Casi Perdida
Blake Pierce


La Niñera #2
CASI PERDIDA (LA NIÑERA—LIBRO #2) es el segundo libro de la nueva serie de suspenso psicológico por el autor bestseller Blake Pierce, cuyo libro gratuito y exitoso UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) ha recibido más de 1.000 opiniones de cinco estrellas.



Cuando un hombre divorciado, de vacaciones en la campiña británica, publica un aviso solicitando una niñera, Cassandra Vale, de 23 años, en bancarrota y aún reponiéndose del fracaso de su último empleo en Francia, acepta el trabajo sin vacilar. Adinerado, guapo y generoso, con dos dulces hijos, ella cree que nada puede salir mal



¿O quizás sí?



Disfrutando lo mejor que Inglaterra tiene para ofrecer, y con Francia fuera de vista, Cassandra se atreve a creer que al fin puede tomarse un respiro…hasta que una revelación sorprendente la obliga a cuestionarse las certezas de su tumultuoso pasado, su jefe y su propia cordura.



Un misterio fascinante, repleto de personajes complejos, varios secretos, giros dramáticos y suspenso vibrante, CASI PERDIDA es el libro #2 de la serie de suspenso psicológico que hará que devore las páginas hasta la madrugada.



¡El libro #3 de la serie—CASI MUERTA—ya se puede reservar!





Blake Pierce

CASI PERDIDA




C A S I  P E R D I D A




(La Niñera—Libro Dos)




B L A K E   P I E R C E



Blake Pierce

Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSIE HUNT (que cuenta con tres libros).



Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com para saber más y mantenerte en contacto.








Derechos reservados © 2019 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto según lo permitido por la ley de derechos reservados de EE.UU. de 1976, ninguna parte de este libro podrá reproducirse, distribuirse o transmitirse en ninguna forma y por ningún medio, o almacenarse en una base de datos o sistema de recuperación, sin previo permiso de la autora. Este ebook está autorizado únicamente para su disfrute personal. Este ebook no podrá revenderse o regalarse a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor adquiera una copia adicional para cada lector. Si usted está leyendo este libro y no lo compró, o si no se lo compraron para que únicamente usted lo usara, por favor, devuélvalo y adquiera su propio ejemplar. Gracias por respetar el trabajo del autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de forma ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es mera coincidencia. Los derechos de la imagen de portada son de Suzanne Tucker y se utilizaron bajo autorización de Shutterstock.com.



LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE

LA NIÑERA

CASI AUSENTE (Libro #1)

CASI PERDIDA (Libro #2)

CASI MUERTA (Libro #3)



SERIE DE THRILLER DE SUSPENSE PSICOLÓGICO CON JESSIE HUNT

EL ESPOSA PERFECTA (Libro #1)

EL TIPO PERFECTO (Libro #2)

LA CASA PERFECTA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE

AL LADO (Libro #1)

LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2)

CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE

SI ELLA SUPIERA (Libro #1)

SI ELLA VIERA (Libro #2)

SI ELLA CORRIERA (Libro #3)

SI ELLA SE OCULTARA (Libro #4)

SI ELLA HUYERA (Libro #5)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)

ATRAYENDO (Libro #3)

TOMANDO (Libro #4)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ AÑORADO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8)

UNA VEZ ACECHADO (Libro #9)

UNA VEZ PERDIDO (Libro #10)

UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11)

UNA VEZ ATADO (Libro #12)

UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13)

UNA VEZ INACTIVO (Libro #14)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE MATE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE CODICIE (Libro #3)

ANTES DE QUE SE LLEVE (Libro #4)

ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5)

ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6)

ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7)

ANTES DE QUE CACE (Libro #8)

ANTES DE QUE ATRAPE (Libro #9)

ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10)

ANTES DE QUE DECAIGA (Libro #11)

ANTES DE QUE ENVIDIE (Libro #12)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

CAUSA PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)

UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5)

UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)

UN RASTRO DE VICIO (Libro #3)

UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4)

UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5)




CAPÍTULO UNO


Cassandra Vale estaba en la larga y lenta fila para el London Eye. Después de una espera de media hora, estaba lo suficientemente cerca para ver a la rueda gigante alzarse sobre ella, con la arcada curvándose en el cielo nublado. La vista aérea de Londres era la atracción más importante de la ciudad, incluso en este día gris de noviembre.

Ella estaba sola, aunque parecía que todos los demás estaban allí con amigos o familia. En frente de ella había una mujer rubia, nerviosa, que parecía tener unos veintipico, más o menos de la edad de Cassie. Estaba a cargo de tres niños revoltosos de cabello oscuro. Aburridos por la espera, habían empezado a gritar y a pelearse, dándose empujones y alejándose de la fila. Estaban causando una perturbación tal, que la gente estaba empezando a quejarse. El anciano que estaba adelante de ella se volteó y la fulminó con la mirada.

–Por favor, ¿podría pedirles a los niños que se tranquilicen? —le preguntó a la rubia, en un tono exasperado de clase alta británica.

–Lo siento mucho. Lo intentaré —se disculpó la joven, al borde de las lágrimas.

Cassie ya había identificado que la rubia estresada era una niñera. Observar esta confrontación le había recordado en dónde había estado ella un mes atrás. Sabía exactamente cuán inútil se sentía la mujer, atrapada entre niños incontrolables que habían empezado a portarse mal y las miradas de desaprobación de los espectadores que empezaban a criticar. Eso solo podía terminar mal.

“Alégrate de no estar en su lugar”, se dijo Cassie. “Tienes la oportunidad de disfrutar de tu libertad y explorar esta ciudad”.

El problema era que no se sentía libre. Se sentía expuesta y vulnerable.

Su antiguo jefe estaba por ir a juicio por homicidio y ella era la única persona que sabía toda la verdad acerca de lo que había ocurrido. Peor aún, a esta altura él ya sabría que ella había destruido parte de las pruebas que él pretendía usar en su contra.

Sintió malestar ante el temor de que él la estuviera buscando.

¿Quién sabe hasta dónde podía llegar el alcance de un hombre rico y desesperado? En una ciudad de millones de habitantes, ella pensó que sería fácil esconderse, pero los periódicos franceses estaban por todos lados. Los titulares le gritaban desde todas las tiendas. Sabía que la vigilancia por cámaras era intensa, especialmente en las atracciones turísticas, y el centro de Londres era básicamente una enorme atracción turística.

Al levantar la vista, Cassie vio a un hombre de cabello oscuro parado en la plataforma al costado de la rueda. Había sentido su mirada hacía un momento, y vio que estaba mirando hacia su dirección otra vez. Intentó convencerse de que probablemente era un guardia de seguridad o un policía vestido de civil, pero eso no la tranquilizó. Estaba intentando evitar a la policía, ya sea vestida de civil o no, a detectives privados e incluso a expolicías que hubiesen optado por un tipo de trabajo más lucrativo como matones a sueldo.

Cassie se paralizó al ver que el hombre tomaba su teléfono, o quizás era un walkie-talkie, y se comunicaba inmediatamente. Acto seguido salió de la plataforma y caminó dando zancos de forma resuelta en su dirección.

Cassie decidió que no necesitaba ver una vista aérea de Londres hoy. No importaba que ya hubiese pagado la entrada, se iba a ir de allí. Volvería en otro momento.

Se dio vuelta para irse, lista para abrirse camino a empujones lo más rápido posible por la fila de gente, pero vio con horror que dos policías más se acercaban por detrás.

Las adolescentes que estaban paradas detrás de ella también habían decidido marcharse. Ya se habían dado vuelta y estaban empujando en la fila hacia la salida. Cassie las siguió, agradecida de que le abrieran el camino, pero el pánico la invadió al ver que los oficiales la seguían.

–¡Espere, señora! ¡Deténgase ahora! —gritó el hombre detrás de ella.

No se iba a dar vuelta. No lo haría. Gritaría, se aferraría a las otras personas en la fila, rogaría e imploraría, y diría que tenían a la persona equivocada, que ella no sabía nada del sospechoso de homicidio Pierre Dubois y que nunca había trabajado para él. Haría lo que fuera para escaparse.

Pero mientras ella se ponía tensa para dar pelea, el hombre pasó empujándola con el hombro y atrapó a las dos adolescentes que estaban delante de ella.

Las jóvenes comenzaron a gritar y luchar de la misma forma en que ella lo había planeado. Otros dos policías vestidos de civil llegaron hasta allí, empujando a los transeúntes a un lado y tomando a las jóvenes del brazo mientras  uno de los policías uniformados abría sus bolsos.

Para sorpresa de Cassie, el policía sacó tres teléfonos celulares y dos carteras de la mochila color rosa fluorescente de la joven más alta.

–Carteristas. Revisen sus bolsos, damas y caballeros. Por favor, avísennos si les faltan algunas de sus pertenencias —dijo el oficial.

Cassie tomó su chaqueta y sintió alivio al comprobar que su teléfono estaba guardado en un lugar seguro en el bolsillo interno. Luego miró adentro del bolso y el corazón le dio un vuelco al ver que el cierre estaba abierto.

–Mi cartera no está —dijo ella—. Alguien me la robó.

Ansiosa y sin aliento, salió de la fila y siguió al policía hasta una pequeña oficina de seguridad a la vuelta de la esquina. Las dos carteristas ya estaban esperando allí, ambas llorando, mientras la policía vaciaba sus mochilas.

–¿Algo de esto es suyo, señora? —preguntó el oficial vestido de civil, mientras señalaba los teléfonos y carteras sobre el mostrador.

–No, nada.

Cassie también sintió ganas de estallar en lágrimas. Observó cómo el oficial daba vuelta la mochila, con la esperanza de ver caer su cartera de cuero rasgada, pero la mochila estaba vacía.

El oficial sacudió la cabeza con enojo.

Se los pasan entre ellos en la fila y los desaparecen de vista muy rápido. Usted estaba enfrente de las ladronas, así que probablemente se llevaron su cartera hace un buen rato.

Cassie se volteó y miró a las ladronas. Deseaba que todo lo que sentía y pensaba de ellas se reflejara en su rostro. Si el oficial no estuviese parado allí, las hubiese insultado y les hubiese preguntado qué derecho tenían de arruinarle la vida. No se estaban muriendo de hambre, llevaban zapatos nuevos y chaquetas de marca. Seguramente hacían esto por diversión o para comprar drogas o alcohol.

–Disculpe, señora —continuó el policía—. Si no le molesta esperar unos minutos, necesitamos que realice una declaración.

Una declaración. Cassie sabía que eso no le convenía.

No quería ser el centro de atención de la policía, en absoluto. No quería darles su dirección, ni decirles quién era o que sus detalles figuraran en ningún informe oficial aquí en el Reino Unido.

–Solo le voy a avisar a mi hermana que estoy aquí —le mintió al oficial.

–No hay problema.

Él se volteó, alejándose mientras hablaba por el walkie-talkie, y Cassie salió rápidamente de la oficina.

Su cartera era historia, había desaparecido. No tenía forma de recuperarla, incluso si escribía cien informes policiales. Así que decidió hacer lo mejor: irse del London Eye y no volver nunca más.

Qué desastre había sido esta salida. Había retirado un montón de dinero esa mañana y sus tarjetas de débito también habían desaparecido. No podía ir al banco a retirar dinero porque no llevaba identificación, su pasaporte estaba en la casa de huéspedes y no tenía tiempo de ir a buscarlo porque había planeado ir del London Eye directo a encontrarse con su amiga Jess para almorzar.

Media hora después, sintiéndose sacudida por el crimen, horrorizada por la cantidad de dinero que había perdido y totalmente fastidiada con Londres, Cassie entró al pub en donde se iban a encontrar. Se había adelantado a la hora pico del almuerzo, y le pidió a la mesera que le reservara un lugar para ellas en una esquina mientras iba al baño.

Mirándose al espejo, arregló su cabello ondulado y cobrizo e intentó sonreír alegremente. La expresión le resultó extraña. Estaba segura de que había bajado de peso desde la última vez que había visto a Jess, y pensó críticamente que se veía demasiado pálida y estresada, no solo por el trauma que había pasado más temprano.

Salió del baño justo a tiempo para ver a Jess entrar al pub.

Jess llevaba la misma chaqueta que tenía cuando se habían conocido, hacía más de un mes, ambas de camino a trabajar como niñeras en Francia. Verla hizo que los recuerdos la volvieran a inundar. Cassie recordó cómo se había sentido al abordar el avión. Asustada, insegura y con serios temores respecto a la familia que le habían asignado. Los que resultaron ser justificados.

Por el contrario, a Jess la había contratado una familia amorosa y amigable, y Cassie pensó que se veía muy feliz.

–Qué bueno verte —dijo Jess, dándole un abrazo apretado—. Esto es tan divertido.

–Es emocionante. Pero tengo un problema —confesó Cassie.

Le explicó que le habían robado la cartera más temprano.

–¡No! Eso es horrible. Qué mala suerte que hayan encontrado otras carteras y no la tuya.

–¿Puedes prestarme algo de dinero para el almuerzo y para el billete de autobús de regreso a la casa de huéspedes? Ni siquiera puedo retirar dinero en el banco sin mi pasaporte. Te lo transferiré en cuanto pueda conectarme a internet.

–Por supuesto. No es un préstamo, es un regalo. La familia para la que trabajo vino a Londres por un casamiento y hoy está en Winchester con la madre de la novia, así que me dieron mucho dinero para disfrutar de Londres por el día. Después de aquí, me voy a Harrods.

Jess sacudió su blonda cabellera, riéndose mientras compartía el dinero con Cassie.

–Oye, ¿nos tomamos una selfi? —sugirió, pero Cassie no accedió.

–No tengo nada de maquillaje —explicó, y Jess se rió y guardó su teléfono.

Claro que la falta de maquillaje no era la verdadera razón. Estaba haciendo todo lo posible para pasar desapercibida. Lo primero que había hecho al llegar a Londres había sido cambiar la configuración de sus redes sociales a un perfil privado. Sus amigos, bien intencionados, podrían decir algo y podrían rastrear su ruta. No quería que nadie supiera en dónde estaba. Ni su exnovio en Estados Unidos, ni su exjefe o su equipo legal en Francia.

Había pensado que se sentiría segura una vez que se fuera de Francia, pero no se había dado cuenta de lo accesible e interconectada que estaba toda Europa. Volver directamente a Estados Unidos hubiese sido la elección más sensata.

–Te ves increíble, ¿bajaste de peso? —Preguntó Jess—. ¿Y cómo van las cosas con la familia que te contrató? Habías dicho que estabas preocupada por ellos.

–No funcionó, ya no trabajo para ellos —dijo cuidadosamente, pasando por alto los detalles desagradables que no podía obligarse a pensar.

–Ay no, ¿qué ocurrió?

–Los niños se mudaron al sur de Francia y la familia ya no necesitaba una niñera.

Cassie lo simplificó lo mejor que pudo, con la esperanza de que una explicación aburrida evitara más preguntas, porque no quería tener que mentirle a su amiga.

–Supongo que esas cosas ocurren. Pudo haber sido peor. Podrías haber trabajado para esa familia de la que todo el mundo habla, la que el esposo irá a juicio por asesinar a su prometida.

Cassie bajó la mirada rápidamente, por miedo a que su expresión la delatara.

Afortunadamente las distrajo la llegada del vino, y luego de que ordenaran la comida, Jess abandonó el chisme jugoso.

–¿Qué vas a hacer ahora? —le preguntó a Cassie.

Cassie se sintió avergonzada por la pregunta, porque no tenía una repuesta coherente. Deseaba poder decirle a Jess que tenía un plan y que no estaba viviendo un día a la vez, sabiendo que tenía que aprovechar al máximo su estadía en Europa, pero sintiéndose cada vez más insegura acerca de su situación aquí.

–No estoy segura. Estuve pensando en volver a Estados Unidos, buscar trabajo en un lugar más cálido. Florida, quizás. Es costoso quedarse aquí.

Jess asintió con comprensión.

–Cuando llegué compré un auto. Alguien en la casa de huéspedes lo tenía a la venta. Eso se llevó mucho de mi dinero.

–¿Así que tienes un auto? —Preguntó Jess—. ¡Eso es genial!

–Lo he disfrutado mucho. Hice viajes increíbles afuera de la ciudad, pero usar el auto con la nafta y todo lo demás, e incluso la vida diaria me está costando más de lo que esperaba.

Desangrar dinero sin ninguna perspectiva de ganar más la estaba preocupando y le recordaba las batallas que había sufrido cuando era más joven.

Había abandonado su casa a los dieciséis años para escaparse de su padre violento y abusador, y desde entonces tuvo que cuidarse sola. No tenía seguridad, ni ahorros, ni una familia en la que apoyarse, porque su madre se había muerto y su hermana mayor, Jacqui, se había escapado unos años antes y nunca más había vuelto a contactarse.

Vivir sola había significado para Cassie sobrevivir mes a mes. A veces apenas lo lograba. No importaba si a fin de mes comía manteca de maní, había sido su alimentación básica en tiempos difíciles, y tenía el hábito de aceptar trabajos en restaurantes o como barman, en parte porque incluían comida gratis para el personal.

Ahora, la aterrorizaba vivir de los ahorros decrecientes que eran todo lo que tenía en el mundo, y gracias al dinero que le habían robado hoy, esos ahorros eran aun más minúsculos.

–Puedes buscar un trabajo temporal para salir del apuro —le aconsejó Jess, como si le hubiese leído la mente.

–Lo hice. Me presenté en algunos restaurantes e incluso solicité trabajo como barman en algunos pubs, pero me rechazaron inmediatamente. Aquí insisten mucho con tener los papeles en regla y yo solo tengo visa de visitante.

–¿Trabajo en restaurantes? ¿Por qué no como niñera? —preguntó Jess con curiosidad.

–No —lanzó Cassie, antes de recordar que Jess no sabía nada acerca de las circunstancias de su trabajo anterior. Luego continuó.

–Si no puedo trabajar, no puedo trabajar. No tener visa significa no tener visa, y trabajar como niñera es un compromiso a largo plazo.

–No necesariamente —argumentó Jess—. No tiene por qué serlo. Y tengo experiencia como niñera sin tener visa.

–¿De veras?

Cassie estaba decidida. No iba a volver a trabajar como niñera. De todas formas, lo que decía Jess parecía interesante.

–Todos los restaurantes y pubs reciben inspecciones regularmente. No hay forma de que contraten a alguien sin la visa adecuada. Pero trabajar para una familia es diferente. Es una zona gris. Después de todo, podrías ser una amiga de la familia. ¿Quién puede decir que en realidad estás trabajando? El año pasado me quedé en Devon con una amiga por un tiempo, y terminé haciendo algunos trabajos temporales, cuidando niños de los vecinos y de gente de la zona.

–Es bueno saberlo —dijo Cassie, pero no tenía la intención de explorar más esa opción.

Hablar con Jess hacía que se afianzara su decisión de volver a Estados Unidos. Si vendía el auto tendría suficiente dinero para mantenerse allí hasta que pudiera recuperarse.

Por otro lado, había pensado pasar más tiempo viajando. Había esperado con ansias pasar un año entero en el extranjero, y que eso le diera el tiempo que necesitaba para dejar atrás el pasado. Esta era su oportunidad para empezar su vida de cero y volver como una persona distinta. Volver a casa al poco tiempo de haberse ido sería como darse por vencida. No importaba que la gente pensara que no había tenido éxito, ella sentiría que había fracasado.

El mesero llegó con los platos llenos de nachos. Cassie le hincó el diente a la comida, hambrienta porque se había salteado el desayuno.

Pero Jess se detuvo con el ceño fruncido y sacó su teléfono del bolso.

–Hablando de trabajos de medio tiempo, una de las personas para las que trabajé me llamó ayer para ver si podía volver a ayudarlo.

–¿En serio? —preguntó Cassie, pero estaba concentrada en la comida.

–Ryan Ellis. Trabajé para él el año pasado. Los padres de su esposa se mudaban y necesitaban a alguien que cuidara de los niños mientras ellos estaban de viaje. Son personas encantadoras, y sus hijos tampoco están mal, tienen un varón y una nena. Hicimos un montón de cosas divertidas. Viven en un hermoso pueblo costero.

–¿En qué consiste el trabajo?

–Está buscando a alguien para más o menos tres semanas de forma urgente, para residir allí. Esto puede ser justo lo que necesitas, Cassie. Me pagaba muy bien, me daba efectivo y no le importaba para nada que no tuviera visa. Decía que si me habían aceptado en una agencia de niñeras, era porque sin dudas yo era una persona confiable. ¿Por qué no lo llamas y averiguas más?

Cassie se sintió tentada ante la posibilidad de tener efectivo en su bolsillo. Pero ¿otro trabajo como niñera? No se sentía lista. Quizás nunca lo estaría.

–No estoy segura de que sea para mí.

Sin embargo, Jess parecía decidida a solucionarle el futuro a Cassie. Marcó en su teléfono.

–Déjame que te envíe su número de todos modos. Y yo le enviaré un mensaje para decirle que quizás te pongas en contacto, y que yo te recomiendo ampliamente. Nunca se sabe, aun si no trabajas para él, quizás él conozca a alguien que necesite una casera. O a una paseadora de perros. O algo.

Cassie no podía discutir con ese razonamiento, y un minuto después su teléfono vibró por la llegada del mensaje de Jess.

–¿Cómo va tu trabajo? —le preguntó, una vez que Jess terminó de enviar el mensaje.

–No podría ir mejor.

Jess untó guacamole con un nacho.

–La familia es encantadora. Son muy generosos con mi tiempo libre y me dan muchas bonificaciones. Los niños pueden ser traviesos pero nunca desagradables, y creo que yo también les agrado.

Luego dijo en voz baja.

–La semana pasada, con toda la gente que llegaba para el casamiento, me presentaron a uno de los primos. Tiene veintiocho, es muy lindo y dirige una empresa de soporte informático. Creo que le gusto, y digamos que me divierte volver a coquetear.

Aunque estaba contenta por su amiga, Cassie no pudo evitar sentir una punzada de envidia. Ese era el trabajo soñado que secretamente ella había esperado. ¿Por qué a ella le había salido todo mal? ¿Había sido tan solo mala suerte o era, de alguna manera, por las decisiones que había tomado?

De repente, Cassie recordó lo que Jess le había dicho en el vuelo hacia Francia. Le había contado a Cassie que su primera asignación no había funcionado, por lo que la había abandonado y lo había intentado de nuevo.

Jess había tenido suerte en su segundo intento, y eso hizo que Cassie se preguntara si se estaba dando por vencida demasiado pronto.

Cuando terminaron los nachos, Jess miró la hora.

–Mejor me apuro. Harrods me está esperando —dijo—. Tendré que comprar regalos para toda la familia, para los niños y para el hermoso Jacques. ¿Qué le puedo comprar? ¿Qué se le regala a alguien con quien estás coqueteando? ¡Me llevará un buen rato decidirme!

Cassie se despidió de Jess con un abrazo, y con pena de que su almuerzo se hubiera terminado. La conversación amistosa había sido una distracción agradable. Jess parecía muy feliz, y Cassie podía entender por qué. La necesitaban y la valoraban, estaba ganando dinero, tenía un propósito en la vida y estaba segura.

Jess no andaba vagando sola, sin compañía, sin trabajo y con la paranoia de que la estaban buscando porque un juicio por homicidio estaba por empezar.

Unas semanas en un pueblo remoto podía ser exactamente lo que necesitaba ahora, en varios sentidos. Y Jess tenía razón. La llamada telefónica podía llevar a otras oportunidades laborales. Nunca las encontraría si no seguía intentándolo.

Cassie salió del pub lleno de gente para buscar una esquina tranquila, mirando a su alrededor en caso de que pasara algún carterista o ladrón de teléfonos.

Respiró hondo, y antes de que pudiera pensarlo demasiado y perdiera la calma, marcó el número.




CAPÍTULO DOS


Cassie se acercó a la pared para protegerse de la llovizna, aferrando su teléfono. Ahora que había llamado a Ryan Ellis, se sentía cada vez más nerviosa.

Tendría que ganar dinero de alguna forma si quería quedarse más tiempo en el Reino Unido, pero después de lo que había vivido en Francia no estaba segura de que trabajar como niñera fuese la decisión correcta. Aunque el trabajo fuese ideal, ¿la contratarían con tan poca experiencia y sin acreditación?

Cassie se imaginó armándose de valor para preguntar si podía aceptar el trabajo, para luego recibir un “No” vergonzoso como respuesta.

El teléfono sonó tantas veces que temió que la atendiera el correo de voz. En el último momento posible, un hombre atendió y respondió.

–Ryan al habla —dijo él.

Parecía sin aliento, como si hubiese tenido que correr hacia el teléfono.

–Hola, ¿es usted Ryan Ellis? —preguntó Cassie.

Se avergonzó ante la obviedad de la pregunta, pero no lo conocía y no le parecía correcto decir “Hola, Ryan”.

–Sí, soy yo. ¿Con quién hablo, por favor?

No parecía irritado sino más bien curioso.

–Mi nombre es Cassie Vale  y conseguí su número de mi amiga Jess, que trabajó para usted el año pasado. Ella me dijo que estaba buscando a alguien que lo ayudara a cuidar de los niños por un tiempo.

–Jess, Jess, Jess —repitió Ryan, como intentando ubicar el nombre, y luego— Ah, sí, ¡Jess de Estados Unidos! Ahora veo que me envió un mensaje. Qué joven tan agradable. ¿Ella te recomendó? ¿Es por eso que te comunicaste conmigo? Aún no leí el mensaje.

Cassie vaciló. ¿Iba a decir que sí? Hacerlo significaría comprometerse, y no estaba segura de querer dar ese paso aún.

–Quisiera saber más acerca del trabajo —dijo—. Estaba trabajando de niñera en Francia pero mi asignación terminó. He estado pensando en hacer algo a corto plazo, pero aún no estoy segura.

Hubo un breve silencio.

–Déjame ponerte al corriente. En este momento estoy desesperado. Acabo de pasar por un divorcio que me ha dejado bastante conmocionado. Los niños ni siquiera hablan de lo sucedido y necesito a alguien que los anime y con quien divertirse. Encima de todo tengo un proyecto laboral importante, con una fecha límite que está acaparando todo mi tiempo.

Cassie se sorprendió ante el relato de Ryan. No esperaba que estuviera en una situación tan seria. Con razón estaba desesperado por conseguir a alguien que lo ayudara.

El divorció debió haber sido traumático si había afectado tanto a los niños. Supuso que si Ryan los estaba cuidando su esposa debía haberlo dejado, probablemente por alguien más.

No tenía idea de cuál era la respuesta correcta.

–Eso suena muy estresante —dijo finalmente, para llenar el breve silencio.

–Estuve haciendo llamadas porque no he tenido la oportunidad de poner un anuncio, y me siento tan confundido que no creo que pueda seleccionar a alguien nuevo. Todos los que han trabajado para mí no están disponibles. No me importa decírtelo, necesito ayuda. Estoy dispuesto a pagar el triple de la tarifa normal, y el trabajo durará un máximo de tres semanas.

–Bueno… —comenzó Cassie.

No podía forzarse a decir que no. Sería cruel, siendo que este hombre estaba en una circunstancia tan urgente. Sentía pena por él, y sería egoísta rechazar el empleo inmediatamente. Claramente estaba desesperado por conseguir ayuda, y la buena paga junto con el periodo acotado era tentador.

–¿Por qué no vienes a conocernos? —Sugirió Ryan— ¿Tienes auto? Si no, puedo ir a buscarte a la estación. Pagaré por el billete, por supuesto.

–Tengo auto —dijo Cassie.

–Eso lo hace más fácil, te debería llevar unas cinco horas si el tráfico ayuda. Ahora te envío un mensaje con la dirección, y te devolveré el dinero del viaje si no te agradamos.

–Está bien. Saldré mañana en la mañana. Debería llegar a la hora del almuerzo —dijo Cassie.

Cortó el teléfono, aliviada de tener la oportunidad de pasar un tiempo con la familia antes de tomar una decisión. Si le agradaban, podría tener la oportunidad de hacer la diferencia en sus vidas, ofreciéndoles ayuda y apoyo durante un momento difícil.

Cuando Ryan le dijo que se había divorciado recientemente, no esperó sentir tanta compasión hacia él. Al haber crecido en un hogar lleno de conflictos y haber perdido a su madre a temprana edad, ella entendía lo que era. Esta era una situación en la que ella sabía que podía ser útil para la familia.

Cuando dejó su casa siendo una joven de dieciséis años desesperada y traumatizada, estaba decidida a seguir los pasos de su hermana y alejarse de los maltratos de su padre para siempre. Pero luego de escapar de su dominio rabioso, terminó en una relación dañina con su tóxico novio, Zane. Luego de viajar a Francia para huir de Zane, fue a parar a la pesadilla más grande de todas.

Fuera de la ciudad, en un pueblo costero remoto, estaría escondida, a salvo y podría vivir en un ambiente familiar en el que se sentiría útil, esa había sido una de las principales razones por las que había querido trabajar como niñera desde un principio.

Cassie esperaba poder utilizar su tiempo allí para sanar.




CAPÍTULO TRES


El viaje a la casa de Ryan Ellis le llevó más tiempo de lo que Cassie esperaba. Parecía imposible evitar el tráfico que obstruía las carreteras hacia el sur, y había dos zonas con obras viales en las que tuvo que tomar un desvío interminable.

Al estar más tiempo en la carretera, se estaba quedando sin combustible. Tuvo que utilizar lo último que le quedaba del dinero que Jess le había prestado para llenar el tanque. Preocupada por que Ryan pensara que había cambiado de idea, le envió un mensaje para disculparse y decirle que llegaría más tarde. Él respondió de inmediato: “No te preocupes, tómate tu tiempo, conduce con cuidado”.

Se apartó de la carretera dirigiéndose hacia el campo, y el paisaje era idílico. Estiró el cuello para observar, por encima de los arrayanes recortados, las pendientes con los mosaicos de praderas en todos los tonos desde verde profundo a castaño dorado, las granjas pintorescas y los ríos serpenteantes. El paisaje organizado le produjo una sensación de paz, aunque sabía que las nubes que se aproximaban terminarían en una tarde de lluvia, y deseó poder llegar a destino antes de que comenzara.

Después de más de seis horas de haber salido de Londres, llegó al pintoresco pueblo costero. Aún en las penumbras, el pueblo parecía encantador. El auto traqueteaba sobre las calles adoquinadas y los huecos entre las filas de casas le ofrecían vistazos del pintoresco puerto detrás. Ryan le había indicado cruzar el pueblo y conducir por la calle sobre el acantilado. La casa estaba a un par de kilómetros y tenía vista al mar.

Cassie se detuvo ante la verja abierta y observó con asombro que la casa que tenía en frente era casi demasiado perfecta para ser real. Parecía el lugar en el que siempre había soñado vivir. Una casa simple pero maravillosa, con líneas empinadas y detalles en madera que se fundían armoniosamente con el entorno, y que parecía un barco anclado en el puerto, con la diferencia de que esta construcción estaba enclavada en un acantilado y tenía una vista increíble del océano. El patio, bien cuidado, tenía un columpio y un subibaja. Ambos estaban oxidados, y Cassie supuso que eso daba una pista de la edad de los niños.

Cassie se miró en el espejo del auto y se arregló el cabello. Tenía las ondas alisadas y con brillo porque se las había arreglado esa mañana, y el labial color coral estaba impecable.

Estacionó en la entrada empedrada y se dirigió hacia la casa por un camino bordeado por lechos de flores. Incluso en esta época del año, los lechos brillaban con flores amarillas y reconoció unas madreselvas en flor a la distancia. Supuso que en el verano sería un despilfarro de color.

La puerta del frente se abrió antes de que ella llegara.

–Buenas tardes, Cassie. Un gusto conocerte. Soy Ryan.

El hombre que la saludaba le llevaba una cabeza, estaba en forma y parecía sorprendentemente joven, con el cabello alborotado de color castaño arena, y penetrantes ojos azules. Sonreía y parecía estar realmente encantado de verla. Llevaba una remera descolorida de Eminem y unos jeans gastados. También vio que tenía un paño de cocina enganchado en la pretina.

–Hola, Ryan.

Estrechó su mano extendida. El apretón fue cálido y firme.

–Llegaste justo cuando estaba limpiando la cocina y en los preparativos para tu llegada. El agua ya hirvió, ¿tomas té? Es una costumbre muy inglesa, lo sé, pero si prefieres también tengo café.

–Me encantaría un té —dijo Cassie, afianzada ante la bienvenida tan natural.

Mientras él cerraba la puerta y la guiaba hacia la cocina, ella vio que Ryan Ellis era muy diferente de lo que ella había esperado. Era más amigable de lo que se había imaginado y le encantó que estuviera preparado para limpiar la cocina.

Cassie recordó su llegada a la última asignación como niñera. Cuando entró en el chateau francés, enseguida sintió la atmósfera desagradable y cargada de conflicto. En esta casa, no captaba eso en lo más mínimo.

Mientras caminaba por los pisos de madera pulida, se sorprendió por lo ordenada que estaba la casa. Incluso había flores recién cortadas en la mesa del vestíbulo.

–Arreglamos la casa para tu llegada —dijo Ryan, como si le hubiese leído la mente—. Hacía meses que no estaba así de ordenada.

A su derecha, Cassie vio una sala de estar con enormes puertas corredizas que daban a un porche. Con muebles de cuero que parecían cómodos y pinturas de barcos en las paredes, la sala parecía acogedora y elegante. No pudo evitar compararla con la decoración ostentosa en exposición que había en el chateau en donde había trabajado. En este hogar parecía que vivía una verdadera familia.

La cocina estaba ordenada y limpia, y Cassie notó la calidad de los electrodomésticos. La caldera, la tostadora y la procesadora de alimentos eran de una marca destacada. Reconoció el diseño brillante de un artículo que había leído en la revista del avión, y recordó su asombro ante el precio.

–¿Almorzaste? —le preguntó Ryan luego de servirle un té.

–No, pero estoy bien…

Ignorando sus protestas, abrió el refrigerador y sacó un plato lleno de frutas, bollos y sándwiches.

–Los fines de semana me gusta tener una reserva de refrigerios disponible. Me gustaría decir que esta era especialmente para ti, pero es algo habitual para los niños. Dylan tiene doce y está empezando a comer como un adolescente. Madison tiene nueve y hace mucho deporte, y prefiero que se atraquen con esto que con comida chatarra o dulces.

–¿En dónde están los niños? —preguntó Cassie, sintiendo otra punzada de nervios ante la idea de conocerlos.

Con un padre tan divertido y sincero, ellos eran probablemente justo como Jess los había descrito, pero necesitaba estar segura.

–Salieron en bicicleta después del almuerzo a visitar a un amigo. Les dije que aprovecharan al máximo la tarde antes de que cambie el clima. Volverán en cualquier momento, si no tendré que ir a buscarlos en el Land Rover.

Ryan miró por la ventana al cielo que oscurecía.

–De todos modos, como te expliqué, necesito ayuda por un tiempo. Ahora soy padre soltero, los niños necesitan distraerse lo máximo posible, y la fecha límite de mi trabajo es inquebrantable.

–¿A qué te dedicas? —le preguntó Cassie.

–Soy dueño de una flota de botes pesqueros y de paseo, que funciona en el puerto de la ciudad. Esta es la época del año en que se realiza el mantenimiento a los botes, y en este momento tengo un equipo de reparación en el lugar. Están terriblemente ocupados y las primeras tormentas de la temporada están por empezar. Por eso es que las fechas son tan apretadas, y mis circunstancias actuales no ayudan.

–Debe haber sido terrible pasar por un divorcio, especialmente ahora.

–Han sido momentos muy difíciles.

Cuando Ryan se alejaba de la ventana, con el cambio de luz, Cassie se dio cuenta de que no era simplemente atractivo sino extraordinariamente guapo. Su rostro era fuerte y esculpido, y por los músculos bien definidos de sus brazos le pareció que estaba en muy buena forma.

Cassie se reprendió por comerse con los ojos a ese pobre hombre, que estaba pasando por un infierno emocional. De todos modos, tenía que admitir que era irresistiblemente guapo, tanto que tenía que obligarse a sí misma a no quedarse mirándolo.

–Ryan, el único problema es que no tengo una visa de trabajo en este momento. Tengo una para trabajar en Francia y la agencia de niñeras comprobó que no tengo antecedentes, pero no sabía que aquí funcionaba de otra manera.

–Fuiste recomendada por una amiga —dijo Ryan, sonriendo—. Eso quiere decir que te puedes quedar aquí como huésped. Te pagaré en efectivo, fuera de nómina, así que lo recibirás libre de impuestos, si eso te sirve.

Cassie sintió un enorme alivio. Ryan entendía su situación y estaba dispuesto a aceptarla sin problemas. Esto le sacaba un gran peso de encima. Se dio cuenta de que podía incluso ser el factor decisivo y tuvo que obligarse a no aceptar el empleo de inmediato. Se recordó que tenía que ser cuidadosa y esperar a conocer a los niños antes de comprometerse.

–¿Por cuánto tiempo me necesitarías?

–Tres semanas, como máximo. Así tendré tiempo de terminar este proyecto y para entonces estarán por empezar las vacaciones escolares, lo que nos dará la oportunidad de afianzar los lazos familiares. Reafianzar, debería decir, como una nueva familia. Dicen que el divorcio es la experiencia más estresante de la vida, y creo que los niños y yo podemos confirmarlo.

Cassie asintió, comprensiva. Estaba segura de que sus hijos habían sufrido. Se preguntó cuánto habían peleado Ryan y su esposa. Inevitablemente, habría habido peleas. Solo dependía de si estas habían terminado con gritos y recriminaciones, o en un silencio tenso y latente.

Habiendo vivido ambas situaciones de niña, no estaba segura de cuál era peor.

Mientras la madre de Cassie vivía, había logrado contener lo peor del temperamento de su padre. Cassie recordaba los silencios tensos de cuando era más joven, y eso le había permitido desarrollar una afinada percepción para el conflicto. Podía entrar en una sala y percibir instantáneamente si las personas allí habían estado peleando. Los silencios eran tóxicos y la desgastaban emocionalmente, porque no tenían fin.

Si hubiese algo para decir a favor de las peleas a los gritos es que  en algún momento se terminan, ya sea con vidrios rotos o con una llamada a la emergencia. Pero eso provocaba otros traumas y cicatrices permanentes. También producía una sensación de temor, porque los gritos y la violencia física demuestran que podemos perder el autocontrol, y que por lo tanto no somos de fiar.

Ese, en resumen, había sido su padre después de que su madre murió.

Cassie miró alrededor de la alegre y ordenada cocina, e intentó imaginarse qué habría ocurrido entre Ryan y su esposa. Las peores peleas, en su experiencia, ocurrían en la cocina y el dormitorio.

–Lamento que hayas tenido que pasar por esto —dijo ella suavemente.

Ryan la estaba observando de cerca y ella le devolvió la mirada, observando sus ojos azules pálidos y penetrantes.

–Cassie, tú pareces entenderlo —le dijo.

Pensó que le iba a preguntar algo más, pero en ese momento la puerta de entrada se abrió.

–Los niños llegaron, justo a tiempo.

Parecía aliviado.

Cassie miró por la ventana. Las gotas de lluvia salpicaban el vidrio, y luego de un portazo, comenzó a caer una fría llovizna de invierno.

–¡Hola, papá!

Se sintieron pasos pesados sobre el piso de madera y una niña delgada con short de ciclista y una camiseta deportiva verde entró corriendo a la cocina. Se detuvo al ver a Cassie, la miró de arriba a abajo, y luego se acercó y le dio un apretón de manos.

–Hola. ¿Tú eres la señora que nos va a cuidar?

–Mi nombre es Cassie ¿Tú eres Madison? —preguntó Cassie.

Madison asintió, y Ryan alborotó el brillante cabello castaño de su hija.

–Cassie aún no se decidió a trabajar para nosotros. ¿Qué piensas? ¿Prometes portarte bien?

Madison se encogió de hombros.

–Tú siempre nos dices que no hagamos promesas que no podemos cumplir. Pero lo intentaré.

Ryan se rio y Cassie sonrió ante la respuesta pícara y honesta de Madison.

–¿En dónde está Dylan? —preguntó Ryan.

–Está en el garaje, aceitando su bicicleta. Estaba rechinando cuesta arriba y luego se le salió la cadena.

Madison respiró hondo y caminó hacia la puerta de la cocina.

–¡Dylan! —Gritó— ¡Ven aquí!

Cassie escuchó un grito a la distancia.

–¡Ya voy!

–Tardará una eternidad —dijo Madison—. Cuando se pone a reparar las bicicletas no termina más.

Cuando advirtió el plato de refrigerios, se dirigió derecho a él con los ojos encendidos. Luego, al observar su contenido, suspiró exasperada.

–Papá, hiciste sándwiches con huevo.

–¿Y cuál es el problema? —preguntó Ryan, levantando las cejas.

–Ya sabes mi opinión acerca de los huevos. Es como comer vómito en un sándwich.

Cuidadosamente, eligió un bollo del otro lado del plato.

–¿Vómito en un sándwich? —dijo Ryan, escandalizado y divertido—. Maddie, no deberías decir ese tipo de cosas en frente de la visita.

–Ten cuidado, Cassie, el huevo se te pega a todo —le advirtió Madison, haciéndole un gesto impenitente a su padre.

De pronto, Cassie sintió un extraño sentimiento de pertenencia. Estas bromas eran exactamente lo que había deseado. Hasta el momento, esta parecía una familia normal y feliz, bromeando y cuidándose entre ellos, aunque estaba segura de que cada uno tendría sus peculiaridades y dificultades. Se dio cuenta de lo nerviosa que se había sentido cuando pensaba que algo iba a salir mal.

Aún no había probado nada de comida porque se sentía cohibida de comer en frente de Ryan. Ahora se daba cuenta del hambre que tenía y decidió probar algo, antes de que su estómago la avergonzara haciendo ruido.

–Seré valiente y probaré un sándwich —se ofreció.

–Gracias. Me alivia saber que alguien aprecia mis habilidades culinarias —dijo Ryan.

–Huevilidades —agregó Madison, haciendo reír a Cassie.

Luego se volvió hacia ella y le dijo:

–Papá se encarga de cocinar. Pero odia limpiar.

–Eso es cierto —dijo Ryan.

Madison volvió a respirar hondo y se dirigió a la puerta de la cocina.

–Dylan —gritó.

Luego agregó, con voz normal:

–Oh, ahí estás.

Un muchacho alto y desgarbado entró a zancadas. Tenía el cabello castaño y brilloso como su hermana, y Cassie se preguntó si acababa de dar un estirón, porque parecía ser solo extremidades y tendones.

–Hola, encantado de conocerte —le dijo a Cassie, un tanto distraído.

En sus rasgos juveniles, Cassie podía ver un parecido con Ryan. Tenían la misma mandíbula pronunciada y los mismos pómulos bien definidos. En el rostro bello y ovalado de Madison veía menos similitudes con Ryan, y se preguntó cómo sería el aspecto de la madre de los niños. ¿Habría fotos de la familia en algún lugar de la casa? ¿O el divorcio había sido tan amargo que las habían quitado?

–Debes estrecharle la mano —le recordó Ryan a su hijo, pero Dylan dio vuelta las manos y Cassie vio que tenía las palmas negras por el aceite.

–Ay, no. Ven aquí.

Ryan se apresuró a la pileta, abrió la canilla y volcó bastante jabón líquido en las manos de su hijo.

Mientras Ryan estaba distraído, Cassie tomó otro sándwich.

–¿Qué problema tenía la bicicleta? —preguntó Ryan.

–Se le salía la cadena cuando hacía los cambios —explicó Dylan.

–¿La arreglaste?

Ryan estaba supervisando la limpieza de las manos con preocupación.

–Sí —dijo Dylan.

Cassie esperaba que explicara más, pero no lo hizo. Ryan le alcanzó una toalla y él se secó las manos, tomó la mano de Cassie brevemente como saludo formal, y luego desvió su atención hacia los refrigerios.

Dylan no dijo mucho mientras comía, pero Cassie se sorprendió por la cantidad de comida que logró embutirse en pocos minutos. El plato estaba prácticamente vacío cuando Ryan lo puso de nuevo en el refrigerador.

–Si sigues comiendo no tendrás hambre para la cena, y estoy por hacer espaguetis a la boloñesa —dijo Ryan.

–También me comeré todos los espa-bol —prometió Dylan.

Ryan cerró el refrigerador.

–Bueno, niños, necesito que vayan a cambiarse de ropa ahora, o pescarán un resfrío.

Cuando los niños se fueron, él se volvió hacia Cassie y ella notó que sonaba ansioso.

–¿Qué piensas? ¿Los niños son como esperabas? Son buenos niños, aunque tienen sus momentos.

A Cassie le habían agradado los niños inmediatamente. Madison, particularmente, parecía relajada, y no se podía imaginar que faltaran temas de conversación con esta niña charlatana cerca. Dylan parecía más complejo, una persona más tranquila e introvertida. Pero también podía ser porque era mayor y casi un adolescente. Era razonable que no tuviera mucho que decirle a una niñera de veintitrés años.

Ryan tenía razón, parecían buenos niños, y más importante, él parecía ser un padre comprensivo, que ayudaría ante cualquier problema que ocurriera.

La decisión estaba tomada. Aceptaría el empleo.

–Parecen adorables. Estaré encantada de trabajar para ti durante las próximas tres semanas.

El rostro de Ryan se encendió.

–Ah, eso es genial. Sabes, Cassie, desde que te vi…no, desde la primera vez que hablamos, estaba deseando que aceptaras. Hay algo de tu energía que me intriga. Me encantaría saber por lo que has pasado, lo que te ha forjado, porque pareces…no sé cómo decirlo. Sabia. Madura. De cualquier modo, creo que mis hijos estarán en muy buenas manos.

Cassie no sabía qué decir. Los halagos de Ryan la habían hecho sentirse incómoda.

–Los niños estarán encantados; ya veo que les agradas. Vamos a acomodar tus cosas y te haré un rápido recorrido por la casa. ¿Trajiste tus maletas? —agregó Ryan.

–Sí.

Aprovechando un momento de cese de la lluvia, Ryan la acompañó al auto y cargó sus pesadas maletas con facilidad hasta el vestíbulo.

–Tenemos solo un garaje que es para el Land Rover, pero es totalmente seguro estacionar en la calle. La casa es sencilla. Tenemos la sala de estar a la derecha, la cocina más adelante, y a la izquierda está el comedor, que prácticamente nunca usamos por lo que se convirtió en sala de rompecabezas, de lectura y de juegos. Como puedes ver.

Miró para adentro y suspiró.

–¿Quién es el adepto a los rompecabezas?

–Madison. Le encanta trabajar con las manos, manualidades, cualquier cosa que la mantenga ocupada y pueda hacer.

–¿Y le gustan los deportes? Tiene muchos talentos.

–Me temo que con Maddie, el punto débil son las tareas escolares. Necesita ayuda académica, especialmente con matemáticas. Así que cualquier apoyo que le puedas brindar, aunque sea apoyo moral, será genial.

–¿Y Dylan?

–Es un ciclista apasionado, pero no le interesan otros deportes. Tiene una inclinación por la mecánica y es un estudiante sobresaliente. Pero no es sociable, y es un equilibrio delicado porque puede ponerse malhumorado si se siente presionado.

Cassie asintió, agradecida por la contribución a sus nuevas obligaciones.

–Aquí está tu dormitorio. Dejemos las maletas.

El pequeño dormitorio tenía una hermosa vista al mar. Estaba decorado en turquesa y blanco, y parecía ordenado y acogedor. Ryan colocó su maleta más grande a los pies de la cama y la más pequeña sobre una butaca a rayas.

–El baño de huéspedes está al final del corredor. El dormitorio de Madison está a la derecha, el de Dylan a la izquierda, y al final el mío. Hay un lugar más que debo mostrarte.

La acompañó hasta el vestíbulo y se dirigieron a la sala de estar. A través de las puertas de vidrio Cassie vio un balcón cubierto, con muebles de hierro forjado.

–¡Vaya! —susurró.

La vista al mar desde este punto panorámico era bellísima. Había una caída espectacular hacia el océano y podía escuchar a las olas romper sobre las rocas.

–Este es mi espacio de tranquilidad. Todas las noches, después de la cena, me siento aquí para relajarme, habitualmente con una copa de vino. Eres bienvenida a hacerme compañía cualquier noche que elijas. El vino es opcional, pero la ropa abrigada a prueba de viento es obligatoria. El balcón tiene un techo sólido pero no es acristalado. Pensé en hacerlo, pero me di cuenta de que no podía. Ahí afuera, con el sonido del mar e incluso con las ráfagas de espuma en las noches de tormenta, te sientes tan conectado con el océano. Echa un vistazo.

Abrió la puerta corrediza.

Cassie salió al balcón y se dirigió al borde, tomada de la baranda de acero.

Mientras lo hacía, un mareo la inundó, y de pronto no estaba mirando a una playa en Devon.

Estaba inclinada sobre un parapeto de piedra, observando con horror al cuerpo arrugado allí abajo, llena de pánico y confusión.

Podía sentir la piedra fría en los dedos.

Recordó el aroma a perfume que persistía en el opulento dormitorio, y que había sentido que hervía de náuseas y que sus piernas estaban tan débiles que se iba a desmoronar. Recordó también que no había podido rememorar de qué manera se habían desarrollado los hechos de la noche anterior. Sus pesadillas, siempre terribles, habían empeorado y se habían vuelto más vívidas luego de aquel panorama estremecedor, lo que le había impedido determinar exactamente en dónde terminaban los sueños, y comenzaban los recuerdos.

Cassie pensaba que había dejado atrás a esa persona aterrorizada, pero ahora, mientras la oscuridad se apresuraba a tragarla, entendía que los recuerdos y el miedo se habían convertido en una parte de ella.

–No —intentó gritar, pero su voz parecía venir de un lugar distante y lejano, y todo lo que emitió fue un susurro desgarrado e inaudible.




CAPÍTULO CUATRO


—Así, tranquila. Solo respira. Inhala, exhala, inhala, exhala.

Cassie abrió los ojos y se encontró mirando a los sólidos tablones de madera de la plataforma.

Estaba sentada sobre el suave almohadón de una de las sillas de hierro forjado, con la cabeza sobre las rodillas. Unas manos firmes le sujetaban los hombros, dándole apoyo.

Era Ryan, su nuevo jefe. Sus manos, su voz.

¿Qué había hecho? Había entrado en pánico y había hecho el ridículo. Rápidamente, se esforzó para erguirse.

–Con calma, lentamente.

Cassie respiró con dificultad. La cabeza le daba vueltas y sentía como si estuviera teniendo una experiencia extracorporal.

–Acabas de tener un importante ataque de vértigo. Por un momento, pensé que te caerías de la baranda —dijo Ryan—. Logré atraparte antes de que te desmayaras. ¿Cómo te sientes?

¿Cómo se sentía?

Helada, aturdida y avergonzada por lo que había ocurrido. Había estado desesperada por causar una buena impresión y por estar a la altura de los halagos de Ryan. En cambio, lo había arruinado y tendría que explicar por qué.

Aunque, ¿cómo podría hacerlo? Si él supiera los horrores por los que había pasado, y que su exjefe estaba por a ir a juicio por homicidio en este preciso momento, quizás él cambiara de opinión acerca de ella y creyera que era demasiado inestable para cuidar de sus hijos, en un momento en el que ellos necesitan estabilidad. Incluso un ataque de pánico podía ser causa de preocupación.

Era mejor seguirle la corriente con lo que él había asumido: que había tenido un ataque de vértigo.

–Me siento mucho mejor —le respondió—. Lo siento mucho. Debí haber recordado que tengo vértigo severo luego de pasar un tiempo sin estar en las alturas. Suele mejorar. En un día o dos estaré bien aquí afuera.

–Es bueno saberlo, pero mientras tanto debes tener cuidado. ¿Estás bien como para ponerte de pie ahora? Mantente aferrada a mi brazo.

Cassie se levantó, apoyándose en Ryan hasta que estuvo segura de que sus piernas la sostendrían, y luego él la guió lentamente hacia la sala de estar.

–Ahora estoy bien.

–¿Estás segura?

Sostuvo su brazo por un tiempo más antes de soltarlo.

–Ahora tómate un tiempo para desempacar, descansar, instalarte, y tendré la cena pronta antes de las seis y media.


*

Cassie se tomó su tiempo para desempacar, asegurándose de guardar sus pertenencias de forma ordenada en el singular armario, y de que su medicación estuviese escondida al fondo del cajón del escritorio. No creía que la familia fuese a revisar sus cosas cuando ella no estuviese allí, pero no quería responder preguntas incómodas acerca de la medicación que tomaba para la ansiedad, especialmente después del ataque de pánico que había tenido más temprano.

Al menos se había recuperado del ataque rápidamente y eso debía ser una señal de que su ansiedad estaba bajo control. Hizo una nota mental para tomar las pastillas de la noche antes de ir a cenar con la familia, por si acaso.

El delicioso aroma a ajo y carne cocida flotaba por la casa mucho antes de las seis y media. Cassie esperó hasta las seis y cuarto, y luego se puso una de sus blusas más bonitas, con cuentas en el cuello, brillo labial y un poco de máscara de pestañas. Quería que Ryan la viera en su mejor versión. Se dijo a sí misma que era importante dar una buena impresión por el ataque de pánico de más temprano, pero cuando recordó el momento en el porche, se dio cuenta de que lo que recordaba más claramente era la sensación de los brazos tonificados y musculosos de Ryan cuando la sostenían.

Se volvió a marear al recordar lo fuerte, pero también amable, que había sido con ella.

Al salir de su habitación, Cassie se topó con Madison, quien se dirigía a la cocina con entusiasmo.

–La comida tiene un aroma exquisito —le dijo Madison a Cassie.

–¿Es tu comida favorita?

–Bueno, me encantan los espa-bol que hace papá, pero no los de los restaurantes. No los hacen igual. Así que creo que esta es mi comida casera favorita, y la segunda favorita es pollo al horno, y la tercera es pastel de salchichas. Cuando salimos a cenar, me encanta el pescado y papas fritas, que aquí lo hacen en todos lados, y me encanta la pizza, y odio las hamburguesas, que son la comida favorita de Dylan, pero creo que las hamburguesas de restaurante son un asco.

–¿Qué es pastel de salchichas? —preguntó Cassie con curiosidad, adivinando que debía tratarse de un plato tradicional inglés.

–¿Nunca lo probaste? Son salchichas horneadas en una especie de pastel hecho con huevos, harina y leche. Tienes que comerlo con un montón de salsa de carne. O sea, un montón. Y con arvejas y zanahorias.

Conversaron hasta llegar a la cocina. La mesa de madera estaba servida para cuatro y Dylan ya estaba sentado en su lugar, sirviéndose un vaso de jugo de naranja.

–Las hamburguesas no son un asco. Son el alimento de los dioses —argumentó.

–En la escuela, la maestra dice que están hechas más que nada con cereales y partes de animales que no comerías normalmente, finamente triturados.

–Tu maestra está equivocada.

–¿Cómo puede estar equivocada? Eres un estúpido por decirlo.

Cassie estuvo a punto de intervenir al pensar que el insulto de Madison era demasiado personal, pero Dylan replicó primero.

–Oye, Maddie —le advirtió Dylan, apuntándola con el dedo—. Estás conmigo o estás en mi contra.

Cassie no pudo descifrar lo que quería decir con eso, pero Madison puso los ojos en blanco y le sacó la lengua antes de sentarse.

–¿Necesitas ayuda, Ryan?

Cassie se acercó al horno, en donde Ryan estaba retirando del fuego una cacerola de pasta hirviendo.

La miró y sonrió.

–Está todo bajo control, o eso espero. La cena estará lista en treinta segundos. Vamos, niños. Tomen sus platos y comencemos a servir.

–Me gusta tu blusa, Cassie —dijo Madison.

–Gracias. Me la compré en Nueva York.

–Nueva York. Guau, me encantaría ir allí —dijo Madison con los ojos grandes.

–Los estudiantes de bachillerato de economía viajaron en junio en un viaje escolar —dijo Dylan—. Estudia economía y quizás tú también vayas.

–¿Incluye matemáticas? —preguntó Madison.

Dylan asintió.

–Odio las matemáticas. Son aburridas y difíciles.

–Bueno, entonces no irás.

Dylan volvió su atención al plato llenándolo de comida, mientras Ryan enjuagaba los utensilios de cocina en la pileta.

Al ver que Madison parecía soliviantada, Cassie cambió de tema.

–Tu padre me dijo que te encantan los deportes. ¿Cuál es tu preferido?

–Correr y hace gimnasia. Me gusta mucho el tenis, comenzamos este verano.

–¿Y tú eres ciclista? —le preguntó Cassie a Dylan.

Él asintió, agregando queso rallado a su comida.

–Dylan quiere ser profesional y un día ganar el Tour de Francia —dijo Madison.

Ryan se sentó en la mesa.

–Lo más probable es que descubras una complicada fórmula matemática y obtengas una beca completa para la Universidad de Cambridge —dijo él, mirando a su hijo con afecto.

Dylan sacudió la cabeza.

–Tour de Francia hasta el final, papá —insistió.

–Primero la universidad —replicó Ryan con voz firme, y Dylan respondió con un gruñido.

Madison interrumpió y pidió más jugo, y Cassie le sirvió mientras pasaba el breve momento de discordia.

Cassie dejó que la conversación le resbalara y comió su comida que estaba deliciosa. Decidió que nunca había conocido a alguien como Ryan. Era muy hábil y cariñoso. Se preguntó si los niños sabrían lo afortunados que eran al tener a un padre que cocinaba para su familia.

Luego de la cena se ofreció a limpiar, lo que principalmente implicaba llenar el enorme lavavajillas de última generación. Ryan le explicó que los niños tenían permitido una hora de televisión después de la cena si habían terminado sus tareas, y que apagaba el Wi-Fi a la hora de irse a la cama.

–Es perjudicial para estos e-dolescentes estar mandando mensajes de texto toda la noche —dijo él—. Y lo harán si tienen la oportunidad. La hora de irse a la cama es la hora de irse a dormir.

A las ocho treinta, los niños se fueron obedientemente a la cama.

Dylan le dijo brevemente “Buenas noches”, y que se levantaría muy temprano para andar en bicicleta por el pueblo con sus amigos.

–¿Quieres que te despierte? —le preguntó Cassie.

Él sacudió la cabeza.

–No es necesario, gracias —dijo, antes de cerrar la puerta de su dormitorio.

Madison estaba más parlanchina, y Cassie pasó un rato sentada en su cama escuchando sus ideas de lo que podían hacer mañana y de cómo estaría el clima.

–Hay una tienda de dulces en el pueblo, en donde venden los bastones dulces a rayas más deliciosos. Son como pequeños bastones y tienen gusto a menta. Papá no nos deja ir muy seguido, pero quizás nos deje mañana.

–Le preguntaré —prometió Cassie, antes de asegurarse de que la niña estuviese cómoda para dormir, traerle un vaso de agua y apagarle la luz.

Mientras cerraba suavemente la puerta del dormitorio de Madison, recordó la primera noche en su trabajo anterior. El agotamiento la había sumido en un sueño profundo y había tardado en atender a la niña más pequeña cuando esta había tenido una pesadilla. Aún podía sentir el dolor y la sorpresa de la bofetada que había recibido como resultado. Debería haberse marchado inmediatamente, pero no lo hizo.

Cassie estaba segura de que Ryan nunca le haría algo así. Ni siquiera podía imaginarlo dando una reprimenda verbal.

Al pensar en Ryan, recordó la copa de vino en el porche, y titubeó. Estaba tentada a pasar más tiempo con él, pero no sabía si debía.

¿Era verdad lo que él le había dicho, que era bienvenida a acompañarlo? ¿O se lo había ofrecido solo por cortesía?

Con la indecisión aún agitándose en su mente, se encontró poniéndose su chaqueta más gruesa. Podría tantear el terreno, ver cómo respondía él. Si parecía que él no quería compañía, se podía quedar a tomar algo rápido y luego irse a la cama.

Se dirigió por el pasillo, aún agonizando por su decisión. Como empleada, no estaba bien tomar una copa de vino con su jefe después del trabajo, ¿o sí? Si quería ser totalmente profesional, debía irse a la cama. Sin embargo, Ryan había sido muy complaciente ante su falta de visa y había prometido pagarle en efectivo, por lo que los límites del profesionalismo ya estaban borrosos.

Ella era una amiga de la familia, era lo que Ryan había dicho. Y tomar una copa de vino después de la cena es exactamente lo que hacen los amigos.

Ryan parecía encantado de verla. Alivio y entusiasmo se desataron en su interior al ver su sonrisa cálida y genuina.

Se levantó, la tomó del brazo y la ayudó a caminar al otro lado del porche, asegurándose de que estuviera cómoda y segura en una silla.

El corazón le dio un vuelco al ver que él había colocado una copa de vino extra sobre la bandeja.

–¿Te gusta el Chardonnay?

Cassie asintió.

–Me encanta.

–A decir verdad, no tengo un buen paladar para el vino y mi preferido es el tinto común y áspero, pero un cliente agradecido me regaló esta caja maravillosa luego de un viaje de pesca exitoso. Lo estoy disfrutando de a poco. Salud.

Se inclinó y tocó su copa con la de él.

–Cuéntame más acerca de tu negocio —dijo Cassie.

–Fundé South Winds Sailing hace doce años, después de que nació Dylan. Que él viniera al mundo hizo que repensara mi propósito y qué podía ofrecerles a mis hijos. Estuve tres años en la Marina Real después de la secundaria y con el tiempo llegué a ser oficial de cubierta de la marina mercante. El mar está en mi sangre y nunca me imaginé viviendo o trabajando tierra adentro.

Cassie asintió mientras él continuaba.

–Cuando nació Dylan, el turismo en la zona estaba en auge, así que presenté mi renuncia. En ese momento era jefe de obra en un astillero en Cornwall. Compré mi primer bote y el segundo poco tiempo después, y hoy soy dueño de una flota de dieciséis botes de varios tamaños y formas. Lanchas, veleros, paddle boards, y el tesoro más valioso es un yate de alquiler nuevo que es muy popular entre los clientes corporativos.

–Eso es sorprendente —dijo Cassie.

–Ha sido un viaje fantástico. El negocio me ha dado mucho. Un buen ingreso, una vida maravillosa y un hermoso hogar que diseñé en base a un sueño que tenía, aunque afortunadamente el arquitecto suavizó los elementos más alocados, si no la casa probablemente ya se hubiera caído por el acantilado.

Cassie se rió.

–Tu negocio debe requerir mucho trabajo —observó ella.

–Ah sí —Ryan dejó su copa y observó el mar—. Como propietario de un negocio, haces sacrificios constantemente. Trabajas muchísimas horas. Pocas veces tengo un fin de semana libre. Hoy le pedí al supervisor que me reemplazara porque venías tú. Creo que esa fue la razón…

Se volvió hacia ella y la miró a los ojos con seriedad.

–Creo que esa fue la razón por la que mi matrimonio finalmente fracasó.

Cassie sintió un cosquilleo ante la expectativa de que él se sincerara con ella. Asintió comprensiva, con la esperanza de que siguiera hablando, y luego de un momento, él continuó.

–Cuando los niños eran más chicos, para Trish, mi esposa, era más fácil entender que yo tenía que priorizar mi trabajo. A medida que fueron creciendo y se volvieron más independientes, ella quiso que yo…bueno, que reemplazara la presencia de ellos en su vida, supongo. Me exigía apoyo emocional, tiempo y atención a un nivel excesivo. Me resultaba agotador, y eso empezó a causar conflicto. Era una mujer fuerte. Eso fue lo primero que me atrajo de ella, pero las personas pueden cambiar, y creo que ella lo hizo.

–Eso parece muy triste —dijo Cassie.

Su copa estaba prácticamente vacía, y Ryan la volvió a llenar antes de colmar la suya.

–Fue devastador. No puedo explicar lo tumultuoso que ha sido todo este tiempo. Cuando amas a alguien, no la dejas ir fácilmente, y cuando el amor se va, lo buscas constantemente. Rogando, rezando poder recuperar lo que valorabas tanto. Lo intenté, Cassie. Intenté con todo lo que tenía, y cuando era evidente que no estaba funcionando, me sentí derrotado.

Cassie se encontró inclinada hacia él.

–Es atemorizante que eso pueda ocurrir.

–Elegiste la palabra correcta. Es aterrador. Terminé sintiéndome un inepto y totalmente a la deriva. No me tomo el compromiso a la ligera. Para mí, es para siempre. Cuando Trish se fue, tuve que redefinir la percepción que tenía de mí mismo.

Cassie pestañeó con fuerza. Podía sentir la angustia en su voz. El dolor que estaba atravesando parecía una herida abierta y reciente. Pensó que había que tener un coraje inmenso para esconderla debajo de un exterior alegre y jocoso.

Estaba a punto de decirle a Ryan cuánto lo admiraba por la fuerza que demostraba ante la adversidad, pero se detuvo justo a tiempo al darse cuenta que ese comentario era demasiado atrevido. Apenas conocía a Ryan y no tenía derecho a hacer esas observaciones tan personales a su jefe, luego de estar solo un par de horas con él.

¿En qué estaba pensando, si es que estaba pensando?

Decidió que el vino se le estaba subiendo a la cabeza y que debía elegir sus palabras con cuidado. Que Ryan fuese guapo, inteligente y atento no era excusa para que ella se comportara como una adolescente deslumbrada frente a él. Eso tenía que terminar, o acabaría avergonzándose terriblemente, o algo aún peor.

–Supongo que ahora es mejor que te deje ir a la cama—dijo Ryan, dejando su copa vacía—. Debes estar exhausta después del viaje y de conocer a mis dos hooligans. Gracias por venir a acompañarme. Significa mucho para mí poder hablar contigo de esta manera.

–Ha sido un final del día placentero y una manera muy agradable de relajarse —asintió Cassie.

No se sentía para nada relajada. Estaba energizada por la intimidad de la conversación. Mientras se levantaban y se dirigían hacia adentro, no podía parar de pensar en lo que él había compartido con ella.

De vuelta en su dormitorio, echó un vistazo a los mensajes, sintiéndose agradecida de que en esta casa hubiese conexión a internet. En el último lugar que había trabajado no tenía señal en el celular, y eso la había llevado a estar completamente aislada. Antes de eso, no se había dado cuenta de lo aterrador que era no poder comunicarse con el mundo exterior cuando lo necesitaba.

En su teléfono, Cassie vio que había un par de saludos, y uno o dos memes de sus amigos en Estados Unidos.

Entonces, vio otro mensaje que había recibido más temprano esa noche. Era de un número de celular desconocido del Reino Unido, lo que hizo que se alarmara al verlo. Cuando lo abrió, sintió que un terror frío le contraía el estómago.

El breve mensaje decía: “Ten cuidado”.




CAPÍTULO CINCO


Cassie pensó que iba a dormir bien en su acogedora habitación, únicamente con el sonido de las olas. Estaba segura de que lo hubiera hecho, de no haber sido por el mensaje desconcertante que le habían enviado de un número desconocido, cuando estaba en el porche con Ryan.

Alarmada, lo primero que pensó fue que estaba relacionado con el juicio por homicidio que tenía que enfrentar su exjefe, que de alguna forma la habían implicado y que la estaban buscando. Intentó leer las últimas noticias, pero comprobó con frustración que Ryan ya había desconectado el Wi-Fi.

Dio vueltas en la cama, preocupada por lo que podía significar y por quién lo habría enviado, e intentando tranquilizarse, pensando que probablemente era número equivocado y estaba dirigido a otra persona.


*

Luego de una noche sin dormir, logró deslizarse en un sueño inquieto, y se despertó con el sonido de su alarma. Tomó su teléfono y comprobó con alivio que tenía señal.

Antes de levantarse, buscó noticias acerca del juicio.

Cassie se enteró de que se había solicitado un aplazamiento y que el juicio se reanudaría en dos semanas. En una búsqueda más minuciosa, descubrió que esto había sido a causa de la defensa, que necesitaba más tiempo para contactar a nuevos testigos.

El miedo le produjo malestar.

Volvió a leer el extraño mensaje, “Ten cuidado”, y se preguntó si debía responderle y preguntar qué quería decir, pero en algún momento durante la noche el remitente debía haberla bloqueado porque no podía responderle.

Con desesperación, intentó llamar a ese número.

Se cortó inmediatamente. Claramente, también había bloqueado sus llamadas.

Cassie suspiró con frustración. Cortar la comunicación parecía más acoso que una verdadera amenaza. Iba a optar por pensar que se trataba de un número equivocado, que el remitente se había dado cuenta demasiado tarde y como resultado la había bloqueado.

Ligeramente reconfortada, se levantó de la cama y fue a despertar a los niños.

Dylan ya se había levantado, y Cassie supuso que debía haberse ido a andar en bicicleta. Con la esperanza de que no lo tomara como una intrusión, entró, puso en orden el cobertor y las almohadas y recogió la ropa que había descartado.

Los estantes estaban atiborrados con una enorme variedad de libros, incluyendo varios de ciclismo. Dos peces dorados nadaban en una pecera arriba de la biblioteca, y en una mesa grande cerca de la ventana había una conejera. Un conejo gris desayunaba lechuga y Cassie lo observó alegremente por un momento.

Dejó la habitación y tocó la puerta del dormitorio de Madison.

–Dame diez minutos —respondió la niña, soñolienta, entonces Cassie se dirigió a la cocina a preparar el desayuno.

Allí vio que Ryan había dejado un fajo de billetes debajo del salero, con una nota escrita a mano: “Me fui a trabajar. ¡Sal con los niños y diviértanse! Vuelvo esta noche”.

Cassie colocó una rebanada de pan en la bonita tostadora con diseño floral y llenó la caldera. Mientras estaba ocupada preparando café entró Madison, envuelta en una bata color rosa y bostezando.

–Buen día —la saludó Cassie.

–Buen día. Me alegra que estés aquí. Todos se levantan tan temprano en esta casa —se quejó.

–¿Quieres café? ¿Té? ¿Jugo?

–Té, por favor.

–¿Tostadas?

Madison sacudió la cabeza.

–No tengo hambre aún, gracias.

–¿Qué te gustaría hacer hoy? Tu padre me dijo que fuéramos a algún lado —dijo Cassie mientras le servía té a Madison como ella se lo había pedido: con un chorrito de leche y sin azúcar.

–Vayamos al pueblo —dijo Madison—. Es divertido los fines de semana. Hay mucho para hacer.

–Buena idea, ¿Sabes cuándo vuelve Dylan?

–Habitualmente sale por una hora.

Madison envolvió el tazón con las manos y sopló el líquido humeante.

Cassie estaba impresionada por lo independientes que parecían ser los niños. Claramente, no estaban acostumbrados a que los sobreprotegieran. Supuso que el pueblo era lo suficientemente pequeño y seguro para que ellos lo consideraran como una extensión de su hogar.

Dylan volvió poco tiempo después, y a las nueve ya estaban vestidos y prontos para salir. Cassie asumió que irían en auto, pero Dylan le aconsejó lo contrario.

–Es difícil encontrar estacionamiento los fines de semana. Habitualmente vamos caminando, son solo dos kilómetros y medio, y volvemos en autobús. Circula cada dos horas así que solo hay que calcular bien el horario.

La caminata al pueblo no podía haber sido más pintoresca. Cassie estaba encantada con las vistas intercaladas al mar y las casas pintorescas a lo largo del camino. Podía escuchar las campanas de una iglesia a la distancia. El aire era puro y fresco, e inhalar el aroma del mar era puro placer.

Madison iba saltando adelante, señalando las casas de la gente que conocía, que parecía ser casi todo el mundo.

Algunas personas que pasaban en auto los saludaban con la mano, y una mujer detuvo su Range Rover y se ofreció a llevarlos.

–No, gracias, señora O’Donoghue, nos gusta caminar —respondió Madison—. ¡Aunque quizás la necesitemos a la vuelta!

–¡Estaré atenta para encontrarlos! —prometió la mujer con una sonrisa antes de alejarse.

Madison le explicó que la mujer y su esposo vivían más en el interior y que tenían una pequeña granja orgánica.

–Hay una tienda que vende sus productos en el pueblo, y a veces también tienen dulce de chocolate casero —dijo Madison.

–Definitivamente la visitaremos —prometió Cassie.

–Sus hijos son afortunados. Van a un internado en Cornwall. Ojalá pudiera hacerlo —dijo Madison.

Cassie frunció el ceño, preguntándose por qué Madison querría pasar lejos de una vida tan perfecta. A menos, quizás, que el divorcio la hubiese hecho sentir insegura y quisiera estar rodeada de una comunidad más grande.

–¿Estás contenta con tu escuela actual? —le preguntó, por si acaso.

–Ah sí, es genial, excepto porque tengo que estudiar —dijo Madison.

Cassie sintió alivio de que no hubiera un problema oculto, como acoso escolar.

Las tiendas eran tan singulares como había esperado. Había algunas que vendían aparejos de pesca, ropa abrigada y artículos deportivos. Cassie recordó haber tenido las manos frías cuando tomaban unas copas de vino con Ryan la noche anterior y se probó un lindo par de guantes, pero ante el estado de sus finanzas y la falta de dinero disponible, decidió que sería mejor esperar y comprar un par más barato.

El aroma a pan horneado los atrajo a una pastelería en la vereda de enfrente. Después de discutirlo con los niños, compró un pan de masa madre y un pastel de pacanas para llevarse a casa.

La única desilusión de la mañana fue la tienda de dulces.

Cuando Madison marchó con expectativa hasta la puerta, se detuvo alicaída.

La tienda estaba cerrada, con una nota escrita a mano y pegada en el vidrio que decía: “Estimados Clientes: este fin de semana no estaremos en el pueblo, ¡tenemos un cumpleaños familiar! Volveremos el martes para servirles sus exquisiteces favoritas”.

Madison suspiró tristemente.

–Habitualmente, la hija es la que se encarga de la tienda cuando ellos no están. Supongo que fueron todos a la estúpida fiesta.

–Supongo que sí. No importa. Podemos volver la semana que viene.

–Falta mucho para eso.

Con la cabeza gacha, Madison se volteó y Cassie se mordió el labio ansiosamente. Estaba desesperada por que esta salida fuese un éxito. Se había estado imaginando cómo se iluminaría el rostro de Ryan mientras hablaban de su alegre día, y cómo quizás la mirara a ella con gratitud, o incluso la halagara.

–Vendremos la semana que viene —repitió, a sabiendas de que era un pequeño consuelo para una niña de nueve años que creía que comería bastones de menta en su futuro inmediato—. Y quizás encontremos dulces en las otras tiendas —agregó.

–Vamos, Maddie —dijo Dylan con impaciencia, y la tomó de la mano, alejándola de la tienda.

Más adelante, Cassie vio la tienda de la que Madison había hablado, que pertenecía a la señora que les había ofrecido llevarlos al pueblo.

–Una última parada aquí y luego decidimos en dónde almorzar —dijo ella.

Pensando en las próximas cenas saludables y en los refrigerios, Cassie eligió algunas bolsas con verduras rebanadas, una bolsa de peras y frutas secas.

–¿Podemos comprar castañas? —Preguntó Madison— Asadas en el fuego son deliciosas. Hicimos eso el invierno pasado, con mi mamá.

Era la primera vez que uno de ellos mencionaba a su madre, y Cassie esperó ansiosamente, observando a Madison para ver si el recuerdo la entristecía o si era una señal de que quería hablar del divorcio. Para su alivio, la niña parecía tranquila.

–Claro que sí. Es una linda idea.

Cassie agregó una bolsa a su canasto.

–Mira, ¡ahí tienen dulce de chocolate!

Madison señalaba con entusiasmo y Cassie supuso que el momento había pasado. Pero al haber mencionado a su madre una vez había roto el hielo, y quizás quisiera hablar de eso más tarde. Cassie se recordó estar atenta a cualquier señal. No quería dejar pasar la oportunidad de ayudar a los niños en ese momento difícil.

Las bolsas estaban en el mostrador que estaba cerca de la caja, junto con otros dulces. Había manzanas acarameladas, dulce de chocolate, caramelos de menta, bolsitas de delicias turcas e incluso bastones en miniatura.

–Dylan y Madison, ¿qué les gustaría? —les preguntó.

–Una manzana acaramelada, por favor. Y dulce de chocolate y uno de esos bastones —dijo Madison.

–Una manzana acaramelada, dos bastones, dulce de chocolate y delicias turcas —agregó Dylan.

–Creo que quizás dos dulces para cada uno es suficiente o les arruinará el almuerzo —dijo Cassie, recordando que en esta familia no se alentaba el exceso de dulces.

Tomó dos manzanas acarameladas y dos paquetes de dulce de chocolate del exhibidor.

–¿Crees que tu padre quiera algo?

Sintió una ráfaga de calor al hablar de Ryan.

–Le gustan los frutos secos —dijo Madison, y señaló unos anacardos asados en exhibición—. Esos son sus favoritos.

Cassie agregó una bolsa al canasto y se dirigió a la caja registradora.

–Buenas tardes —saludó a la vendedora, una joven rubia y regordeta con una etiqueta que decía “Tina”, quien le sonrió y saludó a Madison por el nombre.

–Hola, Madison. ¿Cómo está tu papá? ¿Ya salió del hospital?

Cassie miró con preocupación a Madison. ¿Se trataba de algo que no le habían contado? Pero Madison estaba confundida y con el ceño fruncido.

–No estuvo internado.

–Ah, lo siento, debe haber sido un malentendido. La última vez que estuvo aquí dijo…—empezó a explicar Tina.

Madison la interrumpió, mirando a la cajera con curiosidad mientras registraba las compras.

–Estás gorda.

Horrorizada por la falta de tacto del comentario, Cassie sintió que se ruborizaba tanto como Tina.

–Lo siento mucho —tartamudeó como disculpa.

–Está bien.

Cassie vio que Tina parecía abatida por el comentario. ¿Qué le había sucedido a Madison? ¿Es que no le habían enseñado a no decir esas cosas? ¿Era demasiado pequeña para darse cuenta de lo dolorosas que eran sus palabras?

Al ver que con más disculpas no rescatarían la situación, tomó su cambio y salió de la tienda a empujones con la niña, antes de que pudiera pensar en otra cosa personal y ofensiva para decir.

–No es amable decir cosas así —le explicó cuando nadie podía escucharlas.

–¿Por qué? —Preguntó Madison— Es la verdad. Está mucho más gorda que cuando la vi en las vacaciones de agosto.

–Siempre es mejor no decir nada cuando notas algo así, sobre todo si hay otras personas escuchando. Podría tener un…un problema glandular o estar tomando medicación que la haga engordar, como la cortisona. O podría estar embarazada y no querer que nadie lo sepa aún.

Echó un vistazo a su izquierda, en donde estaba Dylan, para ver si él estaba escuchando, pero estaba hurgando en sus bolsillos y parecía preocupado.

Madison frunció el ceño mientras pensaba.

–Está bien —dijo—. Lo recordaré la próxima vez.

Cassie soltó un suspiro de alivio al ver que había entendido su razonamiento.

–¿Quieres una manzana acaramelada?

Cassie le alcanzó a Madison su manzana acaramelada, quien la puso en el bolsillo, y le extendió la otra a Dylan. Pero cuando se la ofreció, él la rechazó haciendo un gesto con la mano.

Cassie lo observó incrédula y vio que desenvolvía uno de los bastones de la tienda que acababan de visitar.

–Dylan… —empezó.

–Ay no, yo quería uno de esos —se quejó Madison.

–Te conseguí uno.

Dylan buscó en el bolsillo más profundo de su saco y, para el horror de Cassie, sacó varios más.

–Aquí tienes—dijo él, y le dio uno.

–¡Dylan!

De pronto, Cassie se sintió sin aliento, y su voz era aguda y nerviosa. Tenía la mente acelerada, mientras se esforzaba por entender lo que acababa de ocurrir. ¿Había malinterpretado la situación?

No. No había manera de que Dylan hubiese comprado los dulces. Luego del comentario bochornoso de Madison, los había sacado a empujones de la tienda. No había habido tiempo para que Dylan pagara, y además la vendedora no era muy hábil manejando la anticuada caja registradora.

–¿Sí? —le preguntó él inquisitivamente, y Cassie sintió un escalofrío al ver que no había rastro de emoción en sus pálidos ojos azules.

–Creo…creo que quizás te hayas olvidado de pagar eso.

–No pagué —dijo con indiferencia.

Cassie se lo quedó mirando, conmocionada y sin palabras.

Dylan acababa de admitir fríamente que había robado mercadería.

Nunca se hubiese imaginado que el hijo de Ryan hiciera algo así. Esto superaba el alcance de su experiencia y no sabía cómo debía reaccionar. Estaba conmovida porque su impresión de una familia perfecta, en la que había creído, estaba muy lejos de la realidad. ¿Cómo podía haber estado tan equivocada?

El hijo de Ryan acababa de cometer un delito. Peor aún, no demostraba nada de remordimiento, ni vergüenza, ni siquiera una señal de que entendía la dimensión de sus acciones. Él la observaba con calma, aparentemente despreocupado por lo que había hecho.




CAPÍTULO SEIS


Mientras Cassie estaba paralizada por la sorpresa y sin saber cómo manejar el robo de Dylan, se dio cuenta de que Madison ya se había decidido.

–No voy a comer un dulce robado —anunció la niña—. Te lo devuelvo.

Le extendió el bastón a Dylan.

–¿Por qué me lo devuelves? Lo tomé para ti porque querías un bastón y en la primera tienda no había, y luego Cassie fue muy tacaña y no te quiso comprar uno.

Dylan hablaba en tono ofendido, como si esperara que le agradecieran por salvarlas de un apuro.

–Sí, pero no quiero uno robado.

Madison se lo devolvió y se cruzó de brazos.

–Si no lo quieres, no te lo volveré a ofrecer.

–Dije que no.

Con el mentón hacia afuera, Madison se alejó.

–Estás conmigo o estás en mi contra. Tú sabes lo que siempre dice mamá —le gritó Dylan.

Cassie sintió preocupación ante la mención de la madre y detectó más que un indicio de amenaza en su tono de voz.

–Bueno, ya es suficiente.

Se apresuró unos pasos y tomó a Madison del brazo, volviendo hacia atrás para que todos estuviesen enfrentados en la acera empedrada. La situación se estaba saliendo de control, los niños estaban empezando a pelearse y ni siquiera había abordado el asunto del robo. No importaba que estuvieran traumatizados, o que estuviesen reprimiendo emociones, se trataba de un delito.

Estaba aún más horrorizada de que esa tienda pertenecía a una amistad de la familia. ¡La dueña incluso les había ofrecido llevarlos al pueblo! No se debe robar a alguien que ofrece llevarte. Bueno, no se debe robar a nadie, pero menos a una mujer que se había ofrecido a ayudar generosamente esa misma mañana.

–Vayamos a sentarnos.

Había un salón de té a su izquierda que parecía lleno, pero vio que una pareja se levantaba de una mesa cerrada y se apresuró con los niños a la puerta.

Un minuto después, estaban sentados en el cálido interior con un delicioso aroma a café y a pasteles crujientes y mantecosos.

Cassie miró el menú sintiéndose inútil, porque cada segundo que pasaba les demostraba a los niños que no sabía cómo manejar la situación.

En el mejor de los casos, supuso que tendría que obligar a Dylan a volver y pagar lo que había tomado, pero ¿qué pasaba si se negaba? Tampoco tenía claro cuáles eran las sanciones por hurto aquí en el Reino Unido. Podía terminar en problemas si las políticas de la tienda establecían que la vendedora tenía que informar a la policía.

Luego, Cassie pensó en la cronología de los hechos y se dio cuenta de que podía haber otro punto de vista.

Recordó que Madison había mencionado que habían asado castañas con su madre justo antes de que Dylan robara los dulces. Quizás ese niño callado había escuchado a su hermana y eso le había recordado el trauma por el que la familia había pasado.

Podría haber expresado sus emociones reprimidas con respecto al divorcio al hacer algo prohibido de forma intencionada. Cuanto más lo pensaba, más sentido tenía.

En cuyo caso, sería mejor manejarlo de manera más delicada.

Observó rápidamente a Dylan, que hojeaba el menú y parecía totalmente despreocupado.

Madison también parecía haber superado su arrebato de furia. Parecía satisfecha con el modo en que el asunto había sido manejado, luego de rechazar el dulce robado y decirle a Dylan lo que pensaba. Ahora estaba concentrada leyendo las descripciones de la amplia variedad de batidos.

–Bueno —dijo Cassie—, Dylan, entrégame todos los dulces que robaste. Vacía tus bolsillos.

Dylan hurgó en su chaqueta y sacó cuatro bastones y un paquete de delicias turcas.

Cassie observó el pequeño montón.

No se había robado mucho. Este no era un robo a gran escala. El problema era que él los había robado y que no pensaba que fuese algo malo.

–Voy a confiscar esos dulces porque no está bien tomar algo sin pagar. La vendedora puede estar en problemas si el dinero de la caja no coincide con las existencias. Y tú podrías haber terminado con un problema mayor. Todas esas tiendas tienen cámaras.

–Está bien —dijo él con aburrimiento.

–Voy a tener que contárselo a tu padre, y veremos qué decide hacer él. Por favor, no vuelvas a hacer esto, no importa si estás intentando ayudar, o si crees que el mundo es injusto contigo, o si estás triste por problemas familiares. Eso podría tener serias consecuencias. ¿Entiendes?

Tomó los dulces y los guardó en su bolso.

Observó a los niños y vio que Madison, que no necesitaba la advertencia, parecía bastante más preocupada que Dylan. Él la miraba de una forma que solo podía interpretar como desconcierto. Apenas asintió, y ella supuso que eso era todo lo que iba a conseguir.

Había hecho lo que había podido. Todo lo que podía hacer ahora era informarle a Ryan y dejar que él prosiguiera.

–¿Estás pensando en un batido, Madison? —Le preguntó.

–El chocolate no falla —le aconsejó Dylan, y así de golpe la tensión se disipó y volvieron a la normalidad.

Cassie sentía un alivio desmesurado por haber podido manejar la situación. Se dio cuenta de que le temblaban las manos, y las escondió debajo de la mesa para que los niños no lo notaran.

Siempre había evitado las peleas, porque le traía recuerdos de las veces en las que había sido una participante involuntaria e inútil. Recordaba escenas fragmentadas de rugidos y gritos de rabia pura. Cuando había platos rotos, se escondía debajo de la mesa del comedor y sentía que los fragmentos le lastimaban las manos y el rostro.

En cualquier pelea, si tenía la oportunidad, terminaba haciendo lo equivalente a esconderse.

Ahora estaba contenta por haber logrado reafirmar su autoridad con tranquilidad, pero también con firmeza, y por que el día no hubiese resultado un desastre.

La encargada del salón de té se apresuró a tomar sus pedidos y Cassie cayó en la cuenta de lo pequeño que era el pueblo, porque ella también conocía a la familia.

–Hola Dylan y Madison. ¿Cómo están sus padres?

Cassie se avergonzó al darse cuenta de que obviamente la encargada no sabía las últimas novedades, y ella no había hablado con Ryan acerca de lo que debía decir. Mientras ella titubeaba buscando las palabras correctas, Dylan habló.

–Están bien, gracias Martha.

Cassie se sintió agradecida por la breve respuesta de Dylan, aunque la sorprendió la normalidad con que lo había dicho. Había pensado que él y Madison estarían tristes por la mención de sus padres. Quizás Ryan les había dicho que no lo dijeran si la gente no lo sabía. Decidió que probablemente esa era la razón, ya que la mujer parecía tener prisa y la pregunta había sido una mera formalidad.

–Hola, Martha. Soy Cassie Vale —dijo ella.

–Tienes acento estadounidense. ¿Trabajas para los Ellis?

Cassie volvió a avergonzarse por la mención en plural.

–Solo doy una mano —dijo, recordando que a pesar del acuerdo informal con Ryan, tenía que ser precavida.

–Es tan difícil encontrar la ayuda adecuada. En este momento estamos con escasez de personal. Ayer deportaron a una de nuestras meseras por no tener la documentación necesaria.

Echó un vistazo a Cassie, quien bajó la mirada rápidamente. ¿Qué había querido decir la mujer? ¿Sospechaba por el acento de Cassie que ella no tenía una visa de trabajo?

¿Era una pista de que las autoridades de la zona estaban tomando medidas drásticas?

Ella y los niños ordenaron rápidamente y, para alivio de Cassie, la encargada se alejó apresuradamente.

Un momento después, una mesera con apariencia estresada y evidentemente lugareña les trajo pasteles y papas fritas.

Cassie no quería entretenerse con la comida y arriesgarse a otra charla mientras el restaurante se estaba vaciando. En cuanto terminaron, se dirigió al mostrador y pagó.

Dejaron el salón de té y caminaron por el mismo camino que habían venido. Se detuvieron en una tienda de mascotas en donde compró comida para los peces de Dylan, quien le dijo que se llamaban Orange y Lemon, y una bolsa con lecho para su conejo, Benjamin Bunny.

Cuando se dirigían hacia la parada de autobús, Cassie escuchó música y vio que un grupo de gente se había reunido en la plaza empedrada del pueblo.

–¿Qué crees que van a hacer?

Madison notó la actividad al mismo tiempo en que Cassie se volteó a mirar.

–¿Podemos echar un vistazo, Cassie? —le preguntó Dylan.

Cruzaron la calle para descubrir que había un espectáculo emergente en curso.

En la esquina norte de la plaza había una banda con tres músicos tocando en vivo. En la esquina opuesta, un artista hacía animales con globos. Ya se había formado una fila de padres con niños pequeños.

En el centro, un mago vestido formalmente, con un traje elegante y un sombrero de copa, hacía trucos.

–Oh, vaya. Me encantan los trucos de magia —susurró Madison.

–A mí también —coincidió Dylan—. Me gustaría estudiarlo. Quiero saber cómo funciona.

Madison puso los ojos en blanco.

–Fácil. ¡Es magia!

Cuando se acercaron, el mago acababa de terminar su truco y recibía expresiones de asombro y aplausos. Luego, cuando la muchedumbre se dispersó, se volvió hacia ellos.

–Bienvenidos, gente de bien. Gracias por estar aquí en esta hermosa tarde. Qué lindo día. Pero dime, pequeña dama, ¿no tienes frío?

Le hizo señas a Madison para que se acercara.

–¿Frío? ¿Yo? No.

Dio un paso adelante con una media sonrisa, entre divertida y precavida.

Él tendió las manos vacías, luego se adelantó y aplaudió cerca de la cabeza de Madison.

Ella dio un grito ahogado. Él bajó las manos ahuecadas, en las que escondía un muñeco de nieve de juguete.

–¿Cómo lo hiciste? —le preguntó ella.

Él le extendió el juguete.

–Estuvo sobre tu hombro todo este tiempo, viajando contigo —le explicó, y Madison rió incrédula y fascinada.

–Ahora veamos qué tan veloces son sus ojos. Así es como funciona. Ustedes me apuestan a mí la cantidad de dinero que quieran, mientras mezclo cuatro cartas. Si adivinan en dónde está la reina, duplican su dinero. De lo contrario, se marcharán con las manos vacías. Entonces, ¿les gustaría apostar?

–¡Yo apostaré! ¿Me puedes dar dinero? —preguntó Dylan.

–Claro que sí. ¿Cuánto quieres perder?

Cassie hurgó en el bolsillo de su chaqueta.

–Quiero perder cinco libras, por favor. O ganar diez, por supuesto.

Consciente de que se estaba juntando una muchedumbre detrás de ella, Cassie le entregó el dinero a Dylan y él se lo entregó al mago.

–Esto debería ser fácil para ti, joven caballero, veo que tienes un ojo rápido, pero recuerda, la reina es una dama astuta y ha ganado muchas batallas. Observa atentamente mientras reparto cuatro cartas. Ves, las estoy colocando boca arriba para total transparencia. Esto es demasiado fácil. Es como regalar el dinero. La reina de corazones, el as de picas, el nueve de bastos y la jota de diamantes. Después de todo, es como lo que dicen del matrimonio, empieza con corazones y diamantes pero al final todo lo que necesitas es una pica y un basto.

El público estalló en carcajadas.

La alusión del mago a un matrimonio que no funcionaba hizo que Cassie mirara nerviosamente a los niños, pero Madison parecía no haber entendido el chiste, y Dylan tenía toda su atención en las cartas.

–Ahora las doy vuelta.

Colocó las cartas boca abajo una por una.

–Y ahora las mezclo.

Rápidamente, pero no demasiado, mezcló las cuatro cartas. Era difícil de seguir, pero cuando se detuvo, Cassie estaba bastante segura de que la reina estaba en el extremo derecho.

–¿En dónde está nuestra señora reina? —preguntó el mago.

Dylan hizo una pausa y luego señaló a la carta que estaba a la derecha.

–¿Estás seguro, joven?

–Estoy seguro —asintió Dylan.

–Tienes una oportunidad para cambiar de opinión.

–No, me quedo con esa. Tiene que estar ahí.

–Tiene que estar ahí. Bueno, veamos si la reina está de acuerdo o si uno de sus consortes la ha secuestrado para ocultarla.

Dio vuelta la carta y Dylan se quejó ruidosamente.

Era la jota de diamantes.

–Diablos —dijo él.

–La jota. Siempre dispuesta a cubrir a la reina. Leal hasta el final. Pero nuestra reina de corazones, el emblema del amor, aún nos elude.

–Entonces, ¿en dónde está la reina?

–Ciertamente, ¿en dónde?

Cassie había notado, mientras mezclaba las cartas, que había una que no había tocado, la que estaba en el extremo izquierdo. Ese era el as de picas.

–Creo que está ahí —adivinó, señalando esa carta.

–Ah, así que aquí tenemos a una dama inteligente que señala a la única carta que sabe que no es posible que sea. ¿Pero saben qué? Los milagros ocurren.

Con un ademán dio vuelta la carta, y allí estaba la reina.

Risas y aplausos resonaron por toda la plaza y Cassie se llenó de emoción al chocar los cinco con Dylan y Madison.

–Qué lástima que no apostó, mi señora. Sería más rica ahora, pero así son las cosas. ¿Quién necesita dinero cuando el amor te ha escogido?

Cassie sintió que se le enrojecían las mejillas. Ojalá, pensó.

–Como recuerdo, te puedes quedar con la carta.

La colocó en una bolsa de papel y la cerró con un adhesivo antes de entregársela a Cassie, quien la colocó en el bolsillo lateral de su bolso.

–Me pregunto qué habría pasado si hubiese elegido esa carta —comentó Dylan mientras se alejaban.

–Estoy segura de que hubiese sido la jota de diamantes —dijo Cassie—. Así es como hace dinero, cambiando las cartas cuando la gente apuesta.

–Sus manos eran tan ágiles —dijo Dylan, sacudiendo la cabeza.

–Deben ser buenos por naturaleza y además entrenar durante muchos años —supuso Cassie.

–Supongo que tienen que hacerlo —coincidió Dylan, al tiempo que llegaban a la parada de autobús.

–También está la distracción, pero no estoy segura de cómo se aplica cuando hay cuarto cartas tan juntas entre sí. Pero de alguna manera debe funcionar.

–Bueno, practiquemos. Intenta distraerme, Cassie —le pidió Madison.

–Lo haré, pero viene el autobús. Subámonos primero.

Madison se volteó a mirar, y mientras estaba distraída Cassie le robó la manzana acaramelada del bolsillo de su chaqueta.

–¡Oye! ¿Qué hiciste? Sentí algo. Y no viene el autobús.

Madison se volvió, vio que Dylan estallaba de risa, hizo una pausa mientras recordaba lo que había ocurrido y comenzó a reírse.

–¡Me engañaste!

–No siempre es fácil. Simplemente tuve suerte.

–Viene el autobús, Madison —dijo Dylan.

–No voy a mirar. No puedes engañarme dos veces.

Aún resoplando de risa, se cruzó de brazos.

–Entonces te quedarás atrás —le dijo Dylan, mientras el pulcro autobús rural de un piso se detenía en la parada.

Durante el breve viaje a casa, todos hicieron lo imposible para distraer al otro. Cuando llegaron a su parada, a Cassie le dolía el estómago de tanto reírse y estaba feliz de que el día hubiese sido un éxito.

Mientras abrían la cerradura de la puerta de entrada, le vibró el celular. Era un mensaje de Ryan, diciéndole que llevaría pizza para la cena, y si había algún condimento que no le gustara.

Ella respondió: “Soy fácil, gracias”, y entonces se dio cuenta de las connotaciones cuando estaba a punto de presionar “Enviar”.

Tenía el rostro acalorado mientras borraba el mensaje y lo remplazaba con: “Cualquier condimento está bien. Gracias”.

Un minuto después su teléfono volvió a vibrar y ella lo tomó, ansiosa por leer el próximo mensaje de Ryan.

Este mensaje no era de él. Era de Renee, una de sus viejas amigas de la escuela de Estados Unidos.

“Oye, Cassie, alguien estuvo preguntando por ti esta mañana. Una mujer que llamó desde Francia. Estaba intentando encontrarte pero no dijo más. ¿Puedo darle tu número?”

Cassie volvió a leer el mensaje, y de pronto el pueblo ya no parecía tan remoto y seguro.

Con el inminente juicio de su exjefe en París y la defensa en busca de más testigos, la aterrorizaba que la red se estuviera cerrando.




CAPÍTULO SIETE


Mientras ayudaba a los niños con la rutina nocturna de bañarse y ponerse el pijama, Cassie no podía quitarse el perturbador mensaje de la cabeza. Intentó convencerse de que el equipo legal de Pierre Dubois la podría haber contactado directamente, sin necesidad de rastrear una vieja amiga de la escuela, pero aún así alguien la estaba buscando.

Necesitaba averiguar quién era esa persona de manera urgente.

Luego de haber ordenado el baño, le respondió a Renee.

“¿Tienes el número de esa señora? ¿Te dijo su nombre?”

Dejó su teléfono y se fue a la cocina a ayudar a Madison a poner la mesa, con todos los extras que acompañaban la pizza: sal y pimienta, ajo molido, salsa tabasco y mayonesa.

–A Dylan le gusta la mayonesa —explicó ella—. Es asquerosa.

–Pienso lo mismo —confesó Cassie, y el corazón le dio un vuelco al escuchar que se abría la puerta de entrada.

Madison salió corriendo de la cocina, y Cassie la siguió de cerca.

–¡Entrega a domicilio! —Exclamó Ryan, entregándole a Madison una de las cajas con pizza de la pila que cargaba—. Qué bueno estar adentro. Afuera está cada vez más frío y oscuro.

Miró a Cassie y, como ella esperaba, en su rostro se dibujó una sonrisa extremadamente atractiva.

–¡Hola, Cassie! Estás preciosa. Veo que tienes color en tus mejillas gracias al aire del mar. Estoy ansioso por que me cuenten cómo pasaron el día.

Cassie le devolvió la sonrisa, agradecida de que él asumiera que la causa de tener el rostro sonrojado era el aire fresco y no porque se hubiese empezado a sentir entusiasmada y extrañamente cohibida en cuanto él llegó.

Mientras cargaba el resto de las cajas que él había traído, se dijo a sí misma que se sentiría mejor cuando el enamoramiento por su jefe se apaciguara.

Unos minutos después, Ryan entró en la cocina y Cassie vio que traía una bolsa de papel marrón.

–Compré regalos para todos —anunció.

–¿Qué me compraste? —le preguntó Madison.

–Paciencia, cariño. Primero sentémonos.

Cuando los niños se sentaron en la mesa, abrió la bolsa.

–Maddie, te compré esto.

Era una blusa negra y ajustada, con un texto en brillantina rosada escrito al revés.

El texto decía: “Esta es mi camiseta para el paro de manos”.

–Ay, es muy linda. Estoy ansiosa por ponérmela para ir a gimnasia —dijo Madison, rebosante de alegría mientras volteaba la camiseta y observaba los destellos de luz.

–Esto es para ti, Dylan.

Su regalo era una camiseta de ciclista, de manga larga y color amarillo fluorescente.

–Genial, papá. Gracias.

–Espero que te mantenga a salvo, ahora que las mañanas están cada vez más oscuras. Y para ti, Cassie, te traje esto.

Para sorpresa de Cassie, Ryan sacó de la bolsa un par de guantes abrigados y elegantes. Se sorprendió aún más al darse cuenta de que eran prácticamente idénticos a los que se había probado en el pueblo.

–Ay, son preciosos, y me serán muy útiles.

Cassie se dio cuenta, consternada, de que estaba otra vez envuelta en el enamoramiento y se imaginaba usando los guantes mientras se sentaba afuera con él a beber vino.

–Espero que sean del tamaño correcto. Hice lo posible por imaginarme tus manos cuando los compraba —dijo Ryan.

Por un momento, Cassie no pudo respirar al preguntarse si él estaba pensando lo mismo que ella.

–Bueno, ¿se divirtieron hoy? —preguntó Ryan.

–Nos divertimos mucho. Había un mago en el pueblo. Me dio un muñeco de nieve, engañó a Dylan y se quedó con sus cinco libras, pero luego Cassie adivinó en dónde estaba la carta y se la ganó, aunque no ganó dinero.

–¿Qué carta ganó? —le preguntó Ryan a su hija.

–La reina de corazones, así que el mago le dijo que el amor golpeará a su puerta.

Cassie dio un sorbo al jugo de naranja porque no sabía para dónde mirar y le daba vergüenza encontrarse con los ojos de Ryan.

–Bueno, creo que Cassie merece esa carta y todo lo que trae con ella —dijo Ryan, haciendo que por poco derramara el jugo cuando ponía el vaso sobre la mesa.

–¿Qué hicieron después de eso? —preguntó él.

–Empezamos a hablar de distracciones camino a la parada de autobús, ¡Cassie me distrajo y me robó mi manzana acaramelada!

Madison lo dijo atropelladamente, y aunque Dylan estaba muy ocupado comiendo pizza como para decir mucho, asintió con entusiasmo.

–Nosotros también te compramos algo —dijo Cassie, y tímidamente le entregó los anacardos.

–¡Mis favoritos! Mañana tengo un día muy ocupado, los llevaré conmigo para el almuerzo. Qué sorpresa. Gracias por este regalo tan considerado.

Mientras decía las últimas palabras, miró directamente a Cassie, y sus ojos azules mantuvieron la mirada por varios segundos.

Devoraron las pizzas, y si bien Cassie no tenía mucho apetito, los demás lo compensaron comiéndose hasta la última porción. Después llevó a los niños a la sala de estar para su tiempo asignado de televisión. Luego de mirar un programa de talentos que todos disfrutaron, los llevó a la cama.

Madison aún estaba entusiasmada por las aventuras del día y el programa de talentos, en el que habían participado dos grupos de gimnastas escolares.

–Creo que algún día quisiera ser gimnasta —dijo.

–Lleva mucho esfuerzo, pero si es tu sueño debes perseguirlo —le aconsejó Cassie.

–Siento que no voy a poder dormir.

–¿Quieres que hablemos un poco más? ¿O quieres que te lea una historia?

Cassie intentó no sentirse impaciente ante la idea de Ryan, sentado afuera con su vino, esperándola a ella. O quizás él no la esperaría y se iría a dormir temprano. En cuyo caso se perdería la oportunidad de contarle acerca del robo de Dylan.

El recuerdo la sobresaltó. La felicidad por el regalo atento y la charla durante la cena habían hecho que se olvidara del desagradable incidente. Era su deber contárselo a Ryan, aún si terminaba arruinando lo que había sido un día maravilloso.

–Me gustaría leer un poco.

Madison se levantó con dificultad entre las sábanas, fue hasta el estante y eligió un libro que evidentemente había leído muchas veces, porque tenía el lomo arrugado y las páginas dobladas.

–Esta es la historia de una niña común que llega a ser una bailarina de ballet. La disfruto mucho, es apasionante. Cada vez que la leo es apasionante. ¿Crees que eso es extraño?

–No, para nada. Las mejores historias siempre te hacen sentir así —dijo Cassie.

–Cassie, ¿crees que enseñan gimnasia en los internados?

Otra vez la mención a los internados. Cassie hizo una pausa.

–Sí, sobre todo porque los internados son generalmente escuelas más grandes. Creo que deben tener muchas instalaciones deportivas.

Madison parecía satisfecha con la respuesta, pero luego tuvo otro pensamiento.

–¿Los internados dejan que te quedes ahí durante las vacaciones?

–No, tienes que volver a casa para las vacaciones. ¿Por qué querrías quedarte en la escuela?

Cassie esperaba que Madison le respondiera, pero ella se tapó con el cobertor hasta el mentón y abrió el libro.

–Solo tenía curiosidad. Buenas noches. Apagaré la luz más tarde.

–Pasaré a controlarte —prometió Cassie antes de cerrar la puerta.

Corrió a su habitación, tomó su saco y se puso los preciosos guantes nuevos, luego se apresuró al balcón.

Vio con alivio que Ryan aún estaba allí. En realidad, se estremeció de felicidad al ver que él la había esperado antes de servir el vino. En cuanto él la vio se levantó, acercó una silla y mulló el almohadón antes de que ella se sentara.

–Salud. Gracias por lo que hiciste hoy. Ver a los niños tan felices es la mejor sensación del mundo.

–Salud.

Cuando su copa de vino tocaba la de él, recordó que no había sido un día perfecto. Había habido un serio incidente. ¿Cómo se lo iba a contar? ¿Qué pasaría si él la criticaba y decía que lo tendría que haber manejado de otra forma?

Decidió que lo mejor sería decírselo poco a poco y sacar el tema de manera casual. Esperaba que Ryan volviera a mencionar su divorcio, porque eso le daría pie para que ella dijera: “Sabes, creo que el divorcio ha sido más problemático para Dylan de lo que creemos, porque luego de que Madison mencionara a su madre, robó unos dulces de la tienda”.

Hablaron por un rato del clima, de que se suponía que mañana iba a hacer un lindo día, y de los horarios de los niños. Ryan le explicó que el autobús escolar los recogería a las siete y media de la mañana, y que para esa hora él ya se habría ido; y que los niños le dirían a qué hora terminaban las clases y si los tenía que llevar a alguna actividad.

–Hay un calendario con los horarios en la puerta de mi armario, del lado de adentro, si lo quieres corroborar —dijo él—. Lo actualizo cada vez que hay cambios en los horarios.

–Muchas gracias. Lo corroboraré si es necesario —dijo Cassie.

–Sabes —dijo Ryan, y Cassie se puso tensa y vació su copa de vino, porque su tono de voz había cambiado y se había vuelto más serio.

Estaba segura de que él iba a mencionar su divorcio, y eso quería decir que era el momento para que ella sacara el difícil tema del robo de Dylan.

Él volvió a llenar las copas antes de continuar.

–Sabes, hoy te tuve mucho en mi mente. En cuanto vi los guantes pensé en ti y me di cuenta de cuánto disfruté nuestra charla de ayer aquí afuera. Los guantes son, en realidad, una forma de decir que me encantaría que todas las noches pases aquí conmigo.

Por un momento, Cassie no supo qué decir. No podía creer lo que Ryan acababa de decir. Luego, cuando asimiló sus palabras, sintió que la felicidad la inundaba.

–Me encantaría. Disfruté del momento que pasamos juntos anoche.

Quería decir más, pero se detuvo. Tenía que ser precavida al soltar las emociones que crecían en su interior, porque el comentario de Ryan podía haber sido solo por cortesía.

–¿Te quedan bien?

Puso la mano izquierda de Cassie sobre la palma de su mano y con el pulgar tanteó suavemente los dedos de ella.

–Sí, me quedan perfectos. Y no siento nada de frío con ellos.

El corazón le latía tan rápido que se preguntó si él podía sentir el martilleo de su pulso, mientras le acariciaba suavemente la muñeca con los dedos antes de soltarla.

–Te admiro mucho, diste un paso muy importante al viajar al extranjero. ¿Decidiste hacerlo tú sola? ¿O con una amiga?

–Todo sola —dijo Cassie, encantada de que él valorara lo que eso requería.

–Eso es sensacional. ¿Qué piensa tu familia?

Cassie no quería mentir, así que hizo lo mejor que pudo para esquivar el asunto.

–Todos me apoyaron. Amigos, familia y mis antiguos jefes. Sí tuve algunos amigos que me decían que iba a extrañar y que volvería pronto, pero eso no ocurrió.

–¿Y dejaste a alguien especial allá? ¿Un novio, quizás?

Cassie apenas podía respirar al darse cuenta de lo que esa pregunta podía implicar. ¿Ryan le estaba insinuando algo? ¿O se trataba tan solo de una pregunta casual para saber más de ella? Tenía que ser cautelosa, porque él la había deslumbrado tanto que podría farfullar algo inapropiado fácilmente.

–No tengo novio. Salía con alguien a comienzos de este año en Estados Unidos, pero nos separamos un tiempo antes de que me fuera.

Eso no era cierto. Había terminado la relación con su novio violento dos semanas antes de irse, y una de las principales razones para viajar al exterior era para irse bien lejos, a donde él no la pudiera seguir y ella no pudiera cambiar de idea.

Cassie no le podía contar a Ryan la verdadera versión. Aquí y ahora, observando a la distancia las blancas crestas de las olas rodar hacia la orilla, quería que él pensara que su última relación había sido en un pasado lejano, que estaba tranquila y que no la había afectado, y que estaba lista para una nueva relación.

–Me alegro que me lo hayas dicho. Hubiese estado mal de mi parte si no me aseguraba —dijo Ryan suavemente—. Y supongo que fuiste tú la que terminaste, porque no creo que haya sido al revés.

Cassie se lo quedó mirando, hipnotizada por sus pálidos ojos azules, sintiéndose como si estuviese en un sueño.

–Sí, fui yo. No estaba funcionando y tuve que tomar una decisión difícil.

Él asintió.

–Eso fue lo que percibí de ti la primera vez que hablamos. Tu fortaleza interna. Esa capacidad para saber lo que quieres y para luchar por ello, y por otro lado tienes una empatía, dulzura y sabiduría increíbles.

–Bueno, no sé si sabiduría. La mayor parte del tiempo no me siento muy sabia.

Ryan se rió.

–Eso es porque estás demasiado ocupada viviendo la vida para ser demasiado introspectiva. Otra gran cualidad.

–Bueno, creo que mientras esté aquí podría aprender de un experto en esa materia —argumentó.

–¿No crees que la vida es más divertida cuando la vives con alguien que hace que valga la pena?

Sus palabras eran provocativas, pero su rostro era serio, y ella no podía apartar la mirada.

–Sí, definitivamente —susurró.

Esta no parecía una conversación normal. Significaba algo más. Debía significar algo más.

Ryan dejó su copa y la tomó de la mano para ayudarla a levantarse del almohadón profundo. Deslizó el brazo alrededor de su cintura de manera casual, por unos segundos, mientras ella se volteaba para ir para adentro.

–Que duermas bien —le dijo cuando llegaron a la puerta de su habitación.

Le rozó la parte baja de la espalda con la mano mientras se inclinaba hacia ella. Por un segundo, Cassie contempló con ojos fascinados la forma de sus labios, sensuales y firmes, enmarcados por un tenue contorno de barba incipiente.

Luego, sus labios tocaron los de ella solo por un momento, antes de que se alejara y dijera, suavemente, “Buenas noches”.

Cassie lo observó hasta que cerró la puerta de su dormitorio y luego, sintiéndose como si estuviese flotando en el aire, verificó que la luz de la habitación de Madison estuviera apagada y volvió a la suya.

Se sobresaltó al darse cuenta de que se había olvidado decirle a Ryan lo del robo.

No había tenido la oportunidad. La noche no había tomado ese camino, sino que se había desviado en una dirección totalmente diferente e inesperada, que la había dejado sintiéndose fascinada, esperanzada y expectante. Con ese beso sentía como si una puerta se hubiese abierto y a través de ella había podido entrever algo que cambiaría su mundo entero.

¿Lo había hecho de forma amistosa? ¿O lo había hecho por otra razón? No estaba segura, aunque así lo creía. La incertidumbre la hacía sentirse nerviosa y entusiasmada, pero en el buen sentido.

De vuelta en su habitación, volvió a revisar sus menajes y vio que Renee le había respondido.

“La mujer dijo que llamaba de un teléfono público. Así que no me dejó su número. Si vuelve a llamar le preguntaré su nombre”.

Mientras leía el mensaje, Cassie tuvo una idea repentina.

Esa mujer misteriosa había llamado desde un teléfono público, no había querido dejar sus datos y había contactado a una de las pocas amigas de la escuela de Cassie que aún vivía en su ciudad natal.

El padre de Cassie se había mudado de donde ellas habían crecido. Se había mudado muchas veces, cambiando de trabajo, cambiando de novias y perdiendo su teléfono en casi todas sus borracheras. No había estado en contacto con él en muchos años y no quería verlo nunca más. Estaba envejeciendo, su salud era frágil y había construido la vida que se merecía. Sin embargo, esto quería decir que él ya no podía ser localizado por familiares que quisieran ponerse en contacto. Incluso ella no sabía cómo comunicarse con su padre ahora.

Existía la posibilidad, que cuanto más pensaba en ella más convincente parecía, que quien había llamado era su hermana, Jacqui, haciendo lo posible por encontrar a Cassie. Una vieja amiga de la escuela sería su único contacto si no estaba en las redes sociales, como era el caso de Jacqui. Cassie la había buscado con frecuencia cada vez que tenía oportunidad, con la esperanza de que su trabajo de detective pudiese descubrir una pista acerca del paradero de su hermana.

Cassie sintió que se le erizaba la piel al considerar la posibilidad de que hubiese sido Jacqui la que había llamado.

No quería decir que Jacqui estuviese en una buena situación pero, de todos modos, ella nunca pensó que así fuera. Si Jacqui hubiese sentado cabeza, con un trabajo estable y un apartamento, se hubiese comunicado hace mucho tiempo.

Cuando Cassie pensaba en Jacqui siempre se imaginaba incertidumbre, precariedad. Visualizaba una vida tambaleándose en un frágil equilibrio entre el dinero y la pobreza, las drogas y rehabilitación, novios y personas violentas, ¿quién sabía los detalles? Cuanto más inestable fuera la vida de Jacqui, más difícil sería para ella contactarse con la familia que había dejado hace mucho tiempo. Quizás sus circunstancias no lo permitían, o la avergonzaba la situación en la que estaba. Podía haber pasado semanas o meses en la calle o desconectada de la red, totalmente drogada, o pidiendo comida, o quién sabía qué.

Cassie decidió que iba a tener fe y a optar por que Jacqui estuviese intentando comunicarse.

Le respondió rápidamente a Renee, sabiendo que Ryan podía desconectar el Wi-Fi en cualquier momento.

“Podría ser mi hermana. Si vuelve a llamar, por favor dale mi número”.

Con la esperanza de que su corazonada fuese correcta, Cassie cerró los ojos y sintió que había hecho lo que podía por restablecer el contacto con el único miembro de la familia que aún le importaba.




CAPÍTULO OCHO


La mañana siguiente fue un caos organizado mientras Cassie intentaba ayudar a los niños a vestirse para la escuela. Faltaban artículos del uniforme escolar, los zapatos estaban embarrados y las medias no tenían sus pares. Se encontró corriendo de la cocina a los dormitorios, haciendo malabares con el desayuno y todo lo demás.

Los niños se engulleron el té y las tostadas con mermelada antes de reanudar la búsqueda de los artículos escolares, que parecían haberse desplazado a un universo alternativo durante el fin de semana.

–¡Perdí mi insignia! —Anunció Madison mientras se ponía su blazer.

–¿Qué apariencia tiene? —Le preguntó Cassie, sintiendo que se le caía el alma al suelo.

Había pensado que finalmente estaban prontos.

–Es un círculo de color verde brillante. No puedo ir a la escuela sin él. Yo fui la capitana de la clase la semana pasada, y hoy otro compañero debe recibir la insignia.

En pleno pánico, Cassie apoyó los codos y las rodillas en el suelo y buscó por toda la habitación. Finalmente, encontró la insignia en el piso del armario.

Luego de haber evitado esa crisis, Dylan gritó que su estuche escolar había desaparecido. Cassie lo encontró justo después de que los niños se fueran, detrás de la jaula del conejo, y se apresuró calle abajo hasta la parada de autobús en donde ellos estaban esperando.

Cuando subieron al autobús, sanos y salvos, Cassie respiró hondo y los pensamientos felices de la noche anterior volvieron a surgir.

Mientras ordenaba la casa, reproducía el intercambio entre ella y Ryan en su mente.

Él la había estado coqueteando, estaba segura de eso.

La forma en que la había tocado, cómo la había tomado de la mano y le había preguntado si tenía novio. Esa pregunta de por sí era bastante inocente, pero eran las otras cosas que había dicho.

“Hubiese estado mal de mi parte si no me aseguraba”.

Eso indicaba que lo preguntaba por una razón. Asegurarse.

Y ese beso. Cerró los ojos mientras lo recordaba, sintiendo que el calor florecía en su interior. Había sido tan inesperado, tan perfecto.

Le había parecido amistoso, pero como si él, con ese beso, hubiese querido decir algo más. Era imposible de describir. Se sintió llena de incertidumbre, pero de forma positiva.

La mañana transcurrió muy rápido y como Ryan había dicho que llegaría tarde a casa, decidió comenzar con la cena. Contaba con una selección de vajilla muy limitada, pero había una repisa llena de libros de cocina.

Cassie eligió el que tenía cenas familiares. Asumió que el libro era de Ryan, pero se sorprendió al encontrar un mensaje en manuscrita en la primera página: “Feliz cumpleaños Trish”.

Así que este libro era de Trish. Se lo debería de haber regalado una amiga, quizás una que no supiera que Ryan era el que cocinaba la mayoría de las veces. De cualquier modo, ella no se lo había llevado.

Un golpe fuerte en la puerta interrumpió los pensamientos de Cassie.

Se apresuró a responder.

Un hombre con traje de cuero estaba parado afuera. Detrás de él había una enorme motocicleta estacionada en la acera.

En cuanto Cassie abrió la puerta él avanzó, estaba prácticamente adentro e invadiendo su espacio. Era alto, de hombros anchos, pelo oscuro y puntiagudo y tenía bigotes. Percibió un poco de agresividad por la forma en que había entrado y en su expresión cuando la observaba.

Ella dio un paso atrás, alterada por su presencia invasiva. Deseó haberle puesto la cadena a la puerta antes de abrirla, pero no lo había creído necesario en este pueblo pequeño y tranquilo.

–¿Es la residencia Ellis? —preguntó el hombre.

–Sí —dijo Cassie, preguntándose de qué se trataba todo esto.

–¿Se encuentra el señor Ryan Ellis?

–No, está trabajando. ¿En qué lo puedo ayudar?

Cassie estaba aterrorizada por dentro. Para su propia seguridad, tendría que haberle dicho que Ryan había ido a la casa de al lado por un momento. No sabía quién era este hombre. Era prepotente y arrogante, y esa no era la forma en que un repartidor interactuaba con un cliente.

–¿Y tú eres…?

El hombre sonrió levemente, apoyando una mano en el marco de la puerta.

–Soy la niñera —dijo Cassie en tono defensivo, y recordó demasiado tarde que debería haber dicho que era una amiga de la familia.

–Ah, ¿así que él te contrató? Te está pagando, ¿eh? ¿De dónde eres? ¿De Estados Unidos?

Cassie quedó sin aliento. No esperaba esto, e inmediatamente pensó en la mesera deportada de la que había hablado ayer la encargada del salón de té.

No le respondió. En cambio, repitió:

–¿En qué lo puedo ayudar?

Esperó que él no percibiera lo asustada que estaba.

–Tengo una entrega especial para el señor Ryan Ellis.

El hombre le entregó un sobre grande de manila, con el nombre y la dirección de Ryan en manuscrita.

Lo puso en la mesa del vestíbulo y él le extendió una tablilla.

–Firma aquí. Escribe tu nombre completo, hora de entrega y tu número de teléfono.

Así que esto era solo una entrega, después de todo. Cassie sintió alivio, pero no se iba a tranquilizar hasta que este hombre extraño se fuera.

–Y tu pasaporte, por favor.

–¿Mi qué?

Lo observó con horror.

–Tengo que tomarle una foto. Si no te molesta.

Su tono de voz le decía que a él no le importaba si a ella le molestaba. Se recostó contra la puerta y miró su reloj.

Cassie se sintió completamente aturdida. ¿De qué se trataba todo esto? Se temía que fuera algún tipo de medida drástica contra trabajadores ilegales.

No le podía decir que se fuera, aunque eso quería. ¿Era legal que fotografiara su pasaporte, o una violación de sus derechos? Parecía un intento de intimidación, pero no podía pensar en una salida sin meterse en un problema aún más grande.

–¿Puede esperar afuera mientras lo voy a buscar? —le preguntó.

Se tomó su tiempo para moverse hacia el porche. Permaneció de pie, observando con los brazos cruzados y media sonrisa en su rostro redondo y pálido.

Ella cerró la puerta de entrada, deseando no tener que volver a abrirla, y se apresuró hacia su dormitorio a buscar su pasaporte con la incriminatoria visa de visitante.

Luego volvió, abrió la puerta y se lo entregó.

En el ínterin él había encendido un cigarrillo. Lo colocó entre sus labios, sacó su teléfono y hojeó las páginas del documento.

Escuchó el clic repetitivo de la cámara del teléfono. Parecía que estaba fotografiando más de una página.

Luego se lo devolvió y tomó el cigarrillo de su boca.

–Muy bien. Eso es todo. Dile al señor Ellis que si no se ocupa de la notificación, volveré pronto.

Tiró la humeante colilla de cigarrillo en el pavimento, se volteó y caminó dando zancos hasta su motocicleta. Un minuto después, el motor rugió y él desapareció.

Cassie se puso de rodillas a escarbar para encontrar el cigarrillo encendido. Lo apagó en el césped húmedo y se lo llevó a la cocina, en donde lo desechó. Le temblaban las manos. ¿De qué se trataba todo eso?

Observó el sobre, lo sostuvo a trasluz e incluso lo volteó para ver si tenía alguna pista de la identidad del remitente, pero no pudo ver nada.

Tendría que esperar a que volviera Ryan para hablarle de ello.

Cassie empezó a temer que, con su presencia aquí y la amabilidad complaciente de Ryan, lo hubiese metido en serios problemas.




CAPÍTULO NUEVE


Cuando se hizo la hora de ir a buscar a los niños a la escuela, Cassie hizo lo posible por poner sus preocupaciones a un lado. Con el reciente divorcio, sabía que los niños tenían su propio estrés para manejar y no quería que, encima de todo, ellos percibieran su ansiedad.




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