Casi Muerta
Blake Pierce


La Niñera #3
CASI MUERTA (La Niñera—Libro #3) es el tercer libro de la nueva serie de suspenso psicológico por el autor bestseller Blake Pierce, cuyo libro gratuito y exitoso UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) ha recibido más de 1.000 opiniones de cinco estrellas.



Luego de las consecuencias desastrosas de su último empleo en Inglaterra, todo lo que quiere Cassandra Vale, de 23 años, es una oportunidad para rehacer su vida. Una madre divorciada de la alta sociedad en la soleada Italia parece ser la respuesta. Pero ¿lo será?



Con una nueva familia vienen nuevos niños, reglas y expectativas. Cassandra está decidida a hacer que esto dure, hasta que un descubrimiento espeluznante la lleva al límite.



Y cuando ocurre lo inimaginable, ¿será demasiado tarde para retroceder del abismo? ¿En quién, se pregunta ella, se estará convirtiendo?



Un misterio fascinante repleto de personajes complejos, varios secretos, giros dramáticos y suspenso vibrante, CASI MUERTA es el libro #3 de la serie de suspenso psicológico que hará que devore las páginas hasta la madrugada.



El libro #4 de la serie estará disponible próximamente.





Blake Pierce

CASI MUERTA




C A S I   M U E R T A




(La Niñera—Libro Tres)




B L A K E   P I E R C E



Blake Pierce

Blake Pierce es el autor de la exitosa serie de misterio de RILEY PAIGE, que incluye dieciséis libros hasta el momento. Blake Pierce es también el autor de la serie de misterio MACKENZIE WHITE, que comprende trece libros (y contando); de la serie de misterio AVERY BLACK, que comprende seis libros; de la serie de misterio KERI LOCKE, que comprende cinco libros; de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE, que comprende cinco libros (y contando); de la serie de misterio KATE WISE, compuesta por seis libros (y contando); del misterio de suspenso psicológico CHLOE FINE, compuesto por cinco libros (y contando); de la serie de thriller de suspenso psicológico JESSIE HUNT, compuesta por cinco libros (y contando); de la serie de thriller de suspenso psicológico LA AU PAIR, compuesta por dos libros (y contando); y la serie de misterio de ZOE PRIME, compuesta por dos libros (y contando).



Blake es un ávido lector y fanático de toda la vida de los géneros de misterio y thriller, y le encanta escuchar de sus lectores, así que por favor no dudas en visitar http://www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y ponerte en contacto con el autor.








Derechos reservados © 2020 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto según lo permitido por la ley de derechos reservados de EE.UU. de 1976, ninguna parte de este libro podrá reproducirse, distribuirse o transmitirse en ninguna forma y por ningún medio, o almacenarse en una base de datos o sistema de recuperación, sin previo permiso de la autora. Este ebook está autorizado únicamente para su disfrute personal. Este ebook no podrá revenderse o regalarse a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor adquiera una copia adicional para cada lector. Si usted está leyendo este libro y no lo compró, o si no se lo compraron para que únicamente usted lo usara, por favor, devuélvalo y adquiera su propio ejemplar. Gracias por respetar el trabajo del autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de forma ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es mera coincidencia. Los derechos de la imagen de portada son de Mimadeo y se utilizaron bajo la autorización de Shutterstock.com.



LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE

LA NIÑERA

CASI AUSENTE (Libro #1)

CASI PERDIDA (Libro #2)

CASI MUERTA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE ZOE PRIME

LA CARA DE LA MUERTE (Libro #1)

LA CARA DEL ASESINATO (Libro #2)

LA CARA DEL MIEDO (Libro #3)



SERIE DE THRILLER DE SUSPENSE PSICOLÓGICO CON JESSIE HUNT

EL ESPOSA PERFECTA (Libro #1)

EL TIPO PERFECTO (Libro #2)

LA CASA PERFECTA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE

AL LADO (Libro #1)

LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2)

CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE

SI ELLA SUPIERA (Libro #1)

SI ELLA VIERA (Libro #2)

SI ELLA CORRIERA (Libro #3)

SI ELLA SE OCULTARA (Libro #4)

SI ELLA HUYERA (Libro #5)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)

ATRAYENDO (Libro #3)

TOMANDO (Libro #4)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ AÑORADO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8)

UNA VEZ ACECHADO (Libro #9)

UNA VEZ PERDIDO (Libro #10)

UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11)

UNA VEZ ATADO (Libro #12)

UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13)

UNA VEZ INACTIVO (Libro #14)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE MATE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE CODICIE (Libro #3)

ANTES DE QUE SE LLEVE (Libro #4)

ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5)

ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6)

ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7)

ANTES DE QUE CACE (Libro #8)

ANTES DE QUE ATRAPE (Libro #9)

ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10)

ANTES DE QUE DECAIGA (Libro #11)

ANTES DE QUE ENVIDIE (Libro #12)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

CAUSA PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)

UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5)

UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)

UN RASTRO DE VICIO (Libro #3)

UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4)

UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5)




CAPÍTULO UNO


Cassandra Vale se apresuró por la calle pavimentada. La lluvia helada le lastimaba la cara y ella pestañeaba para quitársela de los ojos. Se estaba haciendo tarde, ya oscurecía y se temía que estaba perdida. Esta parte de Milán no tenía el aspecto que había esperado. Había terminado en una de las principales plazas de compras. Compradores, envueltos en sacos oscuros y elegantes Llevando bolsas de compras atestaban la amplia acera.

Cassie echó un vistazo a las tiendas mientras se dirigía hacia la intersección, preguntándose si podría pedir indicaciones. Los interiores brillantemente iluminados era oasis de confort y calidez apero con su chaqueta desgastado y zapatillas mojadas dudaba que le permitieran entrar. Estos nombres representaban la cumbre de la industria de la moda. Emilio Pucci, Dolce & Gabbana, Moschino. Las prendas en si parecían tan fuera de su alcance como las etiquetas con los precios.

Tendría que confiar en su mapa que se está desintegrando rápidamente en la lluvia. Se detuvo en la intersección para abrirlo dándose cuenta de que sentía los labios y las mejillas entumecidas. El papel húmedo al abrirlo y ella intentó unir las piezas para darle sentido y complejo diseño de calles con nombres desconocidos y a esta altura ilegibles.

Se había alejado. Debería haber doblado cuatro cuadras atrás. Desorientada en un lugar extraño no se había detenido para verificar su ubicación. Volteó el mapa con las manos temblando intentando armar su camino de regreso hacia donde tendría que estar. Un giro a la izquierda, tres cuadras hacia abajo, no,  cinco y luego otro giro a la izquierda que la llevaba a un laberinto retorcido de calles. Allí era en donde tenía que estar.

Cassie dobló todos los pedazos lo mejor que pudo y los puso otra vez en su bolsillo aunque sabía que el mapa no sobreviviría otra salida. Ahora se tenía que concentrar y reprimir el pánico de que llegaría demasiado tarde, que el lugar al que quería llegar habría cerrado para cuando ella llegara, o, aún peor, que su viaje terminara en nada más que una decepción desesperada.

Esta era su única oportunidad de encontrar a su hermana, Jacqui. Era la única pista que tenía.

Esforzándose para recordar la imagen de la ruta en su mente, trotó calle abajo dándose cuenta de que a medida que dejaba el epicentro de la moda de Milán, los senderos se volvían más angostos y los escaparates de las tiendas menos imponentes. Aquí era donde se exhibían los artículos más baratos y las imitaciones, los precios en euros bajaban con cada cuadra y los carteles de los descuentos de enero gritaban de las ventanas destartaladas.

Se atisbó a sí misma en el vidrio oscurecido. Su piel tenía la palidez del invierno y tenía las mejillas enrojecidas por el frío. Se puso un gorro de lana sobre su cabello cobrizo más que nada por el calor, pero también para tener sus ondas rebeldes bajo control. Acurrucada en su viejo saco azul con el cierre roto, parecía fuera de lugar en esta elegante capital de la moda. Se sentía una intrusa entre los lugareños inmaculadamente vestidos con sus cabellos perfectamente arreglados, sus botas caras y su natural sentido del estilo.

Cuando ella y Jacqui era niñas, frecuentemente las obligaban a vestirse para ir a la escuela con ropa raída, rasgada, que no era de su talle, con su padre viudo insistiendo de manera enfadada que no había dinero para comprarles algo mejor. Cassie lo había aceptado mucho más fácilmente que Jacqui, que odiaba verse desaliñada y pobre.



Era lógico que su hermana se hubiese sentido atraída por una de las capitales mundiales de la moda en donde la vestimenta era moderna, hermosa y nueva.

Jadeando, Cassie vio que el nombre de la calle siguiente le parecía conocido.

Esta era la calle a la que quería llegar. Ahora todo lo que tenía que hacer era encontrar la tienda.

Se llamaba Cartoleria, pero no sabía si ese era realmente su nombre o la descripción. Había sentido la barrera del lenguaje cuando habló por teléfono con la secretaria. Cassie había logrado obtener el nombre de la calle de la mujer cada vez más impaciente, aunque lo único que sabía decir en inglés eran las palabras “estamos cerrando” que había repetido varias veces antes de gritarle finalmente “Addio” y colgar el teléfono.

Cassie había decidido que la única forma de saberlo era visitando la tienda personalmente.

Le había llevado una semana organizarse y conducir todo el camino desde Edimburgo, en donde se había estado quedando, hasta Milán. Había planeado llegar mucho antes, pero se había quedado atrapada en el tráfico para entrar a la ciudad y se había perdido varias veces antes de encontrar un lugar barato para estacionar. Su GPS no había funcionado y casi no le quedaba batería en su teléfono. Afortunadamente, había pensado en imprimir el mapa. ¿A qué hora cerraban la mayoría de los lugares aquí? ¿A las seis de la tarde? ¿O más tarde?

La ansiedad la inundó al ver que la tienda que tenía más adelante ya estaba cerrando por el día, el comerciante volteaba el letrero en la puerta y apagaba las luces.

–Disculpe. Cartoleria. ¿Sabe para qué lado es? —Le preguntó ansiosa, porque cada segundo era preciado.

Él frunció el ceño y luego señaló calle abajo y dijo algo en italiano que no pudo entender. Al menos la había orientado en la dirección correcta, porque había estado a punto de apresurarse hacia el otro lado.

–Gracias —le dijo.

–¡Signorina! —Pero Cassie no se iba a detener por nada.

Estaba sin aliento por el entusiasmo. Había una pequeña posibilidad de que Jacqui estuviese realmente trabajando en esta tienda. Cassie se imaginó entrando y enfrentándose cara a cara con su hermana. Se preguntó qué haría Jacqui. Sabía que ella gritaría de alegría y la abrazaría lo más a fuerte que pudiera. Luego tendrían la posibilidad de hablar y descubrir qué había ocurrido y por qué Jacqui había desaparecido por tanto tiempo sin dar señales.

Aunque no era muy probable, Cassie no podía evitar soñar.

Allí estaba, más adelante. Vio el letrero, Cartoleria, y empezó a correr. Tenía que estar abierta. Esta era su chance, su oportunidad de reconectarse con la única familia que aún le importaba.

Salpicó las piedras del pavimento empapadas por la lluvia, zigzagueando entre los peatones que se movían lentamente y se refugiaban  bajo enormes paraguas.

Entonces se detuvo observando el escaparate de la tienda con incredulidad.

Cartoleria estaba cerrada.

No solo por el día  sino para siempre.

Las ventanas estaban selladas, pero a través de un hueco de la cubierta que se estaba descascarando, podía ver el oscuro armazón más allá.  El letrero arriba de la puerta, maltrecho y raído, era el único recuerdo de que esta tienda había estado abierta una vez.

Observando el espacio desolador y vacío, Cassie se dio cuenta, demasiado tarde, que había malinterpretado a la impaciente asistente cuando la llamó hacía una semana. La mujer había intentado decirle que estaban cerrando la tienda definitivamente. Si lo hubiese entendido en su momento, podría haber vuelto a llamar inmediatamente, hacer más preguntas y ser más persuasiva.

En cambio, había conducido cientos de kilómetros solo para encontrarse en un callejón sin salida.

Su pista se había esfumado junto con sus esperanzas y sueños. Había perdido la única oportunidad de volver a encontrar a su hermana.




CAPÍTULO DOS


Cassie observaba la tienda vacía y se sintió aplastada por la decepción. Sabía que tenía que irse, alejarse en la noche húmeda y oscura y emprender el largo viaje de vuelta hacia su auto, pero no se decidía a marcharse.

Era como si darse la vuelta ahora significara darse por vencida para siempre, y cuando lo pensaba así sentía los pies enraizados en el lugar. No podía quitarse de encima la certeza de que aún debía haber algo que de alguna forma la condujera a Jacqui.

Miró a su alrededor y vio que una de las tiendas cercanas aún estaba abierta. Parecía ser una pequeña cafetería y restaurante. Quizás alguien allí supiera quién era el dueño o dueña de Cartoleria y a dónde se había ido.

Cassie se dirigió al pequeño restaurante, aliviada de encontrar un refugio de las rachas de lluvia. En el interior había un aroma delicioso a café y pan, lo que le recordó que hoy no había comido. Había una enorme máquina de capuchinos cromada en un lugar destacado sobre el mostrador de madera.

Adentro había espacio solo para cuatro mesas y estaban todas ocupadas. Pero había un asiento vacío en la barra, así que se sentó allí.

El camarero, que parecía estresado, se apresuró a atenderla.

–Cosa prendi? —le preguntó.

Cassie adivinó que quería tomarle su pedido.

–Lo siento, no hablo italiano —se disculpó, con la esperanza de que entendiera—. ¿Sabes quién era el dueño de la tienda de al lado?

El joven se encogió de hombros, confundido.

–¿Puedo ofrecerle comida? —le preguntó en un inglés entrecortado.

Cassie se dio cuenta de que la barrera del lenguaje había terminado con su interrogatorio y rápidamente examinó el menú garabateado en el pizarrón negro de la pared del fondo.

–Un café, por favor. Y un panini.

Despegó unos billetes de su disminuida reserva en la cartera. Los precios en Milán eran aún más altos de lo que esperaba, pero se hacía tarde y estaba muerta de hambre.

–¿Eres americana? —le preguntó el hombre que estaba sentado al lado de ella.

Impresionada, Cassie asintió.

–Sí.

–Mi nombre es Vadim —se presentó él.

No sonaba como un italiano, pero su oído para los acentos no era tan bueno como el de él. Supuso que debería ser de algún lugar de Europa del Este, o quizás incluso Rusia.

–Soy Cassie Vale —respondió ella.

Parecía ser unos años mayor que ella, por lo que tendría cerca de treinta, y estaba vestido con una chaqueta de cuero y jeans. En frente de él tenía una copa de vino tinto a la mitad.

–¿Estás aquí de vacaciones? ¿O trabajando, o estudiando? —le preguntó.

–En realidad, viajé hasta aquí para encontrar a alguien.

La confesión era dolorosa ahora que Cassie temía que nunca la encontraría.

Las gruesas cejas del hombre se juntaron y fruncieron.

–¿Qué quieres decir con encontrar? ¿Encontrar a alguien en particular?

–Sí. Mi hermana.

–Lo dices como si estuviera perdida —dijo él.

–Lo está. Seguí una pista con la esperanza de que me ayudara a encontrarla. Hace un tiempo llamó a una amiga en Estados Unidos y rastreamos el número.

–¿Así que rastreaste la llamada y llegaste hasta aquí? Eso es trabajo de detective —dijo Vadim con admiración mientras el camarero deslizaba su café por el mostrador.

–No, fui demasiado lenta. Verás, ella llamó dos veces para hablar conmigo. El primer número no funcionó. Recién la semana pasada me di cuenta de que la otra llamada podía ser desde otro número.

Vadim asintió con comprensión.

–Y ahora Cartoleria está cerrada —dijo Cassie.

–¿La tienda de al lado?

–Sí. Desde ahí había llamado. Tengo la esperanza de descubrir quién era el propietario.

Él frunció el entrecejo.

–Sé que Cartoleria es una cadena de tiendas. Hay más en otros lugares de Milán. Es un cibercafé y vende bolígrafos, lápices, esas cosas.

–Artículos de oficina —sugirió Cassie.

–Sí, eso es. Quizás si te comunicas con otra tienda, ellos te puedan ayudar a encontrar al encargado de esta.

El camarero regresó y colocó un plato enfrente de ella, y Cassie empezó a comer, hambrienta.

–¿Viajaste hasta aquí sola? —le preguntó Vadim.

–Sí, vine aquí sola, con la esperanza de encontrar a Jacqui.

–¿Por qué eres tú la que la está buscando, y ella no te está buscando también a ti?

–Tuvimos una infancia difícil —le contó—. Mi madre murió cuando era joven y mi padre no pudo arreglárselas sin ella. Se volvió muy irascible, como si quisiera destrozar la vida de todos.

Vadim asintió con comprensión.

–Jacqui era mayor que yo, y un día simplemente se marchó. Creo que ya no podía soportarlo. La furia, los gritos, los vidrios rotos en el suelo casi todas las mañanas. Él tuvo muchas novias y era habitual que hubiese extraños en la casa.

Se asomó un oscuro recuerdo de ella, debajo de la cama a altas horas de la noche, escuchando pasos pesados que subían la escalera y alguien que tanteaba su puerta. Jacqui la había salvado. Había gritado tan fuerte que los vecinos habían venido corriendo, y el hombre había bajado las escaleras a hurtadillas. Cassie recordó el terror que había sentido al escuchar el ruido en la puerta del dormitorio. Jacqui había sido su protectora hasta que huyó.

–Después de que ella se marchó yo me mudé, y luego desalojaron a mi padre y tuvo que buscar otro alojamiento. Yo conseguí un teléfono nuevo. Él consiguió un teléfono nuevo. No había forma de que ella pudiera contactarse con nosotros. Ahora creo que está intentando contactarse. Pero está asustada, y no sé por qué. Quizás piensa que estoy enojada porque ella se marchó.

Vadim sacudió la cabeza.

–¿Así que estás sola en el mundo?

Cassie asintió, sintiendo tristeza una vez más.

–¿Puedo invitarte con una copa de vino?

Cassie sacudió la cabeza.

–Muchas gracias, pero tengo que conducir.

Su auto estaba a cuarenta minutos a pie. Desde allí, ella no sabía a dónde ir. No había hecho planes para su alojamiento. Había esperado llegar más temprano, y que la tienda la diera pistas del paradero de Jacqui, y entonces podría dar el siguiente paso en su búsqueda. Ahora había oscurecido, y no tenía idea de en dónde podía encontrar una posada o un hostel a buen precio. Se dio cuenta que podía terminar durmiendo en su auto, en el aparcamiento de concreto.

–¿Tienes alojamiento para esta noche? —le preguntó Vadim, como si le hubiese leído la mente.

Cassie sacudió la cabeza.

–Aún debo solucionar eso.

–Hay un alojamiento para mochileros cerca de aquí. Una pensione, como dicen aquí en Italia. Puede que te resulte conveniente. Paso por allí de camino a casa; puedo mostrarte en dónde es.

Cassie sonrió con indecisión, preocupada por el precio y también porque su equipaje aún estaba en su auto. Aún así, un alojamiento cercano parecía más tentador que el largo camino hacia el aparcamiento. Incluso había una posibilidad de que Jacqui se haya alojado en esos albergues, en cuyo caso al menos debía ir a verlos.

Terminó su café y las últimas migas del panini mientras Vadim hacía lo mismo con el vino y enviaba mensajes en su teléfono.

–Ven conmigo. Por aquí

Afuera aún llovía, pero Vadim abrió un enorme paraguas y Cassie caminó a su lado, agradecida por la protección. Claramente con prisa, él marchaba adelante por lo que ella tuvo que apresurarse para ir a su ritmo. Le complacía que no perdiesen el tiempo, pero al mismo tiempo se preguntaba si esta pensión estaba fuera de su camino y si se estaba desviando para poder ayudarla.

Atisbó a los edificios alrededor mientras pasaban, para darse una idea de donde estaban. Nombres de restaurantes, tiendas y negocios brillaban y destellaban en la llovizna; el idioma desconocido hacía que Cassie sintiera como si sus sentidos estuviesen saturados.

Cruzaron la calle y ella notó que el tráfico había disminuido. Aunque no había revisado la hora por un buen rato, pensaba que serían bien pasadas las siete de la tarde. Estaba exhausta y se preguntaba qué tan lejos estaba el alojamiento para mochileros, y qué haría si no había lugar.

El cartel a la derecha era de un supermercado, estaba segura. A la izquierda, quizás era de un entretenimiento de algún tipo. El cartel de neón destellaba brillantemente. No era la zona roja, si es que eso existía en Milán, pero tampoco estaba demasiado lejos.

De pronto, se dio cuenta que habían caminado demasiado lejos, demasiado rápido, y en silencio.

Deberían haber caminado más de un kilómetro, más de lo que cualquier persona razonable consideraría cercano.

Fue entonces que empezó a recordar.

En el primer cruce, había mirado a la izquierda. Distraída y con la lluvia en los ojos no había asimilado el letrero que había visto. No era grande y destellante, sino una cartel más modesto con letras negras y fondo blanco.

–Pensione.

Esa era la palabra que Vadim había utilizado. Era “alojamiento para mochileros” en italiano, o en todo caso un equivalente.

–¿Por qué vas más despacio? —le preguntó él, y ahora su voz era cortante.

Más adelante, Cassie vio que centelleaban unos focos delanteros. Había una camioneta blanca estacionada del otro lado de la calle. Parecía que Vadim se dirigía directamente hacia ella.

Él estiró el brazo y, en un instante lleno de terror, Cassie se dio cuenta de que él había detectado su vacilación y la iba a sujetar del brazo.




CAPÍTULO TRES


Cassie se dio cuenta demasiado tarde que había sido muy estúpida y parlanchina, y demasiado confiada. En su necesidad de tener compañía, le había confesado a este extraño que estaba completamente sola en el mundo y que nadie sabía en dónde estaba.

Por la cabeza le empezaron a rondar escenarios de secuestro, tráfico y abuso. Tenía que escapar.

Aunque Vadim le sujetó el puño ella se liberó, y entonces él logró tomarla de la manga e la chaqueta.

Frágil y desgastada, la tela se desgarró, por lo que él solo se quedó con una pizca del forro de polyester en la mano. Entonces, era libre.

Cassie se volteó y corrió por el camino que había venido.

Bajó la cabeza para evitar la lluvia y cruzó la calle rápidamente mientras cambiaba el semáforo. Escuchó gritos y maldiciones detrás de ella que le decían que el enorme paraguas era un obstáculo más que una ayuda para Vadim. Dobló a la izquierda por una calle lateral mientras un autobús pasaba detrás de ella, suplicando que él no hubiese visto por dónde había ido, pero otro grito le dijo que sí lo había hecho, y que la estaba siguiendo.

Dobló a la derecha a una calle más concurrida en donde serpenteó entre los lentos peatones, se quitó la chaqueta y el gorro de lana en caso de que los colores lo ayudaran a encontrarla. Envolvió las prendas debajo del brazo y al llegar a otra intersección, miró hacia atrás mientras volvía a doblar a la izquierda.

Nadie parecía seguirla, pero aún podría alcanzarla, o algo peor, adivinar a dónde iba y esperarla allí.

Más adelante, como un rayo de esperanza y seguridad, vio el cartel de Pensione que había visto antes. No veía a Vadim por ningún lado.

Cassie corrió hacia él, rogando poder entrar y estar fuera de peligro a tiempo.


*

La música de la casa de huéspedes resonaba hasta la calle, en donde había una puerta de seguridad blanca y endeble entornada.

Cassie la empujó y subió pesadamente la angosta escalera de madera. Voces, risas y el olor a humo de cigarrillo flotaban en el aire.

Miró detrás de ella pero la escalera estaba vacía.

Quizás se había dado por vencido en la cacería. Ahora que se había escapado, se preguntó si habría exagerado la amenaza. La camioneta estacionada podría haber sido una coincidencia. Vadim podría haber querido que ella fuera con él a su casa.

De todos modos, no había hecho lo que le había prometido, y había intentado sujetarla en cuanto ella dudó. Sintió un terror renovado al recordar que apenas había logrado liberarse.

Había sido una tonta al dejar que se le escapara que estaba sola, que nadie sabía en dónde estaba, que estaba en una misión imposible en busca de una persona quizás nunca pudiera encontrar. Respirando con dificultad, Cassie se reprendió por su terrible estupidez. Había sido un alivio compartir la historia de Jacqui con un extraño que no podía juzgarla. No se dio cuenta de qué más podía estar compartiendo con él.

La puerta de seguridad al final de la escalera estaba cerrada. Conducía a un pequeño vestíbulo que estaba desocupado y un timbre en la pared tenía pegado un cartel impreso debajo. Estaba escrito en varios idiomas, arriba de todo en inglés.

“Para servicio, toque el timbre”.

Cassie tocó con la esperanza de que alguien escuchara el timbre, porque la música allí arriba era ensordecedora.

Por favor, respondan, rogó ella.

La puerta del otro lado del vestíbulo se abrió, y entró una mujer pelirroja de más o menos la edad de Cassie. Parecía sorprendida de ver a Cassie parada allí afuera..

–Buona sera —la saludó ella.

–¿Hablas inglés? —le preguntó Cassie, rezando porque la mujer fuese bilingüe y entendiera que tenía que dejarla entrar rápido.

Para alivio de Cassie, ella cambió al inglés con un acento alemán.

–¿Cómo puedo ayudarte?

–Necesito alojamiento de forma urgente. ¿Hay alguna habitación disponible aquí?

La mujer pelirroja pensó por un momento.

–No hay habitaciones —dijo sacudiendo la cabeza, y Cassie se sintió decepcionada.

Miró hacia atrás por encima del hombro, pensando que había escuchado pasos en la escalera, pero debían ser los golpes de la música desde algún lugar del hospedaje.

–¿Por favor, al menos puedo entrar? —preguntó.

–Por supuesto. ¿Estás bien?

La mujer le abrió la puerta. Cassie sintió el frío metal vibrar en sus manos cuando la cerradura se abrió, y ella la cerró firmemente con un ruido metálico.

Finalmente, estaba  a salvo.

–Tuve una mala experiencia allí afuera. Un hombre me dijo que me acompañaría hasta aquí pero terminamos yendo en una dirección totalmente distinta. Me sujetó del brazo cuando me di cuenta de que algo andaba mal, pero logré liberarme.

La mujer levantó las cejas, sorprendida.

–Me alegro que hayas escapado. Esta parte de Milán puede ser peligrosa en las noches. Por favor, pasa por la oficina. Creo que entendí mal tu pregunta. No tenemos dormitorios disponibles; todas las habitaciones individuales están reservadas. Pero tenemos una cama disponible en un dormitorio compartido, si te interesa.

–Sí, muchas gracias.

Cassie sintió el alivio de no tener que volver a las calles oscuras y siguió a la mujer por el vestíbulo a una oficina minúscula con una cartel en la puerta: “Gerente del Hostel”.

Allí, Cassie pagó por la habitación. Una vez más, se dio cuenta de que el precio era inquietantemente elevado. Milán era un lugar costoso y no parecía haber una forma de vivir con poco dinero.

–¿Tienes equipaje? —le preguntó.

Cassie sacudió la cabeza.

–Está en el auto, a varios kilómetros.

Para su asombro, la mujer asintió como si eso fuese algo común.

–En una habitación compartida necesitarás artículos de tocador.

El cepillo y pasta de dientes, jabón y camiseta de algodón para dormir le salvaban la vida a Cassie, que le entregó más euros a cambio.

–Tu habitación está al final del corredor. Tu cama es la que está más cerca de la puerta e incluye un casillero.

–Gracias.

–Y el bar es por allí. Les ofrecemos a nuestros huéspedes la cerveza más barata de Milán —le sonrió mientras dejaba las llaves del casillero sobre el mostrador.

–Mi nombre es Gretchen —agregó.

–Soy Cassie.

Cassie recordó por qué estaba allí y preguntó:

–¿Tienen teléfono? ¿Internet?

Contuvo la respiración mientras Gretchen consideraba la pregunta.

–Los huéspedes pueden utilizar el teléfono de la oficina solo en casos de emergencia —dijo ella—. Hay muchos lugares cercanos en donde puedes hacer llamadas telefónicas y usar una computadora. Hay una lista de ellos en la cartelera de anuncios que está al lado de la biblioteca, y allí también encontrarás un mapa.

–Gracias.

Cassie miró detrás de ella. Había visto la cartelera cuando entraban, apoyada arriba de la biblioteca. Era una cartelera enorme, cubierta de recortes.

–También ponemos trabajos en la cartelera —explicó Gretchen—. Hacemos una búsqueda diaria en los sitios e imprimimos los avisos. Algunos lugares incluso nos contactan directamente si necesitan ayuda de media jornada, como meseros, repositores, limpiadores. En esos trabajos generalmente pagan por día, en efectivo

Le sonrió a Cassie comprensivamente, como si entendiera lo que era estar corta de dinero en un país extranjero.

–La mayoría de los huéspedes pueden conseguir trabajo si lo desean, así que si necesitas trabajo, házmelo saber —dijo ella.

–Gracias de nuevo —dijo Cassie.

Se dirigió derecho a la cartelera de anuncios.

Había una lista de cinco lugares cercanos en donde podía usar el teléfono e internet, y Cassie contuvo la respiración al ver que Cartoleria estaba allí, pero lo habían tachado recientemente con una nota, “Cerrado”.

Ese era un anuncio esperanzador, por lo que Cassie decidió preguntarle a Gretchen si podía revisar la lista de huéspedes. Se dirigió al bar y vio que la gerente acababa de empezar a tomar una cerveza y estaba sentada en un sillón entre en grupo de gente que reía.

–Allí hay otra clienta.

Un hombre alto y esbelto con acento inglés, que parecía más joven que Cassie, dio un salto y abrió el refrigerador.

–Soy Tim. ¿Qué te puedo ofrecer? —preguntó él.

Al ver que ella dudaba, dijo:

–Hay una oferta de Heineken.

–Gracias —dijo Cassie.

Pagó y él le entregó una botella helada. Dos chicas de cabello oscuro que parecían ser mellizas se cambiaron de sillón para hacerle un lugar.

–En realidad, vine aquí porque esperaba encontrar a mi hermana —dijo ella, con una punzada de nervios.

–Quisiera saber si alguno de ustedes la conoce, o si se hospedó aquí. Tiene el cabello rubio, o al menos así lo tenía la última vez que la vi. Y su nombre es Jacqui Vale.

–¿Hace mucho que no se ven? —preguntó una de las chicas de cabello oscuro, con compresión.

Cuando Cassie asintió, ella dijo:

–Eso es muy triste. Espero que la encuentres.

Cassie tomó un trago de cerveza. Estaba helada y tenía mucha malta.

La gerente estaba revisando su teléfono.

–No hubo ninguna Jacqui aquí en diciembre. Tampoco en noviembre —dijo ella, y a Cassie se le cayó el alma a los pies.

–Un momento —dijo Tim—. Recuerdo a alguien.

Cerró los ojos, como rememorando, mientras Cassie lo observaba con ansiedad.

–No vienen mucho estadounidenses aquí, así que recuerdo el acento. No reservó una habitación, vino con una amiga que se estaba quedando aquí. Tomó un trago y luego se marchó. No era rubia, tenía el cabello castaño, pero era muy bonita y se parecía un poco a ti.  Quizás unos años mayor.

Cassie asintió animadamente.

–Jacqui es mayor.

–La amiga la llamaba Jax. Empezamos a hablar cuando la atendí y me dijo que se estaba quedando en una pequeña ciudad, Creo que quedaba a una o dos horas de aquí. Por supuesto que no recuerdo el nombre de la ciudad.

Cassie se sintió sin aliento al pensar que su hermana realmente había estado allí. Visitando a una amiga, ocupándose de su vida. No parecía que estuviera en bancarrota, o desesperada, o que fuese una drogadicta o estuviera en una relación de maltrato, o cualquiera de los peores casos por los que Cassie se había preocupado cada vez que pensaba en Jacqui, y se preguntó por qué nunca se había contactado.

Quizás la familia nunca había significado mucho para ella y no había sentido la necesidad de reconectarse. Aunque habían tenido un vínculo muy estrecho, era la adversidad lo que las había obligado a unirse para sobrevivir a las rabietas de su padre y la vida familiar inestable. Quizás Jacqui quería dejar atrás esos recuerdos.

–No sabía que podías recordar tan bien los rostros, Tim —bromeó Gretchen—. ¿O es solo con chicas bonitas?

Tim sonrió avergonzado.

–Oye, era preciosa. Pensaba en invitarla a salir, pero luego supe que no se hospedaba en Milán, y pensé que probablemente no estuvieras interesada en mí de todos modos.

Las otras chicas protestaron al unísono.

–¡Tonto! Deberías haberlo hecho —insistió la chica que estaba al lado de Cassie.

–No sentí la onda adecuada de su parte, y creo que me hubiera dicho que no. De todos modos, Cassie, si me das tu número de teléfono haré lo posible por recordar cuál era la ciudad. SI lo recuerdo te enviaré un mensaje.

–Gracias —dijo Cassie.

Le dio su número a Tim y terminó su cerveza. Parecía que todos estaban listos para otra ronda y que conversarían hasta pasada la medianoche, pero ella estaba exhausta.

Se levantó y les deseó buenas noches antes de ir a darse una ducha caliente e ir a acostarse.

Fue solo cuando se arropó que recordó, con sorpresa, que su medicación para la ansiedad había quedado en su maleta.

Había sufrido las consecuencias de no tomar las pastillas antes. Era difícil conciliar el sueño si no había tomado la medicación y tenía más posibilidades de tener pesadillas muy reales. Algunas veces terminaba caminando dormida, y Cassie estaba nerviosa por si eso le llegaba a ocurrir en una habitación compartida.

Solo podía esperar que el cansancio junto con la cerveza que había tomado ahuyentaran las pesadillas.




CAPÍTULO CUATRO


—Rápido. Levántate. Tenemos que irnos.

Alguien le tocaba el hombro a Cassie pero ella estaba cansada, tan cansada que apenas podía abrir los ojos. Luchando contra el cansancio, se despertó con dificultad.

Jacqui estaba parada al lado de su cama, con el cabello castaño brillante y perfecto, y una chaqueta negra moderna.

–¿Estás aquí?

Entusiasmada, Cassie se sentó, lista para abrazar a su hermana.

Pero Jacqui le dio la espalda.

–Apresúrate —le susurró—. Vienen por nosotras.

–¿Quién viene? —preguntó Cassie.

En seguida pensó en Vadim. La había agarrado de la manga y había desgarrado su chaqueta. Él tenía planes para ella. Había logrado escapar, pero ahora la había encontrado otra vez. Debió haber sabido que lo haría.

–No sé cómo podremos escapar —dijo ella con ansiedad—. Hay solo una puerta.

–Hay una escalera de emergencia. Ven, déjame mostrarte.

Jacqui la guió por el corredor largo y oscuro. Vestía a la moda con jeans rotos y sandalias rojas de taco alto. Cassie caminó lentamente detrás con sus zapatillas gastadas, con la esperanza de que Jacqui tuviera razón y hubiera una ruta de escape allí.

–Por aquí —dijo Jacqui.

Abrió una puerta de hierro y Cassie retrocedió al ver la desvencijada escalera de emergencia. La escalera de hierro estaba rota y oxidada. Peor aún, solo bajaba hasta la mitad del edificio. Más allá no había más que una caída interminable y vertiginosa a la calle debajo.

–No podemos salir por ahí.

–Podemos. Debemos.

La risa de Jacqui era estridente, y mirándola con horror, Cassie vio que su rostro había cambiado. Esta no era su hermana. Era Elaine, una de las novias de su padre, a la que más había temido y odiado.

–Bajaremos —gritó la rubia malvada—. Baja tú primero. Muéstrame cómo. Sabes que siempre te he odiado.

Sintiendo el temblor del metal oxidado cuando lo tocaba, Cassie también comenzó a gritar.

–¡No! Por favor, no. ¡Ayúdenme!

Una risa chillona fue su única respuesta mientras la salida de emergencia comenzaba a desplomarse, rompiéndose debajo de ella.

Y entonces, otras manos la sacudían.

–¡Por favor, despierta! ¡Despierta!

Abrió los ojos.

La luz del dormitorio estaba prendida y ella miraba hacia arriba a las mellizas de cabello oscuro. La estaban mirando con expresiones mezcladas con preocupación y molestia.

–Has estado teniendo muchas pesadillas, gritando ¿Estás bien?

–Sí, estoy bien. Lo siento. A veces tengo pesadillas.

–Es perturbador —dijo la otra melliza—. ¿Puedes hacer algo para detenerlo? Es injusto para nosotras; tenemos el turno diurno y tenemos que trabajar doce horas hoy.

Cassie sintió que le carcomía la culpa. Debió haberse dado cuenta de que sus pesadillas perturbarían enormemente en una habitación compartida.

–¿Qué hora es?

–Ahora son las cuatro de la mañana.

–Me levantaré —decidió Cassie.

–¿Estás segura?

Las mellizas se miraron entre ellas.

–Sí, estoy segura. Siento tanto haberlas despertado.

Se bajó de la cama, mareada y desorientada por la falta de sueño, y rápidamente se puso su blusa en la oscuridad. Luego, tomó su bolso, salió de la habitación y cerró la puerta silenciosamente.

El bar estaba vacío y Cassie se sentó en uno de los sillones y enrolló las piernas sobre un almohadón. No tenía idea de qué hacer ahora o a dónde ir.

Sería desconsiderado interrumpir el sueño de sus compañeras de habitación una noche más, y no podía pagar una habitación individual aunque una quedara libre.

Quizás podía ver si conseguía un trabajo. No tenía una visa para trabajar, pero por lo que los otros habían dicho la noche anterior, si el trabajo era por menos de tres meses a nadie en Italia le importaba mucho si era con una visa de turista.

Trabajar haría que su estadía aquí fuera accesible y le daría algo de tiempo. Aún si Tim no recordaba en dónde se estaba quedando Jacqui, su hermana podría intentar contactarla otra vez.

Cassie fue hacia la cartelera de anuncios para ver si había algún empleo disponible.

Esperaba encontrar algún trabajo como mesera, ya que tenía experiencia en eso y sentiría confianza al postularse. Sin embargo, para su consternación, todos los trabajos allí estipulaban que los postulantes debían hablar italiano fluidamente. Otros idiomas eran una ventaja pero no esenciales.

Con un suspiro de frustración, descartó la idea de trabajar como mesera.

¿Qué tal como lavaplatos? ¿O limpiadora?

Revisó la cartelera y no encontró ningún trabajo de ese tipo. Había algunos trabajos de asistente de ventas, pero también se requería italiano. Luego había un trabajo de mensajero en bicicleta que parecía interesante y pagaban bien, pero tenía que tener su propia bicicleta y casco, y ella no los tenía.

Esas eran las únicas oportunidades disponibles y ella no cumplía ninguno de sus requisitos.

Desanimada, Cassie volvió al sillón y enchufó el teléfono en el cargador. Quizás pudiera buscar en la red y ver si había otros empleos disponibles. Aún era muy temprano, y luego de que su noche había sido interrumpida, se sentía muy cansada por el sueño. En el sillón se deslizo en un sueño liviano, y se despertó dos horas después cuando las mellizas salían.

La gente estaba levantada, y sentía el aroma de la preparación de café. Cassie desenchufó su teléfono y se levantó tambaleando del sillón, pues no quería que nadie más supiera que había dormido allí en lugar de la cama que le habían asignado.

Siguiendo el aroma a café encontró a Gretchen, envuelta en una bata y fijando dos avisos laborales a la cartelera.

–Estos acaban de llegar —le dijo con una sonrisa—. Y hay café a la venta en la pequeña cocina por el pasillo.

Cassie miró a las dos tarjetas nuevas de empleo. Uno era otro aviso para una mesera, que otra vez no le servía. Al mirar el otro, sintió un escalofrío de nervios.

–Se solicita una niñera. Una madre divorciada con dos hijos necesita ayuda por tres meses, comenzando cuanto antes, para cuidar a dos niñas, de ocho y nueve años. Se prefiere angloparlante. Se ofrece alojamiento de lujo. Por favor comunicarse con Ottavia Rossi.

Cassie cerró los ojos y sintió un cosquilleo en la espalda.

No creía poder afrontar otro trabajo como niñera. No cuando los primeros dos habían resultado tan mal.

Su primera asignación, en Francia, había sido para trabajar con un terrateniente adinerado. Fue solo después de haber llegado al chateau que se dio cuenta de lo disfuncional que eran él y su prometida en la crianza de tres niños traumatizados. Todos ellos se habían rebelado contra su violenta autoridad cada uno a su modo, y Cassie había soportado lo peor de su comportamiento.

El trabajo se convirtió en una pesadilla, y cuando la prometida murió en circunstancias sospechosas, Cassie apenas había escapado que la arrestaran por sospechosa de asesinato.

El terrateniente, Pierre Dubois, había terminado siendo acusado por el crimen, y el juicio estaba en curso. Cada vez que veía informes al respecto en las noticias, Cassie las examinaba con ansiedad. Con el equipo legal dando una batalla feroz, el artículo más reciente declaraba que el veredicto se pronunciaría en febrero.

Había viajado a Inglaterra, desesperada por pasar desapercibida en caso de que el equipo legal decidiera citarla a testificar, o peor aún, lograra fabricar pruebas suficientes para probar que ella era la culpable.

En Inglaterra, había corrido a los brazos de un hombre encantador y atractivo que se había presentado como un padre divorciado que necesitaba ayuda urgente con sus hijos. Cassie se había enamorado de Ryan Ellis y le creía todo lo que él le decía. Entonces, su mundo idílico se había derrumbado alrededor de ella cuando se expusieron una mentira tras otra, y la situación se había desenvuelto en un horror.

Cassie aún no podía pensar en esa experiencia sin sentir que hervía de pánico. Se alejó y casi se chocó con Gretchen, que estaba ocupada actualizando la cartelera de anuncios y quitando los empleos más antiguos.

–Disculpa —dijo Cassie.

–¿Viste algo que te convenga? —preguntó Gretchen.

–No estoy segura. El trabajo de niñera parece interesante —dijo Cassie, solo por ser amable.

–Ese es en las afueras de Milán. Es en una zona adinerada. Y veo que con cama, así que el hospedaje está incluido.

–Gracias —dijo Cassie.

Tomó una foto del anuncio, aunque sabía que lo hacía por inercia, sin ninguna intención de aceptar el trabajo.

Miró los libros que estaban a la venta. Eran una mezcla ecléctica de ficción y no ficción, y vio dos en el estante que le serían útiles. Uno era un libro de frases en italiano, y el otro era una guía del idioma para principiantes. Los libros estaban destrozados y muy usados, pero también estaban baratos. Encantada de poder empezar a dominar el italiano, Cassie fue a pagarlos a la oficina.

Luego de comprar los libros y una taza de café, salió a buscar su auto. Aunque la ciudad era muy diferente a la luz del día, logró encontrar el camino de vuelta a su auto con solo un par de giros equivocados durante la ruta.

Durante el camino no podía dejar de pensar en el trabajo de niñera.

Los mendigos no podían elegir, y necesitaba quedarse en la ciudad desesperadamente por un tiempo. Después de todo, Tim el barman podía recordar el nombre de la ciudad en donde trabajaba Jacqui en cualquier momento.

Un trabajo con cama significaba que no molestaría a sus compañeros viajeros y que no arriesgaría tener otra experiencia aterradora en la ciudad, similar a lo que le había ocurrido la noche anterior con Vadim.

Además, trabajaría para una mujer,. Una mujer divorciada. Cassie podía asegurarse de confirmar que esto era cierto antes de tomar una decisión definitiva. No quería trabajar para un hombre otra vez. No parecía que hubiese un hombre en esa casa, solo una mujer y sus dos hijas.

Podía preguntar. No tenía nada de malo averiguar más, ¿cierto?

Aún así, al recordar sus experiencias anteriores Cassie sintió un malestar mientras llamaba.

La llamada entró, y entonces sonó y sonó, y los nervios de Cassie crecían con el pasar de los segundos.

Finalmente, alguien atendió.

–Buongiorno —dijo una mujer que parecía sin aliento.

Deseando haber tenido la oportunidad de estudiar su libro de frases, Cassie respondió nerviosamente.

–Buen día.

–Este es el teléfono de la Signora Rossi, y habla Abigail. ¿En qué puedo ayudarla? —continuó la mujer en inglés.

De hecho, Cassie pensó que sonaba inglesa.

Intentó reprimir sus nervios y hablar con confianza.

–Llamo por el empleo. ¿Está Ottavia Rossi?

–¿El empleo? Por favor, espere. La señora Rossi está en una reunión.

Cassie escuchó a la mujer deliberando con alguien más. Un momento después, regresó.

–Lo siento mucho, pero el empleo ya está ocupado.

–Ah.

Cassie se sintió sorprendida y desanimada. No estaba segura de qué responder, pero la mujer tomó la decisión  por ella.

–Adiós —dijo, y cortó la llamada.




CAPÍTULO CINCO


Cassie no podía entender por qué el trabajo de niñera ya no estaba disponible si lo habían solicitado hacía tan poco tiempo. Se sentía desilusionada de que esta oportunidad hubiera aparecido y desaparecido antes de que ella pudiera tener una entrevista.

Ahora no tenía idea de qué debía hacer. Estaba tentada a subirse a su auto y conducir en una dirección aleatoria por una hora o dos, con la esperanza de terminar más cerca de su hermana o tal vez, milagrosamente, en la misma ciudad.

Cassie sabía que en este país densamente poblado, salpicado de ciudades y pueblos de todos los tamaños, eso no era poco probable sino más bien imposible.

Abrió el maletero, hurgó en su maleta y sacó las pastillas que no había tomado la noche anterior, además de la dosis de esa mañana.

Luego se sentó en el auto, las tomó y llamó a su amiga Jess.

Cassie había pasado una semana de vacaciones con Jess en Navidad y Año Nuevo. Los jefes de Jess le habían dado días libres y dinero para viajar, y Jess había invitado a Cassie a ir con ella a Edimburgo.

Jess había pagado el hospedaje y Cassie se había encargado de conducir. Habían alquilado un apartamento en las afueras de la ciudad y pasaron los días recorriendo y las noches divirtiéndose. Durante ese tiempo tuvieron la oportunidad de hablar, así que Jess sabía exactamente por lo que Cassie había pasado, y la verdad desgarradora acerca de sus dos últimas asignaciones.

–¡Hola, tanto tiempo! —Respondió Jess casi inmediatamente— ¿Ya encontraste a tu hermana?

–Aún no. Encontré a alguien que habló con ella recientemente. Me dijo que se estaba quedando en una ciudad a una hora o dos de Milán, pero no pudo recordar el nombre de la ciudad.

–Ay, no —Jess parecía horrorizada—. Estuviste tan cerca, pero a la vez tan lejos. ¿Qué vas a hacer ahora?

–Voy a intentar quedarme aquí por unas semanas porque él me dijo que me enviaría un mensaje si lo recordaba. Me comuniqué por un trabajo de niñera, pero ya lo habían tomado. ¿Conoces a alguien en Milán o en Italia que pueda necesitar ayuda?

Cassie tenía mucho respeto por la red de contactos que tenía Jess. La rubia alta y simpática parecía tener un talento natural para conectarse con conexiones ubicadas estratégicamente. Así era como Cassie había obtenido su último trabajo, aunque este no había resultado bien; y así también era como habían podido conseguir el apartamento para sus vacaciones a un precio accesible.

–¿En Milán? —Jess parecía pensativa.

–O en cualquier lugar cercano —le recordó Cassie, con la esperanza de expandir las posibilidades.

Jess suspiró.

–No se me ocurre nada así, sin pensarlo. Milán está al norte de Italia, ¿verdad?

–Sí.

–Entonces algo en Suiza o al sur de Alemania también sería posible, ¿no? Supongo que no quieres volver a Francia ahora.

Ni ahora ni nunca, pensó Cassie.

–Prefiero mantenerme alejada de Francia.

–Déjame preguntar. En este momento todos están saliendo a esquiar y mis jefes conocen gente que tiene villas para esquiar. Podrías trabajar como criada de la villa. No es mucho dinero, pero podrías esquiar gratis.

–Por favor, pregúntales —dijo Cassie.

–Mientras tanto, sigue molestando a ese chico que habló con tu hermana —le aconsejó Jess—. No seas tímida. Dile que se siente con un mapa enfrente y busque todas las ciudades hasta que el nombre le refresque la memoria.

Jess se rió, y Cassie se encontró riendo junto con ella.

–Debo irme —dijo Jess—. Cita con el dentista. Para los niños, no para mí. Hablamos luego, Cassie, ¡buena suerte!

Apenas Cassie desconectó la llamada, su teléfono volvió a sonar. Se encontró hablando con Abigail, la mujer con la que había hablado cuando había llamado por el trabajo de niñera.

–Hola, hablo de parte de la señora Rossi. Tú llamaste por un empleo más temprano, ¿es correcto?

–Sí, así es.

–Por favor, ¿qué puesto era? ¿Era para asistente de diseño de modas o para el puesto de niñera?

–Era para el de niñera.

–Por favor, espera un momento.

La mujer parecía ansiosa y Cassie podía escuchar el susurro de una conversación en el fondo. Unos momentos después, volvió hablar.

–Lo siento mucho. Por favor, acepta mis disculpas. No estaba enterada del puesto de niñera. La señora Rossi ha confirmado que ese empleo está disponible, y es el de diseñador el que ya está tomado. Ella me ha pedido que te pregunte si aún estás interesada.

–Sí, lo estoy.

–La señora Rossi estará realizando entrevistas esta tarde en su domicilio, desde las dos y media de la tarde. El primer candidato exitoso será contratado y deberá comenzar inmediatamente. ¿Puedo enviarte la dirección en un mensaje?

–Por favor —dijo Cassie, volviendo a sentirse preocupada.

Parecía que iba a tener que decidir de forma inmediata si este empleo era el indicado para ella o no. Se preguntó cómo serían las niñas, y ese pensamiento hizo que sintiera náuseas por los nervios.

Decidió que no podía aceptar el trabajo sin conocer a las niñas. Con ellas pasaría todos los días. La madre parecía una mujer adinerada, y por la poca experiencia de Cassie, esto significaba que los niños podían ser consentidos o desatendidos.

Cuando su teléfono volvió a vibrar y recibió las indicaciones, decidió conducir hasta allí inmediatamente.

Después de todo, si ella no era la primera en la fila para la entrevista, no tendría que tomar ninguna decisión.


*

Cassie llegó al vecindario justo antes del mediodía. Las calles eran tranquilas e inmaculadas, con enormes residencias alejadas de la calle entre jardines llenos de árboles. Cassie supuso que en el verano, cuando los árboles se vistieran de follaje, las casas serían invisibles desde la calle.

Estaba sorprendida por la cantidad de seguridad que vio allí. Todas las casas estaban cercadas o amuralladas con enormes puertas automáticas. Cassie no sabía si la gente adinerada valoraba mucho su seguridad y privacidad, o si había un problema de delincuencia en esta zona pudiente. Supuso que sería la primera opción.

Condujo por las calles en su pequeño y antiguo coche, y vio a algunos de los vecinos en sus coloridos autos deportivos y oscuros SUVs que la miraban con sospecha. Ella y su auto parecían fuera de lugar en esta zona, y la gente lo estaba notando.

Algunas cuadras más abajo, encontró una cafetería. Estaba demasiado nerviosa como para tener hambre, pero se obligó a comer un cornetto y a tomar una botella de agua.

Al recordar que esta mujer obviamente trabajaba en la industria de la moda y que el vecindario era muy acaudalado, Cassie estaba ansiosa por causar una buena impresión. Se desvió al baño, en donde alisó su cabello y revisó que no hubiera migas en su blusa luego de haber comido el pastel hojaldrado relleno de mascarpone.

Luego se dirigió a la casa y se detuvo delante de la puerta ornamentada de hierro forjado cuando faltaban exactamente dos minutos para las dos.

Estaba temblando de los nervios y deseaba ser más segura respecto a su propia habilidad para decidir si el trabajo era el indicado para ella. Tendría que tomar una decisión apresurada al respecto. Tendría que considerar un montón de variables, y ¿qué ocurriría si se olvidaba de las más importantes?

Parecía un gran salto de fe solo de pensar en volver a trabajar como niñera después de las experiencias que había tenido. Si no hubiese estado tan decidida a permanecer en la zona y descubrir qué le había ocurrido Jacqui, nunca habría considerado aceptar este empleo.

Obligándose a sí misma a respirar hondo y permanecer tranquila, Cassie salió por la ventana del auto y presionó el botón de la puerta.

Luego de una pausa, la puerta se abrió y ella se dirigió por la entrada asfaltada que se abría camino entre los jardines.

Se estacionó debajo de un olivar italiano al lado de un garaje triple, y la animó ver que no había otros autos estacionados allí. Con suerte, eso quería decir que era la primera candidata en llegar.

Cassie caminó por el sendero hacia la enorme puerta de madera. Tocó el timbre y lo escuchó sonar a lo lejos, dentro de la casa.

Había esperado que le abriera la puerta una criada o asistente de recepción, pero unos momentos después, escuchó el clic de los tacos y una mujer que parecía tener alrededor de cuarenta años, con un aire inconfundible de autoridad, abrió la puerta de entrada.

Le llevaba al menos media cabeza de altura a Cassie, pero en su mayoría era gracias a un precioso par de botas de cuero azul, con tacos altos y curvos. Su cabello oscuro estaba arreglado ingeniosamente con ondas que le caían sobre los hombros. Una cadena pesada de oro le brillaba alrededor del cuello y las pulseras de oro que tenía en las muñecas tintinearon al abrir la puerta.

–Buongiorno —dijo ella, su voz también tenía un tono autoritario—. ¿Estás aquí por la entrevista para el puesto de niñera?

–Buenas tardes. Sí, mi nombre es Cassie Vale. Sé que llegué temprano. La mujer con la que hablé me dijo a las dos y media, pero no quería llegar tarde.

Consciente de que farfullaba nerviosamente, Cassie cerró la boca rápidamente.

Pero la mujer parecía encantada con su puntualidad. Los labios perfectamente maquillados se curvaron en una sonrisa.

–La puntualidad es una cortesía. Yo insisto con ella, para mí y para todos los que trabajan conmigo. Así que te agradezco por la cortesía. Soy Ottavia Rossi. Por favor, entra.

Abrumada por ya haber causado una buena impresión, especialmente ya que la presencia de la mujer le resultaba intimidante, Cassie la siguió.

Entró en el espacioso atrio y notó una cantidad de obras de arte coloridas y objetos de decoración en exhibición. Las pinturas coloridas, los jarrones y las alfombras vibrantes resaltaban y hacían que el hogar pareciera una galería de arte moderna, pero también acogedora.

Más adelante había una alta escalera de mármol blanco que llevaba a los pisos de arriba.

A Cassie le atrajo la atención un modelo, a la altura de la cintura, de zapatos de taco alto color rojo brillante sobre un pedestal, a la derecha de la escalera. El diseño del zapato era atrevido y bello.

La señora Rossi sonrió al ver hacia donde apuntaba la mirada de Cassie.

–Ese es nuestro modelo “Nina” que propulsó a Rossi Shoes a la fama internacional en los años setenta. El diseño estaba décadas adelantado a su tiempo y en cuanto al color, a la gente le sorprendía pero no le escandalizaba tanto como para no comprarlo.

–Es hermoso —dijo Cassie.

Supuso que Ottavia Rossi debía ser la dueña de esta empresa internacional que, si había funcionado en los setenta, probablemente era un negocio familiar de larga data.

La señora Rossi la condujo rodeando la escalera y luego por un corredor. Cassie estiró el cuello para ver las arcadas que conducían a una sala enorme y moderna, y a una cocina brillante en la que estaba trabajando una cocinera.

Hacia el final del corredor había una puerta cerrada. Ella la abrió y guió a Cassie hacia su interior.

Este elegante lugar era el estudio de la señora Rossi. Ella se sentó en la mesa blanca y curva y le hizo señas a Cassie para que se sentara del otro lado.

De pronto, Cassie se dio cuenta de que había llegado con las manos vacías. No había preparado un currículum, ni siquiera había impreso sus datos personales ni tampoco había hecho una copia de su pasaporte y su licencia para conducir. Esta mujer era empresaria y seguramente esperaba esas cosas. Cassie se sintió horrorizada por haberse olvidado de hacerlo.

–Lo siento mucho —comenzó ella—. Hace poco que llegué a Italia y aún no he actualizado mi currículum. Esta oportunidad laboral fue tan inesperada que me apresuré a venir hasta aquí para averiguar más.

Para su alivio, la señora Rossi asintió.

–Entiendo. Yo también viajé mucho a los veintipocos años, pareces tener esa edad ahora, ¿estoy acertada?

Cassie asintió.

–Sí. Tengo mi pasaporte conmigo si quisiera echarle un vistazo

–Gracias.

La señora Rossi tomó el documento y lo hojeó brevemente antes de devolvérselo a Cassie.

–Ahora, ¿podrías hacerme un breve resumen de tu experiencia laboral? —Dijo ella.

Al escuchar eso, Cassie sintió un malestar porque se dio cuenta de que ni siquiera podía darle referencias de los trabajos que había realizado desde que estaba en Europa. Su primer jefe estaba envuelto en un juicio por homicidio y no tendría nada bueno para decir de ella. En realidad, Cassie estaba segura de que él inmediatamente intentaría culparla a ella e insistir que él había sido acusado erróneamente.

Su segundo jefe estaba muerto, había sido asesinado mientras Cassie era su empleada. Nadie en esa familia podría dar referencias. Esto no era tan solo un desastre, era una catástrofe.




CAPÍTULO SEIS


Cassie permaneció en silencio con la mente acelerada. Sabía que la señora Rossi estaba esperando a que hablara y que cualquier vacilación levantaría sospechas, pero no tenía idea de qué decir.

La palabra “homicidio” sería suficiente para desalentar a cualquier empleador. Más allá de las circunstancias, cualquiera decidiría que no valía la pena el riesgo.

Cassie no podía culparlos. Comenzó a preguntarse si no era ella que atraía la mala suerte o si sus propias decisiones habían causado que ocurrieran esos horribles incidentes.

Su única opción era pasar por alto su experiencia reciente y enfocarse en el trabajo que había hecho en Estados Unidos.

Se aclaró la garganta antes de hablar.

–Me fui de casa cuando tenía dieciséis y solventé mis estudios universitarios trabajando más que nada como mesera —dijo ella.

No profundizó en las razones por las que se había ido, pero esperaba que ser independiente y autosuficiente ganara la aprobación de la señora Rossi. Para su alivio, la empresaria asintió con aprobación.

–Durante ese tiempo hice algunas tutorías ayudando a niños pequeños con sus estudios, y también trabajé en una guardería durante un breve periodo para cubrir una licencia maternal. No tengo antecedentes y tengo todos los permisos necesarios para trabajar, se lo puedo mostrar en mi teléfono. También tengo una referencia del restaurante en donde trabajé durante dos años, que dice que soy una trabajadora confiable que siempre se desvive para complacer a los clientes.

Afortunadamente, esos documentos habían sido parte de su primera solicitud de trabajo como niñera y tenía las copias guardadas en la red. Aunque el trabajo en el restaurante no era relevante, era su única referencia real.

–Excelente —dijo la señora Rossi.

–Desde que estoy en Europa he viajado un poco. Empecé trabajando como niñera para una familia en París. Luego los niños se mudaron al sur de Francia, por lo que pasé un tiempo en el Reino Unido en diciembre.

Cassie sentía el rostro acalorado. Su historia estaba plagada de incongruencias. Si la señora Rossi cuestionaba su versión, descubriría rápidamente que Cassie no le había contado toda la verdad. Pero, para su sorpresa, la empresaria parecía satisfecha.

–Te explicaré un poco el trasfondo de mi situación. Me divorcié hace unos meses, y aunque  pude trabajar desde casa por un tiempo, el negocio se ha vuelto demasiado ajetreado ahora. Nos hemos expandido a varios mercados nuevos y hemos adquirido más marcas. Por supuesto que planeábamos este crecimiento, pero ocurrió más rápido de lo que esperábamos. Mi madre se mudará para aquí para cuidar de las niñas, pero necesita tiempo para prepararse y empacar. Así que te necesitaré por tres meses. Residirás aquí, por supuesto. Las niñas se comportan bien y tenemos una cocinera y un chofer, por lo que no será una gran carga de responsabilidad.

Cassie tragó.

–¿Cómo son las niñas? ¿Podría contarme más acerca de ellas, por favor?

–Dos niñas de ocho y nueve años. Nina es la mayor y Venetia la menor. Se comportan muy bien.

Como la señora Rossi parecía no tener mucho más que decir acerca de las niñas, Cassie se armó de coraje para preguntarle.

–¿Quizás podría conocerlas y ver si congeniamos  antes de decidir?

No sabía si la señora Rossi consideraría irrespetuosa la pregunta, luego de haber puesto las manos en el fuego por el comportamiento de sus hijas.

La empresaria asintió.

–Por supuesto. Recién deben haber regresado de la escuela. Sígueme.

Se levantó y salió de la sala con Cassie siguiéndola apresuradamente.

Cassie estaba deslumbrada por el aire autoritario esta mujer. Si esto era lo que se necesitaba para dirigir una empresa internacional exitosa, no podía imaginarse jamás haciendo lo mismo. Jamás de los jamases. No era una persona de esa talla, no tenía la misma presencia autoritaria.

Afortunadamente, creía que le había agradado a la señora Rossi. En todo caso, no parecía producirle un desagrado implícito, que era lo que había percibido hacia sus empleados franceses.

Se dirigieron por la escalera de mármol hacia arriba. La casa estaba construida en forma de herradura con dos alas principales. Las habitaciones de las niñas estaban arriba, a la derecha de la herradura.

El clic de los tacos de Ottavia Rossi en el piso de azulejos hacía suficiente ruido para advertir a las niñas que estaba llegando, y Cassie se impresionó al ver a dos niñas de cabello oscuro salir de sus habitaciones y ubicarse una al lado de la otra, esperando, mientras se acercaban.

Llevaban vestidos elegantes de manga larga que parecían idénticos excepto por el color, uno era amarillo y el otro azul. Sus mocasines de colores vivos hicieron que Cassie se preguntara si Rossi Shoes tendría una línea para niños, y de ser así, si esos zapatos eran parte de esta.

–Niñas, quiero que conozcan a Cassie —dijo la señora Rossi—. Está aquí por una entrevista y quizás las esté cuidando en las próximas semanas. ¿Quizás quieran saludarla y responder sus preguntas?

–Buenas tardes, encantada de conocerte —dijeron las niñas al unísono y a Cassie le sorprendió que su inglés era excelente.

La niña más alta dio un paso adelante.

–Soy Nina.

Extendió una mano y Cassie la tomó sorprendida ante el saludo formal.

–Soy Venetia —dijo la menor.

Cassie le dio un apretón a su mano pequeña y cálida. Aunque esta organización le resultó un poco incómoda, y paradas formalmente en el corredor no era lo ideal para hablar y relajarse, sabía que necesitaba demostrar que era una persona simpática y agradable.

Les sonrío a las niñas.

–Ambas tienen nombres hermosos.

–Gracias —dijo Nina.

–¿Fueron a la escuela hoy?

Venetia parecía ansiosa por responder.

–Sí. Hacemos la tarea en la tarde. Es lo que estamos haciendo ahora.

–Vaya, son muy buenas niñas. ¿Cuál es su materia preferida en la escuela?

Las niñas intercambiaron una mirada.

–Inglés —dijo Nina.

Venetia hizo una pausa.

–A mí me gusta la matemática.

Cassie estaba asombrada. Claramente, esto era lo que se necesitaba para ser exitosa, disciplina y pasión por el estudio desde temprana edad. Podía ver que estas niñas ya seguían los pasos de su madre y podía visualizar el camino dorado de su futuro.

Supuso que estas niñas tenían oportunidades que ella nunca habría podido imaginar. Por un momento, Cassie se preguntó cómo sería nacer con un amor por el estudio y ser las herederas de un imperio de la moda.

–¿Qué hay de sus actividades? ¿Qué les gusta hacer afuera de la escuela?

Nuevamente, las niñas intercambiaron una mirada.

–Yo disfruto de mis clases de canto —dijo Nina.

–A mí me gusta montar a caballo. Ambas vamos a clase los domingos —agregó Venetia.

–Suena increíble —dijo Cassie y la impresión de sus vidas se amplió.

Estas niñas no solo eran motivadas e interesadas en el estudio, sino que también eran capaces de dedicarse a actividades con las que Cassie apenas había soñado poder solventar.

Se dio cuenta de que esta familia, en su hogar moderno y a la vez refinado, se parecía a las que ella leía en las revistas satinadas de la peluquería. Eran la élite de la sociedad y le resultaba excitante y bastante agobiante relacionarse con ellas.

El único defecto en su vida perfecta debió haber sido el divorcio, y Cassie se preguntó cómo habría sido el esposo de la señora Rossi. Era de suponer, al ver que el imperio Rossi estaba liderado por su lado de la familia, que ella había vuelto a su apellido de soltera luego del divorcio, o nunca lo había abandonado. Se preguntó si las niñas habrían estado traumatizadas por el divorcio y si pasarían tiempo con su padre. Estas eran preguntas que tenía que hacerle a la señora Rossi, o incluso a las niñas, pero no ahora.

Con sorpresa, Cassie se dio cuenta de que estaba pensando en el futuro, como si en su mente ya hubiese decidido aceptar el trabajo.

Las niñas la miraban con expectativa. No se había movido de sus posiciones. Era como si estuviesen esperando su permiso para marcharse, y la volvió a impresionar su autocontrol.

–Muchas gracias por hablar conmigo —dijo ella—. Ha sido un placer conocerlas. ¿Deben seguir con su tarea ahora?

–Vayan, niñas —dijo la señora Rossi, y desaparecieron hacia sus habitaciones.

Mientras volvían por el corredor, Cassie no pudo evitar halagarlas.

–Son asombrosas. Nunca conocí a niñas tan obedientes y disciplinadas. Y también con tanto amor por el estudio, debe estar muy orgullosa de ellas.

La señora Rossi parecía encantada mientras respondía.

–Son un trabajo en curso, como cualquier niño —dijo ella—. Algún día heredarán un negocio, por lo que me esfuerzo por inculcarles valores adecuados.

Descendieron por la alta escalera y volvieron al estudio.

–Entonces, ahora que has conocido a la familia, hablaremos de tu puesto —dijo ella—. Eres la primera en llegar; luego de la equivocación de Abigail con los empleos no pudimos contactarnos con muchos más candidatos. Pareces competente y las niñas parecen interactuar bien contigo. Si quisieras la asignación, te la puedo ofrecer. Deberás pasar tiempo con ellas luego de la escuela y los domingos. El horario escolar es de ocho a una y media, excepto cuando tienen actividades en la tarde.

Cassie respiró hondo. Se sintió halagada de que la señora Rossi pensara que era una persona con la talla suficiente para cuidar de sus dos hijas excepcionales. Ni siquiera le había preguntado los números de teléfono para verificar sus referencias.

–Considero que cada oportunidad abre una puerta —continuó la señora Rossi—. Si eres competente en este puesto, podrás tener otras oportunidades en el futuro. Ofrecemos puestos para pasantes regularmente, por lo que si quisieras quedarte en Italia por más tiempo luego de que finalice esta asignación y trabajar en el mundo de la moda, es muy probable que eso se pueda arreglar.

A Cassie el corazón le dio un vuelco. Esto era más que una asignación temporal. Podría ser la orientación de su futura carrera y una forma de aumentar las posibilidades de encontrar y reconectarse con Jacqui.

Se imaginó a ella y a su hermana, ambas con trabajos exitosos en la industria de la moda, rentando un apartamento espléndido en un vecindario pintoresco y costoso. Por la noche podrían hablar sobre sus días de trabajo, turnarse para cocinar antes de ir a la ciudad para bailar y disfrutar.

Cuanto más lo pensaba más entusiasmada estaba que esta asignación se hubiese cruzado en su camino. Ya que era mucho más que un simple trabajo como niñera, no había forma de que pudiera rechazarlo. Tendría que dedicarse en cuerpo y alma, y asegurarse de hacerlo perfectamente, porque era una oportunidad que le cambiaría la vida.

–Una pasantía suena excitante y es algo que me encantaría hacer en el futuro. Estaré encantada de aceptar el puesto de niñera ahora. Gracias por ofrecérmelo —dijo ella.

La señora Rossi sonrió levemente.

–En ese caso, estás contratada. ¿Trajiste tus pertenencias?

–Están en mi auto.

–Una de las criadas te ayudará a llevar todo a tu habitación. Esta noche, las niñas y yo visitaremos a mi madre, por lo que cenaremos en su casa. Es la noche libre de nuestra cocinera, pero hay un servicio de entrega de comida disponible. Los menús están en el cajón de la cocina. Ordena lo que quieras y llama desde nuestro teléfono de línea. Hacen las entregas en media hora y lo agregarán a nuestra cuenta.

–Gracias —dijo Cassie.

–Debo informarte acerca de una regla muy importante.

Se inclinó hacia delante y Cassie se encontró haciendo lo mismo.

–Por favor, no dejes que nadie entre a la casa a menos que haya confirmado quién es. Vivimos en un vecindario pudiente, pero desafortunadamente la delincuencia está en todos lados. Ya hemos sido el objetivo de asaltantes y ladrones. Con dos niñas, el secuestro y el tráfico siempre son una amenaza, por lo que necesito que estés al tanto. A menos que esperes una entrega, no permitas que entren extraños. ¿Lo entiendes?

Cassie asintió, sintiéndose nerviosa al pensar en que las niñas fueran un objetivo. Gracias a su experiencia reciente en el centro de Milán, sabía que este tipo de crimen era un riesgo real.

–Lo entiendo. Estaré alerta —dijo ella.

–Bien. Te veré mañana —confirmó la señora Rossi.

Tomó el intercomunicador, presionó un botón y habló breve y rápidamente en italiano antes de devolverlo a su lugar.

–La criada está en camino —le dijo a Cassie.

En ese momento, sonó el teléfono celular de la señora Rossi.

–Ciao —respondió ella en todo impaciente.

Presintió que sería maleducado e irrespetuoso escuchar la conversación, por lo que Cassie se levantó rápidamente y se dirigió hacia la puerta para esperar afuera a la criada.

Mientras dejaba la sala, escuchó a la señora Rossi decir severamente

–¿Abigail?

Cassie recordó que esa era la mujer que le había dicho que el empleo de niñera ya estaba ocupado.

Hubo una pausa y luego Cassie escuchó que hablaba de nuevo en voz alta y llena de furia.

–Te equivocaste, Abigail. Eso es inaceptable, al igual que tus disculpas. No vendrás a trabajar mañana. ¡Estás despedida!




CAPÍTULO SIETE


Cassie se alejó lentamente de la puerta de la oficina con la esperanza de que la señora Rossi no se hubiese dado cuenta de que ella había estado escuchando. Se sentía profundamente conmocionada. ¿La joven empleada había sido despedida por un malentendido en relación a un aviso de empleo?

Esa no podía ser toda la historia. Debía haber otras cosas que había hecho mal. En cualquier caso, eso esperaba Cassie. Se dio cuenta con un escalofrío que quizás esto era lo que se necesitaba para construir un imperio, y por eso tan poca gente lo lograba. Los errores y las excusas eran inaceptables. Eso quería decir que debía mantenerse alerta todo el tiempo y hacer lo posible para no equivocarse.

Se podía imaginar haciendo algo mal y que la señora Rossi le gritara palabras despiadadas y le ordenara que empacara sus cosas y se marchara. Había sonado furiosa, como una persona totalmente diferente. Cassie no pudo evitar sentir pena por la desafortunada Abigail, pero se recordó que no le correspondía juzgar la situación y no sabía nada del trasfondo de su relación.

Cassie se alegró al ver que llegaba la criada y que podía alejarse de la furiosa conversación unilateral que aún podía escuchar desde adentro de la oficina. La mujer uniformada hablaba en italiano, pero pudieron comunicarse por medio de señas.

Salieron del estacionamiento y la mujer le mostró a Cassie en dónde debía estacionar, en un área protegida detrás de la casa. Le entregó las llaves de la puerta de entrada con un control remoto que manejaba la puerta de hierro, y luego la ayudó a cargar sus bolsos al piso de arriba.

Cassie dobló a la derecha automáticamente, dirigiéndose hacia las habitaciones de las niñas, pero la criada la llamó.

–¡No! —le dijo, y Cassie se alegró de que esta palabra fuese la misma en italiano.

La criada apuntó al corredor del otro lado de la herradura.

Cassie cambió de dirección, confundida. Había asumido que su habitación estaría cerca de las de las niñas, para poder atenderlas si la necesitaban durante la noche. Del otro lado de esta casa enorme no podría escucharlas si lloraban. En realidad, la habitación de la señora Rossi, en el centro de la herradura, estaba más cerca.

Sin embargo, ya había visto lo independiente que eran las niñas para su edad, y quizás eso quería decir que no necesitaban ayuda durante la noche o, por el contrario, que tenían la seguridad suficiente para cruzar la casa e ir a llamarla.

Su enorme dormitorio con baño en suite estaba ubicado al final de la otra ala de la herradura. Miró por la ventana y vio que las habitaciones tenían vista al jardín y al patio, con una fuente decorativa en el centro.

Del otro lado podía ver las ventanas de los dormitorios de las niñas y, en realidad, a la luz del atardecer, podía distinguir la cabeza oscura de una de las niñas, sentada en un escritorio y ocupada con su tarea. Como las niñas tenían coletas idénticas y una altura similar, no podía adivinar cuál de ellas era y el respaldo de la silla no le permitía ver el vestido, lo que la hubiese ayudado. Aún así, era bueno saber que podía verlas desde su lejana habitación.

Cassie quería cruzar la herradura e ir a conocer mejor a las niñas, para asegurarse de empezar con el pie derecho con ellas.

Sin embargo, estaban haciendo su tarea y luego iban a salir con su madre, por lo que tendría que esperar.

En su lugar, Cassie desempacó y se aseguró de que su habitación y los armarios estuvieran ordenados.

La señora Rossi no le había preguntado si tomaba alguna medicación, por lo que Cassie no tuvo que mencionar todas las pastillas para la ansiedad que la mantenían estable.

Guardó las botellas fuera de vista en el fondo del cajón de su mesa de noche.

Cassie no había esperado que su primera noche en la casa estuviera sola. Se dirigió hacia la cocina vacía y buscó en los cajones hasta encontrar los menús.

El refrigerador estaba lleno de comida, pero Cassie no sabía si estaba reservada para futuras comidas y no había nadie a quién preguntarle. Todo el personal, incluyendo a la criada que la había ayudado, parecía haberse marchado por el día. Se sintió cohibida e incómoda al pensar en ordenar comida para ella a cuenta de la familia en su primera noche, pero decidió que era mejor seguir las órdenes de la señora Rossi.

Había un teléfono en la cocina, así que llamó a uno de los restaurantes de la zona y ordenó una lasaña y una Coca-Cola dietética. Media hora después, llegó. Cassie no quería entrar al comedor formal, así que exploró otros lugares. El área de la planta baja tenía muchos salones más pequeños y uno de ellos, que supuso era el comedor de las niñas, tenía una pequeña mesa con cuatro sillas.

Se sentó allí y comió su comida mientras estudiaba su libro de frases en italiano. Luego, agotada después de todo lo que había ocurrido ese día, se fue a la cama.

Justo antes de dormirse su teléfono vibró.

Era el simpático barman de la casa de huéspedes.

“¡Hola, Cassie! Creo que recuerdo en donde estaba trabajando Jaxs. El nombre de la ciudad es Bellagio. ¡Espero que esto ayude!”

Al leer el mensaje, la inundó la esperanza. Esta era la ciudad, la verdadera ciudad en donde su hermana se había quedado. ¿Habría trabajado allí? Cassie esperaba que se hubiese quedado en un alojamiento o en un hotel, ya que eso significaba que podría rastrearla. Empezaría su investigación en cuanto tuviera tiempo, y Cassie estaba segura de que obtendría resultados.

¿Cómo sería la ciudad? El nombre sonaba encantador. ¿Por qué Jacqui había elegido viajar allí?

Le surgían tantas preguntas sin respuestas en su mente que le tomó más tiempo de lo que esperaba conciliar el sueño.

Cuando finalmente lo hizo, soñó que estaba en esa ciudad. Era singular y pintoresca, con terrazas salientes y edificios de piedra color miel. Caminando por la calle, le preguntó a un transeúnte:

–¿En dónde puedo encontrar a mi hermana?

–Está allí —dijo él señalando la cima de la colina.

Mientras caminaba, Cassie comenzó preguntarse qué era lo que había allí arriba. Parecía estar alejado de todo. ¿Qué hacía Jacqui allí? ¿Por qué no había bajado encontrarse con Cassie, si sabía que su hermana estaba en la ciudad?

Finalmente y sin aliento, llegó a la cima de la colina, pero la torre había desaparecido y todo lo que podía ver era un lago enorme y oscuro. Sus aguas oscuras salpicaban los bordes de las piedras oscuras que lo rodeaban.

–Aquí estoy.

–¿En dónde?

La voz parecía venir desde un lugar lejano.

–Es demasiado tarde —susurró Jacqui con voz ronca y llena de tristeza—. Papá me alcanzó primero.

Horrorizada, Cassie se inclinó y miró hacia abajo.

Allí estaba Jacqui, tumbada en el fondo del agua oscura y fría.

Su cabello se arremolinaba alrededor de ella, sus miembros estaban blancos y sin vida, y cubrían como algas a las rocas afiladas mientras sus ojos ciegos miraban hacia arriba.

–¡No! —Gritó Cassie.

Se dio cuenta de que esta no era Jacqui y de que no estaba en Italia. Estaba de nuevo en Francia, mirando por encima del parapeto de piedra al cuerpo despatarrado más abajo. Esto no era un sueño, era un recuerdo. El vértigo se apoderó de ella, y Cassie se aferró a la roca, aterrorizada de que también se iba a caer porque se sentía tan débil e impotente.

–Para eso están los padres. Eso es lo que hacen.

La voz burlona venía de detrás de ella y ella giró, tambaleándose.

Allí estaba, el hombre que le había mentido, la había engañado y había destruido su confianza. Pero no era a su padre a quien veía. Era Ryan Ellis, su jefe en Inglaterra, con el rostro retorcido con menosprecio.

–Eso es lo que hacen los padres —susurró—. Hacen daño. Destruyen. Tú no fuiste lo suficientemente buena, así que ahora es tu turno. Eso es lo que hacen.

Extendió la mano, la sujetó de la blusa y la empujó con todas sus fuerzas.

Cassie dio un alarido de terror al sentir que perdía la sujeción y la piedra se resbalaba.

Se estaba cayendo, cayendo.

Y cuando aterrizó, se sentó, jadeando, con sudor frío que le producía escalofríos aunque el espacioso dormitorio estaba templado.

La distribución de la habitación no le resultaba familiar y pasó un tiempo tanteando antes de encontrar su mesa de noche y luego finalmente el interruptor de la luz.

La prendió y se sentó, desesperada por confirmar que había escapado de su pesadilla.

Estaba en la enorme cama matrimonial con cabecera de metal. Del otro lado de la habitación estaba el enorme ventanal, con las cortinas color castaño dorado cerradas.

A la derecha estaba la puerta del dormitorio y a la izquierda, la puerta del baño. El escritorio, la silla, el minibar, el armario, todo estaba como ella lo recordaba.

Cassie soltó un suspiro profundo, con la tranquilidad de que ya no estaba atrapada en su sueño.

Aunque aún estaba oscuro, ya eran las siete y cuarto de la mañana. Con un sobresalto, recordó que no había recibido instrucciones de lo que las niñas debían hacer hoy. ¿O sí las había recibido, pero se había olvidado? ¿La señora Rossi había dicho algo de la escuela?

Cassie sacudió la cabeza. No podía recordar nada y no creía que hubiera mencionado los horarios de la escuela.

Salió de la cama y se vistió rápidamente. En el baño, controló sus ondas cobrizas con un peinado que esperaba que fuese aceptable en este hogar enfocado en la moda.

Mientras se miraba en el espejo, escuchó un ruido afuera.

Cassie se detuvo y escuchó.

Detectó el débil sonido de unos pasos crujiendo sobre la gravilla. El cristal esmerilado de la ventana del baño daba hacia afuera, hacia la puerta de hierro.

¿Sería alguien del personal de cocina?

Abrió la ventana y miró hacia afuera.

En el gris profundo de la mañana, Cassie vio una silueta vestida con ropa oscura avanzando furtivamente hacia la parte trasera de la casa. Mientras observaba con asombro, logró descifrar la silueta de un hombre con un gorro de lana negro y una pequeña mochila de color oscuro. Solo fue un vistazo, pero pudo ver que se dirigía a la puerta trasera.

Se le aceleró el corazón al pensar en intrusos, en la puerta automática y las cámaras de seguridad.

Recordó las palabras de la señora Rossi y la clara advertencia que le había dado. Esta era una familia acomodada. Sin dudas podían ser el blanco de un robo o incluso un secuestro.

Tenía que salir a investigar. Si él le parecía peligroso, daría la alarma, gritaría y despertaría a toda la casa.

Mientras se apresuraba por la escalera, decidió su plan de acción.

El hombre se había dirigido a la parte de atrás de la casa, así que ella saldría por la puerta del frente. Ahora había suficiente luz para ver bien, y la fría noche había dejado escarcha sobre el pasto. Podría seguir sus huellas.

Cassie salió hacia afuera, cerrando con llave la puerta. La mañana estaba tranquila y helada, pero estaba tan nerviosa que apenas notó la temperatura.

Había huellas, borrosas pero claras en la escarcha. Rodeaban la casa sobre el pasto prolijamente cortado y conducían hacia los ladrillos del patio.

Siguiéndolas, vio que conducían a la puerta trasera que estaba totalmente abierta.

Cassie se avanzó por los escalones, notando las huellas típicas de un zapato en cada escalón de piedra.

Se detuvo en la puerta, esperando y esforzándose por escuchar cualquier ruido sospechoso por encima del martilleo de su propio corazón.

No podía escuchar nada que viniera de adentro, aunque las luces estaban prendidas. Un leve aroma a café flotó hacia ella. Quizás este hombre era un chofer que venía dejar una entrega y la cocinera lo había dejado entrar. Pero entonces, ¿en dónde estaba él y por qué no podía escuchar ninguna voz?

Cassie caminó sigilosamente por la cocina, pero no encontró a nadie allí.

Decidió ir a ver a las niñas y asegurarse de que estuvieran bien. Entonces, una vez que se asegurara de que estaban a salvo, despertaría a la señora Rossi y le explicaría lo que había visto. Podría tratarse de una falsa alarma, pero era mejor prevenir que curar, especialmente viendo que el hombre parecía haber desaparecido.

Había sido un vistazo tan fugaz que si no hubiese visto las huellas de los zapatos, Cassie hubiera creído que se había imaginado al furtivo personaje.

Trotó por las escaleras y se dirigió a los dormitorios de las niñas.

Antes de llegar se volvió a detener, tapándose la boca con la mano para sofocar un grito.

Allí estaba el hombre, una figura delgada, vestida con ropa oscura.

Estaba afuera del dormitorio de la señora Rossi, extendiendo la mano izquierda hacia la manija de la puerta.

No podía ver su mano derecha porque la tenía enfrente de él, pero por el ángulo, era obvio que estaba sosteniendo algo con ella.




CAPÍTULO OCHO


Cassie necesitaba un arma y agarró el primer objeto que sus ojos aterrados pudieron ver: una estatuilla de bronce en una mesilla cerca de la escalera.

Luego, corrió hacia él. Ella tendría la ventaja del efecto sorpresa, ya que él no podría voltearse a tiempo. Lo golpearía con la estatuilla, primero en la cabeza y luego en la mano derecha para desarmarlo.

Cassie saltó hacia adelante. Él estaba girando, esta era su oportunidad. Alzó su arma improvisada.

Entonces, mientras él se volteaba para enfrentarla, se resbaló y se detuvo. El grito de disgusto de él sofocó el suyo de sorpresa.

El hombre delgado de baja estatura sostenía un vaso grande de café para llevar en la mano.

–¿Qué diablos? —Gritó él.

Cassie bajó la estatuilla y lo miró con incredulidad.

–¿Estabas intentando atacarme? —Refunfuñó el hombre— ¿Estás loca? Casi me haces soltar esto.

Él miró hacia abajo, al café, que le había salpicado la mano por el agujero de la tapa. Unas pocas gotas se habían derramado en el suelo. Él buscó en su bolsillo un pañuelo descartable y se inclinó a limpiarlas

Cassie adivinó que tendría treinta y pocos años. Estaba inmaculadamente arreglado. Su cabello castaño tenía un corte de pelo degradado a la perfección y tenía una barba bien cortada. Detectó una pizca de acento australiano en su voz.

Incorporándose, la miró con furia.

–¿Quién eres?

–Soy Cassie Vale, la niñera. ¿Quién eres tú?

Él levantó las cejas.

–¿Desde cuándo? Ayer no estabas aquí.

–Me contrataron ayer en la tarde.

–¿La Signora te contrató?

Él remarcó la última palabra y la observó por unos segundos, en los que Cassie se sintió cada vez más incómoda. Asintió en silencio.

–Ya veo. Bueno, mi nombre es Maurice Smithers, y soy el asistente personal de la señora Rossi.

Cassie lo miró boquiabierta. Él no encajaba con el perfil que ella tenía de un asistente personal.

–¿Por qué entraste a la casa a hurtadillas?

Maurice suspiró.

–La cerradura de la puerta del frente es difícil de abrir los días fríos. Hace un ruido nefasto y no me gusta perturbar a la casa cuando llego temprano. Así que uso la puerta trasera porque es más silenciosa.

–¿Y el café?

Cassie observó la taza, aún sintiéndose atacada por sorpresa por la extrañeza de su apariencia y su supuesto rol.

–Es de una cafetería artesanal calle abajo. Es el favorito de la Signora. Le traigo una taza cuando tenemos nuestras reuniones matinales.

–¿Tan temprano?

Aunque su tono era acusador, Cassie se sentía avergonzada. Había creído que estaba siendo heroica, actuando por el bienestar de la señora Rossi y sus hijas. Ahora descubría que había cometido un grave error y había empezado con el pie izquierdo con Maurice. Como su asistente personal, obviamente era una figura influyente en su vida.

De pronto, sus perspectivas de una pasantía futura parecían cada vez menos seguras. Cassie no podía soportar pensar en que su sueño ya estaba en riesgo gracias a sus acciones imprudentes.

–Tenemos un día muy ocupado hoy. La señora Rossi prefiere comenzar temprano. Ahora, si no te importa, quisiera entregarle esto antes de que se enfríe.

Golpeó la puerta respetuosamente y un momento después, esta se abrió.

–Buongiorno, Signora. ¿Cómo está esta mañana?

La señora Rossi estaba perfectamente vestida y arreglada. Hoy tenía un par de botas distintas; estas eran color cereza, con enormes hebillas plateadas.

–Molto bene, grazie, Maurice —y tomo el café,

Cassie se dio cuenta de que los cumplidos en italiano parecían ser una formalidad antes de que la conversación cambiara al inglés mientras Maurice continuaba.

–Está muy frío afuera. ¿Quiere que vaya a subir la calefacción en su oficina?

Hasta ahora, Cassie no sabía que Maurice podía sonreír, pero ahora su rostro estaba estirado en una sonrisa servil y prácticamente estallaba su deseo de complacerla.

–No, no estaremos allí por mucho tiempo. Estoy segura de que la calefacción será la adecuada. Trae mi saco, ¿sí?

–Por supuesto.

Maurice tomó el saco con cuello de piel del soporte de madera cerca de la puerta de su dormitorio. La siguió de cerca y comenzó a hablar animadamente.

–Espere a escuchar qué tenemos preparado para la semana de la moda. Ayer tuvimos una reunión excelente con el equipo francés. Por supuesto que grabé todo, pero también tengo la minuta y un resumen preparado.

Cassie se dio cuenta de que la señora Rossi no le había dirigido la palabra. Debía haberla visto allí parada, pero su atención había estado totalmente enfocada en Maurice. Ahora, los dos se dirigían a la oficina en donde Cassie había sido entrevistada el día anterior.

No creía que la señora Rossi la estuviese ignorando a propósito, al menos eso esperaba. Era más como si estuviese totalmente distraída y con toda su atención en el día de trabajo que la esperaba.

–Tengo el informe de ventas de la semana pasada y una respuesta de los proveedores indonesios.

–Espero que sean buenas noticias —dijo la señora Rossi.

–Eso creo. Están solicitando más información, pero parece positivo.

Maurice estaba prácticamente adulando a la señora Rossi, y Cassie no sabía si él la estaba ignorando sin intención o si lo hacía a propósito, quizás para demostrarle que él era mucho más importante que ella en su vida.

Los siguió hasta la oficina, arrastrándose unos pocos pasos más atrás, esperando el momento en que hubiera un hueco en la conversación para poder preguntar por los horarios de las niñas.

Poco tiempo después, resultó claro que no habría ningún hueco. Con las cabezas inclinadas hacia la pantalla de la computadora portátil de Maurice, ninguno de ellos siquiera la miraban. Cassie tuvo la seguridad de que Maurice la estaba ignorando a propósito. Después de todo, él sabía que ella estaba allí.

Pensó en interrumpirlos, pero eso la ponía nerviosa. Estaban concentrados y Cassie no quería hacer enojar a la señora Rossi, especialmente después de que la conversación que había escuchado ayer había demostrado que la empresaria era muy irascible.

Luego de haber sido contratada había tocado el cielo con las manos, recomendada y halagada por esta mujer prestigiosa. Esta mañana, era como si ella no existiera para la señora Rossi.

Alejándose, Cassie se sintió desanimada e insegura. Intentó ahuyentar los pensamientos negativos y se recordó a sí misma firmemente que su papel era cuidar de las niñas y no monopolizar la atención de la señora Rossi cuando estaba tan ocupada. Con suerte, Nina y Venetia sabrían cuáles eran sus horarios.

Cuando Cassie fue a las habitaciones de las niñas, las encontró vacías. Ambas camas estaban hechas de forma inmaculada y sus habitaciones estaban ordenadas. Cassie supuso que se habrían ido a desayunar, se dirigió a la cocina y se alivió de encontrarlas allí.

–Buen día, Nina y Venetia —dijo ella.

–Buen día —respondieron ellas con amabilidad.

Nina estaba sentada en una silla mientras detrás de ella, Venetia le ataba la coleta con un lazo. Cassie supuso que Nina recién habría hecho lo mismo por su hermana, porque el cabello de Venetia ya estaba prolijamente recogido. Ambas niñas estaban vestidas con un guardapolvo de color rosa y blanco.

Habían hecho tostadas y jugo de naranja, y los habían dispuesto sobre la mesa de la cocina. Cassie estaba sorprendida por cómo parecían actuar como una unidad. Por lo que había visto hasta ahora, tenían una relación armoniosa; no había señales de peleas ni de burlas. Supuso que al tener tan poca diferencia de edad, eran más como mellizas que como hermanas mayor y menor.

–Ustedes dos son tan organizadas —dijo Cassie con admiración—. Son muy inteligentes al cuidarse entre ustedes. ¿Quieren algo para untar las tostadas? ¿Qué suelen ponerles? ¿Mermelada, queso, manteca de maní?

Cassie no estaba segura de lo que había en la casa, pero supuso que tendrían esos básicos.

–Me gustan las tostadas simples con manteca —dijo Nina.

Cassie asumió que Venetia estaría de acuerdo con su hermana. Pero la niña menor la miró con interés, como si estuviese considerando sus sugerencias. Luego, dijo:

–Mermelada, por favor.

–¿Mermelada? No hay problema.

Cassie abrió las alacenas hasta encontrar la que tenía los productos untables. Estaban en el estante de arriba, demasiado alto para que las niñas lo alcanzaran.

–Hay mermelada de frutilla y de higo. ¿Cuál prefieres? Si no, hay Nutella.

–Frutilla, por favor —dijo Venetia amablemente.

–No tenemos permitida la Nutella —le explicó Nina—. Es solo para ocasiones especiales.

Cassie asintió.

–Tiene sentido, porque es tan deliciosa.

Le alcanzó la mermelada a Venetia y se sentó.

–¿Qué tienen para hacer esta mañana? Parece que están prontas para la escuela. ¿Debo llevarlas allí? ¿A qué hora comienza y saben a dónde van?

Nina terminó de masticar su tostada.

–La escuela comienza a las ocho y hoy terminamos a las dos y media porque tenemos clase de canto. Pero tenemos un chofer, Giuseppe, que nos lleva y nos trae.

–Ah.

Cassie no pudo esconder su sorpresa. Esta organización iba mucho más allá de lo que ella había esperado. Sintió como si su rol fuese inútil, y se preocupó por que la señora Rossi se diera cuenta de que podía prescindir de ella y de que no la necesitaría por los tres meses de la asignación. Tendría que volverse útil. Con suerte, cuando las niñas volvieran de la escuela tendrían tareas con las que ella podría ayudar.

Reflexionando sobre su estrategia, Cassie se levantó a prepararse café.

Cuando se volteó vio que las niñas habían terminado el desayuno.

Nina estaba apilando los platos y vasos en el lavavajillas y Venetia había acercado un banquito de la cocina a la alacena. Mientras Cassie la observaba, ella se trepó y extendió la mano lo más alto que pudo para colocar la mermelada de nuevo en su lugar.

–No te preocupes, yo lo haré.

Venetia parecía tambalearse en el banquito y Cassie se acercó con prisa previendo que esto podía terminar en un desastre.

–Yo lo haré.

Venetia se aferró al frasco de mermelada con fuerza, negándose a que Cassie se lo quitara de las manos.

–No hay problema, Venetia. Yo soy más alta.

–Necesito hacerlo

La pequeña niña sonaba intensa. Más que eso, parecía desesperada por hacerlo ella misma. En puntas de pie, con Cassie merodeando ansiosamente detrás de ella y lista para agarrarla si la silla se caía, Venetia reemplazó la mermelada empujándola cuidadosamente hacia atrás, en el lugar exacto en donde había estado antes.

–Muy bien —la halagó Cassie.

Supuso que esta independencia feroz debía ser parte del carácter y la crianza de la niña. Parecía inusual, pero nunca había trabajado para una familia de la alta sociedad.

Se quedó observando mientras Venetia colocaba el banquito exactamente en su posición original. Para entonces, Nina había puesto la manteca en el refrigerador y el pan en la panera. La cocina estaba inmaculada, como si nunca hubiesen desayunado allí.

–Giuseppe estará aquí pronto —le recordó Nina a su hermana—. Debemos lavarnos los dientes.

Salieron de la cocina y se dirigieron a sus habitaciones en la planta alta, mientras Cassie las observaba con asombro. Cinco minutos después, volvieron cargando sus mochilas escolares y sacos, y se dirigieron hacia fuera.

Cassie las siguió, pensando más que nada en la seguridad, pero un Mercedes blanco ya se estaba acercando a la casa. Un momento después, se detuvo en la entrada circular y las niñas se subieron.

–Adiós —gritó Cassie, saludándolas con la mano, pero no debían haberla escuchado porque ninguna de ellas le respondió el saludo.

Cuando Cassie volvió para adentro, vio que la señora Rossi y Maurice también se habían ido. No parecía haber ningún miembro del personal trabajando en ese momento.

Cassie estaba completamente sola.

–Esto no es lo que esperaba —se dijo a sí misma.

La casa estaba muy silenciosa y estar allí sola la inquietaba. Había asumido que tendría mucho más para hacer y que estaría mucho más involucrada con las niñas. Toda esta organización le resultaba extraña, como si realmente no la necesitaran para nada.

Se aseguró a sí misma que recién comenzaba, y que debería estar agradecida de tener un tiempo para ella. Probablemente, esta era la calma que precedía la tormenta, y cuando las niñas volvieran a casa estaría muy ocupada.

Cassie decidió que usaría el tiempo para hacer seguimiento a la pista que había recibido ayer. La inesperada mañana libre que ahora estaba disfrutando podría ser su única oportunidad de descubrir en dónde estaba Jacqui.

No tenía mucho. El nombre de la ciudad no era mucho.

Pero era todo lo que tenía y estaba decidida que sería suficiente.


*

Utilizando el Wi-Fi de la casa, Cassie pasó una hora familiarizándose con la ciudad en donde vivía Jacqui, o en todo caso, en donde ella le había dicho a Tim, el barman, que estaba viviendo hacía unas semanas.

El hecho de que Bellagio era una ciudad pequeña, no un lugar enorme, jugaba a su favor. Una ciudad pequeña significaba menos hostels y hoteles, y también había más posibilidades de que la gente supiera lo que hacían los demás, y de que recordaran a una hermosa mujer estadounidense.

Otra ventaja era que era un destino turístico, un lugar pintoresco que limitaba con el Lago Como que ofrecía vistas espectaculares, además de varias tiendas y restaurantes.

Mientras investigaba, se imaginaba cómo sería vivir en esa ciudad. Tranquila, pintoresca, animada con turistas durante la temporada alta veraniega. Se imaginó a Jacqui hospedada en uno de los pequeños hoteles o apartamentos de alquiler; probablemente un lugar pequeño con vistas a la calle empedrada, al que se accedía por una escalera empinada de piedra, con un una jardinera llena de coloridas flores.

Cassie pasó dos horas familiarizándose con el lugar y haciendo una lista completa de los alojamientos y hostels de mochileros, los numerosos Airbnb y las agencias inmobiliarias que alquilaban apartamentos. Sabía que probablemente le faltaban algunos lugares, pero esperaba que la suerte estuviera a su favor.

Entonces, llegó el momento de empezar a hacer llamadas.

Sentía la boca seca. Armar la lista había aumentado sus esperanzas. Cada nombre y número representaba una nueva oportunidad. Ahora, ella sabía que sus esperanzas podrían volver a derrumbarse  cuando la lista de los lugares en donde Jacqui podría estar alojada se hiciera cada vez más pequeña.

Cassie marcó el primer número, una casa de huéspedes en el centro de la ciudad.

–Hola —dijo ella—. Estoy buscando a una joven llamada Jacqui Vale. Es mi hermana; perdí mi teléfono y no recuerdo en dónde me dijo que se estaba quedando. Estoy en Italia ahora y quiero encontrarme con ella.

Aunque esta no era la verdad, Cassie había decidido que era una razón creíble para sus llamadas telefónicas. No quería embarcarse en una historia larga y complicada, ya que temía que los dueños de las casa de huéspedes se impacientaran o incluso sospecharan.

–Puede haber reservado bajo el nombre Jacqueline. Habría sido en los últimos dos meses.

–¿Jacqueline?

Hubo un breve silencio y Cassie sintió que se le aceleraba el corazón. Entonces, sus esperanzas se desmoronaron cuando la mujer dijo:

–Nadie con ese nombre se ha hospedado aquí.

Cassie descubrió que esta era una tarea larga, frustrante y demandante. Algunos de los hospedajes se negaban a ayudarla por completo por temas de privacidad. Otros estaban ocupados, por lo que tenía que fijar una hora para volver a llamarlos.

Continúo con la lista de opciones hasta que casi llegó al final. Solo quedaban tres números y luego de eso, tendría que admitir su derrota.

Marcó el antepenúltimo número sintiéndose frustrada, como si la presencia esquiva de Jacqui se burlara de ella.

– Posso aiutarti? —Dijo el hombre del otro lado de la línea.

Cassie había aprendido que esta frase significaba “¿Puedo ayudarle?” Pero el hombre no parecía servicial. Sonaba impaciente y estresado, como si hubiese tenido un mal día. Cassie adivinó que él sería uno de los que le diría que no podía revelar ningún detalle por razones de confidencialidad. Lo diría solo para terminar la llamada porque tenía huéspedes esperando o porque estaba por salir.

–Estoy buscando a Jacqui Vale. Es mi hermana. Planeaba encontrarme con ella mientras esté en Italia, pero ayer me robaron el teléfono y no puedo recordar en dónde se estaba quedando.

Cassie aumentó el nivel de drama de su historia con la esperanza de causar compasión.

–Estoy llamando por teléfono a todos los lugares cercanos para intentar encontrarla.

Escuchó que el hombre escribía en el teclado.

Luego, casi se cayó de la silla cuando él dijo:

–Sí, tuvimos a una Jacqui Vale hospedándose con nosotros. Estuvo aquí por cerca de dos semanas y luego creo que se mudó a un apartamento compartido, porque estaba trabajando por aquí cerca.

El corazón de Cassie le dio un vuelco. Este hombre la conocía, la había visto y había hablado con ella. Este era un gran avance en su búsqueda.

–Ahora lo recuerdo, tenía un trabajo de medio tiempo en una boutique a la vuelta de aquí, Mirabella’s. ¿Quieres el número de Mirabella’s?

–Esto es increíble, no puedo creer que voy a poder encontrarla —dijo Cassie con entusiasmo—. Muchas gracias. Por favor, deme el número.

Él lo buscó y ella lo anotó. Estaba cautivada por la emoción. Su búsqueda había resultado un éxito. Había encontrado el lugar en donde había trabajado su hermana recientemente. Había muchas posibilidades de que ella aún estuviera allí.

Con las manos temblando y sintiéndose sin aliento, marcó el número que le habían dado.

Le respondió una anciana italiana y Cassie sintió una punzada de decepción porque no la hubiese atendido la misma Jacqui, porque eso era lo que se había imaginado que ocurriría.

–¿En qué la puedo ayudar? —Preguntó la mujer en un fuerte acento inglés en cuanto supo que Cassie no era italiana.

–¿Hablo con Mirabella?

–Así es.

–Mirabella, mi nombre es Cassie Vale. Estoy intentando contactarme con mi hermana, Jacqui. Perdí el contacto con ella hace un tiempo, pero descubrí que estuvo trabajando para usted. ¿Por casualidad, ella aún está allí? Si no, ¿me podría pasar su número?

Hubo una pausa.

Cassie se imaginó a Mirabella llamando a Jacqui con un gesto para que viniera al teléfono y se sintió desilusionada cuando la mujer volvió hablar.

Sonaba escueta, apenada y formal.

–Lo siento, pero Jacqui Vale está muerta.

Hubo un clic, y la llamada finalizó.




CAPÍTULO NUEVE


Cassie soltó el teléfono. Más bien se le cayó, y retumbó sobre el escritorio. Ella ni siquiera lo notó. Estaba paralizada por el impacto cruel del mensaje.

La propietaria de la boutique le acababa de decir que Jacqui estaba muerta.

Se lo había dicho con una certeza severa y concisa. No había lugar para dudas o malentendidos, no le había dado detalles o explicaciones. Solo la dura realidad, y el rápido fin de la conversación.

Cassie sintió que comenzaba a sollozar desde lo más profundo y visceral, por lo que temía dejarlo salir porque sabía que su tristeza y culpa eran imparables.

Su hermana ya no estaba viva.

¿Qué había ocurrido? La confusión la inundó al recordar que había estado viva tan solo unas semanas atrás. Tanto Tim, el simpático barman, como el dueño del hostel en Bellagio lo habían confirmado.

¿Habría estado enferma, sufriendo de una enfermedad terminal? ¿O su muerte había sido accidental, una tragedia rápida e inevitable; su cuerpo destrozado en un accidente en la carretera o sofocado en una pérdida de gas o involucrado en un asalto o robo?

Cassie se apretó la frente. Las sienes le punzaban por el estrés. Había estado tan cerca. Había estado muy cerca de encontrar a su hermana, solo para descubrir que se había ido para siempre.

–Oh, Jacqui —susurró—. Lo siento. Lo intenté, realmente lo intenté.

Mientras asimilaba la sorpresa de las palabras, la tristeza se instaló y Cassie se encontró llorando descontroladamente.

Enterró la cabeza entre las manos y, por un tiempo, todo lo que pudo hacer fue soportar el dolor mientras lloraba. La pérdida parecía insoportable. La agonía era profunda como el corte de un cuchillo. Las palabras de la mujer la habían herido en carne viva, y temía que nunca podría sanar ese dolor.

Parecía que había pasado mucho tiempo cuando Cassie volvió a levantar la cabeza. Se sentía débil y agotada, y por ahora no tenía más lágrimas para llorar.

Fue al baño, se salpicó agua en el rostro y se frotó los ojos. Mirando su imagen con los ojos hinchados, se dio cuenta de que ya había pasado la etapa de la aceptación. Ahora su mente estaba llena de preguntas.

¿Cuán reciente había sido su muerte? ¿Había habido un funeral, habían enterrado a Jacqui? ¿Quién se había hecho cargo del trágico acontecimiento?

Y otra pregunta importante: ¿por qué Mirabella había finalizado la llamada luego de darle la devastadora noticia? ¿Por qué no había permanecido en la línea para hablar con Cassie y explicarle lo que había ocurrido? Después de todo, Cassie se había presentado como la hermana de Jacqui. Mirabella sabía que estaba hablando con un familiar.

Ahora que Cassie comenzaba a pensar con más claridad, no se le ocurría una razón válida para el comportamiento de Mirabella. Había sido irracional, confuso y extremadamente cruel.

Cassie comenzó a sentir miedo y se preguntó si recordaba bien la conversación.

Quizás la mujer realmente le había explicado lo que le había ocurrido a su hermana, y en el estrés del momento Cassie había tenido un vacío en la memoria y se había olvidado de todo lo que le había dicho.

Eso hizo que las palmas le empezaran a sudar, porque sabía que era posible, ya le había ocurrido antes y generalmente se disparaba con el estrés extremo.

El tipo de estrés que una persona podía sentir cuando le decían que su hermana estaba muerta.

Solo había una forma de descubrirlo. Tendría que volver a llamar a Mirabella y pedirle más detalles sobre la muerte de su hermana.

Agarró el teléfono, sintiendo un malestar por el pavor, y marcó el número.

Para su confusión, Mirabella no respondió la llamada. Ni siquiera pudo dejar un correo de voz, solo sonó y sonó.

Finalizó la llamada preguntándose si la conexión habría fallado. Mientras volvía a marcar, hizo lo posible para ordenar sus pensamientos.

No se estaba volviendo loca. Estaba segura de que recordaba bien la conversación. Y estaba convencida de que su hermana no podía estar muerta. No en tan poco tiempo, cuando había estado viva y bien recientemente.

Quizás Mirabella estaba cansada de que la gente preguntara por Jacqui, quizás Jacqui tenía un exnovio insistente que estaba enloqueciendo a todos, o quizás se había ido de la boutique en malos términos y en una rabieta, Mirabella había decidido decir esa atrocidad.

Eso le dio un destello de esperanza, pero el único problema era que no podía confirmarlo. Una vez más, el teléfono sonó y nadie respondió, y luego escuchó el clic y el chirrido de la puerta del frente que se abría, y que le decía que las niñas habían llegado a casa.

Luego de su mañana solitaria y el descubrimiento con el que había tenido que lidiar, le alegraba ver a Nina y Venetia. Se sentía agradecida por su compañía, que le brindaba una distracción de sus pensamientos frenéticos.

–¿Tuvieron un buen día en la escuela? —Pregunto ella.

Lucían igual de pulcras y prolijas que cuando habían salido. Cassie tenía vagos recuerdos de esos tiempos escolares, cuando llegaba a casa toda desarreglada, habiendo perdido el lazo para el cabello, o roto su bolso, o extraviado su chaqueta.

–Tuve un buen día, gracias —dijo Nina amablemente.

Venetia fue más conversadora.

–Hice una prueba de matemática y salí primera en mi clase —dijo ella, y eso dio pie a que  Nina volviera hablar.

–Mañana tenemos un concurso de deletreo. Lo estoy esperando con ansias porque nuestro equipo ganó el último.

–Felicitaciones por tu prueba de matemática, Venetia, y Nina, estoy segura de que a tu equipo le irá bien. Puedo ayudarte a practicar más tarde, si lo deseas. Ahora, ¿ambas almorzaron?

–Sí —respondió Nina.

–Entonces, ¿por qué no van a cambiarse el uniforme escolar y luego quizás podamos encontrar una actividad divertida para hacer por un rato antes de que oscurezca?

Las niñas intercambiaron miradas. Cassie se dio cuenta de que era algo que hacían a menudo, como si necesitaran verificar con la otra antes de decir que sí.

–Está bien —dijo Nina.

Mientras las niñas subían las escaleras con obediencia y en fila para cambiarse, Cassie se sintió desconcertada por el comportamiento demasiado formal. Había esperado que a esta altura ya se hubieran relajado y actuaran normalmente. Era como si las niñas la mantuvieran a distancia constantemente, y le preocupaba que no les gustara su presencia, aunque no sabía por qué.

También hacían que fuera difícil interactuar con ellas; era como si fueran dos robots pequeños y perfectamente obedientes. La única conversación real que habían tenido hasta ahora era sobre las tareas escolares.

Solo había una persona que podía cambiar la situación, y era ella. Sin dudas, estas niñas no estaban acostumbradas a que las cuidara una persona común, que no fuese una experta altamente inteligente o una líder empresarial, pero ella solo podía ser quien era.

La idea de ayudarlas con la tarea escolar cruzó su mente, pero hacer la tarea era algo aburrido y, en todo caso, las niñas parecían preferir hacer sus tareas de forma independiente y sin ninguna ayuda.

Quizá podría jugar a algo con ellas, pensó Cassie. Eso era lo que parecía faltar en sus vidas demasiado serias e importantes. Podrían ser brillantes y estar destinadas al éxito, pero solo tenían ocho y nueve años y necesitaban un momento para jugar.

Complacida de haber pensado en una actividad que podrían disfrutar y en donde ella podría contribuir con su propia energía e imaginación, subió a buscar su chaqueta.

–Parece que va empezar a llover pronto, pero por ahora se está conteniendo, ¿quieren salir a jugar al jardín? —Le preguntó a Nina.

Nina la miró amablemente.

–No hacemos eso habitualmente —dijo ella.

A Cassie se le cayó el alma al suelo. Estas niñas las estaban alejando.

Venetia apareció en la puerta del dormitorio de Nina.

–Yo quisiera jugar —dijo ella.

Cassie vio que en el estante de arriba de la biblioteca de Nina había algunos juguetes. Estaban demasiado altos como para que las niñas los alcanzaran, pero vio una hermosa muñeca que parecía un costoso objeto de coleccionista más que un juguete, un rompecabezas en una caja sin abrir y una pelota suave y colorida.

–¿Quieren salir a jugar a la pelota? —Sugirió ella, mientras agarraba la pelota.

Otra vez, las niñas intercambiaron miradas, como si alcanzaran una decisión.

–No tenemos permiso para jugar con esos juguetes —dijo Nina.

En la frustración del momento, Cassie estuvo a punto de perder la paciencia y gritarles a las niñas. Estaba destruida emocionalmente luego de enterarse de la muerte de Jacqui, y comenzó a sentir que estas evasivas eran un ataque personal.

A punto de explotar, logró aferrarse al poco de autocontrol que le quedaba.

–Está bien —dijo ella, con toda la alegría falsa que pudo juntar—. No tienen permiso para jugar con estos juguetes, pero ¿les gustaría jugar a algo de todos modos?

–Sí —asintió Nina, mostrando algo de entusiasmo por primera vez, y Venetia saltó, rebosando de emoción.

Cassie sintió alivio por no haberse quebrado. Era muy probable que no tuvieran nada en contra de ella personalmente, sino que tan solo eran tímidas y extremadamente conscientes de las reglas del hogar.

–¿Hay más juguetes en algún lado? Si no, podemos jugar algo sin juguetes.

–Juguemos sin juguetes —dijo Nina.

Cassie se devanó lo sesos buscando la mejor idea mientras marchaban hacia abajo. ¿Qué podía ser divertido y al mismo tiempo acercarla a las niñas?

–¿Qué les parece si jugamos a la mancha?

Cassie decidió hacerlo simple, ya que las nubes se acercaban y no creía que fueran a tener mucho tiempo para estar afuera antes de que comenzara a llover.

–¿Qué es la mancha? —Preguntó Nina con curiosidad.

Cassie no tenía idea de cómo se decía en italiano, así que decidió que una explicación rápida sería lo mejor.

–Se puede correr por cualquier lugar del jardín. Desde el muro de ese lado y el lecho de flores, hasta el otro lado. Yo empezaré y les daré hasta la cuenta de cinco para que se alejen.

Las niñas asintieron. Venetia parecía animada, mientras que Nina parecía confundida e intrigada.

–Bueno, comencemos.

Cassie les dio la espalda y comenzó a contar drásticamente.

–¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco!

Se volteó y comenzó a perseguirlas.

Nina corrió rápidamente, pero Venetia era más lenta y no parecía entender el juego. Cuando Cassie corrió hacia ella, parecía haberse dado cuenta de que estaba en problemas y retrocedió.

Cassie apenas tuvo tiempo de darse cuenta de que realmente parecía asustada antes de lanzarse hacia ella.

–¡Manchada! ¡Te agarré!

En lugar de los gritos y risas que había esperado, Venetia se encogió hacia atrás y Cassie vio que estaba a punto de llorar.

Se detuvo, desanimada por la reacción inesperada de la niña. Parecía que ninguna de sus ideas estaba funcionando.

–¿Estás disgustada? Todos tienen su turno. Solo tienes que manchar a otro ahora.

Cuando Venetia apretó los labios y sacudió la cabeza, Cassie pensó en otra cosa.

–¿Te lastimé? Lo siento mucho. Creo que te manché más fuerte de lo que debía. ¿Puedo ver?

Cuando la tomó de la mano, notó que las uñas de la niña estaban comidas casi en carne viva. Llevaba una blusa de pana rosa de manga larga, y Cassie deslizó la suave tela por el brazo de la niña.

–Puedo ver una marca. Parece que ya se está amoratando. Lo siento mucho.

Observando a la roncha color rojo púrpura en el brazo de Venetia, Cassie sintió que la inundaba el horror, porque la primera cosa que había hecho era hacerles daño.

–Está empezando llover —dijo Nina mientras la llovizna se convertía en un frío aguacero.

–Entremos a jugar a otra cosa —dijo Cassie, desesperada por reparar el daño por su torpeza.

No había manchado a Venetia con tanta fuerza, pero también había esperado que ella corriera, no que se alejara con miedo.

Empezaba a pensar que, bajo su exterior bien instruido, Venetia era una niña sensible, tanto física como mentalmente.

–¿Alguna vez jugaron a las escondidas? —Le preguntó a las niñas una vez que estuvieron resguardadas en el pasillo, con la puerta del frente cerrada.

Ambas sacudieron la cabeza, pero parecían impacientes más que dudosas.

–Déjenme explicarles. Pueden esconderse en cualquier lugar de la casa, en cualquier lugar. Voy a cerrar los ojos y les daré hasta la cuenta de cincuenta para que encuentren un lugar para esconderse y luego voy a gritar “¡Punto y coma, el que no se escondió se embroma!” Cuando encuentre a alguien, la búsqueda se termina y entonces esa persona es la que debe salir a buscar en la próxima. ¿Lo entienden?

Nina asintió. Venetia parecía haberse recuperado de su trauma previo y sonrió entusiasmada.

–Muy bien, voy a cerrar los ojos.

Cassie colocó una mano sobre los ojos para mostrarles que realmente estaban cerrados.

–Y ahora, empiezo a contar —y terminado de contar, gritó—. ¡Punto y coma, el que no se escondió se embroma!

Paseándose por la casa revestida, Cassie dijo en voz alta:

–Me pregunto en dónde están escondidas estas niñas. Vaya, se han escondido bien. No las encuentro por ningún lado. Quizás hayan logrado hacerse invisibles. Realmente pensé que a esta altura habría encontrado a Nina, después de todo ella es la más alta.

Revisó debajo de la mesa del comedor y caminó hacia la sala. Su mirada se volvió inmediatamente hacia la enorme otomana de terciopelo en el otro extremo. Era un escondite muy inteligente y estaba segura de que encontraría a una de las niñas allí.

Cassie se acercó, prolongando la tensión del momento.

–Creo que estoy a punto de darme por vencida. Estas niñas inteligentes se han escondido demasiado bien. ¡Pero un momento, creo que buscaré en último lugar!

Sujetó la tapa de la otomana y la abrió.

Adentro, hecha una bolita, estaba Nina.

Se desenroscó chillando de emoción, mientras Venetia saltaba desde atrás de las elegantes cortinas azul oscuro.

–¡Te encontraron! ¡Te encontraron! —Gritó Venetia.

Ambas reían. Cassie se dio cuenta de que era la primera vez que las escuchaba reírse.

–Es tu turno, Nina. ¡Empieza a contar!

En cuanto Nina empezó contar, Cassie y Venetia se apresuraron hacia arriba. Venetia se reía sin aliento, hablando sin parar mientras investigaba su próximo escondite. Cassie estaba encantada de escuchar el sonido de voces felices.

Gateó debajo de la cama de Nina, suponiendo que la encontrarían primero, pero al final Nina encontró a Venetia que se había escondido detrás de la cesta de la ropa en el baño, entre alaridos de risa.

Cassie estaba lista para dejar de jugar ante la primera señal de aburrimiento, pero las niñas no parecían aburrirse. Más bien parecían cautivadas por el juego. Risas y chillidos hacían eco por la casa cada vez que encontraban a una de ellas, y mientras jugaban una ronda tras otra, Cassie estaba convencida de esto era lo más divertido que habían hecho en mucho tiempo.




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