Un Rastro de Muerte: Un Misterio Keri Locke – Libro #1
Blake Pierce


Un Misterio Keri Locke #1
«Una historia dinámica que te atrapa desde el primer capítulo y no te deja ir».

–-Midwest Book Review, Diane Donovan (en torno a Una Vez Desaparecido)



Del autor de misterio #1 en ventas, Blake Pierce, viene una nueva obra maestra del suspense psicológico.



Keri Locke, detective de Personas Desaparecidas en la División de Homicidios del Departamento de Policía de Los Ángeles, continúa acechada por el secuestro, años antes, de su propia hija, a la que nunca han encontrado. Todavía obsesionada por hallarla, Keri oculta su pena de la única manera que conoce: metiéndose de lleno en los casos de personas extraviadas en Los Ángeles.



Una llamada telefónica rutinaria, realizada por la preocupada madre de una estudiante de secundaria, desaparecida hace apenas dos horas, debería ser ignorada. Sin embargo, algo en la voz de la madre le toca la fibra sensible y Keri decide investigar.



Lo que descubre le impacta. La hija desaparecida —de un prominente senador— ha estado escondiendo secretos que nadie conocía. Cuando todas las pruebas apuntan a una fuga de casa, Keri recibe la orden de dejar el caso. Sin embargo, a pesar de las presiones de sus superiores y de los medios, a pesar de todas las pistas que se caen, la brillante y obsesionada Keri se niega a abandonar. Sabe que solo dispone de 48 horas si quiere tener alguna posibilidad de traer a la chica de vuelta, sana y salva.



Un oscuro thriller psicológico con un suspense que acelera los latidos, UN RASTRO DE MUERTE marca el debut de una nueva serie que te atrapará —y de un nuevo y adorable personaje— que te dejará leyendo hasta altas horas de la noche.



«¡Una obra maestra de suspense y misterio! El autor hizo un trabajo magnífico desarrollando personajes con un lado psicológico tan bien descrito que percibimos el interior de sus mentes, seguimos sus miedos y aplaudimos sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido a lo largo del libro. Lleno de giros, este libro te mantendrá despierto hasta llegar a la última página».

–-Libros and Movie Reviews, Roberto Mattos (en torno a Una Vez Desaparecido)



El libro #2 en la serie Keri Locke pronto estará disponible.





Blake Pierce

UN RASTRO DE MUERTE




UN RASTRO DE MUERTE




(UN MISTERIO KERI LOCKE – LIBRO 1)




B L A K E   P I E R C E



Blake Pierce

Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros).



Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com para saber más y mantenerte en contacto.



Copyright © 2016 by Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto como esté permitido bajo la U.S. Copyright Act of 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser  reproducida, distribuida o transmitida bajo ninguna forma y por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación, sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico está licenciado solo para su entretenimiento personal. Este libro electrónico no puede ser revendido o regalado a otras personas. Si usted quisiera compartir este libro con otra persona, compre por favor una copia adicional para cada destinatario. Si usted está leyendo este libro y no lo compró, o no fue comprador para su uso exclusivo, entonces por favor devuélvalo y compre su propia copia. Gracias por respetar el arduo trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Nombre, personajes, negocios, organizaciones, lugares, eventos e incidentes, son, o producto de la imaginación del autor o son usados en forma de ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. La imagen de portada Copyright PhotographyByMK, usada bajo licencia de Shutterstock.com.



LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE

LA NIÑERA

CASI AUSENTE (Libro #1)

CASI PERDIDA (Libro #2)

CASI MUERTA (Libro #3)



SERIE DE THRILLER DE SUSPENSE PSICOLÓGICO CON JESSIE HUNT

EL ESPOSA PERFECTA (Libro #1)

EL TIPO PERFECTO (Libro #2)

LA CASA PERFECTA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE

AL LADO (Libro #1)

LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2)

CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE

SI ELLA SUPIERA (Libro #1)

SI ELLA VIERA (Libro #2)

SI ELLA CORRIERA (Libro #3)

SI ELLA SE OCULTARA (Libro #4)

SI ELLA HUYERA (Libro #5)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)

ATRAYENDO (Libro #3)

TOMANDO (Libro #4)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ AÑORADO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8)

UNA VEZ ACECHADO (Libro #9)

UNA VEZ PERDIDO (Libro #10)

UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11)

UNA VEZ ATADO (Libro #12)

UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13)

UNA VEZ INACTIVO (Libro #14)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE MATE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE CODICIE (Libro #3)

ANTES DE QUE SE LLEVE (Libro #4)

ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5)

ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6)

ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7)

ANTES DE QUE CACE (Libro #8)

ANTES DE QUE ATRAPE (Libro #9)

ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10)

ANTES DE QUE DECAIGA (Libro #11)

ANTES DE QUE ENVIDIE (Libro #12)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

CAUSA PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)

UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5)

UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)

UN RASTRO DE VICIO (Libro #3)

UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4)

UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5)




PRÓLOGO


Echó un vistazo a su reloj.

2:59 P. M.

El timbre de la escuela sonaría en menos de un minuto.

Ashley vivía a solo doce manzanas del instituto, algo más de un kilómetro, y casi siempre hacía el trayecto sola. Esa era su única preocupación —que hoy fuera una de las raras ocasiones en que fuera acompañada.

Cuando faltaban cinco minutos para la salida de la escuela, la vio, y se le cayó el alma a los pies al verla caminar junto a otras dos chicas a lo largo de Main Street. Pararon en un cruce y se pusieron a hablar. Así no serviría. Tenían que dejarla. Tenían que hacerlo.

Sintió que la ansiedad crecía en su estómago. Se suponía que este sería el día.

Sentado en el asiento delantero de su furgoneta, intentaba controlar lo que a él le gustaba llamar su yo original. Era su yo original el que afloraba cuando estaba haciendo sus experimentos especiales con los especímenes allá en su casa. Era su yo original el que le permitía ignorar los gritos y las súplicas de esos especímenes para poder concentrarse en su importante trabajo.

Tenía que mantener bien oculto su yo original. Se recordó a sí mismo que debía llamarlas chicas y no especímenes. Se recordó a sí mismo que debía usar nombres propios como Ashley. Se recordó a sí mismo que para otras personas él parecía completamente normal, y que si actuaba de esa manera, nadie podría decir qué merodeaba en su corazón.

Lo había estado haciendo durante años, actuar de forma normal. Algunas personas incluso le consideraban tranquilo. Eso le gustaba. Significaba que era un gran actor. Y al actuar de forma normal casi todo el tiempo, de alguna manera se había labrado una vida, una que algunos podrían incluso envidiar. Podía ocultarse a plena vista.

Aún así, ahora mismo podía sentirlo explotar dentro de su pecho, suplicando que lo dejara salir. El deseo le estaba restando fuerzas, tenía que controlarlo.

Cerró sus ojos y respiró profundamente varias veces, tratando de recordar las instrucciones. Con la última respiración, inhaló durante cinco segundos para después exhalar lentamente, dejando que el sonido que había aprendido saliera de su boca lentamente.

–Ohhhmmm…

Abrió los ojos y sintió una oleada de alivio. Las dos amigas habían girado hacia el oeste por la Avenida Clubhouse, hacia la costa. Ashley continuó sola hacia el sur por Main Street, cerca del parque canino.

Había tardes en las que ella se quedaba por allí, mirando a los perros correr tras las pelotas de tenis por el suelo cubierto de trocitos de madera. Pero hoy no. Hoy ella caminaba con un propósito, como si tuviera que estar en algún lugar.

Si ella hubiera sabido lo que se avecinaba, no se hubiera molestado en ir.

Ese pensamiento le hizo sonreír para sí mismo.

Siempre había pensado que ella era atractiva. Admiró de nuevo su cuerpo de surfista, esbelto y atlético, mientras poco a poco se acercaba hacia ella, viniendo por detrás a lo largo de la calle, pendiente de dejar que pasara el alegre desfile de estudiantes. Ella llevaba una falda rosa que le llegaba justo por encima de las rodillas y un top azul vivo que se amoldaba a su figura.

Entonces dio el paso.

Una tibia serenidad le invadió. Encendió el poco convencional cigarrillo electrónico que estaba encima de la guantera central de la furgoneta y pisó con suavidad el acelerador.

Paró la furgoneta al lado de ella y la llamó por la ventana abierta junto al asiento del copiloto.

–Eh.

Al principio la cogió por sorpresa. Entrecerró los ojos para mirar hacia el interior del vehículo, pues no podía ver de quién se trataba.

–Soy yo —dijo él como si nada. Aparcó la furgoneta, se inclinó y abrió la puerta del copiloto para que ella pudiera ver quién era.

Ella se inclinó un poco para velo mejor. Al cabo de un instante, él vio en el rostro de ella que le había reconocido.

–Ah, hola. Lo siento —se disculpó.

–No hay problema —le aseguró él, antes de dar una larga calada.

Ella miró con más detenimiento el objeto que él tenía en la mano.

–Nunca había visto uno así.

–¿Quieres probarlo? —le ofreció de la manera más informal que pudo.

Ella asintió y se acercó, inclinándose hacia dentro. Él se inclinó hacia ella también, como si fuera a quitárselo de la boca para dárselo a ella. Pero cuando ella estaba a un metro de distancia, él pulsó un botoncito del aparato, lo que causó que un pequeño cierre se abriera y esparciera una sustancia química en el rostro de ella, en forma de pequeña nube. A la vez, él se colocó una máscara delante de la nariz, para no aspirar la sustancia.

Fue tan sutil y silencioso que Ashley ni siquiera lo notó. Antes de que pudiera reaccionar, se le empezaron a cerrar los ojos, y empezó a desplomársele el cuerpo.

Ella ya estaba cayendo hacia delante, perdiendo la conciencia, y lo único que él tuvo que hacer fue extender los brazos e introducirla en el asiento del pasajero. Para alguien que lo viera por casualidad, podría incluso verse como si ella hubiera subido voluntariamente.

Su corazón palpitaba con fuerza pero se record a sí mismo que debía mantener la calma. Ya había llegado hasta aquí.

Pasó el brazo por encima del espécimen, tiró de la puerta del copiloto para cerrarla, abrochó bien el cinturón de seguridad a ella y después el suyo. Finalmente, se permitió respirar una sola vez, lenta y profundamente.

Después de asegurarse de que todo estaba despejado, arrancó.

Enseguida se unió al tráfico de media tarde del Sur de California, confundiéndose como otro conductor más, tratando de navegar en un océano de humanidad.




CAPÍTULO UNO


Lunes

Al caer la tarde



La detective Keri Locke se suplicaba a sí misma a no hacerlo esta vez. Como la detective de más bajo rango en la División Pacífico Los Ángeles Oeste Unidad de Personas Desaparecidas, se esperaba que trabajara más duro que cualquier otro en la división. Y como mujer de treinta y cinco años que se había unido a la fuerza hacía apenas cuatro, a menudo sentía que se esperaba que ella fuese la policía más trabajadora de todo el Departamento de Policía de Los Ángeles. No podía darse el lujo de que pareciera que se estaba tomando un descanso.

A su alrededor, el departamento rebosaba de actividad. Una anciana de origen hispano estaba sentada junto a un escritorio cercano, poniendo una denuncia por el robo de una cartera. Al otro lado de la sala, estaban fichando a un ladrón de coches. Era una típica tarde en la que ahora era su nueva vida. Pero la ansia seguía allí, recurrente, consumiéndola, negándose a ser ignorada.

Se dejó llevar. Se levantó y se dirigió a la ventana que daba al Culver Boulevard. Se paró allí y casi pudo ver su reflejo. Con el resplandor vacilante del sol del atardecer, ella parecía medio humana, medio fantasma.

Así era cómo se sentía. Sabía que, objetivamente, era una mujer atractiva. Un metro setenta de estatura y alrededor de 59 kilos —60 si era honesta—, con el pelo rubio cenizo y una figura que con una maternidad de por medio había permanecido intacta, todavía llamaba la atención.

Pero si la miraban más de cerca, verían que sus ojos marrones estaban enrojecidos y lacrimosos, su frente era un ovillo de líneas prematuras y su piel en ocasiones tenía la palidez, bueno, de un fantasma.

Al igual que en la mayoría de las jornadas, ella vestía una sencilla blusa, ajustada dentro de pantalones negros, y zapatos bajos de color negro que se veían profesionales y eran fáciles de llevar. Llevaba el pelo recogido hacia atrás en una cola de caballo. Era su uniforme no oficial. Casi la única cosa que cambiaba diariamente era el color de la parte de arriba. Todo ello reforzaba su sentir de que estaba dejando pasar el tiempo más que viviendo en verdad.

Keri percibió movimiento por el rabillo del ojo y salió de su introspección. Ahí venían.

Fuera de la ventana, Culver Boulevard estaba casi vacío de gente. Había un carril para corredores y ciclistas a lo largo de la calle. La mayoría de los días, al caer la tarde, estaba congestionada por el tráfico peatonal. Pero hoy hacía un calor implacable, con temperaturas cercanas a los treinta y siete grados centígrados y ninguna brisa, incluso ahí, a menos de ocho kilómetros de la playa. Los padres que normalmente venían con sus hijos a pie, del colegio a casa, habían preferido ese día sus coches con aire acondicionado. Todos menos uno.

Exactamente a las 4:12, como un reloj, una pequeña, de siete u ocho años de edad, pedaleaba en su bicicleta lentamente por el sendero. Vestía un bonito vestido blanco. Su joven mamá caminaba detrás de ella en vaqueros y camiseta, con una mochila colgada del hombro de manera casual.

Keri luchó contra la ansiedad que borboteaba en su estómago y miró alrededor para ver si alguien en la oficina estaba observándola. Nadie. Entonces se dejó llevar por el escozor al que había procurado resistirse durante todo el día y se puso a contemplar.

Keri las observaba con una mirada de celos y adoración. Aún no podía creerlo, incluso después de tantas veces junto a esta ventana. La pequeña era la viva imagen de Evie, desde el ondulado cabello rubio y los ojos verdes, hasta la sonrisa ligeramente torcida.

Permaneció en trance, mirando por la ventana mucho después que madre e hija hubieran desaparecido de su vista.

Cuando finalmente despertó y volvió a su oficina de planta abierta, la anciana de origen hispano ya se iba. El ladrón de coches había sido procesado. Un nuevo maleante, esposado e insolente, se había colocado junto a la ventanilla para ser fichado, mientras un alerta oficial uniformado permanecía a su izquierda.

Echó un vistazo al reloj digital de pared que había encima de la máquina de café. Marcaba las 4:22.

«¿Realmente he estado parada junto a esa ventana diez minutos enteros? Esto va a peor, no a mejor.»

Volvió a su mesa con la cabeza baja, tratando de no hacer contacto visual con ninguno de sus compañeros. Se sentó y miró los archivos que había sobre su mesa. El caso Martine casi estaba cerrado, solo esperaba un aviso del fiscal para poder meterlo en el armario de «completo hasta el juicio». El caso Sanders estaba en espera hasta que los criminalistas regresaran con su informe preliminar. La División Rampart había pedido a la Pacific que buscara a una prostituta llamada Roxie que había desaparecido del radar; un colega les había dicho que ella había comenzado a trabajar en Westside y tenían la esperanza de que alguien en su unidad pudiera confirmarlo para no tener que abrir un expediente.

Lo peculiar de los casos de personas desaparecidas, al menos en el caso de los adultos, era que desaparecer no era un crimen. La policía tenía más margen con los menores, dependiendo de la edad. Pero en general, no había nada que evitara que la gente simplemente abandonara sus vidas. Sucedía con más frecuencia de lo que la gente pensaba. Sin pruebas de juego sucio, los cuerpos policiales estaban limitados a lo que legalmente podían hacer para investigar. Debido a eso, casos como el de Roxie solían pasar inadvertidos.

Suspirando resignada, Keri se dio cuenta que, exceptuando algo extraordinario, no había realmente razón alguna para quedarse después de las cinco.

Cerró los ojos y se imaginó a sí misma, dentro de menos de una hora, relajándose en su casa bote, el Sea Cups, sirviéndose tres dedos —bueno, cuatro— de Glenlivet y poniéndose cómoda para un atardecer con sobras de comida china y capítulos repetidos de Scandal. Si esa terapia personalizada no daba resultado, podía terminar en el diván de la Dra. Blanc, una opción poco atractiva.

Había comenzado a guardar sus archivos del día cuando Ray llegó y se dejó caer en la silla de la enorme mesa que compartían. Ray era oficialmente el detective Raymond  «Big» Sands, su compañero por ya casi un año y su amigo por cerca de siete.

Realmente hacía honor a su apodo. Ray (Keri nunca lo llamaba «Big», él no necesitaba un masaje de ego) era un hombre negro de un metro noventa y cinco y 104 kilos, con una brillante calva, un diente inferior partido, una perilla muy cuidada y una afición a vestir camisas demasiado pequeñas para él, solo para marcar cuerpo.

Con cuarenta años, Ray aún se parecía al boxeador, medallista olímpico de bronce, que había sido a los veinte, y el contendiente profesional de peso pesado, con un registro de 28-2-1, que había sido hasta la edad de veintiocho. Fue entonces cuando un pequeño contrincante zurdo, casi trece centímetros más bajo que él, le dejó sin ojo derecho de un malicioso gancho y le puso a su carrera un chirriante final. Utilizó un parche durante dos años, que le resultó incómodo, y finalmente se puso un ojo de vidrio, con el que de alguna manera le iba mejor.

Como Keri, Ray se unió a la Fuerza más tarde que la mayoría, cuando al principio de la treintena buscaba un nuevo propósito en la vida. Ascendió rápidamente y era ahora el detective sénior en la Unidad de Personas Desaparecidas de la División Pacífico o UPD.

–Pareces una mujer que sueña con olas y whisky —dijo.

–¿Tan evidente es? —preguntó Keri.

–Soy un buen detective. Mis poderes de observación son inigualables. Además, hoy ya mencionaste dos veces tus excitantes planes vespertinos.

–¿Qué puedo decir? Soy persistente cuando persigo mis objetivos, Raymond.

Él sonrió, con su ojo bueno mostraba una calidez que su defecto físico ocultaba. Keri era la única a la que permitía llamarle por su nombre propio. A ella le gustaba mezclarlo con otros títulos, menos halagadores. Con frecuencia él hacía lo mismo con respecto a ella.

–Escucha, pequeña señorita Sunshine, puede que estés mejor invirtiendo los últimos minutos de tu turno revisando con los criminalistas acerca del caso Sanders en lugar de soñar despierta con beber despierta.

–¿Beber despierta? —dijo ella, simulando estar ofendida—. No es beber despierta si empiezo después de las cinco, Gigantor.

Él iba a responderle cuando el teléfono sonó. Keri cogió la llamada antes de que Ray pudiera decir algo y ella, juguetona, le sacó la lengua.

–División Pacífico Personas Desaparecidas. Detective Locke al habla.

Ray se puso a la escucha también pero sin hablar.

La mujer que llamaba parecía joven, alrededor de treinta años, más o menos. Antes de que ella dijera siquiera por qué estaba llamando, Keri notó la preocupación en su voz.

–Me llamo Mia Penn. Vivo en la Avenida Dell en los Canales de Venice. Estoy preocupada por mi hija, Ashley. Debería haber llegado a casa de la escuela a las tres treinta. Sabía que la iba a llevar a una visita con el dentista a las cuatro cuarenta y cinco. Me escribió un mensaje justo antes de salir de la escuela a las tres pero no está aquí y no responde a ninguna de mis llamadas o mensajes. Eso no es típico de ella para nada. Es muy responsable.

–Sra. Penn, ¿Ashley normalmente va a pie o en coche hasta casa? —preguntó Keri.

–Viene a pie. Está solo en décimo grado, tiene quince años. Ni siquiera ha comenzado las clases de conducir.

Keri miró a Ray. Sabía lo que él iba a decir y no tenía argumentos para contradecirlo. Pero había algo en el tono de Mia Penn que no le gustó. Podía decir que la mujer apenas podía mantener el control. Había pánico bajo la superficie. Quería pedirle a él que se saltaran el protocolo pero no se le ocurría ninguna razón creíble para hacerlo.

–Sra. Penn, habla el detective Ray Sands. Estoy escuchándola por la extensión. Quiero que respire profundamente y luego me diga si su hija ha llegado tarde a casa alguna vez.

Mia Penn replicó enseguida, olvidándose de la sugerencia de respirar mejor.

–Por supuesto —admitió, tratando de ocultar la exasperación en su voz—. Como dije, tiene quince años. Pero siempre ha enviado mensajes o ha llamado si se va a retrasar más de una hora. Y nunca se retrasa cuando tenemos planes.

Ray respondió sin dirigir la vista a Keri, porque sabía que ella lo miraría con desaprobación.

–Sra. Penn, oficialmente, su hija es menor de edad y las normas con respecto a personas desaparecidas no se aplican igual que como sucede con un adulto. Tenemos una autoridad más amplia para investigar. Pero hablándole honestamente, una adolescente que no esté respondiendo a los mensajes de su madre y no haya llegado a casa menos de dos horas después de la salida de la escuela, no va a disparar el tipo de respuesta inmediata que usted espera. En este punto no hay mucho que podamos hacer. En una situación como esta, lo mejor que puede hacer es acercarse a la comisaría y rellenar un informe. Eso es algo que debe hacer. Eso no supone ningún problema y podría acelerar las cosas si necesitamos desplegar recursos.

Hubo una larga pausa antes de que Mia Penn respondiera. El tono de su voz, a diferencia de antes, se volvió cortante.

–¿Cuánto tiempo tengo que esperar para que usted despliegue, detective? —preguntó ella—. ¿Son dos horas más que suficiente? ¿Tengo que esperar hasta que oscurezca? ¿A que no esté en casa mañana por la mañana? Apuesto a que si yo fuera…

Fuera lo que fuera lo que Mia Penn estaba a punto de decir se lo calló, como si supiera que cualquier cosa que añadiera sería contraproducente. Ray iba a responder pero Keri levantó la mano y le lanzó su patentada mirada de «deja que yo me encargue de esto».

–Escuche, Sra. Penn, habla la detective Locke de nuevo. Usted dice que vive en los Canales, ¿correcto? Eso está de camino a mi casa. Deme su dirección de correo electrónico. Le enviaré un formulario de personas desaparecidas. Puede empezar a rellenarlo y yo pasaré para ayudarla a completarlo y agilizar su ingreso en el sistema. ¿Qué le parece?

–Me parece bien, detective Locke. Gracias.

–No hay problema. Y bueno, quizás Ashley ya esté en casa para cuando yo llegue y yo pueda darle un sermón sobre mantener a su mamá informada… sin cargos.

Keri cogió el bolso y las llaves y se preparó para ir a casa de los Penn.

Ray no había dicho una palabra desde que colgaron. Ella sabía que él estaba echando humo silenciosamente pero ella evitó levantar la vista. Si sus miradas se cruzaban, sería ella la que recibiría el sermón y no estaba de humor.

Pero al parecer Ray no necesitaba hacer contacto visual para lo que opinaba.

–Los Canales no están de camino a tu casa.

–Solo tengo que desviarme un poco—insistió ella, todavía sin levantar la vista—. Así que tendré que esperar hasta las seis treinta para regresar al puerto deportivo y a Olivia Pope y asociados. No hay para tanto.

Ray suspiró y se reclinó en su silla.

–Sí que hay para tanto. Keri, hace casi un año que eres detective aquí. Me gusta tenerte como compañera. Y has hecho un gran trabajo, incluso antes de que consiguieras tu placa. El caso Gonzales, por ejemplo. No creo que yo lo hubiera podido resolver y llevo una década más que tú investigando estos casos. Tienes una especie de sexto sentido para estas cosas. Es por eso que te usaba como recurso en los viejos tiempos. Y es por eso que tienes el potencial para ser una verdadera gran detective.

–Gracias —dijo ella, aunque sabía que no él no había terminado.

–Pero tienes una gran debilidad y va a ser tu perdición si no le pones freno. Debes permitir que el sistema funcione. Existe por una razón. El setenta y cinco por ciento de nuestro trabajo se resuelve en las primeras veinticuatro horas sin nuestra ayuda. Debemos dejar que eso suceda para concentrarnos en el otro veinticinco por ciento. Si no lo hacemos, terminamos sobrecargados de trabajo. Nos volvemos improductivos, o peor aún… contraproducentes. Y entonces traicionamos a la gente que de verdad acaba necesitándonos. Es parte de nuestro trabajo escoger nuestras batallas.

–Ray, no estoy ordenando una Alerta AMBER o algo parecido. Solo estoy ayudando con algo de papeleo a una madre preocupada. Y en verdad, son solo quince minutos de desvío de mi ruta.

–Y… —dijo él esperando algo más.

–Y había algo en su voz. Está ocultando algo. Quiero hablar con ella cara a cara. Puede que no sea nada. Y si es así, me iré.

Ray negó con la cabeza y lo intentó una vez más.

–¿Cuántas horas perdiste con ese chico sin hogar en Palms que estabas segura de que había desaparecido y no fue así? ¿Quince?

Keri se encogió de hombros.

–Mejor asegurarse que lamentarse —murmuró por lo bajo.

–Mejor empleado que despedido por uso inapropiado de los recursos del departamento —replicó él.

–Ya son más de las cinco —dijo Keri.

–¿Y eso qué significa?

–Significa que me paso de mi turno. Y esa madre me está esperando.

–Como si nunca te pasaras de tu turno. Llámala, Keri. Dile que te envíe por correo electrónico los formularios cuando haya terminado. Dile que llame aquí si tiene alguna pregunta. Pero ve a casa.

Ella había sido tan paciente como había podido pero por lo que a ella concernía, la conversación había terminado.

–Te veré mañana, Don Limpio —dijo, dándole un apretón en el brazo.

Cuando se dirigía al aparcamiento para buscar su Toyota Prius de color plata de diez años, trató de recordar el atajo más rápido para llegar a los Canales de Venice. Sentía ya una urgencia que no comprendía.

Una que no le gustaba.




CAPÍTULO DOS


Lunes

Al caer la tarde



Keri maniobraba con el Prius a través del tráfico de la hora punta en el límite oeste de Venice, conduciendo más rápido de lo normal. Algo la impulsaba, una corazonada que sentía crecer, una que no le gustaba.

Los Canales estaban a pocas manzanas de puntos de interés turístico como Boardwalk y Muscle Beach, y le llevó diez minutos de recorrido por la Avenida Pacific antes de encontrar por fin un lugar para aparcar. Se bajó y dejó que el teléfono le indicase el resto del camino a pie.

Los Canales de Venice no eran solo el nombre de una urbanización. Eran realmente una serie de canales artificiales construidos a principios del siglo veinte, a imitación de los originales ubicados en Italia. Cubrían unas diez manzanas justo al sur del Venice Boulevard. Unas cuantas de las casas que estaban junto a los canales eran humildes, pero la mayoría eran extravagantes al estilo de la costa. Las parcelas eran pequeñas pero algunos de los hogares fácilmente valían ocho cifras.

La casa a la que Keri llegó estaba entre las más impresionantes. Tenía tres plantas, pero solo el piso superior era visible, debido al alto muro estucado que la rodeaba. Dio la vuelta desde la parte de atrás, que daba al canal, hasta la puerta del frente. Mientras lo hacía, se fijó en que había múltiples cámaras de seguridad en las paredes de la mansión y en la casa misma. Varias de ellas parecían estar siguiendo sus movimientos.

«¿Por qué una madre veinteañera con una hija adolescente vive aquí? ¿Y por qué tanta seguridad?»

Llegó hasta la verja de hierro forjado de enfrente y se sorprendió de encontrarla abierta. La cruzó y estaba a punto de llamar a la puerta delantera cuando esta se abrió desde adentro.

Una mujer salió a recibirla, vestía vaqueros raídos y un top blanco sin mangas, tenía una cabellera larga y abundante de color castaño e iba descalza. Como Keri había sospechado al escucharla por teléfono, no pasaría de los treinta. Tendría la misma estatura de Keri, pero era unos diez kilos más delgada y estaba además bronceada y en forma. Se veía estupenda, a pesar de la expresión ansiosa en su rostro.

El primer pensamiento de Keri fue «esposa trofeo».

–¿Mia Penn? —preguntó Keri.

–Sí. Entre, por favor, detective Locke. Ya he rellenado los formularios que me envió.

Por dentro, la mansión se abría a un impresionante vestíbulo, con dos escaleras iguales de mármol que llevaban al piso de arriba. Había casi suficiente espacio para organizar un partido de los Lakers. El interior estaba inmaculado, con cuadros cubriendo todas las paredes y esculturas adornando mesas de madera tallada que se veían también como obras de arte en sí mismas.

Todo la casa parecía que podía exhibirse en cualquier instante en la revista Hogares que te hacen cuestionar tu propia valía. Keri reconoció una pintura colocada en un lugar destacado como un Delano, lo que significaba que esa sola valía más que la patética casa bote de veintidós años que ella llamaba hogar.

Mia Penn la llevó a otra de las salitas, más informal, y le ofreció asiento y agua embotellada. En un rincón de la sala, un hombre de constitución gruesa con pantalones de vestir y americana estaba apoyado en la pared como con indiferencia. No dijo nada pero no apartaba la mirada de Keri. Ella se fijó en un pequeño bulto en la parte derecha de su cadera, debajo de la chaqueta.

«Un arma. Debe ser de seguridad».

Una vez que Keri se sentó, su anfitriona no perdió el tiempo.

–Ashley sigue sin contestar mis llamadas y mis mensajes. No ha tuiteado desde que salió de la escuela. No hay posts en Facebook. Nada en Instagram —suspiró y añadió—: Gracias por venir. Me faltan palabras para expresarle lo mucho que esto significa para mí.

Keri asintió lentamente, estudiando a Mia Penn, tratando de comprenderla. Igual que por teléfono, el pánico apenas disimulado se sentía real.

«Ella parece temer en verdad por su hija. Pero está ocultando algo».

–Usted es más joven de lo que esperaba —Keri dijo finalmente.

–Tengo treinta años. Tuve a Ashley cuando tenía quince.

–Guau.

–Sí, eso es más o menos lo que todo el mundo dice. Yo siento que como nos llevamos tan pocos años, tenemos esta conexión. A veces puedo asegurar que sé lo que ella siente incluso antes de verla. Sé que suena ridículo pero tenemos este vínculo. Y yo sé que no hay pruebas, pero puedo notar que algo va mal.

–No entremos en pánico todavía —dijo Keri.

Pasaron revista a los hechos.

La última vez que Mia vio a Ashley fue esa mañana. Todo estaba bien. Desayunó yogur con granola y fresas laminadas. Se había ido a la escuela de buen humor.

La mejor amiga de Ashley era Thelma Gray. Mia la llamó cuando Ashley no apareció después de clase. Según Thelma, Ashley estaba, como se suponía que debía estar, en la clase de geometría del tercer cuatrimestre y todo parecía normal. La última vez que vio a Ashley fue en el pasillo, hacia las 2 p. m. Ella no tenía idea de por qué Ashley no había llegado a casa.

Mia también había hablado con el novio de Ashley, un chico de aspecto deportista llamado Denton Rivers. Él dijo que vio a Ashley en la escuela por la mañana pero que eso fue todo. Le envió unos pocos mensajes después de clase, pero ella nunca respondió.

Ashley no tomaba ninguna medicación, no tenía problemas físicos que mencionar. Mia dijo que antes había pasado por el dormitorio de Ashley y todo parecía normal.

Keri lo escribió todo rápido en un pequeño cuaderno, tomando nota específicamente de los nombres sobre lo que volvería más tarde.

–Mi marido va a llegar a casa de la oficina en cualquier momento. Sé que quiere hablar con usted también.

Keri levantó la vista del cuaderno. Algo en la voz de Mia había cambiado. Sonaba más a la defensiva, más cautelosa.

«Sea lo que sea lo que está ocultando, apuesto a que está relacionado con esto».

–¿Y cómo se llama su esposo? —preguntó, tratando de parecer indiferente.

–Se llama Stafford.

–Espere un minuto —dijo Keri—. ¿Su marido es Stafford Penn, el senador de los Estados Unidos Stafford Penn?

–Sí.

–Esa es una información importante, Sra. Penn. ¿Por qué no la mencionó antes?

–Stafford me pidió que no lo hiciera —dijo ella a modo de disculpa.

–¿Por qué?

–Dijo que quería tratar eso con usted cuando él llegara.

–¿Cuándo dijo usted que estaría aquí de nuevo?

–Seguramente, en menos de diez minutos.

Keri la miró de manera inquisitiva, tratando de decidir si debía presionarla. Al final, lo dejó como estaba, por ahora.

–¿Tiene una foto de Ashley?

Mia Penn le pasó su teléfono. La foto de fondo mostraba a una adolescente con un vestido veraniego. Parecía la hermana menor de Mia. Quitando el cabello rubio de Ashley, era difícil distinguir a una de la otra. Ashley era ligeramente más alta, estaba más bronceada y tenía una constitución más atlética. El vestido no podía tapar sus piernas musculosas y sus poderosos hombros. Keri supuso que practicaba el surf con regularidad.

–¿Es posible que simplemente haya olvidado la cita y esté atrapando olas? —preguntó Keri.

Mia sonrió por primera vez desde que Keri llegó.

–Estoy impresionada, detective. ¿Lo adivinó basándose en una foto? No, a Ashley le gusta surfear en las mañanas, mejores olas y menos gente inoportuna. Miré el garaje por si acaso. Su tabla está allí.

–¿Puede enviarme esa foto junto con unos pocos primeros planos, con y sin maquillaje?

Mientras Mia hacía eso, Keri hizo otra pregunta.

–¿A qué escuela va?

–Al Instituto West Venice.

Keri no pudo ocultar su sorpresa. Conocía bien el lugar. Era un gran instituto público, un crisol de culturas de miles de chicos, con todo lo que eso entrañaba. Ella había arrestado a más de un estudiante que iba al West Venice.

«¿Por qué puñetas la rica hija de un senador de EE. UU. va allí en lugar de asistir a una exclusiva escuela privada?»

Mia debió haber leído la sorpresa en el rostro de Keri.

–A Stafford nunca le ha gustado. Siempre ha querido tenerla en escuelas privadas, que la encaminen de Harvard, donde él fue. Pero no era solo por la mejor educación. Él también quería una mayor seguridad —dijo ella—. Yo siempre la he querido en escuelas públicas, para que se relacione con chicos reales y donde pueda aprender algo de la vida real. Es una de las pocas batallas que realmente le he ganado. Si Ashley termina herida debido a algo relacionado con la escuela, será culpa mía.

Keri quiso cortar de raíz esos pensamientos rápidamente.

–Uno, Ashley va a estar bien. Dos, si le pasara sería culpa de la persona que le hiciera daño, no de la madre que la quiere.

Keri observó a  Mia Penn para ver si la convencía, pero era difícil decirlo. La verdad era que sus palabras de consuelo apuntaban más a impedir que un recurso valioso se desmoronara que a levantarle el ánimo. Decidió presionar.

–Hablemos un segundo de eso. De hecho, ¿hay alguien que quisiera hacerle daño a ella, a usted o a Stafford?

–A Ashley, no; a mí, tampoco; a Stafford, nada concreto que yo sepa, más allá de lo que implica hacer lo que él hace. Quiero decir, recibe amenazas de muerte de votantes que afirman ser extranjeros. Así que es difícil decir qué es lo que hay que tomar en serio.

–¿Y nadie ha llamado pidiendo rescate, correcto?

La repentina tensión en el rostro de la mujer era visible.

–¿Es lo que usted piensa que es esto?

–No, no, no, solo estoy revisando las posibilidades. Todavía no pienso que sea nada. Estas son solo preguntas de rutina.

–No. No ha habido pedidos de rescate.

–Ustedes obviamente tienen algún dinero…

Mia asintió.

–Vengo de una familia muy rica. Pero nadie lo sabe en realidad. Todos dan por sentado que nuestro dinero viene de Stafford.

–Por curiosidad, ¿de cuánto estamos hablando, exactamente? —preguntó Keri. Algunas veces este trabajo hacía imposible la discreción.

–¿Exactamente? No lo sé… tenemos una casa junto a la playa en Miami y un apartamento en San Francisco, ambos a nombre de compañías. Estamos activos en el mercado y tenemos muchos otros bienes. Usted ha visto todas las obras de arte que tenemos en la casa. Poniéndolo todo junto estaríamos hablando de cincuenta y cinco a sesenta millones.

–¿Lo sabe Ashley?

La mujer se encogió de hombros.

–Hasta cierto punto. Ella no conoce las cifras exactas pero sabe que es bastante y que se supone que el público no tiene que saberlo todo. A Stafford le gusta proyectar una imagen de «hombre del pueblo».

–¿Habrá hablado acerca de esto? ¿A sus amigos, quizás?

–No. Ella tiene instrucciones estrictas de no hacerlo —la mujer suspiró y dijo—: Dios, estoy hablando demasiado. Stafford estaría furioso.

–¿Ustedes dos se llevan bien?

–Sí, por supuesto.

–¿Qué hay de Ashley? ¿Se lleva usted bien con ella?

–No hay nadie en el mundo a quien esté más unida.

–Muy bien. ¿Stafford se lleva bien con ella?

–Se llevan muy bien.

–¿Hay alguna razón para que ella se fuera de casa?

–No. Ni nada que se le parezca. Eso no es lo que está sucediendo aquí.

–¿Cómo ha estado de humor últimamente?

–Ha sido bueno. Ella es feliz, estable, todo eso.

–Algún problema con algún chico…

–No.

–¿Drogas o alcohol?

–No puedo decir que nunca. Pero en general, ella es una joven responsable. Este verano se entrenó como salvavidas juvenil. Tenía que levantarse a las cinco de la mañana de cada día para eso. Es de fiar. Aparte de eso, ni siquiera ha tenido todavía tiempo de aburrirse. Esta es su segunda semana de clases.

–¿Algún drama por allí?

–No. Le gustan sus profesores. Se lleva bien con todos los chicos. Intentará entrar en el equipo femenino de baloncesto.

Keri fijó los ojos en los de la mujer y preguntó:

–Entonces ¿qué piensa usted que está pasando?

La confusión cubrió el rostro de la mujer. Le temblaban los labios.

–No lo sé. —Dirigió la mirada a la puerta principal, luego volvió a mirarla, y dijo—: Yo solo quiero que ella vuelva a casa. ¿Dónde coño está Stafford?

Como hecho a propósito, un hombre apareció por la esquina. Era el senador Stafford Penn. Keri lo había visto montones de veces en la tele. Pero en persona, irradiaba una onda que no se apreciaba al verlo en una pantalla. tenía alrededor de cuarenta y cinco años, era musculoso y alto, alcanzaba fácilmente el metro noventa de estatura, tenía el cabello rubio como el de Ashley, una mandíbula marcada y unos penetrantes ojos verdes. Poseía un magnetismo que parecía casi vibrar. Keri tragó en seco cuando él extendió la mano para estrechar la de ella.

–Stafford Penn —dijo, aunque podía asegurar que ella ya sabía eso.

Keri sonrió.

–Keri Locke —dijo—. Unidad de Personas Desaparecidas del Departamento de Policía de Los Ángeles, División Pacífico.

Stafford le dio un beso rápido en la mejilla de su esposa y se sentó a su lado. No perdió el tiempo con amabilidades.

–Agradecemos que haya venido. Pero personalmente, pienso que podemos dejar las cosas como están hasta mañana por la mañana

Mia le miró incrédula.

–Stafford…

–Los hijos se independizan de sus padres —continuó—. Se van destetando. Es parte del crecimiento. Joder, si fuera un chico, habríamos estado lidiando con días como este desde hace dos o tres años. Es por eso que le pedí a Mia que fuera discreta cuando la llamara. Dudo que esta sea la última vez que estemos lidiando con este tipo de asuntos y no quiero ser acusado por dar falsas alarmas.

Keri preguntó:

–Entonces, ¿no cree que pase nada malo?

Él dijo que no con la cabeza.

–No. Pienso que es una adolescente haciendo lo que hacen los adolescentes. Para ser honesto, hasta cierto punto me alegro de que haya llegado este día. Demuestra que ella se está volviendo más independiente. Recuerden mis palabras, ella aparecerá esta noche. En el peor de los casos, mañana por la mañana, probablemente con una resaca.

Mia lo contemplaba con incredulidad.

–En primer lugar —dijo—, es un lunes por la tarde en pleno curso escolar, no las vacaciones de primavera en Daytona. Y en segundo lugar, ella no haría eso.

Stafford negó con la cabeza.

–Todos nos volvemos un poco locos a veces, Mia —dijo—. Joder, cuando cumplí quince años, me bebí diez cervezas en un par de horas. Estuve literalmente devolviendo durante tres días. Recuerdo que mi padre se rio bastante. Pienso que, de hecho, estaba bastante orgulloso de mí.

Keri asintió, haciendo ver que eso era algo completamente normal. Nada ganaba con enemistarse con un senador de los Estados Unidos si podía evitarlo.

–Gracias, senador. Probablemente tiene razón. Pero mientras esté aquí, ¿le importaría si le doy un rápido vistazo al dormitorio de Ashley?

Él se encogió de hombros y señaló la  escalera.

–Adelante.

Arriba, al final del pasillo, Keri entró al dormitorio de Ashley y cerró la puerta. La decoración era más o menos lo que esperaba: una bonita cama, a juego con la cómoda, pósteres de Adele y de la leyenda del surf con un solo brazo, Bethany Hamilton. Tenía una lámpara de lava de inspiración retro en la mesilla de noche. Recostado en una de sus almohadas había un peluche. Era tan viejo y manoseado que Keri no estaba segura de si era un perro o una oveja.

Encendió el Mac portátil que había en el escritorio de Ashley y le sorprendió que no estuviera protegido con una contraseña.

«¿Qué adolescente deja su portátil desprotegido sobre su escritorio para que cualquier adulto fisgón venga a controlarlo?»

El historial de Internet mostraba búsquedas de solo los dos últimos días; los anteriores se habían borrado. Lo que quedaba parecía estar relacionado en su mayor parte con un trabajo de biología para el que estaba investigando. Había también una cuantas visitas a sitios web de agencias locales de modelos, al igual que otras en Nueva York y Las Vegas. Había otra visita al sitio de un próximo torneo de surf en Malibú. También había ido al sitio de una banda local llamada Rave.

«O esta chica es la mojigata más aburrida de todos los tiempos, o está dejando todo esto con el propósito de presentar una imagen que sus conocidos se crean».

El instinto de Keri le decía que era lo segundo.

Se sentó al pie de la cama de Ashley y cerró los ojos, tratando de colocarse en la mente de una chica de quince de años. Una vez lo fue. Esperaba recordar todavía cómo era la suya. Después de dos minutos, abrió los ojos e intentó ver la habitación desde otra perspectiva. Recorrió los estantes, buscando algo que se saliera de lo ordinario.

Estaba a punto de darse por vencida cuando su vista se detuvo en un libro de matemáticas al final de la estantería de Ashley. Se titulaba Álgebra para Noveno Grado.

«¿No dijo Mia que Ashley estaba en décimo grado? Su amiga Thelma la vio en la clase de geometría. Entonces ¿por qué conservaba un viejo libro de texto? ¿Por si necesitaba un repaso?»

Keri cogió el libro, lo abrió y comenzó a hojearlo. Cuando llevaba dos terceras partes, encontró dos páginas, que era fáciles de pasar por alto, pegadas cuidadosamente la una con la otra. Había algo duro entre ellas.

Keri cortó la cinta adhesiva y algo cayó en al suelo. Ella lo cogió. Era una falsa licencia de conducir, que parecía sumamente auténtica, con la cara de Ashley en ella. El nombre que aparecía allí era Ashlynn Penner. La fecha de nacimiento indicaba que tenía veintidós años.

Más convencida de que estaba en el camino correcto, Keri se movió con más rapidez por la habitación. No sabía de cuánto tiempo disponía antes de que los Penn empezaran a sospechar. Al cabo de cinco minutos, encontró otra cosa. Metido en una bamba en la parte trasera del armario había un casquillo vacío de 9 mm.

Sacó una bolsa para las pruebas, lo introdujo allí junto con la tarjeta de identidad falsa, y abandonó la habitación. Mia Penn iba por el pasillo en dirección a ella en el momento en que cerraba la puerta. A Keri le pareció que había sucedido algo.

–Acabo de recibir una llamada de la amiga de Ashley, Thelma. Ha estado hablando con la gente acerca de que Ashley no llegó a casa. Dice que otra amiga llamada Miranda Sanchez vio a Ashley subir a una furgoneta negra en Main Street, cerca de un parque canino próximo al instituto. Dijo que no podía asegurar si Ashley subió por su cuenta o si tiraron de ella hacia dentro. No le pareció tan extraño hasta que se enteró de que Ashley había desaparecido.

Keri mantuvo su expresión neutral a pesar del súbito incremento en su presión arterial.

–¿Conocen a alguien que tenga una furgoneta negra?

–Nadie.

Keri caminaba rápidamente por el pasillo. Mia Penn intentaba desesperadamente seguirle el paso.

–Mia, necesito que llame al teléfono de los detectives en la comisaría, el número con el que me contactó. Dígale a quien le atienda, probablemente un hombre llamado Suarez, que le he pedido que llame. Dele la descripción física de Ashley y dígale cómo iba vestida. Dele también los nombres y la información de contacto de cada uno de los que me habló: Thelma, Miranda, el novio Denton Rivers, todos ellos. Después dígale entonces que me llame.

–¿Por qué necesita toda esa información?

–Vamos a tener que entrevistarlos a todos.

–Está empezando a asustarme de verdad. ¿Esto es malo, verdad? —preguntó Mia.

–Probablemente no. Pero mejor asegurarnos que lamentarnos.

–¿Qué puedo hacer?

–Necesito que se quede aquí por si Ashley llama o aparece.

Llegaron al piso de abajo. Keri miró alrededor.

–¿Dónde está su marido?

–Lo llamaron del trabajo.

Keri se mordió la lengua y se dirigió a la puerta principal.

–¿Adónde va? —le gritó Mia.

Por encima del hombre, Keri respondió:

–Voy a encontrar a su hija.




CAPÍTULO TRES


Lunes

Al atardecer



Fuera, mientras se daba prisa por regresar al coche, Keri trataba de ignorar el calor que se levantaba de la acera. En apenas un minuto, aparecieron gotas de sudor en su frente. Mientras marcaba el número de Ray, decía palabrotas en voz baja para sí misma.

«Estoy a seis putas manzanas del Océano Pacífico y en pleno mes de septiembre. ¿Adónde me llevará esto?»

Después de seis tonos, Ray finalmente contestó.

–¿Qué? —preguntó, su voz sonaba tensa y molesta.

–Necesito que nos encontremos en Main, enfrente del Instituto West Venice.

–¿Cuándo?

–Ahora, Raymond.

–Espera un segundo. —Podía oírlo moviéndose de un lado a otro y quejándose por lo bajo. No parecía que estuviera solo. Cuando volvió a ponerse al habla, a ella le dio la impresión de que había cambiado de habitación.

–Estaba ocupado en otra cosa, Keri.

–Bueno, pues desocúpate, detective. Tenemos un caso.

–¿Es lo de Venice? —preguntó él, claramente exasperado.

–Lo es. Y podrías por favor dejar ese tono. Claro, a menos que pienses que la desaparición de la hija de un senador de los Estados Unidos en una furgoneta negra no es algo que valga la pena comprobar.

–Dios mío. ¿Por qué la madre no dijo lo del senador por teléfono?

–Porque él le pidió que no lo hiciera. Él se mostró tan despectivo como tú, quizás incluso más. Espera un segundo.

Keri había llegado a su coche. Puso el altavoz del teléfono, lo tiró en el asiento del copiloto y se subió. Mientras arrancaba, le dio el resto de los detalles: la falsa identificación, el casquillo de proyectil, la chica que vio a Ashley subirse a la van— posiblemente en contra de su voluntad—, el plan para coordinar las entrevistas. Cuando estaba finalizando, su teléfono dio un pitido y ella miró la pantalla.

–Me está entrando una llamada de Suárez. Quiero darle los detalles. ¿De acuerdo? ¿Ya te desocupaste?

–Ahora mismo me estoy subiendo al coche —contestó él, haciendo caso omiso a la indirecta—. Puedo estar allí en quince minutos.

–Espero que te disculpes de mi parte con ella, quienquiera que fuera —dijo Keri, incapaz de no sonar sarcástica.

–No era el tipo de chica que necesite disculpas —replicó Ray.

–¿Por qué no me sorprende?

Pasó a atender la otra llamada sin decir adiós.


*

Quince minutos más tarde, Keri y Ray caminaban por el tramo de Main Street donde Ashley Penn pudo o no haber sido raptada. No había nada que obviamente se saliera de lo ordinario. El parque canino de al lado de la calle estaba animado con alegres ladridos y dueños que llamaban a sus mascotas con nombres como Hoover, Speck, Conrad y Delilah.

«Dueños de perros ricos y bohemios. Oh, Venice».

Keri trató de sacar los pensamientos superfluos de su cabeza y concentrarse. No parecía haber mucho que llevara a algún lado. Era evidente que Ray sentía lo mismo.

–¿Es posible que ella simplemente despegara o se escapara? —sopesó él.

–No lo descarto —replicó Keri—. Desde luego que no es la inocente princesita que su mamá cree que es.

–Nunca lo son.

–Sea lo que sea lo que le haya pasado, es posible que ella haya jugado un papel en ello. Cuanto más profundicemos en su vida, más sabremos. Necesitamos hablar con gente que no nos dé la versión oficial. Como ese senador. No sé qué pasa con él, pero está claro que le incomodaba que yo estuviera investigando su vida.

–¿Alguna idea del porqué?

–Todavía no, más allá de un presentimiento de que oculta algo. Nunca he conocido a un padre tan indiferente ante la desaparición de su hijo. Estuvo contando historias de borracheras con cerveza a los quince. Parecía forzado.

Ray se estremeció visiblemente.

–Me alegra que no lo hayas censurado por eso —dijo—. Lo último que necesitas es un enemigo con la palabra senador delante de su nombre.

–No me importa.

–Bueno, pues debería —dijo él—. Unas pocas palabras de él a Beecher o Hillman, y eres historia.

–Soy historia desde hace cinco años.

–Anda ya…

–Sabes que es verdad.

–No empieces —dijo Ray.

Keri vaciló, lo miró, y luego dirigió la vista hacia el parque canino. A unos metros de ellos, un cachorro de pelo marrón pequeño y peludo se revolcaba feliz en el suelo.

–¿Quieres saber algo que nunca te he dicho? —preguntó ella.

–No estoy seguro.

–Después de lo que pasó, ya sabes…

–¿Evie?

Keri sintió que se le encogía el corazón al oír el nombre de su hija.

–Correcto. Hubo un tiempo justo después de lo que sucedió en el que estuve como loca tratando de quedarme embarazada. Duró unos dos o tres meses. Stephen no lo pudo soportar.

Ray no dijo nada. Ella continuó:

–Entonces me levanté una mañana y me odié a mí misma. Me sentía como alguien que había perdido un perro y fue a la perrera a buscar un sustituto. Me sentí como una cobarde, como si solo me preocupara de mí, en lugar de centrarme donde debía. Estaba dejando ir a Evie en lugar de luchar por ella.

–Keri, debes dejar de hacerte esto a ti misma. Eres tu peor enemigo, desde luego.

–Ray, todavía puedo sentirla. Ella está viva. No sé dónde ni cómo, pero lo está.

Él le apretó la mano

–Lo sé.

– Ahora tiene trece años.

–Lo sé.

Caminaron el resto de la manzana en silencio. Cuando llegaron al cruce con la Avenida Westminster, Ray finalmente habló:

–Escucha —dijo, en un tono que indicaba que volvía a centrarse en el caso—, podemos seguir cada pista que surja. Pero es la hija de un senador. Y si ella no se fue solo de juerga, los de arriba se harán cargo de esto. En poco tiempo los Federales se involucrarán. Los mandos allá del centro lo querrán también. Para mañana a las nueve, a ti y a mí nos habrán apartado de una patada.

Probablemente era cierto pero a Keri no le importaba. Se las vería con la mañana siguiente, a la mañana siguiente. Ahora mismo tenían un caso en el cual trabajar.

Ella suspiró profundamente y cerró los ojos. Después de ser su compañero por un año, Ray había aprendido a no interrumpirla cuando estaba intentando concentrarse.

Después de cerca de treinta segundos, abrió los ojos y miró alrededor. Al cabo de un instante, señaló hacia una tienda al otro lado del cruce.

–Allí —dijo ella y comenzó a caminar.

Este tramo de Venice, desde el norte de Washington Boulevard hasta Rose Avenue, era una extraña encrucijada de humanidad. Estaban las mansiones de los Canales de Venice al sur, las tiendas caras de Abbot Kinney Boulevard directamente hacia el este, el sector comercial al norte y la parte cutre de los surfistas y patinadores a lo largo de la playa.

Pero a lo largo y ancho de toda la zona había pandillas. Eran más evidentes de noche, especialmente cerca de la costa. Pero la División Pacífico del Departamento de Policía de Los Ángeles estaba rastreando a catorce pandillas activas en Venice y sus alrededores, de las cuales al menos cinco consideraban el punto donde Keri estaba parte de su territorio. Había una pandilla negra, dos hispanas, una de moteros y supremacistas blancos y otra compuesta principalmente por surfistas que traficaban con armas y drogas. Todas ellas coexistían a su pesar en las mismas calles, junto a milenials asiduos a los bares, prostitutas, turistas boquiabiertos, veteranos sin hogar y residentes de camisetas desteñidas y dieta de granola.

Como resultado, los negocios en el área abarcaban todo el espectro, desde antros de tendencia urbana y salones de tatuaje, a dispensarios de marihuana medicinal y oficinas de prestamistas, como la del local delante del cual estaba Keri.

Se encontraba en el segundo piso de un edificio recién restaurado, encima de un bar de jugos naturales.

–Observa eso —dijo ella. Encima de la puerta de entrada, había un letrero que rezaba «Briggs Bail Bonds».

–¿Qué pasa con eso? —dijo Ray.

–Mira encima del letrero, encima de Bail.

Ray lo hizo. Confuso al principio, entornó entonces su ojo bueno y vio una pequeña cámara de seguridad. Miró en la dirección hacia la que apuntaba la cámara. Estaba enfocada en el cruce. Más allá estaba el tramo de Main Street cerca del parque canino, donde Ashley supuestamente había entrado en la furgoneta.

–Buena observación —dijo él.

Keri retrocedió y estudió el área. Posiblemente había más actividad ahora de la que había habido hacía unas horas. Pero esta no era exactamente un área tranquila.

–Si tú fueras a secuestrar a alguien, ¿sería aquí donde lo harías?

Ray negó con la cabeza.

–¿Yo? No, yo soy más de callejón.

–Entonces ¿qué tipo de persona es tan descarada como para llevarse a alguien a plena luz del día, y cerca de un cruce con mucho tráfico?

–Averigüémoslo —dijo Ray, dirigiéndose a la puerta.

Subieron por la estrecha escalera hasta el segundo piso. La puerta de Briggs Bail Bonds estaba abierta. Justo a la entrada, a la derecha, un hombre grande con una panza aún más grande estaba echado en una silla reclinable, hojeando un ejemplar de Guns & Ammo.

Levantó la vista cuando Keri y Ray entraron, decidió rápidamente que no eran una amenaza y les hizo una señal con la cabeza hacia el fondo de la habitación. Un hombre de pelo largo y barba desarreglada, que estaba sentado detrás de una mesa, les hizo señas para que fueran hacia allí. Keri y Ray tomaron asiento frente a la mesa del hombre y esperaron pacientemente mientras hablaba con un cliente. El asunto no era el diez por ciento en efectivo, sino la garantía para el total. Necesitaba la garantía de una casa, o la posesión de un coche con un título en regla, algo así.

Keri podía oír a la persona en el otro lado de la línea suplicando, pero el tipo de pelo largo no se inmutaba.

Treinta segundos más tarde colgó y se centró en las dos personas que tenía delante.

–Stu Briggs —dijo—, ¿qué puedo hacer por ustedes, detectives?

Nadie había mostrado su placa. Keri estaba impresionada.

Antes de que pudieran responder el hombre miró más detenidamente a Ray, y entonces casi gritó:

–Ray Sands, ¡Sandman! Yo vi su última pelea, aquella con el zurdo; ¿cómo se llamaba?

–Lenny Jack.

–Claro, claro, sí, eso es, Lenny Jack, Jack al Ataque. Perdió un dedo o algo así, ¿no? ¿Un meñique?

–Eso fue después.

–Sí, bueno, con meñique o sin él, pensé que lo tenías, de verdad. Tenía las piernas de goma, su cara era una masa ensangrentada. No podía consigo mismo. Un golpe más, era lo único que necesitaba, uno más. Joder, con medio puñetazo hubiera bastado. Seguramente, si le hubiera pegado, hubiera caído

–Eso es lo que yo pensé también —admitió Ray—. En retrospectiva, pienso que eso fue lo que me hizo bajar la guardia. Aparentemente, él tenía una izquierda de la que no le había hablado a nadie.

El hombre se encogió de hombros.

–Aparentemente. Perdí dinero en esa pelea. —Pareció darse cuenta de que su pérdida no era tan grande como la de Ray, y añadió—: Quiero decir no fue tanto. No se puede comparar con lo suyo. Pero no se ve tan mal el ojo. Sé que es falso porque conozco la historia. No creo que la mayoría de la gente pueda darse cuenta.

Hubo un largo silencio mientras él aguantaba la respiración y Ray dejaba que se girara con torpeza. Stu lo intentó de nuevo.

–¿Así que ahora es policía? ¿Por qué está Sandman sentado frente a mi escritorio con esta bonita señorita, perdón, agente de las fuerzas del orden?

A Keri no le gustó la condescendencia, pero la dejó pasar. Tenían prioridades más importantes.

–Necesitamos mirar lo que tu cámara de seguridad ha grabado en el día de hoy —dijo Ray—. Concretamente desde las dos cuarenta y cinco a las cuatro p. m.

–No hay problema —contestó Stu como si le pidieran algo así todos los días.

La cámara de seguridad estaba operativa, algo necesario, dada la clientela del establecimiento. No transmitía en vivo a un monitor, sino que estaba conectada a un disco duro, donde se almacenaba la grabación. Los lentes eran de ángulo ancho y captaban toda el cruce de Main y Westminster. La calidad del vídeo era excepcional.

En un cuarto trasero, Keri y Ray miraron la grabación en un monitor de escritorio. La sección de Main Street enfrente del parque canino era visible hasta la mitad de la manzana. Solo podían esperar que cualquier cosa sucedida hubiese tenido lugar en ese tramo de la calle.

Nada de mucha actividad sucedió hasta cerca de las 3:05. Era la salida de la escuela, a juzgar por los chicos que comenzaban a salir a montones a la calle, en todas las direcciones.

A las 3:08, apareció Ashley. Ray no la reconoció de inmediato así que Keri la señaló: una chica que irradiaba seguridad, vestida con falda y un top ajustado.

Entonces, de golpe, ahí estaba, la furgoneta negra. Se acercó hasta ella. Las ventanas estaban tintadas, lo cual era ilegal. La cara del conductor no era visible ya que tenía puesta una gorra con la visera bajada. Ambos visores de sol estaban puestos hacia abajo, y el resplandor de la brillante luz del atardecer hacía imposible tener una clara visión del interior del vehículo.

Ashley dejó de caminar y miró hacia la furgoneta. El conductor parecía estar hablando. Ella dijo algo y se acercó. Al hacerlo, la puerta del pasajero se abrió. Ashley continuó hablando y pareció que se inclinaba hacia la furgoneta. Conversaba con quienquiera que estuviese conduciendo. Después, repentinamente, ya estaba adentro. No estaba claro si se había subido voluntariamente o tiraron de ella. Al cabo de unos pocos segundos más, la furgoneta arrancó. Sin prisa. Sin acelerar. Nada fuera de lo normal.

Miraron la escena de nuevo a velocidad normal, y luego una tercera vez, a cámara lenta.

Al final Ray se encogió de hombros y dijo:

–No lo sé. Todavía no puedo decirlo con seguridad. Ella terminó dentro, eso es todo lo que puedo decir con certeza. Si ha sido con o contra su propia voluntad, de eso no estoy seguro.

Keri no podía llevarle la contraria. El segmento de vídeo era desesperante por su imprecisión. Pero había algo que no cuadraba. Solo que ella no podía dar con el quid de la cuestión. Retrocedió el vídeo y lo reprodujo de nuevo hasta el momento en el que la furgoneta estaba más cerca de la cámara de seguridad. Entonces lo puso en pausa. Era el único momento en que la furgoneta estaba a la sombra. Todavía era imposible ver en el interior del vehículo. Pero sí que había otra cosa visible.

–¿Ves lo que yo veo? —preguntó ella.

Ray asintió.

–La placa de la matrícula está tapada —apuntó él—. Yo lo pondría en la categoría de «sospechoso».

–Pienso igual que tú.

De repente el teléfono de Keri sonó. Era Mia Penn. Fue al grano sin ni siquiera decir hola.

–Acabo de recibir una llamada de Thelma, la amiga de Ashley. Dice que cree haber recibido una llamada por accidente desde el teléfono de Ashley. Escuchó una cantidad de gritos como si alguien estuviera chillando a otra persona. Había música con un volumen estridente, así que ella no pudo decir con certeza quién estaba gritando, pero piensa que era Denton Rivers.

–¿El novio de Ashley?

–Sí. Llamé a Denton a su teléfono para ver si había sabido algo de Ashley, sin decirle que yo acababa de hablar con Thelma. Dijo que no había visto a Ashley ni sabía nada de ella desde la escuela pero parecía evasivo. Y la canción de Drake, Summer Sixteen, se escuchaba al fondo cuando llamé. Volví a llamar a Thelma para ver si esta era la canción que ella había escuchado cuando recibió esa llamada equivocada. Dijo que era esa. Por eso la llamé de inmediato, detective. Denton Rivers tiene el teléfono de mi niña y creo que podría tenerla a ella también.

–De acuerdo, Mia. Esto es de gran ayuda. Ha hecho un gran trabajo. Pero necesito que mantenga la calma. Cuando colguemos, mándeme un mensaje con la dirección de Denton. Y recuerde, esto podría ser algo completamente inocente.

Colgó y miró a Ray. Su ojo bueno daba a entender que estaba pensando lo mismo que ella. En unos segundos, su teléfono vibró. Reenvió la dirección a Ray mientras bajaban de prisa por los escalones.

–Tenemos que darnos prisa —dijo ella mientras corrían a sus coches—. Esto no tiene nada de inocente.




CAPÍTULO CUATRO


Lunes

Al atardecer



Keri se preparaba, cuando, diez minutos más tarde, pasaba por delante de la casa de Denton Rivers. Redujo la velocidad del coche, mientras la examinaba, y luego aparcó a una manzana de distancia, Ray detrás de ella. Sentía ese aguijón en el estómago, el mismo que tenía cuando algo malo estaba a punto de suceder.

«¿Y si Ashley está en esa casa? ¿Y si él le ha hecho algo?»

La calle de Denton estaba cubierta con una serie de casas de una sola planta como hechas con el mismo molde, todas pegadas entre sí. No había árboles en la calle, y el césped en la mayoría de los pequeños jardines del frente hacía tiempo que se había vuelto marrón. Estaba claro que Denton y Ashley no compartían el mismo estilo de vida. Esta parte del pueblo, al sur del Venice Boulevard y unas pocos kilómetros hacia el interior, no tenía casas de un millón de dólares.

Ray y ella andaban con rapidez por la manzana y ella miró su reloj: un poco después de las seis. El sol estaba comenzando su largo y lento descenso sobre el mar, hacia el oeste, pero quedaban un par de horas para que oscureciera totalmente.

Cuando llegaron a la casa de Denton, escucharon una música a todo volumen que venía de dentro. Keri no la reconoció.

Ella y Ray se acercaron en silencio, ahora oían gritos, de enfado y graves, una voz de hombre. Ray desenfundó su arma y le indicó con un gesto que fuera por la parte de atrás, luego levantó un dedo, dando a entender que entrarían a la casa en exactamente un minuto. Ella miró su reloj para confirmar la hora, asintió, sacó su arma, y se deslizó a lo largo del borde de la casa hacia la parte de atrás, con cuidado de agachar la cabeza mientras pasaba por delante de las ventanas abiertas.

Ray era el detective con más experiencia y normalmente era el más cauto de los dos cuando se trataba de entrar a un propiedad privada. Pero era evidente que pensaba que las actuales circunstancias les eximían de la obligación de conseguir una orden. Había una chica desaparecida, un sospechoso potencial dentro y unos gritos de enfado. Era algo defendible.

Keri probó la puerta lateral. No tenía echado el cerrojo. La abrió lo mínimo que pudo para evitar un chirrido y se metió adentro. Era poco probable que alguien en el interior pudiera oírla pero no quería arriesgarse.

Una vez en el patio trasero, se pegó a la pared trasera de la casa, manteniendo los ojos bien abiertos ante cualquier movimiento. Un asqueroso y decrépito cobertizo que había cerca de la verja trasera de la propiedad le dio mala espina. La oxidada puerta corrugada parecía que iba a desplomarse.

Se movió a gatas por el patio trasero y se quedó allí por un momento, esperando oír la voz de Ashley. No la oyó.

La parte de atrás de la casa tenía una puerta de madera con pantalla, con la cerradura sin echar, que llevaba a una cocina estilo años setenta, con una nevera amarilla. Keri vio a alguien al final del pasillo, en la sala, gritando al ritmo de la música y moviendo el cuerpo como si estuviera moviendo la cabeza como si estuviera en un pogo invisible en un concierto de rock.

No había todavía ninguna señal de Ashley.

Keri bajó la vista hacia su reloj: en cualquier momento, a partir de ahora.

Puntual, escuchó un sonoro golpe en la puerta delantera. Abrió a su vez la puerta de pantalla trasera a la vez, para ocultar el ligero clic del pestillo de la puerta. Aguardó, un segundo y sonoro golpe le permitió cerrar la puerta trasera simultáneamente. Se movió velozmente a través de la cocina y por el pasillo, echando un vistazo a cada puerta abierta que encontraba a medida que avanzaba.

En la entrada principal, que estaba abierta excepto por la pantalla, Ray golpeó de nuevo, con mayor fuerza incluso. De repente, Denton Rivers dejó de bailar y fue hasta la puerta. Keri, oculta en una punta de la sala, pudo verle la cara en el espejo que había junto a la puerta.

Se veía visiblemente confuso. Era un chico guapo: el cabello castaño bien cortado, los ojos de un azul profundo, una fibrosa y sinuosa constitución más propia de un luchador que de un jugador de fútbol. Bajo circunstancias normales era probablemente un tipo que atraía, pero ahora mismo esos atractivos estaban ocultos bajo un rostro desmejorado, unos ojos irritados y un tajo en la sien.

Cuando abrió la puerta, Ray mostró su placa.

–Ray Sands, Unidad de Personas Desaparecidas del Departamento de Policía de Los Ángeles —dijo en voz baja y firme—. Querría entrar para hacerte unas preguntas sobre Ashley Penn.

El pánico se apoderó de la cara del chico. Keri había visto esa mirada antes: estaba a punto de escapar.

–No te has metido en un lío —dijo Ray, presintiendo lo mismo—. Solo quiero hablar.

Keri vio que el chico tenía algo negro en la mano derecha, pero como el cuerpo de él le tapaba parcialmente la visión, no pudo ver qué era. Levantó su arma y apuntó con ella a la espalda de Denton. Lentamente, quitó el seguro.

Ray la vio hacerlo por el rabillo del ojo y bajó la vista hacia la mano de Denton. Tenía una mejor perspectiva del objeto que el chico sostenía y todavía no había levantado su arma.

–¿Es el mando para la música, Denton?

–Ajá.

–¿Puedes, por favor, dejarlo caer en el suelo delante de ti?

El chico vaciló y entonces dijo:

–Vale. —Dejó caer el aparato. Era en efecto un mando.

Ray enfundó su arma y Keri hizo lo mismo. Mientras Ray abría la puerta, Denton Rivers se giró y se sobresaltó al encontrar a Keri enfrente de él.

–¿Quién eres tú? —preguntó.

–Detective Keri Locke. Trabajo con él —dijo, señalando con la cabeza a Ray—. Qué bonito tienes esto, Denton.

En el interior, la casa estaba hecha un asco. Habían estampado las lámparas contra las paredes. Los muebles estaban tumbados. Había una botella de whisky medio vacía sobre una mesita, junto al origen de la música: un altavoz Bluetooth. Keri apagó la música. Con el silencio repentino, ella examinó la escena con más detalle.

Había sangre en la alfombra. Keri tomó nota mental pero no dijo nada.

Denton tenía unos rasguños profundos en el antebrazo derecho que podrían haber sido provocados por unas uñas. El tajo en un lado de la sien había dejado de sangrar pero hacía poco. Esparcidos por el suelo había los trozos de una foto de él y Ashley.

–¿Dónde están tus padres?

–Mi madre está en el trabajo.

–¿Y tu padre?

–Está muy ocupado haciendo de muerto.

Keri, sin inmutarse, dijo:

–Bienvenido al club. Buscamos a Ashley Penn.

–Que se joda.

–¿Sabes dónde está?

–No, y me importa una mierda. Ella y yo hemos terminado.

–¿Está aquí?

–¿Acaso la ves?

–¿Está aquí su teléfono? —insistió Keri.

–No.

–¿Es ese su teléfono, el que llevas en el bolsillo trasero?

El chico vaciló y, a continuación, dijo:

–No. Creo que tendríais que iros ahora.

Ray se colocó a una incómoda distancia corta del chico, le levantó mano y dijo:

–Déjame ver ese teléfono.

El chico tragó saliva de golpe, después se lo sacó del bolsillo y se lo pasó. La funda era rosada y parecía cara.

Ray preguntó:

–¿Es de Ashley?

El chico continuaba en silencio, desafiante.

–Puedo marcar su número y veremos si suena —dijo—. O tú puedes darme una respuesta directa.

–Sí, es suyo. ¿Y qué?

–Pon el culo en ese sofá y no te muevas —dijo Ray. Luego a Keri—: Haz lo tuyo.

Keri buscó en la casa. Había tres pequeños dormitorios, un baño diminuto y un armario para la ropa de cama, todos inofensivos en apariencia. No había señales de lucha ni de cautiverio. Encontró la cuerda para acceder a la buhardilla en el pasillo y tiró de ella. Se desplegó una serie de rechinantes escalones de madera que llevaban al piso superior. Subió por ellos con cuidado. Cuando llegó a la parte de arriba, sacó su linterna e iluminó a su alrededor. Era más un pequeño espacio libre para arrastrarse por él que una verdadera buhardilla. El techo estaba a poco más de un metro de altura y el entramado de las vigas dificultaba más el movimiento, incluso agachándose.

No había gran cosa allá arriba. Solo una década de telarañas, un buen número de cajas cubiertas de polvo y un baúl de madera de aspecto voluminoso en el extremo más lejano.

«¿Por qué alguien puso el objeto más pesado y asqueroso al fondo de la buhardilla? Tuvo que ser difícil llegar hasta esa esquina».

Keri suspiró. Por supuesto, alguien lo puso allí para hacerle la vida difícil a ella.

–¿Todo bien por allá arriba? —se oyó a Ray desde la sala.

–Sí. Solo reviso el ático.

Trepó hasta el último escalón y se abrió paso a lo largo del ático, asegurándose de pisar sobre los estrechas vigas de madera. Le preocupaba que un paso en falso la hiciera caer por el techo de yeso. Sudada y cubierta de polvorientas telarañas, finalmente llegó hasta el baúl. Cuando lo abrió e iluminó su interior, se sintió aliviada al comprobar que no había cuerpo. Vacío.

Keri cerró el baúl y rehizo su camino hasta la escalera.

De regreso en la sala, Denton no se había movido del sofá. Ray estaba sentado directamente enfrente de él, a horcajadas en una silla de cocina. Cuando ella entró, él la miró y preguntó:

–¿Había algo?

Ella negó con la cabeza.

–¿Sabemos dónde está Ashley, detective Sands?

–Todavía no, pero trabajamos en ello. ¿Correcto, Sr. Rivers?

Denton hizo como que no oía la pregunta.

–¿Puedo ver el teléfono de Ashley? —preguntó Keri.

Ray se lo entregó sin entusiasmo.

–Está bloqueado. Necesitaremos que los técnicos hagan su magia.

Keri miró a Rivers y dijo:

–¿Cuál es su contraseña, Denton?

El chico se burló de ella.

–No lo sé.

Keri le dejó claro con su expresión arisca que no le creía.

–Voy a repetir la pregunta de nuevo, muy educadamente. ¿Cuál es su contraseña?

Después de vacilar, el chico se decidió a decirlo:

–Miel.

Dirigiéndose a Ray, Keri dijo:

–Hay un cobertizo en la parte de atrás. Voy a echarle un vistazo.

Rivers desvió la mirada rápidamente hacia esa dirección pero no dijo nada.

Ya fuera, Keri usó una pala oxidada para forzar el candado que cerraba el cobertizo. Un rayo de luz penetraba a través de un agujero en el tejado. Ashley no estaba allí, solo había latas de pintura, viejas herramientas y varios trastos más. Justo cuando estaba a punto de salir, vio una pila de matrículas de vehículos de California sobre una estantería de madera. Al mirar con más detalle, contó seis pares, todas con pegatinas del año en curso.

«¿Qué están estas haciendo aquí? Tendremos que meterlas todas en bolsas».

Dio media vuelta y se dispuso a salir cuando una súbita brisa cerró de golpe la puerta oxidada, tapando la mayor parte de la luz que entraba en el cobertizo. Con esta semioscuridad impuesta, Keri sintió claustrofobia.

Tomó una gran bocanada de aire, luego otra. Trató de normalizar su respiración cuando la puerta se abrió con un crujido, permitiendo que entrara de nuevo algo de luz.

«Esto debe haber sido como lo que le pasó a Evie. Sola, arrojada a la oscuridad, confundida. ¿Es esto a lo que mi pequeña tuvo que enfrentarse? ¿Fue esta su pesadilla en vivo?»

Keri se tragó las lágrimas. Se había imaginado cientos de veces a Evie encerrada en un sitio como este. La próxima semana se cumplirían cinco años desde que ella desapareció. Pasar ese día iba a ser muy difícil.

Mucho había pasado desde entonces: la lucha para mantener su matrimonio a flote mientras sus esperanzas se desvanecían, el inevitable divorcio de Stephen, el año «sabático» de su cátedra en criminología y psicología en la Universidad Loyola Marymount, oficialmente destinado para realizar una investigación independiente, pero en realidad motivado por la bebida y las relaciones íntimas con algunos estudiantes, que finalmente habían forzado la mano de  la administración. A dondequiera que mirara, veía los pedazos rotos de su vida. Se había visto forzada a enfrentarse a su principal fracaso: su incapacidad para encontrar a la hija que le habían robado.

Keri se secó bruscamente las lágrimas de los ojos y se riñó a sí misma en silencio.

«Vale, le has fallado a tu hija. No le falles a Ashley también. ¡Ánimo, Keri!»

Ahí mismo en el cobertizo, encendió el teléfono de Ashley, y tecleó la palabra «Miel». La contraseña funcionó. Al menos Denton fue sincero en una cosa.

Pulsó Fotos. Había cientos de fotografías, la mayoría de ellas las más típicas: adorables selfies de Ashley con amigos en la escuela, ella y Denton Rivers juntos, unas cuantas fotos de Mia. Pero se sorprendió al ver, repartidas por todas partes, otras fotos más provocadoras.

Varias se habían tomado en un bar vacío o alguna especie de club, claramente antes o después de su horario de apertura, con Ashley y sus amigos visiblemente borrachos en modo de fiesta salvaje, disparándole a las cervezas, levantándose las faldas y mostrando los tangas. En algunas había yerba en pipas o en pitillo. Había una invasión de botellas de licor.

«¿A quién conocía Ashley que tuviera acceso a un lugar como ese? ¿Cuándo sucedió? ¿Cuando Stafford estaba en Washington? ¿Cómo es que su madre no tenía ni idea de esto?»

Fueron las fotos con el arma las que realmente llamaron la atención de Keri. De repente, estaba al fondo, sobre una mesa, una 9 mm SIG, casi invisible, al lado de un paquete de cigarrillos, o encima de un sofá, junto a una bolsa de patatas fritas. En una imagen, Ashley estaba afuera, en algún lugar del bosque, cerca del río, disparándole a unas latas de Coca-Cola.

«¿Por qué? ¿Era solo por diversión? ¿Estaba aprendiendo a protegerse a sí misma? Si era así, ¿de qué?»

Curiosamente, las fotos de Denton Rivers habían ido disminuyendo considerablemente en los últimos tres meses, que coincidían con otras nuevas de un chico con un  atractivo impresionante y una larga y salvaje melena de abundante cabello rubio. En muchas de esas fotografías, iba sin camiseta, mostrando sus bien definidos abdominales. Parecía muy orgulloso de ellos. Una cosa era cierta: era evidente que no era un chico de secundaria. Se veía como de poco más de veinte.

«¿Era él quien tenía acceso al bar?»

Ashley había tomado un buen número de fotos eróticas de sí misma. En algunas, enseñaba las bragas. En otras, no llevaba nada a excepción de un tanga, a menudo una tocándose de manera sugerente. En las fotos no se le veía nunca la cara pero se trataba sin duda de Ashley. Keri reconoció su dormitorio. En una imagen vio la estantería al fondo con el viejo libro de matemáticas que escondía su falsa identificación. En otra vio el peluche de Ashley al fondo, descansando sobre su almohada pero con la cabeza girada como si no soportara mirar. Keri sintió ganas de vomitar pero se contuvo.

Volvió al menú principal del teléfono y pulsó Mensajes para ver los mensajes de la chica. Las fotos eróticas de Fotos habían sido enviadas una por una a alguien llamado Walker, al parecer el chico de los abdominales. Los mensajes que las acompañaban dejaban poco a la imaginación. A pesar de la conexión especial de Mia Penn con su hija, estaba empezando a parecer que Stafford Penn comprendía a Ashley mucho mejor que la madre.

Había también un mensaje para Walker de hacía cuatro días que decía:

«Formalmente le di una patada a Denton. Espero drama. Ya te contaré».

Keri apagó el teléfono y se sentó en la oscuridad del cobertizo, pensando. Cerró los ojos y dejó que su mente vagara. Una escena se formó en su mente, una tan real como si ella misma estuviera allí.

Era una soleada  y agradable mañana  de un domingo de septiembre, llena por el infinito de un cielo azul californiano. Estaban en el parque infantil, ella y Evie. Stephen regresaba esa tarde de una excursión a pie por el Parque Nacional de los Árboles de Josué. Evie llevaba una camiseta color lila, pantalones cortos de color blanco, medias blancas de encaje y bambas.

Tenía una amplia sonrisa. Tenía los ojos verdes. Tenía el pelo rubio y ondulado, recogido en trenzas. Tenía el incisivo superior partido, era un diente definitivo, no de leche, así que necesitaría que se lo arreglaran en algún momento. Pero cada vez que Keri sacaba el tema, Evie entraba en pánico, así que aún no la había llevado.

Keri estaba sentada en el césped, con los pies descalzos y los papeles esparcidos a su alrededor. Estaba preparando sus notas para una intervención que haría a la mañana siguiente en la Conferencia de Criminología de California. Contaba incluso con un conferencista invitado, un detective del Departamento de Policía de Los Ángeles llamado Raymond Sands a quien ella había consultado en unos pocos casos.

–Mami, ¡vamos a buscar yogur helado!

Keri miró la hora.

Casi había acabado y había un local de Menchie’s de camino a casa.

–Dame cinco minutos.

–¿Eso quiere decir que sí?

Ella sonrió.

–Eso quiere decir que sí, un sí grande.

–¿Puedo ponerme virutas o solo toppings de frutas?

–A ver cómo te lo digo… ¿sabes qué podemos poner en las macetas del jardín?

–¿Qué?

–¡Virutas de madera! ¿Lo entiendes?

–Claro que lo entiendo, mami. ¡Ya no soy pequeña!

–Claro que no. Discúlpeme usted. Solo dame cinco minutos.

Volvió a concentrarse en el discurso. Un minuto después, alguien pasó junto a ella y le tapó por un instante con su sombra la página. Molesta por la distracción, intentó volver a concentrarse.

De repente, la tranquilidad se rompió por un grito que helaba la sangre. Keri levantó la vista, sobresaltada. Un hombre con una cazadora y una gorra de béisbol huía rápidamente. Solo pudo verle la espalda pero podía afirmar que llevaba algo en brazos.

Keri se puso de pie y buscó desesperadamente con la mirada a Evie. No se veía por ningún lado. Keri empezó a correr detrás del hombre incluso antes de estar segura. Un segundo después, la cabeza de Evie asomó por un lado del cuerpo del hombre. Se veía aterrada.

–¡Mami! —gritaba—. ¡Mami!

Keri los persiguió, a toda velocidad. El hombre llevaba ventaja. Para cuando Keri había recorrido la mitad del césped, él ya estaba en el aparcamiento.

–¡Evie! ¡Suéltala! ¡Alto! ¡Que alguien detenga a ese hombre! ¡Tiene a mi hija!

La gente miraba pero la mayoría parecía confundida. Nadie se levantó a ayudar. Y ella no veía a nadie en el aparcamiento para pararlo. Vio a dónde se dirigía. Había una furgoneta blanca al otro extremo del aparcamiento, estacionada en paralelo a la acera para salir fácilmente. Él ya estaba a menos de quince metros cuando de nuevo escuchó la voz de Evie.

–¡Por favor, mami, ayúdame! —suplicó.

–¡Ya vengo, cariño!

Keri corrió todavía más, con la vista nublada por las lágrimas ardientes, sobreponiéndose a la fatiga y el miedo. Ya estaba en el borde del estacionamiento. No le importaban los minúsculos fragmentos de asfalto que se le clavaban en sus pies desnudos.

–¡Ese hombre tiene a mi hija! —gritó de nuevo, apuntando en esa dirección.

Un adolescente que llevaba una camiseta y su novia salieron de su coche, a unos pocos paso de la furgoneta. El hombre pasó corriendo justo al lado de ellos. Parecían desconcertados hasta que Keri gritó de nuevo.

–¡Paradlo!

El chico comenzó a caminar hacia el hombre, y luego echó a correr. Para entonces el hombre había llegado a la furgoneta. Deslizó la puerta del lado y tiró a Evie hacia el interior como si fuera un saco de patatas. Keri escuchó el golpe sordo del cuerpo al impactar contra algo sólido.

Cerró la puerta violentamente y enseguida dio la vuelta corriendo para llegar al lado del conductor, donde el adolescente lo alcanzó y lo agarró por un hombro. El hombre dio media vuelta y Keri pudo verlo mejor. Llevaba unas gafas de sol y la gorra con la visera baja y era difícil verle a través de las lágrimas. Pero pudo entrever un cabello rubio y lo que parecía parte de un tatuaje, en el lado derecho del cuello.

Pero antes de que pudiera percibir algo más, el hombre echó hacia atrás el brazo y le soltó un puñetazo al adolescente en la cara, haciendo que se estrellara con un coche cercano. Keri escuchó un doloroso crujido. Vio que el hombre sacaba un cuchillo de la funda que llevaba en el cinturón y lo clavaba en el pecho del adolescente. Lo sacó y aguardó un segundo hasta ver que el chico caía al suelo antes de salir corriendo hacia el asiento del conductor.

Keri se forzó a sacarse de la cabeza lo que acababa de ver y no se concentró en otra cosa que no fuera llegar hasta la furgoneta. Oyó que el motor se encendía y vio que comenzaba a arrancar. Estaba a menos de seis metros.

Pero el vehículo ya estaba acelerando. Keri siguió corriendo pero sentía que su cuerpo empezaba a rendirse. Miró la matrícula para memorizarla. No había ninguna.

Buscó sus llaves y recordó que estaban en su bolso, en el parque. Corrió hasta donde estaba el adolescente, con la esperanza de coger las de él y su coche. Pero cuando llegó hasta el chico, vio que su novia estaba arrodillada junto a él y lloraba desconsolada.

Levantó la vista de nuevo. La furgoneta ya estaba lejos, dejando atrás un rastro de polvo. Ella no tenía matrícula, ninguna descripción que dar, nada que ofrecer a la policía. Su hija había desaparecido y ella no sabía qué hacer para recuperarla.

Keri se dejó caer al suelo junto a la chica adolescente y comenzó a llorar de nuevo, sin que pudieran distinguirse los gemidos de desesperación de una y de otra.

Cuando abrió los ojos estaba de nuevo en la casa de Denton. No recordaba haber salido del cobertizo ni haber caminado por el césped reseco. Pero de alguna manera había llegado a la cocina de Rivers. Con esta eran dos en un día.

Esto iba a peor.

Entró de nuevo en la sala, miró a Denton a los ojos, y dijo:

–¿Dónde está Ashley?

–No lo sé.

–¿Por qué estás en posesión de su teléfono?

–Se lo dejó aquí ayer.

–¡Mentira! Ella rompió contigo hace cuatro días. No estaba aquí ayer.

El puñetazo verbal se hizo evidente en la cara de Denton.

–Vale, se lo quité yo.

–¿Cuándo?

–Esta tarde, en la escuela.

–¿Solo se lo quitaste de la mano?

–No, tropecé con ella después del último toque de timbre y se lo saqué del bolso.

–¿Quién es el propietario de la furgoneta negra?

–No lo sé.

–¿Un amigo tuyo?

–No.

–¿Alguien que contrataste?

–No.

–¿Cómo te hiciste esos rasguños en el brazo?

–No lo sé.

–¿Cómo te hiciste ese chichón en la cabeza?

–No lo sé.

–¿De quién es la sangre que hay sobre la alfombra?

–No lo sé.

Keri cambió los pies de posición y trató de contener la furia que crecía en su sangre. Sentía que estaba perdiendo la batalla.

Lo miró fijamente y dijo, sin emoción:

–Voy a preguntarte una vez más: ¿dónde está Ashley Penn?

–Que te follen.

–Respuesta incorrecta. Piensa en ello de camino a la comisaría.

Le dio la espalda, dudó por un instante y entonces, de repente, se giró y lo golpeó con el puño fuerte y cerrado, con cada gramo de frustración en su cuerpo. Le dio de lleno en la sien, en el mismo punto de la herida anterior. Esta se abrió y salpicó de sangre todo, incluyendo la blusa de Keri.

Ray la contempló incrédulo, paralizado. Entonces puso de pie a Denton Rivers de un solo tirón y dijo:

–¡Ya oíste a la señorita! ¡Muévete! Y no tropieces ni te des un golpe en la cabeza con otra mesa de centro.

Keri le dedicó una sonrisa agridulce pero Ray no se la devolvió. Parecía horrorizado.

Algo como esto podía costarle a ella su trabajo.

A ella no le importaba, sin embargo. Lo único que le importaba ahora mismo era hacer que este mocoso hablara.




CAPÍTULO CINCO


Lunes

Al atardecer



Keri condujo el Prius, con Ray en el asiento de pasajero, mientras seguían a la patrulla que ella había llamado para trasladar a Rivers a comisaría. Keri escuchaba en silencio mientras Ray atendía el teléfono.

La capitana a cargo de la División Los Ángeles Oeste era Reena Beecher, quien sería puesta al tanto de la situación por el jefe de la Unidad de Delitos Mayores de la División Pacífico, el teniente Cole Hillman, jefe de Keri y Ray. Era él a quien Ray estaba informando. Hillman, o Martillo como algunos de sus subordinados le llamaban, tenía jurisdicción sobre personas desaparecidas, homicidio, robo y crímenes sexuales.

Para Keri, no era santo de su devoción. Para ella, Hillman parecía más interesado en salvar el culo que en jugárselo todo para resolver los casos. Quizás los años de servicio le habían suavizado. No tenía escrúpulos en atacar a los detectives que no limpiaban las mesas de su lista de casos abiertos. De allí el apodo de Martillo, que parecía encantarle. Pero para la mentalidad de Keri él era un hipócrita que se cabreaba cuando no cerraban casos y se cabreaba también cuando se arriesgaban para resolver esos mismos casos. Keri pensaba que un apodo más apropiado era «imbécil». Pero ya que no lo podía llamar así, su pequeña rebelión era no llamarlo tampoco por su apodo.

Keri aceleró por las calles de la ciudad, tratando de no perder al vehículo del escuadrón que iba delante. Junto a ella, Ray resumía para Hillman el cómo una llamada al caer la tarde acerca de una adolescente, que llevaba desaparecida un par de horas, se había transformado de pronto en una situación potencial de secuestro de la hija quinceañera de un senador de los Estados Unidos. Describió el vídeo de vigilancia de la oficina de préstamos, la visita a casa de Denton Rivers (excepto algunos detalles) y todo lo que había pasado entre una cosa y la otra.

–La detective Locke y yo estamos llevando a Rivers a comisaría para hacerle más interrogatorios.

–Espera, espera —dijo Hillman—. ¿Qué está haciendo Keri Locke en este caso? Esto está muy por encima de su rango, Sands.

–Ella cogió la llamada, teniente. Y ella ha descubierto casi todas las pistas que tenemos hasta ahora. Ya casi estamos en comisaría. Le daremos más información después, señor.

–Bien. Estaré allí pronto. Tengo que llamar a la capitana Beecher de todas formas. Ella querrá un informe sobre esto. He convocado a todo el personal para una reunión en quince minutos.

Colgó sin decir nada más.

Ray se dirigió hacia Keri y dijo:

–Nos darán una patada tan pronto les demos un informe completo, pero al menos hicimos algún progreso.

Keri frunció el ceño.

–Van a cagarla —dijo.

–Tú no eres la única investigadora buena en esta ciudad, Keri.

–Ya lo sé. Estás tú también.

–Gracias por ese cumplido ligeramente condescendiente, compañera.

–No lo dudes —replicó ella y, a continuación, añadió—: No le gusto a Hillman.

–No sé nada de eso. Yo pienso que él te encuentra un poco… atrevida para ser alguien con tan poca experiencia.

–Podría ser. O podría que él es un imbécil. No pasa nada. A mí tampoco me gusta él.

–¿Por qué dices eso?

–Porque es un pelota, un chupatintas y no tiene iniciativa. Además, cuando me cruzo con él en el pasillo sus ojos no suben más allá de mi pecho.

–Oh. Bueno, si vas a reprochar eso a cada policía que lo haga, solo te quedarán imbéciles.

Keri le echó una mirada de complicidad.

–Exactamente —dijo ella.

–Intentaré no tomármelo como algo personal —dijo él.

–No seas tan sensible, Gigante de Hierro.

Él permaneció por un momento en silencio en el asiento de pasajero. Keri estaba segura de que él quería decir algo pero no estaba seguro de cómo plantearlo. Finalmente habló:

–¿Vamos a hablar de lo que pasó?

–¿Qué?

–Ya sabes, que agrediste a un menor.

–Ah, eso. Preferiría que no. Además, creo que dijiste que se dio un golpe en la cabeza con la mesita.

–Si resulta que él no está metido en esto y presenta una queja, podría haber consecuencias.

–No me preocupa.

–Bueno, pues a mí sí. Puede que sea porque estamos acercándonos al aniversario. ¿Has llamado últimamente a la Dra. Blanc?

El silencio de Keri le sirvió de respuesta.

–Quizás deberías hacerlo —dijo él en voz baja.

Keri entró en el aparcamiento de la División, poniendo fin a la conversación.

Denton Rivers fue llevado a la sala de interrogatorios mientras Keri rellenaba la denuncia de cargos contra él por robo de propiedad, concretamente del móvil de Ashley. Bastaría para retenerlo por unas pocas horas. Para entonces, con algo de suerte, habrían averiguado algo más.

Después de eso, se dirigieron a la Sala de juntas A, la gran sala donde los comandantes de guardia distribuían las tareas al comienzo de cada turno. La reunión general de Hillman estaba a punto de comenzar.




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