Gloria Principal
Jack Mars


La Forja de Luke Stone #4
"Uno de los mejores thrillers que he leído este año".. – Críticas de Libros y Películas (referente a Por Todos Los Medios Necesarios).? En GLORIA PRINCIPAL (La Forja de Luke Stone – Libro nº 4), un thriller de acción innovador del número 1 en ventas Jack Mars, el Presidente es tomado como rehén a bordo del Air Force One. Se desata una cadena de acontecimientos impactantes cuando el veterano de élite de las Fuerzas Delta, Luke Stone, de 29 años, y el Equipo de Respuesta Especial del FBI pueden ser los únicos capaces de traerlo de vuelta. Pero en un thriller lleno de acción repleto de giros y acontecimientos espeluznantes, el destino y la extracción pueden ser aún más dramáticos que el viaje en sí. GLORIA PRINCIPAL es un thriller militar inigualable, de los que no se pueden dejar de leer, un viaje de acción salvaje que te dejará pasando las páginas hasta altas horas de la noche. Precursora de la SERIE DE THRILLER LUKE STONE, número 1 en ventas, esta serie nos muestra cómo comenzó todo, una serie fascinante del famoso autor Jack Mars, considerado "uno de los mejores autores de suspense"… "Thriller en su máxima expresión".. –Midwest Book Review (referente a Por Todos los Medios Necesarios).? También está disponible la SERIE DE THRILLER LUKE STONE, número 1 en ventas, de Jack Mars (compuesta por 7 libros), que comienza con Por Todos los Medios Necesarios (Libro nº 1), ¡una descarga gratuita con más de 800 reseñas de cinco estrellas!





Jack Mars

GLORIA PRINCIPAL




GLORIA PRINCIPAL




(LA FORJA DE LUKE STONE – LIBRO 4)




JACK MARS




TRADUCIDO POR: CARMEN LIÑÁN GRUESO



Jack Mars

Jack Mars es el autor de la serie de thriller de LUKE STONE, número uno en ventas de USA Today, que incluye siete libros. También es el autor de la nueva serie de precuelas LA FORJA DE LUKE STONE, que comprende tres libros (y subiendo); y de la serie de suspense de espías AGENTE ZERO, que comprende siete libros (y subiendo).



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LIBROS POR JACK MARS




UN THRILLER DE LUKE STONE

POR TODOS LOS MEDIOS NECESARIOS (Libro #1)

JURAMENTO DE CARGO (Libro #2)


LA FORJA DE LUKE STONE

OBJETIVO PRINCIPAL (Libro #1)

MANDO PRINCIPAL (Libro #2)

AMENAZA PRINCIPAL (Libro #3)

GLORIA PRINCIPAL (Libro #4)


LA SERIE DE SUSPENSO DE ESPÍAS DEL AGENTE CERO

AGENTE CERO (Libro #1)

OBJETIVO CERO (Libro #2)

CACERÍA CERO (Libro #3)

ATRAPANDO A CERO (Libro #4)




CAPÍTULO UNO


14 de octubre de 2005

18:11 h., hora del Líbano (11:11 h., hora del Este)

Trípoli, Líbano norte



—¿Qué está diciendo?

El pistolero alto, delgado y rubio miraba a través de la mira telescópica de un rifle QBU-88 de fabricación china. El hombre había pasado las últimas veinticuatro horas familiarizándose íntimamente con esta arma. Era una imitación del viejo rifle de francotirador ruso, el Dragunov. El hombre había disparado un Dragunov en el pasado. Este era mejor.

El alumno había superado al profesor. Los chinos eran los mejores imitadores de la Tierra. Copiaban cualquier cosa y luego la mejoraban.

El hombre yacía boca abajo, en medio de un denso follaje, en una meseta desde donde se dominaba la ciudad de Trípoli, con el arma apuntando frente a él sobre las patas de un bípode. En su mente, podía imaginarse el hocico oscuro de esta cosa asomando entre los arbustos. Estaba seguro de ser prácticamente invisible donde estaba.

A su izquierda, debajo de él, antiguos edificios de piedra de muchos colores desteñidos y descoloridos marchaban como soldados por la empinada ladera hacia el mar azul profundo.

El nombre del pistolero no era Kevin Murphy. Su pasaporte canadiense decía que se llamaba Sean Casey. Su permiso de conducir de Ontario indicaba exactamente lo mismo. Un canadiense llamado Sean Casey era algo bueno y nada amenazante.

Era solo un canadiense aventurero trotamundos, que visitaba destinos fuera de lo común como la destartalada, andrajosa, pero todavía muy hermosa, segunda ciudad más importante del Líbano, encaramada como una joya en la costa mediterránea.

Nada que ver aquí.

Hacía solo un minuto, el sol se había deslizado bajo el mar en un espectacular alboroto de amarillos y naranjas, con solo un destello verde al final. El pistolero que no se llamaba Murphy siempre estaba atento a ese destello verde. Lo había visto en tantos lugares que hacía mucho que había perdido la cuenta.

En el círculo de la mira telescópica del hombre que no era Murphy, había un hombre con una barba negra, salpicada de blanco. El hombre llevaba un pañuelo a cuadros rojos y blancos en la cabeza. Su nombre era Abdel Aahad. Tenía cincuenta y tantos años, era un caudillo suní radical y líder de la milicia, que había estado operando en esta ciudad abandonada durante los últimos veinte años. Pero no iba a hacerlo duramente mucho más tiempo.

Aahad estaba sentado en un patio, a unos novecientos metros de distancia, nueve campos de fútbol, y tal vez tres pisos más abajo. Era un disparo complicado, justo al límite del alcance efectivo de esta arma. La diferencia de altitud lo hacía aún más difícil. La leve brisa que llegaba del mar añadía una dificultad extra.

El sol se había puesto. La noche llegaría pronto. Si este disparo tenía que suceder, iba a suceder ahora mismo.

–Simplemente ha dicho: “Mata la cabeza y el cuerpo morirá”.

El que no era Murphy no miró a su observador, un niño llamado Ferjal.

Ferjal era un recluta de Hezbollah. Aún no había cumplido los dieciocho, pero llevaba haciendo locuras peligrosas desde los catorce o quince. No parecía tener más de doce años. Estaba al lado del que no era Murphy en los arbustos, en la profunda ubicación en la que tantos humanos, en tantas partes del mundo, todavía estaban.

Los estadounidenses no necesitaban lugares profundos como ese. Los estadounidenses tenían un pequeño invento ingenioso llamado “la silla”.

El hombre que no era Murphy sabía que Ferjal tenía un auricular en un oído y estaba escuchando la conversación en árabe que se estaba desarrollando en ese lejano patio de piedra. Abdel Aahad tenía muchos amigos en este mundo, pero el hombre que estaba sentado con él en el patio no era uno de ellos.

–¿De verdad ha dicho eso?

–Sí. ¿Te suena esta frase?

El que no era Murphy se encogió de hombros, muy levemente, sin apartar la mirada del visor.

–La he oído al revés. “Mata el cuerpo y la cabeza morirá”, lo cual es más preciso. Dependiendo del contexto, matar la cabeza y que el cuerpo muera es obvia y demostrablemente falso. Es muy difícil acercarse a la cabeza y, de todos modos, una nueva cabeza ocupará su puesto. El cuerpo, sin embargo…

–El contexto es el Presidente estadounidense —dijo Ferjal.

El que no era Murphy observó la mandíbula de Abdel Aahad moverse mientras hablaba. Muy, muy lentamente, colocó el centro de su mira telescópica justo sobre la sien de Aahad y un poco a la izquierda. Aahad estaba lejos. El proyectil pesado que disparaba este rifle era perforante, por lo que no había por qué preocuparse. Un cráneo humano era cualquier cosa menos una armadura. Todo lo que tenía que hacer era impactar en la cabeza de Aahad en cualquier parte y estallaría como un tomate cherry.

Pero la trayectoria del disparo era notoriamente plana y perdería algo de impulso por el camino, por lo que necesitaba apuntar un poco alto. La brisa del agua también alteraría el curso de la bala en una mínima cantidad, empujándola sólo… a… la… derecha.

–Una fantasía, en ese caso —dijo.

El que no era Murphy no vio a Ferjal asentir, solo lo sintió.

–Sí. Toda una fantasía asombrosa. Están imaginando capturar al Presidente estadounidense y trasladarlo a un lugar donde esté vigente la ley sharia wahabita. Luego lo llevarán ante los jueces y lo condenarán por asesinato, espionaje contra un estado musulmán y degeneración apóstata ante los ojos del mundo y ante Alá. Están muy contentos con esta idea.

El que no era Murphy no se lo creía. —No es musulmán, así que no creo que pueda ser apóstata.

–No, quizás no —dijo Ferjal—, pero es un proxeneta, un abortista y un promotor de conducta degenerada entre los hombres desde hace muchos años. Es el maestro de ceremonias del circo degenerado estadounidense. Por supuesto, es culpable de asesinato y espionaje.

El que no era Murphy casi se rio. El chico sonaba como si ya hubiera juzgado al Presidente estadounidense. —Ajá. ¿Y dónde se llevaría a cabo tal juicio?

–Hablan de Mogadiscio, en Somalia. La Unión de Tribunales Islámicos se ha apoderado de la ciudad, quizás temporalmente. Son creyentes muy conservadores. Otros lugares son posibles, pero no probables. Las tierras tribales del oeste de Pakistán. El Yemen controlado por los suníes, tal vez. Definitivamente no en Arabia Saudí. Los traidores saudíes simplemente devolverían al hombre. Saben lo que más les conviene.

–¿Ha dicho todo eso, o son tus opiniones?

–Ha dicho Somalia. El resto son mis opiniones, pero estoy bien informado.

El que no era Murphy sonrió. Le gustaba Ferjal. Le había cogido aprecio a este chico.

El trabajo de Ferjal era guiarlo hasta este lugar de tiro, conseguirle luz verde y luego sacarlo de aquí sin que nadie se diera cuenta. También se suponía que Ferjal recuperaría el arma en un momento posterior, la desmontaría y la haría desaparecer.

El que no era Murphy usaba guantes tácticos delgados, en el improbable caso de que otra persona encontrara antes el arma. El que no era Murphy no existía, pero tenía huellas dactilares y tenía ADN. El ejército de los Estados Unidos tenía registros de estas cosas y eso significaba que otros también los tenían. Nunca había tocado esta pistola con sus manos desnudas.

No es que importara, nadie iba a encontrar el arma. Ferjal era bueno en su trabajo.

Ferjal también era bueno en mantener una conversación entretenida. La salpicaba con dichos y lemas pseudoamericanos que, según él, la gente había dicho en árabe.

A los jefes de Ferjal en Beirut, al ser chiitas, no les agradaban los suníes. Se estaban preparando para una guerra contra Israel a lo largo de la frontera sur y no les gustaba la basura militante suní, como Abdel Aahad, corriendo libres de hacer lo que quisieran, como apuñalarlos por la espalda mientras estaban despistados.

Así que estaban limpiando un poco su patio trasero.

Habían traído al que no era Murphy a una casa encalada, marcada por el fuego de una ametralladora, hace apenas dos días. Un erudito barbudo con gafas y barriga prominente estaba sentado en una sencilla silla plegable, mientras que el que no era Murphy permanecía de pie.

El erudito describió los actos de Aahad. Aahad era una mala noticia, un problema y lo había sido durante muchos años. Era un alborotador y, entre otras cosas, un traidor a su propio país. Habían advertido a Aahad repetidamente, pero había sido en vano.

Era hora de que Aahad se fuera.

–Veinte mil dólares estadounidenses —dijo el que no era Murphy al erudito. —Quince para mí, cinco para el niño.

Quince mil dólares no eran nada para el hombre que no era Murphy, prácticamente menos que nada. Casi no valía la pena levantarse de la cama.

Cinco mil serían el pago más grande que el joven Ferjal habría visto en su vida. Probablemente fuera lo que su padre ganaba en seis meses.

Todo en un solo día de trabajo.

–¿Sabes —había dicho el erudito barbudo— el sacrificio que hacen todos los días los hermanos de la frontera sur? Viven en agujeros bajo tierra. Luchan valientemente contra las patrullas sionistas, mientras son perseguidos desde el cielo por helicópteros sionistas armados.

–Son muy valientes —respondió el que no era Murphy. —Y estoy seguro de que tu amigo Alá los recompensará cuando pasen al gran…

–¿Sabes cuánta comida, armas y consuelo podemos proporcionar a esos hermanos con veinte mil dólares?

–¿Es esto una colecta benéfica? —espetó el que no era Murphy. —Porque te lo digo, estoy empezando a cansarme. Si crees que es demasiado dinero, pídele a uno de los hermanos de la frontera sur que lo haga. Estoy seguro de que lo harían solo por la gloria.

El erudito negó con la cabeza. —Este es un trabajo para un tirador experto. Es un tiro desde una distancia muy larga. Necesitamos al mejor.

El que no era Murphy se encogió de hombros. —Entonces, paga por ello.

Ahora, en la ladera, la oscuridad se estaba asentando. Casi no quedaba tiempo. El rifle chino tenía un buen supresor de destellos, con un silenciador largo montado en él. El que no era Murphy había probado ayer la configuración. Era muy agradable, sin flash, muy poco ruido. Sin embargo, dejaría una marca de humo. Solo una bocanada que se elevaría desde estos arbustos, suficiente para matarlo a él y a Ferjal.

Pero no si el disparo ocurría en la oscuridad.

–¿Vas a disparar? —dijo Ferjal. No era impaciencia, sino curiosidad.

El que no era Murphy tuvo la sensación de que Ferjal estaba asustado por todo ese dinero. Cinco mil dólares era demasiado dinero. Casi parecía tener la esperanza de que este trabajo no sucediera. Probablemente quería devolver su parte.

Por su parte, el que no era Murphy pensó que desaparecería durante un tiempo después de esto. El Líbano era un país hermoso, pero estaba empezando a pensar que había abusado de la confianza de sus anfitriones.

Respiró hondo y luego se dejó exhalar lentamente.

Abdel Aahad estaba JUSTO ALLÍ, a la última luz del día. Piel bronceada como el cuero, ojos de cazador, barba espesa. Detrás de él y a su derecha, uno de sus hombres estaba encendiendo una antorcha. Trípoli se había quedado sin electricidad en ese momento. La electricidad en Trípoli era muy inestable. Aparentemente, en estos días estaba más tiempo apagada que encendida.

La antorcha no era una distracción. En todo caso, era un poco de ayuda. La luz brilló en el rostro de Aahad.

La brisa murió. A menudo lo hacía cuando se ponía el sol. El calor se instaló como si alguien hubiera accionado un interruptor.

El que no era Murphy llevó la mira hacia la izquierda mínimamente.

Tienes que decírselo a Stone.

El pensamiento vino espontáneamente, desde alguna oscura e ilegible profundidad en su mente. ¿Decirle qué a Stone? ¿Que, en los últimos minutos de su vida, un hombre se había entregado a elucubraciones sobre llevar al Presidente de los Estados Unidos a juicio ante un tribunal fundamentalista islámico? Ridículo.

No tenía que decirle nada a Luke Stone sobre eso. Luke Stone pensaba que el que no era Murphy estaba muerto. Todo el mundo pensaba que el que no era Murphy estaba muerto. Era bueno que todos lo pensaran.

El que no era Murphy desechó la idea. No había nada que contar, no era nada más que una charla ociosa.

Volvió a concentrarse en ese patio.

No verían nada, no escucharían nada, no sabrían de dónde vino el disparo. Al principio, pensarían que estaba cerca, pero no estaba cerca. Su mente hizo un cálculo rápido.

Velocidad de salida, aproximadamente 930 metros por segundo. Distancia, supongo, 800 metros. Pérdida de impulso… diablos, no era un científico espacial. Digamos que un segundo completo después de apretar el gatillo, habría miedo, confusión y caos.

Luego, un momento después, comenzaría la caza.

–¿Estás listo, chico? —dijo el que no era Murphy. —¿Estás listo para sacarme de aquí?

–Sí —dijo Ferjal, ahora muy serio. El que no era Murphy podía sentir el cuerpo del niño tensarse.

–¿Tengo luz verde?

–Me han dado el poder de darle luz verde desde el principio. Puede disparar cuando esté listo.

Ahora no había nada más que Aahad. Su rostro llenaba la mira. Aahad estaba hablando. Le estaba contando a alguien el trato, cómo iba a ser.

Aahad era inteligente y un asesino desalmado. Conocía su negocio, era astuto y despiadado. Había permanecido vivo y un paso por delante de sus enemigos durante todos estos años.

La luz naranja de las antorchas parpadeó contra el rostro de Aahad.

No podrían haberle proporcionado mejor vista al que no era Murphy, aunque la hubiera pedido.

–Puf —dijo el que no era Murphy, muy tranquilamente.

Respiró de nuevo. Inspiró… luego exhaló.

Apretó el gatillo. El arma impactó contra su hombro.

Hubo un sonido leve. ¡Put!

El cartucho gastado se expulsó al aire.

Abdel Aahad había sido un hombre inteligente y un oponente ingenioso.

Pero ya no.

Entonces, el que no era Murphy corría agachado, su mano agarraba el hombro del niño, chocando contra la densa maleza en la oscuridad.




CAPÍTULO DOS


17:55 h., hora del Este

Condado de Queen Anne, Maryland

Costa Este de la Bahía de Chesapeake



—Viernes por la noche —dijo Luke Stone.

Luke y Becca estaban sentados a la mesa del patio. El sol se estaba poniendo a través de la bahía, en un tumulto de rojo, naranja y amarillo. Era una noche fresca y serena. Los árboles comenzaban a cambiar. A Luke le encantaba esta época del año. Llevaba una camiseta fina y unos vaqueros, dejando que la brisa le pusiera la piel de gallina. Becca vestía un jersey de lana amarillo.

Becca suspiró de satisfacción.

–Viernes por la noche —dijo ella también. Chocaron las copas, como si el concepto de viernes por la noche fuera un brindis común.

Acababan de cenar pizza para llevar de un local bastante bueno. Luke estaba tomando su tercera copa de vino tinto.

El bebé dormía en el regazo de Becca, envuelto en su pijama polar azul claro, con un gorro de lana y una manta.

Ah, el bebé.

Gunner tenía ya cinco meses. Estaba creciendo a pasos agigantados. Su cabeza era enorme y estaba cubierta de un espeso y rizado cabello rubio. Tenía unos ojos azules penetrantes, era muy fuerte y ya podía sostener esa cabeza gigante por sus propios medios.

Balbuceaba y gorjeaba todo el tiempo, en una versión infantil del habla. Y le encantaba jugar a cucú-tras. Podía jugar durante horas y reír con deleite cada vez.

Todo se estaba desarrollando entre misterio y encanto. El otro día, Luke había dicho “Gunner” en voz alta y podía jurar que el bebé se volvió para mirar, como si reconociera su propio nombre.

La vida era buena.

–Debería llevarlo adentro —dijo Becca. —Empieza a hacer frío.

Luke asintió. —Yo recogeré, voy a quedarme aquí un poco más.

Becca rodeó la mesa, lo besó en la frente y luego subió la colina hacia la cabaña, con el bebé en brazos. Luke la vio irse.

Era idílico estar aquí. Lamentaba que se acabara.

Lo habían suspendido de servicio, con sueldo, durante el último mes. Fue un regalo de Don Morris. Don se había retrasado deliberadamente investigando los eventos que tuvieron lugar en la plataforma petrolera del Ártico Martin Frobisher.

Al final, apenas la semana pasada, Luke había sido exonerado de todos los cargos, había recibido una distinción de la agencia por la Frobisher y era probable que recibiera otra en secreto por desactivar la bomba nuclear del tío Joe. El incidente del tío Joe, como lo llamaría la historia algún día, fue clasificado como Alto Secreto durante los siguientes setenta y cinco años.

Pero todo lo bueno llega a su fin, incluida esta suspensión. Luke fue restituido y se esperaba que regresara a la sede del Equipo de Respuesta Especial el lunes por la mañana. Y eso significaba que este era su último fin de semana en la cabaña, un hermoso y antiguo lugar que había pertenecido a la familia de Becca durante más de un siglo.

La casa era rústica. Era pequeña, construida para personas diminutas de finales del siglo XIX, no para personas grandes del siglo XXI como Luke Stone. Los techos eran bajos. La escalera al segundo piso era estrecha. Las tablas del suelo crujían. La puerta de la cocina tenía un resorte que estaba demasiado apretado y, si lo soltabas, se cerraba de golpe cada vez.

A Luke le encantaba estar aquí. Puede que fuera su lugar favorito del mundo.

Le encantaba especialmente estar cerca del agua y las vistas panorámicas de 180 grados de la bahía de Chesapeake desde lo alto de este acantilado. Nada podría superarlo.

Suspiró. De vuelta a las minas de sal. Bueno, eso también estaba bien.

Su teléfono móvil sonó.

Lo miró, el pequeño cristal de la parte delantera se iluminó mientras zumbaba. El mensaje en la pantalla era “Número Oculto”.

No había muchas personas en este mundo que tuvieran este número. Solo en muy raras ocasiones recibía una llamada de alguien que no conocía.

Se mostró reacio a contestar la llamada, pero tal vez fueran buenas noticias, como que lo habían vuelto a suspender. Cogió el teléfono y lo abrió.

–Luke Stone —dijo.

–¿Sabes quién soy? —dijo una voz. —En tal caso, no digas el nombre.

Era una voz de hombre y, por supuesto, Luke supo de inmediato quién era. Aun así, hubo un pequeño retraso mientras procesaba la información. Un fantasma lo estaba llamando desde más allá de la tumba.

Hacía tres semanas, Luke y Ed habían conducido hasta la ciudad de Nueva York y asistido al funeral de un hombre llamado Kevin Murphy. Fue en una antigua iglesia católica del Bronx. Posteriormente, asistieron a su entierro en un cementerio cercano.

Un hombre con falda escocesa tocaba la gaita. Hubo una guardia de honor que alguien reunió, pero no un entierro en el Cementerio Nacional de Arlington para Murphy; fue un héroe de guerra varias veces, pero se había ausentado sin permiso, fue acusado de deserción y terminó su carrera militar con una baja deshonrosa.

Luke y Ed se habían quedado lejos de la multitud. Una mujer estaba sentada en la primera fila, probablemente de unos sesenta años, vestida toda de negro. Permaneció estoica mientras un miembro de la guardia de honor le entregaba la bandera estadounidense doblada en triángulo.

Ahora, en su patio trasero, Luke finalmente recuperó la voz. Se había quedado sin habla durante un largo momento.

–Tu madre cree que estás muerto.

–La llamaré —dijo la voz.

–Es demasiado tarde, ya te enterró.

–Debe haber sido otra persona. Solo hay que ir al callejón de atrás de mi madre y matar a alguien para tener un cuerpo que enterrar.

La madre de Murphy había enterrado un ataúd vacío. La mezquita de Beirut donde murió Murphy había ardido durante dos semanas. Los productos químicos del sótano se habían incendiado en el bombardeo y eran imposibles de apagar. Había decenas de cadáveres dentro de esa mezquita, pero no se recuperó ni uno solo.

–¿Dónde estás? —dijo Luke.

–En movimiento —dijo la voz. —¿Has escuchado las noticias de Oriente Medio hoy?

–Tal vez.

–Un hombre recibió un disparo en la cabeza. Tenía oponentes poderosos, que están limpiando su agenda antes del gran juego. El hombre era un poco famoso, pero más como una peste que otra cosa. Fue un trabajo de control de plagas. Llamaron a un exterminador.

Luke lo había visto. El nombre del hombre era Abdel Aahad. Había disfrutado de una larga carrera como actor secundario en las interminables guerras civiles del Líbano. Esa carrera había terminado abruptamente esta mañana, con un disparo de francotirador a larga distancia en la cabeza. Sus poderosos oponentes serían, por supuesto, Hezbollah. Y el gran juego para el que se estaban preparando era Israel.

Naturalmente, todo el asunto había llamado la atención de Luke. El propio Luke había estado en el Líbano hacía un mes. Y Murphy había muerto allí, trabajando en una misión para Luke. Luke se había sentido muy mal por eso, hasta hace dos minutos.

Murphy no había muerto. Murphy nunca iba a morir.

–¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó Luke.

–Nada, estoy bien. Tengo un dato, eso es todo. Podría ser algo, podría no ser nada. Iba a dejarlo pasar, pero luego pensé que eso no estaría del todo bien. Sigo siendo uno de los buenos. Debía decírselo a alguien, así que decidí llamarte.

–Soy todo oídos —dijo Luke. Murphy se consideraba uno de los buenos. Había fingido su propia muerte y parecía estar insinuando que acababa de llevar a cabo un asesinato a sueldo en nombre de una organización terrorista. Aun así…

–Sabes, todavía puedes volver al redil.

–Eso es genial y agradezco la oferta. Pero escucha un segundo, ¿de acuerdo? ¿La plaga? Estuvo charlando hasta el último segundo. De hecho, no terminó del todo su frase.

Hubo una pausa en la línea. Parecía haber algo de ruido, una voz fuerte, resonando en el fondo.

–¿De qué estaba hablando? —preguntó Luke.

–Estaba charlando sobre la captura del Número Uno, el mismísimo gran tipo. Luego, habló de llevarlo a algún lugar con la ley Sharia y juzgarlo.

–El gran tipo, ¿eh?

–Puedes apostar —dijo la voz. —El gran anciano, el Yankee Doodle Dandy, el gran experimento liberal.

Murphy estaba hablando del Presidente de los Estados Unidos. El nuevo Presidente, Clement Dixon, era el más viejo en la historia de Estados Unidos y se pensaba que era el más liberal en décadas. Murphy no era el tipo de persona al que le gustan los liberales. Y fue un accidente de la historia lo que puso a Dixon en el cargo. Había pasado la mayor parte de su vida adulta gritando y abucheando a varios Presidentes desde los pasillos del Congreso.

–La mejor parte es que el lugar con la ley Sharia que tienen en mente es el Mog.

–¿Mogadiscio? —dijo Luke.

–¿Conoces otro Mog?

Mogadiscio. Octubre de 1993. Fue antes de la época de Luke; se lo había perdido por poco más de un año. Pero todos los Rangers del Ejército y todos los miembros de las Fuerzas Delta conocían la historia de la batalla nocturna que tuvo lugar allí. Los Rangers, los Delta, el 160º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales (Night Stalkers) y la 10ª División de Montaña habían perdido un total de diecinueve hombres.

–Parece un poco exagerado —dijo Luke.

–Yo opino exactamente lo mismo, pero pensé que debería transmitirlo de todos modos.

–No creo que la plaga en cuestión haya tenido ese tipo de alcance.

–Podría ser que nadie lo haga —dijo la voz. —Podría ser que alguien crea que sí. Las personas se extralimitan a veces y terminan provocando un desastre.

Luke recapacitó sobre ello durante un largo segundo.

Esa voz resonante apareció de nuevo en el fondo, más fuerte esta vez. Sonaba como un anuncio en un aeropuerto. Luke miró su reloj. Eran más de las 18 horas aquí. Si Murphy tuvo algo que ver con el asesinato de Aahad, eso significaba que todavía podría estar en el Líbano, siete horas antes.

–Mira, tengo prisa —dijo la voz.

–¿Dónde estás? —preguntó Luke por segunda vez.

–No podría decirlo.

–Un poco tarde para un vuelo comercial, ¿no?

–Yo no sabría cosas así. Sin embargo, hiciste un buen trabajo en esa otra cosa del norte. Oí hablar sobre ello, la gente habla. Y ha sido un placer hablar contigo.

–Escucha, Murph…

Pero la línea ya se había cortado.

Luke miró el teléfono por un momento. A su izquierda, el sol acababa de caer en la bahía. Un gran rasguño amarillo se posó en la parte superior del horizonte. Eso era todo lo que quedaba del día. Pronto sería una agradable y acogedora noche de otoño.

¿El Presidente? ¿Secuestrado y llevado ante un tribunal islámico? No era una idea fácil de tragar. Y no era la información más fácil de transmitir.

¿Quién se lo dijo? ¿Dónde se enteró esa persona?

–Oh, fue Murphy. ¿Sabes, el muerto? Se enteró mientras asesinaba a un líder de la milicia suní. Sí, decidió quedarse en el Líbano después de su muerte. Supongo que ahora trabaja como mercenario.

Eso no valdría.

En cualquier caso, el Presidente de los Estados Unidos estaba con Don Morris en este momento, en un viaje oficial a Puerto Rico. Don Morris, guerrero legendario, cofundador de las Fuerzas Delta, así como fundador y director del Equipo de Respuesta Especial del FBI, había causado una gran impresión al nuevo Presidente de mentalidad liberal.

¿Podría el Presidente estar más seguro que con Don Morris posado en su hombro? Luke lo dudaba. Sonrió al pensar en esa extraña pareja.

Se puso de pie y empezó a recoger los platos de la cena.

Luego se detuvo. Se quedó muy quieto en la creciente oscuridad. Volvió a mirar su teléfono. Número Oculto. Eso era Murphy, en dos palabras.

Luke había intentado incorporarlo al Equipo de Respuesta Especial y, en verdad, la actuación de Murphy había sido excepcional. Más allá de lo excepcional. No era propiamente un investigador, pero lo dejó suelto en una situación de combate y la resolvió bien. Su actuación no fue el problema.

Su aceptación, o la falta de ella, fue el problema. Su tendencia a desaparecer fue el problema. Sus caminos misteriosos fueron el problema.

Pero todavía estaba vivo y volver a llamar significaba que no se había ido del todo.

Y la información misma…

Luke suspiró. Era inverosímil. No podía ser real. Aun así…

Marcó rápidamente un número. El teléfono sonó tres veces, luego respondió una profunda voz femenina.

–¿Qué estás haciendo, Stone? No tienes que volver hasta el lunes. No puedes esperar dos días más, ¿eh?

Trudy Wellington.

Luke sonrió. —¿Estabas durmiendo? Suenas adormilada.

–Casi. ¿Por qué me molestas?

–¿Cómo está el patio ahí fuera? ¿Algo que deba saber?

Luke casi pudo oírla encogerse de hombros por teléfono. —Lo normal. Corea del Norte originó una alerta de misiles falsa esta mañana temprano, enviando corredores a través de sus túneles de comunicaciones con códigos de lanzamiento ficticios. Seúl podría haber sido atacado con un aluvión de treinta mil armas convencionales en el transcurso de quince minutos, pudo haber millones de muertos o podría no haber pasado nada. Y no pasó nada.

–¿Algo más?

–Oh, los rusos bombardearon un escondite de Al Qaeda en Daguestán. O una boda. Depende de a quién le preguntes.

–¿Algo mejor? —preguntó Luke. —¿Algo más?

–¿Estamos jugando a las veinte preguntas, Stone?

–¿Algo sobre el Presidente?

–Solo lo de siempre, que yo sepa. Chiflados solitarios, que nunca se acercarán a diez kilómetros de él, están subiendo manifiestos a Internet. Las milicias de Backwoods, repletas de diabéticos asmáticos de mediana edad y cien por cien infiltradas por informantes, practican para la próxima Guerra Civil, que comenzará momentos después de que lo asesinen. Además, los clérigos islámicos están suplicando a Alá que lo mate de un golpe o de un infarto. Tiene muchos admiradores. Yo diría que los locos de todo tipo lo odian, más o menos.

–Trudy…

Stone, el Presidente está con Don. Tu típico terrorista se marchitaría ante la idea de enredarse con Don Morris. Especialmente cuando se está bronceando.

Luke negó con la cabeza y sonrió. —Está bien, Wellington.

–Está bien, Stone.

–Sigue así.

Luke colgó el teléfono. Miró hacia su cabaña en la ladera, las luces encendidas contra la oscuridad. Su familia estaba allí, la gente que amaba.

Volvió a recoger los platos.




CAPÍTULO TRES


20:35 h., hora del Atlántico (20:35 h., hora del Este)

San Juan Viejo

San Juan, Puerto Rico



—¡Oh, Alá! —dijo el hombre en voz baja—, déjame vivir mientras la vida sea mejor para mí y quítame la vida si la muerte es mejor para mí.

Caminaba por las calles de adoquines azules de la ciudad vieja, entre los coloridos edificios coloniales españoles de ladrillo, pintados en festivos rojos, amarillos, naranjas y azules pastel. Caía una lluvia ligera, pero no parecía molestar a los juerguistas del viernes por la noche. Salían de los restaurantes grupos risueños de mujeres y hombres jóvenes, bien vestidos, emocionados de estar vivos, quizás borrachos, todos hablando a la vez, abrazando las cosas de este mundo físico.

Él también era joven, pero las cosas de este mundo no eran para él. Su destino estaba en manos del Sabio.

Caminaba con sus propias manos a la altura de la cintura, mirando hacia arriba, con las palmas hacia el cielo y el dorso de las manos hacia el suelo, como era apropiado cuando se realizaba la Du'a islámica, suplicando a Alá su favor.

–Oh, Alá —dijo, sus labios apenas se movían, ningún sonido audible salía de su boca—, danos el bien en el mundo y el bien en el Más Allá y líbranos del tormento del Fuego.

Cualquiera que lo viera supondría que era un turista extranjero, o incluso un visitante de otra parte de la isla. Su piel era oscura, pero no más que la de muchos de los habitantes de la isla. Iba bien vestido, con un chubasquero azul para no mojarse con la lluvia cálida, pantalones chinos color canela y zapatos caros de senderismo. Llevaba una mochila colgada del hombro. Un observador podría pensar que su cámara estaba dentro y, de hecho, lo estaba.

La cuenta atrás estaba casi terminada. Había filmado un vídeo de sus despedidas finales, después de haber viajado aquí. Su entrada a Puerto Rico desde Grecia fue sorprendentemente fácil, al menos en su opinión. No era de Grecia, pero sus documentos afirmaban que era un hombre griego llamado Anthony y nadie lo cuestionó.

Ahora su vida estaba perdida. Lo que tuviera que ser, sería. Era decisión de Alá y solo de Alá.

Caminó cuesta abajo hasta una intersección. En esta esquina había una pequeña frutería, el dueño cerraba la tienda por la noche. Había una exhibición de frutas y verduras en la calle y el dueño las estaba llevando adentro.

Anthony miró al dueño por un momento. El tendero era un hombre mayor, con una barba blanca pulcramente recortada. Era de Jordania, uno de los miles de jordanos que habían inmigrado aquí en décadas pasadas. El hombre era amigo de la causa. Nadie lo sabría jamás, pero Anthony sí lo sabía.

Este hombre había preparado el camino para que aparecieran los soldados de Alá. Lugares donde quedarse, gente local con quien contactar, acceso a áreas seguras, métodos para mover hombres y materiales sin ser vistos y sin obstáculos… el hombre había proporcionado todo esto y más.

Anthony se acercó al puesto callejero.

–Discúlpame, amigo —dijo el tendero, sin apenas levantar la vista—, está cerrado.

–No hay más Dios que Alá —dijo Anthony en voz muy baja.

El anciano se detuvo, luego miró a ambos lados de la calle. Miró a Anthony de cerca, entrecerró un ojo y casi sonrió. Pero no llegó a sonreír.

–Y Mahoma es su mensajero —dijo, completando la Shahadah.

Anthony extendió la mano y tomó una de las manzanas del hombre. La mordió. Era dulce, jugosa y deliciosa. Venta de manzanas en un clima tropical como Puerto Rico. Las maravillas de Alá nunca cesarían.

–Aláu Akbar —dijo. “Alá es el más grande”.

Ahora metió la mano en el bolsillo y sacó un billete de 100 dólares estadounidenses. Ya no lo necesitaba. Se lo entregó, pero el tendero trató de rechazarlo.

–Te regalo la manzana.

–Por favor —dijo Anthony—, cógelo. Es un pequeño regalo de agradecimiento, no un pago.

–Los regalos de Alá no son de este mundo —dijo el tendero.

–Es un regalo de mi parte para ti.

En silencio, el tendero cogió el billete y se lo metió en el bolsillo. Le entregó a Anthony algunas monedas a cambio, completando la ilusión de que un hombre acababa de comprarle una manzana a otro. Si alguien estuviera mirando, una persona en una ventana, una cámara de vídeo, no había ocurrido más que una simple transacción.

–Que Él acepte tu sacrificio y te abra sus puertas.

Anthony asintió y guardó las monedas en su propio bolsillo. —Gracias.

No se habría atrevido a pedir esto para sí mismo, considerándolo egoísta. Pero debía admitir que era lo que más le preocupaba. Lo había estado carcomiendo durante días y ahora se daba cuenta de que todas sus oraciones y súplicas habían estado pidiéndolo, sin siquiera decirlo. ¿Su sacrificio sería lo suficientemente bueno? ¿Sería suficientemente cierto? ¿No estaba contaminado por su ego y sus deseos?

Su cuerpo tembló levemente. Iba a morir y tenía miedo.

Más que astuto y cuidadoso, el tendero era sabio y parecía entender las cosas que no se decían. —Que las bendiciones de Alá sean con Su mejor creación, Mahoma y toda su progenie pura —dijo.

Anthony asintió de nuevo. Era exactamente lo que necesitaba escuchar. Si su oferta provenía de un corazón puro, sería aceptada. Le dio otro mordisco a la manzana, sonrió y se la acercó al tendero, como diciendo: —Muy buena.

Luego dio media vuelta y se alejó calle abajo. Tal como estaban las cosas, ya había puesto al tendero en más peligro del necesario.

Antes de llegar al final de la calle, ya estaba repitiendo sus súplicas.




CAPÍTULO CUATRO


21:20 h., hora del Atlántico (21:20 h., hora del Este)

La Fortaleza

San Juan Viejo

San Juan, Puerto Rico



—Dime, Don —dijo Luis Montcalvo, el gobernador en funciones de Puerto Rico—, ¿alguna vez has estado en la Escuela de las Américas?

Un pequeño grupo de personas estaba reunido en un salón en el tercer piso de La Fortaleza, la mansión colonial española que había servido como residencia del gobernador de Puerto Rico desde 1540. Más de doscientos años antes de que Estados Unidos naciera., los Gobernadores puertorriqueños ya vivían en esta casa.

Eso era lo que temía Clement Dixon. Había invitado a Don Morris, jefe del Equipo de Respuesta Especial del FBI, a que lo acompañara en esta visita de estado. Sin lugar a dudas, era una visita de estado, muy parecido a visitar otro país. La relación entre los Estados Unidos y su vasallo Puerto Rico estaba llena de desconfianza, recelos y desatinos de proporciones épicas.

El asesinato por parte del FBI del nacionalista puertorriqueño Alfonso Cruz Castro el año pasado, el bombardeo de la Marina de los EE.UU. durante décadas en la isla puertorriqueña de Vieques y el fracaso de la Marina en limpiar el vertedero tóxico que dejaron atrás, eran una pequeña lista de los errores que le vinieron a la mente.

Traer a Don podría haber sido otro más.

El escuadrón de élite de aquel hombre se había adentrado en el Círculo Polar Ártico para desactivar un arma nuclear rusa que detonaría y causaría una calamidad mundial. Al hacerlo, habían demostrado un nivel de heroísmo que llevó a Dixon a cuestionar su salud mental. Más allá del peligro físico, habían asumido la misión en contra de las órdenes de sus superiores en el FBI y en la Casa Blanca.

Don Morris había apostado su legendaria carrera por la información obtenida por su propia gente y por su capacidad para llevar a cabo una misión con recursos improvisados, contra todo pronóstico, en uno de los lugares más temibles de la Tierra.

Y había ganado la apuesta.

Clement Dixon lo admiraba, así que le había traído a Puerto Rico. Quería conocer mejor a este hombre. Quería sentirlo y ver si había más formas en las que poder trabajar juntos. Y le gustaba mezclar y combinar personas.

Don Morris, el viejo guerrero de las operaciones encubiertas, reunido con Luis Montcalvo, el joven cuidador liberal de Puerto Rico, asumió el papel porque la vieja guardia había sucumbido en las llamas de un escándalo de corrupción. Su ascenso desde el cargo de Secretario de Medio Ambiente había sucedido a la velocidad del rayo, en gran parte porque la administración saliente lo había mantenido a distancia y todos los que estaban por encima de él estaban corrompidos.

Montcalvo tenía treinta y un años, en opinión de Clement Dixon (y probablemente también de Don), apenas lo suficiente para atarse él solo los zapatos. Era muy guapo, soltero, no tenía hijos y abundaban los rumores de que incluso podría ser gay.

Después de una cena formal y unos tragos, Don Morris los había obsequiado durante más de una hora con lo que Dixon sospechaba que eran versiones edulcoradas de operaciones especiales de días pasados.

Ahora, Montcalvo hizo lo que probablemente creyó que iría directo a la yugular. Hasta este segundo, había sido el anfitrión más amable que se pudiera imaginar.

–En Puerto Rico hemos sufrido mucho a manos del ejército estadounidense. Hemos sufrido la humillación de la armada estadounidense bombardeando nuestras costas para practicar el tiro al blanco. Las dos mil cuatrocientas personas de nuestra isla Vieques han sufrido los efectos en su salud de ser bombardeadas, sometidas al ruido extremo de aviones supersónicos y expuestas a los químicos tóxicos arrojados allí. Esas son acciones de ocupantes, no de compatriotas. Y nuestros hermanos en América Latina y el Caribe se han guiado por la persuasión tan gentil de quienes aprendieron su oficio en la Escuela de las Américas.

Hubo un momento de silencio en el ornamentado salón colonial español, con su techo alto, ventiladores de techo que giraban suavemente y sillas de respaldo alto.

Montcalvo estaba de pie, con una copa en la mano. Quizás estaba borracho. Había cuatro personas sentadas: Clement Dixon y su asistente personal, Tracey Reynolds, así como Don Morris y su esposa, Margaret.

Don había sido entretenido y encantador toda la noche. Margaret interpretó el papel de una especie de mujer seria en un programa de variedades, pero funcionó. Claramente lo había estado haciendo durante mucho tiempo.

–¿Escuela de las Américas? —dijo Don, repitiendo el nombre como si nunca lo hubiera escuchado antes.

–Sí, señor —dijo Montcalvo. —¿Estudiaste allí alguna vez?

Era una pregunta embarazosa, sobre todo porque probablemente Montcalvo sabía la respuesta sin tener que preguntar. Probablemente también sabía que, durante su tiempo en la Cámara de Representantes, Clement Dixon a menudo se dirigía a la multitud en las reuniones de protesta anuales en el exterior de Fort Benning, donde estaba ubicada la escuela. Algunas de esas protestas llegaron a reunir a 15.000 personas.

–Luis —dijo Dixon—, estoy agradecido por tu hospitalidad, pero puede que ahora no sea el momento para preguntas de esa naturaleza.

–Es una pregunta simple —dijo Montcalvo, mirando a Don. —¿No lo es?

Don asintió. —Es una pregunta simple. Y me complace contestar.

Montcalvo se encogió de hombros. —Entonces, por favor, hazlo.

Dixon gimió por dentro. La Escuela de las Américas, ahora conocida como el Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en materia de Seguridad, en un absurdo cambio de nombre para lavarle la cara, fue la infame escuela de tortura del Pentágono, especialmente enfocada a América Latina y el Caribe. Algunos de los peores violadores de derechos humanos en el hemisferio occidental, personas responsables de una larga lista de atrocidades, se graduaron en esa escuela.

Las poblaciones civiles en lugares como Haití, Perú, Bolivia, Colombia, México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Brasil, Argentina y Chile habían sufrido con personas que aprendieron su oficio en la Escuela de las Américas.

–Nunca he estado en la Marina de los Estados Unidos —dijo Don—, así que no sabría decirte por qué bombardearon tu isla. Yo no participé en ello. Pero en cuanto a la Escuela de las Américas, estuve allí, sí. Cuando era joven, la escuela todavía estaba ubicada en Panamá. Los jefazos creyeron que completaría mi formación.

–¿Y lo hizo?

–Todo lo que puedo decirte —dijo Don—, es que en la escuela hay más cosas aparte de tortura. Aprendí algunas técnicas de negociación legítimas mientras estuve allí y me formé una idea de cómo se lleva a cabo el arte de gobernar.

Montcalvo enarcó una ceja. —¿Política?

–Sí.

–¿Y también aprendiste a hacer hablar a la gente? ¿Y a cómo hacerlos cooperar? —Don Morris miró primero a su esposa, Margaret, que parecía afligida por la pregunta. Luego miró a Dixon. Dixon se dio cuenta de que Don y Margaret estaban cogidos de la mano.

Si Montcalvo estaba tratando de abrir una brecha entre Clement Dixon y Don Morris, casi funcionó, pero no del todo. Dixon tenía mucho respeto por Don Morris, fuera lo que fuera lo que hubiera hecho y dondequiera que se hubiera educado.

Aun así, Dixon odiaba la Escuela de las Américas. Odiaba la idea de que, después de décadas de protestas y controversias, todavía estuviera abierta, bajo un nuevo nombre que era deliberadamente difícil de recordar. Esta conversación le había recordado sus promesas de cerrar ese lugar algún día.

Ahora era Presidente. Por supuesto, no pretendamos que los Presidentes sean completamente libres de hacer lo que quieran. David Barrett lo había aprendido por las malas. Cerrar la Escuela de las Américas podría otorgarle a Clement Dixon una jubilación bastante abrupta.

Don asintió. —Sí, lo hice.


* * *

—Buenas noches, señor Presidente —dijo Tracey Reynolds. Su voz resonó por el largo pasillo de mármol.

Clement Dixon estaba justo en la puerta de su habitación. Dos grandes hombres del Servicio Secreto permanecían en silencio a cada extremo del pasillo, fingiendo que eran estatuas de piedra que no veían ni escuchaban nada. En realidad, lo escuchaban todo y lo veían todo.

Y, al igual que ellos, también lo hacían decenas de otras personas.

Dixon miró a su nueva asistente. Tracey, tan joven como era, se había mantenido firme esta noche. Aceptó una copa de vino, la fue bebiendo a sorbitos durante toda la noche y no habló a menos que se le preguntara. Sus respuestas fueron claras, informadas y al grano. Cuando llegó el momento incómodo, no dijo una palabra sobre la Escuela de las Américas, no se sintió atraída en absoluto. Dixon ni siquiera estaba seguro de si ella sabía qué era la escuela.

Su juventud y su potencial le recordaban a Dixon su propia edad avanzada. Setenta y cuatro años. Todas las décadas, todas las batallas, toda el agua que había corrido bajo el puente, gran parte contaminada.

Soy demasiado mayor para esto.

Era cierto, tal como estaban las cosas. Clement Dixon era un anciano y los requisitos de la presidencia a menudo parecían desbordarle, como si demandaran más de lo que él podía ofrecer. Este era un trabajo para un hombre más joven.

–Tracey, por el amor de Dios, llámame Clem. O Clement. O Sr. Magoo. Pero deja de llamarme señor Presidente. Estás conmigo dieciocho horas al día y tengo un nombre. Úsalo, por favor.

Ella era una hermosa rubia. Llevaba el pelo en un alegre bob, muy conservador. A Clement Dixon le gustaría verla con el pelo largo, cayendo en cascada sobre sus hombros, pero esos días habían pasado y, de todos modos, lo que él quería no importaba.

La había conocido semanas atrás, en una reunión en la Casa Blanca. Ella era la ayudante de alguien y había dicho algo tonto, posiblemente incluso ridículo, pero él no recordaba qué. Algo sobre tomarse las declaraciones públicas del gobierno ruso al pie de la letra. Él la había reprendido al respecto frente a un grupo de personas.

Eso no importaba. Ella había captado su atención. Así que él puso en marcha las antenas.

Era joven, tenía veintitantos años y provenía de una familia prominente de Rhode Island. Tenían hoteles en Newport, o algo así. Quizás eran dueños del Festival de Jazz de Newport, ¿alguien era dueño del Festival de Jazz de Newport? De todos modos, eran grandes donantes de la fiesta, por lo que era seguro asumir que habían movido algunos hilos en favor de ella.

A él tampoco le importaba cómo llegó a trabajar en la Casa Blanca. Casi nadie en la Casa Blanca había llegado allí por mérito y mucho menos Clement Dixon. Ese ideal de “el mejor y más capaz” había desaparecido hace mucho tiempo.

Hoy en día, si venías de una familia importante (preferiblemente una a la que le gustara hacer donaciones), podías empañar un espejo y no babeabas con el papeleo, eras material de la Casa Blanca.

Aun así, Tracey era muy brillante, tenía mucha energía y era buena para hacer un seguimiento de las cosas. Ella estaba al tanto de los detalles. Y puso un poco de alegría en el paso de Clement Dixon. Una chica bonita te haría eso.

¿Estaba la gente molesta porque esta hermosa joven había saltado sobre todos los demás para convertirse en la asistente personal del Presidente? Puedes apostar a que sí. A Clement Dixon eso tampoco le importaba. Era demasiado mayor para preocuparse por las miradas furiosas de las hachas de guerra que pasaban a su lado.

Le gustaba Tracey y gustar era el cincuenta y uno por ciento del trabajo.

La miró, desconcertado, mientras la piel de su cuello se sonrojaba.

–Está bien —dijo. —¿Señor… Magoo?

Dixon se rio. —Buenas noches, Tracey.

Se volvió hacia su habitación.

De repente, Tracey se acercó a él y lo besó en la mejilla.

–Buenas noches, señor Magoo.

Ahora fue el turno de Clement Dixon de ruborizarse.

Tuvieron un breve momento. Se produjo una chispa. ¿O ya estaba allí? La miró a los ojos azules y casi hizo una estupidez. Casi la invita a su habitación. Entonces no lo hizo.

–Buenas noches —dijo de nuevo.

Entró en su dormitorio y cerró la puerta.

Inspiró profundamente. Iba por un camino peligroso. La locura y el desastre estaban ahí. Estaba empezando a enamorarse de una mujer mucho más joven, una mujer lo suficientemente joven para ser su nieta.

No podía suceder. No iba a suceder.

Mejor sacárselo de la cabeza.

En cambio, miró alrededor de la habitación, sumergiéndose en ella. Esta habitación era del mismo estilo que el resto de la casa: relucientes suelos de mármol, techo de dos pisos con ventiladores que giraban suavemente, ventanas altas con pesadas cortinas bien cerradas contra la noche. La cama era de tamaño king, con botellas de agua fría en una mesa a un lado, junto con una cubitera. Había bombones sobre la colcha. Había un silencio sepulcral.

John y Jackie Kennedy habían dormido en este dormitorio. El Papa Pablo VI había dormido aquí. Winston Churchill había dormido allí, después de terminar sus funciones como primer ministro de Inglaterra. Es más, el gran autor colombiano Gabriel García Márquez y el cantante de rock Bono habían dormido aquí en un momento u otro.

Ahora Clement Dixon estaba aquí. El Presidente Clement Dixon.

Más allá de su mejor momento, seguro. Pero, de alguna manera, Presidente. Era como un jugador de béisbol envejecido al final de una larga carrera, que de repente termina en un equipo en camino a la Serie Mundial, cuando ya no puede hacer mucho bien a ese equipo.

Si…

Si pudiera garantizar una atención médica decente y asequible para todos los estadounidenses…

Si el veinte por ciento de los niños estadounidenses no pasaran hambre por la noche…

Si casi un millón de estadounidenses no estuvieran sin hogar…

Jugaba mucho al juego de “si”. Pero también lo reconoció como un hábito, uno de los malos. Si hubiera tropezado con esta situación hace veinte años, cuando tenía cincuenta y tantos años y todavía tuviera la energía de un hombre de treinta y tantos. Si su esposa estuviera viva para presenciar todo esto y estar a su lado. Si algunos de los grandes estadistas de los años cincuenta y sesenta estuvieran vivos, para orientarlo y ser sus aliados.

Si el giro a la derecha de la década de 1980 nunca hubiera ocurrido, cuando el juego cambió de salvaguardar el bienestar del país a apaciguar a las corporaciones y a Wall Street a toda costa.

Estas eran las mentiras que se decía a sí mismo y necesitaba dejarlas ir. Las circunstancias eran las que eran: era el Presidente de los Estados Unidos y esto era un inmenso privilegio. También era una oportunidad de ser parte de la historia y de hacer algo realmente bueno.

Tomemos, por ejemplo, esta visita a Puerto Rico. Dixon era el primer Presidente desde John Kennedy, en 1960, en visitar esta isla. Durante cuarenta y cinco años ningún Presidente había puesto un pie aquí. Puerto Rico era técnicamente un protectorado estadounidense, una forma elegante de decir que lo habíamos ganado en una guerra contra España hace más de cien años. Y lo habíamos tratado como botín de guerra desde entonces.

Era más grande y con más población que muchos estados estadounidenses, pero nunca se le había ofrecido la condición de estado. Tenía estrechos vínculos con la ciudad de Nueva York y Miami, con un desfile constante de personas yendo y viniendo. Los puertorriqueños eran ciudadanos estadounidenses y pagaban impuestos federales, pero no tenían representación en el Senado de los Estados Unidos ni en la Cámara de Representantes.

A fines del año pasado, el FBI había descubierto el paradero del radical independentista puertorriqueño Alfonso Cruz Castro, que vivía en una casa franca en una zona selvática, a menos de una hora de este mismo lugar. El hombre tenía sesenta y tres años y había estado implicado en el robo de un camión de Brink y en el asesinato de un guardia de camiones en Manhattan en 1981.

Agentes del FBI rodearon la cabaña de madera y, cuando Castro se negó a rendirse, dispararon más de dos mil balas a través de ella. Afortunadamente, Castro era el único dentro. De lo contrario, la pesadilla de las relaciones diplomáticas no habría tenido fin. Dixon se estremeció al pensar si hubiera habido una mujer o niños dentro con Castro.

De hecho, la familia de Castro realizó una procesión pública con su ataúd y decenas de miles de personas se alinearon en las calles de San Juan para verlo pasar. Su funeral fue más concurrido que la mayoría de los funerales nacionales de primeros ministros y mucho más importante que el funeral de cualquier gobernador de Puerto Rico.

Había un sentimiento antiestadounidense en Puerto Rico, eso estaba claro.

Dixon se sentó en la cama, extendió la mano y cogió una de las botellas de agua. La botella de vidrio estaba resbaladiza por la condensación.

–Mañana —dijo en voz alta.

Hubo un débil eco de su voz en la habitación.

Mañana daría un discurso en el jardín de La Fortaleza, ante unos cientos de simpatizantes del gobernador, miembros del partido, funcionarios, magnates de los negocios de la isla y sus familias. Sería retransmitido en directo a toda la isla y ciertamente aparecería en las noticias de televisión de los Estados Unidos y otras muchas partes del mundo. Planeaba decir sus primeras frases en español.

Posteriormente, la comitiva presidencial se desplazaría por las calles de la ciudad vieja y cruzaría el puente hasta el aeropuerto. Iba a ser un gran día. Era el día en que Clement Dixon pondría un sello en su nueva presidencia.

Y luego se subiría a un avión y volaría cinco horas hasta Washington, DC. Ese pensamiento hizo que su corazón se hundiera, solo un poco.

Suspiró de nuevo.

Realmente, era demasiado mayor para todo esto.




CAPÍTULO CINCO


23:59 h., hora del Atlántico (23:59 h., hora del Este)

Bosque Nacional El Yunque

Cubuy, Canóvanas

Puerto Rico



La noche era húmeda y pesada.

Siempre había humedad en la selva tropical. En todas partes a su alrededor, las hojas estaban empapadas de humedad. En la oscuridad, a través de las empinadas laderas, las diminutas ranas coquí macho estaban llamando a sus parejas.

–¡Co-KII! ¡Co-KII! —croaban un millón de ellas a la vez, sus voces fuertes y desproporcionadas al tamaño de sus cuerpos.

El hombre se hacía llamar Premo, abreviatura de El Supremo. A veces la gente se refería a él como Uno o El Último. Nadie lo llamaba por su nombre real. Nunca sabías quién estaba escuchando.

Era un hombre grande, de hombros anchos. Era el líder del movimiento independentista puertorriqueño. Era difícil liderar un movimiento en estos días, con la vigilancia constante de las comunicaciones, la interceptación de llamadas telefónicas, la incautación de correos electrónicos, el rastreo de búsquedas en Internet y el mapeo de conexiones en línea.

Premo no utilizaba nunca los ordenadores. Nunca escribió nada y rara vez hablaba por teléfono con nadie, ni siquiera con su madre. Sus órdenes eran dirigidas directamente a los subordinados que estaban en su presencia, hombres a los que se había investigado a fondo antes de poner un pie en la misma habitación que él. Era la única manera.

Si tus enemigos van a la alta tecnología, tú te vuelves primitivo.

Estaba de pie en el porche trasero cubierto de la casa, fumando un cigarrillo y mirando por encima de una barandilla de madera hacia la selva montañosa. Sus ojos se adaptaban a la oscuridad. Podía ver los contornos de las colinas que se elevaban por encima de él y la empinada caída debajo.

Mientras miraba, notó que acababa de empezar a llover de nuevo al otro lado del barranco, el agua caía en silenciosas sábanas, cortando la densa niebla que se adhería a las copas de los árboles. En un momento, la lluvia cruzaría la distancia y comenzaría a golpear el techo de chapa ondulada de esta choza.

–Premo —dijo un hombre detrás de él—, están aquí.

Premo dio una última calada a su cigarrillo y lo arrojó a la oscuridad. Entró.

La sala de estar de la choza estaba casi vacía. El suelo era de madera desnuda. No había decoraciones en las paredes. A un lado, había una pequeña mesa redonda con sillas de plástico blanco alrededor.

En el medio de la habitación había un sillón con una mesa de juego al lado. Esta mesa era donde Premo había dejado su bebida: un vaso medio lleno de ron Bacardi, puro. El sillón estaba tapizado con lino. Siempre parecía un poco mojado por la humedad. Premo se sentó en él. Su escondite, El Yunque, era uno de los lugares más húmedos de la Tierra.

Frente a él, cerca de la entrada, había dos jóvenes, ambos de veintipocos años. Estaban flanqueados por los guardaespaldas de Premo. Los guardaespaldas eran grandes, anchos e inmensamente fuertes. Tenían los ojos y los rostros inexpresivos de los gánsteres. Éste era el tipo de hombres con los que Premo prefería trabajar. Podías golpearlos hasta la muerte para que revelaran un secreto, pero nunca te lo dirían. No te darían esa satisfacción.

Los jóvenes estaban nerviosos. Quizás estaban nerviosos por lo que acababan de hacer, o quizás por los hombres que estaban detrás de ellos.

–¿Cómo fue? —dijo Premo, sin darse cuenta hasta que pronunció las palabras, de lo nervioso que estaba. Esta era la noche más importante de su vida y se la había confiado a estos dos jóvenes.

Eduardo, el mayor de los dos, asintió. Era el líder de la pareja y, con mucho, el más sereno y seguro de sí mismo. Era un tipo guapo, se parecía vagamente a Ricky Martin y usaba su apariencia para hacer que la gente confiara en él. Mujeres, superiores, guardias, el propio Premo.

–Bien —dijo Eduardo—, todo salió bien.

–¿Está todo a bordo?

Premo miró a Eduardo y luego al joven Felipe. Ambos asintieron. Los ojos marrones de Felipe eran grandes y redondos, los ojos del miedo. Los ojos de un ciervo justo antes de que le atropelle el todo-terreno. Esto le venía grande, decidió Premo.

Ahora Eduardo se encogió de hombros. —El contenedor está en la bodega de carga. Desde allí, ¿quién sabe? Y, como he dicho antes, no hay garantía de que no lo inspeccionen otra vez. Es la seguridad más alta del mundo. Su procedimiento operativo estándar consiste en verificar una y otra y otra vez, especialmente cuando se trata de…

Premo levantó una mano. —No lo volverán a inspeccionar.

–¿Cómo puedes saberlo? —dijo Eduardo.

–Querido —dijo Premo dijo, usando deliberadamente ese término, algo que podría decir a un niño pequeño—, no puedo explicártelo todo. Hay algunas cosas que es mejor que no sepas.

–Estoy mejor sin saber nada —dijo Eduardo.

Premo se encogió de hombros. No se comprometió de ninguna manera. —Podría ser.

–¿Cómo podemos hacer esto, Premo? —preguntó Eduardo. —Estas personas no creen en nada de lo que nosotros creemos. Son fanáticos.

–Nosotros también somos fanáticos, a nuestra manera.

Eduardo negó con la cabeza. —No como ellos. Ellos son terroristas.

Ahora sale.

Premo nunca había estado seguro de Eduardo. Hablaba de la locura de haberle confiado al hombre una responsabilidad tan enorme.

–¿Hiciste el trabajo? —preguntó Premo. —¿Exactamente como pedí que se hiciera?

Eduardo no parpadeó. —Por supuesto.

Premo miró a Felipe. Felipe asintió.

Así que Premo asintió. —Entonces, todo está bien.

–¡No, no está bien! —dijo Eduardo. —Hice lo que me pediste, pero ya me estoy arrepintiendo. ¡Esta gente está loca!

–La política hace extraños compañeros de cama —dijo Premo.

–¿Cómo ayudará esto a la causa de la independencia? —preguntó Eduardo. —Los estadounidenses nos harán más daño después de esto. Y nunca nos dejarán ir.

–Estás equivocado —dijo Premo—, yo sé lo que harán. Abandonarán este lugar y nos dejarán en paz.

Luego se encogió de hombros, contemplando la posibilidad de que eso no fuera del todo correcto. —Y si no, al menos habremos asestado un golpe después de cien años de esclavitud. Habrán aprendido que no nos sometemos a ellos.

–Creo que deberíamos cancelarlo —dijo Eduardo.

–Querido, es demasiado tarde para eso.

Eduardo negó con la cabeza. —No es demasiado tarde. Lo hemos hecho y podemos deshacerlo. Una llamada anónima y encontrarán el contenedor.

Premo sonrió. —Y sabrán de inmediato quién lo hizo. Ambos seréis arrestados. Eduardo, no se puede deshacer lo hecho. Hemos llegado a un acuerdo con personas muy peligrosas. La relación dará frutos durante muchos años. Pero, si hacemos lo que dices, lo verán como una traición. Nuestras propias vidas se perderán.

–¡Los estadounidenses encontrarán el contenedor de todos modos! Vendrán, con sus protocolos. Inspeccionarán todo una y otra vez.

–Se van a distraer —dijo Premo. —Se van a ir a toda prisa.

–¿Distraer? ¿Por qué?

–Como ya te dije, no tienes que saberlo todo. Es mejor así.

–Los estadounidenses encontrarán el contenedor —dijo Eduardo. —O tal vez no. Pero, ¿qué crees que van a hacer tus nuevos amigos? ¿Cumplir su acuerdo? ¡No! Después de que esto termine, nos perseguirán y nos matarán como perros, de todos modos. No les importa la causa de Puerto Rico, no les importa nada.

Eduardo estaba escalando hacia un estado de pánico total. Premo ya lo había visto antes. Eduardo había hecho un trabajo, se había mantenido firme el tiempo suficiente y ahora se estaba desmoronando. El problema era que, cuando un hombre se desmoronaba, a menudo nunca se volvía a recomponer por completo. Eduardo fácilmente podría convertirse en un caso perdido, un alcohólico, tratando de decirle a cualquiera que quisiera escuchar lo terrible que había hecho, de lo que no podía retractarse.

Después de los acontecimientos de mañana, es casi seguro que así sería. Eduardo era un cabo suelto que había que atar.

–¡Esto estuvo mal! ¡Fue una idea terrible! Traerá el desastre sobre esta isla. Debemos hacer algo.

Premo miró a los guardias. Eran hombres grandes, apacibles y dignos de confianza. Habían estado en el movimiento durante mucho tiempo. Ambos se habían ido y se habían entrenado en un momento u otro con las FARC colombianas. Lucha en la selva, fabricación de bombas, lucha cuerpo a cuerpo, vigilancia… asesinato.

Estos hombres nunca se desmoronarían como Eduardo. Habrían sido mejores candidatos para la misión en el aeropuerto, pero, por supuesto, ambos tenían antecedentes penales. Nunca podrían alistarse en la Guardia Nacional Aérea y, aunque lo consiguieran, nunca podrían estar a menos de un kilómetro del avión en el que Eduardo y Felipe habían dejado su carga esta noche.

Sabían lo que tenían que hacer sin que Premo tuviera que decir una palabra. Simplemente asintió con la cabeza y movió los ojos un poco.

Los hombres avanzaron de repente. Uno tenía un garrote, dos pequeños bloques de madera unidos con un filamento de alambre. Lo deslizó alrededor del cuello de Eduardo, se cruzó de brazos y lo apretó. El otro agarró a Eduardo por los brazos, se los tiró a la espalda y los sostuvo. Los ojos de Eduardo se ensancharon. Su rostro se puso rojo brillante y luego algo más oscuro, como el púrpura.

Jadeó. Gorgoteó.

–Querido mío —dijo Premo—, ya estamos haciendo algo. Algo bastante extraordinario.

Felipe, el hombre más joven de la habitación con diferencia, sacudió su cuerpo como si él también quisiera hacer algo.

–¡Felipe! —dijo Premo.

Felipe lo miró con grandes ojos de venado.

Premo negó con la cabeza y movió el dedo índice.

–Ten mucho cuidado. Es mejor no mover un músculo en este momento.

La lucha terminó rápidamente. Eduardo estuvo muerto en treinta segundos, quizás un minuto. Tan pronto como acabaron, los dos hombres lo sacaron de la casa. Estaba lloviendo. Quizás arrojarían el cuerpo al barranco. Quizás harían otra cosa con él. Eran hombres experimentados y profesionales.

En la densa y húmeda maleza de la jungla, nadie encontraría a Eduardo. Y la naturaleza haría un trabajo rápido con su cadáver.

Premo y Felipe estaban solos en la habitación.

–¿Tienes preocupaciones similares a las de tu amigo? —preguntó Premo.

La lluvia retumbaba en el techo.

Felipe negó con la cabeza.

–Dilo.

–No —dijo Felipe—, estoy bien. Tranquilo. En paz en mi corazón. Creo que hicimos lo correcto.

Premo asintió. —Bien. Prepárate, tu vuelo a Nueva York sale a las siete de la mañana. Vivirás en Brooklyn con una nueva identidad. Será una nueva vida, como si la antigua nunca hubiera pasado. No estabas aquí. Nunca dirás una palabra de esto a nadie. Siempre estaremos vigilando. Un día, dentro de unos años, alguien se pondrá en contacto contigo. Entonces sabrás que es seguro regresar a Puerto Rico.

Miró al niño a los ojos. —¿Lo entiendes?

Felipe asintió. —Nunca diré una palabra.

Los guardias ya habían regresado.

Estos hombres te llevarán a San Juan. Reúne tus cosas.

–Gracias, Premo —dijo Felipe. Inclinó la cabeza y salió de la habitación.

Premo miró a sus hombres. Señaló con la cabeza el lugar donde acababa de estar el joven Felipe. Luego enarcó las cejas.

Los hombres asintieron.

Felipe no iba a la ciudad de Nueva York. Ni siquiera iba a San Juan.




CAPÍTULO SEIS


15 de octubre

10:45 h., hora del Atlántico (10:45 h., hora del Este)

Calle San Francisco

San Juan Viejo

San Juan, Puerto Rico



—¿Cómo lo he hecho? —dijo Clement Dixon.

Estaba sentado en la cabina de pasajeros de cuatro asientos de la limusina presidencial, enfrente de Tracey Reynolds y Margaret Morris. Las damas miraban hacia atrás, Dixon y su agente del Servicio Secreto miraban hacia adelante.

Don Morris y Luis Montcalvo, de mutuo acuerdo, habían decidido viajar juntos al aeropuerto y resolver sus diferencias de hombre a hombre y en privado. Como resultado, Margaret viajaba con el Presidente de los Estados Unidos.

Para muchas personas, Dixon lo sabía, este sería el viaje de sus sueños. No creía que eso fuera así para Margaret. Lo más probable es que esto fuera algo que tuviera que aguantar porque su esposo, Don Morris, estaba ahí afuera siendo… Don Morris.

El coche, al que los allegados se refieren con cariño como La Bestia, se abrió paso lentamente por el estrecho y abarrotado carril de la calle San Francisco, en la ciudad vieja. Los edificios coloniales españoles de dos y tres pisos, exquisitamente restaurados, estaban pintados en brillantes tonos azules pastel, naranjas, amarillos, verdes y rojos y adornados con banderas rojas, blancas y azules de Puerto Rico y Estados Unidos.

La famosa calle, poco más que un callejón para los estándares estadounidenses, estaba llena de gente, que se agolpaba a ambos lados. La gente se apiñaba en los ornamentados balcones justo encima de la calle. La gente era retenida por las líneas policiales, pero cada pocos minutos, un grupo salía a la calle, bloqueando el paso de la comitiva. La caravana tenía treinta coches de largo y tardaba una eternidad en recorrer unas cuantas manzanas de la ciudad.

La multitud estaba cerca, esto ya había pasado antes. Tres adolescentes golpearon a La Bestia mientras pasaba, aporreando el capó y las ventanas con las palmas de las manos. Uno de ellos gritó algo en la ventana justo al otro lado de la cabeza de Tracey. Ella se estremeció.

–No se preocupe —dijo el hombre grande del Servicio Secreto que estaba sentado al lado de Dixon. Sacudió la cabeza y sonrió. —No tienen idea de qué coche es este. Hay cinco coches idénticos a este en la comitiva y nadie puede ver a través de esas ventanas.

Clement Dixon no estaba preocupado en absoluto. El Servicio Secreto se había preocupado de la caravana, por supuesto. No les gustaban las cosas fuera de lo común y esto no se acercaba al protocolo estándar. Bueno, ellos tenían sus medios, él tenía los suyos. Y él era el Presidente, después de todo. Si también fuera un hombre del pueblo, saldría de aquí entre la gente.

El lento viaje era un pequeño inconveniente para él. Que la gente haga su celebración. Casi deseaba poder viajar en un automóvil descapotable, saludando a la multitud, como lo hacían los Presidentes hasta el asesinato de Kennedy.

Por supuesto que no era posible. Era tan imposible y la seguridad estaba tan lejos de esos tiempos, que estaba literalmente viajando en un tanque. A Dixon le gustaban los coches y le habían dado un resumen de esta cosa cuando asumió el cargo.

Desde fuera, parecía un Cadillac Deville, pero no lo era. En realidad, no era ningún modelo de coche. Fue construido por General Motors y tenía la parrilla, el emblema y los faros delanteros y traseros de Cadillac. Incluso se parecía vagamente al coche que se suponía que era. Pero fue construido sobre el chasis de un SUV de tamaño grande. Tenía un motor V8 enorme, lo cual era bueno porque el automóvil pesaba más de seis toneladas. Las paredes y las puertas tenían veinte centímetros de blindaje. Las ventanas eran de vidrio a prueba de balas de doce centímetros de espesor. El coche podría soportar un ataque con lanzacohetes.

No tenía cerraduras, ni físicas ni digitales. Las puertas se abrían de forma remota mediante controles que estaban en un automóvil diferente. El tanque de gasolina estaba blindado y revestido con un tanque exterior, lleno de espuma retardante de llama. Tenía neumáticos auto portantes. Los compartimentos de pasajeros, delantero y trasero, estaban sellados herméticamente y eran entornos independientes. El automóvil también podía disparar bombas de humo y gases lacrimógenos y había escopetas de acción de bombeo montadas tanto aquí, en el compartimiento de pasajeros, como al frente con los conductores.

No, Dixon no estaba preocupado por el coche o la multitud. Estaba más interesado en saber qué opinaban estas mujeres, especialmente Tracey, sobre cómo había ido el encuentre de esta mañana.

–Vamos, señoras —dijo. Díganmelo directamente. Podré soportarlo.

Tracey parecía un poco inquieta por la multitud que los rodeaba, pero siguió adelante. Llevaba un conjunto conservador, pantalón azul oscuro, camisa de vestir blanca y chaqueta deportiva oscura. Casi podría ser una de las agentes del Servicio Secreto. Por supuesto, cualquier cosa le sentaba bien. Podría vestir con bolsas de basura de plástico y las cejas se levantarían a su paso, pero a él no le importaría.

–Me encantó, señor Presidente —dijo—, fue completamente inspirador. El pueblo puertorriqueño tiene suerte de tenerle de su lado.

Dixon nunca habría dicho esas palabras exactas en voz alta, pero esa era, por supuesto, la impresión que había estado tratando de dar. Que estaba en su rincón y que tenían suerte de tenerlo allí.

Se permitió retroceder sobre algunos de los puntos más sutiles. Había conocido a un veterano de combate puertorriqueño de noventa y siete años, que luchó tanto en la Segunda Guerra Mundial como en Corea. Había hablado sobre el impulso de Puerto Rico hacia la eficiencia energética y el trabajo francamente increíble que la isla había hecho con la renovación del Viejo San Juan.

Había hablado brevemente sobre la asociación que había puesto fin al bombardeo naval de Vieques. E incluso había insinuado la posibilidad de la estadidad: todos los allí reunidos debían saber que esta última parte estaba, en el mejor de los casos, muy lejos y, en el peor, era una mentira.

–Estos son los tipos de pasos que hacen falta para que Puerto Rico gane el futuro y para que Estados Unidos gane el futuro —había dicho. Ganar el futuro. A los fanáticos de las relaciones públicas se les había ocurrido esto como el lema de su presidencia y, por más cursi que sonara, en secreto le encantaba.

–Eso es lo que hacemos en este país. Ganamos el futuro. Con cada década que pasa, con cada nuevo desafío, nos reinventamos. Encontramos nuevos caminos, seguimos adelante.

–No hay duda —dijo Margaret Morris— de que usted es uno de los mejores oradores públicos de Estados Unidos. Todos esos años en la Casa…

–Golpeando el atril —interrumpió Dixon.

Ella asintió y sonrió. —Y señalando con el dedo a los malhechores, sobre todo en la Casa Blanca y al otro lado del pasillo.

Dixon casi se rio. Le gustaba. Ella estaba haciendo sutiles comentarios al Presidente, mientras iba con él hacia el aeropuerto, cual autoestopista. Era una mujer encantadora, bien vestida con un traje pantalón azul brillante, lo suficientemente vibrante y elegante como para llamar la atención, pero no para robar el protagonismo. Dixon calculó que tendría unos sesenta años. Llevaba mucho tiempo jugando a este juego. Su equipo probablemente estaba al otro lado del pasillo.

El asintió. —Sí, ese era yo. Mucha práctica, durante interminables décadas.

Miró a Tracey. Ella lo miraba con ojos de adoración, muy diferentes de la forma en que lo miraba Margaret Morris. De hecho, era muy probable que Margaret Morris ni siquiera lo aprobara.

¿Nadie lo entendía? La relación era cien por cien platónica. Sabía que era demasiado mayor para ella y nunca pensaría en ella de otra manera. Pero tener una hermosa joven a su lado, mirándolo de esa manera…

¿Qué problema había con eso? Desearlo era tan natural para un hombre como largo era el día.

–Me ha encantado especialmente lo de todo Puerto Rico, todavía no hemos llegado al final —dijo Tracey. —Pero no renunciamos, toda esa parte.

Dixon asintió. A él también le gustaba esa parte. Podría recitarla ahora mismo. Tenía algo parecido a una memoria fotográfica para los discursos. Margaret no había mentido; era un buen orador, muy bueno y lo sabía.

–La gente estaba loca por usted —dijo Tracey.

Esa parte también era cierta. Era una multitud escogida, pero le dispensaron una bienvenida entusiasta y parecían estar pendientes de cada palabra.

–¿Qué piensa? —dijo Tracey.

Le había ido bien. El discurso había ido bien, sin duda.

El asintió. —Sí, estuvo bien. Estoy satisfecho con el discurso y con toda la visita. El primer Presidente en…

–Cuarenta y cinco años —dijo Tracey.

–Sí, en visitar la isla.

–¿Es eso cierto? —dijo Margaret.

–Sí. Este viaje se ha organizado para poner fin a ese período. Hemos tratado a Puerto Rico bastante mal, me temo. Y una de mis misiones como Presidente será mejorar esa relación.

Se le ocurrió que el tiempo entre las dos visitas presidenciales era aproximadamente el doble de lo que Tracey había estado viva.

–Y creo que hemos hecho algo histórico hoy. Creo que podríamos haber empezado a borrar algunos de los malos recuerdos y empezado a generar algunos buenos.

Miró por la ventana a la multitud que pasaba. Las ventanas no solo eran gruesas, sino también tintadas. Dixon había estado fuera menos de media hora antes. Era un día brillante y soleado. Pero las ventanas de este automóvil le daban al mundo la sensación de estar eternamente en el crepúsculo.

Mientras Dixon miraba, un hombre entre la multitud explotó.

No había otra forma de explicarlo. Dixon estaba mirando directamente al hombre, un joven de tez café y cabello oscuro. El tipo llevaba un chubasquero azul claro. Estaba apretujado entre la multitud, con los ojos bien cerrados y el rostro hacia abajo. Entonces él simplemente…

Saltó en pedazos.

Hubo un destello de luz y las personas a su alrededor también se hicieron pedazos. Cabezas, brazos, torsos volando. Sangre salpicando a chorros. Una fracción de segundo después, llegó el sonido de la explosión. Estaba ahogado por las ventanas, pero la onda expansiva hizo que todo temblara.

Un trozo de algo voló por el aire y golpeó el coche. Dixon apenas pudo distinguir qué era. Estaba rojo y andrajoso y podría haber sido un gran trozo de fruta podrida.

Entonces comenzaron los gritos.

Un instante después, el hombre del Servicio Secreto estaba encima de él, sujetándolo.

–¡Vamos! —gritó el hombre a los conductores. —¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos!

–¡Suéltame! —dijo Dixon— ¡Estoy bien!

Pero, por supuesto, el hombre no se movió. Las sirenas sonaban locamente, después se oyó el sonido de disparos automáticos en algún lugar cercano. Dixon no pudo ver nada de eso. El coche no parecía moverse, debía estar atrapado entre la multitud.

Tracey gimoteó y dejó escapar un pequeño chillido, como de ratón. Margaret jadeó. Dixon las habría consolado a ambas, pero este grandullón de 100 kg lo estaba reteniendo.

–No están heridas —dijo el hombre—. Ambas están bien.

Ahora el coche finalmente aceleró. El motor rugió mientras el coche ganaba velocidad.

Algo impactó contra el coche.

Zunk, zunk, zunk, zunk.

Tracey jadeó. —Nos están disparando.

–No pueden alcanzarnos —dijo el hombre del Servicio Secreto. —Este coche es a prueba de balas.

Si ese era el caso, entonces ¿por qué el hombre aún sujetaba a Dixon inmovilizado en el asiento?


* * *

—No hay más Dios que Dios.

Su pasaporte decía que era de Grecia. Decía que se llamaba Anthony. Había sido una falsificación impecable y la gente se lo había creído. El personal de facturación y seguridad de los aeropuertos se lo había creído. Los empleados del hotel se lo habían creído. Todos se lo creyeron.

Nada de eso importaba ya.

Estaba inmerso entre la multitud. Era un día caluroso, pero de repente el sol le pareció tan caliente que podría desmayarse. Los coloridos edificios y los balcones ornamentados estaban detrás de él. Frente a él había una fila de coches negros que se arrastraban, con las ventanas tintadas y banderas estadounidenses y puertorriqueñas colgadas de soportes cerca de sus parabrisas.

Estaba sin aliento. No podía pensar en nada, excepto en lo que había memorizado hacía mucho tiempo.

–Oh Alá —dijo en voz alta, el sonido de su voz ahogado por los gritos y vítores de la gente a su alrededor. —Danos el bien en el mundo y el bien en el Más Allá y líbranos del tormento del Fuego.

La gente gritaba y chillaba. La gente se reía. La gente estaba loca y agitaba pequeñas banderitas. Fue zarandeado y empujado. Se sentía mareado, como si fuera a vomitar. Todo giraba.

Tropezó hacia adelante, hacia el coche que tenía delante.

De repente, a su derecha, más atrás en la caravana, algo explotó. Vio la explosión por el rabillo del ojo. Ni siquiera necesitaba mirar, ya sabía lo que era. Era un hermano en Alá, alguien a quien nunca había conocido, el primero de los muyahidines en morir hoy.

También era la señal para el resto y Anthony era uno de ellos.

La gente seguía gritando, pero el tono había cambiado. Ahora la gente corría y chillaba. Llegó el aullido de una sirena.

Los coches quedaron atrapados entre la multitud. Estaban atrapados en la propia caravana.

Anthony llevaba puesta una colorida camisa hawaiana con estampado floral, que colgaba sobre el bulto de su cintura. Quien lo mirara podría pensar que era un poco gordito, pero no lo era, estaba muy delgado.

Dio dos pasos hacia el tráfico y estuvo a punto de tropezar cuando se bajó de la acera. La gente avasallaba y empujaba, desesperada por escapar. Un hombre llevaba un niño pequeño sobre sus hombros. Anthony pasó junto al hombre.

Estaba muy cerca del coche negro. Era grande, más grande de lo que esperaba.

En algún lugar cercano, comenzaron los disparos. Los hermanos, la policía, el ejército, no había forma de saberlo ahora.

–¡Aláu Akbar!

Lo gritó a todo trapo.

Miró por la ventana del coche, pero no pudo ver nada. Quizás el Presidente estadounidense estaba allí, quizás no. En cualquier caso, había siluetas. El coche no estaba vacío.

Junto a él, sobre los hombros del hombre, el niño lloraba.

Anthony no lo dudó. Ahora sostenía un mechero de plástico. Metió la mano debajo de la camisa y buscó la mecha que encendería el acelerador. Tenía mucha práctica en esto y lo encontró al instante. Prendió el encendedor.

–¡Sálvame! —gritó. No escuchó su propio grito. No sabía a quién se dirigía.

Al segundo siguiente, sintió el calor en el centro de su cuerpo. Entonces llegó el calor real y la luz cegadora.

Y luego la oscuridad.


* * *

—Es un buen orador —dijo Don Morris—, le concederé eso.

Viajaba con Luis Montcalvo, varios coches por delante del Presidente. A su alrededor, la gente estaba casi pegada a las ventanas, mirando hacia la oscuridad, con la esperanza de vislumbrar a Clement Dixon.

–Un orador excepcional —dijo Montcalvo. —Y está diciendo muchas cosas que el pueblo puertorriqueño necesita escuchar.

Don asintió. —Creo que puede que tengas razón. La audiencia disfrutó de su discurso y la gente en la ruta del desfile… —Hizo un gesto hacia la ventana y dejó que la multitud electrizada hablara por sí misma.

–Estamos listos para la estadidad —dijo Montcalvo. —Hemos estado demasiado tiempo en este limbo y eso les da munición a quienes dicen que deberíamos ser nuestro propio país.

Don miró al joven del Servicio Secreto que viajaba en el coche con ellos. El chico parecía aburrido. Estaba oyendo sin escuchar. La acción real sucedía en un coche diferente.

Don miró a Montcalvo. Parecía apenas mayor que el hombre del Servicio Secreto asignado para protegerlo. Estaba sereno y seguro de sí mismo. Se había reunido con el Presidente de los Estados Unidos y le había exigido respeto. Ser gobernador de Puerto Rico no era ni menos ni más que ser gobernador de un estado. En cierto sentido, era como ser Presidente de un país pequeño. Montcalvo asumió bien la responsabilidad.

–Creo que tú y yo no somos tan diferentes como parecemos —dijo Don.

Montcalvo asintió. —Estoy de acuerdo, nunca sugeriría lo contrario. Sé que eres un gran hombre. Pero la Escuela de las Américas… Estoy seguro de que os dais cuenta de que aquí tenemos una gran afinidad por toda América Latina. Son nuestros hermanos y hermanas.

Don podría creerlo. —Por supuesto.

–Caminamos en línea —dijo Montcalvo. —Podemos perdonar, pero no podemos…

De repente, una bomba estalló justo fuera de su ventana.

El sonido fue amortiguado, pero seguía ahí. ¡BUUUUM!

Ocurrió a su espalda, por lo que no lo vio, pero Don sí. Un hombre estaba parado en medio de una multitud apretada y luego explotó. Don no lo vio accionar el explosivo, pero vio que los ojos del hombre estaban cerrados, probablemente en oración.

Estalló en pedazos, irreconocible en un instante, así como las personas a su alrededor. Había un hombre con un niño posado sobre sus hombros…

Una fuerte salpicadura de sangre golpeó la ventana, justo detrás de la cabeza de Montcalvo.

Entonces Don se quitó el cinturón de seguridad y empujó a Montcalvo contra el asiento, por puro instinto. Golpeó la ventana del compartimiento del conductor. Gritó al unísono con el joven agente del Servicio Secreto detrás de él.

–¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos!

El coche se abrió paso entre la multitud. A su alrededor, la gente se arremolinaba, gritaba, había rostros ensangrentados apretados contra las ventanas. Estalló el fuego.

El primer pensamiento de Don fue para Margaret, que estaba en el coche del Presidente. No había nada que pudiera hacer por ella. Estos coches eran como fortalezas rodantes, lo sabía. Lo más peligroso era que todos estaban atrapados en una fila, incapaces de moverse. Si la vida de Margaret se viera amenazada, sería por este atasco.

Apretó el cuerpo de Montcalvo hacia abajo, suave ahora, pero muy firme.

–No te levantes, hijo. Quédate abajo.

Se volvió a mirar al hombre del Servicio Secreto.

–Pon este coche en movimiento. AHORA.

De repente, como por la magia de las palabras de Don, el coche aceleró. Miró a través del cristal ahumado y por el parabrisas, viendo lo que veía el conductor. El coche serpenteaba entre la multitud, la gente se lanzaba hacia las aceras.

El conductor hizo un giro brusco a alta velocidad y se precipitó por una calle lateral.

Justo delante, una mujer con un niño pequeño estaba parada en la calle adoquinada. El niño yacía inerte en sus brazos. El rostro de la mujer estaba ensangrentado. Ella estaba gritando.

Iban a atropellarla.

El conductor hizo girar el volante a la izquierda. El coche se catapultó por encima de la acera y no alcanzó a la mujer. Chocaron contra la pared de un edificio azul de la época colonial y rebotaron. Por un segundo, pareció que el coche se enderezaría, pero luego el lado del conductor se levantó del suelo.

Don sintió cómo se iba. Conocía la sensación demasiado bien.

Fue lento, lento, lento y luego muy rápido. El coche volcó y rodó.

Don fue lanzado hacia adelante y hacia los lados, su rostro golpeando el vidrio entre los compartimentos. Luego se estrelló contra el agente del Servicio Secreto.

Todo se oscureció.

Parecía flotar por el espacio.

Algún tiempo después, abrió los ojos. El coche estaba volcado sobre el techo. Don estaba tirado en el techo. Se llevó la mano a la cara y salió ensangrentada. Tanto Montcalvo como el hombre del Servicio Secreto estaban cabeza abajo, todavía atados a sus asientos, con los brazos colgando.

Los ojos de Montcalvo estaban cerrados.

A Don le zumbaban los oídos. Estaba mareado.

Metió la mano en el bolsillo y sacó su teléfono móvil. El número de Margaret estaba pre programado. Lo encontró y apretó el botón verde. Sonó el número y luego pareció que descolgaban.

–¿Cariño? —dijo— ¿Cariño?

No había ninguna voz en la línea.

Fuera de sus ventanas, la gente pasaba corriendo. Sobre todo, lo que podía ver eran sus pies. Un coche negro pasó corriendo por la calle, luego otro, miembros de la comitiva presidencial, ahora libres para quemar caucho hacia el aeropuerto.

Don se arrastró hacia la puerta, pensando que la abriría y pediría ayuda. Pero… sucedió algo. Pasó lo que pareció mucho tiempo. Abrió los ojos y se encontró de nuevo tendido en el techo.

Alguien debe estar de camino. El conductor debe haber llamado. Don miró a través de la partición y el conductor estaba colgando cabeza abajo, al igual que estos dos tipos en el compartimiento de pasajeros con él.

–¿Hay alguien más despierto por aquí?




CAPÍTULO SIETE


11:15 h., hora del Atlántico (11:45 h., hora del Este)

Air Force One

Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín

San Juan, Puerto Rico



—Despacio, despacio —dijo Clement Dixon.

Nadie le hizo caso. Lo sacaron del coche a empellones. Dixon era alto, pero una mano fuerte mantenía su cabeza agachada, de modo que caminaba encorvado. Una pared de hombres muy altos con chalecos antibalas lo rodeaba por completo. Avanzaban en grupo hacia el avión.

A través de la presión de cuerpos a su alrededor, podía ver el avión azul y blanco en la pista, la bandera estadounidense en la cola, ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA a lo largo del fuselaje.

Dixon vislumbró el coche cuando lo dejó atrás, encerrado por vehículos blindados. También vio a Tracey Reynolds y Margaret Morris llevadas por dos mujeres con chalecos antibalas. No rodeadas, ni obligadas a agacharse; al mundo libre no le importaba si una joven ayudante o la esposa de un agente de inteligencia vivía o moría.

La escalera aérea estaba bajada. Los motores del avión ya estaban acelerando. Hacía calor en el asfalto. Dixon podía sentir el sol cayendo sobre él.

–¿Que está pasando? —preguntó.

Al llegar a las escaleras, se dio cuenta de que estaba sin aliento. Sintió una punzada de dolor en el pecho.

Ahora no. Un infarto ahora, no.

Sería demasiado demodé, demasiado ridículo. Era lo que los niños llamarían un meme. Un anciano vive durante décadas en trabajos estresantes, luego sobrevive a algún tipo de asalto violento, solo para morir de insuficiencia cardíaca momentos después.

–Hubo un ataque, señor —dijo un hombre. —No estamos seguros de la naturaleza del mismo. La situación es inestable y ahora los estamos evacuando.

–¿Qué pasa con el resto del grupo?

–Ellos encontrarán su propio camino a casa.

–¿Cuántos muertos hay? —preguntó Dixon. Debía haber habido muertos, al menos algunos. Vio a la gente explotar con sus propios ojos.

–No es nuestro cometido, señor. Le conseguiremos a alguien que tenga esa información tan pronto como el avión esté en el aire. ¿Listo para subir las escaleras?

Las escaleras se alzaban sobre él. Solo había una docena de pasos. Los había contado cuando aceptó el trabajo. Normalmente, subía corriendo las escaleras y entraba en el avión, para demostrarle a los medios de comunicación o espectadores cercanos lo en forma que estaba, para ser un hombre mayor.

Pero no hoy. Todo, el mundo entero, parecía deslizarse hacia los lados. Pensó que vomitaría. Tropezó y, durante una fracción de segundo, hubo dos aviones. Se volvieron a juntar con fuerza.

Un avión, dos aviones, avión blanco, avión azul.

–Me siento un poco mareado —dijo.

Lo cogieron de los brazos y lo llevaron escaleras arriba. Afortunadamente, sus piernas no temblaban, eso hubiera sido vergonzoso. Pero sus pies apenas parecían tocar el suelo cuando los hombres lo llevaron en volandas por las escaleras.

En unos segundos, estaban dentro del avión. Nadie le preguntó a dónde quería ir. En cambio, avanzaron como un solo hombre por el pasillo hasta el estrecho anexo médico, caminando rápido, Dixon apenas tocaba el suelo.

Pasaron por la puerta estrecha y dos agentes lo dejaron en el asiento de cuero junto a la mesa de reconocimiento. Era un espacio diminuto, con equipos médicos cubriendo las paredes. Dixon sabía que, en el interior del anexo, una mesa de operaciones podría desplegarse de una pared como una cama plegable, llegado el caso. Tenía la gran esperanza de que nunca llegaría a necesitarla.

Travis Pender estaba allí, el médico a cargo del Air Force One. Una enfermera estaba a su lado, una mujer de mediana edad. Su rostro siempre estaba serio. Dixon la conocía, pero en ese momento, su mente parecía…

–Buenos días, señor Presidente —dijo.

–Hola —dijo Dixon. Ni siquiera intentó llamarla por su nombre.

Pender era texano, Dixon lo recordaba. Había estado en la Fuerza Aérea. Sonreía alegremente. Era rubio, muy bronceado, casi anaranjado. Tenía una gran mandíbula prominente, como un hombre de Cromañón. Dixon, por una larga experiencia, había llegado a pensar en una mandíbula como esa como la Mandíbula Confiada. Los hombres con un toque de Neandertal parecían tener más confianza en sí mismos que otros hombres, tanto si esa confianza era merecida como si no.

Por su parte, Pender siempre estaba sonriendo, siempre parecía contento. La mandíbula podría explicar parte de eso, pero ciertamente no todo. Los hombres seguros de sí mismos podían ser tan cascarrabias como cualquiera, pero Pender no. Dixon no entendía a este hombre.

–¿Cómo se siente, Clem? —dijo el buen doctor. —Ha sido un día emocionante, ¿eh? Me han dicho que se ha mareado un poco. ¿Perdió el conocimiento en algún momento? ¿Puede recordarlo?

A Dixon se le ocurrió un pensamiento, no era la primera vez. Pero ahora lo expresó.

–¿Siempre llama a los Presidentes por su nombre de pila? ¿O solo a mí?

En todo caso, la sonrisa de Pender se ensanchó. —Llamo a todo el mundo por su nombre de pila. Todos somos iguales a los ojos de Dios.

Se dirigió a uno de los hombres del Servicio Secreto. —Ayúdame a quitarle la chaqueta y la camisa, ¿de acuerdo?

El hombre del Servicio Secreto se aproximó a Dixon.

–¡Puedo hacerlo yo! —dijo Dixon— ¡No soy un inválido!

Se quitó la chaqueta deportiva e inmediatamente se puso a trabajar en los botones de su camisa. No tenía sentido luchar contra eso. Había sucedido algo allí atrás y lo iban a examinar, le gustara o no.

Travis Pender ensanchó su sonrisa más que nunca. Era una sonrisa del tamaño de Texas.

–Ese es el espíritu de “yo puedo”. Eso me gusta.

Dixon negó con la cabeza.

–Cállate, Travis. Solo dime si estoy vivo o muerto

Levantó la mirada y Tracey Reynolds estaba en la puerta. Dixon sintió un poco de alivio al verla. Tracey se estaba convirtiendo rápidamente en su guardaespaldas, la persona más fiable de su entorno. Al mismo tiempo, preferiría que ella no lo viera sin camisa. El tono muscular no era uno de sus puntos fuertes.

–¿Te han dejado entrar? —preguntó.

Ella sonrió. Sus dientes eran blancos y perfectos, como todo lo demás en ella.

–Me dijeron que es posible que necesite que alguien le coja la mano, en caso de que tengan que sacarle un poco de sangre.

–Estás contratada —dijo el Dr. Pender. —Alguien que pueda seguir el ritmo del sarcasmo de este Presidente tiene un trabajo de por vida.

Clement Dixon reflexionó sobre la veracidad de esa afirmación.


* * *

En completa oscuridad, un nivel debajo de Clement Dixon, el hombre sintió que el avión comenzaba a moverse. Había pasado meses entrenando para reconocer los movimientos sintiéndose solo.

Unos momentos después, el avión aceleró para despegar. Luego se levantó. Sintió el ángulo agudo mientras se abría paso hacia el cielo, subiendo hacia su altitud de crucero. Se estremeció un poco al atravesar algunas turbulencias.

El hombre abrió los ojos, pero no hubo cambios en la luz. Todo a su alrededor era negro como la noche más profunda. Estaba vivo y volvió a sí mismo. Su nombre era… su nombre real no importaba. Le conocían por el nom de guerre de Abu Omar.

Su cuerpo estaba terriblemente frío, pero también se había entrenado para resistir esto, durmiendo en temperaturas gélidas una y otra vez. Apenas podía sentir sus extremidades. Después de todo, estaba encerrado dentro de un congelador. Era un truco diseñado para engañar a los perros rastreadores. Había hombres dentro de todos estos congeladores, encerrados con los filetes, los cortes de pescado y los postres helados.

Se estremeció. Respiró hondo, poco más que un jadeo. No quedaba mucho oxígeno aquí.

¡Había funcionado! El avión estaba en el aire y él, al menos, estaba dentro del avión.

No estaba muerto, todavía no. Por supuesto, era un muyahidín, un guerrero santo. Estaba dispuesto a morir en cualquier momento. Pero en este momento, Alá había considerado oportuno que siguiera vivo para poder trabajar para lograr la meta que se le había propuesto.

Probablemente muchos habían muerto para colocarlo en esta posición y él era consciente de esos sacrificios. Pero también era consciente de que un gran sacrificio conllevaba una gran responsabilidad y quizás grandes recompensas.

Alcanzó la cremallera cerca de su cintura. Encontró el mango de metal y lentamente lo subió por su pecho y pasó por su cara. La luz débil lo inundó. Parpadeó contra ella. Estaba encerrado en una bolsa de vinilo negro grueso, dentro de una caja de cartón pesado, que a su vez estaba encerrada dentro de un arcón congelador.

Iba a necesitar algo de trabajo y de tiempo para salir de aquí. Después de eso, si Alá quisiera, liberaría a sus compatriotas de sus tumbas congeladas.

El tiempo era esencial, por supuesto, pero sabía que el trabajo progresaría con cierta dificultad. Sus manos eran bloques de hielo, pero no importaba. El trabajo difícil nunca le había molestado.

Paso a paso, diligentemente, comenzó.

Cuarenta minutos después, siete hombres (Omar y otros seis) estaban reunidos en el oscuro vientre del gran avión. Todos ellos habían sido escondidos dentro de congeladores de carne y compartimentos de varios tipos. Cada compartimento había sido diseñado para evadir los esfuerzos de los perros de búsqueda y los detectores de metales y explosivos.

Siete hombres habían sobrevivido, de los ocho originales. Uno había muerto: la muerte por exposición al frío y la falta de oxígeno se entendió como una posibilidad real durante las etapas de planificación. No se sabía qué lo había matado, pero Omar sospechaba que fue el frío. Su congelador parecía más frío que los otros y el cadáver estaba congelado.

Omar conocía bien a los hombres que aún estaban vivos. En su mayoría eran buenos hombres. Todos eran valientes y tenían sus habilidades. Con toda probabilidad, todos morirían durante esta misión.

Tres hombres llevaban cinturones suicidas en este momento, los cinturones de cuero forrados con explosivos plásticos C-4 y detonadores. Los detonadores, explosivos primarios en sí mismos, detonarían fácilmente, por un impacto, por una caída, por la exposición al calor. Cada uno de los tres hombres tenía un mechero de plástico para encender los detonadores, que a su vez dispararían el C-4. Ninguno de ellos dudaría en hacerlo.

Estos hombres también habían colocado grandes cargas de C-4 contra la puerta de carga del propio avión y contra las paredes justo debajo de las alas. Si los estadounidenses no creían en la historia que se contaba, si se anunciaba el farol, el C-4 sería detonado, volaría la puerta y, si Alá lo deseaba, rompería las alas.

Omar sabía que había agentes del Servicio Secreto arriba. En una pelea, estos hermanos no tenían posibilidades de superar a esos agentes altamente entrenados y fuertemente armados. ¿Pero hacerlos decidir rendirse sin disparar un tiro?

Sí, tal cosa era posible.

Miró a los hombres. Todos le devolvieron la mirada.

–¿Estáis preparados para morir? —preguntó.

–Si eso complace a Alá —dijo un hombre.

–Es mi destino.

–Sí —dijo otro hombre simplemente.

Omar asintió. Sabía que el avión ya debía estar acercándose a Haití. Era la hora.

–Yo también estoy listo. Os deseo la paz de Alá a todos vosotros. Le ruego que acepte vuestros sacrificios como yihad y os abra las puertas del paraíso cuando hayáis completado vuestra tarea en este reino físico.

Miró al hombre llamado Siddiq. Siddiq era alto, ancho y fuerte, pero con una barba rala. Sus ojos eran apagados y no era el hombre más brillante del grupo. Podía ser impulsivo, vicioso e indisciplinado, como un animal salvaje. Tenía una tendencia a abusar de los prisioneros que quedaban a su cuidado, especialmente de las mujeres. Podía infligir dolor y sufrimiento a los demás y no creer que fuera necesario, sino que era divertido. No le importaba si era necesario o no.

Siddiq necesitaba una mano firme para guiarlo. Necesitaba un líder fuerte que lo mantuviera concentrado. Omar podría ser esa mano firme y ese líder fuerte. Había trabajado antes con Siddiq. Siddiq con una correa apretada era un crédito para Alá.

¿Suelto? Era un problema.

Mejor mantenerlo cerca.

–Envía la señal de radio —le dijo Omar. —Estamos listos para el contacto con el enemigo.




CAPÍTULO OCHO


12:20 h., hora del Este

Sede del Equipo de Respuesta Especial

McLean, Virginia



—Mira lo que trajo el gato —dijo Ed Newsam.

Luke Stone entró en la habitación. La reunión ya estaba en marcha.

La sala de conferencias, a la que Don Morris se refería como el Centro de Mando, consistía básicamente en una mesa ovalada, de tres metros de largo, con un dispositivo de altavoz montado en el centro. Había puertos de datos donde las personas podían conectar sus ordenadores portátiles, espaciados cada pocos metros. Había dos grandes monitores de vídeo en la pared.

Trudy Wellington levantó la vista cuando Luke entró.

Llevaba una blusa y pantalones de vestir, como si ayer no se hubiera ido a casa después del trabajo. Era casi como si viviera aquí. Llevaba sus gafas rojas encima de la cabeza. Estaba introduciendo información en el portátil que tenía delante.

–¿Cómo lo has sabido? —preguntó ella.

Luke negó con la cabeza. —No lo sabía. Escuché algo, eso es todo, pero con muy pocos detalles. Se suponía que era algo completamente diferente: un secuestro, no un ataque. Nunca hubiera adivinado nada de esto.

Luke pensó en la llamada telefónica que había recibido. Murphy sabía algo, pero estaba equivocado. A menos que este ataque fuera en realidad un intento fallido de secuestro, la información estaba simplemente equivocada. Quizás Murphy lo había escuchado mal, o se lo habían traducido incorrectamente. O tal vez Aahad pensó que sabía lo que estaba pasando, pero lo que sabía era incorrecto. Era imposible precisarlo en este momento.

Luke miró alrededor de la habitación. El gran Ed Newsam, con jeans azules y una camiseta negra lisa de manga larga que abrazaba la parte superior de su cuerpo, estaba desplomado en una esquina. Mark Swann estaba aquí también, en una terminal de ordenador y con los auriculares puestos.

Swann estaba de espaldas a Luke en un ángulo, probablemente lo suficiente para ver a Luke por el rabillo del ojo. Llevaba gafas de aviador amarillas y una larga cola de caballo. Llevaba una camiseta holgada que decía El obstáculo es el camino. Levantó una mano a modo de saludo, pero no se dio la vuelta.

Había otras personas del Equipo de Respuesta Especial, llamadas por Trudy tan pronto como tuvo lugar el ataque.

–¿Cómo está Don? —preguntó Luke.

Trudy se encogió de hombros. —Pregúntale tú mismo.

Hizo un gesto hacia el aparato del altavoz en el centro de la mesa de conferencias. Parecía un gran pulpo negro o una tarántula.

Luke lo miró. —¿Don?

–¿Cómo estás, hijo? —llegó una voz incorpórea de la araña. Parecía metálica y distante, pero, sin lugar a dudas, era el ladrido canoso de Don, todavía con un toque del sur.

–Estoy bien, ¿y tú?

–Bien. Estoy aquí con Luis Montcalvo, el gobernador de Puerto Rico. Quedó inconsciente en el choque, pero parece estar bien. Estoy en el hospital de San Juan, en el pasillo, fuera de la habitación de Montcalvo en este momento, a punto de tener una conferencia telefónica con la Casa Blanca.

–¿Cómo está Margaret? —dijo Luke, un poco sorprendido de que Don no la hubiera mencionado.

–Ella está bien, gracias a Dios. Un poco afectada emocionalmente, según me han dicho, pero no está herida. Todavía no he podido hablar con ella. Ella iba en el coche del Presidente, así que está en el Air Force One, rodeada por el Servicio Secreto y el avión ya está en el aire, regresando a DC. Por eso estoy agradecido. Supongo que tomaré el próximo People's Express y me reuniré con ella en cuanto logre salir de aquí.

–Don no se conmueve fácilmente —dijo Trudy.

Luke medio sonrió. —Ya lo sé.

–Tiene una muñeca rota y conmoción cerebral —dijo Trudy. —También perdió el conocimiento, cosa que se olvidó de mencionar. Era un macho y se negó a recibir atención médica más allá de que le arreglaran los huesos de la muñeca.

–Estoy bien —dijo Don. —Ya me había roto el cráneo antes, me habían llenado de agujeros de bala y, de alguna manera, salí adelante.

–Creo que entonces eras un poco más joven —dijo Trudy.

Luke sonrió por completo ahora, pero no se rio. Casi no podía creer las cosas que Trudy le decía a Don Morris. A Don Morris. Él era su jefe, pero ella sonaba como su madre. O su amante.

Luke decidió cambiar de tema. —¿Cuántas bajas?

–Quince muertos en el último recuento —dijo—, docenas de heridos, incluidas algunas heridas espantosas, miembros destrozados y cosas por el estilo, típicas de las bombas que estallan en lugares concurridos.

–Fue un espectáculo dantesco —dijo Don. —El tipo se inmoló justo al lado de nuestra ventana. Creo que su rostro rebotó contra el cristal. Parecía una cara. Los coches de la comitiva presidencial están hechos para resistir, te lo puedo asegurar.

Luke negó con la cabeza. —¿Atraparon a alguno de los atacantes?

–Hasta ahora —dijo Ed Newsam—, parece que todos se inmolaron o cayeron en una lluvia de balas. Pero eso no es cien por cien seguro, podría haber algunos todavía en libertad. Nadie parece saberlo.

Luke había ido corriendo a la llamada de Trudy, pero realmente no veía lo que podía hacer el Equipo de Respuesta Especial. El ataque se había producido a cinco horas en avión. Todo había terminado, los terroristas estaban muertos o huyendo y el Presidente, con Margaret a remolque, estaba a salvo a bordo del Air Force One y se dirigía a casa.

Don y Margaret habían quedado atrapados en el fuego cruzado y eso era sorprendente, pero también parecía que estaban bien.

Luke luchó contra el impulso de decir: —¿Qué estamos haciendo?

En cambio, dijo: —¿Don? ¿Qué opinas de esto?

Don no lo dudó. —Lo que sea que haya pasado aquí hoy, quiero intervenir. No me gusta que me hagan volar, me disparen y me hagan volcar en la calle. No me agrada que mueran personas inocentes, para que algunos sinvergüenzas puedan demostrar algo. No me complace que el Presidente de los Estados Unidos sea blanco de fanáticos, especialmente cuando Margaret viaja con él, aunque ese Presidente y yo no estemos de acuerdo en todos los asuntos. Si va a haber una venganza y creo que la habrá, entonces quiero participar en el juego.

Hizo una pausa. —¿Os suena justo a todos?

Ed Newsam asintió. —A mí, sí.

–¿Luke?

Luke asintió. —Por supuesto, por supuesto.

–Agresión incontrolada —dijo Don. —No aguantará. Y tendremos una mano preparada para devolverla.

Luke tenía sus propias razones para querer involucrarse. Le habían dado una pista de lo que se avecinaba y no había actuado en consecuencia. Murph había confiado lo suficiente en la información como para dejar de fingir estar muerto, probablemente un gran paso para alguien como él y aun así Luke no había actuado.

Tal vez no hubiera podido hacer nada, pero la verdad era que apenas lo había intentado. De hecho, él y Trudy se lo habían tomado como una broma. Era posible que eso le hubiera costado la vida a mucha gente. No quería incidir en eso en este momento, pero no le sentaba bien.

–Está bien —dijo Don—, me están llamando. Están casi listos para la llamada de la Casa Blanca. Si se presenta la oportunidad, voy a dedicar nuestros recursos a esto.

Don estaba a punto de colgar cuando Swann se dio la vuelta. Se quitó los auriculares y miró a todos en la habitación. Luego se quedó mirando el pulpo de plástico negro sobre la mesa, como si le preocupara su presencia allí. Parecía casi alarmado, como si esperara que el pulpo comenzara a moverse.

–He estado vigilando las comunicaciones desde el Pentágono, Langley, la sede del FBI, la ASN y la Casa Blanca. Han llegado más malas noticias en los últimos dos minutos. Peor que todo lo que hemos escuchado durante todo el día.

Todos en la habitación miraron a Swann.

Dudó antes de decir otra palabra. Seguía mirando al pulpo. De repente, Luke se dio cuenta de que realmente estaba mirando a Don.

–Sácalo fuera, hijo, —dijo Don.

Swann asintió solemnemente.

–El Air Force One ha sido secuestrado —dijo.




CAPÍTULO NUEVE


12:51 h., hora del Este

Gabinete de Crisis

La Casa Blanca, Washington, DC



—Otra pesadilla más —dijo Thomas Hayes en voz baja. —¿Se terminará algún día?

Hayes, Vicepresidente de los Estados Unidos, recorría los pasillos del ala oeste hacia el ascensor que lo llevaría al Gabinete de Crisis.

Acababa de recibir la noticia. No solo había habido un ataque terrorista en la ruta de la comitiva presidencial en el Viejo San Juan, ahora parecía que el Air Force One había sido secuestrado con Clem Dixon a bordo.

Las brechas de seguridad dejaron a Hayes sin palabras. Varias cabezas iban a rodar por esto y él sería el encargado de hacerlo. Casi podía imaginarse que el Servicio Secreto, o tal vez alguna otra agencia, hubiera permitido que sucediera a propósito. Clem Dixon era el Presidente más liberal desde Lyndon B. Johnson. Ellos, quienesquiera que fueran, podrían quererlo muerto.

Hayes no confiaba en las fuerzas de seguridad, militares o civiles, de los Estados Unidos. Nunca había ocultado ese hecho.

Tampoco había ocultado nunca el hecho de que tenía sus planes para la presidencia. Pero no así, Clem Dixon era su amigo y, además, un aliado. Con sus décadas en la Cámara y su compromiso con la justicia económica, ambiental y racial, era una inspiración. Hayes quería que Dixon lograra un éxito total como Presidente. Y luego, Hayes quería convertirse en Presidente.

Pero, por supuesto, los medios de comunicación nunca lo presentarían de esa manera, como tampoco lo harían sus oponentes en Washington. No, intentarían hacer parecer que el propio Thomas Hayes había secuestrado el avión. Y Dios no quiera que Clem muriera…

Decidirían que Thomas Hayes y Osama bin Laden eran primos, escondidos juntos en la misma cueva.

Un grupo de personas caminaba con él, delante, detrás, a su alrededor: ayudantes, becarios, agentes del Servicio Secreto, personal de diversos tipos. No tenía idea de quiénes eran la mitad de estas personas. Todos eran mucho más bajos que él, muchos eran una cabeza más bajos o incluso más. Él era como un dios entre ellos, un guerrero y ellos eran como gnomos.

Esta gente quiere destrozarme.

El pensamiento le vino con una fuerza tremenda. Era casi como si se lo hubieran lanzado encima. La idea de que alguien intentaría quebrarlo, o incluso que pudiera hacerlo, era un intruso no deseado en su mente. Era el tipo de cosas que nunca se le habrían ocurrido en el pasado, ni siquiera en el pasado reciente.

Hace un tiempo había sido la persona más optimista que conocía. No, eso no era del todo exacto. Probablemente había sido la persona más optimista de los Estados Unidos.

Desde sus primeros días, siempre había sido el mejor, en todos los lugares donde se encontraba. El mejor alumno del instituto de secundaria, presidente del cuerpo estudiantil. Summa cum laude en Yale, summa cum laude en Stanford. Becario Fulbright. Presidente del Senado del Estado de Pennsylvania. Gobernador de Pennsylvania.

Ahora era Vicepresidente, puesto que había aceptado a petición de Clem Dixon. En los últimos meses, había comenzado a parecer cada vez más una prueba de lo real. Clem era viejo y estaba cansado. Lo habían empujado al papel de Presidente y, algunos días, parecía que su corazón simplemente no aguantaba. Puede que no se presente a las elecciones cuando termine este período.

Pero a medida que Thomas Hayes se acercaba cada vez más al escenario principal, la resistencia se volvía cada vez más cruel. Eso es lo que nunca te dicen; a la gente le encanta usarte de blanco. Hayes lo había experimentado como gobernador, pero palidecía en comparación con lo que había probado como Vicepresidente. Si ya era así, ¿cómo sería cuando finalmente se convirtiera en Presidente?

Siempre había creído que podía encontrar la solución adecuada a cualquier problema. Siempre había creído en su poder de liderazgo. Es más, siempre había creído en la bondad inherente de las personas. Esas creencias, especialmente la última, se fueron desvaneciendo rápidamente a medida que pasaban los meses.

Podía soportar las largas jornadas. Podía manejar los diversos departamentos y la vasta burocracia. Aunque había muy poca confianza, parecía haber cierto respeto entre él y el Pentágono. La sopa de letras de agencias probablemente lo odiaban. Pero él aún no había intentado quitarles la financiación y ellas no habían intentado matarlo. Podría llamarse un equilibrio de terror.

Podía vivir con el Servicio Secreto a su alrededor las veinticuatro horas del día, entrometiéndose en todos los aspectos de su vida.

Pero los medios de comunicación habían comenzado a despedazarlo y todo fue por nada. Tenía poco que ver con sus creencias arraigadas o sus políticas administrativas. Fueron solo ataques ad hominem a su personalidad y su apariencia.

Esto era de lo más vulgar.

Era un hombre bien parecido, lo sabía. No se escala tan alto en el mundo sin una apariencia decente. Pero también había nacido con una nariz un poco más grande que la media. Anteriormente, la gente se refería a una nariz como la suya como nariz “romana”. Ahora, los caricaturistas editoriales de Washington insistían en dibujarla del tamaño de un pepino. Los dibujantes de Filadelfia, Pittsburgh, Harrisburg y de todo el estado nunca habían hecho tal cosa. La forma en que algunos de los dibujantes de DC la dibujaban era francamente obscena. ¡Parecían estar tratando compitiendo entre sí al exagerar el tamaño de la nariz de Thomas Hayes! Era una de las cosas más infantiles que jamás había experimentado.

Mientras tanto, los redactores se deleitaban en burlarse de él como parte de la “élite del club de campo”, como un “liberal de limusinas” y como “nieto de los barones ladrones”.

Sí, su familia había sido propietaria de acerías en el oeste de Pennsylvania y de los ferrocarriles que transportaban ese acero por todo el país. Sí, su bisabuelo había desplegado matones rompehuelgas contra sus propios empleados. Y sí, Thomas Hayes había disfrutado de una educación privilegiada como resultado de esta riqueza.

Pero, ¿eso significaba que no podía estar a favor de unos salarios dignos para los trabajadores modernos, ni de los derechos de las mujeres, ni de la protección del medio ambiente, ni de encontrar soluciones diplomáticas en lugar de invadir todos los países que nos hacían una mueca?

Aparentemente, a los ojos de los medios, esto lo convertía en una especie de hipócrita.

Bueno, será mejor que se acostumbren. Thomas Hayes había llegado para quedarse. Algún día iba a ser Presidente. Ojalá no fuera hoy, pero se acercaba el día y, cuando ese día llegara, los medios iban a tener que empezar a tratarlo mejor. Se lo exigiría. La libertad de expresión era una cosa, pero el ridículo sin sentido era otra muy diferente.

El ascensor se abrió al Gabinete de Crisis, una sala de forma ovalada. Era súper moderna, configurada para optimizar al máximo el espacio, con pantallas grandes incrustadas en las paredes cada medio metro y una pantalla de proyección gigante en la pared del fondo al final de la mesa.

Todos los asientos de cuero afelpado de la mesa estaban ocupados, excepto dos. Uno era para Thomas Hayes. El otro, simbólicamente vacío, era para el Presidente de los Estados Unidos. Hayes se armó de valor contra ese vacío.

Iban a traer de vuelta a Clem Dixon, sano y salvo.

La atestada sala se quedó en silencio. Thomas Hayes, con su metro noventa y ocho de alto y ancho de hombros, llamaba la atención. Siempre lo había hecho. Cuando era joven, había sido de complexión fuerte, capitán del equipo de remo, tanto en la escuela secundaria como en Yale.

Todos los ojos estaban puestos en él.

Inspeccionó la habitación. El secretario de Defensa, Robert Altern, estaba aquí, así como el asesor de Seguridad Nacional, Trent Sedgwick, el Secretario de Estado, el secretario de Interior y el director de la CIA. Había una multitud de otras personas, incluidos militares rectos de uniforme, algunos de ellos de pie porque no había más asientos. Habían permanecido de pie todos sus años de West Point, no importaría que estuvieran de pie un rato más.

En la mesa de conferencias había varios mecanismos de altavoz. Hayes imaginó que había docenas de personas escuchando esta reunión.

Los señaló. —¿Están esas cosas en silencio?

Miró alrededor de la habitación a varios pares de ojos, todos muy abiertos y temerosos.

Un hombre asintió. —Sí, señor.

Otro hombre, con un uniforme de gala verde, estaba en la cabecera más alejada de la mesa. Llevaba el pelo muy corto. Su rostro estaba recién afeitado, como si el bigote no se atreviera a aparecer allí. Era el General Richard Stark, del Estado Mayor Conjunto.

A Thomas Hayes no le importaba mucho Richard Stark. No era de extrañar, por lo general, no le importaban los militares.

Se deslizó en el asiento reservado para el Vicepresidente. La ausencia de Clement Dixon cobró gran importancia. Él y Dixon habían estado pisoteando a estos tipos en las últimas semanas, como era su deber. Los civiles estaban a cargo del gobierno y los militares respondían ante los civiles. A veces parecían olvidarlo.

Miró a Richard Stark.

–Está bien, Richard —dijo—, saltémonos las presentaciones, las sutilezas y los preliminares. Solo dime qué está pasando.

Stark se puso un par de gafas de lectura. Miró las hojas de papel que tenía en la mano. Puso una encima.

–Hace poco menos de veinte minutos —dijo—, recibimos un mensaje de una red de comunicaciones utilizada por los líderes talibanes. Hemos utilizado este método para comunicarnos con ellos anteriormente. El mensaje fue transmitido desde tierras tribales en el este de Afganistán, en las tierras altas a lo largo de la frontera con Pakistán. Hemos identificado la ubicación de la transmisión, pero las imágenes de satélite no muestran que haya nada allí. Posiblemente, la transmisión provenía de otro lugar y se enrutaba a través de una estación de conmutación remota que ocupa poco espacio. O tal vez hay una instalación subterránea en…

–¡Richard! —dijo Thomas Hayes.

El general lo miró.

Era un hábito de estos chicos. Siempre estaban tratando de localizar ubicaciones y objetivos. El mundo entero era una diana gigante para ellos.

–Eso no me importa. Ya bombardearemos a alguien después. Háblame del avión.

Stark asintió. Hayes ya podía ver que, si él y Stark trabajaban juntos algún día, habría una cierta tensión.

–El mensaje que recibimos es que hay hombres, terroristas suicidas, a bordo del Air Force One. Están en la bodega de carga, debajo del nivel de pasajeros y llevan explosivos plásticos encima, suficientes para derribar el avión y matar a todo el mundo a bordo. Cómo pudieron llegar allí es un problema para otro momento, obviamente, pero parece que hubo violaciones de seguridad en el aeropuerto de San Juan. Además, las ofensivas terroristas a lo largo de la comitiva presidencial esta mañana fueron algo más que ataques. Eran un sofisticado diseño de desvío de atención, para sembrar confusión y hacer que el Air Force One despegara rápidamente, realizando solo controles mínimos de seguridad antes del vuelo.

Hayes absorbió la información. Sofisticado.

La palabra le llamó la atención. Por lo que él sabía, más de una docena de personas habían muerto a lo largo de la ruta de la comitiva y cientos más resultaron heridas.

Fue un acto bárbaro, un ataque terrorista exitoso por derecho propio. Pero aparentemente, también era sofisticado. El asintió. Bueno, ya veremos.

–¿Sabemos a ciencia cierta que hay hombres en el avión?

Stark asintió. —Les pedimos que nos presentaran pruebas. Ofrecieron enviar a uno de sus hombres a lo alto de las escaleras, entre la bodega de carga y la cabina de pasajeros. Acordamos no matar al hombre ni ponerlo bajo custodia. Mantuvieron su palabra y nosotros también. Los agentes del Servicio Secreto abrieron la puerta y el hombre ya estaba allí. Esto sugiere que la prueba fue preparada de antemano y es posible que los talibanes no estén en contacto continuo con los secuestradores. La interacción duró treinta segundos o menos. El hombre parecía ser de ascendencia árabe. Llevaba un chaleco suicida, cargado con varios paquetes, de lo que un hombre del Servicio Secreto con experiencia en las Fuerzas Especiales pensó que era un explosivo plástico C-4 o similar. El agente consideró que el conjunto consistía en varios bloques de demolición M112, o su equivalente, junto con detonadores estándar de fácil ignición, posiblemente acida de plomo.

Hubo un estallido de parloteos en toda la habitación.

Richard Stark levantó una mano.

Las voces comenzaron a amainar. Esto estaba lleno de gente, había demasiada gente presente. A Thomas Hayes le preocupaba la cantidad de personas apretujadas en este espacio reducido. Si lo pensaba, le resultaba preocupante que el Gabinete de Crisis de la Casa Blanca, en los Estados Unidos de América, fuera tan pequeño como en realidad era.

–¡Silencio! —gritó.

El ruido se apagó instantáneamente.

–Por favor, continúa —dijo.

–Ese es el único contacto que hemos tenido con los secuestradores hasta ahora —dijo Stark. —Pero a partir de esa breve interacción, podemos evaluar que hay un número desconocido de atacantes en el avión y que tienen consigo lo que parecen ser explosivos de alta potencia.

–¿Pueden los pilotos despresurizar el área de carga? —preguntó Hayes. —¿Congelarlos o privarlos de oxígeno?

Stark negó con la cabeza. —Es una buena pregunta. Sí, se puede hacer. Pero la comunicación que recibimos de los talibanes advierte claramente de que ya se han colocado explosivos por toda la bodega de carga en lugares vulnerables y pueden detonarse muy rápidamente, en una reacción en cadena. Cualquier intento de privar de oxígeno a la cámara, o bajar la temperatura, será detectado y resultará en que los atacantes detonen el avión inmediatamente.

–¿Qué quieren? —dijo Hayes. —Si no volaron el avión de inmediato, deben querer algo.

Stark asintió. —Quieren que el Air Force One aterrice en el Aeropuerto Internacional Toussaint Louverture en Puerto Príncipe, Haití. Cuando aterrice en Haití, quieren que todo el Servicio Secreto y cualquier otro personal de seguridad entregue sus armas y desembarque. Quieren que los pilotos, el Presidente y cualquier personal civil permanezcan en el avión. Todo esto debe realizarse bajo su supervisión. Luego, quieren autorización para despegar de nuevo y continuar hacia un destino aún desconocido.

Varias personas en la habitación negaban con la cabeza.

–No creo que podamos permitirlo —dijo Hayes.

Pero ya no estaba seguro. Ciertamente, era probable que Stark y los otros militares en la habitación le dieran opciones para un intento de rescate, uno que probablemente conduciría a un baño de sangre.

–Esto es según los intermediarios talibanes —dijo Stark. —Cualquier desviación del plan, tal como se ha descrito, resultará en la detonación de los explosivos y la destrucción del avión en una tormenta de fuego.

Stark levantó la vista de sus papeles y miró por encima de sus gafas de lectura.

–Como estoy seguro de que se puede imaginar, si se destruye el Air Force One, la pérdida de vidas será significativa.

–¿Cuántas personas hay a bordo?

Stark miró sus papeles.

–Actualmente hay dieciséis personas en el avión. Ocho agentes del Servicio Secreto, dos pilotos, un miembro de la tripulación de cabina, el médico del Air Force One y una enfermera del personal. El Presidente, su asistente personal y otro civil. Tuvimos suerte en el sentido de que la comitiva se interrumpió, por lo que el avión despegó precipitadamente, dejando a veinticuatro miembros adicionales del séquito presidencial, un piloto adicional y otros tres miembros de la tripulación de cabina en Puerto Rico.

–¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Hayes.

–¿Efectivo? —respondió Stark. —Ninguno. El avión puede estar en Puerto Príncipe dentro de veinticinco minutos, tal vez menos. Parece claro que ya lo saben. Si tratamos de retrasar el plazo, podrían decidir volar el avión.

–¿Otras opciones?

Stark negó con la cabeza. —Pocas. Hasta ahora, no hay forma de comunicarse o negociar con los secuestradores reales. Es probable que esto se haya diseñado así, para mantenernos en la oscuridad y asegurarse de que nuestros negociadores de rehenes no puedan hablar a los secuestradores. Mientras tanto, nuestros acuerdos con el nuevo gobierno haitiano implican que hemos retirado a todas nuestras tropas de mantenimiento de la paz. No podemos poner tropas sobre el terreno en veinticinco minutos a partir de ahora y solo queda un pequeño contingente de asesores y observadores de las Naciones Unidas en el país. Haití es básicamente un estado fallido. Su infraestructura aeroportuaria se está desmoronando. Nuestras evaluaciones sugieren que ni siquiera tienen un equipo de extinción de incendios adecuado en el lugar y que es probable que el personal de seguridad esté mal entrenado, sea corrupto, propenso a estallidos de violencia descontrolada, o todo a la vez. No podemos confiar en el ejército o la policía haitianos para llevar a cabo una operación en nuestro nombre.

Hayes se sorprendió al escuchar esto de Richard Stark.

–¿No hay equipo de comandos de operaciones especiales? —dijo, solo medio en broma. —¿No hay escuadrones de Rangers cayendo del cielo?

Stark hablaba en serio. —Operativamente, eso no funcionaría. Tenemos las manos atadas y creemos que los secuestradores eligieron Haití por esa razón. No tenemos información sobre los atacantes. No tenemos gente en el lugar. Tenemos una capacidad limitada para cooperar con el gobierno haitiano y no está claro si el gobierno haitiano siquiera controla el aeropuerto en un día cualquiera. Varios balas perdidas, señores de la guerra locales y mafiosos parecen ejercer su influencia allí a voluntad. Mientras tanto, un solo retraso, falta de comunicación o paso en falso podría provocar un desastre.

Hizo una pausa y suspiró, mirando sus papeles. —Por mucho que odie decir esto, recomendamos dejar que el avión aterrice, sacar a todos los agentes del Servicio Secreto del avión y luego dejar que despegue de nuevo. Podemos rastrearlo fácilmente hasta su destino final. Tendrán que aterrizar en algún momento. Quizás el destino ofrezca mejores opciones de intervención y rescate.

Volvió a mirar a Thomas Hayes.

–No creo que puedan hacer desaparecer un avión tan grande.




CAPÍTULO DIEZ


13:10 h., hora del Este

Sede del Equipo de Respuesta Especial

McLean, Virginia



—¡Hijo de puta! —dijo Don Morris.

Luke miró al pulpo negro en la mesa de conferencias. La habitación estaba sumida en un silencio sepulcral mientras Don despotricaba. Luke nunca lo había escuchado así. En todos los años que lo conocía, había visto a Don enfadado, pero siempre estaba controlado.

Esta vez, no.

–El estado de preparación de todo este país es una maldita broma. Se lleva a cabo una comitiva presidencial a través de calles estrechas, construidas en el siglo XVI y bordeadas por miles de personas. Un ataque terrorista asusta tanto al Servicio Secreto y la Fuerza Aérea que el avión despega sin controles de seguridad dobles o triples, antes del vuelo. ¿No se les ocurre a estas personas que estos grupos terroristas ya nunca hacen un solo ataque? ¡Los ataques siempre se hacen en grupo! ¡Siempre!

Luke miró alrededor de la habitación. Trudy, Ed, Swann y algunos otros. Luke se sintió enfermo. Los ojos de los demás sugerían que sentían lo mismo.

Swann parecía más que enfermo. Parecía afligido. La esposa de Don estaba en ese avión y nadie podía hacer nada al respecto.

La respiración de Don era ruidosa por teléfono. —Las clases vacilantes en la Casa Blanca calificaron el ataque de sofisticado, pero no lo fue. Es el procedimiento operativo estándar actual de estos grupos. LO SABEMOS. ¿Por qué seguimos aprendiendo cosas que ya sabemos?

Por un segundo, casi sonó como si se estuviera ahogando.

–Es culpa mía —dijo. —Yo lo sé. Anoche tuve unas palabras con el gobernador de Puerto Rico. Fue después de las bebidas. Íbamos en el mismo coche para enderezarlo. Cosas de gallitos. Si no lo hubiera hecho, habría estado en el coche con Margaret… estaría en ese avión ahora…

Se apagó.

–Don, no es culpa tuya —dijo Trudy.

No había una respuesta fácil. Nadie sugirió que, si estuviera en el avión, Don estaría tan indefenso como los demás agentes del Servicio Secreto. Nadie lo creía, de todos modos.

–Don —dijo Luke—, voy a hablar solo por mí, pero quiero que sepas que haré cualquier cosa, por cualquier medio disponible, para que Margaret regrese sana y salva. Moriré por hacerlo. Lo haré, aunque mi propio gobierno diga que tiene otros planes.

Era consciente de cada palabra. Se rebelaría, desobedecería órdenes, cabalgaría hasta el límite. El Presidente era una cosa y, probablemente, el hombre más importante de la Tierra. Pero, en este momento, era solo la segunda persona más importante. Si Don había sido como un padre para Luke, entonces, en cierto sentido, Margaret había sido como…

Ni siquiera podía pensarlo.

Luke estaba en la arena ahora. No había otra salida más que la victoria o la muerte.

–Yo haré lo mismo —dijo Ed Newsam. Los ojos de Ed eran feroces, eléctricos. Luke pensaba que Ed podría ser el hombre más peligroso del mundo. Se sintió bien al escucharle.

–Yo también —dijo Swann.

–Yo también —dijo un joven de cabello oscuro. Luke lo conocía un poco: Brian Deckers. Había hecho una incursión en helicóptero con Luke en West Virginia, el día que encontraron el cuerpo del Presidente anterior, David Barrett. Deckers era un buen chico, se había desenvuelto bien ese día.

Estaba bien. Para Don era importante saber que su gente le respaldaba.

–Van a aterrizar en Haití en cualquier momento —dijo Don. —Entonces el Servicio Secreto va a desembarcar del avión. Luego, el avión despegará nuevamente, rumbo a un lugar desconocido. Parece que ahora mismo vamos a entregar todo el paquete sin disparar un solo tiro. Quizás eso sea lo mejor, pero…

Luke asintió. Ahora era el momento.

–Puede que yo sepa a dónde van —dijo.


* * *

Don Morris colgó el teléfono. Lo cerró de golpe y se lo guardó en el bolsillo.

Aún le zumbaban los oídos y le dolía la muñeca rota. Sentía un dolor, como de un diente podrido, alojado dentro de su cráneo. Cada vez que se levantaba, lo invadía una oleada de mareos. Cada pocos segundos, su visión se oscurecía en los bordes y sentía que se iba a desmayar. Dios. Nunca se había sentido tan viejo en su vida.




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