Capricho De Un Fantasma
Arlene Sabaris










Capricho de un fantasma

Primera Parte

Cuando Callan las Almas





Por Arlene Sabaris




CapÃ­tulo 1


El antiguo reloj de pared marcaba las siete de la noche. Aquella inmensa casa parecÃ­a susurrar por los pasillos su propia historia. Mientras tanto, Virginia tomaba su tercera taza de tÃ© de menta e intentaba redactar por Ãºltima vez el informe que debÃ­a enviar antes de medianoche. No era una tarea sencilla pensar en el trabajo sabiendo que a sÃ³lo unos pasos estaba Ã©lâ¦

La habitaciÃ³n pintada totalmente de blanco le transmitÃ­a paz; la vista desde su balcÃ³n a la piscina de la hermosa villa campestre invitaba a un chapuzÃ³n y sus dedos inquietos sobre el teclado le sugerÃ­an que le enviara un mensaje de texto a su vecino del cuarto de al lado. EscogiÃ³ la pazâ¦

SiguiÃ³ intentando despejar sus pensamientos, meditÃ³ unos minutos y volviÃ³ al teclado. Finalmente, cerca de las ocho de la noche, logrÃ³ enviar el correo electrÃ³nico que esperaban en su oficina y pudo cerrar con entusiasmo la computadora. Le dio el Ãºltimo sorbo a su cuarta taza de tÃ© y el sabor familiar de la menta le recordÃ³ aquellos tiempos felices de mojitos y margaritas, cuando las risas a escondidas con sus amigas eran la orden del dÃ­a y las historias graciosas sobre estrellas que se van al infinito alumbraban las madrugadas, mientras caminaban en la Zona Colonial de una fiesta a otra. Ella nunca fue una chica de fiestas, pero sÃ­ una apasionada de la mÃºsica, disfrutaba cada canciÃ³n e incluso de cada pausa, los clÃ¡xones de conductores impacientes y hasta la melodÃ­a que parecÃ­a provenir de la brisa acariciando los muros de piedra colonial que encerraban terribles fantasmasâ¦ sus propios fantasmas.

El sonido de unos pasos agitados interrumpiÃ³ sus pensamientos y se quedÃ³ atenta esperando a que alguien llamara a la puerta de su habitaciÃ³n, pero no pasÃ³ nada. Se recostÃ³ una vez mÃ¡s en la inmensa cama con sÃ¡banas blancas y olor a flores frescas. SintiÃ³ que alguien pasaba cerca de su puerta y pensÃ³ que quizÃ¡ habÃ­a sido una empleada de la casa. RegresÃ³ a soÃ±ar despierta con su reciÃ©n abandonada juventudâ¦ apenas pasaron unos instantes cuando el sonido de los pasos la hizo incorporarse. Esta vez puso mÃ¡s atenciÃ³n y su corazÃ³n dio un salto cuando escuchÃ³ que tocaban la puerta y la llamaban por su nombre.

â Â¿Virginia? Soy yo, AndrÃ©sâ¦ Â¿Puedo pasar?

âSÃ­â¦ pasaâ¦

âVoy a salir a cenar, Â¿quieres ir?

âSÃ­, sÃ­, Â¡me muero de hambre! Salgo en un momento.

El mundo siguiÃ³ girando, a pesar de que se habÃ­a parado por un instante o, mejor dicho, por dosâ¦ primero para AndrÃ©s, que habÃ­a tenido que armarse de valor para tocar la puerta despuÃ©s de su primer intento fallido. Luego se detuvo para Virginia, que dejÃ³ de respirar cuando escuchÃ³ la voz de AndrÃ©s atravesar la puerta. Imposible saber quiÃ©n intentaba parecer mÃ¡s indiferente o quiÃ©n estaba mÃ¡s enamorado; su historia era indescifrable a sus propios ojos y a ojos de cualquier espectador. La casa de playa donde estaban hospedados era el escenario ideal para definir hacia donde irÃ­a su relaciÃ³n, quizÃ¡ habÃ­a llegado el momento de que descubrieran quÃ© pasaba entre ellos y por quÃ©, aunque se conocÃ­an desde hacÃ­a mucho, habÃ­an sido incapaces de mirarse a los ojos el tiempo suficiente para descubrir sus verdaderas intenciones.

TendrÃ­an dos dÃ­as y dos noches completas solos en esa casa, pues el resto de los invitados no llegarÃ­a hasta el fin de semana, asÃ­ que esa noche del miÃ©rcoles serÃ­a la primera vez que se sentarÃ­an a cenar sin que hubiera nadie en medioâ¦ porque juntos habÃ­an salido muchas veces, pero, Â¿solos? Â¡Solos jamÃ¡s! QuizÃ¡ eso les ayudarÃ­a a desenmaraÃ±ar su historia; nunca habÃ­an estado solos, algo superior a ellos dos lo habÃ­a estado impidiendo todos estos aÃ±osâ¦ Â¡QuizÃ¡ ese algo no habÃ­a venido a la playa! Â¡QuizÃ¡ por fin podrÃ­an mirarse a los ojos!




CapÃ­tulo 2


Sus ojos cafÃ© brillaban irresistibles esa noche, pensÃ³ ella, a pesar de que apenas y levantÃ³ la vista. Se incorporÃ³ y decidiÃ³ cambiarse los pantalones cortos y la camiseta que llevaba por un vestido de playa con flores lilas y azules que llegaba al tobillo, el vaivÃ©n de su ancha falda imitaba el movimiento de las olas. TambiÃ©n se puso unas sandalias azules adecuadas para caminar en la arena y un bolso diminuto donde apenas cabÃ­a su telÃ©fono celular. El cabello, ahora largo a media espalda, un poco distinto a como lo llevaba cuando se conocieron, estaba recogido en el inicio de su cuello con sencillez; no querÃ­a parecer muy arreglada. SaliÃ³ del cuarto y caminÃ³ por el pasillo escudriÃ±ando los cuadros en las paredes y procurando no hacer ruido. SabÃ­a que ellos eran los Ãºnicos en la casa, pero la costumbre de salir de casa a hurtadillas de su hija pudo mÃ¡s y se dirigiÃ³ con sigilo a la sala. AllÃ­ lo encontrÃ³ sentado con la impaciencia tÃ­pica de los hombres cuando tienen hambre, moviendo la rodilla derecha descontroladamente y mirando el reloj de pulsera que apenas marcaba diez minutos desde la Ãºltima vez que se vieron.

âPodemos irnosâ¦ Â¡Estoy lista! Â¿DÃ³nde quieres cenar?â

â Â¡Por fin! â La molestÃ³ Ã©l, como siempre hacÃ­aâ Lo que quieras, podemos ir al restaurante que estÃ¡ en La Marina.

âDe acuerdo.

La villa donde estaban hospedados pertenecÃ­a al lujoso y popular complejo vacacional Villas ParaÃ­so, que se erguÃ­a presuntuoso en la lÃ­nea de playa de Las Galeras en la penÃ­nsula de SamanÃ¡. MÃºltiples celebridades tenÃ­an propiedades allÃ­, por lo que encontrarse a algÃºn actor en la playa era cosa de todos los dÃ­as. TambiÃ©n las familias de alto abolengo disfrutaban los fines de semana en sus villas privadas, respirando aire fresco mientras las aguas del cristalino ocÃ©ano AtlÃ¡ntico se mecÃ­an a sus pies y el sol en eterno verano del Caribe Tropical bronceaba sus espaldas. En Villas ParaÃ­so al traspasar la entrada principal viajabas a una dimensiÃ³n paralela donde no habÃ­a cuentas que saldar; solo estaban el mar, la mÃºsica, las piÃ±as dulces, las copas de vino y tÃº. Un verdadero paraÃ­so tropical donde no pasaba nada pero a la vez podÃ­a pasar cualquier cosa; el cielo era literalmente el lÃ­mite.

AndrÃ©s y Virginia salieron sin prisa, subieron al carrito de golf en el que podÃ­an trasladarse dentro del complejo y se dirigieron al restaurante. Ãl conducÃ­a y ella pretendÃ­a mirar el paisaje. Hablaron del clima, como era de esperarse, y finalmente, para hacer mÃ¡s ameno el camino, ella le preguntÃ³ quÃ© le parecÃ­a el novioâ¦ Cierto, estaban allÃ­ por una boda, la de una amiga en comÃºn. Iveth se habÃ­a casado y divorciado muy joven y ahora habÃ­a encontrado el amor en GastÃ³n, un joven fotÃ³grafo muchos aÃ±os menor que ella, a quien habÃ­a conocido en sus clases de Yoga. Era un chico apuesto y caballeroso que habÃ­a nacido y vivido en Grenoble, Francia, hasta el traslado de su padre a la RepÃºblica Dominicana en una misiÃ³n diplomÃ¡tica el aÃ±o anterior. Se habÃ­a instalado con su familia, compuesta solamente por GastÃ³n y su madre, Elise. ReciÃ©n graduado en Periodismo por la prestigiosa universidad de su ciudad natal, habÃ­a hecho tambiÃ©n estudios especializados en fotografÃ­a, por lo que encontrÃ³ quehacer rÃ¡pidamente y abriÃ³ un estudio fotogrÃ¡fico especializado en exteriores. Hablaba, ademÃ¡s del francÃ©s, un espaÃ±ol fluido, un portuguÃ©s respetable y un inglÃ©s vergonzoso. Todo un galÃ¡n. Como hubiese dicho la tÃ­a Esther, si ella tuviera 20 aÃ±os menosâ¦ En fin, Iveth y GastÃ³n llevaban juntos unos seis meses cuando decidieron casarse y allÃ­ estaban todos unos meses despuÃ©s, esperando a los invitados internacionales, a los familiares y amigos cercanos de la pareja. Un grupo de amigos de la novia decidiÃ³ rentar una villa y la organizadora de la boda, una chica simpÃ¡tica llamada Lourdes, se encargarÃ­a de gestionarla. Cuando AndrÃ©s recibiÃ³ su llamada para que confirmara si iba acompaÃ±ado y si podÃ­a compartir habitaciÃ³n, Ã©l le dijo que irÃ­a solo y que no necesitaba alojamiento, pues usarÃ­a la villa de sus padres. De inmediato, ella le preguntÃ³ si podÃ­a cederle lugar allÃ­ para guardar algunas cosas en los dÃ­as previos a la celebraciÃ³n y si habÃ­a espacio para acoger a algunos invitados de emergencia, a lo que Ã©l respondiÃ³ que estarÃ­a allÃ­ desde el lunes para gestionar algunos temas de mantenimiento, por lo que estaba a la orden si necesitaba algo.

Esta boda tenÃ­a un itinerario largo, pues primero habrÃ­a un ensayo el jueves, luego una cena de compromiso el viernes y, finalmente, la celebraciÃ³n serÃ­a el sÃ¡bado. Algunos invitados llegarÃ­an desde el miÃ©rcoles para el ensayo, por eso Virginia estaba allÃ­, era una de las damas de honor y debÃ­a traer desde la ciudad todo el ajuar de la novia y otros encargos. Lourdes no tenÃ­a villas contratadas hasta el jueves, asÃ­ que cuando ella llegÃ³, debiÃ³ alojarse en la villa de AndrÃ©s.

Cuando sus miradas se cruzaron en la puerta, se dieron el susto de sus vidas. Ninguno de los dos estaba esperando encontrarse con el otro, Ã©l no sabÃ­a quiÃ©n era la visita que iba a alojar y ella no sabÃ­a que iba a alojarse con Ã©lâ¦ Ambos querÃ­an la cabeza de Lourdes en aquel momento. Casi dos aÃ±os sin verse cara a cara y encontrarse asÃ­ de repente, sin tiempo para pensar un saludo adecuado. Se verÃ­an en la boda, eso estaba claro, ambos lo sabÃ­an, pero habÃ­a tiempo y alcohol suficientes para preparar el momento. Ahora, frente a frente, en el recibidor de la villa diecisiete, las palabras no les salÃ­an, el tiempo se hizo infinito y una fina llovizna de verano comenzÃ³ a caer ese veintiuno de junio a las dos de la tarde. Este dÃ­a de solsticio serÃ­a muy largoâ¦




CapÃ­tulo 3


Llueve a cÃ¡ntaros en la carretera de camino a SamanÃ¡, pasa del mediodÃ­a y Virginia solo piensa en llegar a la villa, entregar los paquetes que le encargaron llevar a la organizadora y sentarse a escribir el informe que esperan en su oficina. Su empresa de asesorÃ­a inmobiliaria estÃ¡ asociada a una multinacional a la que debe rendir informes cada mes y, a pesar de que el de junio no se vence hasta el viernes veintitrÃ©s, debido a los dÃ­as feriados de La FÃªte nationale du Quebec, su casa matriz solamente recibirÃ­a informes hasta el miÃ©rcoles veintiuno. Las horas en carretera la habÃ­an aburrido inmensamente. Se habÃ­a pasado las tres horas del camino desde la capital ensayando una conversaciÃ³n imaginaria con AndrÃ©s, en la que Ã©l respondÃ­a justo las lÃ­neas que ella habÃ­a redactado en su cabeza para Ã©l; enfrentaban sus fantasmas del pasado y quedaban como amigos por y para siempre. Sin silencios incÃ³modos, sin confesiones inconclusas y, sobretodo, sin ilusiones. SerÃ­a inevitable verlo en la boda o inclusive antes, asÃ­ que debÃ­a estar lista.

Lourdes esperaba las decoraciones con ansias y la habÃ­a llamado un par de veces para comentarle que tenÃ­a el alojamiento listo, que ya estaba esperÃ¡ndola en la Villa 17 para recoger todo y que ella no tuviera que moverse innecesariamente. AparcÃ³ al lado de un jeep negro en el estacionamiento de la casa; en la entrada, en un auto dorado, estaba recostada una chica agitada y ansiosa que esperaba hablando por telÃ©fono con algÃºn suplidor. Se emocionÃ³ al ver entrar a Virginia y la abordÃ³ enseguida a la vez que instruÃ­a a un pobre chico que la acompaÃ±aba a que sacara todo del auto, pues los estaban esperando en alguna parte.

âAquÃ­ estarÃ¡s alojada, Virginia, al menos hasta el sÃ¡bado, que ya debes trasladarte a la villa de la novia. Â¡Gracias por venir antes, has salvado mi vida! âexclamÃ³ Lourdes, emocionada.

â Â¿Entonces estarÃ© sola acÃ¡ hasta el viernes? Â¿Hay empleados durmiendo aquÃ­? âpreguntÃ³ Virginia mientras se adentraban en los jardines de la casa para alcanzar el timbre.

â Â¡Oh, no! Â¡No estarÃ¡s completamente sola, quiero decir! No te preocupes, los empleados no duermen en la casa, pero el dueÃ±o sÃ­, seguro que se conocen; estÃ¡ invitado a la boda âdijo Lourdes entusiasta mientras tocaba la puerta.

â Â¡Ya va! âgritÃ³ AndrÃ©s desde dentro mientras abrÃ­a la puerta.

â Â¡AquÃ­ dejo a la huÃ©sped! Gracias de nuevo por tu hospitalidad. Debo irme, asÃ­ que los veo luego a ambos. Â¡Ciao! âse despidiÃ³ presurosa Lourdes alejÃ¡ndose hacia el auto.

Mientras tanto, Virginia, con los nervios de punta, parada frente a Ã©l, con la computadora colgada de un hombro, la maleta a su lado en el suelo y las manos llenas de vestidos cuidadosamente guardados en sus protectores, apenas y lo saludÃ³ con un:

âHola, Â¡no sabÃ­a que esta era tu casa!

âYo tampoco sabÃ­a que eras mi huÃ©spedâ¦ Â¿Necesitas ayuda? âdijo Ã©l tomando la maleta y seÃ±alando la computadora.

Ella no contestÃ³ y se limitÃ³ a seguirlo. Se veÃ­a igual que antesâ¦ Â¿O mÃ¡s guapo? Ese Ãºltimo matrimonio definitivamente le habÃ­a hecho bien, lÃ¡stima que terminara apenas dos aÃ±os despuÃ©s. Definitivamente no le habÃ­a afectado, no se veÃ­a triste para ser alguien que reciÃ©n se habÃ­a divorciado cinco o seis meses antes. Â¡CuÃ¡ntas cosas pasaron por su cabeza mientras caminaban hacia la habitaciÃ³n! Â«Estoy muy calladaÂ», pensÃ³, y decidiÃ³ hacer un comentario sobre el clima. Ãl parecÃ­a muy confundido de que ella estuviera allÃ­, asÃ­ que tal vez tambiÃ©n estaba nervioso, Â¿o quizÃ¡ no? Virginia nunca habÃ­a sido buena para saber lo que Ã©l pensabaâ¦ Si tan solo lo hubiera sidoâ¦

Afuera, la fina llovizna habÃ­a dado paso a un sol radiante que se reflejaba en la piscina. Toda la sala parecÃ­a una extensiÃ³n del jardÃ­n trasero, pues las inmensas paredes de cristal que separaban la casa del patio no tenÃ­an cortinas. La luz inundaba la casa y los verdes paisajes del jardÃ­n trasero integraban la naturaleza con el vanguardismo, mientras el olor a vainilla desatado en el ambiente le recordÃ³ a Virginia que necesitaba un cafÃ©.

Recorrieron juntos el pasillo. La casa tenÃ­a dos habitaciones en el primer piso y dos mÃ¡s en el segundo. Una mezzanina con vista a la piscina alojaba una terraza adornada con jardines verticales, una romÃ¡ntica y diminuta pÃ©rgola de madera, hamacas gemelas y la imperdible vista de la bahÃ­a. Ãl la condujo a una habitaciÃ³n del primer piso mientras le indicaba que Ã©l estaba en la de al lado, ya que arriba estaban reparando los baÃ±os y no terminarÃ­an hasta el dÃ­a siguiente. Su cuarto con amplias ventanas tambiÃ©n olÃ­a a vainilla y volviÃ³ a pensar en el cafÃ©, esta vez fue mÃ¡s atrevida y se lo pidiÃ³ sin titubeos a su anfitriÃ³n, que inmediatamente la llevÃ³ a la cocina y aprovechÃ³ para mostrarle el resto de la casa.

CafÃ© en mano, subieron a la mezzanina, a la cual se accedÃ­a desde la sala y, tras ver las hamacas, pensÃ³ que ese era su lugar favorito en la casa, hasta que recordÃ³ que aÃºn debÃ­a enviar aquel informeâ¦ Sus pensamientos de plÃ¡cido descanso se esfumaron en un santiamÃ©n. Le agradeciÃ³ el cafÃ© y le dijo que debÃ­a trabajar. Bajaron las escaleras en silencio y al llegar al salÃ³n, AndrÃ©s se sentÃ³ en el sofÃ¡ y tomÃ³ el control del televisor.

â Â¿Quieres que te avise para salir a cenar? MarilÃº se marcha a las seis de la tarde âdijo AndrÃ©s, refiriÃ©ndose a la chica encargada de la cocina.

âSÃ­, claro. Espero terminar este informe pronto ârespondiÃ³ Virginia mirando su reloj, que ya marcaba las tres de la tarde.

Se marchÃ³ al cuarto, cafÃ© en mano. Al entrar, buscÃ³ su computadora y un lugar para colocarla. DivisÃ³ un escritorio blanco donde reposaban una mÃ¡quina de cafÃ© elÃ©ctrica que no habÃ­a visto antes, ademÃ¡s de cafÃ© y tÃ©s variados listos para preparar y dos tazas de fina porcelana a juego con el papel tapiz primaveral de la habitaciÃ³n. Definitivamente este lugar habÃ­a sido decorado por y para una mujer. TerminÃ³ de beber su cafÃ©, encendiÃ³ la computadora, comenzÃ³ a escribir y se sirviÃ³ su primera taza de tÃ© de menta.




CapÃ­tulo 4


Una leve sonrisa se dibujÃ³ en su rostro cuando escuchÃ³ la noticia de la boda. Siempre habÃ­a apreciado a Iveth y sabÃ­a cuÃ¡nto habÃ­a sufrido en su primer matrimonio; su amistad habÃ­a durado ya muchos aÃ±os. Se habÃ­an conocido en la agencia de viajes donde primero habÃ­an sido compaÃ±eros y de la que ella ahora era gerente general. Fue en esa agencia de viajes donde Ã©l habÃ­a visto a Virginia por primera vez hacÃ­a poco mÃ¡s de diez aÃ±os. La recordaba con el cabello negro y corto bordeando sus hombros, un traje sastre gris y su voz melodiosa preguntando si podÃ­a por favor decirle dÃ³nde estaba la oficina de Iveth Castillo. Ese dÃ­a Ã©l se ofreciÃ³ a conducirla con la amabilidad tÃ­pica de un caballero educado en Quebec y la acompaÃ±Ã³ hasta que, una vez con Iveth, ella los presentÃ³. Algo pasÃ³ ese dÃ­a, pues el resto de la tarde no pudo evitar pensar en ella un par de veces, aÃºn no sabÃ­a por quÃ©. Ahora, tantos aÃ±os despuÃ©s, seguÃ­a pasando lo mismoâ¦

Esa tarde de junio, mientras veÃ­a una pelÃ­cula de James Bond para equilibrar las cursilerÃ­as inevitables de los dÃ­as por venir y tomaba una copa de coÃ±ac sentado en la sala de la villa, el sonido de las ametralladoras fue interrumpido por el de un auto acercÃ¡ndose a la propiedad. La vio a travÃ©s de la ventana de la sala bajar del automÃ³vil gris platinado y empezar a descargar infinidad de vestidos, una maleta y quiÃ©n sabe cuÃ¡ntos ajuares mÃ¡s. Lourdes le avisÃ³ de su huÃ©sped anticipada unos dÃ­as antes, pero se refiriÃ³ a ella como Â«BetinaÂ», y Ã©l pensÃ³ que serÃ­a una amiga del novio. Su cabello ahora largo recorrÃ­a su espalda, los pantalones cortos de mezclilla dejaban ver sus piernas bien formadas y, a pesar de que ensayÃ³ mÃ¡s de una forma de saludar mientras esperaba detrÃ¡s de la puerta a que tocaran el timbre, no consiguiÃ³ disipar su sorpresa cuando finalmente saliÃ³ a su encuentro.

TratÃ³ de hablar pausadamente para no evidenciar sus nervios, pero no pudo disimular su sorpresa, que era tan genuina como su inquietud. LevantÃ³ su maleta y la llevÃ³ directamente a su habitaciÃ³n, pensÃ³ que quizÃ¡ debÃ­a invitarle un trago y justo entonces ella le pidiÃ³ un cafÃ©. Su padre estarÃ­a avergonzado de Ã©l, Â¡ella habÃ­a tenido que pedirle algo de beber! Tantos aÃ±os ejerciendo la diplomacia en Quebec no habÃ­an servido para nada. AndrÃ©s era hijo de un funcionario del servicio exterior asignado por muchos aÃ±os a CanadÃ¡ y una dama de alta sociedad dominicana, habÃ­a estudiado Negocios Internacionales y hablaba con fluidez el inglÃ©s y el francÃ©s. LlegÃ³ a Quebec siendo un niÃ±o, pero guardaba recuerdos agradables de las estancias de verano con su abuela materna en Santiago de los Caballeros, la segunda ciudad mÃ¡s importante de su paÃ­s natal. Ya retirado su padre, la familia regresÃ³ al paÃ­s y Ã©l hizo lo mismo al terminar sus estudios en Quebec; sus dos hermanas menores, Anne y Sophie, sin embargo, habÃ­an nacido en CanadÃ¡ y habÃ­an hecho allÃ­ su vida, solo regresaban en Ã©pocas festivas; su hermano mayor, Dante, era violinista profesional y viajaba con la filarmÃ³nica de Quebec todo el aÃ±o. Todos los hijos de aquella pareja, don David y doÃ±a Sonia, habÃ­an sido educados en el mÃ¡s fino de los protocolos, conocÃ­an cada palabra apropiada para cualquier situaciÃ³n inapropiada y definitivamente todos sabÃ­an las reglas de etiqueta para recibir una visita: Â¡Ã©l las habÃ­a quebrantado todas!

Regla n.Âº 1: No hacer esperar a la gente en la puerta si ya sabemos que estÃ¡n allÃ­. Espiar quÃ© trae puesto y con quiÃ©n viene no es correcto. (Â¡Quebrantada!)

Regla n.Âº 2: No se detenga a charlar en la puerta, hÃ¡gales pasar y cierre la puerta. (Â¡Quebrantada! Â¡Por poco tiempo, por suerte!)

Regla n.Âº 3: Preguntar si la persona desea tomar algo. (Â¡Quebrantada!)

Regla n.Âº 4: Mostrar la casa si la visita es de confianza. (Â¡Quebrantada!)

HabÃ­a reaccionado tarde, pero al menos todavÃ­a podrÃ­a mostrarle la casa y eso hizo una vez le brindÃ³ cafÃ©. Â« Â¡Estoy embriagado!Â», pensÃ³â¦ Â¿cÃ³mo podÃ­a haber olvidado cosas tan elementales? Pero apenas habÃ­a tomado el primer sorbo de su coÃ±ac cuando escuchÃ³ el auto llegar.

ComenzÃ³ a enmendar su error mostrÃ¡ndole el primer piso, siguiÃ³ con el segundo y se detuvieron en el entrepiso, su lugar favorito de la casa, aquel que doÃ±a Sonia habÃ­a diseÃ±ado con ilusiÃ³n evocando el jardÃ­n de lo que habÃ­a sido su casa por casi veinte aÃ±os en Quebec. PensÃ³ dejar los jardines exteriores como Ãºltima parada del tour, considerando que la piscina climatizada era un atractivo que merecÃ­a las fanfarrias finales, pero ella interrumpiÃ³ bruscamente su elaborado mapa mental cuando prefiriÃ³ irse a su cuarto. Mientras bajaban las escaleras pensÃ³ en fingir indiferencia, pero una vez en la sala le comentÃ³ algo sobre salir a cenar, ella asintiÃ³ y asÃ­ quedaron en verse mÃ¡s tarde.

PulsÃ³ el botÃ³n de reanudar en su pelÃ­cula de James Bond y unos minutos despuÃ©s pensÃ³ en la Ã©poca en la que Ã©l tambiÃ©n habÃ­a tenido que hacer informes, se apiadÃ³ de ella y la perdonÃ³ de inmediato.

Su primer trabajo en la capital dominicana fue en aquella agencia de viajes, como encargado de los programas educativos internacionales. Pronto se hizo popular entre las chicas por su incomparable gentileza y caballerosidad, tan distinta a la actitud de los demÃ¡s jÃ³venes. Su inteligencia era evidente y sus temas de conversaciÃ³n, infinitos, pero sin duda su mejor atributo era su amabilidad. AllÃ­ hacÃ­a los informes, no solo de su gestiÃ³n, sino que ayudaba con los suyos a los compaÃ±eros que no manejaban otros idiomas con fluidez.

Ahora corregÃ­a informes. Era profesor titular en el Instituto de FormaciÃ³n DiplomÃ¡tica y Consular. TambiÃ©n tenÃ­a una empresa que daba servicios de traducciÃ³n de documentos y de eventos. Su porte juvenil, a pesar de acercarse peligrosamente a los cuarenta, se debÃ­a a las muchas horas que pasaba nadando y jugando tenis, sus actividades deportivas preferidas. TambiÃ©n jugaba ajedrez y disfrutaba del vino tinto si era en buena compaÃ±Ã­a. Esa tarde, mientras llegaba la hora de cenar, recordÃ³ una que otra aventura que involucraba una botella de vino y a Virginiaâ¦ Se acercÃ³ un par de veces a la habitaciÃ³n hasta que finalmente tocÃ³. Pasaban de las siete.

Se sentÃ³ en la sala a esperar con visible ansiedad, hasta que unos minutos mÃ¡s tarde vio las flores lilas y azules de su vestido asomarse al pasillo. Salieron en el carrito de golf hablando sobre el clima y entonces ella preguntÃ³ quÃ© le parecÃ­a el novio de Iveth. Evidentemente ella no sabÃ­a que Ã©l los habÃ­a presentado, asÃ­ que sin abundar en detalles le dijo que lo conocÃ­a y era un buen muchacho.

La Marina estaba a cinco minutos de la villa, asÃ­ que no tuvieron mucho tiempo para conversar. El recuperÃ³ algo de su cortesÃ­a caracterÃ­stica y la ayudÃ³ a salir del carrito, pues su largo vestido se quedÃ³ atrapado en el asiento. En ese momento sus rostros estuvieron tan cerca que era difÃ­cil distinguir de lejos que no eran pareja. Caminaron juntos hacia el restaurante y la luna en cuarto menguante miraba desde lejos con curiosidad cÃ³mo una pareja y tres sombras dibujaban el suelo aquella noche de solsticio.




CapÃ­tulo 5


La algarabÃ­a de los comensales de la mesa situada al final de la terraza era insostenible. Â«Hoy dÃ­a todos los jÃ³venes son escandalosos y fuman incesantementeÂ», pensÃ³ ella; no le dijo nada a su acompaÃ±ante para no parecer antipÃ¡tica, pero la verdad es que estaban haciendo mucho ruido y con el paso de los minutos se integraban mÃ¡s chicos a la mesa bulliciosa. La vista, sin embargo, era preciosa; los lujosos yates delineaban el puerto en todo su esplendor, algunos con las luces encendidas reflejando en el agua sus mÃ¡stiles majestuosos. En alguno de ellos celebraban fiestas y en algÃºn otro la desolada cubierta aguardaba ansiosa a que llegaran invitados.

AndrÃ©s interrumpiÃ³ sus pensamientos cuando le preguntÃ³ si querÃ­a tomar algo.

âUna copa de vinoâ¦ Â¡Por los viejos tiempos! âexclamÃ³ con energÃ­a, a pesar de que segundos despuÃ©s ya se estaba arrepintiendo de su atrevimiento.

âLos viejos tiemposâ¦ Â¿Y tÃº piensas alguna vez en esos viejos tiempos? âle preguntÃ³ Ã©l con su caracterÃ­stico tono jocoso, pero evidentemente Ã¡vido de una respuesta.

âMe parece que han pasado mil aÃ±os desde que abandonamos el tren de la juventud. Es inevitable recordar con nostalgia esas noches en la avenida hablando tonterÃ­as. Â¡He intentado recordar de quÃ© hablÃ¡bamos, pero no consigo hacerlo!, Â¿tÃº lo recuerdas? âinquiriÃ³ Virginia, mientras colocaba ambas manos en su barbilla y se inclinaba hacia AndrÃ©s con la curiosidad de una niÃ±a.

â Â¿Puedo traerles algo de beber? âinterrumpiÃ³ el mesero enÃ©rgicamente mientras les observaba expectante.

âUna botella de vino tinto, reserva. Y, por favor, traiga la bandeja de quesos como entrada âdijo AndrÃ©s al mesero y luego agregÃ³ mirando fijamente a Virginiaâ Â¡Como en los viejos tiempos!

Ella se sonrojÃ³ y sus pensamientos viajaron nuevamente en el tiempo a una de esas noches juveniles, donde, bajo la luz de una luna llena habÃ­an caminado juntos en la Zona Colonial con un grupo de amigos, quizÃ¡ siete en total. Uno de ellos, atrevido como ninguno, pasÃ³ una mano sobre su hombro y le preguntÃ³ en secreto: Â« Â¿CuÃ¡ndo saldrÃ¡s finalmente con AndrÃ©s?Â»

La tomÃ³ por sorpresa; no era algo que ella hubiera pensado responderle a Ã©l y solo le dijo: Â« Â¿CÃ³mo puedo responderte a ti lo que no me han preguntado ni siquiera a mÃ­? Â¿QuÃ© te hace pensar que AndrÃ©s quiere salir conmigo?Â». Su amigo sonriÃ³ y dijo para sÃ­, aunque ella pudo perfectamente: Â«no sÃ© cuÃ¡l de los dos estÃ¡ mÃ¡s despistadoÂ» y siguiÃ³ caminando con el grupo. Eso la dejÃ³ pensando el resto de la noche y no volviÃ³ a mirar a AndrÃ©s con los mismos ojos. HabÃ­an salido muchas veces juntos, pero la multitud que siempre los acompaÃ±aba era la protagonista principal de todos sus encuentros, y no ellos. Sin embargo, esa noche comenzÃ³ a pensar seriamente si el comentario de Osvaldo habÃ­a tenido algo de sentido. Esa noche las cosas comenzaron a cambiar, y por primera vez en los meses que llevaban conociÃ©ndose, pensÃ³ en AndrÃ©s con la curiosidad de quien investiga un misterio digno de Agatha Christie.

La bandeja de quesos llegÃ³ antes que el vino y el maÃ®tre abordÃ³ la mesa apresuradamente pidiendo disculpas en nombre del camarero y se llevÃ³ al pobre chico que, con rostro de confusiÃ³n indescriptible, sostenÃ­a tembloroso la bandeja, mientras intentaba pedir disculpas tambiÃ©n, aunque no sabÃ­a exactamente el motivo. Virginia no contuvo la risa y AndrÃ©s la contemplÃ³ divertido, a la vez que recibÃ­a nuevamente al maÃ®tre que estaba de regreso con el vino, que descorchÃ³ ceremoniosamente. Hicieron el primer brindis y unos minutos despuÃ©s el mundo a su alrededor parecÃ­a haber desaparecido. Ya no se escuchaba el bullicio de los jovencitos de la mesa del fondo. La bandeja de quesos de repente ya estaba en la mesa y ninguno notÃ³ cuÃ¡ndo la habÃ­an traÃ­do, la botella de vino llegaba a sus Ãºltimos instantes de vida y ni siquiera habÃ­an recordado ordenar la cena, estaban ensimismados el uno en el otro, hablando tan bajo que apenas entre ellos podÃ­an escucharse. En algÃºn momento pidieron otra botella de vino y una bandeja de antipastos, siguieron hablando, riendo y brindando hasta que el camarero despistado interrumpiÃ³ con la voz agÃ³nica de aquel que espera un regaÃ±o para avisarles que la cocina iba a cerrar y que si iban a ordenar algo de cenar debÃ­a ser en aquel momento. Virginia se extraÃ±Ã³ por el comentario y levantÃ³ la vista para notar que la suya era la Ãºnica mesa ocupada del restaurante y que casi todas las luces estaban apagadas. Por alguna razÃ³n habÃ­an pasado mÃ¡s de tres horas y no habÃ­an ordenado ni siquiera la cena. No tenÃ­an hambre y coincidieron en pedir la cuenta, mirÃ¡ndose con complicidad y a punto de estallar en risas, salieron minutos despuÃ©s del restaurante a punto de alcanzar la medianoche.

âSonia estÃ¡ aquÃ­ en el puerto, Â¿la quieres ver? âdijo AndrÃ©s con tono galante mientras caminaban por La Marina en direcciÃ³n al carrito de golf.

â Â¿Sonia? Â¿Y por quÃ© querrÃ­a yo verla? âdijo Virginia en tono sarcÃ¡stico, intentando disimular un repentino ataque de celos.

â Â¿No te gustan los yates? âdijo Ã©l sonriente y percibiendo, feliz, que habÃ­a logrado molestarla.

â Â¡A veces puedes ser tanâ¦! Argghhh! âle dijo ella, molesta cuando entendiÃ³ que se referÃ­a al yate de sus padres, que se llamaba igual que su mamÃ¡: Sonia.

â Â¡Ja, ja! Â¿Estabas celosa? âle dijo mientras la tomaba del brazo y la conducÃ­a de vuelta a La Marina, de camino al bote.

La noche de solsticio definitivamente serÃ­a larga. La luna susurraba en el cielo un poema de amor, la mÃºsica de un grupo de jazz emergÃ­a entusiasta desde uno de los yates vecinos y AndrÃ©s y Virginia caminaron juntos como tantas veces, pero solos por primera vez.




CapÃ­tulo 6


Aquel sueÃ±o la habÃ­a despertado otra vez. Sudorosa y respirando afanosamente se puso de pie y quiso correr a la cocina pero recordÃ³ que no era su casa. Â«Hay agua en la jarra del escritorioÂ», pensÃ³, y fue a buscarla, tomÃ³ un sorbo y recuperÃ³ el aliento. Eran las tres de la madrugada.

RecapitulÃ³ la noche poco a poco y pensÃ³ que apenas harÃ­a media hora de su regreso de La Marina con AndrÃ©s. Se separaron en la puerta de su cuarto, no porque ella quisiera, pensÃ³ en ese instante, sino porque probablemente ninguno de los dos se atreviÃ³ a proponer un arreglo distinto para dormir. La habÃ­an pasado fenomenal en el yate, donde encontraron una botella de vino mÃ¡s y siguieron hablando de los viejos tiempos hasta que la mÃºsica de jazz de la fiesta vecina se apagÃ³ y pensaron que era hora de volver. La corta distancia de La Marina a la casa hizo mÃ¡s fÃ¡cil conducir el carrito, pero a la hora de encontrar la llave para abrir la puerta, las risas no se hicieron esperar y ambos parecÃ­an chiquillos traviesos burlÃ¡ndose de la situaciÃ³n. Virginia recordÃ³ que alguno de los dos sugiriÃ³ ir a la piscina, quizÃ¡sâ¦ Â¡TraÃ­a puesto el traje de baÃ±o y no la pijama! Y entonces recordÃ³ que por eso se habÃ­an separado en la puerta, porque se reunirÃ­an en unos minutos en el jacuzzi. Â¿CuÃ¡nto tiempo habÃ­a pasado? Solo sabÃ­a que habÃ­a tenido aquel sueÃ±o, por tanto, se habÃ­a quedado dormida al menos unos minutos. TomÃ³ otro sorbo de agua y aÃºn aturdida por el vino decidiÃ³ lanzar una mirada al patio para saber si Ã©l estaba allÃ­ esperÃ¡ndola. El traje de baÃ±o negro y de una sola pieza cruzaba en tirantes su espalda y dejaba al descubierto un escote discreto, pero escote al fin. TomÃ³ un chal del mismo color que descansaba en la silla del escritorio, se envolviÃ³ en Ã©l y atravesÃ³ el pasillo. Lo vio saliendo de la cocina con un gran vaso de agua en la mano, su baÃ±ador azul y una toalla blanca colgada al cuello, estaba mojado, por ende habÃ­a estado en el agua. Ãl la mirÃ³ con cara de sorpresa y le dijo:

âYa iba de vuelta a la habitaciÃ³n, Â¡pensÃ© que te habÃ­as arrepentido de ir a la piscina!

âPues la verdad es que me quedÃ© dormida unos minutos, pero sÃ­ que me hace falta entrar al jacuzzi y con agua muy caliente, asÃ­ que vamos âdijo Virginia pensando en olvidar la desagradable sensaciÃ³n que le dejaba tener aquel sueÃ±o, justo cuando todo parecÃ­a haber sido olvidado.

â Â¿MÃ¡s vino? âpreguntÃ³ AndrÃ©s riendo a sabiendas de que ya habÃ­an tomado demasiado.

âNo es de princesas tomar de mÃ¡sâ¦ âle respondiÃ³ Virginia guiÃ±Ã¡ndole un ojo y quitÃ¡ndole el vaso de agua para bebÃ©rselo ella.

AndrÃ©s se dio vuelta entornando los ojos mientras pensaba en lo mucho que le gustaba la idea de quedarse con ella en la casa. Â« Â¡QuÃ© importa!Â», pensÃ³â¦ Â¡QuizÃ¡ le gustarÃ­a quedarse con ella para siempre!

Virginia se deshizo del chal y entrÃ³ al jacuzzi que burbujeaba incesante. El olor a lavanda impregnaba el ambiente y el agua tibia acariciaba con ternura su cuerpo. Se sumergiÃ³ por unos agradables segundos que quiso hacer eternos y, cuando saliÃ³ a la superficie, AndrÃ©s ya estaba entrando al agua. No pudo evitar el sobresalto y el grito ahogado que llegÃ³ con Ã©l, provocando las burlas de AndrÃ©s por su Â«valentÃ­aÂ».

âNo esperaba verte de repente. Â¡Me asustaste! Â¡TÃº tambiÃ©n hubieras gritado! âdijo ella en tono defensivo. Y agregÃ³, cambiando drÃ¡sticamente el temaâ Â¿Por quÃ© el agua huele a lavanda?

âMi mamÃ¡ insiste en poner sales aromÃ¡ticas cuando viene a meditar. Han de haberse quedado por allÃ­ âmintiÃ³ AndrÃ©s; era Ã©l quien las usaba para meditar.

âPues el gusto de tu mamÃ¡ es impecable. Â¡Amo la lavanda! âdijo ella, mientras se sumergÃ­a otra vez.

AndrÃ©s se sumergiÃ³ tambiÃ©n y tomÃ³ un largo y profundo respiro mientras se decÃ­a a sÃ­ mismo que habÃ­a llegado el momento que por tantos aÃ±os ambos habÃ­an procrastinado.

Virginia lo sintiÃ³ moverse a sus espaldas y rodear con sus manos su cintura, no sabÃ­a si quedarse sumergida o salir, en pocos segundos ya no tendrÃ­a que decidirlo y, aunque no estaba segura de si ella habÃ­a emergido o si Ã©l la habÃ­a sacado, lo cierto es que ahora la mitad de sus cuerpos estaba debajo del agua y la otra mitad estaba fuera. Ella esperÃ³ impaciente y callada, pues estaba de espaldas. Ãl, sin soltar su cintura, la girÃ³ muy despacio en el agua hasta que finalmente quedaron frente a frente. Las burbujas reventaban estrepitosamente por todas partes y bajo la luna del solsticio, AndrÃ©s se inclinÃ³ hacia Virginia y la besÃ³ en los labios, primero con ternura y luego con la pasiÃ³n de un amor colegial. Virginia pensÃ³ que seguÃ­a sumergida por completo en el agua. SentÃ­a cÃ³mo sus cuerpos se acercaban hasta querer ocupar el mismo espacio, y sus manos, controladas por una fuerza superior a ella, subieron hasta alcanzar el rostro de AndrÃ©s. Sus cuerpos se enlazaban como imanes el uno al otro dentro y fuera del agua y, por un breve instante, fueron un solo cuerpo. Mientras tanto, la luna en cuarto menguante sonreÃ­a satisfecha.




CapÃ­tulo 7


Diez aÃ±os atrÃ¡s, el ambiente festivo de diciembre inundaba el ambiente tal y como ahora con prematura anticipaciÃ³n. Las luces y guirnaldas navideÃ±as comenzaban a adornar las principales avenidas, a pesar de que el mes de octubre no habÃ­a terminado. Como cada viernes, AndrÃ©s pasÃ³ a recoger a Virginia a su casa y enseguida se dirigieron a encontrarse con Marcelo, un amigo y excompaÃ±ero de estudios de AndrÃ©s, que lo habÃ­a ayudado a conseguir su antiguo puesto en la agencia de viajes y habÃ­a sido su apoyo en esos meses en los que reciÃ©n abrÃ­a su empresa de traducciones. Se conocÃ­an desde hacÃ­a muchos aÃ±os y habÃ­an compartido en mÃºltiples ocasiones, sobre todo cuando acababa de llegar de CanadÃ¡.

Marcelo, extrovertido y brillante como pocos, ya era buen amigo de Virginia, pues la conocÃ­a gracias a Iveth, con quien trabajaba en la agencia. Pero no fue sino hasta que AndrÃ©s se integrÃ³ al grupo que pensÃ³ en lo genial que era la compaÃ±Ã­a de Virginia para tomar vino tinto los viernes en los parques de las grandes avenidas.

Esa noche AndrÃ©s bromeÃ³ con ella al recogerla pasadas las siete y hablaron de un viaje que pronto harÃ­a todo el grupo a la playa. El telÃ©fono de Virginia timbraba con desesperaciÃ³n mientras hablaban y, a pesar de que ella lo miraba e ignoraba la llamada, AndrÃ©s insistÃ­a para que lo levantara, pues alcanzaba a ver el nombre del interlocutor y morÃ­a de curiosidad. La situaciÃ³n se prolongÃ³ toda la noche, pues su exnovio, realmente enamorado, se negaba a dejarla ir y ella finalmente apagÃ³ en algÃºn momento el celular. Llegaron a encontrarse en el parque de siempre, y, como siempre, AndrÃ©s sacÃ³ del baÃºl la botella de vino, las copas y el descorchador. En aquella Ã©poca, Virginia trabajaba en el departamento de ventas de una constructora turÃ­stica, habÃ­a dejado a su novio de dos aÃ±os porque ya no querÃ­a casarse con Ã©l, y exploraba la desconocida y emocionante sensaciÃ³n de sentarse a tomar vino con dos hombres que no eran nada mÃ¡s que sus amigos.

La primera vez que Marcelo la llamÃ³ para una de estas aventuras, era ya tarde en la noche y cuando vio su nÃºmero en el identificador de su celular, vestÃ­a su pijama. Se acostumbraba a sus primeras semanas sin novio y las llamadas nocturnas que recibÃ­a solÃ­an ser del pobre desdichado pidiendo que lo pensara mejor, asÃ­ que cuando vio que no era Ã©l, tomÃ³ la llamada enseguida. Un escandaloso ây evidentemente tomadoâ Marcelo se escuchaba del otro lado en medio de la mÃºsica diciendo: Â« Â¡Te vamos a pasar a buscar, AndrÃ©s quiere salir contigo!Â». Su corazÃ³n latiÃ³ violentamente, y no alcanzaba a entender con claridad el mensaje, no sabÃ­a quÃ© significaba aquello y le respondiÃ³ que ya era tarde y que estaba en pijama.

Ese fin de semana, aquella llamada fue el plato fuerte de conversaciÃ³n con Iveth y Gabriela, sus mejores amigas. QuizÃ¡ Osvaldo tenÃ­a razÃ³n despuÃ©s de todo y AndrÃ©s sÃ­ querÃ­a salir con ella, quizÃ¡ era Marcelo quien realmente querÃ­a salir con ella, Â¡todo tenÃ­a tantas aristas en su cabeza! Tuvo que esperar al viernes siguiente, esta vez comieron juntos, como solÃ­an hacer a veces en una plaza cercana al trabajo de ambos, y Marcelo le dijo que saldrÃ­an a las sieteâ¦ Ella dijo que sÃ­.

Y a partir de aquel viernes esas salidas se hicieron una costumbre solo interrumpida por causas mayores o por salidas en grupos mÃ¡s grandes. La pasaban muy bien los tres hablando, riendo y, al llegar la medianoche, saliendo a buscar algo de comer. Ya lo habÃ­an hecho un par de veces y con el tiempo empezaron a integrarse al grupo otros amigos de Virginia, asÃ­ que la noche de Navidad, AndrÃ©s y Marcelo estuvieron bailando hasta el amanecer con ella y sus amigos, en una noche que, aunque memorable, no todos podÃ­an recordar con claridad. Era un grupo realmente divertido y la pasaban bienâ¦ el coqueteo era infinito entre ellos dos, pero nunca âque ellos recordaranâ habÃ­a pasado de puro coqueteo.

Y aquella noche, mientras tomaban su botella de vino, ella descubriÃ³ algo en su mirada que no podÃ­a descifrar. QuerÃ­a arrancar las palabras de su boca, pero no podÃ­a. MorÃ­a por entrar en su cabeza, pero le preocupaba delatarseâ¦ Una doncella no puede permitirse revelar sus sentimientos jamÃ¡s. Y cuando AndrÃ©s la llevaba de regreso a casa con el respeto y formalidad que lo caracterizaban, Virginia tuvo que luchar contra viento y marea para no preguntarle quÃ© sentÃ­a por ella; quizÃ¡, de haberlo hecho, las burbujas de lavanda hubieran reventado diez aÃ±os antes.

Todos esos recuerdos pasaban por su cabeza cuando el agua tibia del jacuzzi comenzÃ³ repentinamente a tornarse frÃ­a como hielo, las burbujas de lavanda dejaron de reventar y las luces que iluminaban el fondo de la piscina de un tono azul brillante se apagaron. El resto de la casa seguÃ­a iluminado, pero todo el patio permanecÃ­a a oscuras. OcurriÃ³ de pronto y no tuvieron mÃ¡s alternativa que salir del agua, pues la temperatura bajÃ³ tan de prisa que parecÃ­a que todo iba a congelarse. AndrÃ©s pensÃ³ que algo se habÃ­a descompuesto y quiso ver los interruptores, pero Virginia le advirtiÃ³ que dejara a los expertos electricistas que vinieran en la maÃ±ana a revisar y sugiriÃ³ entrar a la casa.

Las nubes comenzaron a ocultar la luna que minutos antes les sonreÃ­a y se desatÃ³ una tormenta elÃ©ctrica que transformÃ³ el romÃ¡ntico escenario anterior. Se acurrucaron envueltos en las toallas en el sofÃ¡ de la sala para calentarse y ninguno se animÃ³ a iniciar la conversaciÃ³n, asÃ­ que se quedaron simplemente allÃ­, recostados uno en el otro hasta que finalmente AndrÃ©s hablÃ³, pero ella ya estaba dormidaâ¦ AsÃ­ que se recostÃ³ otra vez y allÃ­ les encontrÃ³ la maÃ±ana.




CapÃ­tulo 8


El aviÃ³n aterrizÃ³ unos minutos antes de lo pautado en el aeropuerto de Santo Domingo. La escala en Nueva York habÃ­a sido mÃ¡s larga de lo planeado porque se averiaron los sistemas de transporte automÃ¡tico del equipaje y estaban subiÃ©ndolos manualmente. La estancia en Quebec habÃ­a sido corta pero agradable, sus sobrinas habÃ­an resultado ser tan adorables como en las fotografÃ­as que enviaba a la familia su hermana Sophie. La novedad de las gemelas reciÃ©n nacidas habÃ­a movilizado a toda la familia a CanadÃ¡ por unas semanas, interrumpiendo los planes de AndrÃ©s para el mes mÃ¡s festivo del aÃ±o. Partieron a principio de diciembre a Quebec para conocer las niÃ±as y compartir juntos la Navidad y el fin de aÃ±o, sin embargo a mediados de mes, con la excusa del cierre contable de su reciÃ©n formada empresa de traducciÃ³n, AndrÃ©s anunciÃ³ que regresarÃ­a al paÃ­s antes de las fiestas.

Ante las protestas de su madre, la conformidad de su padre y la indiferencia de sus hermanas, tomÃ³ el aviÃ³n de regreso y en todo el viaje solo pudo pensar en ella y en el momento en que se encontrarÃ­an otra vez, en sus noches de vino tinto y ruido citadinoâ¦ QuizÃ¡ ahora lograrÃ­a que no estuviera Marcelo, o el resto de personas que solÃ­an aparecer de la nada justo cuando hubiera querido hablar a solas con ella. PensÃ³ que tal vez no habÃ­a hecho lo suficiente para que ella notara su interÃ©s mÃ¡s allÃ¡ de la amistad, pero eso definitivamente iba a cambiar. Ya estaba solteraâ¦Aunque su telÃ©fono no dejaba de sonar y ella contestaba; no siempre, pero a veces contestaba. QuizÃ¡ aÃºn querÃ­a volver con aquel novio impertinente. Durante las siete largas horas de vuelo pensÃ³ en muchas cosas, ninguna tenÃ­a que ver con la contabilidad de su compaÃ±Ã­a.

El capitÃ¡n hizo el anuncio de bienvenida a la ciudad, seguido del aviso de que los mantendrÃ­a en pista unos minutos esperando una puerta disponible, ya que se habÃ­an adelantado. La noche se deslizaba sigilosa por la ventana y pensÃ³ aprovechar que no era tarde para llamarla; no habÃ­an hablado ni siquiera por correo electrÃ³nico durante los diez dÃ­as que habÃ­a estado en Quebec, asÃ­ que el sonido de su voz serÃ­a mÃºsica para sus oÃ­dos. Y es que, en la soledad de la nieve que arropaba el paisaje, visto desde el jardÃ­n delantero en casa de su hermana, comprendiÃ³ que la extraÃ±aba demasiado y, aunque volver significaba pasar por primera vez la Navidad lejos de sus padres, cuando llegÃ³ el viernes y su madre le pidiÃ³ descorchar el vino, decidiÃ³ que descorcharÃ­a la prÃ³xima botella con Virginia.

El celular repicaba incesante con la canciÃ³n de apertura de El Fantasma de la Ãpera. Pasaban unos minutos de las nueve de la noche de aquel domingo de diciembre y Virginia preparaba su ropa para ir a trabajar al dÃ­a siguiente. SintiÃ³ la mÃºsica de su obra de teatro preferida inundar apasionadamente la habitaciÃ³n y mirÃ³ la pantalla. Sorprendida de ver el nombre de AndrÃ©s Nova en su identificador, pulsÃ³ con creciente curiosidad el botÃ³n para contestar:

â Â¿SÃ­?

â Â¿SÃ­?, Â¿es la forma de contestar en estos dÃ­as?

â Â¿Llegaste? âpreguntÃ³ una desconcertada Virginia.

âCasiâ¦ AÃºn no bajo del aviÃ³n, pero sÃ­... âdijo AndrÃ©s mientras escuchaba el intercambio de las azafatas indicando que habÃ­an aparcado el aviÃ³n y podÃ­an salir.

Como su asiento estaba en primera clase lo invitaron a salir recordÃ¡ndole que debÃ­a abstenerse de usar el celular en el Ã¡rea de migraciÃ³n. Se puso de pie para tomar su equipaje del maletero superior, mientras intentaba sostener el celular con su hombro para no interrumpir su conversaciÃ³n.

â Â¿De verdad estÃ¡s todavÃ­a en el aviÃ³n? âcontinuaba con incredulidad Virginia, que escuchaba las bocinas dando los avisos mientras hablaban.

â Â¿Por quÃ© te sorprende?âle dijo Ã©l, sin saber aÃºn el origen de tan repentina valentÃ­a.

Ya caminaba hacia fuera y empezaron a aparecer las seÃ±ales de prohibiciÃ³n y no tuvo mÃ¡s remedio que decirle que volverÃ­a a llamarla desde el automÃ³vil.

TranscurriÃ³ una hora completa desde la primera llamada hasta la segunda. Durante esos sesenta minutos de confusiÃ³n, Virginia marcÃ³ a su amiga Iveth, que a su vez puso en la lÃ­nea a Gabriela y empezaron a elaborar teorÃ­as del significado de lo que habÃ­a pasado. La primera vez que hablaron de eso, cuando la llamÃ³ Marcelo, quedaron mil dudas por aclarar, esa noche habÃ­an quedado despejadas. Definitivamente AndrÃ©s estaba locamente enamorado de Virginia, no habÃ­a dudas. Llamarla apenas habÃ­a aterrizado su aviÃ³n era la forma mÃ¡s sutil y a la vez exagerada de demostrarlo; decirlo hubiera sido mÃ¡s fÃ¡cil, pensÃ³ Gabriela, ya que, en su opiniÃ³n, ese gesto hacÃ­a que pareciera desesperado.

Por varios minutos solo hablaban Iveth y Gabriela, mientras ella esperaba a que sonara El Fantasma de la Opera nuevamente. Cuando eso finalmente pasÃ³, le tomÃ³ menos de cinco segundos decirles a las chicas que las llamarÃ­a despuÃ©s.

â Â¡Disculpa! Ni siquiera vi bien la hora, apenas acabo de salir y me espera Marcelo. Â¡No debÃ­ llamarte tan tarde!

âÂ¡No!, Â¡estÃ¡ bien! Es decir, estaba despiertaâ¦ Â¿Y cÃ³mo te fue? Â¡Pensaba que regresarÃ­as despuÃ©s de aÃ±o nuevo!

âSÃ­, pero tenÃ­a que resolver algunos asuntos de la empresa. Alcanzo a ver a Marcelo, Â¿crees que podrÃ­amos almorzar juntos maÃ±ana?

âSÃ­, claroâ¦ Me alegra que hayas regresadoâ¦ A salvo, quiero decir, Â¡quÃ© descanses! MaÃ±ana me avisas para coordinar âdijo Virginia, algo decepcionada de tener que colgar.

Se despidieron. Un impaciente Marcelo esperaba a su amigo para entender los detalles del anticipado regreso y ahora tambiÃ©n querÃ­a saber con quiÃ©n venÃ­a conversando en el celular si apenas acababa de llegar.

âLe avisaba a mi mamÃ¡ que ya estoy aquÃ­ âmintiÃ³, ante la insistencia de Marcelo.

El cielo comenzÃ³ a nublarse y ocultÃ³ la tenue luz de la luna en cuarto menguante. LlovÃ­a en la ciudadâ¦




CapÃ­tulo 9


El aviso de tormenta se extendiÃ³ ese lunes a toda la isla y lo que empezÃ³ como una leve llovizna aquel domingo de diciembre del aÃ±o dos mil siete se convirtiÃ³ en la Tormenta Olga. El fenÃ³meno atmosfÃ©rico dejÃ³ catorce muertos en la RepÃºblica Dominicana, mÃ¡s de treinta mil personas damnificadas y daÃ±os en miles de casas. AdemÃ¡s de mÃºltiples poblados incomunicados, los estragos de las lluvias que iniciaron el lunes y se prolongaron por setenta y dos horas, impidieron tambiÃ©n el encuentro esperado por Virginia y AndrÃ©s.

La ciudad se tornÃ³ intransitable durante varios dÃ­as y cuando finalmente se restablecieron las comunicaciones, las prioridades de todos habÃ­an cambiado y el trabajo acumulado durante los dÃ­as no laborables impidiÃ³ que ese viernes retomaran la rutina.

Cora Gibson, la asistente personal de AndrÃ©s, tomaba las llamadas de Virginia a la oficina, algunas veces anotaba sus mensajes y otras simplemente olvidaba entregarlos. La chica era una rara excepciÃ³n en el mundo de las rubias; hablaba cinco idiomas con apenas veintitrÃ©s aÃ±os, asÃ­ que, ademÃ¡s de anotar algunos mensajes, recibÃ­a los pedidos de clientes y se encargaba de las traducciones mÃ¡s sencillas. Era hija de una pareja canadiense, buenos y viejos amigos de sus padres. Pasaron juntos muchas navidades en su niÃ±ez, y a pesar de que era apenas cinco aÃ±os menor que Ã©l, la seguÃ­a viendo como la niÃ±a de ojos azules y larga cabellera rubia que siempre jugaba con sus hermanas. Cuando ella llegÃ³ a pedirle trabajo reciÃ©n graduada de una licenciatura en Lenguas Extranjeras, le pareciÃ³ extraÃ±o que, siendo su padre el gerente general de una multinacional canadiense, acudiera a su microempresa de traducciÃ³n. Era un gran recurso, asÃ­ que no dudÃ³ en darle el puesto, no sin antes aclararle que la paga era modesta. SabÃ­a de su inteligencia por los elogios que su madre no cesaba de expresar cuando querÃ­a reprocharles algo a sus hermanas y mÃ¡s de una vez doÃ±a Sonia habÃ­a insinuado que Dante debÃ­a salir con ella, pues como era polÃ­glota podrÃ­a acompaÃ±arlo en sus giras con la filarmÃ³nica sin sentirse fuera de lugar. Dante solo contestaba a estos comentarios que: Â« Â¡Ya suficiente hablan las mujeres que conocen una sola lengua! Â¡De solo pensar cuÃ¡nto hablarÃ­a una que puede hacerlo en cinco lenguas, ya estoy agotado!Â».

Bromeaba, por supuesto. Cora era bailarina clÃ¡sica de la academia de artes de Quebec antes de que la empresa donde trabajaba su padre lo escogiera para abrir sus oficinas en Santo Domingo y se mudaran. Se veÃ­an con alguna frecuencia y en mÃ¡s de una ocasiÃ³n quiso invitarla a salir; en una Ã©poca, durante las clases de verano, salÃ­a de clases al atardecer y esperaba unos minutos en un banco al pie de las escaleras a que saliera ella. Cora vestÃ­a siempre el uniforme de leotardo negro y mallas rosa, parcialmente ocultas por un tutÃº de igual color, atado a su minÃºscula cintura. SolÃ­a desatar su copiosa cabellera justo antes de bajar las escaleras, y la dorada melena recorrÃ­a la espalda, apenas cubierta, hasta alcanzar el lazo de su tutÃº. Ella sabÃ­a que aquel ritual atraÃ­a las miradas de mÃ¡s de un estudiante, y sabÃ­a tambiÃ©n que uno de ellos era Dante. El problema era que lo conocÃ­a por sus romances veraniegos, primaverales y en finâ¦ Ninguno duraba mÃ¡s de una estaciÃ³n.

La idea de tener que verlo en Navidad, cuando era seguro que para otoÃ±o ya tendrÃ­a otra novia, desechaba cualquier esbozo de debilidad ante sus propuestas seductoras. AsÃ­ que por mucho que Dante insinuÃ³ sus intenciones, ella siempre le dejÃ³ claro que no estaba interesada en lo absoluto. No habÃ­a sido sencillo, porque definitivamente Ã©l era un gran partido. Su cuerpo bien formado, producto de aÃ±os practicando la nataciÃ³n y su abundante cabello negro llevado a los hombros eran solo unos pocos de sus atractivos. Era el mejor violinista de la academia; sus solos eran apasionados y brillantes y los rumores de que la filarmÃ³nica pronto lo contratarÃ­a para sus giras internacionales habÃ­an elevado su popularidad al cielo. Pero Cora, pese a su juventud, era determinada en sus decisiones y no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer.

AsÃ­ que los comentarios de doÃ±a Sonia no eran totalmente desacertados; sin embargo, con tanta atenciÃ³n, Dante no perderÃ­a la cabeza por tener una damisela menos en su creciente colecciÃ³n y, con el tiempo, la descartÃ³ como pareja y siguieron siendo amigos. Cora, por otro lado, pasÃ³ la mitad de su adolescencia lanzando indirectas al Â«hermano buenoÂ», como solÃ­a llamar a AndrÃ©s cuando hablaba de Ã©l con sus amigas de la academia. Pero se veÃ­an solamente en ocasiones especiales, pues AndrÃ©s no contaba las artes como una de sus pasiones y las horas libres las pasaba en la cancha de tenis o en la piscina. La pobre chica hacÃ­a visitas improvisadas a la casa Nova con la excusa de practicar el arabesque de la prÃ³xima funciÃ³n con Anne y Sophie, ambas compaÃ±eras de clase; sin embargo, pasaba mÃ¡s tiempo interrogÃ¡ndolas sobre la Ãºltima conquista amorosa de AndrÃ©s, que casi nunca estaba en casa.

AndrÃ©s nunca notÃ³, en los aÃ±os previos a que trabajaran juntos, el creciente interÃ©s romÃ¡ntico de Cora por Ã©l. Pero, en fin, Ã©l habÃ­a demostrado que no tenÃ­a buena intuiciÃ³n en el amor. Es por eso que cuando finalmente ella lo invitÃ³ a salir sin preÃ¡mbulo alguno el viernes posterior a la tormenta, la sorpresa se dibujÃ³ en su rostro y se preguntÃ³ en quÃ© momento se habrÃ­a convertido esta chiquilla en una adulta.

Desconcertado, usÃ³ la vieja excusa de un compromiso previo para desanimarla y, luego de convencerla de forma cariÃ±osa de bajar de su escritorio, continuÃ³ trabajando en su computadora mientras ella se alejaba a su puesto con una sonrisa en los labios y la convicciÃ³n de que en poco tiempo lo tendrÃ­a a sus pies. La sorpresa de la repentina invitaciÃ³n dejÃ³ a AndrÃ©s pensando en otros temas y por unos minutos dejÃ³ de preguntarse el porquÃ© de su silencio.

El fin de semana, Marcelo sugiriÃ³ ver una pelÃ­cula de terror en su casa para levantar los Ã¡nimos tras la tormenta. Todo el grupo hizo acto de presencia y mÃ¡s de diez amigos estaban reunidos para ver la cuarta entrega de El Juego del Miedo, estrenada hacÃ­a un par de semanas en el cine y disponible en copias clandestinas gracias al amigo de un amigo de Marcelo.

Iveth y su prometido llegaron temprano, Gabriela y Osvaldo que ya llevaban un par de meses saliendo juntos se unieron poco despuÃ©s. A la primera oportunidad, Iveth se acercÃ³ a AndrÃ©s que, sentado en el sofÃ¡ con una copa de vino, conversaba con Marcelo sobre lo ocurrido con Cora.

â Â¿Interrumpo? âpreguntÃ³ ella, sentÃ¡ndose al lado de su amigo y antes compaÃ±ero de trabajo.

â Â¡Nunca! âdijo Marcelo, poniÃ©ndose de pie para abrir la puerta, que sonaba a pocos pasos de ellos.

â Â¿Y tÃº? Â¿Has hablado con Virginia? Â¿Sabes a quÃ© hora viene? âinquiriÃ³ AndrÃ©s, con un tono de fingida indiferencia al dirigirse a Iveth.

âSu telÃ©fono celular se descompuso con la tormenta y anoche, que hablÃ© con ella, aÃºn no lo habÃ­an reparado. Â¿De verdad no han conversado ustedes dos? âpreguntÃ³ Iveth, mientras observaba su reacciÃ³n atentamente, pero Ã©l no estaba poniendo atenciÃ³n.

Su mirada se dirigÃ­a a la puerta, por donde hacÃ­a su entrada Virginia, en un inolvidable vestido rojo, corto y de falda ancha, que dejaba al descubierto sus piernas lindas y bien formadas. Su cabello corto se agitaba con soltura mientras giraba la cabeza de un lado a otro saludando con un beso a todos y dejando discretas marcas de su labial rojo rubÃ­ en mÃ¡s de una mejilla. Cuando finalmente llegÃ³ al sofÃ¡ tuvo que sostener su falda para agacharse a saludar a Iveth y luego a AndrÃ©s, que se apurÃ³ en ponerse de pie, como le habÃ­an enseÃ±ado sus padres que se hace cuando una dama entra al salÃ³n.

Se encontraron a medio camino y sus rostros quedaron muy cercaâ¦ demasiado cerca. La pelÃ­cula ya iba a comenzar.




CapÃ­tulo 10


Las gotas de sudor comenzaron a empapar su frente y minutos despuÃ©s la escuchÃ³ gritar ahogadamente: Â« Â¡SuÃ©ltame!Â». La tenÃ­a ligeramente abrazada y pensÃ³ que se dirigÃ­a a Ã©l. LevantÃ³ su brazo y notÃ³ que seguÃ­a dormida; evidentemente estaba teniendo una pesadilla. Segundos despuÃ©s despertÃ³ por completo, visiblemente angustiada y ajena todavÃ­a al lugar donde se encontraba: los brazos de AndrÃ©s.

Un impetuoso sol se colaba por las cortinas y con Ã©l una brisa ligera que las agitaba esporÃ¡dicamente; no cerraron las puertas de cristal que daban acceso al patio trasero. Ambos se incorporaron sin saber exactamente quÃ© decir.

âHace calor hoy. Buenos dÃ­asâ¦ âdijo ella, interrumpiendo el silencio.

â Â¡Buenos dÃ­as! HarÃ© cafÃ©. ârespondiÃ³ Ã©l, poniÃ©ndose de pie, no sin antes besar su cabeza, preguntÃ¡ndose quÃ© habrÃ­a estado soÃ±ando minutos antes.

Virginia aprovechÃ³ para correr a su cuarto. VestÃ­a la misma toalla y el traje de baÃ±o de la noche anterior, asÃ­ que se dio una ducha. El agua frÃ­a recorriÃ³ su espalda y la espuma de baÃ±o con aroma a lavanda trajo de vuelta las imÃ¡genes de la noche anterior. SaliÃ³ de la ducha y se envolviÃ³ en una elegante bata de baÃ±o blanca que colgaba de la puerta. Â¿QuÃ© habrÃ­a pasado con el jacuzzi? Se preguntÃ³ mientras cepillaba sus dientes. Secaba su cabello cuando lo escuchÃ³ tocar anunciando que el cafÃ© estaba listo.

â Â¡Puedes pasar! âdijo, mientras salÃ­a del cuarto de baÃ±o. MirÃ³ el reloj en el escritorio, apenas y marcaban las ocho de la maÃ±ana, si acaso habrÃ­an dormido unas tres o cuatro horas.

â Â¡CafÃ©! âexclamÃ³ AndrÃ©s extendiÃ©ndole una de las dos tazas azules que traÃ­a en la mano.

âGracias, me hace falta. Â¿No dormimos mucho, verdad? âdijo Virginia con una sonrisa involuntaria dibujada en los labios.

âPues yo considero que tÃº dormiste bastante. Â¿Tienes planes hoy? âpreguntÃ³ AndrÃ©s, bajando por unos instantes la mirada.

âPues, dÃ©jame verâ¦ Primero que nada, tengo que recordarte que llames al electricista. Â¡Y luegoâ¦ desayunar! Â¡Muero de hambre! ârespondiÃ³ Virginia tomando un sorbo de cafÃ©.

Los separaban solo un par de pasos y AndrÃ©s los redujo cuando rodeÃ³ su cintura con su mano libre, la atrajo hacia su pecho y besÃ³ sus labios con ternura por apenas unos segundos.

âHueles a lavandaâ¦ âle dijo Ã©l mientras acariciaba su espalda.

âHueles a cafÃ©â¦ âle respondiÃ³ ella mientras lo empujaba fuera de la habitaciÃ³n para cambiarse.

Quedaron en verse unos minutos despuÃ©s para desayunar juntos. Virginia no podÃ­a creer lo que estaba ocurriendo en aquel momento, no es que en realidad hubiera pasado algo extraordinario, apenas se habÃ­an besado, pero lo que sentÃ­a cada vez que Ã©l la tocaba era algo que hacÃ­a muchos aÃ±os no experimentaba. Su corazÃ³n latÃ­a como el de una quinceaÃ±era entusiasmada con su primer amor y parecÃ­a insensato hasta para ella, una empedernida romÃ¡ntica que guardaba un ejemplar en capa dura de Orgullo y Prejuicio en su mesita de noche.

AprovechÃ³ para escribir un mensaje a su hija Noelia, que pasaba las vacaciones en SÃ­dney, Australia, con su padre y abuelos paternos. Estar lejos de ella por todo un mes al principio le resultÃ³ una agonÃ­a, pero era consciente de que no tenÃ­a derecho a anteponer sus intereses a los de su hija y Dios sabÃ­a que su exmarido ya sufrÃ­a bastante con no poder estar con la niÃ±a todo el tiempo.

Su matrimonio durÃ³ casi cuatro aÃ±os, Noelia tenÃ­a dos cuando Virginia decidiÃ³ poner fin a la relaciÃ³n, ahora la niÃ±a tenÃ­a cuatro. Nunca quiso irse a vivir a SÃ­dney con el padre de su hija; no era parte del trato. Tal vez nunca lo amÃ³ lo suficiente como para dejarlo todo por Ã©l, que la amaba demasiado y sÃ­ habÃ­a dejado su familia y su paÃ­s por ella. Noah era el representante de una universidad australiana que auspiciaba un programa de becas. Pasaba al menos la mitad del aÃ±o trabajando con las solicitudes, evaluaciones y entrevistas de los candidatos. En ocasiones impartÃ­a charlas motivacionales a los estudiantes de la universidad local que fungÃ­a como socio estratÃ©gico. AsÃ­ se conocieron. Virginia acompaÃ±aba a Iveth a una de las charlas, pues se habÃ­a divorciado hacÃ­a poco y estaba deseosa de alejarse de todo y de todos. A unas semanas de finalizar la maestrÃ­a en negocios que cursaban juntas, vieron el anuncio de la charla y entraron a oÃ­rla.

El apuesto australiano llevaba el cabello largo y rubio sostenido en el cuello con una liga, a pesar de que algunos mechones se resbalaban y colgaban sobre sus pÃ³mulos definidos y bronceados. Llevaba una camisa blanca que solo llegaba al antebrazo, sus vaqueros azules combinaban con sus ojos y las botas negras parecÃ­an adecuadas para cualquier escenario menos para el de una charla sobre becas universitarias para postgrados y doctorados. Â« Â¡Australiaâ¦!Â», habÃ­a susurrado Iveth dando un codazo a su compaÃ±era, que recordÃ³ aquello mientras escribÃ­a el mensaje para Noelia en su telÃ©fono y veÃ­a la foto de su exmarido en el perfil.

Fue un encantamiento a primera vista para ambos. La quÃ­mica no se hizo esperar y una extrovertida Virginia levantÃ³ la mano varias veces para hacer preguntas. Su amiga la desconocÃ­a por completo; estaba coqueteando descaradamente con Ã©l, la misma que meses antes habÃ­a sido incapaz de impedir que el amor de su vida se casara con otra. Los nueve meses que durÃ³ el noviazgo parecieron una eterna luna de miel, con las interrupciones necesarias de sus regresos a SÃ­dney, el resto del tiempo lo pasaron juntos.

Cuando se casaron, sus familias tenÃ­an distintas opiniones acerca de dÃ³nde debÃ­an vivir, pero todos coincidÃ­an en algo: era decisiÃ³n de la pareja. Para ella, Australia siempre fue un destino al que ir de vacaciones; allÃ­ pasaban algunas semanas, cuando las vacaciones de su trabajo se lo permitÃ­an. Eso no cambiarÃ­a, ya se lo habÃ­a dicho muchas veces, y Ã©l lo habÃ­a aceptado. Pero cuando naciÃ³ Noelia, todo se complicÃ³, Ã©l querÃ­a llevar a la niÃ±a a SÃ­dney cada vez que debÃ­a viajar por su trabajo durante un mes. Â«EstarÃ¡ bien con mis padres, mientras estoy en la universidadÂ», decÃ­a Ã©l. Â« Â¡Donde estÃ© mi hija, estoy yo!Â», decÃ­a ella.

Finalmente, luego de casi dos aÃ±os de discusiones, a Noah le ofrecieron una vicerrectorÃ­a en la universidad. Era una tonterÃ­a negarse, pues el programa de becas cerrarÃ­a ese aÃ±o y profesionalmente la oferta era un gran honor. Pero el puesto era en SÃ­dney y a tiempo completo; ella se lo hizo fÃ¡cil y le propuso el divorcio, acordaron amigablemente la custodia compartida de Noelia y, poco a poco, ella aprendiÃ³ a desprenderse de la niÃ±a por algunos dÃ­as, en ciertas Ã©pocas del aÃ±o. Desprenderse de Ã©l fue mÃ¡s fÃ¡cil, quizÃ¡ demasiado. Se dejÃ³ llevar por una emociÃ³n y se casÃ³ con Ã©l sin amarlo; lo apreciaba, eso estaba claro, pero como a un gran amigo. En cambio, claramente Ã©l estaba mucho mÃ¡s enamorado y, a pesar de que en las parejas siempre habrÃ¡ uno que quiera mÃ¡s, si uno ama pero el otro solamente quiere, es obvio que al final alguien saldrÃ¡ innecesariamente herido. Ella aprendiÃ³ por experiencia.

EsperÃ³ una respuesta a su mensaje; le llegÃ³ una fotografÃ­a de su hija en la playa, luego un video de la niÃ±a enviÃ¡ndole un besoâ¦ Luego Ã©l le enviÃ³ un beso. Afuera, el sol brillaba con nitidez apoderÃ¡ndose con su luz de todo el cielo. ComenzÃ³ a vestirse.




CapÃ­tulo 11


Villas ParaÃ­so estaba cuidadosamente clasificado en residenciales que respondÃ­an a los siete colores del arcoÃ­ris y no habÃ­a mÃ¡s de treinta villas de cada color. La villa de la novia y las que habÃ­an rentado los invitados estaban en ParaÃ­so Azul. Muy cerca de allÃ­ estaba ParaÃ­so Cian, donde los huÃ©spedes podÃ­an disfrutar de la playa y los salones para actividades.

En ParaÃ­so Violeta estaban La Marina y el centro de actividades nocturnas, que, a pesar de tener poca actividad en dÃ­as de semana, desde los viernes se convertÃ­a en una fiesta desde la tarde hasta el amanecer, una fiesta que muchas veces continuaba en ParaÃ­so Cian. El resto de los colores eran residenciales con villas para huÃ©spedes e instalaciones deportivas y recreativas comunes. La villa de los padres de AndrÃ©s estaba en ParaÃ­so Naranja.

El jueves se dibujaba radiante. En una villa de ParaÃ­so Azul, una impaciente novia intentaba comunicarse sin Ã©xito por el celular con su dama de honor. El ensayo serÃ­a en unas horas y necesitaba hablarle, ni siquiera sabÃ­a si estarÃ­a a tiempo en Las Galeras. La villa de invitados estaba rentada desde el viernes y querÃ­a decirle que esa noche podÃ­a dormir con ella, pero no lograba localizarla.

En el comedor, a unos pasos de la novia, Lourdes movÃ­a cielo y tierra para conseguir a todos los miembros del cortejo antes de las cuatro de la tarde en la playa. No era su primera boda, pero sÃ­ era la primera en Villas ParaÃ­so y tenÃ­a que quedar perfecta. Preparaba los guiones para la tarde, cuando escuchÃ³ a Iveth dejando un mensaje quejÃ¡ndose de su dama de honor y se acercÃ³ con curiosidad.

â Â¿Peroâ¦ estÃ¡s llamando a Betina? LlegÃ³ ayer, no te preocupesâ¦ Â¡Tengo todo resuelto con su alojamiento! âdijo Lourdes en tono triunfal.

â Â¿Betina? Â¿QuiÃ©n es Betina, por Dios? âexclamÃ³ la novia, visiblemente irritada.

â Â¡Tu dama de honor, Iveth! Â¡LlegÃ³ ayer temprano con todo lo que le pedÃ­! EstÃ¡ alojada con este chico que nos hace el favor de alojar a otros invitados desde maÃ±ana âdijo Lourdes completamente confundida.

â Â¡Lourdes! Â¿De quÃ© hablas? Â¡Mi dama de honor se llama Virginia, Virginia Duval, por Dios! Â¡Vas a provocarme un ataque! ârespirÃ³ ligeramente aliviada Iveth, aunque visiblemente molesta con su planificadora.

â Â¿EstÃ¡s segura? âinsistiÃ³ con incredulidad la jovencita, mientras agitaba los guiones que tenÃ­a en la mano buscando el nombre que tenÃ­a anotado.

â Â¡Pero claro que estoy segura! Â¿Acaso no voy a saber cÃ³mo se llama mi mejor amiga? âle reclamÃ³ elevando el tono de voz y preguntÃ¡ndose de dÃ³nde habrÃ­a sacado la idea de contratarla.

Finalmente Lourdes consiguiÃ³ encontrar a Virginia Duval en su lista y le reiterÃ³ a la alterada novia que estaba alojada ya en otra villa, al menos hasta que estuviera lista la suya. Cuando le dijo en quÃ© villa estaba, se asegurÃ³ de buscar en su lista el nombre correcto del dueÃ±o, pero la novia se dio tal susto que el ataque anterior le habÃ­a parecido una broma comparado con este. CorriÃ³ a la cocina por agua y le preguntÃ³ si acaso habÃ­a hecho algo mal al alojarla allÃ­.

Pero Iveth no la escuchaba. Marcaba con insistencia el nÃºmero de celular de Virginia, que seguÃ­a repicando sin respuesta. IntentÃ³ llamar a AndrÃ©s, pero obtuvo el mismo resultado; pensÃ³ en correr a la villa, que no estaba lejos de la suya y se detuvo para mirar a Lourdes, que seguÃ­a sosteniendo el vaso de agua con el rostro descompuesto por el miedo.

â Â¡Eres una genio Lourdes! Â¡No sÃ© por quÃ© no se me ocurriÃ³ a mÃ­! ây se marchÃ³ escaleras arriba dejando a la chica mÃ¡s confundida que antes.

Iveth escribÃ­a los mensajes con la mayor rapidez que le daban sus dedos temblorosos. Por apenas unos segundos olvidÃ³ que era la protagonista de aquel fin de semana y siguiÃ³ escribiendo. Finalmente su telÃ©fono timbrÃ³.

â Â¿Me puedes explicar quÃ© pasa, por favor? Â¡Vas a hacer que dÃ© a luz antes de tiempo y entonces me perderÃ© la boda! âreclamaba con curiosidad Gabriela desde la otra lÃ­nea.

â Â¡La chica hippie que me has recomendado para planificar la ceremonia enloqueciÃ³ y los ha puesto a dormir juntos! âle decÃ­a Iveth sin poder ocultar las carcajadas.

â Â¡Pero, por Dios, no te entiendo nada! Â¡Has escrito en el mensaje puras consonantes! Â¡CreÃ­a que tus sobrinos habÃ­an tomado el telÃ©fono! âinsistÃ­a su amiga, que por su embarazo de casi ocho meses no llegarÃ­a sino hasta el sÃ¡bado.

â Â¿De verdad? Â¡Juraba que habÃ­a escrito claramente! Â¡En fin, que Lourdes ha mandado a Virginia a dormir desde ayer en casa de los padres de AndrÃ©s! Pensaba que Ã©l vendrÃ­a el sÃ¡bado. Â¡Esta chica le cambia los nombres a todo el mundo y me dijo antes que quien llegaba el lunes era Ãngel, un amigo de GastÃ³n! âtrataba de explicar con creciente emociÃ³n Iveth.

âÂ¡Â¡Â¡No te lo puedo creer!!! Â¿Pero, quÃ© te dijo Virginia? Â¡De seguro pensÃ³ que fue tu idea y te quiso matar! Â¿Y esperas hasta ahora para decÃ­rmelo? Â¡Si ella saliÃ³ ayer pasado el mediodÃ­a! âle reclamaba con vehemencia Gabriela.

â Â¡Pues te dirÃ© que no he hablado con ella! Ni siquiera sabÃ­a que habÃ­a llegadoâ¦ Me acabo de enterar. Como esta chica cambia los nombres a todos, me decÃ­a que lo que se necesitaba me lo habÃ­a traÃ­do una tal Betina. PensÃ© que era su empleada o algoâ¦ âcontinuÃ³, excitada, Iveth.

La conversaciÃ³n se extendiÃ³ unos minutos mÃ¡s y la curiosidad por saber lo que habÃ­a pasado en las Ãºltimas veinticuatro horas las mantuvo en vilo a ambas un par de horas mÃ¡s. El sol seguÃ­a brillando con insistencia, eran las dos de la tarde y el ensayo se realizarÃ­a a las cinco. Mientras tanto, en la villa nÃºmero diecisiete, dos celulares vibraban incesantes en alguna parte del entrepiso.




CapÃ­tulo 12


El animado joven del clima anunciaba un sol cÃ¡lido durante la maÃ±ana y brisa ligera para todo el fin de semana. Lourdes respiraba aliviada porque, exceptuando el incidente del cambio de nombres que casi le provoca un ataque de nervios unas horas antes, estaba saliendo todo de maravillas. El cortejo estaba compuesto por la dama de honor, dos damas adicionales, la niÃ±a de las flores y el sobrino de la novia, que entregarÃ­a los anillos.




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