniéndose con su madre, disfrutando de los amplios espacios abiertos que el estado tenía para ofrecer. Aunque no era de carácter sentimental, no podía ignorar las ganas que tenía de volver a su antigua comisaría, la comisaría en la que había comenzado su carrera como detective hacía casi seis años.

Después de desayunar, así lo hizo. Estaba a una hora y media en coche de su hotel en Lincoln. Su avión no salía para D.C. hasta dentro de siete horas, así que tenía tiempo de sobra. Si era del todo honesta, ni siquiera sabía por qué iba. A decir verdad, no es que su supervisor le hubiera importado demasiado y, por muy avergonzada que estuviera de admitirlo ante sí misma, apenas podía recordar a ninguno de sus antiguos compañeros. Mackenzie, por supuesto, recordaba al oficial Walter Porter. Había servido como su compañero durante un pequeño período de tiempo y había estado a su lado durante el caso del Asesino del Espantapájaros, el caso que finalmente había atraído la atención del FBI y había dado comienzo a su nueva carrera en el bureau.

Todos los recuerdos le asaltaron mientras aparcaba su coche enfrente de la comisaría. Ahora parecía mucho más pequeña, pero de una forma que la hacía sentir orgullosa de conocerla. Más que nostalgia, tenía una sensación de familiaridad que le conmovía.

Cruzó la calle y entró, incapaz de impedir que la sonrisa asomara a la comisura de sus labios. La pequeña entrada conducía a un escritorio como para una recepcionista, que estaba revestido con un panel de vidrio deslizante. Detrás de la mujer que estaba sentada al escritorio, había un pequeño corralito que tenía el mismo aspecto que cuando Mackenzie había pisado este edificio por última vez. Se acercó al cristal, encantada de encontrar un rostro familiar, aunque se tratara de uno en el que no había pensado en mucho tiempo, sentada detrás del cristal.

Parecía que Nancy Yule no hubiera envejecido en absoluto. Todavía tenía las fotos de sus hijos colocadas sobre su escritorio, y la misma placa junto a su teléfono, con una cierta leyenda de la que Mackenzie no podía acordarse.

Nancy levantó la vista y tardó unos segundos en darse cuenta de quién acababa de entrar por la puerta. “Dios mío”, dijo Nancy, poniéndose de pie y corriendo hacia la puerta al extremo de la pared de paneles. La puerta se abrió y Nancy salió corriendo, para darle un fuerte abrazo a Mackenzie.

“Nancy, ¿cómo estás?”, dijo Mackenzie mientras se abrazaban.

“Igual que siempre”, dijo Nancy. “¿Y cómo estás tú? ¡Se te ve fantástica!”.

“Gracias. Estoy bien. Todo en orden. Sólo vine a visitar a mi madre y pensé en pasar a visitar mi antigua oficina antes de regresar a casa”.

“¿Sigues viviendo en Washington?”.

“Así es”.

“¿Todavía con el FBI?”.

“También. Es como vivir el sueño, no me importa decirlo. Me casé, y tuve un hijo”.

“Me alegro mucho por ti”, dijo Nancy, y Mackenzie no dudó que lo decía en serio. Sin embargo, un pequeño destello de tristeza apareció en su cara al añadir: “Aunque no estoy segura de que tu visita aquí vaya a ser muy agradable. Casi todo ha cambiado por aquí”.

“¿Como qué?”.

“Bueno, el jefe Nelson se retiró el año pasado, y el sargento Berryhill tomó su lugar. “¿Te acuerdas de él?”

Mackenzie sacudió la cabeza. “No, no puedo decir que lo haga. Oye, ¿tienes la dirección o el número de teléfono de Walter Porter? Tengo un número suyo, pero no ha funcionado en mucho tiempo”.

“Oh, querida, olvidé que fuiste su compañera durante un tiempo. En fin..., odio ser yo quien te lo diga, pero Walter murió hace ocho meses. Tuvo un ataque al corazón bastante fuerte”.

“Oh”, fue todo lo que Mackenzie pudo decir. También se preguntó si era una mala persona por no sentirse demasiado triste al escuchar tal noticia. Sin embargo, a decir verdad, no había sido más que un conocido temporal en el mejor de los casos.

“Eso es terrible”, dijo ella. Miró hacia atrás a través del cristal, hacia el corral y los pasillos que había por detrás, donde había pasado casi cinco años de su vida. Este fue el epicentro de su primer arresto significativo, donde había resuelto su primer caso, y donde había enojado a su primer supervisor masculino en numerosas ocasiones.

Todos eran buenos recuerdos, pero no parecían más que fotografías descoloridas.

“Puede que haya algunos agentes de patrulla con los que trabajaste alguna vez”, comentó Nancy. “Sauer, Baker, Hudson...”.

“No quiero interrumpir el día de nadie”, dijo Mackenzie. “En realidad estaba dando un paseo por mi propio pasado y...”.

La interrumpió el zumbido de su teléfono móvil dentro de su bolsillo. Lo buscó al instante, asumiendo que sería Ellington con alguna historia sobre algo que Kevin había hecho, o quizás con algún problema médico. Su bebé había estado sano durante los tres meses y medio de su vida y estaban esperando hacer su primera visita al médico.

Sin embargo, el nombre que vio en su pantalla no era en absoluto el que se esperaba mientras disfrutaba de su pequeño periodo sabático en Nebraska. Sin embargo, la pantalla decía McGrath.

“Disculpa, Nancy. Necesito responder a esto”.

Nancy asintió con la cabeza y regresó por la puerta hacia su escritorio mientras Mackenzie tomaba la llamada.

“Al habla la agente White”.

“En base a cómo contestas al teléfono, ¿puedo asumir que te quedarás con nosotros?”, dijo McGrath. No había ni rastro de humor en su tono de voz. En todo caso, casi parecía que estuviera tratando de convencerla.

“Lo siento. Puro hábito. Todavía no lo sé”.

“Bueno, tal vez pueda ayudar. Escucha....respeto por lo que estás pasando y aprecio la honestidad que mostraste en mi oficina el otro día, pero te llamo para pedirte un favor. No es un favor, porque técnicamente es parte de un trabajo que aún tienes. La cuestión es que he recibido una llamada sobre un caso hace como una hora más o menos. Es de Wyoming, así que está lejos de donde andas. Y ya que estás ahí fuera, pensé en darte la primera oportunidad. Parece una fácil. Tal vez no tengas que hacer mucho más que aparecer, revisar la escena del crimen e interrogar a unas cuantas personas”.

“Creí que habías dicho que respetabas la conversación que mantuvimos en tu oficina”.

“Y lo hago. Por eso te ofrezco el caso a ti primero. Ya estás fuera, parece sencillo... y me imagino que podría ser una buena prueba para ver si tu corazón sigue en esto. También has trabajado recientemente en otro caso que, por lo que parece, era similar. Si dices que no, está bien. Puedo enviar a alguien tan pronto como mañana por la mañana”.

La sensación de que su vida iba a cerrar el círculo la bañó de nuevo. Aquí estaba ella, de pie en la estación en la que había comenzado como una oficial esperanzada con ambiciones de ser detective, ambiciones que logró manifestar en muy poco tiempo. Y ahora aquí estaba, hablando con un director del FBI apenas siete años después.

Miró hacia el otro lado del cristal, hacia los escritorios, las oficinas y los pasillos. Era fácil ver ese espacio y recordar el sentido de propósito que tenía por aquel entonces. Todavía lo sentía, pero fue muy diferente mientras solamente era una policía en ciernes, una mujer en una fuerza principalmente masculina, queriendo marcar una diferencia en este mundo.

“¿Cómo de simple quieres decir?”, preguntó ella.

“Hay sospechas de que alguien está empujando a la gente a su muerte en lugares populares entre los escaladores. La última víctima fue en el Parque Nacional Grand Teton. Hasta ahora, se cree que hay dos víctimas”.

“¿Cómo sabemos que no son accidentes típicos de escalada?”.

“Hay pruebas de violencia antes de las caídas”.

Los pensamientos de Mackenzie ya se estaban reorganizando solos, tratando de encontrar respuestas incluso en esta etapa temprana. Y por eso, ella sabía cuál sería su respuesta para McGrath. Habían pasado casi ocho meses desde la última vez que había hecho algo que se considerara activo en relación con su trabajo; y la magnitud de emoción que la invadió rápidamente al darle su respuesta fue bien acogida, aunque inesperada.

“Envíame los detalles del caso y el itinerario del viaje, pero quiero volver a casa en dos o tres días”.

“Por supuesto. No veo que eso sea un problema. Gracias, agente White. Te enviaré todo lo que tengo a tu correo electrónico”.

Mackenzie terminó la llamada y se sintió como si estuviera parada en medio de un sueño muy surrealista durante un momento. Aquí estaba, en la primera comisaría de policía en la que había trabajado, rumiando sobre su pasado y tratando de resolver su futuro. Y ahora había recibido una llamada de McGrath, con un caso inesperado que había surgido de la nada en medio de todo esto. Se sentía como si el universo estuviera tratando de influir en su toma de decisiones.

“¿Mackenzie?”.

La voz de Nancy Yule le sacó de repente de lo absurdo de todo esto. Mackenzie sonrió y agitó la cabeza. “Lo siento. Me quedé absorta en mis pensamientos un rato”.

“Parecía una llamada importante”, dijo Nancy. “¿Está todo bien?”.

Mackenzie se sorprendió un poco cuando asintió y dijo: “Sí. Creo que todo está bien, la verdad”.




CAPÍTULO OCHO


Siete horas más tarde, ella estaba surcando los cielos por algún lugar del norte de Nebraska, dirigiéndose a Wyoming. Todo había sucedido tan rápido que no había tenido la oportunidad (o ningún lugar apropiado a su disposición) de imprimir los materiales que McGrath le había enviado sobre el caso en el Parque Nacional Grand Teton. Por esa razón, se vio obligada a repasarlo todo en su iPhone.

Honestamente, no había mucho que repasar. Los informes policiales eran escasos en el mejor de los casos, al igual que los informes forenses. Cuando un cuerpo se caía de tal altura, no había mucho debate sobre la causa de la muerte. Escaneó los documentos varias veces sin encontrar nada, no por su capacidad, sino por falta de información. Ni siquiera los detalles que había recibido de las víctimas daban mucho para continuar. Dos personas se habían estado involucradas en accidentes mortales mientras escalaban en roca, pero había pruebas que sugerían la posibilidad de que no hubieran sido accidentes en absoluto. Había una cuerda cortada en uno de los casos, y una herida en uno de los cuerpos que no parecía alinearse con las lesiones que se esperaban de una caída.

Mackenzie tomó algunas notas en su teléfono, preguntándose si el padre tenía algún tipo de relación con la causa del asesinato de su hijo. No era mucho con lo que continuar, pero dada la falta de información que tenía, al menos era algo.

Mientras el avión descendía al aeropuerto de Jackson Hole, Mackenzie pudo mirar por la ventana y ver los picos de las montañas del Parque Nacional Grand Teton. Era de lo más hermoso en medio del cielo azul y nítido del atardecer, lo que hacía que la idea de que pudiera haber un asesino suelto por allí fuera todavía más desconcertante.

La vista también despertó un dolor en su corazón, un dolor por Kevin. Se sentía como una fracasada por haberlo dejado atrás, como una madre sin corazón que ya había puesto otras prioridades por encima de su hijo. No obstante, Mackenzie había leído más que suficiente información sobre este tipo de cosas; sabía que tales sentimientos eran típicos de los nuevos padres. A pesar de todo, eso no le ayudó lo más mínimo en conseguir que la sensación fuera menos real.

Cuando se bajó del avión unos instantes después, no se sentía como si estuviera en un caso. Había llegado a Jackson Hole con la misma ropa que llevaba puesta cuando entró en la comisaría para hablar con Nancy Yule. Obviamente no había metido en la maleta su vestuario habitual de trabajo para ir a ver a su madre, ni tampoco llevaba consigo su arma de servicio, y eso era algo que tendría que resolver con la policía local. Con algo de suerte, no sufriría ningún contratiempo por el hecho de que no hubiera una oficina del FBI en Wyoming; la oficina de Denver cubría los estados de Colorado y Wyoming.

Este pensamiento la hizo sentir como si estuviera en medio de la nada, una sensación que sólo se intensificó cuando llegó al aeropuerto. Era un aeropuerto bastante agradable, pero la débil corriente de cuerpos que se movían a través de él hacía que el bullicio de Dulles en D.C. fuera absolutamente caótico.

Fue esa misma falta de tráfico humano al pasar por el vestíbulo lo que hizo que fuera muy fácil para Mackenzie ver a la mujer de pie al final de la puerta de embarque, vestida de azul policía. Parecía tener unos cuarenta años, y llevaba su cabello rubio enganchado en una cola de caballo para revelar una cara bonita y angular. Parecía estar observando a todas y cada una de las personas que se bajaron del vuelo de Mackenzie. Cuando se miraron a los ojos, la agente asintió educadamente y se encontró con Mackenzie en el piso del vestíbulo.

“¿Es usted la agente White?”, preguntó la mujer. La etiqueta plateada sobre su pecho izquierdo la identificaba como Timbrook.

“Así es”.

“Muy bien. Soy la sargento Shelly Timbrook. Pensé en venir a recibirte aquí y ahorrarte la molestia de alquilar un coche. Además... cuanto antes pueda llevarte a la escena, mejor. La segunda víctima, un hombre de veintidós años llamado Bryce Evans, fue encontrada en el fondo de la Vista de Logan y como está ubicada dentro del parque, tenemos la preocupación de que se entere el público y todo eso”.

“¿A qué distancia está la entrada del parque?”, preguntó Mackenzie.

“A menos de diez minutos. Añade otros cinco a eso para llevarnos a la Vista de Logan”.

“Entonces guíame hasta allí”, dijo Mackenzie.

Timbrook tomó la iniciativa y se dirigió a la salida del aeropuerto. Mackenzie le siguió y le envió un mensaje de texto a Ellington para hacerle saber que había llegado y se había reunido con la policía local. Cuando le había llamado para hablarle de la llamada de McGrath, él ya lo sabía; dijo que McGrath lo había llamado justo después de colgar el teléfono con ella. Ellington parecía entusiasmado por la oportunidad, afirmando que era justo lo que necesitaba para concentrarse.

Lo peor de todo es que tenía razón. Y ella deseaba que él pudiera estar allí con ella. No sólo era el periodo de tiempo más largo que había estado lejos de Kevin desde que él había nacido, sino que Ellington y ella no habían pasado más de diez horas separados desde que comenzaran su baja por maternidad un mes antes de que Kevin naciera.

Lo echaba en falta. La hacía sentir demasiado joven e inmadura, pero era la verdad. Sin embargo, se las arregló para apartar eso a un lado por el momento. Ya se aseguraría de que él y Kevin la tuvieran presente cuando pudiera registrarse en un hotel. Pero, basándose en la terrible falta de información en los informes policiales, sospechaba que iba a pasar una tarde bastante larga.



***



“Voy a decirlo sin más y quitar esto del medio”, dijo Timbrook. “Soy una especie de admiradora tuya. Sé que suena estúpido, pero cuando sucedió todo eso del Asesino del Espantapájaros en Nebraska hace un par de años, fue impresionante. ¿Te importa que te pregunte... es así como terminaste con el FBI?”.




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